Descargar 179.63 Kb.


Fecha de conversión28.05.2018
Tamaño179.63 Kb.

Descargar 179.63 Kb.

El javier de áfrica



VIDA DEL PADRE PEDRO PÁEZ

“EL JAVIER DE ÁFRICA” (1564-1622)


PROLOGO

Me he animado a presentar a los jóvenes de hoy día la Vida del jesuíta Padre Pedro Páez, porque fue un “aventurero” al servicio de Dios, el primer europeo que descubrió las fuentes del río Nilo Azul en 1618, mucho antes de que el explorador escocés James Bruce reclamará para sí ese honor en 1790.

El Padre Pedro Páez fue un jesuíta español que se embarcó en 1588 en un barco portugués rumbo a Goa (India), cuando la corona portuguesa estaba unida a la española bajo el rey Felipe II.

En 1589, en compañía de otro jesuíta, el Padre Antonio Montserrat, que había pasado algún tiempo en la corte del gran Emperador Mogul, llamado Akbar, en el norte de la India, los dos fueron enviados a Etiopía, país en el noreste de África, con costas en el Mar Rojo.

Durante su viaje en un galeón, fueron apresados por piratas Turcos y convertidos en esclavos. En esa condición, con las manos atadas y andando detrás de camellos, atravesaron el desierto de Hadramaut en el sur de Arabia, de este a oeste. Los dos fueron esclavos durante 7 años, hasta que fueron rescatados bajo precio por las autoridades portuguesas de Goa.

El Padre Pedro Páez fue voluntario otra vez para ir a Etiopía. En mayo de 1603 llegó a la misión jesuíta de Fremona, en la provincia de Tigray.

En 1604 convirtió al Cristianismo al Emperador de Etiopía llamado Za Denguel. Tal era el magnetismo del Padre Pedro Páez, que el dicho Emperador quiso le acompañase en todas sus expediciones militares.

Posteriomente, en uno de esos viajes, el 21 de abril de 1618, 152 años antes que Bruce, el Padre Pedro Páez alcanzó a ver la fuente del río Nilo Azul, una pequeña corriente que brotaba entre unos juncos en la remota Etiopía.

En 1619 el Padre Pedro Páez bautizó a otro “León de Juda”, como se llamaba entonces al Emperador Susinios Segued III.

El Padre Pedro Páez es considerado como el “Javier de África”, ya que si el “Javier de Asia”, es decir San Francisco Javier, se entregó con gran celo apostólico a salvar almas en toda Asia, también jesuíta Padre Pedro Páez mostró un celo indéntico en África. Me gustaría que los jóvenes de hoy día, amantes de las aventuras, se inspiren en el ejemplo del Padre Pedro Páez, para “mayor Gloria de Dios”. Hiroshima 2011 Mayo 25

CAPÍTULO 1

CORAZÓN DE CEBOLLA

(1564-1588)
Pedro Páez Jaramillo nació en 1564 en Olmeda de las Cebollas, hoy día Olmeda de las Fuentes, un pueblecito de la región de la Alcarria, situado a unos 40 kms. de Madrid (España), que ahora cuenta con tan sólo 208 habitantes. Es un lugar muy fresco, de muchos olmos y donde se criaba mucha cebolla. No sé por qué razón el pueblo cambió su nombre de “Cebollas” a “Fuentes”, pero en vista de que el P. Páez fue el descubridor de las fuentes del Nilo, hoy día, en honor de él y dándole las gracias, podrían llamar al pueblo justamente “Olmeda de las Fuentes del Nilo”. De todas formas hay una historia que me parece muy a propósito para explicarlo, y que además nos hablará de la futura humildad y pasar desapercibido en silencio, que es una de las características de nuestro héroe el Padre Pedro Páez. Y la voy a contar aquí.

La historia simbólica se titula: “Corazón de Cebolla”.

Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles frutales y toda clase de plantas. Daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol, contemplar todo aquel fresco verdor, escuchando el canto de los pájaros.

Un día, de pronto empezaron a nacer unas cebollas especiales. Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, naranja, morado...Eran colores irisados, deslumbradores, centelleantes, como el color de una mirada o el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.

Se descubrió que cada cebolla tenía dentro, en su corazón, una piedra preciosa. Esta tenía un topacio, la otra una esmeralda, la de más allá un rubí. ¡Era algo maravilloso! Pero alguien empezó a decir que aquello era peligroso, intolerable, inadecuado y vergonzoso.

Total, que las bellísimas cebollas tuvieron que empezar a esconder su íntima piedra preciosa con capas y más capas, cada vez más oscuras, de blanco a marrón, para disimular cómo eran por dentro.

Pasó entonces por allí un sabio, que gustaba de sentarse a la sombra del huerto y que sabía tanto que entendía el lenguaje de las cebollas, y empezó a preguntarlas una por una:


  • “¿Por qué no eres como eres por dentro?”

Y ellas le iban respondiendo:

  • “Me obligaron a ser así...Me fueron poniendo capas, incluso yo me puse alguna para que no me dijeran que era una sinvergüenza”.

Algunas cebollas tenían hasta diez capas. Al final el sabio se echó a llorar.

Y cuando la gente lo vio llorando, pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas muy inteligentes. Por eso todo el mundo sigue llorando cuando una cebolla nos abre su corazón. Y así será hasta el fin del mundo.

Aplicando esta historia al pueblo y persona de nuestro buen Padre Pedro

Páez, primero diría que el pueblo se cambió el nombre de Olmeda “de las Cebollas” por el de Olmeda “de las Fuentes”, porque les daba vergüenza llamarse como “las cebollas”, escondiendo bajo sus capas su pequeña, distinta e íntima belleza rural. Y no sé si llorando como cuando se mira a las cebollas, se recalificaron con ese “de las Fuentes” de tanta agua de sus lloros...Humildad de un pueblo castellano, que pasa ahora inadvertido.

Y Pedro Páez, el primer europeo que descubrió las fuentes del gran río

Nilo Azul en Etiopía de África, el primero que cruzó andando y atadas sus manos como un esclavo por el desierto Hadramaut del sur de Arabia, el celoso jesuíta que convirtió al Cristianismo a dos Emperadores de Etiopía, ha pasado inadvertido hasta 1945, año en que se publicó en Oporto su “Historia de Etiopía”, escondiendo su preciosa joya de un corazón rojo ardiente de amor a Cristo y al prójimo, como lo hace una cebolla en nuestra historia anterior, con sus muchas capas de humildad. Con este librito quiero ayudar a descubrir su gran corazón.

Pedro nació en Olmeda en el año 1564. La familia de Pedro pertenecía a

la nobleza rural. Tenía dos hermanos: Juan y Gaspar, y dos hermanas: Ana María e Isabel. Mantuvo correspondencia con Gaspar, que le enviaba libros. Pedro, muy alto y fuerte, tuvo una buena formación, que nos la confirma el posterior uso que hizo de sus muchos conocimientos: las lenguas, las ciencias, las matemáticas, el arte, esgrima y equitación, incluso su talento en obras de arquitectura; todo nos habla de una gran inteligencia y capacidad de asimilación, además de años de aprendizaje previo a los años que pronto hubo de pasar en su aventura por el Oriente. Su buen estado físico puede responder a la naturaleza, pero también a una buena economía familiar en lo que se refiere a la alimentación y a la salud, que se observa en su niñez y mocedad.

Sus primeros estudios los debió hacer en Alcalá de Henares, a 20 kms. de

Olmeda. En 1580, siendo aún muy joven, Pedro Páez marchó a estudiar a Coímbra (Portugal), al “Colegio das Artes” de los jesuítas, cuyos métodos de enseñanza y sus ideas progresistas le influyeron vivamente, despertando en él la vocación religiosa. En 1584, a la edad de 18 años, Pedro Páez entró en la Compañía de Jesús. De Coímbra marchó a Belmonte, que está a 100 kms. de Cuenca, para hacer allí su experiencia de Noviciado durante dos años. Aquí tuvo como amigos y connovicios a Fernando Santarén de Huete, que sería martirizado por indios mejicanos en 1616; a Luis de Guzmán, que a pesar de avanzar su nombre como misionero voluntario al Japón nunca llegó a salir de la península ibérica, si bien en 1601 se publicó su “Historia de las Misiones de la Compañía de Jesús en la India Oriental, en la China y en Japón desde 1540 hasta 1600”. Y sobre todo, el gran amigo, profesor de filosofía y mentor de Pedro Páez fue el jesuíta Padre Tomás de Iturén, que fue el principal destinatario de sus cartas desde Oriente y desde África durante toda la vida. Esas cartas serán, junto a su libro “Historia de Etiopía”, una de las mayores fuentes de información que tendremos sobre el Padre Pedro Páez.

El joven jesuíta Pedro Páez, después de estudiar 6 años en Belmonte la filosofía y teología de la formación jesuítica, encontró pronto su destino: las misiones. A sus 24 años, en 1588 escribe una carta al Padre General de la Compañía de Jesús, pidiéndole que lo envíe al Oriente. No sabemos si le influyó en su petición el hecho de que su tío Esteban Páez era el Provincial de los jesuítas en las provincias de Méjico y Perú. Pero Pedro prefería el Oriente a las Américas. Bullía ya dentro de él el afán de una exploración misionera. Se ha dicho que “la exploración es la expresión física de la pasión intelectual” (Apsley Cherry-Garrard).

Así pues, a primeros de abril de 1588, Pedro, junto con otros jesuítas, parte de Lisboa en la carabela “Sáo Tomé” rumbo a Goa, en la India.

Estas expediciones de galeones portugueses hacia la India se hacían tan sólo una vez al año. Partían en primavera para aprovechar en agosto y septiembre los vientos monzones favorables a través del Océano Índico que les llevaría felizmente hasta la India y de allí a otros países. Los galeones o carabelas llegaban a pesar hasta doscientas toneladas (una tonelada son 1.000 kilos). Se requería en cada uno de los barcos una tripulación de unos 200 hombres. Cada carabela ostentaba 40 cañones de bronce, cada cañón pesando 2 toneladas. Se acarrearon además varios miles de monedas de plata, en parte para pagar las taxas en cada puerto y para los gastos del gobierno portugués en sus establecimientos en India y demás lugares. El cargamento se componía de armas, ropas sobre todo de color rojo, relojes flamencos, vinos portugueses, aceite y olivas, vinagre, papel, libros, frutas secas, legumbres, ajos, cebollas, etc. Y el cargo humano era primero de convictos condenados a muerte o a sentencias de por vida; se los metía en la panza del galeón y en tierras inhóspitas se los usaba como conejillos de Indias cuando había peligro de ataques de sorpresa por los enemigos. Después iban además los soldados, administradores, mercaderes, aventureros, y los misioneros como Pedro Páez. Podemos recordar que San Francisco Javier hizo un viaje semejante en 1540. El último en subir a bordo en la nave capitana era el Virrey de la India portuguesa, elegante con su manto y espada al cinto.

Durante el trayecto se cantaban himnos y oraciones rogando por una feliz travesía sin peligros. El viaje desde Portugal a la India, rodeando toda el África, era considerado la empresa más difícil que se conocía en el mundo de entonces. La mitad de los pasajeros moría durante el trayecto. En 1571 de 4.000 personas que salieron de Lisboa, 2.000 murieron antes de llegar a su destino. La flota salió de Lisboa al sonido de trompetas y cañonazos al aire, los lloros de madres, esposas y niños. Deslizándose por el río Tajo hasta el Océano Atlántico. Por miedo a los ataques de franceses, ingleses u holandeses, la flota naval era de cinco galeones, marchando casi pegados uno detrás del otro. Pasaron cerca de las islas Canarias, divisando los altos montes de la isla de Tenerife. Y después fueron deslizándose por el mar, bajando por entre las islas de Cabo Verde y las costas de Guinea ecuatorial, hasta alcanzar a llegar al Congo.

Pedro Páez se sintió tan mareado, que apenas se movía dentro de su estrecho camarote, ni quería comer los bizcochos secos, ni beber el agua medio podrida ya y con gusanos, hasta el punto de tener que poner un paño como filtro pegado a su boca cuando iba a beberla.

Vinieron las calmas. Días y días sin viento, mirando las costas africanas, o las medusas venenosas dentro del mar, u otros peces, tiburones y delfines. Un calor insoportable que hacía casi enloquecer a muchos. El barco se convertía como en un hospital, pero sin médicos ni medicinas. La desintería era una de las enfermedades más frecuentes.

Llevaban ya 7 meses en el mar, dos meses más de lo ordinario. Por fin, un día alcanzaron con viento favorable el Cabo de Buena Esperanza, temido por sus tormentas. Cuando el 3 de febrero de 1488 el marino Bartolomé Díaz lo descubrió, le puso el nombre de “Cabo de las Tormentas”, con olas enormes como montañas y fuertes corrientes marinas que amenazaban con tragarse los barcos. Se oscurecía el sol, pero surgía en los corazones de todos la esperanza de cruzar a la otra parte, al África oriental. De ahí el cambio del nombre a Cabo de “Buena Esperanza”, sugerido por el Papa y el rey de Portugal. Pudieron pescar una manada de peces que alivió su hambre. Y cuando alcanzaron la base de Lorenzo Marques y luego Kilwa en el país de Mozambique, zona conquistada a los Moros por los Portugueses en 1507, todos los pasajeros dieron un respiro de tranquilidad. En Kilwa, donde desembarcaron, los portugueses habían levantado una fortaleza. Aquí abundaban los árboles frutales y se aprovisionaron de naranjas, manzanas, limones, plátanos, papayas y carne fresca para superar el mes que aún les quedaba de viaje hasta la India. Poco a poco todos los supervivientes hasta ahora fueron recobrando sus fuerzas. A pesar de las frutas, el inmenso calor del verano en Mozambique hacía que fuera un sitio insano, por lo que era llamado “el Cementerio de los Portugueses”. Entre 1528 y 1558 habían muerto aquí más de 30.000 personas por causa de la malaria y fiebres. Antes de partir, la flota introdujo en los galeones una carga de esclavos africanos. Otra injusticia social que combatirá otro jesuíta más tarde: San Pedro Claver desde 1622 a 1654.

La flota, pasando por las otras bases protuguesas de Mombasa y Malindi, dejando las costas de Somalia, cruzó el Océano Índico. Y pronto las serpientes nadando en el mar y la vista de pájaros indios, les indicaron que estaban ya cerca de las costas de la India. Finalmente, en el mes de Ocubre de 1588 llegaron al puerto de Goa, mencionada ya en Mahabharata, el libro épico de la India, con el nombre de Gove”, que significa “paraíso de la India”. Desde 1510 era la capital del Imperio oriental de Portugal. La salva de un cañón y las campanas de la iglesia resonando contentas les dieron la bienvenida. Descendió de la nave capitana el Virrey entre aplausos de la gente que acudió a ver el desembarque y también sin que nadie apenas lo notase nuestro jesuíta Pedro Páez que todavía no era sacerdote. Le esperaban otros jesuítas de Goa que le condujeron hasta su residencia. Cuando Pedro Páez llegó a Goa, era un territorio español, bajo la égida de Felipe II. La unión de las dos coronas de España Portugal duró desde 1580 a 1640.

CAPITULO 2
EN BÚSQUEDA DEL “PRESTE JUAN”

(1589)


Pedro Páez estudió lo que le faltaba de teología en cursos intensivos para ser ordenado de sacerdote a principios de 1589. Su ideal era o quedarse a trabajar como misionero en la India, o ir hasta el Japón con el mismo firme propósito de su voluntad. Pero sus planes se torcieron. A menos de un año de estancia en Goa, el ahora Padre Pedro Páez, en compañía del veterano Padre Antonio de Montserrat, partían hacia Etiopía o Abisinia al este de África. ¿Por qué?

Iban destinados a continuar la labor de los jesuítas en medio de la Iglesia Copta. ¿Cuál es el origen de esta Iglesia? ¿Qué relación tiene con la búsqueda del legendario “Preste Juan”. ¿Quién es este personaje? Para responder, tenemos que hacer un repaso de la historia paso a paso hasta esas fechas.

Según las crónicas de la Historia de Etiopía, que el P. Páez será el primer europeo capaz de leer en su lengua original, los etíopes creen a pie juntillas que su historia y epopeya se origina en un romance entre la reina de Saba y el rey bíblico Salomón. Afirman también que en una iglesia de la antigua capital de Axum, se esconde todavía la auténtica Arca de la Alianza, robada del Templo de Salomón, en Jerusalén, por el legendario rey etíope Menelik. Los datos, que pueden ser ciertos, se mezclan con la leyenda en el libro “Kebre Neguest” (Gloria de Reyes), recogida por un sacerdote de Axum llamado Isaac en el siglo XIV. Este escrito está en “gueez”, la antigua lengua etíope que aún se utiliza en la liturgia y los cantos religiosos de Etiopía. El P. Páez aprendió esa lengua y leyó el libro, porque el Emperador Susinios, del que hablaremos más tarde, le dio permiso para trabajar en los archivos reales de Axum.

Así pues, la reina que gobernó el Imperio etíope desde Saba, al sur de Arabia, viajó a Jerusalén en el siglo VII antes de Cristo. La reina había nacido en el reino de Tigray, en una aldea que ahora se llama Saba. También se la llamaba “Negesta Azeb” (reina del Sur) y “Maqueda” o “Amhara”. La reina oyó hablar a un mercader etíope llamado Tamarim del poderoso rey de Israel, Salomón, famoso por su sabiduría y sentido de la justicia. La reina, deseando conocer a Salomón, partió para Jerusalén y permaneció como huésped en Israel durante 7 meses. Mantuvo largas charlas con Salomón, al que le dijo: “Vuestra sabiduría no tiene medida y vuestro entendimiento es como una estrella de la mañana entre las demás estrellas y como el sol cuando nace. Desde ahora juro que no adoraré al sol, sino a su Creador, el Dios de Israel; y sus Tablas de la Ley reinarán sobre mí y sobre mi generación y sobre todos mis vasallos”.

Pero no todo quedó en conversaciones. A Salomón le atraía la belleza de la reina etíope y la noche antes del regreso a su país, por medio de una artimaña, Salomón se acostó con ella. A la mañana siguiente, Salomón al despedirse de la reina, se quitó un gran anillo de su dedo y se lo dio a ella diciéndole: “Si Dios me diera algún fruto de tí y fuese varón, envíalo a mi palacio: este anillo será la señal de que es mi hijo”.

Al cabo de 9 meses y 5 días después, ya en Etiopía, la reina dio a luz a un hijo varón, a quien llamó Menelik. El niño se hizo hombre y a la edad de 22 años decidió viajar a Jerusalén para conocer a su padre. Tal era el parecido del príncipe con su padre, que el anillo ya no hacía falta para reconocerlo. Salomón abrazó a su hijo. Menelik le dijo que toda Etiopía se había sometido a la religión hebrea. A su vuelta, Salomón quiso que le acompañasen como corte los hijos primogénitos de sus cortesanos nobles. Además le dio como regalo un pedazo del paño que cubría el Arca de la Alianza. Y según la leyenda, Azarías que era el hijo primogénito del Sumo sacerdote Sadoc, junto con otros jóvenes israelíes de la nueva corte de Menelik, robaron el Arca de la Alianza, sin comunicar al joven monarca etíope sus planes. Hicieron el robo denoche, sustituyendo la reliquia con una copia. La expedición partió a la mañana siguiente con prisas. Ya en Gaza, Azarías presentó el Arca de la Alianza a Menelik como un don de Dios y éste se hizo cómplice del legendario robo. Cuando ese mismo día los sacerdotes del Templo de Jerusalén descubrieron el fraude, el furibundo Salomón envío una tropa al galope en busca de los ladrones que tardó 13 días en llegar a Gaza. Pero ya era tarde. Menelik y los suyos estaban ya en Etiopía. Salomón se resignó a la Voluntad de Dios. En Axum, la capital etíope, el Arca de la Alianza fue venerada en una iglesia. La reina madre abdicó en Menelik que se llamó el Emperador David II. Su primera decisión debió dejar perpleja a su madre. Desde entonces ninguna mujer podría ya ocupar el trono de Etiopía, sólo varones. Todo esto lo recogió el P. Páez en su “Historia de Etiopía”.

Hoy día incluso, en todas las iglesias de Etiopía se pueden ver réplicas del Arca de la Alianza, llamadas “talbot”, cajas de madera dentro de las cuales hay copias de las Tablas de la Ley. Tan sólo los sacerdotes pueden entrar en ese espacio de las iglesias llamado “el Santo de los Santos”. Y sólo una vez al año, en la fiesta del Timkat o Bautismo, se expone el Arca de la Alianza a la veneración de todos los fieles en cada iglesia.

La religión y liturgia Neotestamentaria que se estableció después en Etiopía derivaron de la relación con la Iglesia Griega de Alejandría. Concretamente gracias a Frumencio, un joven libanés que arribó con un tal Meropio, comerciante de Tiro, a la costa eritrea, capturado y llevado al palacio, del que se encaprichó el Emperador Agder nombrándolo su tesorero y secretario. Frumencio comenzó a tratar con comerciantes cristianos venidos de Alejandría (en Egipto), simpatizó con su doctrina y consiguió que el Emperador les diese tierras para levantar templos y ejercieran libremente su culto. Lo mismo que aquellos cristianos de Alejandría, los etíopes creyeron y creen tan sólo en una naturaleza de Cristo: la divina. Por eso se les llama “Monofisistas”, porque rechazan las dos naturalezas de Cristo: divina y humana, que definió el Concilio de Calcedonia en el año 451. Esta es la fe de la Iglesia Católica romana. Así pues, la Iglesia de Etiopía se llamó “Cóptica” y monofisista. Se consideran herederos del evangelista San Marcos, que viajó a Alejandría en el siglo 1. El Patriarca Atanasio de Alejandría en el año 330 nombró a Frumencio como “Abuna” o “Pastor” de Etiopía. Y en los siglos 5 y 6 muchos monjes de Egipto fueron a Etiopía a fundar monasterios cópticos.

En el siglo 7 los Árabes musulmanes conquistaron Etiopía y los cristianos etíopes fueron cortados así de sus lazos con otras iglesias cristianas. Pero su fe no murió. La conservaron con valentía. Todavía ayunan los miércoles y los viernes. La Asunción de María es una gran fiesta. Creen también en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Los moros y los árabes dominaban el Norte de África, cuando los Portugueses aparecieron en las costas africanas en búsqueda de una ruta hacia el Oriente, ya que los árabes habían cerrado la ruta del Mar Rojo. Esta ruta era muchísimo más corta que dar toda la vuelta al África para alcanzar a la India. Pero la conquista de Constantinopla por los Turcos en 1453 todavía complicó más las cosas.

Desde el siglo 14 se empezó a creer en el “Preste Juan”. El aventurero veneciano Marco Polo contó que presidía en un fabuloso Reino Cristiano todavía sin descubrir. Se vino a creer que ese Reino estaba en Etiopía. Un mapa del italiano fray Maoro de 1459 mostró al Preste Juan residiendo en un gran palacio en Sudán, país vecino de Etiopía. El rey Juan II de Portugal, en mayo de 1487, envió al África al comerciante Péro de Colvilhao que hablaba el árabe, para que alcanzara los dominios del Preste Juan, con una carta de presentación en la que le proponía una alianza política y religiosa. Colvilhao alcanzó la corte del Emperador Alejandro (1478-1494) en 1490 en Shoa, en el este de Etiopía. El Negus no había oído hablar en su vida de Portugal, ni su fama como “Preste Juan” y no tenía deseos de trocar su fe ortodoxa por la católica ni de aliarse militarmente con reinos lejanos. No obstante el fracaso de su misión política, a Covilhao le cupo el mérito de enviar a Lisboa la primera información veraz sobre la posibilidad de doblar África por el sur, donde terminaba el continente, en el cabo de las Tormentas, y abrir así una ruta marítima hacia la India. Covilhao murió en Etiopía en 1526. Se le considera el “descubridor teorético” del Cabo de Buena Esperanza, porque cuando Bartolomé Díaz, el verdadero descubridor del Cabo de Buena Esperanza en 1487, volvió a Portugal, entregó al rey Juan II la dicha carta de Covilhao escrita antes de su muerte; afirmaba en ella, como se ha dicho antes, que los barcos que fueran hacia abajo bordeando las costas de Guinea, encontrarían el final del continente africano y alcanzarían el Océano Oriental, y que debían preguntar por la “Isla de la Luna” (Madagascar).

Uno de los objetivos del portugués Vasco da Gama en su famoso viaje de 1497 fue localizar al Preste Juan. El almirante da Gama no encontró al Preste Juan, pero sí que descubrió la ruta para la India. Echó áncora en Calicut (India) el 20 de mayo de 1498.

Más tarde, en 1507 ascendió al trono de Etiopía Lebne Denguel, cuyo nombre significa “Incienso de la Virgen”. Entonces se le cambió el nombre con el título de Wanag Segged, equivalente a “Gema Preciosa”. Era todavía muy joven, por lo cual su madre Elena hizo de regente desde 1494. La Emperatriz, habiendo oído por Covilhao que el rey de Portugal tenía mucho poder, envío en 1510 un embajador armenio llamado Matea, con una carta del Negus, su hijo, al rey de Portugal Manuel I. Matea fue recibido en Lisboa. Y en 1520 partía hacia el reino etíope una primera misión oficial portuguesa, al mando de Rodríguez de Lima, en la que viajaban el médico Joao Bermúdez como secretario y el jesuíta Francisco Álvares como capellán.

La Emperatriz Elena había muerto unos años antes de la llegada de la misión diplomática y, aunque Colvilhao fue un perfecto introductor de embajadores en la corte de Lebne Denguel, el nuevo Emperador etíope no se manifestó interesado en la alianza con el lejano reino portugués. Además, acababa de derrotar a un ejército árabe y veía seguro su trono. Los embajadores estuvieron 6 años en Etiopía, y sin lograr sus propósitos, cuando Lima y Álvares dejaron el país en 1526, Joao Bermúdez se quedó en la corte del Negus. Pero en 1527 un jefe árabe aliado de los turcos, Ahmed ibn Ibrahim, apodado Gragn (el Zurdo), desde Harar al oriente de Etiopía, invadió el país con un fuerte ejército, contando con 200 soldados turcos, expertos en el manejo de fusiles de chispa. Y al grito de que “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Gragn el “Zurdo” derrotó al Emperador Lebne Denguel, y entre 1529 y 1543, de victoria en victoria, el Zurdo arrasó el país, quemando iglesias cristianas cópticas, saqueando los tesoros del reino, destruyó todo y a lo largo del siglo 16 los etíopes fueron forzados a convertirse al Islam. El Emperador Lebne Denguel tuvo que huir y murió escondido en el monasterio de Debre Damo en 1540.

Antes de morir, el Emperador envió a Joao Bermúdez a Lisboa, solicitando ayuda militar de Portugal contra los moros invasores. La Iglesia Cóptica insinuó que podrían transferir su alianza con la Iglesia de Alejandría a la Iglesia Católica de Roma. La idea gustó al rey de Portugal. Etiopía además era un país rico en minerales y ganado. Es de este modo que el rey de Portugal envió a Bermúdez a Goa, ordenando al Virrey enviar una expedición de ayuda al Negus de Etiopía para derrotar a los musulmanes. Y a su vez, el rey también pidió al Padre Ignacio de Loyola, General de los jesuítas, que enviara algunos de sus hombres a Etiopía.

En 1541 una fuerza compuesta de 450 soldados portugueses con 6 piezas de artillería, bajo el mando de Esteban da Gama, hijo del legendario almirante Vasco da Gama, en tanto que un hermano suyo, Cristóforo, era el jefe del ejército, desembarcaron en Massawa. Con ellos iba Bermúdez, ordenado de sacerdote y consagrado por el Papa Paulo III como obispo y Patriarca de la Iglesia Católica en Etiopía. La tropa penetró en la provincia de Tigray. En 1542 chocó y derrotó al ejército del jefe Gragn (el Zurdo). Pero después de tres victorias lusitanas seguidas, a la cuarta en agosto de 1542 Gragn con los refuerzos de Arabia, reconquistó el territorio, apresó a Cristóforo da Gama y lo ejecutó cortándole la cabeza. De los 450 soldados portugueses que habían llegado desde Portugal, sólo 300 escaparon con vida.

Al año siguiente, el 22 de febrero de 1543, con la ayuda de esos escasos soldados y sus propios etíopes el joven Negus Claudio, que había sucedido a su padre Lebne Denguel, derrotó al ejército de Gragn cerca del lago Tana, en las planicies de Wrine Degá y de este modo se salvó el reino cristiano de Etiopía. Un soldado luso alcanzó con un disparo de su mosquete a Gragn y lo mató en el acto. El ejército musulmán se dispersó y la tropa luso-etíope lo persiguió y exterminó por completo. El Emperador Claudio contraía una profunda deuda con Lisboa.

Los jesuítas que habían acompañado al Patriarca Bermúdez se establecieron en Fremona, en la provincia de Tigray, donde levantaron una casa e iglesia. En Fremona los portugueses habían construído una fortaleza con altas murallas de piedra y torres en sus cuatro lados. Estos edificios estaban en lo alto de una colina, en medio de una planicie. Cerca estaba el pueblo de Adowa. Antes aquel sitio se llamaba Mai-goga que significa “Río de las Lechuzas”, pero los jesuítas le cambiaron el nombre en Fremona, en honor del apóstol de Etiopía Frumencio, del que ya hablamos antes.

Los primeros jesuítas que fueron con el Patriarca Bermúdez tuvieron buenos y malos tiempos en su trabajo pastoral. Los etíopes preferían un Abuna o Patriarca cóptico y no romano. Bermúdez no era diplomático, trataba al clero local con desprecio y se granjeó la enemistad del Negus Claudio, al que tuvo la osadía de excomulgar. Éste lo desterró lo más lejos posible dentro del país y llamó a un nuevo Abuna de Alejandría. Bermúdez escapó, volvió a Fremona y de allí marchó a Europa. Había estado más de 30 años en Etiopía.

En 1555, un año antes de la muerte de San Ignacio de Loyola en Roma, otro grupo de 13 jesuítas partió de Lisboa a Goa y de allí algunos iban destinados para Etiopía. Iba como nuevo Patriarca el jesuíta portugués Joao Nunes Barreto, de larga experiencia en Marruecos, y como obispos auxiliares los Padres Andrés de Oviedo, español, y Melchior Carneiro, portugués. Primero navegaron hasta Goa, en la India. Desde allí prepararían la entrada del Patriarca en Etiopía.

La travesía fue desastrosa para el Patriarca Barreto y los suyos. El barco en el que viajaban se desvió primero hacia Brasil a la altura de Cabo Verde, y muchos meses después acabó atracando casi destrozado por los temporales en las costas de la India.

El Virrey de la India envió a los Padres jesuítas Gonzalo Rodrígues y Fulgencio Freire como embajadores que preparasen la entrada del Patriarca Barreto en Etiopía. El Emperador Claudio los recibió con gentileza pero se negó en redondo a que viniese a Etiopía el Patriarca Barreto, rechazando jurar obediencia al Papa de Roma y olvidándose de la alianza militar con Portugal. Los dos Padres se volvieron a la India.

Y en febrero de 1557 el obispo coadjutor Andrés de Oviedo, junto con otros 5 jesuítas navegaron hasta el puerto de Arkeeko. Al cabo de 6 semanas llegaron a Debaroa, en la provincia de Tigray y de aquí fueron a Massawa.

Luego fueron a pie hasta Fremona. Justo 5 días después de su llegada, los Turcos tomaron el puerto y cortaron la costa eritrea para los barcos europeos durante varios años. El Negus Claudio, el añorado legendario ·Preste Juan”, que se rodeaba de un bárbaro esplendor compuesto por alfombras de pieles de tigre, sedas y tapices, al que sus súbditos arrodillados ante él besaban la sortija con piedra preciosa de su mano, enojado por la invasión de los Turcos musulmanes, buscando otra vez la ayuda militar de Portugal, recibió bien a los jesuítas. Mas en 1559, dos años después, murió Claudio y su hermano Minas, que detestaba al catolicismo, cuando el obispo Oviedo fue por primera vez a visitarle, Minas le dio de bofetadas, le arrancó la sotana y la pisoteó, le amenazó de muerte si continuaba evangelizando y desterró a los jesuítas a las lejanas montañas infestadas de leones y bandidos. Durante 8 meses vivieron en una cueva del monte, comiendo sólo yerbas, raíces y zarzamoras. El Padre Oviedo no podía celebrar Misa debido a que el Negus le quitó el cáliz y su provisión de vino. Se salvó de los leones y de morir de hambre, porque una princesa etíope que oyó de su coraje y bondad le ayudó todo lo que pudo. Oviedo volvió a Fremona y, a pesar de la amenaza de muerte, continuó evangelizando. Fue desterrado por segunda y tercera vez y el Negus mató a varios de sus conversos. También confiscó las tierras de los portugueses que quedaban en Etiopía y les prohibió casarse con mujeres etíopes.

Mientras tanto, en 1562 Nunes Barreto murió en Goa y el P. Oviedo fue nombrado su sucesor como Patriarca. Sin asistencia alguna, Oviedo vivía pobremente en Fremona. Vendió su alba y mitra para alimentar a los pobres. Y tuvo incluso que mendigar con un saco a su espalda. Era un eremita ayunador incluso a la fuerza.

En Goa esperaban noticias suyas. Se envió al hermano jesuíta Fulgencio Freire a buscarlo, pero éste acabó como esclavo de los piratas Turcos, vendido en Egipto. El Padre Oviedo murió tristemente en Fremona el 9 de julio de 1577. Y el Padre Gonzalo Cardoso en 1575, dos años antes, fue asesinado por los bandidos en las montañas de la región de Tigray. La misma suerte corrieron los otros jesuítas del grupo de 5 que habían sido enviados. El castellano Gonzalo Gualdámez en 1562 fue martirizado por los turcos en Massawa. El último en morir fue el Padre Francisco López en 1597, en el desierto de Etiopía después de 40 años de trabajo apostólico casi sin fruto alguno. Es a partir de ahora que el atlético y sonriente Padre Pedro Páez entrará en escena. Él ya sabe que el famoso “Preste Juan” no es otro sino el Negus o Emperador de Etiopía.

---------------------

CAPITULO 3


DE LA INDIA HASTA ARABIA:

7 AÑOS DE ESCLAVITUD (1589-1596)


El rey de España Felipe II que desde 1581 se había convertido también en rey de Portugal, uniendo así bajo su corona durante un tiempo a toda la península ibérica, mandó al Virrey de la India promover de nuevo a toda costa la conversión de Etiopía.

Es de este modo que el 2 de febrero de 1589 partieron de Goa los dos jesuítas elegidos, como ya se dijo al principio del anterior capítulo, el Padre Pedro Páez y el Padre Antonio de Montserrat (1536-1600). Este Padre tenía 53 años de edad, pero su conocimiento de las lenguas orientales y su experiencia de 1580-82 en la corte de Akbar, el gran Rey Mughal en el norte de la India, le convertían en uno de los más indicados para el viaje a Etiopía.

Al cabo de 3 días de tormenta en el mar, su pequeño barco se vio forzado a echar ancla en la pequeña isla de Elefanta, junto al puerto de Bombay, hoy día Mumbai. Y de aquí su barco alcanzó sin más percance Basseia, a unos 30 kms. más al norte de Bombay. Después de Goa y Cochin, aquí había el mayor número de portugueses. El recién ordenado Padre Pedro Páez celebró su primera Misa en la capilla del Colegio de los jesuítas. Esperando al siguiente barco, Páez empezó a estudiar la lengua persa, la más hablada y por eso útil en los lugares por donde iban a pasar. El plan era salir a altamar por Diu, en el golfo de Gujarat, hacia el Mar Rojo, disfrazados de mercaderes armenios. Navegarían a Moca, en el golfo de Aden y de aquí por el estrecho de Aden hasta alcanzar Massawa, desde donde se internarían en la tierra de Etiopía.

A fines de febrero, sufriendo peligros por otra tempestad, llegaron a Diu. Aquí el Padre Mendoza les conseguiría pasaje a Etiopía en un barco de mercaderes indios. Denoche, fueron conducidos a la casa del Padre Mendoza, quien les dijo que los Turcos dominaban el puerto. Era necesario que no descubriesen que eran europeos.

Así pues con sus turbantes de mercaderes armenios y sus largas túnicas, esperaron en Diu varias semanas hasta que un armenio de Alepo en Siria, consintió en llevarles por Basrah a su propio país. De aquí podrían ir luego al Cairo en Egipto y en caravana hasta Etiopía. Era un largo camino, pero el único que se encontró.

Se embarcaron en el barco de Armenia. Para repostar agua se acercaron al puerto de Muscat, en el extremo sureste de la península de Arabia. Páez narró más tarde que las casas de los árabes eran chozas con techos de hojas de palmera. El comandante de Muscat simpatizó con ellos y les prometió embarcarles en un barco de un moro amigo suyo hasta Etiopía. Mientras esperaban al barco del moro, Páez y Montserrat decidieron ir a Ormuz, una isla entre el golfo de Omán y a la entrada del golfo Pérsico. Cayeron enfermos con fiebre de malaria y les asistieron en un pequeño monasterio de frailes Agustinos. Estuvieron en Ormuz varios meses. Finalmente, el 6 de diciembre de 1589 embarcaron en el barco del moro hacia Zeila, en la costa de Somalía, cerca de la entrada al Mar Rojo. Los monzones les arrastaron hacia el sur de las costas de Arabia. Y precisamente el día de Navidad su barco fue asaltado por 8 barcas de piratas. Pagaron una fuerte suma de dinero como rescate y rescatados todavía estuvieron otros 15 días en Muscat. Luego prosiguieron el viaje pero no por mucho tiempo. El día de Año Nuevo de 1590 una terrible tormenta que les rompió el mástil del barco les obligó a ir a la isla de As-Sawa, una de las del pequeño archipiélago de las Kuria Muria, frente a las costas de Omán. Estuvieron aquí 8 días con pobre gente musulmana que se alimentaba de pescado, mientras el moro se hizo con otro pequeño barco. Indiscretamente el moro de su barco había dicho a un árabe que llevaba consigo a dos europeos a Zeila. Y pronto se enteraron de ello las autoridades turcas. Dos barcos patrulleros armados les abordaron y tomaron prisioneros a los dos jesuítas. Un marino les quitó el turbante de un manotazo, les esposaron con cadenas y los llevaron a Dhofar, hoy día Omán. Les interrogaron. Confesaron la verdad: eran misioneros cristianos para Etiopía. Les acusaron de ser espías, encargados de ir con la misión de persuadir al Negus que hiciera la guerra contra los Turcos. Casi desnudos los encerraron en una mazmorra. Con poca comida iban a morir de hambre. Les amenazaron con cortarles la cabeza por ser espías. Finalmente, el comandante turco de Omán los envió como regalo de esclavos al sultán árabe de Xael. Éste vivía en un pequeño reino situado al sur de la península Arábiga, en Tarim y para llegar allí tenían que atravesar el desierto de Hadramaut, que en árabe significa el “recinto mortal”.



En un pequeño barco navegaron por el golfo de Kamer, seguidos por un enorme pez espada, enemigo de ballenas y tiburones. Vieron nadar tortugas gigantes. Después de alcanzar tierra en el puerto de Ras Fartak, en la costa del Yemen, comenzaron su penosa caminata a pie por el desierto de Hadramaut, dunas y más dunas de arena, a veces colinas grises, calor, nada de lluvia durante casi todo el año. Los árabes iban a lomos de camellos, pero los dos jesuítas iban caminando atadas sus manos con cuerdas a las colas de dos camellos de la caravana. Páez escribirá que en el desierto los camellos son los animales más útiles. Pueden llevar hasta 360 kilos de peso en sus lomos y andar 22 kms. en un día. Apenas beben agua y sólo mastican algunas hierbas. Un beduino guiaba la carabana. La tierra ardiente quemaba los pies desnudos de los dos misioneros. En un momento del trayecto el Padre Montserrat cayó desmayado, mientras que su camello seguía arrastrándolo sobre la arena. Era al mediodía y la caravana se paró. Les dieron un poco de agua y un bizcocho seco. Prosiguieron el viaje. Al Padre Montserrat lo ataron como un fardo más encima de un camello. Pero el Padre Páez seguía andando a pie con los pies despellejados, escribirá él más tarde. Iba atado a la cola del último camello con una cuerda y divisaba a los leones que por allí rondaban entre matorrales. A la noche les dieron a cenar saltamontes fritos al fuego. Como no podían tragárselos por asco, sus apresores les dieron un poco de harina de trigo que habían tomado de la embarcación de los jesuítas, cociéndola sobre brasas. Por la noche hogueras encendidas con los excrementos de los camellos les defendían contra los leones y otros animales salvajes, insectos que se esconden durante el día en nichos y túneles excavados en la arena, y salen durante las horas nocturnas. Hay escorpiones, arañas, escarabajos, víboras y lagartos. También zorros y liebres, manadas de orix y de gacelas. El humo del fuego del campamento apestaba, pues el fuego prendía en los excrementos de los camellos, pero así alejaba a los leones y a las hienas. El único consuelo para los dos jesuítas era mirar las brillantes estrellas. El grito de un camello mordido por un león les despertó. A la mañana siguiente vieron un enjambre de buitres sobre los restos del camello que se malcomió el león. Otro día sufrieron una tormenta de arena que enceguecía los ojos. Estaban a 100 kms. de la costa. Más adelante, atravesaron también parte del desierto de Rub’al Khali, que en árabe significa “habitación vacía”, la mayor extensión de arena del mundo. El P. Páez apenas habla en su posterior libro de Etiopía sobre sus sufrimientos de entonces. Cita el tormento de sus pies, el hambre, la sed, pero sobre todo los padecimientos del P. Montserrat, más viejo que él. Y entretanto va anotando trazos muy pintorescos de los lugares por donde pasa: las ciudades, los animales, el paisaje, la arena, las costumbres de las gentes, la fuerza de la naturaleza del desierto. Era un hombre formidable con un corazón aventurero. El desierto de Hadramaut tiene una parte desértica de arena y otra de colinas desprovistas de vegetación, pero cruzada por numerosas torrenteras, en árabe “wadis”, casi todas secas. La mayor de esas ramblas es el Wadi-Hadramaut, con 1.200 kms. de longitud, que lleva algo de agua, y a su alrededor se concentran las principales ciudades, como Al Ghuraf, Shibam, Sayun y Tarim, a donde iban ahora. Hay allí también campos más fértiles para el cultivo del mijo y de la palma. Después de 10 días por el desierto llegaron a Tarim.

En medio del desierto de Hadramaut estaba la ciudad de Tarim. Los dos prisioneros fueron guiados por las calles, en medio de los insultos , salivazos y burlas de la gente. La situación se puso tan difícil que denoche los sacaron de Tarim afuera de la ciudad. Al final llegaron a Al Qatn. El sultán Xafér les hizo llamar a su palacio, les recibió al estilo moro, sentado en el suelo alfombrado, con amabilidad y les dio a beber “cahua”, un agua cocida con una fruta que llaman “bún” y que se bebe muy caliente en lugar del vino, cuenta Páez. Se trata de nuestro “café” actual, que todavía era desconocido en Europa. Páez es el primer europeo que lo probó y escribió sobre el café. De aquí, caminando toda la noche, alcanzaron la ciudad de Haynan, donde residía el Sultán Humár. En la fortaleza de la ciudad, hecha con ladrillos, los metieron en una cabina para centinelas pegada a la pared de la muralla. Allí los tuvieron dos días aguantando las burlas de los curiosos que se les acercaban a verlos medio desnudos. Al cabo de los dos días el Sultán mandó se les devolvieran sus vestiduras aunque no todas y también sus libros de rezos, y los condujeron a una terraza donde estaba el Sultán sentado entre almohadones. Vestido con túnica verde de seda y un turbante dorado en su cabeza. Era muy alto y tendría unos 40 años. Se llamó como intérprete a una mujer de la corte de la reina, que sabía bastante portugués. El Sultán le hablaba a ella en árabe y ella les traducía a ellos en portugués. Les preguntó quiénes eran y a dónde iban. Contestaron que eran sacerdotes que iban a consolar a los portugueses que estaban en Etiopía. Al parecer, el Sultán quería obtener un botín por el rescate de los dos Padres, pero no sabía aún qué juzgaría de ello el Bajá Turco al que le pagaba tributo. Mandó a sus guardias que trataran bien a los dos jesuítas. Pero éstos les dieron a comer cortezas de pan duro que era casi imposible masticar. Estuvieron en la cárcel unos 4 meses, sufriendo hambre y otras penalidades. La gente de aquella provincia de Arabia era muy pobre. Tenían algo de trigo y cebada y sobre todo mijo y algunas palmeras de dátiles. Los hombres son de tez oscura y llevan los cabellos crespos erizados con hierros candentes y luego los untan con manteca. Las mujeres escribió el P. Páez “cuando salen de casa van cubiertas con unos paños blancos y el rostro tapado con un velo apretado como las monjas”.

Cuando el Pachá Turco de Sana, gobernador del Yemen supo acerca de los dos sacerdotes cristianos prisioneros, inmediatamente ordenó que se los trajeran a su presencia. Otra vez 15 días de viaje hacia el occidente de la península a lomos de camellos por la ardiente arena del desierto hasta llegar a Sana, la capital del Yemen. El Pachá vestido de uniforme blanco con turbante rojo los quiso condenar a muerte como espías portugueses. Durante un año se los metió en pestilente cárcel, Páez encadenado a una roca y el débil Montserrat no por su edad. En la prisión se encontraron con 26 portugueses y 5 indios cristianos. Estaban tan desesperados que se peleaban entre sí por cualquier cosa. Los dos sacerdotes los apaciguaron y consolaron con su ejemplo y palabras. Páez arovechó el tiempo para aprender a leer y escribir el árabe, algo de hebreo y un poco de chino.

Una de las concubinas del Pachá, que había sido cristiana, oyó de la santidad de los dos Padres y quiso verlos. Luego ella rogó una y otra vez a su esposo y jefe que les aliviara un poco y pudieron salir de la prisión y pasear por las calles de Sana. Y cuando el Pachá se decidió a dejarlos libres, un mercader indio se presentó diciendo que dos personas tan ilustres en Goa, podrían aportar 20.000 coronas de oro por su rescate. Pero cuando los dos Padres negaron la posibilidad de tal pago, otra vez se les metió en la prisión con cadenas al cuello. Pasaron otros 15 días. Y finalmente el Pachá los envió a primeros de septiembre de 1596 a un barco turco para servir como galeotes. Después de varios meses, remando en una fila de remeros esclavos con cadenas en los pies, llegaron a Moca y aquí se intentó que algún mercader indio los comprara. Un barco venido a Moca desde Diu trajo órdenes del Virrey de la India Matías Alburquerque de pagar un rescate de 1.000 coronas de oro por cada Padre a cargo del rey Felipe II de España. Los dos jesuítas no quisieron aceptar su rescate por tal enorme cantidad de dinero, con la cual decían ellos se podría liberar a muchos otros esclavos. Se consiguió rebajar el precio a 500 coronas de oro por cada uno y por fin partieron en un barco árabe hacia Diu, a donde llegaron al cabo de 29 días. Descansaron unos días en la casa de los Dominicos y luego partieron para Goa.

Y en diciembre de 1596 estaban en Goa, después de 7 años de esclavitud. Venían bronceados como los árabes, ojerosos y agotados por los trabajos y enfermedades, esqueléticos y casi irreconocibles por sus compañeros de Goa. El Padre Montserrat no sobrevivió ya muchos años, pues 4 años después, sin haber logrado entrar en Etiopía, murió en 1600. Páez se recuperó y rechazó la propuesta que su Superior jesuíta le hizo de volver a Portugal.

------------------------------

CAPITULO 4
POR FIN EN ETIOPÍA

(1597-1603)


Durante los años siguientes, de 1597 a 1599 el Padre Pedro Páez estuvo viajando por la India: por Salsette, al sur de Goa, en Cambay (Gujarat). En 1600 está en el Colegio Jesuíta en Basseia.

Y en respuesta al ruego del Negus Malac Segued de Etiopía, el rey de España Felipe III mandó que 6 pequeños barcos marcharan a Etiopía de nuevo con algunos sacerdotes jesuítas también. Para esta nueva misión, de nuevo fue elegido el Padre Pedro Páez, contento de ello y nada atemorizado por sus tristes experiencias sufridas antes. Con él iban el portugués Padre Antonio Fernández y el napolitano Padre Francesco de Angelis. A primeros de 1603 partieron de Goa. Iban otra vez disfrazados de armenios.

Otra vez toparon con una tempestad en el mar, pero pudieron llegar a Diu. La reparación del barco les llevó bastante tiempo allí. Pero Páez no aguantando más la espera; paseando por el puerto desfrazado de mercader y con el nombre de Abdullah, se encontró con algunos siervos del Pachá de Suakin, en el Mar Rojo, que habían ido a Diu para comerciar y se volvían ya a su tierra. Páez que hablaba ya perfectamente en árabe, entabló amistad con ellos, sobre todo con su jefe Razuam Aga, que era un Turco. Éste se creyó totalmente que Páez era un Armenio, deseando volver pronto a su casa. El Turco le prometió llevarle hasta Suakin, en la entrada del golfo de Acaba, desde donde podría juntarse a una caravana que fuera a Jerusalén y desde aquí a su país de Armenia. Páez le pidió que al llegar a Massawa, le dejara allí porque quería hacer un desvío a Etiopía, buscando las pertenencias de un amigo que había vivido en Etiopía y muerto en Goa poco antes. El Turco no vio puso ninguna objeción en ello.

De este modo el 22 de marzo de 1603, el Padre Páez, disfrazado como un mercader armenio salió en el barco del Turco desde Diu hacia el Mar Rojo. Sus otros dos compañeros se quedaron en Diu.

El 26 de abril llegaron a Massawa. Mandaba en el puerto un tal Mustadem, gran amigo del Turco Razuam Aga. Permitió a Páez ir hacia Etiopía. En Massawa el Padre Páez se encontró con un cristiano de Fremona. Por medio de él, el P. Páez informó al Padre Melchior da Silva, que había ido ya en 1598 a Etiopía de su llegada a Massawa. Este P. Da Silva era indio de la casta más alta: la de los Bramanes. Su físico no levantaría sospecha alguna.

El 5 de mayo, el P. Páez en compañía de 6 cristianos y 2 siervos moros que el amigo Turco Aga le había provisto, se internaron en el país. Se encaminaron hacia Debaroa, la primera ciudad fronteriza de Etiopía. Eran unos 6 días de camino. Evitaron las carreteras normales por miedo a los bandidos. Viajaban sobre todo denoche, hablando poco y en susurros. Les dio un gran susto un león con que se toparon, pero rugió y dio la media vuelta. Tuvieron que escalar en zigzag las enormes montañas de Taranta. En esta región abundaban los leones y los tigres. Había campos de maíz. Denoche acampaban al descampado y encendiendo hogueras para espantar a las fieras. La escasez de agua les atormentaba. Insectos, lagartijas también les salían al paso. Pasaron junto al viejo monasterio Cóptico de Bisan, al lado de las ruínas de una iglesia quemada por los Turcos en Asmara y subieron a la meseta central que es como el corazón de África. Abajo se divisaban las llanuras de Etiopía y el río Marib, que serpenteaba en su recorrido. La fauna de avestruces, antílopes, águilas y otros pájaros en el cielo les sorprendió. Había verdor, frescura y agua por fin.

El 10 de mayo llegaron a Debaroa, la capital de la provincia de Tigray. Al día siguiente Joao Gabriel, el comandante de las tropas portuguesas que ayudaban al Negus, fue a recibirle desde Fremona. Y juntos emprendieron el viaje de Debaroa a Fremona cruzando el río Marib y el desierto de Seraoe. De aquí a las montañas de Adowa y bordeándolas el 15 de mayo entraron en Fremona. Los portugueses cristianos que le esperaban le recibieron con gozo. Pero el Padre Melchior da Silva estaba ausente en un recorrido apostólico por la región visitando a las familias portuguesas y a los conversos al Cristianismo. Unos días después volvió y los dos jesuítas se abrazaron muy alegres. El Padre da Silva veía ya a su sucesor Padre Páez y podía volverse a la India. Ahora iba a empezar la labor del Padre Pedro Páez, el “Javier de África”, con sus largos viajes, celebrando Misas, oyendo confesiones, predicando a los que podrían entenderle, visitando enfermos y ancianos, bautizando, enseñando a jóvenes y adultos, ayudando al Negus como se verá.

------------------


CAPITULO 5


EL PODER DE UN BUEN DIBUJANTE

(1603)
En sus primeros días en Fremona, el Padre Páez empezó a entablar contactos con los etíopes. La casa cural y la iglesia de los jesuítas apenas se sostenía en pie, y parecía más bien una choza. Un día Páez salió de la fortaleza, descendió por la ladera de la colina y se puso a pasear por la planicie ante sus ojos.

Hacía calor y como divisó un árbol seco, después de cercionarse de que no había en su copa una serpiente pitón dispuesta a bajar del árbol para tragarse al jesuíta, se puso a rezar en su libro de la Oración de la Iglesia.

De vez en cuando miraba a su alrededor por si había algún peligro. Se sorprendió de ver una alta jirafa que le miraba con ojos curiosos. A su lado masticaba la poca hierba casi seca que quedaba una cebra. En la copa del árbol, una acacia seca, estaba posado un buitre que le miraba también con ojos severos.

De repente, el Padre Páez oyó un ruído lejano, como el del agua de una catarata. Pero en aquel pasaje desértico no había agua. Divisó una masa negra como de humo que se le acercaba. ¿Sería una manada de búfalos o de avestruces corriendo? Pero ya más cerca, salían luces resplandecientes desde dentro de la masa negra corriendo hacia él. Y pronto vio de qué se trataba. Era un grupo de guerreros negros que blandían sus cimitarras lucientes cuando el sol las embestía. Ya más cerca, vio sus cuerpos morenos desnudos, sus pelos rizados cayéndoles por los hombros y sus ojos negros amenazantes.

Los guerreros apuntando sus espadas y lanzas contra él, le rodearon formando un círculo. Sus ojos denotaban odio contra todo blanco o de otra raza que viniera a estorbar su modo de vivir, su cultura. Le gritaban enfurecidos.

Valiente, el Padre Pedro cerró su libro y se adelantó hacia el que parecía el jefe de los guerreros. Era un joven alto, fuerte, musculoso, su torso brillante por el aceite de su pelambrera. Le miraba con ojos de fuego. Pedro sonriente le extendió la mano derecha en señal de saludo. El guerrero seguía parado. Parecía como si dos boxeadores fueran a pelearse. Pedro también era alto y fornido, diestro en el uso de las armas, lo cual había aprendido en sus años mozos en su pueblo natal de Olmeda de las Cebollas.

Entonces Pedro tuvo una idea brillante. Se quitó su zapato izquierdo. Los guerreros le miraban curiosos. Pedro tomó el zapato en su mano y gritó:



  • “¡Zapato!”.

Pero sólo hubo silencio como respuesta.

Esta vez Pedro se quitó el zapato derecho y volvió a gritar:



  • “¡Zapato!”

Esta vez algunos repitieron bajito: “zapato”...

Algunos de los guerreros etíopes más que al zapato apuntaban con su dedo

al pie de Pedro. Y uno de ellos le bajó de un estirón uno de los calcetines para ver si era blanco como la cara de aquel extraño hombre. Al ver el blanco pie de Pedro todos rieron al unísono.

Pedro volvió a gritar:



  • “¡Calcetines!”

De repente, dos guerreros se avalanzaron hacia él para quitarle nada

menos que el cinturón. Por lo visto querían ver, bajándole los pantalones bombachos, si el cuerpo de Pedro era todo blanco. Pedro no lo iba a permitir. Lo que hizo fue quitarse camisa, diciendo en voz alta:



  • “¡Camisa!”

Esta vez los etíopes exclamaron sonrientes:

  • “Shamma”.

De este modo, el P. Pedro aprendió su primera palabra en la lengua de ellos: “shamma” quería decir: “camisa”.

Después el Padre levantó el sombrero de su cabeza y mostrándolo, dijo:



  • “¡Sombrero!”

  • “¡Kob!”, gritaton ellos.

El Padre Pedro ya sabía otra palabra de la lengua de los etíopes.

Ahora señaló con un dedo su:

- “¡Cinturón!”, dijo. Y los guerreros:

- “¡Kebeto!”, volvieron a gritar.

El ver al Padre escribir esas palabras sobre papel intrigó a los etíopes que se le acercaron. Entonces el Padre dibujó en otro papel de su cuadernillo un “rinoceronte” de los que había visto. Y los guerreros exclamaron:


  • “¡Abada!”

A continuación, el P. Pedro insinuó con gestos al joven jefe del grupo que se

sentara sobre una piedra en frente de él. Y con destreza dibujó su “retrato”.

El joven guerrero se quedó maravillado y sonrió aprobando el parecido del dibujo con su cara. Ya eran amigos. Después todo el resto de los jóvenes guerreros etíopes se puso en fila, para que el Padre les pintara a todos y cada uno sus retratos...De esta manera, con dotes de dibujante, el P. Páez se ganó a sus primeros amigos etíopes.

Como Páez se había descamisado, los guerreros notaron en su espalda las cicatrices de los muchos látigos que había sufrido durante los meses de esclavo remero en una galera turca. Para aquellos etíopes, los latigazos se propinaban a los ladrones. Pero Páez tenía tantos que pensaron era un ladrón extraordinario, todo un héroe. Otro motivo, aunque erroneo, para venerarle.

El P. Páez sabía de la importancia del saber lenguas como medio de comunicación. Así pues, se puso a estudiar las lenguas de aquellos etíopes. Poquito a poco, se enteró de que eran 5 dialectos distintos: Amárico, Geez, Galla, Agau, Shankalla. Por horas iba aumentando su vocabulario. Quiso aprender también el tonillo y cadencia de su hablar. Las palabras se transformaron en frases. Sus amigos le corregían la pronunciación equivocada. Y al cabo de un año, el genial P. Páez era ya capaz de traducir las crónicas de la vieja Etiopía, que estaban escritas en la lengua Geez.

Empezó a construir una escuela con sus manos. El joven guerrero, que se llamaba Shaka, y sus compañeros le ayudaron trayendo piedras. Luego les enseñó a fabricar ladrillos con el barro de la tierra. Los agujeros en las paredes les intrigaban, hasta que vieron que eran para ventanas.

Pedro para mantener el entusiasmo de sus jóvenes amigos, hizo una pelota de trapo y les enseñó a jugar a lo que hoy día llamaríamos “hockey sobre hierba”. Los palos los hicieron con ramas de los árboles. Puestos a correr, aquellos jóvenes le ganaban al P. Pedro, eran infatigables y rapidísimos.

Un día le trajeron un magnífico caballo blanco. Por supuesto el P. Pedro desde sus años mozos sabía montar a caballo. Se subió al caballo y con el jefe Shaka montado a su lado en otro caballo, salieron al galope. Y esto le sugirió a Shaka que podrían organizar una cacería de “abadas”, o sea “rinocerontes”. A los etíopes les gustaba comer su carne y hacer medicina de los huesos; el cuerno tenía poderes afrodisíacos. A Pedro le parecía una aventura peligrosa. Los rinocerontes son tan altos como un hombre, su cuerno es como una espada afilada, echan aire como fuego por las narices, corren a una velocidad de casi 40 kms. por hora. Por no contrariarles, el Padre consintió en participar en la cacería. Así conocería mejor sus costumbres y su amistad se cimentaría.

Llegó el día de la empresa. Pedro galopaba junto con su jóvenes guerreros. Pasaron junto a árboles de los llamados “ficus” que con sus raíces y ramas torcidas parecían serpientes pitones. De pronto, detrás de un árbol, comiendo algo de hierba, divisaron a un rinoceronte blanco. La vista de los rinocerontes es muy débil, pero su olfato y oído es finísimo. El jefe Shaka se lanzó a caballo contra el rinoceronte; y éste con su cuerno apuntando hacia él, también corrió a enfrentársele. Pedro se quedó parado a caballo, casi cegado por la polvareda que levantaron rinoceronte y caballo de Shaka. Cuando llegó el momento de choque, Shaka desvió su caballo a un lado y el otro guerrero que corría detrás de él, que había desmontado rápido de su caballo, con una espada hizo un corte en el tendón de Aquiles de una de las patas del rinoceronte. Se oyó un sonido aterrador. El enorme animal rodó por los suelos con gran dolor. Y entonces el resto de los guerreros que también habían cabalgado detrás, acribillaron al rinoceronte con sus lanzas.

Otro día aquellos jóvenes dieron a beber a Pedro una bebida que llamaban “banguini”. Produce el efecto de romper a reír a carcajadas. Y así fue. Sin saber por qué el P. Páez se estaba riendo como nunca, ante el gozo de sus amigos etíopes.

Los otros dos jesuítas: Padre Antonio Fernández y Padre Francesco de Angelis, por fin se reunieron con el P. Páez. La parroquia de los tres era toda la Etiopía con sus dificultades de viaje y comunicación. Enseñar, predicar, impartir los Sacramentos, visitar a los enfermos y ancianos. Y además estudiar lenguas. El P. Pedro Páez dominaba las dos lenguas principales: el Geez y el Amárico, incluso mejor que los nativos etíopes. Sabía hablarlas, escribirlas. Llegó más tarde a escribir un diccionario y una gramática del lenguaje vernáculo Geez. Y también en esa lengua un Catecismo que se hizo muy popular.

Al mismo tiempo, el P. Páez quería mantener la euforia de sus jóvenes guerreros. ¿Qué más hacer?

Un día surgió la idea en su cabeza: cazar cocodrilos. Y pensado y hecho, con su grupo de jóvenes etíopes se fueron al río Tacaze, largo, profundo a veces, vivienda de enormes cocodrilos. También abundaban allí los hipopótamos. Meterse desprevenido en el agua, equivalía a ser devorado por estos enormes mamíferos. Deslizarse en canoas por la corriente era también muy peligroso. De un cabezazo, los cocodrilos y los hipopótamos también, podían hacer saltar al aire la canoa con los hombres dentro. Pero aún así, Shaka se metió en su canoa, invitó a Pedro a subir a ella. Dentro iban otros 4 jóvenes aguerridos con lanzas enfiladas. Divisaron a un largo cocodrilo que se deslizaba por la superficie como si fuera un tronco. Pero con sus ávidos ojos el cocodrilo había visto la barca y se sumergió en el agua. Luego a gran velocidad se dirigió hacia la canoa. Se veía su sombra dentro del río. Se puso debajo de la canoa. De un coletazo la podía hacer añicos. Shaka esperaba con su lanza en mano que asomara la cabeza por la otra parte de la barca. Así lo hizo el animal. Entonces Shaka le hundió su lanza detrás del cuello apuntando a la espina vertebral del cocodrilo. Éste en su agonía levantó al cielo su enorme cola. El agua parecía explotar recibiendo las contorsiones del caimán herido mortalmente. Con su boca abierta, mostrando sus terribles dientes quiso morder la canoa, pero ya era tarde. Los otros guerreros le remataron con sus lanzas. Y después, con una cuerda alrededor de la cabeza del cocodrilo, lo arrastraron hasta la orilla del río. Era tan largo como dos hombres puestos uno encima del otro. Con sus cuchillos cortaron la carne del animal hasta los huesos. Esa noche, con fuego de troncos secos, en la ribera del río, comieron carne asada de cocodrilo. Les parecía exquisita. Y de la piel, harían cascos que adornarían con plumas de avestruz. Las hienas se encargaron de mordisquear los restos del cocodrilo.

A la mañana siguiente, cuando iban de vuelta, de pronto Shaka se paró y señaló a sus hombres un árbol. Era un cedro sagrado para éllos. Se dirigieron hacia el árbol. Un juramento hecho debajo de sus ramas era algo que obligaba para toda la vida. Shaka tomó la mano del P. Pedro. Se estrecharon las manos sonrientes. Habían hecho la promesa de una amistad de por vida.

Pasaron los meses. La fama de la escuela del P. Páez atrajo a muchos etíopes. Además el Padre les enseñaba en su lengua. Y tal buena reputación llegó hasta los oídos del Negus o Emperador, que lo llamó a su corte. Uno de los oficiales portugueses que asistían al Emperador, un tal Joao Gabriel le había hablado en la corte del P. Páez y de su escuela. El Emperador quiso verlo, encontrarse con Páez.

-------------------------------


CAPITULO 6


EL EMPERADOR EN UNA TIENDA DE CAMPAÑA

(1604)


Cuando en 1603 el P. Pedro Páez había puesto pie en el suelo de Etiopía, el “Preste Juan” o el “Negus” o el “Emperador” actual del país era todavía un niño llamado Jacob. Era el hijo bastardo del Emperador Sarsa Denguel. Éste tenía varias hijas nacidas de su esposa la Emperatriz Mariam Sina, pero ningún hijo varón. Jacob había nacido ilegítimamente de otra mujer.

El Negus Sarsa Denguel dejó la corona al hijo de su hermano, o sea a su sobrino Za Denguel que ya era un joven adulto. Pero los poderes ocultos debajo del trono, la reina y su yerno Za Selasse, con el respaldo del “Abuna” alejandrino Petrus y del clero etíope, preferían tener como Negus o Emperador al niño Jacob de tan sólo unos 10 años de edad. Así lo podrían manipular a su gusto. En consecuencia, aprisionaron a Za Denguel y lo desterraron a la isla Dek, en medio del lago Tana, guardado por así decir por hipopótamos que abundaban en el lago y hacían imposible toda escapatoria. Más tarde lo desterraron aún más lejos, a las montañas en la provincia de Dambea, donde estuvo prisionero 7 años. De este modo, Jacob fue proclamado Emperador y la Emperatriz Mariam Sina y dos de sus yernos eran los regentes del país por espacio de otros 7 años.

La estación de las lluvias dura en Etiopía de mayo a noviembre. En ese tiempo el viajar de un lado a otro resulta imposible. Tierras inundadas, barro, bandadas de moscas y mosquitos. Muchos de los etíopes son nómadas que viajan con sus ganados de cabras por el país evitando los mosquitos que originan la malaria. De junio a septiembre llueve torrencialmente.

Un viaje por aquellas tierras sin carreteras ni caminos indicados en busca de la corte del Emperador era toda una aventura. Había que tener cuidado de los leones, de los elefantes, de los rinocerontes y en el río de los hipopótamos y cocodrilos. Las jiragas, cebras, búfalos, antílopes de las llanuras más bien alegraban la vista, eran animales inofensivos. En los árboles, infinidad de monos saltando de rama en rama. Por las noches, peligro de las serpientes venenonas, de los lobos y de las hienas. Una vez, narra el P. Páez le mordió una serpiente venenosa, que le produjo terribles convulsiones. Se salvó gracias a un antídoto que los etíopes hacían con el cuerno de un rinoceronte. La temperatura variaba tremendamente. Por las mañanas a 8 grados. Al mediodía alcanzaba los 42 grados, a veces hasta 50 grados. Esto era en la llanura, en las mesetas y montañas era mucho más llevadero.

De diciembre a abril es la estación seca. Ya no había mosquitos. Enero era el mes más frío del año, con temperaturas bajo cero. El sol salía a las 6 de la mañana y se ponía a las 6 de la tarde. A partir de las 4 de la tarde oscurecía.

Por fin, en enero de 1604, saliendo de Fremona, el P. Páez se puso en viaje obedeciendo al mandato del Emperador y de su madre la Emperatriz. Le acompañaban los otros dos Padres jesuítas y dos jóvenes etíopes como guías.

El título de este capítulo: “el Emperador en una tienda de campaña” se explica ahora. En estos tiempos la corte del Emperador no tenía un lugar fijo de residencia. Era costumbre de los Emperadores ir de un lado a otro del país, sometiendo a los jefezuelos rebeldes. Es por eso que pernoctaban en tiendas de campaña o chozas fabricadas sobre todo con cañas de bambú y paja.

La corte del Emperador Jacob se hallaba entonces en Dancaz, en la provincia de Dambea, al noreste del lago Tana. Iban a ser 2 meses y medio de viaje hasta allí. El P. Páez hubiera preferido ir montado a caballo, pero su condición de religioso y persona importante le obligó a cabalgar en una mula, según la costumbre etíope. Otra mula llevaba su equipaje, que era el mantel para celebrar la Misa y los demás utensilios necesarios para ello. También se debía acarrear fajos de leña y esteras, alfalfa y sacos de sal para alimentar a las mulas. Pasaron por muchas aldeas. Los hombres altos y de pelo rizado vestían cortos calzoncillos y encima largas túnicas de algodón hasta los piés. Las mujeres, túnicas hasta la rodilla. Ellas eran las que trabajaban en la escasa agricultura de maíz o algunas otras legumbres como los guisantes.

El trigo se cultivaba en las mesetas más al norte del país. Sus comidas eran, pues, a base del maíz, legumbres y algunas raíces comestibles. También comían los saltamontes fritos. Ellas acarreaban el agua potable en cubos atados a los dos extremos de un palo que llevaban a hombros. Los hombres bebían o fumaban en pipas de bambú el “cannabis”, hecho de una especial hierba adormidera.

En algunas ocasiones los tam-tam de tambores hechos de madera y piel tersa de gatos salvajes encima donde se los golpea, les anunciaban una boda o el haber cazado y matado a un león o a un elefante.

Los saludos de los aldeanos, a los que los misioneros respondían de la misma manera, consistían en profundas inclinaciones de cabeza y tronco. Pero ya más de cerca, los hombres etíopes se saludan con besos en las dos mejillas de la cara, o se llevan la mano del otro a sus labios y la besan.

Al cabo de 5 horas de viaje se pararon. Las mulas no aguantan ya más. Necesitan reposar el resto del día. A la noche, las hogueras les calentaban a todos y a la vez espantaban a los leones. Se cubrían con su mantos pues era invierno y hacía frío.

A medida que se adentraban en la región montañosa, el arbolado de acacias, eucaliptos y palmeras se incrementó. También la hierba a sus piés. Pasaron un río. Los hombres etíopes saben nadar muy bien. Pero las mujeres no. Las arrastraban por la superficie del agua, metidas y agarradas entre palos con la cabeza saliendo por el medio. Un pescador les ofreció peces para comer. Multitud de pajaros, cigüeñas, pelicanos, patos, avestruces, alegraban el paisaje.

Otro día pasaron junto a una caravana de esclavos. Los dueños eran árabes barbudos, vestidos con túnicas blancas, montados en burros y camellos. Los esclavos en taparrabos, con sus manos atadas a la espalda, eran hombres y mujeres de 6 a 60 años cautivos del sur del país. Era una triste procesión de seres humanos desnutridos, hambrientos y maltratados. Algunos acarreaban atados a sus hombros colmillos de marfil de elefantes. Al

final iban los guardias armados con espadas y lanzas. Los mercados de venta de esclavos estaban en Egipto y Arabia. El P. Páez sabía bien qué cómo eran esos mercados de esclavos. Se preferían mujeres a hombres. Las rociaban con aceite de coco para que su negra piel reluciera más. Las jóvenes vírgenes de Etiopía eran deseadas por los Turcos, Sirios y Árabes como concubinas para su harem. El Padre Pedro quiso hablar a los esclavos, consolarles, pero el jefe árabe amenazante se lo impidió. La dicha caravana se dirigía a Danakil, en la costa del Mar Rojo, donde los esclavos serían embarcados para Arabia.

Cuando alcanzaron los 1.000 metros de altura en la zona montañosa del norte del país, llegaron al campamento de la Reina Madre, la Emperatriz Mariam Sina, que estaba atraída por la fe cristiana y quería encontrarse con los Padres jesuítas. Era un campamento de tiendas y en el medio de ellas había unas chozas de arcilla con típicos techos cónicos. Alrededor había un jardín con árboles, y campos de pepinos y melones. Fuera del campamento muchos mendigos esperaban limosnas de la generosidad de la Emperatriz. Algunos súbditos habían traído a la Reina regalos de cabras, peces y ratas, alubias, flores silvestres, perfumes de ungüentos olorosos. A la entrada de la choza palacio de la Emperatriz, un esclavo con una espada adornada con plumas de avestruz tomó los paquetes que traían en sus manos. Esperaron hasta que el sonido de cuernos de gacela anunció la presencia de la Emperatriz y a los misioneros se les permitió la entrada en la sala, decorada con alfombras y tapices dorados. La reina sentada en sillón de madera oscura de acacia, sobre una alfombra de pieles de leopardo, llevaba encima una capa negra de piel de cabra. Ostentaba collares de piedras preciosas en su cuello, pendientes en sus orejas, pulseras en sus brazos y pies. Su largo y rizado pelo negro iba coronado con una tiara de marfil dorado. A sus lados jóvenes muchachas adornadas con túnicas de vistosos colores y collares y pulseras de color rojo y azul. Vasos traslúcidos de alabastro con líquidos de color de leche perfumaban el ambiente. También había algunos hombres vestidos con su largas túnicas blancas. Se permitió a los Padres sentarse sobre los ricos y blandos almohadones esparcidos por encima de las alfombras. Esto era un honor reservado para pocos. Junto a la Emperatriz estaba el Abuna o Patriarca de la Iglesia Cóptica de Etiopía. Vestido con traje bruñido de oro y capa oscura, tricornio blanco en su cabeza y una gran cruz de oro con cadena de plata sobre su pecho. Todos se soprendieron al oír hablar al P. Páez en su propia lengua.

La entrevista fue muy placentera. El Patriarca, con sus monjes de blancas capas, les enseñó la iglesia vecina al campamento real. Era un recinto de forma circular, techo cónico coronado por una cruz rodeada de huevos de avestruz de madera, un reminiscente antiguo pagano. Dentro, en medio de la iglesia estaba el “Santo de los Santos”, donde había una réplica del Arca de la Alianza. Era curioso ver que en las pinturas de las paredes, Jesucristo y sus discípulos estaban pintados como hombres blancos. Sólo el diablo era de color negro. El suelo de la iglesia estaba hecho con juncos entrelazados.

Llegar hasta el campo del Emperador en Dambea les duró una nueva marcha de 3 días. El campamento real estaba rodeado de murallas de piedras, junto a las cuales habían bastantes burros blancos, que eran del establo real. Iban cargados con sacos de comida y vino. Algunos vasallos tenían posados en sus brazos halcones, dispuestos a cazar volando alguna presa a la menor señal recibida. Muchas campanillas atadas a sus cuellos anunciaron su llegada. Había soldados con espadas decoradas de plumas de avestruz, con escudos de piel de hipopótamo o cocodrilo, cascos de las mismas pieles, y vestidos con plumas de avestruz también. El mismo olor a perfume se respiraba por doquier. Algunos jefes barbudos estaban charlando sentados en el suelo y sus esclavos les protegían del sol con sombrillas. Unos, en vez de turbantes, llevaban pelucas hechas con pelos de la cola de los caballos. Vestían túnicas blancas, brazaletes de marfil. La tienda del Emperador era espaciosa, pintada de color rojo y dorado. Esperaron hasta que se les permitió entrar. El Negus o Emperador era todavía un muchacho de unos 14 años.

El P. Páez describió el encuentro como sigue:

“Cuando entramos en la tienda, le encontramos sentado encima de almohadones en medio de un palanquín muy decorado. Muchos de sus capitanes estaban presentes. Cuando nos acercamos a besarle la mano, se nos dijo que nos sentáramos en almohadones a cierta distancia. Nos preguntó sobre nuestro viaje y cómo estaban el Rey de Portugal, el Virrey de la India y otras muchas cosas más. La conversación duró mucho tiempo. Le regalamos una pequeña cama dorada que le gustó mucho. Nos separamos con un sentimiento muy amistoso. Como era dos días antes de la Fiesta de los Reyes, una fiesta que es ocasión de mucho comer y de gran regocijo, ordenó que nos mandaran dos o tres vacas para que tuviéramos bastante para celebrar la fiesta”.

El joven Emperador estaba muy bien informado sobre nosotros por Za Selasse, que era un tío suyo. El P. Páez tuvo la oportunidad de decirle que en la provincia de Tigray los Católicos eran muy mal tratados y perseguidos por un tal Bahar Nagash. Prometió investigar y resolver el asunto.

La fiesta de los Reyes fue muy solemne. Con la sangre de las vacas los etíopes se huntaban el cuerpo. Comían la carne con mucha mantequilla y picante. Los etíopes presumen de comer picante, a base de pimentillos rojos y pimienta, más que nadie. El vino se mezcla con miel. Se tuesta el pan. De fruta, abundan los plátanos, mangos, dátiles, granadas, melocotones y cañas de azucar. El sonido de la música a base de tambores, flautas y cuernos etíopes, era salvaje pero no en demasía. Algunos de los tambores estaban hechos con orejas de elefante. Danzaban moviendo sus cuerpos en contorsiones sensuales y sus canciones eran de amor y de guerra.

Muy distinto eran las brutales ejecuciones que tuvieron lugar. Azotes, cortar manos o pies a los ladrones, sacar los ojos y las lenguas con tenazas rojas recién sacadas del fuego. Colgar los cadáveres en medio del regocijo.

El P. Páez y los suyos volvieron a Fremona. Poco tiempo después, cuando el Emperador Jacob empezó a actuar por su cuenta, fue depuesto por el yerno de la reina Za Selasse , junto con sus aliados de la nobleza y del clero y trajeron con urgenica de su presidio a Za Denguel, proclamándolo como nuevo Emperador del país. Jacob logró huir cuando iban a detenerle, escapando a uña de caballo por ser gran jinete a pesar de sus meros 15 años. Pero fue desterrado a Narea, lo más al sur del país, bajo custodia militar. Así lo narra el P. Páez en su libro.

------------------

CAPITULO 7


EL NUEVO EMPERADOR ZA DENGUEL:

UN BRAVO “LEÓN DE JUDÁ”

(1604-1606)
Un día de 1604 estaba el P. Páez dando un paseo fuera de la casa de los jesuítas en Fremona, cuando vio qu venía hacia él un alto guerrero con su lanza en la mano derecha, casi corriendo. Las campanillas atadas en lo alto de la lanza sonaban adrede para espantar a los animales salvajes.

Después del tradicional saludo con una inclinación profunda, aquella figura marfileña del guerrero le entregó una cajita de bambú. El Padre desató el cordón rojo que la cerraba y encontró dentro una misiva escrita sobre un papiro. Era una carta para él de parte del nuevo Emperador Za Denguel, llamado también “León de Judá”, título que se atribuían los Negus como descendientes del Salomón de la Biblia. Decía el texto:

“Quiera la carta del Emperador llegar a manos del honrado Padre, Maestro de los Portugueses. ¿Cómo está de salud? Oiga las buenas noticias de lo que Dios nuestro Señor ha hecho por nosotros. Estuve 7 años en prisión, soportando innumerables fatigas. Pero el Señor Dios tuvo compasión de mi miseria, me sacó de la cárcel, me dio el Imperio y me ha hecho Cabeza de todos, tal como dice David: “La piedra que los constructores rechazaron, se ha convertido en la piedra angular”. El mismo Señor ha hecho bien lo que ha empezado. Escuche, Padre. Nosotros deseamos vivamente que venga lo más pronto posible y que nos traiga los Libros de Justicia de los Reyes de Portugal, si es que los tiene, porque estaremos muy contentos de poder verlos. Hasta aquí la carta del Emperador”.

Pedro notó el parecido entre los dos, él y el Emperador: 7 años en captividad.

A principios de 1604 Za Denguel había sido entronizado como Emperador. Y habiendo oído hablar del P. Páez, de su escuela y excelente educación de sus pupilos, muy curioso y ávido de saber, se informó sobre el Padre de Fremona, de que había viajado mucho por Arabia, de que hablaba en sus propias lenguas, de que le podía dar una profunda y exacta información de la Fe Romana. Y mandó que viniera a su corte con el Gobernador de Tigray.

El Emperador tenía su campamento en Ondegua, cerca de Abbai, donde el río Nilo azul entra en el lago Tana.

Otra vez de viaje durante 3 meses. Mas de pronto el Gobernador de Tigray le informó de que el Emperador había levantado su campamento e iba en marcha contra los Gallas, una tribu en rebelión.

La Etiopía central estaba hecha de una cordillera de montañas agudas como paredes que protegen un valle en medio de ellas. Un bandido con 100 caballos y 50 mujeres que ocupase una de las montañas precipicio, podía aguantar mucho tiempo y declararse rey. Es por eso que había muchos clanes de reyezuelos rebeldes, luchando unos contra otros. Los más bárbaros eran los nómadas llamados Gallas. Robaban y cortaban el cuello de los mercaderes. Se necesitaba una tropa de protección para atravesar la zona donde los Gallas dominaban.

El Emperador Za Denguel tenía un ejército de 12.000 hombres. Quiso dar a los Gallas una lección duradera.

Normalmente el ejército del Emperador, aunque nos parezca extraño, contaba con mayor número de mujeres que de hombres. En la comitiva iban la Reina, sus nobles damas, las mujeres de los generales y capitanes con toda su familia. Cada soldado con una o dos mujeres. Iban también mercaderes vendiendo ropa y comestibles. En total unas 30.000 personas de hombres, mujeres y niños formaban aquella tremenda tropa. Delante del Emperador iban los tocadores de trompetas y tambores. El Emperador montaba y desmontaba en su mula dentro de la tienda donde acampaba. Y cuando atacaban al enemigo, entonces sí que se subía a su caballo marchando en el centro del ejército.

Za Denguel y su tropa pasaron por los desfiladeros de las montañas, protegiéndose del frío con mantos hechos de pieles de chacales. Marchaban cantando himnos guerreros. En el trayecto, los gobernadores de las provincias tenían preparados para la tropa carne, pan, cerveza. Desde lejos se divisaba el avance del ejército por la polvareda de humo que levantaba.

Por fin, los dos ejércitos enemigos se vieron frente a frente. Los Gallas iban a caballo y eran excelentes jinetes. Tras un instante de silencio sepulcral, sonó el grito de guerra abisinio y después una cascada enome de gritos de ambas partes, acompañada por las trompetas y tambores. Caballos al galope, flechas, lanzas, tajos con la espada, muertos y heridos, nuevos gritos de dolor.

El combate había comenzada al amanecer, pero el cielo estaba oscurecido con nubes de flechas moviéndose veloces de un lado a otro.

Según las crónicas de Etiopía, el Emperador avanzó con su caballo a gran velocidad para encontrarse con el enemigo, dividido su ejército en tres flancos. Los Gallas atacaron con tal furia, que las dos alas derecha e izquierda del ejército del Emperador se dieron a la fuga. Los principales oficiales aconsejaron al Emperador también el retirarse, pero él, como verdadero “León de Judá”, se negó a ello y con su espada en la mano dijo: “Estoy dispuesto a morir, yo no consiento la infamia del huir”. Su ejemplo infundió valor a los guerreros, sorprendió a los Gallas, que ahora dieron media vuelta y se dieron a la fuga. Las dos alas del ejército imperial reaccionaron y los persiguieron y alcanzaron. Al día siguiente sobre la arena se veían los cadáveres de miles de Gallas. El victorioso Emperador siguió su marcha triunfal contra otra segunda columna de Gallas rebeldes. El resto de éstos se dispersó por los montes. Quedaban unos 400 Gallas. Los guerreros imperiales treparon por las rocas hasta acabar con todos.

Tan pronto como el Gobernador de Tigray tuvo noticias de la victoria y vuelta del Emperador, envió mensaje al P. Páez de que era el tiempo más oportuno para ir a la Corte. Esta vez iba solo el P. Páez con dos jóvenes discípulos etíopes. Sus dos compañeros jesuítas se quedaron ocupados en Fremona. Para llegar desde Fremona al campamento del Emperador había que atravesar la abrupta cordillera de Simen y bordear la montaña Lamaleno, con casi 4.000 metros de altura, por una peligrosa senda al borde de los precipicios a lomos de mulas. Encima de esto, abundaban los leones, leopardos, hienas y manadas de perros salvajes a los qu Páez llama “lobos”; y serpientes venenosas y mosquitos transmisores de la malaria.

El P. Páez se encontró con el Gobernador en lo alto de una montaña donde éste residía. Un hombre alto, de altiva mirada, resplandeciente en su blanco uniforme, con turbante de seda rojo en su cabeza. Después de la ceremonia de los saludos, se formó una caravana de mulas hacia Ondegua, cerca del lago Tana. Era en el mes de abril de 1604. Bajaron bajo un sol que les quemaba desde la montaña a la meseta templada alrededor del lago Tana, donde el Emperador estaba acampado. Les costó tres meses de viaje. El P. Páez estaba ya cansado de tantas horas sentado sobre su lenta mula.

Al llegar al campamento imperial, se informó de su llegada al Emperador.

Acampaba en medio de una como plazoleta protegida por altas cercas de madera. Y una vez dentro de su tienda, el P. Páez se adelantó a besar la mano de Za Denguel, sentado solemnemente en sus almohadones, con un “akal” o corona religiosa sobre su cabeza. Era un joven de unos 26 años de edad, alto, varonil, fuerte, con ojos inteligentes, tez morena. Hablaron amistosamente muchas horas y de la religión católica romana también. Esto molestó a los monjes abisinios que temían la exaltación del sacerdote católico ante éllos.

Al día siguiente, Za Denguel volvió a llamar al P. Páez. Se celebró una disputa sobre la fe Católica y la Cóptica, en presencia de muchos personajes de la corte y bastantes monjes etíopes. El P. Páez y sus dos jóvenes discípulos etíopes achicaron con su sabiduría a los monjes cópticos. El Padre celebró una Misa en rito romano en latín, predicó un sermón con elegancia y clara dicción en la lengua abisinia. Un viejo monje cóptico, de inmediato, se declaró a favor de la Iglesia Católica. El Emperador Za Denguel también quedó muy bien impresionado y desde aquel instante se decidió el abrazar la fe católica, pero se bautizó secretamente por prudencia. El don de gentes, la cultura e inteligencia y el sentido del humor del P. Páez cautivaron a Za Denguel y a la mayoría de sus clérigos y nobles.

El P. Paez guardó el secreto, pero el sanguineo impetuoso Emperador proclamó la prohibición de guardar el Sábado judío, una reminiscencia de la vieja religión Hebrea antes de la conversión al Cristianismo. Pero las altas jerarquías de la Iglesia Cóptica etíope desconfiaban del sacerdote jesuíta y se declararon enemigos de la Iglesia Católica Romana. En su lucha contra el Islam, la Iglesia Cóptica de Etiopía era como una nota de patriotismo nacional sin permitir cambio alguno.

Sobrevino una plaga de saltamontes, una calamidad para los campos cultivables. Los monjes cópticos lo atribuyeron a los Padres: “los misioneros del diablo”, como les llamaban, que habían venido a seducir al pueblo.

El Emperador Za Denguel envió cartas en secreto para el Papa Clemente VIII y para el rey de España y Portugal Felipe III con fecha de 26 de junio de 1604, ofreciéndoles su amistad y al mismo tiempo pidiendo la ayuda de soldados europeos para luchar contra sus enemigos. Al Papa le pedía que enviase nuevos sacerdotes para enseñar a la gente la fe, de la misma manera que el P. Páez la enseñaba a los niños de Fremona. A Felipe III le pidió soldados y artesanos y que le enviase a una de sus hijas para que se casara con uno de sus hijos, sea firme su amistad “ya que así estaremos siempre unidos en cuerpo y corazón”, dice la carta.

Cuando el P. Páez iba a volver a Fremona, el Emperador ordenó se le dieran 300 onzas de oro como regalo. El P. Páez dijo que él había hecho voto de pobreza y no quería ese obsequio. Pero como Za Denguel insistía en darle algo, le pidió al fin terreno para levantar una iglesia y una escuela.

Mientras tanto las medidas adoptadas por Za Denguel alarmaron a los tradicionalistas del país, que se rebelaron contra el Emperador en la provincia de Gojam, al sur del lago Tana, al mando del traidor Za Selasse, alentado por el Abuna Petrus y un buen puñado de nobles. El 13 de octubre del mismo año Za Denguel pidió al P. Páez que viniese a su campamento para darle la absolución de sus pecados y una bendición antes de ir en batalla contra los rebeldes. Desafortunadamente, el P. Páez estaba muy ocupado en Fremona intentando exterminar pestes de saltamontes, ratones, hormigas, mariposas, monos que destrozaban las cosechas de toda la comarca. Encima era la temporada de las lluvias y los ríos iban muy crecidos con grandes peligros para el viaje.

El Negus Za Denguel marchó con su ejército desde Dancas a la llanura de Barcha. Con él iban soldados portugueses armados con arcabuces y artillería al mando de Joao Gabriel. Eran el resto del ejército que trajo a Etiopía Cristóforo da Gama. Se habían casado con muchachas etíopes, creando así una raza mestiza de niños, a los que enseñaban el manejo de las armas con pólvora.

El mismo día 13 de octubre de 1604 los dos ejércitos entablaron batalla. El rebelde Za Selasse así lo quería, temiendo que sin un pronto combate muchos de sus guerreros se podían pasar al bando del Emperador. Za Denguel puso a los 200 portugueses a la derecha con algunos de sus hombres. Él atacaría por la izquierda. El ala derecha de los portugueses arrasó al enemigo. Pero el ala izquierda del Emperador no tuvo tanta fortuna. Éste luchó como un león, mas 60 de sus guerreros a caballo desertaron y a causa de la traición cayó primero el guerrero favorito del Negus, un tal Laca Mariam, atravesado al lado del Emperador. Obligado a retirarse, Za Denguel perdió su caballo y se enffrentó soo, espada en mano, al numeroso grupo de adversariosque le rodeaban. Murió peleando como un valiente, alcanzado por las lanzas de sus enemigos. La última jabalina se la clavó en la cara Za Selasse. Desnudaron el cadáver, pero algunos tuvieron respeto y el bravo Emperador Za Denguel fue después enterrado en una cercana pequeña iglesia en la isla de Dek, en el lago Tana. Así acabó la vida de este “León de Judá”.

CAPITULO 8
UN PALACIO PARA EL EMPERADOR SUSINIOS

(1607-1617)


Cuando el Emperador Za Denguel fue muerto, el ejército eligió para sucederle como Emperador a Susinios, primo del depuesto Jacob. Pero la facción del depuesto Jacob no aceptó la tal decisión. Éste fue repuesto en el trono en 1605. Susinios, abandonado por todos, se refugió en Maquedela. Jacob quiso ofrecer a Susinios la paz y la partición del país con él. Mas Susinios rehusó. Él no quería renunciar a sus pretensiones al reino. Durante 3 años hubo forcejeo entre las dos partes. Jacob envió a Za Selasse contra las fuerzas de Susinios, que fue derrotado. Pero el siempre traidor Za Selasse se cansó de servir a Jacob y ofreció una alianza a Susinios.

De este modo se llegó a la batalla final. Jacob atacó con fuerza a las tropas de Susinios y Za Selasse. La batalla tuvo lugar el 10 de marzo de 1607 en Dar Zahyr, en las cercanías de la actual Menta Dabir, a unos 15 kms. al noreste de las cataratas de Tisisat, el primer gran salto de agua del río Nilo Azul desde que abandona las riberas del lago Tana. Susinios tenía el apoyo de las salvajes hordas Gallas, que inclinaron la balanza de la batalla hacia su campo. Las fuerzas de Jacob fueron aplastadas. Jacob huyó a caballo, pero cuando mataron al caballo con una flecha, tuvo que huir a pie. Fue reconocido y lo mataron, lo mismo que al Abuna Petrus. Susinios mandó que enterrasen a Jacob con honra y perdonó a todos sus adversarios.

En 1607 Susinios (1607-1632) fue elegido en la ciudad de Coga como Emperador Seltán Segued III. Su coronación se diferió por la oposición de los monjes cópticos. La razón de ello era que su victoria se debía a la ayuda de los Gallas, a los que había perseguido y derrotado su antecesor en el trono. Ahora los Gallas demandaban una compensación. Para dársela, Susinios tenía que arrebatar tierras a las monjes. Además éstos presentían su inclinación a la Iglesia Católica Romana y su amistad con los jesuítas.

Aquí entra el magnetismo y enorme poder de atracción del P. Páez, al estilo de Javier en la India y Japón. Es por eso que el P. Pedro Páez es llamado el “Javier de África”. Los dos, Javier y Páez seguían en su conducta la máxima de San Ignacio, su Padre Fundador de la Compañía de Jesús, que dice:

“Entraré por su puerta pero teniendo cuidado de que salgan por la mía”.

Equivale a una dinámica de adaptarse a los adversarios, hacérseles simpático y al final traerlos a los propios ideales. El P. Páez consiguió que no se expropiasen las tierras a los portugueses, ni tampoco las suyas de los jesuítas en Fremona.

Las condiciones del país eran muy difíciles para el nuevo Emperador Susinios Segued III. Un reino dividido en mil facciones en lucha, continuas disputas sobre su autoridad. Za Selasse se rebeló otra vez, ahora contra Susinios. Fue derrotado y deportado, pero se escapó. Mas los Gallas lo apresaron y lo decapitaron. Su cabeza fue exhibida como un trofeo en 1608 en el campamento imperial en Coga (Grigna), cerca de Ifag, al este del lago Tana. Había desorden y caos por todas partes. El Emperador siempre envuelto en batallas. Tuvo que luchar contra los que habían sido sus aliados: los Gallas e incluso contra uno de sus hermanos.

Los jesuítas tenían ahora otra segunda casa en Gorgora, más al interior del país, al norte del lago Tana. Era mejor así, debido a las muchas veces que el Emperador llamaba al P. Páez. En Fremona estaba a 2 meses y medio de distancia. Cuatro jesuítas fueron a felicitar al Emperador Susinios en su elección. Y éste preguntó:



  • ¿Dónde está el P. Páez?

El P. Páez estaba viajando mucho por la provincia de Gojam, visitando

entonces a las familias de los portugueses.

Cuando el P. Páez acudió a la llamada del Emperador se le invitó a comer

a solas con él, lo cual era un privilegio extraordinario. Susinios le pidió ayuda militar de los portugueses y más jesuítas que con su presencia y actuación contrarestasen el poder de los monjes etíopes.

El P. Páez escribió dos cartas: una al Papa de Roma el 14 de octubre de

1607 y otra al rey de España Felipe III, que residía en Madrid, capital entonces del reino de España-Portugal, el 10 de diciembre de 1607. En estas cartas informaba de la situación en Etiopía, de la buena disposición del Emperador Susinios hacia la Iglesia Católica y de su amabilidad para con los jesuítas. Urgía la necesidad de enviar más tropas portuguesas para mantener la unidad y la paz en el reino y para luchar contra los Turcos, que habían impedido el acceso al mar tomando el puerto de Massawa.

El Emperador Susinios Segued III era un hombre extraordinario, un

bravo guerrero y tolerante. A lo largo de su vida había vivido en cuevas, luchado contra los Musulmanes, cruzado peligrosos ríos nadando, derrotado a muchos enemigos, incluso al poderoso traidor Za Selasse. Había recibido una buena educación, gustaba de debates sobre religión y aceptado la enseñanza del P. Páez sobre las “dos naturalezas divina y humana” de Jesús, frente a la postura monofisista de los monjes cópticos influídos por el Patriarcado de Alejandría. Susinios asistía a las Misas del P. Páez y mostró deseos de ser bautizado.

Desde que Páez llegó a Etiopía mantuvo correspondencia con el Padre Jerónimo Javier, que era un sobrino de San Francisco Javier, misionero también en la India, en la corte del Emperador indio Akbar. Los dos jesuítas tenían la esperanza de que ambos Emperadores: el de la India y el de Etiopía se convirtieran al Catolicismo. Pero el Negus Susinios no era tan impetuoso y abierto como su antecesor Za Denguel. No manifestaba en público su deseo de convertirse a la Iglesia Católica Romana. Tenía miedo pensando en lo que le ocurrió al Emperador Za Denguel por abrazar la fe católica romana. Podía haber una revuelta y perder el trono e incluso la vida.

El P. Páez recibió un terreno en Gorgora, en la costa norte del lago Tana. Allí levantó lo que él llamaba la nueva Gorgora, para distinguirla de la vieja Gorgora. Era una tierra llana, bella, de clima templado.

El hermano del Emperador, que se llamaba Sela Krestos, no era tan reticente como su hermano y abiertamente profesó su conversión a la Iglesia Católica Romana. Las autoridades de la Iglesia Tradicional Cóptica se enfurecieron y se levantaron en armas con el Abuna (Patriarca) Cóptico Pedro como líder. Hubo combate en las montañas de Semyan y el Abuna Pedro fue muerto y los insurrectos aplastados por el Negus. Huyendo de las tropas imperiales, 600 hombres a caballo se precipitaron por un acantilado muriendo todos, caballos y jinetes.

La diferida coronación del Emperador Susinios Segued III tuvo lugar en Aksum el 23 de marzo de 1609 en una ceremonia con gran pompa, vestido al estilo de los Emperadores romanos antiguos con una larga túnica blanca bruñida de oro.

El Emperador estaba siempre en movimiento de campaña en campaña. Ese mismo año, estando el P. Páez en el norte del lago Tana y el Emperador en el sur, como era invierno y ya no era tiempo de viajar, Susinios pidió al Padre que fuera a su encuentro en barca, atravesando el lago Tana de norte a sur. Así lo hizo el P. Páez pasando por una tupida selva donde vio gacelas y bueyes. En la orilla del lago le estaba esperando un guía, un hombre alto de la tribu Waito, vestido tan sólo en sus taparrabos. Sus barcas: las “tankwa” en la lengua amárico de hoy, tienen entre 4 y 6 metros de eslora y su manga es estrecha, apenas el espacio para una persona en los extremos y para dos, todo lo másm en su parte central. . En la barca había otros 2 hombres de la misma tribu. Metidos ya los cuatro en la barca, los etíopes remando se adentraron en el lago infestado de peligrosos hipopótamos, llamados también “caballos marinos”. Estos mamíferos son temidos pero también muy deseados por su carne, el marfil de sus dientes, la piel para hacer escudos de batalla. Por eso los etíopes iban a cazarlos con lanzas de vez en cuando. Un hombre no podía casarse hasta haber matado un hipopótamo. Vuelcan las barcas, matan a los que van dentro, pero no se los comen (aunque el P. Páez así lo pensaba), porque son herbívoros. Afortunadamente no había cocodrilos en el lago. Sus aguas eran demasiado frías para ellos. El lago es inmenso. Una extensión de agua de 2.000 kilómetros cuadrados. En su parte más ancha alcanza los 80 kms. Tenían que remar 60 kms. desde el norte a Coga en el sur. Tras muchas peripecias, peligro de una serpiente pitón, etc. llegaron a Coga.

El P. Páez estuvo allí una semana dialogando de muchos temas con el Emperador. Después Susinios marchó a Coesa en 1610 y de aquí a Degbana, en el norte cerca de Gorgora.

Y es aquí, en la nueva Gorgora que en 1617 el P. Páez empezó a construir un palacio para el Emperador. El permiso del monarca era para construir una iglesia, al estilo europeo. Páez decidió que al mismo tiempo fuera también el palacio. Así tendría al rey mucho más cerca y su influencia podría acrecentarse. Por aquel entonces los edificios del país no pasaban de ser humildes chozas de paja y barro. Las únicas viviendas suntuosas eran las tiendas del Emperador y de los nobles. Susinios eligió el lugar del emplazamiento del palacio, no muy lejos de donde los jesuítas tenían su casa, en un altozano desde donde se domina una imponente vista del lago Tana y las montañas de Gojam al sur. También exigió el Emperador que la madera utilizada para los interioses fuera toda de cedro. En una carta al P. General de los jesuítas Mutio Vitelleschi, fechada el 16 de junio de 1619, el P. Páez se refiere a la obra. Será en un estilo que mezcla el clásico-renacentista y el barroco, sobre planos dibujados por él. Enseñará a los obreros etíopes carpintería, cantería y albañilería, y al mismo tiempo fabricará las herramientas necesarias para el trabajo de los artesanos. Dibujará planos al tiempo que cortará la madera y la piedra y fabricará clavos, martillos y serruchos. Se le ocurrió la idea cuando vio en los alrededores una cantera estupenda de piedra blanca y bermeja, que estaba cubierta con tierra. El Padre Páez iba de un lado para otro dirigiendo toda la construcción del palacio de dos plantas, algo inédito en el país. Quizás en sus años de estudiante también se había inicado en la arquitectura. Diseñó el salón, el comedor, las habitaciones para el Negus y su Emperatriz, para los guardianes y la fachada con arcos y falsas ventanas labradas en piedra rosada estaba muy adornada al estilo barroco. El edificio fue pronto conocido en Etiopía como “babet laybet”, que singifica “la casa sobre la casa”. Su sala principal medía 17 metros de largo por 5 de ancho. Una gran escalera conducía al piso superior, desde donde se podía ver un extenso paisaje. El palacio contaba con canalones de recogida de agua y con un gran depósito para almacenarla. La primera piedra la colocó el Emperador Susinios en 1619 y se concluyó meses después de la muerte del P. Páez en 1622. Incluso hoy día se pueden ver las ruínas del palacio, destruído por un terremoto en 1704.

Hubo revueltas encabezadas por el gobernador de la provincia de Sémien llamado Yolios, el abate Dioscoros y el Abuna Simeón del “partido alejandrino”. Estalló así la guerra civil. El Emperador Susinios los derrotó en la batalla del campo de Tsedda. Yolios, Simeón y Dioscoros perecieron en el combate. Con más paz, en marzo de 1622, el mismo año en que Ignacio de Loyola y Francisco Javier eran proclamados “santos” en Roma por el Papa Gregorio XV, Susinios repudiaba a todas sus concubinas y esposas, quedándose solamente con una, la principal, y recibía la comunión de la mano del P. Páez.

La noticia causó un revuelo en toda Etiopía y surgieron nuevas rebeliones. Susinios las suprimió con dureza. El número de católicos en Etiopía en esas fechas era de unas 100.000 almas. El P. Páez seguía aconsejando prudencia y respetar los ritos cópticos.

En vista de las continuas conversiones a la Iglesia Católica Romana, el Gobernador de Tigray llamado Julio y algunos otros nobles y monjes cópticos decidieron asesinar al Emperador y a su hermano también católico Sela Krestos. Un día aprovechando que el Emperador estaba solo en el segundo piso del palacio, Julio acompañado del también traidor eunuco del palacio Caslo, se dirigieron allí para cometer su crimen. Pero Ite Amata, que era una sirvienta del palacio se enteró del plan y avisó al Emperador. Susinios, sereno, les recibió sonriente, mirando que venían con sus espadas al cinto. Amablemente les guió hasta la escalera que subía hacia la torre. Los dos asesinos pensaron que sería mejor matarlo arriba en el torreón, pero de repente el Emperador se adelantó, pasó al torreón cerrando con cerrojo la puerta. Los dos asesinos quedaron en la escalera de la sala y el Emperador arriba en el torreón. Aquellos ya no pudieron ejecutar su plan asesino.

El Gobernador Julio salió disparado del palacio, pensando en una revuelta abierta, una más de las muchas que continuamente agitaban en reino.

--------------------

CAPITULO 9
DESCUBRIDOR DE LA FUENTE DEL RIO NILO AZUL

(1618)


El Emperador Susinios quería ahora que el P. Páez le acompañara en todas sus expediciones militares. Quería recibir antes de las batallas el consuelo de la confesión y absolución de sus pecados al enfrentarse con la muerte.

En abril de 1613 el Emperador fue a la provincia de Gojam para castigar a la tribu de los Agaus que no pagaban las taxas. Se corría el rumor de que le gran río Nilo Azul nacía en esta provincia. Ello motivó al P. Páez. Viajaron a las montañas de Sakla. Hacía mucho frío. Estaban a 1.800 metros de altura. Era difícil incluso el respirar. Pero la vista desde allí era bellísima. Al este los picos de de la cordillera Amadamit de 2.200 metros de altura. Eran volcanes apagados. La meseta estaba formada por la lava solidificada. Aquellas montañas eran una formidable barrera contra los enemigos del norte. Se divisaban desde allí las colinas del lago Tana, a 130 kms. de distancia. Y las filas oscuras de árboles indicaban al río Abbai, que parte del lago. Al oeste la montaña Ghishe, donde se decía estaban las fuentes sagradas del río Nilo Azul, que en Etiopía llamaban Abbai.

El ejército del Emperador estaba acampado cerca de la montaña Ghishe. El P. Páez determinó encontrar la fuente donde nace el Nilo Azul. Un amanecer comenzó a subir por la dicha montaña. Un penetrante olor de las flores le acompañaba. Mariposas amarillas sobre todo le alegraban la subida. Con el P. Páez iban también algunos guerreros. Pasaron junto a una pequeña aldea y subieron a la meseta del monte. El Padre lo observaba todo minuciosamente. Y cuando llegaron cerca de la cumbre, delante de él al pie de un risco situado a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar, Páez pudo ver dos estanques y ladera abajo, un manantial que brotaba de la montaña y cuyo curso de agua se iba agrandando con el tributo de otros riachuelos según descendía de las alturas y corría hacia los llanos. Los lugareños lo llamaban a aquel manantial “Guelguel Abbai”, que singifica “Corderito Abbai”, el nombre del río Nilo Azul. Su corazón latió fuertemente. ¿Sería posible que estaba ante el la fuente del lengendario río Nilo Azul, tan buscado por Europa durante tantos siglos anteriores? Miró a uno de los etíopes que le acompañaban con ojos interrogantes y aquel asintiendo con su cabeza y una sonrisa de blancos dientes le confirmó en su descubrimiento. El P. Páez corrió y se metió descalzo dentro de uno de los dos estanques de agua. Los otros etíopes hicieron lo mismo. Daban saltos de alegría. Lo que habían buscado tantos reyes y generales estaba ahora a sus pies. Pero uno de los guerreros le advirtió de que no debía dar muchos saltos ni moverse de aquí allá, pues la corriente se deslizaba casi a su lado a un lago subterráneo, desde donde cae abajo al pie de la montaña. Es por eso que la tierra temblaba bajo sus pies. Uno de los etíopes metió su lanza entre los juncos un poco más adentro y ya no tocaba suelo. Sobre la cima del monte vieron huesos de vacas sacrificadas allí por los Agow cada año, en señal de gratitud y respeto al río Nilo Azul.

El P. Páez dejó un relato sobre su descubrimiento del nacimiento del río Nilo Azul en su “Historia de Etiopía”. Pero este manuscrito se perdió en los archivos de la Compañía de Jesús en Roma durante casi 300 años, hasta que en 1903 lo encontró el jesuíta italiano Camilo Beccari.

Dice en él el P. Páez:

“El 21 de abril de 1618, estando junto con el Rey y su ejército, subí al lugar y observando todocon mucha atención. Descubrí dos fuentes redondas, cada una de unos 4 palmos en diámetro, y ví con sumo deleite, lo que ni Ciro el rey de los Persas, ni Cambises, ni Alejandro Magno, ni el famoso Julio César, nunca pudieron descubrir. Las dos aberturas de estas fuentes no se difunden en la cumbre de la montaña, sino que fluyen desde su pie. La segunda fuente está a un tiro de piedra dela primera”...

El P. Páez también describe las dos cataratas del Nilo Azul. La primera en Depaghan a unas 10 leguas antes de entrar en el lago Tana, la segunda a unas 6 leguas después de fluir del lago y se llaman las Tisisat cataratas, de unos 30 metros de altura. El agua cae impetuosamente con mucho sonido chocando contra las rocas. Aquí el río dibuja una curva, primero hacia el sur, luego hacia el oeste y finalmente hacia el norte. El nombre de “Nilo” lo pusieron los griegos, que le llamaban “Neilus”, de una palabra persa “Nil”, que significa “Azul”.

Este descubrimiento del P. Páez no fue sólo por curiosidad geográfica. Tenía también un imporante fin práctico. Egipto depende de las aguas del Nilo y quienquiera controlara las fuentes de sus aguas, podría estrangular dejando sin agua a todas las regiones que dependen del Nilo para sobrevivir con aguas vitales. Esto era una constante preocupación de los Mamelucos musulmanes de Egipto, temiendo que los Portugueses se apoderasen de las dichas fuentes del Nilo Azul.

Estas aguas producen arboleda, fresco verdor del que se nutren muchos animales y águilas, buitres, pájaros de todas clases revuelan sobre el bonito paisaje. La navegación en esa zona es imposible por la rapidez de la corriente del río. Nadie ha podido ir hasta ahora en canoa los 800 kms que hay desde el lago Tana de Etiopía hasta el Sudán. Además abundan los hipopótamos, cocodrilos, serpientes marinas y millares de insectos. En el verano, con lluvias torrenciales, el volumen del agua aumenta 3.500 veces más del caudal en la estación seca del año. Al llegar a Sudán, el río se precipita en sus últimas cataratas, las de Rosieres, se ensancha un medio kilómetro más y ha descendido 800 metros también desde que nació en el lago Tana.

Pero entre Etiopía y Sudán apenas ha habido considerable intercambio comercial desde entonces hasta ahora. Las elevadas montañas y los precipicios lo impiden. Las caravanas de camellos etíopes se dirigen más bien hacia el oriente, al Mar Rojo, para comunicarse con Arabia.

El gran río Nilo Azul se une en Jartúm, capital del Sudán, con el Nilo Blanco. “Jartúm” significa “trompa de elefante”. El Nilo Blanco desde que nace en el lago Victoria (Uganda) hasta Jartúm recorre 3.200 kms. El sitio donde se unen los dos Nilos tiene la forma de una cabeza de elefante, en la que el Nilo Blanco es la trompa. Hasta principios del siglo XIX se creía que el Nilo era sólo un gran río, no los dos: Azul y Blanco, que se funden en uno. Se pensaba que el Nilo Blanco era tan sólo un afluente del gran río Nilo Azul, ya que éste es mayor y recorre una distancia de 2.800 kms. y su caudal es de seis partes de un total de siete del agua que corre a lo largo del desierto hasta Egipto. En el paraje de la unión de los dos ríos, da la impresión de que el Nilo Azul no quiere juntarse con su hermano el Nilo Blanco, pues sus aguas blanco-amarillentas le deben parecer sucias, y su corriente se arremolina como queriendo rechazar el agua sucia del otro, que va a contaminar su precioso color azul.

Desde el punto de unión de los dos ríos Nilo Azul y Blanco, el río todavía recorre 3.500 kms. hasta llegar al mar Mediterráneo en un delta de siete bocas, aportando vida y esperanza a los secos campos durante muchos meses sin lluvia, sólo con calor y tormentas de arena. Es raro que en Nubia, antiguo Egipto, sus primigenios pobladores adorasen a su enemigo el Sol, en vez de hacerlo al río Nilo que les aporta el agua de vida.

CAPITULO 10
LABOR PASTORAL HASTA EL FINAL

(1618-1622)


La vida continuó igual tanto para el Emperador Susinios como para el P. Páez. El Emperador siempre en batalla contra las insurrecciones. El P. Páez, que ya había cumplido 54 años de edad, en su actividad y labor pastoral misionera, enseñando, bautizando, visitando enfermos llevándoles la Eucaristía, con bodas y entierros. Enviaba muchas cartas a Goa y a España, muchas de las cuales se perdieron en el camino. Presiente que le quedan ya pocos años de vida. Es un hombre muy fuerte, pero los años de cautiverio en el Yemen, las penalidades pasadas, los esfuerzos del presente, el trabajo sin descanso, los rastros de antiguas malarias, disenterías y escorbutos, han ido minando su salud. En sus cartas habla del agobio del trabajo, de su falta de tiempo para descansar. Está ya volcado en la redacción de su libro: “Historia de Etiopía”, al que dedica todas las horas que puede. En 1618 el Emperador Susinios sometió a los rebeldes de la tribu Agaus, volvió a su palacio en la nueva Gorgora. El P. Páez estaba en la casa jesuíta de la vieja Gorgora.

El P. Páez misionaba entonces con la tribu Agaus, que viven cerca de la fuente del Nilo Azul. Una zona montañosa, de muchos bosques y gruesas cañas de bambú, tan cercanas unas de otras de hacen como de barreras y trincheras contra los enemigos. Los guerreros Agaus usan arcos y flechas para luchar. También poseen muchas cuevas entre las rocas de las montañas, algunas contienen agua, y allí se esconden hasta que pasan de largo los enemigos. Los Agaus son muy inclinados a los hechizos y supersticiones. Visten sólo con pieles de bueyes, cueros que tintan de color rojo. Son de piel oscura, pero no tan negra como la de los etíopes.

Nunca sometidos del todo, esta vez, en 1618 el Emperador Susenios les atacó con tanta fuerza, que se vieron sometidos a pagar un tributo anual. El P. Páez aprovechó la ocasión para penetrar entre los Agaus. Vivió con ellos y como ellos en un “bet” o choza circular construída con cañas de bambú techo de ramas de palmeras. Su cama era de juncos unidos, y tenía una mesita y un taburete de madera.

Una noche le despertó un muchacho llamado David de unos 14 años de edad. “Mi madre está muy enferma. Me ha enviado a buscarte”. El P. Páez se quedó asombrado al oír que David había cruzado a nado el río infestado de cocodrilos. Pero el chaval le dijo que se había untado el cuerpo con “Micirini”, una medicina de hierbas que huele muy mal para los cocodrilos, que se alejan del tal olor. Así pues, el P. Páez y David, untados en “Micirini” y metidos en una canoa cruzaron el río, mirando con preocupación y temor los relucientes ojos amarillos de los merodeantes cocodrilos durante la noche. Ya en la otra parte, en una cueva estaba esperando la enferma, que se consoló mucho con la presencia del sacerdote. El P. Páez la confesó y le dio la comunión eucarística en viático junto con el sacramento de la extremaunción. La madre murió. A la mañana, después del funeral el P. Páez se volvió a su choza. Los de la tribu Agow pidieron al Emperador que el P. Páez se quedase con ellos. Pero no lo permitió. El misionero tuvo que volver a Gorgora.

Eran ya 19 los años en que el P. Páez estaba en Etiopía. Un día de mayo de 1622, volviendo a casa, los niños de la escuela de Gorgora vieron pasar a la mula del Padre y a él que iba cogido al cuello del animal. Los niños riendo se decían: “Es otra broma suya, nos quiere hacer creer que está durmiendo”.

Pero cuando la mula se paró, el P. Páez seguía quieto sin moverse. Los niños se le acercaron y los más mayores levantaron el cuerpo inerte del Padre. Lo llevaron dentro de la casa. Apenas respiraba ya. La fiebre malaria lo consumía. El P. Antonio Fernández intentó reavivarlo con una hierba milagrosa que le habían enviado los jesuítas de América del Sur, pero todo fue ya inútil.

El P. Pedro Páez murió el 25 de mayo de 1622. Tenía 58 años de edad.

Cuando murió el P. Páez el Emperador Susinios estaba en Dancas. Hizo gran duelo, se afeitó la cabeza y se vistió de luto.

Pocos días más tarde el Emperador Susinios escribía una carta de pésame al Provincial de Goa, en la que nominaba a su amigo jesuíta como “el penitente y virtuoso Pedro Páez, nuestro padre espiritual, brillante sol de la fe que sacó a Etiopía de la oscuridad”. Y añadía: “Su muerte sumió a Etiopía en la misma pena que la de San Marcos en Alejandría o San Pedro y San Pablo en Roma”.

Pedro Páez fue enterrado en la primera iglesia construida en Gorgora por los jesuítas, y más adelante, cuando se concluyeron los trabajos de la nueva iglesia-palacio, sus restos fueron trasladados junto a los muros del bello edificio que él había planeado y en el que había trabajado con sus propias manos. En los años siguientes, y hasta su muerte, Susinios no dejó de ir con frecuencia a rezar y llorar junto a la tumba de su amigo y mentor espiritual.

Durante varias décadas, los etíopes le conocieron como “el segundo Apóstol de Etiopía”, después de Frumencio, el fraile libanés que ya vimos fue el que convirtió Etiopía al Cristianismo. Los etíopes llamaban al P. Páez “moallim Petros”: el padre extranjero Pedro. Y lo describían como un hombre alto, delgado, de barba rubia, que “conocía nuestros libros mejor que nuestros sabios”.

Muchos de nosotros le llamamos ahora el “Javier de África”, pues lo mismo que Javier se empeñó en llevar la fe cristiana a la India, Indonesia y Japón; y

Matteo Ricci a la China, Pedro Páez quiso hacerlo hasta los rincones más hostiles de África. Javier, Ricci y Páez son las tres grandes figuras de la evangelización en Oriente en aquella época de grandes esperanzas.

-------------------


EPÍLOGO
Tras la muerte del P. Páez, el Emperador Susinios pidió a los jesuítas el envío de nuevos sacerdotes, y el P. General de la Orden: Mutio Vitelleschi, se apresuró a cumplir la demanda. En 1626 llegó a Etiopía como Patriarca católico el jesuíta portugués Alfonso Mendes. Pero a diferencia del P. Páez, este nuevo Patriarca impuso con intolerancia los dictados de la fe de Roma al pueblo etíope. Mendés decretó la abolición de la circuncisión masculina, ordenó acabar con todos los ritos judíos que impregnaban el culto etíope, dispuso que todas las iglesias coptas se reconsagraran como católicas y que los “cismáticos” y “herejes” pasaran a ser considerados como enemigos del Estado. La gente fue rebautizada, los clérigos expulsados o reordenados, las fiestas religiosas cambiadas de fecha, la liturgia transformada y el calendario etíope suspendido.

La rebelión se extendió de nuevo por todo el país, corrió la sangre en abundancia. El Emperador Susinios, viejo, enfermo y desengañado, abdicó en 1632 en favor de su hijo Fasilides, y murió unos meses después en septiembre de 1632 a la edad de 61 años.

El nuevo Emperador Fasilides, afecto a la fe de Alejandría, se apresuró a prohibir la enseñanza del Catolicismo, restableció la liturgia copta y expulsó a los jesuítas de Gorgora, enviándolos primero a Collela y luego a Fremona en abril de 1633. El Emperador pidió a un nuevo Patriarca de Alejandría y la Iglesia Copta envió al “Abuna” Rezeq. Por su parte, el Patriarca católico Mendes respondió en 1634, enviando a Goa al P. Emmanuel d’Almeyda y a otros tres jesuítas, recabando una fuerza militar portuguesa que invadiese Etiopía y depusiese del trono al nuevo “Preste Juan” Fasilides. Pero en Goa no se recibió con agrado la petición de Mendes.

La cólera del Emperador Fasilides estalló y los jesuítas fueron conminados a abandonar el país bajo la amenaza de muerte. La huída de los católicos etíopes resultó también muy penosa: muchos cayeron cautivos en manos de los Turcos y otros tuvieron que hacer largos y fatigosos viajes hasta alcanzar Goa o Lisboa. Siete jesuítas decidieron quedarse en Etiopía a pesar de todo, intentando seguir adelante con la misión. En 1635, las tropas de Fasilides asesinaron a dos, uno de ellos llamado Gaspar Páez, nacido en Andalucía. Y el Superior Padre Almeyda y los restantes jesuítas fueron ahorcados públicamente por orden del Emperador en 1640.

La siembra de Pedro Páez cayó en tierra baldía, merced a la intransigencia de Alfonso Mendes, ignorante de la cultura de Etiopía.

Con mucho dolor y pena escribo escribo este epílogo sobre el fracaso de la misión jesuítica en Etiopía, que tanto fruto prometía en tiempos del P. Páez.

Muy distinto de Mendes, Pedro Páez en su “Historia de Etiopía” muestra un interés por aprender, por adaptarse a la geografía, fauna y flora, costumbres y cultura, leyendas y religión de Etiopía maravillosos. Llevó a cabo una labor humanística y religiosa modelo.

Pedro Páez hizo toda su labor en humilde silencio. Como ya escribí en un capítulo anterior, su libro se publicó por primera vez en portugués en 1945. Hoy día, en España, se ha revalorizado la figura de este gran apóstol y descubridor del Nilo. En 2003 se planeó una expedición de ocho españoles a las mismas fuentes del Nilo Azul y varios actos oficiales, como son una lápida en la tumba del P. Páez y una placa en la fuente del Nilo, que lo rescaten del anonimato. Fue Pedro Páez el primer europeo que vio dónde nacía el Nilo Azul. No el escocés James Bruce, que se atribuyó falazmente la gloria del “descubrimiento” 152 años después.

Quiera Dios darnos, con el ejemplo del P. Pedro Páez, luz, sabiduría y valor para saber también nosotros hoy día llevar el mensaje y amor de Jesucristo a todos los países y culturas de nuestro mundo.


Juan V. Catret, S.J.
Hiroshima 29 octubre 2010

BIBLIOGRAFÍA




  • BECCARI, C. S.J. (ed.) : « Rerum Ethiopicarum Scriptores Occidentales inediti a saeculo XVI ad XIX. » Roma.

  • BISHOP, G. : « a Lion to Judah » The Travels nd Adventures of Pedro Páez, S.J. Guharat Sahitya Prakash, India 1998.

  • LOBO, J. S.J. : “A Voyage to Abyssinia”, London 1735.

  • PÁEZ, P. S.J.: “Historiae Aethiopiae”, 1622. (Publicado en el libro de Beccari, C.) Roma.

  • REVERTE, J. : “Dios, el Diablo y la Aventura”. Ed. Plaza y Janes, Barcelona 2001.

  • SEVERIN, T.: “The African Adventure”, Hamish Hamilton, 1973.

  • SMITH, W.: “River God”. MacMillan, London 1993.

INDICE
PROLOGO …………………………………………………………………..... 1


CAPITULO 1: CORAZÓN DE CEBOLLA (1564-1588) ………………...... 2
CAPITULO 2: EN BÚSQUEDA DEL “PRESTE JUAN” (1589) .............. 7
CAPITULO 3: DE LA INDIA HASTA ARABIA:

7 AÑOS DE ESCLAVITUD (1589-1596) .......................... 15


CAPITULO 4: POR FIN EN ETIOPÍA (1597-1603) .............................. 21
CAPITULO 5: EL PODER DE UN BUEN DIBUJANTE (1603) ............. 23
CAPITULO 6: EL EMPERADOR EN UNA TIENDA DE CAMPAÑA .... 28
CAPITULO 7: EL NUEVO EMPERADOR ZA DENGUEL:

UN BRAVO “LEÓN DE JUDÁ” (1604-1606) .................... 34


CAPITULO 8: UN PALACIO PARA EL EMPERADOR SUSINIOS

(1607-1617) ......................................................................... 39


CAPITULO 9: DESCUBRIDOR DE LA FUENTE DEL RÍO

NILO AZUL ........................................................................ 45


CAPITULO 10: LABOR PASTORAL HASTA EL FINAL (1618-1622) .... 48
EPILOGO ................................................................................................ 51
BIBLIOGRAFÍA ....................................................................................... 53


Similar:

El javier de áfrica iconCuerno de África El Cuerno de África
Cuerno de África es la región del África oriental, ubicada en donde desagua el mar Rojo con el océano Índico en la parte meridional...
El javier de áfrica iconCamerún África en miniatura, África en comparación
Es muy sorprendente constatar hasta qué punto los profesionales europeos y americanos especializados en viajes a África no hacen...
El javier de áfrica iconÁfrica para los Africanos Aquí y Allá
Hace más de 40 años, Kwame Nkrumah, entonces presidente de Ghana, impuso el caso de la unificación de África en su libro África Tiene...
El javier de áfrica iconUe-acp: inicio de negociaciones comerciales con África Occidental y Central
Aae entre la ue y determinadas regiones acp. A continuación, los dos Comisarios viajarán a África para dar comienzo a las negociaciones...
El javier de áfrica iconProgramacióN
Intervienen: Javier Darío Restrepo (periodista) y Zalud Hernández (periodista española), Javier Correa Correa (docente de la Universidad...
El javier de áfrica iconEvolución de las Relaciones Comerciales entre la Unión Europea y África Occidental y las Nuevas Perspectivas de la Integración Comercial Pauline diouf tesina de Master de Comercio y Finanzas Internacionales 2012-2013 Universitat de Barcelona
Antes de todo, cabe señalar que el bloque África Occidental está formado por 15 países que se encuentran en el eje oeste del continente...
El javier de áfrica iconHistoria sobre africa
Río Nilo, después los fenicios, los romanos, los árabes… y finalmente la época de la colonización de África
El javier de áfrica iconOtras naciones de África del Norte
Conectando con el presente: ¿Qué problemas podrían estar enfrentando los musulmanes del norte de África en Europa?
El javier de áfrica iconContinente al que pertenece
L a geografía de Egipto comparte dos continentes: África y Asia; Egipto se encuentra en el extremo nordeste de África y forma parte...

Página principal
Contactos

    Página principal



El javier de áfrica

Descargar 179.63 Kb.