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El desarrollo humano en la dsi


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V.- CONCLUSIÓN
He creído oportuno a esta altura sumar a las reflexiones el aporte de los economistas W. Röpke y P. Bauer. 61 A la hora de comparar diagnósticos y orientaciones surgen algunas diferencias entre las ideas de ambos economistas por un lado y las de Pablo VI y Juan Pablo II por otro. No debe olvidarse, sin embargo, que los primeros autores discuten sobre desarrollo económico y a los Pontífices les preocupa esclarecer el concepto de desarrollo humano, y explicitar sus exigencias éticas.
Bauer y Röpke destacan que el desarrollo de Occidente ha sido resultado de un proceso histórico y sus factores cruciales son de carácter cultural. Röpke habla de las condiciones socio-espirituales. Desde ese punto de vista parece que la aptitud para el desarrollo económico no estaba presente en todos los pueblos y personas en el mismo grado. En cuanto al marco institucional, en Occidente se dan las condiciones que permiten a las personas ser agentes de su propio progreso en un contexto de libertad –incluso económica- y seguridad jurídica. En su diagnóstico, estos economistas miraban más bien las condiciones desfavorables de los países pobres -de tipo cultural e institucional- y no creían que su pobreza pudiera ser atribuible a la responsabilidad de los países de Occidente como causantes de esa situación. Pero sí eran muy críticos del tipo de planes de desarrollo que los líderes mundiales proponían en los años ’50 y ’60. Pablo VI y Juan Pablo II, en cambio, en su diagnóstico destacan la responsabilidad de los países desarrollados por su falta de solidaridad y abuso de posición dominante, aunque también reconocen deficiencias y omisiones en los países pobres.
Ambos Pontífices manifiestan mayor confianza que los economistas en los grandes programas pro desarrollo impulsados por los gobiernos, en las concertaciones de tipo mundial, y en la actividad de organismos como la ONU y otros.62 Para Röpke y Bauer los grandes proyectos de Occidente a favor del desarrollo eran más bien un peligro: no conducirían al establecimiento de condiciones –de tipo cultural e institucional- que harían más fácil el progreso gradual de los pobres, sino que, por el contrario, retrasarían la solución del problema. Novak destaca que Juan Pablo II se acerca más que Pablo VI a la clave cultural e institucional; éste último Papa parece más influido en su pensamiento por la teoría de la dependencia, como sugiere Camacho, y desde esta perspectiva, es más comprensible su insistencia en la responsabilidad de los países ricos ante la situación de los países pobres.
Sin embargo, a la hora de exponer la concepción cristiana del desarrollo, ambos Pontífices ponen un énfasis muy claro en que cada persona y cada pueblo es responsable y agente principal de su desarrollo. La solidaridad -característica esencial del auténtico desarrollo humano- jamás es concebida como una actitud que no tiene en cuenta o anula al pobre –individuo o nación- sino como la virtud que ayuda a cada uno a ser artífice de su propio progreso. Considero que el pensamiento de Röpke y Bauer –tanto sus recomendaciones de política económica como sus críticas a los planes de occidente- es perfectamente compatible con la concepción del desarrollo humano sostenida por la DSI. Más aún, cabría preguntarse si desde la antropología cristiana no sería lógico esperar mayor insistencia de la que puede observarse especialmente en PP en la necesidad de superar deficiencias de tipo cultural e institucional en los países subdesarrollados, como condición sine qua non del desarrollo. Como complemento de esto, es justo señalar que la antropología cristiana también exige una actitud solidaria de todas las personas y en especial hacia quienes tienen más necesidades, aspecto éste que Pablo VI y Juan Pablo II iluminan y fundamentan contundentemente. En los análisis de Röpke y Bauer, cuyo objetivo principal es realizar una crítica a las teorías y programas pro desarrollo, no se encuentra una apelación a la conciencia solidaria de Occidente, pues parece que los que más les preocupaba era convencer a los líderes de los países desarrollados de que si querían ayudar a los países más pobres, el modo que estaban empleando no era el correcto. Lo que estaba para ellos en discusión no era si Occidente debía o no debía ayudar, sino la forma en que había decidido hacerlo y la ideología que sustentaba sus planes.63
No tiene nada de extraño que en el análisis de la realidad y en las recomendaciones prácticas, Pablo VI y Juan Pablo II se hicieran eco humildemente de quienes aparecían como los principales promotores del desarrollo a nivel mundial. Aunque creo que en esta parte la concepción cristiana de la persona y del desarrollo también ha jugado un papel crucial, ya que si bien puede notarse la influencia de las ideas criticadas por Röpke y Bauer, tal como están expresadas las cosas en PP y en SRS, los análisis y recomendaciones de Pablo VI y Juan Pablo II considerados integralmente, no son pasibles de las críticas efectuadas por estos economistas.
Creo que las siguientes palabras de Camacho, al mismo tiempo que ponen en su justo lugar el papel de la Iglesia, dejan el espacio abierto para un pensamiento crítico como el de Novak que se acerca mucho a los análisis de Röpke y Bauer: "la Iglesia se siente llamada a actuar como instancia problematizadora de la sociedad, en este aspecto concreto de la injusticia del subdesarrollo. No aporta una solución o alternativa, pero denuncia desde este humanismo nuevo todo lo que contradice la dignidad humana o implica la negación práctica de la misma. No es su misión ofrecer alternativas. Por eso su crítica del capitalismo no implica proponer una solución de recambio. Pero es capaz de apoyar determinadas propuestas, que ya han sido avanzadas desde otras instancias (reforma de las estructuras comerciales o planificación del desarrollo, por citar sólo dos de ellas), como coherentes con ese humanismo que ella comparte con tantos seres humanos de buena voluntad."64 La coherencia de esas propuestas con el humanismo cristiano no implica de ninguna manera que sean las únicas propuestas coherentes con el mismo.
Novak además considera que cultura -virtudes- e instituciones como claves del desarrollo humano son de algún modo mutuamente dependientes. Se necesitan instituciones bien concebidas y sólidas porque “[l]os sistemas deficientemente concebidos frustran muy a menudo a las personas virtuosas, mientras que las instituciones bien concebidas hacen que aún las personas menos virtuosas se comporten mejor de lo que lo harían en otras circunstancias.”65 Pero “[l]a virtud es indispensable. La idea de que las instituciones pueden funcionar sin virtud es ‘quimérica’.”66
Sin duda lo más valioso de la DSI sobre este tema es la concepción cristiana del desarrollo elaborada por Pablo VI y magistralmente profundizada por Juan Pablo II. Esta concepción implica la apelación a la solidaridad de todos. Creo que a la hora de embarcarnos en una acción solidaria inteligente y eficaz a favor de los más pobres, haremos bien en tener en cuenta –además de la orientación moral de la DSI- los análisis, advertencias y recomendaciones de W. Röpke y P. Bauer.
Desde esta perspectiva -y pensando ahora concretamente en nuestro país-, lo más importante es que la solidaridad -entendida como "la determinación firme y perseverante de empeñarse con el bien común"67- nos lleve a promover la defensa de los derechos humanos básicos mediante instituciones sólidas y eficaces de un verdadero estado de derecho. Es fundamental promover y ampliar la libertad en todos sus ámbitos. Ese es el marco institucional que hace posible la eficacia de las más variadas iniciativas solidarias, y por lo tanto las estimula. De lo contrario toda acción creativa, generosa y solidaria en pos de la promoción humana de personas y comunidades más pobres tendrá siempre el viento en contra de un sistema institucional que dificulta o aún impide muchas veces el fruto del desarrollo humano. El afán de ganancia y la sed de poder -estructuras de pecado denunciadas por Juan Pablo II- se encarnan en la Argentina en un sistema político poco trasparente y ajeno prácticamente al control ciudadano, donde el sistema electoral no segura la representatividad que la Constitución garantiza al pueblo, donde la división de poderes va camino a ser meramente formal y consiguientemente la seguridad jurídica se debilita. Pero también se encarna en un sistema económico en el cual el Estado lejos de proveer un sólido marco jurídico que garantice el derecho de propiedad y la libertad de incitativa que estimulen el trabajo honesto, ejerce a menudo el poder con arbitrariedad y es permeable a las presiones de algunos empresarios y sindicalistas que parecen dispuestos a obtener sus ganancias de cualquier manera, sin importarles las consecuencias para el conjunto de la sociedad y en especial para los más pobres. A todo esto debe sumarse la ineficiencia burocrática de muchos servicios provistos por el Estado y la lacra de la corrupción.
Quisiera terminar con una cita de PP que rinde homenaje a los misioneros, quienes al evangelizar han promovido y promueven la elevación humana de los pueblos, ejerciendo una solidaridad que a mi juicio es de mucha mayor eficacia que la demostrada por unos cuantos programas impulsados por el gobierno u organismos internacionales. Quizás porque llegar al corazón del necesitado exige el amor y el compromiso personal del que quiere ayudar, actitudes que no es fácil que estén presentes en los programas diseñados por técnicos y ejecutados por empleados públicos. Así se expresaba Pablo VI:
"Fiel a la enseñanza y al ejemplo de su divino Fundador, que como señal de su misión dio al mundo el anuncio de la Buena Nueva a los pobres, la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros han construido centros asistenciales y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas la manera de lograr el mayor provecho de los recursos naturales, frecuentemente los han protegido contra la explotación de extranjeros. Sin duda alguna su labor, por lo mismo que era humana, no fue perfecta; y a veces pudo suceder que algunos mezclaran no pocos modos de pensar y de vivir de su país originario con el anuncio del auténtico mensaje evangélico. Mas también supieron cultivar y aun promover las instituciones locales. En no pocas regiones fueron ellos los 'pioneros', así del progreso material como del desarrollo cultural. Basta recordar el ejemplo del padre Charles de Foucauld a quien se juzgó digno de llamarle, por su caridad, el 'Hermano universal', y al que también debemos la compilación de un precioso diccionario de la lengua tuareg. Nos queremos aquí rendir a esos precursores, frecuentemente muy ignorados, el homenaje que se merecen: tanto a ellos como a los que, emulándoles, fueron sus sucesores y que, todavía hoy, siguen dedicándose al servicio tan generoso como desinteresado de aquellos a quienes evangelizan."68


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