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El beato visita las casas de francia



VOLUMEN XIV Página: 19
((11) )
CAPITULO I
EL BEATO VISITA LAS CASAS DE FRANCIA
EL creciente desarrollo de las Obras salesianas en Italia y en Francia obligaba a don Bosco a ausencias cada vez más frecuentes y prolongadas, bien para visitar las casas recién fundadas, bien para entrevistarse con los promotores y bienhechores; pero, sobre todo, necesitaba no perder nunca de vista a Roma, donde se ventilaban para la Congregación los mayores intereses con respecto a su porvenir.
Poseía la suerte de tener en Turín quien hacía sus veces muy bien. La experiencia de los últimos años había sido más que suficiente para demostrarle que podía descansar tranquilo en la madurez de don Miguel Rúa. Efectivamente, no hubiera podido desear un hijo más devoto, un intérprete más fiel, un trabajador más incansable y más inteligente, un espíritu más iluminado, un superior cuya autoridad fuese más indiscutible, un hombre, en fin, que, totalmente consagrado a la misión de don Bosco y penetrado de sus ideas, fuera más capaz, no sólo para llevar las riendas del Oratorio, sino también para represent dignamente la persona del Fundador en toda clase de asuntos. Por esto, también en 1879, don Bosco se ausentó repetidas veces y, por tiempo notable, de ((12)) la casa madre, sin preocuparse para nada de las consecuencias que de su ausencia se pudieran derivar. Por tanto, vamos a seguirle, a lo largo de los cuatro siguientes capítulos, por Francia, Liguria, Toscana y Roma; y a la vuelta, per aliam viam (por otr camino) a Valdocco.
Realmente, si hubiera pedido consejo al médico, el Siervo de Dios no se habría expuesto en la estación invernal a las incomodidades, a l fatigas y a los excesivos trabajos que le esperaban en tan largo peregrinar; pero, cuando se trata de hombres elegidos por Dios para llevar a cabo en el mundo obras grandiosas para su gloria, es lícito repetir en cierto sentido, que convaluerunt de infirmitate, recibieron fuerza cuando estaban agobiados de cansancio 1, tan firmes se mostraron ante todas las influencias adversas.
1 Hebr. XI, 34-2. 19
Al salir de Turín el 30 de diciembre, no dejó a don Miguel Rúa gran cantidad de dinero, y sí una circular para mandar el día primero de enero para la rifa de unos cuadros 1; también la carta para los cooperadores, próxima a salir en el Boletín de enero, era una llamada a la beneficencia 2. En la circular decía don Bosco:
Benemérito Señor:
Ruego humildemente a V. S. continúe su caridad con nuestra pequeña lotería, de la que ya se habló en nuestro Boletín. Por el reglamento adjunto verá cuál es su fin. Se trata de vestir al desnudo, albergar al peregrino, dar de comer al hambriento y cooperar a la salvación de las almas.
Confiando, pues, en su caridad le remito ...boletos que espero se quede o distribuya entre otras buenas personas, conocidas o allegadas. Pero si, a primeros de marzo, tuviese todavía boletos que no quisiera quedarse, puede con absoluta libertad devolvérmelos. Y, si creyere poder distribuir algunos más, tenga la bondad de indicarlo y con agradecimiento le serán enviados inmediatamente.
El Señor misericordioso, que promete un gran premio por un vaso de agua fresca dado en su honor, premiará copiosamente su benéfica obra; ((13)) mientras le ofrezco las oraciones de los muchachos socorridos y con profunda gratitud, tengo el honor de profesarme,
De V.S.
1 de enero de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Lo acompañaba don Juan Cagliero. Se detuvieron unos días en Sampierdarena 3, y llegaron a Alassio el 3 de enero, donde hallaron al
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1 Véase, vol. XIII, pág. 605.
2 Ibídem, pág. 520.
3 Hay una carta a monseñor Agustín Negrotto, de la Congregación de Breves Pontificios, en Roma, que lleva fecha del 3 de enero de 1879. Don Bosco seguramente por distracción, hija de la costumbre, escribió Turín en lugar de Sampierdarena. Aquel día habían salido de Génova los tres últimos misioneros y las diez Hijas de María Auxiliadora.
Carísimo y Rvmo. Monseñor:
He recibido su apreciada carta con la limosna incluida para nuestros misioneros, que ya han partido rumbo a América.
Me han comunicado la muerte de su señora madre, que me ha producido gran pena: hemos ofrecido a Dios nuestras oraciones particular y comunitarias en sufragio de su alma.
Tengo una gran alegría en mi espíritu por su perseverante deseo de ingresar en la humilde congregación salesiana. Espero estar en Roma mediados de febrero y ya hablaremos de ello.
Entre tanto, le agradezco de corazón su continua caridad y me recomiendo a sus oraciones, junto con nuestros misioneros. Con fraterno afecto me profeso ahora y siempre en J. C.
Turín, 3 de enero de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
director enfermo y a los principales hermanos deshechos por el cansancio.
Estaba cerca la Epifanía; unánimemente suplicaron los superiores a don Bosco dejara allí por unos días a su intrépido compañero de viaj con el fin de que ayudase a los muchachos a preparar bien la fiesta y con su brío juvenil reavivase su alegría. «Me quedé (... ) trabajando, y no poco, escribía él 1, y mi parada sirvió de visita pastoral para los Salesianos y de visita extraordinaria para las Hermanas».
En esta circunstancia don Bosco nombró oficialmente a don Luis Rocca vicedirector, que prácticamente equivalía a director del colegio; la poca salud de don Francisco Cerruti y su reciente nombramiento de Inspector exigían esta medida.
El Beato, llevándose consigo a tres clérigos, que se le habían juntado en Sampierdarena, partió casi inmediatamente para Niza, donde no ((14)) tenían noticia de su llegada. Parece, sin embargo, que aquellos hermanos tenían algún vago presentimiento de algo extraordinario; en efecto, durante la comida, se oyó un desacostumbrado silbido fortísimo de la locomotora, que hizo se comentara riendo:
-íAlguna gran novedad va a suceder!
Se levantaron de la mesa. Tenía ya el Director puesto el sombrero para salir a hacer una visita, cuando entró corriendo y gritando el portero:
-íDon Bosco, don Bosco!
Los muchachos, al oír la inesperada noticia se abalanzaron hacia la puerta rodeando a don José Ronchail, que, sin inmutarse, creyó se trataba de un sueño o de una broma. Pero, al poner el pie en el umbral para salir, vio con sus propios ojos a don Bosco que en aquel momento descendía del coche.
Se improvisó el mejor recibimiento posible. Al entrar en casa preguntó al Director cómo se encontraba el barón Héraud. íSingular coincidencia! Precisamente en aquel instante el Barón, que tampoco tenía noticia alguna, compareció allí de improviso y, con una profund reverencia, entregó a don Bosco las llaves.
Cuando don Bosco terminaba de comer llegaba el telegrama, que él había expedido desde Mentón para anunciar su llegada.
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Dio lástima a todos el verle algo delicado. El tren le cansaba; los ojos le molestaban continuamente; tenía el estómago deshecho y padec incitaciones al vómito. «Confía, sin embargo, mucho en las oraciones de sus hijos, escribía don José Ronchail, y recomienda que
1 Carta a don Miguel Rúa: Niza, 11 de enero de 1879. 21
hagan buenas y santas comuniones con este fin». Y, a su vez, don Juan Cagliero: «Convendrá que se rece mucho por don Bosco. Su vista y su estómago se resienten fácilmente y hay que convencerse de que ya no es el de antes. El que lo acompaña tiene que prestarle muchas atenciones; y ahora que las necesita, como no está acostumbrado a pedirlas, calla. Es necesario prevenirlo todo». Su correspondencia de aquellos días está escrita al dictado 1.
((15)) Pasó el domingo día 5 y la solemnidad de la Epifanía en Niza y el día 7 salió para Marsella. Llevóse a don José Ronchail como secretario y dejó a don Juan Cagliero en Niza con la orden de dirigir el Patronato de San Pedro hasta la vuelta del Director. En el momento de la partida hubo un poco de hilaridad, al verle con el sombrero y la golilla a la francesa. A los ojos de sus hijos parecía extraña su person con aquel atuendo. También él reía, diciendo:
-íHoy empieza el carnaval y hay que hacer algo extraordinario!
Pero la broma escondía un pensamiento mucho más serio de lo que ellos podían imaginar. Como entonces, en Francia, se vestía al estilo francés, así después, en España, se vestirá al estilo español. La caridad que le movía a ser todo para todos, para llevar a todos a Jesucristo, sugería actitudes y aires exteriores aptos a despegar de las mentes dañosos prejuicios, como por ejemplo, que fuera de las fronteras italiana pretendiese marcar sus obras con un nacionalismo propio con el riesgo de despertar la susceptibilidad de los pueblos que lo recibían y de dar ocasión a dudas odiosas sobre la sinceridad de su celo.
Tomaron el tren para Fréjus, donde fueron recibidos muy cortésmente por el Obispo, monseñor Terris; aquella misma tarde siguieron hacia Marsella. Aquí recibieron el primer saludo del helado viento mistral, que sopla de norte a poniente, el cual se acentuó durante un par de días, de modo que, en ciertos momentos parecía querer derribar la casa. íNo era ciertamente el tiempo más a propósito para la delicada salud de don Bosco!
Pero el frío no estaba solamente en la atmósfera. Durante los primeros días, casi nadie pensaba en don Bosco. Llegado a Marsella, casi d incógnito, únicamente en el oratorio recibió festivos agasajos. Incluso el párroco de San José se mostraba tan indiferente que no parecía el de otras veces. En las visitas, además, don Bosco no encontraba más que una fría cortesía. En una ocasión le sucedió algo peor. Fue a
1 Cartas a don Miguel Rúa de don José Bologna (Marsella, 8 de enero), de don José Ronchail (ibídem 9) de don Juan Cagliero (Niza, 11 ). 22
visitar a una importante comunidad religiosa, y preguntó por el ((16)) superior al portero, quien, sin más, le indicó las escaleras, el corredo y la habitación. Le acompañaba don José Bologna. Subieron solos, mirando a uno y otro lado, hasta encontrar el lugar indicado y allí, sentados en un sofá, a tres religiosos, que hablaban entre sí. Don Bosco se presentó humildemente.
-»Qué es lo que busca?, le preguntó el Superior.
-El despacho del padre Rector, respondió don Bosco.
-Pase al recibidor.
-Quería solamente decir al padre Rector...
-Pase al recibidor. Ahora tenemos que resolver unos asuntos.
Pasó don Bosco al recibidor y esperó bastante. Finalmente, llegó el padre Rector y, con aire entonado, le preguntó:
-»Quién es usted?
-Soy don Bosco -»Y qué desea de mí?
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-Quería encomendar a su bondad el nuevo colegio que he fundado aquí en Marsella.
-»Y no desea nada más?
-No, señor. Sólo he venido para esto y para saludarle.
-Si no tiene más que decirme... He entendido... Le saludo.
Y dicho esto, se retiró. Don Bosco salió de aquella casa. Don José Bologna, irritado y confuso, le seguía vacilante. Pero el Siervo de Dio le dijo con toda calma.
-Alégrate, alégrate. Ellos se quedarán más avergonzados que nosotros, cuando piensen cómo nos han tratado.
En efecto, cuando, en los años siguientes, los prodigios descubrieron la mano de la Providencia en las obras de don Bosco, aquellos padres acudieron atentamente a visitarle y ofrecerle sus servicios.
Pronto diremos la causa por la que se produjo en los ánimos un cambio tan grande, y por lo que hacía ya tiempo, se encontraba don José Bologna a disgusto y solicitaba la presencia del Beato Padre. Este, sin desalentarse, buscaba cómo ((17)) reanimar al Director.
Su habitación daba frente a un cerro coronado por tres magníficas encinas; pero, desde abajo, un patio en plano inclinado permitía ver dentro de las habitaciones. Un día, señalando a don José Bologna el altozano a través de los cristales de la ventana, que no tenía cortina alguna, le dijo:
-Ya verás qué pronto nos vamos a librar de este inconveniente y tendremos ahí una grande y bonita casa con un patio amplio y bien allanado. 23
Estas palabras reanimaron un poco al Director, pero no le tranquilizaron del todo, y más cuando oyó exclamar a don Bosco:
-íYo estoy perdiendo aquí el tiempo!
En efecto, no se encontraba la manera de realizar algo positivo. Pero intervino la Providencia para sacar del atolladero al Siervo de Dios con un hecho que, en un abrir y cerrar de ojos, cambió la disposición de los ánimos. Una madre piamontesa, y precisamente de Asti, llevó a don Bosco un hijo suyo que movía a compasión: pequeño, raquítico y hecho un ovillo, arrastraba con dificultad las piernas, apoyado en dos muletas. Podía tener unos ocho años. Viéronle pasar unos muchachos externos de las escuelas salesianas, que pertenecían a la escolanía de San José. Madre e hijo fueron introducidos en la habitación de don Bosco. El Siervo de Dios dijo unas palabritas a los dos; bendijo después al lisiado y mandóle tirar las muletas.
Ocurrió un cambio instantáneo; el muchacho se enderezó, tiró las míseras muletas y echó a correr. La madre, casi fuera de sí, recogió aquellos palos y se lanzó detrás gritando: -íMilagro, milagro! Y ni el uno ni la otra se dejaron ver más 1.
Sólo ocho meses después, durante los ejercicios espirituales, ((18)) don José Bologna se atrevió a preguntar en confianza a don Bosco cómo había sucedido la cosa, pues él no había estado presente. Contestóle don Bosco con igual confianza:
-Mira, don Bosco pensó que no podía hacer nada en Francia y dijo a la Virgen: -íEa, comencemos!
Y se empezó de veras. Se esparció por toda la ciudad la fama del prodigio; armó un ruido extraordinario, y comenzaron las visitas sin fin Aunque no pueda decirse que don Bosco hablara correctamente el francés, no obstante lo hacía con tal desenvoltura que resultaban simpáticos los mismos inevitables errores. Otra cosa que impresionaba, aún más, era su imperturbable tranquilidad, que contrastaba frente la habitual animación, tan propia de los franceses. Le preocupaba entonces la idea de agrandar la casa, y muchos de sus visitantes, sabedores de ello, iban a porfía en describir la rapidez con que se llevaría a
1 El escritor Huysmans en su conocida semblanza de don Nosco incurre en dos errores al referir este hecho, topográfico el uno y cronológico el otro. Dice que ocurrió «en la calle Beaujour», lo que no es cierto, y el día 29 de enero, cuando aquel día don Bosco se encontraba en Saint-Cyr. Nuestra relación se funda en el testimonio de don José Bologna, recogido por Lemoyne, y en el de don Luis Cartier, que se encontraba entonces en la casa de Marsella, y que, textualmente escribió después el padre salesiano Federico Rivière.
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En cuanto a la fecha, creemos debe colocarse entre el 10 y el 11 de enero. Los lectores se convencerán de ello, atendiendo cuidadosamente a las citas que vienen después en el texto. 24
cabo la ampliación: ya veían a unos doscientos cicuenta muchachos dentro de seis meses. Don Bosco les dejaba hablar, y luego, con una observación práctica manifestada en un tono que, comparado con el de ellos, se podía calificar de flemático, devolvía a sus interlocutores a mundo de la realidad.
El día 12 escribió don José Bologna a don Miguel Rúa:
«Se despierta el entusiasmo».
Aquel día fue invitado don Bosco a comer con el Obispo, el cual quiso que se sentara a su lado, rodeado de diez párrocos de la ciudad. Don José Ronchail escribía el 14 a don Miguel Rúa:
«Jamás habríamos podido esperar tanta generosidad y tan buena voluntad, al ver lo que pasa en estos días, se diría que nos encontramos en tiempos de leyenda.
»Don Bosco está fuera de sí y no sabe explicarse cómo se han superado todas sus esperanzas y sus mismos cálculos. Esta semana será un bella página en la historia de la Congregación».
Y don José Bologna escribía, con la misma fecha, al mismo:
«Es algo fabuloso cómo se extiende el movimiento».
La afluencia de los visitantes creció tanto, que el secretario interino, ((19)) que no estaba acostumbrado a las atenciones que se requieren en semejantes circunstancias, decía a don Miguel Rúa en una carta del día 20:
«Su nombre es como la corriente eléctrica, que en un momento recorre toda Marsella, y si continúa aquí por algún tiempo, tendrá que venir don Joaquín Berto a regular las audiencias».
El mismo don Bosco, con fecha del 27 , informaba así a don Miguel Rúa:
«Lo nuestro se va desarrollando aquí de manera fabulosa, diría el mundo, pero nosotros decimos de manera prodigiosa. Sea siempre alabada y ensalzada la bondad del Señor».
En medio de tanto entusiasmo, surgió la idea de que diese don Bosco una conferencia en la iglesia parroquial o, al menos, que hablase a un público selecto en un salón de la ciudad. Don Bosco tuvo que condescender; pero obtuvo que se le permitiera reunir a los amigos del colegio en un dormitorio, transformado en salón. Pensar en lo que tenía que decir y sobre todo cómo decirlo, no le fue posible por las visit que no le dejaban un momento libre. Asistió también a la reunión el Obispo. Don José Bologna quedó asombrado, al oírle hablar con tanta desenvoltura en «su francés»; también quedaron pasmados otros oyentes, alguno de los cuales, al contestar a sus amigos curiosos cómo se las había arreglado don Bosco para salir del paso en 25
cuanto a la lengua, se expresó agudamente en estos términos: «Ha hablado en francés, como si lo supiera».
En un clima, tan universalmente favorable al proyecto de ampliación, pronto respondieron los primeros medios de ejecución. Con el fin de estimular la liberalidad de los marselleses, don Bosco encargó en seguida a un empresario una obra por cincuenta mil francos, a termina en el mes de agosto, para dar cabida a dos centenares de jóvenes. Una mañana estudiaba con el arquitecto Itier un plano de construcción y llegó de improviso el abate Timón-David 1, el cual estuvo largo rato con ellos examinando, aconsejando, aprobando, objetando, desaprobando y que, por fin, se despidió. ((20)) Don Bosco, que, a pesar de ser muy cauto en sus obras, tenía una gran prontitud de intuición, dijo al arquitecto:
-Me temo que el buen canónigo Timón, cuando llegue al paraíso, encontrará algo que no será plenamente de su gusto.
Hubiera querido don Bosco dar una comida a los principales amigos de Marsella; pero las condiciones de la casa no se prestaban para ello. Pero el señor Julio Rostand, presidente de la Sociedad Beaujour, tuvo la buena idea de organizar en honor de don Bosco un banquete verdaderamente regio, al que convidó a la flor y nata de la ciudad. En el curso del banquete la conversación derivó a la casa a construir y sobre la gran escuela para aprendices bajo la dirección de don Bosco. Ofrecíanse dos problemas de difícil solución: reunir los muchos mile
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de francos necesarios para levantar el edificio y crear un capital, con cuyos intereses se pudieran mantener los jóvenes internados. Todos estaban de acuerdo en que el proyecto era atrevido y de insegura realización. Don Bosco, llegado el momento oportuno, dijo sonriendo y con aire grave:
-Sí, tenemos grandes cosas que hacer; mas, para llevar a buen término grandes cosas, se bastan los marselleses por sí solos.
Estas palabras produjeron el efecto de una descarga eléctrica; jamás hubiera imaginado don Bosco lograr el éxito que obtuvo. Poco a poc desaparecieron las dificultades de los gastos, y no hubo que suspender las obras por falta de dinero. Contando el incidente en Alassio, el Beato confesó que, de buenas a primeras, se dio cuenta de la impresión causada por sus palabras, que en realidad le salieron espontáneamente en el calor de la conversación; se lo dijo, después, el
1 Véase vol. XIII, pág. 91. Rectificamos aquí una inexactitud del lugar citado. Los Hermanos del Sagrado Corazón allí mencionados no eran los del Puy, sino que formaban una Congregación Clerical local, llamada Oeuvre du Sacré-Coeur de l'Enfant Jésus, fundada por el abate Timón y que hace pocos años llegó a ser de derecho pontificio. 26
abate Guiol y lo demostraron los hechos. Hay que recordar, sin embargo, la gran habilidad de don Bosco para decir palabras que agradaran al oído de sus oyentes.
Las visitas se sucedían casi sin interrupción. Hemos encontrado el relato de una en particular. Presentóse a don Bosco el señor Olive, marsellés riquísimo, el cual, aquejado de una enfermedad incurable, rogó que le bendijera ((21)) y le obtuviese la curación. Propúsole el Beato un medio seguro para ello: consistía en ir al banco, sacar una cantidad proporcionada a su fortuna y llevársela a él. Que ello no era para él un gran sacrificio; pero que, aun cuando le tuviese que costar algo, era preciso inclinar la cabeza, pues se trataba de obtener un verdadero milagro.
Pidió el señor algún tiempo para hablar del asunto con su señora. Pero don Bosco le dijo:
-Si usted cree que es demasiado, usted verá; por mi parte, lo considero como condición indispensable. Pero Dios ve los corazones y sabe qué sacrificio puede ser el proporcionado... Si acaso no quisiera darme a mí la cantidad que le he dicho, dedíquela a cualquier otra obra pía
o entréguela al Obispo, para que la reparta: ...Pero, si usted quiere curar, debe hacerlo así. Volvió varias veces el señor a don Bosco, pero no llegaba nunca a decidirse. Por fin, fue un día el Siervo de Dios a hablar con el señor Obispo, y recibió de sus manos dos mil quinientos francos de parte del señor Olive. Este no tardó mucho en volver a visitar a don Bosco, creyendo que había dado suficiente; pero aquello era una bagatela para sus posibilidades. Parece que la Providencia quería ayudarle a desprender su corazón de las riquezas.
Don Bosco, como es natural, le dio las merecidas gracias por su limosna; pero, ante su insistencia por saber si podía esperar la anhelada gracia, le contestó:
-íEscuche! La otra vez, cuando se le hizo la propuesta, yo veía que el Señor le escucharía; en cambio ahora ya no tengo la misma seguridad. Ruegue, no obstante, al Señor; puede que El en su infinita bondad le escuche, pero la cosa es difícil. El momento ha pasado y y no vuelve. Jesús, dice la Biblia, pertransiit benefaciendo, y no mansit, («pasó» haciendo el bien, y no «se paró»). »Entiende este latín?
Aquel señor comprendió, por desgracia, que tenía que quedarse con su enfermedad y así fue.
Si las visitas le asediaban, no eran menos apremiantes los asuntos. «Tenemos muchas empresas entre manos, escribía a don Miguel Rúa, y se necesitan muchas oraciones para que todo salga bien». Una de l 27
empresas era aclarar y definir ((22)) la posición de los Salesianos con relación a la parroquia de San José. El Director y el Cura párroco ya no se entendían. Este exigía, ante todo, al oratorio de San León el servicio del canto y las ceremonias para su iglesia. En realidad, nadie había hablado nunca de ello, durante las negociaciones para abrir el colegio en favor de la juventud pobre; sólo se habló de ello, después d que don José Bologna tomó la dirección del Oratorio. Una necesidad inesperada fue la causa, que movió al canónigo Guiol a confiar la escolanía a los Salesianos que, con gran molestia del personal y gratuitamente, se sometieron a ello por complacer a quien había dado tant pruebas de benevolencia. Pero se areglaban lo mejor que podían, valiéndose de muchachos externos, mientras que lo que se pretendía era dejar mejor asegurado el servicio con los alumnos internos. Con ello se comprometía el buen resultado de éstos, pues, a buen seguro, no se les podría asistir como lo exigía la disciplina de un internado, si tenían que salir a menudo y tampoco podrían estar bajo la absoluta dependencia del Director.
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«Nosotros, -se declarará más tarde, al hacerse más estridentes las divergencias-1, tenemos un sistema especial de educación llamado preventivo, cuya práctica resulta imposible, si los alumnos no están bajo nuestra total disposición y dependencia. Nunca acudimos a medio represivos: en todo momento deben emplearse la vigilancia, la razón y la religión. Resulta, pues, indispensable que la escolanía preste el servicio parroquial, sin que estén obligados a ello los muchachos internos, los cuales sin embargo no se negarán, cuando fuere necesario, con ocasión de grandes solemnidades, a reforzar el coro de los cantores y a dar más lustre a las sagradas funciones».
Además de la schola cantorum, pedía también el cura párroco, como algo ordinario que se le debía, sacerdotes auxiliares para el servicio ((23)) de la parroquia, ministerio desconocido en Italia. La primera vez que se habló de ello, el párroco había hecho esta propuesta a don Bosco como un medio con que obtener alguna ayuda en favor del Instituto. Estos sacerdotes, decía el párroco, después de celebrar su misa podrán emplear el resto del tiempo en los trabajos del oratorio. Nunca se había hablado de los otros servicios, hasta que llegó don Bosco a Marsella. Tampoco en este punto hubiera podido don José Bologna condescender con el párroco, sin comprometer la buena
1 Carta al señor Rostand, contestando la suya del 8 de septiembre de 1879. Tenemos en el archivo el borrador; aprécianse en él dos man diversas, quizá porque fue escrita al dictado. Tiene modificaciones y añadiduras de mano de don Miguel Rúa y de don Bosco. La firmó do Bosco. 28
marcha de su casa. Con este fin se añadió al documento, poco ha citado, una observación, que interesa a la vida de nuestra Sociedad.
«Ella está consagrada, se dice allí, al bien moral y material de la juventud, por lo que el oficio de sacerdote auxiliar, esto es, asistir a los funerales, acompañar a los difuntos al cementerio, resulta intolerable a los miembros de la misma Congregación, hasta el punto de que algunos preferirían retirarse de la Congregación, antes que variar el fin para el que se habían consagrado al Señor».
Creemos que estas dos circunstancias bastan para explicar cómo, pasada la luna de miel, surgió la desavenencia entre la casa y la parroquia, entre su director, don José Bologna, y el abate Guiol, y cómo, de rechazo, se entibió en los amigos de éste el afecto a los Salesianos. Verdad es que la milagrosa curación amortiguó las disensiones y logró despertar, e incluso acrecentar, el entusiasmo; pero convenía aplica el hacha a la raíz y aclarar y puntualizar bien la cuestión, y aquí se manifestó la magnanimidad de don Bosco. Siempre agradecido a quien tanto había trabajado para que sus hijos fueran a Marsella, trató benévolamente el litigio con el abate, y después de un animado carteo entr Marsella y Turín, el Beato se avino, en el mes de septiembre, a firmar con el cura párroco de San José una especie de contrato, que fuese por su parte una prueba tangible de voluntaria gratitud. Mas, para impedir que se traspasaran los límites, hizo que constara en él la cláusul de que el oratorio de San León se prestaría ((24)) al servicio parroquial de la manera propuesta, «siempre que fuera ello compatible con lo deberes que cada uno tenía que cumplir en el Oratorio» 1.
Para otro grave asunto volvió don Bosco a pedir especiales oraciones, en carta a don Miguel Rúa del día 21:
«Hay mucha necesidad de oraciones. Si los muchachos quieren hacerme el mayor de los favores, hagan un triduo de comuniones y oraciones, según mi intención, y para el feliz éxito de nuestros actuales asuntos».
Había que pactar con la Sociedad Beaujour otro contrato, en sustitución del antiguo, que caducaba automáticamente ante la necesidad de otra mucho más importante. Se trataba de asegurar las fundaciones de La Navarre y de Saint-Cyr; para ello la Sociedad Beaujour comprarí las dos fincas al abate Vincent y a sus arrendatarios, pagando únicamente las deudas pendientes, mediante las limosnas de los bienhechore y entregando después a don Bosco terrenos y edificios,
1 Véase Apéndice, doc. núm. 1. 29
de acuerdo con las condiciones a establecer. Estas condiciones fueron estudiadas en laboriosas reuniones y fijadas en un documento que había de ratificarse a los tres meses y entrar en vigor después de los cuatro 1.
Concluido este asunto informaba el Beato a don Miguel Rúa el día 27 en estos términos: «Hoy, a las dos de la tarde, se resolverán grand asuntos para nosotros.
»Todo está preparado a nuestro favor; esperemos que todo quede concluido según la santa voluntad del Señor». Le había escrito pocos días antes ya refiriéndose a estos asuntos: «Son de mucha importancia moral, material y religiosa».
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Vino a aumentarle el trabajo la cuestión de Auteuil. Deseoso de conferenciar con él, aprovechó el abate Roussel su estancia en Marsella para ir a hablarle. Tenía intención de poner dificultades al proyecto, que le habían enviado desde Turín unos meses antes, redactado por el Capítulo Superior y firmado por don Bosco; pero, al ver el entusiasmo de los marselleses por don Bosco, sintióse poco a poco ((25)) tan subyugado, que firmó sin más, tal y como estaba, instando para que se diese prisa a ponerlo en ejecución 2.
Son también un documento de su actividad en Marsella las cartas que envió a don Miguel Rúa. Poseemos cinco, pero, más que cartas podrían llamarse memoriales de lo hecho o por hacer, ordenado en lista y expuesto en forma esquemática; de ello se deduce lo bien que se compenetraban aquellas dos almas. Las publicamos al final del volumen 3. Por ellas verán también los lectores cómo don Bosco, a pesar d las mil preocupaciones que por todas partes le acosaban, pensaba en todo y en todos, con diligencia de superior general y con solicitud de padre. Y no pensaba directamente sólo en su vicario. En efecto su presuroso pensamiento, llegaba por ejemplo, a los novicios, mientras escribía a su Padre maestro:
Queridísimo Barberis:
Otras cosas para nosotros irán aparte. Espero que nuestros queridos novicios, pupilas de mis ojos, gocen de buena salud, e irán a porfía e amortiguar con su fervor el frío que naturalmente se siente en esta estación. Les dirás que ellos son gaudium meum et corona mea (mi goz y mi corona). Corona de rosas, y nunca de espinas. Que no haya jamás un aspirante salesiano, que con su mala conducta clave espinas en e corazón de su afectísimo padre don Bosco. Esto no sucederá jamás; estoy seguro
1 Véase Apéndice, doc. núm. 2.
2 Véase vol. XIII, pág. 631.
3 Véase Apéndice, doc. núm. 3, A-B-C-D-E. 30 de que todos a porfía querrán consolarme con sus oraciones, sus comuniones y su conducta ejemplar.
Los tres novicios que vinieron conmigo, están repartidos así: Boyer en La Navarre, Taulaigo, que escribe, y Turín están aquí, para santificar a los habitantes de la casa Beaujour. Esta casa es como un tallo que necesita muchos cuidados en su principio, pero que se desarrollará y convertirá en un árbol alto, cuyas ramas y sombra bienhechora dejarán sentir sus benéficos efectos en otros lejanos países. Así lo espero en el Señor. El próximo sábado zarparán para Montevideo Foglino y Quaranta. Están alegres y contentos y no desean más qu acudir velozmente en auxilio de sus compañeros de Uruguay.
Don José Ronchail dará más noticias. Di a don Luis Deppert que me santifique la sacristía y a todos los que acuden a ella; a Palestrino, e sacristán, que se haga bueno; a Julio Augusto 1 que esté alegre; ((26)) a don Miguel Rúa, que busque dinero; al señor conde Cays, que cui su salud, como si fuera la mía.
Bendígaos Dios a todos y os conceda la gracia de vivir bien y bien morir. Conceda Dios esta gracia especialmente a aquél, a quien no encontraré ya a mi vuelta a Turín.
Y tú considérame siempre en J. C.
Marsella, 10 de enero de 1870
Tu afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
«Aquél», a quien don Bosco ya no iba a encontrar, era uno de los dependientes de don Julio Barberis, esto es el aspirante reverendo Remondino, que murió el día primero de febrero.
No olvidó tampoco a las Hijas de María Auxiliadora, para las que envió por medio del Director de Mornese, don Juan Bautista Lemoyne una carta que, por desgracia, nos ha sido imposible encontrar hasta ahora.
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Mi querido Lemoyne:
Desde la diócesis de San Lázaro, escribo una carta y acaso desde el lugar, donde santa María Magdalena se recogía para orar y hacer penitencia, escribo esta carta a las Hijas de María Auxiliadora. La madre superiora, o mejor, tú mismo, leed esta carta con las observaciones, que creáis oportunas. Sería de mi agrado que se pudiese enviar una copia a todas las otras casas de las Hermanas.
Yo me encuentro aquí con muchos y graves asuntos entre manos. Cuando te enteres, quedarás aturdido y verás realizado el sueño de Lanzo 2.
El próximo miércoles iré a La Navarre, pasando por Saint-Cyr, que es nuestro también. Para el fin de la semana, Dios mediante, estaré e Niza. No sé en qué punto se encuentran las ordenaciones de mi amigo Musso, a quien saludarás de mi parte.
1 Julio es el barrendero mencionado otras veces. Este nombre le sugiere añadirle de broma el de Augusto (Véase Vol. XIII, pag. 38).
2 Véase Vol. XIII, pág. 457. 31
Saludarás también a los demás de nuestra casa, al señor párroco y amigos nuestros y cooperadores salesianos.
Dios te bendiga, querido Lemoyne, y ruega por mí, que siempre seré en J. C.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Tuvo otro delicado pensamiento con los aprendices del Oratorio, a cuyas felicitaciones quiso paternalmente corresponder con esta afectuosísima cartita dirigida a su catequista.
((27)) Queridísimo Branda:
Son tantas las veces que pienso en mis queridos aprendices y rezo por ellos, que si fuera a visitarlos estaría con ellos varias veces al día hablándoles y consolándolos.
Quiero,pues, demostrar con los hechos que me acuerdo de ellos de manera particular. Les dirás, por tanto, que sus felicitaciones para las fiestas de Navidad y Año Nuevo me fueron muy gratas y se las agradezco de corazón. He tenido buenas noticias de ellos y pido al Señor le dé buena voluntad y la gracia de ser virtuosos.
Me encuentro aquí, en esta casa de San León, donde hay unos sesenta muchachos, que poco a poco llegarán a ser verdaderos imitadores émulos de los aprendices del Oratorio. Es más, algunos han manifestado el propósito de querer superarlos en la obediencia y en la piedad íLes he dicho que no lo conseguirán! íYa veremos!
Dirás a todos que les recomiendo de corazón la frecuente confesión y comunión; pero que reciban estos dos sacramentos con las debidas disposiciones, de modo que se vea cada vez el progreso en alguna virtud. íQuisiera Dios que yo pudiese decir que cada aprendiz es un modelo de buen ejemplo para los otros compañeros! De vosotros, queridos jóvenes, depende darme esta gran satisfacción.
Sé que rogáis por mí y atribuyo la mejoría de mi vista a vuestras oraciones; seguid. Os lo agradezco y Dios os lo premiará.
El regalo que os pido es una santa comunión según mi intención.
Que Dios te bendiga, querido Branda, bendiga a todos los asistentes, a los obreros, a los aprendices y nos conceda la gran gracia de pode formar todos un solo corazón y una sola alma para amar a Dios y servirle en la tierra y poder, después, un día alabarle y gozarle eternamen en el cielo.
Créeme todo tuyo en J. C.
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Marsella
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Cuando las relaciones con Francia se fueron haciendo cada día más frecuentes e importantes, la Providencia inspiró al conde Cays, ya avanzado en años, abrazar la dura vida del Oratorio 1. Este virtuoso y gran señor poseía a la perfección la lengua francesa, la escribía de
1 Véase Vol. XIII, pág. 195. 32
modo impecable y conocía a fondo la índole de este pueblo, con lo que hizo al Siervo de Dios señaladísimos servicios con la pluma, y personalmente. ((28)) En qué aprecio teníale don Bosco, nos lo acredita este documento:
Queridísimo señor conde Cays:
He recibido con satisfacción su carta y le agradezco las noticias que me da. El abate Roussel vino, efectivamente, a Marsella y, después un ratito de charla, firmó pura y sencillamente el proyecto, que habíamos enviado. Lo llevaré conmigo cuando vuelva a Turín. Espero que, el próximo día 3 de febrero, podremos encontrarnos en Alassio, donde estudiaremos lo que convenga hacer en concreto.
Vea, si le es posible, de vender algún cortijo de Santa Ana, porque de lo contrario, será un desastre 1. Yo sigo todavía en Marsella por u serie de asuntos de cierta importancia, que considero muy útiles para nuestra Congregación y que serán tema de nuestras conversaciones e Alassio.
El señor D'Ycard ha venido aquí para pedir noticias de usted y se alegró mucho al enterarse que ya es sacerdote; es más, pensaba que estaba aquí conmigo 2.
Mi salud ha mejorado un poco, gracias a la bondad del Señor.
Si puede, dése un paseíto hasta la marquesa Fassati, ofrézcale mis respetos y déle mis noticias.
Ruégole también salude de mi parte a toda su familia de usted y participe a don Carlos Ghivarello que se haga bueno, a don Antonio Fusconi que no tengo noticias suyas, a don Angel Savio que sea verdaderamente un ángel, y a usted que tenga todos los miramientos que pide su salud y haga por usted lo que haría por mí mismo.
((29)) La gracia de N. S. J. C. esté siempre con nosotros y nos ayude a cumplir en todas las cosas la santa voluntad de Dios.
Ruegue por mí, que seré siempre en J. C.
Marsella, 20 de enero de 1879
Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
1 Para el abate Roussel, véase el Vol. XIII, pág. 626. Santa Ana era la finca heredada por don Bosco del barón Bianco. (Ver ibídem, pág 490). Para don Antonio Fusconi, ver ibídem, página 552.
2 El señor Juan-Víctor D'Ycard de Barbarin fue el primer cooperador salesiano de Marsella y el primer bienhechor del Oratorio de San León, murió el 24 de febrero de 1879. Don José Bologna (30 de abril de 1879) escribía a don Miguel Rúa: «El señor D'Ycard de Barbarin, quien usted conocía muy bien, murió hace unos meses. Ha dejado una viuda digna de él. En su desgracia ha resuelto continuar las buenas obras de su marido, y, sobre todo, la de proteger a nuestra casa. Cuando hable usted con don Bosco, dígale que ella se ha comprometido a
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ser la segunda madre de nuestra casa, de acuerdo con la señora Jacques, que es la primera. Las dos son primas. Para no empezar siendo solamente madre de nombre y no de hecho, acaba de enviarnos una gran cantidad de herramientas de carpintería y cerrajería y otras, que su recordado marido tenía en el campo. Valen más de un millar de francos... Una fragua con todos los accesorios, dos grandes y bonitos torno etc... Y todavía nos promete muchas otras cosas; es viuda sin hijos... Desearía que informase de ello a don Bosco... Esta señora le conoce por las relaciones que usted tuvo con su marido... Conocía también a don Bosco, a quien había visto aquí con su marido por casualidad, pero quedó encantada de él. 33
El Beato tuvo además ocasión de escribir a la señora Matilde, esposa del señor Alejandro Sigismondi, a quienes hemos mencionado muchas veces en los viajes de don Bosco a Roma. Esta carta demuestra el constante afecto de aquellos piadosísimos esposos a nuestros Beato Padre. íLe querían verdaderamente mucho! En el verano de 1931, estando el Rvdmo. señor don Felipe Rinaldi hospedado en Roma en la sede de nuestra Procura General, vio adelantarse hacia él a una buena viejecita, que, apoyada en un bastón, había subido con trabajo escalera a pesar de que era muy cómoda, y se presentaba a él para saludarle y ofrecerle su caritativa limosna. Era la viuda señora Matilde que, habiéndose enterado por casualidad de que se encontraba allí el tercer sucesor de don Bosco, no había podido resistir al ardiente dese de visitarle y hablar con él del Beato.
Estimadísima señora Matilde:
Su carta me alcanzó en la casa de Marsella. Don Miguel Rúa ya ha mandado celebrar una santa misa en Turín en el altar de María Auxiliadora, según su piadosa intención. Por mi cuenta he celebrado otra aquí, con la comunión y oraciones de nuestros huerfanitos.
Esta casa fue inaugurada el año pasado cuando vine de Roma a Marsella y la llamamos Oratorio de San León, en honor del nuevo Pontífice.
A fines de esta semana saldré para otras casas, que tenemos en Francia, y seguiré camino de Roma, donde, Dios mediante, espero poder encontrarme poco más o menos del 15 al 20 del próximo febrero.
Señora Matilde y señor Alejandro, ícuánto tenemos que hablar, cuántas cosas que contarnos!
Como no podré estar mucho tiempo en la santa ciudad, tendremos, sin embargo, que dedicar un día entero a charlar.
Que Dios la bendiga y, con usted, bendiga al querido señor Alejandro, a la señora ((30)) Adelaida, y encomendándome a sus oraciones tengo el honor y el gusto de profesarme,
Marsella, 21 de enero de 1879
Afmo., como un hijo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D.: Me sirvo de un secretario por la molestia que me causan los ojos enfermos que, sin embargo, van mejorando un poco. El día 27 fue don Bosco con el Cura párroco de San José a Aix «para un asunto importante», como escribió a don Miguel Rúa. Parece 34
que en esta ocasión pronunció allí un sermon de charité, seguido de colecta 1.
En la vetusta ciudad romana acaeció un curioso episodio, que más tarde contó el mismo don Bosco y recogió Lemoyne. Fue a visitar al barón Martín y éste le invitó a comer con su familia. Tenía él mucha confianza con aquellos nobles señores. Poco antes de sentarse a la mesa, atravesaba el Beato una sala en la que vio una mesa con vajilla y cubiertos de plata; se paró a contemplar aquel pequeño tesoro; después, con afectada seriedad y con toda la calma, alargó la mano y, pieza tras pieza se echó parte en los bolsillos, y encerró la otra en la maleta, que tenía allí en un rincón. El Barón y los demás observaban para ver cómo iba a acabar la broma. Terminada la operación, que fu cosa de pocos minutos, preguntó don Bosco cuánto podía valer aquel servicio de mesa.
-Si hubiese que comprarlo nuevo, se le contestó, se necesitarían diez mil francos; pero en la reventa, tal vez no dieran más de mil.
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-Pues bien, replicó don Bosco, puesto que el señor Barón es tan rico, y yo he de pasar las de Caín para acallar el hambre de mis pobres muchachos, déme mil francos y yo le restituyo su vajilla de plata.
((31)) El señor Barón, con la mayor naturalidad del mundo, sacó de la cartera mil francos y se los entregó a don Bosco que, con no meno naturalidad, volvió a poner cada cosa en su sitio.
El día 29, siempre acompañado por don José Ronchail, dejó Marsella y salió para Saint-Cyr. Hacía ya dos semanas que le había precedid don Juan Cagliero, de vuelta de La Navarre, adonde había llevado a dos Hijas de María Auxiliadora; pero su estancia había sido muy corta por no haber en el Patronato de San Pedro, como él decía, quien «atendiera al fuero de la conciencia» 2, es decir, confesar a la comunidad.
Para ser aquel día la fiesta de san Francisco de Sales, no fue muy espléndida la cena, que se les sirvió en Saint-Cyr la noche de la llegada caldo de lentejas, plato de lentejas con aceite y vinagre, más dos gorrioncitos fritos que los muchachos habían cazado durante el día y tenía que servir para tres comensales.
1 Carta de E. Vinson, de los señores de la Misión, a don Miguel Rúa, 6 de febrero de 1888. Es una carta de pésame por la muerte de don Bosco. se lee en ella: «Si un día su santidad el Papa concede un patrono a las Obras para la juventud de los patronatos, espero que todos lo patronatos y todos los cooperadores salesianos ípedirán que este patrono sea san Juan Bosco!
2 Quiere decir «quién atendiera al confesonario». Carta a don Miguel Rúa, Niza, 16 de enero de 1879. 35
A la mañana siguiente eran esperados en Tolón para visitar la escolanía, que querían poner bajo la dirección de los salesianos; pues, en ciertos lugares, las escolanías eran verdaderos seminarios menores. La visita fue larga y minuciosa. El Siervo de Dios bendijo a una señori gravemente enferma, que curó casi repentinamente y aún vivio cinco años más.
Ignoramos las circunstancias del hecho; sólo sabemos que, como consecuencia de lo ocurrido, una tía de la agraciada, se convirtió, mientras vivió, en celosísima cooperadora salesiana 1.
Como la visita se alargaba más de 10 previsto, dijo don Bosco en voz baja al secretario que buscase una fonda donde ir a comer algo; pe aquellos señores, por exceso de cortesía, no se separaron un momento de su lado y quisieron, por último, acompañarlos hasta la estación, adonde llegaron apenas con tiempo para tomar el tren, que les debía llevar a Hyères. A los estímulos del hambre, se añadieron aquí otros contratiempos, ((32)) que sometieron a dura prueba la paciencia. Era de noche. Debía esperarles el coche del conde de Buttigny, pues le habían enviado un telegrama, desde Tolón, y otro don Pedro Perrot, desde La Crau, anunciando la llegada. Don Bosco, segurísimo de encontrar el coche, dejó escapar los ómnibus, tanto más cuanto que, a cierta distancia, brillaban dos faroles como los que se encienden a lo lados de los coches. La ciudad de Hyères dista de la estación unos veinte minutos a pie. Nuestros viajeros se encaminaron hacia los faroles que después de unos diez pasos, se apagaron uno tras otro, de improviso. Eran los faroles de gas que iluminaban la puerta de acceso a la estación.
»Qué hacer? No quedaba más remedio que seguir a pie. Como allí había llovido durante todo el día el barro llegaba a los tobillos; ademá caminaban a oscuras y las maletas pesaban lo suyo. Haciendo de tripas corazón, se encaminaron in nomine Domini. Cuando los brazos doloridos por el esfuerzo no aguantaban el peso de las maletas, las dejaban sobre los guardacantones o sobre algún montón de grava y se paraban unos minutos; entonces don Bosco contaba alguna graciosa historieta, para que su compañero contara otras de su repertorio. Y así llegaron a Hyères, cuando y como pudieron. Encontráronse allí con una mujer y le preguntaron dónde vivía el señor Buttigny; pero la pobrecita, que era de Cúneo, no supo qué contestar. Entraron en un café donde esperaban ser informados; pero les dijeron que había en la ciudad tres familias Buttigny. Andaban así desorientados por las calles
1 Carta de la señora J. Thomas a don Miguel Rúa, Tolón, 8 de febrero de 1888. 36
desiertas, cuando toparon con un señor, al que preguntaron si sabía decirles dónde se encontraba la casa de un tal Buttigny, que poseía una casa de campo cerca de La Navarre. Aquel señor llamó a un muchacho, le dio indicaciones precisas, y el rapaz los acompañó al lugar indicado.
Mientras tanto, el Conde estaba sobre ascuas. Su cochero, que había ido a esperar a don Bosco a la estación de La Crau, en lugar de ir a esperar a la de Hyères, había vuelto con la noticia de ((33)) que don Bosco no había llegado. Pero su amo, que, vestido de etiqueta, tenía prisa por ir a una reunión, decía que era imposible que no hubiera llegado don Bosco, pues él había recibido no uno, sino dos telegramas. Y
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descargaba una tormenta de reproches sobre el infortunado cochero. En aquel instante llegaban don Bosco y su compañero.
-Ya estoy aquí, dijo don Bosco soltando la maleta y mirándole con aire cansado y su acostumbrada sonrisa.
Iban cubiertos de cazcarrias hasta la cintura. De la estación a casa habían empleado más de una hora. El Conde prorrumpió en expresion de gran alegría; pero, al verle en aquel estado, ordenó a los criados que les limpiaran las sotanas.
-Señor Conde, interrumpió don Bosco, déjelo, hoy no hemos probado bocado; dénos, por favor, algo de comer.
En tanto ya chisporroteaba un gran fuego bajo la campana de la chimenea. En un instante estuvo preparada la mesa. No es para dicha la cuenta que dieron de los platos. Fueron, por fin, a descansar, y entregaron sus ropas a los criados, que, después de ponerlas a secar, tuviero que trabajar de lo lindo, la mañana siguiente, para dejarlas en buen estado.
A eso de las once, se presentó en la casa el doctor D'Espiney, médico de Hyères, que iba a buscar a don Bosco para acompañarle a visita al conde de Villeneuve. Fue con ellos don José Ronchail. El conde de Villeneuve había caído de un caballo y al darse con la cabeza contra un árbol, sufrió graves lesiones en el cerebro, que hacían temer por el estado de sus facultades mentales. Para colmo de desdichas, la muer le había arrebatado a su amada esposa, de modo que estuvo en peligro de perder el juicio. No estaba frenético, pero sí tan irascible que los médicos habían determinado internarlo aquella semana en una casa de salud.
Pero el doctor D'Espiney, a fuer de caballero cristiano, chapado a la antigua y de recia fe, sugirió acudir antes a los remedios celestiales. Don Bosco encontró al enfermo fumando. 37
-Señor Conde, díjole el doctor, tenemos aquí a don Bosco, que ha venido a verle.
El Conde miró a don Bosco de arriba abajo y después, llamando a la criada, dijo:
-Magdalena, es la hora del paseo.
((34)) -Perdone, señor Conde, rogóle el doctor, dígale que vuelva dentro de un rato. Está aquí don Bosco, que quiere darle la bendición.
El Conde muy serio, se sentó en la cama. Don Bosco le entregó una medalla de María Auxiliadora, que el Conde agradeció, y lo bendijo Desde aquel punto, cesó la habitual excitación nerviosa y se quedó en perfecta calma.
Al atardecer envió el coche a casa del conde Buttigny para que le trajeran a don Bosco y se entretuvo con él en larga conversación. El Siervo de Dios le exhortó a que confiara en María Auxiliadora, le prescribió unas oraciones y le dijo que lo esperaba perfectamente curado en Turín para la fiesta de María Santísima Auxiliadora en el mes de mayo. El Conde anticipó en un mes. el viaje. No le quedaba ni rastro del mal.
La visita a La Navarre y a Saint-Cyr le dio ocasión de conocer bien las condiciones morales y materiales de los dos centros. En La Navarre encontró unas tierras fértiles, no así en Saint-Cyr. Aquí, sin embargo, había buenas fuentes de ingresos con los primeros frutos de campo y con la venta de madreselva siempre verde para hacer coronas, buscadísimas en Francia para carrozas fúnebres y sepulturas. Quedaba por estudiar si era preferible arrendar las tierras, cultivarlas con jornaleros o explotarlas directamente, organizando en ellas dos escuelas agrícolas. Las instituciones de este tipo gozaban del aplauso universal, de modo que les ayudarían personas de toda clase.
En cuanto a la marcha interna, encontró una herencia poco deseable. En La Navarre supo cosas, que le horrorizaron, con respecto a la moralidad de los antiguos dueños; ahora se buscaba por todos los medios posibles hacer olvidar aquellas malas acciones. Había ya unos cincuenta muchachos, diez de los cuales manifestaban clara vocación al estado eclesiástico. En Saint-Cyr, por el contrario, halló una verdadera Babel. Los internados que serían unos cuarenta, oscilaban entre tres y treinta años de edad; las llamadas monjas, de las que hem hablado en el volumen anterior, asistían en los dormitorios, en los talleres trabajaban juntos muchachos y muchachas ((35)) las más de las veces sin asistencia. Urgía, pues, apresurar el contrato con la sociedad Beaujour para poder entrar en posesión de aquello y hacerse cargo d 38
la normal administración 1. En las conferencias de Alassio, al informar don Bosco al Capítulo Superior sobre este tema dijo:
«Roguemos al Señor a fin de que nos bendiga y ponga su santa mano sobre nuestras cabezas. Sin duda, de haber estado yo al corriente d todo esto, antes del contrato, hubiera ido con más tiento en aceptar; pero sólo me habían dicho que los asuntos de la colonia no marchaban muy bien por falta de dirección».
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Con esta y parecidas maneras de expresarse, cerraba don Bosco preventivamente la boca a cualquiera que, con el andar del tiempo, oyendo hablar de sus sueños, estuviera tentado de creerle un visionario, es decir, como uno que se dejaba arrastrar por las ilusiones de la fantasía. Sin duda que él no había olvidado el halagüeño sueño de 1877, en Lanzo; »cómo podía pues, afirmar que, si hubiese sabido antes lo que supo después, no habría aceptado? Una vez más, como veremos aquí, el Siervo de Dios, a pesar de los sueños, no se creía dispensad en modo alguno en las cosas a emprender, de actuar conforme a los dictados de una iluminada prudencia. Pero, después, siempre era la Providencia la que guiaba los acontecimientos.
No hemos podido registrar ninguna otra noticia, acerca del primer paso de don Bosco por aquellas tierras, donde hasta el día de hoy resuena bendecido su nombre. El día 2 de febrero lo encontramos de nuevo en Niza 2, ya de vuelta hacia Italia. De nuevo la bondad del Señor quiso glorificar aquí a su Siervo con un hecho prodigioso, que contaremos, calcando nuestro relato sobre una memoria autógrafa de persona interesada 3 y un amplio certificado del médico de cabecera.
La condesa de Villeneuve, atacada en 1876 de peritonitis aguda, había llegado al borde de la tumba. La grave enfermedad ((36)) fue vencida, pero dejó muy marcadas las huellas de su paso. Fiebres intermitentes, que ya la atacaban tiempo atrás, se mantuvieron rebeldes a todos los remedios y con ataques de tal intensidad, que, a veces, parecían amenazar su existencia. En 1878 las fuerzas iban agotándosele d día a día, y ya no se creía posible la curación. Pues bien, ocurrió que en noviembre de aquel año un amigo le habló de don Bosco y de las gracias que él obtenía por la intercesión de María Auxiliadora. Esta conversación encendió en ella un deseo vivísimo de ver al Siervo de Dios para solicitar la ayuda de sus oraciones. Su médico, el doctor
1 Carta redactada y escrita por don Miguel Rúa y firmada por don Bosco, al canónigo Guiol: Sampierdarena, 15 de febrero de 1879.
2 Véase Apéndice, doc. núm. 3, E.
3 Carta de la condesa de Villeneuve al conde Cays, Niza, 6 de junio de 1879. 39
D'Espiney, le aconsejó los aires de Niza. La Condesa estaba, en enero de 1879, en aquella ciudad, pero no experimentaba ninguna mejoría;antes, al contrario, la postración general, la inapetencia, el insomnio, la intolerancia de cualquier esfuerzo, aun cuando se tratara d subir unos peldaños, le hacían la vida insoportable. Al enterarse de que don Bosco estaba en Niza, pidió y obtuvo audiencia el día 3 de febrero. Cuando vio al Beato se impresionó hondamente. Mandóle éste que tomara asiento y le rogó le explicara su enfermedad; la escuchó con paternal bondad y después, levantándose, le dijo:
-Ciertamente no hay en esta tierra nada más precioso que la salud, pero no conocemos la voluntad de Dios con respecto a esto. Sin embargo, El ha prometido abrir la puerta al que llama; llamaremos, pues, tan fuerte que tendrá que abrirnos, porque así lo ha prometido. Usted curará para educar cristianamente a sus hijos.
La Condesa se arrodilló para recibir la bendición de don Bosco y don Bosco, después de bendecirla, le habló de los hijos y la invitó también a ir a Turín para el 24 de mayo. Escribió ella en su relación:
«Volví a casa llena de esperanza, como si ya no recordara que estaba enferma una hora antes. Al atardecer, fui de paseo con mis hijos, andando unos seis kilómetros. Al subir las escaleras, no experimentaba la menor molestia; el apetito y el sueño eran normales, y no quedab el menor rastro de mis largos padecimientos. Noté que había recobrado inmediatamente el uso de mis piernas, tanto que, al muy poco ((37 tiempo, pude dar con un pariente mío un paseo de doce kilómetros en menos de tres horas y casi sin parar». Su médico, después de comprobar la curación, extendió la detallada relación, que mencionamos antes, y puede leerse en otro lugar de este volumen 1.
Quedan por narrar dos episodios ocurridos en Niza, que con toda probabilidad corresponden a este tiempo. El primero lo contaba el cardenal Cagliero, cuando quería hacer ver la eficacia de la mirada y la palabra de don Bosco. Después de una conferencia pronunciada en Niza, bajaba el Beato del presbiterio hacia la puerta, tan cercado por la gente, que no le dejaban caminar. Un individuo, de torvo semblant estaba inmóvil mirándolo, como si maquinara algo malo contra él. Don Juan Cagliero no lo perdía de vista y estaba muy preocupado, porque don Bosco, que avanzaba lentamente, ya se acercaba a él. Por fi se encontraron frente a frente. Tan pronto como don Bosco lo vio, le preguntó:
-»Qué desea usted?
1 Véase Apéndice, doc. núm. 4.
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-»Yo? Nada.
-Y, sin embargo, parece que tiene usted algo que decirme.
-Yo no tengo nada que decir.
-»Quiere usted confesarse?
-»Confesarme? íNi pensarlo!
-»Qué hace entonces aquí?
-Estoy aquí... porque no puedo marcharme...
-Comprendo... Señores, déjenme un momento solo, dijo don Bosco a los que lo rodeaban.
Se separaron un poco los que estaban cerca, y don Bosco susurró unas palabras al oído de aquel hombre, que, cayendo de rodillas, se
confesó allí mismo en medio de la iglesia.
El otro hecho se lee en la Vida de don Bosco escrita por D'Espiney, el cual lo oyó contar al conocidísimo editor parisiense Josse. Se trata de monseñor Postel, ((38)) sacerdote docto y fecundo escritor, y hombre de gran piedad. Fue a Niza para ver a don Bosco; en el curso de l
conversación preguntóle el prelado a quemarropa:
-Dígame, »tengo yo la conciencia en regla con Dios?
El Siervo de Dios dibujando una ligera sonrisa en los labios hizo ademán de retirarse, pero su interlocutor le cortó el paso, cerró la puert
se metió la llave en el bolsillo y:
-Mire, don Bosco, le dijo; no sale usted de aquí mientras yo no sepa cómo me encuentro con Dios.
Profirió estas palabras con acento tan resuelto que don Bosco se quedó pensativo unos instantes con las manos sobre el pecho, una sobre
otra, según su costumbre y volvió la mirada, con ojos llenos de bondad a Monseñor y le dijo pronunciando distintamente:
-Usted está en estado de gracia.
-Pero me queda la duda, replicó aquél; que sea su bondad la que haga hablar así.
-No, querido Monseñor, añadió don Bosco, lo que digo lo estoy viendo.
41 ((39)) CAPITULO II DESDE ALASSIO HASTA LUCCA. LAS CONFERENCIAS
ANUALES DE SAN FRANCISCO DE SALES LA prolongada estancia de don Bosco en Roma durante el año 1878, había impedido que tuvieran lugar estas conferencias; pero, en el año siguiente, no quiso que se omitieran; antes bien, con tiempo anticipado, ya pensó en ellas. «Hemos de organizar la reunión de San Francisco, escribía a don Miguel Rúa, desde Marsella, el 11 de enero. Yo propondría juntarnos en Alassio o en Sampierdarena. Podría fijarse el día 3 de febrero. Tú podrías venir con don Celestino Durando y alguno que estimes oportuno. Dime tu parecer sobre la conveniencia, el lugar y el tiempo. Iría yo mismo a Turín, pero (esto) desbarataría mis proyectos». Don Miguel Rúa se atuvo a lo propuest por don Bosco, manifestando únicamente su preferencia por Alassio; en efecto, el Beato volvió a escribirle el 21: «Preparemos, pues, las cosas en Alassio para el día 3 de febrero». Pero esta fecha hubo de trasladarse al día 6 1.
Salió don Bosco de Niza el 5 de febrero, en compañía de don Juan Cagliero y don José Ronchail, y, después de una corta parada en Vallecrosia para alegrar a los hermanos de aquella casa, llegó ((40)) al anochecer a Alassio. A eso del mediodía del 6 llegaron de Turín do Miguel Rúa, don José Lazzero, don Carlos Ghivarello, don Julio Barberis y el conde Cays, que habían pasado la noche en Sampierdarena.
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íQué conmovedor fue el recibimiento, que les hizo don Bosco! Había bajado al comedor. Los recién llegados, entretenidos afuera por los clérigos y los muchachos, iban entrando uno tras otro; al aparecer cada uno, don Bosco le recibía con manifestaciones de gran bondad, agasajándole y aplaudiendo, y, mientras ellos se acercaban a besarle la mano, les preguntaba por su salud, por los muchachos, por los clérigos, por una cosa y por otra en particular. Y al final exclamó:
1 Para estas conferencias nos servimos de los apuntes, que don Julio Barberis tomó en ellas. 42
-íMuy bien! Habrá que escribir a unos y a otros... Tendré que enviar a fulanito unas letras...
-Cuando escribas a los muchachos, ya les dirás que don Bosco se alegró mucho al saber que están bien y que son buenos, que deseo verlos; que recen por los asuntos que estamos tratando para que todo salga bien... Las conferencias comenzaron a las cuatro de la tarde del día 6 de febrero. Además de los ya citados, tomaron parte los di rectores de las casas de Liguria. Toda la primera sesión se dedicó a informar de las casas de Francia. Don Bosco narró el recibimiento tenido en Marsella informó detalladamente de La Navarre y de Saint-Cyr; habló de ofrecimientos llegados de Fréjus, de Aix, de Tolón y de Hyères. Al hablar del abate Guiol, se expresó en estos términos: «En Marsella, el párroco Guiol ha demostrado una gran generosidad ayudando material y moralmente a los salesianos y, por consiguiente, se impone que también nosotros nos mostremos generosos y condescendientes con alguna cosas que nos pide».
La lectura de dos cartas escritas por don José Bologna, le sugirió esta observación: «Creo que ningún francés que hubiese venido a Turín aun cuando hiciera milagros, habría recibido los regalos que nosotros hemos recibido en Francia, y sobre todo en Marsella, ciudad tan celosa de extrañas injerencias». Se presentaron después a discusión los artículos firmados en Marsella por el abate Guiol y don Bosco, sob el asunto de la escolanía y se examinaron los ((41)) puntos más relevantes del convenio con la Sociedad Beaujour.
Durante la sesión se nombraron dos comisiones, una presidida por don Miguel Rúa para proporcionar personal a la casa de Marsella, y otra para completar el de Sampierdarena. Don Bosco y el conde Cays se reservaron el despacho de la correspondencia, especialmente con Francia. Por último, se puso sobre el tapete la cuestión de Auteuil, de la que hemos tratado ampliamente en el capítulo diecinueve del volumen anterior. Agotado también este tema, se disolvió la reunión, ya entrada la noche. íLos reunidos habían aprovechado bien el tiemp
El día 7, por la mañana, trabajaron en locales separados las dos comisiones para el personal. Por la tarde, se trató la creación de las Inspectorías, que fueron tres; la Piamontesa, la de Liguria y la de América, con centro respectivamente en Turín, Alassio y Buenos Aires. Las casas, situadas fuera de las dos primeras circunscripciones, se agregaron a uno de los dos primeros centros dichos. Se nombraron Inspectores: a don Juan Bautista Francesia para Piamonte, que seguiría 43
dirigiendo el colegio de Varazze hasta el fin del año escolar; a don Francisco Cerruti para Liguria, a quien ya le había sido asignado como vicedirector don Luis Rocca; y a don Francisco Bodrato, que de hecho llevaba ya dos años ejerciendo este cargo, para América.
A esta parte de la sesión asistían solamente los Capitulares en la antesala de don Bosco. Después, don Bosco y los miembros del Capítul Superior pasaron a la sala contigua, donde estaban ya reunidos los Directores. Y el Beato les comunicó la erección de las Inspectorías y el nombramiento de los Inspectores. Dijo que se esperaba de ellos un gran alivio para el Capítulo Superior y una ayuda eficaz para los Directores.
Es de notar que, como refiere don Julio Barberis, el Beato no consideraba estas disposiciones como definitivas, sino que las tomaba com experimento: que empezarían a actuar y, mientras tanto, si se presentaban inconvenientes, se vería la manera de remediarlos. Observaremo además, que en Alassio ni ((42)) se hizo mención de la Italia central, quizás porque se esperaba que en breve no quedaría más residencia que la de Magliano Sabino; más tarde, empero, mudóse de parecer, como lo veremos en la comunicación oficial a las casas. Esta comunicación fue escrita con fecha en Turín, aun cuando el Siervo de Dios se encontraba en Roma. Del mismo documento sacamos otra noticia, de la que no obstante ya había habido un informe confidencial en Alassio y que fue comunicado a la asamblea. Los miembros del Capítulo Superior, cuyo nombramiento duraba seis años, estaban casi para terminar su sexenio, de modo que hubiérase tenido que convoca el Capítulo General para nuevas elecciones. Pero esta convocatoria, durante el curso escolar, habría producido grandes trastornos; con tal motivo don Bosco había elevado a Roma una súplica para obtener la prórroga de poderes hasta el próximo Capítulo General. La gracia fue concedida. Traemos aquí la antedicha circular.
A los Directores de nuestras Casas:
Con gran satisfacción vemos cómo nuestra humilde Congregación, con la ayuda de Dios, adquiere cada día mayor incremento y se dilata
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más y más. Por lo cual, para corresponder a la bondad divina, no debemos descuidar nada de cuanto pueda contribuir a su consolidación.
Con tal fin, el Capítulo Superior y algunos de los directores de nuestras Casas se reunieron en el Colegio de Alassio el día 6 de febrero d corriente año y crearon las Inspectorías, de las que doy comunicación a todos los directores de nuestras Casas.
I. Inspectoría Piamontesa, con sede en la Casa Madre de Turín. El inspector es el reverendo don Juan Bautista Francesia, que seguirá siendo director del colegio de 44 Varazze. Esta Inspectoría comprende todas las casas del Piamonte, incluida la de Este.
II. Inspectoría de Liguria, con sede en Alassio, y que comprende todas las casas de la Riviera, desde Lucca hasta Marsella. III. Inspectoría Romana. Las Casas de ésta son las de Magliano, Albano y Ariccia. Será regida por el reverendo don José Monateri, que hará las veces de Inspector, hasta nuevas disposiciones. IV. Inspectoría Americana. Para todas las Casas de América Meridional, que forman esta Inspectoría, seguirá en su cargo el reverendo don Francisco Bodrato, párroco de la parroquia de la Boca, en Buenos Aires. Por lo tanto, todos los directores procuren activar las necesarias relaciones con el propio Inspector, y tener así, una ayuda para la ((43)) dirección moral y material y la solución de las dificultades, que pueden presentarse.
Debo, además, notificaros otra cosa muy importante relacionada con el Capítulo Superior. Sus Consejeros han cumplido el tiempo de su cargo y deberían reunirse los directores para la elección. Mas, para evitar los trastornos y molestias que se habrían originado en las casas con la ausencia del Director a mitad del año escolar, he recurrido a la Santa Sede para que permanezcan en sus cargos por algún tiempo. E Padre Santo, con Rescripto del 14 de febrero, concedió benignamente que los actuales consejeros continúen en sus cargos hasta septiembr de 1880. Teniendo que reunirse todos en esa fecha para el Capítulo General, resultará más fácil la elección de tales consejeros. Y así, en lo años venideros, tendrá lugar dicha elección.
Aprovecho la ocasión para recomendaros encarecidamente la lectura, explicación y práctica de las deliberaciones tomadas por el Capítul General celebrado en Lanzo, en septiembre de 1877. Los que tuviesen algo que añadir o modificar a dichas deliberaciones, procuren tomar nota para comunicarlo a su tiempo en el futuro Capítulo, que Dios mediante, esperamos celebrar en 1880.
Recibiréis, también, un ejemplar de la exposición presentada a la Santa Sede sobre el estado de nuestra Pía Sociedad. Esta servirá de información para todos los socios, de estímulo para agradecer al Señor, que, de un modo tan sensible, bendice nuestros débiles esfuerzos, de fuerte impulso para promover con celo cada vez más vivo la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas, que la divina misericordi nos confía para su moral y cristiana educación.
No debo terminar mi carta sin recomendaros una virtud que abraza a todas las otras, la santa obediencia. Amadla vosotros mismos y, con el ejemplo y el consejo, haced que la amen vuestros subordinados. Obedientia est quae caeteras virtutes inserit, insertasque conservat. (La obediencia introduce las demás virtudes, y las conserva).
La gracia de N. S. J. C. esté siempre con vosotros. Rogad por mí, que siempre seré para vosotros en J. C.
Turín, 10 de marzo de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro
P. D. : Comuníquese a los socios de cada casa lo que les pueda interesar. 45 El Siervo de Dios dedicó la segunda parte de la sesión a su tema preferido, desarrollando estos pensamientos sobre las vocaciones:
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Ahora lo primero a tratar es la manera de ayudar a las vocaciones. Con este fin, prepararemos un tema para el nuevo Capítulo General. ((44)) Entre nosotros tenemos, como base de las vocaciones, la frecuencia de los santos sacramentos; mantengámonos firmes en esta base santísima, procurando que las confesiones y comuniones se hagan bien. Pero esto todavía no basta. Puesto este cimiento, se trata de levant el edificio, es decir, se necesita que los directores hablen con frecuencia, durante el año, de vocaciones. Y no es que haya que decir a los jóvenes: Haceos sacerdotes o no os hagáis sacerdotes. Es preciso instruirlos en este punto, diciéndoles que hay dos caminos; unos deben salvarse siguiendo el primero, y los otros siguiendo el segundo; hay que recomendarles que pidan mucho al Señor que les señale cuál de lo dos deben elegir, en cuál de los dos ha derramado El sus gracias, para poderlas recoger; y que pidan consejo al confesor.
Medios importantísimos para despertar en los muchachos o conservar la vocación al estado eclesiástico y también el deseo de pertenecer la Congregación son:
1.° La caridad con que ellos se ven tratados.
2.° La caridad recíproca que observan en el trato de unos Superiores con otros. Si ven que uno no se trata muy bien con otro, que éste murmura de aquél, que se critican las disposiciones, de este o de aquel Superior, entonces ninguno se hará salesiano.
3.° Otra cosa que aprovecha mucho es promover el conocimiento del reglamento de las casas y las deliberaciones del Capítulo General d Lanzo. Tenga cada socio copia del reglamento de los colegios, estúdielo de forma que, si se le pregunta sobre su reglamento especial, tocante al cargo que desempeña, pueda responder conforme a lo que está impreso en el libro. Dado el caso de que un Director no pudiese hacer otra cosa, pero lograse que cada uno cumpliera bien el papel que le es asignado, ya haría mucho. De ahí vendría el orden y el orden impide muchos males, que hacen perder la vocación.
Deseo, además, que se dé a todos los socios un ejemplar de las deliberaciones del Capítulo General, no sólo para que las conozcan, sino para que así vean las cosas que se podrían añadir. Los directores, prefectos y quienes desempeñan algún cargo conviene que tengan un ejemplar, con hojas en blanco interfoliadas, para anotar las propuestas a tratar o cambiar, según lo que a ellos les vaya enseñando la experiencia. Se trata de perfeccionar nuestros reglamentos cuanto se pueda y lo más rápidamente posible. Las bases, que se establecen ahora con pleno asentimiento de todos, serán duraderas; los jóvenes, que se van formando ahora, se empaparán fácilmente de nuestras ideas y tradiciones. Por el contrario, pasada esta primera generación, no se aceptarán ya los cambios, aunque sean necesarios, o se aceptarán con gran dificulta Debemos llevar a término la obra. Es sabido lo que sucede las más de las veces en otras Ordenes religiosas, que necesitaron después reformas; hubo escisiones y, a veces, verdaderos escándalos.
Los Capítulos Generales, que se reunirán dentro de treinta y cincuenta años, cuando nosotros estemos muertos, perderán mucha de su importancia.
Volvamos a las vocaciories. Otra cosa a establecer para encaminarlas y en general para el bien de nuestras casas, se refiere a los confesores de los muchachos ((45)) Es necesario que los muchachos sean dirigidos por confesores, que tengan todos el mismo 46
espíritu. Sucede con frecuencia que llegan y paran en nuestras casas sacerdotes muy buenos, pero que no son de los nuestros, y confiesan. Habrá quien sea muy santo, pero, como no conoce el espíritu de la Congregación, da consejos contrarios a los que daríamos nosotros, y el muchacho pierde en absoluto la confianza en su antiguo confesor, con el director de la casa. Hay pocas cosas que causan a los jóvenes más daño que ésta.
En los ejercicios de Lanzo, fue cierto muchacho a consultar con don Bosco unos puntos delicados sobre esta cuestión; luego, fue a consultar a otro confesor, que no era de los nuestros, y éste le dio un consejo diametralmente opuesto al mío. Aquel sujeto está completamente echado a perder. Establézcase como principio en los colegios, que nadie vaya a confesar, si no ha recibido encargo del Director. Ordinariamente no se ponga a confesar a los sacerdotes que no son de nuestra Congregación; aun cuando fueran tan santos como monseñor Belasio o don Persi. Siempre se perdería. Váyase también despacio en poner a nuestros sacerdotes, recién ordenados, en este oficio para los muchachos.
Otro gran mal para las vocaciones y el buen orden general lo ocasionan los que buscan crearse un centro aparte, en medio de los alumno Insístase para que en cada casa todo gire alrededor de un único centro, el director. Al que pida consejo, contéstesele siempre:
-»Qué te ha dicho el Director? Pregunta al Director. Aconséjate con él, confía plenamente en él y ya verás cómo quedarás satisfecho. El Señor lo ha puesto para conocer tus necesidades y remediarlas; tiene luces especiales para aconsejarte lo que debes hacer y lo que debes evitar.
Pero, íay de una casa donde se forman dos centros! Son como dos campos, como dos banderas, y, si no son contrarios, al menos estarán
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divididos. El afecto, que se pone en uno, será en menoscabo del otro. Toda la confianza, que un muchacho pone en quien trabaja por atraerle a sí, se le quita a quien tendría derecho a poseerla por entero. La frialdad trae la indiferencia, el menor aprecio y hasta una punta d aversión, y un reino dividido quedará asolado. Procure, pues, el Director que en su casa no se rompa la unidad.
A este respecto, no se establezca nada categórico y absoluto: déjese a la prudencia del Director guiarse prácticamente según las normas antes expuestas, y en cualquier caso désele facultad para decir:
-Tenemos por regla que, así como los Obispos tienen facultad de aprobar a los individuos para las confesiones en los institutos, de la misma manera la tiene nuestro Superior para sus súbditos. Y esta facultad está reservada a él solo. El que quiera obtenerla tiene que acudir él.
Cuando en nuestras casas hay un buen sacerdote secular, déjese comodidad a los externos para confesarse con él. Para los internos esté únicamente encargado de oír las confesiones todos los días el Director, y dése más comodidad los domingos a los penitentes.
((46)) »Qué norma seguir en cuanto a la comunión frecuente? Dése también mucha facilidad, pero ténganse en cuenta algunos puntos:
1.° Que los muchachos se confiesen una sola vez a la semana. Si necesitan confesar más a menudo para comulgar, yo sería del parecer q es preferible se abstengan. Esto como regla general, que puede tener excepción en algún individuo y especialmente en algunas circunstancias.
2.° Autorizar a los penitentes, cuando piden permiso para comulgar, siempre que no tengan en la conciencia nada que les intranquilice. » cuando no tienen más que 47
pequeñas faltas? Téngase en cuenta que el que cada semana y a lo largo de ésta cae siempre en muchas pequeñas culpas, no da de sí muy buena señal.
Cuando acabó de decir lo que se proponía sobre este tema, hizo dos recomendaciones sobre la convivencia de personas extrañas con los socios. Que no se tuviese en nuestras casas, como jefes de taller, ni al frente de secciones algo influyentes, a individuos, que no tuviesen intención de pertenecer a nuestra Sociedad. Que tampoco se permitiera nunca a maestros de oficio asalariados, vivir en nuestra casa; sino que, ante la necesidad de tener que pagar a alguno, no se le concediera habitación, sino que se le considerase como externo y viviera fuera de casa.
Por último, se procedió a la admisión de algunos novicios a los votos perpetuos. Como algunos pidieron, después, hacerlos trienales, don Bosco remachó su opinión de que los votos trienales eran ocasión de demasiadas tentaciones para los jóvenes, muchos de los cuales no resistirían a los halagos del mundo a causa de este estado, precario según ellos, del cual podían librarse fácilmente; mientras que, con los votos perpetuos, estaban todos generalmente más tranquilos y no pensaban ya en su porvenir, que se consideraba decidido.
«Se introdujeron los votos trienales, siguió diciendo textualmente, cuando yo tenía otra idea de la Congregación. Pensaba yo instituir alg muy diverso de lo que es; pero me obligaron a hacerlo así y así sea. Estando ahora las cosas como están, los votos trienales crean peligros; es mejor admitir a los votos perpetuos sólo a los que vemos dotados de las virtudes y cualidades ((47)) necesarias; exclúyanse los demas».
Así terminó, a hora avanzada, aquella sesión.
Don Bosco había manifestado sobre los votos trienales las mismas ideas que en la tarde del 18 de octubre de 1878, conversando con don Julio Barberis y don Pedro Guidazio en la galería de su habitación. Después de hablar de su falta de simpatía por los votos trienales, había añadido:
«Yo había introducido los votos trienales, porque, en un principio, había pensado instituir una Congregación, que se dedicara a ayudar a los obispos; pero, como no fue posible y me obligaron a proceder de otra manera, los votos trienales resultan más de estorbo que de ayuda
Esta reiterada afirmación pide alguna aclaración. La Congregación, en su forma definitiva, no se presenta toda de golpe en la mente de don Bosco. La idea de asociarse colaboradores rondó muy temprano 48
por su mente, se la insinuaron y mantuvieron viva; pero, se le presentaba con aspectos indecisos, que las circunstancias iban aclarando y precisando paso a paso. Comenzó en 1855 a informarse de los conocimientos necesarios para redactar una regla, que, bosquejada en 1857, la presentó aquel año a ocho que deseaban comprometerse, para que la estudiaran y vieran si se sentían con ánimos para practicarla.
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Ahora bien, en aquella regla primitiva, se encuentran dos cosas, que después sufrieron importantes modificaciones. Una se refería precisamente a los votos. «Los votos, se decía en ella, se renovarán dos veces de tres en tres años. Después de estos seis años, puede cada uno renovarlos cada tres años o hacerlos perpetuos, es decir, obligarse al cumplimiento de los votos por toda la vida». Es una frase que hac considerar la profesión trienal no subordinada a la perpetua, esto es, como tiempo de preparación a ésta, sino como algo independiente y simple medio para ligar temporalmente las voluntades de los sujetos, que, mientras tanto, ayudarán a don Bosco en la obra de los oratorios de las vocaciones eclesiásticas; y en esto entraba principalmente la ayuda a prestar a los Obispos. Con el artículo citado se une y se explica este otro:
((48)) «Los votos obligan al individuo mientras quede en la Congregación. Aquellos que, por justa causa o por prudente consejo de los Superiores, salen de la Congregación, pueden ser dispensados de sus votos por el Superior General de la Casa Madre». Otra cosa importan es la que trata de las relaciones con los Obispos. «Si hubiese que abrir una nueva casa, el Superior General concierte antes los acuerdos relacionados con lo espiritual y lo temporal con el Obispo de la Diócesis, donde aquélla se quiere abrir, según las reglas del gobierno de la casa, como más abajo se expone». En las nuevas casas bastaba que hubiera dos socios y que uno, por lo menos, fuera sacerdote. Hasta ahora, pues, lo único que se miraba era un posible multiplicarse de oratorios, fuera de la archidiócesis de Turín, todos dependientes de don Bosco y para ayuda de los Ordinarios diocesanos. Sólo después de la audiencia pontificia del 9 de marzo de 1858, comenzó el trabajo para establecer en debida forma la Congregación Salesiana; pero la práctica de los votos trienales se mantuvo todavía por más de un decenio, cuando vino a ser pura excepción para casos especiales hasta el nuevo código de derecho canónico.
Toda la mañana del día 8 se dedicó al examen de las condiciones de Saint-Cyr y determinar alguna medida para aquel Orfanato. No es preciso añadir nada a lo que ya se dijo en el volumen anterior; sólo 49
traeremos las palabras con que don Bosco puso término a la discusión:
«Consolémonos, dijo, pues ésta es una viña, que verdaderamente nos ha abierto la divina Providencia. De estas instituciones saldrá un gran bien para las almas. Existe la esperanza de vocaciones para el estado eclesiástico, pues, entre aquellos hijos de María, tendremos además quienes se queden en la Congregación como coadjutores. En Francia casi no existen hoy congregaciones de varones, que se dediquen a las clases humildes; las que hay, o están inactivas por varias causas, o se han entregado a la educación de los hijos de las clases altas. No hay nadie que se dedique ((49)) al tipo de educación que atendemos nosotros. Todos aprecian nuestro espíritu y la clase de jóven a la que dedicamos nuestros cuidados. Precisamente, por este motivo, encontramos tanta simpatía en todas partes y por esto, como espero, nunca se nos molestará».
Con estas palabras, abarcaba toda la obra de aquella región; no sólo la de Saint-Cyr, sino también la de La Navarre.
La conferencia de la tarde no se prolongó tanto como las otras veces. Primero se trató del viaje, que iban a emprender don Juan Cagliero don Celestino Durando por Italia con el fin de visitar las más importantes de las muchas casas, que ofrecían a don Bosco. Este viaje se debería haber efectuado ya meses antes, si las circunstancias no hubiesen obligado a retrasarlo. Se fijó, pues, su itinerario: ir hasta Nápoles de allí zarpar para Catania, visitar Randazzo y seguir hasta Palermo; desde aquí volver por mar a Nápoles y pasar a Bríndisi, cuyo Obispo esperaba con muchos deseos; desde Bríndisi recorrer por ferrocarril el litoral del Adriático hasta Venecia, y, después, volver a Valdocco p Milán. Su misión principal era terminar las gestiones en Randazzo, Bríndisi y Cremona. En Randazo debían lograr que se aceptara un contrato como el firmado en su día con el ayuntamiento de Varazze; en los demás lugares, donde pedían a los Salesianos, prometer atenderles cuando se dispusiera del personal necesario.
Además, don Juan Cagliero tenía el encargo de resolver allí mismo lo que fuese necesario para un instituto femenino, que la duquesa de Cárcaci quería confiar a las Hijas de María Auxiliadora en Catania. El Beato terminó diciendo:
«Marchad, pero, como tempus urget (el tiempo apremia), procurad descansar bien por la noche; durante el día, moveos para despachar muchos asuntos. Adonde quiera que vayáis, si hay obispo u otra autoridad de mayor importancia, id a visitarles y decidles: -Venimos a presentarles los saludos de nuestro Superior». 50
La alusión a las Hermanas llamó la atención de los presentes sobre un penoso estado de cosas. Su número aumentaba notablemente de a en año; pero eran demasiadas las que ((50)) enfermaban y morían. »Qué remedios proporcionar que fueran eficaces para mejorar las condiciones higiénicas en sus comunidades? Se trató el asunto minuciosamente y se encomendó a don Juan Cagliero un estudio más detallado del asunto. Este, que conocía mejor su vida, comenzó por sugerir algunas medidas generales y de fácil realización: mucho movimiento, aire libre, cambiar a menudo las hermanas empleadas en la cocina; tener en cada casa un patio o jardín, donde pudiesen, sin s observadas por gente extraña, jugar, gritar, saltar, distraerse; liberar las conciencias de abrumadoras angustias, pues muchas de ellas, a su parecer, caían enfermas a causa de penas interiores, escrúpulos, temores y otras cosas por el estilo. Después de esto, don Bosco invitó a da
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gracias al Señor, y declaró terminadas las conferencias.
Los capitulares y los directores, que habían pasado aquellos tres días al lado de don Bosco y habían observado, como solían hacerlo en toda ocasión, el estilo de su vida, admiraban sus virtudes y se comunicaban unos a otros sus impresiones. Gracias a don Julio Barberis, sabemos hoy las conversaciones tenidas entre ellos a este respecto. Les impresionaba, sobre todo, su heroico espíritu de sacrificio. Quien, sin conocerle, se hubiese limitado a fijarse en su exterior, no habría podido, ni con mucho, suponer cuánto tenía que sufrir; pues, con tanta preocupaciones y a pesar de tantas molestias como le venían de todas partes, nunca tenía un ademán brusco en su trato, ni un instante de nerviosismo con nadie, antes, al contrario, brillaba en él una cortesía y, especialmente, una tolerancia de las flaquezas de los demás, que parecía en él como una segunda naturaleza.
Comprendía el valor de la salud, y no rehusaba los cuidados, que ayudaran a conservársela; pero era de gran edificación ver con qué tranquilidad de ánimo se amoldaba a las incomodidades de la estación y a otras inevitables molestias. Algunos días hacía frío.
-íClaro está!, exclamaba, cada año tiene que volver el frío; procurad abrigaros bien, para no perjudicar vuestra salud.
En la estación del calor, en ciertos días de bochorno, le habían oído decir:
-íBien, muy bien! Hacía falta esto, el campo necesita calor.
((51)) Y celebraba las ventajas que el verano proporciona a la naturaleza. Si estaba cansado, decía sonriendo:
-Es verdad, me he cansado algo. Como un día tenga un ratito libre, quiero descansar. 51
Sin embargo, repetía a los suyos que no se cansaran demasiado. Seguía teniendo enfermos los ojos y casi inutilizado el derecho.
-Es verdad, observaba, veo menos con un solo ojo que con los dos. A pesar de todo, espero que el Señor me conservará el que me queda porque, de otro modo, no podría trabajar. El Señor sabrá arreglar de alguna manera las cosas.
En las reuniones, en las que se ventilaban propuestas ya examinadas por él y cuyos detalles había ponderado por todos los costados, ícuánto debía costarle estar oyendo observaciones improvisadas, objeciones superficiales, oposiciones nada razonables íCuán duro tenía q resultarle tener en la mente un plan preciso y seguro, ver claramente la posibilidad de llevarlo a cabo y no poder, por buenas razones, manifestarlo sino a medias, y oír argumentos para demostrar que aquello era hacer castillos en el aire e inasequibles! Pero, en estos casos, su método era exponer con sencillez sus puntos de vista, y después, sin entrar en discusiones, someterse en el acto tranquilamente al voto d los otros, aun cuando fuera contrario a su deseo; pero después, al correr el tiempo, llevaba los hilos de tal forma que había que proclamar como posible lo que había parecido imposible, y todo ello siempre a su favor, sin el menor aire de triunfo.
En Alassio no pudo esta vez, por sus muchas ocupaciones, entretenerse apenas con los alumnos del colegio, a excepción de las confesiones durante la misa de comunidad. Sin embargo, cuando salía de la iglesia después de las ocho de la mañana, tardaba más de vein minutos en atravesar el patio, porque los muchachos, en cuanto le veían asomar, corrían a su alrededor y él siempre los entretenía con alguna broma o diciéndoles una buena palabra; tenía siempre preparadas preguntas y respuestas para cualquier caso. Lo mismo hacía con sus profesores y asistentes.
Diversas personas de autoridad se le presentaron para ofrecerle colegios y casas. Su porte, su calma y bondadosa sencillez, la profundida de sus puntos de vista, la sabiduría de sus sugerencias, ((52)) la afabilidad de su trato y su afectuosa sonrisa los dejaba encantados. Una comisión del ayuntamiento de Porto Maurizio fue a rogarle que aceptara la dirección de las escuelas de la ciudad y abriera allí un colegio, cuya construcción correría a cargo de la población; aquellos señores, aunque vieron defraudadas sus esperanzas, marcharon considerándos afortunados por la conversación, que habían tenido con el Siervo de Dios. En Alassio habló dos veces en público, la primera a los alumnos la segunda a los cooperadores. A los muchachos les dio las «buenas noches», después de las oraciones de la noche del sábado, 52 8 de febrero. Habló especialmente para los alumnos de bachillerato superior y del liceo. Recomendó la alegría, que estuviesen alegres y pa ello que vivieran en paz con Dios; que compartieran su alegría con las almas del Purgatorio y, por tanto, como al día siguiente era fiesta, que comulgaran en sufragio de sus almas, que prolongaran su propia alegría pensando todos en seguir su vocación, porque ésta era la manera de procurarse alegría para toda la vida. Díjoles, por fin, que los quería alegres no sólo en el alma, sino también en el cuerpo; que para ello se había puesto de acuerdo con el Director, para que en la mesa se les sirviese algo especial. Y concluyó diciendo:
-Si ahora estáis alegres y sois buenos, os prepararéis esa alegría eterna, que yo os deseo de todo corazón y pido a Dios os conceda.
Encontró también tiempo para dar una conferencia a los cooperadores salesianos de la ciudad, que llenaron la nave central de la espacios
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iglesia. No era la primera conferencia de esta clase, que se oía en Alassio, pues el año anterior la había dado monseñor Alimonda, obispo d Albenga y cooperador de primera hora. Este prelado quería mucho al colegio y a su director, con quien se entretenía con gusto en largas conversaciones; apreciaba muchísimo la Congregación y veía en don Bosco al hombre de la Providencia, al que guardaba sincero afecto, mucho antes de ser obispo. En la fiesta de san Francisco de Sales, recién celebrada en el colegio el día 2 de febrero, esperando que para aquella fecha ya habría vuelto don Bosco de Francia, ((53)) había ido a predicar el panegírico del santo Patrono y había icho bellísimas palabras en honor de don Bosco. El 29 de enero ya había tejido el elogio de san Francisco de Sales, creado Doctor de la Iglesia en 1877 a sus seminaristas y, en esta circunstancia, había pronunciado estas enfáticas expresiones:
«»Y dónde te dejo, querido amigo mío, venerando padre del clero, Juan Bosco? Eras jovencito y se te reveló el Santo de Sales; de él tomaste el saber amable, la santidad simpática, todo el conjunto de dulces virtudes cristianas, que tanto te honran. Tomaste de él el pensamiento y el espíritu de tu benemérita Congregación Salesiana. Yo la he visto nacer y dilatarse, como una planta del paraíso transplantada a la tierra; parecida en todo al crecimiento y desarrollo de los hermosos monasterios de la Visitación. San Francisco de Sales revive y se multiplica en ti, y por ti revive y se multiplica en la sociedad. Te debo este tributo de alabanza, como desahogo de gratitud; puesto que de la obra diligente de tus hijos se aprovecha y alegra mi amadísima diócesis; pero, alabanzas más preciosas y más digna rendición de gracias te llegan de la Iglesia Católica, cuyo regazo se fecunda en Europa y en 53
América, por el apostolado de los Salesianos, con innumerables niños educados en la virtud, con pueblos de infieles convertidos y con cristianos santificados» 1.
Tan pronto como se enteró de la llegada de don Bosco, mandó a preguntar cuándo y cómo le sería posible entretenerse amigablemente c él. Don Bosco buscaba la manera de anticiparse yendo él a Albenga, pero el Obispo le tomó la delantera, fue a Alassio y sostuvo largo rato íntimo coloquio con el Beato. Cuando el Prelado partió, don Bosco y todos los Superiores lo acompañaron a la estación.
Antes de que los Capitulares y los Directores emprendieran el viaje de vuelta, don Bosco hizo reunir en conferencia a todos los hermano de la casa; pero, como se sintiera demasiado cansado, encargó a don Miguel Rúa que hablara en su lugar; presidió él, sin embargo, rodead ((54)) de los Superiores mayores. Era la primera vez que en una reunión de este género cedía a otro la palabra.
Cuando don Miguel Rúa salió para Turín, le dio dos cartas y una tarjetita, para entregar a sus destinatarios. Las cartas iban dirigidas a su gran amigo don Pedro Vallauri y a su hermana enferma.
Queridísimo don Pedro:
Le adjunto esta carta para la señora Teresa, su hermana Si ve que ya no puede leerla por sí misma, haga el favor de leérsela usted mismo asegúrele que ofrecemos nuestras oraciones comunitarias y privadas. Usted, por su parte, querido don Pedro, cuide su propia salud. Pediré siempre a Dios por usted.
Estoy de camino para Roma, a requerimiento del Padre Santo. Si desde allí puedo servirle en algo, me tiene a sus órdenes. Ruegue por m y nuestros pobres muchachos (40.000) y créame siempre en J. C.
Alassio, 9 de febrero de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Benemérila señora Teresa Vallauri:
Don Miguel Rúa me trajo noticias de usted y siento mucho que sus sufrimientos hayan ido en aumento. Sabe Dios cuánto hemos pedido por su curación. No hemos sido escuchados, y seguiremos insistiendo. Pero estamos ciertos de que nuestras oraciones comunitarias aprovecharán a la salud del alma. Tenga fe en Jesús y en María Auxiliadora.
Usted ha sido muy caritativa con nosotros y, mientras exista la Congregación Salesiana, mañana y tarde, se harán oraciones por usted.
1 Card, G. ALIMONDA, Il mio Episcopato, Vol. II, pág. 444, Turín, Tip. Sal. 1886. 54
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Dios la bendiga y la consuele con su santa gracia. Ruegue por mí, que seré siempre en J. C.
Alassio, 9 de febrero de 1879 Su afmo. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
P. D.: Tan pronto como llegue a Roma pediré una bendición especial para usted al Padre Santo. La tarjetita era para el clérigo Eugenio Armelonghí, profesor en el colegio de Borgo San Martino. En una tarjeta suya personal escribía e Siervo de Dios estos renglones: «Armelonghi fili mi. Si diligis me, praecepta mea servabis. Praecepta mea sunt nostrae Constitutiones. Gratulor tibi eo quod valeas et adolescentuli tui in scientia et pietate concrescant. Deus te benedicat. ((55)) Ora pro me. Amicus tuus. Sac. JUAN BOSCO.
Alassio, 9 de febrero de 1879» 1
Salió don Bosco de Alassio, hizo una breve parada en Varazze y fue a Sampierdarena, donde estuvo hasta el día 19. Desde Alassio había enviado al señor Rostand, para la sociedad Beaujour, una relación de su visita a La Navarre y a Saint-Cyr, informándole bien sobre el estado del personal y el valor de los terrenos. Sus informes, comunicados por el Presidente al consejo administrativo de la Sociedad, resultaron muy oportunos para asegurar el éxito de la suscripción, que se iba a abrir en favor de la Sociedad para las nuevas obras; mientra tanto, los socios se preocupaban por cumplir exactamente las formalidades legales con relación a las aportaciones previstas, para que todos los actos se cumplieran en plena regla. En contestación el presidente dirigióle a Sampierdarena una larga y afectuosa carta, en la que saludaba a don Bosco como enviado por la Providencia y hacía votos para que la obra de Marsella tomara el desarrollo de que era capaz merced a la triple creación de un noviciado salesiano, unas escuelas secundarias para el cultivo de las vocaciones eclesiásticas y unas escuelas profesionales; los socios de la Beaujour estaban dispuestos a apoyar con entusiasmo su celo, ayudándole a encontrar los medios 2
Don Bosco, que estaba escribiendo precisamente en aquel momento al cura párroco Guiol, le manifestó la satisfacción que le había causado la lectura de aquellas páginas, que rebosaban tan nobles sentimientos.
1 «Armelonghi, hijo mío, si me quieres, harás lo que yo te mando. Lo que yo te mando son nuestras Constituciones. Me alegro de que estés bien y que tus alumnos crezcan en ciencia y en piedad. Dios te bendiga. Ruega por mí».
2 Véase Apéndice, doc. núm. 5. 55
«En estos momentos, escribía don Miguel Rúa por inspiración y en nombre de don Bosco, recibo una estupenda carta del señor Rostand, que guardaré como precioso recuerdo de un hombre modelo de caridad, religión y sensatez. Espero poder contestarle desde Roma; pero, si usted se ve con él, dígale que sus proyectos son los mismos que siempre han dominado y siguen dominando ((56)) mis perisamientos. En Beaujour un noviciado, un orfanato, una escuela para cultivar vocaciones; eso es lo que, con la ayuda de Dios, esperamos llevar a efecto. Los tiempos, los lugares, las personas nos aconsejan caminar con la máxima cautela, pero con la máxima constancia» 1.
Mientras estaba en Sampierdarena, una bendición suya produjo un efecto sorprendente. La señora Ana Chiesa tenía a su hija, Pía, atormentada por constantes dolores de cabeza. Como se enterara de que en el hospicio de San Vicente estaba don Bosco, la llevo allá para que se la bendijese; pero, ocupado el Siervo de Dios en las audiencias, no pudo acercársele. No se desanimó, estuvo aguardando pacientemente cuatro o cinco horas, don Bosco salió varias veces de la habitación con alguna persona, mas sin volver nunca la mirada a ella. Por fin, pasó una vez al lado y le dijo:
-»Y usted, señora, qué desea?
La buena madre le expuso en pocas palabras el estado de su hija.
-íOh! Eso no tiene importancia, contestó don Bosco, poniendo ligeramente la mano sobre la cabeza de la enferma.
El mal desapareció al instante, y ya no volvió a molestarla jamás.
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El recuerdo de este hecho dio origen más tarde a otro, con visos de extraordinario. Había muerto don Bosco: la señora Casanova, que tenía un pie malo, descuidó el mal de tal manera que, cuando acudió al médico, ya no había más solución que la amputación de la pierna. L pobre señora, desolada al oír la noticia, estaba desesperada. Al enterarse del caso de su amiga, la señora Chiesa, recordando la curación instantánea y perfecta de su hija, fue a aconsejarle que se recomendase a don Bosco, dejándole una de las reliquias, sacadas de sus ropas, tan solicitadas después de la muerte del Beato. Agradecióle la amiga el consejo, se encomendó a don Bosco y aplicó la reliquia a la pierna Llegó el día de la operación, prepararon los médicos el instrumental, quitaron las vendas ((57)) de la pierna; pero, con estupor de todos, se encontró un evidente principio de mejoría, que progresó hasta la curación completa.
1 Sampierdarena, 16 de febrero de 1879. La carta fue redactada por don Miguel Rúa y firmada por don Bosco. 56
Se había determinado que, al partir don Bosco de Sampierdarena, debía estar allí el conde Cays para acompañarlo hasta Roma y hacerle de secretario, junto con don Joaquín Berto. El noble Conde, ya humilde salesiano, había declarado que estaba dispuesto a compartir la habitación con don Joaquín e incluso a dormir, a falta de otra cosa mejor, sobre una cama preparada con sillas, con tal de tener la gran suerte de hacer aquel viaje con don Bosco. Este le había ordenado ir, de Alassio a Turín, para arreglar allí algunos asuntos y que siete días después se juntase con él en Sampierdarena. El conde Cays fue al Oratorio, hizo sus preparativos, saludó a numerosísimos amigos, recibió sus encargos y, apenas faltaba un día para la salida, cuando he aquí que le llegó un telegrama de don Bosco con la orden de que se quedara en Turín y fuera en su lugar don Juan Bonetti. El Conde deshizo tranquilamente su maleta y repetía a cuantos encontraba al paso:
-Ya no voy a Roma. Don Bosco ha dado orden de que me quede.
El Beato y su fiel secretario tomaron el tren en Sampierdarena y se apearon en La Spezia. Pasó allí dos días escribiendo y haciendo visitas. Pernoctó en casa del caballero Bruschi, que fue más tarde sacerdote salesiano; y en su casa celebró la santa misa, pues tenía oratori privado un sobrino del caballero, que vivía en la misma casa, y era alcalde de la ciudad. Miraba a los curitas con mala cara y le molestaba verlos como el humo a los ojos: es más, en algunas ocasiones había actuado contra ellos como enemigo declarado. Don Bosco le visitó. Le encontró en cama algo indispuesto y estuvo conversando con él un rato. Desde entonces, el alcalde fue otro, completamente distinto del de antes. Confesó él mismo a los amigos que don Bosco le había parecido muy diferente del que él se figuraba y no cesaba de hablar de él co admiración.
El Siervo de Dios invitó a su mesa en el colegio al párroco, al vicario foráneo, a algunos canónigos y a otros simples sacerdotes, ((58)) e caballero Bruschi y a otros más. El pobre don Luis Rocca se encontró en una situación verdaderamente desesperada, porque tenía un cocinero, más de nombre que de hecho, y no tenía local presentable donde preparar la mesa. Pero el honor y el gusto de sentarse a la mesa con don Bosco mantuvo a todos alegres y contentos, como si se hubiesen encontrado con el Rey, escribía el mismo don Luis Rocca.
Después de visitar las escuelas y dar una conferencia a los hermanos, el día 22 por la mañana, fue a Sarzana para saludar al Obispo, que quiso comiera en su palacio. Por la tarde, siguió viaje hasta Lucca 57
1. En Pisa se encontró con el. director don Juan Marenco y unos señores de Lucca, deseosos de darle la bienvenida. En la estación de Lucca, a pesar de la lluvia, le esperaban los muchachos, que lo recibieron con una ovación, que ciertamente no era frecuente en aquellos tiempos para un cura. Tres coches privados llevaron a don Bosco y a sus acompañantes hasta la ciudad. Después de una breve parada en casa Burlamacchi, la comitiva se encaminó al oratorio de Santa Cruz. Allí le esperaban algunos ciudadanos distinguidos, que saludaron a don Bosco y en seguida, dado que ya era muy tarde, se retiraron «dejándonos solos, escribe don Juan Marenco, en agradable conversación con nuestro Padre». Al día siguiente, domingo, la gente abarrotó la iglesia del oratorio para ver a don Bosco y oír su misa. Su estancia en Lucca se hizo memorable por las muchas peticiones para que bendijera a los enfermos.
La primera fue al mediodía; la marquesa Burlamacchi le rogó que fuera a bendecir al anciano marqués. Tenía éste ochenta y ocho años, podía articular palabra, le abrasaba la fiebre y le torturaba un insomnio continuo. Don Bosco le bendijo y, contra toda esperanza, el ancian comenzó a descansar, a sentirse mejor y el lunes se levantó. Por la tarde fue llamado por el mismo motivo a la cabecera de otros enfermos al anochecer, dio a todos la bendición con el Santísimo Sacramento. Los jóvenes, aunque ya había anochecido y el tiempo era lluvioso, lo esperaron para besar su mano y; como ((59)) se expresa el Director, «oír una palabra de nuestro prodigioso y buen Padre».
El marqués Massoni le mandó llamar también al día siguiente para que le bendijese. Encontróle don Bosco clavado por la parálisis en un camilla. Seis años llevaba en aquel estado. No podía mover ni un dedo: estaba el mal tan avanzado que había que levantarle la cabeza a ca momento para que no le cayera sobre el pecho, arrastrando al suelo todo el cuerpo. Le daban de comer llevándole la comida a la boca y le limpiaban como se hace con los niños. Su esposa, la hija y un hijo lloraban a lágrima viva.
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-íCúreme a este pobre infeliz!, suplicaba la señora.
Y arrodillándose ante él repetía:
-Don Bosco, cúremelo.
Don Bosco se sentó y comenzó a hablar; mas sus palabras iban encaminadas a infundir paciencia y resignación, sin apuntar la más
1 De aquí en adelante, hasta el regreso de Roma, nos servira de guía el lacónico diario de don Joaquín Berto. Sobre Lucca tenemos una relación de don Juan Marenco a don Miguel Rúa. 58
mínima esperanza. Calmados un poco los ánimos, bendijo al marqués y le mandó hacer la señal de la cruz. íAquello fue una maravilla! Al el marqués su derecha y se santiguó. Díjole después que repitiese cada día aquel acto, invocando los santísimos nombres de Jesús y María
A despecho de las distracciones carnavalescas, resonaba por doquiera el nombre de don Bosco. Cuando iba por las calles, unos se paraba y le miraban respetuosamente, otros seguían sus pasos, algunos le dirigían expresiones de súplica. Incluso las personas enmascaradas, olvidando sus frivolidades, pasaban a su lado con señales de reverencia. Muchos retrasaban la comunión hasta las ocho y media para recibirla de su mano. Lo que sucedía entre él y tantos como iban a hablarle, nadie pudo saberlo; don Juan Marenco vio salir a algunos tan impresionados que, absortos y como fuera de sí, no atinaban con la puerta que dada a la calle. «íQué días de afluencia de gente!, exclamab él mismo. La casa Salesiana parecía transformada en la casa municipal».
El día 25 se multiplicaron de tal modo las audiencias, y cansóse tanto que, al atardecer, abrumado y víctima de un fuerte dolor de ((60)) cabeza, tuvo que suspenderlas y retirarse a su habitación. Hizo por aquellos días muy mal tiempo con ventisca y lluvia. Al amanecer del dí 26 relampagueaba horriblemente, después nevó y volvió a llover. El Beato, en un coche, enviado por una buena señora de Lucca, visitó a algunas beneméritas personas de la ciudad que estaban enfermas. Entre otros, fue a vez al conde Sardi, que después contaba cómo un hijito suyo, próximo a morir, y encomendado por él a las oraciones de don Bosco, se había recuperado de improviso y entonces gozaba de perfecta salud.
Hacia las tres de la tarde, habló a los Cooperadores en la iglesita de la Cruz, con el ceremonial de siempre. Asistieron unas ciento cincuenta personas y entre ellas el Arzobispo. Don Bosco habló de la obra de las obras, los oratorios festivos, y explicó en qué consistía la asociación de los Cooperadores salesianos. Los oyentes estaban pendientes de sus labios con religiosa atención 1. Después de la ceremoni una multitud de personas invadió la sacristía y la casa. Todos se agolpaban a su alrededor para decirle algo y oír de sus labios una palabra, que respondiese a sus necesidades espirituales o temporales.
Se cuenta especialmente un caso que corrió rápidamente por toda la ciudad. Iba don Bosco, hacia la catedral con el Director a su lado y
1 Il Fedele, diario católico de Lucca, núm. 51 de 1879. 59
rodeado de nobles señores, para venerar la Santa Faz. Esta es la denominación popular de un Crucifijo milagroso, que se conserva en Lucc desde el siglo octavo, y dice la tradición que fue hecho esculpir por san Nicodemo: raras veces se expone a la pública veneración y no se descubre en privado más que a importantes personajes y a puertas cerradas. A don Bosco no le pasó por la mente pedir tal privilegio. Marchaban, pues, a pie por la calle, cuando resonó un grito en los aires:
-íLa bendición!
Eran un padre y una madre, que llevaban del brazo a su hijo de unos veinte años, enfermo de poliomielitis hacía mucho tiempo. Caminab con mucha ((61)) dificultad, arrastrando los pies y no se podía tener por sí solo. Díjoles don Bosco, parándose:
-»Dar la bendición aquí en la calle?
Después levantando los ojos al cielo, siguió diciendo:
-También aquí puede Dios bendecir.
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Y, como él se pusiera en ademán de bendecir, todos los que le rodeaban se arrodillaron. La muchedumbre se apiñaba por todas partes. A que bendijo al enfermo, los padres lo levantaron en vilo.
-»No puedes dar algún paso?, le preguntó el Beato.
-No, no tengo fuerzas, contestó.
-»Sientes algún dolor?
-No, señor.
-Ea, da unos pasos, veámoslo.
El joven lo intentó y caminaba solo; pero don Bosco le dijo:
-Ea, ven a acompañarme, que voy a ver la Santa Faz.
Y, siguiendo la conversación, se encaminaron juntos. El mozo anduvo con don Bosco unos doscientos pasos, sin apoyo de ninguna clase Pasado el primer estupor, la muchedumbre comenzó a dar voces y los padres, repuestos del aturdimiento, se separaron en otra dirección co el hijo, seguidos por un gran grupo de gente. El joven, como quien despierta de un sueño, fue derecho a su casa y ya no se le vio más, exactamente como había sucedido en Marsella.
En la catedral se ofreció ante el Beato un gran espectáculo: los canónigos, revestidos con capa magna, y cuatro monaguillos, con cirios encendidos, lo recibieron solemnemente a la puerta y le acompañaron a la capilla de la Santa Faz; descubrieron la venerada imagen y, com un favor insigne, le proporcionaron la satisfacción de poder besarle el pie 1.
1 Don Joaquín Berto lo describe así: «Tiene un aspecto verdaderamente notable. Se unen en 60
((62)) También el demonio experimentó, a su manera, los efectos de la presencia de don Bosco en Lucca. Una joven de unos treinta y cinco años, feligresa de la parroquia de San Leonardo, era obsesa y padecía las más extrañas vejaciones diabólicas. El reverendo Cianetti, que era el párroco, en cuanto oyó que don Bosco iba a llegar a Lucca, se entendió con la competente autoridad eclesiástica para que la exorcizara. Nada hizo por donde se trasluciera su intención, y, sin embargo, un día la endemoniada, atacada de furioso frenesí, gritó con vo espantosa:
-Venga también ese saco de carbón, venga el valido de esa...
Y aquí soltó una horrible blasfemia contra la Santísima Virgen. Fue empresa de titanes, pero, al fin, se logró arrastrar a la infeliz hasta el Siervo de Dios, que, apenas la vio, la bendijo: pero, cuando hizo el ademán de santiguarla en la frente con una medalla de María Santísima no hubo manera de tenerla quieta; la pobre criatura se retorcía como una serpiente. Esto ocurría la mañana del 25 de febrero. Don Bosco, a retirarse, dijo que curaría el día de la Inmaculada. Y así sucedió; pues ella, el 8 de diciembre, oyó de improviso en su habitación como el retumbar de un trueno y aquél fue el momento de su liberación.
Consoló mucho a don Bosco el gran número de oratorianos y su comportamiento. En realidad se había conseguido mucho de aquellos jovencitos en menos de un año. Ya no se oían las blasfemias, que tenían la deplorable costumbre de repetir a cada paso; ellos, tan poco amigos de ir a la iglesia que al sonido de la campanilla saltaban la tapia para huir, ahora, dejaban el juego al primer toque, y corrían a formar filas. El ojo experto de don Bosco descubría en la frecuencia de los sacramentos, en la compostura durante las prácticas religiosas, en el afecto a los curitas esa alegre espontaneidad, que florece fácilmente dondequiera que se aplique fielmente el método por él enseñado practicado. Se alegró mucho al verlos a todos a su alrededor cantando, declamando, recitando; advirtió con satisfacción que también había entre ellos zapateros, caldereros, sastres, carpinteros, tintoreros bigotudos, que ((63)) eran alumnos de las escuelas nocturnas. Encontró,
él la más decorosa dignidad y una dulzura inefable. Con sólo mirarlo te sientes penetrado de religioso terror, y de tal modo subyugado por aquellos ojos, resplandecientes y llorosos, que te sientes obligado a postrarte ante él, confesar tu nada y llorar la iniquidad de los mortales. En una palabra, se descubre en aquel rostro algo que no es humano. se manifiesta al exterior la divinidad, que en él se encierra. Tiene en la
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cabeza una magnifica y preciosa corona de oro, que le convierte, de verdad, en el Rex tremendae maiestatis. Añádase a esto un rostro ennegrecido por el humo del incienso y de las velas, que le hacen aún más venerable, y se tendrá una idea del portentoso crucifijo que los luqueses hicieron ver a don Bosco». 61
además la iglesia bien atendida por los Salesianos y muy frecuentada por el público. En fin, se manifestó archicontento de la casa de Lucc tanto que ordenó al Director que participara a don Miguel Rúa sus consoladoras impresiones.
El mismo escribió a don Miguel Rúa, desde Lucca, cuatro días antes de la partida:
Queridísimo Rúa:
Burlamacchi 1 insiste en la necesidad de cambiar de aires. Sus parientes no lo quieren en su casa. »Será el caso de enviarlo a Alassio? Piénsalo y comunícaselo a don Julio Barberis.
Las biografías de nuestros Salesianos, una vez las hayas leído, mándalas imprimir; la de Arata y la del reverendo Gamarra se pueden anunciar ahora y, después, imprimirlas aparte, pero con todos los hermosos detalles que don Scappini, don Pablo Albera, don Antonio Notario, don Julio Barberis y don Bosco, etc. pueden añadir, y formar dos hermosos fascículos para las Lecturas Calólicas. También Turia puede decir alguna cosa. Para Cinelli entiéndete con don Julio Barberis. Don Juan Bonetti espera los paquetes de Turín 2 y yo espero los paquetes y a Bonetti, aquí en Lucca. Mañana conferencia de los Cooperadores Salesianos con asistencia del señor Arzobispo. Pasado mañana por la mañana (27) saldremos para Roma. Desde allá enviaremos noticias de nuestras cosas. Saludos cordialísimos para todos nuestros muchachos y diles que los quiero con toda el alma, que los quiero en el Señor, los bendigo y espero enviarles una bendición especial del Padre Santo y con ella una buena tajada de salchichón. Que sigan siendo buenos y rezando para que nuestros asuntos vayan todos bien.
Don José Bologna insiste que se le envíe a Grosso para la música. Si te parece conveniente y que ello no perjudica demasiado al colegio de Lanzo, creo que se le podría contentar.
Considérame siempre en J. C.
Lucca, 25 de febrero de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Casi como complemento de la anterior, incluyó una carta para don Julio Barberis. íCómo se ve que él, a fuer de buen padre, pensaba en bien de sus hijos, no sólo en general, sino también individualmente, según las necesidades o las condiciones de cada uno!
((64)) Queridísimo Barberis:
Sobre algunos de los asuntos, que me has participado, he escrito a don Miguel Rúa, por consiguiente habla de ellos con él.
1 Clérigo novicio de la noble familia Burlamacchi, de Lucca.
2 Don Juan Bonetti se había quedado en Sampierdarena. 62
Me alegro de los sobresalientes que sacarán los novicios en los exámenes semestrales. Lo mismo dirás de mi parte a todos los clérigos y particularmente a Gresino y a Aime.
Para los paseos a Santa Ana no hay ninguna dificultad; pero dense cuando el tiempo y la estación lo permitan y los caminos estén transitables. Cuida mucho de su salud.
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Dirás a don José Bertello que sé cómo canta y lleva la cruz, pero que él lo necesita para introire in regnum Dei. Dirás a don Antonio Notario que le quiero y que cuento mucho con su dulzura y firmeza, de las que seguirá sin duda dando pruebas.
Saludarás cariñosísimamente a mis queridos amigos Ghiglione, Pelazza, Bandino y Lisa.
Un pellizco para don Angel Savio, que todavía no me ha escrito una carta larga, muy larga.
Dios te bendiga, querido Barberis, y contigo a todos nuestros queridos novicios, a quienes deseo salud y santidad en abundancia para la vida presente y la futura.
Seguid rezando por mí, que seré siempre en J. C.
Lucca, 25 de febrero de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Con las dos anteriores incluyó otra carta para el clérigo Alejandro Mora, encargado juntamente con otros de la correspondencia referente a la rifa que había organizado a fines del año 1878 1. Don Bosco, aunque lejos y preocupado por mil asuntos, no la perdía de vista; pedía boletos para repartir en Roma y animaba al secretario y a sus ayudantes a trabajar de buena gana para el feliz resultado.
Mi querido Mora:
Sé que trabajas y que Dios te lo pague. Espero los boletos para Roma. Haz lo que puedas; pero busca otros que te ayuden. De esta rifa tenemos que sacar cien mil francos limpios. Piensa que no tendrás jubilación alguna, mientras nuestra empresa no haya alcanzado este resultado.
((65)) Saluda cordialísimamente a tus colaboradores. Saluda a Valentini, Marcelo Rossi, Palestrino y a don Luis Deppert por la bonita carta, que me ha escrito. Dios nos guarde a todos en su santa gracia y considérame siempre en J. C.
Lucca, 25 de febrero de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
El esperado don Juan Bonetti llegó de Sampierdarena el 26 por la tarde, porque don Bosco había determinado anteriormente salir para
1 Véase: Vol. XIII, pág. 605. 63
Roma el 27, pero estaba tan cansado que no se sintió con ánimos para arrostrar el viaje y pasó otros dos días en Lucca, sin salir de casa y resolviendo algunas gestiones para la compra de un edificio. Las noticias de don Bosco, escritas por don Joaquín Berto y leídas por don José Lazzero a los muchachos del Oratorio, despertaron verdadero entusiasmo por el amadísimo Padre 1.
1 Carta de don José Lazzero a don Joaquín Berto, Turín, 4 de marzo de 1879. 64 ((66))
CAPITULO III
CUATRO SEMANAS EN ROMA
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POCO ha hemos sabido, por el mismo don Bosco, que se ponía en viaje hacia Roma, porque «le llamaba el Padre Santo». Desde Roma escribía don Juan Bonetti: «Don Bosco ha sido recibido ya dos veces por el cardenal Nina y también por otros dignatarios para asuntos de importancia (...). El Secretario de Estado aseguró a don Bosco que el Papa deseaba hablarle de cosas, que ahora no se pueden decir aquí» 1 Entre las cosas, que no se podían decir, es lícito pensar que se encontraba principalmente la cuestión del exequatur, que el Ministerio habí negado al cardenal Parocchi para la sede arzobispal de Bolonia; como veremos en el capítulo quinto.
Los motivos de la repentina sustitución del conde Cays por don Juan Bonetti para acompañar a don Bosco, se coligen fácilmente por lo que precisamente en aquellos días le había ocurrido a éste. El 12 de febrero un decreto del Arzobispo habíale suspendido, por tiempo indefinido, de oír confesiones en toda la archidiócesis, con orden de que fuera substituido por otro sacerdote en Chieri, en el oratorio femenino de Santa Teresa. Ausentándose, evitaba que la cosa despertase sorpresa y podría defender mejor su causa en Roma.
((67)) Ocho días después de estas disposiciones llegó al Oratorio, de parte de la autoridad eclesiástica, una visita inesperada, que dio ocasión a múltiples comentarios y conjeturas, y de la que llegaron a don Bosco detallados informes poco antes y poco después de su llegad a Roma 2.
El 20 de febrero debía representarse un drama religioso sobre el martirio de san Pancracio. Por la mañana se presentó en la portería un criado del Arzobispo, se enteró de la hora precisa de la representación y advirtió al portero que el señor Arzobispo quería asistir a la función. Fue una sorpresa universal. Monseñor llegó al Oratorio con
1 Carta a don Miguel Rúa, 10 de marzo de 1879.
2 Cartas del conde Cays a don Bosco, Turín, 21 de febrero de 1879 (Apéndice, doc. 6) y de don José Lazzero a don Joaquín Berto, Turín 4 de marzo de 1879. 65
retraso, por lo que no pudo la banda de música rendirle honores a su llegada, pues estaba entreteniendo al público totalmente compuesto d invitados; pero le recibieron los Superiores de la Casa y lo acompañaron al teatro. Desde el escenario, un alumno le leyó con mucho garbo un saludo, que pareció agradar a Su Excelencia.
El interés demostrado, durante la representación, los repetidos aplausos y congratulaciones traquilizaban a quienes temían que no le agradara el tema desarrollado en la escena. Ni los muchachos ni los clérigos asomaron por ningún lado, puesto que, como era costumbre, durante las representaciones teatrales para las personas de fuera, habían salido de paseo. Faltaban también los Superiores principales, por estar ausentes del Oratorio.
A los pocos días, hizo otra aparición por el mismo estilo en Valsálice. Don Bosco encargó solamente que se intentase descubrir la razón de un acontecimiento tan inesperado; pero, aparte de sospechas más o menos aceptables, no fue posible encontrar nada positivo.
Desde el primer día de marzo hasta el 28, es decir durante el tiempo de la estancia de don Bosco en Roma, no encontramos en el diario d don Joaquín Berto casi nada más que una larga y monótona reseña de nombres propios de personas, que don Bosco visitó, que le visitaron saludaron; y nombres de lugares, adonde fue 1. Aparecen numerosos cardenales y prelados, con quienes don Bosco sostuvo ((68)) largas entrevistas y el Secretario de Estado, con quien mantuvo conferencias prolongadas. El Obispo monseñor Carlos Laurenzi, auditor de Su Santidad, y monseñor Marzolini, secretario particular, ambos llegados al Vaticano desde Perugia con el nuevo Pontífice, ansiaban conocer al Siervo de Dios. Un día le llamaron y estuvieron en conversación con él dos horas y media, después de la cual exclamó el primero, lleno de admiración:
-«íQué hombre! íMerece realmente ser conocido!»
Dignatarios eclesiásticos, que todavía no eran cooperadores salesianos, al conocer la asociación a través de los coloquios tenidos con él, pedían ser inscritos. Ordinariamente, por donde quiera que iba, volvía el Beato con nuevos nombres para incluirlos en la lista de la Pía Unión.
La presencia de don Bosco en el Vaticano, ya bastante conocida, producía tal impresión que los de la Guardia Suiza y los gendarmes le saludaban como a los prelados. Una vez, en el patio de san Dámaso,
1 Además de este diario, nos servimos de cartas de don Juan Bonetti y del mismo don Joaquín Berto al Oratorio. 66
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el comandante Lambertini se deshizo en atenciones con él, besóle una y otra vez la mano, consideróse muy feliz por verlo y conocerlo y le dio su nombre para ser inscrito como cooperador salesiano.
íY cuántas invitaciones a comer! El 17 de marzo celebró la fiesta de san Patricio en el seminario irlandés, cuyo rector, monseñor Kirby, como de costumbre, le rodeó de un selecto grupo de comensales.
También recibió cordialísimos agasajos en el convento de los Benedictinos de San Pablo extramuros el día 21, fiesta de su Patriarca. Había unos cuarenta invitados, entre los cuales estaban el cardenal Bartolini, protector de aquellos monjes, el cardenal Chigi, un buen número de patricios romanos y señores forasteros, el célebre arqueólogo Juan Bautista de Rossi y otros. En semejantes reuniones don Bos no se desanimaba, sino que sabía hacer buenas migas con todos. Después del banquete, mientras conversaba aparte con el cardenal Bartolini, se oyó decir a uno, en un grupo de señores distinguidos, que le observaban:
-íQué venerable aspecto! Es realmente un santo.
((69)) Los señores Sigismondi le prestaron, como siempre, afectuosas atenciones; también ellos le invitaron a su mesa varias veces, con sus dos secretarios. Allí contó que, una mañana del mes de diciembre de 1878, había visto cerca del confesonario a un muchacho que se levantaba notablemente del suelo y a otro, en medio de sus compañeros, elevado también más de un metro. El secretario dice sus nombres pero no parece que los oyera entonces de labios del Siervo de Dios.
Hemos mencionado las audiencias que le concedió el Secretario de Estado. Era éste el cardenal Nina, llamado a ocupar tan alto cargo po León XIII, siete meses antes, por la muerte del cardenal Franchi. Le urgía a don Bosco saludarle. Durante dos días consecutivos no le fue posible acercarse a él; el tercero, 5 de marzo, tuvo que aguardar mucho tiempo, porque había muchos delante de él, pero al fin le llegó el turno.
-Siento, le dijo Su Eminencia, que haya tenido que aguardar tanto tiempo, porque sé que tiene mucho que hacer.
Le recibió y trató con la misma amabilidad que siempre le había dispensado. Aquella mañana se encargaba de introducir en la antesala u secretario que, cuarenta y cinco años después, recordando el hecho, escribió esta bellísima página:
«La antesala estaba llena de visitantes, cuando vi entrar juntos a dos eclesiásticos en demanda de audiencia. Fueron invitados, como los demás, a sentarse y esperar turno. Yo, que examinaba un poco la 67
fisonomía de todos los visitantes, quedé en seguida impresionado por el aspecto de singular modestia, serenidad y recogimiento, que se desprendía de sus rostros, especialmente del que aparentaba más edad, que era precisamente don Bosco. Durante la larga espera de audiencia, seguí observandolo y quedé admirado de la calma con que, sin dar señales de preocupación, ora parecía absorto en graves pensamientos, ora leía y tomaba atentamente notas en una agenda. Mientras tanto, el tiempo de las audiencias se acercaba a su fin. Por la abundancia de visitantes, en aquella mañana, se preveía que muchos tendrian que salir ((70)) sin lograrla, y entre ellos don Bosco, que hab llegado algo tarde. Pero él, como quien no tiene prisa para ser admitido, esperaba siempre en su puesto, con inmutable tranquilidad. Jamás había visto en tales circunstancias tanta calma en visitantes en espera, hacia el término de las audiencias; y llegué en mis adentros a la conclusión de que don Bosco debía ser un hombre de Dios, una alma santa, porque su calma singular era fruto de una inalterable paz y dulzura, o era inspirada por la seguridad de una luz superior, de que tendria la audiencia.
»Penetrado, pues, de admiración y veneración, resolví obtenerle a toda costa la audiencia. Y así que se dio por terminado el plazo, y partieron los visitantes que no habían sido recibidos, dije a don Bosco que aguardase; me presenté al Cardenal y le rogué encarecidamente le diese audiencia, refiriéndole la gran impresión que me había producido de hombre santo. El Cardenal condescendió, don Bosco entró a audiencia y estuvo un tiempo discreto. Cuando salió, comprendí que había recibido una acogida favorable, y me detuve a preguntarle los informes que podria darme sobre su condición. Y don Bosco me habló amablemente de su Instituto, que yo no conocía en absoluto, y de s Cooperadores, en cuya unión me aceptó con mucho gusto.
»Recuerdo otro detalle; después de despedirse de mí, al atravesar la primera sala de entrada, entregó una propina a los servidores del Cardenal, que la aceptaron muy agradecidos. A mi entender, quiso compensarlos de este modo por haberlos hecho esperar más tiempo del reglamentario; y también este detalle me descubrió en él al hombre de Dios, que tenía con todos las más delicadas atenciones» 1.
En su residencia de la calle Tor de'Specchi, eclesiásticos y seglares se disputaban sus escasos ratos de tiempo libre. Nobles señores fuero a visitarle o le recibieron en sus casas con todos los honores. Fueron
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1 Carta del P. Rafael del Corazón de Jesús, sacerdote Pasionista. La Spezia (Bugnato), 1.° de diciembre de 1924 (Bollettino Salesiano, febrero de 1925 pág. 36). 68
juntos el conde Carlos ((71)) Conestábile y el marqués Vitelleschi, por quienes supo que el Papa les había hablado de él con mucho entusiasmo. El príncipe Gabrielli llegó mientras don Bosco estaba comiendo, mas no permitió que se le molestara, y dejó su tarjeta diciend que volvería después de media hora, como lo hizo. En el palacio de la duquesa Salviati, que deseaba hablarle y con la que esperaba tambié el marqués Patrizi, estuvo de conferencia más de tres horas.
El Beato visitó también a algunas personas del Gobierno, Ministros y altos cargos. Pero sólo tenemos noticia de un asunto tratado por él en aquellos ambientes. Hacía cinco meses que pendía sobre el Oratorio la amenaza de cierre de los cursos de bachillerato. Fue realmente una cuestión muy grave, cuyos preliminares se desarrollaban entonces y que trataremos ampliamente en otros capítulos distintos.
En medio de tan múltiples y trabajosos cuidados no perdía de vista las necesidades del Oratorio, y se industriaba por ir recogiendo algún dinero para enviar a don Miguel Rúa, que pedía y pedía sin parar... Envióle una vez mil doscientas cincuenta liras; otra, mil novecientas; y la tercera, seiscientas. Un día dijo a don Juan Bonetti 1.
-«Mañana o pasado mañana llegarán noticias de que llovió dinero en los bolsillos de don Miguel Rúa».
Se cumplió el pronóstico y preguntóle don Juan Bonetti cómo había logrado saberlo. Y él respondió:
-«Cuando ayer te lo dije, me pareció ver que echaban vino blanco en el vaso de don Miguel Rúa y supuse que habían celebrado el socorr recibido».
Parece que se trataba de cinco mil liras llovidas sobre el Oratorio, no sabemos de dónde; destinadas a atender las urgentes e ingentes necesidades del Oratorio, el Beato no cesaba de repartir en Roma boletos de la lotería, propagando su noticia con esta circular:
Beneméritos señores Cooperadores salesianos y señoras Cooperadoras de Roma:
Los muchachos internados en el Oratorio de San Francisco de Sales en Turín, apremiados por graves necesidades, se encomiendan a los beneméritos Cooperadores ((72)) y Cooperadoras de esta santa Ciudad. Se ha iniciado una rifa en su favor y, en nombre de los mismos, m atrevo a ofrecer a... boletos número ... rogándole tenga a bien aceptarlos o repartirlos entre sus personas amigas; mas si, a fines del corrien mes, le quedaran boletos, que usted no deseara guardar, puede con toda libertad devolverlos.
Verdad es que esta obra benéfica está destinada a un Instituto muy lejos de Roma; pero puedo asegurar que será por completo en favor d algunos muchachos romanos
1 Carta a don Miguel Rúa, 10 de marzo de 1879. 69
allí internados y de otros que están en condiciones de ser enviados cuanto antes al mismo Instituto.
Los muchachos socorridos y el humilde firmante ruegan al Señor le conserve en buena salud, mientras que con profunda gratitud tiene e honor de poderse profesar.
De V. S. Benemérita
Roma, 7 de marzo de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
La asociación de Cooperadores y Cooperadoras, ya numerosa en Roma, había crecido notablemente después de la conferencia de 1878,
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aumentaba de día en día, porque don Bosco los iba pescando un poco por todas partes. El 17 de marzo 1 en la iglesia de las nobles Oblatas de Tor de'Specchi dio la conferencia prescrita para la fiesta de san Francisco de Sales. El cardenal vicario, Mónaco La Valletta, presidió la reunión, que fue extraordinaria por el número y calidad de los asistentes. El Siervo de Dios expuso lo que la Congregación Salesiana, gracias al auxilio de Dios y el apoyo de los Cooperadores había hecho durante el año anterior, especialmente en favor de los jovencitos pobres y desamparados en Italia, en Francia y en América. Al hablar de los centros de Italia, puso de relieve los que se habían abierto en lugares amenazados por la herejía protestante, principalmente las escuelas diurnas y nocturnas abiertas en La Spezia, merced a la liberalida de Pío IX y a la caridad de su Sucesor; unos doscientos muchachos estaban allí al abrigo del influjo de sus vecinos los herejes. Contestó después a la pregunta, que muchos le hicieron de: »por qué no fundaba también en Roma una escuela de artes y oficios?
A los jovencitos ((73)) de Roma y de sus alrededores, dijo que se les socorría enviándolos a la casa de Turín o a otras; que ya llegaban e conjunto al centenar; que también él, como el que más, deseaba hacer algo en Roma y esperaba conseguirlo con la ayuda de Dios y de los Cooperadores. Tomó a continuación la palabra el Cardenal Vicario y confirmó cuanto había dicho a don Bosco sobre la necesidad de abrir una casa en Roma para muchachos pobres. Describió después las ruinas causadas por los recientes sucesos a las instituciones benéficas romanas; animó a los Cooperadores a favorecer obras nuevas, reclamadas imperiosamente por las nuevas necesidades y, en particular, por deber de reaccionar contra la acción de los protestantes, quienes,
1 Don Juan Bonetti que también asistió a ella, la coloca en el 18 (Boletín Salesiano, abril de 1879) pero el Diario de don Joaquín Berto n deja lugar a duda. 70
en el centro del Catolicismo, como ya se lamentaba de ciertos extranjeros el Papa San Silvestre, intentaban por todos los medios aliviar los cuerpos para mancillar las almas.
También se intentó esta vez dar algún paso para la apertura de una casa en Roma. El Cardenal Vicario la deseaba muchísimo. Cuando recibió al Siervo de Dios, hízole sentar a su derecha y le dijo afablemente:
-Don Bosco, quiero que se siente aquí a mi derecha. Esto tiene un gran significado, »sabe usted? Significa que yo quiero que sea usted siempre mi mano derecha.
También el cardenal Oreglia instaba, observando que si los Salesianos tuvieran una casa en Roma serían mucho más respetados. Monseñor Jacobini, secretario para los Breves, y el caballero Silenzi, presidente del círculo de San Pedro, le ofrecieron un local de las monjas agustinas junto a la iglesia de los Cuatro Coronados. Don Bosco visitó el edificio, todo él en óptimo estado. Se habrían podido albergar en él quinientos aprendices, con un arriendo anual de tres mil liras. Para entenderse cómodamente sobre la manera de salvar las dificultades burocráticas, aceptó con agrado la invitación para comer en casa del caballero Carosio, piamontés, consejero del Gobierno Civil. Este mismo señor habíale prometido todo su apoyo para lograr el intento; es más, él mismo le había presentado al Gobernador para una primera apertura, que facilitara el camino para ulteriores negociaciones. Llegaron, pues, a un perfecto acuerdo; pero, a la hora de la verdad, todo quedó en agua de borrajas. ((74)) Ya hemos dicho el porqué en otro lugar 1. Sin embargo, si a los grandes ofrecimientos verbales, hubiesen acompañado seguras garantías económicas, don Bosco no habría salido de Roma sin haber iniciado algo 2.
Hízosele otra grandiosa propuesta: el Príncipe Gabrielli le ofreció nada menos que el Hospicio de «San Miguel a Ripa», de cuya obra él era presidente. Este inmenso Instituto de beneficencia, creado por los Papas, y confiscado por el nuevo Gobierno, iba de mal en peor. La moralidad dejaba mucho que desear 3 y las rentas iban a parar, en sus
1 Véase: vol. XIII, pág. 558.
2 Así es lícito colegirlo por su manera de expresarse, el 16 de abril, con los Superiores, al hablarles de negociaciones fracasadas.
3 El diario liberal Dovere del 10 de mayo de aquel año 1879, cuenta la situación a que había llegado el Hospicio, bajo la dirección y administración laica. «En el Hospicio profesional masculino se ha desencadenado la inmoralidad y llega a depravaciones inauditas. Son frecuentes los robos nocturnos, con ganzúas y llaves falsas. De semejantes utensilios criminales, no ha mucho, se recogieron tres saquitos; prueba evidentísima del triste género de tendencias y ocupaciones, a que se entregan esos alumnos. Repetidas veces, en medio del comedo y por las escaleras abajo, 71
dos tercios, a los bolsillos de ciertos administradores. Don Bosco, como de costumbre, aceptó en general sin llegar a detalles, pero poniend como primera cosa y ante todo tres condiciones preliminares, a saber: plena libertad para todo lo concerniente a la disciplina interna o que se refiriese a ella; retirada total de gente extraña, pues se habían establecido en aquellos locales numerosas familias; mano libre sobre los
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dos tercios de las rentas. El Príncipe, que abrigaba óptimas intenciones, dijo que reuniría en seguida a la Comisión y, si se llegaba a un acuerdo, le comunicaría la respuesta. Don Bosco hizo que le enviaran desde Turín un ejemplar del Reglamento interno del Oratorio. Pasó un mes y los señores de la administración seguían discutiendo. Se podía fácilmente prever que la buena ((75)) voluntad del Presidente no lograría salirse con la suya; lo cierto es que la respuesta no llegó.
Mientras tanto don Bosco trabajaba en ultimar una relación sobre el estado moral y material de la Sociedad Salesiana para presentarla a Santa Sede; pero ahora no decimos nada, porque tendremos que hablar con más sosiego de ello, en adelante.
No satisfecho con esta relación general informativa a la Santa Sede, presentó otras dos particulares al Cardenal Secretario de Estado, con el fin explícito de obtener recursos. En la primera enumeraba los esfuerzos, que habían realizado los Salesianos, especialmente en Turín, e La Spezia y en Vallecrosia, para contrarrestar las maniobras protestantes, mas, para asegurar y aumentar el bien allí comenzado, se necesitaban poderosos medios materiales y morales, tanto más que en los tres lugares había que levantar iglesias y colegios. La propagand protestante daba entonces gran trabajo a los italianos. La libertad concedida por las leyes había desencadenado en Italia una invasión de emisarios evangélicos, que no conocían freno alguno. Por algo don Bosco, entre las obras de caridad consignadas en las Reglas de la Sociedad Salesiana, había introducido poner un dique a la herejía; él veía por desgracia de cuántas maneras intentaba ésta insinuarse entre los rudos e ignorantes. En la ciudad de los Papas, a través de la brecha de Porta Pía, la ola protestante irrumpió impetuosa y se extendió. Poco faltó para que los protestantes no se instalasen en la iglesia de los
se tiraron los platos con la comida, como acto de protesta. Este género de protesta se ha manifestado incluso dentro de los locales de la Comisión, con su correspondiente lanzamiento, desde luego no de confites. Y todo esto fue coreado por vandálicos actos de puertas y paredes intencionadamente destrozadas. Hay mas. Durante cinco días seguidos estalló una violenta rebelión con pedradas y rotura de mas veinte lunas de cristal». Y mas abajo el diario deplora que la obra del director Lovatelli tuviera como resultado «arruinar, desacreditar, y minar por su base un Instituro tan antiguo y respetado». 72
españoles, en la plaza Novara; afortunadamente llegaron a tiempo los misioneros belgas del Sagrado Corazón para impedirlo.
Estos enemigos de la fe en Jesucristo, dijo el Cardenal Vicario en la conferencia a los Cooperadores Salesianos, no sólo han edificado aquí templos y han abierto escuelas de la mentira, sino también han construido hospicios de caridad, y se valen de toda clase de artimañas para ganar prosélitos, especialmente en las clases pobres de la sociedad y entre la inexperta y pobre juventud.
El dar a conocer el apostolado que los salesianos habían ya realizado en este campo servía para confirmar la oportunidad de llamarlos a desplegar el mismo celo también en Roma.
((76)) En la segunda relación exponía don Bosco las necesidades de las misiones de América, reseñando la obra de María Auxiliadora establecida en Sampierdarena, como fuente abundante de vocaciones misioneras. Aquí también pedía ayuda de ornamentos y vasos sagrados, libros y dinero 1. Ya había tratado de las misiones en la primera audiencia con el cardenal Nina, el cual le había dicho:
-El Padre Santo sabe que usted está en Roma y mañana por la mañana, cuando yo vaya a la audiencia, le expondré lo que usted me ha dicho. Entre tanto, vaya de mi parte al cardenal Simeoni, Prefecto de Propaganda Fide, y dígale que hable conmigo y estudiaremos la manera de proporcionar ayuda a don Bosco para las misiones.
El Prefecto de Propaganda Fide recibió a don Bosco el día 8 de marzo, por la tarde, y se entretuvo con él más de hora y media hablando de este tema; fue después dos veces a ver a monseñor Zitelli, copista de la misma Congregación; pero ignoramos el resultado de estas conferencias. Siempre con el mismo objeto, escribió una súplica al Padre Santo, a quien describía el Oratorio de Turín y el Hospicio de Sampierdarena como dos seminarios para las Misiones extranjeras, y elevaba la súplica de que tuviese a bien decir una palabra en su favor las direcciones de las Obras de la Propagación de la Fe y de la Santa Infancia.
Aún hizo llegar al Padre Santo otras tres súplicas solicitando favores espirituales. En la primera pedía que los sacerdotes salesianos, ya aprobados en alguna diócesis para confesar, pudiesen ser autorizados por los Directores de las casas para confesar a los alumnos y demás personas residentes en ellas, y que los mismos sacerdotes, de viaje por tierra o por mar en los lugares de misión, tuviesen facultad para confesar libremente a los fieles. En la segunda imploraba que las indulgencias
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 9, A y B. 73
y favores, concedidos el 9 de mayo de 1876 por Pío IX a los Cooperadores salesianos, se extendieran a cuantos vivían en las casas
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salesianas. Con la tercera volvía a suscitar la cuestión de los privilegios, pidiendo la renovación de los dos concedidos por Pío IX el 21 de abril de 1876, ((77)) el antedicho sobre las confesiones y el de las ordenaciones extra tempora. Esta última súplica la dejó en manos del abogado Leonori, al salir de Roma.
Escribió, ademas, al Papa para conseguir títulos honoríficos a cuatro insignes bienhechores, por quienes sentía la necesidad de mostrar públicamente su gratitud: la encomienda de san Gregorio Magno para el señor Julio Rostand; un título prelaticio para el abate Guiol; el de caballero de Capa y Espada para el barón Amado Héraud, y una cruz de caballero para el señor Benedicto Pelà de Este 1.
Le fueron concedidos estos últimos favores, menos el segundo. En cuanto a las indulgencias, un Rescripto del 22 de abril concedía:
1.° Indulgencia plenaria in artículo mortis, el día de Navidad, de la Inmaculada, de san José, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, de s Francisco de Sales y Pascua, a todos los que frecuentaban los oratorios festivos y las casas de la congregación.
2.° La misma indulgencia plenaria a los que asistiesen por lo menos a la mitad de los sermones de los ejercicios espirituales, que se predicaran en nuestras iglesias y oratorios privados.
3.° Trescientos días de indulgencia, cada vez que recitasen la jaculatoria María, Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y cien días cada vez que hiciesen meditación 2.
No nos consta el resultado que tuvieron las otras súplicas. Conviene, sin embargo, tener siempre presente que don Bosco no tendía exclusivamente mediante semejantes actos, y ni siquiera principalmente, a alcanzar favores o beneficios: valíase de ellos, sobre todo, como medios sencillos y naturales para llamar la atención del Papa y de las Congregaciones romanas sobre sus obras, lo cual serviría para la consolidación de la Sociedad y para disipar informes erróneos. Así precisamente se explica la costumbre de introducir en sus peticiones largos informes, que, a primera vista, podrían parecer fuera de lugar ante la finalidad que se proponía, como puede cualquiera ((78)) comprobar facilmente leyendo los documentos publicados al final del volumen.
El Beato se presentó una sola vez al Papa. No pudo verle hasta el
1 Véase: Apéndice, doc. 10, A-E.
2 Véase: Apéndice, doc. 11. 74
20 de marzo, porque las audiencias estaban suspendidas hacía dos semanas; decíase que de quinientas peticiones, sólo cuatro habían sido atendidas 1. También él había pedido audiencia el 8 de marzo, en carta a monseñor Macchi; pero inútilmente. Como le urgia la cosa, porqu además pensaba ir a Magliano antes de marchar, el día 20 se recomendó a monseñor Boccali, camarero secreto en servicio, para que le obtuviera un momento de audiencia. Este Prelado, natural de Perugia y confidente del Papa, conocía a don Bosco desde el año anterior 2. Le contestó casi inmediatamente que se encontrase aquella misma tarde en la antesala pontificia a las tres y cuarto; así lo hizo, el Papa apareció a la hora precisa; estaba solo y en hábito de paseo, es decir, con manteo y sombrero rojo. Don Bosco, que estaba esperando en la sala del trono, se dio cuenta de que el Padre Santo le recibía de buen grado. Le pidió como Cardenal protector al Secretario de Estado, y el Papa le contestó que era cosa hecha; le habló también de otras cosas; pero don Juan Bonetti y don Joaquín Berto, que esperaban a cierta distancia, no se enteraron de más. Despacito, don Bosco acompañó al Padre Santo hasta la litera, que estaba preparada para llevarlo de paseo por los jardines. El familiar recibimiento y la no acostumbrada confianza de León XIII en el trato, le confirmaron la verdad de cuant había oído decir a varios Prelados sobre las buenas disposiciones del Papa para con él. Y, si no tuvo audiencia privada de otra forma, fuero muchas y largas las conferencias que sostuvo con el Secretario de Estado y con otros Prefectos de Congregaciones, pero entonces nada se supo y ya no se podrá saber al menos enteramente, en el futuro, de qué asuntos se trató en ellas.
Seis días después de esta audiencia, con una tarjeta de la Secretaría ((79)) de Estado, que llevaba la firma de monseñor Serafín Cretoni, s notificaba oficialmente a don Bosco el nombramiento del Protector en estos términos honoríficos:
«La Santidad de Nuestro señor, queriendo que la Congregación Salesiana, la cual va adquiriendo cada día nuevos títulos para la especial benevolencia de la Santa Sede por las obras de caridad y de fe establecidas en diversas partes del mundo, tenga un protector especial, se ha dignado benignamente conferir este cargo al cardenal Lorenzo Nina, Su Secretario de Estado».
En tiempos de Pío IX hacía de Protector el cardenal Oreglia, pero sólo a título oficioso, puesto que aquel Pontífice había reservado para
1 Carta de don Juan Bonetti a don Miguel Rúa, Roma, 21 de marzo de 1879.
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2 Véase: vol. XIII, pág. 590. 75
sí la protección de la Sociedad, necesitada de particular y paternal asistencia en sus comienzos; ahora, en cambio, se tenía el Protector verdadero y propio, al igual de las demás congregaciones religiosas. La elección no podía recaer en Prelado más benévolo, pues había conocido a don Bosco antes de ser cardenal y le tenía muchísima consideración y sincero afecto. Habiéndole pedido don Bosco que tuvies a bien ser el Protector de los Salesianos, se había mostrado muy dispuesto a ello, diciendo:
-Yo no podría ofrecerme para ello al Padre Santo, pero si él me lo dice, acepto en seguida.
Dio prueba evidente de su buena voluntad, cuando el Beato le propuso que, puesto que Su Eminencia tenía tanto quehacer, le asignase una persona con quien tratar el asunto de las misiones. Contestó el Cardenal:
-No, no; quiero que lo tratemos nosotros directamente; venga mañana, a las cuatro y media, y hablaremos más tranquilamente. Resulta u milagro ver prosperar una Congregación en unos tiempos en los que otras se arruinan y cuando se querría destruirlo todo.
El Beato experimentó a menudo cuán provechosa le resultaba una protección tan afectuosa 1. De regreso a Turín, comunicó al Capítulo ((80)) Superior la designación pontificia del Protector, y envió al Cardenal, en nombre de toda la Congregación, una carta de agradecimiento, por haberse dignado aceptar tal cargo de cordialísimo homenaje y de súplica para las misiones, y tal vez también para los privilegios; pues todo ello puede deducirse de la siguiente respuesta de Su Eminencia:
Ilmo. y Rvmo. Señor:
Sobremanera agradables resultan a mi corazón las corteses manifestaciones con las que, en nombre de su Congregación, expresa sentimientos de tanta bondad y confianza conmigo. Y me colma de alegría el interés que tienen de alcanzarme de Dios continuamente con sus oraciones las luces y ayudas, que necesito en mis graves
1 El cardenal Lorenzo Nina nació en Recanati el 12 de mayo de 1812 y murió en Roma el 27 de julio de 1885. Hijo de un notario, estud en Roma, donde fue ordenado en 1845 y ejerció muchos años de abogado procurador; después fue secretario suplente en la Congregación del Concilio, decano del capítulo de Santa María la Mayor y canónigo de San Pedro. Pío IX le nombró Asesor del Santo Oficio y Prefecto de estudios en el liceo de San Apolinar. En 1869 fue miembro de la Comisión preparatoria del Concilio Vaticano y el 12 de marzo de 187 fue elevado a la dignidad cardenalicia y nombrado Prefecto de la administración de Propaganda y del óbolo de San Pedro. A la muerte del cardenal Franchi (la noche del 1.º de agosto de 1878), León XIII le nombró Secretario de Estado. En 1880 fue substituido por el cardenal Jacobini, asumiendo únicamente la Prefectura de los Palacios Apostólicos. 76
responsabilidades y le aseguro que no podrían merecerse mi gratitud de ninguna otra forma.
Las intenciones, que V. S. me manifiesta para la consolidación y crecimiento de su instituto, las confirmo plenamente, y no dudo que su celo e incansable actividad, con la ayuda de Dios, logrará llevarlas prósperamente a efecto. En cuanto a mí, deseoso de contribuir, en la medida de mis fuerzas, a esta obra del Señor: espero que me proporcionará las ocasiones de ayudarle en sus dignos propósitos. Desearía, entre tanto, que me diese claros informes de qué medios tendría que valerme en relación con lo primero de que me habla, a saber, de las misiones extranjeras y de las nuevas relaciones que desea establecer entre ellas y otros entes.
No dejé de presentar en seguida al Padre Santo el encargo que me pedía, y me alegro de poderle asegurar que fue atendido por S. S. con más vivo agrado.Así, pues, con los sentimientos del mayor aprecio y particular consideración tengo el gusto de profesarme de todo corazó
De V. S. Ilma.
Vaticano, 29 de abril de 1879
Su seguro servidor L. Card. NINA
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Nada hemos dicho todavía de la salud de don Bosco. Era ésta por entonces, bastante buena, a excepción de los ojos; sobre ello, nada mejor que escarbar en la ((81)) correspondencia de sus dos secretarios con don Miguel Rúa. El 2 de marzo le escribía don Juan Bonetti:
«Hemos llegado ayer felizmente. Don Bosco está bien, y su ojo no empeora. Si estuviese así hasta 1899, sería una gracia muy grande: to a vosotros, los santitos del Oratorio, alcanzar de María Auxiliadora este favor». Y don Joaquín Berto el día 7:
«Los ojos de nuestro queridísimo Padre dejan siempre algo que desear. Rezad y haced rezar».
El mismo dos días después:
«Su vista va mejor ayer y hoy. Dio un paseito y esto bastó. De ello se deduce que su mejor remedio es el descanso, pero esto es imposible».
En la misma fecha leemos en el Diario:
«Hoy día 9, domingo, fiesta de Santa Francisca. Misa en las Oblatas de Tor de'Specchi. Asistieron los cardenales Bilio y D'Avanzo. El resto de la jornada lo pasamos en casa. Al atardecer salimos y, al llegar a la cuesta del Capitolio, tocaban al Ave María 1. El cielo estaba sereno y nosotros, después de dar un paseo alrededor del Capitolio, volvimos a casa».
1 A la hora del Avemaría se oye desde lo alto del Capitolio un concierto de campanas que llena el aire de mística armonía e inunda el alma de suave conmoción. 77
Esta casa, habitada por don Bosco 1, ha sido demolida recientemente. Se levantaba exactamente frente al monasterio de las Oblatas, cerc de la cuesta del Capitolio y algo más acá del punto donde asoma la prominencia de la roca Tarpeya. Don Juan Bonetti escribe el 10 de marzo.
«Don Bosco se encuentra bastante bien; estas dos últimas tardes van mejor sus ojos. Hay que decir a los muchachos que hagan bien esta novena de San José, para que dé y conserve la vista corporal a nuestro queridísimo don Bosco y abra espiritualmente los ojos de algunos desgraciados... El pobre don Bosco reza por ellos y los encomienda encarecidamente también a las oraciones de sus buenos compañeros. S preguntará si éstos están entre los aprendices; don Bosco ha visto que los hay en una y otra parte». Por último don Joaquín Berto el día 24
«Don Bosco se encuentra bastante bien, pero los ojos no mejoran. Oportet orare et semper orare; (hay que rezar y rezar siempre) dígaselo ((82)) a los muchachos».
Estas condiciones de su vista afligían a sus amigos. El Osservatore Romano del 18 de marzo traducía un largo artículo de la Semaine Liturgique sobre don Bosco, en el que se leían estas palabras:
«El maravilloso don Bosco, cuya salud ha sido siempre delicada, corre ahora peligro de perder la vista; de un ojo, no ve nada y la visión del otro empieza a peligrar. El buen sacerdote anda repitiendo:
»-Me doy cuenta de que no tardaré mucho en ser llamado a presentar mis cuentas al Señor: querría dar la última mano a la Congregación Salesiana.
»Y, entre tanto, trabaja con el mismo tesón de hace veinte años».
Si no era absolutamente necesario, parecía al menos oportuno que don Bosco hiciese una visita a Magliano. Algunas desavenencias, nacidas de malos entendidos sobre el colegio, habían proporcionado disgustos a don José Daghero. Este fue a Roma; y fueron también los tres diputados del seminario. Una conferencia con el cardenal Bilio, en la que tomó parte don Bosco, deshizo las nubes; la presencia del Beato en el lugar mismo del litigio lo resolvería todo. Salió con don Juan Bonetti y don Joaquín Berto, después del mediodía del 26, y lleg allá a la una de la noche. En la estación de Borghetto lo esperaban los clérigos del seminario y los alumnos internos del colegio, unos cuarenta entre todos. Encontróse también allí con don Pedro Guidazio, llegado expresamente de Montefiascone. Después de dedicar un
1 Véase Vol. XIII, pág. 399. 78
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día a los amigos externos, pasó en casa todo el día 26, para dar a los Hermanos comodidad de hablarle; al día siguiente, dejó allí a don Jua Bonetti y él volvió a Roma con don Joaquín Berto. Aquí no le quedaba más que despachar rápidamente los últimos asuntos y preparar las maletas.
Esta vez no fue a Albano, pero suplió como mejor se pudo. Nos lo cuenta don Francisco Piccollo en su crónica, de la que sacamos la viv reseña del episodio. «Durante el último año de mi estancia en Ariccia, los Hermanos de Albano y nosotros, los de la casita cercana, tuvimo una gran sorpresa y un inefable consuelo. Don José Monateri recibió una carta de don Bosco anunciándole que se encontraba en Roma y quería ir lo antes posible a ver a sus hijos de las dos casas, y que fuéramos, pues, a encontrarnos con él lo más pronto ((83)) posible. »Quié puede imaginar nuestra alegría? El primer día libre nos encaminamos rumbo a la ciudad eterna. Reinaba en todos nosotros una alegría insólita y latía fuertemente nuestro corazón, cuando llegamos a la modesta casita de la calle Tor de'Specchi y estaba próximo el suspirado instante de volver a ver al Padre amadísimo y besar su mano. Entramos en la habitación donde nos esperaba, lo vimos sonriente y casi rejuvenecido con la alegría que experimentaba al volver a vernos... Pasamos todo el día con él; nos oyó a todos, nos dio los consejos que creyó oportunos y, durante la comida presidida por él, teníamos la impresión de encontrarnos formando parte de una escena celestial. Sonreía y dirigía la palabra, ora a uno, ora a otro de los comensales; yo no volví a verle tan jovial como aquel día. Después de la comida encargó a don Juan Rinaldi que llevara un regalo al cardenal Nina, en aquel entonces nuestro Protector, y yo fui elegido para acompañarlo Se trataba de un regalo muy modesto, una botella de vino de ochenta años. El Cardenal lo aceptó con señales de mucho agrado, porque en obsequio material veía el corazón de don Bosco y encargó al emisario darle las gracias. Por la tarde don Bosco repitió sus consejos, nos di ánimos, nos bendijo y perdimos la alegría que nos había inundado todo el día; teníamos que dejar al Padre y sentíamos mucho esta separación y, es preciso afirmar que, también nuestro Beato Padre, al bendecirnos, sentía una gran pena al separarse de nosotros» 1.
1 En el Diario de don Joaquín Berto, se lee también con fecha de aquel día: «Domingo IV de Cuaresma (23 de marzo) misa en Torre de'Specchi. Llegaron siete, entre sacerdotes, clérigos y coadjutores de Albano y Ariccia, para ver a don Bosco y estuvieron también en la comida. Después volvió don Bosco a ver al secretario acompañado por don Juan Rinaldi; fue después a entrevistarse con monseñor Bianch (secretario de la Congregación de Obispos y Regulares). Por 79
((84)) Sólo hemos podido encontrar tres cartas fechadas en Roma y firmadas por don Bosco; todas ellas fueron escritas al dictado por los secretarios, a causa de la vista. La primera está dirigida al abate Guiol. Nos da a conocer que en esta ocasión dio los primeros pasos en Roma para obtener la facultad de abrir un noviciado en Marsella. Parece que es de este año la carta escrita en francés, probablemente por e conde Cays, y dirigida al Superior General de la Gran Cartuja de Grenoble, rogándole que pusiera el futuro noviciado de Marsella en el número de las obras atendidas por su caridad. La copia que ha llegado hasta nosotros no lleva fecha 1. He aquí la que va dirigida al párroc marsellés:
Queridísimo señor Párroco:
He recibido con verdadero agrado su amable carta del 26 de febrero, en la que incluía los informes para el señor Obispo de Marsella con respecto al noviciado. Está muy bien. En la Santa Sede no hay dificultad. Este es ya un gran paso, Dios nos ayudará en lo demás. En cuant a la casita junto a nuestro Oratorio, creo que podemos hacer así: la compra a nombre de la sociedad Beaujour, el señor abate Constant retardará su cobro, pero a nuestro cargo, de modo que, si lo cree oportuno la administración de la Sociedad, pagará los trece mil francos pedidos por este contrato, y yo, a su tiempo, los abonaré a quien corresponda.
Para su norma, a mediados del corriente mes de marzo, saldrá para Francia el sacerdote Francisco Cerruti, Director del Colegio de Alassio, en calidad de Inspector y procurador general. El visitará todas nuestras casas, y probablemente, con don José Ronchail tomará todas las decisiones que sean del caso.
Alabo y apruebo la gestión de los empresarios para la ampliación de nuestro Orfanato.
la tarde volvió a verse con el secretario de Estado, que aceptó ser Protector de la Congregación salesiana y hacer cuanto fuera necesario; después, visitó a monseñor Boccali llevandole una botella del año 1800 aproximadamente. Entregó al Cardenal Secretario de Estado tres memorias, una sobre las misiones de América, otra sobre las misiones de Europa contra los protestantes y la tercera petición de algunos privilegios.
»Al volver a casa, bendijo a los de Albano y Ariccia, y luego, con el clérigo Varvello, fue a cenar a eso de las ocho con el caballero Carosio, subgobernador de Roma. Hubiera tenido que asistir también el caballero Gilardini, refrendario en el Consejo de Estado, pero no pudo acudir. Así, el caballero Carosio pudo hablar con mas libertad, al estar solo con don Bosco, sobre el proyecto de abrir una casa
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salesiana en Roma. Este señor es piamontés. Quizá de la comarca de Ovada».
Dice que «volvió a verse con el Secretario de Estado», porque había estado ya con él el día anterior, y algunas otras veces. Envió el rega al Cardenal después de la visita de la mañana, mediante un mensajero que fue don Juan Rinaldi que ya era conocido por Su Eminencia; a monseñor Boccali le entregó el obsequio él mismo en persona. Eran modos acostumbrados por don Bosco para manifestar su gratitud. En esta ocasión quiso dar las gracias al Cardenal por haber aceptado ser Protector, y a Monseñor por la audiencia que le había obtenido. Estas botellas de vino añejo y generoso las recibía de nobles familias de Turín para mejorar su salud, pero él las reservaba para otros servicios.
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 12.
((85)) Agradezco a usted y a todos los demás que se preocuparon de la Notice sur les Salésiens (Reseña sobre los Salesianos). Me agradaría que, a su comodidad, me enviara algunos ejemplares, dos de ellos para presentar al Padre Santo en su nombre.
Veo cada día más evidente la mano del Señor en nuestra fundación de a. Se requiere un poco de paciencia y sacrificio en sus comienzos. Esto es lo que hace la Sociedad de Beaujour; yo no me negaré a hacer lo que pueda, pero el número de casas (21) abiertas en estos meses me han hecho gastar activo, pasivo y neutro. No obstante, tengo a mi disposición para la venta una finca, que me proporcionará unos cientos de miles de francos, y así estaré en condiciones de normalizar mis asuntos. Sin embargo, mientras me inclino a las empresas concertadas dans la paroisse de Saint Joseph, me siento reacio hacia el Instituto Roussel, cuya cesión no está aún asegurada.
Todavía no he visto al Padre Santo, porque antes he de preparar algunas cosas, de las que informaré a usted en seguida después de la audiencia.
Querido señor párroco, siga dispensándome su afecto. Todos los Salesianos rezarán por usted, por los señores de la Sociedad Beaujour, por todos los que nos ayudan a promover la mayor gloria de Dios. Escribiré cuanto antes al señor Obispo de Marsella.
La gracia de N. S. J. C. esté siempre con nosotros, y rece por mí, que seré siempre en el Señor.
Roma, 4 de marzo de 1879
Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Otra carta está dirigida al caballero Carlos Fava, viejo amigo y bienhechor del Beato.
Respetable y queridísimo caballero:
Desde esta santa Ciudad me es grato poderle agradecer los gestos de bondad, que en tantas circunstancias tuvo con nuestra casa, o mejor con nuestros pobres muchachos.
Todos los días rezamos por la conservación de su preciosa salud, la de su señora esposa y la de su padre.
Antes de fin de semana espero presentarme al Padre Santo y pedir para usted y para todas las personas, que usted me recomienda, particularmente su hija, una bendición especial.
Dios nos bendiga a todos y nos conserve en su santa gracia, mientras agradecido, me profeso.
Roma, 10 de marzo de 1879
Su seguro servidor y amigo. JUAN BOSCO, Pbro.
((86)) La última carta es de agradecimiento, recomendaciones y consejos a don Juan Marenco, para él y para sus muchachos de Lucca.
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Muy querido Marenco:
He recibido tu carta y la de tus alumnos que me han proporcionado una verdadera satisfacción. Os agradezco a todos de corazón los filiales afectos, que me demostráis. Asegura a tus alumnos y mis queridos amigos que procuraré con el mayor empeño corresponder al afecto que me tienen y rogaré por ellos y por ti.
Quiero pedir una bendición especial para vosotros al Padre Santo.
Pero vosotros, queridos hijos, esmeraos también en ayudarme con vuestra buena conducta. Dios os da tiempo y comodidad para estudiar practicar la religión. Sabed aprovecharos de ello.
Y si queréis darme una gran señal de afecto, rezad mucho por mí y comulgad una vez según mi intención. Dentro de poco si Dios quiere nos veremos de nuevo.
La gracia de N.S.J.C. esté siempre con nosotros. Creedme siempre, en los Corazones de Jesús y de María,
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P.S. Tu vero in omnibus labora, opus fac evangelistae, ministerium tuum viriliter imple, et Dominus dabit tibi voluntatem et potentiam s transeundi per bona temporalia ut non amittas aeterna 1. Después de las audiencias pontificias, el Beato solía mandar preparar por el secretario y firmar circulares manuscritas, con las que comunicaba a ciertos bienhechores una bendición especial del Santo Padre. No hacía falta que él presentase al Papa el nombre de todos; pues es sabido que el Papa extiende su bendición a todos aquéllos, para los que se tiene intención de pedirla. Así hizo también esta vez.Ha en el archivo respuestas, que atestiguan el ferviente agradecimiento con que eran recibidas estas comuniones.
1 II Tim., IV, 5 y del Oremus del tercer domingo después de Pentecostés, con modificaciones. «Tú, mientras tanto, sopórtalo todo, haz labor de evangelización, cumple esforzadamente tu ministerio, y el Señor te dará voluntad y fortaleza para pasar por los bienes temporales sin perder los eternos». 82 ((87))
CAPITULO IV
PRIMERAS MEDIDAS DE LAS AUTORIDADES ESCOLASTICAS PARA EL CIERRE DE LOS CURSOS DE BACHILLERATO EN EL ORATORIO
EN la larga y odiosa guerra urdida contra las escuelas del Oratorio las autoridades escolásticas actuaron como instrumentos, más o menos conscientes, de las sectas que, al pasar el poder gubernativo a manos de la izquierda parlamentaria, multiplicaron los ataques contra el florecimiento cada vez más creciente de las escuelas privadas, abiertas y dirigidas por eclesiásticos o religiosos. Sobre este tema tendremo tal vez, ocasión de hablar más veces; aquí expondremos solamente los hechos que se desarrollaron contra nuestra Casa Madre. Ahora, por tanto, suspendiendo la narración del regreso de don Bosco a Turín, nos detendremos en referir las primeras intentonas contra las escuelas d enseñanza media en Valdocco y la defensa que opuso el Siervo de Dios durante su estancia en Roma.
El primer documento, que apareció como para abrir el fuego, lleva fecha del 10 de octubre de 1878. En él el Consejo escolástico provincial apremiaba a don Bosco a no confiar las clases más que a profeso res provistos del título legal, que los habilitara para la enseñanza amenazando en caso contrario con medidas de rigor, sin excluir el cierre de las escuelas; exigíase, por tanto, que se enviara al real Delegado Provincial de estudios la lista de profesores para el curso 1878-79, con la indicación de los correspondientes títulos legales.
((88)) Don Bosco no contestó a esta orden expresa; el motivo es que, por el contrario, intentó obtener del Ministerio una permisión de tr años, durante los cuales pudiesen enseñar también profesores no titulados en las escuelas del Oratorio. En este sentido envió al diputado
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Coppino, Ministro de Instrucción Pública, la siguiente súplica:
Excelencia:
La gran solicitud, con que V. E. promueve y sostiene los Institutos, que tienen por fin la instrucción y educación de los hijos del pueblo, me anima a suplicarle me conceda un señaladísimo favor, apoyado únicamente en su conocida clemencia y 83
autoridad. Este favor se refiere al Instituto, conocido con el nombre de Oratorio de San Francisco de Sales, establecido en Turín. En él hay recogidos algunos centenares de muchachos pobres, enviados por las diversas autoridades del Estado, los cuales, mediante el aprendizaje d un arte u oficio o de las disciplinas literarias, se preparan para poder ganarse en su día el pan de la vida. Esta institución no tiene renta fija alguna y se sostiene sólo de la Providencia. Por este motivo, la autoridad escolástica nos trató siempre con benevolencia y, considerando estas escuelas como de enseñanza paternal y caritativa, como de hecho lo son, no puso nunca dificultades con relación a los títulos legales de los profesores; pero, ahora, el Real Delegado Provincial de Enseñanza me ha avisado que quiere que todos los profesores estén provisto de los respectivos titulos legales.
Esto sería un verdadero desastre para estos pobrecitos, pues un crecido número de ellos, de inteligencia despejada, se encontraría en la imposibilidad de alcanzar un puesto distinguido en el comercio, en el ejército, o en la enseñanza.
En tan grave necesidad, recurro suplicante a V. E. para que, a título de gracia, conceda que los actuales Profesores, reconocidos idóneos gracias a sus muchos años de enseñanza, sean autorizados, al menos por un trienio, a continuar su gratuito servicio en la respectiva clase. E este lapso de tiempo los mismos profesores alcanzarán la edad necesaria para los exámenes públicos y podrán proveerse del prescrito diploma de habilitación.
En nombre de los pobres jóvenes de este Instituto, pido este señalado favor, mientras ruego a Dios conceda días felices a V. E.
Con profunda gratitud tengo el alto honor de profesarme de V. E.
Turín, 1.º de noviembre de 1878
JUAN BOSCO, Pbro.
Un autógrafo de don Bosco, cuya copia, escrita y firmada por don Celestino Durando, fue unida a la súplica, contiene esta declaración: «El que suscribe, en su calidad de director ((89)) de estudios del Centro, llamado Oratorio de San Francisco de Sales, declara, de buen grado y con pleno conocimiento de causa, que los señores profesores (siguen los nombres y las clases) han prestado enseñanza en las respectivas clases con celo y con notable aprovechamiento del alumnado a ellos confiado, dando pruebas positivas y capacidad y aptitud e los diversos ramos de la enseñanza. Y, atendida su abnegación al enseñar gratuitamente a los niños pobres de este instituto, une esta súplic a S. E. el señor Ministro de Instrucción Pública, para que, a título de favor, se digne autorizarlos para seguir en la respectiva clase la enseñanza que vienen prestando desde hace años, etc. C. DURANDO».
Para no dejar nada sin intentar de cuanto pareciese útil para conjurar el peligro, recurrió también a los buenos oficios de su amigo israelita, el comendador Malvano, secretario general en el Ministerio de Asuntos Exteriores: 84
Honorabilísimo señor Comendador:
Me encuentro sumamente necesitado de su apoyo. He elevado una súplica al Ministerio de Instrucción Pública, para que las escuelas de este centro de muchachos pobres, sean consideradas como escuelas de caridad dirigidas por quien les hace las veces del padre, y, por consiguiente, sin que los profesores estén obligados a tener título legal. Esto debera tratarse tal vez el lunes o el martes. Desearía que los actuales profesores estén autorizados provisoriamente, o que se los admita a presentarse a los exámentes prescritos, aunque no tengan la edad necesaria, por un decreto ministerial.
Una palabra suya me sería muy favorable, especialmente para el nuevo ministro, que tal vez no conoce cómo esta casa es un verdadero orfanato y que la mayor parte de los alumnos han sido enviados aquí por las autoridades públicas.
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Confío en su bondad y tendremos un motivo mas para nuestra gratitud hacia usted, benemérito señor Comendador.
Acepte los saludos del profesor Pechenino y del profesor Durando; los dos aquí presentes mientras escribo, desean los recuerde a su benevolencia.
Dios le conserve en buena salud y en vida feliz y créame con sincera gratitud,
De V. S. Honorabilísima.
Turín, 19 de octubre de 1878
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
((90)) El Ministerio encargó al Gobernador que participara a don Bosco que, como ya había sucedido otra vez, ahora, muy a pesar suyo, no se podía hacer excepción a la ley general y que se confirmaba en todo y por todo la deliberación del Consejo escolástico provincial.
Al cumplir el encargo, el Gobernador rogaba por su cuenta a don Bosco que le enviara urgentemente la lista y los diplomas de los profesores; que era voluntad del Ministerio que, si don Bosco no obedecía a la invitación, se procediese a norma de la Ley. Don Bosco envió el 15 de noviembre los nombres de don Miguel Rúa, don Celestino Durando, don Juan Bonetti, don José Bertello y don Marcos Pechenino. A la lista de los profesores titulados quiso añadir también la nota de los profesores suplentes en cada clase, que no tenían ningú título. Hombre de empresas atrevidas como era, parece que con esto intentara obtener una aprobación implícita en favor de los no titulados
El siempre pensó que el Oratorio fuese reconocido como «casa paterna». Un par de semanas después, el Delegado Rho efectuó una inspección inesperada a todas las clases y locales del Oratorio, acompañado por el Delegado de Novara. Dos de los titulados, que estaban casa, tuvieron tiempo para hacerse cargo de su clase; en las demás se encontraron con los suplentes. El funcionario no ocultó al marcharse 85
su poco buena impresión; sin embargo, como había sido condiscípulo de don Bosco, se esperaba que, a título de amistad, procedería de buena forma. Pero era notorio que veía con malos ojos las casas salesianas, aunque en general sabía hacer buena cara y cubrir así sus teale intenciones.
Aquella visita había sido ordenada por el Consejo escolástico de Turín con el fin preciso de reconocer si los profesores poseían o no los títulos requeridos y si eran realmente los señalados en la lista. La información del Delegado fue desastrosa; por lo cual, el mismo Consejo aumentó la dosis, amenazando con severas medidas si antes del 30 de enero de 1879 no estaba todo en regla. A esta comunicación siguió, tras brevísimo intervalo, otro despacho oficial, con el que, en nombre del Gobernador ((91)) se rogaba a don Bosco tuviera a bien recibir e su oratorio a un muchacho pobre 1.
Otra visita, efectuada también por el Delegado el 7 de marzo con peor resultado que la primera, obligó a don Bosco a ocuparse inmediatamente del asunto. Mientras tanto, conoció por fuente segura dos circunstancias importantísimas para él, a saber: que el Ministeri al escribir al Delegado de Turín, habíale recordado la observancia de la ley, pero sin llegar a medidas de rigor y la iniciativa de la cuestión no había partido de Roma, sino de las autoridades locales, que pedían medidas superiores 2. Estos informes le facilitaron el camino. Cuand se trataba de atropellos por parte de las autoridades, don Bosco no se paraba en mitad del camino, sino que llegaba hasta lo último. El 15 d marzo pidió por escrito audiencia al ministro Depretis, presidente del Consejo; contestóle su jefe de Secretaría, el comendador Celesia de Vegliasco, diciendo que Su Excelencia lo recibiría aquel mismo día, de la una a las dos de la tarde, en el Ministerio de Gobernación.
Don Bosco acudió puntualmente. Hacía media hora que estaba esperando, cuando entró el Ministro. Púsose en pie al pasar a su lado aquiél, le saludó quitándose el sombrero y lo recibió inmediatamente. El recuerdo de Lanzo abrió la conversación, que duró tres cuartos de hora. El Beato le habló ante todo de las Misiones y díjole el Ministro que las quería proteger. Acometiendo después él la cuestión batallon con vagas alusiones a dificultades que le estorbaban el paso, el Ministro le observó que, habiéndose ya formado una opinión pública favorable, nada tenía que temer. A lo que replicó el Siervo de Dios recordando el mobile vulgus (vulgo veleta) de Salustio y entró en
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 7.
2 Véase: Apéndice, doc. núm. 8. 86
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materia a velas desplegadas. Depretis le escuchó con benevolencia, y le prometió que recomendaría sus escuelas al Ministro de Instrucción Pública. Se navegaba viento en popa. Entonces don Bosco intentó su golpe final. Con la ayuda de su amigo el señor Fernando ((92)) Fiore empleado en el Ministerio, había redactado un memorial a presentar al Jefe del Gobierno, para tener a su disposición los elementos en que apoyarse para concederle la facultad, que le pedía, de poner en las clases del Oratorio profesores sin título. Don Bosco le exponía el asunto en estos términos:
MEMORIA
Con el fin de ayudar a una institución, que se propone mejorar la clase más menesterosa de la sociedad civil, como es en realidad la juventud abandonada, y teniendo en cuenta que el centro llamado Oratorio de San Francisco de Sales en Turín:
1.° Fue considerado constantemente como obra de caridad, por las autoridades civiles y municipales, y proclamado como tal por el Senado del Reino y por la Cámara de Diputados;
2.° Que acudió muchas veces en ayuda de la autoridad pública, albergando a muchachos abandonados, y que, por eso, fue siempre favorecido, recomendado y socorrido por las autoridades mencionadas;
3.° Que las autoridades escolásticas, por más de treinta y seis años, le han dispensado de la obligación de tener profesores titulados en la enseñanza secundaria;
4.° Que los gastos para pagar profesores titulados gravaría excesivamente al Instituto, que carece de toda clase de recursos económicos; más, que tales gastos perjudicarían a los jóvenes internados en él, cuyo número tendríase necesariamente que reducir;
5.° Este Ministerio, por su parte, queriendo continuar prestando al Oratorio el apoyo que siempre ha recibido durante los anteriores ministerios, como asilo de caridad o «instituto paterno», donde don Bosco, sólo por espíritu de caridad, hace las veces de padre a los jóvenes en él asilados;
6.° Queriendo aplicar benignamente la ley de enseñanza de modo que resulte útil y no dañosa a la clase más necesitada de la sociedad;
7.° Deseando por último cooperar a la difusión de la enseñanza que ha llegado a ser obligatoria para las clases pobres y menos acomodadas;
Autoriza:
Al Reverendo Juan Bosco a impartir o hacer impartir la Enseñanza secundaria a los muchachos pobres de su pío instituto, sin obligación de poner en las respectivas clases profesores legalmente reconocidos.
El documento debía ir acompañado de una carta, que sirviera de presentación y, cuando lo pidiera la necesidad, de reclamación:
Excelencia:
Me encuentro en la necesidad de recomendar a V. E. la condición de los pobres jóvenes internados en el Oratorio de San Francisco de Sales en Turín. ((93)) Este
Instituto, como obra de beneficencia, destinado a muchachos pobres, no estuvo sometido en el pasado al rigor de la ley en cuanto a enseñanza. El gobierno, habida cuenta de que la mayor parte de nuestros alumnos son enviados por diversas Autoridades del Estado, no puso nunca dificultades en cuanto a los Profesores, que prestaban gratuitamente su servicio. Ahora quiere que los docentes, responsables d la clase, estén constantemente en la misma, sin que puedan ser sustituidos por otros. Por tanto, suplico a V. E. tenga a bien hablar con el Ministro de Instrucción Pública para que se digne considerar a nuestros muchachos como sometidos a la autoridad paterna y permitir que los profesores actuales puedan continuar su caritativa enseñanza a los alumnos, o bien, sean admitidos a los respectivos exámenes, aun cuando no haya cumplido todavía la edad reglamentaria.
Recomiendo humildemente a la caridad de V. E. a estos pobres hijos del pueblo, a los que me he dedicado totalmente, y espero confiadamente su paternal recomendación ante el Ministro de Instrucción Pública.
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Tengo el alto honor de poderme profesar, de Vuestra Excelencia.
Roma, 15 de marzo de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
El Ministro, por su parte, creyó oportuno recibir estas cartas, porque le parecía mejor partido no proceder por vía oficial y añadió con efusión:
-Cuando usted quiera hablarme, no hace falta que pida audiencia; venga y hágase anunciar simplemente; quiero que nos tratemos como amigos. Cuando organice la primera expedición de misioneros, dígamelo y el Gobiérno le ayudará; al menos, se le facilitarán los pasajes.
Por último, le dijo algunas cosas para comunicar al Papa, lo que don Bosco prometió cumplir. Al salir del palacio Braschi, sede a la sazó del Ministerio de Gobernación, don Bosco pasó al lado de un corro de diputados, de donde salió un saludo que alguien le dirigió en dialec piamontés. Poco antes don Joaquín Berto había oído decir en alta voz en una de las salas:
-Parece un santo.
Aquel tal señor Fiore había indicado a don Bosco al «severo comendador Barberis», persona muy influyente en el Ministerio, donde era Director General ((94)) de las escuelas secundarias. Todos le consideraban como hombre inaccesible a las recomendaciones y pasaba también por muy autoritario; pero don Bosco, que había sido compañero suyo de escuela, fue a verle, confiando en la antigua amistad. Le recibió en seguida y le entretuvo dos horas. Puesto que escribimos principalmente para nuestros Hermanos, que conocen el estilo de don
Bosco al describir encuentros de cualquier género, no dejaremos tampoco 88 aquí de reproducir el punto más saliente de la conversación en la forma dialogada de ataque y defensa, tal y como lo oyeron don Joaquín
Berto y otros de labios de él mismo y tomaron nota.
En un principio don Bosco trataba de usted al Comendador, lo mismo que el Comendador a don Bosco; pero, una vez roto el hielo, aqué se apresuró a decir:
-íDejémonos de ceremonias! Recordarás muy bien que fuimos compañeros de escuela. Tratémonos de tú; así hablaremos con más
confianza... Desde el puesto que ocupo, comprenderás que yo no hago distinción de personas.
-Pero tú podrías ayudarme, interrumpió don Bosco.
-Está la ley de por medio, querido. Yo no debo mirar otra cosa.
-Pero mira que la razón...
-El Consejo escolástico ha determinado, y es él quien tiene la razón.
-Pero haz el favor... Mira a ver si podrías inclinar al Ministro a sentimientos más benévolos...
-No puedo.
-Entiéndeme bien; yo no vengo a ti con pretensiones. Recurro a ti; aboga por mí, dame algún consejo.
-Sométete; esto es lo que sé decirte.
-Pero mira; yo tengo una pluma, díjole don Bosco casi en broma, y la historia dirá cómo fue tratado un pobre hombre, que no tenía más
intención que la de hacer el bien a la pobre juventud abandonada. -Escribe lo que quieras. Cuando yo haya desaparecido de la escena de este mundo, poco me importa lo que otros dirán de mí.
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((95)) -Mira, querido Comendador; es verdad que ahora ocupas este puesto, pero no estarás siempre en él... y el interpretar de esta mane la ley te acarrea mucha odiosidad... y cuando ya no ocupes este puesto, serás aborrecido.
Al oír estas palabras el señor Barberis, se quedó un momento pensativo y después dijo:
-Pero es preciso atenernos a las leyes.
-Está bien; pero las leyes admiten también una interpretación benigna, y no sólo odiosa.
-Basta ya; nunca tendrás nada que temer de mí. Es en Turín donde chillan, es el Consejo escolástico... de allá escriben acá... Procura ponerte en relación con los jefes de aquel Consejo.
Pasó después a indicarle la manera de cómo ponerse en regla. Por último concluyó: 89
-Mira, vete en seguida a ver si puedes hablar con el Ministro Coppino o, por lo menos, con el Secretario General el comendador Bosio.
Por ciertas frases de su interlocutor, quedó don Bosco seguro de algo en lo que siempre había dudado mucho. Todos los años se presentaban unos treinta alumnos del Oratorio al examen de reválida de bachillerato compitiendo con los alumnos de las escuelas oficiales no raras veces superandolos. Este éxito, que daba en los nervios a ciertos magnates, despertó envidias, dio lugar a celos y creó enemigos entre los que no podían tolerar que los institutos públicos quedaran tan mal, en comparación con las escuelas de don Bosco. Esta era una d las causas de la guerra.
Don Bosco, ateniéndose al consejo del señor Barberis, fue a ver al comendador Bosio, Secretario General del Ministerio de Instrucción Pública; cualquier intento ante el ministro Coppino era como pedir peras al olmo; la experiencia del pasado demostraba la inutilidad de es recurso. El Comendador quedó encantado de recibir en su despacho a don Bosco, a quien deseaba ardientemente conocer; le entretuvo dos horas y le dio útiles consejos sobre cómo conducirse con respecto a los profesores.
Mientras don Bosco subía y bajaba tantas escaleras en Roma, ((96)) el Delegado de Turín presentaba al Consejo escolástico el día 25 de marzo la relación oficial de la segunda inspección, que él había hecho al Oratorio.
«He encontrado, decía, a los alumnos en perfecto orden en las aulas; pero, como era de prever, todos los cursos, excepto el primero, estaban dirigidos por jóvenes clérigos y sacerdotes salesianos, que en la inspección anterior habían sido calificados de suplentes de los profesores consignados en la lista del personal docente del Centro. Estaba, también, es cierto, en el Instituto el Profesor titular del cuarto curso, pero no se personó en el aula, hasta que supo que yo pasaba de una a otra clase para cerciorarme de quién impartía realmente la enseñanza. Otro profesor, informado por lo visto de la inspección, que se estaba haciendo, llegó jadeante cuando yo había cumplido el encargo que se me había confiado, y había pasado ya el tiempo de la lección».
El profesor, que «llegó jadeante» era don Marcos Pechenino, el autor de los diccionarios griegos y de las todavía buscadas Formas verbales. Este, al salir del Oratorio después de aquella inspección, cometió la imprudencia de decir a un individuo a quien creía amigo suy 90
-íSe la hemos jugado al Delegado!
Jactancia de pequeña monta, que el celoso individuo se apresuró a contar, haciendo enfurecer al arisco funcionario.
Consignada en las actas la relación del Delegado, el Consejo escolástico deliberó proponer al Ministerio el cierre del Bachillerato del Oratorio de San Francisco de Sales. Don Bosco, seguro ya de que en Roma no había la más mínima ojeriza contra sus escuelas, tomó el partido de Fabio Máximo: a saber, mantener viva la cuestión, dando largas al asunto. De esta manera, se llegaba hasta el fin del año escola se cerraban, si lo pedía el caso, las escuelas, y después se recurriría a otros expedientes para el curso siguiente.
No pasaremos por alto que, durante aquellos amagos de borrasca, se levantó en Turín alguna voz honrada en defensa de don Bosco, aun desde el campo liberal. El abogado Giustina, que firmaba en los diarios con el seudónimo ((97)) de Ausonio Líberi, director de la Cronaca dei Tribunali 1 publicó un artículo titulado «Algo de piedad y... de justicia», vibrante de admiración hacia don Bosco. Le llamaba «ciudadano leal», honra de la ciudad de Turín, ante el cual él se inclinaba respetando en su persona «no al sacerdote, sino al ángel de la beneficencia pública, al apóstol de Cristo»; y, apelando a los periodistas, añadía: «Aquí no se trata de abogar por ningún partido. Ante la beneficencia pública, desaparecen los bandos, queda la humanidad compacta de voluntarios generosos, que dedican sus actividades al interés público, a la moralidad pública». íOjalá se hubiese mostrado siempre tan ecuánime este señor Giustina!
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Y precisamente cuando más le angustiaban estas preocupaciones, que se habían sumado a otras, las cuales tanto que hacer le daban en Roma, él decía tranquilamente a los suyos que también esto se arreglaría de algún modo.
«íCalma propia de los Santos!», comentaba don Juan Bonetti, escribiendo acerca de esto, a Turín 2.
1 Revista forense de Turín, año II, núm. 10 (8 de marzo de 1879).
2 Carta a don Miguel Rúa, Roma, 10 de marzo de 1879. 91 ((98))
CAPITULO V
VIAJE DE REGRESO AL ORATORIO
NO se comprendería fácilmente cómo podía don Bosco pasar tranquilo meses y meses lejos del Oratorio, si no se supiese que tenía allí al providencial don Miguel Rúa, que tanto hacía y tan poco o nada aparentaba. Si, por un lado, fue don Miguel Rúa la obra maestra de don Bosco, por otro debe ser considerado como el verdadero adiutorium simile sibi (ayuda semejante a sí), que Dios le dio para que nada estorbase su libertad para desarrollar por entero su misión. No queremos repetir lo ya dicho; pero queremos reclamar la atención de los lectores sobre un punto.
En la Exposición a la Santa Sede, ya mencionada, y de la que daremos cuenta, se lee una fugaz alusión a la situación económica: «Hay, s dice en ella, algunas deudas, pero tenemos inmuebles en venta con valor suficiente para pagarlas». Exacto. Había, en efecto, por ejemplo l fincas que el barón Bianco di Barbania había dejado en su testamento a don Bosco valoradas a alto precio. Pero con la gran dificultad de que todavía no se había vendido nada, ni se hallaba la manera de vender en condiciones satisfactorias; y, en tanto, los apuros se agravaban cada día más. Don Miguel Rúa no ocultaba a las personas de su mayor intimidad que la Congregación nunca se había encontrado en tan crítica situación. La rifa producía cada día sus buenos frutos, y don Bosco había determinado no cerrarla hasta que no hubiera producido cien mil liras; mas estas cantidades diarias ((99)) sólo bastaban para tapar momentáneamente alguno de los muchos agujeros. En momento tan difíciles, sin un hombre de la calma, habilidad y competencia de don Miguel Rúa, el malestar económico habría producido juntamente con la pérdida del crédito en los ambientes externos, el malestar moral en el interior del Instituto y las consabidas consecuencias, que son desconcierto y la ruina. Por el contrario, el pensamiento de todos descansaba sereno en don Bosco, ausente en tierras lejanas, sin que, ni lo más íntimos conocedores de los secretos de familia, advirtieran cuánta parte del mérito de tan apacible vivir correspondía a don Miguel Rúa. Pues, a la par que su 92
prudencia le enseñaba a tratar los negocios con sabiduría, su virtud lo guiaba hasta alcanzar las metas deseadas en silencio y sin darse a ve
Seguía urgiéndole a don Bosco encontrarse en el Oratorio para semana santa, que ya podía considerarse casi inminente; pero, era algo largo el rodeo, que se había propuesto hacer a su regreso. Salió de Roma el día 28 de marzo por la mañana, camino de Florencia, para encontrarse en la estación de Orte con don Juan Bonetti, al que había dejado en Magliano. En la capital toscana damos con nombres que pertenecen a los anales de la cooperación salesiana, los Nerli, los Uguccioni, el dominico padre Verda, menos conocido, pero gran propagandista de las Lecturas Católicas y de la Biblioteca de clásicos italianos. El Beato, junto con sus dos compañeros de viaje, fue huésped de la marquesa Nerli, que los mandó a esperar con su coche. Satisfizo la piedad de la marquesa Uguccioni, que estaba enferma, yendo a celebrar en su oratorio privado, visitándola y platicando con ella de cosas espirituales. Celebró también en el monasterio de Santa María de los Angeles, donde se conserva el cuerpo de santa María Magdalena de Pazzi y, después de la misa, dirigió unas palabras de consuelo a las pobres monjas, víctimas de las expoliaciones sectarias.
En casa Nerli le visitaron muchas personas, entre las cuales la condesa Digny. Se dio prisa para ir a saludar al Arzobispo, monseñor Cecconi, que lo recibió con alegría, y le dijo:
-Me pongo en sus manos por lo que toca a la casa para muchachos pobres que se propone abrir en Florencia. Dígame qué debo ((100)) hacer y yo haré todo lo que me diga.
Aludía con estas palabras a las primeras gestiones de una obra que iba a establecerse en aquella ciudad.
Desde Florencia pudo, por fin, escribir de su puño y letra una carta al canónigo Guiol, que le había enviado a Roma una breve monografía, escrita por su coadjutor Mendre, acerca de don Bosco y su Congregación 1.
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Queridísimo Señor Cura-párroco:
He recibido el opúsculo del reverendo Mendre. Es un trabajo clásico en su género. Pero me he ruborizado más de una vez ante los grand elogios que tributa a mi pobre persona. Todo sea para la mayor gloria de Dios y en favor de la Obra que se
1 L. MENDRE, prÛtre, Don Bosco PrÛtre, Fondateur de la Congrégation des Salésiens. Reseña de su obra. El oratorio de san León en Marsella y los oratorios salesianos fundados en Francia, Marsella, Tip. de Mario Olive, 1879. 93
quiere recomendar. Se lo agradezco a él y a V. S. El Padre Santo agradeció los dos ejemplares que le presenté. Envía por ello a los dos una bendición especial.
Su Santidad se entretuvo conversando sobre el Oratorio de San León, repitió varias veces que agradecía la labor de los promotores de la Obra y los bendecía de todo corazón. Además encargó una estampita para usted y otra para el señor Rostand, pero antes de enviarlas tengo que aguardar a que estén terminadas 1.
Estoy camino de Turín y, apenas llegue, dispondré cuanto sea necesario para Marsella y las dos escuelas agrícolas de Saint-Cyr y La Navarre.
íCuántas cosas sería preciso decirnos de viva voz! Espero que lo haremos el próximo mayo.
Tendré que escribir cuanto antes a las señoras Jacques y Prat y a otros; pero, ruégole desde ahora comunique a todos una especial bendición del Sumo Pontífice. Si los ejemplares de nuestro opúsculo están a la venta, tenga la bondad de enviarme diez a Turín. Los que m envió a Roma desaparecieron como el humo.
Rece por mí, querido señor Cura, y, con perfecta estimación, afecto y gratitud, créame siempre en J. C.
Florencia, 29 marzo de 1979
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Es la primera carta que escribo, después de cuatro meses. ((101)) Digamos algo de este elegante opúsculo. Se divide en dos partes. En la primera, el autor presenta la misión de don Bosco y su método educativo, partiendo para aquella del episodio de Bartolomé Garelli y para éste del de la cárcel de la Generala, descritos los dos co dramática maestría. Misión de don Bosco es cuidarse de la juventud pobre y desamparada. Y aquí protesta el autor que no quiere hacer el panegírico de su persona. «Su modestia, dice, no lo permitiría y, además, resultaría demasiado difícil hablar de él dignamente. Nosotros no dirigimos a las almas ardientes de celo por las obras verdaderamente católicas y, sin hablar de las virtudes de don Bosco, nos basta dar a conocer sus Obras». El método de don Bosco para tratar con la juventud es la caridad de N. S. J. C.; con ella ha ganado un puesto muy distinguido entre los que en la Iglesia han asimilado más que ninguno y hecho carne y sangre de su vida las palabras del divino Maestro: Dejad que los niños vengan a mí. Después de presentar al Siervo de Dios, entregado a su obra en los azarosos avatares de su oratorio festivo, concluye esta parte con estas palabras: «Cuando uno ha visto un granito de mostaza y luego es llamado a contemplarlo transformado en alta planta, no puede dejar de prorrumpir en esta
1 Alude jocosamente a las condecoraciones, pedidas por él para los dos. 94
exclamación: íCuántas gotas de agua y cuántos rayos de sol ha tenido que prodigar la Providencia de Dios al tronco, para proporcionarle sabiamente el calor del día y el frescor de la noche!». Sigue después con la historia del asilo y las escuelas profesionales cristianas, que transformaron el Oratorio de una «inmensa colmena, donde cada uno trabaja con santo entusiasmo, produciendo obras de tanto valor como
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la miel de las más selectas y solertes abejas». El paso a la segunda parte está encabezado por una reseña sobre los principios de la Congregación, que, después de extenderse ampliamente por Italia y avanzar hasta la lejana América, atravesó también los Alpes occidentales para establecerse en Francia.
En esta segunda parte, el escritor, después de poner en evidencia la necesidad de atender cristianamente en Francia a la juventud obrera, abriendo escuelas profesionales cristianas, y después de exponer ((102)) los muchos intentos ya hechos en Marsella, pero con resultados insuficientes por causa de los métodos introducidos, saluda la llegada de los hijos de don Bosco, que crearán allí los talleres cristianos, como dan prueba de saberlo hacer en Niza, con las escuelas de artes y oficios, y como se disponen a hacerlo en las cercanías de la Crau d'Hyères, con las escuelas agrícolas. Cita aquí una reciente recomendación de León XIII alentando a iniciativas de esta clase 1.
Termina el autor invitando a todos los verdaderos católicos a hacerse Cooperadores salesianos y formulando este voto: «íOjalá puedan todas nuestras ciudades de Francia apoyar con abundantes limosnas la formación de estos talleres cristianos. Los Oratorios de San León, d San Pedro y de San Isidro, nos darán pronto, sin duda, el consolador espectáculo de las maravillas, que se realizan continuamente en el Oratorio de San Francisco de Sales en Turín. Favorecer las obras de don Bosco es actuar como buen católico y es, por consiguiente, saber comprender y tutelar los intereses de la patria. Nuestra tierra de Francia, donde todas las obras inspiradas por la caridad católica tienen la seguridad de encontrar protectores generosos, no se mostrará, así lo esperamos, menos propicia que el suelo de Italia con las instituciones de don Bosco. Dichosos los que contemplarán el granito de mostaza transformado en un hermoso árbol; pero más felices todavía los que puedan decir de sí mismos que han contribuido con abundantes limosnas a su desarrollo y consolidación» 2.
1 Encíclica Quod apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878.
2 Son cincuenta páginas, en dieciseisavo y muy buen papel, que se leen aún ahora con verdadero deleite. 95
Recibidas y devueltas gran número de visitas, el Siervo de Dios salió de Florencia para ir a Bolonia, el día 31. La condesa María Malvas fue a recibirle a la estación, y lo llevó a su palacio, donde le asignó a él y a sus dos acompañantes un cómodo aposento, totalmente independiente. El primer pensamiento del Beato fue visitar al cardenal arzobispo, Lúcido María Parocchi, que agradeció muchísimo la vis e invitó ((103)) a todos para el día siguiente. Su Eminencia tenía muchas y buenas razones para prodigarle atenciones, como lo hizo; sabía en efecto, cuánto, de acuerdo con León XIII y con el Secretario de Estado, se había interesado en Roma y seguía interesándose por su penosa situación: había sido promovido de la sede de Pavía al Arzobispado de Bolonia el 13 de marzo de 1877 y, después de haber hecho ingreso en su catedral, no lograba se le concediera el exequatur. El senador Pépoli, en la sesión parlamentaria del 23 de enero de 1879, había reiterado en la Cámara de Senadores su interrogación del porqué de aquella negativa. El ministro Taiani contestó que, como en el Vaticano soplaban «vientos más suaves», se podría también suavizar la austeridad de las negativas del exequatur; pero tuvo la osadía de decir que «íno se podía presumir que, al bajar Pío IX a la tumba», hubieran «bajado con él todas las iras y rencores!».
Viniendo después al caso, justificó la actitud ministerial con el Arzobispo de Bolonia, alegando la oposición de las autoridades locales, como la del Gobernador, la de la Comisaría General de Policía, y la de los Magistrados.
Es probable que León XIII desease que don Bosco fuera a Roma para facilitar a la Secretaría de Estado las difíciles y delicadas negociaciones. Con otros Obispos el Gobierno se avino realmente a un proceder más benigno, pero con el de Bolonia se mantenía irreductible. Sabedor el Beato de que el fuerte de la oposición estaba en los bandos políticos locales que hacían pasar falsamente a Parocchi por intransigente peligroso, esperaba vencer la resistencia sobre el terreno acudiendo al Gobernador. Este celo le granjeó el ánimo del Cardena que, al cerciorarse de estos intentos, depuso ciertas prevenciones que tenía contra el Siervo de Dios, como lo demostraron los hechos. El marqués Bevilacqua, firme siempre en su propósito de dotar a Bolonia de un centro de beneficencia para la juventud más necesitada, había llevado el asunto tan adelante que estaba a punto de ir a Roma para ponerlo todo en manos de don Bosco; pero, cuando habló al Cardenal su intento, éste en un principio negó su asentimiento y acudió a otra Congregación, la cual declinó el ofrecimiento por falta de personal. Entonces, al enterarse del interés que ((104)) don Bosco había puesto 96
en Roma y en Bolonia por la defensa de su causa, cambió radicalmente de idea.
Así, pues, resuelto el Siervo de Dios a actuar personalmente con el Gobernador, fue a visitarle. La primera vez le dijeron que no estaba; volvió al día siguiente, lo encontró, y fue recibido. El Gobernador creyó que don Bosco se presentaba a él para pedirle dinero; y así, despu de los cumplidos de costumbre, le dijo:
-Ya se sabe; don Bosco va siempre mendigando para sus muchachos.
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-Sí,. es cierto; respondió. Este es mi oficio; pero ahora no estoy aquí para pedirle limosna, he venido únicamente para saludar a la autoridad.
-»Cómo puede ser esto, si usted es superior a los Diputados y a los mismos Ministros: ...Cuando se habla de usted todos nos descubrimo
Quizá había en estas palabras su tantico de ironía, quizá quiso el interlocutor dar largas al asunto; el hecho es que la conversación duró e aquel tono un buen rato. Pero, en cuanto al objeto que más interesaba a don Bosco, el resultado fue nulo, pues el rencor sectario no cejó. Transcurridos inútilmente cinco años, León XIII, para poner remedio a aquel estado violento de cosas, llamó a Roma al cardenal Parocchi lo nombró su Vicario. Allí, como veremos, se encontró de nuevo con don Bosco en circunstancias de gran importancia para la Congregación.
El Beato celebraba en el oratorio privado de la condesa, que se mostraba espléndida en su hospitalidad, y acudían al Santo Sacrificio personas tan distinguidas como la señora Zambeccari, que después hablaba largo tiempo con él sobre la manera de llevar a término cuanto antes las fundaciones, con que ella soñaba y a las que ya hemos aludido en otro lugar.
El día 2 de abril por la tarde llegó a Este. Fue llevado directamente a casa de su gran bienhechor Benedicto Pelà, porque, celebrándose precisamente aquel día su setenta y nueve cumpleaños, ofrecía un banquete a los amigos y quería a toda costa que don Bosco honrase su mesa. La alegría, que experimentó aquella dignísima persona, ((105)) al ver al Siervo de Dios, no es para expresarlo con palabras. Pero el bueno del señor Benedicto estaba a mil leguas de esperar la sorpresa, que le tocó. En lo mejor del banquete don Bosco se levantó a hablar pronunció un precioso brindis, alabando el celo y la benevolencia de los ciudadanos de Este con los pobres Salesianos y dando a todos las gracias de corazón; pero a continuación dio una noticia, que dejó pasmado al anfitrión. 97
-Me alegro, dijo, en tan hermosa ocasión de poder saludar al señor Benedicto Pelà, Caballero de la Orden de San Silvestre. El Padre San lo ha condecorado con estas honrosas insignias, para darle una prueba de su pontificio agradecimiento por todo lo que está haciendo en favor del nuevo colegio salesiano y por el bien de la juventud cristiana.
Los convidados estaban vivamente emocionados y el señor Pelà lloraba de consuelo. No podía imaginarse una fiesta más cordial y más alegre 1.
Desde allí pasó el Beato al colegio. La caridad del señor Benedicto había pensado en todo, incluso en los visillos para las habitaciones que le habían destinado, pues los quería algo oscuros por causa de la vista. Al día siguiente, fue a visitarlo con su amigo, Antonio Venturin y sacando del bolsillo un título de la deuda pública de ocho mil liras prestadas a don Antonio Sala, le rogó lo aceptara como un obsequio, que quería hacerle, declarándose siempre dispuesto a cualquier gasto con tal de ver pronto el local plenamente arreglado para satisfacer las exigencias de un internado salesiano. El caballero fue siempre un verdadero padre para el colegio Manfredini.
Vive en Este un nieto del mencionado señor Antonio Venturini, el doctor Francisco del mismo apellido, alumno del colegio desde 1878 1886 que asegura un hecho extraordinario acaecido por entonces en su casa. Su madre estaba enferma de metrorragia grave por vegetaciones de la mucosa uterina. El médico de cabecera Zannini y los cirujanos Morroni de Monsélice y Sommariva de Este estuvieron acuerdo ((106)) en calificar de grave el estado de la enferma. La familia pidió también el parecer del profesor Vanzetti, de la real Universidad de Padua, que opinó como los otros y emitió claramente un juicio desesperado, confirmado, además, por el gran desgaste orgánico.
El padre del marido rogó a don Bosco en el segundo día de permanencia en Este que pasara por su casa. Condescendió el Beato. Le llevaron a la presencia de la enferma y le preguntó si tenía confianza en María Auxiliadora. Conmovida ella contestó que tenía muchísima Don Bosco le entregó una estampa de María Auxiliadora, para que la colocara bajo la almohada y le invitó a rezar con él una Avemaría; después le dio la bendición y, asegurándole que la Virgen le obtendría la curación, se despidió. En efecto, a los pocos días la señora volvió
1 Los Breves para esta y otras condecoraciones no llegaron hasta julio (véase apéndice, doc. núm. 13). 98
reunirse con sus familiares, tan perfectamente curada como para volver a reanudar sus acostumbradas ocupaciones 1.
Un viento furioso acompañado de lluvia torrencial, obligó a don Bosco a prorrogar su estancia en el colegio un día más, impidiéndole ponerse de viaje para ir a ver al obispo de Padua, como había determinado. Así pudo dar una conferencia a los Cooperadores salesianos de Este... Habló en un salón del colegio ante un numeroso auditorio de eclesiásticos, y nobles señores. Terminada la conferencia, pasaron a la capilla para la bendición, y ninguno quiso marcharse sin antes besar la mano a don Bosco, recibir su bendición y oír una palabra de consuelo. Muchísimos le besaron el manteo o la sotana.
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Hasta entonces las conferencias salesianas habían sido preparadas y pronunciadas siempre por el mismo don Bosco en Este, en Roma do veces, en Turín, en Marsella, Niza, Alassio, Lucca; mas he aquí que una relación impresa, fechada a 25 de marzo le informaba que los Cooperadores de Módena, reunidos según las normas establecidas, habían tenido su conferencia en la ((107)) iglesia de la Bienaventurada Virgen del Paraíso. El hecho es digno de ser recordado, por ser la primera vez que, en un gran centro, los Cooperadores organizaron por sí mismos las actividades de la asociación; lo cual indica claramente lo bien encaminada que estaba en aquella ciudad; por lo tanto, no hay q mencionarlo solamente como de pasada.
El Arzobispo, monseñor José María Guidelli, de los condes Guidi, cooperador salesiano desde algunos años atrás, se hizo representar en la conferencia por su vicario general, monseñor Próspero Curti. El prior de Santa Inés, don Enrique Adami fue el orador designado. Descritos los nuevos peligros, que corría la juventud, señaló a don Bosco como el hombre suscitado por Dios para salvarla por medio de la Congregación Salesiana, cuya historia expuso brevemente; habló después de los Cooperadores salesianos, qué eran y qué hacían, y resolvi una dificultad. »Faltaban acaso en Módena instituciones juveniles de carácter popular? »Era tal vez deficiente el celo de los fieles para ayudar al clero? »A qué, pues, una nueva unión? Y respondió:
«La Pía Sociedad de los Cooperadores Salesianos no hace más que proponeros que os unáis en santa alianza para hacer más eficaz vuest labor, ofreceros beneficios espirituales en recompensa de vuestros trabajos, rogaros que promováis cada día más el bien de la juventud y animar a otros a ayudaros para sostener, promover y favorecer con
1 Relación del doctor Francisco Venturini, Este, 29 de agosto de 1931. 99
todas las fuerzas las instituciones educativas, que tenemos en nuestra ciudad».
Terminó dirigiendo una calurosa invitación al corazón de los presentes, para que cada uno ofreciese su esfuerzo, pero, a ejemplo de don Bosco, uniendo las fuerzas y trabajando unidos. Un telegrama del cardenal Nina anunció la bendición del Papa a aquella «primera reunión decía, de Cooperadores Salesianos».
Todo esto agradó a don Bosco; pero mereció una alabanza especial de su parte lo que se leía al final de la relación, pues estaba inspirado por una acertada comprensión del espíritu, que debe animar a los Cooperadores Salesianos. «Se comunicaron después a los asistentes los cargos; a saber, que como Superior se consideraría siempre conforme al Reglamento, a don Bosco, y con el asentimiento ((108)) de éste y del Ordinario, como Presidente de la Sección de Módena, al Ilmo. y Rvmo. Mons. Severino Roncati, el cual nombraba como Vicepresiderites al M. R. señor Cura párroco de San Pedro y al M. R. señor Prior de San Bernabé, como Secretario al Exmo. señor Doctor Luis Marchi_ y como cajero al Exmo. señor marqués Doctor don Julio Campori. El secretario leyó todavía un apéndice del Reglamento de los Cooperadores, concerniente a esta sección de Módena, y se discutió brevemente la manera de contribuir con ésta misma a la educación cristiana de la juventud; y se aprobó que cada año se enviaría, al menos una vez, de conformidad con el Reglamento, una limosna al Superior de Turín en favor de las casas y misiones de la Congregación Salesiana; que los socios activos se prestarían para enseñar la doctrina cristiana en las parroquias y en el Oratorio; que con la caja de la Sociedad se ayudaría a la Unión de los Hijos de María, a la Biblioteca gratuita popular para la juventud, a las diversiones festivas y al salón de reuniones y, por de pronto, se organizaría una rifa para recoger dinero; en cada sección se haría una colecta y los socios bienhechores contribuirían con veinticinco céntimos, por lo menos, mensualmente».
Se cerró el acto con el Iste Confessor y la bendición con la reliquia de San Francisco de Sales, que juntamente con la imagen del Santo estaba expuesta sobre el altar.
Ya de noche, después de la cena, don Bosco salió para Padua. El obispo, monseñor Manfredini, con sus ochenta y seis años, estuvo aguardándole para darle al bienvenida y ofrecerle hospitalidad en su palacio. A la mañana siguiente, fue a celebrar en la catedral con don Juan Bonetti y don Joaquín Berto. En la ciudad no visitó más que a la condesa Da Río. A las once de la noche llegaba a Milán y se hospedaba 100 en casa de su gran amigo el abogado Comaschi. Aquel día, 5 de abril, habían vuelto a Valdocco, de su viaje por Sicilia y por Italia, don Juan Cagliero y don Celestino Durando.
Durante los cuatro días que estuvo en Milán, visitó a varias personas enfermas, y les dio la bendición de María Auxiliadora. ((109)) El joven Bonola, que había sido alumno del colegio de Valsálice, se cayó del tranvía y se fracturó una pierna, por lo que debió someterse a la amputación. Se encontraba aquellos días en peligro de muerte. Don Bosco lo bendijo, le dio una medalla de la Virgen y al momento comenzó a sentirse mejor; así se mantuvo hasta la tarde del día siguiente, en que volvió a empeorar 1.
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Fue a visitar al Párroco de la Inmaculada, reverendo Usuelli, pero no lo encontró porque estaba ausente; halló, en cambio, a la sirvienta, que llevaba cuatro años imposibilitada, sin poder moverse, si alguien no la sostenía. Bendecida e invitada a ponerse en pie sin auxilio de nadie, la mujer obedeció; y, al ordenarle que fuera a la cocina, allá fue rebosante de alegría.
Volvió don Bosco al día siguiente y el reverendo Usuelli le enseñó todo su colegio, siempre con la esperanza de que asumiese su dirección, comenzando por la sección de aprendices. El Arzobispo, que fue cordialísimo con el Siervo de Dios y prolongó la conversación con él por espacio de dos horas, veía con buenos ojos la ida de los Salesianos a su ciudad.
-Por lo menos, dijo, ítendré junto a mí buenos amigos!
Pero él prefería que se pensara inmediatamente en la sección de estudiantes. De la misma opinión era también don Bosco; pero los
1 El joven murió antes de agosto, como se deduce de esta carta del Beato a su madre, la noble señora Sofía Bonola Mattei:
Estimadísima Señora:
Recuerdo todavía con gran pena el estado desconsolador en que vi y dejé a su hijo, de siempre grata memoria. He rezado por él, mientra estuvo enfermo, y sigo rezando después de muerto, y espero que a estas horas haya sido recibido a gozar la paz eterna del Cielo.
No dejaré de hacer especiales oraciones por usted, por su señor esposo y toda su familia. Haga Dios que reciba usted de ella dulces consuelos en la vida y que pueda verla un día toda feliz en el paraiso.
Dios la bendiga y ruegue por mí, que seré siempre en J. C.
Turín, 19 de agosto de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro
P. D. Recibidas las 10 liras para la rifa y las 5 de limosna, por la misa celebrada. 101 aprendices tenían que servir de mampara para los estudiantes, ante las autoridades escolásticas, demasiado severas contra las escuelas privadas. Quedó establecido que para fines de mayo se ((110)) firmaría el contrato; pero... del dicho al hecho hay un gran trecho. El reverendo Usuelli era un hombre indeciso; cuando llegaba la hora de tomar una determinación, aún quería seguir tratando. Por lo cual, cortésmente, se le hizo comprender que renunciara al pensamiento de tener allí a los Salesianos.
Milán era la última etapa. La noticia de que el 9 por la tarde don Bosco llegaría de nuevo al Oratorio, llenó de alegría a toda la casa. Hacía tres meses y medio que no le veían. Aquel día, después del oficio de tinieblas (era el miércoles santo), la impaciencia general se sobrepuso a todo lo que no fuera ultimar los preparativos o contar los minutos.
Don Bosco llegó a la hora de la cena. El griterío de los muchachos ahogaba las notas de la banda. Las dos largas y apretadas filas, entre las cuales tenía que pasar, para recibir el saludo de sus hijos, se deshicieron en un santiamén y no fue posible contener el ímpetu, con que todos se lanzaron hacia don Bosco y se agolparon a su alrededor. íYa podían agitarse y desgañitarse don José Lazzero, don Juan Cagliero y don Julio Barberis! Se necesitó, al menos media hora, para que don Bosco atravesara el patio, subiera a sus habitaciones y bajara inmediatamente al comedor.
Sobrevino entonces ese sentimiento de tranquilidad que reina en una familia, cuando se sabe que está en ella el padre. Este cambio de afectuosos sentimientos, que unen los hijos al padre, culminó en dos momentos especiales, de místico silencio el uno, y de alegre animació el otro. El jueves santo, atardecía cuando don Bosco, en la iglesia de María Auxiliadora, delante de toda la comunidad, efectuó el lavatorio de los pies; una escena, que si bien se repetía cada año, sin embargo, siempre parecía nueva y enternecía suavemente los corazones. Por fin el domingo de Pascua, una velada recreativa, preparada cuidadosamente para festejar el suspirado retorno, proporcionó a todos, entre cantos, música y declamaciones una hora de la más franca y pura alegría.
El Beato, debido al estado de su vista, no pudo escribir cartas a los bienhechores felicitándoles las Pascuas: sin embargo, encontramos q
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dictó al secretario este escrito para el caballero Fava:
((111)) Queridísimo Caballero:
Llego de Roma y me apresuro a comunicarle que el Padre Santo renueva una 102
especial bendición sobre usted, su señora esposa y su hija. Que Dios les conserve a todos en buena salud.
Acepte también mis augurios de unas felices fiestas y los sentimientos de gratitud, con los que tengo el honor de profesarme,
De V.S.C.
Turín, 10 de abril de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Don Miguel Rúa suplió lo que no podía hacer el Beato con una circular de invitación a la velada. Después de notificar en ella que los muchachos «deseosos de celebrar el feliz retorno de don Bosco, su amadísimo Rector», ofrecerían, en la solemnidad de la Pascua, una velada literaria y musical, aprovechaba la ocasión «para desear cordialmente de parte de la familia» del Oratorio «toda suerte de bendicion para las inminentes fiestas de Pascua».
Perduraba en el Oratorio la costumbre de no tomar nunca deliberación de alguna importancia, sin hablar antes de ello con don Bosco o sin escribirle. Como entonces se estaba aguardando de un día para otro su llegada, había muchos asuntos pendientes; por lo cual, apenas llegado de su largo y ajetreado viaje, se encontró en medio de otros múltiples asuntos. Digamos de ellos lo poco que nos ha sido posible conocer.
Ante todo, acerca de la marcha de la casa. Don José Lazzero y don Julio Barberis le informaron sobre los jóvenes y sobre los clérigos; si había enfermos, quién había cometido alguna falta notable, quiénes sobresalían por su buena conducta, cómo marchaba el trabajo y el estudio. El Director del Oratorio le dio los nombres de tres jóvenes que perjudicaban a los compañeros con su mala conducta y le pidió permiso para despedirlos como había parecido oportuno. Preguntó don Bosco si eran chicos mayorcitos o pequeños; al oír que pertenecían las clases superiores y no habían dado esperanza alguna de buen resultado, le dijo que ejecutara inmediatamente su sentencia. ((112)) De ordinario él confiaba mucho en el arrepentimiento de los alumnos más jóvenes y en aquellos casos en los que, aun habiendo habido una falta grave, por ejemplo una contestación arrogante o una desobediencia pública, sin embargo no se trataba más que de un hecho aislado, dentro de una conducta ejemplarmente buena en su conjunto. Por el contrario, cuando se trataba de un muchacho, que llevaba ya mucho tiempo en el Oratorio y aunque no fuera malo, se manifestaba constantemente frío e indiferente, entonces no se podía esperar 103
de él gran cosa, y permitía que se tomasen las decisiones que se juzgasen más oportunas al caso.
También el Maestro de novicios tenía dos casos, para cuya solución esperaba luces de don Bosco. Había en el noviciado un subdiácono francés, exprofeso cartujo que había sido aceptado por recomendación del Superior General de la Gran Cartuja de Grenoble; era piadoso, dispuesto a reconocer sus fallos y mañoso para muchas cosas, pero tenía un carácter un tanto colérico que, en ausencia de don Bosco, le había ocasionado dos violentos arrebatos y suon di man con elle 1.
Convencido de que, con motivo de estas faltas, le despedirían, se presentó espontáneamente para pedir que se le permitiera hacer las maletas y marcharse, pero se prefirió esperar a don Bosco. Cuando el Siervo de Dios oyó la relación, quiso que se aplazara la determinación, por si la buena voluntad acabara por ganar la partida. Tanta longanimidad causaba a veces asombro; pero él seguía en esto enseñanza del divino Maestro, de no apagar la mecha todavía humeante. Aunque no transigía de ningún modo, cuando había de por medio un escándalo; y en cuanto a los clérigos, que tenían conducta mediana, aguardaba con paciencia, mientras no se previesen con razón malos resultados. Lo mismo hizo también con otro clérigo de Lucca que, durante su ausencia, había dado serios motivos de queja, aun cuando, bien mirada y ponderada la cuestión, no era en realidad tan grave como para desesperar. Es más, en aquella ocasión expresó su manera de ver con los sujetos de conducta mediocre.
-A éstos, dijo, no se los despida. Siempre habrá mediocres en cualquier Congregación religiosa y en cualquier comunidad. Si, por
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desmedido rigor, se quisiere echar fuera toda mediocridad, temo que se convertirían en ((113)) mediocres algunos de los buenos, porque parece entrar en los planes de la divina Providencia que la perfección no sea de este mundo, por lo menos en la mayoría.
El que mayor necesidad tenía de volver a ver cuanto antes a don Bosco era don Miguel Rúa, tesorero del Oratorio, siempre que se entienda por tesorero uno que administra, sí, pero que, muy a menudo, no tiene ningún tesoro. La crónica reproduce un delicioso diálogo entre ellos, tenido una de las primeras tardes, en presencia de don Juan Bautista Lemoyne, don Julio Barberis y otro sacerdote de la casa. Dijo don Bosco a don Miguel Rúa:
1 Versos de Dante, que quieren decir: sonido de palmas con ellas, o lo que es lo mismo: con bofetadas de por medio... (N. del T.) 104
-Escucha, Miguel, todos te piden dinero y, me dicen, que los despides con las manos vacías.
-Esto sucede, contestó don Miguel Rúa, por un motivo muy sencillo y es que la caja está vacía.
-Véndanse aquellas acciones de la deuda pública que nos quedan y así haremos frente a las necesidades más urgentes.
-Ya se ha vendido alguna; pero no me parece conveniente vender también lo poco que nos queda, porque cada día ocurren casos graves e imprevistos y no tendríamos ni un céntimo con que responder.
-Hay que armarse de paciencia y entonces ya proveerá el Señor; pero, mientras tanto, liquidemos las deudas más apremiantes.
-Con el poco dinero que nos queda, ya tengo hechas mis cuentas. Lo voy juntando para pagar dentro de quince días una deuda de veintiocho mil liras que vence en esa fecha; precisamente por esto, hace algunos días que guardo todo lo que llega para ese vencimiento.
-De ningún modo; eso es una locura... dejar sin pagar las deudas que podríamos liquidar hoy, para reunir la cantidad, que hay que pagar dentro de quince días...
-Pero el pago de las deudas de hoy puede diferirse; en cambio, cuando llegue aquella fecha, »cómo salir del paso, teniendo que entregar una cantidad tan grande?
-Para entonces el Señor proveerá. Comencemos por pagar hoy todo lo que debemos. ((114)) Guardar dinero para las necesidades futuras es cerrar el camino a la divina Providencia.
-Pero la prudencia aconseja pensar en el porvenir. »No hemos visto en otras ocasiones los apuros en que nos hemos encontrado? Nos vimos obligados a contraer una nueva deuda para pagar la primera. Y éste es el camino que lleva derecho a la quiebra.
-Escúchame. Si quieres que la divina Providencia se cuide directamente de nosotros, ve a tu habitación y mañana saca fuera todo lo que tienes; se paga a todos los que se pueda, y lo que suceda después, dejémoslo en las manos del Señor.
Después, hablando a todos los presentes, siguió diciendo:
-No me es posible encontrar un ecónomo que me secunde enteramente, es decir, que sepa confiar sin límites en la divina Providencia y n se afane por amontonar algo con que proveer el futuro. Temo que, si nos encontramos en tantas estrecheces económicas, se deba a que se quieren hacer demasiados cálculos. Cuando entra el hombre en estas cosas, Dios se retira. 105
Pero él no separaba esta gran confianza en la Providencia de las industrias de la humana habilidad para buscar los medios materiales; po esto, una de las primeras cosas que hizo, tan pronto como estuvo de regreso, fue darse maña para que la fuente todavía abierta de la rifa manase con abundancia. Y volvió a imprimir la circular del primero de enero, envió con ella boletos en cantidad y los distribuyó por paquetes a los Cooperadores, para que cuidasen de repartirlos. Quiso, además, que, para evitar fáciles gastos inútiles de dinero, se estudias la manera de establecer en casa una caja única, de donde partieran todas las deliberaciones concernientes a los gastos. Anteriormente todo se concentraba en don Bosco; después, cuando él ya no pudo abarcar tantas cosas diversas, miraban por las varias necesidades urgentes los miembros del Capítulo Superior, según se iban presentando, e independientemente los unos de los otros. Pero este sistema perjudicaba la economía doméstica.
-Las cosas, dijo don Bosco, iban adelante, a la buena; pero, en asuntos importantes, decir que se va adelante a la ((115)) buena, es lo mismo que decir que se va mal.
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Entonces don José Leveratto, administrador del Oratorio, presentó un proyecto para la buena organización de los cargos y de las relaciones recíprocas, de modo que todo fuese a parar, como a su centro, a la persona, de quien dependía todo. Don Bosco propuso nombr una comisión que estudiara aquel proyecto y se organizó una junta compuesta por don Miguel Rúa, don José Lazzero, don Antonio Sala y don José Leveratto.
Otro camino para reparar de algún modo los recursos agotados fue reanudar sus visitas a familias buenas y adineradas, siempre dispuesta a ayudarle. Las más de las veces insinuaba delicadamente en la conservación el tema de las obras de caridad, que atraen las bendiciones de Señor sobre las familias generosas en socorrer al prójimo, y lo demostraba con ejemplos; hablaba de la limosna como medio seguro para obtener de Dios las gracias que se desean; y citaba entre las obras a socorrer el Oratorio, puesto bajo la protección especial de María Auxiliadora, la cual demostraba con muchos hechos cuánto le agradaba ver socorridos a los jovencitos. Don Julio Barberis dice, como testigo excepcional, que en sus conversaciones exponía estas cosas sosegadamente, hablando de otras personas y representando al vivo, co novedad de aspectos, la importancia de una caridad corporal que tuviera como último fin la espiritual; de modo que agradaba oírle hablar sobre este tema.
Como era tan reciente su regreso de Roma, le preguntaban a menudo 106
sobre las cosas de allá. Las noticias de Roma, en aquellos años de transición del antiguo al nuevo orden político, apasionaban a los que guardaban fidelidad al Papa, que eran numerosos en la aristocracia piamontesa; se hacía más caso de las noticias que se trasmitían unos a otros por vía confidencial que de las que publicaban los periódicos, pues se las consideraba más ajustadas a la verdad. Sucedía, pues, que como a don Bosco se le creía muy al tanto de los secretos, cuando regresaba de Roma, era acosado a preguntas, a veces embarazosas. Así ocurrió, por ejemplo, en casa de De Maistre. Fue don Bosco con don Julio Barberis a Borgo Cornalense para visitar a ((116)) la Duquesa d Montmorency y al conde Eugenio, que se encontraba allí con sus hijos, llegados para pasar en familia las vacaciones de Pascua, y allí se entabló una conversación de este género. La Duquesa y el Conde tenían palabras duras contra las condiciones impuestas por Italia al Papa a la religión; don Bosco, por el contrario, dejando que sus interlocutores se desahogaran, exponía con calma y tranquilidad sus observaciones. Tanta calma excitó algo los nervios de la noble dama, que le preguntó cómo podía mantenerse tan frío en una cuestión tan vital.
-Mire, contestó, »de qué sirve deplorar tanto los males? Vale más que nos industriemos y trabajemos con todas nuestras fuerzas para aliviarlos. Y, además, esta gente, que ahora gobierna, necesita mucho nuestra compasión; son demasiado graves las cuentas que abren con Dios.
Las relaciones de los dos enviados, que habían regresado unos días antes que él a Valdocco, causaron gran satisfacción; manifestaban su alegría por el largo viaje realizado en poco tiempo, por haber visitado muchos lugares y tratado muchos asuntos. Hablaremos de ello más adelante. Son muy notables dos largas cartas de don Juan Cagliero desde Sicilia. Quedaron muy sorprendidos en Acireale, en Catania y en Randazzo al ver lo mucho que los Obispos y el clero conocían a don Bosco y a la Congregación, y cuánto esperaban de la obra de los Salesianos en favor de la juventud masculina y femenina. Una de las impresiones que más influyó en el ánimo de los viajeros y los dispuso a interpretar con alguna amplitud las instrucciones recibidas de don Bosco fue que los Salesianos era «la primera Congregación llamada a reparar en la isla las espantosas ruinas de las Ordenes religiosas destruidas o dispersadas en la última supresión» 1.
1 Carta a don Bosco, Acireale, 9 de marzo de 1879. 107
Uno de los primeros pensamientos de don Bosco, después de su regreso, fue para Marsella.
Desde el 5 de abril encontrábase en San León don Angel Savio, ((117)) enviado allá expresamente para dirigir los trabajos del nuevo edificio y poner en condiciones de ser habitada la casa recién comprada. Como no le bastaban para ello las aportaciones de los marselleses pedía ayuda pecuniaria a Turín. Pues bien, tenía allí don Bosco un antiguo condiscípulo de Chieri, íntimo amigo suyo, un tal Aníbal Strambio, de Pinerolo, de quien habla en el primero de sus escritos llegado hasta nosotros 1; era entonces cónsul general de Italia en la ciudad, »no podría darle la mano para obtener de Roma una buena ayuda? Le escribió sobre el caso, rogándole vivamente que se interesara por el asunto. Dada la naturaleza de su petición, no debe extrañar que don Bosco insista un tanto en ponderar las ventajas que la obra salesiana aportaría a los emigrantes italianos.
Excelencia:
Ruego a V. E. conceda benévola atención a un hecho del que ciertamente ya tiene perfecto conocimiento. En diversas ocasiones, con
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motivo de asuntos privados, he recorrido el litoral mediterráneo desde Ventimiglia a Marsella y he podido observar con gran pena una multitud de jovencitos, hijos de familias italianas, en doloroso abandono. Unos por haber quedado huérfanos, otros porque no les atienden sus padres, en general se entregan a la holgazanería, y, por tanto, terminan recluidos en los reformatorios, o, si vuelven a la patria, acostumbrados al mal, de ordinario son llevados a la cárcel. Con el único fin de atender en parte a estos jovencitos, he procurado poner en marcha un Patronato para niños pobres en la ciudad de Niza, una escuela agrícola en La Navarre, cerca de Fréjus, y otra en Saint-Cyr, junt a Tolón. Pero la ciudad de Marsella era digna de particular atención. Como muy bien sabe V. E., en esta ciudad y en sus alrededores hay unos ochenta mil italianos, que dejan una inmensa multitud de muchachos totalmente abandonados. A fin de proporcionar algún remedio a estos pobres jovencitos, de acuerdo con V. E. y con el apoyo de su caridad y de otros ciudadanos, se abrió un centro para aprendices en es ciudad, en la calle Beaujour número 9. Pero, apenas abierto, quedó completamente lleno de niños pobres que, al presente, son ya unos cincuenta, mas otros tantos, que acuden a la escuela como externos. Teniendo en cuenta la creciente necesidad y la gran ayuda que se pued proporcionar a estos pobres compatriotas, se empezó la ampliación del ((118)) actual edificio para hacerlo capaz de albergar al menos vari centenares de muchachos. Se empezaron en seguida los trabajos, que progresan a toda marcha, y cuyo importe no bajará de los cien mil francos.
Hasta ahora todo se confió a la caridad de la ciudad, pero actualmente los gastos de manutención del edificio, de la alimentación y el vestido de los ya internados, y para llevar a término el edificio comenzado, faltan en absoluto los recursos necesarios. Y, por esto, para llevar adelante esta obra benéfica, me dirijo a V. E. para que se
1 LEMOYNE, M. B. I volumen, págs. 287-291; 365. 108
digne ayudarnos con los medios que están a su alcance. Suplícole, por tanto, informe al Gobierno italiano y se interese personalmente ante el mismo, para que acuda en nuestro apoyo y nos ayude a terminar esta obra destinada a la clase más necesitada y expuesta a los peligros d la sociedad.
Es verdad que estas escuelas no son exclusivamente para los italianos, y esto, como V. E. muy bien sabe, para evitar susceptibilidades nacionales; pero la realidad es que se convierten, puede decirse, casi en exclusiva ventaja de los mismos.
Expuesto así el hecho, invoco respetuosa, pero encarecidamente su autoridad ante el Gobierno italiano, para que me preste la ayuda indispensable para sostener los centros ya comenzados, terminar las ampliaciones y dotarlos de lo necesario.
Con esta plena confianza me considero honrado al poderme profesar con toda gratitud y aprecio
De V.E.
Turín, 15 de abril de 1879
Atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Una buena noticia vino a alegrar por aquellos mismos días al Siervo de Dios; monseñor Cayetano Alimonda, al que encontramos tan benévolo con él en Alassio, había sido promovido al honor de la púrpura. El gran prelado ya había dado a don Bosco hermosas pruebas de afecto; pero las más consoladoras quedaban reservadas para los días del ocaso de la vida del Beato 1.
1 Véase Apéndice, doc. núm. 14. 109 ((119))
CAPITULO VI
DON BOSCO EN EL CENTRO DE SU REINO
SI el reino de la caridad fue el reino de don Bosco, el Oratorio de Valdocco era su palacio real. Aquí, en efecto, fijó él su morada como
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lugar de predilección; aquí gobernó por muchos años personalmente la casa; desde aquí irradiaba su acción bienhechora, extendiendo cada vez más los horizontes de su apostolado en el mundo. Pero este dilatarse de su actividad trajo en consecuencia la necesidad de retirarse po a poco de la dirección interna, constituyendo sucesivamente cargos y empleos responsables para el despacho de los asuntos domésticos y hemos llegado precisamente al momento en que el Oratorio recibe su autonomía administrativa bajo la alta dirección de don Bosco.
La comisión, de la que hemos hablado en el capítulo anterior, no trabajó en vano; sus conclusiones más importantes fueron aprobadas, aceptadas y aplicadas. Eran las siguientes: que hubiese un solo administrador al frente del movimiento económico, profesional y comercia de la Casa Madre, y que este administrador fuese el prefecto del Oratorio; a él, por tanto, correspondía la vigilancia directa y la inspección de la tipografía, la librería y los talleres; el Ecónomo general no tenía, pues, que ver nada con todo aquello, sino en cuanto que el Oratorio era una casa como todas las demás; el Director estaría investido de los poderes ordinarios, que tenían todos los directores; era conveniente que pusiera al corriente ((120)) a don Bosco de muchas cosas, pues el Siervo de Dios deseaba que se procediera en todo de acuerdo con él pero que el Director estuviera libre de intromisiones de los miembros del Capítulo Superior: él decidiría en todos los asuntos principales d la casa, a él correspondería de una manera muy particular la admisión de los alumnos. El viceprefecto para los externos, que tenía el despacho junto a la portería, sería como su secretario y ayudante, y no haría nada sin él; su cometido consistiría en informar sobre el Oratorio a todos los que iban para eso, hacer las primeras diligencias para la aceptación de los muchachos, examinar documentos y requisitos; pero reservándose siempre hablar de ellos con el Director; 110
cuando se presentase alguno, que careciese de las condiciones exigidas por el Reglamento, o fuera recomendado por un Obispo o por una autoridad civil importante, como, por ejemplo, el Gobernador de Turín, que entonces precisamente recomendaba a un niño de apenas ocho años, pasara sin más todas las diligencias al Director, el cual concedería cualquier excepción, para no disgustar a tal autoridad, en estos casos, si no tenían la edad reglamentaria, enviar los muchachos a Lanzo o a otra casa, aun cuando se tratara de aceptaciones gratuitas. Por tanto, el viceprefecto de la portería actuaría sólo subordinadamente en sus registros y contabilidad, siempre de acuerdo con el Reglamento el perdonar o reducir pensiones, exigir deudas, aceptar o expulsar alumnos, serían cosas totalmente dependientes de la voluntad del Director.
De la misma manera debía procederse en las casas de la Inspectoría: el Inspector mantendría las relaciones oficiales con el Capítulo Superior en conformidad con las Reglas, pero sin entremeterse en la administración ordinaria local. La nueva estructuración del Oratorio s acentuó por la circunstancia de que el Capítulo Superior cambió de habitaciones, separándose así del resto de la casa. Antes, los Capitular tenían su despacho en los salones de la dirección; en cambio ahora ocuparon una sección entera, en el segundo piso del edificio central, junto a la iglesia de San Francisco, donde cada uno ((121)) disponía de dos habitaciones; allí se trasladó también su comedor, que hasta entonces habían tenido en común con los profesos de la planta baja.
Una cosa que jamás abandonó don Bosco en el Oratorio, fue el ministerio de la confesión. Se confesaban con él muchísimos, todos los que podían. En los ejercicios espirituales de los estudiantes, a fines de abril, a pesar de que había abundancia de confesores extraordinario confesó tanto y a tantos que una noche, debido al cansancio, no tenía ganas de cenar y el brazo derecho a fuerza de estar doblado sobre el codo en el reclinatorio y de dar absoluciones, se le había dormido de tal modo que, después de intentar cuatro veces tomar la cuchara con l mano derecha, no lo consiguió, y tuvo que tomarla con la izquierda. En un tiempo relativamente breve, despachaba gran número de penitentes, pues era más bien expeditivo en las amonestaciones 1. Para darnos cuenta del efecto producido por sus breves consejos,
1 Algunos tomaban nota por escrito de los avisos recibidos y se conservan todavía algunas muestras. En el Apéndice (Doc. 15) se puede leer las notas de un clérigo, cuyo nombre, como es natural, callamos. 111
hay que redordar también la unción, con que los daba y que exaltan todos los que tuvieron experiencia de ello.
Una de las razones que contribuía a que se llenara de muchachos su confesonario era la opinión de que leía en las conciencias; y aunque eso no fuera siempre, ni las más de las veces, y aunque no sucedía esto a menudo, con todo, la simple duda de la posibilidad tenía ciertamente gran fuerza para multiplicarle los pequeños clientes. El hecho seguía repitiéndose de tiempo en tiempo y no todo quedaba siempre en secreto. Un día del año 1879 rodeado en el patio el Siervo de Dios, por unos veinte jóvenes, que uno tras otro le besaban la mano, de repente detuvo a uno y apartándole de los compañeros le enseñó su propia mano derecha surcada de un profundo arañazo rojizo.
-»Ves lo que has hecho?, le dijo.
El joven, dio una mirada al arañazo e, instintivamente, se observó las uñas, que precisamente se había cortado aquella mañana. Don Bosco le miraba fijamente y ((122)) sus miradas se comprendieron pronto sin hablar. Era una herida en carne viva. Aquel joven, de buena conducta, había oído conversaciones poco limpias, y después se dejó vencer por la tentación. A la mañana siguiente fue a confesarse con don Bosco, convencidísimo de que el Siervo de Dios lo sabía todo, y así fue, en efecto. Asombrado y muy arrepentido, evitó desde aquel
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momento todo peligro, concibió un gran horror al pecado y, llegado al sacerdocio, declaraba estar pronto a confirmar con juramento la verdad de lo sucedido, a saber, que don Bosco había leído claramente en su conciencia.
La enfermedad de los ojos persistía produciéndole continuas molestias. Unos temían se tratase de cataratas, otros que no había remedio a una progresiva ceguera; el doctor Reynaud, oftalmólogo bastante famoso, dijo claramente que no quedaba ninguna esperanza. Sin embargo don Bosco seguía haciéndose una cura particular, de la que había hablado a don Joaquín Berto, yendo de Florencia a Bolonia. El 31 de marzo, estando ya para llegar a Pistoya, el Beato contó al secretario que unas noches antes, habíasele aparecido en sueños una misteriosa señora que llevaba en la mano un frasquito con un líquido verde obscuro y le había dicho:
-Mira, si quieres curar de tu mal de ojos, toma cada mañana un poco de este jugo de achicoria durante cincuenta días y se te pasará.
Don Bosco, llegado a Turín, se olvidó del sueño, y también don Joaquín Berto. Pero a primeros de mayo, una noche, en el comedor, estando presentes don Miguel Rúa y don Joaquín Berto, preguntó a quemarropa a don Angel Lago el ex-farmacéutico: 112
-Dime, Lago, »el jugo de achicoria es bueno para los ojos?
-Es uno de los medicamentos aconsejados, contestó aquél.
-Pues bien, prepárame un poco.
Don Angel Lago obedeció con la mayor solicitud. Desde las primeras veces que tomó aquella medicina, el Beato notó la mejoría. El 22 d mayo dijo que sus ojos mejoraban sensiblemente. Transcurridos los cincuenta días, aun cuando hacía uso continuo de la vista, escribiendo de día ((123)) y de noche, el mal, notablemente disminuido, quedó estacionario; lo que no impidió, sin embargo, que dos años después ya no viese nada con el ojo izquierdo 1.
Sea lo que fuere de este sueño, el Beato tuvo otro de los acostumbrados, que contó el 9 de mayo. En él asistió a las encarnizadas luchas que habrían de afrontar los individuos llamados a la Congregación, recibiendo en él una serie de avisos útiles para todos, y algunos saludables consejos para el porvenir.
Grande y prolongada fue la batalla entablada entre los jovencitos y unos guerreros ataviados de diversas maneras y dotados de armas extrañas. Al final quedaron pocos supervivientes.
Otra batalla más horrible y encarnizada fue la que tuvo lugar entre unos monstruos de formas gigantescas contra hombres de elevada estatura, bien armados y mejor adiestrados. Estos tenían un estandarte muy alto y muy ancho, en el centro del cual se veían dibujadas en o estas palabras: María Auxilium Christianorum. El combate fue largo y sangriento. Pero los que seguían esta enseña eran como invulnerables, quedando dueños de una amplia zona de terreno. A éstos se unieron los jovencitos supervivientes de la batalla precedente y entre unos y otros formaron una especie de ejército llevando como armas, a la derecha, el Crucificado, y en la mano izquierda un pequeño estandarte de María Auxiliadora, semejante al que hemos dicho anteriormente.
Los nuevos soldados hicieron muchas maniobras en aquella extensa llanura, después se dividieron y partieron los unos hacia Oriente, unos cuantos hacia el Norte y muchos hacia el Mediodía.
Cuando desaparecieron éstos, se reanudaron las mismas batallas, las mismas maniobras e idénticas expediciones en idénticas direcciones
Conocí a algunos de los que participaron en las primeras escaramuzas; los que les siguieron me eran desconocidos, pero daban a entende que me conocían y me hacian muchas preguntas.
Sobrevino poco después una lluvia de llamitas resplandecientes que parecían de fuego de color vario. Resonó el trueno y después se serenó el cielo y me encontré en un jardín amenísimo. Un hombre que se parecía a San Francisco de Sales, me ofreció un librito sin decirm palabra. Le pregunté quién era:
-Lee en el libro, me respondió.
1 De esta narración tenemos otra versión, con alguna variante accidental. (Véase Apéndice, doc. num. 16). 113
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Lo abrí, pero apenas si podía leer. Mas al fin pude comprender estas precisas palabras:
A los novicios: -Obediencia en todo. Con la obediencia merecerán las bendiciones del Señor y la benevolencia de los hombres. Con la diligencia combatirán y vencerán las insidias de los enemigos espirituales.
((124)) A los profesos: -Guardad celosamente la virtud de la castidad. Amad el buen nombre de los hermanos y promoved el decoro de l
Congregación.
A los directores: -Todo cuidado, todo esfuerzo para hacer observar y observar las reglas con las que cada uno se ha consagrado a Dios.
Al Superior: -Holocausto absoluto para ganarse a sí mismo y a los propios súbditos para Dios.
Muchas otras cosas estaban estampadas en aquel libro, pero no pude leer más, porque el papel parecía azul como la tinta.
-»Quién sois vos?, pregunté de nuevo a aquel hombre que me miraba serenamente.
-Mi nombre es conocido por todos los buenos y he sido enviado para comunicarte algunas cosas futuras.
-»Qué cosas?
-Las expuestas y las que preguntes.
-»Qué debo hacer para promover las vocaciones?
-Los Salesianos tendrán muchas vocaciones con su ejemplar conducta, tratando con suma caridad a los alumnos e insistiendo sobre la
frecuencia de la Comunión.
-»Qué norma he de seguir en la aceptación de los novicios?
-Excluir a los perezosos y a los golosos.
-»Y al aceptar a los votos?
-Vigila si ofrecen garantía sobre la castidad.
-»Cuál será la mejor manera para conservar el buen espíritu en nuestras casas?
-Escribir, visitar, recibir y tratar con benevolencia; y esto muy frecuentemente por parte de los Superiores.
-»Cómo hemos de conducirnos en las Misiones?
-Enviando a ellas individuos de moralidad segura; haciendo volver a los dudosos; estudiando y cultivando las vocaciones indígenas.
-»Marcha bien nuestra Congregación?
-Qui justus est justificetur adhuc. Non progredi est regredi. Qui perseveraverit salvus erit. (El que es justo justifíquese más. No adelantar
es retroceder. El que perseverase se salvará).
-»Se extenderá mucho?
-Mientras los superiores cumplan con su deber, se extenderá y nada podrá oponerse a su propagación.
-»Durará mucho tiempo?
-Vuestra Congregación durará mientras sus socios amen el trabajo y la templanza. Si llega a faltar una de estas dos columnas, vuestro
edificio se convertirá en ruinas, aplastando a los superiores, a los inferiores y a sus seguidores. En aquel momento aparecieron cuatro individuos llevando una caja mortuoria. Se dirigieron hacia mí.
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-»Para quién es esto?, pregunté yo.
-íPara ti!
((125)) -»Pronto?
-No lo preguntes; piensa solamente en que eres mortal.
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-»Qué me queréis decir con este ataúd?
-Que debes predicar en vida lo que deseas que tus hijos practiquen después de ti. Esta es la herencia, el testamento que debes dejar a tus
hijos; pero has de prepararlo y dejarlo cumplido y practicado a la perfección.
-»Abundarán más las flores o las espinas?
-Os aguardan muchas flores, muchas rosas, muchos consuelos; pero también es inminente la aparición de agudísimas espinas que
causarán a todos gran amargura y pesar. Es necesario rezar mucho.
-»Iremos a Roma?
-Sí, pero despacio, con la máxima prudencia y con extremada cautela.
-»Es inminente el fin de mi vida mortal?
-No te preocupes de eso. Tienes las reglas, tienes los libros, practica lo que enseñas a los demás. Vigila.
Quise hacer otras preguntas, pero estalló un trueno horrible acompañado de relámpagos y de rayos, mientras algunos hombres, mejor dicho, algunos monstruos horrendos, se arrojaron sobre mí para destrozarme. En aquel momento una densa oscuridad me privó de la visió de todo. Me creí morir y comencé a gritar frenéticamente. Pero me desperté encontrándome vivo. Eran las cuatro y tres cuartos de la mañana.
Si hay algo en todo esto que pueda servir de provecho para nuestras almas, aceptémoslo.
Y en todo se dé gloria y honor a Dios por los siglos de los siglos.
Sobre el tema de las vocaciones volvió en el mes de junio, dirigiendo una importante carta a los alumnos del bachillerato superior de Borgo San Martino.
A mis queridos hijos de 4.° y 5.° curso de bachillerato, de Borgo S. Martino.
Hacía tiempo que deseaba contestar a algunas cartitas, de vuestro querido profesor y de vosotros. No pudiéndolo hacer a cada uno en particular, escribo una carta para todos, reservándome el hablar con cada uno privadamente en la próxima fiesta de san Luis.
Considerad, pues, que en este mundo los hombres deben recorrer el camino del cielo en uno de estos dos estados: eclesiástico o seglar. Para el estado seglar, cada uno debe elegir los estudios, empleos, profesiones, que le permiten el cumplimiento de los deberes del buen cristiano y que son del agrado de sus padres. En cambio, para el estado eclesiástico se deben seguir las normas establecidas por nuestro divino Salvador, a saber: renunciar a las comodidades, a la gloria del mundo y a los goces de la tierra, para entregarse al servicio de Dios y de este modo asegurarse mucho mejor las alegrías del cielo, que no tendrán nunca fin. ((126)) Para hacer esta elección, escuche cada uno e consejo de su confesor y, después, sin hacer caso de superiores, ni de inferiores, ni de padres, ni de amigos, resuelva lo que le facilita el camino de la salvación que más le consolará a la hora de la muerte. El jovencito, que abraza el estado eclesiástico con esta intención, tiene certeza moral de hacer un gran bien a su alma y al alma del prójimo.
En el estado eclesiástico, además, hay muchos caminos, que parten todos de un punto y tienden a un mismo centro, que es Dios. Sacerdote en el siglo, sacerdote en la religión y sacerdote en las misiones extranjeras son tres campos, en los que los operarios 115
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evangélicos son llamados a trabajar y promover la gloria de Dios. Cada uno puede elegir el que mas le atraiga, el mas adaptado a sus fuerz físicas y morales, pidiendo consejo a persona piadosa, docta y prudente. En este punto, yo tendría que resolveros muchas dificultades, que se refieren al mundo, que querría a su servicio a toda la juventud, mientras que Dios la querría toda para El. Pero procuraré contestar de palabra, o mejor, explicar las dificultades, que a cada uno se le pueden presentar al decidirse por alguna de estas importantes decisiones.
Por lo demas la base de la vida feliz de un jovencito es la frecuente comunión y leer todos los sábados la oración a María Santísima sobr la elección de estado, tal y como está en el Joven Instruido. (El joven cristiano).
La gracia de N. S. J. C. esté siempre con todos vosotros y os conceda el precioso don de la perseverancia en el bien. Yo os encomendaré cada día al Señor y vosotros rezad por mí, que os seré siempre en J. C.
Turín, 17 de junio de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
En aquellos primeros días de mayo, pudo don Bosco ver una vez más cuán buenos frutos producía su evangélica caridad con los hombre extraviados por la política. El senador de Cágliari, Juan Siotto-Pint_r, magistrado de gran valer, militaba en las filas del más enconado liberalismo; ya en 1871 había publicado un libro saturado de anticlericalismo heretical 1. Pero en 1879, «atribulado de alma y cuerpo» 2, asentó la cabeza y volvió a presentarse a don Bosco para pedirle por favor que le obtuviera una bendición especial ((127)) del Padre Santo Don Bosco escribió a Roma, y la consiguió. Este acto de bondad por parte del Papa, le indujo a revisar las opiniones, que antes había sostenido, en libros de diversos argumentos sobre la constitución de la Iglesia y sus administradores y las desaprobó. Volvió de nuevo al Oratorio el 4 de mayo, acompañado por el profesor Allievo de la universidad de Turín, para dar cordialmente las gracias al Beato y, despu de visitar detenidamente la casa, se despidió lleno de satisfacción. Desde entonces en adelante, es decir, hasta el 24 de enero de 1882, día d su fallecimiento, dio pruebas de verdadero afecto al Siervo de Dios, como veremos.
Cuatro acontecimientos señalaron la novena de María Auxiliadora de aquel año: una peregrinación, dos conferencias y, entre una y otra; una abjuración.
Doscientos franceses llegaron a Turín para clausurar su peregrinación
1 Fuori la Francia. Pensamientos de JUAN SIOTTO-PINTOR, senador del Reino. Turín, 1871.
2 Carta al teólogo Margotti en Unità Cattolica de 6 de junio de 1879. 116
a Roma. Se renovó en el Oratorio la escena del 1877. El día 15 por la tarde, primer día de la novena, apenas llegados, entraron en el santuario, donde tomaron parte junto con los jóvenes y los fieles en las piadosas prácticas marianas, oyeron en su propia lengua ardientes palabras de monseñor Estanislao Schiapparelii, canónigo del Corpus Christi, y entraron después en el Oratorio recibidos a los acordes de l banda y por don Bosco, y obsequiados con un refresco por los socios de la juventud católica de Turín, presididos por el conde Balbo. El recibimiento se hizo bajo los pórticos, engalanados como en las fiestas, rodeados de los aplausos de la multitud de alumnos internos y externos. Algunos se levantaron a hablar; por don Bosco lo hizo el conde Cays; el último fue el padre Picard, segundo Superior General de los Asuncionistas. Con elocuencia y afecto dio gracias a todos, dijo cosas hermosas del Papa y, después, volviendo a los encomios tributados por los anteriores oradores a los peregrinos, se dirigió a don Bosco, exclamando: Voici le roi des Pèlerins ( íEste es el rey de los peregrinos! ).
Y añadió: Puede decirse de don Bosco que está en continua peregrinación no sólo por sus frecuentes visitas a las casas de Italia y Franci sino que, se multiplica a sí mismo y envía a sus hijos adonde no le es posible ir en persona. Y nosotros vemos a estos sus peregrinos ir por el mundo y ((128)) pasado el Océano, penetrar en las inhóspitas regiones de las Pampas y de Patagonia.
Concluyo con estos deseos en nombre de mis compañeros. Que la Obra de las Peregrinaciones se mantenga, crezca y se dilate. Nuestra Francia está también sembrada de preciosas reliquias, y milagrosos santuarios. Invito, pues, a la sociedad turinesa de la juventud católica a promover peregrinaciones a nuestra tierra. Os esperamos, hermanos, en París, en ese París que, pese a ser llamado la moderna Babilonia, encierra también en su seno, lo mismo que la antigua, celosos seguidores del verdadero Dios, valientes adoradores de Jesucristo, hijos devotísimos de María. Sí, allá os esperamos para devolveros la caridad y cortesía, con que aquí nos tratáis en esta vuestra devota Turín. »Cuál es el segundo deseo? íAh! Quiera el Cielo hacer que pronto un nutrido grupo de Salesianos, capitaneados por don Bosco, venga a
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implantar en nuestro París un centro, émulo de éste. Nosotros le prepararemos el camino con la palabra y la oración.
Cuando salieron del Oratorio, estaba ya bien entrada la noche, y se dirigían por grupos a los albergues, guiados por los socios de la Juventud Católica 1. En un artículo de un corresponsal del 16 de mayo,
1 Bollettino salesiano, junio 1879. 117
desde Turín al periódico Univers de París, se calificaba de «admirable fiesta» la recepción tributada a los peregrinos franceses «en el Oratorio de don Bosco».
Existen algunos documentos por los que se colige la impresión que se llevaron aquellos buenos católicos de su visita al Oratorio; son tre cartas, de las que dos fueron escritas al año siguiente y la tercera en 1883. Un señor de Burdeos y un sacerdote de Lila dan las gracias al Beato por haberlos inscrito entre los Cooperadores salesianos y recuerdan con efusión el encuentro del 15 de mayo. El primero dice a don Bosco: «No he olvidado el fraterno y afectuoso recibimiento que se nos hizo en su bendita casa de Turín y conservo el más dulce recuerdo de la ((129)) tarde deliciosa pasada en medio de sus queridos muchachos y sus amadísimos Superiores. No tengo palabras para agradecer a Señor el haberme concedido la gracia de gozar unos felices instantes de la presencia de su gran siervo, que tantas hermosas cosas ha hecho para su gloria».
Y el sacerdote escribe:
«Peregrino de Roma, vi y admiré las obras magníficas que hizo Dios por su medio y me siento muy honrado de haber sido inscrito en el número de los Cooperadores Salesianos».
En la tercera carta la vizcondesa de Lagrégeolière, de Beauregard, recordándole haber recomendado entonces a sus oraciones un oratorio que le interesaba mucho, pero que encontraba dificultades y obstáculos, ahora le hacía saber que desde aquel momento las cosas habían tomado buen cariz 1.
En el ardoroso deseo final del abate Picard resuena el eco de la expectación, que se tenía en París de los Salesianos; otros ecos de cosas francesas, que ya conocemos, afloran en esta carta de don Bosco al párroco de San José.
Queridísimo señor Cura-párroco:
El pasado invierno me dejó usted alguna esperanza de su visita para la fiesta de María Auxiliadora. »Tendremos esta alegría? Todos nosotros le esperamos de corazón. »Sabe usted si el señor Obispo de Marsella o el de Fréjus organizan su peregrinación a Roma con probabilidad de venir a hacernos una breve visita?
Tengo frecuentes noticias de nuestro Oratorio; pero me interesaría conocer sus observaciones sobre cuanto vea de bueno, mediocre o malo. Ya sabe que tengo plena confianza en usted y deseo seguir sus prudentes consejos. Dentro de mes y medio se cumplirá el año del comienzo de nuestra piadosa empresa y quisiera que, para esa fecha, se viera ya su consolidación al menos de algún modo.
1 Véase: Apéndice,.doc. núm. 17. 118
La casa de Auteuil presenta demasiadas dificultades para nosotros; por tanto, siguiendo su consejo, me desentiendo definitivamente. Me hacen otras proposiciones desde París, mas ahora no me comprometo a nada. La Navarre y Saint-Cyr son en este momento objeto de organización. Sin embargo, para ir a Saint-Cyr, no tenemos todavía documento alguno en nuestras manos; esto sería necesario para entrar posesión. Con todo, la próxima semana irán allá algunos de nuestros ((130)) sacerdotes para ponerse en condiciones de examinar y comenzar lo más urgente.
Si tuviere ocasión de hablar con los señores de la Sociedad Beaujour, haga el favor de decirles que el sábado haremos oraciones especiales ante el altar de María Auxiliadora para que el Señor les conserve a todos ellos y sus familias en buena salud. Le envío los salud de todos los salesianos, pido a Dios que le conserve bien y usted encomiéndeme al Señor, mientras con el mayor gusto puedo profesarme con verdadera estimación y afecto
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Turín, 20 de mayo de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Para la primera de las dos conferencias, que mencionamos hace poco, se reunieron los Cooperadores Salesianos; no acudieron muchos, por cierto; unos cuarenta entre todos, a causa del mal tiempo. El discurso de don Bosco se desarrolló sobre un esquema, en substancia el mismo de siempre, a saber, las nuevas fundaciones del año en Italia, en Francia y en América, la parte que en ellas habían tenido los Cooperadores y la invitación a seguir cooperando. Recomendó especialmente el colegio y la iglesia de San Juan Evangelista, cuyo benéfic fin explicó.
El día de la Ascensión hubo la abjuración de un valdense. El jovencito Coucourda había sido internado por sus padres católicos en un instituto valdense junto a Ventimiglia. Era un chico de entendimiento despejado, que adelantaba en los estudios muy rápidamente y bebía, la par de la cultura profana el veneno de la herejía, hasta el punto de que los ministros protestantes esperaban de él grandes cosas. Pero él, llevado por su innata reflexión, comenzó, con el correr de los años, a tener grandes dudas, nacidas y alimentadas con tantas invectivas e injurias, como habitualmente se oían allí contra la Iglesia católica y contra la Madre de Dios. Un día, encontrándose de charla con el director, su esposa y algunos profesores y compañeros, salió la conversación sobre la virginidad de Nuestra Señora. Dejó que hablaran un rato; pero finalmente observó:
-Vosotros sostenéis que María no fue virgen; entonces »por qué en el símbolo de los Apóstoles nos hacéis decir que Jesucristo nació de María Virgen? 119
((131)) Aquello fue como un golpe sonoro que repercutió en el vacío. íFuera!
-íEsa no es ninguna razón!, exclamó la señora rechazando el golpe.
Y decía muy bien; en efecto, desde aquel momento sus dudas fueron en aumento, pues ya rumiaba, desde algún tiempo, la idea de hacers católico. Pero, »cómo librarse de las garras de sus maestros? Y, después, »dónde encontrar refugio? Los padres habían muerto y todos sus parientes eran herejes. La Providencia vino en su ayuda. Un buen católico, informado de su estado de ánimo, le facilitó la salida y lo entregó a don Bosco.
Frisaba en los quince años. Se le instruyó a fondo y el 22 de mayo por la tarde, antes de la función religiosa de costumbre, hizo la abjuración pública y recibió el bautismo sub conditione en el santuario de María Auxiliadora, atestado de público. Celebró la ceremonia monseñor Tammi, vicario general de Piacenza, huésped del Oratorio aquellos días; fueron padrinos el marqués Scarampi y la marquesa Fassati. Y se impuso al neófito el nombre de León, como homenaje al Pontífice reinante. Monseñor Belasio subió después al púlpito, y el bautismo le sirvió de punto de partida para ensalzar en aquella solemnidad las glorias del apostolado católico, desde el día de la Ascensión hasta llegar a la actividad apostólica de los Salesianos. Doble orden de ideas, que después desarrolló ampliamente en un volumen de las Lecturas Católicas, que dedicó a los dos nobles personajes mencionados, para perpetuo recuerdo del rito celebrado 1.
Los valdenses no se resignaron al fracaso sufrido. El pastor evangélico y el director del asilo valdense, que había dado cinco años hospitalidad al joven, publicaron un libelo donde afirmaban que los superiores de la casa de María Auxiliadora, aprovechándose de su miseria, lo habían pervertido, como habían intentado hacer con otros tres alumnos del mismo hospicio. Además, los protestantes, en su periódico Le Témoin, se lanzaron contra el convertido con tales mordacidades ((132)) y villanías como para dejar tamañitas a las rameras, cuando montan en cólera. León, puso las cosas en su punto 2 en una carta abierta, que don Juan Bonetti le ayudó a preparar.
Una novedad fue la conferencia para las Cooperadoras salesianas, que tuvo lugar la víspera de la solemnidad de María Auxiliadora. Se reunieron doscientas, con el ceremonial acostumbrado, pero, en lugar
1 BELASIO, íNo tengamos miedo! Tenemos el milagro del apostolado católico de dieciocho siglos y sus siempre nuevas y hermosas esperanzas. Fascículo 322, agosto 1879.
2 Bollettino Salesiano, julio 1879. 120
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de un trozo de la vida de San Francisco de Sales, se leyeron dos capítulos de la santa de Chantal, es decir: el trágico fin del esposo y la heroica paciencia de la viuda, dedicada todo el resto de sus días al servicio de Dios y las obras de caridad. También habló don Bosco. Empezó contando cómo él, en un principio, al establecer la Asociación de los Cooperadores, tenía pensado que participaran en ella sólo hombres; pero que Pío IX, por su propia iniciativa, quiso extender los celestiales favores también a las mujeres, añadiendo, de su puño y letra, en el decreto de concesión las palabras; «A todos los fieles de uno y otro sexo, omnibus utriusque sexus Christi fidelibus». A continuación notificó lo que, merced a la ayuda de las Cooperadoras, hacían las Hermanas bajo la alta dirección de los Salesianos, en favo de las niñas, extendiéndose incluso a menudos detalles.
Recordó, en fin, brevemente los grandes peligros a que están expuestas las jovencitas pobres en nuestros pueblos y especialmente en América, las exhortó a socorrer a los Salesianos y a las Hermanas para extender cada vez más en favor de ellas los beneficios de la instrucción y educación cristiana. »Pero con qué medios podrían prestar las Cooperadoras su cooperación?
He aquí algunos, dijo don Bosco. Ante todo, ingeniaos por infundir con buenas maneras el amor a la virtud y el horror al vicio en el corazón de los niños y de las niñas de vuestras familias, vuestros vecinos, parientes, conocidos y amigos. Si, por acaso, os enteráis de que una jovencita inexperta corre peligro de perder su honestidad, sed solícitas en alejarla de él y arrancarla a tiempo de las garras de los lobos rapaces. Cuando os encontráis y sabéis que una familia tiene hijos o hijas para darles educación o buscarles un puesto de trabajo, abrid bie los ojos y actuad, sugerid, aconsejad, exhortad para que sean colocados en colegios, institutos, ((133)) tiendas, talleres, donde junto con la ciencia y las artes se enseñe bien el temor de Dios y florezcan las buenas costumbres. Haced que entren en vuestras casas libros y folletos católicos y, después de leerlos en familia, hacedlos correr por cuantas manos podáis, regalandolos como premio a los chicos y chicas mas asiduos al Catecismo. Pero, sobre todo, si os enteráis de que una jovencita no se puede salvar de los peligros más que colocándola en algu residencia, daos prisa por salvar esa alma.
Pero los que más os recomiendo son los muchachos de buena índole, amantes de las prácticas de piedad y que ofrecen alguna esperanza de ser llamados al estado eclesiástico. Sí, distinguidas señoras, tomad muy en cuenta estas esperanzas de la Iglesia. Haced lo posible y, diría, lo imposible, por cultivar esos tiernos corazones y hacer que germine en ellos la preciosa semilla de la vocación; encaminadlos a donde puedan hacer sus estudios, y, si son pobres, ayudadlos también con los medios que la Providencia ha colocado en vuestras manos y que vuestra piedad y el amor a las almas os sugieran. Dichosas vosotras, si lograrais dar un sacerdote a la Iglesia en estos tiempos, en los que tanto escasean los sagrados ministros qúe, en algunos pueblos de nuestra misma Italia ya no se celebra Misa en los días festivos, ni se hacen las demas funciones religiosas por falta de sacerdotes. Dios, los ángeles, la religión, las almas os 121
agradecerán tan excelente obra y tendréis, ya aquí en la tierra, el céntuplo de las bendiciones que por ello recibiréis como premio de Dios, además de la hermosa corona que os tiene preparada en el cielo.
Pero alguna de vosotras podría decir:
-Estas buenas obras comportan gastos, que yo no estoy en condición de hacer.
Respondo brevemente que una señora piadosa, amante de Dios, de la Iglesia, de las almas, sabe industriarse a fin de poder contribuir de alguna manera a las obras de caridad; yo sé que lo hacéis y me dais prueba de ello cada día. Pero, dejadme que lamente, o mejor, lamentemos juntos la gran ceguera de muchas personas de nuestros días. Hay personas que encuentran siempre los medios para realizar un viaje de recreo, la manera de hacerse un rico vestido; cómo tomar parte alegremente en una fiesta; los medios para comprar no una, sino d y más parejas de soberbios caballos y magníficas carrozas; pero, si se trata de dar una limosna, de hacer una ofrenda para levantar o embellecer la casa de Dios, para construir un asilo para huérfanos o desamparados, para proveer de comida y de vestido a un muchacho pobre, para dar a la Iglesia un sacerdote más, íah!, entonces encuentran rápidamente mil pretextos: tienen gastos, tienen compromisos, por aquí y por allá, y concluyen por no hacer nada, o muy poco, en favor de la Religión y para alivio de las miserias humanas.
Hace tiempo, organizó cierto señor una fiesta nocturna en Turín. Quien me habló de ella la calificó de estupenda, magnífica, regia.
-»Cuánto le costaría?, pregunté yo.
-Costó setenta mil liras.
-íSetenta mil liras en una ((134)) fiesta! íOh, ceguera humana! Con setenta mil liras se hubieran podido recoger setenta muchachos, darle estudios y acaso regalar a la Iglesia setenta sacerdotes, que, andando el tiempo y con la ayuda de Dios, hubieran ganado para Dios miles d almas. íY notad que, pocas semanas antes, se había invitado a aquel señor a costear la pensión de tres meses para internar en un instituto a un pobre muchacho y se había negado! Ciertamente que Dios, llegado el tiempo, le pedirá cuentas de aquella fiesta, pero, entretanto,
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considerad vosotras lo que hoy en día se hace para incapacitarse a las obras de beneficencia.
Lo que digo sobre el derroche de los dones de Dios en grande, dígase de muchos otros de menor cuantía, pero que, al repetirse, desequilibran la economía de las familias y las incapacitan para sostener las instituciones, las obras más útiles para la Religión y la sociedad.
Beneméritas Cooperadoras, no quiero despertar escrúpulos y enseñar que no es lícito vivir según vuestro estado, según vuestra condición quiero solamente decir e inculcar que no dejéis entrar en vuestro corazón y en vuestras casas la gran plaga, el gran azote del lujo, ni en grande ni en pequeño. Entonces sí que os hallaréis siempre en situación de contribuir también materialmente a las obras de beneficencia, d enjugar con mano piadosa las lágrimas de tantas familias pobres y de salvar a tantos muchachos recogidos en nuestros colegios, mantenido por vuestra caridad.
Es muy cierto que las Cooperadoras contribuían eficazmente a las obras de caridad emprendidas por don Bosco; lo demuestran numeros pruebas. Cada nueva casa, como antiguamente el Oratorio, encontraba en alguna buena señora su madre afectuosa, que le prestaba asistencia: he aquí, en efecto, el reciente caso de la señora Jacques 122 para el oratorio de san León de Marsella. Y estas piadosas bienhechoras no itaban su atención a la casa próxima, sino que la extendían incluso a la Casa Madre.
Se tienen documentos conmovedores de esta maternal bondad, que es necesario legar a la posteridad. Se ha mencionado varias veces a la señora Susana, como la llamaban los hermanos de Varazze. Era natural de Celle y estaba casada y domiciliada en Albissola, ícuánto no hiz por aquella casa desde sus comienzos! Gozaba de tal influencia en Génova ante las autoridades civiles que, más de una vez, impidió actos hostiles ya preparados contra su colegio predilecto. Pues bien, he aquí una carta suya a don Miguel Rúa, al aproximarse la fiesta de María Auxiliadora.
((135)) Muy apreciado don Miguel Rúa, carísimo como nieto predilecto:
Mañana por la mañana, con el primer tren que sale de Capo d'Albissola para San Pier d'Arena, tendré la gratísima satisfacción de enviar
V. S. un cesto de fruta para el queridísimo, prodigioso y benéfico señor don Bosco, su amoroso Papá; en el fondo del cesto encontrará un envoltorio con cuatro pañuelos, tres en tela de lino, que cuestan diez liras cada uno) el otro con mi nombre bordado. Yo no quiero usarlos) ni dejarlos. Don Bosco los empleará bien. Son nuevos) nunca los he usado. Espero encontrarán dulces los melocotones y las naranjas, que ayer me enviaron de Finale; y buenas las manzanas de invierno, que he logrado conservar para estas sus grandes fiestas. Tengan la caridad de acordarse de mí y pedir a María Santísima que me obtenga una buena y santa muerte.
Don Angel Riello, sacerdote de la Misión en el noble Colegio de Savona, me ha escrito que no le han enviado el Boletín de este mes de mayo. Yo le he enviado el mío. Les recomiendo que no le olviden; es uno de los mejores cooperadores de las primeras expediciones de Misioneros. Me recogió más de una cantidad, que di a don Bosco.
A él, a V. S., a don Juan Cagliero, a don Celestino Durando, a don José Lazzero y a don Marcos Pechenino, ofrezco mis más afectuosos saludos y me profeso una vez más de V. S. muy apreciada
22 de mayo de 1879
Su atta. y s. s. como abuela SUSANA PRATO, Viuda de SAETTONE 1
El mal tiempo deslució mucho la anual solemnidad; llovió a cántaros de la mañana a la noche. A pesar de todo, la afluencia del pueblo a la iglesia duró todo el día. Con permiso del Ordinario, pontificó
1 Merece ser conocida tambien otra carta de la misma, escrita a don Miguel Rúa en el mes anterior (Apéndice, doc. núm. 18). 123
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monseñor Garga, auxiliar del Obispo de Novara. En la víspera había celebrado pontificalmente en la iglesia, con permiso del Ordinario, monseñor Berengo, trasladado doce días antes desde la sede episcopal de Adria a la de Mantua. Dos frases que saltaron a los puntos de la pluma del Beato, al escribir a don José Bologna, expresan toda su satisfacción por el éxito de la fiesta.
Mi querido Bologna:
Te adjunto unas cartas para que completes su dirección en el sobre y las envíes a su destino.
((136)) Si fueras capaz de traer contigo al párroco de San José para la fiesta de San Juan, sería verdaderamente una solemnidad de prime clase. Dile que su última carta está muy bien y que le escribiré acerca de todos los puntos.
A madame Jacques, que cobre ánimos respecto a su salud; las Hermanas se preparan y estarán dispuestas a la primera llamada. íQué espectáculo, la fiesta de María Auxiliadora! Hubo más de seis mil comuniones el día de la fiesta.
Vale et váledic
JUAN BOSCO, Pbro.
El abate Guiol no fue por San Juan. La anual fiesta onomástica proporcionó de nuevo a los hijos la ansiada ocasión de manifestar al Pad su afecto, con cartas privadas 1, con regalos colectivos 2 y con manifestaciones públicas. La letra del himno de don Juan Bautista Lemoyn puesta en música por el joven maestro Dogliani, representaba dramáticamente las cuatro Inspectorías recién establecidas y cantaba las cuatro obras principales de don Bosco, es decir, la Pía Sociedad Salesiana, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, la Obra de los Hijos de María y la pía Unión de los Cooperadores. El festejado, en el discursito de cierre que dirigió al público, hizo vibrar de entusiasmo el corazón de los muchachos y de todos los presentes, al anunciar, con acento conmovido, qu.e había recibido aquella misma mañana una carta de don Santiago Costamagna, desde el centro de la Pampa, con buenas noticias sobre la evangelización de los infieles. »Quién hubier podido imaginar, ni de lejos, después de admirar la serenidad de don Bosco, que la víspera de tan venturoso día un delegado
1 En el Apéndice doc. núm. 19, reproducimos la ingeniosa idea de un muchacho, que, siendo aprendiz de sastre, había conseguido pasar librero. Sigue a continuación una fantasía, que otro joven trazó al año siguiente para la misma ocasión.
2 Rica capa pluvial de terciopelo encarnado, ofrecida por los antiguos alumnos; damasco para tapicería de la iglesia por los alumnos presentes; estolón blanco con bordados en oro de las Hijas de María Auxiliadora, etc. 124
de policía le había entregado el decreto de cierre de sus escuelas?
La música de Dogliani gustó muchísimo. El maestro había sabido sacar partido para su buen efecto, de la genial variedad del himno, que comportaba una fantástica puesta en escena, y de las óptimas voces de que disponía. También el público ((137)) había aplaudido mucho la composición. Llegada la hora de la cena, Dogliani, cumpliendo su acostumbrado oficio, sirvió la mesa de los superiores, que estaban todavía en el comedor de la comunidad. Cuando ésta salió y él acabó de levantar los manteles, se acercó a don Bosco y le besó la mano pa retirarse. Pero don Bosco estrechó su derecha y le dijo que esperase. Llegaba el café para don Bosco, que indicaba su fuerte dolor de cabeza. Había dos tazas:
-íToma, Dogliani, le dijo, toma tú también café! Dogliani miraba a don Juan Cagliero, allí presente, como para decir que aquel honor correspondía a don Juan Cagliero y no a él.
Don Bosco le sirvió la tacita y se la acercó; él la tomó y dándole las gracias de corazón, salió. Todavía hoy le enternece el recuerdo de la bondad con la que vio acompañar aquel acto.
El barón Héraud de Niza había enviado para la fiesta de don Bosco unos dulces, que sirvieron para honrar la mesa aquel día, y que iban acompañados, además, con una generosa limosna. El Beato le dio afectuosamente las gracias:
Queridísimo señor Barón:
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Su señor Hermano, o mejor, su gran amigo el Barón Félix Arnaud va a Niza y aprovecho la ocasión para darle noticias nuestras. La consabida negociación se da siempre por cumplida, pero nunca recibo la conclusión definitiva. Ya veremos 1.
Sus dulces fueron excelentes y he comprobado que la dulzura y la bondad del donante acompañaban la de los dulces que tuvieron una maravillosa y estupenda aparición en la mesa.
Como ya le escribí, sus mil francos se recibieron y emplearon al momento, pues se destinaron para el reverendo don José Fagnano que partirá a primeros de agosto para Buenos Aires e irá a fundar la primera parroquia en Paraguay, por mandato del padre Santo.
Otras cosas, para otra vez. Estoy en apuro. Necesito mucho de sus oraciones.
Dios les bendiga, a usted y a la señor Baronesa, y los conserve en buena salud.
Créame con gran estima y agradecimiento
De V. S. Carísima.
Turín, 19 de julio de 1879
Afmo. y s. s. y amigo JUAN BOSCO, Pbro.
1 Para esta negociación véase XIII volumen, pág. 463. 125
((138)) En el Oratorio se había esperado que iría para la fiesta de San Juan el abogado Comaschi de Milán, cuya veneración por don Bosco ya es conocida por los lectores. Como quiera que no asistió, el Beato le escribió inmediatamente:
Queridísimo amigo y caballero:
Esperaba verle entre nosotros en cualquier momento de los días pasados, según la carta que me había escrito; pero hasta ahora, nada.
»Está enfermo acaso, o pasa algo en casa? No lo quiero ni pensar y pido a Dios que no sea así.
De todos modos, usted sabe que somos todo suyos y por tanto que, si viene usted aquí, viene a su casa.
Dios le bendiga, y con usted a su familia, y créame siempre agradecido
De V.S.
Turín, 29 de junio de 1879
Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.
Parte de la ornamentación que se empleó en la fiesta de san Juan en el Oratorio, sirvió para honrar a Monseñor Gerlando María Genuard primer Obispo de Acireale. Don Juan Cagliero y don Celestino Durando, en su viaje a Sicilia, habían sido recibidos por él «con singular finura y bondad». Había reunido a su clero en el palacio episcopal, los había presentado solemnemente al cabildo de la diócesis, elogiando con el corazón en la mano a don Bosco y a los Salesianos de los que llamábase «hermano» 1.
Don Bosco quería que pontificara en la iglesia de María Auxiliadora el día de San Pedro; pero el Ordinario puso tales condiciones, que equivalían a una negativa, de modo que Monseñor no pudo pontificar, y ni siguiera asistir pontificalmente a la misa solemne.
Como se ve, las continuas visitas de huéspedes ilustres al Oratorio no terminaban nunca y resulta siempre grato conocer las impresiones que se llevaban. A los testimonios, ya manifestados en otros lugares, añadiremos otro, que llegó a don Bosco a fines de mayo. ((139)) El
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padre Leonardo María Guerra, de los Mínimos, le escribía:
«Recuerdo siempre con alegría y gratitud los días que, gracias a la bondad de V. S. Rvma., pasé tan a gusto en esa casa, verdadero mode de virtud y de la más caritativa y cortés hospitalidad. Al volver de mi misión en Africa Argelina, verdaderamente yo necesitaba descanso
1 Cartas de don Juan Cagliero a don Bosco, Acireale, 3 y 9 de marzo de 1879. 126
y, merced a su gran caridad, encontré, además, la oportunidad de edificarme y recogerme en el espíritu».
Relacionado con la fiesta de don Bosco estaba el tradicional agasajo de los Antiguos Alumnos; se hacía la invitación en aquella ocasión, pero ordinariamente se tenía la reunión en las últimas semanas del curso. Para la del 1879 se eligió el día 17 de agosto. Asistieron a la comida de fraternidad más de sesenta, que, hermanados sin distinción de clase, consideración social o merecimiento, celebraban todos por igual a don Bosco. En los brindis, narraban unos la historia de los primeros tiempos, otros admiraban los progresos alcanzados, quién presagiaba el futuro, quién recordaba episodios del Beato. El buen Padre, con palabras que brotaban del corazón, dio gracias a Dios por haberle concedido la satisfacción de verse rodeado de aquella corona de sus más antiguos discípulos, a quienes exhortaba a perseverar en e bien e invitaba a repetir, al menos durante cien años, tan agradables reuniones. Es un hecho que los antiguos alumnos de don Bosco, volví con alegría a visitar el Oratorio y en el Oratorio revivían sus días con gozo.
«Por lo que a mí toca, digo la verdad, escribía uno desde lejos a un compañero suyo 1, fue realmente una gran fortuna haber pasado part de mi juventud bajo la tutela de don Bosco en el Oratorio (...). En el Oratorio hay un no sé qué de especial, una manera de educar a la juventud completamente original, que no se encuentra en otros colegios, que no estén bajo la tutela del gran don Bosco».
Después del día onomástico, acabóse un concurso que duraba ya dos años y en el que fue pars magna (parte importantísima) don Bosco.
((140)) La ocasión del mismo vino de la Unità Cattolica. En 1877 cerraba este diario un concurso con premio sobre una obra acerca de san José y hacía votos para que se abriese cuanto antes otro semejante para un libro sobre san Pedro. Monseñor Pedro Ceccarelli, párroco San Nicolás en Argentina, que se encontraba entonces en Turín con el séquito de su Arzobispo, leyó el artículo y recordando haber celebrado su primera misa en el centenario del Príncipe de los Apóstoles, cuyo nombre llevaba, se adhirió a la propuesta. Ofreció, pues, un premio de mil liras al que escribiese en forma sencilla y popular el mejor libro sobre san Pedro; pero la sencillez y la popularidad debían s tales que permitieran entrar en el cuerpo de la obra o en apéndices a propósito dos temas, uno acerca de la venida de san Pedro a Roma
1 Carta de don Federico Mulattieri, Clavesana, 24 de marzo de 1879. 127
y el otro acerca de la infalibilidad pontificia. Monseñor Ceccarelli puso el asunto en manos del teólogo Margotti, director de dicho periódico, con la condición de que fuera encargado don Bosco de nombrar y presidir una Comisión de Salesianos competentes para el examen de los trabajos. Las modalidades habían de ser las acostumbradas en este género de concursos, a saber: lema de reconocimiento de los manuscritos, nombre de los autores en sobres sellados, y apertura de los sobres después de hecha la designación del vencedor.
Sucedió que, al poco tiempo, un buen católico de Mantua, siempre en el anonimato, hizo a su Obispo una propuesta análoga para un libr sobre san Pablo y entregó la misma cantidad para el mejor concursante. El Obispo, que estaba al corriente de la propuesta anterior, acudió también a Margotti, para que juntara los dos concursos, confiando también el segundo a la Comisión, que se constituiría en Turín. La cosa fue del agrado del teólogo, el cual propagó la noticia en su periódico.
No tardaron mucho tiempo en llegar los manuscritos. El plazo útil para la presentación vencía el 29 de junio de 1878, tal y como se habí fijado. Don Bosco nombró la Comisión el día primero de agosto ((141)) de aquel año 1, y se dio comienzo al examen. La fecha fijada para la publicación de los resultados terminaba el 18 de enero de 1879; pero, el número de trabajos llegados y la extensión de algunos requirieron más tiempo; por lo cual la Comisión acordó prorrogar por
1 Lista oficial de los miembros de la Comisión.
1. Don Juan Bosco, Presidente. 2. Conde Carlos Cays, doctor en ambos derechos, Secretario. Fin de Página: 128
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3. Don Juan Bonetti, profesor en letras y teología, Examinador. 4. Don Juan Cagliero, doctor y profesor en teología, Examinador. 5. Don Francisco Cerruti, doctor en letras, profesor de historia y teología, director del colegio internado de Alassio, Examinador. 6. Don Francisco Dalmazzo, doctor en letras, director del bachillerato y liceo de Valsálice, Examinador. 7. Don Celestino Durando, prof. en letras, Examinador. 8. Don Juan Bautista Francesia, doctor en letras, profesor de teología, director del colegio municipal de Varazze. Examinador. 9. Don Miguel Rúa, profesor de letras y hermenéutica bíblica y teología, prefecto del Oratorio de san Francisco de Sales. Examinador. Suplentes Si hiciere falta, suplirán los examinadores siguientes: Don Julio Barberis, doctor en teología. Don José Bertello, doctor en teología, letras y filosofía. Don Domingo Belmonte, profesor de filosofía, director del colegio San Carlos, en Borgo San Martino.
128 más tiempo su juicio definitivo, pero no más allá del 29 de junio siguiente. Para el concurso sobre san Pablo la Comisión tuvo que ocuparse sólo de cuatro obras, y concluido el examen, se pronunció en favor del original correspondiente a Santiago Murena, Sacerdote de la Misión, natural de Piacenza, y domiciliado en Ferrara. En cambio, para el otro concurso, se necesitó más tiempo y al final no pudo seguir desarrollándose tan rápidamente. Eran diez los manuscritos. La Comisión, después de un serio estudio de cada uno, acordó excluir los trabajos menos conformes con el programa, y quedaron reducidos a tres, los mejores. El examen comparativo ofreció dificultades y dudas, de modo que las opiniones se dividieron. Cuando don Bosco advirtió cuál era el original por el que se inclinaba la mayoría, ordenó suspender el juicio definitivo y enviar los tres a monseñor Rota, que ya no era obispo de Mantua, sino ((142)) Arzobispo titular de Cartago, prelado muy respetable por su dignidad y capacidad, por su doctrina eminente y su virtud; y que se remitiese a él la sentencia. La Comisión aceptó por unanimidad la medida,
sacrificando su amor propio ante el deseo de obtener escrupulosa justicia, según la voluntad de don Bosco. Monseñor Rota aceptó el arbitraje propuesto y el 13 de mayo de 1879 escribió al secretario de la Comisión: «He examinado y, fiándome poco de mi juicio, he hecho examinar a personas competentes las tres Vidas de San Pedro... Ha parecido qu
merece ser elegida la que ha sido escrita en cinco cuadernos y que lleva como inscripción: Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam (Mt., XVI, 18); y el texto de Orígenes: Nec adversus Petram, super quam Christus Ecclesiam aedificavit, nec adversus Ecclesiam portae inferi praevalebunt (Orig. sobre Mateo, )...»
Los examinadores episcopales, por su parte, formularon su parecer en estos términos: « A nosotros humildemente nos parece que el autor de la Vida de San Pedro, redactada en cinco fascículos ha conseguido el fin del
programa; la claridad, la sencillez, la evidencia hacen que pueda leerla con gusto y con fruto el pueblo, para cuyo servicio debía escribirse A continuación, después de hacer notar algunas imperfecciones de lenguaje y de estilo, añadían: «Por lo demás, no dudamos en afirmar que las gestas de San Pedro están descritas de tal modo que pueden ser útiles a la mayoría de los
lectores pertenecientes a las clases populares». Con este juicio, aceptado por la Comisión, el premio fijado por
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monseñor Ceccarelli quedaba definitivamente atribuido al autor del trabajo, cuyo lema eran los textos arriba indicados.
Se convocó por tanto la Comisión el 25 de junio para proceder a la apertura de los sobres que llevaban las inscripciones correspondiente a los escritos sobre san Pedro y sobre san Pablo, juzgados merecedores del premio. Asistía también a la sesión el teólogo Margotti, a quien se rogó abriera las plicas. Abierta la que correspondía a los dos textos de San Mateo y de Orígenes, ((143)) vióse que llevaba el nombre de JUAN BOSCO, Pbro. Tan pronto como se conoció este resultado, don Bosco se apresuró a declarar que no había sido su intención aspirar al premio; sino que, tratándose de glorificar al Príncipe de los Apóstoles, no había resistido al deseo de concurrir a celebrar sus glorias. Al unir secretamente su trabajo a los confiados a la Comisión, había querido asegurarse de si su trabajo servía para dar al pueblo la facilidad que se proponía el promotor de aquel concurso. Después de esta protesta, declaró que renunciaba desde aquel mismo momento al premio y lo cedía a la Obra y destino que más adelante indicara el mismo promotor Monseñor Pedro Ceccarelli 1.
Las condiciones del concurso no exigían trabajos totalmente inéditos; por eso don Bosco había simplemente retocado su Vida de San Pedro publicada en el centenario del Apóstol, suprimiendo, añadiendo y modificando algo 2. El libro no fue publicado hasta 1884 3.
Repetidas veces apareció en estas páginas la mención de la rifa organizada a fines de 1878. La necesidad de sacar de ella el mejor resultado posible aconsejó prorrogar el sorteo, mientras hubiese esperanza de despachar boletos. El 24 de mayo envió todavía don Bosco otra circular. Es admirable la constancia con que llevaba adelante un propósito, después de convencerse de que debía cargar con él.
((144)) Caritativo Señor:
Me encuentro al término de una rifa iniciada en favor de los pobres muchachos de este centro, y como queda todavía sin despachar un número considerable de
1 Unità Cattolica, 17 de agosto, 2 de septiembre, 6 de octubre de 1877; 3 de agosto de 1878; 16 de enero, 24 y 29 de junio de 1879.
2 Don Alberto Caviglia ha hecho de este arreglo una comparación minuciosa con la primera redacción en: Don Bosco, Obras y escritos publicados y no publicados. II volumen, parte I: Las Vidas de los Papas. Serie I: de S. Pedro a S. Ceferino, págs. 11 y sig. Es digno de notarse el hecho, por él encontrado, de que aquí están suprimidas todas las citas extraídas anteriormente de un escrito del canónigo Lorenz Gastaldi.
3 Vida de S. Pedro Príncipe de los Apóstoles, contada al pueblo por el sacerdote JUAN BOSCO. Segunda Edición. Sampierdarena. Tip.
S. Vicente de Paúl, 1884. Tiene la cubierta de las Lecturas Católicas, pero sin número de fascículo. 130 boletos, me tomo la libertad, en nombre de los mismos, de encomendar... a la caridad de V. S.
Espero tendrá a bien aceptarlos, pero, si el 30 de junio le quedaren algunos que usted no piensa retener, puede tranquilamente devolverlo
Dios misericordioso, que promete un gran premio por un vaso de agua fresca dado en su honor, quiera recompensar copiosamente su benéfica obra mientras, con profundo agradecimiento, tengo el honor de profesarme
De V.S.B.
Turín, 24 de mayo de 1879
Sus. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Mientras tanto habían sucedido dos cosas. El Siervo de Dios había enviado boletos también a Francia y muchos franceses doblaron el beneficio, pues abonaron el valor y devolvieron los mismos boletos.
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Además, en el decurso de la rifa habían sido ofrecidos muchos nuevos objetos; que legitimaban el aumento de los boletos, proporcionalmente al valor de los objetos añadidos. Entonces, don Bosco envió a Francia una circular en la que decía haber determinado devolver el fruto de todos aquellos boletos en favor de los muchachos recogidos en los oratorios y casas de Niza, Marsella, La Navarre y Saint-Cyr, «que puesto que dependían de los Salesianos, tenían también derecho a gozar de los frutos de la rifa» 1. Confiando que ésta encontraría aceptación en Francia como en Italia, envió a personas determinadas boletos individuales o paquetes para repartir.
El Boletín tenía al tanto a los primeros que habían respondido a la llamada de don Bosco en su carta de Año Nuevo a los Cooperadores, insistiendo siempre en la propaganda y rogando devolvieran los boletos no repartidos 2. En un ((145)) suplemento al número de agosto publicó la lista de los objetos, que habían alcanzado la bonita cifra de quinientos uno y cuya porción más notable estaba constituida por la colección de pinturas que le habían llegado, por herencia del barón Bianco di Barbania. Teniendo en cuenta la calidad de estas obras de ar don Bosco ofrecía boletos también a personajes de alta categoría, como a los Soberanos de Italia y al conde de Chambord. La casa real se quedó con quinientos; en cambio, el conde y la condesa de Chambord manifestaron su pesar, porque la necesidad de socorrer tantas obras francesas les impedía favorecer, como ellos hubieran querido, al
1 Véase Apéndice, doc. núm. 20.
2 Bol. Sal., enero, febrero, abril, julio, agosto 1879. 131
Oratorio de Turín. Sin embargo, en el mes de octubre, quizá como consecuencia de la circular destinada a Francia, el Conde envió a don Bosco quinientos francos, manifestándole lo mucho que deseaba ayudar sus obras benéficas y que, aunque no había podido aceptar los boletos de la rifa, quería con todo demostrarle el aprecio y veneración que por él sentía encomendándose al mismo tiempo encarecidament a sus oraciones 1. Repartió, además, don Bosco cuantos boletos pudo entre Cardenales y Obispos. Las muchas cartas de respuesta son otro tantos documentos de la caridad, que animaba el Episcopado italiano, el cual se encontraba, debido a la revolución, en grandes apuros económicos; y son, al mismo tiempo, una prueba patente del aprecio que los sagrados Pastores tenían a don Bosco; se conservan otras dos de los Obispos de Angulema y de Grenoble. El gran Maestre de la Orden Mauriciana había adquirido cinco decenas de billetes 2.
Para conseguir más medios, con los que sostener las casas de Francia, don Bosco había incluso pensado publicar en el Figaro de París noticias de su Obra, para hacer saber por este camino a personas benéficas y dispuestas a socorrer a quien trabaja en favor de la juventud pobre, pero carentes de buena información, a dónde podían extender su generosidad. El conde Cays fue encargado de solucionar el asunto.((146)) Este interesó de ello al abate Paulin, a quien había conocido en Auteuil, donde era ayudante mayor del abate Roussel. El redactor jefe del diario aceptó favorablemente la propuesta de publicar algún artículo; pero, pidió que le suministrasen más informes sobre el tema. Una vez que los recibió, contestó el director que la obligación de limitarse a favorecer instituciones francesas, para no abusar de la caridad y generosidad de los lectores, ponía al diario en la imposibilidad de recomendar otras 3. Diremos aquí, anticipándonos a los acontecimientos, que, cuando los Salesianos llegaron a Menilmontant, hubo un redactor del Figaro, que habló a don Carlos Bellamy para abrir una colecta, cuyo cincuenta por ciento fuera para el diario, pero don Carlos Bellamy no aceptó, diciendo que don Bosco no acostumbraba utilizar aquella forma para implorar la caridad del público.
El sorteo de la rifa se hizo el 30 de agosto. Al que había adquirido boletos se le había respondido individualmente con un impreso firmad por don Bosco y que decía: «Con todo agradecimiento, el que
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 21, A-D.
2 Carta del primer oficial Cova a don Bosco, Turín, 12 de marzo de 1879.
3 Carta del señor J. Bellet, París, 30 de septiembre de 1879. 132
suscribe acusa recibo del importe de los boletos de la rifa que V. S. B. tuvo la bondad de aceptar y, juntamente con los muchachos favorecidos, pide para usted al celeste Remunerador toda clase de bendiciones Pero, cuando todo quedó concluido, don Bosco consideró que era su deber enviar una carta de agradecimiento a todos los que le habían ayudado en la empresa.
Beneméritos Cooperadores y Cooperadoras:
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Como ya se os anunció, la rifa que, desde comienzos del corriente año, recomendaba a vuestra caridad, ha terminado felizmente.
Por lo cual entiendo que es mi deber agradeceros la ayuda que me habéis prestado para su éxito, ya enviando regalos, ya aceptando y vendiendo boletos, y con la presente os doy las gracias de todo corazón.
Era, desde luego, imposible que todos los que tomaron parte fueran favorecidos por la suerte; pero, el que no ganó ningún premio debe ((147)) consolarse, pensando que ha concurrido con su limosna a una obra buena; debe consolarse sobre todo con la esperanza de recibir d Dios el céntuplo en esta vida y un premio eterno en la otra.
Por mi parte, os aseguro la ayuda de mis pobres oraciones y de las de todas las personas que viven en nuestras casas; sobre todo rezarán por vosotros muchísimos pobres muchachos, a los que Dios proporciona, por vuestra mediación, alimento y vestido, mientras nosotros nos dedicamos a darles la instrucción y la educación, que ha de hacerlos. buenos cristianos y honrados ciudadanos.
Mientras tanto, tengo el gusto de notificaros que el 19 del corriente mes, día consagrado a la Purísima Virgen María, habrá una función religiosa en la iglesia de María Auxiliadora de Turín, para implorar las bendiciones del Cielo sobre vosotros, vuestras familias y vuestros intereses espirituales y temporales. Se celebrará una misa, a la que asistirán todos nuestros muchachos estudiantes y aprendices, habrá una Comunión general y se harán oraciones especiales.
Por último, con la esperanza de que vuestro eficaz apoyo para sostener nuestras obras benéficas en favor de la pobre juventud abandonad no me faltará en el porvenir, aprovecho esta propicia ocasión para profesarme con alta estima y profunda gratitud.
Vuestro seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
Entre la segunda quincena de septiembre y la primera de octubre, don Bosco visitó las casas de Liguria, probablemente con ocasión de lo ejercicios espirituales que se hacían en Sampierdarena; pero nada sabríamos de aquel viaje, si no fuera por la alusión que se encuentra en esta hermosa carta de pésame al conde Eugenio De Maistre, con motivo de la muerte de su esposa.
Queridísimo señor Conde Eugenio:
íNo sé cómo empezar esta carta! A la vuelta de la visita a las casas de Liguria, me dan la tristísima noticia de que la señora Condesa, su esposa, ya no está entre nosotros. 133
íImagino el dolor y la consternación, que tal desgracia habrá causado a usted y a toda su familia! Siento no saber qué hacer, sino rezar. Es que hemos hecho y seguiremos haciendo por usted y por la llorada difunta. Cuando ya estaba gravemente enferma, la señora Duquesa nos comunicó pidiendo oraciones. Y se hicieron en todas nuestras casas, pero Dios no juzgó atendernos, o mejor, juzgó que aquella rosa había llegado a tal grado de belleza a los ojos de Dios Creador, que merecía ser ((148)) arrancada del jardín terrestre para ser trasplantada al jard de los goces eternos del Cielo. Adoremos los decretos de Dios y digamos Fiat voluntas tua.
Usted, empero, señor Eugenio, tiene muchos motivos de consuelo en esta aflicción. Ha perdido una verdadera madre de familia en la tierra, pero ha adquirido una celeste protectora. Podrá unirse a ella un día y puede ser pronto, en un estado mucho mejor que el de la vida mortal; en el que, mientras vivamos, podremos con la oración y las buenas obras sufragarla, si todavía lo necesitase, o al menos aumentarl la gloria accidental del Paraíso, si ya hubiese entrado en él.
Dios le bendiga siempre, querido señor Eugenio, y, con usted, bendiga a toda su familia, y los ilumine y dirija a todos con seguridad por el camino del Cielo. Amén.
Con toda veneración y afecto tengo el gusto de poderme profesar en J. C.
De V.S.C.
Turín, 15 de octubre de 1879
Afmo. amigo
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JUAN BOSCO, Pbro
Hemos tenido que separar de este capítulo la historia de una lucha que don Bosco sostuvo en 1879 desde el Oratorio y para el Oratorio; pero es preciso poder seguirla sin interrupciones y, a lo largo de no breve lapso de tiempo, en sus diferentes fases. Vimos ya sus amagos en la controversia sobre el personal docente; pero la furia del temporal se desencadenó más tarde. El Siervo de Dios dijo que el Oratorio habí nacido y crecido bajo los garrotazos; y bajo los garrotazos seguía viviendo todavía. 134 ((149))
CAPITULO VII
EL CIERRE DE LAS ESCUELAS
LA táctica contemporizadora, que vimos elegir a don Bosco en su controversia con el Consejo Escolástico de Turín para el cuerpo docente del Oratorio, no detuvo la lucha, ni fue capaz de moderar su marcha. Para evitar el peligro de que alguien pueda formarse una idea equívoc sobre la actitud que don Bosco tomó y mantuvo con firmeza inquebrantable en esta lucha, es necesario conocer bien el estado de la legislación escolástica italiana de entonces, en lo que se refería a la enseñanza secundaria, no estatal ni equiparada.
La enseñanza oficial y privada de Italia se regía siempre por la ley del 13 de noviembre de 1859, llamada Ley Casati, por el nombre de s autor Gabrio Casati. El espíritu de aquella ley era de libertad. Reconocía, junto con la enseñanza oficial, la libre bajo diversas formas, dos de las cuales tienen para nosotros particular importancia. El artículo 246 decía: «Se autoriza a todo ciudadano, que tenga veinticinco años cumplidos y ofrezca los requisitos morales necesarios, para abrir al público un centro de enseñanza secundaria, con internado o sin él».
Seguían tres condiciones, la principal de las cuales era que las diversas enseñanzas fueran impartidas por profesores legalmente autorizados. Así funcionaban los centros privados propiamente dichos, ((150)) que, de acuerdo con la ley, el Ministerio debía vigilar, pero no gobernar. Esta vigilancia estatal tenía por objeto la tutela de la moralidad, de la higiene, del orden público y de las instituciones.
Otra forma de enseñanza secundaria privada descansaba en los artículos 250 y 251, y era la que se daba «dentro de las familias, bajo la vigilancia de los padres o de quien hacía legalmente sus veces, a los hijos de la familia y a los hijos de los allegados de la misma»; así com también «la que diversos padres de familia, asociados con este intento», hiciesen «dar bajo su efectiva vigilancia o bajo su responsabilidad en común a sus hijos». Era la llamada escuela paterna, a la que la ley declaraba «libre de todo vínculo de inspección por parte del Estado». 135
De tal suerte, podía considerarse la enseñanza secundaria dada en centros, donde generosos bienhechores de la humanidad recogían jóvene pobres y desamparados para cumplir con ellos el ministerio paterno. Es cierto que circulares de Ministros, interpretaciones de Delegacione de Enseñanza, disposiciones de Consejos Escolásticos iban reduciendo prácticamente a una mera apariencia el principio legal de la enseñanza secundaria libre; pero, indudablemente, ningún poder ejecutivo tiene derecho a sustituir la ley, y un ciudadano que intente evita ingerencias e imposiciones arbitrarias, no puede ciertamente ser tachado de desobediente a las leyes del Estado.
Conocida la ley institucional, veamos ahora quiénes eran los encargados de su ejecución en Turín: primeramente el Gobernador, que se mostró el más celoso de todos en la campaña contra el Oratorio. Gobernaba la provincia de Turín un tal Minghelli, Vaini, cuya vida describió el entonces célebre consejero municipal Dupraz en una larga carta confidencial a don Bosco y que podemos resumir así: activísimo revolucionario en Módena en 1848, fue miembro del gobierno provisional de aquel ducado y llamado a formar parte del Ministerio después de la anexión; en 1849, fue nombrado director del nuevo penitenciario de Oneglia, pero, por falta de los requisitos ((151)) necesarios para organizar y dirigir aquel establecimiento, después de una inspección y una información parlamentaria, fue traslada a la dirección del penal para mujeres, y del hospicio venéreo en Turín; pasó, después, a diputado en el Parlamento; a inspector de prisiones a gobernador de Cágliari y, por fin, a Turín. Otro del antiguo ducado de Módena, Nicomedes Bianchi, de Reggio Emilia, Asesor de la Institución Pública en Turín, fue el verdadero factótum en este asunto y llevó a él el espíritu sectario, del que tantas pruebas había dado en sus obras de historia. El Delegado Provincial de Enseñanza, Rho, estaba protegido por su hermano sacerdote, simple maestro elemental, pero, abusivamente, en función de inspector de escuelas. Los dos habían sido condiscípulos de don Bosco en las escuelas de Chieri. Se escondía en ellos un antiguo rencor contra el Beato, desde que un sobrino suyo había sido expulsado del colegio de Mirabello. El fogoso teólogo había amenazado con pedir cuentas de la afrenta sufrida, como él la llamaba; en 1879 hablaba contra el Oratorio y anunciaba, por una y otra parte como cierto, el cierre de sus escuelas, sin dar ninguna señal de que le desagradaba esta severa medida. Cuando don Bosco volvió de Roma fue a visitar al Delegado Provincial y aludiendo a sus inspecciones, le dijo:
-íEspero que, tú al menos, me tratarás bien!
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Pero el interlocutor contestó que él tenía que defender la ley en todo y por todo. Insistió don Bosco recordándole la antigua amistad y alegando sus razones; pero, no le arrancó más respuesta que ésta.
-Ponte en regla, ponte en regla.
Un motivo de tal dureza ya se le había escapado hablando con alguno en el patio mismo del Oratorio: temía, si procedía de otro modo, s enviado a Palermo, como Delegado Provincial de Enseñanza o incluso perder el empleo.
Y ahora vamos a los hechos. En la novena de María Auxiliadora el secretario del Consejo Escolástico Provincial envió al Beato copia exacta de un decreto ministerial del 16 de mayo, ordenando el cierre del bachillerato anejo al Oratorio de San Francisco de Sales; encargad de la ejecución era el Gobernador, como Presidente del Consejo Escolástico de Turín. La orden draconiana se fundaba en dos motivos: ((152)) la violación de la ley vigente con respecto a la idoneidad legal de los profesores y el engaño, repetidas veces tendido por don Bosc a la autoridad escolástica de Turín, al enviar una lista de profesores declarados hábiles, cuando en realidad se servía de otros no autorizado Pero nótese que esta comunicación del decreto no se había hecho todavía en forma oficial, sino como simple aviso, para que se tomaran la debidas medidas. El Gobernador actuó de esta manera, porque la mayoría del Consejo Escolástico, que era favorable a don Bosco, había deliberado que la comunicación oficial del decreto se hiciera sólo el día anterior a la salida de los alumnos para las vacaciones otoñales.
Se imponía aprovechar el tiempo para conjurar el desastre. Don Bosco fue a ver al Gobernador para agradecerle la atención tenida, exponerle sus consideraciones y presentarle el siguiente escrito que le sirviese de memorial.
Ilmo. Señor Gobernador:
Ruego a V. S. Ilma. tenga a bien considerar la exposición de algunas cosas que se refieren a los pobres muchachos internados en el Oratorio de San Francisco de Sales.
Aclaraciones sobre el decreto, con el que el señor Ministro de Instrucción Pública ordenaba el cierre de las escuelas de bachillerato del Centro, conocido por el nombre de Oratorio de San Francisco de Sales.
EXPOSICION HISTORICA
Movido por el vivo deseo de remediar de algún modo la condición de tantos desgraciados que, por su desamparo, se están preparando un triste porvenir, desde el 137
año 1841 me he preocupado de recoger el mayor número de ellos en apropiados parques de recreo. En 1846 se abrió para los más desamparados y en peligro un hospicio de caridad, al que las autoridades civiles y gubernativas solían enviar esta clase de míseros muchachos. El fin principal era hacerles aprender un arte u oficio con el que ganarse un día honrado sustento. Entre los recogidos había algunos que, por naturaleza, estaban dotados de especial aptitud para las ciencias y otros, que por pertenecer a familias nobles o de posició desahogada venidas a menos, pareció oportuno destinarlos a los estudios del Bachillerato. Obtúvose buen resultado y no pocos de ellos llegaron a hacer honrosa carrera en el comercio, en la milicia, en la enseñanza y ((153)) algunos, incluso, a ocupar algunas de las primeras cátedras en las Universidades del Estado. Algunos también, deseosos de dedicarse al arte tipográfico, llegaron a ser alumnos de la imprent de este mismo Instituto. Estas escuelas fueron consideradas en todo tiempo por la autoridad escolástica como obra caritativa, casa de refugio, escuelas paternales, conforme a la Ley Casati de enseñanza, artículos 251-252 que dicen: La Instrucción Pública y el mismo rey Humberto I fueron siempre nuestros más insignes bienhechores con su consejo y con subvenciones. Solamente el curso 1877-78 el Delegado Real ordenó poner en las clases maestros titulados, so pena de no permitir la apertura de nuestras clases de bachillerato en favor de estos nuestros pobres muchachos.
Considerando que esto sería una desgracia para muchos hijos del pueblo, que se verían privados de un medio, con el que hacer frente a l vida, y que algunos, no pudiéndose aplicar a un oficio laborioso, tendrían que volver al triste abandono en que yacían sumidos:
Deseoso, por otra parte, de obedecer por cuanto es posible a las autoridades del Estado, he procurado poner al frente de las clases profesores con su correspondiente título; y, como algunos de ellos están empleados en la administración material del centro, ponían suplentes idóneos, que tienen títulos equivalentes, y éstos asistían y dirigían las clases durante las horas que ellos no podían encontrarse en
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clase. Así marchaba la cuestión, cuando, estando yo ausente de Turín, se presentó de improviso el Delegado Real (carta del mismo, 2 de enero, año corriente) para inspeccionar de nuevo nuestras escuelas. Este declaró que, en cuanto a limpieza, higiene, disciplina y moralidad no dejaban nada que desear, pero advirtió que tres profesores titulados estaban en aquellas horas ocupados en sus respectivas oficinas administrativas, y, en su lugar encontró a los suplentes; por este solo motivo, como consta en la mencionada carta, amenazó con el cierre d Instituto, si no se encontraban permanentes en su puesto los profesores presentados en la nota. Me parece oportuno observar que el curso escolar dura en este centro desde el 15 de septiembre y que el horario de las clases, pudiendo ordenarse según la mayor comodidad de los profesores, no descuidan en absoluto la enseñanza regular, a pesar de que en algunas horas y algunos días no se encuentra en clase cada un de los profesores titulares; puesto que, si en ciertas horas y días están impedidos por sus muchas ocupaciones de atenerse al horario legal, compensan con exceso la enseñanza en las horas libres de la respectiva administración.
Hay que observar también que no existe ley alguna que obligue a los centros privados a observar los horarios escolásticos oficiales. Igno si hay leyes, que prohíban a los titulares hacerse suplir, cuando no pueden encontrarse en la respectiva clase, tanto más sirviéndose de profesores con títulos equivalentes. Hay muchos hechos que demuestran ((154)) lo contrario y hay en esta nuestra ciudad de Turín un maestro público que suple, hace ya varios meses, al titular del primer curso de Liceo 138
sin título alguno, si no queremos calificar de título equivalente la aprobación del señor Delegado.
No obstante, queriendo no sólo someterme, sino también respetar la autoridad escolástica, pido, a título de favor, se me conceda un tiempo para que yo pueda cumplir, no sólo lo que prescriben la leyes, sino cuanto deseaba el mismo señor Delegado añadiendo estas palabras: etc. etc.
Suplico, por lo tanto a V. S. Ilma, como padre de los pobres hijos del pueblo, tenga a bien interponer sus buenos oficios, ante el Consejo Escolar de la Provincia de Turín, y, si fuere menester, ante el Ministro de Instrucción Pública, para que se conceda el tiempo implorado no mí, sino a los muchachos a quienes amparo.
Espero obtener el favor que imploro, pero, si no pudiese conseguirlo, me sometería, con tal de no perjudicar el porvenir de mis pobres muchachos y echarlos a la calle, al grave sacrificio de modificar la administración de la casa a fin de que cada profesor pueda encontrarse su clase de acuerdo con el horario, que se quiera establecer.
Tengo el honor de poderme profesar
De V. S. Ilma.
Turín, 18 de mayo de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Don Bosco pretendía hacer retirar el decreto; por eso escribió y envió copia de esta exposición a personas influyentes de Turín y de Roma, como al comendador Barberis, al presidente de ministros Depretis, al ministro de la guerra, general De la Roche, amigo de don Francisco Dalmazzo y a otros personajes. Dijo él mismo en el Capítulo el 8 de junio:
-Sepa, al menos, el ministro Coppino, que tenemos importantes defensores y que, pese a su perfidia, el Señor dispone que aún podamos humanamente resistir. Escribirle a él no me conviene, pues ya le hablé y escribí varias veces en los años pasados; siempre me prometió el oro y el moro de palabra; pero, a la hora de la verdad, hacía lo posible por engañarme con mil enredos.
Convencido de que no había nada inminente que temer, creyó oportuno ir a hablar con Nicomedes Bianchi, que tanta ((155)) influencia tenía en el Consejo Escolar Municipal de Turín. Hacía mucho tiempo que se conocían. En la reunión capitular mencionada, en la que expuso a los Superiores el estado de la cuestión, refirió don Bosco el diálogo, tenido con él y que encontramos referido en las actas. Dicho Bianchi, apenas le vio y sin dejarle abrir la boca, comenzó sin preámbulos:
-íDon Bosco, usted viene para hablarme de aquel decreto!
-Precisamente. 139
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-íMire, no tema! Se ha determinado en Consejo no enviárselo hasta la víspera de la salida de los muchachos para vacaciones.
-Muy bien; agradezco cordialmente este rasgo de bondad a cuantos han intervenido en ello. Pero Vuestra Señoría comprenderá que este decreto es una censura. y un acto de desconfianza, que se me infiere. Creo que no merezco tal cosa.
-»Qué quiere usted que haga? Lo hecho, hecho está.
-»Qué me aconsejaría usted? Yo quisiera hacerlo retirar, presentando documentos oportunos.
-He estudiado el asunto y creo que tendría a su disposición razones suficientes para conseguirlo legalmente; pero no se lo aconsejo, por dos motivos. Primero, porque, si se vieran obligados a retirarlo tomarían luego tantas represalias que sería peor para usted; segundo, porqu aun cuando tenga usted razones que oponer a su favor, otros aducirían otras en contra y, quieras que no, el decreto ahí lo tendría usted a la fuerza. Mire, en este decreto están interesados el Consejo Escolar de Turín, el Municipio y el ministerio de Instrucción Pública.
-»Entonces, tendré que aguantarme este acto de desconfianza?
-Escuche: usted siga adelante por este año, y, para el próximo, provéase de profesores titulados y que den clase ellos mismos.
-Los profesores titulados los hay y dan clase... »Estaremos o obligados también al horario oficial? Esto, ciertamente no.
((156)) -Según la relación entregada al Consejo Escolar, resulta que en el Oratorio no hay tales profesores titulados.
-Los hay.
-Entonces envíe usted enseguida nota de ellos al Gobernador, dando pruebas de que están esos profesores; diga sus nombres, y adjunte l correspondientes títulos. Una cosa, además, que no como consejero municipal ni como miembro del Consejo Escolar, sino como amigo, puedo decirle es que usted no sólo no está obligado a seguir el horario oficial, sino que, para evitar toda suerte de atropello o de visitas inoportunas, indique para otros años, si lo pide el caso, que para mayor comodidad de sus profesores y alumnos no sigue el horario oficial sino que da clase por la mañana temprano y muy avanzada la tarde; o también con horario fijo, por la mañana a tal hora y por la tarde a tal otra; de este modo, si llega el Delegado por la mañana sin previo aviso, se le dice que los jóvenes están estudiando y que la clase es por la tarde; y si el Delegado va por la tarde, se puede decir que la clase se dio por la mañana.
-Le agradezco cordialmente su gran bondad al decirme estas cosas; sin embargo, convénzase de que jamás he tratado ni trato de 140
burlar la ley ni violarla; tengo firme voluntad de ajustarme a ella; sólo debo decir que en la multiplicidad de cosas, algunas veces no se puede seguir el horario y, otras, es necesario utilizar el suplente.
Queriendo además don Bosco informarse mejor de su posición con relación al Consejo Escolar y al Ayuntamiento de Turín, le hizo muchas preguntas, por si acaso había algún punto negro que él ignoraba. Se le aseguró que no; antes al contrario, el asesor le dijo que en e Consejo Escolar se había hablado extensamente y se habían hecho altos elogios del instituto de don Bosco, de sus obras y de los muchach pobres amparados por él; pero que se había afirmado que don Bosco pretendía burlar la ley y engañar a las autoridades, poniendo a dar cla a maestros no titulados (había también las escuelas elementales para alumnos externos) y haciendo pasar ((157)) por profesores, maestros sin diploma.
-Este es el único punto negro, dijo Nicomedes Bianchi. Fue el Delegado y no encontró a los profesores en su puesto. Fue por segunda ve y las cosas seguían como antes; es más, alguno de sus maestros o quizá otro que no sabemos, después de esta segunda visita dijo a alguien esta frase: -íBuena jugada le hemos hecho! íNos hemos reído de él! Y dijeron esto porque en el Oratorio habían tenido tiempo para hace entrar en la clase, antes de que llegara el Delegado, uno o dos maestros titulados. Estas cosas llegaron a oídos del Delegado, éste las comunicó al Consejo y provocaron el acto de desconfianza, que motivó se elevara al ministerio la propuesta de dictar el decreto de cierre.
Don Bosco hizo observar la ligereza, es más, la injusticia de una medida tal. íTodo porque alguien, que no se sabía quién, había dicho a algún otro, desconocido también, palabras inconvenientes contra el Delegado! Con todo, don Bosco quedó muy satisfecho de aquella entrevista, que duró largo rato.
De labios afuera, observó don Bosco, Nicomedes Bianchi se mostró benévolo y me descubrió varias cosas respecto a nosotros, que importaba mucho conocer. Sin duda, es uno de los más peligrosos en el Consejo Escolar y probablemente es él quien nos ha dado el golpe de gracia; pero, a veces, el Señor habla incluso por boca de la burra de Balaán.
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Don Bosco dio a conocer todo esto a los Superiores principales; pero, dentro de casa, no se sabía de ello absolutamente nada. El esperab obtener al menos la dilación de dos años, concedida por la ley; y en dos años había tiempo suficiente para muchas cosas.. Por esto se encomendó encarecidamente al teólogo Baricco, consejero municipal 141
y buen amigo suyo; pero éste le contestó 1: «Tengo la mejor buena voluntad de favorecer al Oratorio de San Francisco de Sales fundado p
V. S. y sostenido con tanta utilidad para el pueblo; pero veo demasiado difícil, ((158)) diría casi imposible, que la autoridad escolar le conceda el plazo de dos años para ordenarlo conforme a las leyes. Ya hace varios años que el ministro insiste a los consejos provinciales que reclamen a todos los centros privados la observancia de la ley; por tanto, a estas horas no puede haber lugar para esta indulgencia excepcional. El Oratorio de San Francisco de Sales es un centro de importancia por el gran número de alumnos, y una excepción en su fav sería reclamada por muchos. Yo, que veo cómo andan las cosas, creo dar a V. S. un buen consejo, animándole a hacer los esfuerzos posibl para tener profesores idóneos y estables en todas sus escuelas. De esta manera, la vida del instituto será tranquila y nadie podrá alterar su pacífica marcha. La Providencia, en la que V. S. confía, le dará los medios para hacerlo todo y bien». Entonces el Siervo de Dios escribió al Gobernador esta carta de justificación:
Ilmo. Señor Gobernador:
Aunque va haya comunicado verbalmente el nombre de los profesores de los cursos de bachillerato para nuestros pobres asilados, sin embargo, creo oportuno darlos aquí por escrito para norma de la autoridad escolar, que V. S. preside tan dignamente.
Los profesores que actualmente imparten la enseñanza para estas pocas semanas del curso escolar son los siguientes:
5.° curso, D. Celestino Durando, Pbro.
4.° curso, D. Miguel Rúa. Pbro.
3. er curso, D. Juan Bonetti, Pbro. 2.° curso, D. Marcos Pechenino, Pbro. 1. er curso, D. José Bertello, Pbro. Sus títulos se encuentran en la oficina del Real Delegado y, si hace falta, enviaré copia a V. S. Ilma.
El próximo curso 1879-80 habrá algún cambio; pero, en su día, se dará comunicación de ello, asegurando que todos estarán provistos de títulos legales.
Permítame el honor de profesarme.
De V. S. Ilma.
Turín, 20 de junio de 1879
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
1 Carta de 18 de junio de 1879. 142
((159)) »Demora de dos años? íNi pensarlo! Cuando el Ministro conoció la deliberación de proponerle que fuera diferida hasta el términ del curso escolar la intimación del decreto de cierre, no sólo no accedió, sino que perentoriamente mandó al Delegado ejecutar el cierre no más tarde del 30 de junio. El señor Rho le avisó amistosamente, añadiendo 1:
«La amistad personal, que me une a ti hace tantos años, me mueve a aconsejarte que te sometas con resignación al Decreto y lo ejecutes con verdad y sinceridad. Hecho esto, podrás enviar al Ministro una instancia, en la que, poniendo por delante la declaración de que a fuer buen ciudadano, has obedecido las disposiciones de la Autoridad del Estado, pedirás que se te conceda volver a abrir el Bachillerato para e curso escolar 1879-80, prometiendo valerte de profesores titulados y disponer que éstos atiendan personal y habitualmente a su oficio. Est
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súplica, apoyada ante el Ministerio por alguna persona de autoridad, podrá, creo yo, ser acogida favorablemente, mientras que la que fue rechazada ya dos veces, y que tú renovaste al Gobernador, para ser autorizado a servirte de personal docente no titulado durante dos o tres años por lo menos, no sería, a mi juicio, favorablemente acogida».
Después del relámpago, el trueno. Era la víspera de la Natividad de San Juan Bautista, fiesta en la que se celebraba el día onomástico de don Bosco, cuando compareció un delegado de policía en el Oratorio, a las diez de la mañana, con el decreto, que entregó en manos de do Bosco, pidiendo recibo de la entrega 2. Con fecha del mismo día, le llevaba el correo, a la mañana siguiente, una cartita de recomendación para colocar al muchacho Miguel Gabbero; se la enviaba el señor Angel Boggiani, miembro del Consejo de Estado, una sección del cual había dado su voto a favor del decreto de cierre.
((160)) »Cómo era posible que don Bosco pudiese escuchar el consejo de «aceptar con resignación» un decreto, que le obligaba a tan precipitado cierre de sus escuelas: El Oratorio no era un colegio de poco más o menos, que vivía de la trampa y del contrabando en un rincón escondido de la península, sino que, por el contrario, el nombre del que lo regía corría de boca en boca, honrado y venerado por medio mundo en Italia y en el extranjero; no era posible, de la noche a la mañana, echar a la calle a tantos muchachos. Creyó, pues, útil hacer lo que antes había rehusado hacer, esto es, escribir inmediatamente
1 Carta del 20 de junio de 1879.
2 Véase: Apéndice, doc. núm. 22. 143
al ministro Coppino. Redactó la carta 1, pero no se decidía a enviarla; por fin, tres días después, se la mandó con algunos retoques:
Excelencia:
Se me ha enviado una copia del Decreto Ministerial de cierre del Bachillerato, dirigido por mí en este Oratorio Salesiano. Permítame observar que la propuesta de cierre, hecha por ese Consejo Escolástico, en la que se apoya este Decreto, carece de fundamento legal (como se colige por el Documento adjunto), puesto que los diversos grados de enseñanza de mi Centro están confiados a profesores dotados de títulos legales, según prescribe el art. 246 de la ley, citado sin fundamento contra mí en el Decreto, y puesto que no existe ninguna de las graves razones citadas en el art. 247 para el cierre de un Centro. Y el hecho de que los profesores titulados de este bachillerato se hagan suplir por otros maestros, cuando ellos no pueden dar la lección, no puede autorizar al cierre de un Bachillerato, porque no contraviene ningún artículo de la ley y porque así se practica en cualquier Centro público o privado.
Invoco, por tanto, de la justicia de V. E. la revocación del Decreto de cierre, y espero de su cortesía unas líneas de contestación, para que si ésta fuese desfavorable (lo que no creo) pueda yo recurrir a los medios que me consienten las leyes para tutela de mis pobres alumnos.
Tengo el honor de profesarme de V. S.
Turín, 26 de junio de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
En este recurso veía don Bosco, por lo menos una razón para ganar tiempo; lo cual, después de todo, ((161)) significaba algo en tan apurada situación, por cuyo motivo escribió al Gobernador de la Provincia:
Ilmo. Señor Gobernador:
He recibido su apreciadísima carta, acompañando el decreto ministerial, por el que se ordenaba el cierre de nuestras escuelas de bachillerato.
Siéndome imposible en el breve espacio de cuatro días (laborables) dar cumplimiento a este decreto y, por otra parte, careciendo de fundamento legal los motivos en que se apoya, he deliberado interponer recurso a la Autoridad Superior.
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Se lo participo para que se digne suspender la ejecución del mencionado decreto hasta nuevo aviso, que seguramente le será comunicado
Tengo el honor de profesarme de V. S. Ilma.
Turín, 26 de junio de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 23. 144
Como don Bosco debía ausentarse de Turín, encargó a don Miguel Rúa que fuera con don Celestino Durando a visitar al Gobernador pa oír de sus labios cuáles eran sus intenciones, con respecto al Decreto de cierre. íDe mal en peor! Por la conversación supieron que los muchachos tenían que salir del Oratorio, y, como su resuelta actitud no admitía réplica, le rogaron tuviera a bien conceder una prórroga pa terminar los exámenes, que era imposible acabar en el breve lapso de tiempo entre la intimación del Decreto y la fecha de despedida, y par poder colocar a los muchachos huérfanos de padre y madre. En cuanto a esto, pareció dispuesto a condescender, de modo que se consideró se podía seguir adelante unos días después del 30 de junio, sin temor a molestias 1.
Pero fue una ilusión que se disipó muy pronto. El día mismo de aquella visita el Gobernador contestó a la carta de don Bosco, diciéndol que de ningún modo podía suspender la ejecución del decreto ministerial; por consiguiente, si el día 30 del mes no se cumplía la orden de cerrar el centro, ((162)) amenazaba con acudir a los medios que le suministraba la ley para que fuera respetada la autoridad del Gobierno, quien procedía el Decreto. «Para la ejecución, echábale en cara el funcionario, usted ha tenido no cuatro, como erróneamente afirma, sino ocho días de tiempo, pues se le hizo la notificación el 23 del corriente mes». Pero don Bosco, con buen derecho, no había contado dos días festivos, el 24 fiesta de san Juan y el 29 domingo, y los dos días de la comunicación y del cierre. Tranquilo, sereno y afable le contestó:
Ilmo. Señor Gobernador:
Habiendo, por graves y legales motivos, interpuesto recurso a la Autoridad Superior, creía que sería prorrogada la ejecución del decreto de cierre de las escuelas de nuestros pobres muchachos, hasta que la competente autoridad se pronunciase. Mas, por la nota recibida ayer, advierto que V. S. quiere urgentemente la ejecución del decreto dentro del día de hoy, 30 de junio.
A esta intimación debo someterme sin reserva. Por lo tanto, le participo que hoy mismo queda suspendida la enseñanza del bachillerato este Centro; me industriaré para dedicar a los alumnos a algún oficio compatible con su edad y condición; los que todavía tienen padres serán entregados, a ser posible, a los mismos.
Por último, algunos alumnos del quinto curso, como deben presentarse a los exámenes de reválida para el diploma, tendrán que seguir en el Oratorio, hasta la fecha de los exámenes oficiales.
Tengo el honor de profesarme
Turín, 30 de junio de 1879
Su atto y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
1 Carta de don Miguel Rúa a don Bosco, Turín, 28 de junio de 1879. 145
El Gobernador habló con el juez de primera instancia para ver si éste le secundaba e imponía el desalojamiento por la fuerza; pero el jue se negó en absoluto a actuar contra tantos pobres muchachos. Algunos huérfanos o muy pobres se presentaban al Gobierno Civil pidiendo que se les proporcionara lugar donde alojarse. Por fin, el 2 de julio, fueron concedidos unos días más para terminar los exámenes. »Qué había ocurrido para calmar los espíritus? El ministerio se tambaleaba y parecía cierta su caída. En estos momentos los funcionarios, al dars
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cuenta, recordaron a ((163)) Talleyrand y sus famosas palabras: Surtout, pas de zèle (sobre todo, ínada de celo indiscreto!). En cambio el celo no dejaba descansar a don Bosco, que, tomando de nuevo la pluma, escribió una defensa para enviar al Ministro de Instrucción Pública, poniendo más de relieve el carácter paternal de sus escuelas y apelando a las disposiciones de la ley Casati. Un ímpetu elocuente santa indignación brota de su corazón, al rechazar la acusación de haber querido engañar a las autoridades escolares.
Aclaraciones al decreto del señor Ministro de Instrucción Pública ordenando el cierre de las escuelas de Bachillerato del Oratorio de San Francisco de Sales en Turín.
EXPOSICION HISTORICA
Vuestra Excelencia sabe ciertamente que sólo por el vivo deseo de ayudar de alguna manera a tantos desdichados jovencitos, que, por el abandono en que se encuentran, se van preparando un triste porvenir, me he dedicado desde el año 1841 a reunir el mayor número posible de ellos en lugares apropiados para divertirse.
En 1846 se abrió un Centro de caridad para los más desamparados y en peligro, adonde las autoridades municipales y gubernativas solía enviar a pobres muchachos de esta clase.
El fin principal era que aprendiesen un arte u oficio para que fueran capaces de ganarse en su día un honrado sustento. Pero, entre los asilados había algunos dotados de aptitud especial para los estudios, y otros procedentes de familias acomodadas que habían venido a menos; y éstos eran destinados a los estudios secundarios. Se obtuvieron buenos resultados, puesto que muchos de ellos llegaron a conseguir una honrosa carrera en el comercio, en la milicia, en la enseñanza y algunos, incluso, ocuparon las primeras cátedras en las universidades del Estado. Varios, deseosos también de dedicarse al arte tipográfico, ingresaron como alumnos de la imprenta de este mism Instituto.
Estas escuelas fueron siempre consideradas por la autoridad escolástica como una obra de caridad, una casa de asilo, a manera de numerosa familia, de la que quien esto escribe hace por todos los conceptos las veces de padre. Todo esto de conformidad con la ley Casat sobre Instrucción Pública, artículos 251-252.
Artículo 251. «La enseñanza secundaria, que se da dentro de las familias bajo la vigilancia de los padres o de quienes hacen legalmente sus veces, a los hijos de familia 146 y a los hijos de los allegados de la misma, estará libre de toda clase de inspección por parte del Estado».
Articulo 252. «A la enseñanza, mencionada en el artículo anterior, ((164)) será equiparada la que varios padres de familia, asociados par este fin, hagan dar bajo su efectiva vigilancia y bajo su responsabilidad en común a sus propios hijos».
Es más, los Reales Delegados Provinciales de escuelas y los Ministros de Instrucción Pública fueron siempre generosos, concediéndono el favor de su autoridad, ayudas económicas y enviando a nuestras escuelas muchachos pobrecitos, a quienes la desgracia había reducido d una condición acomodada a la miseria. Nuestros reales soberanos y el mismo Humberto I fueron siempre nuestros más insignes bienhechores.
Solamente el pasado curso escolar de 1877-78, el Delegado Real de esta provincia de Turín nos ordenó poner en las clases profesores titulados, so pena de no permitir más la apertura de nuestras clases secundarias. Esta exigencia ocasionaba serias molestias y gastos; sin embargo:
Considerando que esto habría sido una desgracia para muchos hijos del pueblo, que, quizá por no poderse dedicar a un oficio fatigoso, tendrían que volver al estado de triste abandono en que se encontraban;
Deseosos, por otra parte, de obedecer, dentro de lo posible, a las autoridades del Estado, hemos procurado poner en las clases profesores con su correspondiente título, y como algunos de ellos están empleados en la administración material del instituto, ponían suplentes idóneos, que tienen títulos equivalentes, y éstos asistían y dirigían las clases en las horas en que aquéllos no podían encontrarse.
Caminaban las cosas de este modo, cuando, en una de mis ausencias, se presentó de improviso el Delegado Real (carta de éste, 2 de ener del año actual) a visitar nuestras escuelas. Declaró que, en cuanto a limpieza, higiene, disciplina y moralidad, no dejaban nada que desear, pero advirtió que tres de los profesores titulados estaban ocupados en sus oficinas administrativas y encontró en su lugar a los suplentes. P
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este único motivo, como consta en la mencionada carta, amenazó con el cierre del Instituto, si no estaban permanentemente en sus puestos los profesores que figuraban en la nota.
Creo oportuno observar que el curso escolar dura en este centro del 15 de octubre al 15 de septiembre, y que, como el horario de las clas puede ordenarse a comodidad de los docentes, aunque algunos días no se encuentren a ciertas horas en clase todos y cada uno de los Profesores titulados, sin embargo ellos no abandonan en absoluto la enseñanza regular, porque, si no pueden en ciertos días y a ciertas hor por sus muchas ocupaciones atenerse al horario legal, compensan con creces la enseñanza en las horas libres de su respectiva administración.
Debe observarse también que no existe ley alguna que obligue a los centros privados a observar los horarios escolares estatales. Ignoro también si hay leyes que prohíban a los titulados hacerse suplir, cuando ellos no pueden asistir a sus respectivas clases; ya que ((165)) en esta nuestra ciudad de Turín hay profesores públicos, que suplen en primer curso de Liceo, sin título de ninguna clase, salvo que queramos llamar título equivalente a la aprobación del señor Delegado Real.
Esto no obstante, queriendo no sólo someterme, sino también ser respetuoso con la autoridad escolástica, pedía que, a título de favor, se me diese un lapso de tiempo para poder cumplir, no sólo cuanto prescriben las leyes, sino también cuanto deseaba el mismo señor Delegado. En la instancia presentada al señor Presidente escolástico, yo añadía estas palabras; 147
«Suplico, por tanto a V. S. Ilma., como padre de pobres hijos del pueblo, tenga a bien interponer sus buenos oficios ante el Consejo Escolástico de la Provincia de Turín y, si hace falta, ante el señor Ministro de Instrucción Pública, a fin de que se les conceda a estos mis hijos amparados, que no a mí, el lapso de tiempo implorado.
»Y si no pudiese conseguir el favor pedido, para no perjudicar el porvenir de mis pobres muchachos, poniéndolos en medio de la calle, me sometería al grave sacrificio de modificar la administración del Centro, a fin de que cada profesor pueda encontrarse en su propia clase según el horario, que se quisiese fijar». He esperado mucho tiempo una favorable respuesta, o por lo menos una tolerancia, hasta el fin del curso escolar, mas, por el contrario, el 23 del corriente mes se me comunicó el decreto de cierre de nuestras escuelas.
ALGUNAS OBSERVACIONES SOBRE ESTE DECRETO
Hasta ahora, en todas mis relaciones con la autoridad civil, he considerado siempre como riguroso deber seguir la voluntad de quien mandaba, sin aprovecharme de las leyes. En el caso presente, pido que se me conceda hacer algunas respetuosas observaciones.
Del día 23 al 30 de junio, descontando los días festivos, quedan cuatro días para los exámenes de unos trescientos alumnos y avisar a sus padres o tutores, muchos de los cuales viven en ciudades lejanas y otros en naciones remotas, como Francia, Inglaterra, Polonia, etc.
Además, muchos de estos alumnos han sido enviados por las autoridades gubernativas o municipales; me repugna tener que devolvérselos: incluso las autoridades no podrían encontrar enseguida un nuevo alojamiento a estos protegidos. Esto requiere ciertamente más de cuatro días. Por esta circunstancia, el decreto resultaba imposible cumplirlo.
Téngase en cuenta también que muchos de estos jovencitos son huérfanos y carecen en absoluto de medios de fortuna. »Qué hacer? »Volverlos a abandonar? No tengo corazón para hacerlo, si no me obliga la autoridad, la cual no creo que llegue a este extremo.
ILEGALIDAD DEL DECRETO
Antes de llegar a la propuesta de cierre, hubiérase debido cumplir el artículo 248 y dar tiempo al director del Centro para hacer sus ((166 observaciones. Si hubiese sido observado este artículo, se habrían hecho las debidas aclaraciones, poniendo al Consejo Provincial superior en condición de pronunciar un juicio más serio.
Además, la ley sobre la instrucción pública especifica (art. 247) así las causas de cierre: «No puede ser clausurado un centro, sino por causas graves en las que estuviese comprometida la conservación del orden moral y la tutela de los principios por los que se rige el orden social público del Estado o la salud de los alumnos».
ERROR DEL CONSEJO ESCOLAR DE TURIN
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El señor Ministro apoya su Decreto en el Consejo Escolar de Turín y motivado por la falta de idoneidad legal del personal docente y el ardid con el que el el reverendo 148
Juan Bosco quiso engañar a la autoridad escolar, enviando una lista de docentes titulados, mientras que en realidad se valía de otros no titulados.
La primera parte de esta afirmación carece de fundamento, porque el mismo Delegado Real, con fecha 2 de enero, afirma haber recibido 15 de noviembre de 1878 la lista de profesores con sus títulos legales, sobre lo cual nunca hubo motivo de reclamaciones. Por consiguient la propuesta de cierre se apoya en un error. Con respecto a la segunda parte de la afirmación, a saber, que el que esto escribe haya querido repetidas veces engañar a la autoridad escolar, me avergüenza tener que responder.
Hace treinta y ocho años que vivo en Turín, sirviendo al Gobierno desinteresadamente, guiado únicamente por la caridad cristiana; he empleado constantemente bienes, esfuerzos y vida por los pobres hijos del pueblo y, en conciencia, puedo decir que: ningún juez severo q someta a riguroso examen cuanto he publicado en la prensa, dicho de palabra y realizado en las varias épocas de mi vida, me podrá acusar de haber querido engañar a las autoridades. Muy lejos de buscar la evasión de la ley, siempre estuve a la cabeza de todos para predicarla, cumplirla y hacerla cumplir con la más escrupulosa observancia. Si alguna vez he pedido benigna aplicación de las leyes a las autoridades supremas, por las que siempre fui bien recibido y favorecido, lo hice siempre en favor de mis pobres y abandonados muchachos y nunca para mí.
En cuanto a substituir los profesores consignados en la nota entregada al Delegado Real, ya hemos contestado arriba. Aquí me limito a repetir.
1.° No hay ninguna ley que prohíba a un profesor titular hacerse substituir en caso de necesidad, quedando siempre él como responsable de la clase a él confiada en un centro privado y más cuando el suplente tiene títulos equivalentes.
2.° Aquí, además, hay que volver a declarar que, en los centros privados, hay plena libertad de establecer el horario que resulte cómodo los docentes, por lo cual los profesores titulares de nuestras clases podían declarar, como en realidad han declarado por escrito a la autoridad escolástica, ((167)) que ellos eran no de nombre, sino de hecho, los docentes de la clase a ellos confiada (art. 246).
El día 25 del mismo mes se apeló al señor Ministro para que se dignase leer las aclaraciones, haciendo presente que la brevedad del tiempo imposibilitaba la ejecución del Decreto.
El 26, se rogaba al señor Gobernador de Turín que tuviese a bien suspender los efectos del Decreto, hasta la respuesta del señor Ministro
El señor Gobernador contestó que, si para el día 30 no se había ejecutado el Decreto, él lo mandaría cumplir con los medios que le conceden las leyes.
El 30 de junio se comunicó al señor Gobernador que se cerrraban las escuelas y que, en atención a las leyes, se procuraría colocar a los alumnos en el menor tiempo posible, siendo algunos de ellos enviados a sus propias familias.
El día 2 de julio, el señor Gobernador concedió algunos días para realizar los exámenes de los alumnos, después de los cuales serían despedidos inmediatamente del Centro.
»Pero adónde enviar a muchos que son huérfanos y abandonados y a otros que proceden de pueblos lejanos e incluso de remotas naciones?
Cuando esta defensa llegó a Roma, había tenido lugar la caída del Ministerio. Depretis presentó a la Cámara alta la ley para la abolición del impuesto sobre la molienda, pero no supo inducir a los Senadores 149
para que la aprobaran tal como estaba. El Senado la devolvió a la Cámara de Diputados sustancialmente rehecha; por lo que, al surgir un conflicto de poderes entre las dos asambleas, la votación resultó contraria y llevó a la dimisión del gabinete. Entonces la Unità Cattolica, e un hermoso artículo, calificó el famoso decreto de cierre de las escuelas de don Bosco 1 como «última gloriosa hazaña del ministerio».
Estas preocupaciones no alteraban la habitual tranquilidad de don Bosco. En efecto, el 5 de julio, inauguró en el colegio de Valsálice un museo ornitológico, invitando a presidir la ceremonia al senador Siotto-Pint_r. No era una colección muy abundante, pero sí ordenada y en óptimo estado, obra paciente del canónigo Juan Bautista Giordano, admirado en Turín por su valiente oratoria y sus virtudes sacerdotales.
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((168)) Estudioso apasionado e inteligente de la naturaleza, dedicaba las horas libres en su retiro de Rivalta a buscar aves raras, embalsamarlas y clasificarlas, convirtiendo una de las salas de su quinta en museo y ordenando en vitrinas una hermosa colección de ornitología del país y del extranjero. Muerto el aficionado naturalista en 1871, los herederos ofrecieron la colección a don Bosco, el cual la adquirió para el liceo de Valsálice. De esta manera, contestaba al insulto de quien le cerraba las escuelas, es decir, promoviendo el crecimiento de la cultura.
Siotto-Pint_r, que tomaba vivísima parte en las peripecias del Oratorio, tuvo en su discurso palabras y alusiones, que sólo podían entend los que estaban al corriente de los hechos, pero sazonadas con donaires y expresiones agudas. Vive todavía quien recuerda el admirable contraste entre la calma de don Bosco y la vehemencia con la que el senador sardo, razonando con el Siervo de Dios en el Oratorio, se revolvía contra los causantes de aquellas molestias. No se limitó a clamorosas y vanas quejas, sino que, incluso en Roma, levantó la voz en defensa del «incomparable» don Bosco. Teniendo que salir para Cágliari, no quiso marchar de Turín sin escribir al ministro dimisionario d Instrucción Pública, el cual se limitó a contestarle que, si el Oratorio Salesiano se encontraba verdaderamente en las condiciones legales como él afirmaba, elevara el Director al Consejo Escolástico una instancia en regla para que, según le correspondía en derecho, tuviese a bien revocar la orden de cierre 2.
Pero muy poco se podía esperar de las autoridades locales; por lo
1 Unità Cattolica, martes, 8 de julio de 1879 (Apéndice, doc. núm. 24).
2 Carta de Coppino a Siotto-Pint_r, Roma, 10 de julio del 1879. 150
cual el Beato, al día siguiente de la inauguración en Valsálice, escribió al Rey Humerto I, suplicando a Su Majestad tomara bajo su patrocinio a los muchachos del Oratorio.
Augusta y Real Majestad:
Un Instituto favorecido muchas veces y puede decirse que fundado por vuestros Mayores, generosamente socorrido por la caridad de V. M., se encomienda hoy, con las más humildes encarecidas palabras, a Su clemencia soberana. Hablo del Oratorio de San Francisco de Sale cuya finalidad es la de recoger a los más pobres y abandonados hijos del pueblo
Un decreto ministerial, ((169)) comunicado el día 23 del pasado junio, ordenaba el cierre de las escuelas, que llevan treinta y cinco años funcionando en el mismo lugar. Esto me obligaría a dejar en el más triste abandono a unos trescientos jovencitos, que, con unos pocos año más de educación, podrían ser restituidos a la sociedad capacitados para ganarse honradamente el pan.
Mi corazón se resiste a hacerlo; sólo Vuestra Majestad puede prestarnos ayuda y salvar de la ruina a estos pobrecitos.
Le suplico, por tanto, haga leer las adjuntas aclaraciones, en las que expongo fielmente el estado de la cuestión. Yo no quiero reprochar, ni siquiera desaprobar la autoridad, sólo pido que V. M., si no le parece bien anular el mencionado decreto, interceda al menos para suspender sus efectos, hasta que de alguna manera se tomen las oportunas medidas para asegurar el porvenir de estos pobres muchachos. Todos ellos tienden sus temblorosas manos al paterno corazón de V. M. invocando vuestra clemencia soberana.
Todos a una pedimos a Dios se digne conservar a V. S. R. M.
Turín, 6 de julio de 1879
Su humilde súbdito JUAN BOSCO, Pbro.
Como el tiempo apremiaba, el día 8 telegrafió al conde Visone, jefe de la Casa Real: «Me veo obligado a echar a la calle trescientos pobres muchachos. Urge. Suplico pronto remedio». El mismo día envió el Conde desde Roma este telegrama al caballero Crodara Viscont Director de la Casa Real de Turín: «Ruego avisar sacerdote don Bosco, Director Oratorio S. Francisco de Sales, que su instancia dirigida a
S. M. encuéntrase en curso por orden Soberana, ante Ministerio Instrucción Pública». Y don Bosco contestó inmediatamente con un telegrama al conde Visone: «Nuestros muchachos, sus Superiores, agradecidos dan cordialísimas gracias, asegurando imborrable gratitud generoso acto clemencia Soberana». Fin de Página: 151
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Por ese conjunto de circunstancias, pareció prorrogada la dispersión de los alumnos estudiantes hasta tiempo indefinido, que, sin embargo, no tenían clase, sino que iban de paseo al campo a lugares 151
apartados y allí, formando un círculo alrededor del maestro, se sentaban y recibían clase al aire libre. Naturalmente cada clase tomaba distinta dirección. Parece que los muchachos no sabían nada del cierre. Don Bosco, pues, estuvo tan ((170)) convencido de la tregua, que s lo comunicó al Cardenal Protector, el cual le felicitó por ello, escribiéndole el once de julio:
«El vivo disgusto experimentado con la noticia del cierre de esas escuelas, se ha cambiado en verdadera satisfacción al recibir la carta de
V. S. Ilma. del día 8 de los corrientes. Haciendo ahora votos para que, a la suspensión de la orden de dicho cierre, suceda el cese total de l molestias, que le han causado, me congratulo con V. S. y con sus pobres y numerosos alumnos por todo lo ya conseguido». Pero era una serie de contratiempos y conflictos que no tenía visos de acabar tan pronto. Don Bosco presentó al Gobernador el telegrama que le había enviado el caballero Crodara, pero el Gobernador prestó oídos de mercader y no quiso suspender los efectos del decreto, ni siquiera hasta ser despachada la instancia al Rey; únicamente le concedió diez días de prórroga para los muchachos que no tuviesen dónde refugiarse. El Beato no se dio por vencido; quería obtener a toda costa un aplazamiento y, por tanto, escribió al jefe de la Casa Real, solicitando la protección del Soberano:
Excelencia:
Vuestra Excelencia no puede ciertamente imaginarse la gran satisfacción que a mí y a nuestros muchachos nos proporcionó el telegrama dirigido al caballero Crodara sobre nuestras escuelas. Pero hemos caído en la consternación de antes, al presentarlo al señor Gobernador d Turín y rogarle que suspendiera los efectos del Decreto Ministerial. Me contestó inmediatamente que no podía acatar normas de nadie en estos asuntos y que, por tanto, había que proceder al despido de nuestro pobrecitos. Concede únicamente diez días para los que habían manifestado no saber dónde albergarse. Los demás deberán dispersarse en seguida por calles y plazas. Todas las personas honradas afirma que no hay motivo para el cierre; y, si lo hubiera, se podrían suspender las clases del bachillerato, pero no echar a los huerfanitos a la calle como ya se amenazó otra vez con carta del Gobernador ayer por la tarde.
Así las cosas, no que queda más recurso que la protección de V. S. y la de S. S. R. M. suplicando que se deje en paz a esta casa hasta qu se haya leído mi instancia y se dicte sentencia en conformidad con la misma.
((171)) Los muchachos muy agradecidos confían en su mano bondadosa, mientras yo con profunda gratitud tengo el honor de poderme profesar,
De V.E.
Turín, 10 de julio de 1879
Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro. 152
Además de la Unità Cattolica, hubo otro periódico escolar, Il Baretti, dirigido por el profesor Perosino, que también se ocupó del desagradable asunto y publicó esta nota 1:
«El ministro Coppino, al cesar en su puesto, ha querido dejar un recuerdo de sí mismo en Turín, en donde ha mandado cerrar las escuela de don Bosco en Valdocco. Hablaremos del asunto en el próximo número».
Mientras tanto la Unità Cattolica volvió a la carga con un artículo, que, en resumidas cuentas, era la relación enviada por don Bosco al Ministro, pero expresada en estilo periodístico: «Pero hay todavía, decía al final, un turinés de alta categoría que tiene caridad y humanida en su corazón; y éste es Humberto I». Seguía después la apelación de don Bosco al Rey y la correspondiente respuesta 2.
Un tercer periódico, Lo Spettatore, católico, político y administrativo de Milán, entró en liza con dos artículos vivamente polémicos; en segundo de los cuales es digna de particular relieve esta consideración 3:
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«Se quieren tutelar los estudios de todos estos pobres muchachos; y para remediar los defectos que se han imaginado, se echa a todos a la calle, donde no recibirán ni asomo de instrucción y muchos de ello careciendo de un mendrugo de pan para vivir, se verán obligados a aprender la ciencia del vicio y del libertinaje. »Y esto podrá calificarse de medida adecuada al fin de la ley? Suponiendo que no se les puede dar la enseñanza tan extrañamente acariciada, que sólo adquiere valo en virtud de un diploma ministerial, »por qué obligar a despedirlos? »Así, pues, el defecto de la enseñanza ((172)) tendrá que ser obstáculo para una obra tan filantrópica como es la de recoger de las calles y proporcionar el pan de cada día a los pobres muchachos desamparados?».
Presentóse como abogado defensor del Delegado Rho su hermano sacerdote, que escribió a don Bosco una extensa carta, cuyo encabezamiento y despedida viene al caso referir 4. No empezaba mal: «Debo decir que siempre he tenido gran aprecio, como te lo tienen todos cuantos saben y conocen tu buen carácter y el mucho bien que haces, sobre todo a la clase pobre; pero, he de decirte sinceramente qu en el asunto del cierre de tus escuelas te equivocas de parte a parte. Yo creo
1 Il Bareti, núm. 28, 10 de julio de 1879.
2 Unità Cattolica, 12 de julio de 1879.
3 Lo Spettatore, Gazzetta di Lombardia, 12-13 y 14-15 de julio de 1879.
4 Peccetto Torinese, 17 de julio de 1879. 153
(y perdóname si te hablo como buen amigo, con el corazón en la mano y sin reticencias), creo que el amor, que tienes por tu institución, te ciega un tantico los ojos y no te deja ver el mal, que en ello se encuentra: como un buen padre de familia a quien el afecto a la misma, acas un poco excesivo, no deja en realidad temer por los defectos de los hijos».
Todo lo que sigue después está encuadrado en no querer o no saber distinguir entre colegio privado y escuela paterna; todo el mal deplorado en el preámbulo se reduce a la enseñanza impartida por maestros sin título. La esencia del prolijo razonamiento está condensada en el apéndice después de la firma, mezclada con lágrimas de cocodrilo: «Te aseguro, dice nuestro abogado, que mi hermano sentía muchísimo hacer lo que su deber y la ley le imponían y le duele bastante que tú no quisieses entenderlo para ajustarte por fin a la ley; porque el deber y la ley ante todo, ya no se podía tolerar de ningún modo y, si otros en el pasado, han tolerado, él en conciencia no podía y »tú podrás acaso recriminárselo? Don Bosco es suficientemente honrado sin duda para no condenar el proceder de su antiguo amigo, y, si piensa en ello un poco, debe confesar que no ha hecho ni más ni menos que su deber y que él querrá ponerse en regla para no recibir ((173 en adelante observaciones de ninguna clase, y así no comprometer a los demás. Cierto es que tu colegio está bien gobernado en cuanto a moralidad, como tú dices; pero »basta esto? No, no, y siempre no. Conviene que la enseñanza sea normal y conforme a la ley, que nadie debe eludir, ni sobreponerse a ella, ni obrar en contra y entonces todo marchará bien. »Te parece bien así? Querido amigo, créeme que yo también te soy sincero; ciertos consejeros te aconsejan, pero con fines no siempre justos y honrados».
Esta insinuación apuntaba especialmente al teólogo Margotti y al profesor Allievo. En lo demás se descubre desgraciadamente lo que puede suceder a la mentalidad, aun de un buen sacerdote, cuando se la deja contaminar por la «peste oficinesca» 1, o más prosaicamente p el mal del funcionario.
El teóloro Rho remachó los mismos conceptos en una dura carta a Margotti 2. Este no creyó oportuno contestarle, pero pasó el escrito a «veneradísimo don Bosco», diciéndole que quizá haría algo útil a la causa y desde luego grata a él, si contestaba «privadamente» al herma del Delegado. Don Bosco siguió el consejo.
1 JOSE GIUSTI en Gingillino.
2 Pecetto Torinese, 17 de julio de 1879. 154
Teólogo Rho:
El teólogo Margotti me comunica la carta, que le has escrito, diciéndome que puedo contestar a la parte que me concierne.
Lo hago de buena gana, porque nuestro asunto necesita aclaraciones, sin las cuales todo queda desfigurado.
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Si tú hubieses venido por el Oratorio, te habría demostrado que es un falso supuesto afirmar que nuestros maestros no son titulados.
Tu mismo hermano, el Delegado, tiene en su despacho la lista con sus nombres, apellidos y títulos legales que son: Miguel Rúa, Celestin Durando, José Bertello, Juan Bonetti y Marcos Pechenino, todos diplomados. Por consiguiente, el decreto de cierre se funda en un error, a aducir como motivo de la disposición la falta de Profesores dotados de idoneidad legal.
Dices que me sirvo de antiguos alumnos para las clases, etc.
Querrás llamar antiguos a los mencionados Profesores, que realmente fueron mis antiguos alumnos.
((174)) Tales son también el profesor Rinaudo, de la Universidad de Turín, Marco, de la de Roma, y otros, de otras partes. »No podría servirme de éstos para nuestras clases? Como además, los colegios privados tienen libertad de horario, nadie puede pretender que la enseñanza no se dé cuándo y cómo sea posible y cómodo para los docentes. Además, la ley dice claramente que un colegio no puede ser cerrado, sino cuando es gravemente perturbado e! orden social, el orden moral o la salud de los alumnos. Nunca ninguno de estos motivos puede aducirse contra las escuelas de nuestros pobres muchachos; es más, el mismo Delegado declara en su relación al Consejo Escolástic Provincial después de su visita que, en cuanto a limpieza, disciplina, moralidad y aprovechamiento no dejaba nada que desear.
Y, aunque existiera alguno de estos motivos, dice la ley que, antes de llegar al cierre de cualquier centro, deben ser atendidas las observaciones del Director del mismo para presentarlas al Consejo Escolar Provincial. Nada se hizo de todo esto. El señor Delegado vino cuando yo estaba ausente, visitó rápidamente las clases y se encontró con que la higiene, la moralidad, la limpieza, y el aprovechamiento n dejaban nada que desear.
A mi regreso a Turín, me encontré con la carta del Delegado, insistiendo en que los profesores titulados tenían que permanecer en clase constantemente, según el horario público. La ley no exige esto; mas, para complacer a la autoridad, he suplicado que me diese tiempo para tomar las medidas oportunas para no turbar la administración de esta casa y concluía: -Si no se me concede este favor, ruego se me notifique, pues yo modificaré la administración del Centro y haré de modo que los Profesores titulados se encuentren en clase, según el horario que la autoridad escolástica piense fijar. No recibí respuesta hasta el 23 de junio próximo pasado, en que se me comunicaba el cier del Bachillerato. Tú apelas a la ley, que es superior a todos y a todo. Yo diría que la justicia es la que debe regular todas las leyes.
»Qué artículo de ley fue violado? Siempre he pedido y esperado en vano una respuesta. Y, además »puede el Delegado u otro, ordenar la expulsión de unos pobres muchachos, asilados en un hospicio, como se pretende en el caso presente:
Añades que, hace tres años, que el señor Delegado insiste para que yo me ajuste a la ley. Contesté que todos los delegados, todos los ministros de Instrucción Pública siempre han alabado, aprobado, ayudado y concedido ayuda a este Centro, durante más de treinta años. Hacía falta un amigo, un compañero de escuela que propusiera 155
el cierre, y precisamente ahora cuando, con muchas molestias, me había puesto en regla ante la ley. Como ves, he escrito con el corazón en la mano y me harás un verdadero favor si, leyendo la ley Casati, me indicas qué artículos han sido violados. Cuanto te escribo aquí es en p de los pobres muchachos internados en esta casa; aparte de esto, te aseguro ((175)) que contigo y con tu hermano deseo mantener buenas relaciones y tendré mucho gusto, siempre que pueda, en prestaros algún servicio.
Créeme siempre con la debida estima
Turín, 20 de julio de 1879
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
El teólogo se molestó. Esperaba una respuesta a la suya de ocho páginas y que comenzaba con un «mi querido y buen amigo don Bosco» y nada; escribe a Margotti, y Margotti envía la carta a don Bosco, pidiéndole que conteste. Don Bosco, por cortesía con Margotti, contesta y, casi apostrofándolo, empezó con aquel «íTeólogo Rho!». El teólogo Rho, de temperamento nervioso, debió manifestarle sus protestas. H aquí la sobria y digna respuesta del Beato:
Mi siempre querido amigo:
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El hombre honrado, cuando no es creído, debe guardar riguroso silencio. No me has entendido y no respondes ni a una de las cosas expuestas en mi carta. Además, el desprecio, con que hablas de los sacerdotes de esta casa, me impide explicarme con las debidas palabras Por tanto, es inútil hablar de este asunto, como yo realmente deseaba. Por lo demás, seremos siempre buenos amigos. Yo contaré siempre con tu benevolencia y la de todos tus hermanos, especialmente del caballero Delegado y me consideraré feliz siempre que pueda prestaros algún servicio a ti o a los tuyos.
Siempre tuyo incondicionalmente en Jesucristo.
Turín, 24-7-1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
El teólogo volvió a escribir, volvió a revolver las cosas ya sabidas y archisabidas, exhortó a buscar un medio que sirviera de base para un conciliación 1; don Bosco calló. De la correspondencia mencionada es lícito pensar que la maniobra había sido montada por el Delegado, mas sin medir en absoluto las consecuencias; por lo que parece que buscó un amaño para salir del paso con decoro. Por otra parte, éste ((176)) no quería mal a don Bosco; es, pues, probable que hubiera de
1 Pecetto Torinese, 24 de julio de 1879. 156
por medio presiones extrañas y un relativo temor a perder el cargo. Pero viene a la imaginación otra obvia observación, al que lee las dos cartas del hermano. Tanto en la primera, como en la segunda, ensalz la virtud de don Bosco. «Nadie, dice en ésta, pone en duda tu honradez, sería yo el primero en defenderte (como te aseguro que lo hice y n una vez), pues, por el contrario, todos reconocen el bien inmenso que haces y has hecho; es más, permíteme te diga que quieres hacer demasiado; y es entonces (perdóname, querido), cuando uno se puede comprometer; »y decirte que hacer demasiado bien, es acaso agraviarte: No lo creo».
«Ahora bien, »cómo conciliar un tan alto concepto de don Bosco y creerle conscientemente obstinado en mantener una línea de conducta contraria al deber y a la justicia? »No había, por el contrario, en el teólogo un gran equívoco y en otros un celo digno de mejor causa?
Una vez constituido el nuevo ministerio Cairoli, la Instrucción Pública pasó a manos de Francisco Pérez, siciliano. En seguida la Unità Cattolica publicó un artículo con el título «Una petición de justicia», escrito por «un ilustrísimo personaje... ni clérigo ni clerical» 1, donde se demostraba cómo el cierre del bachillerato del Oratorio era contrario a la ley. El «ilustrísimo» anónimo era el profesor José Allievo, catedrático de pedagogía en la real Universidad de Turín. Por su cuenta, el director del periódico encabezó el artículo con un preámbulo, donde se decía: «Publicamos el artículo y lo enviamos al nuevo Ministro de Instrucción Pública, el cual inauguraría magníficamente su ministerio, si empezase reparando una enorme injusticia y no permitiese se consumara tamaña vejación contra la moral y la ley. Hace poco días hemos tenido en Turín el honor de besar la mano a un ilustre Prelado de Sicilia, llegado aquí expresamente para pedir a don Bosco qu envíe a sus Salesianos a abrir centros ((177)) de educación en la isla 2. Poco después nos tocó ver perseguida en la misma Turín a la Institución Salesiana y sus escuelas. íQué hermoso sería si un ministro, natural de Sicilia, reparase el daño ocasionado a los estudios y a estos buenos muchachos de Turín por un antiguo ministro piamontés!».
El profesor articulista, después de demostrar la ilegalidad del decreto, censuraba también el modo arbitrario de cumplirlo y planteaba un cuestión al Gobernador: «El ministro había decretado el cierre del bachillerato privado; y, como un bachillerato es un lugar donde se
1 Unità Cattolica, 16 de julio de 1879.
2 Monseñor Genuardi, Obispo de Acireale (Véase arriba, pág. 126). 157
enseña, queda legalmente cerrado cuando ha cesado la enseñanza, como cesaba efectivamente el 30 de junio en las escuelas salesianas. Pe el Gobernador decidió arbitrariamente que el golpe contra el bachillerato alcanzara también al pío Hospicio anejo, ordenando la expulsión de todos los alumnos e hijos del pueblo, que se dedicaban tranquilamente a los estudios en aquellas escuelas de bachillerato. íDíganos el señor Gobernador en nombre de qué ley o de qué otra autoridad superior puede él arrancar del seno de un Centro de caridad a tantos pobre
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muchachos para lanzarlos a la calle a la buena ventura!».
Y terminaba alzándose enérgicamente en defensa del honor de don Bosco:
«En toda esta triste cuestión de ilegalidades y arbitrariedades también ofende la manera. Don Bosco quiso (son palabras del Delegado y del Gobernador, repetidas en el decreto ministerial) engañar repetidas veces a la autoridad escolástica de Turín. »De modo que ese buen sacerdote del Señor, cuya caridad cristiana vela sobre tantos hijos del pueblo, no sólo engañó, sino que quiso engañar a la autoridad? íNo bastaba a sus enemigos herirlo en lo que más quiere, que son las escuelas de sus muchachos, sino que necesitaban hacer de inquisidores, penetrar en sus intenciones y tacharle de mala fe y de voluntad engañosa y falaz».
Ahora se entra en una plena polémica periodística. Dejemos a un lado las vulgaridades de periódicos irreligiosos; y vengamos más bien a artículo prometido por Il Baretti. El artículo apareció en el número del 17 de julio. Es notable en él la retorsión de la acusación.
((178)) «Preguntamos, escribe el autor, a quién ha aconsejado, a quién ha ordenado, a quién ha mandado ejecutar el cierre de dichas escuelas por falta del título legal, sin el cual fue encontrado un día enseñando en ellas; preguntamos a todos éstos, si en esta misma ciudad de Turín todos los profesores estatales, que actualmente enseñan, tienen el diploma o título, que los autorice a la enseñanza. Y nótese que ésos, a quienes otros llamarían maestros ilegales, a la par de los de las escuelas de don Bosco, reciben, como es justo, un sueldo, mientras que los otros enseñan por puro y laudable espíritu de caridad, como lo hacen todos los que pertenecen a aquella pía Institución. Podríamos también añadir que de estas escuelas ilegales de don Bosco, salieron doctos profesores autores de obras y libros valiosos, insignes catedráticos de instituto y universidad; y que, aún actualmente tienen alumnos que en los exámenes públicos de reválida, salen casi siempr todos aprobados y, en los cursos universitarios, figuran siempre entre 158 los más distinguidos; pero todo ello lo pasamos por altos Diremos, en cambio, que tratándose de Coppino, que juzga y sentencia en materi de legalidad, nosotros no podemos por los demasiados ejemplos que nos dio y nos da, admitir siempre la competencia del juez».
A distancia, per chartam et atramentum (por carta y con tinta), ciertas controversias no se resuelven ni pronto ni bien: además, el cambio de ministro aconsejaba examinar de cerca el terreno. Fue, pues, muy prudente don Bosco al enviar a Roma a don Celestino Durando y al profesor Allievo con la misión de alcanzar del Gobierno que se prorrogara la ejecución del decreto de cierre, máxime en lo concerniente al desahucio de los jóvenes. Se dirigió al abogado Aluffi, secretario en el ministerio de Gobernación, con esta carta de presentación:
Queridísimo señor abogado Aluffi:
El caballero Allievo, catedrático en la Universidad de Turín y el Profesor don Celestino Durando van a Roma para un asunto de nuestras escuelas. Necesitan que se les conceda un momento de audiencia con el Comendador Villa, Ministro de Gobernación, que siempre fue nuestro bienhechor.
((179)) Se los presento a V. S. para que les sugiera el camino más corto para obtener lo que desean. Y, si tiene conocidos en el Ministeri de Instrucción Pública, le pediría el mismo favor.
Espero que disfrute de buena salud, y, pidiendo a Dios que lo conserve, me profeso agradecido
De V. S. queridísima.
Turín, 20 de julio de 1879
Su atto. y s.s. JUAN BOSCO, Pbro.
El honorable Villa, diputado por Castelnuovo de Asti, era ministro de Gobernación. Había sucedido a Depretis en la nueva recomposició ministerial. Conocía a don Bosco desde 1859, y habían tenido desde entonces cordiales relaciones recíprocas. Los dos enviados debían presentarle la siguiente recomendación:
Excelencia:
Siempre recuerdo con gratitud el caritativo apoyo que V. E. prestó en varias ocasiones a los pobres muchachos de este Centro; y esto
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precisamente me inspira confianza para recurrir también en el caso presente.
Un decreto del ministro de Instrucción Pública, firmado el 16 de mayo y comunicado el 23 de junio del corriente año, ordenaba el cierre de nuestras clases por el único motivo de no haber en ellas maestros patentados. Esto carece en absoluto de 159
fundamento, pues el Delegado mismo declaró que habíale sido entregada la lista de maestros titulados en su despacho el 13 de noviembre de 1878.
Sin embargo, se obedeció al decreto y la enseñanza secundaria cesó en el día fijado, 30 de junio último pasado. Pero lo que sumió a este pobre centro en la consternación es la orden dada por el señor Gobernador de esta ciudad, en virtud de la cual, los mismos alumnos deben ser despachados en seguida del Centro y, por consiguiente, lanzados a la calle, al triste abandono en que se encontraban antes de ser recogidos por nosotros.
Suplico a V. E., como ministro de Gobernación, como benemérito paisano nuestro y como diputado de mi patria chica, Castelnuovo de Asti, que tenga a bien dar órdenes a propósito, a fin de que estos pobres muchachos puedan seguir en su actual morada, para atender a lo que podría ayudarles a proporcionarse un día honrado sustento; así cesará la inquietud de los muchachos, el desconcierto de sus padres y parientes, al paso que todos ellos se unirán agradecidos a mí para invocar sobre V. E. las bendiciones del Cielo.
El profesor don Celestino Durando, director de nuestras escuelas, y el caballero ((180)) Allievo, profesor de la Real Universidad de Turí que presta su colaboración caritativa en favor de nuestros muchachos, son portadores de esta carta y con gusto le podrán ofrecer mayores aclaraciones, si las muchas ocupaciones de V. E. lo permitieran.
Tengo el gran honor de profesarme
De V.E.
Turín, 20 de julio de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Para el ministro de Instrucción Pública don Bosco había preparado una resumida relación de lo ocurrido.
Excelencia:
Un decreto Ministerial, firmado el 16 de mayo y comunicado el 23 de junio del año corriente, ordenó el cierre de las escuelas secundaria que funcionan desde hace treinta y cinco años caritativamente en beneficio de los muchachos pobres, recogidos en este centro, llamado Oratorio de San Francisco de Sales.
Este decreto se apoya en la falta de idoneidad legal de los profesores, lo cual carece de todo fundamento, puesto que el 15 de noviembre de 1878 se entregó una nota formal de los profesores con sus correspondientes títulos legales al señor Delegado, como sigue:
5.° curso de Bachillerato, profesor Celestino Durando.
4.° curso de Bachillerato, profesor Miguel Rúa.
3.er curso de Bachillerato, profesor Juan Bonetti.
2.° curso de Bachillerato, teólogo Marcos Pechenino.
1.er curso de Bachillerato, sacerdote José Bertello.
Por tanto, los profesores están provistos de títulos conforme a la ley Casati, art. 246. 160
Esta misma ley enumera los motivos por los que se puede cerrar un Instituto y son: grave alteración del orden social, del orden moral, de la salud de los alumnos, art. 247.
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A ninguno de estos motivos se hace alusión en el decreto, antes al contrario, en una de sus visitas el señor Delegado refiere formalmente que, en cuanto a higiene, disciplina, moralidad y aprovechamiento no hay nada que desear.
El decreto añade que se han puesto en las clases suplentes, en vez de los profesores titulados. A lo que se responde que, en su visita, el señor Delegado encontró todo en regla, pero notó que de los cinco profesores sólo dos estaban en clase, los cuales empero daban sus lecciones en las horas que les eran posibles.
No hay ninguna ley que prohíba a un profesor titulado hacerse suplir en caso de necesidad, como se practica generalmente.
Además, la mencionada ley deja libertad a los Centros privados para establecer el horario que más se acomode a los maestros.
((181)) Por estos motivos, el abajo firmante suplica a V. E. tenga a bien reconocer el mérito de los maestros, que prestan su obra completamente gratuita, y hacer un señalado beneficio a estos pobres hijos del pueblo, anulando los efectos legales al mencionado Decreto y dejándolos permanecer tranquilamente en su centro, sin obligarles a dispersarse, como fue ordenado con evidente peligro de su ruina social, material y moral.
Tengo el honor de poderme profesar
De V.E.
Turín, 20 de julio de 1879
Atto. ys. s JUAN BOSCO, Pbro.
El día de la partida para Roma de don Celestino Durando y de su ilustre compañero, un diario católico, el Emporio Popolare, dirigiéndos a los padres de familia señalaba el cierre de las escuelas de don Bosco como una de las peores arbitrariedades cometidas por odio del partido izquierdista subido al poder en 1876. Ante tal monstruoso abuso, se hacían tres consideraciones: los que alardean de liberales grita a voz en cuello que quieren la instrucción de las clases populares, pero después hostigan groseramente precisamente a esta mismas clases, cerrando las escuelas populares de don Bosco; no les guía, por tanto, el amor a la justicia, sino una rabiosa y ciega envidia en su proceder contra don Bosco, cuyas escuelas, como todos saben, dan ciento y raya a muchas otras estatales y dejan en muy mal lugar el ministro piamontés Coppino, que, por odio a la religión, no ha tenido inconveniente en descargar sablazos contra uno de los centros, que la voz común pregonaba como una de las más bellas glorias de su Piamonte 1.
1 Emporio Pololare, Corriere di Torino, 20 de julio de 1879. 161
Los dos profesores tuvieron en Roma una recepción, tanto más alentadora cuanto menos esperada. Fueron al Vaticano para visitar a Monseñor Ciccolini, camarero secreto, partícipe y custodio general de la Arcadia y, merced a su gestión, fueron favorecidos con la audiencia pontificia. León XIII, que estaba paseando en un salón vecino, accedió a recibirlos inmediatamente. ((182)) Aunque ya estaba informado por el cardenal Nina de lo que sucedía en Valdocco, quiso enterarse mejor de cómo se encontraban realmente las cosas.
-No perdáis tiempo, dijo a don Celestino Durando. íPresentaos al ministro de Instrucción Pública y al de Gobernación, buscad apoyos ante el Rey, interesad a personas influyentes!
Esto era cabalmente lo que don Bosco estaba haciendo; oído lo cual, el Papa quedó muy contento.
Ambos ministros les recibieron muy pronto y les dieron buenas palabras 1, que fueron confirmadas después también por escrito por el honorable Pérez, el cual, con fecha 24 de julio, se expresó en estos términos:
«Respondo a la cartita que me ha dirigido con fecha 15 de julio de los corrientes 2, con los mejores deseos de que su centro pueda prosperar cada día más en beneficio de los pobres. Y este efecto no será impedido, estoy seguro, por la última decisión llevada a cabo por Ministro de Instrucción Pública: siempre que la administración del Colegio ponga en sus escuelas de bachillerato profesores titulados, además de ajustarse a la ley, que es lo que quiere el Ministerio; tendrá así más asegurada la calidad de los estudios y el aprovechamiento d sus alumnos». Por todo ello, el Beato pudo escribir al abogado Aluffi:
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Queridísimo señor Abogado Aluffi:
La más rendida acción de gracias por la buena acogida prestada a mis enviados. Esta mañana he recibido carta del señor Ministro de Instrucción Pública, que me asegura el cese de los efectos del decreto de cierre de nuestras escuelas; pero está siempre en firme la orden de Gobernador que dispone la salida de los alumnos del Colegio. Nadie sabe explicarse el porqué de esta medida. El decreto se refiere sustancialmente a la enseñanza y no a la expulsión de los internados en el Oratorio. A tal efecto imploro una disposición del Ministro, para quien incluyo carta, rogándole tenga a bien entregársela de la manera más segura.
Cuando el asunto esté concluido, volveré a presentarle mi acción de gracias.
Créame, con gratitud, su humilde
Turín, 26 de julio de 1879
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
1 Telegrama de don Celestino Durando a don Bosco, Roma, 22 de julio de 1879.
2 Debía de ser un tarjetita de saludo al nuevo Ministro. 162
((183)) En el ínterin, el Delegado Provincial de Enseñanza, Rho, había cometido una verdadera imprudencia, bajando a la liza periodísti para romper públicamente una lanza contra el Oratorio; una autoridad escolástica, que se pone tan al descubierto, invita al público a juzgar su actuación. Por esto, nos explicamos perfectamente cómo la Unità Cattolica, invitada según derecho a publicar una carta suya, declaraba no sin intención, que lo hacía «de muy buen grado». Su caballo de batalla era siempre que el colegio de don Bosco era «un colegio de enseñanza privada, y no una casa de enseñanza paterna». Y, puesto que don Bosco, en la reapertura de las escuelas para el curso 1877-78, había pedido directamente al ministerio de Instrucción Pública se le autorizase al menos por un trienio valerse de profesores sin el diploma legal, creyó el Delegado poderle pillar en abierta contradicción, demostrando hasta la evidencia, decía él, que con esta su petición él mism reconocía la índole privada y no paterna de su instituto. En segundo lugar, el Delegado acusaba a don Bosco de falsedad, porque, viéndose acorralado, había enviado una lista de profesores que no acudían a dar clase ni poco ni mucho 1.
Don José Bertello, que dirigía las escuelas del Oratorio 2; contestó al Delegado en el mismo diario con dos artículos. En el primero demostraba que la casa de don Bosco era un instituto paterno y, por lo mismo, no estaba sujeto a las normas que gobernaban los institutos privados. No había asociación de padres de familia, como pedía la ley; pero estaban los muchachos sin padre y quien los albergaba en su casa con amor y solicitud paterna. Durante más de treinta años, es decir, hasta 1876, el Gobierno le había dejado actuar como se lo permitían sus propios medios y le inspiraba su caridad. Para abrir un bachillerat privado, don Bosco, según el artículo 247 de la ley Casati, habría tenido que presentar una declaración escrita con su intención al Delegad Provincial de Enseñanza: nunca se había cumplido ((184)) esta formalidad, y nunca había llegado reclamación de ninguna clase. íHecho muy singular, para unas escuelas clandestinas, treinta años de existencia sin molestia alguna! Se objetaba que don Bosco había pedido autorización temporal para tener profesores no reconocidos legalmente, y era verdad; pero eso fue cuando la autoridad escolástica le había intimado de improviso el aut aut (una de dos): o entregar la lista de los profesores aprobados o cerrar el centro. Fue entonces cuando don Bosco, como último remedio, elevó una súplica pidiendo
1 Unità Cattolica, 22 de julio de 1879.
2 Ibídem, 24 y 25 de julio. 163
un trienio de tolerancia, para formarse los profesores o tomar otras medidas oportunas con que asegurar el porvenir de sus muchachos. El segundo artículo trataba de mantener que no podía el Delegado demostrar que los profesores consignados en la lista, en lugar de cumplir s obligación, se hicieran substituir por jóvenes clérigos o jóvenes sacerdotes, como él había afirmado en su informe al Consejo Escolástico. Hemos de confesar que aquí el razonamiento resulta capcioso; bastaba responder a este punto con un provisum in primo (una medida provisional en un primer momento). Allí estaba el argumento decisivo y aquí solamente el tendón de Aquiles, que, en efecto, ofreció al
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Delegado óptima ocasión para una réplica 1. Don José Bertello contraatacó, desentrañando precisamente el argumento de los argumentos, sobre el cual, por el contrario, el Delegado había pasado a vuelo de pájaro sin escrúpulos, diciendo que aquel primer artículo no contenía nada digno de nota 2.
Un periódico humorístico, bromeaba sobre «don Bosco en un gran lío» y, con algunas necedades, establecía un paralelo entre Margotti y don Bosco, que nos abre un portillo para columbrar los pensamientos secretos que debieron originar esta guerra 3. Decía el articulista: «Causa mayor ((185)) daño a Italia don Bosco (salvando siempre desde luego la buena fe) que cien Margotti. Margotti, al menos, es conocido. Lleva la bandera desplegada. Tiene franqueza, es hombre de carácter. No teme ni al diablo. Dice sin rodeos y a voz en grito: -Queremos al Papa-Rey, fuera de Roma los ladrones, los excomulgados, y desea que venga otro Sixto V, que dé polenta y horca (ípan y toros!) en abundancia a los romanos. En cambio don Bosco, paréceme haberlo dicho ya en otra ocasión, es como el agua muerta, que soca sordamente la orilla. A hurtadillas enseña su honrado catecismo, insinúa, a la chita callando, ideas sobre el Papa-Rey (pero sin nombrarlo directamente); y hace un año que prepara soldaditos para
1 Ibídem, 31 de julio. Antes de su réplica, don José Bertello había enviado al diario un tercer artículo para defender a don Bosco contra acusaciones personales que le había lanzado el Delegado en su carta a Margotti; lo reproducimos en el Apéndice (Doc. núm. 25).
2 Véase: Apéndice, Doc. núm. 26.
3 Fischietto, 26 de julio de 1879. La muy anticlerical de entonces Gazzetta del Popolo, con su diaria firma «Saco negro», defendía abiertamente al Delegado. Para causar miedo, un artículo de este diario (31 de julio) terminaba así: «Pero nos sorprende que los artículos contra el Delegado Real caigan goteando de la pluma de algún hipócrita profesor de nuestros mismos colegios y que no sea extraño del tod alguno de nuestros seudoliberales a la resistencia que opone don Bosco a doblegarse a lo que prescribe la ley y a todas esas grandes maniobras clericales. Procuraremos esclarecer el asunto y volveremos pronto al tema». El golpe iba contra los profesores Perosino y Allievo. También la liberalísima Gazzetta Piemontese tomó la defensa del Delegado, sosteniendo la ilegalidad de las escuelas de don Bosc (3 de agosto). 164
el Papa. Pienso, pues, que don Bosco es más perjudicial para Italia que el trompetero Margotti, que se hace oír por todos. Es cien veces mejor un adversario manifiesto que uno de so capa. En conclusión: desde este punto de vista, el cierre del Oratorio está muy bien y yo lo querría perpetuo».
Era oportuno que también don Bosco hablase. Salió de su silencio con una carta a la Gazzetta del Pópolo, que la publicó en su número d 4 de agosto.
Señor Director:
Se ha hablado varias veces en su diario, y especialmente en el número doscientos once, sobre el cierre de las escuelas del centro conocid con el nombre de Oratorio de San Francisco de Sales.
Como quiera que, por honor a la verdad y para bien de los pobres muchachos en él internados, hay que rectificar bastantes cosas, ruégole cortésmente tenga a bien publicar la siguiente y veraz versión de los hechos.
En todo tiempo fue considerada esta Casa como un centro de caridad, albergue de muchachos pobres y nunca como un colegio privado.
Muchos de ellos se preparan en las artes y oficios, mientras que otros, por ser de ingenio despejado o por pertenecer a familias de condición acomodada venidas a menos, cursan el bachillerato para que no quede desaprovechada su vocación a los estudios, y no se violente su inclinación.
((186)) La ley Boncompagni, de 1848, y la ley Casati, de 1859, favorecieron estas escuelas y, durante treinta y cinco años, los Delegado reales y los Ministros de Instrucción Pública colaboraron en favor de este Centro, considerándolo como asilo de muchachos pobres, como instituto paterno, cuyo Superior hace realmente las veces de padre, según la ley Casati, artículos 151, 152 y 153. Nótese también que este Centro vive de la providencia; los alumnos reciben enseñanza totalmente gratuita y gratuitamente prestan también su labor los maestros. N obstante esto, el Delegado quiso someter este Centro a las normas en vigor para los colegios privados y obligar al Superior a poner en las clases profesores patentados, con grandes sacrificios.
Por mi parte, queriendo respetar, no a ley que no obliga a ello, sino a la Autoridad que así lo exigía, se eligieron cinco profesores titulados, a los que se les confiaron las diversas enseñanzas señaladas por la ley. Artículo 244.
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No pareció satisfecho con esto el señor Delegado, sino que ípretendió que los Profesores titulados debían encontrarse en clase según el horario de su agrado! Lo cual va contra las leyes, que dejan a los centros privados la facultad de establecer el horario, que resulte más cómodo a los mismos.
Y sucedió que, por la inobservancia del horario oficial y porque algunos titulados se hicieran suplir a veces, el Consejo Escolástico de la Provincia de Turín, en virtud de la relación del señor Delegado, propuso el cierre de estas escuelas.
El señor Ministro de Instrucción Pública creyó que esta propuesta estaba fundada en la verdad y firmó el decreto de cierre el día 16 de mayo, que no comunicó hasta el 23 de junio.
Otros juzgarán la legalidad de este acto. Yo, sólo digo que ésta es la exposición histórica, que nadie podrá cambiar ni interpretar de otro modo.
Pero hay algo que, en este asunto, debe amargar a los amantes de la justicia, y es 165
que no se oyó a la parte interesada. Las leyes escolásticas y civiles de Italia y del extranjero conceden al acusado exponer sus razones; a m no me ha sido concedido, y ello con perjuicio de unos pobres hijos del pueblo, a quienes todos los hombres honrados debieran proteger y cuya situación tendrían que tratar de mejorar.
Pero abrigo la firme esperanza de que el nuevo Ministro de Instrucción Pública pondrá remedio a un acto tan perjudicial para el bien público y lo hará de acuerdo con la libertad de enseñanza, que conceden las leyes en vigor.
Le agradezco anticipadamente, señor Director, la cortesía, que espero tendrá a bien dispensarme, y tengo el honor de profesarme con la estima que se merece,
De V. S. Ilma.
Turín, 2 de agosto de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
((187)) El profesor Allievo, cada vez más convencido del justo derecho de don Bosco, así que estuvo de vuelta de su viaje a Roma, publicó un opúsculo, que tenía por título: La ley Casati y la enseñanza secundaria privada. Para don Bosco fue como miel sobre hojuelas. autor no lo nombraba; pero suministraba óptimos argumentos para su causa. El Beato se valió en seguida de él enviando un ejemplar al ministro Pérez, con la siguiente carta:
Excelentísimo Señor:
Sin duda conocerá V. E. el Decreto del señor ex ministro Coppino, ordenando el cierre de las escuelas de bachillerato que hacía treinta y cinco años funcionaban en favor de los jóvenes pobres recogidos en este Centro. El decreto estaba firmado el 16 de mayo y fue comunicad el 23 de junio, con efecto de ejecución para el 30 del mismo mes del año en curso.
Como Director de este Pío Instituto, estoy obligado a impedir cualquier daño a mis muchachos y buscar los medios adecuados para asegurarles su presente y su porvenir. Pasando por alto que la ejecución del decreto era imposible en tan breve espacio de tiempo, ruégole me permita algunas observaciones, que me parece lo deben hacer ilegal y sin efecto.
1.° El Consejo Provincial, tal como está constituido (véanse documentos).
2.° No se ha oído a la parte interesada. Ninguna legislación, ningún tribunal dicta sentencia sin antes oír las razones del acusado.
En nuestro caso hubo una inspección del señor Delegado, que desfiguró su relación y la hizo llegar al Consejo escolástico, sin dar de ell
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informe alguno al director del Centro que ciertamente habría tenido razones que objetar.
3.° No hay ninguna ley de Instrucción Pública que afecte a los centros de caridad, porque no hay en ellos intereses públicos ni privados que tutelar. En este Centro, los maestros prestan su labor gratuitamente y son gratuitas las lecciones para los alumnos internados.
A lo sumo, los centros benéficos deberán ser considerados como Institutos paternos, en los que el superior hace verdaderamente las vece de padre, ya que debe 166
proporcionarles alojamiento, vestido, pan e instrucción. »No hace éste efectivamente las veces de padre? Véase: Opúsculo anejo del profesor José Allievo.
4.° La ley de Instrucción pública dice en el artículo 356: «Las personas que enseñan a título gratuito en las escuelas festivas para los niño pobres o en las escuelas elementales para adultos o en aquéllas donde ((188)) se dan cursos técnicos especiales para artesanos, están dispensadas de hacer constar su idoneidad». »Si la ley permite esto en público, no permitirá también los cursos secundarios en el interior d una familia adoptiva, cual es precisamente la de que hablamos? Véase el artículo 252.
La razón del cierre se funda en la ausencia de los profesores legales durante el tiempo de la enseñanza. Nótese que no hay ley que prescriba un reglamento a los institutos privados, por lo tanto cada uno es libre de fijar el horario que resulta más cómodo para los profesores. En efecto, estos nuestros profesores, teniendo que ocuparse en horas determinadas de la administración de la institución, escogen el tiempo que mejor les va, por la mañana o por la tarde, para impartir sus lecciones. Por lo tanto, ni el cambio de horario, ni la ausencia de los profesores puede constituir un título legal para el cierre de un Instituto.
5.° Hay que tener presente que en la visita de inspección que hizo improvisadamente el Delegado, hablando en plata, éste encontró ausente sólo a un profesor que tenía un suplente. »Puede la suplencia de un profesor constituir motivo legal de cierre de un Centro? Creo que nadie será de este parecer.
6.° Este instituto no fue considerado nunca como un bachillerato privado, sino como un Asilo de muchachos pobres. Así lo consideraron los Delegados de las escuelas secundarias, así lo consideró el propio Ministerio de Instrucción Pública durante más de treinta y cinco años
Dicho esto, considerados los títulos arriba indicados, el bien de estos pobres muchachos y el bien de la misma sociedad civil, suplico a V
E. tenga a bien reconocer la ilegalidad del mencionado Decreto y dejar que este Centro continúe proporcionando un medio de vida a tanto hijos del pueblo, que, de otro modo, quedarían abocados a un triste porvenir. En el caso de que V. S., en su gran prudencia, juzgase no poder admitir esta instancia, le rogaría humildemente la presentara al Consejo de Estado para obtener su correspondiente parecer. Lleno de confianza en la voz pública, que proclama a V. E. padre de los hijos del pueblo, tengo el alto honor de poderme profesar
De V.E.
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
La polémica fue tomando proporciones cada vez mayores en los periódicos. Del 5 al 9 de agosto hubo cuatro diarios que hablaron y sentenciaron sobre el tema, y uno reiteró sus artículos. L'Unità Cattolica del día 5 publicó la carta de don Bosco a la Gazzetta del Popolo con esta presentación: «Don Bosco es el hombre de la caridad que vivifica; sus enemigos son los hombres de la letra que mata. Contra don Bosco se repite el grito que en otro tiempo se lanzó contra el mismo Jesucristo: Nos legem habemus et ((189)) secundum legem debet mor (nosotros tenemos la ley y según esta ley tiene que morir). Pero 167
la ley estaba tan mal aplicada contra don Bosco como lo fue contra el Divino Redentor. De todos modos, nosotros ponemos fin a esta polémica. El hombre de la caridad es enemigo de pleitos».
La Gazzetta del Popolo del mismo día publicaba las cartas de dos sacerdotes, ímuy diferentes entre sí! Una era de don Miguel Rúa para brevísima aclaración; la otra del abate Mongini. Era éste un cura liberal, en grado sumo, que tuvo para nosotros el mérito de decir las cosa hasta demasiado claramente, descubriéndonos cada vez mejor las baterías de los adversarios. La cuestión legal era el pretexto; la cara verdadera de la contienda era política. Escribía el cura liberal: «Don Bosco, que tiene casas en Italia y fuera de ella, incluso en América, tiene una gran importancia política, cubierta con la capa del humanitarismo, es decir, con el fin de la beneficencia. Esta importancia le vien
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del género de su enseñanza, que se inspira toda ella en los principios del Syllabus 1; de suerte que prepara generaciones perjudiciales para Italia y para la civilización en general. A don Bosco, que parece tener el privilegio de la ubicuidad, se le puede llamar el Sílabo ambulante con la miel en los labios, para que lo digieran en pequeñas dosis sus muchachos, como hacen las madres con sus niños cuando les dan píldoras. Don Bosco tiene el arte de cautivar al Papado y se puede decir que en esto vale por mil maestros clericales y mil periodistas llamados católicos con sus excesos. íAy, de las cien ciudades de Italia si cada una tuviera un don Bosco! Cuando menos crecerían los estorbos sin medida, y, llegada la ocasión, se conocerían los efectos. Con todo esto quiero decir que si la ley no puede remediar todos los males de la enseñanza secundaria, debe ser severamente aplicada e inspeccionada a institutos de este tipo, y, si hace falta, cerrarle las puertas». Entretanto aquí tenemos la gramática «aplicada» con criterios ultraliberales.
Don Miguel Rúa, el día 6, contestó a algunas preguntas de la Gazzetta Piemontese, que imparcialmente publicó la carta 2. Don José Bertello refutó ((190)) en la Unità Cattolica del día 7 algunas afirmaciones secundarias que había omitido en la respuesta anterior del día 3 al Delegado; son cosas que para nosotros no tienen nada nuevo. Por último, el Osservatore Romano del día 9, a dos columnas y con el títu de «Una defensa demasiado leal» comparaba el caso de don
1 SYLLABUS. Así se llaman las dos series de proposiciones que contienen los errores modernos condenados por Pío IX y Pío X. Syllabus de Pío IX y Syllabus de Pío X. Hoy no es más que una colección de documentos que encierran el recuerdo de las luchas y controversias en torno al liberalismo moderno. (N. del T. ).
2 Véase: Apéndice, doc. 27. 168
Bosco con el del padre Ferrari. Muerto en 1878 el célebre jesuita Secchi, astrónomo y matemático de fama mundial, el Gobierno italiano, confiscar el colegio Romano, por un resto de vergüenza, había dejado tranquilo al gran sabio, en el extremo del edificio donde estaba situado el Observatorio, criatura suya, cuidada y mimada por él durante tantos años. Desaparecido el genius loci (el genio tutelar del lugar su hermano en religión y ayudante, padre Ferrari, a quien todas las razones de derecho y de conveniencia pedían que fuese mantenido en aquel puesto, fue expulsado de él. El señor Coppino había decidido «el caprichoso cierre de un excelente y benemérito instituto católico, como era el bachillerato de don Bosco». Esto era realmente poner el dedo en la llaga.
En lo más reñido de la pelea periodística volvió a hacerse oír la voz de don Bosco con una carta al teólogo Margotti; carta «verdaderamente digna de él», decía el diario que se manifestó muy contento de publicarla. «Y si alguno, añadía la redacción, quiere todavía dudar que las escuelas de don Bosco pertenecen a un instituto paterno, nadie querrá negar que tiene un verdadero corazón de padre».
Ilustrísimo señor Teólogo:
La benevolencia que V. S. Ilma. ha tenido a bien dispensarme a mí y a mis muchachos, me obliga a rendirle mi más cordial acción de gracias y también la de los muchachos beneficiados. Ahora le pido un favor de otro género, respecto a la controversia de este Oratorio con el señor Delegado Provincial de Enseñanza de Turín.
((191)) La cuestión legal ha sido discutida exhaustivamente, y parece que ya se comienza a pasar a las personas.
Ahora bien, teniendo este Instituto necesidad de todo y de todos, y por otra parte, deseando cooperar, a pesar de mi pequeñez, con las autoridades al bien público, me adelanto a suplicarle tenga a bien desistir de ulteriores polémicas sobre esta materia, para dar paso a la caridad operante que debe reinar entre toda clase de ciudadanos.
Pero pienso que es oportuno exponer el error de donde nació toda esta molesta polémica. Se quiso sostener que existía un bachillerato privado anejo a este Centro. No lo hubo jamás. Si a los habitantes de Turín, incluso a los mismos que viven en nuestro Oratorio, se les preguntara dónde se encuentra tal bachillerato, ninguno sabría indicarlo, porque no existe.
Existen, en cambio, unas escuelas gratuitas para atender caritativamente a un grupo selecto de muchachos del Oratorio que, por su talent
o por ser de familias venidas a menos, se dedican a los estudios secundarios. A pesar de la falta de fundamento de la referida sentencia y a pesar de que el decreto de cierre no tenía que extenderse a la expulsión de los alumnos, sin embargo, como en el pasado, no sólo he obedecido a la ley, sino también a la autoridad. Por eso, conformándome enteramente con el decreto ministerial, el día fijado se suspendió la enseñanza secundaria y, poco después, fueron enviados los alumnos a
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sus familias, amigos o bienhechores, que, al menos durante algún tiempo los hospedaron caritativamente. 169
Difícilmente puede usted imaginarse, señor Teólogo, la amargura de mi corazón al ver repentinamente suspender el curso de los estudios a unos trescientos de mis hijos adoptivos, que, desde hace años, son objeto de incesantes cuidados y de grandes sacrificios materiales y, lo que más importa, verlos dispersarse ícon peligro de un triste porvenir!
Pero abrigo plena confianza de que la Autoridad escolástica, reconocida la posición en que se encuentra este Instituto ante la ley y la sociedad civil, me permitirá poder recoger cuanto antes a mis alumnos, para seguir dándoles la educación que pueda ponerlos en condición de vivir la vida de un honrado ciudadano y al mismo tiempo ganarse decentemente el sustento.
Mientras tanto, sigo de corazón ofreciendo esta mi casa a los muchachos abandonados que las Autoridades quieran mandarme para aprender un arte u oficio. Termino renovándole los sentimientos de mi profunda gratitud, con la que tengo el honor de poderme profesar
De V. S. Ilma.
Turín, 9 de agosto de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
((192)) El mismo día 10 de agosto, otro periódico liberal turinés, el Risorgimento, sin querer entrar en el fondo de la cuestión, tuvo la franqueza de escribir: «Nos parece también que el summum ius (el máximo derecho) se convierte en summa iniuria (la máxima injuria), al tratarse de un Instituto, no sólo educativo sino caritativo, que proporciona el pan del cuerpo y del alma a centenares de pobres muchachos»
Hechas después las consabidas reservas del liberalismo acerca del espíritu, que dominaba en los numerosos institutos de don Bosco, seguía diciendo: «A pesar de todo esto, no podemos menos de quedar estupefactos ante estos milagros de la fe y de la caridad, que ningun supo superar ni igualar».
Con este preámbulo daba el diario a los lectores la razón de la hospitalidad concedida a un amplio artículo, en el que, prescindiendo del punto de vista legal, se exponía la verdadera naturaleza del tan discutido Centro, cosa indispensable para «poder formarse un justo criterio sobre la ilegalidad del cierre y la gravedad de sus consecuencias». Descrito el origen y la ampliación del Oratorio y sus constantes relaciones con las autoridades gubernativas, se comparaba el reciente acto de la autoridad escolástica con el degüello de los inocentes ordenado por Herodes y se manifestaba la esperanza en otras disposiciones por parte del nuevo ministerio 1.
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 28. 170
La polémica periodística cruzó los Alpes. Un periódico parisiense, que tenía poco de gazmoño y de beato, el Fígaro, entretuvo gallardamente a sus numerosos lectores con el cierre de las escuelas de don Bosco. En el número del 13 de agosto, una corresponsalía de Turín presentaba a dos de los principales actores del drama, Coppino y Rho, describía brevemente la benéfica figura de su víctima, y después apostillaba el malaventurado decreto de cierre, demostrando su absurda puerilidad 1.
((193)) En Turín, el día que llegó el número del Fígaro, con tan solemne refregón, sucedió una de esas coincidencias que dan ganas de llamar juegos de la Providencia para confundir la malignidad de los hombres. El famoso Fischietto se desahogó aquel día con una caricatu de un hombre de mala cara vestido de cura, sentado sobre unas nubes, agarrando con la derecha un apagavelas y llevando bajo el brazo un grueso mamotreto y un bultito, y sobre el hombro izquierdo un palo del que colgaba otro bulto y un cartel con este rótulo: «Bonita manera de proteger las industrias. En Turín el taumaturgo Dominus Lignus (don Bosco) fabrica enemigos de Italia con máquinas no patentadas po el Ministerio de Instrucción Pública; íle han hecho cerrar la fábrica! íTal vez tengamos que verle emigrar a América, a caballo de una nube para ampliar allá sus sucursales!».
Pase lo de la obsesión por ver a don Bosco emigrar de Turín 2; pero aquel apagavelas fue realmente un desacierto del trabajo. Mientras los lectores del periódico humorístico se reían del enemigo de las luces obligado a llevar lejos su obscurantismo, los lectores del Baretti se enteraban de diversas noticias muy interesantes. Se enteraban de que: de los treinta y dos alumnos del Oratorio que se había presentado al examen de reválida de bachillerato en el instituto real de Monviso, veintidós habían conseguido el título, mientras que, de los oficiales, só siete, de los dieciséis presentados, había sido aprobados; se enteraban de que veintidós de las escuelas ilegales habían obtenido las
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1 Apéndice, doc. núm. 29. El abate Paulin (carta del 4 de agosto de 1879) ya había escrito, desde Auteuil al conde Cays: «Nos ha afectad dolorosamente la guerra desleal que se os ha hecho. Creíamos que sólo Francia tenía el privilegio de esta clase de injusticias; pero se ve qu hay quien copia a Jules Ferry en Italia. Esperemos que la crisis que atraviesa la Iglesia en este momento, no sea de larga duración y que venga un buen gobierno que aparte del poder a estos hombres, que parece no existan más que para oprimir las conciencias y perseguir a lo católicos. El triunfo de los malos nunca es eterno; pero, mientras dura, se hace el mal, mucho mal y ello aflige a las almas honradas y creyentes». Más tarde, desde el primer monasterio de Annecy, la Superiora (carta a don Bosco, 4 de septiembre de 1879), al saber la guerr que el Gobierno hacía al Beato, le escribió palabras de cristiano consuelo; don Bosco encargó al conde Cays redactara la respuesta, que él firmó.
2 Véase Volumen XIII, pág. 468. 171
mejores calificaciones y más aún, uno de ellos había alcanzado el primer puesto entre los ochenta y dos presentados, superando en diez puntos al mejor de los demás; se enteraban de que los nueve suspendidos en alguna asignatura repararían fácilmente el examen en la convocatoria de octubre. Comentaba el periódico: ((194)) «Y este éxito favorable se obtuvo a pesar de las molestias, que ocasionó a las escuelas el decreto de cierre». Los diarios de la ciudad tuvieron lógicamente la prudencia de guardar silencio acerca de estos resultados.
Las vacaciones apagaban el conflicto y suspendían las polémicas, pero don Bosco no interrumpió su trabajo para conseguir que el Oratorio fuese reconocido como casa paterna y, por consiguiente, exento de la obligación de someterse a las exigencias de los institutos privados. En septiembre, escribió al Ministro de Instrucción Pública presentándole el bachillerato del Oratorio como providencial refugio un buen número de jóvenes dotados de talento, pero desheredados de la fortuna.
Excelentísimo Señor:
La voz pública, que proclama a V. E. protector de los hijos del pobre pueblo, me hace esperar que seguirá dispensando su benevolencia los muchachos del Oratorio de San Francisco de Sales, que desean recorrer el camino del saber y de la virtud. Este Centro alberga a unos novecientos muchachos pobres, a los que, mediante la ciencia o el aprendizaíe de un oficio, se les proporciona un medio con que ganarse e pan en su día.
Los de talento mas despejado son encaminados a los estudios secundarios.
Durante treinta y seis años, los Ministros de Instrucción Pública y los Reales Delegados Provinciales de Enseñanza han alentado constantemente y socorrido estas escuelas sin exigir nunca profesores diplomados; sólo este curso, 1878-79, el señor Delegado de Turín, queriendo someter este Centro a leyes mas estrictas, que no son las que afectan a los Institutos privados, ocasionó molestias y serios perjuicios a los alumnos, como ya tuve el alto honor de exponer a V. E.
Ahora suplico a V. E. se digne considerar al Oratorio de San Francisco de Sales como una casa de beneficencia, albergue de muchachos pobres y desamparados, y permita que el que suscribe, a la par que hace de padre, proporcionándoles el pan y cuanto es necesario para la educación material, pueda también impartir por sí o por otros la instrucción necesaria para prepararse honradamente para buscarse la vida.
El feliz éxito de los alumnos en los examenes públicos y la dignidad con que muchos de ellos ocupan los primeros puestos como profesores en las mismas universidades del Estado, son un testimonio de la idoneidad de los maestros.
Mientras tanto, en nombre propio y en el de todos los muchachos beneficiados, ((195)) le manifiesto mi mas profunda gratitud, al paso que tengo el honor de poderme profesar de V. E.
Turín, septiembre de 1879
JUAN BOSCO, Pbro. 172
Al mismo tiempo, intentó de nuevo la prueba con el ministro de Gobernación. A una y otra carta adjuntó los oportunos escritos.
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Excelentísimo Señor:
Con el fin de asegurar a los alumnos de este Oratorio un medio que les permita en su día ganarse la vida honradamente, he presentado un memoria al señor Ministro de Instrucción Pública. En ella pido que este Centro siga siendo considerado como obra de beneficencia y que e Superior del mismo pueda hacerles impartir la enseñanza secundaria, como lo lleva haciendo desde hace treinta y cinco años.
En 1865 el Delegado Real de Enseñanza, desconocedor de la especial naturaleza de esta casa, quería someterla a leyes de los Bachilleratos privados y, por consiguiente, con profesores titulados; pero, una declaración del Ministro de Gobernación y otra del Alcalde de Turín, dirigidas al Ministro de Instrucción Pública, resolvieron toda dificultad.
Encontrándome actualmente en idéntico caso, me atrevo a suplicar a V. E. que intervenga en favor de nuestros muchachos ante el mencionado señor Ministro de Instrucción Pública. Mi agradecimiento y el de estos muchachos será grande e imborrable y todos pediremo a Dios que le guarde, mientras tengo el alto honor de poderme profesar
Turín, septiembre de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
De Roma no llegaba nada y estaba a punto de reanudarse el curso escolar. Apeló de nuevo a la justicia y a la caridad del ministro Pérez:
Excelentísimo Señor:
Se acerca el tiempo de comenzar las escuelas, y me encuentro todavía en la incertidumbre de lo que debo hacer en favor de los jovencito abandonados, que la divina Providencia hace llegar a este Centro de Caridad. Suplícole, por tanto, humilde y encarecidamente, tome en benigna consideración a estos muchachos, que tienden su mano pidiendo protección. Y, mientras espero la benéfica autorización para impartir la enseñanza secundaria a los jovencitos atendidos en este ((196)) hospicio, ruégole me permita que, con respecto a la molestia qu se me ocasionó, haga observar con todo respeto:
1.° Que la ley Casati no obliga al Director de un Instituto privado a presentar ningún horario escolar a la Autoridad local, ni ésta lo pued exigir;
2.° Que mis profesores dieron clase y la ley no concede al Consejo Escolástico el derecho a determinar el número de lecciones anuales necesarias para el cumplimiento de las leyes;
3.° Que el Delegado de Turín vino sólo dos veces a inspeccionar este Oratorio y, por consiguiente, no podía argüir lógicamente que los profesores titulados no daban clase casi nunca; puesto que, si bien algunos de ellos estaban ocupados durante el día en la administración d Instituto, sin embargo, aprovechaban las horas libres para dar a sus alumnos las correspondientes lecciones; 173
4.° Que me he provisto de Profesores titulados, no porque yo creyera que esta Casa sea un bachillerato privado, ya que durante 35 años l autoridades civiles, escolásticas y municipales han considerado siempre este Instituto como una obra de caridad; sino que he puesto al fren de nuestras clases profesores legales, para ceder a la insistencia y amenazas de la autoridad escolástica.
Las justicia y la caridad, que proclaman a V. S. Protector de los hijos del pobre pueblo, me hacen esperar que me veré libre de una tropelía, que va en daño del público y, especialmente, de estos pobres muchachos que, sin este medio de educación, corren grave riesgo de seguir malos caminos y, tal vez, ir a dar consigo en las cárceles del Estado.
Lleno de confianza en la conocida bondad de V. E., con profunda gratitud, me profeso,
De V.E.
Turín, 19 de octubre de 1879
Su atto. y s. s.
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JUAN BOSCO, Pbro.
Esta vez el ministro dio señales de vida. El 28 de octubre le escribió: «Por la apreciada carta de V. S. Rvma., con fecha 19 de los corrientes, me he enterado con gran satisfacción de que ha encontrado profesores legalmente titulados para las clases de bachillerato de su colegio. Esto le permitirá abrir sin retraso las clases, para cuyo efecto tendrá que dirigirse al Consejo Escolástico; de lo que, al darle aviso me repito su atto. y s. s., etc.». Quiso S. E. proceder con precaución. El Beato comprendió que, en este terreno, no alcanzaría ((197)) más que volver a abrir sus escuelas, previa la presentación de los títulos. Se atuvo, pues, a las instrucciones ministeriales y envió la lista de los profesores al Delegado, el cual rechazó a dos: a Bartolomé Fascie, estudiante de segundo curso de letras y a Galo Besso, estudiante de segundo curso de matemáticas, y encargó que tomara las medidas para que el primer curso del bachillerato y la aritmética de todas las clas fueran asignados a profesores legalmente titulados; hecho esto, él propondría al Consejo Escolástico Provincial que autorizara la reapertur del instituto. Don Bosco tomó las oportunas medidas.
Ilmo. Señor Delegado:
El estudiante Bartolomé Fascie, del segundo curso de letras, será substituido por el profesor don Marcos Pechenino en el primer curso d bachillerato para los muchachos pobres de esta casa.
El clérigo Galo Basso, estudiante del segundo curso de Matemáticas, no tiene quien lo sustituya; por tanto, queda por ahora en suspenso la clase de aritmética hasta que podamos tener uno con el título legal. Esto está conforme a la ley, que no prescribe el número, ni la calidad de enseñanzas que hay que dar en los centros privados. 174
Pero el que suscribe, firme en la idea de que su Centro es un instituto de beneficencia, y no un bachillerato privado y, por tanto, no sometido al artículo 246 de la Ley Casati, con respecto a los títulos de los maestros, presenta los profesores titulados sólo para condescender con la autoridad local, esperando una decisión de la Autoridad superior.
Turín, 29 de noviembre de 1879
JUAN BOSCO, Pbro.
Pero don Bosco no podía tolerar que el decreto ministerial de cierre pendiese continuamente como espada de Dámocles sobre su Oratori y quiso obtener su aprobación. En resumidas cuentas, a ello iba encaminado el intento, en que estaba empeñado, de conseguir para sus escuelas el reconocimiento oficial de que eran escuelas paternas. De aquí procede la nueva batalla que se trabó.
Por aquellos días se luchaba en los Parlamentos de los principales Estados europeos por la libertad de enseñanza: parecía que, por todas partes, soplaban vientos de reacción contra el tiránico ((198)) monopolio de la enseñanza, de modo que la opinión pública se apasionaba p el problema en diversos sentidos. En Italia, el Congreso católico nacional de Módena, celebrado en la última semana de octubre, trató la cuestión. El ingeniero Buffa, de Turín, presentó un esquema de petición para enviarlo, lleno de firmas, a los dos cámaras, pidiendo que la enseñanza fuese libre. «Como padres, se decía en ella, tenemos derecho a educar e instruir, según nuestra conciencia, a los hijos, que Dios nos ha dado. Como italianos tenemos derecho a engrandecer a una generación, que no sirva de ignominia a la patria, sino de honor y de gloria. Como ciudadanos tenemos derecho a que las leyes escolares respondan al primer artículo de la Constitución y al principio de libert de la enseñanza, que, decretado por el Parlamento subalpino de 1857 y habiéndolo querido aplicar con la ley orgánica del 13 de noviembre de 1859, sucedió que, por abuso de quien hubiera debido aplicar la misma ley, fue ignorado y reducido a letra muerta». Cuando Buffa nombró a don Bosco, en el curso de la discusión e hizo alusión a sus centros de caridad, estalló una salva de vivísimos aplausos.
El ministro Pérez tenía ideas muy amplias en materia de libertad de enseñanza. El simple hecho de haber llamado al profesor Allievo de Turín y haberlo nombrado Secretario suyo particular, siendo como era convencido y notorio defensor de esta libertad, es suficiente para da a conocer las tendencias ministeriales, confirmadas también por 175
otros hechos 1. Pero esta propensión no fue la última causa de su breve permanencia en el ministerio 2. Dimitió del cargo el 19 de noviembre y, por discordias intestinas, siguióse después la dimisión de todo el Gabinete Cairoli. Y Cairoli, encargado de la formación del nuevo ministerio, ofreció a Pérez el de agricultura; pero éste lo rehusó con el dilema de: -íInstrucción o nada! Le sucedió el literato Francisco De Sanctis.
Don Bosco estaba decidido a llevar su asunto hasta el Consejo de Estado, pidiendo la anulación del decreto ((199)) Coppino por ilegal, y
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que el Instituto Salesiano era una obra de caridad. Para ello, fue preparando convenientemente el terreno. Empezó por redactar un memori en forma de relato histórico, dirigido al nuevo ministro de Instrucción Pública, con cinco apéndices de documentos, que abarcaban desde 1850 a 1866; daba en él una idea completa del Oratorio de Valdocco. Y para que las autoridades del Estado quedaran informadas suficientemente, según verdad, imprimió su escrito en forma de opúsculo 3 que, con el antes mencionado de Allievo y, aun sin él, envió a cuantos podía ser útil iluminar sobre el asunto. Ahora había que dar con el camino adecuado para llegar hasta el Consejo de Estado.
El Consejo de Estado, según lo prescrito por la ley, no recibía deliberaciones ni documentos más que a través de los ministerios; por lo tanto, cualquier instancia debía ir por vía jerárquica. En nuestro caso, había que remitir la petición al Presidente del Consejo Escolar Provincial, el cual la presentaría al Consejo mismo y el Consejo, junto con su relación, al Ministro de Instrucción Pública; el ministro, a su vez, una vez examinada la cuestión, transmitía todo el expediente al Consejo de Estado. »Pero qué confianza podía inspirar a don Bosco e Consejo Escolar de Turín? »No trataría por todos los medios de llevar el agua a su molino? Cuando menos, podría, con burocráticos retrasos, intentar dejar el asunto para las calendas griegas.
Quedaba otro camino más seguro y más expedito: el de recurrir al Rey. La ley le daba el derecho y don Bosco se valió de él. Verdad es que, entonces, el Gabinete de Su Majestad, pasada la instancia al protocolo general, la transmitiría al ministerio de Instrucción Pública y éste se dirigiría, ante todo, al Consejo Escolar de Turín para pedir
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 30.
2 Véase: Unità Cattolica, 16 de diciembre de 1879, artículo «La tiranía de la enseñanza en Italia y oportunos recuerdos del profesor Allievo».
3 El Oratorio de San Francisco de Sales, centro de beneficencia. Exposición del sacerdote JUAN BOSCO, Turín, Tip. sal., 1879. Puede leerse en el Apéndice (Doc. núm. 31). 176
aclaraciones; pero ya no era posible estancar la negociación, ni de ordinario, someterla a excesivas demoras; además, don ((200)) Bosco tenía en Roma, lo mismo en el Ministerio que en el Consejo de Estado, amigos de confianza que seguirían la pista a la marcha de la negociación, removiendo obstáculos y ganando influencias.
El Beato redactó, pues, una súplica al Rey, ampliando el memorial, ya enviado al ministro, y uniéndole una amplia documentación sobre la controversia. Uno de los amigos antes aludidos, el señor Benito Viale, turinés, antiguo funcionario en la secretaría del Consejo de Estad escribió a don Miguel Rúa acerca de la súplica y decía que «no podía estar mejor redactada»; y, habiéndola llevado después a uno de sus íntimos amigos, que ocupaba un puesto muy elevado en el ministerio de Gobernación, recibió la contestación de: «estar muy bien escrita y ser muy apremiante para el ministerio de Instrucción Pública», que había ordenado el cierre; y, que si no se le hacía justicia, podría don Bosco muy bien dirigirse al Parlamento e incluso proceder por vía judicial. El señor Viale, por su parte, escribió a don Miguel Rúa estas palabras: «No dude que vigilaré, recomendaré, aconsejaré para lograr un éxito favorable, que no es más que la justicia» 1.
También imprimió después don Bosco la instancia al Rey 2; obtuvo, por medio del señor Viale, la lista de los que formaban la sección d Consejo de Estado, que trataba los asuntos de instrucción pública, y envió un ejemplar a cada uno, junto con su opúsculo y el del profesor Allievo.
El Gabinete real transmitió la petición de don Bosco al Ministerio de Instrucción Pública el 11 de diciembre. La vigilia de Navidad presentó el Ministerio al Consejo de Estado los expedientes correspondientes con una carta ministerial, que rezuma la acritud, que debió razonar los informes ((201)) de procedencia turinesa 3. Para relator había sido ya designado el comendador De Filippo, que parecía favorable, siendo así que, por cambios introducidos en el Consejo de Estado, las cuestiones concernientes al Ministerio de Instrucción Pública debían ser tratadas por la sección de Gobernación y, por lo tanto, la
1 Carta a don Miguel Rúa, Roma, 19 de noviembre de 1879. Viale actuó con un celo superior a todo elogio. Se traslucen sus sentimiento por estas palabras escritas a don Bosco, el 11 de diciembre: «Si necesita más instrucciones, no deje nunca de acudir a mí, absolutamente nunca, en favor de su numerosa familia en cualquier lugar, aun cuando fuera para Patagonia. De Dios espero la recompensa, que será muy abundante».
2 Le scuole di beneficenza dell'Oratorio di S. Francesco di Sales in Torino davanti al Consiglio di Stato, por el sacerdote JUAN BOSCO Turín, Tip. Sal., 1870. Está reproducida en el Apéndice (Doc. núm. 32).
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3 Véase: Apéndice, Doc. núm. 33. 177
relación hubiera debido pasar a otro; por el contrario, merced a altas recomendaciones, a las que no fue extraña la actuación de Viale, la relación siguió encomendada a De Filippo. También favoreció a don Bosco el senador Siotto-Pint_r, interponiendo sus buenos oficios ante el Ministro, ante el Presidente del Consejo de Estado, Cadorna, y ante los consejeros amigos suyos; «la violación de la ley es manifiesta», exclamaba el enérgico sardo 1.
Pero no era tan manifiesta a los señores de Turín. Como si nada, el Gobernador quiso conocer los programas y el horario de las escuelas Don Bosco le contestó:
Ilustrísimo Señor Gobernador:
En respetuosa respuesta a la carta de V. S. Ilma., fechada el 24 de diciembre de 1879, me creo obligado a contestar que los programas de nuestras escuelas no son uniformes, porque es diverso el grado de instrucción que se necesita impartir a nuestros asilados.
Tocante al horario, aunque no está prescrito por la ley, le digo de buen grado que, de ordinario, las clases se dan de nueve a once y medi de la mañana, y de las dos a las cuatro y media de la tarde.
Pero, como nuestros profesores tienen también obligaciones en la administración de la Casa, con frecuencia se ven obligados a variar el horario ordinario. Pero tienen comodidad para acabar todo el programa del curso que se les confía, pues, entre nosotros, el curso escolar dura del 15 de octubre al 9 de septiembre.
Tengo el honor de profesarme
Turín, 11 de enero de 1880
JUAN BOSCO, Pbro.
((202)) Y también don Bosco, como la cosa más natural, se dirigió al ministro de Gobernación, Depretis, para que le concediera algún subsidio, presentándole sus necesidades por tener que alimentar a tantos muchachos internados en el Oratorio. El ministro encargó al Gobernador que le participara su pesar, por no poder atender su petición, ya que no había en su presupuesto fondos disponibles para semejantes gastos, pues habían sido empleadas ya las pequeñas reservas para aliviar
1 Carta a don Bosco, Cágliari, 29 de diciembre de 1879. En otra del 5 de enero de 1880: «Escribo hoy mismo en términos apremiantes a Consejero de Estado, De Filippo, para que apresure lo más posible la consabida relación y espero que esta carta nos será útil. Usted con su alumnos tenga a bien seguir rezando por mí, para que, con el favor del Cielo, pueda el próximo junio oír misa en la iglesia de San Francise de Sales, cuya milagrosa vida he leído despacio y ahora estoy, por así decirlo, enamorado de él hasta arrasárseme los ojos. Haré propósito en esa misa de dedicarme por completo a los intereses del Instituto, y espero mantenerme fiel a mi propósito. Si otra cosa puedo hacer, escríbamelo usted, pues, en ninguna ocasión, ahorraré tiempo ni trabajo». Termina pidiéndole que le guarde «un rinconcito en su óptimo corazón». 178
las muchísimas desgracias ocurridas en muchas partes del Reino, en aquella estación invernal 1.
El Presidente del Consejo de Estado había nombrado la comisión especial para el examen del asunto. Se componía de ocho consejeros, que se reunieron el 26 de febrero de 1880. La conclusión fue que, no resultando bastante clara la índole y el carácter de las escuelas en cuestión, se suspendiese el informe de la comisión para cuando fueran comunicadas las aclaraciones, que se iban a pedir. Don Bosco, habiendo recibido de ello informes confidenciales, dirigió al Ministerio la memoria siguiente:
Con fecha 13 de noviembre de 1879, presenté a V. E. una instancia para que fuera anulado el decreto de cierre de las escuelas anejas al Oratorio de San Francisco de Sales, donde habitan y reciben educación cristiana muchos pobres jovencitos abandonados. No habiendo recibido respuesta alguna a mi súplica, y no sabiendo si en el Consejo de Estado o en el Ministerio se traspapeló la solicitud, me dirijo a V
E. para que tenga a bien comunicarme, si mi súplica fue tomada en consideración y si han sido examinados los documentos que la Fin de Página: 179
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acompañaban y que demostraban hasta la evidencia la índole y el carácter benéfico del Instituto por mí fundado. Y me interesa insistir, po cuanto en este momento se me comunica, que corre por Turín la voz de que el Delegado Real de Enseñanza de esta ciudad y provincia acaba de escribir de nuevo al Ministerio acerca de la cuestión en curso.
Quiero creer que andan muy equivocados los que me insinuaron tal cosa; mas, por si tuviesen algún fundamento las voces que corren en perjuicio de este pobre instituto, me vería obligado a demostrar con los hechos que tales afirmaciones son completamente contrarias a la verdad. Se quiere afirmar, si son ciertas las cosas expuestas, que el Delegado Real quiso presentar a V. E. nuestras escuelas como un verdadero colegio privado, en el que los alumnos pagan una cuota mensual y reciben la enseñanza según las diversas clases ((203)) a que pertenecen.
Esto es un gran error, pues el Oratorio de San Francisco de Sales está destinado a favorecer a muchachos pobres, y ninguno de los internados en él paga un céntimo por recibir esta enseñanza, ni tampoco ningún profesor percibe el más pequeño sueldo y, por consiguient gratuitamente reciben las lecciones los muchachos y gratuitamente se las dan los profesores. Bastaría en mi opinión esta única observación para demostrar la naturaleza del Instituto y para presentarlo como obra pía, con arreglo a lo que ha determinado el Consejo de Estado en diciembre del año pasado 1879. Diré, sin embargo, que, como prueba de mi afirmación, podría enumerar y citar varias admisiones gratuita de muchachos recomendados por varios de los ministros anteriores, por la comisaría general de policía y por el mismo Gobernador Minghelli Vaini, poco antes del decreto de cierre de nuestras escuelas. Hay alguno, es verdad, que mensual o anualmente ofrece alguna pequeña cantidad y tal vez hay uno por cada ciento que, si puede, paga veinticuatro liras mensuales. Pero »cómo puede ser suficiente esta pequeña ayuda para la comida, la ropa y las composturas que necesita cada uno? Esto no puede ciertamente cambiar de índole de obra pía en favor de los pobres muchachos, que viven con los medios que la divina ncia nos
1 Carta del Gobernador Minghelli Vaini a don Bosco, 7 de febrero de 1880. 179
envía; lo que se puede claramente comprobar por el reglamento del Instituto, que exige las siguientes condiciones para la aceptación:
1.° Tener doce años cumplidos y no más de dieciocho.
2.° Ser huérfano de padre y madre, a no ser que motivos particulares pidan alguna excepción.
3.° Ser pobres y abandonados. Los que poseen algo, lo traerán consigo en beneficio del Instituto.
Se pretendería, en segundo lugar, que los muchachos admitidos en el instituto fuesen encaminados al estado eclesiástico o religioso.
Para tener una respuesta a esta observación bastaría visitar, además del Oratorio de Turín, los asilos de la ciudad de Lucca y de Sampierdarena, y se verían centenares y, aun millares, de pobres muchachos aprendices de artes y oficios, los cuales de ningún modo aspiran al estado eclesiástico. Muchos de los jóvenes internados han hecho una carrera más o menos brillante, pero ninguno ha quedado si colocación en la sociedad, como se quisiera hacer suponer, pues el que esto escribe considera como un deber suyo colocar siempre convenientemente a los jóvenes confiados a sus cuidados, cuando por falta de talento, de medios, de voluntad, no puedan seguir los estudi y abandonan el Instituto.
Y, para confirmar cuanto digo, podría citar millares de jóvenes, que, arrancados de la ociosidad y de la miseria, se ganan ahora honradamente el pan viviendo en sociedad, así como podría también citar, por su nombre y apellido, a algunos de nuestros muchachos, qu con el estudio llegaron a ocupar cargos brillantes en la magistratura, en el ejército y en los diversos ministerios, y son muchos los licenciados en filosofía y letras que enseñan, con aplauso, en varias ciudades de Italia no sólo en institutos y liceos, sino en las mismas reales universidades. ((204)) Es verdad, sin embargo, que, entre los muchos jovencitos, hay algunos que manifiestan su inclinación al estad eclesiástico y religioso, y éstos encuentran en nuestras escuelas los medios y ayudas que necesitan para corresponder a la llamada de Dios, éstos nos son indispensables para enseñar, vigilar y dirigir a los alumnos en el Centro y en los patios de recreo, destinados a entretenerlos los días festivos.
Creo poder esperar, por todo lo expuesto hasta aquí, que V. E. quedará suficientemente informado sobre el verdadero estado de la cuestión y, si fuere necesario, estoy dispuesto a presentar los documentos y las pruebas antes de llegar a una deliberación que, inspirada solamente en relaciones carentes de fundamento, resultaría perjudicial para muchos hijos del pueblo que, recogidos de las calles, cuando estaban a punto de ser un manifiesto peligro para la sociedad, atienden ahora a su propio mejoramiento y, merced a una buena educación, ofrecen fundada esperanza de llegar a ser probos y honrados ciudadanos, honor de la ciencia y esperanzas del más alegre porvenir.
Tengo confianza en la iluminada prudencia y bondad de V. E. y espero tenga la bondad de hacer llegar estas observaciones al Consejo d Estado, a fin de que las ilustres personalidades llamadas a pronunciar un juicio definitivo acerca de esta dolorosa controversia, tengan idea
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del verdadero estado de las cosas en cuestión.
Se ve que las cosas iban despacio; en efecto, hasta el 7 de abril no envió el delegado Rho al ministerio la relación solicitada sobre la naturaleza del Oratorio de don Bosco. Cotejando esta relación con la memoria antes mencionada, se echa de ver que el Siervo de Dios hab barruntado lo que se estaba preparando, es decir, qué ideas iban 180 a dar el tono a la relación del Delegado, cuando la pidiesen las autoridades de Roma. El Delegado afirmaba que eran muy pocos los alumnos que podían conseguir ser admitidos gratuitamente y que los dos tercios, que salían por haber interrumpido los estudios o por haberlos terminado, volvían a la sociedad sin medios de fortuna, ya sin aptitud para los trabajos manuales, a que atendían antes, y con conocimientos insuficientes para emprender una carrera civil. Por estos dos motivos el Oratorio no era instituto de beneficencia. Pero don Bosco respondió preventivamente, y sin aparentarlo, en la memoria enviada al ministro 1.
((205)) Cuando el Delegado proporcionó al Ministro estos informes, don Bosco se encontraba en Roma. Habrá hecho, sin duda, la parte que le correspondía con la mayor solicitud, pero no sabemos nada de la negociación hasta el 28 de abril, cuando la comisión se reunió por segunda vez. Queríase formular en el acto el parecer, fundándolo pura y simplemente en los informes del Ministerio, es decir, del Delegad Pero un buen consejero, el barón Celesia, se disparó encolerizado, tomó la palabra y se opuso diciendo:
-»Cómo se entiende? »Se pretende llegar a una sentencia definitiva, sin oír siquiera a la parte interesada? íSeñores, no estamos en Turquía!
La franca observación tuvo el efecto deseado; el Presidente encargó a un consejero, el comendador Gerra, que redactara un parecer suspensivo 2, que en su parte sustancial resultó en estos términos:
«Teniendo en cuenta que, acerca de los datos recogidos y expuestos por el Delegado Real de enseñanza en Turín, concernientes al caráct del Instituto escolástico del Oratorio de San Francisco de Sales en aquella ciudad, no fue interrogado el reverendo Juan Bosco, que interpone recurso contra el decreto que ordenó su cierre; que es conveniente preguntar al reverendo Juan Bosco y puede ser útil para la má completa y segura información del asunto; que la misión de preguntar al reverendo Juan Bosco podrá ser realizada por el Gobernador de la Provincia de la manera que mejor estime; el cual tendrá así oportunidad de fijar y exponer todos los elementos necesarios en realidad, para conocer si el Instituto, de que se trata, es de beneficencia o de enseñanza, y si, de ser de enseñanza, pertenece a los contemplados en el artículo doscientos sesenta o a los contemplados en los
1 Véase: Apéndice, Doc. núm. 34.
2 Carta del senador Viale (sin fecha) y de don F.co Dalmazzo a don Bosco, 3 de mayo de 1880. 181
artículos doscientos cincuenta y uno y doscientos cincuenta y dos de la ley del 13 de noviembre de 1859: que con respecto a los resultados completados de este modo convendrá que el Ministerio exprese determinadamente su propio parecer; LA COMISION es del parecer de qu antes de pronunciarse acerca de lo que procede hacer en el caso, el asunto tiene que ser ulteriormente esclarecido, de conformidad con las advertencias antedichas.
((206)) Entre tanto, en Turín habían ocurrido algunas novedades en los cargos gubernativos. Un nuevo Gobernador, Casalis, había sustituido al anterior. Este, para cumplir las órdenes del Consejo de Estado, formuló a don Bosco, por escrito, las cinco preguntas siguientes:
1.° Cuál era la índole del Oratorio en general y, en particular, cuál era el fin que se proponía al mantener en él los cursos de bachillerato.
2.° Cuántos eran los alumnos del Oratorio dedicados a las artes y oficios, cuántos los que estudiaban el bachillerato y cuántos los clérigo que atendían a los estudios filosóficos y teológicos.
3.° Si todos los jóvenes del Oratorio, y especialmente los que cursaban los estudios de bachillerato, eran mantenidos gratuitamente en el Oratorio y, en caso negativo, cuántos de una plaza semigratuita.
4.° Cuántos alumnos solían presentarse cada año a los exámenes de reválida y cuántos los que habían sido aprobados el año anterior.
5.° Cuántos eran los alumnos que, en los últimos cinco años, habían terminado el quinto curso de bachillerato y cuántos de éstos habían
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pasado en la misma casa al curso filosófico, para dedicarse después al ministerio eclesiástico e inscribirse en la Sociedad Salesiana por él fundada. Don Bosco le contestó en estos términos:
Ilustrísimo Señor:
Me considero obligado a contestar a las diferentes preguntas que V. S. Ilma. se dignó hacerme, por encargo del Ministerio de Instrucción Pública, sobre el Oratorio de San Francisco de Sales.
Dice la primera pregunta que: cuál es la índole del Oratorio en general y cuál es en particular el fin que el Director se propone al manten en él los cursos de bachillerato.
Contesto a la primera parte de la pregunta.
Un dictamen emitido por el Consejo de Estado, en 1879, establece que el carácter de una fundación se determina por el fin que se propo y por la calidad de las personas a cuyo beneficio está destinada.
Pues bien, éste es el fin que yo me propuse al fundar el Oratorio de San Francisco de Sales en Turín. Creo no poder exponerlo mejor que con las palabras que empleé cuando formulé, por vez primera, su Reglamento y que fueron presentadas a la autoridad del Estado y publicadas en la Gaceta oficial: «Se encuentran a veces jóvenes huérfanos y carentes de asistencia paterna, porque ((207)) los padres no pueden o no quieren cuidarse de ellos, sin profesión, sin instrucción. Estos jóvenes están expuestos 182
a los mayores peligros espirituales y corporales, y no se sabe cómo impedir su perdición si no se les tiende una mano benéfica que los ampare, los encamine al trabajo, al orden, a la religión. La Casa del Oratorio de San Francisco de Sales tiene por fin dar alojamiento a los muchachos de esta categoría.
«Para que un muchacho sea admitido en la casa llamada: Oratorio de San Francisco de Sales en Valdocco, son necesarias las siguientes condiciones:
» 1.° Que tenga doce años cumplidos y no pase de los dieciocho;
»2.° Que sea huérfano de padre y madre, no tenga hermanos o hermanas u otros parientes, que puedan cuidarse de él;
»3.° Que sea totalmente pobre o abandonado. Si, cumplidas las otras condiciones, el muchacho posee alguna cosa, tendrá que llevarla consigo a la Casa, y será empleada en su favor, pues no es justo que disfrute de la caridad ajena quien puede vivir de lo suyo;
»4.° Que esté sano y robusto, no tenga ninguna deformidad física, ni este afectado por ningún mal repugnante o contagioso.
»5.° Serán aceptados con preferencia los que frecuentan el Oratorio festivo de San Luis, del Santo Angel Custodio y de San Francisco de Sales; porque esta casa está destinada especialmente a albergar a los muchachos absolutamente pobres y abandonados que acuden a alguno de los Oratorios antes mencionados».
Para este fin, se abrió el Oratorio Salesiano y yo, manteniéndome fiel a él en todo tiempo, me comprometí a sostenerlo con los medios q me suministraba la Providencia. Sabido esto, resulta claro que el Oratorio Salesiano es por su índole un Instituto Benéfico para la juventud abandonada; como tal, le reconocieron siempre los Ayuntamientos, las Comisarías Generales de Policía, los Gobiernos Civiles y los mism Ministerios del Estado, que le recomendaron centenares de muchachos abandonados; como tal fue proclamado en el Parlamento Nacional en el Senado del Reino, y por tal lo tuvieron siempre personas buenas y caritativas, que le ayudaron con su benevolencia y con abundantes limosnas, al extremo de que, de humildes principios, pudo crecer hasta albergar un millar de personas, y fundar instalaciones, talleres y escuelas, donde los más útiles progresos de las ciencias y las artes son comunicados a los hijos del pueblo y, a través de ellos, llevados a la sociedad civil.
En confirmación de todo esto, tenemos el hecho de una innumerable cantidad de jóvenes, cuyos nombres podría enunciar, salidos de este Oratorio, y que ocupan hoy en la sociedad cargos más o menos brillantes en Liceos y Universidades, en el Ejército y en la Administración pública. Y me es grato poder afirmar que ninguno de los que fueron dóciles alumnos de este Instituto, salió de él sin los medios necesarios para ganarse honradamente el pan, así como no hay ninguno ((208)) que yo sepa, el cual en sus relaciones con la Sociedad o con el Gobierno, no se comporte como hombre de bien y buen ciudadano; es más, hay ejemplos de quienes, en algunas graves contingencias, llevaron a cabo actos de verdadero heroísmo.
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Pasando a la segunda parte de la misma pregunta, respondo que el fin especial que me propongo, al mantener las escuelas en mi Oratorio es cumplir una importante obra de educación y satisfacer a las necesidades y múltiples vocaciones de los muchachos en él albergados. Algunos de ellos, inclinados por naturaleza al ejercicio de ciertas artes y oficios más nobles y elevados (tipografía, calcografía, fundición, fotografía, estereotipia, etc.) no estarían en condición de aprenderlos bien y ejercerlos con fruto, si no tuvieran nociones de Latín, Griego, Francés, Geografía, Aritmética, etc.
Otros, dando muestras de estar dotados de ingenio despejado y especial aptitud para el cultivo de las ciencias, creyóse sería muy útil par la Sociedad, si se cultivaba 183
estos talentos y se los encaminaba a la carrera de las ciencias superiores. Muchos de éstos, gracias a la ayuda del Instituto, a becas provinciales ganadas, y a otras instituciones benéficas, pudieron matricularse en las Universidades, provistos de todos los títulos exigidos por la ley, hacer en ellas sus estudios y ahora dan buena prueba de su gran valer en sus cátedras o con sus escritos. Sólo por brevedad, se callan aquí sus nombres, mas se pueden manifestar ante cualquier requerimiento de la Autoridad pública.
Hay otros, y no pocos, de familias acomodadas venidas a menos, que no pudiendo, por razones de conveniencia, mezclarlos con los de l primera categoría, se les orienta hacia una carrera más apropiada con su condición. Para responder a las exigencias de estas dos últimas categorías de alumnos, hubo necesidad de dar a las escuelas del Oratorio el carácter de la enseñanza media. Este fin especial, como se comprende, no sólo no se opone, sino que cumple mejor aún el fin general de beneficencia al que se orienta este Oratorio.
Respuesta a la 2.ª pregunta: -Los muchachos del Oratorio dedicados a artes u oficios o a diversos trabajos del Instituto son quinientos diez. Los que frecuentan las clases secundarias, como consta en la nota entregada al señor Delegado, son cerca de trescientos. Quizá es superfluo advertir que en estos números hay siempre cierta fluctuación, pues, casi cada semana hay muchachos que, por diversos motivos, salen del Instituto, y otros que ingresan. En otoño y en invierno, por razones fáciles de comprender, el número de internos es mayor, mientras que disminuye en verano.
Con respecto a los clérigos hay que advertir dos cosas:
1.° Que en el Oratorio no hay un curso regular de estudios filosóficos, sino que a los jóvenes, ocupados en el cargo de asistentes o en otros trabajos en el Instituto y que tienen intención de consagrarse al estado eclesiástico, se les da, durante el tiempo y de la manera que ((209)) lo permite la condición del Instituto, las enseñanzas para asistir en los talleres, dormitorios, etc., catequizar a los niños, dar clases nocturnas de literatura, de música vocal e instrumental y para desempeñar otras ocupaciones semejantes necesarias al Instituto y requerida por su vocación.
2.° Que no todos los clérigos que moran al presente en el Oratorio o en otros colegios fundados por don Bosco, proceden de las escuelas del Oratorio de Turín; sino que los más fueron alumnos de otros Colegios o Seminarios, los cuales, deseosos de asociarse a don Bosco en las diversas obras de beneficencia que lleva entre manos, vinieron a someterse a su obediencia. Esto se echa de ver claramente en el cuadro siguiente con que respondemos a la pregunta hecha.
Los clérigos, que en el sentido expuesto atienden al estudio de la filosofía en el Oratorio Salesiano, son veinticinco; diecisiete de ellos cursaron el bachillerato en otros institutos, y sólo ocho fueron alumnos del Oratorio. Hay doce estudiantes de Teología, cinco de los cuales proceden de otros Institutos.
Pasando ahora a la tercera pregunta, un artículo del Reglamento del Instituto dice: «Si el postulante posee algo, lo traerá consigo al ingresar en el Oratorio y será empleado en su favor, porque no es justo que viva de la caridad ajena, quien no se encuentra en absoluta necesidad».
En fuerza de este artículo sucede que no todos los albergados en el Oratorio Salesiano están gratuitamente, sino que algunos pagan una pequeña pensión mensual o anual, según sus posibilidades o las de sus parientes. Lo cual no quita que, atendida la condición de las person que viven en este Oratorio, la mayor parte de los gastos carguen sobre el mismo, como consta por el detalle siguiente:
Muchachos internos, ochocientos diez. Plazas gratuitas, cuatrocientas cincuenta. 184
Estudiantes gratuitos en el Instituto ciento seis (106). Solamente uno por cada ciento paga la pensión de 24 liras mensuales. Los otros pagan cinco, alguno ocho, alguno diez, etc. Teniendo en cuenta, por tanto, las plazas gratuitas y las cuotas incobrables, se puede establece que la pensión media de los estudiantes es de unas seis liras mensuales por alumno. Estas entradas, evidentemente no bastan, ni con much para la alimentación; de donde se sigue que la enseñanza es totalmente gratuita, por parte de los alumnos que la reciben, como es también enteramente gratuita por parte de los que la imparten, pues, entre tantas personas como hay para la enseñanza, la asistencia y otros cargos
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del Instituto, no hay uno solo que cobre un céntimo.
Como complemento de esta respuesta, creo necesario advertir que don Bosco tiene otros centros de educación en varias partes de Italia, los que, por estar destinados a familias algo acomodadas, se cobra la pensión normal de veinticuatro liras mensuales o algo más, y en ellos la enseñanza está a cargo de profesores con títulos legales. ((210)) No hay que confundir con éstos, evidentemente, como alguien ha hecho el Oratorio de Turín, completamente distinto por índole y condición.
Respuesta a la 4ª pregunta. -Los alumnos de dicho Oratorio que suelen presentarse anualmente al examen de reválida son, por término medio, unos veinte. El año pasado se presentaron treinta y uno y aprobaron veintiséis. Algunos de ellos obtuvieron las más altas calificaciones en el Real Instituto Monviso de Turín, y uno alcanzó el primer puesto, con diez puntos más que los otros y la matrícula de honor.
En cuanto a la 5.ª pregunta, creo necesario hacer presente que no existe entre nosotros ninguna congregación, sino una piadosa asociació llamada de San Francisco de Sales, la cual tiene por fin dedicarse a la educación de la juventud, especialmente pobre y abandonada. El que esto expone, y todos los que a ella pertenecen, son libres ciudadanos y dependen en todo de las leyes del Estado.
Los alumnos que, en los últimos cinco años, terminaron el 5.° curso de Bachillerato en este Oratorio, fueron doscientos diez. Treinta y uno de ellos pasaron, en el propio Instituto, a los estudios Superiores para dedicarse al ministerio eclesiástico e inscribirse en la pía Sociedad de San Francisco de Sales.
No parece se haya de reprochar al Instituto que algunos de sus alumnos se asocien espontáneamente a don Bosco para proporcionar a otros los beneficios que ellos han recibido; al mismo tiempo, se echa de ver por esta estadística que sería erróneo creer que se tienen abiertas las escuelas del Oratorio especialmente para beneficio de la pía Asociación Salesiana.
Con esto creo haber respondido, hasta donde me fue posible, a las cinco preguntas hechas por V. S. Ilma., dispuesto a dar cualquier otra aclaración que se me pida. Pero, al mismo tiempo, me atrevo a suplicar al Consejo de Estado que, cualquiera fuere la determinación concerniente a la primera petición de mi instancia, se digne pronunciar igualmente su oportuna decisión acerca de la segunda petición, que se refiere a la legalidad del Decreto Ministerial, en fuerza del cual fueron cerradas las escuelas del Oratorio Salesiano.
En todo caso es mi intención poner este Pío Instituto bajo la benévola protección de V. S. Ilma., de la que siempre seré con el máximo respeto
Turín, 7 de julio de 1880
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
Los primeros a quienes envió copia de esta exposición, hicieron de ella los mayores elogios. Al señor Viale le pareció que el escrito respondía de la manera más categórica y convincente a todas las preguntas y que no se podía dudar de la índole eminentemente benéfica d Oratorio y añadía: «A las buenas razones en ((211)) defensa de su tesis, hacen digno refrendo la moderación y la nobleza del lenguaje y todo él está penetrado por la convicción de la verdad y de la pureza de conciencia, que no sabe mentir ni a sí mismo ni a los demás». Auguraba después que el Gobernador transmitiera exactamente íntegra la respuesta al ministerio y que éste se convencería de la justicia y repararía el error cometido 1. También el barón Celesia lo leyó y escribió al Beato: «De paso por esta ciudad me entregan la preciosa carta de V. S. Rvma., del 17 de los corrientes, con la adjunta nota de observaciones. Doy gracias a V. S. Rvma. por su comunicación y deseo qu las cosas se aclaren para bien de la beneficencia y de la educación, a la que V. S. se dedica con tanto afán. Sintiendo no poder saludarle personalmente, ruégole acepte los sentimientos del profundo aprecio de su etc., etc.» 2.
Pero interesa conocer, sobre todo, el pensamiento del Gobernador, el cual, al acusar recibo, se expresa 3 en estos términos: «He visto la defensa que hace de su Instituto. Yo estoy ya convencido y espero que se convencerán también los demás».
Eran buenas palabras, que pedían aclaración y confirmación con los hechos; pero, mientras tanto, don Bosco tenía ya un elemento para deducir el carácter del hombre, con quien tenía que vérselas y del que dependía el éxito de la controversia. Sabemos que el Siervo de Dios cuando recibía regalos especiales de personas amigas, solía ofrecerlos a los bienhechores o a las autoridades. Le habían regalado un lebrato vivo y se le ocurrió ofrecerlo al nuevo Gobernador, tal vez cuando fue a felicitarlo por su nombramiento. Este en la misma carta de las preguntas le daba las gracias de una forma algo rara, diciendo: «Tengo la obligación de agradecerle la liebre, a la que proporcioné un porvenir más digno de mí, de usted y de quien la ha creado, dándole la libertad».
íParece increíble! El gobernador Casalis tardó tanto en enviar las declaraciones entregadas por don Bosco el 7 de julio ((212)) de 1880, que sólo el 7 de junio de 1881 llegó al Consejo de Estado la documentación,
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1 Carta a don Bosco, Roma, 27 de julio de 1880.
2 Carta, Turín, 24 de julio de 1880.
3 Carta, Turín, 15 de julio de 1880. 186
para el trámite del Ministerio. El retraso permitió al nuevo Delegado, comendador Denicotti, examinar por su cuenta la cuestión, y el Gobernador no hizo más que resumir y hacer suyas las observaciones desfavorables del otro, sacando en consecuencia que el decreto de cierre no podía revocarse, mientras don Bosco no se declarase dispuesto, como cualquier otro ciudadano, a cumplir lo prescrito por la ley.
El Presidente de la sección, que trataba en el Consejo de Estado los asuntos pertenecientes al Ministerio de Instrucción Pública, nombró una comisión especial de nueve miembros para examinar de nuevo el recurso. Don Bosco, advertido secretamente de todo, imprimió a tod prisa la carta del Gobernador con las cinco preguntas y su respuesta, anteponiendo, a manera de preámbulo, esta presentación:
Ilustrísimo Señor:
Al recurso, interpuesto por mí a Su Majestad, contra el Decreto ministerial de clausura del Instituto educativo para muchachos establecid en Turín, en el Oratorio llamado de San Francisco de Sales, hízome el Ministerio de Instrucción Pública las siguientes preguntas aclaratorias sobre la naturaleza del Instituto, a las que me apresuré a responder adecuadamente, en julio del año pasado, la respuesta que ahora reproduzco aquí.
A tal fin considero oportuno recordar sumariamente (como aparece demostrado por los documentos ya presentados a ese Excelentísimo Consejo de Estado):
1.° Que el Instituto en cuestión debe considerarse como un verdadero Instituto paterno y como Instituto de beneficencia;
2.° Que, dado y no concedido que sea un Instituto privado y por tanto sujeto a la ley vigente, no podía ser cerrado, porque los Profesores presentados en la lista como titulados, enseñaron ellos mismos efectivamente, haciéndose substituir sólo en caso de necesidad; de modo qu es un error de hecho el que se hayan confiado las clases a otros maestros no titulados;
3.° Que todo el pasado atestigua en favor del recurrente, a quien nunca pidieron la lista de Profesores titulados las anteriores autoridades escolares, y que sólo las envió cuando le fueron reclamadas, invocando en su favor los artículos 251, 225 de la ley, sólo entonces cuando fue negada la naturaleza de su Instituto.
((213)) Debiendo ser presentado mi recurso al examen del Consejo de Estado me honro al entregar a V. S. Ilma. una copia de las preguntas y de las respuestas, por si le pueden ser útiles para mayor conocimiento de la cuestión.
Turín, 2 de julio de 1881
Su humilde recurrente JUAN BOSCO, Pbro.
Sin dejar traslucir que conocía el contenido de la relación gubernativa y los nombres de los Comisarios, mandó a éstos el impreso y a otros miembros del Consejo de Estado. Don Bosco sabía perfectamente 187
que los documentos unidos a los procesos son poco leídos, y menos aún examinados, y que, de ordinario, en semejantes Comisiones, los relatores dan la razón al Gobierno y los comisarios a los relatores; sin embargo, entregando aquellas dos cartas a cada uno de los que componían su Comisión, los ponía en condición de informarse sumariamente y de tomar la palabra en la sesión, refutar los argumentos de relator y saber a qué atenerse en la votación.
Parecía que todo estaba preparado para que la sesión tuviese lugar a mediados de julio; pero fue aplazada hasta noviembre, porque la mayor parte de los Comisarios estaba de vacaciones. Se tuvo, pues, el 29 de aquel mes. La causa de don Bosco fue derrotada, especialmen por las perversas insinuaciones de Abignente. Dos miembros de la Comisión defendieron a don Bosco y el barón Celesia luchó
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abiertamente en su favor, pero todo fue inútil 1. El dictamen, después de una larga serie de teniendo en cuenta que y de considerando que, último de los cuales era que el decreto ministerial no impedía a don Bosco volver a abrir sus escuelas, siempre que se conformase a la ley, terminaba sentenciando que, el recurso contra el decreto de la clausura no merecía ser atendido. El día 22 de diciembre firmó el Rey el decreto, rechazando el recurso, y así acabó la laboriosa controversia.
Pero no tuvieron fortuna los hombres que la provocaron. El honorable Coppino salió casi en seguida del Ministerio. ((214)) Minghelli Vaini, Gobernador de primera clase en Turín, fue trasladado a Catania, de tercera clase, después a Lecce, y, por último, pasó a la reserva; Nicomedes Bianchi, que manejó todo el asunto, fue bonitamente destituido de su cargo; el Delegado Rho, que tenía tanto miedo de ir a Sicilia, recibió en 1880 la orden de traslado a la Delegación de Palermo. Recurrió, no se incorporó; pero, al poco tiempo, fue destituido de cargo y perdió el sueldo, de suerte que, perdida casi la razón, se retiró a su pueblo natal. Su hermano sacerdote, aquejado de apoplejía, pas largo tiempo clavado en el lecho. Para concluir la dolorosa historia, añadiremos que durante las medidas vejatorias cierto profesor, Castell se presentó a don Bosco con propuestas y documentos tales como para arrojar en el fango al pobre Delegado; pero don Bosco rehusó echa mano de semejantes medios, calificándolos de indignos de una alma cristiana. A pesar de todo, personalmente el señor Rho, aunque había cometido aquellos actos, nunca tuvo motivos para quejarse de don Bosco, después de cuya muerte recordaba «la ardiente caridad cristiana que lo animaba» y tenía a gala llamarse «viejo
1 Carta de don Francisco Dalmazzo a don Bosco, Roma, 29 de noviembre de 1881. 188
amigo de aquel hombre, a quien nuestro país y todo el mundo cristiano deben eterna gratitud» 1.
A decir verdad, el Delegado Rho no era un novato en problemas de esta clase. No sólo se había negado a reconocer el carácter episcopal del seminario menor de Borgo San Martino, sucesor del de Mirabello, sino que había intentado quitar el carácter de «reconocido» al coleg de los Barnabitas en Moncalieri. En resumidas cuentas, el señor Rho, fuera por debilidad de carácter, fuera por espíritu partidista, servía a camarilla, que combatía la liberdad de enseñanza para descristianizar la escuela y la nación. El ministro de Instrucción Pública, Rogelio Bonghi, había proclamado solemnemente en 1875, en la cámara de diputados, que no podía considerar cumplida la regeneración y restauración moral de Italia, mientras no fuera excluida de la educación e instrucción de la juventud la influencia del clero.
((215)) He aquí, pues, adonde miraban las rigurosas disposiciones, con las que por toda clase de medios, lícitos o ilícitos, se ponían traba a la institución de las escuelas paternas, tan conformes con la ley del 13 de noviembre de 1859. El mismo Bonghi, en enero de 1875, con una circular se arrogó el derecho de interpretar, mutilar y aplicar a su manera aquella ley; después, se agarraron los Consejos Escolares y e Consejo de Estado a las teorías y deducciones de Bonghi para negar la facultad de abrir escuelas paternas, so pretexto de que el espíritu de la ley no permitía extender hasta ciento el número de padres de familia que podían asociarse para hacer instruir y educar en común a sus hijos bajo su propia vigilancia, e igualmente repugnaba a la ley que los padres de familia pudieran pasar a otros el derecho y la autoridad sobre las escuelas de esta categoría 2. Se quería a toda costa hacer imposible una escuela, un colegio, un internado cerrado al ateísmo oficial, que solía enmascararse con el disfraz aparentemente menos odioso del llamado laicismo.
Con este preciso objetivo la Masonería, entonces dueña y señora absoluta en el Ministerio de Instrucción Pública, hizo a la chita calland lo que quiso con la ley Casati siempre vigente. Por medio de decretos ministeriales y también con simples circulares de los ministerios, se fue sobreponiendo el arbitrio a la letra y al espíritu de la ley.Es más, bastaron a menudo las protestas de cualquier obscuro magistrado para que el ministerio de Instrucción Pública impusiera por la fuerza lo que la ley no mandaba y se obstinase en su intento a despecho
1 Carta a don F.co Piccollo, paisano suyo, Pecetto, 1889.
2 Véase L'Opinione, núm. 224 de 8 de agosto de 1875. 189
de todo y de todos; y una vez entablada la lucha y llegada al Consejo de Estado, éste daba la razón al ministro y condenaba al que estaba perfectamente de acuerdo con la ley.
Don Bosco, que vio claramente y muy pronto cuáles eran los secretos planes de los sectarios y quiso sin meter ruido oponer un dique contra el mal desbordante, fue también uno de los primeros en experimentar los efectos del tiránico monopolio del Estado a través de las disposiciones legales escolares de Italia. 190 ((216))
CAPITULO VIII
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PRIMER INFORME TRIENAL SOBRE EL ESTADO DE LA CORGREGACION A LA SANTA SEDE
MIENTRAS estas y otras pesadas molestias, que veremos en los capítulos siguientes, habrían podido hacer salir de sus casillas a quien no poseyere la santa tranquilidad de don Bosco, tuvo éste también que aplicar su mente para salir de una situación embarazosa, en la que inesperadamente vino a encontrarse frente a la Santa Sede, por un acto propio de su cargo de Superior General.
En el mes de marzo de 1879, estando en Roma, había redactado una relación sobre el estado moral y material de la Sociedad Salesiana, que hizo imprimir 1 y presentó ante la Santa Sede, distribuyendo también un ejemplar de la misma a los Directores de las Casas. La presentación estaba redactada en los términos siguientes:
«Las Constituciones de esta Sociedad prescriben que cada tres años se debe presentar a la Santa Sede una relación sobre el estado material, moral y progresivo de la misma. En el pasado se hizo sólo aproximadamente, puesto que la apertura de nuevas casas, y las modificaciones, a las que la naciente Congregación hubo de adaptarse por las especiales circunstancias de los tiempos y lugares, impidiero hacer una completa y exacta exposición como ((217)) se debía. El Rector Mayor de esta Congregación, deseoso de prestar en todo el debid respeto a la Santa Sede, con la confianza plena de recibir las observaciones y consejos que puedan contribuir a la mayor gloria de Dios, cumple ahora este deber, exponiendo humildemente el estado en que se encuentra esta pía Sociedad en los distintos países, donde ejerce alguna actividad del sagrado ministerio o atiende a la educación científica o artística de la juventud».
Sigue, después, un claro resumen histórico de los orígenes y desarrollo de la Pía Sociedad, desde 1841 a 1879, con una idea sumaria sob su régimen. Escribe nuestro Beato Padre:
1 Exposición a la Santa Sede del estado moral y material de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales en marzo de 1879, San Pier d'Arena Tip. Sal., 1879. 191
Nuestra Congregación no era en 1841 más que una catequesis, un lugar de recreo festivo; en 1846 se añadió una residencia para pobres aprendices, formando un Instituto privado, a manera de una familia numerosa. Varios sacerdotes y algunos señores prestaron su ayuda, como cooperadores externos de la pía empresa. En 1852 el Arzobispo de Turín aprobó el Instituto concediendo, por iniciativa personal, todas las facultades necesarias y oportunas al reverendo Juan Bosco, constituyéndolo Superior y director de la obra de los Oratorios. Desd aquel año, hasta 1858, comenzó la vida común; escuela, educación de clérigos, algunos de los cuales, al llegar a ser sacerdotes, se quedaro en el Instituto. En 1858, Pío IX, de santa memoria, aconsejaba al reverendo Bosco que constituyera una pía Sociedad con el fin de conservar el espíritu de la obra de los Oratorios. El mismo, benévolamente trazaba las constituciones de esta Sociedad, que fueron llevada a la práctica, mediante la vida común, a manera de Congregación eclesiástica de votos simples.
Seis años después, la Santa Sede emitía un decreto expreso en el que alababa, encomendaba el Instituto y sus Constituciones, y se nombraba un Superior.
En 1870 era definitivamente aprobado el Instituto con sus Constituciones y con facultad para expedir las dimisorias a los clérigos salesianos, que hubiesen entrado en las casas de la Congregación antes de los catorce años de edad.
En 1874 eran definitivamente aprobadas las Constituciones y todos sus artículos, con facultad de expedir indistintamente las dimisorias decennium. Después, la Santa Sede enriqueció en diversos tiempos a esta pía Sociedad con los privilegios más necesarios para una Congregación Eclesiástica de votos simples. Mientras tanto, se fundaron algunas casas, a medida que la divina Providencia ofrecía la oportunidad y los medios; y, cuando aumentó notablemente el número de ellas, se dividieron en Inspectorías o Provincias.
Los hermanos repartidos en las distintas casas de la Congregación dependen del Director de la respectiva comunidad; los Directores está ((218)) sometidos a un Inspector que gobierna determinado número de casas, que forman su Inspectoría o Provincia. Los Inspectores dependen del Rector Mayor. Este, con su Capítulo Superior, administra toda la Congregación con dependencia directa y absoluta de la Santa Sede.
Aunque esta Congregación tiene por fin dedicarse de una manera particular a la juventud que está en peligro, sin embargo, sus miembros se prestan de buen grado a ayudar a las parroquias y a las instituciones benéficas, con la predicación de triduos y novenas, ejercicios espirituales, misiones, dando comodidad para la celebración de la santa misa y atendiendo las confesiones de los fieles. Además, se dedica a escribir, publicar, propagar libros buenos, despachando más de un millón, al cabo de un año.
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La memoria concluye con una rápida noticia sobre el estado moral, donde son singularmente dignas de nota, incluso por la manera como están expresadas, dos alusiones, una sobre las relaciones con el Ordinario de Turín y la otra sobre la vieja cuestión de los privilegios. Reproducimos literalmente el pasaje.
Expuesto el estado e incremento material, que la divina Bondad ha concedido a la humilde Congregación Salesiana, se presenta una brev reseña del estado moral de la misma.
1. La observancia de las Constituciones, gracias a Dios, se mantiene en todas las 192 Casas, y hasta ahora no ha habido ningún Salesiano, que, olvidándose de sí mismo, haya dado algún escándalo. El trabajo es superior a las fuerzas y al número de los socios; pero ninguno se acobarda, y parece que la fatiga es un segundo alimento después del material. Verdad e que algunos fueron víctimas de su celo, tanto en Europa como en las misiones extranjeras; pero esto no hizo más que aumentar el ardoroso entusiasmo por el trabajo en los demás religiosos salesianos. Sin embargo, se han tomado las precauciones para que ninguno trabaje más d lo que le permitan sus fuerzas con detrimento de la salud.
2. Las peticiones para aspirantes a Salesianos son muy numerosas, pero se ha visto que muchos tienen vocación para otras órdenes religiosas o para el estado sacerdotal secular, mas no para inscribirse en la pía Sociedad de San Francisco de Sales. Hay unas trescientas peticiones anuales, de las que ciento cincuenta son admitidas al noviciado; y los que profesan al terminarlo son, por término medio, unos ciento veinte. 3. Con los Párrocos y con los Ordinarios Diocesanos estamos en óptima relación y podemos afirmar que nos hacen de padres y de bienhechores. Con un solo Ordinario se encuentran dificultades, cuya verdadera causa nunca se ha podido saber. Con la paciencia, con la ayuda del Señor y trabajando sumisos en su diócesis, se espera alcanzar la benevolencia de que disfrutamos en todas las demás diócesis. ((219)) 4. Otra gran dificultad se encontró con la concesión de los Privilegios. Es opinión común que los salesianos tengan los Privilegio de que gozan comúnmente todas las Ordenes religiosas y las demás Congregaciones eclesiásticas, lo cual no juzgó concedernos hasta ahor la Santa Sede. La marcha material y moral habría sido bastante mas fácil con la Comunicación de los Privilegios, de la que se hace humild pero ardiente súplica.
5. Se ha celebrado el primer Capítulo General en septiembre de 1877. Se trataron muchas cosas importantes para la practica de nuestras Constituciones, pero, antes de presentar a la Santa Sede las deliberaciones tomadas, se juzgó oportuno ponerlas en práctica durante algún tiempo, introducir en ellas las modificaciones para conocer las correcciones oportunas, y someterlas a otro Capítulo General, que Dios mediante se celebrara en septiembre de 1880. 6. Todos los Socios de la Congregación se unen a su Rector Mayor para ofrecer su homenaje a la Santa Sede y profesarle inviolable adhesión, y suplican a esta suprema Autoridad de la Iglesia que siga prestándoles su paternal asistencia, al paso que ellos, con todo el empeño posible, no cejaran en sostener la fe y la obediencia al Vicario de Jesucristo en todos los países, donde tienen casas, tanto en Euro como en América. Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam (No a nosotros, Señor, sino a tu nombre de la gloria).
JUAN BOSCO, Pbro. Rector Mayor.
La parte más extensa de la relación se refiere al estado material. Don Bosco da importancia a toda forma de actividad querida por él y ejercida por los suyos, por reducido que sea el campo de la misma; nada, por tanto, se le escapa de cuanto hacen los Salesianos y las Hijas de María Auxiliadora. Aparece así una exposición analítica, en la que la multitud y la variedad de las cosas llevadas a cabo debieron producir 193
entonces en los Socios una mezcla de sorpresa y de complacencia capaz de hacerles exclamar: Digitus Dei est hic, aquí está el dedo de Dio
1. En la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares esta primera relación trienal de don Bosco fue minuciosamente examinada en todas sus partes. De este examen surgieron siete observaciones, que el cardenal Ferrieri, Prefecto, le ((220)) comunicó con fecha 5 de abril, de
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modo que la encontró sobre su escritorio, cuando regresó al Oratorio cuatro días después. El Siervo de Dios no tuvo la menor dificultad para contestar con oportunas aclaraciones; pero la respuesta se retrasó más de lo debido. Apremiábanle mucho, por aquellos meses, demasiados molestos quehaceres, como hemos visto y veremos, para poder estudiar la contestación y ponderar bien sus expresiones. Hizo un esbozo que dio a copiar; después introdujo en la copia añadiduras y modificaciones de mucha importancia; quizá necesitó consultar a personas entendidas y benévolas; de suerte que la carta no salió de Turín hasta el 3 de agosto. Es muy interesante. Imprimiremos en letra cursiva las observaciones citadas textualmente por don Bosco.
Eminencia Reverendísima:
He recibido copia de las observaciones que la autorizada Congregación de Obispos y Regulares se dignó hacer sobre la exposición del estado moral y material de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales.
Ante todo, doy las gracias humildemente a V. E., asegurandole que guardaré como un tesoro estas observaciones para provecho de los Socios Salesianos y servirán de norma para las futuras relaciones, que cada trienio se deben presentar a la Santa Sede.
Entretanto, me considero obligado a dar las aclaraciones pedidas, en el mismo orden numérico con que fueron hechas las observaciones.
1.° Nada se dice en la citada Exposición sobre el estado económico del Instituto, ni sobre el Noviciado, el cual debe hacerse, según norm de cuanto prescriben los Sagrados Cánones y las Constituciones Apostólicas.
Aclaraciones:
La Pía Sociedad no existe legalmente, por lo cual no puede poseer, ni contraer deudas, ni créditos. Las Casas de la Congregación (como se dice en la página trece de la mencionada exposición) son propiedad de los miembros de la misma; existen deudas, pero un Socio tiene a la venta un inmueble de valor suficiente para pagarlas. Mas la Congregación, como ente moral o legal, no posee y no puede poseer cosa alguna.
1 Aunque el opúsculo fue enviado a todas las casas, hoy día ha llegado a ser un tesoro de archivo; por tanto, publicamos entera esta parte central en el Apéndice (Doc. núm. 35). 194
Hay una casa de noviciado aquí en Turín, aprobada y regulada por la misma Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, y se siguen todas las mismas normas establecidas y aprobadas, según el capítulo XIV de nuestras Constituciones; con las mismas normas, y con Decreto de aprobación de la Congregación de Propaganda Fide se abrió otra casa de noviciado ((221)) en Buenos Aires, capital de la República Argentina. Con autorización de la antes mencionada Congregación de Obispos y Regulares, se está dando vida al de Marsella, donde está ya adelantada la construcción de un edificio apropiado y oportuno para dar cumplimiento a todas las observaciones prescritas para este fin. Pronto tendrá que abrirse otro noviciado en España, en la diócesis de Sevilla, para el que se hará a su tiempo petición formal la Santa Sede con el fin de obtener la debida autorización. También se había hecho petición para abrir un noviciado en París, pero algunas dificultades surgidas hacen difícil su realización, por lo cual queda en suspenso toda gestión relacionada con este asunto.
Un sacerdote, de ciencia y piedad experimentada, es el Director de los novicios. Le ayudan otros dos sacerdotes. Hacen con regularidad cada día meditación, lectura espiritual, visita al Santísimo Sacramento, rezan el Rosario de la Bienaventurada Virgen María. Se reúnen cad tarde en la iglesia para recibir la bendición eucarística. Se confiesan cada semana y comulgan casi diariamente. Cada semana tienen dos conferencias y una instrucción sobre las Constituciones. Hasta ahora se ha mantenido la observancia religiosa.
2.° La Pía Sociedad no puede estar dividida en Inspectorías, que es cosa insólita, sino en Provincias, para cuya erección, en cada caso, tiene que obtenerse la facultad de la Santa Sede.
R. La Pía Sociedad fue dividida en Inspectorías a tenor del artículo 17, Capítulo IX, de nuestras Constituciones, que se expresa así: Fin de Página: 195
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«Si fuere necesario, el Rector Mayor, con el consentimiento del Capítulo Superior, nombrará visitadores, a los que encomendará ciertos cuidados sobre determinado número de casas, cuando su distancia y número lo pidieren. Estos visitadores o inspectores, hacen las veces del Rector Mayor en las casas y en los asuntos que se les confían» .
Su Santidad Pío IX, de siempre venerada memoria, recomendaba ante el primer reglamento de la humilde Sociedad Salesiana que se eliminasen las denominaciones, que pudieran chocar contra el espíritu del siglo. Por eso proponía se dijese Casa, Colegio, Hospicio, Orfanato en lugar de Convento; el nombre de Prior o Guardián se sustituyese por el de Director; el de Provincial o Provincia por otro vocablo equivalente. Será oportuno decir que la división en Inspectorías no se ha realizado todavía, sino que se propone como experimento y, cuando se reconozca su posible actuación, se hará el debido recurso a la Santa Sede. Pero la tristeza de nuestros tiempos y las continuas graves dificultades, que cada día tenemos que remediar no permiten encontrar otra división tolerable en medio del siglo, por lo que se rueg tener a bien admitirla temporalmente.
3.° En el artículo Inspectoría Piamontesa se dice que algunos asilos de mujeres están confiados al sagrado Ministerio de los Salesianos. Semejante comisión no puede 195
darla sino la Autoridad Episcopal respectiva y debía ((222)) manifestarse si ésta había intervenido y en qué consiste dicho Sagrado Ministerio.
R. Cuando se trató de abrir Institutos femeninos y asumir su dirección espiritual, se observaron todas las normas establecidas en el Capítulo X de nuestras Constituciones. Estos Institutos carecen completamente de medios materiales y los Salesianos, a petición de los Ordinarios, les prestan caritativamente el servicio religioso. Este mencionado ministerio está siempre concertado y limitado por el Ordinar Diocesano, en todo lo que se refiere a los Santos Sacramentos de la Confesión, Comunión, a la celebración de la santa misa, a la palabra d Dios, al catecismo y otras cosas semejantes. 4. ° Por dicha Exposición resulta que los Salesianos tienen colegios, escuelas, etc. y nada se dice, si con permiso de los respectivos Ordinarios, y si en la enseñanza dependen de ellos en conformidad con los Sagrados Cánones, y especialmente del Sagrado Concilio de Trento. R. Se observaron las Reglas aprobadas por la Santa Sede, tal como están descritas en el Capítulo X de nuestras Constituciones para la apertura de nuevas casas; por consiguiente, se hicieron de antemano las necesarias gestiones con los Ordinarios Diocesanos, como prescriben los Sagrados Cánones y el Sagrado Concilio de Trento. 5.° En la misma Exposición se añade una relación sobre un Instituto de mujeres bajo la denominación de María Auxiliadora, y nada se dice si este Instituto tiene un Superior General del que dependen las Hermanas, y si es del todo independiente, como debe serlo, del Instituto de los Salesianos.
R. Cuando fueron aprobadas las Constituciones Salesianas, se trató y se discutió todo lo referente al Instituto de las Hijas de María Santísima Auxiliadora. El Instituto de María Auxiliadora depende del Superior General de la Pía Sociedad Salesiana en los asuntos temporales, pero, en lo concerniente al ejercicio del culto religioso y a la administración de los Sacramentos, está totalmente sometido a la jurisdicción del Ordinario. El superior de los Salesianos proporciona los medios materiales a la Hermanas y, con el consentimiento del Obispo, nombra un sacerdote con el título de Director espiritual para cada casa de Hermanas.
Algunos Obispos han aprobado ya este Instituto femenino, y ahora se está haciendo el debido experimento para conocer prácticamente la modificaciones a introducir, antes de presentarlas a la Santa Sede para la oportuna aprobación.
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Y como en algunos puntos de sus reglas, está fijado el límite de la dependencia de las Hermanas del Superior de los Salesianos, se inclu un ejemplar de sus reglas para quien desee mayor conocimiento de las mismas.
((223)) Se advierte también que la Casa Madre de estas Hermanas está en Mornese, Diócesis de Acqui, cuyo Ordinario ha regulado siempre el origen, el desarrollo y la expansión del Instituto.
6.° Se añade que dichas Hermanas atienden a la cocina, y se cuidan del lavado y, ropería en los Seminarios y en los Hospicios de los muchachos, lo cual ha sido siempre reprobado por la Santa Sede.
R. Para todo ello se tomaron previos acuerdos con los Ordinarios Diocesanos; es más, se anticiparon ellos mismos y se siguen todas las normas que prescriben los Sagrados Cánones y aconseja la prudencia. 196 7. ° Esta Sagrada Congregación no puede por menos de reconocer como cosa singular e inoportuna, que se haya impreso la referida Exposición, cuando la relación trienal, que deben presentar los Superiores Generales de los Institutos no tiene otro fin que el de dar a conocer a la Santa Sede el estado disciplinar, personal, material, económico de cada pió Instituto, y la marcha del Noviciado. R. He mandado imprimir esta Exposición con el único fin de facilitar su lectura. Siendo ésta la primera vez que enviaba una relación de esta índole a la Santa Sede, he seguido el consejo del Superior de otro Instituto, que me dijo: -La Santa Sede prefiere la Exposición impresa. Otra vez me consideraré obligado a enviarla manuscrita. Dadas así las aclaraciones pedidas, ruego a V. E. siga teniendo a esta pobre Sociedad en benigna consideración.
Los tiempos, las autoridades, las leyes civiles, los esfuerzos que se hacen para acabar con los Institutos eclesiásticos, me mueven a pedir
V. E. todo el apoyo y toda la indulgencia compatibles con las prescripciones de la Santa Iglesia. Estas aclaraciones debían haber sido enviadas a V. E. en el mes de mayo próximo pasado, pero, debido a graves molestias a las que se vi sometida esta casa, he tenido que diferirlas hasta la fecha.
Con la mayor veneración considero siempre como muy alta gloria poderme suscribir,
De V. E. Rvma.
Turín, 3 de agosto de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Las aclaraciones proporcionadas por don Bosco dieron lugar a nuevas observaciones, con fecha del 3 de octubre, y enviadas por el abogado Leonori el día 6. Este decía a don Bosco en la carta con que las acompañaba: «Es preciso (perdone mi atrevimiento) dar una respuesta completa, concluyente y satisfactoria, de ((224)) suerte que, por parte de la Congregación, no pueda haber réplica». El pudo replicar solamente el 12 de enero de 1880, cuando salía para Francia y enviaba a Roma a don Francisco Dalmazzo como Procurador General de la Congregación. En su réplica ya no cita las palabras de la carta cardenalicia, mas nosotros, para hacer más fácil la lectura, las pondremos entre corchetes y en letra cursiva.
Eminencia Reverendísima:
Siento muchísimo que, a pesar de mi buena voluntad, no he logrado presentar las aclaraciones pedidas sobre la exposición trienal a la Santa Sede acerca de nuestra humilde Congregación. A fin de que este y cualquier otro asunto pueda ser explicado en el sentido compatibl con esta Congregación y, al mismo tiempo, en el sentido querido por los Sagrados Cánones, envío al reverendo doctor don Francisco Dalmazzo 197
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como Procurador nuestro, con el encargo de ponerse a las órdenes de V. E. o de quien juzgare indicar al mismo.
Mientras tanto, expongo aquí algunos pensamientos como respetuosa respuesta a la carta que V. E. se dignó enviarme el 3 de octubre de 1879.
El mencionado sacerdote don Francisco Dalmazzo puede dar las aclaraciones oportunas, cuando sea necesario.
(Con la aclaración dada sobre la observación número 1, V. S. dice que la Pía Sociedad no existe legalmente y, por tanto, no puede posee ni contraer deudas. Prosigue después, que las Casas de la Congregación son propiedad de algunos socios; existen deudas, pero un socio tiene en venta un inmueble para pagarlas. Concluye, que la Congregación, como ente moral o como ente legal, no posee, ni puede poseer. Piensa esta Sagrada Congregación que todas estas expresiones de no legal existencia, quiere V. S. entenderlas, con respecto a la ley civil, hostil a los piós Institutos; puesto que con respecto a las leyes de la Iglesia, ante la cual no tienen vigor alguno las leyes civiles, todos los píos Institutos, y también el de los Salesianos, tienen su legal existencia, según los Sagrados Cánones. Por esto, están sometidos a la Santa Sede, en cuanto a los bienes, que poseen por cualquier título y a cualquier nombre los hayan adquirido y los posean. Todos los píos Institutos, en su relación trienal, sin atender a las leyes civiles de ningún gobierno, hacen su exposición sobre el estado económico, exponiendo resumidamente los bienes que poseen, bajo cualquier nombre; las rentas, de cualquier procedencia que perciben, y cómo se reparten; y si tienen que vender bienes, aun tenidos a nombre de terceras personas, contraer deudas, esta Sagrada Congregación siempre le ha inculcado la necesidad del beneplácito apostólico y se han mostrado obedientes; sólo V. S. ha alegado la ley civil para eximirse de estas ((225)) obligaciones. Reflexione que las Constituciones Salesianas fueron aprobadas por la Santa Sede con las obligaciones, que resultan del art. 2.° del Cap. VI y del art. 3.° del Cap. VII, aun cuando fueran dictadas dichas leyes civiles en la época de la aprobación indicada).
1.° Con respecto a la propiedad. -Esta nuestra pía Sociedad no es un ente moral que pueda poseer ante la sociedad civil ni ante la Iglesia
En el capítulo IV de nuestras Constituciones se lee: «ldeoque qui sunt professi in hac Societate dominium radicale, ut aiunt, suorum bonorum retinere poterunt». (Por tanto los profesos en esta Sociedad, pueden conservar lo que llaman dominio radical de sus bienes.) En e mismo capítulo II se dice: «Poterunt vero sodales de dominio sive per testamentum sive (permissu tamen Rectoris Maioris) per acta inter vivos libere disponere» (pueden, en cambio, los socios disponer libremente sobre el dominio, ya sea por testamento, ya sea (con permiso d Rector Mayor) por actos entre vivos).
Como, por la amargura de los tiempos, este punto era fundamental para nosotros, pedía yo en la aprobación de nuestras Constituciones, cómo debían entenderse las palabras del Capítulo VII art. 3, que se expresa así: «In bonorum alienationibus Societatis, et aere alieno conflando, serventur quae sunt de iure servanda iuxta Sacros Canones et Constitutiones Apostolicas». (En las enajenaciones de los bienes de la Sociedad y de dinero ajeno, cúmplase lo que en derecho se deba, según los sagrados Cánones y Constituciones.)
Por medio de Monseñor, más tarde Cardenal Vitelleschi, y entonces Secretario de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, los Eminentísimos declararon: -La respuesta está en el artículo mismo, es decir in alienationibus bonorum Societatis, y esto tendrá que entenderse que, cuando los tiempos y los lugares permitan poseer algo en común o en nombre de la Pía Sociedad, tendrá que observarse es 198
artículo como lo observan todas las Congregaciones religiosas y eclesiásticas. Esto parece conforme al número 2 de dicho Capítulo VII, donde se dice que el Rector Mayor: «Nulla quod ad res inmobiles attinet, emendi vel vendendi ei fuerit facultas, absque Superioris Capitul consensu». (No habrá facultad para comprar ni vender nada de lo que pertenece a los inmuebles, sin consentimiento del Capítulo Superior
Este es el sentido que yo he dado siempre a nuestras Constituciones, desde el principio de la existencia de esta Pía Sociedad. Así las entendió siempre el Sumo Pontífice Pío IX, de siempre gloriosa memoria, como también los Eminentísimos Cardenales elegidos para el examen y la aprobación de nuestras constituciones.
El considerar sometidos a las prescripciones de los Sagrados Canones los inmuebles poseídos personalmente por los Socios como bienes eclesiásticos, introduciría confusión en la marcha de nuestras cosas; puesto que todos los salesianos hicieron su profesión religiosa apoyados en el primer artículo del Capítulo IV De voto paupertatis, que empieza así: «Votum paupertatis, de quo hic loquimur, respicit tantummodo cuiuscumque rei administrationem, non vero possessionem» (El voto de pobreza, del que aquí se trata, sólo se refiere a la administración de alguna cosas, no a la posesión).
(En la misma aclaración sobre la Observación número 1 V. S. afirma que, con autorización de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, se está preparando el noviciado de Marsella. No constando a la mencionada Sagrada Congregación haber ((226)) dado dicha
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autorización, se ve en la necesidad de invitar a V. S. a enviar copia del correspondiente rescripto, del que resulte la facultad de abrir el noviciado en Marsella).
2.° Noviciado de Marsella. -Con relación a la autorización del Noviciado de Marsella, que se desea erigir, he tomado un equívoco, puest que esa Sacra Congregación de Obispos y Reguladores habiéndole pedido, con fecha 5 de febrero de 1879, el parecer al Obispo de aquella ciudad, él contestó favorablemente con fecha 23 de febrero de 1879; por lo cual se creía que ya era gestión terminada, mientras que está todavía en curso. Se unen los correspondientes documentos y se renueva la petición para la concesión del favor.
(En la respuesta que V. S. da a la Observación número 2 dice que la Pía Sociedad fue dividida en Inspectorías de acuerdo con el art. 17 del Cap. IX de las Constituciones. Ahora bien, en el mencionado art. 17 se habla de Visitadores que serán nombrados por el Rector Mayor si opus fuerit, Capitulo Superiore approbante, y no de Inspectores. Todos los Institutos en cualquier parte del mundo donde se encuentren, están divididos en Provincias, previa la aprobación de la Santa Sede, la cual nunca ha admitido que la división se haga con otro nombre. V
S. tendrá que atenerse a la regla general). 3.°-Para la división en Inspectorías en vez de Provincias he juzgado que ésta era la aplicación práctica del artículo 17, Capítulo IX de nuestras Constituciones: «Si opus fuerit, Rector Maior, Capitulo Superiore adprobante, constituet Visitatores, eisdem curam quamdam demandabit certum domorum numerun inspiciendi». (Si fuere menester, el Rector Mayor, con el consentimiento del Capítulo Superior, establecerá algunos visitadores, a los cuales encargará visitar un número determinado de casas).
El nombre de Provincia y Provincial, en estos calamitosos tiempos, nos pondría entre los lobos, que nos devorarían o nos dispersarían. Esta nomenclatura fue propuesta por el mismo Pío IX, de siempre cara y grata memoria. En el caso de que se quisiese absolutamente instaurar los nombres antiguos, suplico que esta obligación 199
quede limitada al trato con la Santa Sede, dando libertad para emplear en el mundo los modos y vocablos que son posibles en estos tiempo
(En la aclaración, que V. S. da a la observación número 3 se expresa así: Al abrir Institutos femeninos y asumir su dirección espiritual se siguieron todas las normas descritas en el Cap. X de las Constituciones. En este Capítulo se habla de la apertura de casas para clérigos, par jóvenes, y para niños, cuya educación se confía a los Salesianos; no se habla en absoluto de la apertura de casas de mujeres para ser dirigidas por ellos. Ni puede decirse haber sido intención de la Santa Sede permitir la apertura y dirección de casas de este tipo a los Salesianos al aprobar las Constituciones, por ser esto contrario a sus máximas fundadas en motivos muy razonables.Podrán los Salesianos llevar la dirección espiritual en las casas de mujeres, cuando les sea confiada por los respectivos Ordinarios, y esta dirección ((227)) espiritual debe consistir en la administración de los Sacramentos, y en la predicación de la palabra de Dios, tal y como les sea confiado po dichos Ordinarios).
4.° -En lo relativo a las Hermanas de María Auxiliadora, los Salesianos no tienen en sus casas más injerencia que la espiritual, dentro de los límites y modos que permitan y prescriban los Ordinarios en cuyas Diócesis existe alguna casa de las mismas.
(A la Observación número 5, V. S. responde así: Cuando fueron aprobadas las Constituciones Salesianas se trató y se discutió cuanto se refiere al Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. El Instituto de María Auxiliadora depende del Superior General de la Pía Sociedad Salesiana. Examinada la voluminosa documentación de los Salesianos y especialmente la parte concerniente a la aprobación de las Constituciones, se ha observado que nunca se trató y menos se discutió lo que se refiere a las Hijas de María Auxiliadora. Si esto fuera verdad, a buen seguro esta Sagrada Congregación habría ordenado la división de los dos Institutos. Nunca acostumbró aprobar, especialmente en los tiempos más próximos a nosotros, que los Institutos femeninos dependan de los Institutos masculinos; y, si tal vez ha ocurrido algún caso de esta dependencia, ha ordenado constantemente el cese inmediato. V. S. quiere introducir una costumbre contraria, que esta Congregación no puede por menos de reprobar).
5.° -Por lo que se refiere al Instituto de María Auxiliadora, si fue o no propuesto en la aprobación de nuestras Constituciones, al enumer las casas ya abiertas en aquel tiempo en la página 10, número 16, se lee lo que sigue: «Como apéndice y dependientemente de la Congregación Salesiana está la Casa de María A uxiliadora, fundada con aprobación de la Autoridad Eclesiástica en Mornese, Diócesis de Acqui. El fin es hacer con las niñas pobres lo que los Salesianos hacen con los muchachos. Las religiosas son ya cuarenta y cuidan de doscientas niñas».
Los Eminentísimos Cardenales antes mencionados hicieron algunas preguntas sobre la naturaleza y fin de esta Institución y mostrandose satisfechos de mis declaraciones verbales, concluyeron que se trataría después el asunto mas cuidadosamente, cuando se presentaran sus
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Constituciones a la Santa Sede para la oportuna aprobación.
(Cuando esta Sagrada Congregación, en la Observación número 5 sobre la relación trienal de V. S., escribió acerca del régimen del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, preguntó si éste tenía su Superiora General y no el Superior General, como V. S. escribe erróneamente, al referir la observación arriba indicada). 200
((228)) 6.° -En las aclaraciones, pedidas el 5 de abril de 1879, se preguntaba: «Si este Instituto de las Hermanas de María Auxiliadora tiene un Superior General, del que dependen las Hermanas, y si es del todo independiente, como debe serlo, del Instituto de los Salesianos Se contestó afirmativamente, añadiendo cuál era su autoridad conforme a las Constituciones de estas religiosas. Ahora V. E. pregunta si la mencionadas Hermanas tienen una Superiora General. Respondo afirmativamente que tienen su Superiora General y el propio Capítulo Superior conforme al título III de sus Constituciones.
Expuesto todo esto ruego a V. E. tenga a bien considerar con paternal bondad que la pía Sociedad Salesiana empezó, sin medios materiales, en tiempos calamitosos y se sostuvo en medio de crecientes dificultades y combatida de mil maneras. Por eso, necesita de toda benevolencia e indulgencia compatibles con la Autoridad de la Santa Madre Iglesia.
Llegan ya a ciento las casas abiertas, en las que se da cristiana educación a casi cincuenta mil muchachos de los cuales más de seisciento entran cada año como seminaristas. Por otro lado, creo poder asegurar a V. E. que los Salesianos no tienen mas fin que el de trabajar para mayor gloria de Dios, para bien de la Santa Iglesia, y llevar el Evangelio de Jesucristo a los indios de las Pampas y de Patagonia.
Postrado ante V. E., pido perdón si, involuntariamente, hubiese escrito alguna palabra menos conveniente, mientras tengo el algo honor poderme profesar
De V. E. Rvma.
Turín, 12 de enero de 1880
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
En la carta de Roma había, además, este punto «Sobre la observación número 6, o sea, que las Hermanas de María Auxiliadora se cuidan del lavadero y ropería en los seminarios, y atienden en ellos a la cocina, lo cual ha sido siempre prohibido por la Santa Sede, se contesta q en todo esto hubo siempre acuerdos con los Ordinarios Diocesanos; es más, las peticiones fueron hechas por ellos mismos. Esta Sagrada Congregación, cuando llegó a conocimiento de que los Institutos femeninos prestan semejantes servicios en los seminarios y en los colegio para muchachos, aunque haya habido el consentimiento de los respectivos Obispos y, aún más, hayan llamado estos mismos a las Herman para prestarlos, lo ha prohibido constantemente». Sobre este punto don Bosco no replicó, probablemente ((229)) porque no era él sólo el comprometido, sino también, y más que él, algunos Obispos, como los de Casale y Biella.
De la Sagrada Congregación no recibió otras observaciones después de esta réplica; pero el asunto tuvo molestas consecuencias como veremos a su tiempo y lugar.
En los múltiples sucesos del período, que se está desarrollando ante nosotros, lo que a la luz de los hechos descuella sobre todo el 201
panorama es la santidad del hombre de Dios, quien, sin aminorar jamás su actividad por los obstáculos, ni mendigar de la misma actividad justificaciones para bruscos procedimientos, marcha constantemente derecho y sereno por su camino. Ciertamente se requiere mucha virtu en semejantes composturas para no inclinarse a una parte, por debilidad de ánimo, o a otra, por actitudes temerarias. «No puedo ocultar, escribía precisamente por estos asuntos 1, mi amarga aflicción, al no lograr hacerme entender. Trabajo y es mi intención que todos los Salesianos trabajen por la Iglesia hasta el último instante de la vida. No pido ayuda material, sólo pido la indulgencia y caridad, compatibl con la autoridad de la Iglesia». «Siempre que se nos ponen tropiezos, escribía en otra ocasión 2, respondo con la inauguración de una casa
En estas dos citas palpita el espíritu de nuestro Beato Padre, y que, en la segunda, no eran sólo palabras, lo veremos probado en la relación trienal de 1882. En conclusión, en los santos nunca sucede que la acción impida la santidad; más bien hay que decir que en ellos l acción toma su origen e incremento en la santidad.
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1 Carta a don Francisco Dalmazzo, Sampierdarena, 7 de mayo de 1880.
2 Al mismo, Turín, 21 de julio de 1880. 202 ((230))
CAPITULO IX
LA CUESTION DEL ORATORIO FEMENINO DE CHIERI
EL año 1879 estalló en Chieri un gran conflicto contra el floreciente oratorio femenino, regentado por las Hijas de María Auxiliadora, que se prolongó con inauditas vicisitudes hasta 1883. Aunque la guerra iba dirigida personalmente contra don Juan Bonetti, el Director del oratorio, sin embargo, envolvió también al Beato don Bosco que, por ser el centro de toda actividad salesiana, también lo era de las eventuales contrariedades en Turín y en sus aledaños. Reanudaremos el hilo de la narración en el punto donde la dejamos 1, para interrumpirla de nuevo y continuarla en el décimoquinto volumen.
El año nuevo comenzó con malos presagios para el Oratorio de Santa Teresa. Junto a él había levantado don Bosco en 1878 un internado para chicas de familias acomodadas, una escuela gratuita para niñas pobres y una escuela festiva para chicas mayores; pero la manzana de discordia era siempre el Oratorio. El Arzobispo, mal informado por algunos sacerdotes del lugar, entre los que figuraba en primera línea el párroco de la catedral don Andrés Oddenino, llegó de improviso a Chieri el 12 de enero, reunió a los canónigos y les endilgó un discurso poco apto para iluminar y serenar los espíritus. Dijo que el bien que hacían los Salesianos en el oratorio femenino era un bien que no era bien; ((231)) los Salesianos hacían generosamente el bien, pero se parecían a las locomotoras, que necesitan potentes frenos para moderar carrera y también válvulas oportunas de seguridad. No obstante la perorata, a la hora de sacar conclusiones, la mayoría de los presentes no fue del parecer de que se cerrase el oratorio; por lo cual, Monseñor decidió tolerarlo todavía.
Como don Bosco estaba ausente, su vicario, don Miguel Rúa, que había tenido conocimiento de la conferencia arzobispal, movido por e deseo de aclarar las cosas y poner fin a las contiendas, escribió al Arzobispo una carta, que es un modelo de finura diplomática.
1 Véase Vol. XIII, pág. 599. 203
Excelencia Reverendísima:
Me han informado que ayer V. E. Rvma. tuvo ocasión de reunirse en Chieri con varios miembros de aquel respetable Cabildo y tratar sobre el Oratorio de Santa Teresa perteneciente a la Congregación Salesiana y sobre lo que en él se hace en los días festivos en favor de la chicas de la ciudad. Me han informado también de que al saber V. E. el bien que allí se hacía, manifestó su satisfacción, y expresó cuál era su ánimo con respecto a este punto a los pocos que se mostraron contrarios. Con la confianza de que V. E. quiera dispensarnos su gran benevolencia, creo oportuno presentarle copia de un Breve del Padre Santo Pío IX, de feliz memoria, en el que nos apoyamos para el ejercicio de las funciones religiosas que hacemos en dicho Oratorio, como en las demás iglesias que nos pertenecen en Italia, Francia y América. En nombre de don Bosco, que actualmente se encuentra en Marsella, presento a V. E. una copia, con el único fin de que tenga un argumento más para convencer a los disidentes, de que los Salesianos están en regla y no sólo autorizados por V. E., sino también por la Santa Sede y que, por tanto, no nos pongan obstáculos en el camino del bien por un vano temor.
Y puesto que se me ofrece ocasión propicia, le notifico que, después del coloquio privado que tuve con V. E., a mediados del mes pasad hemos presentado, al M. Rvdo. señor Canónigo Lione, Vicario Foráneo de Chieri, el siguiente plan de convenio, que nos parecía razonabl y que no impediría el fin del Oratorio.
I. Si las funciones se tienen al mismo tiempo que la instrucción parroquial, quedarán excluidas del Oratorio las mujeres casadas y las otr de mayor edad; II. Las otras jóvenes tendrán libertad para asistir a las funciones donde más les agrade. Esta propuesta, contra lo que esperábamos, fue rechazada por inaceptable.
((232)) Al agradecer a V. E. el favor con que nos anima a trabajar según nuestro fin en su archidiócesis, le ruego siga prestándonos su benevolencia.
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Encomiendo a la caridad de sus oraciones a mi pobre persona, a toda esta Casa y, especialmente, al querido don Bosco.
Acepte los sentimientos de profunda veneración y grandísimo aprecio con que beso reverentemente su sagrado anillo y me profeso
De V. E. Rvma.
Turín, 13 de enero de 1879
Su atto. y s. s. MIGUEL RUA, Pbro.
Pero los adversarios del Oratorio estaban allí y no se resignaban, y se les iba la lengua sin descanso. Don Juan Bonetti, apenado por las continuas maledicencias, rogó por carta al cura párroco que desistiera de su actitud hostil, que tanto daño hacía a las almas y daba pie a habladurías nada edificantes. Pedíale perdón si, de alguna manera, le había ofendido, le invitaba a visitar el oratorio en señal de paz, confesándole que, de todos modos, no le acobardaban las molestias, sino que le infundían ánimo. La viveza del tono y algunas frases algo picantes ofendieron al destinatario, que, interpretando mal los sentimientos 204
del Director, y, después de aconsejarse con sus ayudantes, denunció la carta al Arzobispo, como si fuera una provocación.
El Arzobispo, ocupado entonces en una reñida discusión periodística con monseñor Balan, continuador de Rohrbacher, a propósito de Rosmini 1, dejó pasar tres semanas sin contestar; después, solicitado de viva voz por don Andrés Oddenino para que interviniera, el 12 de febrero, sin previa amonestación canónica y sin interrogar a don Bosco, quitó a don Juan Bonetti la facultad de confesar, mientras no hubiera pedido perdón al párroco por la «falta de respeto cometida en su carta».
A don Juan Bonetti aquello le pareció un sueño. Corrió en seguida al Arzobispo para preguntar cuáles eran las expresiones de la carta denunciada, ((233)) merecedoras de ser juzgadas irreverentes; pero se le negó la audiencia. Urgía, por otra parte, quitar todo motivo de asombro y escándalo en el pueblo, haciendo cesar la censura antes del sábado, que era el día en que don Juan Bonetti solía ir a Chieri; pero el 13 de febrero, jueves, juzgó que el mejor partido era resignarse y someterse a la condición impuesta. A pesar de lo amargo que le parecí el contratiempo, escribió al párroco pidiendo perdón; pero, dado que en su carta anterior no había la menor intención de ofrenderle, le pareció justo y razonable poner de relieve esta circunstancia.
Enviada la carta donde pedía perdón, informó de ello a Monseñor, expresando su confianza de que la suspensión cesaría en el acto e insinuando, al mismo tiempo, que de otra manera él, para justificarse y defender el honor de la Congregación a la que pertenecía, no dejarí de acudir a medios desagradables, como sería un recurso a Roma. Estas últimas palabras no eran, dicha sea la verdad, necesarias ni oportunas para la consecución del fin. Monseñor se dio por ofendido y, en su encono, se pasó de raya, pues, sin esperar siquiera a conocer el párroco se daba o no por satisfecho, renovó la suspensión de don Juan Bonetti, cargando por añadidura la mario infligiéndosela absoluta indefinidamente, esto es, sin condición alguna y a beneplácito de Su Excelencia.
Ahora bien, hay que traer aquí a cuento que una decisión de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, publicada el 20 de noviembre de 1615, y sacada a luz para don Juan Bonetti por el padre Rostagno, prohibía proceder tan sumariamente con los religiosos; pues decía: «Los ilustrísimos Cardenales, en nombre y por la autoridad de la Santa Sede, establecen y declaran que no les es lícito a
1 Véase: Unità Cattolica, 22 de enero de 1877 y números siguientes. 205
Obispos y Arzobispos suspender de la confesión a los confesores Regulares, excepto por causa concerniente a la confesión».
Esta disposición, que venía tan a la medida de su deseo, animó a don Juan Bonetti a intentar el recurso; ya que la causa de su castigo era una carta, y no la confesión. Además, quedaba también por ver si la carta constituía delito. A su parecer, ((234)) estaban aquí de por medio la licitud y la justicia. Con todo, en el caso presente y en aquel momento, había que tener por válida la suspensión; por consiguiente, el domingo siguiente, 16 de febrero, fue a Chieri, muy de mañana para confesar a las chicas, don José Leveratto, prefecto del Oratorio; el Director fue por la tarde para dar el catecismo y predicar.
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Este, queriendo ocultar delicadamente sus repetidas ausencias en los domingos sucesivos, anunció que tenía que acompañar a don Bosco Roma y despachar allí algunos asuntos que interesaban al oratorio de Santa Teresa; recomendaba, pues, que se rezase por el feliz resultado Este fue el motivo por el que, improvisamente, don Juan Bonetti sustituyó al conde Cays para acompañar a Roma a don Bosco.
Partió, como ya hemos contado. Fue entonces cuando Monseñor hizo aquellas visitas inesperadas al Oratorio de Valdocco y al colegio d Valsálice, para asistir a representaciones dramáticas. Sabemos la gran sorpresa que despertaron tales novedades y cómo fueron diversamente interpretadas. En cambio, agradó a todos la inesperada condescendencia con que, en las ordenaciones de cuaresma, admitió a recibir las órdenes menores, el subdiaconado y el diaconado a un grupo de Salesianos. No había razones para negarlas, pero se estaba tan acostumbrados a dificultades y negativas a última hora que, ordenandos y no ordenandos, se alegraron ante la insólita condescendencia. H más, terminada la ceremonia, devolvió incluso graciosamente a los ordenados sus velas. Y no basta. Habiendo ido el joven Francisco Scaloni, futuro Inspector Salesiano 1, a devolver los ornamentos sagrados a la sacristía, Monseñor, así que lo vio, lo hizo llamar y le dijo:
-Tú eres el que hiciste el papel de San Pancracio... íBien!
Y le regaló una estampa. En conclusión, corrióse la voz de que quería finalmente reconciliarse con el Oratorio.
Don Juan Bonetti llegó a Roma el 2 de marzo y el día 6 presentó al Padre Santo, por medio de la Congregación del Concilio, recurso formal contra el proceder del Arzobispo con respecto a él. ((235)) Acerca del percance ya don Bosco había informado en febrero sucintamente
1 Fue el primer Inspector de Bélgica y luego de Inglaterra y Holanda (N. del T.). 206
al cardenal Ferrieri, Prefecto de la Congregación de Obispos y Regulares. No nos consta que recibiera respuesta; puede ser que, por efecto de aquella relación, viniese el aviso de que aquel asunto, por razones de competencia, se remitiese a la Congregación del Concilio.
Eminencia Reverendísima:
Siento causar molestias a Vuestra Eminencia Reverendísima, tan ocupado por el bien universal de la Santa Iglesia. Pero me considero obligado a escribir esta carta, porque me parece que se ponen obstáculos a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas. Es ya la tercera vez que el Arzobispo de Turín suspende a sacerdotes salesianos para oír las confesiones de los fieles, sin guardar las formas canónicas. Suspendió al que esto escribe, al no firmar la licencia de confesión sin aviso de ninguna clase. Suspendió al sacerdote José Lazzero, Director de la casa madre de Turín, sin avisar de ello al Superior, sin previa notificación y sin que nunca se haya sabido la razón.
Ahora acaba de suspender al sacerdote Juan Bonetti, a quien estaba confiada la dirección de un Oratorio festivo en la ciudad de Chieri, donde hacía mucho bien.
El párroco de aquella parroquia y el Arzobispo juzgaron que este sacerdote había escrito al uno y al otro cartas, faltas del debido respeto pero, aun en el supuesto de que estas cartas fueran tales, lo cual está todavía por dictaminar, se habría remediado inmediatamente avisando al superior de la Congregación. En cambio, se le quitó la facultad de confesar en toda la diócesis de Turín. Pero parece que, según las prescripciones de la Santa Iglesia, varias veces renovadas por esa competente Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, las suspensiones de este género deben ir precedidas de algunas amonestaciones, dando comunicación de ello al Superior y por motivos concernientes al Sacramento de la Confesión.
Por lo tanto, ruego a V. E. se digne invitar a Nuestro Rvmo. Arzobispo de Turín a observar las normas prescritas por la Santa Sede para semejantes medidas y, antes de imponer tan graves penas eclesiásticas, se digne examinar si los hechos las merecen y, hasta donde sea posible, se eviten los escándalos públicos, como sucedió precisamente en el caso del sacerdote Juan Bonetti, todavía suspendido de la facultad de oir las confesiones de los fieles. Así él, que predicaba con tanto celo en la ciudad de Chieri, ha tenido que abandonar el confesonario, frecuentado por una multitud de penitentes y alejarse de la archidiócesis para no ser objeto de la pública atención.
Expuesto humilde y respetuosamente cuanto precede, ((236)) me someto sin reserva a todo cuanto V. E. ordene o simplemente tenga a bien aconsejar, con relación a lo expuesto.
Permitame el alto honor de poder besar su sagrada púrpura y profesarme con profunda gratitud,
De V. E. Rvma.
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Falta la fecha 1
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
1 Copia a mano de don Joaquín Berto, secretario; el cual escribe que la carta es del mes de febrero. 207
Una declaración del 16 de febrero de 1879, firmada por cinco canónigos de Chieri 1, nos confirma que las alabanzas tributadas por don Bosco a don Juan Bonetti, no eran inmerecidas. Aseguraban éstos que él en los seis meses que dirigió el oratorio festivo de Santa Teresa, había «hecho en él verdaderamente un gran bien, a satisfacción de todas las personas honestas y temerosas de Dios, especialmente de los padres y madres de familia». En confirmación de ello tenemos el testimonio del canónigo Calosso que, el 12 de febrero, escribía por su cuenta a don Bosco dándole las gracias, con espontánea efusión del corazón, porque enviaba cada semana a Chieri «a aquel buen Salesiano», que era «realmente el más apto para instruir y corregir las malas costumbres de tantas chicas ignorantes y de reprochable conducta» 2.
Interinamente y en espera de los acontecimientos, don José Leveratto había asumido la dirección de Oratorio haciendo en él mucho bien «pero, siempre es verdad, escribía a don Juan Bonetti el canónigo Sona 3, que el oratorio de Chieri quedaría injustamente difamado y quedaría también perjudicada en su honor la misma Congregación Salesiana, si no se reintegra a V. S. en su honor y libertad de ejercicio d sagrado ministerio».
Es costumbre que las Congregaciones Romanas envíen copia de los recursos de los recurrentes a los Ordinarios pro informatione et voto (a título de información y opinión) y a los Superiores, si los recurrentes son religiosos. Aquel documento hizo abrir los ojos a monseñor ((237)) Gastaldi sobre su mal paso; por lo cual se empeñó en remediar el mal, mas sin responder a Roma. Mandó, pues, llamar a don Migu Rúa, lo recibió amistosamente y le encargó que participara a don Juan Bonetti que le devolvía la facultad de confesar «donde y cuando» quisiese. Pero en la conversación añadió:
-Don Juan Bonetti es un buen sacerdote, pero no conviene que vuelva a Chieri. »Qué quiere? No se aviene con aquel clero. Yo fui allí, reuní al clero, y el arcipreste, el párroco y varios canónigos, excepto el canónigo Sona, estaban acordes en decir que no conviene que don Juan Bonetti vuelva a Chieri 4.
Don Juan Bonetti, como se deduce de una apostilla a la carta, pensó que don Miguel Rúa no había entendido bien las palabras del Arzobispo o que el Arzobispo se había equivocado al valorar los juicios
1 Eran los canónigos Cantore, Caselle, Mosso, Calosso y Savone.
2 Véase: Apéndice, Doc. núm. 36.
3 Chieri, 6 de marzo de 1879.
4 Carta de don Miguel Rúa a don Juan Bonetti, Turín, 22 de marzo de 1879. 208
de los canónigos. Como quiera que ello fuese, don Juan Bonetti no pudo tragar la condición de no poner los pies en Chieri. Resultaba una medida con sabor a castigo y que, a los ojos de la gente, le hacía aparecer como culpable de quién sabe qué falta.
Estaban las cosas en este punto, cuando ocurrió un suceso desagradable, que nos recuerda el conocido refrán: «de los amigos guárdeme Dios, que de los enemigos me guardo yo». Don Juan Bonetti había contado por carta, brevemente y sin reticencias, a una persona íntima d Chieri la historia de su caso hasta aquel día, 24 de marzo. El amigo, en vez de guardar para sí el escrito confidencial, tuvo la mala ocurrencia de hacerle un servicio que el otro jamás podía imaginar. Transformó por completo la carta, sustituyó el usted por vosotras, com si fuese una circular, que el Director dirigía a sus oratorianas, encajó algunas añadiduras de su invención y después la hizo leer públicamente en el oratorio, no sabemos exactamente en qué día y a qué hora; don José Leveratto ciertamente no fue prevenido, ni tuvo de ello la menor noticia. Después de la lectura, la carta corrió de unos a otros y hasta hubo quien sacó copia. Fue una verdadera desgracia ((238)) que, sólo demasiado tarde, se lograran retirar de las manos del público las copias de aquella funesta falsificación. Es inútil añadir que aquellas noticias, comunicadas en tal forma, llenaron de chismes la ciudad y añadieron más leña al fuego.
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Después de su regreso de Roma, don Juan Bonetti había deseado conocer el estado de ánimo del Arzobispo y la ocasión se presentó pronto. En las primeras semanas después de Pascua solía la Curia de Turín devolver a los sacerdotes las licencias de confesión; don Anton Notario, profesor de teología en el Oratorio, fue a retirar las de los Salesianos con la intención de explorar el terreno. Llevaba consigo a do Luis Deppert como testigo. No le fue entregada la licencia de don Juan Bonetti. Hizo observar respetuosamente aquella falta. Como le contestaron que tal era la orden de Monseñor, pidió se le entregase un justificante por escrito, para presentar al Superior. El secretario, canónigo Chiaverotti, se resistía, y se produjo un altercado que llamó la atención del canciller, el canónigo Chiuso. Rogóle don Antonio Notario que le pidiera audiencia con el Arzobispo. El canónigo accedió. El Arzobispo le recibió juntamente con don Luis Deppert y, oído motivo de la visita, se negó a entregar las licencias a los Salesianos que residían fuera de la Diócesis, incluyendo la de don Juan Bonetti, aunque tenía su residencia habitual en Turín. Los hermanos domiciliados en otras diócesis guardaban las licencias de Turín para poder confesar cuando, como sucedía a menudo, iban al Oratorio. 209
Así, pues, Monseñor se negó a entregar las licencias y la declaración que se le pedía. Preguntó después a don Antonio Notario quién era éste le contestó que era el nuevo Director de la casa de Chieri; se desató en invectivas y violentas acusaciones contra don Bosco y los Salesianos. Don Antonio Notario escuchó con paciencia y, pasada la borrasca, se inclinó en ademán de despedida y se dispuso a salir.
-»Cómo es eso? »Se va usted tan pronto?, esclamó Monseñor.
-»Cómo quiere que esté aquí, oyendo hablar de esta manera ((239)) de mi Padre y Superior? Aquí estoy en casa de Vuestra Excelencia y no puedo defenderle.
Monseñor se calmó, le tomó por un brazo, le obligó a sentarse y comenzó un diálogo tranquilo y casi diríamos cordial. Ya a punto de salir, díjole don Antonio Notario:
-En cuanto a las licencias, si la Curia no quiere darme declaración escrita, aquí está mi acompañante que hablará por mí ante quien me h enviado.
El día 2 de mayo fueron devueltas a don Juan Bonetti las licencias, pero siempre con la condición de que no fuese más a Chieri, sin autorización especial del Arzobispo. Como llevaba ya dos días predicando allí el mes de María, rogó a Su Excelencia que lo autorizara a seguir predicando, para no interrumpir su labor con asombro general y para recoger los frutos de la palabra de Dios confesando. No fue escuchado; por lo que, el 4 de mayo, recurrió al Padre Santo contra la antipática prohibición.
No pasó mucho tiempo, sin que se conociese el efecto del nuevo recurso. El día 26 escribía el Arzobispo a don Bosco:
«Tengo urgentísima necesidad de conferenciar con V. R. por un asunto gravísimo; por lo que le ruego venga a verme hoy mismo, pues, aunque estoy en cama, podré con todo hablar. Confiando que tendré el gusto de volver a verle después de los casi once meses transcurrido desde la bendición de la primera piedra de la iglesia de San Juan, pienso que etc.»
Don Bosco fue a verle aquella misma tarde. El «asunto gravísimo» era precisamente el de don Juan Bonetti, cuyo recurso le había comunicado la Sagrada Congregación. Se determinó que Monseñor restituía a don Juan Bonetti la facultad de confesar en cualquier lugar, remitiéndose a la prudencia de don Bosco el enviarlo o no a Chieri.
Don Juan Bonetti respiró y se alegraron todos con él de que la disensión quedara, por fin, arreglada. Pero la alegría fue breve, brevísima Al día siguiente a primeras horas, llegaba una nueva carta de 210
Monseñor para don Bosco, desdiciéndose de todo ((240)) lo dicho la tarde anterior. He aquí su contenido:
«La necesidad en que me encuentro de acabar sin demora las discordias surgidas en Chieri, me obliga a asegurarme que don Juan Bonett sea alejado de allí, hasta que yo mismo haya vuelto a examinar las cosas sobre el lugar y tome una resolución con pleno conocimiento de causa; y, por tanto, creo necesario que durante todo este tiempo, este sacerdote no ejerza en Chieri el ministerio de la confesión; y en consecuencia retiro a don Juan Bonetti la facultad de absolver sacramentalmente hasta el tiempo anteriormente indicado, que, dado el esta físico, en que me encuentro, no es posible determinar. Esto es lo que yo había declarado a don Miguel Rúa a primeros de este mes, y lo qu reflexionando sobre nuestra conversación de ayer por la tarde, creo deber manifestar a V. S. Rvma.».
Desilusionado, afligido, abatido, don Juan Bonetti envió inmediatamente al Padre Santo esta nueva súplica:
«El sacerdote Juan Bonetti de la Congregación Salesiana postrado a los pies de Vuestra Santidad expone humildemente cómo con fecha de marzo y, luego, el 4 del corriente mayo, presentaba recurso a Vuestra Santidad para obtener la revocación de una suspensión que le
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impuso el Arzobispo de Turín y que parecía contraria a las repetidas decisiones emanadas de esa Sede Apostólica. Después de tal recurso, ayer 26 de mayo, este Arzobispo llamaba al reverendo Juan Bosco, Superior General de la Congregación Salesiana, y por su medio notificaba al abajo firmante que, revocando la suspensión, le restituía la facultad de confesar libremente en la Archidiócesis. El humilde exponente recibió con júbilo esta noticia, lleno de gratitud hacia Vuestra Santidad; pero he aquí que esta mañana, día 27, después de una sola noche de intervalo, recibe una nueva comunicación del Arzobispo en la que éste declara que continúa la suspensión y debe considerar como no concedida la revocación de ayer tarde. No resulta fácil describir la dolorosa sorpresa con que recibieron esta inesperada noticia el que suscribe y su Superior.
((241)) Por lo tanto, el humilde exponente recurre por tercera vez a Vuestra Santidad, y ruega respetuosa pero encarecidamente que, haciendo uso de su suprema autoridad, se digne librarlo de una situación tan dolorosa para él y para la Congregación Salesiana, y, además perjudicial para las almas y opuesta a la mayor gloria de Dios, siendo todo ello causa de escándalo y de verdadero disgusto en el pueblo».
La continua repetición de semejantes roces ofrecía constantemente a don Bosco nuevos argumentos sobre la necesidad improrrogable 211
para la Congregación de gozar de plena autonomía, merced a la comunicación de los privilegios; por cuyo motivo dirigió al Cardenal protector Nina una súplica, para que, al menos le fueran renovados algunos de los privilegios de que ya temporalmente gozaba bajo Pío IX
1. Eminencia Reverendísima:
Con el vivo deseo de que V. E. pueda formarse idea exacta de las cosas, que se refieren a la humilde Congregación Salesiana, expongo aquí brevemente las graves molestias que ha debido sufrir por parte del Ordinario de la casa Madre de Turín.
Las oposiciones de este Ordinario estuvieron siempre unidas a las de las autoridades civiles y escolares. Por tanto, puede V. E. fácilment imaginar cuánto ha habido que trabajar y sufrir para comenzar una Congregación, sostenerla y consolidarla, privada completamente de apoyo temporal y de bienes materiales. Pero nunca nos ha faltado el consejo, la dirección y el apoyo del Sumo Pontífice, que siempre nos trató con la benevolencia de un padre amoroso.
Tal vez diga V. E.: »por qué no reclamar ante la Santa Sede? Lo hice alguna vez, pero la falta de un Cardenal protector hizo infructuosas mis reclamaciones.
Todas las cartas, de que se habla en esta exposición, se conservan con sus copias originales en el archivo de esta Congregación.
La gracia, actualmente sumamente necesaria, es la comunicación de los privilegios que gozan los Pasionistas, los Redentoristas y los mismo Oblatos de María Virgen y, en general, las Congregaciones Eclesiásticas aprobadas por la Iglesia. Pero esto quizá encontraría grave dificultades; por lo cual, séanme renovados, al menos, los tres favores, de los que hemos ((242)) disfrutado durante tres años; pues es grav la molestia y no ligero el daño que sufrimos con la tardanza en la renovación de los mismos.
Creo oportuno unir aquí también copia del ruego, ya puesto en manos de Monseñor Jacobini a fin de que, previo consentimiento de Vuestra Eminencia, promoviera la concesión, por medio de la Sagrada Congregación del Concilio.
Pedimos al Señor que conserve en buena salud a V. E. para bien de la Santa Iglesia y para que nos ayude a llevar la Pía Sociedad Salesiana a un estado normal ante la Iglesia y, de este modo, sostenernos contra los ataques de los que sin tregua es blanco.
Pedimos todos con gran respeto su santa bendición, mientras tengo el alto honor de besarle la sagrada Púrpura y profesarme,
De V. E. Rvma.
Turín, 13 de junio de 1879
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro
1 Son los privilegios concedidos por Pío IX el 21 de abril de 1876, (Véase: Ap. Doc. núm. 11-D) y suprimidos con algunos otros, despu
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de su muerte (Véase: Vol. XIII, pág. 480 y siguientes). 212
La memoria adjunta a la carta era «una colección manuscrita de hechos perpetrados por monseñor Gastaldi con perjuicio para la Congregación Salesiana, sacados de las cartas del mismo Arzobispo» 1;tenía que servir para demostrar cuáles eran las consecuencias de no tener los privilegios. Para darse cuenta de todo lo contenido en ella, hacía falta tiempo; por lo cual Su Eminencia se reservó contestar sobr el asunto. En cuanto a la renovación de los privilegios rogó a don Bosco que le enviara el texto de la primitiva concesión 2. El Beato envió copia de los rescriptos al Cardenal que recomendó al Padre Santo la petición de renovación, pero no lo encontró dispuesto a aceptarla favorablemente. La razón era ésta. Don Bosco había presentado su petición a la Sagrada Congregación del Concilio; mas, por razones de competencia, el asunto había pasado a la Congregación de Obispos y Regulares, y esta Congregación ya había informado al Papa en sentid negativo. Por consiguiente, los buenos oficios del Cardenal Protector llegaron demasidado tarde y no obtuvieron efecto. Pero el ((243)) Eminentísimo hacía esta advertencia:
«Esto no debe inspirar a V. S. temor alguno de escasa benevolencia del Pontífice hacia la benemérita Congregación Salesiana, sino ver e ello la prueba de que dicha Sagrada Congregación no juzga por ahora oportuno abundar en la concesión de otros privilegios».
Concluía diciendo:
«Por lo demás, en cuanto de mí depende, tendré un gran placer en darle pruebas de mi vivo deseo de promover todas las posibles ventaja para una Sociedad que tanto trabaja por el bien de las almas y de la que soy protector» 3.
Don Bosco no renunció a la gestión. Dejó que pasara el verano con sus vacaciones e intentó entonces otro camino para obtener los privilegios. Como sabía por experiencia que el Prefecto de Obispos y Regulares se mostraba más bien duro con él, rogó al nuevo cardenal Cayetano Alimonda que se industriase ante el cardenal Nina para que su petición fuera examinada por la Congregación del Concilio. Las cordialísimas respuestas del Purpurado ligurino, debieron de, a falta de otra cosa mejor, templar un tantico las amarguras, que por aquellos días le atormentaban por un lado y por otro, como hemos visto
1 Nota marginal del secretario don Joaquín Berto en una copia de la carta al cardenal Nina. Aquella «exposición» había sido escrita por mismo, como solía hacerlo con todos los documentos, que iban a ser presentados a las autoridades eclesiásticas o civiles.
2 Carta, Roma 19 de junio de 1879.
3 Carta, Roma, 26 de junio de 1879. 213
en el capítulo anterior y como vemos en el presente y veremos en los siguientes.
«Ya dije de viva voz, le escribía monseñor Alimonda, y repito por escrito que, donde yo pueda y siempre que yo valga, la Congregación Salesiana, querida hija del espíritu de V. S. M. Rvda., puede con toda seguridad servirse de mí. Y, por esto, estoy dispuesto a servirle en e presente caso (...). Me personaré al Padre Santo y procuraré de buenas maneras (... ). Mi querido don Juan, sabe Dios cuánto le quiero y cuánto le aprecio; es para mí un honor, un consuelo poderme contar entre sus servidores» 1.
Así que hubo conferenciado con el Papa, volvió a escribirle:
«Puedo asegurarle que el Pontífice siente cariño por los Salesianos y estima los preciosos servicios que prestan a la Iglesia; pero, como usted bien comprende, no pudo eximirse de someter sus peticiones a la Congregación competente».
((244)) Habiendo tenido también con el cardenal Nina una larga conversación sobre la conveniencia de dirigirse a la Congregación del Concilio, le daba estos informes:
«El Cardenal no cree conveniente hacer pasar la petición de los Obispos y Regulares a la Congregación del Concilio; opina que no proviene de siniestras prevenciones contra los Salesianos, sino de la fecha reciente de su fundación el retraso en tratar la cuestión y las dificultades en equipararlos a las otras Congregaciones de fecha más antigua, las cuales en sus comienzos pasaron también por las mismas dificultades. De todos modos, guardó la súplica; hablará de ella al Santo Padre y me parece dispuesto a hacer diligencias para que, cuando vuelvan a abrirse las Congregaciones, se ventile y se resuelva la cuestión. Yo recomendé encarecidamente y seguiré recomendando que, po lo menos, los dos privilegios ya concedidos sean confirmados. Desde luego, mi influencia es muy escasa en los negocios de una Congregación a la que no pertenezco y como el último llegado al sagrado Colegio; pero, lo poco que pueda lo haré de todo corazón» 2. As pues, la gestión se detuvo; pero a don Bosco le convenía mantener vivas las cuestiones que más le interesaban, pues, de esta manera, favorecía y aceleraba su maduración.
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Volvamos ahora al tema principal de este capítulo. La suspensión es una pena muy humillante para un sacerdote, sobre todo cuando, por no ser evidente la culpa, queda abierto el camino a las peores
1 Carta, Roma, 7 de octubre de 1879.
2 Carta, Roma, 21 de octubre de 1879. 214
suposiciones. Se comprende, pues, cómo don Juan Bonetti no descansase hasta quitarse de encima aquella deshonra. íA pesar de echar mano a todos los recursos, no se vislumbraba un rayo de esperanza! El 16 de julio se desahogó con monseñor Verga, secretario de la Congregación del Concilio.
«Ya hace seis meses que me encuentro bajo el peso de una suspensión, que me infligió el Arzobispo de Turín, considerada contraria a la decisiones varias veces emanadas por esta Apostólica Sede y que impide la mayor gloria de Dios. En este intervalo de tiempo se elevaron tres recursos al trono del Padre Santo, por medio de esa Sagrada Congregación; pero ((245)) hasta ahora no hubo todavía ninguna deliberación sobre el particular, y yo estoy todavía impedido de ejercer libremente mi sagrado ministerio, con grave escándalo de muchas pobres almas.
«Así pues, con el ánimo afligido, pero siempre confiado, me encomiendo a la notoria bondad de V. E. Rvma., para que se digne promov una resolución definitiva con respecto a este asunto, y así liberar a mi pobre persona de un estado tan angustioso y poner fin a este mal.
»Escribo a V. E. esta carta con el consentimiento de don Juan Bosco, mi venerado Superior, y en su nombre le ruego que, por amor de Jesucristo, de María Auxiliadora y de san Francisco de Sales, nuestro querido patrono, tenga a bien hacerme enviar cualquier respuesta qu sirva de norma para él y para mí».
La ansiada respuesta no llegaba; para dar su fallo la Sagrada Congregación esperaba que el Arzobispo de Turín contestase y éste, no contestaba. Por lo cual don Juan Bonetti imaginó otro plan. El 27 del mismo mes consultó al abogado Leonori:
«Este mi estado de castigo, decíale, ha dado ocasión a la grave sospecha de que yo haya cometido alguna acción deshonrosa, por tratarse especialmente de un centro femenino. Y así, en estos días, mientras por una parte, el Gobierno nos hiere con la espada 1, la Autoridad Arzobispal nos golpea con la cruz, haciéndonos pasar por sacerdotes indignos y traidores de las almas. Es una guerra demasiado injusta y cruel, y me parece que no es decoroso, para la Santa Sede, permitir por mas tiempo, por su parte, semejante situación, que mueve a indignación a las personas honestas. Si se me cree culpable, que se me demuestre; y, si no soy capaz de demostrar mi inocencia, non recus mori, no rehuso morir; pero, si no soy culpable, »por qué hacerme
1 Alusión a la cuestión del cierre de las escuelas. 215
sufrir un castigo tan prolongado e injusto, con tanto agravio para mi persona y mi Congregación, y al mismo tiempo con tan grave escánda de los fieles?».
Tenía, pues, intención don Juan Bonetti de entablar un juicio y rogaba al abogado que ((246)) tomase su defensa. El abogado, aun confesando que prefería una decisión sin juicio y prometiendo dedicarse con esmero a alcanzar el objeto propuesto, se declaró dispuesto a tomar su defensa 1.
La impaciencia de don Juan Bonetti estaba frenada por la longanimidad de don Bosco, de suerte que aquél no precipitó las cosas. El 20 d agosto insistió todavía ante monseñor Verga:
«... No habiendo podido hacer oír mi voz ante el Arzobispo, con el permiso de mi Superior, he recurrido varias veces al Sumo Pontífice, por medio de la Sagrada Congregación del Concilio, desde la cual se escribió una y más veces al Arzobispo pro informatione et voto; pero éste no contesta, ni me levanta la suspensión. »Qué sucede mientras tanto? Ante mis hermanos, ante el Instituto que yo gobernaba, ante las almas por mí dirigidas, en la ciudad de Chieri, en Turín, en mi pueblo, en toda la Archidiócesis, paso por un sacerdote escandaloso. Las voces mal intencionadas adquieren tanto mayor crédito, por cuanto se sabe que he recurrido a Roma y, después de siete meses, no se ve resultado alguno de mis recursos». Se encomendaba, pues, a él y, por su medio, al Padre Santo para que se le diera una respuesta consoladora que pusiese fin a su tribulación.
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Terminó agosto, pasó septiembre, estábamos a mediados de octubre y, no obstante, el celo desplegado por monseñor Verga y el interés del abogado Leonori, todo seguía como antes. El 15 de este mes intentó de nuevo obtener audiencia del Arzobispo, pero éste no se la concedió a él, aunque se la dio a otros. Entonces pensó para sí, y dijo:
-Aquí no es posible esperar poner fin a la cuestión; se requiere la autoridad de Roma. Intentemos una vez más un camino pacífico; puest que el Arzobispo no devuelve lo que ha quitado y no contesta a las repetidas cartas de la Sagrada Congregación, »no se podría obtener que Roma me autorizase a ejercer como antes el sagrado ministerio hasta que conteste o remedie el asunto de alguna otra manera? 2.
Esperando pues obtener que el Padre Santo quisiese revocar la causa ((247)) a su propio tribunal, preparó el cuarto recurso, al que
1 Carta a don Juan Bonetti, Roma, 31 de julio de 1879.
2 Carta al abogado Leonori, 24 de octubre de 1879. 216
unió la declaración de los cinco canónigos de Chieri y este otro de don Bosco:
El sacerdote Juan Bosco, Superior de la Pía Sociedad Salesiana, atestigua que el reverendo Juan Bonetti, miembro de la misma Congregación, mantuvo siempre honrada y ejemplar conducta, como corresponde a un buen religioso. Es más, se hizo benemérito de la buena educación de la juventud con varios escritos que merecieron ser publicados, con la dirección que durante doce años ejerció. Asimismo ejerció con éxito también el ministerio de la predicación de ejercicios espirituales, misiones, triduos, novenas y otras ocasiones parecidas.
En su cargo de Director del Oratorio festivo de Santa Teresa en Chieri, trabajó con celo y extraordinarios sacrificios en la catequesis, confesión e instrución de las niñas pobres, de suerte que llegó a reunir más de cuatrocientas en el mencionado oratorio, merced a la ayuda, asistencia y dirección material de las Hermanas de María Auxiliadora.
Esto se declara, a fin de que dicho sacerdote, reverendo don Juan Bonetti, pueda valerse de ello donde lo crea menester.
Turín, 28 de octubre de 1879
JUAN BOSCO, Pbro.
Envió el recurso al cardenal Nina, rogando lo presentara al Padre Santo y lo apoyara con su válida protección. Decía a Su Eminencia:
«El asunto de que se trata se hubiera debido poner en manos de V. E. desde su comienzo; pero, en aquel momento, nuestra Congregació no tenía todavía el alto honor de tener a V. E. como protector y, por esto se fue por otro camino. Creo que ésta es la razón por la que todav se encuentra en el mismo estado. Advierto a V. E. que, con el deseo de zanjar esta cuestión, sin causar molestias a la Santa Sede, con el consentimiento de mi Rvmo. Superior don Juan Bosco, pedí muchas veces hablar al Arzobispo de Turín, pero éste nunca quiso recibirme»
1. Remitió el pliego a su Eminencia por medio del abogado Leonori, rogándole procurara que todo estuviera arreglado, antes de comenzar novena de la Inmaculada, ((248)) fiesta principal del oratorio de Santa Teresa. Pero este recurso no llegó a manos del Padre Santo; monseñor Verga y el abogado lo retuvieron, pues no juzgaron oportuno llevarlo adelante. íAntes que salga lo oculto en la colada, tiene que pasar mucha agua bajo el puente!
También el año llegó a su término sin que se vislumbrara principio
1 Carta, 24 de octubre de 1879. 217
alguno del fin. El dolor de Bonetti crecía desmesuradamente y arrancaba a su pluma amargas consideraciones:
«Le aseguro escribía al abogado Leonori 1, que sufro mucho y no concibo cómo la Sagrada Congregación del Concilio no haya podido e
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el intervalo de casi un año inducir a este Arzobispo a darle razón de su proceder contra las prescripciones de la Sede Apostólica, con perjuicio para un pobre religioso, o bien obligarlo a restituirle la facultad de oír libremente, como antes, las confesiones de los fieles, devolviéndole por este medio el honor que le había arrebatado, tan necesario a los sacerdotes sobre todo en nuestros días. Doy gracias a Dios que, desde mi juventud, me ha inspirado una alta estima y un ardentísimo afecto a la Sede Apostólica y a cuanto le pertenece. Si así n fuera, me encontraría en gran peligro, porque, siendo muy conocida mi posición en estos lugares, no faltan murmuradores capaces de aconsejar y excitar a escándalos. Pero, con la ayuda de Dios, jamás cometeré escándalos, aun cuando tuviera que morir suspendido y con fama de religioso indigno. Sufriré resignado para no aumentar disgustos al Padre Santo y a mi superior don Bosco, contento con que se conozca mi inocencia en el día del juicio. Sin embargo, no puedo dejar de desear que desaparezca este estado de castigo, para poder trabaj libremente en la Iglesia, con el beneplácito de mis Superiores y para el honor de la Congregación Salesiana, a la que pertenezco y el de mi familia, humillada y despreciada por mi injustísima suspensión».
((249)) En Roma trabajaba con todas sus fuerzas en favor de Bonetti el nuevo Procurador de la Congregación don Francisco Dalmazzo, pero tropezaba en todas partes con razones de prudencia, que aconsejaban dar tiempo al tiempo 2... Finalmente, el 23 de marzo, pudo escribirle:
«Esta mañana sale y tal vez en el mismo correo de la presente, carta de la Congregación del Concilio, que es un verdadero ultimatum».
Pero, hasta el 28 de junio, no escribió monseñor Gastaldi al Secretario del Concilio, afirmando que no se trataba en este caso de ningún castigo, sino de una medida dictada por la prudencia. Es fácil imaginar lo poco que satisfizo a don Juan Bonetti esta escapatoria; pero ya, con motivo de la estación, no quedaba más remedio que esperar hasta el otoño.
1 Carta, Turín, 2 de enero de 1880.
2 Carta de don Francisco Dalmazzo a don Juan Bonetti, Roma, 20 de marzo. 218
Con el otoño llegaron dos sucesos que embrollaron más el asunto, dando pretexto a dos nuevas acusaciones. A primeros de noviembre d 1880 murió en la casa de Chieri una Hermana de María Auxiliadora. Tan pronto como la difunta fue sepultada, volaron a la Curia a denunciar una violación de los derechos parroquiales y de las leyes canónicas. El abogado fiscal de la Curia, el canónigo Colomiatti, guiándose por las primeras noticias, llamó a don Miguel Rúa ad audiendum verbum (para oír una palabra), sin decirle el porqué, y le expu el hecho de esta manera: que dos Salesianos habían administrado los últimos sacramentos a la moribunda, sacando el viático de la capilla interna y los Santos Oleos de la casa de los Jesuitas, y que, después del fallecimiento, los mismos habían organizado el acompañamiento fúnebre por las calles de la ciudad hasta el cementerio.
Don Miguel Rúa, tomando por verdadera la narración, dio las explicaciones que le parecieron probables y disculpó a los dos sacerdotes como «poco prácticos»; después puso por escrito sus declaraciones y escribió al Arzobispo una carta, que terminaba de este modo:
«Pido, pues, a V. E. humildemente perdón por los dos dichos sacerdotes, dispuesto a hacer otro tanto con el Párroco local, si V. E. lo considera necesario. Y si hiciera falta alguna indemnización por ((250)) los derechos parroquiales violados, nos disponemos a hacer lo que sea necesario a una simple venerada indicación de V. E. 1.
íPero cuál no fue su sorpresa, cuando pudo saber cómo había sucedido realmente la cosa! No fueron dos sacerdotes salesianos los que habían administrado los últimos sacramentos a la religiosa, sino el canónigo de Chieri, Mateo Sona; no fueron los dos sacerdotes salesiano los que habían acompañado el cadáver al cementerio, sino que, después de la misa de difuntos, el féretro había sido llevado al camposanto more pauperum (según el rito para los pobres), por un grupo de jovencitas. El no haber indagado más a fondo llevó después al Arzobispo a aprovechar también esta deformación de la verdad como prueba de que los Salesianos no dejaban escapar ninguna ocasión para causarle «afrenta y disgusto» 2.
El otro suceso no concierne a Chieri, sino a la causa. El 17 de noviembre de 1880, don Juan Bonetti, cansado de que su asunto se mantuviera suspendido en vilo desde hacía ya veintidós meses, presentó directamente al Papa la súplica del 24 de octubre de 1879, que había quedado en manos de monseñor Verga, declarándose «dispuesto
1 Carta, 7 de noviembre de 1880.
2 Carta a los Cardenales del Concilio, Turín, 5 de diciembre de 1880. 219
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a aceptar preventivamente con suma veneración» cuanto Su Santidad dispusiese con respecto a él. El efecto fue inmediato. Cinco días después, el cardenal Caterini, Prefecto del Concilio, ordenó al Secretario monseñor Verga comunicara al recurrente que su causa se trataría in plenario Eminentissimorum Patrum consessu (en la sesión plenaria de los Eminentísimos Padres) en el término de un mes. El abogado Leonori, encargado de comunicar la decisión a las dos partes, incluyó en la carta de don Bosco la del Arzobispo, rogándole que la entregar en seguida 1.
Don Bosco recibió la carta en San Benigno, la nueva casa de noviciado. Envió solícitamente al Oratorio el sobre dirigido a Su Excelenci que llevaba el sello de la Sagrada Congregación, para que fuese entregado sin tardanza. Recibió el encargo don Luis Deppert que, el 3 de diciembre, la llevó ((251)) al arzobispado. Vio al Arzobispo, que pasaba, y pidió hablarle; se le negó. Se presentó entonces al Canciller, el canónigo Chiuso, a quien dijo que era portador de una carta, procedente de Roma para su Excelencia y que, en descargo de su responsabilidad, deseaba el recibo de entrega. El Canciller acogió con indignación la petición. Deppert se dirigió entonces al secretario, el teólogo Corno, y obtuvo la misma acogida. Hizo notar que la carta no era de don Bosco, sino de una Congregación romana, como lo indicaba el sello; añadió que pocos meses antes, teniendo el mismo Monseñor que entregar a don Bosco una carta como aquélla de parte d la Congregación de Ritos, el enviado a entregarla había pedido y obtenido el recibo. Fue como hablar a sordos. Entonces Deppert, temiend posibles consecuencias, no se arriesgó a entregar la carta. Pedir un recibo en casos como éste no es ciertamente nada del otro mundo; al contrario, es costumbre casi universal hacerlo así.
Al día siguiente volvió don Luis Deppert con un hermano y pidió entregar personalmente la carta en manos del Arzobispo. No se le concedió. Resolvió, pues, entregarla al secretario; y lo hizo diciendo:
-Espero que esta carta será entregada al destinatario; en caso contrario, este mi hermano es testigo de que yo he cumplido con mi deber.
El Arzobispo guardó la carta veinticuatro horas, y la devolvió a don Bosco. Este, después de pedir consejo a Roma sobre lo que procedía hacer, la volvió a enviar a Monseñor dentro de una atentísima carta suya. A punto de ir a Borgo San Martino para la fiesta aplazada de san Carlos, titular del Colegio, le escribió, en efecto, en estos términos:
1 Carta del abogado Leonori a don Bosco, 29 de noviembre de 1880. 220
Excelencia Reverendísima:
Tengo que marchar unos días fuera de Turín, pero antes de salir deseo dar curso a la desagradable cuestión de don Juan Bonetti. Ni él ni yo tenemos nada que añadir a lo ya expuesto a la Sagrada Congregación del Concilio. Me fue incluida en un sobre la carta de dicha Sagrad Congregación, para hacerla llegar ((252)) a manos de V. E. y es lo que entiendo hacer con la presente. Contento siempre y feliz cada vez que V. E. me considere capaz de prestarle algún servicio, permítame el alto honor de poderme profesar,
De V. E. Rvma.
Turín, 13 de diciembre de 1880
Su alto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
La llevó el mismo don Luis Deppert, que, después de entregarla al secretario, no pidió recibo, porque el sobre era de don Bosco. El Arzobispo abrió el primer sobre leyó la carta de don Bosco, y se la devolvió por correo, junto con la de la Sagrada Congregación, sin añad ni una palabra de explicación 1.
Se explicó en cambio con los Cardenales del Concilio. Expuso el hecho a su manera:
«Me he sentido profundamente humillado y amargado por este modo de tratarme y esto especialmente en medio de tantas amarguras com me asedian cada día. Ruego encarecidamente a la Sagrada Congregación tenga la bondad de no enviarme más ninguna carta por manos de este Eclesiástico que, olvidando mi celo y mi cooperación asidua, acompañada de dinero, con lo que durante tantos años, desde 1848 a 1867, he ayudado al establecimiento de su Congregación, ahora me persigue y no desaprovecha la ocasión para causarme afrenta y disgusto» 2.
Pero en Roma no se vio en todo esto más que una maniobra para retardar el juicio e impedir una sentencia, que debía ser pronunciada si
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falta 3.
En la historia del conflicto se distinguen clarísimamente tres fases. La primera precedió a la suspensión de don Juan Bonetti; era el tiempo de las recriminaciones de los de Chieri contra el oratorio de Santa Teresa. La segunda va del 12 de febrero de 1879 al 17 de noviembre de 1880; es el período de los recursos de Turín a la Santa Sede. La
1 Carta de don Luis Deppert a don Francisco Dalmazzo, Turín, 18 de diciembre de 1880.
2 Carta, 5 de diciembre de 1880.
3 Carta de don Francisco Dalmazzo a don Bosco, 21 de diciembre de 1880, 221
última se extenderá a todo el curso de la causa ante ((253)) la Sagrada Congregación del Concilio. Comenzada la segunda fase, es decir, no mucho tiempo después de la suspensión, publicó la tipografía Bruno de Turín un opúsculo anónimo, cuyo autor representaba a un cabeza d familia de Chieri. El librito se titulaba: El Arzobispo de Turín, don Bosco y don Oddenino, o sea hechos cómicos, serios y dolorosos, contados por un ciudadano de Chieri. El autor anónimo defendía a don Juan Bonetti echando las campanas a vuelo contra monseñor Gastaldi y el párroco de la catedral de Chieri. La noticia de esta publicación llegó al Superior de los Salesianos el 29 de mayo, mientras celebraban junta capitular, y, en el acta misma de la sesión, desaprobaron, de la forma más enérgica, el echar a chacota y poner en ridículo la Autoridad Eclesiástica. En verdad, el librito vale muy poco y está hecho más para irritar que para convencer; no merecería ser mencionado, si no fuera por las consecuencias a que dio lugar durante el desarrollo de la causa. Mientras tanto el arcipreste, vicario foráne reverendo Lione, y el párroco de la catedral, reverendo Oddenino, atribuyeron la paternidad del libelo a don Juan Bonetti y presentaron acusación formal al Arzobispo 1. Estos amaños polémicos son reprensibles por sí mismos y no tienen más resultado que envenenar irremediablemente las cuestiones, como veremos a su tiempo.
1 Respectivas cartas al Arzobispo, Chieri, 9 y 13 de diciembre de 1880. 222 ((254))
CAPITULO X
LAS HIJAS DE MARIA AUXILIADORA Y LA JUDIA BEDARIDA
POCO nuevo tenemos que decir en este año acerca de las Hijas de María Auxiliadora, que esté estrechamente relacionado con la biografía de don Bosco; un poco más prolijamente nos tocará hablar de un caso, en el que Hermanas y Salesianos se vieron envueltos, por obra de gente mal intencionada.
La madre Mazzarello, que había acompañado a las diez hermanas destinadas a las misiones de América, se vio en Sampierdarena con el Beato Fundador; con él tomó los acuerdos definitivos para arreglar la antigua y la nueva casa madre, aquélla casi despoblada y éste casi ya al completo. El 3 de enero partió la Superiora para Mornese y el Siervo de Dios fue a Alassio, camino de Francia.
En Alassio don Bosco reunió a todas las Hermanas y antes de hablar de otras cosas, les pidió que le hicieran una especie de informe, comenzando por la Directora y preguntando cómo les iba con la comida; si estaban suficiente provistas de todo lo necesario; si tenían el trabajo organizado; si descansaban bien de noche... Después de recomendarles la fiel observancia de las Reglas, les dijo:
-En cuanto al trabajo, trabajad, trabajad mucho; pero haced de manera que podáis trabajar por mucho tiempo. No os acortéis la vida con privaciones y esfuerzos excesivos o con melancolía u otras cosas fuera de propósito.
Las volvió a visitar, pero no sólo de paso, cuando ((255)) volvió de Francia y celebró en aquel colegio las reuniones con los Superiores. Conferenció entonces con ellas individualmente y se interesó con paternal bondad por que tuviesen comodidad para divertirse, para pasear por el jardín y por todo lo que podía tenerlas contentas. Un día, atravesando el comedor con cierto párroco, mientras la hermana Sor Succetti lo estaba preparando, exclamó:
-íAquí está Marta! íAh, Marta, Marta!
Hizo la alusión evangélica con tal tono de voz, que se grabó en la memoria de la Hermana y le sirvió después siempre de llamada al
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pensamiento del Señor, en medio de sus ocupaciones diarias. 223
El traslado de la sede generalicia de Mornese a Nizza Monferrato se efectuó a primeros de febrero. Fue un doloroso sacrificio para el corazón de la Madre abandonar aquel nido de recuerdos; sólo la obediencia pudo arrancarla del lugar, donde había aprendido a amar y serv a Dios, y de donde jamás había creído tener que alejarse hasta el momento de cambiar la tierra por el cielo.
Sólo tres fundaciones pertenecen al año 1879, una en Cascinetta, cerca de Ivrea, y dos en América: San Carlos de Almagro, en la capital argentina, y Las Piedras, en Uruguay. Para estas nuevas fundaciones dio el Beato a la Madre General esta norma:
-Por ahora puede pasar la aceptación de asilos infantiles; pero siempre a condición de poder hacer funcionar en ellos el oratorio festivo y tener un taller para las jovencitas del pueblo.
Por lo que toca a la casa de Las Piedras, hay una carta que demuestra el acuerdo del espíritu de la Madre y los principios que informaban la conducta del Fundador con los subalternos. Aquella comunidad, formada lo mejor posible con las hermanas disponibles, cojeaba un tantico. En consecuencia, escribió la Madre a la Directora 1:
«Siento que la nueva casa de Las Piedras no marche del todo bien. Sor Juana es demasiado joven y sin la necesaria madurez que se requiere para hacer ((256)) de Superiora. Pero no debéis asustaros; convenceos de que siempre hay defectos; hay que corregirlos y remediar todo lo que se pueda, con calma, dejando el resto en manos de Dios. Y, además, no hay que dar mucha importancia a las cosas insignificantes. A veces, por hacer caso de pequeñeces, se dejan pasar cos grandes. Al decir esto, no querría entendierais que no hay que hacer caso de las faltas pequeñas; no es esto lo que quiero decir. Corregid, avisad siempre; pero, en vuestro corazón, compadeced y tened caridad con todas. Mirad, es preciso estudiar los caracteres y saberlos tratar para obtener buenos resultados, hay que inspirar confianza. Es necesario que tengáis paciencia con sor Victoria, que la forméis poco a poc en el espíritu de nuestra Congregación; no puede haberlo adquirido todavía, porque estuvo demasiado poco tiempo en Mornese; me parece que, si la sabéis aceptar, resultará bien. Así también las demás; cada una tiene su defectos, hay que corregirlos con caridad, pero no pretender que carezcan de ellos, ni tampoco que se enmienden de una vez; íesto, no! Pero con la oración, con la paciencia y la vigilancia, poco a poco se logrará todo. Confiad en Jesús, poned todas
1 Carta a Sor Angelita Vallese, Nizza, 22 de julio de 1879. 224
vuestras molestias en su Corazón, dejadle hacer y El lo arreglará todo. Estad siempre alegres, siembre de buen talante; cuando no sepáis cómo hacer, id a sor Magdalena 1, haced lo que ella os diga y quedad tranquilas. Tenéis, además, un buen Director, por lo que no debéis pasar apuros. Procurad obedecerle. Me decís que tenéis mucho trabajo yo me alegro muchísimo de ello, pues el trabajo es padre de la virtud: trabajando no hay antojos en la cabeza y siempre se está alegre. Al tiempo que os recomiendo el trabajo, os recomiendo también que cuidéis la salud, y encomiendo a todas que trabajéis sin ninguna ambición, y sólo para agradar a Jesús. Quisiera que infundierais en el corazón de todas el amor a los sacrificios, el desprecio de sí mismas el desapego de la propia voluntad. Nos hemos hecho religiosas para ((257)) asegurarnos el paraíso; mas, para ganar el paraíso hacen falta sacrificios. Llevemos la cruz con valentía y un día estaremos contentas».
Tal vez acababa de llegar a su destino esta carta de la Madre General, cuando don Santiago Costamagna después de una misión predicad en Las Piedras, escribía a don Bosco:
«Con relación a las Hermanas, nunca hubiera imaginado que nos pudiesen ayudar tanto en una misión. Puedo decirle, sin temor a equivocarme, que no se habría podido hacer el bien que se ha hecho a las mujeres y a las muchachas, sin la intervención de las Hermanas. su catecismo acudían, junto con las niñas, muchísimas señoras del pueblo, que pendían atentas de sus labios como de los del predicador. Mientras tanto, el auditorio había aumentado tanto que los últimos cuatro días estaba abarrotada la amplia iglesia. Se llamó al padre Rizzo a otros sacerdotes de Montevideo; nos metimos todos en el confesonario y en él estuvimos, desde la mañana hasta muy entrada la noche. Sucedía, a cada momento, que llegaba a nosotros, ora un muchacho, ora una muchacha de dieciocho a veinte y más años de edad, que no s había confesado nunca, y no sabía una palabra de los principales misterios. »Cómo hubiéramos podido seguir adelante, sin la ayuda de los catequistas y de las catequistas? Así es que, mientras nosotros seguíamos en el confesonario, los clérigos (Rota, Chiara y Baccigalupi) y cuatro Hermanas estaban continuamente ocupados en instruirlos, a poca distancia de nosotros, y nos los enviaban tan bien preparados que muchos les saltaban grandes lagrimones» 2.
Dos veces fue el Beato a Nizza. La primera para la fiesta de la
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1 Sor Magdalena Martini, Inspectora (Véase Vol. XIII, págs. 192 y 672).
2 Carta, Buenos Aires, 19 de agosto de 1879. 225
Asunción, día en el que concluían los ejercicios de las Hermanas y se hacía la emisión de votos; él les dio los recuerdos, y desarrolló este tema:
-Vida de oración, de trabajo, de humildad, de retiro y sacrificio, sólo para Dios y las almas, a imitación de la Madre del Cielo en la tierra para participar después más ampliamente de su gloria en el cielo.
Volvió ((258)) el día 21 para asistir a los ejercicios de las señoras. La crónica ha conservado el recuerdo de las palabras, que les dijo en una de sus platiquitas, después de las oraciones de la tarde:
-Hay personas ricas de buen corazón y piadosas, las cuales dejan en testamento una parte de sus bienes para obras de caridad. íBuena y santa acción! Pero hay que notar que, en el Evangelio, no está escrito: «Dejad cuando muráis lo superfluo a los pobres», sino «Dad lo superfluo a los pobres». Como véis, la cosa es muy distinta.
Habló también a las superioras y a la comunidad de las Hermanas, pero por separado. A las primeras les hizo esta recomendación:
-Aquí no os falta espacio; ni tampoco os encontráis con la vigilancia de vecinos, ni de nadie. Ejercitad, pues, en las pequeñas labores de viña y del jardín a las hermanas más jóvenes y necesitadas de movimiento. Este es un ejercicio muy útil para la salud.
A las Hermanas de la comunidad les dio el siguiente paternal consejo:
-Escribid a vuestros padres; no los hagáis padecer con vuestro prolongado silencio. Esto os perjudica a vosotras y a ellos, y puede ser el impedimento de muchas vocaciones. Si, por el contrario, vuestras familias reciben frecuentes noticias vuestras, se sentirán felices de haberos entregado a Dios, sacarán provecho de vuestras palabras, darán también a leer vuestras cartas a sus amigos y conocidos, y éstos permitirán con más facilidad a sus hijas hacerse religiosas.
Informó de estos ejercicios a la condesa Corsi. Monseñor Belasio, a quien menciona, fue el predicador.
La Bruna era una alquería, colocada sobre una colinita heredada por las Hermanas, donde después se levantó su noviciado.
Mi buena y queridísima Mamá:
Escribo desde la Virgen de las Gracias, donde ha habido una estupenda tanda de ejercicios. Había unas cien señoras. Todas, religiosas y educandas, subieron a la Bruna. Era un espectaculo indescriprible ver la devoción, la piedad, la alegría, que se transparentaba en todas. No faltaba más que nuestra mamá Corsi. Pero sí se habló y se rezó mucho por usted. Es más, celebré una misa por su intención y las señoras 226
ejercitantes comulgaron e hicieron particulares oraciones para que Dios guarde en perfecta salud a toda su familia y preserve a los niños, que ya van creciendo, ((259)) de las enfermedades que infestan estos pueblos. Pero otra vez tiene que procurar venir usted también y estoy seguro de que quedará muy contenta. Diga al señor conde César y a la señora condesa María que este año renuncien definitivamente a ven a Nizza. La difteria ha amainado, pero todavía se da algún caso. En cambio, la viruela adquiere una intensidad impresionante. La semana pasada murieron seis de viruela negra. De viruela ordinaria casi veinticinco, doce de ellos en la parroquia de San Hipólito. El domingo vin el Obispo a confirmar en la iglesia de San Juan y siguió el lunes. Mas, para evitar que la ceremonia resultase demasiado larga, confirmó do horas en una iglesia y después en otra. Por la tarde hubo un predicador que suplió a monseñor Belasio, »quién fue? Don Bosco. Aquí están don Juan Cagliero y don Juan Bautista Lemoyne, muy cansados los dos, y mañana tienen que volver a empezar los ejercicios para las Hermanas.
No sé si podré volver a ver a la Abuela, pues estoy asediado por un sinfín de cosas.
Las Hermanas y el señor Casalegno, que está aquí presente y los predicadores todos quieren ser recordados y envían respetuosos saludos Dios los bendiga a todos y rueguen también por mí, que con filial afecto seré siempre en J. C.
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Nizza, 27 de agosto de 1879
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Esta tarde salgo para Turín. La tempestad de Chieri, por la que calladamente se gemía en las casas circunvecinas, no mermó en el oratorio de Santa Teresa la frecuencia de las chicas, ni tampoco la buena voluntad de las Hermanas, que se dedicaban a ellas bajo la experimentada dirección de don Antonio Notario, encargado por don Bosco de sustituir a don Juan Bonetti, mientras durase la suspensión. Una nota característica de aquel oratorio eran las escuelas, de los días festivos; en Chieri trabajaban en las fábricas de algodón y tela centenares de niñas y jovencitas, muchas de las cuales, como no habían ido a las escuelas elementales, no sabían leer ni escribir, y esto, dadas las exigencias de los tiempos causaba mucho perjuicio a las familias. Don Bosco quiso remediarlo, disponiendo que las Hermanas resolviesen este inconveniente con un escuela festiva gratuita, desde las diez hasta el mediodía. Acudían a ella más de cien muchachas de nueve a quince años y unas cuarenta mayores, repartidas ((260)) en tres clases, según la edad y su cultura 1. Quien entrase en el recinto del oratorio cualquier día festivo y vies
1 Véase: Bollettino Salesiano, enero de 1879. 227
aquel fervor en las prácticas religiosas, aquella variedad y actividad de obras, aquella animación en los juegos, todo bajo la dirección de la Hermanas, comprendería al momento por qué el enemigo del bien se había enfurecido tanto contra él.
También en Lu los politicastros miraban con malos ojos a las Hermanas. En el mes de febrero apareció en un diario de Turín 1 una nota del corresponsal, protestando furiosamente de que «en un pueblo como Lu» se tolerasen hasta tal punto «los excesos de la íntima amistad entre un conocido reaccionario, como era don Bosco y un alcalde clerical» y denunciaba al mundo entero semejante «estado de cosas, fata para la civilización de tan conspicuo pueblo del Monferrato». Todo el mal procedía de que don Bosco, «por excesiva ceguera de quien hubiera debido proveer», había abierto allí una casa de Hermanas, desde la que él «por medio de sus emisarios», aspiraba «a un completo dominio». Los «Bosquianos» podían de este modo ir libremente a predicar en ella «una beatería», que era «inevitable germen destructor de la tranquilidad doméstica y social». No faltaba tampoco una alusión contra el arcipreste que, aun haciendo «profesión de liberalismo», frecuentaba después «juntamente con el alcalde y sus asesores» no sabemos qué «jesuíticas reuniones». Por último, hacía una llamada a la población de Lu, para que se valiese del «arma formidable» del voto en las elecciones para deshacerse de cierta gente, y a la autoridad gubernativa, sobre la que «recaía la responsabilidad de tan deplorable situación». Pero el pueblo y el gobierno fueron sordos a tanto grito, tan sordos que la fecunda labor de las Hijas de María Auxiliadora en Lu no ha sido nunca interrumpida hasta el presente.
Una batalla mayor amenazó la tranquilidad de la casa madre el día primero de junio. Estaba la comunidad de fiesta porque las postulanta ((261)) iban a recibir el hábito religioso, bendecido por don Juan Cagliero. Aquel domingo por la mañana, después de la misa solemne, a eso de las once y media, llamaban improvisamente al locutorio al Director don Esteban Chicco. Allí se encontró ante el subgobernador de Acqui, acompañado por el teniente alcalde de Nizza. El funcionario gubernativo le preguntó si era cierta la voz que se corría de que allí se iba a celebrar la toma de hábitos de unas doncellas. Oída la respuesta afirmativa, preguntó si las jóvenes hacían aquel acto libremente y si no había seducciones o presiones. Resulta fácil imaginar cómo el padre Chicco, entre asombrado y suspicaz, le dio seguridades sobre
1 La Nuova Turino, núm. 66 del 7 de marzo de 1879. 228
este punto. Pero el otro, poco satisfecho, saltó diciendo que quería ver a las que iban a tomar el hábito y preguntarles.
Tomó entonces la palabra don Juan Cagliero, presente en la conversación, pero portándose como forastero, y apelando a su condición de Director general de las Hermanas. Quiso, por tanto, saber del subgobernador si hacía aquellas investigaciones como autoridad o como amigo; y, si como autoridad, que le demostrase la legalidad de su proceder. Fue larga la discusión. Don Juan Cagliero insistía y machacaba siempre en el punto in qua potestate haec facis (con qué autoridad haces esto), con qué autoridad un subgobernador del reino se metía en casas particulares a inquirir si había doncellas, que tuviesen intención de hacerse religiosas. Que aquel convento era una casa privada; que las mayores de edad tenían su libertad para ello, reconocida por la ley; y que las menores tenían permiso de. sus padres. Que él no quería ceder sino ante el apremio acompañado de amenaza de emplear la fuerza; pero que, aun en tal caso, protestando por escrito y en presencia de testigos. Que si al subgobernador, como autoridad, no le permitiría jamás entrar en casa; en cambio, si venía como amigo, estaba
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dispuesto a satisfacer sus deseos. El teniente de alcalde se enfurecía, montaba en cólera, soltaba palabras fuertes y maldecía las leyes, que no habían tomado las medidas adecuadas para la supresión de las casas religiosas. El subgobernador tuvo que mandarle callar; después, previendo lo que podía suceder, declaró que se despojaba de su autoridad, diciendo:
-Soy Germán Magliani.
-Pues yo, replicó ((262)) don Juan Cagliero, voy a llamar a la única menor de edad, que es María Terzano.
Entonces surgió una nueva cuestión. El señor Magliani pretendía quedarse a solas con la muchacha para poderla preguntar más libremente, pero don Juan Cagliero, con los más atentos términos, hízole notar que, no estando presente el padre, le tocaba a él hacer sus veces, aunque no fuera más que por conveniencia social.
Se presentó María. El subgobernador le hizo unas brevísimas preguntas, casi por pura formalidad; la joven contestó muy bien. Después d despedirla, reveló Magliani que precisamente había ido por ella, es decir, para actuar contra su padre, de quien se decía que, por motivos d intereses, estimulaba a la hija a tomar el velo. Pero, en realidad, todo eran patrañas, que hacían correr unos bribones mal intencionados. Do Juan Cagliero acompañó, después, al señor Magliani a visitar el refectorio, donde ya estaban sentadas a la mesa, y hasta le llevó a ver las habitaciones. Aquél se mostró muy satisfecho y, 229
al despedirse, trató muy cortésmente a don Juan Cagliero, que, a su vez, no lo fue menos, pues rogó le disculpara, si su deber le había obligado a presentar aquella oposición.
El visitante se encaminó hacia el carruaje que lo esperaba fuera de la verja, subió a él y ordenó la marcha rumbo a la ciudad, no sin habe hecho antes un gesto casi de despecho a un grupito de señores que esperaban muy distinto resultado. Estaba allí el fiscal, llegado de Acqui había un oficial de los carabineros, con algunos números y los rodeaban algunos vecinos de Nizza. Estos, en cuanto comprendieron que no había nada que hacer, dieron media vuelta y vencidos y abochornados, regresaron por el camino que el representante del Gobierno devorab a todo correr. El comportamiento del enfurecido teniente de alcalde había dicho cuál era el motivo de aquella expedición; el hecho concret se supo claramente después. Los sectarios del lugar, molestos por la presencia de tantas monjas, y más, al ver su afortunado proselitismo, habían organizado una intriga para hacer impedir la ceremonia de la toma de hábitos y así poco a poco obligar ((263)) a las poco gratas huéspedes a cambiar de aires. Pero, por aquella vez, quedaron corridos y apaleados, pues, además del gasto para la movilización, tuvieron que tragarse la vergüenza del fracaso público ante la parte sana de la población.
Pero también en Nizza se estaba a punto de renovar la ofensiva contra otra batalla de gran estilo. Estuvieran o no concertadas y coordinadas las jugadas, lo cierto es que la doble coincidencia de lugar, de tiempo y de objetivo nos impresiona. Aquel mismo día primero de junio, el periódico, que había publicado el artículo sobre Lu, ofreció a sus lectores una prosa demagógica que le habían enviado precisamente de Nizza 1. El título era prometedor: INFAMIAS CLERICALES. El artículo es otro documento que prueba cómo la secta seguía espiando a don Bosco, maquinando la manera de aniquilarlo. Decía:
«Sabemos que la autoridad política está hoy empeñada en desenredar un tenebroso complot de curas, merced al cual una bellísima doncella de Nizza Monferrato abandonaba improvisamente la propia familia y venía a Turín para tomar el velo monjil. La doncella, antes huir de su casa, dejó una carta a sus padres, en la que protestaba que jamás abjuraría de su religión -la familia era israelita-y se mantendrí siempre digna del respetable nombre de su linaje. Un pariente de la nueva monja acaba de llegar a Turín, y ayudado por la autoridad judicial, ha hecho investigaciones para descubrir el lugar
1 La Nuova Torino, núm. 152 de 1.° de junio de 1879. 230
donde estaba encerrada la muchacha y arrancarla de las garras de la secta negra. En todo este asunto anda de por medio el nombre de un negro famoso en la ciudad y, por lo visto, a las artes inicuas de los acólitos de ese poderoso agitador obscurantista debe achacarse lo sucedido. íY estamos en pleno siglo diecinueve! íY las órdenes claustrales son abolidas por la ley del Estado! Mientras tanto, cuando estén completamente esclarecidos los hechos, tendremos informados a nuestros lectores».
Pero el arrogante periódico no pudo ver más la luz, ni tener informados a ((264)) sus lectores, pues le pasó como a la abeja cuando ha clavado el aguijón; aquel mismo día murió.
Narraremos antes cómo ocurrieron exactamente las cosas. Unos judíos riquísimos de Alessandria, para impedir que una parienta suya se hiciese cristiana, como parecía desear, la habían obligado a casarse con un acomodado zapatero de Nizza. El piadoso deseo de la madre fu veintitrés años después, un serio propósito en la hija, cuyo nombre, Anita Bedarida, tuvo con tal motivo su cuarto de hora de celebridad.
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Hacía dos años que acariciaba en su corazón la idea de recibir el bautismo, cuando, llegadas a Nizza las Hijas de María Auxiliadora, su espíritu se orientó hacia ellas. Algunas jóvenes cristianas la habían llevado al oratorio de las Hermanas; después ella comenzó a visitarlas por su cuenta, confiándoles sus propósitos. El recuerdo de la difunta madre, bajo cuya almohada, después de muerta, los suyos habían encontrado un catecismo, la estimulaba al gran paso. Pero, permaneciendo en su casa, jamás habría logrado su intento. Así, poco a poco, planeó una fuga.
Una tarde, pues, fue a la Virgen de las Gracias y pidió a las Hermanas que no le negaran hospitalidad, porque no quería volver a vivir co su familia. Las Hermanas se conmovieron, se creyeron obligadas a ayudarla y concertaron la manera. Consultaron al párroco, pero éste, prudentemente se lavó las manos. Entonces, una buena familia puso a su disposición su propio carruaje, en el que Bedarida, con dos Hermanas, fue a Incisa, donde tomó el tren, que por Nizza la llevó a Turín. Subir en la estación de Nizza hubiera sido imprudente por el peligro de que se dieran cuenta los familiares de la joven. En Turín, sus compañeras de viaje la presentaron a sus Hermanas de Valdocco, que la recibieron amablemente, la tuvieron en casa y le proporcionaron toda comodidad para instruirse en las verdades de la fe y en los deberes cristianos. Los judíos, al enterarse de su fuga, pusieron el grito en el cielo, movilizaron a sus correligionarios de Turín y acudieron la prensa; de ahí que la agonizante gaceta de Turín La 231
Nuova Torino diese precisamente la última señal de vida, haciéndose eco de sus clamores.
((265)) El ronco son de la terrible trompeta no produjo, sin embargo, el rápido efecto que se esperaba; siguieron, en efecto, tres meses durante los que la joven judía vivió tranquila con las Hermanas, yendo y viniendo incluso por Turín, sin molestias notables. Los parientes, como era lógico, se dieron maña para averiguar el lugar de su refugio; cuando lo descubrieron, pintaron la cosa como un acto de violencia, consumado por orden de don Bosco, y lo denunciaron a la autoridad judicial. Pero con se trataba de una joven mayor de edad, los magistrados no fueron tan condescendientes. A los pocos días de encontrarse en Valdocco, es cierto que fue a verla un comisario de policí para interrogarla, pero ella declaró que libre y espontáneamente había buscado asilo en casa de las Hermanas de don Bosco y que quería morar allí para prepararse al bautismo, de suerte que, por parte de las autoridades todo, por entonces, acabó en eso. La visitaron algunos parientes, entre ellos su padre, al que confirmó todo su afecto filial; también, por este lado, no hubo más durante unos meses. La hebrea, instruida en la doctrina cristiana, esperaba recibir el bautismo el 24 de junio y, después, el 15 de agosto; su madrina sería la condesa Balbo Pero don Juan Cagliero, su maestro de religión, y don Juan Bonetti, que la dirigía, le aconsejaron que esperara todavía para prepararse mejor al gran acto.
Aquella calma era precursora de tempestad. Las esperanzas perdidas se cambiaron en furor. El plan estaba perfectamente preparado; atacar a la joven por su lado débil, a saber, por el corazón, excitar la opinión pública y así facilitar una intervención enérgica de la autorida
1. 1 En toda esta narración utilizamos especialmente dos documentos: una carta firmada por Bedarida (Unità Cattolica, núm. 209 del 7 de septiembre de 1879), y otra de don Juan Bonetti, destinada al Ministro de Gobernación. La copia que tenemos de la primera, con la firma auténtica de la hebrea, es de otra mano; en ella se lee esta declaración firmada por tres testigos: «Los firmantes declaran que la señorita Anita Bedarida, en su presencia leyó y después oyó leer este escrito, y a continuación declaró que los sentimientos en él contenidos son lo de su corazón, y, por eso, los aprobó francamente y estampó libremente su propia firma». La carta había sido redactada por otros, tal vez por don Juan Bonetti; y éste es el motivo de la declaración. El segundo documento es un escrito del mismo don Juan Bonetti, que habla en lugar de don Bosco y lo encabezó con esta nota: «El abogado Caucino la leyó y aprobó. »La aprueba también don Bosco? En caso afirmativo, firme dos copias como ésta para enviar una a villa, y la otra a Varé». Varé era el Ministro de Justicia y Villa, el abogado. Don Bosco escribió al margen: Non expedit multis de causis. Tenemos también otras dos relaciones manuscritas, una larga del abogado De Gregori, y la otra larguísima de don Juan Bonetti; son demasiado enfáticas; tienen, sin embargo, algún dato positivo digno de consideració 232
((266)) El 25 de agosto fue a verla un hermano, con el que se encerró para hablar durante varias horas, dicen que cinco. Lo acompañaba un hijo del rabino, presunto novio de la joven, el cual se retiró y solamente volvió a aparecer a la salida del amigo. Durante la larga entrevista, la pobrecita cometió una debilidad. Al ver llorar a su hermano y oír su insistencia para que volviera a casa, se conmovió y el corazón la traicionó. El otro, al darse cuenta del momento patológico, le suministró papel y pluma y le dictó unas líneas para entregar a las autoridades, a fin de que la sacaran de aquel lugar, como si estuviera encerrada en él por la fuerza. Escribió ella maquinalmente, pero no d todo inconsciente de que hacía algo que no estaba bien, y dejó en sus manos el escrito sin parar mientes en las consecuencias. Pasados uno minutos y ya libre, volvió en sí, se dio cuenta de su disparate, y delante del hermano y de dos testigos, retractó lo que había hecho y aunqu para contentarlo había prometido salir con él, no quiso moverse, sino que resolvió tomarse más tiempo para reflexionar seriamente. Indignado el hermano, salió con el compañero a su lado y con propósitos muy hostiles en sus adentros. Presagiando lo que le iba a suceder la catecúmena tomó medidas para evitar el golpe, cambiando de morada, por lo cual, a la mañana siguiente pasó a vivir en casa de una buena señora, cerca del Oratorio. Acababa de salir de la casa religiosa, cuando llegaron su hermano, un primo y un compañero de éstos; pero, al oír que se había marchado, se alejaron furibundos de allá. El día 27 por la mañana se personó en el Oratorio ((267)) el abogado
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fiscal, ante el cual se presentó al momento la joven, declarando su propia voluntad de permanecer donde se encontraba y recomendándose él para que tutelase su libertad personal. El interrogatorio fue consignado en acta y firmado por ella. El magistrado se marchó convencido que no había ni sombra de coacción.
Todo parecía terminado; pero no era más que el principio. La Gazzetta del Popolo, en su número de 1.° de septiembre, ofreció a sus lectores una correspondencia de Nizza Monferrato, que hacía de lo sucedido un cuento de las mil y una noches. La falsedad comenzaba co el título: Historia de una toma de hábito. íComo si fuese posible imponer el velo monjil a una doncella todavía no bautizada! Un detalle fantástico, tragado por otros periodistas y reproducido con indignación, era expuesto en estos términos:
«Como pareciese que la joven se mostraba algo tibia en la fe, que se quiere obligarla a abrazar, se recurrió incluso al medio de escribir e profeso algunas escenas dramáticas con el título de La judía convertida en las que la pobre infeliz se vio amenazada con penas severísimas 233
La pobre Bedarida fue obligada a asistir a esas representaciones más de una vez, teniendo a su lado a un sacerdote, que, con mirada severa la reprendía cada vez que ella emocionada, lloraba a lágrima viva pensando en el dolor que experimentaban sus parientes...»
Se trataba, por el contrario, de un drama conocidísimo en las casas de educación y preparado por las Hermanas antes de que la señorita Anita se fugase; tanto es así que ella sentía no haber llegado una semana antes, pues le habría gustado representar el papel de la hebrea. Huelga decir que el corresponsal de Nizza levantaba la voz al referir la declaración arrancada de la manera que ya dijimos.
A la triste narración de Nizza añadió de su cosecha el diario turinés una incitación a las autoridades para que procedieran enérgicamente contra don Bosco, de acuerdo con las leyes, agitó el badajo de la campana política, intentando despertar las pasiones, ((268)) que se desbordaron en 1852 con ocasión del joven Edgardo Mortara 1. «Las corporaciones religiosas han sido abolidas, decía; »por qué, pues, se deja que puedan tener todavía conventos y acechar de esta manera contra la paz y la libertad de las familias? »Para asistir a escándalos como éstos y dejarlos impunes, es. para lo que ha subido al poder la izquierda? Italia ha tenido un Mortara varón, pero el escándalo de entonces fue cometido por esbirros pontificios, y ello se comprende. »Pero, ahora, nos resignaremos a tener una Mortara hembra, bajo ministros liberales italianos, bajo ministros de izquierda?».
El gobernador de Turín, aquel Minghelli Vaini, que ya conocen
1 Véase LEMOYNE, M. B. Vol. VIII, pág. 521 y siguientes.-PELCZAR, Pío IX y su Pontificado, Vol. II, pág. 195 y sig., Turín, Berrut 1910. Edgardo Mortara vive todavía y es el padre Mortara, de los canónigos regulares de Letrán. Abusaron a menudo de su nombre los enemigos de la Iglesia, camuflándose como paladines de la libertad de conciencia. El 7 de julio de 1879, en la cámara francesa, el diputado Madiez de Montjau lo recordó en un discurso contra los católicos, que reclamaban la libertad concedida a todos por la ley. El padre Morta le devolvió la pelota con una carta publicada en el Univers y reproducida por la Unità Cattolica del 17 de julio. Decía entre otras cosas: «Y soy católico, por principio y por convicción, dispuesto a responder a los ataques y a defender con mi sangre esta Iglesia que vosotros combatís, y os declaro que vuestras palabras ofenden profundamente mi honor y mi conciencia y me obligan a protestar públicamente». Pero él no era un convertido. Bautizado a los dos años de edad, in artículo mortis, por la criada cristiana y recobrada la salud, él pertenecía la Iglesia, que tenía el derecho y el deber de darle una instrucción conforme al bautismo recibido. La alarma, que entonces conmovió a Europa y América, partió precisamente de la sinagoga de Alessandria de la Paglia. Diarios judíos, masones, protestantes y cismáticos, que se quedaron indiferentes cuando el zar Nicolás arrancaba a miles de niños de las madres católicas para educarlos en su cisma, gritaron rabiosos contra Pío IX, contra la intolerancia de la Iglesia de Roma y contra la violación de los derechos de los padres. Guardamos en el archivo una carta de 1880 a don Bosco, que basta por sí sola para demostrar cuánto gozó por haber sido bautizado y cuánto afecto sentía p el Beato (Ap. Doc. núm. 37). 234
los lectores, no solía ser insensible a los pronósticos de la Gazzetta. El 3 de septiembre, muy de mañana, una nube de guardias, de uniform unos y de paisanos otros, cercó la casa y sus alrededores en donde se hospedaba Bedarida; oyóse después golpear a la puerta, como si alguien quisiera forzarla; pero la judía, despertándose sobresaltada y aterrorizada, fue víctima de convulsiones nerviosas. En poco tiempo, la vista de aquel despliegue de fuerzas y de las habladurías que corrían, acudió gentío para asistir ((269)) a un asalto. A eso de las nueve, llegaba de improviso un carruaje al Oratorio con el gobernador acompañado del fiscal general. Pidió hablar con don Bosco. El Siervo de Dios, que acababa de confesar, llegó a los diez minutos. El primer saludo del funcionario fue un reproche por haberlo hecho esperar tanto tiempo y allí mismo, al instante, le echó en cara la sospecha de que en aquel intervalo había corrido a prevenir y aleccionar a la joven. El Beato le indicó la casa donde vivía la judía, que estaba a dos pasos del Oratorio. Aquél, ceñuda y bruscamente se fue allí.
No quiso más testigos que el magistrado. La muchacha no perdió el ánimo, sino que, recogiendo lo mejor que pudo sus fuerzas, hizo observar que había sido sometida ya a dos interrogatorios por el mismo motivo y no sabía explicarse por qué la sometían a otro.
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El Gobernador, que se imaginaba iba a ser recibido como un ángel libertador, se sintió muy contrariado ante aquellas palabras; pero la presencia del fiscal general le obligó a guardar cierta moderación. Cerciorado, pues, de la volundad de la doncella y de que ella había sido siempre libre, como lo seguía siendo, y que el escrito de ocho días antes se lo había, por así decir, arrancado su hermano sin que ella hubiese previsto las consecuencias, llamaron al padre, a un hermano y a una hermana de ella. Se parlamentó largo rato por ambas partes. Por fin, el gobernador auguró a los parientes que la muchacha volviera a s hogar para calmar el dolor de la familia. Pero el fiscal, con la mayor calma, hizo observar a los de su casa que, siendo como era mayor de edad, gozaba, de acuerdo con la ley, del derecho de elegir libremente su propia religión.
A pesar de todo el gobernador se aferraba a la idea de separarla de las Hermanas. De nada valían las reiteradas protestas de Bedarida de que con ellas no había sufrido ni sufría violencia alguna; él se devanaba los sesos para persuadirla de que le convenía salir de allí y hospedarse en otro instituto. Evidentemente, la judería había encontrado en él a su hombre.
-Yo no conozco más institutos que los de don Bosco, decía ella. 235
((270)) -Corre de mi cuenta respondió el gobernador, buscarle uno a su gusto; por ejemplo, el de las Hijas de los Militares.
-Pero, »qué necesidad hay de cambiar de domicilio? Aquí no estoy detenida por las Hermanas y no hay motivo para suponer que quiera hacerme cristiana por consejo de ellas.
-Pero aquí se encuentra usted todavía con personas que tienen relación con el instituto de don Bosco; y, además, la vida que tiene que llevar aquí no dice bien con su condición. Yo, en cambio, sabré encontrarle un lugar con toda suerte de comodidades. También sus parient están de acuerdo conmigo, »no es verdad?
-Sí, contestó el padre; y estoy dispuesto a pagar lo que haga falta.
-Pues bien, concluyó el gobernador, buscaré el lugar; a su tiempo se lo comunicaré.
Los policías vigilaron la casa día y noche y tampoco se movieron al día siguiente. La joven, temiendo que estaban allí aguardando a que pusiera el pie en la calle para atraparla, se mantenía escondida dentro; pero, después, indignada, escribió al gobernador quejándose y protestando:
«Le agradezco el interés que se tomó por mí ayer; pero le manifiesto que quiero gozar de plena libertad y estar donde me encuentro, e invoco este derecho en nombre de la ley. Por consiguiente, protesto que no quiero salir de esta casa; protesto también contra la manera de proceder conmigo en estos días, manteniendo policías a mi alrededor, como si fuera una prisionera. Se quiere hacer creer que soy víctima los sacerdotes y de las monjas; pero, so color de libertad, soy víctima de otra gente muy diversa. Cuando no me guste estar en esta casa, ya sabré ir a buscar otra a mi gusto, sin que nadie me la señale. Fui libre y capaz para buscarme ésta, y soy todavía capaz y quiero ser completamente libre para salir de ella y buscarme otra. Espero, por tanto, que V. S. Ilma. tenga a bien dar las órdenes oportunas para que s retire la policía de alrededor de mi casa, ((271)) pues me parece vergonzoso tratar de esta manera a una ciudadana libre, mayor de edad, y que no es culpable de ningún delito».
Pero el Gobernador, bajo el falso pretexto de defender su libertad personal contra las imaginarias violencias de don Bosco, no levantó el asedio, que duró cinco días, infundiendo en el pueblo la sospecha de vaya usted a saber los misteriosos crímenes que habrían cometido ell y otros. Por la noche, los policías espiaban a los transeúntes por miedo a que la presa se escapase, disfrazándose incluso de hombre. Algunos de los guardias se dedicaban también a hacer una triste propaganda contra don Bosco, divulgando que quería obligar a la judía a 236
hacerse monja para arramblar con sus riquezas 1, otros más desvergonzadamente decían cosas mucho peores. Lo atestiguaron los vecinos, que vigilaban a sus propio hijos, para que no se acercaran a oír a aquellos mal hablados. Para avivar la morbosa curiosidad del vulgo, aparecieron unas coplas con canciones populares, en las que se constituía sobre el hecho una novela licenciosa y picaresca y la protagonist con nombre romántico y epíteto lacrimógeno era llamada la «desdichada Esmeralda» 2.
Don Juan Bonetti no esperó para refutar las calumniosas acusaciones de la Gazzetta; escribió una carta el 2 de septiembre al Director demostrando que la joven judía había ido libremente a casa de las monjas, libremente se había quedado y libremente podía marcharse. Ma la Gazzetta publicó la carta solamente el día 4, añadiendo al final ciertas «observaciones», que pretendían invalidar todo el contenido.
Pero los sucesos se precipitaron. El fiscal fue otras dos veces, el día 6 por la mañana y por la tarde, a ver a la señorita para aconsejarla, más aún, para rogarle que aceptase la proposición del gobernador de salir de aquella casa y pasar a otro lugar no sospechoso. Ella acabó po
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condescender; ((272)) pero es obligado añadir que el argumento más fuerte para romper su resistencia fue haberle dado a entender el gobernador que, si no obedecía, don Bosco y su instituto sufrirían las consecuencias. Así preparado su ánimo, el gobernador le escribió el día 7 por la mañana:
«Tengo el honor de participarle que la señora Directora del Instituto Ferraris, calle de San Francisco de Paula, número 10, bis, la recibirá cualquier hora que usted se presente a la puerta de su apartamiento, que está en la primera planta; hay en la puerta del descansillo una plac de latón con el letrero: INSTITUTO FERRARIS. Allí será usted dueña absoluta de sus pensamientos; la Directora tiene orden de secundar sus deseos, e incluso le acompañará a una quinta que tiene alquilada próxima a la Virgen del Pilone, si usted quisiera disfrutar un poco los aires del campo. Sus padres abonan todos los gastos que usted quiera hacer, según las costumbres de la familia acomodada a que pertenece Piénselo bien, señorita: lo mismo que le guste permanecer en la religión de sus padres, que hacerse católica;
1 Conste que Bedarida no tenía más que quince o veinte mil liras. íno era, a decir verdad, un gran capital!
2 Una judía monja a la fuerza. Historia del día. Turín, Ronchetti editor, Tip. Borgarelli, calle Montebello 22. 237
usted será dueña absoluta de resolver lo que su voluntad le sugiera. Yo pondré todo el interés para que usted, en la rectitud de su concienc tenga que decirse a sí misma y a los demás, que el Gobernador de Turín, o mejor, el Gobierno del Rey que él representa, no ha buscado, n ha querido, no ha dispuesto más que dejarla absolutamente libre para seguir su vocación, ya fuere hacerse católica, ya fuere seguir en la religión en que ha nacido. Cualquier cosa que le faltase, o si sucediese que el trato, que recibe en el Instituto Ferraris, no es conforme a las promesas arriba expuestas, tenga a bien comunicármelo, y yo daré órdenes para que su amplísima libertad sea tutelada».
Pero, entretanto, le quitaba la libertad de habitar en la casa, donde ella quería permanecer.
Antes de abandonar su morada, la joven entregó a quien correspondía por derecho, este escrito, que se conserva en nuestros ((273)) archivos:
«Yo, la abajo firmante, en presencia de los testigos, que firman conmigo, declaro que salgo de esta casa, calle Cottolengo número 31, no porque haya recibido o reciba en ella presión alguna en mi deliberación de hacerme cristiana, sino por el único motivo de atender un consejo del Fiscal General de Su Majestad, que me lo rogó, y así evitar molestias e injurias a mis bienhechores, que han tenido conmigo tantas atenciones».
Ingresó, pues, el 7 de septiembre en el instituto, en el cual la señora Ferraris, íntima amiga del Gobernador y de la Gazzetta del Popolo tenía a pensión señoritas maestras. La Directora dijo ya en la primera conversación que no había que dejarse llenar la cabeza con ideas fanáticas. Al día siguiente, por la mañana, se autorizó al hermano para entrar en su alcoba; pero la hermana, al despertarse y reconocerle, l echó con enfado. El día 10 se presentó un doctor, que dijo falsamente ser enviado por don Juan Cagliero, con intención de hablarle; mas ella, desconfiando, no quiso recibirlo. El mismo día, el presunto novio, acompañado del hermano, pidió a la Directora poderla visitar; pero la joven no quiso recibirlo.
Todas éstas eran verdaderas asechanzas; hasta se recurrió a la calumnia. La Directora, al ver que la señorita llevaba ocho días persistente en no querer ver ni oír a nadie que la apartase de su idea, no dudó en calificarla de visionaria; para lo cual refirió que ella «le había contad en serio, que había visto a Dios en persona, bajo el aspecto de un viejo con la barba blanca, que le dio consejos y avisos».
El consabido periódico divulgó la noticia; otros diarios lo corearon 1; 238
y »la Directora qué hizo? La señorita Bedarida, antes de resar en la pensión, se había ingeniado para hablar con el abogado Caucino, natur de Biella, terror de los anticlericales por sus victorias forenses en defensa del clero, y le había pedido su asistencia. El abogado fue a visitarla a su nuevo domicilio y había quedado ((274)) en volver; pero la Ferraris engañó a la señorita, haciéndole creer que había sido Caucino quien la había calumniado de visionaria y maniática, y, de tal manera logró convencerla, que ya no quiso volver a verlo. Entonces la pobrecita inexperta se encontró aislada, a merced de personas conjuradas para su daño. Un día para demostrarle que sus parientes tenían razón para no permitirle que abandonara el judaísmo, su carcelera, en presencia de ella, preguntó a una señora:
-»Si usted tuviese una hija que quisiera hacerse protestante, estaría conforme? »No haría todo lo posible para impedírselo?
La familia deseaba que pasara unos quince días en el Instituto Ferraris, sin ningún contacto con los Salesianos ni con las Hermanas; pero, harta de tantas torturas, no esperó aquel plazo. De una carta, que le escribió a don Juan Bonetti el día 18, se deduce que ya tenía determinado su regreso a Nizza. Dice en ella don Juan Bonetti: «Pero me consuela saber que usted sigue con la buena voluntad de recibir e
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bautismo».
El mismo día 18, día de la salida de Anita Bedarida para Nizza, se repartía con profusión por la ciudad una hoja volante con el título: Do Bosco, Margotti y el abogado Caucino chasqueados; anunciaba la desgraciada victoria del Beato, cuyas facciones desfiguradas a propósito le daban un aspecto antipático. La rabia judía, según los informes de la comisaría general de policía, había llegado a tal extremo de encono que hubo de montar guardia en el Oratorio para evitar agresiones contra la vida. íFigurémonos el triunfo conseguido después de un resultado tan poco envidiable! En La Cronaca dei Tribunali del 20 de septiembre, el director, abogado Giustina, incitaba al fiscal a instruir un proceso en toda regla; pero no se hizo nada, pues era demasiado evidente para las autoridades que no existía delito alguno, sino que, po el contrario, había que considerar como perversas mentiras las acusaciones de los periódicos.
La Unità Cattolica publicó inmediatamente otra hoja volante, en la que se leían, o mejor, se volvían a leer, tres documentos ya publicado por separado, a saber, la carta de Bedarida ((275)) al Director, la
1 Gazzetta del Popolo del día 13 y 15 de septiembre. Los otros diarios se inspiraban en la Gazzetta. Se distinguió entre todos la Cronica dei Tribunali. 239
otra carta de la misma al Gobernador, que hemos presentado más arriba, y un telegrama al Ministro de Gobernación para protestar contra quien quería «entremeterse en asuntos de su conciencia».
Esta publicación había sido la única intervención del diario católico durante el ardor de la refriega. Tal reserva respondía ciertamente a una actitud de don Bosco. Cuando surgía un litigio, él solía aclarar las cosas con la serena exposición de los hechos, pero no le gustaba pelear. En la presente controversia, si se le hubiese hecho caso, la gran cuestión habría muerto antes de nacer. Fue de opinión desde el principio que era mejor apresurar el bautismo.
-Una vez bautizada, dijo, todo está concluido.
En efecto, el hermano, la primera vez que fue a ver a Anita, creyéndola bautizada, pareció resignarse ante el hecho consumado. Pero don Juan Cagliero había preferido ir despacio; por eso, aquél, dándose cuenta de su error, levantó toda aquella polvareda. Por otra parte, Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos por los hombres; gracias a los judíos, muchísimos buenos cristianos se enteraron de que también existían las religiosas de don Bosco y que tenían su Casa madre en Nizza Monferrato. 240 ((276))
CAPITULO XI
LAS MISIONES Y LA HISTORIA DE UNA ACUSACION
EN el año, cuya crónica estamos exponiendo, no hubo ninguna expedición misionera. Mientras los Salesianos en América veían aproximarse la hora de las misiones propiamente dichas, don Bosco no se cansaba de insistir para obtener el reconocimiento canónico de sus misiones. Las tentativas realizadas; durante el Pontificado de Pío IX, habían dado escasos resultados; ahora intentaba conseguir mucho más. Dio, por consiguiente, un primer paso, presentando a León XIII la actividad misionera desarrollada por él en Europa, es decir, la colaboración que prestaba a la preparación de apóstoles para las misiones propias y las de otros; pero dio a su relación la forma de una súplica, encaminada a recibir ayuda de las dos máximas Obras de asistencia misionera.
Beatísimo Padre:
Humildemente postrado a los pies de Vuestra Santidad, expongo con todo respeto cómo, desde hace muchos años, bajo el nombre de Oratorio de San Francisco de Sales, abrióse en Turín un internado o Seminario, donde se cultivan y preparan obreros evangélicos para las misiones extranjeras. En efecto, un buen número de nuestros alumnos se encuentran ahora en China, en Australia, en Africa, y más de un centenar en América del Sur.
Este Instituto que, al presente, tiene más de quinientos alumnos, se ha sostenido hasta ahora con la caridad de los fieles, y, en casos excepcionales, con la ayuda del Sumo Pontífice.
((277)) La falta de recursos materiales causa en la actualidad graves dificultades para seguir el fin propuesto de suministrar individuos para las misiones extranjeras y, por ello, me atrevo a suplicar a V. S. se digne decir una palabra en favor del Pío Instituto a la dirección de
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Obra Pía de la Propagación de la Fe de Lyón y de la otra obra Pía de la Santa Infancia, a fin de que acudan en nuestro auxilio. De esta manera, se podrá continuar más fácilmente, costeando los estudios y las vocaciones en ésta y en otras casas, abiertas con el mismo fin de formar misioneros para el Extranjero, cuya necesidad se hace sentir tan grandemente. Son casas auxiliares del Seminario de Turín el internado de San Vicente de Paúl en la ciudad de Sampierdarena, el Patronato de San Pedro en Niza, el de San José, cerca de Fréjus, el de Saint-Cyr junto a Tolón y, por fin, el Oratorio de San León en la ciudad de Marsella. Estos Institutos llevan nombres, que no expresan los fines que mencionamos, pero todos pueden imaginar el motivo que aconseja usar tales denominaciones. 241
Esta es la obra, que presento a V. S., suplicándole tenga a bien bendecirla y favorecerla de la manera que, en su alta e iluminada sabidurí juzgare oportuno.
Con la mayor veneración y el más profundo respeto filial y sumisión me profeso,
DeV. S.
Roma, 20 de marzo de 1879
Humilde y agradecido hijo JUAN BOSCO, Pbro.
Un mes después, dio un paso más decisivo. Elevó al Padre Santo, por medio del Cardenal Protector, una nueva súplica, condensando en ella noticias detalladas de la actividad misionera de sus hijos en América del Sur, y citando una serie de documentos pontificios aptos para explotar el valor de aquellas Misiones, a fin de que la Autoridad suprema se dignara normalizar su posición ante las Congregaciones Romanas.
Beatísimo Padre:
Las primeras negociaciones para las misiones salesianas en el extranjero se entablaron en 1872, con el Emmo. Barnabó que las alentó. S Santidad Pío IX, después en 1874,. señalaba las misiones y animaba a ir a la República Argentina para atender a los italianos allí dispersos y hacer otros ensayos entre los indios pamperos y patagones. El mismo caritativo Pío IX suministraba medios materiales para la primera expedición, que se efectuó el 14 de noviembre de 1875. Los diez primeros misioneros salesianos ((278)) se presentaron al Padre Santo el primero de noviembre de aquel año, para recibir su bendición y la misión apostólica. El Padre Santo los animó con calurosas palabras y le entregó una carta del cardenal secretario de Estado para el Arzobispo de Buenos Aires, con fecha del mismo día. La Sagrada Congregación de Propaganda Fide les concedió las facultades necesarias, con decreto del 14 de noviembre de 1875.
El mismo Sumo Pontífice expresaba su satisfacción alabando y aprobando la nueva misión, con un Breve del 17 del mismo mes y año.
Para dar todavía mayor estabilidad a las misiones salesianas, la Congregación de Propaganda, informada del incremento de la mies evangélica y de las vocaciones que, en aquellas tierras, suscitaba el Señor, autorizó la fundación de un noviciado, con decreto del 6 de juli de 1876.
El Sumo Pontífice reinante, a quien Dios guarde largos años sano y salvo, se dignaba expedir otro Breve, lleno de paternal afecto, el 18 septiembre de 1878, con el que aprueba y alienta las misiones salesianas de América.
El mismo Sumo Pontífice reinante León XIII, aunque afligido por la penuria económica, informado no obstante de las dificultades que s encontraban para la cuarta expedición por la falta de medios pecuniarios, contribuyó con una generosa limosna y animó a continuar las obras comenzadas, con una carta a propósito el 23 de noviembre de 1878.
Constituyó una gran dificultad la incertidumbre de si las misiones de América del Sur corresponden a la Congregación de Propaganda Fide o a la Congregación de 242
Asuntos Extraordinarios Eclesiásticos. Se encomendó todo el asunto a la caridad y celo del Emmo. Card. Nina, secretario de Estado, para que, como protector de la Congregación, se dignara:
1. (Declarar) a cuál de las dos Sagradas Congregaciones mencionadas deben dirigirse los misioneros salesianos, que ahora se encuentran Fin de Página: 243
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en Uruguay y República Argentina, para sus peticiones a la autoridad de la Santa Sede.
2. Aprobar estas misiones según la petición hecha por el Consejo General de la Obra Pía de la Propagación de la Fe residente en Lyón, para que se puedan obtener los subsidios prometidos que, en el actual estado de cosas,. resultan indispensables. 3. En respuesta a la misma carta del Consejo General de la Propagación de la Fe, puede notarse que, para toda gestión de subsidios o negociación correspondiente, todo vaya destinado al reverendo Juan Bosco, Rector Mayor de la mencionada Congregación en Turín. Allí está el seminario principal de donde parten los misioneros y donde también reciben la correspondencia de los países que les están confiado al ejercicio de su sagrado ministerio. 4. Sería también de gran ventaja una carta de recomendación para la Obra de la Santa Infancia. Podríase hacer presente que muchos ((279)) jovencitos salvados de muerte segura fueron traídos desde Arabia a la casa de Turín. Instruidos aquí en la fe, bautizados, amaestrados en las ciencias, algunos aprendieron un oficio y otros se encaminaron por la carrera eclesiástica y ahora son misioneros en su patria. Otros, procedentes de la ciudad de Damasco, se dedican ahora a sus estudios para volver después a su tierra. Muchos más son los muchachos salvajes, bautizados por los salesianos entre los indios y otros recogidos en hospicios de Buenos Aires. En este mismo día, 20 de abril de 1879, parten tres misioneros salesianos, con el ministro de la guerra de Buenos Aires, para llegar hasta los indios Pamperos y salvar el mayor número posible de niños del exterminio, al que parecen haber sido condenados por el gobierno argentino. Por desgracia, esos muchachos vagan de una a otra parte, buscando quien salve su alma y su cuerpo, pero no se pueden conseguir medios materiales y morales para salvar a todos y, no obstante, siempre habrá un número de niños salvajes ganados para el Evangelio y la sociedad civil. Turín, 20 de abril de 1879
JUAN BOSCO. Pbro.
Convenía a continuación mantener presente en el pensamiento del Papa las Misiones Salesianas. Para esto se acordó que el Inspector do Francisco Bodrato enviara, en su nombre y en el de los hermanos, al Vicario de Jesucristo sus devotos saludos dos veces al año, a saber, en su día onomástico. y a primeros de año. La primera carta enviada desde Buenos Aires el 6 de julio llegó a Roma para San Joaquín, cuya fiesta era entonces el 16 de agosto; en ella se comunicaba al Padre Santo que los Salesianos avanzaban hacia la Patagonia, la necesidad de establecer una residencia central en la desembocadura del Río Negro y de una misión predicada por alguno de ellos en Paraguay. La segunda carta salió también de allí el 27 de noviembre 243
para que llegase a Roma con las felicitaciones de Navidad y Año Nuevo; se hablaba en ella de los recientes progresos en tierras patagónica de la inminente apertura de una casa en Patagones y de la colaboración prestada por las Hijas de María Auxiliadora 1.
Sin aguardar a que sus gestiones con la Santa Sede surtieran el efecto deseado, el 17 de septiembre renovó por tercera vez sus peticiones la Santa Infancia y a la Propagación ((280)) de la Fe para obtener recursos en favor de sus misiones, acompañando la petición con una cop de la carta del Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Aneyros, en la que se ponderaban los méritos de los Salesianos en la República Argentina. Las respuestas fueron, como de costumbre, atentísimas en la forma y negativas en la sustancia. La Santa Infancia ayudaba únicamente a misioneros que atendieran a bautizar, rescatar y cuidar niños infieles y no socorría a misioneros nacientes, mientras no poseyesen residencias destinadas a aquellos tres fines; además, no admitía al derecho de asignaciones fijadas a nuevas misiones, sino cuando la Obra aumentase los medios que le hicieran posible extender la esfera de su beneficencia.
En esta carta encontramos una preciosa alusión al Director General, que se complacía de lo oído en el Congreso de Angers, sobre las «admirables Obras» del Beato. Aquel Congreso, celebrado poco antes, se había ocupado exclusivamente de instituciones obreras católicas Ernesto Harmel, hermano de León el bon père (buen padre) de Val des Bois, había leído en él un informe sobre la naturaleza y desarrollo d las escuelas profesionales fundadas por don Bosco. De este Congreso tenemos otro recuerdo. Un sacerdote de París, el abate Machiavelli, conocido en Francia por su apostolado social y su competencia en cuestiones obreras, incardinado entonces en la diócesis de Nancy, pedía al Oratorio, el año siguiente, informes detallados sobre la Obra de don Bosco, que, según decía, había oído alabar grandemente en el Congreso de Angers y de la que sólo conocía la existencia 2. Se le enviaron los números publicados hasta entonces del Boletín francés, qu había ((281)) hecho su primera aparición en abril de 1879 y, además
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 38 A-B.
2 Carta al P. Pozzan, administrador del Boletín, Nancy, 16 de abril de 1880. Decía el abate: «Yo no pido como reembolso de mis adelantos, mas que el envío de datos, explicándome, lo mejor posible, la obra de don Bosco, que he oído alabar muchísimo el año pasado,
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en Angers, en el Congreso de Obras obreras católicas, y de la cual sólo sé que existe y que es tan admirable, que yo quisiera conocerla bien». El contestaba a una carta de quien había pedido a aquella Curia el Añalejo diocesano para saber las direcciones de los curas, a quienes enviar el Bulletin Salésien. 244
de los otros temas tratados, había publicado los primeros trece capítulos de la Historia del Oratorio, escrita por don Juan Bonetti para el Boletín italiano.
La contestación de la Propagación de la Fe llegó más tarde, porque la petición del Beato había sido objeto de examen sucesivamente ant los dos Consejos centrales de Lyón y de París, pero volvió a presentarse la eterna dificultad reglamentaria, a saber, que la obra podía ayud solamente a las Misiones en pueblos infieles, es decir, no pertenecientes a Estados católicos y carentes de jerarquía ordinaria, siempre que estuvieran reconocidas como tales oficialmente por la Santa Sede, y regidas por determinados Superiores eclesiásticos. Sin embargo, los d documentos sirven para confirmar lo conocida y apreciada que ya era la Obra de don Bosco en Francia 1.
El cardenal Nina comunicaba a don Bosco el 21 de octubre un amable donativo del Padre Santo para las misiones: «No he dejado, escribía Su Eminencia, de referir al Padre Santo cuanto V. S. se dignaba exponerme en su apreciada carta del 16 del mes pasado y en la siguiente del 27, con relación a sus misioneros de Buenos Aires, y así mismo a los que pronto saldrán de Europa para el Paraguay. Su Santidad, apreciando en su justo valor las grandes ventajas, que acarrean los Misioneros de su benemérito Instituto, especialmente en aquellas lejanas regiones tan necesitadas de socorros espirituales, ha quedado vivamente satisfecho y, acogiendo favorablemente la petició de alguna ayuda material, para atender a los primeros gastos necesarios de la próxima expedición, se ha dignado entregar generosamente para tal fin la cantidad de mil liras. Al notificar a V. S. este rasgo de la Soberana benevolencia, le intereso vivamente apresurar lo más posible la deseada partida». El Siervo de Dios ((282)) comunicaba en la carta de Año Nuevo a los Cooperadores y Cooperadoras el ejempl de caridad del Papa y, al mostrarles su íntimo valor, manifestaba su propia gratitud de esta manera:
«Ante un rasgo de tan gran bondad del Padre Santo, nosotros nos preocuparemos de responder con fervor y oraciones diarias por su salu y por la prosperidad de la Santa Iglesia, de la que es Cabeza visible. Y como el dinero que llega a sus augustas manos va a parar adonde mayor es la necesidad de la Religión y de los fieles, nosotros nos apresuraremos a promover el Obolo de San Pedro, como algo que no podría tener un más santo destino» 2.
1 Véase: Apéndice, Doc. núm. 39.
2 Bolletino Salesiano, enero de 1880. 245
»Tenía, pues, don Bosco pensado hacer este año una expedición de Misioneros al Paraguay: Ya hemos indicado que ésta era realmente s intención 1. En efecto, el 3 de enero, correspondiendo gustosamente a los apremios que le habían hecho a este propósito, en nombre de Su Santidad, se había apresurado a asegurar al cardenal Nina que en el próximo octubre estarían preparados diez, entre sacerdotes y catequistas, y otras tantas hermanas para ir al Paraguay, donde se dedicarían a toda obra de caridad en aquellas poblaciones sumamente necesitadas de auxilios espirituales. Acercándose, pues, la fecha por él fijada y renovándose las insistencias del Delegado Apostólico, la Secretaría de Estado le solicitó, en el mes de septiembre, que preparase la expedición de los diez Misioneros, los cuales tendrían que detenerse en Buenos Aires, y no emprender viaje rumbo a Paraguay, hasta tomar los oportunos acuerdos con el Representante Pontificio, monseñor Angel Di Piero, Arzobispo de Nacianzo.
En cuanto a las Hermanas, se pensaba que para poderse colocar convenientemente desde su llegada, era necesario que las precedieran lo misioneros; y, por tanto, se suspendiese de momento la salida. Estas eran las instrucciones enviadas desde Roma, donde se confiaba que don Bosco estaría en condiciones de cumplir las promesas de enero, que habían resultado ((283)) del agrado del Papa 2. Pero habíanse presentado circunstancias imprevistas que cambiaban los planes del Beato, que escribía al cardenal Nina, Secretario de Estado, en estos términos:
Eminencia Rvma.:
Contestando a la respetabilísima carta de V. E. con fecha 10 del corriente mes, me apresuro a comunicarle lo siguiente.
Como ya había tenido el honor de manifestar a V. E., estaba determinado que dos de nuestros religiosos partiesen de Buenos Aires el día primero de agosto para hacerse cargo de la Parroquia de la ciudad de Asunción en Paraguay. Pocos días antes de su salida, no sé qué autoridad les aconsejó que la difirieran, en razón de la revolución que estalló en aquella república. No sé si las nuevas peticiones del Delegado Pontificio son de fecha reciente, o anteriores al 12 de agosto; de todos modos, escribo inmediatamente al Superior de nuestros
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misioneros, residentes en Buenos Aires, para que me informe de la situación y, si parece conveniente, salgan inmediatamente los dos religiosos mencionados, para que vayan a su destino y preparen cuanto hace falta para los que están destinados a la próxima expedición de Europa. Pero sería indispensable poder recurrir a alguna fuente de beneficencia para preparar el equipo personal,
1 Vease Vol. XIII, pág. 665.
2 Carta de monseñor Cretoni, prosubstituto en la Secretaría de Estado, 10 de septiembre de 1879. 246
que se eleva a una cantidad muy considerable, y para sufragar todos los demás gastos del viaje.
Para el 20 de este mes espero noticias de la República del Sur y probablemente del mismo Paraguay. Si fuere necesario daré al punto comunicación de todo a V. E.
Ruégole, mientras tanto, me permita el alto honor de poderme profesar con la más profunda veneración, de V. E.
Turín, 16 de septiembre de 1879
Su humilde servidor JUAN BOSCO, Pbro.
No encontramos que se hablara más acerca de Paraguay, ni entonces, ni hasta después de unos quince años. Enviamos a los lectores a lo que dijimos en el volumen anterior, acerca de las condiciones políticas de aquel país.
También el Obispo de Santo Domingo había recordado en mayo a don Bosco la promesa que le había hecho de enviarle a sus misioneros para marzo, según el deseo del Padre Santo 1.
((284)) -»Qué responder? preguntó don Juan Cagliero, después de leer a don Bosco la carta que le enviaba aquel Prelado.
-Responde de esta manera, le dijo don Bosco; y refiere la crónica: que estamos llenos de buena voluntad con respecto a V. E. y deseamo ir a ayudarle; pero que el Padre Santo mismo en el momento en que buscábamos la manera de reducir el personal de alguna casa para complacer a Su Excelencia, nos encomienda obligaciones más apremiantes; y, por este motivo, le rogamos, de momento, que tenga paciencia.
Y tampoco se renovaron las peticiones para Santo Domingo, sino pasados muchos años.
Esta necesidad de «reducir el personal de algunas casas» para abrir o proveer alguna otra, se> repetía de vez en cuando, aun sin tratar de las Misiones; y de ahí la queja expresada el 29 de abril por algunos Superiores, de que el escaso contingente de hermanos aumentaba excesivamente en las casas el trabajo de cada uno, con detrimento de la salud, tanto más que, en casi todas partes, los nuestros aceptaban predicaciones y servicios religiosos en otras iglesias. Don Bosco observó:
-Tenemos ya demasiadas cosas entre manos, sin ir a buscar más ocupaciones; tanto más cuanto que éstas distraen y hacen que el corazón se apegue a ciertas impresiones exteriores, que acaso halagan el
1 Véase: Vol. XIII, pág. 659. 247
amor propio, y se abandonan las nuestras. También en América están todos agobiados de trabajos extraordinarios por este motivo. Verdad es que todo tiene por fin la mayor gloria de Dios; pero, también es verdad que nosotros debemos tener como fin principal el cuidado de la juventud y no es buena toda ocupación, que nos aparte de este cuidado. Dejar que un colegio marche mal, por predicar y confesar en otra parte, no es buen método.
Cerramos el breve paréntesis, dejando Italia, y volviendo a hablar de nuestros misioneros de América.
El año 1879 señala una fecha histórica en los principios de las misiones salesianas de América; aquel año se tuvo el primer contacto con
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los indios de la Pampa y de la Patagonia, en tierras que, en su mayor parte, estaban todavía inexploradas. Fracasado el intento del año anterior ((285)) por mar, debido a la furiosa tempestad, que puso en peligro la vida de monseñor Espinosa y de don Santiago Costamagna, estos dos intrépidos adalides estudiaron otro itinerario por tierra. Favoreció su apostólico celo una feliz coyuntura, que debemos exponer.
Comenzaron en 1879 las expediciones regulares de exploración y de conquista que, en pocos años, iban a acabar para siempre con el dominio de los indígenas y harían posible la colonización y aprovechamiento de los inmensos territorios occidentales y meridionales, es decir, de la Pampa y de la Patagonia. La primera operación fue llevar la frontera de la República hasta el Río Negro, sometiendo o alejand de sus tierras a los indios y poniéndoles la barrera infranqueable del gran río, navegable, con su afluente Neuquén, desde el Océano hasta los Andes. Frente a ellos estaban veinticinco mil indios en estado salvaje, de los que sólo cuatro mil quinientos eran aptos para el combate pero desprovistos de armas modernas, inexpertos en estrategia militar y desconocedores de toda disciplina. El plan de la campaña había sid sancionado por ley, el 4 de octubre de 1878; el ejército de operaciones, compuesto por cuatro mil quinientos hombres, se puso en marcha e 16 de abril de 1879, repartido en cinco divisiones, bajo el mando supremo del general Roca, Ministro de la Guerra. Tres divisiones recorrieron el interior de las Pampas; una avanzó hasta su límite occidental y otra, más numerosa, bajó a hacer frente a Patagonia, donde acampaban cinco formidables caciques. Mientras el Gobierno se proponía, por entonces, únicamente limpiar y someter la zona comprendi entre el Río Negro y los Andes, es decir toda la Pampa y una pequeña parte de Patagonia septentrional, quedó conquistada indirectamente toda Patagonia, pues, en un segundo tiempo, 248
esta región pudo ser conquistada sin extraordinaria dificultad. Se creyó que los indígenas se concentrarían en el sur, por estar respaldados por los patagones; en cambio, huyeron atravesando los Andes hasta Chile, se rindieron o se dispersaron con intención de incorporarse entr los civilizados; muchísimos perdieron la vida, aun sin oponerse al avance ((286)) de las tropas. La marcha del ejército duró desde abril has julio de 1879; la campaña del Río Negro terminó en abril de 1881 con éxito completo.
Expediciones aisladas, sin un plan determinado, se habían hecho anteriormente, como ya hemos narrado 1. Durante aquellas ofensivas muchos indios habían caído muertos o fueron capturados y llevados a Buenos Aires y repartidos en calidad de esclavos entre las familias; por consiguiente, en los supervivientes reinaba un rencor, que hacía sobremanera difícil a los blancos acercarse a ellos. En la expedición general estaba lejos del pensamiento de los gobernantes el propósito de maltratar a los indígenas; por el contrario, el Ministro de la Guerra quiso también que se les atendiera en su bien espiritual. Por eso, al enterarse que se deseaba enviar misioneros a la Pampa, ofreció al Arzobispo sus servicios, prometiéndole atender y defender a sus enviados durante el largo y peligroso viaje. Monseñor Aneyros aceptó el ofrecimiento, recomendándole a su vicario general, monseñor Espinosa, y a dos salesianos, don Santiago Costamagna y el clérigo Luis Botta. El Ministro los nombró capellanes militares.
El miércoles después de Pascua, 16 de abril, junto con el comandante en jefe y muchos oficiales partieron los tres por ferrocarril de Buenos Aires hacia Azul, último rincón civilizado, tras el cual se extendía el interminable desierto pampero. En el momento de su partida Arzobispo ordenó que en todas las iglesias repicasen las campanas a fiesta. En Azul recibieron un caballo cada uno y un carro para todos, que les debía servir para el transporte de los objetos personales y los enseres del culto sagrado y ofrecer un abrigo de noche y un refugio contra la intemperie. Desde allí, tras ocho días de camino, llegaron a Carhué, punto de concentración y de división de las tropas.
Era Carhué una estación casi en el corazón de la Pampa y señalaba el límite occidental de la frontera argentina con el territorio de los indios. El pequeño altozano se reflejaba en un ((287)) magnífico lago de agua salada. Alrededor de un fortín se agrupaban unas cuarenta casas y en la periferia se divisaban diseminados los toldos, de dos tribus pacíficas, llamadas Eripaylá y Manuel Grande, por los nombres d
1 Véase Vol. XIII, pág. 146. 249
sus respectivos caciques. Don Santiago Costamagna, que se había adelantado en algunos días a sus compañeros, se entrevistó en seguida varias veces con aquellos indios, que habitaban a corta distancia. Los dos jefes le recibieron cordialmente; es más, el primero le hizo de intérprete. Con su consentimiento, reunió el misionero a los muchachos e intentó hacerles aprender a santiguarse y las verdades fundamentales de la fe. Cuando llegaron los compañeros, todos juntos pusieron con entusiasmo manos a la obra. Administraron el bautism a los niños indios y a los hijos de los cristianos, legalizaron matrimonios y prepararon para abrazar la fe al mismo hijo mayor del cacique Eripaylá. Mientras atendían incansables a tan agradable trabajo, el Ministro de la Guerra les pidió que le acompañaran hasta el Río Negro, hacia el cual iban a emprender la marcha dos mil hombres, sin ningún sacerdote y donde encontrarían todos los indios que quisiesen, precisamente en los confines septentrionales de Patagonia. Monseñor Espinosa pensó que convenía acceder a la invitación.
Fue un viaje de más de treinta días, a lomo de caballo y entre las. mayores incomodidades. La columna dispersó dos grandes grupos de indios, que creyeron poder impedirles el paso. En el gran día de Mar Auxiliadora, don Santiago Costamagna estaba ya a orillas del Río Negro, mientras los otros dos cabalgaban todavía por la zona que va desde el Río Colorado hasta este río. Desgraciadamente tuvieron que estremecerse muchas veces en silencio, sin poder protestar, ante las
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brutalidades de la soldadesca contra la vida de los indios. Se hizo una parada en Choele-Choel, en la margen izquierda del Río Negro, desd donde bajaron a Patagones, cerca de la desembocadura. Allí descansaron un poco. íTenían verdadera necesidad de ello! Después de tanto cabalgar, después de haber sufrido hambre, sed e insomnio y todas las calamidades, que acarrean la falta de alimento o la pésima condimentación, después de inauditos tormentos causados por un frío glacial, que helaba los huesos, sin el refugio de una choza o de una ((288)) cueva en las más frías horas de la noche (la última parte del viaje coincidía allí con el corazón del invierno), pudieron finalmente proporcionarse algún alivio, que reparase sus fuerzas y los repusiese en condición de trabajar.
Por el camino y en las paradas habían encontrado indios a quienes les habían hecho el mayor bien posible. Monseñor Espinosa escribió particularmente sobre la obra de don Santiago Costamagna en Choele-Choel 1: «El padre Costamagna, con su característico celo, comenzó
1 Carta a don Francisco Bodrato, Patagones, 16 de junio de 1879. 250
desde el primer día de su llegada a instruir a muchos indios adultos para que pudiesen recibir pronto el santo bautismo: y quedamos los tre muy compensados de nuestros trabajos y sufrimientos con las primicias que pudimos ofrecer a Dios en las majestuosas orillas del Río Negro. El primero de junio, fiesta de Pentecostés, asistido por los dos misioneros salesianos, en una hermosísima llanura y a cielo descubierto, celebré el santo sacrificio de la Misa. Asistía el General con todo su estado mayor y los batallones en orden de gran parada... íEra la primera vez que se inmolaba la Hostia de paz en aquellos desiertos; la primera vez que el estandarte de la Cruz bendecía aquellas tierras recorridas por el bárbaro e infeliz salvaje! Después de la santa misa, se cantó un solemne Te Deum, se tomó posesión de las tierras patagónicas y se bautizaron sesenta indios, que fueron incorporados al ejército. El 2 de junio, don Santiago Costamagna bautizó otros veintidós indiecitos, tres niños de familias cristianas y catorce indias adultas. El 4 de junio bautizó a otros nueve indios, que el día 2 no estaban todavía bien preparados. Al día siguiente, después de haber hecho el ministro con parte de las tropas una exploración del Neuquén partimos para Patagones... El 21 de junio llegamos finalmente a Patagones, donde se dio enseguida comienzo a la santa misión, con misa cantada y sermón del padre Costamagna. Esperamos abundante fruto. Acabada esta misión, volveremos a penetrar en el desierto ((289)) y catequizar con más comodidad a tantos pobres indios, que esperan del misionero su bienestar espiritual y material».
Es útil conocer este lugar estratégico de las futuras misiones salesianas. Patagones tenía casi un siglo de vida con una población de cuatr mil habitantes, emplazada a ambas márgenes del Río Negro, a unos cincuenta kilómetros del Atlántico. La orilla izquierda del río tomó el nombre de Carmen de Patagones, por la Virgen del Carmen, cuya imagen habían arrebatado los Patagones a los Brasileños en un combate naval; la orilla derecha se llamaba Mercedes de la Patagonia, por encontrarse en los confines de este territorio. Aquí encontraron al padre Sabino, paúl, su compañero de infortunio en el naufragio de 1878, y además a un tal Antonio Calamaro, sacristán, natural de Voltri, y antiguo alumno de Lanzo; el 23 de junio se puso éste a cantar un himno onomástico en honor de don Bosco, aprendido por él catorce años antes.
Los misioneros estuvieron de regreso en Buenos Aires a fines de julio. La narración de lo que, con la ayuda de Dios, habían hecho en tre meses y medio de misión, entusiasmó tanto al Arzobispo que el 5 251
de agosto escribió una larga carta a don Bosco 1, que comenzaba con estas palabras: «Ha llegado finalmente la hora en que le puedo ofrec la misión de la Patagonia, que tan de corazón deseaba, y también la parroquia de Patagones, que puede servir de centro para la misión». Descritas después las misérrimas condiciones de aquella pobre gente y mencionada la propaganda protestante, seguía diciendo: «Me dirijo usted con la más viva solicitud de que es capaz el corazón de un Prelado, y le suplico, por las misericordiosas entrañas de Nuestro Señor Jesucristo, que se apresure a venir en mi ayuda para socorrer a tantas pobres almas abandonadas... La casa central de los misioneros se podría establecer en Carmen ((290)) de Patagones o en Mercedes de la Patagonia y, desde este centro, organizar las misiones en los pueblos..., así como también salir de aquí para toda la Patagonia, donde millares de infieles viven todavía en las tinieblas de la idolatría... E Gobierno insiste con ardor para que mande allá pronto misioneros y me ha prometido obtener de las Cámaras una considerable cantidad para subsidio, mayor que la que se concede ahora anualmente, y comenzará a hacerse efectiva a partir del primero de enero de 1880... Uste se formará fácilmente una idea de la ansiedad con que estoy aguardando su contestación... Mi corazón se ensancha con la esperanza de que no me abandonará en tan apremiantes circunstancias y aceptará al instante y con alegría el encargo de esta misión tan necesaria para la gloria de Dios y la salvación de tantas almas, que ahora se encuentran completamente abandonadas por la falta de misioneros. Estoy convencido de que don Juan Cagliero, que conoce estas regiones y sabe por experiencia sus urgentes necesidades, me ayudará en es santa y laboriosa empresa. He quedado satisfechísimo de las buenas noticias recibidas sobre la mejoría de su vista. Ruego fervorosamente Señor que tenga a bien conservar perfecta y larga la salud de usted a quien tanto necesitamos».
Monseñor incluía la copia de una carta para el señor Eduardo Calvari, agente de la emigración en Génova, para que interpusiera sus buenos servicios para conseguir a los misioneros salesianos el pasaje gratuito hasta Buenos Aires. Parece que contemporáneamente el Gobierno argentino confió a don Bosco el encargo oficial de evangelizar la Patagonia, prometiéndole valiosos auxilios. Esta correspondencia le llegó el 5 de septiembre a Lanzo, durante una tanda de ejercicios
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1 La publicó traducida el Bollettino Salesiano de noviembre de 1879. Esta misma carta, traducida al francés, es la que fue enviada a las obras de la Santa Infancia y de la Propagación de la Fe, junto con las dos peticiones de don Bosco. 252 espirituales. Don Julio Barberis entró en la habitación de don Bosco, cuando acababa de leer estas noticias y lo encontró «muy alegre», escribe aquél, y añade que, después de habérselas comunicado exclamó:
-»Quién sabe adónde iremos a parar? 1.
((291)) El Señor consolaba de esta manera a don Bosco, afligido entonces por gravísimos disgustos, como saben perfectamente los lectores. De su alegría es vivo testimonio la siguiente carta a don Santiago Costamagna:
Mi querido Costamagna:
Demos gracias a Dios. Tu misión ha salido bien, no te aconteció ninguna desgracia.
En otra carta, dame cuenta detallada del recibimiento, vivienda, vestidos, palabras de los caciques, con los que has tratado.
Ahora trata seriamente con don Francisco Bodrato y con el Arzobispo sobre la apertura de una casa central para las Hermanas y para los Salesianos en Patagones. »No es igualmente necesaria una en Carhué? Si hace falta, buscaré el personal, y todos a una buscaremos los medios materiales.
Mi vista va bastante bien, demos gracias al Señor. Un saludo cariñosísimo para don Daniel, don José Vespignani, don Evasio Rabagliati y todos los demás hermanos y alumnos. »Tienes noticias del señor Gazzolo? »No sufrió monseñor Espinosa?
Tus cartas son impresas y leídas en todas partes. »Qué hace, cómo está mi querido don Juan Allavena? »Con un apetito indescriptible? S escribes una sobre el Río Negro y otra sobre el Río Colorado, serán leídas también con sumo gusto.
Que Dios te bendiga, querido Costamagna; haga Dios que nos podamos querer, ayudar con las oraciones en tierra, y encontrarnos despué un día todos juntos con Jesús en el cielo.
Este otoño hemos hecho un envío de cera a Buenos Aires. Se desea saber si ha llegado y si, por el precio, conviene seguir haciendo estos envíos.
La gracia de N. S. J. C. sea siempre con nosotros. Amén.
Turín, 31 de agosto de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Ante tan efusivo autógrafo de su buen Padre, don Santiago Costamagna quedó embelesado y al contestar dio rienda suelta a los afectos d su corazón: «Usted se ha dignado enviarme una cartita toda de su puño y letra. Una carta de don Bosco en estos tiempos es para nosotros, sus pobres hijos salesianos americanos, algo que hace época. íAh! »Quién puede imaginar lo que se siente en el corazón al ver la letra de
1 Libretita de pocas páginas escritas, titulada: Croniquita Ejercicios Lanzo 1879. 253
nuestro queridísimo Padre: Ciertamente que no experimentaba mayor júbilo Timoteo, cuando recibía cartas de San Pablo, su amado Padre en ((292)) Jesucristo. íFigúrese, querido don Bosco! íCuando nosotros leemos en el Boletín Salesiano los principios de la Congregación Salesiana y las primeras hazañas de nuestro Patriarca 1, se nos saltan las lágrimas, pensando que aún vive y que nosotros somos sus hijos! »Qué no será recibir ahora una carta de sus manos, ver su letra y oírle como si hablara nuestro corazón con el mismo afecto con que un día nos arrebataba al mundo, sin que nos diéramos cuenta siquiera, y nos encerraba en su querida viña Salesiana para trabajar sólo por el Señor?».
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Y como don Bosco le había pedido más noticias de los indios, don Santiago Costamagna, de momento, salía del paso enviándole una colección de fotografías, en las que se veía a los indios catequizados y bautizados a orillas del Río Negro por él y por monseñor Espinosa. Una apostilla sumaria ilustraba los detalles que necesitaban explicación 2. Al año siguiente, un documento oficial 3 precisaba que en el curso de aquella misión se habían celebrado doscientos veintitrés bautismos de niños pertenecientes a familias indígenas y cristianas y ciento dos de adultos indígenas.
El cardenal Desprez, Arzobispo de Tolosa, examinaba un día con vivo interés en el mapa del globo, colocado en su escritorio, las divers regiones del mundo, pensando en lo que había hecho la Iglesia para evangelizarlas. Detuvo su atención en la Patagonia y en la Tierra del Fuego y reflexionaba con dolor lo poco que aquellas partes extremas del nuevo continente habían sido favorecidas; ya que sólo un pequeñ número de misioneros había visitado con escaso o ningún éxito las regiones patagónicas, y ninguno había penetrado todavía en la Tierra d Fuego. Condolíase de esto, cuando llególe el Boletín francés y leyó en él que los salesianos emprendían aquellas misiones. Muy entusiasmado ((293)) exclamó:
-íQué dichoso me siento de que le haya tocado a don Bosco cumplir materialmente la profecía: In omnem terram exivit son us eorum et fines orbis terrae verba eorum!
1 Don Juan Bonetti iba publicando entonces aquellos capítulos, que después, extractados y reunidos en un tomo, vinieron a ser los Cinco primeros lustros de la Historia del Oratorio de San Francisco de Sales.
2 Bolletino Salesiano, enero de 1880.
3 Certificado redactado por el secretario general del Arzobispado, Francisco Arrachez, para la Curia de Buenos Aires, 5 de noviembre de 1880. 254
Así decía unos años después el mismo Cardenal a don Bosco en presencia de don Pablo Albera.
Al mes siguiente envió don Bosco otra hermosa cartita a don Domingo Tomatis, a quien acababa de ser confiada la dirección del colegio de San Nicolás. El primer Director, don José Fagnano, atacado gravemente de fiebres tifoideas y con recaída, había tenido que trasladarse Buenos Aires y, como veremos, no volvió más a su colegio, sino que salió para las misiones de Patagonia.
Mi querido Tomatis:
He estado siempre al día sobre la marcha del colegio de San Nicolás; al presente, parece que quiere correr una nueva aventura bajo tu dirección. Bien está. Animo. Depositamos en ti plena confianza y esperanza. Te pongo aquí algunos de los avisos, que siempre doy a los Directores y procura servirte de ellos.
1) Cuida mucho tu salud y la de tus súbditos; pero procura que ninguno trabaje demasiado y que ninguno esté ocioso.
2) Procura preceder a los demás en la piedad y en la observancia de nuestras reglas; e indústriate para que las observen todos, especialmente la meditación, la visita al Santísimo Sacramento, la confesión semanal, la misa bien celebrada y la frecuente comunión para los que no son sacerdotes.
3) Heroísmo en soportar las debilidades de los otros.
4) Mucha benevolencia con los alumnos, mucha comodidad y libertad para confesarse.
Dios te bendiga, querido Tomatis, y contigo a todos nuestros hermanos a nuestros hijos, al amigo Ceccarelli, a quien debo carta y a todo os conceda salud y la gracia de una santa vida. A todos un cordialísimo saludo.
Reza por mí, que siempre seré tuyo en J. C.
Alassio, 30 de septiembre de 1879.
Afmo. amigo
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JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Por esta carta, verás que mis ojos están mucho mejor. ((294)) Es evidente, en los primeros renglones, la alusión a una decadencia de aquel colegio. En efecto, los alumnos habían disminuido. Causa principal de la disminución se creyó haber sido la llegada allí de los parientes del Director, que eran pobres y se presentaban como tales; de ahí se comenzó a correr la voz de que también el Director, lo mismo que los demás, había ido a aquellas tierras para ganar dinero enriquecer a los suyos; y esta sospecha, en frase de don Juan Cagliero, bastaba allí para que un sacerdote no pudiera hacer ningún bien. Huelga decir que el Director actuó con la más sincera sencillez e interés de la misma casa, es decir, para disponer de personas de confianza 255
para los diversos trabajos, pero, en este mundo, la rectitud de intención no salva a quien no hace las cosas con cierta dosis de prudencia. A año siguiente, el colegio recobró vida, mientras don José Fagnano desplegaba su actividad en un campo en el que solamente él podía actua con tanta eficacia.
Antes de que terminase el año, quiso don Bosco que todos los suyos participaran de su misma alegría, por habérseles abierto las puertas de la misión patagónica a los Salesianos y, al mismo tiempo, hizo una llamada a la solidaridad común para que nada faltara al feliz comienzo de la empresa. Don Miguel Rúa, encargado de hacerse intérprete de estos sentimientos del Siervo de Dios, escribió el 18 de diciembre a los alumnos: «Las puertas de la Patagonia están abiertas para los Salesianos (...); el Señor quiere confiarnos esta importante misión, como nos lo dan a conocer tantas circunstancias; las últimas cartas llegadas de América nos anuncian que, en Patagones y en las colonias de aquellas tierras, se espera mucho de los Salesianos. Como es fácil ver, se puede muy bien repetir lo que decía nuestro Divino Salvador, que la mies amarillea y no espera más que vaya a segarla el labrador. Pero aquí precisamente está la dificultad, en encontrar el personal, puesto que son ya muchas las empresas, que llevamos entre manos. Convendrá, por tanto, cumplir el consejo que el mismo Divin Salvador daba a los Apóstoles: Rogate ergo, Dominum messis, ut mittat operaríos in messem suam, ((295)) (pedid, pues al Señor de la mie que envíe operarios a su mies). Por eso, nuestro querido Superior, don Bosco, ordena que, tan pronto como se reciba la presente, se comience también en esa casa a rezar todos los días un Pater Ave y Gloria hasta final del mes de enero, para obtener que el Señor se digne hacernos conocer los Salesianos que El destina a aquella misión y tenga a bien infundir en estos hermanos los sentimientos de celo, carida y ardor necesarios para tan bella empresa y, entre tanto, se digne también proveernos con abundancia de otro personal, que supla a los que deben ir allá».
El día primero de Año Nuevo, don Bosco participó la alegre noticia a los Cooperadores y Cooperadoras en su circular ya citada. «Pero e campo más glorioso, escribía, que en estos momentos presenta la divina Providencia a vuestra caridad, es la Patagonia. En aquellas última regiones del globo no pudieron hasta ahora penetrar los Operarios del Evangelio para anunciar la fe de Jesucristo. Ahora parece que ha llegado el tiempo de misericordia para aquellos salvajes. Monseñor Aneyros, Arzobispo de Buenos Aires, de acuerdo con el Gobierno argentino, nos invita formalmente a cuidarnos de los Patagones, y 256
yo, lleno de confianza en Dios y en vuestra caridad, he aceptado la ardua empresa. Ya se hicieron las primeras pruebas y fueron instruidos en la fe unos quinientos; regenerados a la gracia con el santo bautismo, ahora forman parte del rebaño de Cristo. Partiendo de las orillas de Río Negro hacía el sur, por aquellos vastísimos desiertos, se encuentran seis colonias, a manera de aldeas, distantes una de otra varios días de camino, en las que ya se han comenzado las relaciones comerciales y ensayos agrícolas. En marzo irán los Salesianos y, al mismo tiemp
o algo más tarde, nuestras Hermanas, para establecer casas y escuelas en aquellas tierras. Allí estará el centro, de donde esperamos, con la ayuda de Dios, que saldrán más adelante los obreros evangélicos con el fin de penetrar en los vastos desiertos y en las desconocidas regiones de la Patagonia». Circunstancias imprevistas, que narraremos en su lugar, obligaron al Inspector, don Francisco Bodrato, a anticipar la marcha de los misioneros a Patagones.
((296)) Al mencionar hace poco los disgustos de don Bosco, suavizados con las consoladoras noticias patagónicas, no entendíamos referirnos únicamente al cierre de las escuelas, a la cuestión de Chieri, y al asunto de la judía, sino también a la guerra que le declararon, acusándole de haber procurado una deserción, enviando a América a un joven para librarlo del servicio militar. Con los misioneros de la cuarta expedición había salido en 1878 el clérigo Miguel Foglino, que justamente entonces cumplía sus veinte años, pues había nacido en diciembre de 1858 y, como prófugo, fue condenado en rebeldía a un año de reclusión militar. Un tal Atanasio Torello, natural, como Foglino, de Nizza Monferrato, y estudiante en la Universidad de Turín, el cual sin aquella fuga habría quedado libre del servicio militar, acusó a don Bosco de haber obligado a Foglino a expatriarse; o mejor, no acusó, sino que más bi fue instrumento de acusación al servicio de cierta prensa. La primera piedra fue lanzada por un rabioso anticlerical, el abogado Giustina,
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que en su semanario 1 escribió un artículo titulado Sempre a don Bosco, insinuando la cosa y amenazando con llevar al Siervo de Dios a l tribunales. En el número del sábado siguiente 2, se repitió la amenaza de esta forma: «En el próximo número, comenzaremos a informar a autoridad sobre la fuga de Foglino de Italia, y cómo éste se encuentra actualmente en un colegio del abate Juan Bosco. Demostraremos,
1 Cronaca dei Tribunali, núm. 42, de 18 de octubre de 1879.
2 L. C., núm. 43, de 25 de octubre de 1879. 257
incluso con una carta auténtica, un montón de cositas, que en nombre de la moralidad pública nos vemos obligados a decir».
Le devolvió la pelota el católico Corriere di Torino 1 que, con clara alusión a la reciente campaña judía movida desde Nizza, llamó al diario adversario «periódico de Turín, que veía solamente la luz del sábado» y proclamó a don Bosco «demasiado grande para temer semejantes ataques y para necesitar defensa».
((297)) El semanario sabatino mantuvo la palabra. En efecto, en su número del primero de noviembre, presentó la acusación, invitando a abogado fiscal a poner en claro los hechos; pero se introducía con un preámbulo exorbitante, donde la falta de serenidad está compensada para nosotros con la inconsciente revelación de manejos ocultos que nos explican ésta y otras cosas parecidas.
Decía así: «Nizza Monferrato, si hay quién lo ignora todavía, es el oppidum, la fortaleza del ejército de don Bosco. Allí curas, allí monja allí numerosas hijas de familia y todos creyentes en el poder milagroso del abate Bosco, al que se da por anticipado el título de santo... Do Bosco está apoyado, además, por los nobles, que le hacen la corte. Y la que manda es cierta señora condesa, que es el ojo derecho de don Bosco. La juventud querría sacudir este yugo y levantar la bandera de la rebelión; más, í ay! no tiene fuerza suficiente para oponerse a la falange de santurrones, que apuntalan firmemente el partido clerical».
Venía a continuación una digresión sobre el asunto de Bedarida, y después contaba: «Foglino, tejedor, hijo de gente pobre, fue recibido por el abate Bosco en uno de sus colegios. Allí, imbuido en los principios del catolicismo, ofuscado por toda clase de supersticiones, Foglino acabó por ser, como suele decirse, un salesiano. Llegó la hora del reclutamiento. Y Foglino fue a Nizza Monferrato para el sorteo militar. Su número quedó entre los declarados útiles para el servicio militar y Foglino debía presentarse como soldado. Al anuncio de este suceso, no se sabe a ciencia cierta y positivamente lo que en la congregación salesiana se dijo o se hizo. Se conoce un hecho sobre cuya realidad no falta el testimonio jurado. Mientras Foglino se encontraba en Nizza Monferrato le incitaron para que fuese a Turín a ver a don Bosco. Y Foglino decía: Y veui nem andé a Turín, perchè a veulo feme andé an América 2. Se sabe que don ((298)) Bosco tiene en Améri institutos para la propagación de la fe y de misiones apostólicas. Se
1 Núm. 246, de 30 de octubre de 1879.
2 No quiero ir a Turín, porque quieren hacerme ir a América. 258
sabe que hoy los misioneros no aumentan y que difícilmente se encuentra quien quiera ir al otro hemisferio por la propagación de la fe. Do Bosco necesita jóvenes... y el resto piénsenlo ustedes, señores.Junten los dos hechos, deduzcan las consecuencias y tendrán el vislumbre d la verdad».
La primera conjetura de la verdad es, por el contrario, muy distinta. Foglino ingresó en el Oratorio en noviembre de 1871; las incitacione para que fuera a Turín eran las invitaciones, que le hicieron en las vacaciones de 1875 para inscribirse en la sociedad, junto con muchos de sus condiscípulos, lo cual demuestra el buen concepto en que era tenido aquel año. Se había hablado mucho en el Oratorio de Misiones, porque había mucha animación con los preparativos de la primera expedición. Dudando si tenía que tomar la sotana clerical en Turín o en seminario de Acqui, el joven profirió las palabras mencionadas, que sólo tienen el valor que entonces podían tener. Una segunda conjetura es que entonces, como hoy, no se mandaba a nadie a tierras lejanas, sin que él hiciera petición formal por escrito. Y es un tercer vislumbre que, del 1875 al 1878, corrieron tres años, en los cuales Foglino tuvo comodidad para ver, pensar y decidir. Cum essem parvulus loquebar ut parvulus, sapiebam ut parvulus, cogitabam ut parvulus 1. Pero el engaño del periódico aparece en que con la frase ambigua «en el tiemp que Foglino se encontraba en Nizza Monferrato» se daba a entender a los lectores que Foglino había hablado así después del sorteo militar es decir, cuando ya llevaba tres años de clérigo y había emitido los votos religiosos.
El periódico del abogado Scala 2 replicó al día siguiente con un suelto humorístico. La polémica periodística se reanudó el 22 y el 23 de noviembre. La Cronaca daba largas al asunto; ((299)) pero, de su andarse por las ramas, surgen los puntos útiles, no tanto para la crónica d momento, cuanto para la historia. El primero es una aclaración, descubriendo claramente de dónde partía la guerra y el motor de la misma.
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«Foglino, se leía, al escapar ha llevado a la ruina a un buen estudiante nuestro, al señor Atanasio Torello, que ha de suspender sus estudios para cubrir el puesto dejado vacío por el prófugo Foglino». Y, después de una serie de preguntas retóricas a las autoridades de po qué no se movían, el articulista levantaba una mampara que ocultaba
1 SAN PABLO, I Cor., XIII, 11: Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño.
2 Corriere di Torino, núm. 272 del 2 de noviembre de 1879. 259
a los ojos de los lectores el verdadero autor de tanto ardor belicoso. «Nadie más que nosotros, se afirmaba en él, venera en don Bosco al hombre filántropo, pero nadie tampoco ama más el respeto a la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Por la segunda, sacrificamos con gusto toda simpatía, todo respeto, toda amistad, incluso los afecto de la familia» .
Contra esta oratoria moralista a lo Catón, ofreciósele a su antagonista una buena ocasión para descargar un golpe maestro. La Cronaca había tomado, en un artículo anterior, la actitud de quien se dispone a derribar un dragón, que no tardaría en aparecer. El Corriere del 23 d noviembre escribía: «Esperábamos con viva curiosidad al famoso dragón de la Cronaca dei Tribunali. Pero íqué desilusión! El dragón es sencillamente pequeño como un murciélago; por mucho que porfíe en hincharse, siempre quedará hecho un ruin murciélago. íQue vea el pobrecito de no tener el fin de la rana de Esopo! Se nos dice después que ese murciélago conoce a don Bosco, porque... ha probado su pan Es un hecho cierto que, entre tantos pajaritos a los que don Bosco ha proporcionado y proporciona nido y pan, pudo encontrarse también algún murciélago..., que se cree dragón. Pero don Bosco no dejará ciertamente el cuidado afectuoso de los pajaritos para ocuparse de los murciélagos».
Efectivamente, el director de la Cronaca había sido alumno interno en el colegio de Lanzo y de Varazze. Arrastrado por la política y caíd en poder de las sectas, se mostró iconoclasta, hasta aproximarse el ocaso de su vida. Herido, pues, por el articulito ((300)) del Corriere, intentó poner remedio con una carta, cuya publicación impuso por ley y en la que decía haber sido ciertamente alumno de don Bosco en lo mencionados colegios «por voluntad de sus padres», pero haber también abonado en ellas «el importe de la pensión de primera clase». Verdaderamente un poco de gratitud hubiera sido una paga mucho mejor; pero permitió la Providencia que don Bosco probara la amargura de sufrir semejantes vejámenes por iniciativa de uno de sus antiguos alumnos 1. Y sirva esto de consuelo a los educadores, que no saben resignarse ante la ingratitud de alguno de los que recibieron de
1 Giustina, en el ocaso de su vida, reconoció sus yerros. Por otra parte, había profesado siempre gran aprecio de su profesor don Pedro Guidazio. Recordaba con gusto a otros superiores suyos; en efecto, cuando se enteraba de que monseñor Costamagna o monseñor Fagnano estaban en Turín, iba a visitarlos. Le cerró los ojos don Juan Bautista Lemoyne. Es verdad que fue incinerado; pero la cosa sucedió involuntariamente, porque él olvidó retirar su nombre de la sociedad de cremación. 260
ellos el don de la educación. Tampoco don Bosco se vio libre de semejante tribulación.
La prensa calló durante tres meses, es decir, hasta el 28 de febrero de 1880; aquel día, con aires de triunfo notificaba la Cronaca a los lectores cuanto sigue: «Don Bosco en los Tribunales. Recordarán todavía los lectores el hecho aquel del soldado Foglino, de Nizza Monferrato, el cual, fugado cuando el sorteo para el servicio militar de la Alta Italia, se encuentra hoy en Buenos Aires como sacerdote apostólico de un conocido cura de Turín. Recordarán los lectores la polémica que entabló con este motivo la Cronaca con el Corriere di Torino. Ahora la autoridad judicial está procediendo contra el abate Juan Bosco por la acusación de haber facilitado, más aún, haber procurado a Foglino los medios de la efectuada deserción. Hablaremos de ello a su debido tiempo». A pesar de tantas ganas de volver a hablar, no respiró hasta el 12 de junio. Señal evidente de que las rimbombantes denuncias no eran tomadas en serio por nadie.
Del 12 de junio al 10 de julio hubo entre los dos diarios en liza un intercambio de ataques y réplicas, de los que sólo vale la pena recoge dos afirmaciones; una, según la cual, don Bosco fue absuelto ((301)) por «falta de pruebas», por consiguiente, no por inexistencia de delito lo cual es poco menos que una condenación; y la otra, según la cual «esto sucedió porque no todos los testigos que hubieran podido aclara la causa, fueron interrogados».
Con respecto a los testigos no interrogados, nos resulta doblemente preciosa una noticia, que nos proporciona la gaceta 1: «Nosotros fuimos interrogados sólo en plan de aclaración, pero hemos demostrado que otros testigos habrían podido iluminar mejor la conciencia de juez». Aquí, pues, se acusa con extremada ligereza a la autoridad judicial de haber descuidado su deber en cosa bastante grave en su cargo pero más que nada se debe creer que el señor Giustina, puesto finalmente en condición de presentar el material probatorio, que se jactaba d
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poseer, no haya escatimado su propia contribución al esclarecimiento de la justicia. Pero debió repetirse el caso de Parturiunt montes, exit ridiculus mus, (paren los montes y sale un ridículo ratoncillo); en efecto, los elementos por él aducidos e ilustrados con su elocuencia, dejaron indiferente a quien recibía la declaración.
Pero más indisculpable era afirmar que don Bosco había sido absuelto por falta de pruebas. Esta manera de expresarse equivalía a decir que había habido, cuando menos, el inicio de un proceso penal,
1 Cronaca dei Tribunali, sábado, 10 de julio de 1880. 261
a cargo de don Bosco; y así lo entendieron ciertamente los lectores, pues es demasiado preciso el valor de la fórmula jurídica empleada. Ahora, nosotros hemos podido hacer con toda la necesaria comodidad, diligerites investigaciones en los archivos del juzgado de paz de Nizza, y al mismo tiempo que encontramos indicio de lagunas en los documentos, no topamos ni con la más ligera traza de haberse incoad proceso de ninguna clase. Sabemos, en cambio, por otra fuente, que se hicieron pesquisas de policía, como suelen hacerse cuando se difunden siniestras voces de crímenes ocultos; pero, después de los interrogatorios del padre con las consabidas amenazas para intimidar, s corrió el telón, et hic finis (y en eso quedó la cosa) 1. Sin duda, no podía agradar al autor o a ((302)) los autores de tanto ruido que todo acabara de este modo en una pompa de jabón; nos explicamos, pues, las ganas de ocultar el chasco, incluso desnaturalizando los hechos.
Una cosa daba apariencia de verdad a las afirmaciones de Giustina y era leer en sus artículos ciertos detalles que manifestaban en él un conocimiento preciso de la vida íntima, que se desarrollaba en el interior del Oratorio. Pues bien, la historia de este episodio no estaría completa, si no añadiésemos una palabra acerca de uno de sus informadores. Hacía tres años que vivía en el Oratorio un tal Ferraro, físico, naturalista y fotógrafo, siempre ocupado en experimentos sin resultado alguno, pero que costaban mucho dinero a los Superiores. Por fin, nuestro hombre despertó sospechas sobre su condición y fue puesto de patitas en la calle y entonces se descubrió que estaba afiliado a la masonería y con un grado elevado. El era el informador del periodista. Arcades ambo! (íDe la misma camarilla ambos a dos!)
Sería ingenuo preguntar si don Bosco sabía o no que Foglino desertaba. Está fuera de toda duda que la determinación heroica de preferir el destierro al peligro de perder la vocación venía exclusivamente del clérigo; no menos cierto es que don Bosco dejaba hacer libremente. Pero »quién no sabe qué clase de ley era la que condenaba al cuartel a los alumnos destinados a la casa de Dios? El hecho es que, a sesenta años de distancia, aquella ley ha sido reexaminada y corregida valientemente por quien gobierna a Italia, de acuerdo con la Autoridad eclesiástica, que la había condenado.
Si nos hemos extendido un tanto sobre este episodio, buenas razones nos han inducido a ello. Ante todo, había que librar a don Bosco de la odiosa sospecha de violencia moral con daño de uno de sus súbditos. Además de esto, pertenece a la biografía de don Bosco todo
1 Carta de don Juan Bautista Lemoyne a don Bosco, Nizza (sin fecha). 262
lo que fue para él causa de sufrimiento. Pero hay más. Profesores no titulados, violación de la libertad de conciencia, desprecio de una ley del Estado, no fueron más que pretextos sectarios para mantener viva la guerra contra don Bosco y contra lo que ((303)) representaba su nombre. Ya hemos referido en varios lugares testimonios escapados a los agresores en el furor del combate; aquí debemos atesorar todavía otros dos:
Giustina dirigía también un periódico bisemanal ilustrado, el Novelista popular, en cuyo número del 11 de enero de 1880 publicó una semblanza de don Bosco llena de necedades, con un dibujo que lo representaba de mala manera. Para nosotros el punto interesante es éste «Juan Bosco, fiel al pontífice, ha seguido su política y dedica todos sus esfuerzos a formar una numerosa prole sacerdotal, un ejército de antiliberales, de siervos de la Iglesia y de enemigos de Italia. No pisoteó la caridad, es cierto, pero la tergiversó y la hizo servir de instrumento con miras de partido. Don Bosco, que ha llegado a ser milagrosamente grande y prodigiosamente poderoso, es el ojo derecho del Vaticano, el inspirador del partido católico, el educador de los nuevos libertadores fieles al lema de: íViva el Papa Rey! íViva Roma papal! Por consiguiente, ningún honesto liberal puede desaprobar al Gobierno cuando busca, hasta donde puede, limitar el área de acción d este hombre, que, si no hubiese rehusado más de una vez el capelo cardenalicio, sería, si lo hubiese querido, por ingenio y actividad, uno d los más famosos y astutos padres generales de la «cofradía» de Jesús. El prefiere, no por afán de lucro, ni por gloria de las masas, los principios reaccionarios del catecismo político de la Iglesia, adornado y embellecido con la apariencia del oro de la caridad».
Hablando después de la juventud por él educada, dice que ésta «no conoce la patria, no respeta al rey, ni las leyes, huye para no servir a propio país con las armas, se esconde dentro de una sotana de cura para conspirar contra la libertad y contra la grandeza de Roma, capital Italia». Con mayor violencia se lanzó contra él en su Cronaca de 10 de julio: «Nadie más que nosotros reconoce los beneficios del hombre útil a nuestro país. Pero cuando este hombre, que hace tantos beneficios, infiltra en el corazón ((304)) de la juventud los principios, que so
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el puntal del papismo, las bombas de Orsini, destinadas a hacer saltar por los aires algún día el santo templo de nuestra libertad, íah! entonces, olvidando los beneficios, no tenemos delante de nosotros más que a un enemigo que hace un escudo de la beneficencia, para combatir por el Papa, para destruir lo que nuestros padres han construido y consolidado con tantos sacrificios en firme unión» . 263
Retórica ampulosa de aquellos tiempos que, sin embargo, nos descubre qué se pensaba y maquinaba en reuniones clandestinas de políticos de café, donde se inculcaban los destinos de una Italia sin Dios.
El Beato don Bosco podía muy bien hacer suyas las palabras de san Pablo, cuando se le presentó una gran oportunidad de ganar almas para Jesucristo en Efeso: Ostium mihi apertum est magnum et evidens, et adversarii multi 1. Mientras el Cielo le abría las puertas de Patagonia, mostrada ya en «sueños» como su campo de conquistas evangélicas, el infierno suscitaba contra él hostilidades de todo género para inutilizarlo. Pero él, a ejemplo del Apóstol, no sólo no se acobardó, sino que consideró como señal de encontrarse en el buen camino, el verse tan contrariado.
1 I Cor., XVI, 9. Se me ha abierto una puerta grande y prometedora y los enemigos son muchos. 264 ((305))
CAPITULO XII
CASAS QUE NO SE ABRIERON Y CASAS QUE SE CERRARON EN 1879
LLEGARONLE a don Bosco muchas mas propuestas que las que vamos a referir, para abrir nuevas casas; pero, las vicisitudes que corrió material de archivo, ocasionaron pérdidas de documentos y, ademas en muchos casos, no se entablaron verdaderas negociaciones. Así, pue a la luz de los testimonios que nos han quedado, iremos estudiando también en esta parte la actividad de don Bosco durante el agitado año 1879. A las casas, de cuya fundación se trató, pero que no se realizó, seguirán otras, que las circunstancias aconsejaron cerrar para emplea más útilmente el personal en otra parte.
Adelantamos una observación de tipo general, que será preciso tener presente para no errar al juzgar la conducta del Beato. En las negociaciones suspendidas pueden distinguirse, las más de las veces, tres momentos. Primeramente, don Bosco ve con buenos ojos las propuestas, con verdadera intención de aceptar, si no surgen obstáculos infranqueables; por lo cual, los que las ofrecen abren el corazón a esperanza. Vienen, después, las negociaciones formales, llevadas por la otra parte con entusiasmo y por parte de don Bosco sin precipitación; pero, en el curso de éstas, asoman dificultades, ocultas a sabiendas, o no suficientemente advertidas por los interesados. Se llega, por fin, al punto más delicado cuando hay que escribir la dura palabra: íImposible!
((306)) Ordinariamente las dificultades más serias son de tal naturaleza que la conveniencia prohíbe decir la verdad desnuda y, entonces, se alega la falta de personal a causa de circunstancias imprevistas o se aducen otras razones menos evidentes y, en consecuencia, aparecen embarazo y el apuro por un lado y la desilusión, el consuelo y la amargura por el otro. El arte de calmar los disgustos, que de ello procedían, estaba en los buenos modos empleados o inspirados por don Bosco. 265
MODENA
Comenzaremos por Módena, la primera ciudad donde los Cooperadores tomaron espontáneamente la iniciativa de preparar y celebrar un conferencia salesiana 1. Una comisión promotora de las obras de don Bosco en Módena, decía en una invitación repartida en 1894, que hacía tiempo que todos los buenos deseaban la fundación de un instituto salesiano en Módena. íSí, por cierto! Y de tiempo mucho más remoto que el que se figuraban aquellos buenos amigos. En efecto, la primera idea se remontaba al 21 de marzo de 1875. Don Bosco, huésped del conde Tarabini 2, informado de la extrema necesidad que allí se sentía de abrir un oratorio festivo para poner dique a la inmoralidad de los hijos del pueblo, declaró que no rehusaría atender aun personalmente a aquellos ciudadanos, cuando se pudiese poner manos a una obra tan benéfica. Desgraciadamente escaseaban los medios económicos; pero la vista del mal, que progresaba entre la clase humilde de la sociedad, indujo al conde, en enero de 1877, a preguntar al Beato si juzgaba oportuno emprender alguna obra 3. La respuest fue favorable, pero dilatoria. En 1879, año de la ((307)) conferencia, algunos celosos cooperadores eclesiásticos y seglares atendían un oratorio festivo, según el método de don Bosco y deseaban poderlo entregar cuanto antes a los salesianos. Pero el Beato, los animó a segui porque él tenía por entonces demasiada carne en el asador.
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Para otro asunto le acosaba con sus ruegos el Arzobispo de Módena, monseñor José Guidelli, Quería éste que el Siervo de Dios le ayuda a restablecer el colegio episcopal o seminario menor de Finale Emilia, cerrado desde hacía siete años. Don Bosco se declaró dispuesto a servirlo, pero pidió tiempo. Monseñor insistía en 1879 con cartas cada vez más apremiantes, aduciendo que la necesidad urgía; por lo cual don Bosco, previendo que no podía contentarlo tan pronto, le contestó, por un intermediario en junio, que los malos tratos de las autoridades estatales le impedía cu plir su buen deseo con la solicitud que se le pedía. Sólo en 1913, dieciséis años después de la
1 Véase más atrás, págs. 99-100.
2 El conde Fernando Tarabini, que había sido Consejero de Estado y Ministro del Duque de Módena, había conocido a don Bosco en Roma en 1867, en casa del conde Vimercati, la tarde del 13 de enero. Escribe el conde en su diario sobre el Beato: «Era un continuo ir y venir de personas». De entonces en adelante, don Bosco, en sus paradas en Módena, acudía con toda confianza a su hospitalidad, señal evidente de que entre ellos, no había habido la vulgar e indiferente relación de un simple encuentro en Roma. El noble señor se sentía muy honrado al recibirlo en su casa, como se echa de ver por las notas del referido diario.
3 Carta a don Bosco, Módena, 2 de enero de 1877. 266
inauguración del instituto de San José en Módena, el segundo sucesor de don Bosco envió a los Salesianos a dirigir el seminario menor de Finale, que se dedicó a María Auxiliadora.
ISILI
En 1879 recibió don Bosco la primera invitación de Cerdeña para una fundación. Su nombre ya era bastante conocido en la isla, especialmente por su libros, por las Lecturas Católicas y recientemente por el Boletín Salesiano. Nos lo prueba el hecho de que hubo en la población de Ales cinco estudiantes que le rogaron los inscribiera como Cooperadores salesianos, prometiendo cumplir cualquier obra espiritual que les fuera mandada, y ofreciendo enviar al fin del año su aportación, fruto de sus ahorrillos sobre los escasos medios de que disponían; pedían, además, encarecidamente, que les enviase a cada uno el órgano de la asociación 1. La idea de llamar a don Bosco ((308 a Cerdeña fue obra del padre jesuita Porqueddu, natural de Genoni, que propagaba con celo la devoción a María Auxiliadora y, cuando encontraba jóvenes de buena voluntad, los recomendaba a don Bosco, el cual recibió algunos de éstos, como aprendices o como hijos de María; don Francisco Atzeni entre otros. Preocupado por la creciente escasez de vocaciones eclesiásticas, estimulaba, desde hacía varios años, a los Obispos para que procurasen que don Bosco abriese uno o más colegios en la isla, ayudándole para este fin; pero los pobres Obispos, aunque llenos de buena voluntad, tenían que luchar contra tales apuros económicos que se les caía el alma a los pies ante una empresa, cuya importancia desconocían, por desgracia, hasta muchos eclesiásticos. Viendo que sus esfuerzos resultaban inútiles por este lado que, sin embargo, le parecía el más seguro, dirigióse a los seglares, persuadido de que, al correr del tiempo, irían detrás también los eclesiásticos; puesto que, entre éstos, los había animados de buenas intenciones y provistos de medios, que gastarían gustosos en una obra tan santa.
Acababa de lanzar la idea, cuando encontró un señor, que prometía mucho sin desear más que conocer las exigencias de don Bosco para la fundación de un colegio, un seminario menor o un oratorio, donde se diese buena educación a los muchachos, haciéndoles aprender
1 He aquí los nombres de aquellos buenos jóvenes: Juan Bautista Tomasi, Antonio Cannas, Juan Scalas, Félix Matta y Luis Cossu. 267
desde pequeños la vida de sacrificio «cosa casi desconocida aquí», escribía el Padre, de forma que, con la gracia de Dios, se encendiese fácilmente en su corazón el vivo deseo de consagrarse a Dios y ser dignos ministros suyos. Esperaba, pues, de don Bosco una respuesta pa saber a qué atenerse. Don Bosco entregó la carta a don Juan Cagliero, escribiendo sobre ella: «Conviene hablar pronto del asunto en reunió capitular». Se determinó contestarle que, por el momento, era imposible, pero que se diera maña entre tanto para proveer los medios necesarios, que serían «una casa y un pedazo de pan». Replicó el Padre, rogando que le explicase más claramente lo del pedazo de pan. La segunda respuesta no fue muy alentadora con respecto a la ejecución del plan. Pero, ((309)) parece que aquel religioso no era hombre, que se resignara a parar a medio camino, y, más aún, tratándose de cosas del servicio de Dios. En efecto, logró encontrar la casa, a saber: un colegio abandonado por los padres Escolapios y vuelto por derecho al ayuntamiento de Isili, que, habiéndoselo dado a condición de que fuese lugar de educación e instrucción, había reivindicado para sí el edificio y la renta, después de la salida de los religiosos. El ayuntamiento ofrecía, pues, a don Bosco el edificio con una asignación de dos mil liras, más algún otro recurso. «No me diga, escribía el Padre a don Bosco 1, que no tiene personal; busque, rebusque, revuelva, acepte y envíe algunos a toda costa. íOh, cuánto bien!, íOh, qué estupenda Patagonia!».
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El ofrecimiento había sido hecho únicamente por vía oficiosa. En el consejo municipal presentó la propuesta el concejal Juan Zedda, por encargo del concejal y diputado de Isili, Pedro Ghiani Mameli, que había hablado probablemente con el Beato en Roma, e informó a sus colegas de que «cierto sacerdote, un tal don Bosco del continente, había pensado abrir en Cerdeña un colegio de enseñanza media y técnic y, si se quería, también elemental, con tal de que el ayuntamiento proporcionara local y una asignación anual de cuatro mil liras». El alcalde, Antioco Porceddu, apoyó la propuesta, concluyendo con estas palabras: «Basta saber que es un proyecto de don Bosco, a quien conozco muy bien, para aceptarlo». El Consejo municipal, tras breve discusión, acogió favorablemente y de buen grado la propuesta, y deliberó, por unanimidad, que se iniciasen las oportunas negociaciones. Tres semanas después, lo aprobó la diputación provincial 2. En un carta de 24 de mayo, el padre jesuita insistía: «Por amor
1 Carta: Genoni, 29 de abril de 1879.
2 Actas de 29 de abril de 1879, con añadiduras posteriores. 268
de Dios, querido don Bosco, haga lo imposible para que este asunto salga bien; lo necesitamos más que los pobres patagones, pues no hay en toda Cerdeña un colegio, ni un seminario, donde podamos educar a un muchacho con esperanza fundada de buen resultado».
((310)) El Beato tomó en consideración la cuestión, reservándose atenderla cuando circunstancias favorables le permitiesen actuar. En Isili, aguardaron cinco meses con esta promesa, después renovó el alcalde la instancia. Don Bosco, por medio de don Celestino Durando, encargado de las gestiones para la aceptación de casas, agradeció el 21 de noviembre a los señores concejales tantas demostraciones de confianza; les dijo que de muy buena gana ya habría efectuado el envío, si la extrema penuria de personal docente lo hubiese permitido; qu esperasen todavía y que, lo que no se podía hacer entonces, se llevaría a buen término más adelante, y, para comenzar, rogó le notificaran distancia de la estación ferroviaria más próxima a Isili, la capacidad del edificio, y si había patio y jardín anejos. El alcalde dio los informe pedidos.
El curso escolar ya había reemprendido su marcha y no había prisa para llevar adelante el asunto. Pero, el 22 de abril, viendo el alcalde que no llegaba ninguna comunicación, rogó encarecidamente a don Bosco, en nombre del municipio, que enviase a Isili un representante suyo para examinar y tratar la cuestión; el ayuntamiento se encargaría de sufragar los gastos del viaje. Transcurrieron así dos años; renovó durante este lapso de tiempo la representación del municipio y el nuevo alcalde, Antonio Cicaló, haciéndose intérprete de los sentimientos de todos los vecinos, reemprendió las gestiones, instando para que se acelerase la apertura del deseado colegio 1. Pero el momento no era propicio; y así, ya no se habló de Isili hasta después de la fundación del colegio de Lanusei, cabecera del distrito. Parecerá que la indecisió de don Bosco, no obstante las promesas a medias, se prolongó excesivamente; pero conviene saber que en el colegio de los Escolapios se habían instalado las oficinas municipales y gubernativas, y allí estaban los interesados muy a su gusto; no convenía, pues, a don Bosco evidentemente que sus Salesianos se presentaran allí con aire de quien iba a desalojar a los empleados y a otros inquilinos.
1 Carta, Isili, 13 de diciembre de 1882. 269
((311)) PISOGNE
Un voluminoso legajo encierra la documentación completa de unas gestiones, que se refieren a Pisogne y se extienden de 1878 a 1886, pero culminan en 1879. Pisogne es una población de la diócesis y provincia de Brescia, a la entrada del «Valle Camónica», en la orilla oriental del lago de Iseo. Existía en aquel lugar un colegio, fundado en 1822 por el sacerdote Jaime Mercanti, cuyo nombre llevaba y que prosperó hasta 1865 con escuelas elementales y de bachillerato. Después decayó, por deficiencias en la dirección y trastornos políticos. Como la obra de don Bosco, ya era muy conocida y también admirada por aquella región, el Obispo, monseñor Santiago Corna Pellegrini, natural de Pisogne, pensó en él para volver a levantar las condiciones del pobre instituto. «En esta provincia de Brescia, a pesar de su extensión y religiosidad, le escribía, no hay ni un colegio renombrado, que esté a la altura de las necesidades de los tiempos. Un colegio, bajo los auspicios y dirección de usted, hará un gran bien» 1. Don Bosco mandó contestar que no era posible por aquel año y que esperase «para otro».
El colegio estaba reconocido como ente moral y administrado por el ayuntamiento; por lo cual fue comunicada la noticia a la junta, la cu la recibió agradecida y se puso en relación directa con don Bosco, considerando, sin más, que se podía contar confiadamente con las «eminentes cualidades civiles y morales», que le hacían «ilustre y benemérito ante la sociedad». Lo primero que se pretendía era que el bachillerato fuera reconocido oficialmente, aunque no ignoraban que comportaría grandes sacrificios devolver al colegio su antiguo esplendor; pero todo lo esperaban aquellos buenos señores «de la conocida filantropía» de don Bosco 2. Don Bosco ordenó responder que reconocimiento suponía muchos gastos y que bastaba para el fin deseado el reconocimiento ((312)) de la autoridad escolar y desarrollar la
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enseñanza de acuerdo con los programas oficiales del Estado.
Pero otras campanas repicaban de distinto modo. Se le indicó a don Bosco el peligro de que, engañado por falsas relaciones, fuera a caer en un «avispero de dificultades, de gastos y disgustos». Ulteriores comunicaciones de la junta municipal confirmaron indirectamente estas noticias confidenciales; en efecto, decíase que, admitida en principio la fundación, era menester fijar los detalles, que serían «muchos
1 Carta, Pisogne, 8 de octubre de 1878.
2 Carta de la junta, Pisogne, 15 de noviembre de 1878. 270
y variados» 1 y, por consiguiente, difíciles de concretar por correspondencia epistolar. Por lo cual, se nombró una comisión de los miembros, uno de ellos el hermano del Obispo, con encargo de tratar personalmente y de viva voz. Desde Rovato, otros nuevos informadores, que querían una escuela profesional en su pueblo, echaban pestes de Pisogne, por ser un lugar de calenturas y nido de discordias, con un ayuntamiento responsable de la ruina del colegio Mercanti. Había, además, a poca distancia un colegio en Lóvere, que obligaba a reflexionar; es más, la dirección de éste, alarmada y temiendo la competencia, se ofrecía espontáneamente a hacer del colegio Mercanti un centro filial del suyo.
Los dos ayuntamientos, aunque colindantes, pertenecían a provincias diversas, pues Lóvere dependía de Bérgamo. Por añadidura, el inspector escolar, alegando informes llegados de Turín, intrigaba de acuerdo con los liberales del pueblo, para hacer fracasar el plan; se atrevió incluso a escribir cartas difamatorias contra don Bosco al ayuntamiento, cuyo alcalde, no permitió se leyeran en el consejo.
El 3 de abril don Juan Cagliero y don Celestino Durando, al regresar de su viaje por Italia, se detuvieron en Brescia, como huéspedes de Obispo, en cuyo palacio recibieron a los dos enviados. Dijeron entre otras cosas que no tenían buenos informes sobre las condiciones higiénicas locales, circunstancia muy perjudicial para el incremento ((313)) del colegio y declararon que, para el próximo curso escolar, dada la momentánea deficiencia de personal docente por causas de compromisos anteriores, no podía don Bosco obligarse a la apertura de colegio de Pisogne. Oyeron las calurosas insistencias del Obispo y de los dos enviados, pero, como no estaban ellos autorizados para concluir nada y sí sólo para informarse, se remitieron a lo que determinara don Bosco, después de la relación que ellos hicieran.
La respuesta de Turín fue que, aunque en principio se aprobaba la aceptación, no era posible proceder a la apertura para el inminente curso escolar. Entonces el consejo municipal, de acuerdo con el acta de sus enviados, determinó que se pidiera a don Bosco, de momento, una sola persona a quien confiar en seguida la dirección. Pero, en Turín se creyó mejor no acceder. Se fue después elaborando un contrato como el que se había concertado con el ayuntamiento de Randazzo, como veremos en el capítulo siguiente. Llegóse así a 1881, y acudió a Turín una comisión delegada por la junta para conferenciar con don Bosco y con él se estableció que un Salesiano, acompañado
1 Carta, 2 de enero de 1879. 271
de un técnico, iría a Pisogne, para visitar el edificio, observar los alrededores y juzgar qué se habría de hacer. La junta se creyó obligada a dar las gracias a don Bosco por la cortesía y deferencia, con que habían sido recibidos y tratados en el Oratorio sus representantes. Pero la visita no se hizo. Las objeciones puestas al contrato de Randazzo justificaron el temor de serias dificultades y graves obstáculos para el porvenir. Por eso, don Bosco, de paso por Florencia, ordenó a don Miguel Rúa que escribiera diciendo que tenía intención de liberarse de todo compromiso y que desistía de las negociaciones. Hubo después cuatro nuevas tentativas de 1892 a 1905, pero sin éxito. Verdad es qu el colegio de Lóvere, por haber pasado a manos de seglares, ya no podía hacer sombra, pero quedaba siempre la excesiva ingerencia del ayuntamiento, que había atado las manos del Director.
((314)) MONTEROTONDO
Estando en Roma don Bosco recibió, a principios del año, la visita del canónigo Gerardo Procacci, párroco de San Hilario en Monterotondo, y le prometió enviar allí a don José Daghero, que estaba en Magliano, para que viera el local, que se quería confiar a los salesianos para dirigir las escuelas elementales del ayuntamiento y abrir unos cursos de bachillerato. Los príncipes Boncompagni, de acuerdo con el Eminentísimo Bilio, que era el Obispo, y con el ayuntamiento, convencidos también de hacer algo agradable a muchos padres de familia, deseaban la llegada de los hijos de don Bosco a aquella población; al príncipe padre le gustaba presentarse como gran amigo del Siervo de Dios. Don José Daghero fue, vio e informó; su relación fue favorable por todo concepto. Inmediatamente tomó el alcalde cartas en el asunto, con el propósito de despedir a los maestros seglares, según derecho que tenía, y sustituirlos por los religiosos; Hugo Boncompagni hijo, presidente del círculo de la juventud católica del lugar, se asoció a él para rogar a don Bosco que procediera sin
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tardanza 1.
Don Celestino Durando contestó en nombre del Siervo de Dios que, por entonces no se podía, pero daba «buenas esperanzas para otro año».
-Déjese enhorabuena para otro tiempo, replicaron; pero átense en seguida los cabos del contrato, entre otras razones porque, aproximándose
1 Carta, Foligno, 20 de mayo de 1879. 272
las elecciones, se corre el riesgo de no tener un consejo municipal formado por elementos sanos como al presente.
Desde Turín se prometió hacer lo posible; pero se evitó, con toda intención y cuidado, toda frase, que se prestara a ser interpretada como comprometedora. Este lenguaje fue considerado como una cortés negativa, y ya no se volvió a tratar del asunto.
En 1911 Boncompagni hijo, a la sazón sacerdote y prelado, volvió a hacer la propuesta a don Pablo Albera, el cual, por falta de personal declinó la invitación. Caer en manos de ayuntamientos, máxime en pequeños centros, donde los partidos andan a la greña por fruslerías y s calumnian con daño de terceros, podía ((315)) ser fuente de continuos disgustos. No se había dejado de prever que se podía correr esta suerte, cuando el Beato dijo al mencionado canónigo:
-Si la relación de don José Daghero es favorable, asunto concluido; pero depende de su información.
Tampoco don José Daghero, en su larga relación, dejó de traslucir haber olido el inconveniente.
ACIREALE
Monseñor Gerlando María Genuardi fue el primer Obispo de Sicilia que trató con don Bosco para tener a a los salesianos en su ciudad episcopal. Pidiéndole perdón por su larga y obstinada insistencia, le escribía 1: «»Qué quiere que yo haga, apreciable señor, si Dios me tiene realmente metido en la cabeza un pensamiento, a saber, que la pobre juventud de esta ciudad y diócesis debe tener salud y vida a través del Oratorio de San Francisco de Sales?».
Había ya apoyado con toda su autoridad la petición para Randazzo, lugar de su diócesis; pero en la cumbre de sus pensamientos, ponía s Acireale. El planeaba volver a abrir el colegio San Martín, atendido en otro tiempo por eclesiásticos, y después cerrado, y había hecho que el edificio fuera cedido a don Bosco para su uso, mediante un reducidísimo alquiler.
«A este propósito, seguía diciendo Monseñor, usted comprende perfectamente cuánto se alegró mi pobre corazón con tan bella esperanza y, por esto, sin dilación alguna la comunico a usted y la encomiendo a su corazón, a su celo, a sus oraciones bajo la luz suavísima y poderosa del Corazón de Jesús. En estos días haré una novena con
1 Carta, Acireale, 26 de octubre de 1878. 273
este fin. Usted, después, resuelva y escríbame. Pero, dado caso que quisiera usted consolarme plantando la primera tienda de su familia en Sicilia en esta ciudad, sería indispensable su venida aquí, donde a cada hora y cada día encontrará, junto con mi pobre corazón, abierto mi pequeño palacio episcopal».
Don Bosco no fue, pero mandó a sus dos enviados don Juan Cagliero y don Celestino Durando. Estos, en su peregrinación, ((316)) al desembarcar en Sicilia, se dirigieron a Acireale, donde visitaron el edificio y lo encontraron magnífico y apto para colegio. Después Monseñor, en la visita ad límina, alargó el viaje hasta Valdocco, únicamente para tratar el asunto con el Beato. De aquellas gestiones sólo nos ha llegado un detalle. El ayuntamiento de Acireale ya concedía al colegio San Martín un subsidio anual de dos mil liras; pues bien, el Obispo había obtenido que el ayuntamiento se aviniese a concederlo de nuevo cuando vinieran los Salesianos; es más, esperaba que esta cantidad se duplicaría, si don Bosco estableciera en el colegio también el liceo. Pero convenía que don Bosco comunicara oficialmente sus intenciones y enviase una instancia para el mencionado subsidio. Don Bosco envió al alcalde la carta siguiente 1.
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Ilustrísimo Señor:
Una persona distinguida de esa ciudad, que vino a visitar este Oratorio de San Francisco de Sales, me ha manifestado el deseo que los propietarios del que fue Colegio de San Martín, a una con esa población, desean ver abierto otra vez, por medio de mis sacerdotes, aquel Colegio para la educación e instrucción de la juventud con un curso completo de enseñanza secundaria.
Pues bien, deseando por cuanto está de mi parte, corresponder, en un lapso de tiempo más o menos lejano, a tan honrosa invitación y habiéndoseme dado a conocer que V. S. junto con esa respetable junta municipal, con el fin de facilitar la dicha reapertura, no recusarían contribuir con alguna asignación anual a título de subsidio, a cargo de la caja municipal, antes de que yo pueda comprometerme definitivamente, le agradecería si V. S. de una manera categórica quisiese proporcionarme ((317)) algunos
1 Monseñor había enviado anteriormente a don Bosco un borrador para la carta al alcalde, en estos términos: «Cuando algunos sacerdote Salesianos pasaron por esa Ciudad para establecer un centro de educación en ese Distrito, muchos padres de familia les rogaron asintiesen su vivo deseo de establecer en Acireale un colegio suyo; pues bien, queriendo yo secundar sus justos deseos, sabiendo también que el Ayuntamiento concedía a un Colegio de esta categoría ya cerrado (el colegio de San Martín) un subsidio anual de dos mil liras, para los cursos de bachillerato y que estaría dispuesto a elevarlo hasta cuatro mil liras, si se añadían los cursos de liceo, pregunto a ese Ayuntamiento si está dispuesto a ayudarme con dicho subsidio, asegurándole que pondré interés para cumplir, para el curso escolar 1880-81, con el establecimiento del colegio, el deseo, que para la instrucción y educación de sus hijos nos han manifestado esos padres de familia». (Carta, 28 de mayo de 1879). 274 detalles acerca de las intenciones de ese respetable Ayuntamiento en orden a la mencionada contribución.
Tengo el honor de poderme profesar, con la más distinguida estimación,
De V. S. Ilma.
Turín, 30 de junio de 1879.
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
El consejo municipal aprobó que se concediera la subvención anual de cuatro mil liras para cuando los Salesianos abriesen en Acireale e bachillerato superior reconocido. Esta última condición debió sonar mal a los oídos de don Bosco; mas, por fortuna ya no hubo que seguir las diligencias, porque las cosas tomaron otro sesgo. Debió contribuir a que el obispo cambiara de plan, el haberse corrido por la ciudad la noticia de que el colegio de San Miguel, dirigido desde hacía poco tiempo por los Padres Filipenses, marchaba muy bien. Monseñor, pues estaba preparando otro plan para el año 1880. Su diócesis, creada por Pío IX en 1872, no había podido tener un seminario, porque no habí sido reconocida todavía por el Gobierno. Reconocida, por fin, en 1880, Su Excelencia pensó en seguida en el seminario y, de pleno acuerd con su cabildo, rogó don Bosco que tuviera a bien aceptar su dirección; que debería comenzarse con los cursos elementales y de bachillerato, pero de una forma seglar, como seminario-colegio, o colegio episcopal. Don Bosco no en entablar gestiones para este nuevo plan, dejando el anterior.
Ante todo expresó el deseo de tomar como base el convenio de Magliano, manifestando su intención de que en el reglamento se estableciera que los alumnos habrían de vestir la sotana durante los servicios religiosos y en las funciones públicas. Al cabildo le gustó, po lo que la comisión conciliar del seminario lo tuvo presente al redactar el proyecto del plan a concertar. Pero, acabado el proyecto prelimina resultó un plan, que distaba mucho de ser lo que esperaban el Beato y su Capítulo. Se estableció una correspondencia muy activa ((318)) entre el Obispo y don Bosco hasta julio de 1881; el canónigo Miguel Méndola canciller de la Curia, y el secretario del Obispo, reverendo La Spina, emprendieron viaje a Turín para aclarar ideas y obviar dificultades 1. Pero, a pesar de la buena voluntad de ambas partes, y recíprocamente
1 Eran portadores de una carta del Obispo a don Bosco, que comenzaba con estas palabras: Charitas Chiristi urget te! El Beato, junto al signo autográfico de admiración escribió: Et D. Rúa, y pasó la carta a don Miguel Rúa, para que la presentase al Capítulo Superior. 275
reconocida, el Capítulo Superior no dio su voto favorable, porque no vio la situación bastante clara y totalmente exenta de desagradables
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sorpresas para el porvenir 1. Esto causó una gran pena al Obispo; pero era un prelado de gran virtud y siguió queriendo a don Bosco y a su sucesores, y nunca dejó de alegrarse por haber abierto en su diócesis, con el colegio de Randazzo, las puertas de Sicilia a la Congregación.
CATANIA
Verdaderamente Catania se adelantó a Acireale en un año para pedir a don Bosco que enviase a los Salesianos; pero no mediaron verdaderas gestiones. Había muchos cooperadores entré su clero. El sacerdote Rosario Riccioli, rector del seminario, dio entonces algún paso; es más, con motivo de ir a Turín, los sacerdotes Contessa y Scavone, de Agira, los autorizó para hablar de ello con don Bosco. El Beato se limitó a aconsejarles que se pusieran de acuerdo con el Arzobispo, monseñor Dusmet. Al año siguiente, dio otro paso el canónigo Cesáreo, que escribió al Siervo de Dios: «Muy decidido, no sólo yo, sino también algún otro eclesiástico, a destinar a este fin (el de establecer en Catania un internado para aprendices pobres) algunas de nuestras fincas y, después de madurar hace ya algún tiempo esta nuestra resolución, deseamos ver convertido en realidad este asunto, mientras tengamos vida, y en un momento en que el enemigo del género humano trabaja por descristianizar ((319)) a la pobre juventud» 2.
Pero ahí quedó todo, en la ciudad destinada a convertirse en el centro de la amplia y fecunda actividad de los hijos de don Bosco en la is del sol. Para no omitir nada, añadiremos que monseñor Guttadauro, obispo de Caltanissetta, acariciaba en 1877 para su sede la idea de un orfanato femenino bajo la dirección de las Hijas de María Auxiliadora; pero también esto no pasó de piadoso deseo.
ROMA
Tampoco en 1879 había sonado la tan deseada hora para una fundación en Roma. Se anunciaban, como preparadas allí para mayo,
1 Véase: Apéndice, doc. 40.
2 Carta, Catania, 22 de mayo de 1878. 276
hasta dos casas. Una junto a la iglesia de los Cuatro Santos, que sería un pequeño internado para aprendices y llevaría el título de la Sagrad Familia; y otra, en el Trastíber, que sería una escuela profesional, según quería el Papa. Pidióse, por tanto, un sacerdote hábil, que fuera en seguida para dirigir la instalación de la primera y hacer las gestiones para ambas. Se aseguraba que ya se había recogido el dinero suficient para proporcionar lo más necesario a la primera; y que el Papa se encargaría de todos los gastos de la segunda. Tales eran los informes de monseñor Jacobini 1, que fueron recibidos y celebrados por los Superiores como un rasgo especial de la divina Providencia. Don José Monateri, Director de Albano, fue encargado de las gestiones y se le advirtió que oyera, viera e informase, mas sin dar seguridades de ninguna clase. «Este año, le escribía don Julio Barberis en nombre de don Bosco, ya hemos apalabrado otras casas, pero no hay que dejar escapar éstas de Roma, pues necesitamos tener un centro en Roma».
El informe de don José Monateri no se hizo esperar; pero las noticias no era las que se deseaban. Las ideas de los romanos eran, en todo por todo, diversas a las de don Bosco. Se quería que una Comisión concentrara ((320)) todo en sus manos e interviniera incluso la administración interna, de forma que los salesianos quedaran reducidos a la condición de humildes servidores. Aquella Comisión, ya perfectamente preparada y organizada entregó a don José Monateri un esquema de las normas, que se pensaban imponer. Don José Monate declaró a aquellos señores que el Capítulo Salesiano jamás aprobaría semejantes condiciones y les sugirió en su lugar un proyecto, en el qu parecíale que podrían convenir ambas partes; pero era como hablar a sordos, por lo que tuvo que enviar a Turín el inexorable esquema. El Capítulo apoyó plenamente el proyecto de don José Monateri y rechazó unánimemente el otro. El efecto fue el que se esperaba; el silencio el olvido lo cubrió todo.
En Roma no se había dicho todavía la última palabra con respecto al Hospicio de San Miguel 2. El príncipe Gabrielli, presidente de la comisión estatal que lo gobernaba, invitó formalmente a don Bosco en el mes de junio a aceptar la dirección total moral y disciplinar del instituto, diciendo que consideraría como título de gloria si, a pesar del clamor callejero, lograse durante su presidencia dejarlo en tan buenas manos. Hemos visto ya el deplorable decaimiento en que había caído una institución en la que los Papas habían prodigado
1 Carta de don Bosco, Roma, 4 de mayo de 1879.
2 Véase más atrás, en la pág. 71. 277
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dinero y atenciones. La mayor dificultad, que don Bosco ponía para la aceptación, era la falta de autonomía. El Príncipe, que había hecho posible y lo imposible para eliminar esta dificultad, aseguraba ahora que, en lo referente a la disciplina, se dejaría a los Salesianos completamente libres e independientes. Don Bosco contestó que aceptaba en principio y que los Salesianos se sentían muy honrados por tanta confianza como se ponía en ellos. He aquí, a este propósito, las ideas de don Bosco, tal y como se leen en el borrador de la respuesta al Príncipe 1.
((321)) Excelentísimo señor Príncipe Gabrielli:
Algunos quehaceres de los días pasados me impidieron tener el gusto de contestar rápidamente a su respetable carta del 4 del corriente mes de junio.
Empiezo por rendir humildemente gracias a V. E. y a toda la administración del Hospicio de San Miguel, que se dignó dirigirse a la Pía Sociedad de San Francisco de Sales para el servicio de este glorioso Instituto.
Yo quisiera que esa respetable administración alcanzase su fin y que, por mi parte, estuviese también en condiciones de cumplir sus deseos. Convendrá, pues, que me explique la parte más esencial de su carta, a saber: Confiar la dirección de los jóvenes y su inmediata dependencia y vigilancia.
Estas bases son muy aceptables en principio y yo entiendo traducirlas a la práctica en este sentido:
1.° La administración ejerce su autoridad en todo lo que se refiere a finanzas, personal correspondiente, compras, ventas, construcciones reparaciones y demás cosas de esta clase.
2.° El sacerdote Bosco proporcionará Director, Ecónomo, Prefectos, Portero, Jefes de taller, Maestros de escuela y el servicio que fuera necesario para asegurar la disciplina, la moralidad y el aprendizaje profesional de los alumnos. Y, para este personal, se establecerá un sueldo razonable individual o una cantidad global.
3.° La administración proporcionará una cantidad diaria o mensual, en razón del número de alumnos que tiene intención de aceptar en el Instituto.
4.° El Director del internado es responsable de todo lo que se refiere al Instituto y recibe a los alumnos según las condiciones, que establezca la administración.
El mismo Director está dispuesto a conservar en su respectivo cargo a las actuales personas de servicio y a los jefes de taller, según determine la administración, atendiendo al mérito y a la conveniencia.
De este modo la administración tendría todas las ventajas económicas que desea, conservaría intacto el fin del Instituto y ejercería su plena autoridad, mientras la Sociedad Salesiana podría, a su vez, poner en práctica todos los medios que le son indispensables, para alcanz su fin. En nuestras casas se sigue un sistema disciplinar muy especial, que llamamos preventivo, con el que nunca se acude al castigo o a l amenaza. Los modos benévolos, la razón, la amabilidad y una vigilancia muy particular
1 A pesar de las minuciosas y diligentes pesquisas hechas en Roma, no fue posible encontrar la carta enviada al Príncipe. Las muchas correcciones, hechas por el Beato en el esquema que tenemos, nos permite creer que contiene el texto definitivo.
son los únicos medios empleados para obtener la disciplina y la moralidad entre los alumnos, como V. E. habrá podido deducir del Reglamento de la casa de Turín, que sirve también para todas nuestras casas de Italia, Francia y América.
Sería para mí muy agradable que V. E. o cualquiera de los señores Administradores, de paso por Turín, nos honrase con una visita a este ((322)) nuestro Hospicio y advirtiese todo lo que habría que quitar o añadir para aplicar su Reglamento al de San Miguel.
He expuesto aquí brevemente algunos de mis pensamientos; pero como es preciso tratar de este asunto posteriormente, podrá dar orden para que me escriban y yo encargaré a algún amigo del Gobierno Civil de Roma o del Ministerio de Gobernación que, como conocedores nuestras cosas, podrán facilitar las aclaraciones pedidas e incluso tratar en mi nombre.
Pido a Dios que le guarde con buena salud y créame con el mayor aprecio,
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De V.E.
Su atto. y s. s.
El Príncipe, lleno de muy buenos deseos, pidió nuevas aclaraciones. Don Bosco desarrolló más ampliamente su pensamiento y, dado que don Celestino Durando se encontraba en Roma por la cuestión de las escuelas de bachillerato del Oratorio, le encargó que tratara personalmente con él.
Excelencia:
He demorado un poco la contestación a la respetable carta de V. E.; aguardaba a que mi proyecto estuviese algo más desarrollado prácticamente, como lo podrá ver en la hoja adjunta 1. El profesor Durando, sacerdote de esta comunidad, está en Roma, donde permanecerá algunos días y se hospeda, según costumbre, en Torre de'Specchi. Queda encargado de tratar todo lo relacionado con nuestro asunto y, si le fija una hora, se presentará a la menor indicación.
Podría también hablar de ello con el caballero Carosio, que está bastante bien informado de nuestras cosas.
Creo haberme explicado bastante bien, sin sobrepasar los límites, que V. E. me había indicado. Si tiene observaciones que hacer, las recibiré de buen grado.
El punto fundamental está en que podamos desarrollar libremente nuestro sistema de educación. En todo lo demás, no tendremos dificultades.
Pido a Dios le guarde con buena salud, al tiempo que me encomiendo a sus valiosas oraciones y me profeso,
DeV. E.
Turín, 23 de julio de 1879.
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
1 Del contenido de esta hoja no nos ha quedado traza alguna; de la carta tenemos el borrador. 79
A lo que parece, las gestiones procedían lentamente. El Beato para tener en Roma, quien hiciese convenientemente su papel, ((323)) se procuró un intermediario en la persona de su adicto amigo Aluffi 1.
Queridísimo señor Abogado:
Tendría un asunto que confiarle, pero no sé si V. S. estara durante los próximos días en Roma. De todos modos le diré unas palabras sobre el particular.
Se trata de confiar a nuestros maestros y asistentes la obra pía de San Miguel en Ripa. Han comenzado las gestiones, y el Príncipe Gabrielli, presidente de esa obra, me invita a nombrar a alguien para tratar positivamente y le sería grata la persona de V. S.
Por lo tanto, si puede y no se encuentra de vacaciones, le enviaré copia del proyecto propuesto con las correspondientes instrucciones. Como ve, no le olvido nunca en ninguno de nuestros asuntos; y V. S., a su vez, válgase de mí donde quiera que yo pueda servirle. Aprovecho la ocasión para desearle toda suerte de bendiciones del cielo y profesarme de V. S. Carísima.
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Alassio, 1.° de octubre de 1879.
El Beato nunca tuvo más que palabras de alabanza para la actuación de este magnífico funcionario del Estado que, por su cargo, en el Ministerio de Gobernación, podía influir más directamente en las gestiones. Pero las cosas marchaban muy despacio; de todos modos don Bosco tenía mil motivos para evitar las prisas. Volvió a escribir al abogado Aluffi.
Queridísimo señor Abogado:
He recibido su respetable carta y le agradezco las continuas molestias que se toma por mí. El asunto del Hospicio de San Miguel es preciso dejarlo caminar sin prisas. El Príncipe Gabrielli tiene cordura y prudencia y llega hasta donde la honestidad le permite. Por consiguiente, estamos en buenas manos. V. S. ha hecho muy bien su papel y, mientras tanto, se verá, o mejor, V. S. verá la oportunidad de callar o de hablar. Yo me remito a su buen parecer.
Si tiene ocasión de ver a dicho señor, haga el favor de saludarlo de mi parte, asegurándole todo mi aprecio y gratitud, con el deseo de poderle servir en algo.
Pido a Dios que le conserve en buena salud, mientras de todo corazón y con ánimo agradecido, me profeso.
De V. S. Carísima.
Turín, 25 de noviembre de 1879.
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
1 Véase: vol. XIII, pág. 474, y en este mismo volumen, la pág. 159. 280
((324)) Dada la escasez de documentos relacionados con este asunto, no nos queda nada más que una pequeña acta del Capítulo Superio por la que se llega al conocimiento de que la libertad concedida al futuro Director era más ilusoria que efectiva; él, por ejemplo, no sería dueño de elegir el prefecto que quisiera, ni de establecer un ecónomo interno, que dirigiese los talleres, ni de poner un portero Salesiano, que estuviese completamente a sus órdenes. Así, pues, se pararon y se rompieron las negociaciones; con todo resultó favorable a los Salesianos que se supiera en Roma que el Gobierno trataba con ellos para un asunto de tanta importancia
MONREFIASCONE
Junto con estas fundaciones malogradas, recordaremos otras cuantas que no prosperaron. La urgente necesidad de personal no permitía a don Bosco dejar a los hermanos donde vivían a disgusto, estaban a merced de otros y no había esperanza de que mejoraran las cosas. Queremos aludir a Montefiascone, Albano y Ariccia, donde el Siervo de Dios había puesto pie, más por complacer a altas personalidades y mirando remotamente a Roma, que por la esperanza de poder permanecer allí largamente.
Don Pedro Guidazio, estaba en Montefiascone desorientado como un pez fuera del agua 1. Su situación se hizo un tanto espinosa desde que comenzó a sostener la idea quimérica de abrir allí un bachillerato superior, con profesores Salesianos; entonces, tanto el Obispo como el Rector, le manifestaban una creciente frialdad. No se abrigaba, sin embargo, la menor duda de que él no iba a continuar su trabajo en el seminario. Solamente el hablar de la hipótesis de una orden de volver, hubiera sido provocar un recurso al Papa para impedirlo; y teniendo en cuenta el afecto que León XIII profesaba a monseñor Rotelli, se podría asegurar que no habría faltado una prohibición pontificia. ((325 Por consiguiente, terminado el curso escolar, don Pedro Guidazio recibió orden de regresar a Turín para reponer su salud, ya que, en realidad, se sentía desmejorado; más tarde se notificó al Obispo que, habiéndose don Bosco comprometido con él, sólo para un año, se consideraba libre de toda obligación y destinaba a don Pedro Guidazio a otro lugar; si hacía falta, buscaría y encontraría fácilmente un profesor externo, para proponerlo a los superiores de aquel seminario.
1 Véase vol. XIII, pág. 591.
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Inmediatamente le llegó, de parte del prosustituto en la Secretaría de Estado, una encarecida recomendación para volver atrás de la solució tomada, devolviendo sin demora a don Pedro Guidazio a su cargo en el seminario de Montefiascone, para ahorrar un gran apuro al Obispo no causar grave disgusto al Papa. Teniendo en cuenta las piadosas exageraciones que aparecían en estos motivos, don Bosco no se volvió atrás.
ALBANO Y ARICCIA
Tampoco estaban a gusto los hijos de don Bosco en Albano, ni en Ariccia. Trasladado a la sede de Ostia y Velletri el cardenal Di Pietro, que los había llamado y fallecido poco después su sucesor, el cardenal Morichini, que habían querido a los Salesianos como a hijos, éstos ya no gozaban de las simpatías del nuevo Obispo. El Eminentísimo Morichini les tenía tanto afecto que, habiéndose accidentado, se hizo llevar a su colegio y quiso que le subieran en brazos, en un sillón. Llegó durante la clase de canto; en su presencia se cantó el Huerfanito d Juan Cagliero; que le conmovió hasta las lágrimas. Le sucedió el cardenal D'Hohenlohe, que hizo su entrada oficial con extraordinaria solemnidad. Al banquete de gala fue invitado también don José Monateri; pero en la visita que éste hizo a su Eminencia, acompañado de otro Salesiano, el recibimiento fue más bien glacial. Llegó después don Esteban Trione a saludarle con un novel sacerdote de la diócesis; y fue recibido bien, pero no le hizo una pregunta, ni le dijo una sola palabra sobre don Bosco y los Salesianos. Todo ((326)) confirmaba la voz de que estaba prevenido contra la Congregación. Era partidario de la escuela rosmininiana y le ligaba estrecha amistad con Monseñor Gastaldi. Alguien exploró su ánimo para saber si permitiría a don Bosco abrir un colegio en Albano, y se manifestó resueltamente contrari Además, entre su clero, no podía encontrarse con quien le hablara favorablemente de los salesianos; porque aquellos sacerdotes, a más de no haber mirado nunca con buenos ojos a los buzzurri 1, en los últimos tiempos, les hacían guerra solapadamente. El más insignificante incidente hubiera bastado para producir el estallido y tal fue una desgraciada bofetada, que el bueno de don Carlos Montiglio soltó en clas a un importuno colegial del seminario un día que perdió la paciencia. Ello dio origen a un altercado, a chismes y maledicencias
1 Apodo despreciativo, aplicado a los piamonteses. 282
de sacristía. Añadíase a las causas mencionadas para los de Ariccia el pésimo estado de su vivienda, incómoda, malsana, estrecha, molesta interiormente por el ir y venir de los empleados municipales y de cuantos se dirigían a sus oficinas. A las repetidas peticiones de alguna mejora respondíanles siempre con vagas promesas; el ayuntamiento, agobiado de deudas, carecía de fondos. Seguir por mas tiempo en aquellas condiciones no era posible para unos ni para otros.
Fue una suerte para ellos que don Juan Cagliero y su compañero de viaje fueran a pasar allí el carnaval. Porque, en su informe a don Bosco, escribió: «Atendidas las peticiones urgentes para abrir colegios y sin ninguna esperanza de abrirlo en Albano, nos parece que éste e un personal malgastado. El escaso bien, que hacen los nuestros en los dos colegios gemelos, podrían hacerlo los mismos sacerdotes del pueblo; y a muy poco se reduce el fruto de este personal, competente y disciplinado, mientras que, ocupado en otra parte, en algún colegio daría un resultado mucho mayor» 1. Poco después le llegó a don José Monateri la orden de presentar las dimisiones de los Salesianos ((327)) de Albano al Cardenal Obispo, que las aceptó inmediatamente. Analoga orden le fue enviada al padre Gallo para el ayuntamiento d Ariccia, que titubeó, pero hubo de resignarse.
La antipatía de las autoridades de Ariccia tenía su razón de ser. El arcipreste y los de la junta habían hecho gestiones secretas para llevar otros maestros; pero, no habiéndolos encontrado, no sabían qué partido tomar. En un ambiente como aquél no se podía esperar un buen porvenir para los Salesianos.
En Albano, los alumnos internos del seminario quedaron reducidos a dos; y los seminaristas, obligados a asistir a las escuelas del Estado con profesores ateos y entre condiscípulos de toda suerte, se encontraron en mala situación. Por todos estos motivos, tuvo que cerrarse el seminario, y cerrado continúa hasta nuestros días.
Sin embargo, la gente de ambos lugares quería mucho a los Salesianos, ya fuera en razón del sagrado ministerio, ya fuera por las espléndidas funciones religiosas que hacían o por las atenciones que prodigaban a sus hijos en la escuela y fuera de ella.
Los muchachos les querían tanto que llenaban continuamente la casa. Los salesianos supervivientes, que fueron objeto de este buen quer del pueblo y de la juventud, guardan todavía vivo recuerdo; y así, cuando otros Salesianos se establecieron en el vecino pueblo de
1 Carta, Acireale, 3 de marzo de 1879. Véase también Bollettino Salesiano, agosto 1879, págs. 7-8. 283
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Genzano, comprobaron cómo aquellas buenas gentes lamentaban todavía la marcha de los antiguos, que los habían precedido veinte años antes, en los castillos Romanos. 284 ((328) )
CAPITULO XIII
CASAS ABIERTAS EN 1879
EN la carta a los Cooperadores de principio de año del 1880, el beato don Bosco, enumeraba las nuevas casas abiertas, durante el año anterior, y ponía en primer lugar la escuela agrícola de Saint-Cyr; en efecto, su verdadero comienzo fue el 10 de junio de 1879, cuando se tomó posesión efectiva de ella y las Hijas de María Auxiliadora se encargaron de la dirección de las pobres jovencitas dedicadas a las labores del campo. Nada tenemos que añadir por ahora a lo ya dicho en este volumen y en el anterior.
SAN BENIGNO CANAVESE
Una casa, destinada a adquirir mucha importancia en la Congregación, fue inaugurada en el verano de 1879: la de San Benigno Canaves Con esta fundación, don Bosco devolvió el fervor de la vida y de la piedad a una histórica morada, que durante siglos había proporcionado tranquilo asilo de oración, de estudio y de trabajo a una numerosa familia de monjes benedictinos. Alrededor del sagrado asilo, como sucedió en otros muchos lugares, habíase formado poco a poco un gran poblado que, por el nombre de la abadía, se llamó San Benigno de Fruttuaria. Habíala fundado, el año 1001, el monje Guillermo de Volpiano, antiguo benedictino en San Benigno de Dijon y fundador de cuarenta monasterios, muy celebrado ((329)) por su santidad y doctrina en muchas partes de la Europa cristiana. La influencia de esta abadía creció tanto que, durante la Edad Media, su abad gobernaba otras treinta, ejerciendo también jurisdicción temporal no sólo en Italia sino hasta en Francia, Austria y Córcega; por lo que papas, soberanos y señores feudales dotaron con largueza la abadía con aldeas, castill y bienes. Hubo tiempo en el que dependían de ella hasta mil doscientos monjes. Fue un verdadero centro de virtud y de saber, que dio a la Iglesia dos papas, Inocencio IV y Sixto IV, y donde cinco príncipes de Saboya fueron abades. En sus comienzos, favoreció 285
mucho su celebridad el hecho del rey Arduino que, cansado de las luchas políticas, buscó allí la paz, vistiendo al hábito de san Benito y perseverando hasta el fin de sus días en la austeridad de la regla claustral. Su recuerdo, no sepultado entre las ruinas del tiempo, sobrevive todavía, después de nueve largos siglos, en las tradiciones populares.
A fines del siglo XV comenzó la decadencia, que coincidió con la erección de la abadía en encomienda 1. El nombramiento de los abade comendatarios continuó también cuando ya no había monjes y las últimas tierras abaciales habían sido absorbidas por los duques de Saboya. El último abad comendatario, nombrado para el gobierno espiritual de los abaciales, fue el célebre cardenal Amadeo de las Lanza que murió en 1738, y dejó vivo recuerdo de su persona por su esplendidez de gran señor y su celo de buen prelado. Después de él el territorio abacial fue anexionado a la diócesis de Ivrea. El golpe final partió de la ley del 15 de agosto de 1865, en virtud de la cual las rentas, que quedaban, pasaron a la administración del fondo para el culto, y los bienes al patrimonio del Estado. Finalmente, en 1877, un decreto regio declaró monumento nacional el palacio abacial, que el tesoro del Estado cedió al ayuntamiento para su uso y custodia. Estas eran, pues, las condiciones jurídicas del sagrado lugar, cuando se trató de cederlo a don Bosco.
((330)) La idea de llamarlo a este lugar partió del párroco Benone, que, aunque fracasó en un primer intento, tuvo mejor suerte en el segundo. Hay que decir antes que, en 1852, los Padres de la Doctrina Cristiana habían abierto allí un instituto reconocido por el Estado y que, al mismo tiempo, un buen sacerdote llevaba en un local contiguo una escuela sucursal del colegio para los menos pudientes; pero, en 1867, surgieron ciertas diferencias con el ayuntamiento y los padres abandonaron el pueblo y, con ellos, se marchó también aquel sacerdot Fue entonces cuando el teólogo Benone propuso a don Bosco que entrara en su lugar, para abrir allí un colegio suyo. Don Bosco contestó que aceptaba muy gustoso la propuesta; pero que, ante todo, diera el párroco los pasos para obtener el consentimiento del Obispo de Ivrea que era monseñor Moreno. El párroco, seguro de no encontrar dificultad alguna para una obra tan buena, se presentó a Monseñor, a quien, con la familiaridad de viejo amigo, le expuso el caso.
-Jamás, jamás en absoluto, le dijo su Excelencia, permitiré a don Bosco establecerse en mi diócesis.
1 Llamábase encomienda el usufructo de una abadía concedido por el Papa a persona extraña, eclesiástica o seglar. 286
Humilladísimo al oír tan inesperada respuesta, el teólogo se retiró y ni se quedó a comer en el palacio episcopal, como acostumbraba cad
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vez que algún motivo lo llevaba al Superior de la diócesis. Después, el Obispo, esperando tener, con el correr del tiempo, a su disposición edificio, se adelantó para impedir que otros se pusieran por medio; con esta intención hizo muchas reparaciones en él y se afanó ante el Gobierno para que fuera declarado monumento nacional. Llegó la declaración, gastó en los trabajos quince mil liras, y todo ello se convirt en ventaja para don Bosco, porque la nueva condición del edificio impidió que pasara a otros pretendientes, hasta que, muerto el Obispo e 1878, el teólogo Benone repitió con buen resultado el intento de instalar en él a los Salesianos.
El plan de don Bosco era trasladar a San Benigno el noviciado de sus clérigos. El noviciado salesiano pasó por tres fases. En un principi los novicios vivían en el Oratorio de San Francisco de Sales como en familia, participando en la vida común y ejercitándose de este modo en las prácticas de piedad y en la vida activa propia de la ((331)) Congregación; por lo tanto, según las diferentes aptitudes, quién asistía a los muchachos, quién daba clase, quién enseñaba catecismo, quién trabajaba en los oratorios festivos, quién ayudaba en las oficinas y despachos, viviendo bajo la inmediata dependencia de los superiores de la casa. Para los estudios de filosofía y teología acudían a las clase del seminario. En una segunda etapa, tuvieron clases aparte y se les asignó un superior del que dependían en todo y para todo directamente y éste fue don Julio Barberis; pero siguieron algunos años asistiendo a los muchachos. Durante este período de progresivo aislamiento, se les destinó poco a poco un dormitorio común para ellos, un patio de recreo distinto, comedor para ellos solos; por fin, dispensados de asistencias, formaron en el Oratorio un cuerpo separado del resto de la Comunidad. Por último, tuvieron también casa propia, la de San Benigno Canavese, donde todo estaba ordenado para su formación religiosa.
Era lo que don Bosco pretendía al abrir la casa de San Benigno; él mismo lo dijo; pero, también dijo que no convenía dar a la casa un carácter exclusivamente eclesiástico; había que aceptar a la vez muchachos aprendices y montar algunos talleres, que fueran útiles para las necesidades de la casa 1. Se vio cuán sabia era su idea cuando el ayuntamiento procedió a pasar a don Bosco la sucesión del edificio, pues la regia administración provincial de Turín, antes de autorizar la
1 Crónica de don Julio Barberis, 18 de abril y 7 de mayo de 1879. 287
aprobación definitiva, envió al alcalde la siguiente nota: «Teniendo en cuenta que, en el contrato de cesión otorgada por el Patrimonio del Estado al Ayuntamiento, se obligó éste a no destinar el edificio abacial a usos que no fueran de utilidad pública, convendrá que V. S. indique expresamente a qué uso dedicará el sacerdote Bosco dicho edificio y dé las razones por las cuales este uso podrá revestir el carácte de utilidad pública». Cuando don Bosco recibió ((332)) comunicación de esta nota de la administración provincial 1, envió al alcalde la respuesta siguiente:
Ilmo. señor Alcalde:
Tengo el honor de contestar a su carta del primero de marzo, referente al uso del edificio abacial de San Benigno, Como ya está consignado en el acta de cesión, entiendo destinarlo a la pública utilidad, como lo están otras casas, que dependen de mí. Especificando, pues, deseo que el edificio abacial de San Benigno sirva:
1.° Para escuelas diurnas de los muchachos del pueblo.
2.° Escuelas nocturnas para los adultos.
3.° Entretener en ameno recreo, música, gimnasia, declamación y otras diversiones, en los días festivos, a los muchachos obreros del pueblo.
4.° Del local sobrante, hacer un internado para aprendices pobres, como los de Turín, donde se recojan muchachos abandonados, procedentes de diversas partes de Italia.
5.° Si el local lo permite, instalar también un estudiantado para preparación de nuestros asistentes, al tiempo que hacen su tirocinio para aprender las reglas prácticas de mantener la disciplina en los dormitorios, talleres, catequesis y clases de enseñanza.
Esto es lo que se pretende, si lo consiente la capacidad del local.
Creo haber respondido con esto a su pregunta y a la del señor Gobernador de la provincia de Turín. Si se necesitan más aclaraciones, ser mi mayor placer poderlas dar.
Ruégole me considere en todo cuanto pueda servirle con plena estimación
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Roma, 10 de marzo de 1879.
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
Lo que era objetivo principal está colocado al final de todo lo demás y expresado a manera de hipótesis. Aunque en el documento de sucesión no se indicaba de qué manera emplearía don Bosco el edificio para utilidad pública, ya estaba determinado en el convenio con la junta municipal, donde se decía que asumía por sí y por sus herederos estas tres obligaciones: 1.ª Cumplir los compromisos, que el
1 Carta del alcalde a don Bosco, 1.° de marzo de 1879. 288
ayuntamiento tenía con el Gobierno, conforme a lo establecido en el acta de sucesión; 2.ª Establecer en el edificio un centro de ((333)) educación elemental en favor de la población, y 3.ª Asumir los compromisos, que el ayuntamiento tenía entonces con los maestros de las escuelas elementales. Aquí se pone de relieve, como lo pedía el contrato, sólo la parte del uso, que interesaba al ayuntamiento, sin mencionar la otra, que más interesaba a don Bosco, pero que no convenía hacer patente antes de tiempo. Sin embargo, su idea quedaba suficientemente clara con la frase «instalar en el edificio un centro de educación», del que nacían naturalmente las escuelas elementales.
Una vez bien encaminadas las cosas, habló de ello claramente en la citada circular del 1880 a los Cooperadores, en la que, después de presentar la nueva casa «destinada a múltiples fines de bien público», añadía: «Allí algunos pobres muchachos aprenden un oficio, mientra otros hacen su tirocinio para llegar a ser buenos maestros y asistentes en las escuelas y en los talleres. Allí se atiende también en los días laborables a los escolares del pueblo; y hay además oratorio festivo». Son intuitivas las razones de cautela, que le aconsejaban evitar cualquier mención de noviciado religioso. Por otra parte, el ayuntamiento s aprovechaba dejando mano libre a don Bosco, pues éste enriquecía al pueblo con una institución útil y libraba a la caja municipal de gravosas obligaciones.
La promesa, y después presencia, de aprendices en la casa no servía sólo de pantalla. En efecto, el director, don Julio Barberis, inmediatamente después de la toma de posesión difundió una circular con la noticia de que don Bosco había abierto en San Benigno Canavese «un nuevo centro de beneficencia para recoger un número cada vez mayor de jóvenes abandonados, educarlos en la virtud y en e trabajo y capacitarlos para ganarse honradamente el pan de cada día»; y, por tanto, pedía que le enviaran aquellos muchachos que se consideraban más necesitados de educación y en situación de mayor peligro, con tal de que tuviesen doce años cumplidos y no pasasen de los dieciocho; pedía, al mismo tiempo, trabajo para carpinteros, sastres, zapateros y encuadernadores, que eran los únicos talleres posibles por entonces ((334)) y se encomendaba a la caridad de los buenos, que podía hacerse con dinero, con objetos usados y con géneros alimenticios. No tardaron mucho en multiplicarse y desarrollarse considerablemente los talleres; pero los novicios eran tan escasamente molestados por la convivencia con tantos aprendices que en la marcha de la vida ordinaria, ni se daban cuenta de su presencia, pues no los veían nunca, ya que unos y otros tenían capillas, locales y patios separados. 289
Celebrábase aquel año el jubileo extraordinario por la exaltación de León XIII al solio pontificio. En mayo fue el párroco de San Benign al Oratorio para pedir que fuera un Salesiano a predicar un triduo de preparación para el logro de las santas indulgencias. Se le contentó en seguida, enviándole a don Julio Barberis, que, puesto que estaba designado para director de la nueva casa, podría ver qué obras eran indispensables antes de ocupar el edificio. Más tarde envió don Bosco a don Juan Cagliero y a don Julio Barberis a Ivrea, para saludar al nuevo Obispo, monseñor David Riccardi, y pedir las licencias ministeriales. Su excelencia se mostró tan condescendiente que llegó a decir
-Si hace falta, tómense enhorabuena todas las facultades, que ustedes saben puede conceder un Obispo católico.
Recibida después en su día la comunicación del ingreso de los Salesianos en su diócesis, expresó su alegría por el feliz acontecimiento y manifestó sus deseos de que su estancia, de la que esperaba un gran bien, fuera excelente y duradera 1.
Los primeros moradores de la casa de San Benigno fueron los clérigos novicios del curso escolar 1878-79. Terminados sus exámenes el de julio, salieron el día 5 de Turín; eran cincuenta, e hicieron el viaje a pie hasta la nueva residencia, para pasar allí las vacaciones veraniegas. Fueron recibidos jubilosamente por las autoridades y la población. Faltaban muchísimas cosas; pero siempre ha sido muy útil que, en el período preparatorio, nuestros novicios se encontraran en la ocasión ((335)) de tenerse que ingeniar para remediar de algún mod las necesidades de la vida.
Pese al deseo, más aún al propósito, de trasplantar el noviciado a San Benigno, don Bosco quiso asegurarse bien de si el lugar era apto,
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antes de reunir allí definitivamente a los novicios del año siguiente. Esta fue la razón por la que dispuso que los clérigos fueran a pasar allí las vacaciones; quería hacer con ello un experimento. Después, en el mes de septiembre, durante los ejercicios de Lanzo, encargó a don Miguel Rúa, a don José Lazzero y a don Julio Barberis que examinaran si la casa era conveniente o no y después comunicaran sus impresiones al Capítulo. El informe fue favorable por varios motivos. Sólo encontraron dos obstáculos; el primero, que aquella casa siempre estaría a cargo de la casa madre con notable aumento de gastos, por ser muy pocos, de ordinario, los novicios que pagaban algo; e
1 Carta a don Julio Barberis, Ivrea, 8 de julio de 1879. 290
segundo, que la distancia impediría a don Bosco poderles confesar como antes e infundir en ellos el verdadero espíritu de la Congregación
A la primera dificultad, se respondió que el Señor lo mismo que se había dignado remediar siempre las necesidades de la Congregación, tampoco faltaría entonces, pues se trataba de una obra, que únicamente tendía a su mayor gloria. En cuanto a la otra dificultad, se hizo observar que don Bosco también se ausentaba del Oratorio durante varios meses del año; que incluso en el Oratorio ya se le hacía difícil conocer a todos los clérigos; que podría hacerles frecuentes visitas, por ejemplo, en los ejercicios de la buena muerte, e ir a verlos y así conocerlos y dirigirlos
Quedó, pues, establecido que, el 17 de septiembre, los clérigos novicios de entonces en adelante, pasarían el año de prueba en San Benigno y, por tanto, que fueran allá en seguida los jóvenes que, en los ejercicios espirituales, habían sido aceptados por los Superiores pa ingresar en la Congregación. El 20 de octubre se hizo en la capilla interna la primera imposición de sotanas por el mismo don Bosco que, final, pronunció palabras de aliento y consuelo que los enardecieran a la virtud. De los cincuenta, ((336)) que recibieron en aquella ocasión el hábito sagrado, dos merecen especial mención: Miguel Unia, el heroico apóstol de los leprosos, y Felipe Rinaldi, tercer sucesor del Bea don Bosco.
CREMONA
En el mencionado informe del año nuevo a los Cooperadores, don Bosco enumeraba, después de la de San Benigno, otras tres fundaciones, que duraron poco, no por falta de previsión o de preparación por su parte, sino por circunstancias de fuerza mayor, que las desbarataron desde sus comienzos.
La primera es la casa de Cremona. Los dos visitadores Salesianos pasaron también por allí en su viaje de vuelta, y encontraron las cosas bastante bien encaminadas. En septiembre se personó también el ecónomo don Antonio Sala, el cual quedó satisfecho de los preparativos hechos por la comisión encargada del asunto. Así pues, a fines de aquel mes, salieron para Cremona tres sacerdotes, dos clérigos y dos coadjutores. Fue nombrado director don Esteban Chicco, que dejó su puesto de Nizza Monferrato a don Juan Bautista Lemoyne. Don Bos 291
escribió en su circular: «En Cremona se ha abierto, con el título de San Lorenzo, un Oratorio festivo, campo de deporte, iglesia pública, escuelas diurnas y nocturnas».
Los Salesianos trabajaron allí tres años, en medio de dificultades, por causa de los partidos políticos, que no toleraban nada que tuviese apariencia de favorecer la influencia clerical. Desgraciadamente un maestro, por causas disciplinares, acudió a medidas excesivamente severas con algunos muchachos. Corrióse por el pueblo la noticia del caso y se armó un gran alboroto. Los anticlericales tomaron por su cuenta el asunto y promovieron un escándalo, azuzando al populacho, que, por varios días consecutivos, se apiñaba alrededor del colegio con gritos y amenazas de toda clase y con amagos de asalto. Para colmo de desgracia, el nuevo director don Domingo Bruna, que sucedió difunto don Esteban Chicco, se equivocó de táctica en aquella difícil situación, tomando la defensa del incauto subalterno; ((337)) esto exasperó a la oposición y le costó a él mismo la inmediata destitución por orden del Gobernador provincial.
Los buenos, sin embargo, se pusieron de parte de los Salesianos y recogieron a toda prisa las firmas de unos cincuenta padres de familia su favor. El Beato envió inmediatamente a Roma a don Celestino Durando para que las presentara al comendador Malvano. Este, que las recibió mientras se encaminaba a comer con el Rey, le prometió hablar del asunto con el ministro de Instrucción Pública, que se encontrab también entre los convidados. Aquella misma tarde comunicó el comendador a don Celestino Durando que el asunto marchaba mal. Este habló después con el caballero Costantini, secretario del ministro, y habiéndole dicho que el asunto se había puesto en manos del diputado abogado Villa, contestóle que entonces las cosas irían todavía peor. En efecto, la masonería de Cremona ordenó al hermano de mayor grad que no se moviera, y este señor se metió en el bolsillo quinientas liras para gastos de viaje, y desapareció. Don Celestino Durando voló inmediatamente a Cremona para hablar con las autoridades locales. Pero el gobernador estaba fuera; el delegado provincial de enseñanza s mantenía escondido; el alcalde no había sido nombrado todavía y el que hacía sus veces no quiso meterse en el lío. Así triunfaron las
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siniestras miras del enemigo, pues, haciéndose insostenible la posición, los Salesianos por orden de sus Superiores, se retiraron el primero de julio de 1882, entregándolo todo a la Comisión, que los había llamado. Monseñor Bonomelli, disgustadísimo, no pudo hacer nada para calmar las iras de los sectarios, ni quiso hacer diligencias en busca de responsabilidades, mas no por eso dejó de 292
querer a don Bosco y a su Congregación 1. Tendremos ocasión de volver sobre estos hechos en el volumen siguiente.
BRINDISI
Después de mencionar a Cremona, seguía diciendo don Bosco: «Con el mismo fin, se abrió el 8 de noviembre una casa ((338)) en Bríndisi, penúltima ciudad de Italia meridional». En esta mención tan fugaz casi parece leerse el pronóstico de su brevísima duración. Los Salesianos no tenían vivienda propia, sino que se hospedaban en un apartamiento del palacio arzobispal. Aquel buen Prelado, el barnabita monseñor Luis María Aguilar, había ido a visitar a don Bosco y el Oratorio y salió edificado y conmovido 2 y acariciando algo semejante para su archidiócesis; pero sus deseos quedaron sin efecto. Malentendidos no aclarados a tiempo crearon a los Salesianos desconfianzas y hostilidades en los ambientes eclesiásticos que no los miraban bien, tanto más cuanto que el clero local no veía la necesidad de la presenci de aquellos sacerdotes forasteros en la población de Bríndisi. Los pocos hermanos destinados a dar comienzo a la obra, al ver disiparse las simpatías de la primera hora y perdida la esperanza de recobrarlas, al verano siguiente, regresaron sin más a Piamonte.
CHALLONGES
Don Bosco, hablando algunas veces con el saboyano comendador Dupraz, el de la casa de Trinità, había manifestado el deseo de fundar alguna obra en la diócesis del Santo, cuyo nombre llevaba la Congregación. Aquel señor habló de ello con el Obispo de Annecy, monseño Magnin, describiéndole el bien que hacían los Salesianos, sobre todo en favor de la juventud pobre y abandonada. Cuando monseñor oyó l narración, le aseguró que, si don Bosco disponía de medios para fundar uno de sus colegios en Saboya, él le prestaría todo su apoyo. Presentóse una ocasión oportuna en 1877. El comendador y una hermana soltera se propusieron entonces adquirir y arreglar para este fin u edificio en Challonges, su patria chica, en la Alta Saboya, para que don Bosco abriese allí un oratorio, escuelas e internado.
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 41 (A-B-C).
2 Boletín francés, noviembre de 1879, pág. 4. 293
Cuando se pidió consentimiento al Obispo, escribió éste a don Celestino Durando: «Hace ya mucho tiempo ((339)) sé todo el bien, que ha la Congregación, fundada por don Bosco; por consiguiente, aplaudo con toda mi alma la fundación, que ese hombre de Dios piensa hacer Challonges, población de mi diócesis. Después de admirar desde lejos los prodigios de su celo en favor de la juventud italiana, seré muy afortunado al admirar de cerca y bendecir lo que su Congregación llevara a cabo, como confío, entre mis queridos diocesanos» 1.
Monseñor Magnin murió cuando estaban ya a punto de terminar las largas negociaciones, y su sucesor, monseñor Isoard, manifestó su satisfacción por seguir favoreciendo la buena obra y dio la bienvenida a los Salesianos, esperando él también de ellos preciosas ventajas espirituales para sus diocesanos 2.
Las obras de adaptación se alargaron mas de lo previsto, importando junto con la compra, un gasto de casi sesenta mil francos, que el comendador abonó, comprometiéndose, además, a pasar a los Salesianos una cuota anual de mil quinientos francos. Don Bosco envió a do Celestino Durando para ver cuándo se podía comenzar. Y se fijó la inauguración para noviembre de 1879.
Casi en vísperas de la inauguración, un consejero municipal de Challonges publicó una hoja titulada «Oratorio de San Juan Bautista», en la que decía que, con la autorización del Obispo de Annecy y el beneplácito del párroco local, se iba a abrir en la casa del comendador Dupraz un oratorio católico para la educación e instrucción religiosa de los muchachos de Challonges y pueblos circunvecinos; exponía al detalle el proyecto en el que se incluía una escuela gratuita aprobada, conforme a las leyes, por el delegado cantonal para las escuelas primarias; y terminaba notificando que también había intención de abrir una escuela libre o como diríamos nosotros, privada para la enseñanza elemental normal. ((340)) Mas, para escuelas de este género, se requería que quien las representara ante el Gobierno tuviese el debido título y fuese de nacionalidad francesa. Ahora bien, don Bosco tenía pensado poner al frente de la casa al conde Cays, que era italiano. Por lo cual, mandó llamar al abate Vincent, de Saint-Cyr, que tenía todos los requisitos para representar aquel papel ante las autoridades escolásticas del país.
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1 Annecy, 5 de noviembre de 1877.
2 Carta del secretario de Monseñor al comendador Dupraz; Annecy, 27 de agosto de 1879. 294
Los Salesianos fueron acompañados hasta allá por don Celestino Durando. Empezaron inmediatamente el oratorio festivo y la clase de canto. El oratorio era diario, porque en Saboya, por disposiciones episcopales, se daba cada día una hora de catecismo a todos los muchachos, desde primero de noviembre hasta el 14 de marzo. Por este motivo, las jornadas resultaban completamente llenas, porque habiendo tenido que formar diversas clases, el catecismo ocupaba a los nuestros desde las siete y media a las ocho y media; seguía despué la misa, a continuación la escuela gratuita, en la que sólo estaba permitido enseñar a leer, escribir y hacer cuentas. Por la tarde, volvían los muchachos a jugar en el patio, pero muchos, que procedían de tres pueblos de los alrededores, se llevaban la comida y se quedaban allí hasta el atardecer. La casa reunía muy buenas condiciones; las aulas escolares eran cómodas y hermosas. «Todo marcha bien, escribía el conde 1, excepto el pobre director que suscribe, que se siente muy lejos de poseer las dotes necesarias para estar a la altura de la importancia de su propia posición. Es verdad que recuerdo lo que usted me ha dicho tantas veces, que omnia possum in eo qui me conforta (todo lo puedo en aquel que me conforta); a pesar de todo, necesitaría que la debilidad de mi confianza no corriera pareja con mi incapacidad. Le escribo sinceramente estas mis ansiedades, no porque quiera rehusar hacer lo que puedo, sino para obtener de usted que ruegue mucho al Señor por mí».
Mientras tanto sucedió también allí lo que había ocurrido en otras partes. Los alumnos del maestro municipal abandonaron la escuela ((341)) pública para pasar a la escuela gratuita, llamada de caridad, donde la enseñanza que se daba no podía tener valor legal, por ser incompleta. Este abandono de la escuela estatal puso a los nuestros en la necesidad de hacer que los muchachos no quedaran perjudicados por lo cual añadieron nuevas materias de enseñanza y pensaron acelerar el normal arreglo de la escuela libre. Apremiados, pues, por eclesiásticos y seglares, los Salesianos comenzaron las gestiones para dicha escuela; pero, después de enviar los correspondientes papeles la administración provincial, se pusieron sin más a la obra, es decir, sin dejar pasar antes el intervalo de un mes después de la súplica, segú la norma legal.
Entonces se desencadenó contra los nuestros una batahola endiablada. Diarios masónicos atacaron a los recién llegados, sobre todo el Patriote Savoisien de Chambéry, órgano de los radicales. Atizaba el
1 Carta a don Bosco, 13 de noviembre de 1879. 295
fuego el maestro del ayuntamiento que se había quedado sólo con dos alumnos. Intervino el delegado provincial de enseñanza y presentó denuncia a la administración provincial, que denunció al abate Vincent ante la autoridad judicial por dos causas a su cargo. La primera, po haber tenido abierta una escuela libre, sin la debida autorización, por lo que fue citado a comparecer ante el tribunal correccional civil de Saint-Julien, cabeza de partido del distrito. La segunda por haber introducido en la escuela como profesores o como vigilantes o asistentes dos extranjeros, a saber, el conde Cays y un clérigo. Por esta segunda causa el gobernador de Annecy ordenó la inmediata clausura de la escuela; pero, como no se podía acudir a una medida tan draconiana sino por razón de moralidad pública, se aplicó ésta a la presencia de extranjeros, como si ello tendiese a poner las escuelas bajo la dirección de personas que no ofrecían suficientes garantías. Así, el 8 de diciembre, el Director despidió a los alumnos, diciéndoles que la escuela se cerraba hasta nuevo aviso. Además, el tribunal condenó al aba Vincent a pagar veinticinco francos de multa y fue inhabilitado para abrir escuelas públicas. Entonces el comendador no acababa de ((342) insistir para que a toda prisa se buscara a otro individuo francés y titulado para poder reanudar la enseñanza.
Conocidos estos desgraciados sucesos y también las dificultades económicas de la casa, don Miguel Rúa opinaba que el Director fuese a hablar con don Bosco sobre las decisiones a tomar. «Por lo demás, le escribía el 4 de diciembre, temiendo que V. S. tenga que diferir su venida por esos litigios, he preguntado a don Bosco sobre las deliberaciones que le parecía oportuno tomara para esa casa y me contestó qu le parece conveniente buscar la manera de retirarnos, si es posible, salvando el honor».
Dos cosas inducían a don Bosco a esta solución. Ante todo, la imposibilidad de poner al frente un sacerdote Salesiano, verdad es que bastaba nombrar a otro como director ante las autoridades, apareciendo los demás miembros de la casa como sus súbditos, pero don Bosco consideraba el peligro de que éste, no resignándose a hacer de pantalla, quisiera también actuar realmente como superior efectivo. Por otra parte, después de las diatribas ante los tribunales, las autoridades estarían ojo avizor sobre los Salesianos, de modo que fácilmente se enterarían de si había miembros de la Congregación y forasteros y seguirían poniendo trabas. «Mejor sería, tal vez, seguía don Bosco en la mencionada carta, si el Comendador tiene intención de continuar la empresa a todo trance, que empiece a organizarla con elementos franceses y ajenos a la Congregación y, más adelante, cuando los 296
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vientos amainen y se calme un tanto la agitación actual, se podrá tal vez, volver, sobre todo si se tratase de abrir un internado».
Don Bosco vio en seguida cuál había sido la causa de todo aquel gran mal: se había tenido demasiada prisa en comenzar la escuela libre. La experiencia le había enseñado que, para hacer obras duraderas, era preciso comenzar por los oratorios festivos; el ulterior desarrollo venía después, a medida de las circunstancias. Recomendó, pues, al Conde que volviese a intentar la prueba de esta manera.
((343)) Queridísimo señor Conde:
A su tiempo he recibido todas sus apreciadas cartas, que me han agradado mucho y también me proporcionaron no poca pena. Verdaderamente debíamos esperarnos una cornada del demonio. Pero si nos hubiésemos atenido al primer proyecto del comendador Dupraz, quizá habríamos evitado este choque. Aquel proyecto establecía oratorio festivo y escuelas nocturnas por este año; mientras tanto se habría visto lo que podíamos hacer. Es muy peligroso chocar con las susceptibilidades de los Ayuntamientos. Estamos casi en idéntica posición que en la Trinità de Mondoví. Allí los maestros acuden a todos los medios para conquistar a los alumnos y el Municipio los apoy De todos modos, esperamos la determinación del juez de paz, al que es forzoso obedecer.
Creo, por tanto, que convendrá limitarnos estrictamente al oratorio festivo con las escuelas de caridad, en sentido estricto elemental. Don Miguel Rúa le escribirá con respecto a lo demás.
Las otras escuelas no serán molestadas, porque en Niza, en La Navarre y en Marsella únicamente se da clase a los aprendices internos. E Marsella también se da clase a los niños de la Escolanía, pero bajo la responsabilidad del cura párroco.
Ruégole presente mis humildes saludos al señor comendador Dupraz y a su señora esposa, asegurándoles que rezo por su salud y por nuestros comunes intereses para que todo salga bien.
Dios le bendiga, mi querido señor Conde, bendiga sus trabajos y los de todos nuestros hermanos y rece por mí, que siempre seré en N. S
J. C. Turín, 12 de diciembre de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Le recomiendo que no repare en gastos para guardar su salud y la de nuestros hermanos. Que estén todos bien abrigados. El Conde no pudo ir a Turín hasta enero de 1880. Don Bosco sometió entonces la intrincada cuestión al examen del Capítulo Superior; decimos intrincada, porque también el comendador Dupraz, al enterarse de que los Salesianos querían retirarse, se dio por muy ofendido y envió a don Miguel Rúa una enérgica protesta contra esta determinación, que, en el ardor del momento, no le parecía muy leal. 297
Así, pues, se acordó reducir el campo de acción de manera que no se diese pie a nuevas intervenciones de la autoridad y buscar un profeso que sustituyera al abate Vincent; se quiso, ((344)) además, que la continuación de la obra tuviese el aspecto de prueba por un año, durante cual el Capítulo sufragaría los gastos. El conde Cays fue encargado de dar cuenta al Comendador de estas determinaciones 1.
Después que el Director regresó a su residencia, una nueva dificultad vino a entorpecer la marcha del oratorio. Había él escrito al Obispo de Annecy para el ejercicio de las facultades concedidas a la Congregación comunicándole, al mismo tiempo, que, dentro de poco, se procedería a la bendición de la capilla en conformidad con la autorización por él concedida. Pero Monseñor contestó que, dadas las circunstancias del momento tan hostiles a las Congregaciones, creía prudente no dar pretexto a nuevas acusaciones, tanto más cuanto que, en rigor de derecho, para abrir una capilla de tal naturaleza se requería una autorización ministerial. En la práctica se hacía caso omiso muchas veces de esta disposición de la ley, pero después de lo sucedido, podía darse por seguro que el gobernador, en virtud de este artículo, mandaría cerrar la capilla. No hubo más remedio que suspender la bendición. Mientras tanto, murió el comendador Dupraz, alma del asunto, y los Salesianos que, llegado el verano, habían ido al Oratorio para hacer los ejercicios espirituales con escasa probabilidad de volver, no obstante las insistencias de la ciudad, se retiraron definitivamente.
De todos modos, la campaña, que entonces se hacía en Francia contra las Congregaciones religiosas, desaconsejaba llamar la atención sobre los nuestros, como habría ocurrido, de haber vuelto los Salesianos a Challonges, después de los clamorosos incidentes de fecha tan
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reciente 2.
Por lo demás, Challonges no fue el único caso, en el que la prudencia sugirió a don Bosco no llamar la atención, ((345)) sino esperar tiempos mejores para difundir la obra salesiana en Francia. Una larga correspondencia del conde Cays con el abate Comoy y con don José Bologna, de enero a junio de 1880, para abrir una casa en Fourchambault, en el departamento de Nièvre, se suspendió por orden del Beato
1 La carta que tenemos en el borrador del conde Cays, y en una copia de Dupraz a don Celestino Durando, fue concertada con don Bosc por eso la publicamos (Apéndice, doc. número 42).
2 Al fin y al cabo éste era el pensamiento de don Bosco, desde principio de año, como claramente se desprende de una carta suya al cond Cays. (Apéndice, doc. 43). 298
cuando aparecieron los primeros decretos hostiles a las Congregaciones religiosas no aprobadas.
EPISODIO DE ANNECY
Antes de dejar Saboya, hemos de hablar de un episodio, en el que también tuvo parte el conde Cays, como secretario de don Bosco para correspondencia francesa 1. Una vez proclamado San Francisco de Sales en 1877, Doctor de la Iglesia, las religiosas de la primera Visitación de Annecy se propusieron levantar un gran santuario donde colocar, en un lugar más digno y más accesible al público, los sagrados restos de su Fundador, guardados entonces en la capilla del monasterio. Se comenzaron las obras en 1878; pero, al cabo de un añ los fondos recogidos estaban casi agotados, quedando todavía por decorar el interior del Santuario. En mayo de 1879 llególe inesperadamente a don Bosco una carta de la madre priora María Luisa Bartolezzi, en la que le expresaba el deseo de ver su nombre en un piedra de la nueva iglesia. Le llegaban de Turín ricos materiales en mármol y granito, esculturas y objetos de arte; parecía, pues, natural qu no debía faltar un homenaje de parte de quien había dado por patrono de su Congregación al Obispo de Ginebra. Concluía la carta, anunciando una próxima visita del confesor de aquel monasterio.
Esta visita probablemente no se realizó; en efecto, un mes después en la respuesta, redactada por el conde Cays, y firmada por don Bosc no se hace la menor mención de ella. El Beato ((346)) le decía entre otras cosas: «Deseo de mi corazón sería que nuestra Congregación, puesta bajo la protección del amable Doctor, tuviese en ese santuario un altar, que testimoniara nuestra devoción. Pero, temo que no llegue mis fuerzas a tanto. Ante todo, necesitaría saber si todavía queda algún altar disponible y a cuánto subiría el coste. Si lo encontrase proporcionado a mis medios, me comprometería con mucho gusto. No puedo, pues, obligarme previamente, ni entiendo comprometerme s conocer antes la carga que tomo sobre mí».
Contenta con la generosa oferta, la madre priora le notificó sin demora que todavía quedaban dos altares que no habían encontrado bienhechor, uno el del Sagrado Corazón de Jesús y otro el de la Bienaventurada Virgen María. «Cada uno de estos altares en mármol,
1 Sacamos los detalles del hecho del legajo de la correspondencia, relacionada con este episodio, que se encontró entre los papeles del conde Cays. 299
añadía, importará un gasto de tres mil a tres mil quinientos francos. Pero, si usted se digna unir su nombre a nuestro monumento con un altar especial, no es nuestra intención exigir toda la cantidad necesaria Lo que usted pueda aportar será recibido con profunda gratitud y añadirá nuevo esplendor a una iglesia levantada, merced a la caridad de l hijos predilectos de nuestro glorioso Doctor» .
Don Bosco, esperando que desde Annecy se le enviara un presupuesto calculado sobre un plano del arquitecto, no escribió más; pero no olvidó la promesa de concurrir según sus fuerzas. En efecto, el conde Cays, mientras estaba en Challonges y tenía ocasión de ir a Annecy, recibió el encargo de entregar a la persona que se ocupaba de aquello la cantidad de quinientos francos. Pero las cosas habían seguido allí curso: el altar del Sagrado Corazón estaba terminado y la capilla en que se encontraba, muy bien decorada, corría toda ella a cargo de don Bosco, por la cantidad de cinco mil francos, de manera que la entrega, antes mencionada, se consideró como un pequeño adelanto. Quien calla otorga, habían pensado en Annecy; pero quien calla no dice nada, podía con razón responder don Bosco, que se había reservado deci la última palabra, ((347)) cuando hubiese recibido el presupuesto. Ateniéndose a los tres mil francos, él se había ingeniado para lograrlos, parte en dinero contante y parte en materiales y esculturas que le facilitarían marmolistas de Turín, amigos suyos. Pero encontrar, sin más,
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cinco mil francos era algo gravoso para él, que llevaba ya entre manos la construcción de algunas iglesias suyas.
También en esta ocasión salió la Providencia a su encuentro. El conde Cays, a su regreso de Challonges durante el verano, contó el caso un antiguo amigo suyo y celoso cooperador Salesiano, el barón Feliciano Ricci des Ferres. Este se dio por muy feliz de poder aprovechar l buena ocasión de librar la conciencia de un escrúpulo. El había adquirido en Turín un inmueble, que había pertenecido a las Religiosas de Visitación y les había sido arrebatado durante la dominación francesa 1. Es verdad que, en virtud del concordato entre Pío VII y Napoleón todo el que hubiese adquirido bienes de los religiosos, no tenía por qué inquietarse; pero el Barón, delicadísimo de conciencia, hubiera querido una seguridad tangible de bienestar. Por lo cual, fue a don Bosco y le manifestó la idea de hacer la propuesta siguiente: él entregar a la Visitación de Annecy cuatro mil
1 El convento de la Visitación en la capital de Piamonte, fue fundado en 1638 por la santa Madre de Chantal, en la calle de la Consolación. La casa de que hablamos, estaba situada frente al convento, en el número 5. 300
francos en dos entregas iguales y, a cambio, las Religiosas recobrarían el inmueble, al precio de compra con la indemnización de las mejoras hechas por el comprador, o le obtuviesen de la Visitación de Turín un documento de donde resultase que nada se oponía de su par para que la casa mencionada quedase en su propiedad. Pidióse al confesor de la primera Visitación que hiciese de intermediario. Puede suponerse fácilmente de qué modo acabó el asunto. Nunca mejor, que en este caso, pudo decirse que se mataron dos pájaros de un tiro 1.
((348)) RANDAZZO
Una de las fundaciones que más han honrado y honran el nombre del Beato don Bosco es sin duda la del colegio San Basilio en Randazzo. Durante cincuenta y tres años ha dado tal cantidad de buenos frutos, que bien podemos hacer caso omiso de dificultades e inconvenientes temporales, que a veces llegaron a amenazar incluso su existencia. Su vigorosa vitalidad ha resistido toda prueba, disipand las desconfianzas surgidas en algunos en la tarde del 24 de octubre cuando, después de mucho esperar, se vio llegar un grupo de jovencísimos clérigos, guiados por un sacerdote un tanto enfermizo al parecer, y venciendo los temores de otros, que no creían posible, en tiempos de tan enconado anticlericalismo, abrir en Sicilia una escuela privada por iniciativa de religiosos.
Randazzo es una importante población de Sicilia que, de tiempos remotos, lleva título de ciudad. Construida sobre la lava y con la negra lava del Etna, descansa sobre las faldas del gigante al que siempre ve humeante y cubierto de blanca nieve a más de dos mil quinientos metros de altura. En los años a que nos referimos, todavía no existía el ferrocarril que rodea el Etna: la línea ferroviaria más próxima era la que va de Mesina a Catania, distante unos treinta kilómetros. Se llegaba a Randazzo en una diligencia de antiguo estilo, que tomada a primeras horas de la mañana en Piedimonte Etneo, llegaba trabajosamente ya avanzada la tarde. En aquel remoto rincón fue don Bosco a instalar su primer nido en tierras sicilianas.
1 En la capilla del Sagrado Corazón leíase la siguiente inscripción: Salesianorum ordo -Feliciano Ricci des Ferres -Dinaste pedemontan -Adiuvante -Sacellum decoravit -Anno MDCCCLXXX -(La Congregación Salesiana con la ayuda del gentilhombre piamontés Felician Ricci des Ferres decoró esta capilla). Hemos dicho «se leía», porque hoy día ya no existe la iglesia, por haber sido demolida en 1910 por e ayuntamiento, después de la expropiación legal, para construir en su lugar el edificio de Correos. 301
Viven en Randazzo familias muy distinguidas por tradiciones de sus antepasados, por sus cuantiosas rentas y por personas de elevada cultura; no es, pues, extraño que también allí se sintiera pronto la necesidad de proporcionar al público un grado de instrucción ((349)) conforme a las exigencias de los tiempos. Ya desde 1862 el Ayuntamiento pensaba fundar un colegio, pero las dificultades eran muchas y fuertes. En 1867 se dio un primer paso que obtuvo del Gobierno la cesión, para este fin, del antiguo monasterio de los Basilios, pero la escasez de medios y el no saber a quién confiar la proyectada institución hicieron que llegase el 1878 sin haber resuelto nada positivo. Aquel año, unos prestigiosos ciudadanos, pasando por encima de todo prejuicio, se propusieron invocar la caritativa cooperación de una corporación religiosa. Tomando este propósito, quedaba por elegir la congregación a quien dirigir sus ruegos. Un día, el arcipreste don Francisco Fisauli fue a visitar al Obispo de Acireale, de quien depende Randazzo, y entabló conversación sobre los planes trazados y la dificultad de la elección.
-»Por qué no os dirigís a don Bosco?, -interrumpió Monseñor.
-»Don Bosco? »Quién es ese don Bosco?
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-»Cómo? »No conoce usted a don Juan Bosco, de Turín?
El arcipreste se encogió de hombros. Entonces el Arzobispo le contó brevemente su historia. Cuando aquél volvió a Randazzo entusiasm a los amigos que, sin esperar a más, pusieron manos a la obra 1.
Y empezó la laboriosa preparación. Quien actuaba era el arcipreste, hijo de una distinguida familia local; pero el animador, el inspirador el alma de la empresa fue un noble y benemérito hijo de Randazzo, el caballero José Vagliasindi Romeo, el cual, especialmente en su calidad de consejero provincial, presentó el proyecto a las autoridades civiles, haciendo que lo aceptasen allí, donde las autoridades eclesiásticas jamás habrían conseguido ser escuchadas. Este noble caballero permaneció fiel a los Salesianos hasta los últimos días de su vida, constituyéndose en tutor y defensor del colegio contra viento y marea. Algunos no vieron en la institución más que la manera de conciliar las necesidades de la instrucción con los intereses de la hacienda; ((350)) pero Vagliasindi, sin descuidar las ventajas intelectuale unidas a las materiales, tenía miras más elevadas y quería la educación cristiana de la nueva juventud. Joven entonces, pero muy influyent político
1 Carta del caballero José Vagliasindi a don Bosco, Randazzo, 16 de octubre de 1884. 302
por su temperamento, y, al mismo tiempo, de conciencia cristiana, logró, en pleno régimen masónico, arrancar a las autoridades todas las autorizaciones necesarias para una obra tan abiertamente religiosa. No se limitó a actuar con la prudencia, que pedían las funestas condiciones de los tiempos, sino que unió a ella una humilde reserva, por lo que, sólo después de su muerte, se conoció plenamente su actuación, mientras otro pudo pasar como verdadero protagonista, en su lugar. El Beato, que conocía sus méritos, le envió varias veces su cordial acción de gracias por todo lo que había hecho y seguiría haciendo por el colegio de San Basilio 1
Después del diálogo del arcipreste con el Obispo, se entablaron las negociaciones con don Bosco. Esto se hizo mediante una carta redactada por Vagliasindi 2, pero que hizo suya el arcipreste, y fue enviada por monseñor al Beato con fervorosas recomendaciones 3. Per parece que, ya en abril, escribió Vagliasindi una carta privada a don Bosco con los primeros datos sobre el tema, dándole noticias topográficas del edificio, morales y económicas, que podían serle útiles 4. La respuesta llegó pronto y favorable: el Beato estaba dispuesto abrir en Randazzo unas escuelas técnicas y de bachillerato con un internado y ocuparse también de la enseñanza primaria; no fijaba, por entonces, nada sobre asignaciones, pero enviaba el contrato estipulado con el ayuntamiento ((351)) de Alassio, para que sirviera de norma dentro de poco llegaría allí un representante suyo 5. Se aludía con estas últimas palabras al proyectado viaje de don Juan Cagliero y de don Celestino Durando.
El nombre de don Bosco no sonó oficialmente ante el consejo municipal hasta la sesión del 28 de enero de 1879, por boca del consejero provincial José Vagliasindi 6, que habló de las gestiones llevadas a cabo y mereció la aprobación general.
1 Carta a don Pedro Guidazio a Vagliasindi, Turín, septiembre de 1882, y don Celestino Durando, Turín, 24 de octubre de 1884. En una solemne ocasión, delante de monseñor Cagliero y de los principales señores de Randazzo, el imaginativo don Pedro Guidazio, refiriéndose a los orígenes, llamó públicamente a Vagliasindi el paraninfo del colegio.
2 El hijo Francisco, entre los papeles de familia, encontró el borrador autógrafo del padre.
3 Cartas de don Francisco Fisauli al Obispo, Randazzo, 1 de agosto de 1878, y del Obispo a don Bosco, Acireale, 2 de agosto de 1878.
4 Esto parece deducirse de papeles domésticos, cuya visión nos ha facilitado el mencionado doctor Francisco Vagliasindi, hijo de José.
5 Cartas del arcipreste Fisauli; Randazzo, 8 y 26 de septiembre de 1878.
6 Acta del Consejo municipal de Randazzo, 28 de enero de 1879. Por su importancia histórica, pues se trata de la presentación de la obra de don Bosco en Sicilia, por la nobleza del contenido y para honrar la memoria del hombre benemérito que lo pronunció, referimos íntegro el breve discurso en el Apéndice, Doc. núm. 44. 303
El 3 marzo llegaron los dos enviados, que se detuvieron en Randazzo seis días. Escribió don Juan Cagliero 1: «Hemos tenido un recibimiento oficial del Ayuntamiento, decidido a tratar con nosotros no por motivos materiales, sino con espíritu cristiano, con deseos de una instrucción sólida, sana y religiosa». En vista de tan buenas disposiciones y, considerando que los Salesianos eran «la primera Congregación llamada a reconstruir en Sicilia sobre las ruinas de las órdenes religiosas destruidas y dispersadas en la última supresión», lo
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dos negociadores se decidieron a proceder con mayor amplitud que lo que permitían las instrucciones recibidas. Tomando por base el suav contrato de Alassio, en lugar del exigente de Varazze, que llevaban consigo y era el preferido por don Bosco, estipularon el 7 de marzo un convenio, duradero por cinco años, que fue aprobado el 29 de abril por el Consejo escolar de la provincia y obtuvo inmediatamente forma legal 2. Cuando todo estuvo preparado, don Bosco dirigió al Alcalde «una carta muy cortés, que, como escribía el arcipreste 3, además de ser de gran satisfacción para los concejales del Ayuntamiento, resultó también del agrado de todos los que tuvieron la suerte de ((352)) leerla u oírla contar». Por último, envió a Randazzo a don Antonio Sala, consejero del Capítulo Superior, para dirigir las obras ordenadas por el Ayuntamiento y hacer la necesaria adaptación de los locales.
Con arreglo al contrato, las escuelas y el internado debían abrirse al empezar el curso 1879-80. Don Pedro Guidazio, que ya había quedado libre de Montefiascone, fue nombrado Director de la nueva casa. Salió de Turín con su personal el 19 de octubre. Durante el viaje se percató de lo muy conocido y apreciado que era don Bosco en el sur de Italia. En Nápoles no querían dejarle celebrar misa, por no lleva el célebret 4; pero le bastó decir que era sacerdote de don Bosco, para que no sólo le permitiesen celebrar, sino que le sacaron lujosísimos ornamentos y le dispensaron toda clase de atenciones. El Arzobispo de Mesina, monseñor Guarino, le colmó de cortesías. Eran diez: él mismo en persona les sirvió el café y mandó que les prepararan en el seminario cómodo alojamiento y lo necesario para comer. El Directo recibió allí muchas visitas de sacerdotes y seglares distinguidos, ansiosos de conocer a los Salesianos y sus cosas. Partieron al
1 Carta a don Bosco; Acireale, 9 de marzo de 1879.
2 Véase, Apéndice, doc. núm. 45.
3 Carta a don Celestino Durando; Randazzo, 31 de mayo de 1879. No se ha podido encontrar la carta de don Bosco.
4 Célebret: Documento que contiene la autorización concedida por el Obispo a un sacerdote para que pueda celebrar misa en otra dióces
(N. del T.). 304 día siguiente, edificados de la bondad de aquel eminente Pastor, que quería ser considerado como Salesiano. No satisfecho con todo esto, escribió al Siervo de Dios una carta afectuosísima, con los deseos de que se cumpliera la posibilidad que le había anunciado de recibirle a mismo en Mesina 1.
En Randazzo eran esperados los Salesianos por el clero y mucha gente del pueblo, que los acompañó hasta el colegio con respeto y asombro de su juventud. En casa fueron visitados por las autoridades civiles. Un reflejo de la buena impresión, que aquellos agasajos causaron a don Pedro Guidazio, lo tenemos en los siguientes renglones de su primera carta a don Bosco 2: «En conclusión, por ahora todo lo encuentro hermoso; hermoso el cielo, ameno ((353)) el pueblo, grandioso el colegio, cuando todo esté arreglado, y óptima la población» Terminaba con estos sentimientos: «Nosotros tenemos muy buena voluntad y, si es necesario, con la ayuda de Dios, haremos milagros; pe necesitamos que en el Oratorio no nos olviden y que usted, don Bosco, nos encomiende a María Auxiliadora y a nuestro Patrono San Francisco, para que nos conceda parte de aquella dulzura y celo por las almas, con que él obró tantos prodigios para la mayor gloria de Dios. Envíenos, querido don Bosco, su bendición y tenga la seguridad de que nos esforzaremos todo lo posible para hacernos cada vez má dignos del nombre que llevamos de Salesianos y de hijos de don Bosco».
Las peticiones de admisión para el internado llegaban ya a unas cincuenta. Don Antonio Sala, que se quedó allí hasta primeros de noviembre, había transformado el monástico edificio y sus alrededores en una alegre morada para el 12 de noviembre. Un mes después describía don Pedero Guidazio la conducta de los muchachos, mostrando, sin pretenderlo, los saludables efectos del método de don Bosco
3: «No puede usted creer, decía, con cuánto gusto escuchan y con qué veneración reciben estos muchachos los consejos de don Bosco. Si me estuviera una hora hablando de don Bosco, no habría peligro del más mínimo gesto de impaciencia. Son, además, tan dóciles y obedientes que nosotros mismos estamos maravillados. Todos los domingos y días festivos reciben infaliblemente los santos Sacramentos (... ). Los padres están satisfechísimos de sus hijos, al ver que están tan alegres y que prefieren la vida del colegio a la de la familia. En efecto, 1 Véase: Apéndice, doc. núm. 46.
2 Randazzo, 28 de octubre de 1879.
3 Carta a don Miguel Rúa, poco después de la Navidad de 1879. 305
muchos de ellos deseaban tenerlos consigo para comer juntos el día de Navidad y lo pidieron. Contesté que no podía complacerlos, pues e
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reglamento no lo permitía; y, como insistieran, llamé a sus mismos hijos, y, en presencia de los padres, les pregunté si querían ir a comer e familia o quedarse con nosotros en el colegio y, ((354)) no hubo uno siquiera que no quisiera quedarse en el colegio; satisfechos con esto, los padres dejaron de molestarnos, contentándose con enviar al colegio borricos cargados de dulces para muchachos y superiores. A fin de tenerlos alegres y contentos, hemos encontrado un medio muy sencillo, el del clero infantil, revistiendo a ocho o diez cada tarde para servi al altar en la novena (... ). íEs de ver cómo estos muchachos, especialmente los mayores, se vuelven locos por servir en las funciones, revestidos de monaguillos! (... ). Ya hemos hecho dos veces función de teatro para los muchachos solos».
En un colegio de don Bosco no podía faltar el oratorio festivo. Don Esteban Trione, compadecido ante el espectáculo de tantos muchachos de las clases más humildes del pueblo, faltos de toda instrucción, hacinados en míseras chozas y abandonados a sí mismos por las calles, se sintió movido a ocuparse de ellos, reuniéndolos en los días festivos y entreteniéndolos en un ambiente más humano. Manifes su idea al Obispo. Que, no sólo lo recibió muy bien, sino que le aconsejó que se diese prisa a ello y lo recomendó al clero local. Tuvo así a su disposición una iglesia sin culto y el uso de unos bancos amontonados en otra parte, y el oratorio quedó abierto en seguida, asistiendo a él unos doscientos muchachos pobres. Era motivo de gran satisfacción ver cómo aquellos golfillos, acostumbrados a decir palabras soeces maldecir, blasfemar, llamando santo al diablo, según la mala costumbre de la isla, se iban transformando poco a poco. Evidentemente, par atraerlos acudía a las consabidas industrias; preparaba pequeñas rifas, los divertía con teatro de títeres, prometía con tiempo algún paseo p el campo con merienda. Le ayudaban un clérigo y algunos alumnos del colegio que, a la vez, le servían de intérpretes del dialecto siciliano le ayudaban a mantener el orden en la iglesia y durante el recreo. Con la caridad aprendida de don Bosco se ganó el afecto de aquellos pobrecitos, instruyéndolos en la religión y levantándolos del mísero estado en que vivían. Durante la primavera del primer curso ((355)) alegraron el colegio de San Basilio dos preciosas visitas. Monseñor Guarino, estaba en un pueblo de su archidiócesis, limítrofe con Randazzo, y quiso ir a ver en su campo de acción a los tan ensalzados hijos de don Bosco. Estuvo con ellos una semana, haciéndose pequeño con los pequeños, entreteniéndose alegremente 306
con los alumnos y tomando incluso parte en sus juegos, como veía hacer a los superiores. Le agradó mucho una velada en su honor. Partió con la íntima persuasión de que la obra de don Bosco era verdaderamente providencial para los tiempos que corrían. Casi un mes después, también monseñor Genuardi, Obispo de la diócesis, se dignó aceptar la hospitalidad de los Salesianos. Fue recibido con los honores que merecía su dignidad y festejado con la representación de una comedia en latín; lo cual dejó pasmados a cuantos estaban en condición de juzgar el caso. En fin, por todas partes se consolidaba en el lugar y se difundía por la isla la buena fama del colegio.
Pero toda medalla tiene su reverso. Don Miguel Rúa había puesto sobre aviso a don Pedro Guidazio para que no diera excesiva importancia a las primeras impresiones 1; con el correr del tiempo los hechos justificaron el consejo. Hostilidades sectarias de delegados provinciales de enseñanza y de inspectores del Gobierno, frialdades de autoridades municipales y dificultades internas pusieron a dura prueba la firmeza del director, quien, con su habilidad personal y merced a la eficaz cooperación del fiel caballero José Vagliasindi, fueron siempre superadas victoriosamente. Dos prendas de seguridad había dado previamente don Bosco. Al despedir a don Pedro Guidazio, le había dicho:
-No temas. En Randazzo harás muchas cosas estupendas. Don Bosco te bendice y rezará por ti.
Y, bajo la inspiración de don Bosco, había sido expresada poco antes «la más viva confianza» de que aquella primera casa abierta en Sicilia iría prosperando y llegaría a ser «como la semilla de muchas otras» 2. Ambos auspicios han sido confirmados elocuentemente por l hechos.
1 Carta citada.
2 Bolletino Salesiano, enero de 1880, pág. 12. 307 ((356))
CAPITULO XIV
1879: ESPIGANDO POR DIVERSOS LUGARES Y TIEMPOS
VAMOS a reunir, en el presente capítulo, algunas cosas o cositas no desdeñables, sin conexión alguna con otras partes de nuestra narració de modo que no se pierda nada de cuanto sabemos sobre la vida del Beato durante el 1879. Es un conjunto de variados detalles que se refieren casi íntegramente a casas de Italia y de Francia.
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EN LANZO: VISITAS, AYUNTAMIENTO, EJERCICIOS
Nos lleva a Lanzo, ante todo, el cumplimiento de una promesa a la que se había obligado el colegio en el año 1873. Aquel año, apenas terminada la construcción del nuevo edificio que se levanta grandioso frente a las estribaciones de los Alpes, ante la amenaza de derrumbamiento que había sumido a los superiores en angustioso temor, el ala derecha y la sexta columna del pórtico más largo empezaba a hundirse. Se acudió a toda prisa a poner remedio; pero el Director, don Juan Bautista Lemoyne, aterrorizado, dio parte en seguida a don Bosco. El Beato, sin alterarse, le dijo que confiara a san José la guarda de la columna que peligraba, con la promesa de colocar en el patio una columna parecida con la estatua del Santo Patriarca. El peligro fue conjurado; pero, como suele suceder con los cambios de personal, tardaba en cumplir la promesa; un hecho imprevisto ((357)) vino a refrescar su memoria. Víctor Manuel Salvini, alumno interno de Turín, jugando el año 1877 en el segundo rellano de la escalinata, se abalanzó tanto sobre la barandilla que se desplomó en el vacío; mas, por una extraña y afortunada casualidad fue a caer precisamente en las rodillas del Director don José Scappini. Ambos invocaron a san José en alta voz en el momento de la desgracia y quedaron perfectamente ilesos. Al enterarse de esto don Bosco, dio prisas para que se cumpliera la obligación contraída; pero el monumento no quedó terminado 308
hasta el 19 de marzo de 1879. El Siervo de Dios, que daba muchísima importancia a las manifestaciones religiosas, quiso tomar parte en la inauguración en la que también intervinieron muchos forasteros. Para la solemnidad, el clérigo Grosso, que más tarde cosecharía tantos laureles en el campo de la música sacra, compuso un himno, cantado con acompañamiento de banda por los músicos del oratorio, bajo la dirección del maestro Dogliani. Como perenne recuerdo de la gracia y de la promesa, dispuso don Bosco que, en honor de san José, se impartiese cada miércoles en aquel colegio la bendición con el Santísimo Sacramento, como todavía se acostumbra.
Las visitas de don Bosco a Lanzo eran todavía bastante frecuentes. Volvió en lo mejor de la primavera, en la época de los nidos; y sucedió, en esta ocasión, un episodio singular. Algunos internos descubrieron durante el paseo un nido de mirlos; lo tomaron, se lo llevaron al colegio y lo escondieron en el dormitorio dentro de un cajita pero muy pronto fueron muriendo los pajaritos uno tras otro, con el trato que les daban los inexpertos cuidadores. Muerto el último, acordaron los muchachos darles honrosa sepultura. Para ello hicieron durante el recreo el entierro, remedando las ceremonias de la iglesia en los funerales. Lo acompañaron, pues, con cantos litúrgicos a su última morada, con aspersiones y, por fin, con un discurso. Don Bosco siguió desde una ventana el desarrollo de la escena; después, mientras los alumnos estaban reunidos en el salón de estudio, mandó llamar a protagonista de la travesura. Con aire grave, le hizo comprender que habían hecho algo feo, una verdadera profanación, que no debía repetirse jamás. Después, en cuanto vio al bribonzuelo, arrepentido de su falta, ((358)) mudó de tono; dijo que les perdonaba a él y a los demás y, al despedirlo, le regaló un paquete de caramelos para que los repartiera entre sus cómplices. La lección era necesaria y la hubo, pero, en el modo de hacerlo, estaba toda el alma y el sistema educativo de don Bosco 1.
En septiembre del mismo año, se cumplía el contrato con el Ayuntamiento; ahora, atendidos los precedentes, que hemos expuesto en el volumen anterior, don Bosco pensó tantear el terreno para conocer cuáles eran las definitivas intenciones del Consejo municipal. Por lo cual, escribió al alcalde:
1 Este joven era el profesor Juan Giannetti, profesor hoy en el real Instituto de Magisterio de Vercelli. 309
Ilustrísimo señor Alcalde:
En el próximo pasado mes de julio, en la visita que hice a Lanzo, observé que son necesarias varias reparaciones importantes e indispensables, para el uso y la conservación del edificio del Colegio. Para evitar deterioros mayores, ruego a V. S. dé las órdenes oportun cuando llegue el buen tiempo para hacer las reparaciones con buen resultado. Al mismo tiempo, me considero obligado a recordarle que, con el curso escolar 1880-81, caduca el contrato estipulado entre el que suscribe y ese ayuntamiento; invito, pues, a V. S. tenga a bien indicarme cuáles son sus intenciones a este propósito, a fin de que podamos tomar con tiempo las deliberaciones propias del caso. Espero alguna contestación de su reconocida cortesía, mientras tengo el honor de poderme profesar de V. S. y de todos los respetables consejeros municipales de Lanzo,
Turín, 23 de agosto de 1879.
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
La respuesta no le satisfizo ni poco ni mucho; razón por la cual dispuso que los Salesianos abandonaran los locales que habían sido
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convento y se concentraran en el edificio nuevo, al que por tanto fueron trasladadas también las escuelas elementales. El alcalde no se dio por ofendido, como se vio en vísperas de la inauguración del curso siguiente. El Delegado Provincial, que a la sazón estaba en lucha contr el bachillerato ((359)) del Oratorio, puso su atención también en el colegio de Lanzo, pidiendo al alcalde informes acerca de su marcha y l lista de los maestros elementales y de los profesores del bachillerato. Don Bosco, informado de la cuestión, bosquejó una respuesta, de la que se trasluce toda su firmeza, y que el alcalde sencillamente reiteró.
PROMEMORIA
Recibida la nota del Delegado Provincial de Enseñanza, del 14 del corriente septiembre, sobre la marcha del Colegio de Lanzo, el Alcalde, que suscribe, visitó e interpeló al Director del mismo y lo encontró condescendiente en todo; y aunque, en los años anteriores, ha enviado la lista de los maestros a la oficina misma de la delegación provincial, sin embargo, al comenzar el inminente año escolar, este ayuntamiento enviará nombres y apellidos de los tres maestros de las elementales, provistos de sus títulos oficiales. En cuanto a los profesores del bachillerato, se ruega al Delegado Provincial tenga a bien recibir él mismo la nota del Director del Colegio, habida cuenta d la reducida cuota con que el Ayuntamiento concurre para el bachillerato. Este es el motivo por el cual se contenta con profesores idóneos, sin pretender que sean titulados. En esta misma ocasión, como ya fue pedido por el Delegado Provincial, cree no hacer cosa desagradable mismo, asegurándole que el proceder de este Colegio encontró siempre plena aceptación en todo lo que se refiere a moralidad, disciplina, aprovechamiento de los alumnos y todo ello porque mereció siempre 310
las alabanzas de todos. Es verdad que últimamente se encontraron en clase maestros...
Don Bosco presentó las listas pedidas. Tocante a la marcha del colegio, hay un testimonio, que probablemente se relaciona con los estudios, que se hacían entonces en el Ministerio sobre la estructuración y reglamentación de los centros correccionales 1. En 1879 el doct Julio Benelli director de la cárcel de Turín, tal vez para recoger elementos útiles para la formación de un nuevo reglamento de los reformatorios estatales, visitó los colegios salesianos, empezando por el de Lanzo. Cuáles fueron las impresiones que sacó de sus visitas, s leen en un artículo que publicó nueve años más tarde en la Rivista di discipline carcerarie 2. Aquí tiene el lector la parte más importante:
((360)) «En los institutos de don Bosco que visité, encontré mucho orden, mucho afecto a los Superiores, un gran desarrollo en la instrucción de los muchachos, confianza ciega, ilimitada en sus preceptores. El primero que visité fue el de Lanzo en 1879. Eran unos poc sacerdotes los que atendían a todo; una sola indicación suya, dada con la sonrisa en los labios como el ruego de un amigo afable, era obedecida con la rapidez del rayo (... ). En todo el ambiente se respiraba un aire de paz y de felicidad encantadoras. íFácil es imaginar mi impresión, después de haber salido pocas horas antes de La Generala, con sus chirriantes verjas, sus rejas de hierro y tantos carceleros y soldados! Entonces comprendí el hecho narrado por el conde Connestábile, de que un día don Bosco había acompañado, él solo, a trescientos corrigendos de La Generala hasta Stupinigi, después de haberle costado mucho obtener el permiso del entonces ministro Rattazzi, el cual quería que los muchachos fueran custodiados al menos por carabineros disfrazados. Y desde aquella fecha nació en mí la convicción inquebrantable de que, si es posible esperar obtener la enmienda y el buen encarrilamiento de chicos extraviados o abandonado sólo puede serlo colocándolos en un ambiente de rígida disciplina (es decir de disciplina sin transacciones), pero acompañada de la suave dulzura, que debe respirarse en las familias bien ordenadas y acostumbradas a vivir honradamente. El sistema disciplinar de los institutos d don Bosco no tiene por base las amenazas y castigos. Un simple cleriguito basta para mantener en orden una gran masa de jovencitos. Lo primero, antes que cuidar de la instrucción material de la escuela, se
1 Véase: vol. XIII, pág. 474.
2 Año XVIII, Roma, 1888, págs. 87-88. 311
suministra con asiduo cuidado a los muchachos la educación del corazón. Los clérigos, que hacen el papel de educadores, no son precisamente talentos privilegiados, sino jóvenes todos ellos de maneras insinuantes y de buena educación moral. Estos, en continuo contacto con los jovencitos, son un estímulo eficaz para el bien. El niño es un imitador y los muchachos de los institutos de don Bosco tienen óptimos modelos que imitar. Así se explican los resultados que en ellos se obtienen».
((361)) En septiembre presidió don Bosco dos tandas de ejercicios espirituales en Lanzo. La primera, que duró del día 3 al 10, tuvo doscientos cincuenta ejercitantes, entre los que estaban los clérigos novicios. Estos fueron a pie desde San Benigno hasta Ciriè y desde all en tren hasta Mathi. Aquí visitaron la fábrica de papel y se juntaron con los que venían de Turín y los acompañaron en tren hasta la meta.
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Allí encontraron ya a don Bosco, que estaba de salud «medianamente bien», dice la crónica 1.
En las «buenas noches» del día 5, acabó don Bosco con una cuestión que se arrastraba hacía varios años. Repetidas veces, como ya se ha visto, había manifestado el deseo de que se omitiesen los votos trienales, pero nunca se había llegado a una conclusión, porque algunos Superiores opinaban que la profesión temporal ofrecía un buen medio para conocer mejor a los sujetos. Aquella vez, en cambio, don Bosc cortó el nudo y, en adelante, ya no habló del asunto con nadie. Se expresó así: «Antes de avisar que los que desean inscribirse den su nombre, tengo que hacer otra advertencia y es que éste es el último año que se harán los votos trienales. El próximo año, quien los desee hacer, los hará en seguida perpetuos. Se ha demostrado que los votos trienales son una tentación, todos comprenden suficientemente si Dio los llama a esta congregación y si se sienten con fuerzas suficientes o no; y, por tanto, están en condiciones de deliberar y decir:
»-Hago los votos perpetuos, o tomo otro camino.
»Pero este año se hacen todavía los votos trienales, porque el año pasado todavía no se había dado este aviso; es más, los que han pedido los votos perpetuos tienen plena libertad para hacer los trienales; lo mismo que los que pidieron los trienales, para hacer los perpetuos». El Beato repitió el mismo aviso en las otras tandas de aquel año. Se ve, sin embargo, que, en la práctica, evitaba imponer pesos superiores ((362)) a las fuerzas lo mismo que apagar una mecha humeante; en
1 Sacado de la Croniquita de don Julio Barberis, penúltimo cuaderno, que sólo tiene doce páginas escritas y de diversos temas. 312
efecto, basta consultar los catálogos para echar de ver cómo nunca faltaron nuevas profesiones trienales.
En la solemne ceremonia de la profesión religiosa, habló don Bosco, pero no tenemos más que el exordio de su discurso: «Aumentan de día en día las filas de nuestros Hermanos, es decir, de los que se consagran al Señor en cuerpo y alma para asegurar la propia salvación y ayudar a salvarse a los demás. íQué gran satisfacción es para mí ver cómo, sin que el mundo lo sepa, son tantos los que se preparan para salir a hacer el bien! Es evidente que el Señor lo quiere así, y nos bendice de esta forma. El mundo no sabe nada de todo esto; sólo nosotro y los que tienen relación con nosotros. Hace muchos años se hizo la primera tanda de ejercicios y éramos catorce entre todos. No existía, todavía la Congregación. De los catorce, doce eran externos, pues don Bosco no tenía más que dos internos. La segunda vez que se hicieron, habían aumentado hasta treinta y dos. Pero, cuando la Congregación quedó constituida formalmente, entonces se determinó hace los ejercicios en Trofarello. Recuerdo que, un año en la segunda tanda, no había más que dieciséis. Pero, pronto aquel local resultó insuficiente, hubo que dejarlo y vinimos a hacer los ejercicios en Lanzo. Aquí fuimos creciendo de tal modo que, ya el año pasado, no bastaron las dos tandas de siempre, y se hizo una tercera en Sampierdarena. Este año nos vemos obligados a hacer otra más en Alassio. En esta primera tanda hay doscientos cincuenta ejercitantes y presumo que la segunda no será inferior a ésta. »No se ve aquí claramente la mano de Dios? Pero hay un lugar de la Sagrada Escritura en el que el Señor hizo decir: Multiplicasti gentem, sed non magnificasti laetitiam (Multiplicaste la gente, pero no aumentaste la alegría). »Deberá decirse esto también de nosotros? Espero que no. Pongámonos todos muy de acuerdo para que no suceda esto. »Sabéis qué se requiere para ello? Una sola palabra. No quiero deciros muchas cosas para que sigáis adelante. Basta una sola: Observancia. Observar ((363)) nuestras Reglas. Los institutos religiosos marcharon siempre bien, mientras hubo observancia. »Cuándo decayeron? Cuando ésta comenzó a decaer o se rompió...» El comparar, con la humildad de los comienzos, los progresos hechos por la Congregación, se convierte cada vez más, por así decirlo, en su tema obligado, cuando quiere animar especialmen a los Salesianos jóvenes al amor de su vocación.
También, en la segunda tanda de ejercicios, habló don Bosco después de las profesiones. La crónica nos ha conservado sólo un párrafo sobre la templanza, calificándolo de oportuno para dar a conocer su pensamiento con respecto a la práctica de esta virtud. Hablando de 313
los daños morales, que causa a los jóvenes la intemperancia, especialmente en el uso del vino, recomendó: «Procuren todos estar en regla, comiendo y bebiendo lo que necesiten y no más. Seréis, por ejemplo, invitados a comer o bien la necesidad o la conveniencia pedirá que vayáis, y os encontraréis allí con manjares y bebidas en abundancia; estad alegres, no os mostréis esquivos ante la ocasión que se os ofrece de tomar algo más de lo ordinario. Pero, mídanse bien las propias fuerzas, mídanse las propias necesidades; no hacer ningún exceso, ninguna intemperancia y ser rigurosos en esto con nosotros mismos. Po el contrario, sucederá otras veces que falte la ración ordinaria; pues bien, aprovéchese la circunstancia para hacer una mortificación alegre. Se dirá:
»-Necesito ayunar alguna vez para vencer mis tentaciones y, ya que se me presenta la ocasión, elijo el día de hoy.
»Y si las ganas son mayores y mayor la necesidad de trabajar, se dirá:
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«-Este ayuno y este trabajo hechos con el estómago vacío valdrán mucho más, porque no lo elijo yo, sino que así lo dispone el Señor».
EN VALLECROSIA: CONSTRUCCIONES
Los protestantes de Vallecrosia no podían resignarse a ver frustradas sus equivocadas esperanzas. El pastor evangélico y el director del asilo valdense ((364)) desahogaron su mal talante en un opusculito titulado: Unas pocas palabras a los habitantes de los llanos de Vallecrosia y pueblos circunvecinos. En él se falseaban la historia, la verdad y el buen sentido. Su fin era excitar a la población contra la casa de María Auxiliadora. El Boletín de julio les respondió a tono, pero se necesitaba una respuesta más contundente que las simples palabras.
Los herejes anhelaban obtener que Salesianos e Hijas de María Auxiliadora abandonaran Vallecrosia; don Bosco, por el contrario había discurrido ya la manera de transformar la humilde capilla en una gran iglesia que bastara para las necesidades espirituales de los católicos, quería proporcionar un decoroso edificio a las escuelas de ambos sexos. El nuevo obispo, monseñor Tomás Reggio, continuando la obra d su predecesor, alentaba la empresa. En una circular del 12 de junio «a las almas generosas y piadosas», después de describir al vivo el peligro de la invasión protestante, hacía una llamada a la caridad de grandes y pequeños, ricos y pobres, para que todos contribuyeran 314
con ofertas de dinero, prestación personal, objetos de valor, materiales de toda clase. Instituyó, además, una comisión de cinco sacerdotes cuatro seglares, que buscaran los medios de propaganda en la diócesis; pero la parte más onerosa cargaba siempre sobre los hombros de do Bosco, a quien nombraba dos veces el Obispo en su circular con palabras muy laudatorias.
No obstante las luchas, que en aquel tiempo tenía que sostener y los gastos necesarios para la iglesia de San Juan Evangelista, el Beato, siempre tranquilo, siempre dispuesto a hacer el bien, puso manos a la obra con toda la actividad posible. Tuvo que superar muchas y serias dificultades para conseguir la compra del terreno indispensable. En agosto escribió al director don Nicolás Cibrario:
Queridísimo Cibrario:
Hasta ahora no me ha sido posible ocuparme seriamente de la proyectada construcción en Vallecrosia, pero ahora estoy ad hoc et propte hoc. Haz, pues, por hablar con el canónigo Cassini o con otros y dime:
1.° Si no se escribió todavía al Papa y se piensa que escriba yo mismo, con o sin la pastoral o circular de monseñor Reggio.
((365)) 2.° Si la tarjeta de suscripción impresa en el Oratorio ha llegado ya a vuestras manos; si os gusta o hay que hacer modificaciones
3.° Si la carta que ha de unirse a la tarjeta está ya hecha o si he de hacerla yo. Dime lo que hay de lo uno y de lo otro y procuraré remediarlo todo pronto.
Saludos a todos nuestros amigos y créeme siempre en N. S. J. C.
Turín, 24 de agosto de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D, »Están terminados los planos? »Han empezado las obras? Es inútil acudir a la duquesa de Galliera, porque no recibe. El mismo escribió al Papa con el fin de obtener de León XIII bendiciones y ayuda, que animasen a los buenos a ser generosos en sus limosnas.
Beatísimo Padre:
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Humildemente postrado a vuestros sagrados pies, oh Beatísimo Padre, con el máximo respeto expongo cuanto sigue:
En Valle Crosia, población situada entre Ventimiglia y Bordigliera, ha habido estos últimos años tal invasión de protestantes, que todos los pueblos vecinos están amenazados. El Obispo de la diócesis, monseñor Reggio, manifiesta con dolor el estado religioso de aquella porción de su rebaño en la conmovedora circular, de la 315
que me atrevo a enviar un ejemplar a V. S., en nombre del mismo venerando Prelado.
Con el fin de poner un dique a la amenazadora herejía, hace cuatro años, se arrendó provisionalmente un edificio que sirviera de escuela iglesia y vivienda de los maestros. Pero esto es una verdadera miseria en comparación de los elegantes y atrayentes edificios, que allí han levantado los promotores de la herejía.
Pues bien, a pesar de los malos tiempos que corremos y de lo difícil que es encontrar los medios necesarios, el humilde exponente, movido por la gravedad del caso, ante la invitación del Obispo Diocesano y los estímulos de V. S. para combatir el error donde quiera que se manifieste, estaría dispuesto a ponerse a la cabeza para comenzar una construcción más digna de la religión y más adecuada a la crecien necesidad.
Se han adquirido para este fin los terrenos necesarios, se han trazado los planos correspondientes y se está a punto de empezar los trabajos.
No hay fondos preparados de antemano y se pone todo en manos de la Divina Providencia y en la inagotable caridad de V. S.
Por tanto, por consejo del mencionado monseñor Reggio y en nombre de la comisión de beneficencia expresamente constituida, suplico ((366)) a V. S. se digne impartir la bendición apostólica a todos los que de alguna manera contribuyen a esta obra de caridad.
Si V. S. se dignase, además, conceder alguna ayuda material ciertamente serviría de noble y diría que de irresistible estímulo para que lo buenos católicos nos prestaran su favor.
Con el ánimo lleno de confianza v agradecimiento pedimos a Dios que conserve largamente la preciosa existencia de V. S., mientras yo, en nombre de todos, oh Beatísimo Padre, tengo el incomparable honor de poderme profesar
DeV. S.
Turín, 16 de septiembre de 1879.
Su humilde y muy agradecido hijo JUAN BOSCO, Pbro.
El Padre Santo contestó acompañando la bendición apostólica con el envío de quinientas liras. En la carta a don Nicolás Cibrario el Bea llama tarjetas a unos módulos a rellenar con los nombres de los donantes y el importe de las limosnas. A estas tarjetas iba unida esta invitación redactada por él mismo 1.
A los Calólicos 2:
La dolorosa descripción que monseñor Reggio, Obispo de Ventimiglia, hace en una circular a propósito sobre la invasión protestante en Valle Crosia, produce seria preocupación a cuantos aman nuestra santa Religión Católica. Los enemigos de la fe no ahorran medios moral ni materiales para sembrar el error y ganar prosélitos.
1 Así lo anota don Joaquín Berto en uno de los ejemplares.
2 Encerramos entre corchetes las modificaciones introducidas por el señor Obispo en el borrador que le envió don Joaquín Berto y que s guarda en nuestros archivos. 316
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Para poner una barrera a los portadores de herejías y salvar al menos a la juventud en peligro se ha alquilado provisionalmente (en dicho lugar de Valle Crosia) un edificio, que sirviese de iglesia, vivienda de los maestros y aulas para la escuela; pero es una miseria en comparación con los elegantes edificios allí construidos por los secuaces de Lutero, (con elegantes escuelas e iglesia de los que presumen Evangélicos, y frente a las necesidades de aquella localidad).
Es, pues, indispensable dar comienzo a una construcción, que tenga una iglesia conveniente y además, la residencia de los maestros, las aulas para la escuela dominical, diurna y nocturna, y la vivienda para las religiosas maestras, y locales idóneos para sus alumnas.
Para este fin está preparado un terreno de unos dos mil metros cuadrados con sus oportunos planos; una considerable cantidad de materiales ((367)) ya amontonados, se convertirán cuanto antes en cimientos. Dada la urgencia, se espera llevar a término los edificios dentro de breve plazo.
»Pero, de dónde sacar los medios para llevar a efecto una empresa como ésta? No hay nada preparado y todo se deja en manos de la divina Providencia, que nunca falta en las necesidades; nuestra esperanza está puesta en el supremo Jerarca de la Iglesia, que, aunque se encuentra en graves apuros, es el primero entre todos, ofreciendo la cantidad de quinientas liras y añadiendo una bendición especial para todos los Obispos y particularmente en la de monseñor Reggio, obispo de Ventimiglia; confiamos en la cooperación de todos los que aman la conservación de nuestra santa religión y la educación cristiana y ciudadana de la creciente juventud.
Confiando, pues, en el auxilio de los buenos católicos, los abajo firmantes ofrecen su propio óbolo y asumen el compromiso de recoger todo género de ofertas en dinero o en materiales de construcción.
Para facilitar el camino a las ofrendas, se acompaña una tarjeta, en la que cada uno puede consignar la cantidad, que la caridad de su corazón le impone para entregar de una vez, en dos o en tres.
(Confiando, pues, en la ayuda de los buenos católicos, los que suscriben que ya dieron su óbolo, invitan a las almas generosas a hacer ot tanto, suscribiendo la presente e indicando la clase de su oferta, dinero o cualquier otro objeto, por una sola vez o en varias durante dos o tres años).
Terminado el edificio, en señal de viva gratitud, se organizara un servicio religioso diario en la iglesia, por todos los beneméritos donantes.
Concluiremos con las palabras de los Libros Sagrados, que dicen: Vosotros habéis cooperado a la construcción de una Casa del Señor en la tierra y El os pondrá un día en posesión de un reino, que no tendrá fin.
Atentos y seguros servidores (Firman los miembros de la Comisión)
En una petición al real Economato de beneficios vacantes, extendíase don Bosco en más amplios detalles sobre la obra de Vallecrosia:
Ilmo. Señor:
El reverendo Juan Bosco respetuosamente expone que, tras invitación de monseñor Lorenzo Biale, de venerada memoria, abrió en 1876 en los llanos de Vallecrosia,
junto a Ventimiglia, dos escuelas públicas elementales para ((368)) niños, con cuarenta alumnos, y para niñas, con sesenta alumnas, como se ve por el registro de inscripción y la relación del Inspector Provincial, completamente gratuitas y de acuerdo en cuanto a la enseñanza, con las leyes en vigor, amén de una iglesita para la administración de los santos Sacramentos y la predicación de la divina palabra.
Que estas dos escuelas e iglesita, en contraposición de la escuela y capilla evangélicas ya antes implantadas allí por los protestantes, eran imperiosamente reclamadas por la misma amenidad del lugar, poblado por un siempre creciente número de ciudadanos y forasteros veraneantes, que aumentaban de año en año, los cuales, sin ellas, apenas podían cumplir sus deberes de cristianos y de ciudadanos y atend a la educación moral y literaria de sus hijos, estando situada la parroquia a una hora de camino, y las escuelas de la cabeza de distrito ubicadas tierra adentro, al norte, en lugar poco saludable.
Que dicha obra pía, muy importante y muy costosa por el local alquilado y por el mantenimiento del personal dedicado a ella, fue
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sostenida hasta ahora por el exponente, con la escasa ayuda insegura de los campesinos, y principalmente con las generosas aportaciones anuales de un insigne bienhechor, sin que nunca haya contribuido en nada el Ayuntamiento de Vallecrosia, que es pobre y está demasiado cargado con los gastos de la escuela, del médico y otros que debe sostener en la cabeza de partido. Ahora, después de un año y meses que murió dicho bienhechor y tras la míseras cosechas de estos últimos años, se han reducido a poquísima cosa las eventuales limosnas de los habitantes; y, en consecuencia, un instituto tan útil se encuentra falto de los medios indispensable para su vital existencia.
Sería muy doloroso, para el que suscribe, tener que marcharse de esa población que, merced a las afectuosas solicitudes de los que en ell trabajan por la orientación educativa y la prudente vida cristiana y civil, se va consiguiendo consolador provecho. Pero el abajo firmante, e el extremoso trance en que se encuentra, recurre confiadamente al Real Gobierno, que siempre generoso como es, con sus anuales subvenciones a los más beneméritos ministros de la Religión y promotores a un tiempo del bienestar social, tendrá a bien, en cuanto se cerciore de la verdad de lo expuesto por el Real Vice-Administrador de Ventimiglia, tender su piadosa mano para socorrerla.
Por tanto, el humilde exponente se dirige con respetuosa confianza al noble corazón de V. S. para que se digne concederle, a cuenta de l administración general, la subvención que más convenga a una obra de tanta importancia y necesidad, por lo que, con imperecedera gratitud, no cesará éste de invocar sobre el augusto y venerado Soberano e ilustres consejeros las más preclaras bendiciones del cielo.
No obstante, la miseria de aquel año, en que el campo dio muy poco en general, llegaron las limosnas, con tal abundancia que permitiero ver a fines de diciembre, cómo las paredes maestras de las obras llegaban a flor de tierra.
((369)) EN BORGO SAN MARTINO
El colegio de San Carlos, en Borgo San Martino, aunque ya no era su director don Juan Bonetti, se mantenía a la altura de sus óptimas 318
tradiciones, y las simpatías de la población eran universales y profundas. Se tuvo una prueba de ello cuando, por escasez de personal, decidieron los Superiores retirar los maestros salesianos de las escuelas municipales, y notificaron oficialmente la decisión a las autoridades. Nada más saberlo, estalló una protesta general. Los padres de familia encabezaron una suscripción que recogió las firmas de todos y las envió a don Bosco; hasta el párroco amenazó con abandonar la parroquia. No quiso don Bosco permanecer indiferente ante aquel plebiscito de afecto; ordenó escribir al director don Domingo Belmonte, que no se enviase la declaración y prometió ir a Borgo para ver qué se podía hacer. De este mismo tiempo es una carta primorosa escrita por don Bosco a los alumnos de los cursos superiores sobre la elección de estado, anteriormente reproducida 1.
EN VARAZZE
El trasiego del personal para el curso escolar 1879-80 ocasionó el cambio del Director de Varazze; don Juan Bautista Francesia trasladad a Valsálice, dejó como sucesor a don José Monateri, que, con el cierre de la casa de Albano, estaba a disposición de los Superiores. Pero éste, por no considerarse apto para tan elevado puesto, puso alguna dificultad y deseaba que la dirección de aquel colegio fuera confiada a otro. Inmediatamente acudió don Bosco a calmar paternalmente sus aprensiones.
Queridísimo Monateri:
Si yo quisiera mandarte algo contra la voluntad de Dios, te quitaría de Varazze; pero ni tú, ni yo queremos hacer tal cosa. Ten, pues, paciencia; acude en mi socorro, pero sin aumentarme las molestias, que ya son muchas, y bastante graves.
((370)) Don Juan Bautista Francesia te hablará, poneos de acuerdo y dentro de poco iré yo por ahí a pasar algunos días contigo.
Dios te bendiga y te conserve siempre bonus miles Christi (buen soldado de Cristo).
Considérame todo tuyo en J. C.
Turín, 27 de noviembre de 1879.
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Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.
1 Véase más atrás la pág. 115. 319
EN MAGLIANO SABINO
El colegio seminario de Magliano Sabino iba cada día mejor. En el mes de octubre don Bosco participó a los Superiores la gran satisfacción que le había proporcionado una carta del cardenal Bilio. Su Eminencia, que llevaba un mes veraneando allí, en el centro de su diócesis suburbicaria, al observar de cerca la marcha y el progreso de los alumnos en la piedad y en los estudios, sintió casi la necesidad d manifestar al Beato su gran satisfacción:
«Estoy verdaderamente contento, le escribía el 14 de octubre, y agradezco a V. S. Ilma. el haber proporcionado tanto bien a esta mi diócesis, en tiempos tan difíciles y calamitosos. Los profesores, sacerdotes y clérigos, enviados por V. S. son celosos y ejemplares; y espe en el Señor que los muchachos saldrán bien instruidos y buenos bajo su disciplina. Mientras tanto la fama ha llegado a los pueblos de alrededor y a la misma Roma, por lo que ha subido el número de alumnos a unos sesenta y sigue aumentando todavía. Esto se debe al buen concepto en que merecidamente se tiene al reverendísimo don Bosco y a los Salesianos. Sean dadas por ello gracias a Dios. Por mi parte, n dejaré de ser útil, en compensación, a su Instituto y alabarlo ante el mismo Padre Santo».
Antes de regresar a Roma presidió el Cardenal la solemne repartición de premios a los alumnos, dando así público testimonio de su agradecimiento y protección.
EN NIZA
Hay tres cartitas que nos abren un portillo para ver qué pasaba entre la casa de Niza y el Beato. ((371)) Las tres son del mes de julio y va dirigidas al director. En la primera agradece las felicitaciones de su día onomástico; anuncia el envío del opúsculo, que contenía la exposición de la Congregación a la Santa Sede, tiene palabras de profundo agradecimiento a una familia de bienhechores y menciona la rif extendida, como ya se dijo, a Francia.
Muy querido Ronchail:
Trataré de responder a la extraña carta de don Lorenzo Bianchi e intentaré, Domino dante, si puedo calmarlo. A primeros de la próxima semana pasará por Niza 320 el señor cura párroco Guiol 1. Necesitaría llevar a don José Bologna al menos diez mil francos. Mira a ver si puedes hablar con el abate Cauvin 2 o con otros para un préstamo. Haz todo lo que puedas por ayudarme a sacar de apuros al empresario de nuestra casa de Marsella.
Necesitaría saber si los clérigos Pirro y Macherau son ya sacerdotes y si no hay dificultades. »Quién es ese sacerdote de Annecy, que me escribió para San Juan? »Quiere hacerse salesiano? »Parece que ha vuelto en sí el clérigo Pentore?
Dirás a todos que he leído con gran satisfacción los escritos que me han enviado desde ese patronato 3; les doy las gracias y pido a Dios que los premie y conserve en su santa gracia.
Si tienes alguna buena noticia que comunicarme, date prisa, porque tengo muchos disgustos.
Dios os bendiga a todos y rezad por mí, que siempre seré para vosotros J. C.
Turín, 14 de julio de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
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Entre los «muchos disgustos», que por aquellos días le atormentaban, don Bosco encontraba algún consuelo con el afecto de sus hijos, la solidaridad de los Directores, que se sacrificaban para ayudarle a llevar adelante sus empresas, y con las buenas noticias sobre la marcha d las casas. Así se trasluce de la segunda carta.
((372)) Mi querido Ronchail:
Te agradezco a ti y a todos nuestros queridos hijos de Niza las oraciones y felicitaciones.
Dios bendiga a todos y os conserve en su santa gracia.
Recibirás los dos ejemplares de nuestra exposición por correo.
Me has dado un alegrón con las noticias de los señores Tibán. Si tienes ocasión de verlos, salúdalos cordialmente de mi parte; diles que les agradezco de corazón la caridad y benevolencia que tienen con nuestro orfanato. Asegúrales que todos los días les encomiendo al Seño en la santa misa.
»Qué has hecho para nuestra rifa? »Has colocado los boletos? »Tienes que devolver algunos? »Quieres más todavía?
Seguid rezando por mí, que siempre seré para vosotros en J. C.
Turín, 4 de julio de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro
1 A su regreso de Turín, como diremos a continuación. El 14 era lunes; el 20 domingo, se encontraba el párroco en Sampierdarena, camino de vuelta.
2 Véase, vol. XIII, pág. 609.
3 Cartas de felicitación, que le escribieron en francés los jóvenes damascenos, ya mencionados en otro lugar. 321
Lo mismo que en el Oratorio la habitación de don Bosco estaba siempre abierta para cualquiera de la casa que quisiera hablar con él por cualquier motivo, así también podían sus hijos escribirle desde lejos con la máxima confianza, aunque no fuera más que para desahogarse en un momento de malhumor, con la seguridad de que no los dejaría sin contestación. Así el joven catequista de Niza, don Lorenzo Bianchi, sintiéndose un poco a disgusto, había vaciado su aflicción en la «extraña» carta antes mencionada que, sin embargo, no dejó insensible al buen Padre.
Muy querido Ronchail:
He escrito una extensa carta a don Lorenzo Bianchi, que él no ha recibido. Mira a ver si se quedó en la central de correos o extraviada en nuestra casa. Si no aparece, dímelo y le escribiré otra. Comunícaselo a él mismo y asegúrale que no me olvido de él, pero que le recomien no se olvide de mí.
Otras cosas para otro día. Dios nos bendiga a todos y créeme que siempre, con verdadero afecto, seré para ti en J. C.
Turín, 23 de julio de 1879.
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Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. He leído con gusto las cartas de los Damascenitos. Salúdalos de mi parte. ((373)) En el año 1881 don Bosco reclamó a Turín los cinco jóvenes de Damasco, enviados del Oratorio a Niza, con la intención de prepararlos para ser clérigos; pero el patriarca melquita de Antioquía, Gregorio Yussef, al enterarse que se los quería introducir en el rito latino, no lo consintió.
«La finalidad de enviarlos a Niza, escribía el 20 de octubre de 1881, era para que cursaran los estudios necesarios a un eclesiástico y volvieran luego aquí, para dedicarlos al bien de las almas».
Rogaba, pues, a don Bosco que los enviara a Marsella y los entregara a un sacerdote, que era allí su procurador, el cual procedería según sus instrucciones. El Patriarca terminaba su carta diciendo:
«No le ocultaré que tengo mucha necesidad de obreros espirituales en mis diversas diócesis y que me es indispensable tener aquí a esos jóvenes para el servicio de mi Sede Patriarcal. La agradezco vivamente las atenciones que se les han prodigado durante la estancia en sus casas».
Inmediatamente se hizo lo que su Beatitud deseaba. 322
EN MARSELLA
En Marsella, donde se había colocado la primera piedra de la nueva construcción el día de María Auxiliadora, se trabajaba activamente e las obras, pero los fondos disponibles se agotaron pronto; ésa era la razón del préstamo indicado por don Bosco en la segunda carta con la que está estrechamente relacionada otra al párroco de San José. De ella se desprende que, para continuar la empresa, don Bosco necesitaba vender las alquerías heredadas del barón Bianco de Barbanía. El canónigo Guiol había visitado a don Bosco y el Oratorio, a mediados de julio, pero se detuvo allí pocos días, porque le reclamaban en Marsella sus deberes pastorales. El Beato le escribió:
Muy querido señor Cura Párroco:
Unas pocas palabras para informarle de nuestras cosas. Las fotografías del Oratorio de San León están terminadas, pero quizá no se las pueda enviar ((374)) antes del miércoles; en este caso, las mandaré a Marsella, como habíamos quedado.
Se cerró el contrato de una de las alquerías de Caselle, y se firmará la escritura a fines de esta semana. Así espero tranquilizar a don José Bologna.
Pero, si don José Ronchail ha podido encontrar a tiempo la persona, a la que yo mismo he escrito, creo que podrá entregar la cantidad necesaria. De todos modos estudiaré la manera de llevar adelante nuestros asuntos y no parar a mitad de camino. La Congregación Salesia no está madura todavía; y, por tanto, mucho menos sus hijos. Pero, con la ayuda de Dios, crecerán y, a su tiempo, alcanzarán madurez y darán fruto las molestias sufridas: paciencia, constancia y oración.
Su estancia entre nosotros ha sido un gran placer para dos. Pero fue demasiado corta. Se repetirá, »verdad? Perdone, si no le hemos tratado con las atenciones, que usted merece y como era el deseo de todos 1.
Dios le conserve siempre con buena salud y créame en J. C.
Turín, 20 de julio de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
1 Se refería a esta próxima visita la amable cartita siguiente:
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Muy querido señor Cura Párroco:
En su carta me daba esperanzas de que en la segunda semana de este mes tendríamos su esperada visita. Supongo no vendrá solo. Esperamos también aquí a quien le acompañe. Alguien me dijo que, tal vez, fuera Madame Jacques; sería para mí un gran placer. También el señor Martín, con Víctor, prometió darse un paseo hasta Turín. »Vendrá con usted? Si nos comunica la hora de la llegada iremos a recibirle a la estación »Y el abate Mendre? Acompáñele Dios en su viaje y ruegue por mí, que siempre seré suyo en J. C.
Turín, 3 de julio de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Don Bosco había solicitado y obtenido del Padre Santo una condecoración pontificia que fuera digna recompensa de los méritos del seño Rostand en la dirección de la Sociedad Beaujour. Tratábase ahora de hacerle decorosamente la presentación de la misma; para ello se encomendó el Beato al párroco Guiol:
Muy querido señor Cura Párroco:
El Emmo. Cardenal Nina me comunica la concesión de la encomienda de San Gregorio el Grande, que S. S. hace al benemérito señor Rostand.
((375)) Escribo a don José Bologna, que pase a verle a usted para concertar cómo celebrar una bonita fiesta.
El Breve pontificio es del todo especial, como usted comprobará por el texto que le adjunto.
El mismo secretario de Estado alude a alguna concesión del Padre Santo que le comunicaré apenas sea un hecho.
Deseo que lo arreglemos todo a costa de cualquier sacrificio; pero me es indispensable, sin embargo, un poco de tiempo, aunque no mucho.
Dejo abierta la carta del señor Rostand; después de haberla leído para su norma, la cerrará antes de entregarla, etc.
Proceda usted como mejor le parezca; me falta tiempo; pronto escribiré.
Dios nos bendiga a todos y créame
Turín, 29 de julio de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Prepare un buen artículo para el Boletín. El señor Rostand, lleno de gratitud, dio las gracias a don Bosco y las dio directamente al Papa; al mismo tiempo, completó las gestiones necesarias para la solución legal de la casa de Marsella y del pobre orfanato de Saint-Cyr. Lo que don Bosco deseaba arreglar «a costa de cualquier sacrificio» era el asunto de la escolanía, por la que el abate Guiol seguía armando mucho jaleo y escribía cartas con cierta vehemencia. Aludía a ello también en la carta anterior con la frase un tanto enigmática «molestias sufridas», es decir hechos molestos. Hombre celoso y generoso, el abate tenía los prontos de los temperamentos impulsivos que, cuando se les mete una idea en la cabeza, no saben después en la práctica resolver las dificultades, sino que pretenden arrancarlas de cuajo, sin tener en cuenta ni las circunstancias ni l consecuencias. De momento, y gracias a la condescendencia de don Bosco, se logró llegar a un arreglo, como hemos narrado en su lugar.
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La víspera de la novena de Navidad envió el Beato felicitaciones 324
particulares a tres señoras marsellesas muy beneméritas de los Salesianos. Dos de ellas ya nos son conocidas; la otra era la esposa del mencionado señor Rostand.
((376)) Muy respetable señora Rostand: Muchas veces me habló don José Bologna de las obras de caridad, que usted y su señora hija hacen en favor de los pobres muchachos de
Oratorio de San León. Creo cumplir un deber presentándole mi humilde y cordial acción de gracias.
Pero deseo hacerle un regalo que, por lo singular, le será agradable. Helo aquí.
El próximo jueves, Dios mediante, celebraré la misa en el altar de María Auxiliadora; nuestros jovencitos comulgarán y rezarán según la
piadosa intención de usted. Nuestro fin es invocar las bendiciones del cielo para usted y para toda su familia. La salud, la paz, la prosperidad, sean la herencia de los señores Rostand y de sus hijos hasta la última generación.
Dios los bendiga a todos; hasta vernos el próximo enero, y rueguen por mí, que siempre seré en J. C.
Turín, 15 de diciembre de 1879.
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Mis más respetuosos saludos a su digno esposo, el señor Rostand. Nuestra buena y queridísima Madre señora Jacques:
No sólo sus hijos de Beaujour, sino también los de Turín, recuerdan a su buena madre y los muchos beneficios que nos hace. El próximo viernes celebraré la Santa Misa y nuestros jovencitos comulgarán y rezarán según sus piadosas intenciones.
Dios la conserve, queridísima Madre nuestra; Dios la bendiga y consuele con flores espirituales, que sirvan a su tiempo para hacerle una hermosa corona en el cielo.
Dios mediante, espero poder saludarla el próximo enero. Me encomiendo a la caridad de sus oraciones y tengo el honor de poderme profesar con afecto filial en J. C.
Turín, 15 de diciembre de 1879
Muy agradecido hijo JUAN BOSCO, Pbro.
Respetable señora Noilly-Prat:
En su gran caridad se dignó V. S. ser benemérita protectora de los pobres muchachos del Oratorio de San León. Deseo manifestarle de manera particular mi gratitud ante Dios.
((377)) El sábado, quinto día de la novena de Navidad, celebraré la santa misa y nuestros jovencitos comulgarán y rezarán particularmen en honor del Niño Jesús, según su piadosa intención. Rogaremos para que Dios la conserve con buena salud y 325
siempre en su gracia, le permita ver el fruto copioso de su caridad en la tierra y que sea más abundante todavía la recompensa que Dios le
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conceda un día en el Cielo.
Dios la bendiga, benemérita señora Prat, y dígnese aceptar este pequeño obsequio de mi gratitud. Espero poder saludarla personalmente próximo mes de enero.
Tenga la caridad de rezar también por mí, que siempre seré para usted en N.S.J.C.
Turín, 15 de diciembre de 1879.
Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
No podía faltar, en la misma circunstancia, una bonita carta para el canónigo Guiol, tanto más que don Bosco no le había escrito desde e mes de julio. Le interesaba, además, preparar el terreno para su próxima ida a Marsella.
Muy querido señor Cura Párroco:
Aunque hace algún tiempo que no le he escrito, nunca dejé de tener por usted un recuerdo cada mañana en la santa misa.
En estos (días), sin embargo, creo cumplir mi deber presentándole cordialísimos augurios de felices fiestas y buen principio (de año) y asegurándole que, durante todo el año 1880, seguiremos rezando por usted, ante el altar de la Santísima Virgen Auxiliadora. Espero que Dios nos escuchará y que usted pasará un año feliz.
Le participo, entre tanto, que, Dios mediante, a mediados del próximo mes de enero, estaré en Marsella, para arreglar las cosas de nuestr Oratorio y ver qué medidas se pueden tomar para liquidar las deudas contraídas y las que todavía tendremos que hacer. Creo que sería muy oportuna una conferencia para los Cooperadores Salesianos y otras personas benévolas y beneméritas. No sé si en el Oratorio podemos encontrar algún salón, si nos podría servir la actual capilla o si se encontraría un local a propósito en casa de algún bienhechor. El fin sería comunicar lo que se ha hecho y se necesita hacer; hablar de los Cooperadores y de cómo pueden ayudar fácilmente. Su consejo servirá de norma para lo que convenga hacer.
((378)) Si usted ve a alguno de los señores de la sociedad Beaujour, ruégole que le salude de mi parte.
Me encomiendo en particular a la caridad de sus oraciones, mientras tengo el honor de profesarme en N. S. J. C.
Turín, 22 de diciembre de 1879.
Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Gracias al cielo, mi vista ha mejorado un poco. Precisamente la víspera de la fiesta de Navidad, monseñor Juan Ludovico Robert, sucesor de monseñor Place en el gobierno de la dióces de Marsella, io pública señal de su benevolencia con los hijos de don Bosco.
Habíase abierto una suscripción para reunir dinero, con el que hacer frente a los gastos de la construcción; el Obispo no sólo la bendijo, sino que en términos muy halagüeños la recomendó cordialmente por escrito a los fieles 1.
Con esto seguía la costumbre de su predecesor, que, promovido a la archidiócesis de Rennes, solía decir:
-Si yo no hubiese hecho durante el tiempo de mi episcopado en Marsella más que traer a los Salesianos, me hubiera bastado para estar satisfecho de mi actuación.
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Por eso quería e insistía en que los Salesianos fueran también a Rennes, diciendo que, después, moriría contento.
EN VALDOCCO
También en Valdocco se hacían cálculos con la herencia del barón Bianco para nivelar el balance. Las dos iglesias de San Juan Evangelista y de Vallecrosia absorbían gran parte ((379)) de la beneficencia. Seguía agravando las condiciones económicas el encarecimiento de los géneros alimenticios, que aquel año aumentó en un tercio los gastos sobre los años anteriores. «»Cómo hacer?, se preguntaba don Bosco en la circular de enero de 1880 a los Cooperadores: »Acobardarnos? Jamás. Se trata del bien de las almas y de la sociedad. En el pasado, por medio de caritativas limosnas y especialmente con la última rifa, que fue para nosotros un gran recurso, hemos liquidado grandes y urgentes deudas. Para los futuros gastos, confío plenamente en la Providencia de Dios que, en semejantes y difíciles necesidades, nunca me faltó; y deposito también mi confianza en vuestra caridad».
Ya había acudido a otro expediente. El 29 de mayo había puesto sobre el tapete la cuestión económica y, vistas las grandes deudas que pesaban sobre todos los ramos de la administración, acordaron los
1 El Citoyen, núm. 2.982, presentó a sus lectores el escrito episcopal, encabezándolo con un artículo laudatorio del Oratorio de san León El Obispo decía:
«Hemos visto con gran satisfacción establecerse en nuestra diócesis a los sacerdotes Salesianos de don Bosco, con la obra del Oratorio d san León, convencidos de que está destinada a realizar mucho bien. No dudamos que las almas cristianas se apresuraran para acudir en su ayuda: entendemos que, ayudando a los huérfanos del Oratorio de san León, harán un acto de caridad muy agradable a Dios.
Marsella, 24 de diciembre de 1879.
LUIS, Obispo de Marsella.»
Superiores, y don Bosco asintió, hacer un préstamo de cien mil liras, a pagar después con la venta de la finca de Santa Ana en Caselle. De los apuros económicos que pasaba el Oratorio, encontramos más tarde una señal manifiesta en esta carta al caballero Carlos Fava:
Ilmo. y queridísimo Señor:
Ayer, al hacerme la generosa limosna en compañía de su Señora, me indicaba su intención para la iglesia de San Juan Evangelista. Aunque es grande la necesidad de esta iglesia, con todo, si usted me lo permite, dado que todavía hay bastantes muchachos con ropa de verano, emplearía dicha cantidad para remediar su urgente necesidad, que verdaderamente es vestir al desnudo.
Renuevo mi agradecimiento por la caridad, que nos hace a mí y a estos pobrecitos y pido a Dios que derrame en abundancia las bendiciones del cielo sobre usted, (sobre) su señora esposa e hija, y tengo el honor de profesarme con profunda gratitud,
De V. S. Ilma. y queridísima,
Turin, 4 de diciembre de 1879.
Su seguro servidor JUAN BOSCO. Pbro.
Esta carta llevaba una posdata, en la que don Bosco manifestaba los efectos de un inconveniente frecuente ((380)) en los colegios. El Caballero habíale rogado que revocara la amenaza de expulsión de un joven aprendiz; como respuesta le daba las siguientes explicaciones
P. D. He hablado con don Juan Branda a propósito del jovencito Peano, y me dijo que no hay ninguna orden en tal sentido. Fin de Página: 328
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Observó únicamente que una tía del muchacho viene demasiado a menudo a verle y le hace promesas y regalos fuera del reglamento.
Don Juan Branda le hizo observar que aquellos comestibles hacían que el alumno no hiciera caso de avisos y amenazas de castigos, y qu siguiendo de este modo, obligaría a los Superiores a enviarlo a su casa por Navidades. A lo que respondió la buena tía: Es demasiado pron por Navidad, déjenlo al menos para después del invierno. Juzgaría por lo tanto muy oportuno que, si usted conoce a la tía, la avisara para que deje a los educadores en libertad de cumplir su papel; tanto más cuanto que el muchacho no necesita nada. pero, usted actúe como cre mejor en su prudencia.
Hay otra cosa muy distinta que se refiere también al Oratorio. A lo largo de estas Memorias ya se ha hablado varias veces de la caritativa solicitud de don Bosco para volver al buen camino a pobres sacerdotes extraviados. Los recibía a veces en el Oratorio, los rodeaba de delicadas atenciones y no ahorraba medio alguno que considerara útil a este fin. Así sucedió en el verano de 1879 con el reverendo March 328
que había sido párroco de Gravère, en la diócesis de Susa, y que se había pasado a la secta de los Viejos Católicos. Para su reintegración, escribió de su puño y letra a León XIII.
Beatísimo Padre:
El sacerdote Juan Bosco, postrado a los pies de V. S., implora humildemente perdón para un hijo extraviado, que, olvidándose de sí mismo cayó en el hondo abismo de la impiedad. Se trata del sacerdote Serafín Machet, de la diócesis de Susa. Era párroco en el pueblo de Gravère, mas, por su reprobable conducta moral, mereció ser expulsado de la respectiva parroquia. Un abismo le llevó a otro abismo, y acabó por abrazar la secta llamada de los viejos católicos. La necesidad de vivir lo llevó a estos excesos, según él afirma. Se convirtió en pastor y predicador y fue hecho cura párroco de Roncourt, Cantón de Berna, en Suiza.
Profesó y predicó la herejía desde el 15 de diciembre de 1875 hasta el mes de junio del corriente año 1879.
((381)) Recibido en el Oratorio de San Francisco de Sales, pide retornar al seno de la Iglesia de Jesucristo y, desde hace unos meses, ha vuelto a la práctica de nuestra santa religión.
Ahora, con el consentimiento y en nombre del Obispo de Susa, se pide la facultad de poderlo absolver de las reservas, penas y censuras que ha incurrido por sus hechos, dispuesto a someterse a las penitencias y reparaciones de escándalo, que V. S. juzgue necesarias y oportunas.
Sólo pide, por vía de gracia, que, por ahora, no se dé publicidad en la prensa de su retractación, por el único motivo de que se produciría con ello demasiado alboroto y podría molestar a algunos de sus desgraciados antiguos colegas, que también desean, como él, volver a la verdad.
Esperando la gracia, se profesa de V. S.
Reconocido hijo JUAN BOSCO, Pbro.
La respuesta le llegó a primeros de diciembre, por medio de monseñor Angel Jacobini, asesor del Santo Oficio, a cuyo tribunal había sid enviada la instancia, por trámite de la Secretaría de Estado; pero de esta respuesta sólo se deduce que, examinada la petición, aquella sagrada Congregación había comunicado al Obispo de Susa las medidas a tomar; por tanto, que don Bosco se pusiera de acuerdo con dich Ordinario.
Un pensamiento tranquilizador para don Bosco eran las oraciones que a diario elevaban en el Oratorio sus muchachos a María Auxiliadora y sus numerosas comuniones. Sentía él que, con esto, poseía un constante tesoro espiritual, al que podía recurrir confiado, par obtener del cielo las gracias que necesitaba al dilatarse su ardua misión y para pagar las deudas, que había contraído con sus bienhechores. Cuán 329
viva fuera en él esta confianza lo demuestra elocuentemente esta carta suya del mes de noviembre a Alfonso Fortis 1.
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Mi querido Alfonso:
He recibido tus dos amables cartas, portadoras ambas de noticias desfavorables para tu salud. Me han producido verdadera pena, ((382)) pero tengo viva confianza de que Dios escuchará nuestras oraciones y tu salud volverá a ser la de antes. En cuanto a dar clase, no te preocupes. Nos basta que puedas gozar de buena salud; que, después de la gracia de Dios, es el primer tesoro.
»También anda mal el querido Ricardo? íCuánto lo siento! íCuánto sufrirán papá y mamá!
De todos modos, yo quisiera asaltar la ciudadela de David, el poder de María, y, en cierto modo, obligarle a concederos la gracia de pod gozar de buena salud; y de este modo emplear los dos santamente vuestras fuerzas en favor de las almas. Hagamos, pues, así. Durante todo el próximo mes de diciembre se celebrará una santa Misa en el altar de María Auxiliadora. Nuestros muchachos comulgarán y harán oraciones especiales a lo largo del mes.
Tú, por tu parte, con el resto de la familia, rezad un Padrenuestro a Jesús Sacramentado y una salve a María Inmaculada. Tengo plena confianza en que estos nuestros pobres esfuerzos reunidos obligarán el Señor a escucharnos y a atender nuestros ruegos.
Dios te bendiga, buen Ricardo, a papá y a mamá, y os conserve a todos en su santa gracia.
Hasta vernos en perfecta salud. Ruega por mí, que siempre seré para ti en J. C.
Turín, 29 de noviembre de 1879.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
FIN DE AÑO
Aproximándose la novena de Navidad y, por consiguiente, el fin de año, dirigió el Siervo de Dios para ambas circunstancias un pensamiento especial a todas las casas de la Congregación. El 13 de diciembre envió copias de esta carta a los Salesianos y a sus alumnos:
Novena de Navidad para los relígiosos y alumnos de las casas Salesianas.
La solemnidad de Navidad debe excitar en nosotros los afectos y propósitos siguientes:
1.° Amor al Niño Jesús con la observancia de su santa ley;
2.° Soportar los defectos ajenos, por amor al Niño Jesús;
3.° Esperanza en la infinita misericordia de Dios y firme propósito de huir del pecado;
1 Véase: Vol. XIII, pág. 213.
4.° Reparar el escándalo con el buen ejemplo, en honor del Niño Jesús;
((383)) 5.° Por amor al Niño Jesús, evitar la inmodestia, hasta en las cosas más pequeñas;
6.° Como obsequio al Niño Jesús, examinar si, en las confesiones pasadas, hubo verdadero dolor;
7.° Si hemos cumplido los propósitos hechos en las confesiones pasadas;
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8.° Revisión de las confesiones pasadas, como lo hará después Jesucristo en su divino Tribunal; 9.° Proponerse amar a Jesús y a María hasta la muerte; 10.° Fiesta de Navidad. Comulgar y recibir la Sagrada Eucaristía con frecuencia en el porvenir. Os desea las celestes bendiciones vuestro amigo.
Turín, 13 de diciembre de 1879.
JUAN BOSCO, Pbro.
Pasadas las fiestas navideñas, el Beato envió a las casas el tradicional aguinaldo, concebido en estos términos:
AGUINALDO DE DON BOSCO A LOS SALESIANOS Y SUS ALUMNOS. FELICIDADES PARA 1880
1. Para todos indistintamente: Promover el buen ejemplo con las palabras y las obras; no adquirir costumbres, aun indiferentes, en cosas no necesarias. 2. Para los Directores: La paciencia de Job. 3. Para los Superiores: La dulzura de san Francisco de Sales en el trato con los demás. 4. Para todos los alumnos: Ocupar bien el tiempo: nullum temporis pretium (el tiempo no tiene precio). 5. Para todos los salesianos: Exacta observancia de sus reglas. Los Superiores quedan encargados de anunciar y comentar en diversas ocasiones, los augurios aquí indicados. Dios os bendiga a todos. Doy gracias especiales a todos los que me escribieron felicitándome. Turín, 26 de diciembre de 1879.
JUAN BOSCO, Pbro.
PREDICCIONES
Nos quedan por registrar algunas profecías de don Bosco del año 1879 para las que no hemos encontrado lugar oportuno en los capítulos precedentes. Una se refiere a sor Clementina de San ((384)) José que ingresó en las Josefinas de Turín el año 1875. Sentía un creciente atractivo por las misiones, pero no se decidía nunca a manifestar su
deseo a las Superioras, las cuales la nombraron maestra de novicias, unos años después de su noviciado. Habría querido hablar de ello con don Bosco, pero la idea de habérselas con un santo la turbaba. Finalmente, un día de 1879, teniendo que acompañar a una colegiala al Cottolengo para visitar a una persona, le dijo:
-Mientras tú estás aquí en el Cottolengo, yo voy a visitar el Oratorio de don Bosco.
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Cobrando ánimo, se presentó al Beato, el cual, después de oírla, le declaró que debía ir a las misiones.
-Pero las Superioras no querrán darme permiso.
-Pues bien, pida salir de esta Congregación, únase a nuestras religiosas en la próxima expedición para América, y en Buenos Aires ingre y establézcase en la casa de las Josefinas fundada por vuestra Congregación de Pinerolo.
Sor Clementina, consolada con estas palabras, pidió permiso a las Superioras para ir a las misiones; pero se le negó, porque era de gran ayuda para la comunidad, y porque las Josefinas de Turín no tenían ninguna casa en tierra de misión.
A los pocos meses volvió a ver a don Bosco, a quien encontró en el patio del Oratorio, mientras se encaminaba a la iglesia. En seguida, l contó lo de la negativa y le pidió consejo. Don Bosco levantó los ojos al cielo y respondió:
-íPaciencia!
No añadió más y entró en la sacristía.
A los pocos días, la monjita fue acometida por un extraño mal, que le causaba grandes sufrimientos y le impedía cumplir los múltiples encargos que le confiaban. Renovó la petición de ir a las misiones, pero sin resultado. Hacía diez años que le aquejaba el mal, cuando en 1889 solicitó salir de las Josefinas de Turín y poder ingresar en las de Chambéry. ((385)) El afecto de sus Superioras se opuso a ello; mas, por fin, cedieron y fue admitida allí bondadosamente. Pero también allí oponíase la enfermedad a sus ardientes deseos misioneros, por lo cual, ni le pasaba por la mente hablar del asunto. Con la esperanza de proporcionarle un aire más conveniente, la Superiora la envió a la casa fundada en Roma por la Congregación; pero, agravándose la enfermedad también allí, le mandó volver.
Mientras tanto, murió por aquellos días en Cristianía, hoy Oslo, la Superiora de un floreciente Hospital que, en esta capital, tenía la Congregación de las Josefinas de Chambéry para los católicos. Queríasela sustituir por una monja francesa; pero el Delegado Apostólico, informado del caso, contestó que de ningún modo. La Superiora de 332
Chambéry, apurada ante semejante oposición, pensó en sor Clementina y un día la llamó y le dijo a quemarropa:
-»Iría usted a las misiones? Sorprendida la religiosa por semejante pregunta, contestó que, si su enfermedad la dejaba, iría de mil amores
La Superiora no le dijo más. Enardecióse en ella el deseo y el azoramiento natural de quien se ve a punto de alcanzar algo tanto tiempo ansiado en vano, y presa de la mayor agitación, fue a la capilla a pedir a don Bosco que la ayudara en un trance tan decisivo. Hacía media hora que rezaba, cuando la Superiora se le acercó con un telegrama del Delegado, el cual habiéndosele pedido su beneplácito para una monja italiana, respondía afirmativamente.
Ante tal noticia, sor Clementina se alborozó. Se repuso durante quince días, hizo algunos preparativos y partió. Volvió a Turín en 1891 para visitar a su familia y regresar a su puesto. En esta ocasión, contó a don Domingo Belmonte la profecía de don Bosco y concluyó diciendo:
-Ahora me siento completamente feliz. La salud me permite cumplir todas mis obligaciones. Tengo conmigo cuarenta hermanas y cincuenta enfermos. En nuestro hospital, los médicos protestantes prestan de buen grado sus servicios.
((386)) También hizo don Bosco una predicción, no ya a una monja, sino a la comunidad turinesa de las Hermanas de Santa Ana. Estas religiosas habían sido invitadas a abrir una casa en Roma; pero no se decidían a ir, por miedo a no encontrar allí ayuda y ambiente. Quisieron consultar antes a don Bosco; y éste les dijo resueltamente que fueran. Contestaron que carecían de medios para hacer semejante fundación.
-Vayan tranquilas, replicó don Bosco; no pasará mucho tiempo sin que tengan una gran casa.
Confiando en su palabra, fueron y se alojaron en una paupérrima casa, donde vivieron unos años con muchas privaciones, hasta que dos nobles señoras romanas, encariñadas con el instituto, tomaron el hábito, llevando como dote, además de un importante capital, un magnífi edificio, cuya propiedad cedieron a la Congregación en 1884. Cuando las Hermanas trasladaron allí su residencia, casi no se atrevían a establecerse en él, porque les parecía que no se conciliaba tanta grandiosidad con la pobreza evangélica.
Otras dos predicciones se refieren a dos Salesianos. Don Segundo Marchisio recordó una públicamente, en el vigésimo quinto aniversari
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de su primera misa, que celebró en 1879. Entonces don Bosco poniéndole la mano en el hombro le había dicho: 333
-íSerás prefecto por veinte años y, después, después, ya veremos!
Pues bien, el día en que los Superiores le comunicaron que sería catequista en el Oratorio se cumplían los veinte años de su prefectura en Valdocco y en Borgo.
La segunda profecía se refiere a don Francisco Dalmazzo. En la fiesta de la Inmaculada Concepción de 1879 se celebraba en Valsálice e banquete de despedida para él, que pasaba a Roma como Procurador general de la Congregación, y de bienvenida para su sucesor don Juan Bautista Francesia. Entre los convidados estaba el doctor Vicente Gribaudi, médico del Oratorio. Este, que tenía mucha confianza con don Bosco, le rogó que dejara todavía a don Francisco Dalmazzo como director del colegio de Valsálice para consuelo de su madre, muy afligida por la marcha del hijo. El Beato, volviéndose a Dalmazzo, ((387)) le dijo.
-Volverás a Turín cuando haya que celebrar el Capítulo para la elección del sucesor de don Bosco.
Efectivamente, don Francisco Dalmazzo volvió a Turín a la casa de San Juan Evangelista, en enero de 1888, pocas semanas antes de la muerte de don Bosco.
A este tema de previsiones corresponde también un encuentro, ocurrido en Lu, en octubre de 1879. Don Bosco recibió allí, como siempr generosa hospitalidad en casa de los esposos José y María Rota, padres de don Pedro, clérigo entonces en el Oratorio y futuro Inspector en Brasil. Volvía a casa después de visitar a la señora Isabel Grossetti, enferma, cuando un tropel de gente, que lo esperaba para verlo, lo rode y lo seguía. En el cruce de la calle Montaldo con la de Circunvalación, descubrió entre la muchedumbre a un muchacho en mangas de camisa y descalzo, que tenía los ojos clavados en él. Quedóse mirándolo y le preguntó:
-»Cómo te llamas?
-Quartero.
-»Quieres venirte conmigo a Turín?
-De buena gana. He venido para eso.
-Pues ven, allí mandaré que te pongan clavos en los zapatos.
Los circunstantes echáronse a reír por la broma. Pero don Bosco, después de hablar con los padres, lo recibió en el Oratorio y le tuvo hasta terminar el bachillerato. Si hoy don Quartero es un párroco modelo lo debe a aquel providencial encuentro 1.
1 En una memoria suya, transmitida a don Pedro Ricaldone por sor Josefina Rinaldi, sobrina 334
Pertenece también al año 1879 un vaticinio de mucho mayor alcance. Se rumoreaban próximas persecuciones contra las Congregaciones religiosas en Francia. Don Bosco dijo:
-Llegará un día en que los Salesianos serán dispersados y recogidos por los Cooperadores Salesianos; pero esto durará poco tiempo y, después, la Congregación será más floreciente que antes.
Esta dispersión de los Salesianos tuvo lugar en Francia, no entonces, sino por efecto de la ((388)) ley de Asociaciones, promulgada en 1901 y aplicada en los años siguientes. Muchos hermanos pudieron quedar en sus puestos, porque los Cooperadores, en un primer momento, les ofrecieron generosa hospitalidad y, después, sacando partido de la misma ley, los protegieron, les ayudaron y los pusieron en condiciones de seguir allí cumpliendo su misión. Más adelante, como todos saben, las cosas tomaron otro mejor cariz, de suerte que las obras salesianas resurgieron en Francia, haciéndose de año en año más florecientes 1.
de don Felipe Rinaldi, dice Quartero: «La anécdota esta impresa en la Vida escrita por don Juan Bautista Lemoyne (vol. VI, pág. 778, pero con un grave ror de cronología, pues el autor la presenta como sucedida en 1861, cuando yo no había nacido todavía, siendo así que suced en 1879».
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1 Don Luis Cartier (carta a don Juan Bautista Lemoyne, Niza, 12 de octubre de 1907) escribía: «Estas palabras me hicieron gran impresión, me quedaron siempre grabadas en la mente y me alentaron en todas las luchas que hube de sostener en Niza en estos últimos años». 335 ((389))
CAPITULO XV
AL COMENZAR EL AÑO NUEVO
AL comenzar el año 1880 conviene que echemos una mirada al estado de la Congregación para medir sur progresos. El Capítulo Superior estaba formado por:
RECTOR, Juan Bosco, Pbro.
PREFECTO, Miguel Rúa, Pbro.
DIRECTOR ESPIRITUAL, Juan Cagliero, Pbro.
ECONOMO, Carlos Ghivarello, Pbro.
CONSEJERO ESCOLASTICO, Celestino Durando, Pbro.
CONSEJERO, José Lazzero, Pbro.
CONSEJERO, Antonio Sala, Pbro.
PREFECTO DEL CLERO, Juan Bonetti, Pbro.
MAESTRO DE NOVICIOS, Julio Barberis, Pbro.
Don Carlos Ghivarello figura también en el Catálogo como Director del orfanato de Saint-Cyr. En realidad, don Bosco había determinad en febrero de 1879 enviarlo por una temporada, pues entendía mucho en agricultura y podía, sin inconveniente, ausentarse de Turín; pero, como todavía no poseía el francés, fue enviado provisionalmente otro hasta fines del año.
Los nombres de don Juan Bonetti y de don Julio Barberis van ((390)) después de los de los Capitulares, y a cierta distancia, porque no eran miembros del Capítulo Superior, aunque, a veces, disponía don Bosco que asistieran a las sesiones. Sin duda que el Beato quiso concederles esta distinción para dar más relieve a su respectivo cargo ante los Hermanos. De 1878 a 1880, Prefecto del Clero equivalió a Rector del Santuario de María Auxiliadora.
Los sujetos que, de alguna manera, podíanse considerar pertenecientes a la Congregación, eran setecientos treinta y dos, a saber:
Profesos perpetuos .. . .. . .. . .. . .. 325 Profesos trienales . .. . .. . .. . .. . ..80 Novicios . .. . .. . .. . .. . .. . .. . 146 Aspirantes . .. . .. . .. . .. . .. . .. 181 (Sacerdotes 127) 336
Las casas formaban cuatro Inspectorías denominadas geográficamente: piamontesa, ligur, americana y romana. Al frente de ellas estaban respectivamente don Juan Bautista Francesia, don Francisco Cerruti, don Francisco Bodrato y don Celestino Durando. Este se cuidaba de Magliano Sabino, Randazzo, Bríndisi y Roma (Tor de'Specchi).
El catálogo, según costumbre introducida en 1875, contenía unas breves biografías de los «Hermanos llamados por Dios a la vida eterna durante el año anterior. Eran el coadjutor, Carlos Tonelli, y cinco clérigos: Pedro Scappini, Luis Bianchi, Clemente Benna, Carlos Trivero Santiago Delmastro. Las cuatro paginitas dedicadas al clérigo Benna, hijo de una familia de Turín muy distinguida, son suficientes para revelar la notable riqueza de cualidades naturales y dones sobrenaturales de aquel joven, que era «delicia de los compañeros y complacenc de los superiores», quienes ponían en él las mejores esperanzas.
Don Bosco daba mucha importancia a estas biografías de los socios difuntos; pero previendo que, al dilatarse la Congregación, aumentaría también la dificultad de tener siempre los necesarios informes, envió, con el catálogo de 1880, un módulo que sirviera de norm para recoger ((391)) solícitamente y enviar, con la mayor prontitud posible, a Turín todas las noticias que podían necesitar los biógrafos encargados. Había que responder a diez puntos: 1.° Hechos y ejemplos de sus primeros años en la familia y en su pueblo. 2.° Su vida en el colegio, con respecto a la escuela o al taller. 3.° Su conducta durante el período de prueba y después de la profesión. 4.° Cargos desempeñados. 5.° Palabras y obras concernientes al ministerio, si el Hermano era sacerdote y, sobre todo, si era misionero. 6.° Virtudes
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especiales; dichos y hechos. 7.° Devociones y prácticas piadosas. 8.° Conversaciones y relaciones con el prójimo. 9.° Sus escritos: libros, artículos y cartas; sentencias y máximas sacadas de los mismos. 10.° Circunstancias de la última enfermedad y muerte. íClaramente se descubre la mentalidad del hombre nacido no sólo para hacer historia, sino también para escribirla, si la primera actividad no hubiese paralizado la segunda!
En el apartamiento de Roma, en Torre de'Specchi, puesto por las nobles Oblatas a disposición de don Bosco, es estableció don Francisco Dalmazzo, encargado de tratar los asuntos de la Congregación ante la Santa Sede, como Procurador General 1.
1 En el Anuario pontificio La Jerarquía Católica de los años 1877-79 aparece como Procurador 337
El cargo de Procurador General constituye en las Ordenes y Congregaciones religiosas un oficio de la máxima importancia; pues, estand el Procurador destinado al servicio de la propia Orden o Congregación, es su representante oficial ante el Papa, los Cardenales y las sagradas Congregaciones romanas, y vela por su decoro y las necesidades de toda la Sociedad.
Durante algunos años el Procurador General de los Salesianos fue don Miguel Rúa, como consta en el anuario pontificio La Jerarquía Católica. El Beato envió a don Francisco Dalmazzo a Roma el 12 de enero con esta carta de presentación para el Cardenal Nina, Secretario de Estado.
((392)) Eminencia Rvma.:
Tengo el honor de presentar a V. E. Rvma. a nuestro Procurador, en la persona del reverendo don Francisco Dalmazzo, doctor en Letras que ha sido director del colegio de Valsálice en Turín. El podrá exponer nuestras cosas a V. E., se pondrá a disposición de sus sabias determinaciones y dará, si fuere preciso, las oportunas comunicaciones referentes a Turín y a las demás casas de la Congregación.
A finales de febrero espero tener el honor de poderle saludar personalmente y agradecerle de una manera particular la carta que acaba de dirigir a todos los Salesianos.
Es para mí una verdadera satisfacción besar su Sagrada Púrpura e inclinarme con profundo respeto.
De V. E. Rvma.
Turín, 12 de enero de 1880.
Su afmo. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
La carta «dirigida a todos los Salesianos» era la respuesta a las felicitaciones, y comenzaba así: «Agradezco vivamente a V. S. Ilma. y a todos los Salesianos, de los que es V. S. autorizado intérprete, las felicitaciones que me dirigieron con ocasión del Año Nuevo. Los víncul de afecto y del cargo, que me unen a la Congregación me las han hecho gratísimas». Informaba, además, a don Bosco de haber entregado a Papa dos cartas de felicitaciones de su parte, asegurándole que Su Santidad las había recibido «con gran complacencia» y que
General don Miguel Rúa; y desde 1880 don Francisco Dalmazzo. Pero, en el Catálogo de los socios, el nuevo cargo está indicado por primera vez con su titular, sólo de 1884 en adelante, don Bosco, según su costumbre, antes de presentarlo a la Congregación como tal, qui comprobar su actuación. 338
agradecía y bendecía de corazón a los misioneros y a los Salesianos de Italia 1.
Al nuevo procurador, que salía del hermoso colegio de Valsálice, la residencia de Tor de'Specchi le ofrecía una muy pobre vivienda. No tenía más que una habitación, pequeña y desnuda, de modo que, cuando fue allí don Bosco en abril, don Francisco Dalmazzo tuvo que dormir en el sofá. El Beato, al contemplar la mesa de madera tosca y cubierta con un mísero paño apolillado, exclamó:
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-íEsto me gusta! íEsta es una verdadera casa salesiana!
Y se reía de corazón.
((393)) La Unità Cattolica del 15 de enero publicaba esta información de Roma sobre el nuevo Procurador: «El benemérito don Bosco n ha enviado, como procurador general de su Congregación, al sacerdote Francisco Dalmazzo, a quien se le tributó un recibimiento como el que se merecía, no sólo por la Congregación Salesiana, que él representa, sino también por sus méritos personales. Sé que el Eminentísimo Cardenal Vicario se propone valerse de su doctrina y de las virtudes de este preclaro eclesiástico para la enseñanza en Roma».
Con esta última noticia coincide lo que don Francisco Dalmazzo escribía a don Miguel Rúa, a mediados de febrero. «Todavía no he empezado a dar clase y estoy esperando la jubilación de un anciano profesor de literatura latina en el Seminario Romano, la cual no tardar mucho, pues es un hombre ya muy enfermo. Pero asisto al curso de Derecho Canónico en el Apolinar».
No le faltaron amarguras en aquellos comienzos, como se trasluce de la misma carta, donde dice: «Por fin he sido recibido o, mejor, apostrofado por el Cardenal Ferrieri». El coloquio le reveló lo mal informado que, por desgracia, estaba el Cardenal sobre «nuestro veneradísimo don Bosco», empleando la afectuosa expresión del Procurador, que concluía su relación con un triste: Nesciunt quid faciunt! (íIgnoran lo que hacen!)
Dos cosas tuvieron ocupado a primeros de enero al Beato: la difusión de las Lecturas Católicas y la búsqueda de buenos coadjutores.
Decir que don Bosco amaba sus Lecturas Católicas sería repetir algo que todos saben; pero quizá son demasiados los que hoy ignoran lo mucho que trabajó hasta el fin de su vida, para sostenerlas, hacerlas apreciar y difundirlas por toda Italia. Así, también este año, publicó un circular, en que recomendaba encarecidamente a todos los amigos de la religión que le ayudaran a aumentar el número de suscriptores
1 Roma, 6 de enero de 1880. 339
y lectores para poner con este medio un dique a las malas lecturas, causa de tanto daño para el pueblo cristiano. La experiencia de veintisiete ((394)) años le permitía proclamar la utilidad de estos opúsculos, que podían adquirirse a tan módico precio 1.
Mandó redactar otra circular y enviarla especialmente a los párrocos, rogándoles que, si conocían mozos u hombres de los veinte a los treinta y cinco años, deseosos de abandonar el mundo y abrazar la vida religiosa como seglares, los dirigieran a la pía Sociedad Salesiana. Estos tales, además de la buena conducta y salud mental y corporal, debían estar dispuestos a ocuparse en cualquier trabajo, en el campo, e la huerta, en la cocina, en la panadería, en atender comedores, la limpieza de la casa y también, si estuvieran suficientemente instruidos, en hacer de secretarios en los despachos y oficinas; y, si dominaban un arte u oficio, podrían seguir ejerciéndolo 2. Por este camino pretendía don Bosco dar a conocer ampliamente cómo la Congregación tenía también sus socios laicos y cuál era su carácter, inconfundible con el d los tradicionales legos. La multiplicación de las obras traía la necesidad de reclutar un número conveniente de coadjutores.
Al extenderse la fama de santidad, que aureolaba el nombre de don Bosco, crecía también de día en día la multitud de personas que se encomendaban a sus oraciones; por lo cual, como le resultaba imposible contestar a todos individualmente, al empezar el nuevo año, redactó una carta, que mandó imprimir y que le servía de respuesta. En ella, al tiempo que prometía rezar y mandar rezar, recomendaba a todos unirse a él y a sus muchachos mediante una novena, rezando diariamente tres padrenuestros, avemarías y glorias y tres Salves con la jaculatorias Cor Jesu Sacratissimun, miserere nobis y Maria Auxilium Christianorum, ora pro nobis, recibiendo además la santa Comunión «fuente de todas las gracias», y haciendo alguna obra de caridad, especialmente en favor de sus muchachos ((395)) pobres 3. Esta novena h llegado a ser hoy la novena por excelencia de don Bosco en honor de María Auxiliadora. Pero hacía ya tiempo que el Beato la sugería, especificando que los padrenuestros se rezaran a Jesús Sacramentado 4.
Si en el tiempo a que hemos llegado con nuestra historia, era ya grande el concepto de santidad en que se tenía a don Bosco, veremos
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 47.
2 Véase: Apéndice, doc. núm. 48.
3 Véase: Apéndice, doc. núm. 49.
4 LEMOYNE. Mem Biogr., vol. VIII, pág. 424.
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340 que esta fama se hace cada vez mayor en los años siguientes; pero veremos también agigantarse a la par en el Siervo de Dios el humilde sentir de sí mismo. Pertenece a este período un detalle revelador, narrado por su secretario don Joaquín Berto. Para formarse cabal concep de la actitud y lenguaje de este último, conviene saber que era hombre algo basto e incapaz por naturaleza de inventar o emplear fórmulas
que pudieran parecer, aun de lejos, adulatorias. Un día díjole don Bosco:
-Mira, Berto; desearía que anotaras todo lo que observas en mí de defectuoso y me lo dijeras.
-Usted tendría que hacerlo conmigo, contestó el otro.
-No, no, replicó el Beato; quisiera que tú anotases todo lo que encuentras reprensible en mí y me lo dijeses.
Don Joaquín entonces, al ver que hablaba en serio, le dijo:
-Pues bien, si usted quiere de veras que yo me tome esta obligación, prométame que usted hará otro tanto conmigo.
-Sí, sí, conforme; empieza, pues, desde ahora mismo a decirme de qué cosas te parece que debo corregirme.
-Si verdaderamente lo desea, he aquí lo que he observado en usted y que, a mi entender, debería corregir. Pero, mire que son naderías.
-»Cuáles por ejemplo?
-Cuando usted habla y cuenta familiarmente algún hecho, tiene la costumbre de repetir casi a cada frase las palabras pero, o digo que, sin
que sean necesarias para nada en la narración. ((396)) Esto me apena cuando lo oigo, y no por mí, sino por los que escuchan.
-»Y qué más?
-Otra cosa es que cuando celebra la misa después del Confiteor, al decir indulgentiam, absolutionem et remissionem peccatorum, dice a
veces vestrorum, en vez de nostrorum, y tribuat vobis, en lugar de tribuat nobis.
Don Bosco escuchaba con la cabeza inclinada; después, sonriendo, insistió:
-»Algo más?
-He observado, además, que al tomar las abluciones del cáliz, las hace borbollar algunos instantes en la boca antes de tragarlas, como si
quisiera enjuagarla. Este ruido lo oyen todos los que están cerca y a mí me hace mala impresión; me parece un defecto y, como quiero mucho a don Bosco, me gustaría que se quitase tales costumbres, Ahora le pido perdón, si he hablado con demasiada libertad.
Pero él replicó: 341
-»Sólo esto? Yo quería que me manifestaras defectos graves.
-De momento no tengo otra cosa que observar; en adelante, si lo desea, cuando note algún otro defecto en usted, no dejaré de indicárselo pues me interesa más su honor que el mío. Ya sabe usted muy bien, como dice Salustio que, en los hombres grandes, que ocupan puestos muy elevados, aun los más ligeros defectos y culpas e imperfecciones, le parecen al vulgo graves delitos.
Al oír estas palabras don Bosco se puso serio y cambió de conversacion.
Para la fiesta de san Francisco de Sales el Beato hubiera tenido que ausentarse de Turín; por consiguiente, quiso asegurar con tiempo la designación de los priostes de la fiesta, invitando vivamente para ello a los esposos Fava:
Benemérito Caballero señor Fava:
Son muchas las veces que V. S. y la señora Anita han dedicado su insigne caridad a mí y a toda esta casa. Ahora tenemos todos el más vivo deseo de que V. S. y su piadosa esposa sean este año los mayordomos de la fiesta de san Francisco de Sales, nuestro patrono y titular
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((397)) Las molestias serán para nosotros. Música, predicador, funciones de iglesia correrán a nuestro cargo.
V. S. y la señora Anita, si pueden, vengan a alguna de las funciones del día y, si es posible, a nuestra comida y, por la tarde, al teatro. Serán los padrinos, cuando se administre el sacramento de la Confirmación. Le comunico que todas las oraciones, comuniones y la misa de la Comunidad serán ofrecidas a Dios, según su piadosa intención. Don Miguel Rúa, mi alter ego, le dará aclaraciones, si hacen falta, y recibirá su respuesta, que espero favorable. Que Dios le bendiga con toda su familia y créame profundamente agradecido, DeV. S. B.
Turín, 11 de enero de 1880.
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
El caballero agradeció la invitación y, en su caridad, le envió una limosna de trescientas liras.
Don Bosco salió de Turín ciertamente entre el 12 y el 14 de enero;no se sabe el día preciso. Iba a Francia. Antes de llegar a la frontera, s detuvo en el colegio de Alassio; lo sabemos por una predicción, que hizo allí después de la comida y que espera todavía su cumplimiento 1
1 La hizo hablando a don Luis Rocca, el cual la refirió a don Juan Bautista Lemoyne. 342
Le ocurrió un episodio gracioso en Ventimiglia. Sentado en la estación, aguardaba el tren de Francia y observaba a un chiquillo de siete ocho años que se movía mucho. Era hijo del fondista. Iba, venía, hablaba con uno y con otro de los clientes o de los camareros de la fonda ya se acercaba al padre, ya a la madre; era un azogue. De vez en cuando repetía la palabra Chisto (Quisto) 1. Don Bosco seguía con los ojo al pequeño blasfemo, hasta que éste se acercó a él junto con su madre.
-Acércate, pequeñín, díjole. »Me permite que le diga una palabra a su hijo?, preguntó después a su madre. -Pues sí, contestó la señora, usted mismo. ((398)) -Escúchame, siguió don Bosco, volviéndose al niño; »quieres que te enseñe a pronunciar bien las palabras? El niño no se atrevía a hablar. -íRespóndele!, dijo la madre casi enfadada. -Sí, profirió el pillín desgarbadamente. -Pues fíjate, siguió diciendo el Siervo de Dios, cómo se pronuncian bien las palabras... Ante todo, quítate la gorra. El pequeño no se movía. -íEa, quítate la gorra!, mandóle la madre. El niño se la quitó. Entonces don Bosco fue diciendo: -Está atento. Se dice Cristo y no quisto, y de esta manera. Mira. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Y
santiguándose, siguió: -Alabado sea Jesucristo. Fíjate bien: no Quisto, sino Cristo.
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Mientras tanto le había hecho corro la gente y, entre los demás, también su padre, que exclamó: -íTiene usted razón, reverendo! Se toman ciertas costumbres sin darse cuenta y los pequeños aprenden de los mayores. Yo también tengo
esta costumbre y, más pronto o más tarde, me la he de quitar. -Espero que sea pronto, observó don Bosco, sin añadir una palabra más. El fondista se retiró en seguida para atender a los viajeros; el pequeñín le siguió y todos se alejaron. A los pocos instantes, se le acercó la
madre y le dijo: -»Tendría la bondad de celebrarme una misa? -íCon mucho gusto!
Estaban presentes también otros sacerdotes; entre ellos don Clemente Bretto, que la atestiguó a quien escribe.
1 En el dialecto de la región suena a blasfemia. 343
-Tome, pues...
-Sobra la limosna. La celebraré igualmente según su intención.
-No, tome; hágame el favor.
-Si es así, la acepto.
La señora le entregó un sobre con diez liras y se retiró visiblemente conmovida. Desde aquel día siempre que don Bosco pasaba por allí, ella, enterada ya de ((399)) quién era, le daba diez liras de limosna para la celebración de una misa. El año de la exposición nacional en Turín, entró don Bosco en el recinto y, al pasar delante de un restaurante, oyó que le saludaba una señora: era la dueña del café de Ventimiglia, que se dio a conocer y le pidió que le permitiera hacerle una visita en el Oratorio.
-Con mucho gusto, le contestó don Bosco. Pero en esta época estoy siempre fuera de casa y va a ser difícil que me encuentre.
Fue, en efecto, la señora varias veces, pero nunca pudo encontrarlo. Quería hablarle para colocar a su hijo en el colegio de Alassio y deseaba obtener la admisión del mismo don Bosco.
La amabilidad de don Bosco era realmente encantadora. Un sacerdote del Cantón Tesino (Suiza), don Santiago Cavalli, escribiendo el 5 de enero desde Rasa a don Miguel Rúa, concluía su carta con estas afectuosas expresiones:
«Diga a nuestro querido don Bosco que rece tres avemarías según mi intención y, si puede, hágame el favor de enviarme algún piadoso recuerdo, que guardaré como preciosa reliquia. íAl menos un solo renglón escrito por su mano! íAh!, el corazón de don Bosco es todo bondad y espero que me haga este favor, no porque yo lo merezca, sino por amor de Jesús y de María». 344 ((400))
CAPITULO XVI
EL BEATO DON BOSCO VISITA LAS CASAS DE FRANCIA
LOS asuntos de Marsella le imponían un nuevo viaje a Francia. Las obras de construcción, que allí se hacían, reclamaban dinero y el diner faltaba; la cuestión del servicio parroquial, calladita durante una temporada, volvía molestamente a flote, y urgía encontrar un remedio; había asuntos de importancia con la Sociedad Beaujour, que no podían resolverse desde lejos.
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Por todos estos motivos don Bosco, firme en su propósito de dar a la Congregación una marcha expedita y segura en Francia, dejando de lado toda otra consideración y sin tener en cuenta molestias físicas, volvió a ponerse en camino en aquella dirección. Y realmente la Providencia demostró con los hechos que aquel viaje respondía a sus arcanos designios.
El Beato Padre llegó felizmente a Niza el miércoles 14 de enero por la noche; muy pocos de sus hijos lo vieron a su llegada, no por lo avanzado de la hora, sino porque ninguno le esperaba. Don José Ronchail, el director, que llevaba dos días yendo inútilmente mañana y tarde a la estación, se retiró a su habitación a eso de las diez, después de ver pasar, hacía rato, el último tren. Mas, de repente, a las diez y media oyó ruido de pasos y palabras debajo de la ventana. Se asomó y distinguió claramente, como él se expresa, «la voz de nuestro querid Papá».
Bajó precipitadamente, le saludó y le preguntó si ((401)) había pagado ya el coche.
-»Qué dices?, le contestó. »Crees tú que, un joven como yo, necesita coche para venir hasta aquí desde la estación?
Pero el coadjutor Rossi, que lo acompañaba desde Turín y algún otro de la casa que, con pocas esperanzas, había ido a esperarle, le confirmaron que, a pesar de sus insistencias, don Bosco había querido hacerles ver que todavía era capaz de darse un paseo de tres cuartos de hora a las diez de la noche.
Y no parecía cansado; en efecto, no fue a descansar hasta después 345
de las doce. Al día siguiente, aunque en la ciudad no se había dado como cierto que llegaría aquel día, hubo en el Oratorio tal afluencia de visitantes que le fue preciso estarse encerrado en la habitación hasta mediodía, recibiendo visitas. Bajó para comer y sólo entonces pudo v a los muchachos en su refectorio, y entretenerse con el personal durante la comida. Después de los postres, aumentóse la alegría general co unas alegres piezas de la banda.
No eran más que dieciocho los músicos; pero don Bosco se alegró, al darse cuenta en seguida de los progresos que había hecho la banda desde su última visita.
Apenas salió del comedor, ya le estaba esperando la carroza del conde Celebrini para llevarlo a bendecir a la condesa, enferma hacía seis meses. Acompañado por el Director, siguió haciendo visitas. Fue, ante todo, a saludar al Obispo. Al caer de la tarde, mientras subían la cuesta de Carabacel, para ir a casa del conde de Villeneuve, se encontraron con don Juan Cagliero, que acababa de llegar de la estación. También él había hecho el viaje con don Bosco, pero se había quedado un día más en Vallecrosia con don Nicolás Cibrario.
Inmediatamente se desarrolló una escena cómica que, en verdad, no sería para referida en nuestra historia; pero sirve, sin embargo, para dar idea de la familiaridad, que solía reinar entre don Bosco y sus hijos. Dada la hora que era había escasa luz; pero don José Ronchail reconoció al punto a don Juan Cagliero en aquel cura que se acercaba y le saludó diciendo:
-Bon soir, mon Révérend Père, avez vous fait bon voyage? (Buenas noches, Reverendo Padre, »ha tenido usted buen viaje?).
-Très bon, (muy bueno), contestó el otro.
Entonces don Bosco preguntó en italiano al primero, quién era ((402)) aquel sacerdote. El Director, creyendo que bromeaba, quiso completar la broma, diciéndole que era un sacerdote amigo de la casa, que solía visitar de vez en cuando a los Salesianos.
-Se hospedará, pues, en el patronato, replicó don Bosco.
-Sin duda, confirmó don José Ronchail.
Fue cosa de un instante; y don Juan Cagliero, que había calado la intención de don José Ronchail, iba a seguir su camino, sin dar muestr de haberse dado cuenta, cuando don Bosco le dijo cortésmente:
-Alors à nous revoir, dans quelques instants (Entonces, hasta volver a vernos, dentro de. un rato).
Al decir esto, se separaron. A los pocos pasos, volvió a preguntar don Bosco:
-»Y quién es ese sacerdote? 346
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-íEs don Juan Cagliero!, respondió el Director.
-»Es posible? »Don Juan Cagliero? íNo le he reconocido ni por la voz!
No le había conocido por la voz, porque don Juan Cagliero estaba algo ronco y había hablado en francés. Al oír esto, echóse a reír con todas sus ganas y les duró la risa hasta el palacio del conde, donde cenaron. Aumentó todavía más la risa al volver a casa, porque don Juan Cagliero había seguido la comedia, engañando a varios hermanos con su hablar francés y su sombrero de corte español, puesto que debía seguir viaje a Sevilla.
El 16 por la mañana salió don Bosco con don José Ronchail hacia Fréjus, donde lo esperaba monseñor Terris a comer y, para honrarlo, había invitado también a su Vicario General y a otras personas distinguidas; allí se prolongó la conversación hasta las cuatro y media, hora de la partida para Marsella. En el tren se juntaron con don Juan Cagliero y Rossi, que se dirigían a Marsella; pero viajaron juntos sólo un trecho, porque don Bosco y su secretario cambiaron de ruta para dirigirse a Hyères. Esta vez no hubo en Hyères incidentes parecidos a los del año anterior, pues, al salir de la estación, encontraron a don Pedro Perrot, Director de la casa de San José en La Navarre, y el carruaje del óptimo señor De Bouting, que se mostró contentísimo de darles hospitalidad durante los tres ((403)) días, que se detuvieron en la pequeña, pero encantadora, ciudad. A su llegada, encontró don Bosco reunidos en el espléndido salón del palacio condal a un buen grupo Cooperadores, que, apenas le vieron entrar, lanzaron un grito de alegría y corrieron a su encuentro para darle la bienvenida. Después de cenar, hubo charla hasta las once, tan grande era en todos aquellos nobles señores el deseo de oír al Beato.
En Hyères, como en Niza, no tuvo don Bosco un momento de reposo por las continuas visitas y audiencias; no hubo persona religiosa de la nobleza o de la clase acomodada, tanto de Hyères, como de la colonia, que no quisiese verlo, aconsejarse con él, exponerle su situación, encomendarse a sus oraciones. Tuvo también que ir a visitar a muchos enfermos, deseosos de recibir su bendición.
El domingo, 18, celebró la misa en la iglesia parroquial en un magnífico altar dedicado a la Virgen de Lourdes. Le ayudaron dos diáconos; y asistieron numerosos fieles, entre ellos muchos Cooperadores y Cooperadoras. Fueron tantos los que quisieron recibir la comunión de sus manos que fue preciso hacer una excepción a la regla, pues no se acostumbraba dar la comunión allí fuera del altar mayo
Entretanto, se asomó un alegre grupo de muchachos de La Navarre, 347
que fueron recibidos y obsequiados en la hospitalaria casa del señor De Bouting; acompañaron después a don Bosco, que volvió a la iglesi para la misa solemne, cantada por ellos. Interpretaron la partitura de Cagliero, dedicada a San Luis. Por la tarde después de vísperas, en las que cantaron los muchachos el Dixit Dominus y el Magníficat, también de Cagliero, subió al púlpito el abate Isnard, vicepárroco de Solliès-Pont y celoso Cooperador, el cual habló, ante una muchedumbre extraordinaria, de las obras y de las misiones salesianas. Acabado el sermón, se hizo una colecta en favor de la casa de San José que alivió un poco las míseras condiciones económicas del padre Perrot.
Al final de la función se rogó a don Bosco que pasara a la sacristía, donde todos los sacerdotes del lugar y algunos de los alrededores lo rodearon, considerándose afortunados por oír de ((404)) sus labios una buena palabra. Uno le pedía consejo, otro quería un recuerdo, éste imploraba una bendición. Era una escena conmovedora de humildad y de fe.
El lunes por la mañana, después de celebrar la misa para los Cooperadores, dio una breve conferencia.
-íQué valor, decía después al padre Perrot riendo, qué valor tiene don Bosco! Ponerse a hablar en francés a gente tan culta y estar hablando durante un cuarto de hora!
No obstante, sus sencillas palabras gustaron a aquellos señores y señoras, que estaban pendientes de sus labios sin perder sílaba. A eso d las once, salió con don José Ronchail hacia Tolón, mientras don Pedro Perrot volvía a La Navarre, desde donde el día 21 escribía a don Miguel Rúa:
«íHay que ver cuántas molestias, cuántos trabajos se toma este buen Padre por sus hijos! íQué agradecidos debemos estar al Señor por habérnoslo dado! íDe qué buena gana se trabaja siguiendo el ejemplo de un Padre incansable, y qué dulces son los esfuerzos que hay que hacer para observar con exactitud y con verdadero espíritu nuestras santas Reglas, para mostrarnos dignos hijos suyos!».
En la estación de La Pauline había que cambiar de tren. Se apearon, y un señorito, de unos veinte años, se les acercó y dijo al secretario:
-C'est bien le Révérendissime Père Don Bosco que j'ai l'honneur de voir ici... (Es ciertamente el Reverendísimo Padre Don Bosco, a quie tengo el honor de ver aquí... ).
Ante la respuesta afirmativa agarró amablemente su pequeño equipaje y los acompañó hasta un coche, que tenía un escudo de
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armas en las portezuelas. Era el coche del señor de Vallavieille, que, gracias a la recomendación del Obispo de Fréjus, había obtenido que don Bosco parase en su casa para que le diera su bendición, pues llevaba enfermo más de un año. Se le había escrito que los viajeros bajarían más lejos, en la estación de la Garde, pero el conde quiso ser tan amable que los recogió antes, para su mayor comodidad, pre-viniéndolos telegráficamente. El telegrama iba dirigido al señor De Bouting, y por error del telegrafista, el nombre de don Bosco su-fr un cambio y quedó convertido en otro jamás conocido de Bomb-Ascó.
((405)) El señor De Vallavieille, que fue gobernador de Lyón en tiempo de Mac-Mahón era un óptimo católico. Tenía una familia religiosísima, que, con otras personas, acudió para conocer al Beato. Gozó vivamente de su conversación durante la comida y después has las cuatro, hora de la partida para Marsella. Por fin, a las siete y media entraba el Siervo de Dios en el oratorio de San León, aclamado con un solo grito por más de cien bocas: íVive don Bosco!
La primera impresión que recibió al poner pie en tierra fue que la casa de Marsella debía adquirir una importancia cada vez mayor, y que para encauzar bien su marcha, le convenía quedarse allí más tiempo del que había calculado. Lo que en un principio no pasaba de un simp buen deseo, llegó a ser después una verdadera necesidad, como más adelante veremos. Mientras tanto, cruzaban por su pensamiento aquellas ciertas nubecillas que más o menos ofuscaban siempre las buenas relaciones entre la parroquia y el oratorio. Pronto pareció que la nubes se disipaban, «gracias al buen corazón de nuestro Papá don Bosco», escribió don José Ronchail, que en otra carta decía: «El señor Cura párroco de San José se ha serenado como un claro día después del temporal» 1.
En efecto, hubo tormenta y íqué tormenta! Don Bosco la había presentido antes de llegar a Francia; en efecto, el 12 de enero y desde Sampierdarena, dirigió al párroco de San José una carta para anunciarle su próxima llegada, pero más bien para tener ocasión de decirle: «Yo esperaba que sus relaciones con el Oratorio de San León serían más cordiales. Espero que, hablándonos y hablando con don José Bologna, se podrán allanar las dificultades y arreglar las cosas de modo que puedan asegurar el bien de las almas. Hemos empezado con este fin y Dios nos ayudará a conseguirlo a costa de cualquier
1 Cartas a don Miguel Rúa, Marsella, 30 de enero y 17 de febrero 1880. 349
sacrificio de nuestra parte. He tenido siempre plena confianza en usted y estoy convencido de que no nos faltará su bondad» 1.
((406)) «Las dificultades» habían entrado en su período agudo en el mes de septiembre. Había pedido entonces el párroco a los Salesiano un servicio imposible y, desde ese momento, comenzó a guardar cierta aversión contra ellos y contra don Bosco mismo 2, a quien creía estaba de acuerdo con el Director para contrariarlo. Pero el resquemor venía desde lejos. Hay que saber que, a veces, con motivo de servicios religiosos, había tres sacerdotes fuera de casa a un tiempo. Esto sucedía sobre todo con los funerales, muy frecuentes y muy largo según costumbres locales, y, además, se requería más de una hora de coche hasta el Cementerio. Los Salesianos tenían que preparar a los muchachos cantores, dirigir la escolanía de la parroquia, el clero infantil y destinar un determinado número de jóvenes para acompañar el Viático y los entierros siempre que lo pedía el Párroco; todas las fiestas un Salesiano tenía que binar en la parroquia y después de la segunda misa, que era la última, bendecir a las madres recientes y acompañar entierros al cementerio. Como la parroquia era muy grande, estas caminatas se repetían hasta tres veces al día. Por este servicio recibían los sacerdotes ciento cincuenta francos al mes, aunque el canónigo Guiol había convenido sólo ciento con don Bosco. Nótese, además, que en la ciudad el oficio de acompañar a los difuntos no era muy honroso, pues se confiaba a sacerdotes que no predicaban, ni confesaban, llegados de Italia en busca de dinero y no siempre intachables por su conducta.
Un día le dijeron a don José Bologna los dominicos:
-»Cómo puede ser esto? »Es que los Salesianos han venido a Marsella para ser los sepultureros de la parroquia?
Adviértase, por fin, que gravámenes tan insoportables tenían que durar para siempre. Cuando don Bosco firmó el convenio no conocía la costumbres locales y jamás hubiera imaginado la existencia de tales obligaciones. El suponía que todo sería como en Italia, donde el servicio parroquial de los nuestros consistía en cooperar al bien de los fieles, pero dando siempre preferencia a los deberes con los muchachos de la casa, sin sombra ((407)) de servidumbre. Se comprenden, pues, las interminables reclamaciones de los Salesianos a Turín y las exhortaciones de don Bosco a tener todavía paciencia.
1 La carta fue dictada a don Pablo Albera, como se ve por la letra, y fue firmada por don Bosco.
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2 Carta de don Anacleto Ghione a don Juan Bautista Lemoyne, Ivrea, 30 de agosto de 1912. 350
Cuando él llegó a Marsella, la tensión había llegado al colmo. Fue el párroco a visitarlo y don Bosco entabló la cuestión con calma. Estaban presentes don José Bologna, don Anacleto Ghione, prefecto y, tal vez, don José Ronchail, director de Niza. El párroco no pudo contenerse y, enfurecido, llamó a don Bosco estafador, embustero, desleal, y se retiró. Don Bosco le dejó hablar, manteniéndose siempre sereno y paciente, sin el menor ademán de querer contestar, mientras el otro clamaba en su contra.
Por la tarde, quería volver el párroco a San León para reanudar la conversación sobre las obligaciones de las que se quejaban los Salesianos. Pero don Bosco le envió recado, rogándole que tuviese la bondad de dejar aquellos asuntos para mejor ocasión. Mientras tanto había invitado a unos bienhechores para ir a comer el día siguiente. No convenía que el párroco estuviese en la comida, dado su estado de exaltación; tampoco se le podía excluir, porque podría ser mal interpretado y encender aún más su irritación. Dijo, pues, a don José Bologna:
-Ven, vamos a casa del señor cura.
-»A que nos dé la vuelta de la peseta?, contestó el Director.
-No; vamos a calmarlo y ganárnoslo. Es impulsivo, pero es bueno, y verás cómo lo arreglamos todo.
Y, en efecto, así fue.
-Tiene usted razón, señor Párroco, le dijo don Bosco; sí, tiene usted razón. Pero los Salesianos no olvidarán nunca los beneficios recibid y le estarán siempre agradecidos.
Después añadió que no se atrevía a invitarlo a comer porque no podía tratarlo como deseaba; pero que él mismo iría pasado mañana a comer a su casa, pues quería festejar su llegada en la casa parroquial, y porque allí se estaba mejor que en San León...
Cuando se separaron, el Párroco se mantenía todavía un poco tieso que tieso; pero no cenó aquella tarde, no durmió por la noche y a la mañana siguiente muy temprano fue al ((408)) Oratorio, quiso que don Bosco reuniese el capítulo y, delante de todos, pidió perdón, diciendo que retiraba sus palabras y sus pretensiones; sólo observaba, con respecto a la escolanía, que aquél había sido el motivo para llamar a los Salesianos a Marsella; en cuanto a las misas y a los funerales, se sometía a lo que buenamente fuera posible. En conclusión, hubo acuerdo y también paz.
El párroco quedó tan admirado y conmovido de la humildad de don Bosco que, desde entonces, se mantuvo fiel amigo suyo y de sus obras. Después de la muerte del Siervo de Dios, había que comenzar 351
en San León una nueva construcción y, como faltaran los medios, fue personalmente con el Director a hacer un triduo de oraciones ante la tumba del Beato para poder encontrar por su intercesión las ayudas necesarias y fue escuchado 1.
Como se acercaba la fiesta de san Francisco de Sales, don Bosco deseaba convocar a los Cooperadores marselleses, pero hubo de renunciar, ya que, por aquellos días, estaba la ciudad infestada de enfermedades y muertes y no era posible tener reuniones. Sin embargo, día 29 se hizo algo de fiesta y también una pequeña representación teatral, lo cual dio ocasión a un hecho singular. El muchacho protagonista, debido a un fuerte resfriado, había perdido completamente la voz. El director, contrariado por el incidente, fue a don Bosco y le expuso su apuro por el triste papel que le tocaba hacer, al tener que despedir a los invitados. Don Bosco, después de reflexionar un instante, dijo que le llevaran al pequeño actor. Entró y se arrodilló para recibir la bendición; pero el Beato, antes de bendecirlo, le dijo con donaire:
-Esto corre de mi cuenta. Yo te prestaré mi voz y podrás hacer perfectamente tu papel.
En efecto, el muchacho recobró su voz ordinaria, mientras don Bosco se quedó afónico en aquel mismo instante. La representación resul estupendamente; pero, pasada la necesidad, también le pasó a don Bosco la afonía.
((409)) Ningún periódico de la ciudad había hablado todavía de él; sin embargo, la procesión de visitantes duraba de la mañana a la tarde. Decir que las audiencias no le dejaban respirar no es exageración alguna; en efecto, a los diez días de su llegada aún no había tenido oportunidad ni para visitar la casa y las obras que se estaban haciendo e ella. A pesar de todo, no olvidaba a los lejanos. El 22 de enero escribió a don Miguel Rúa:
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Mi querido Rúa:
He recibido tu carta y las noticias que me das. Sea bendito el Señor en todo. Dirás a la señora Legrand que le he enviado en seguida la bendición de María Auxiliadora con especiales oraciones para ella. No dejaré de rezar por la difunta señorita Occelletti y por la buena Paulina, que sigue ayudándonos.
Siento la muerte del jovencito Della Torre. Pero doy gracias al Señor por haberse preparado a bien morir; encomendaré su alma a Dios.
Temo que el otro no se prepare bien. Me parece muy bien que des un aviso
1 De este hecho se habla varias veces en los Procesos. El Cardenal Cagliero lo atestiguó con nuevos detalles en el Proceso informativo (Summarium, N. XVI, & 62, pág. 744). (Sucedió en Niza, y no en Marsella, según corrección al final del Volumen XV). 352
general, que espero hará saludable impresión a quien tuviese algo particular en la conciencia.
He recibido la carta de don Juan Bonetti sobre la casa de Penango. Si lo juzgáis oportuno, yo no me opongo. Puede comenzarse ofreciendo veinte mil liras, manifestando que nosotros hemos vendido un gran castillo señorial en Strambino, con ocho jornadas de terreno por veinticinco mil liras.
Hasta ahora he hecho las cosas muy de prisa para volver sobre ellas a mi regreso.
Pararé todo el mes en Marsella para arreglar asuntos y buscar dinero.
Pero necesito muchas oraciones y recomiendo a nuestros queridos muchachos que hagan una santa comunión por estas mis urgentes necesidades.
Don Juan Cagliero se embarcó aquí el domingo pasado por la tarde, rumbo a Sevilla y ya escribió desde Barcelona sobre su buen viaje. Otros te darán otras noticias. Dios te conserve con buena salud, querido Rúa, y conserve en su santa gracia a todos los muchachos del Oratorio, sin excluir a don Lago y a don Riccardi.
Consideradme siempre en J. C.
Marsella, 22 de enero de 1880.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Lo que dice de un difunto y de otro que iba a morir, necesita explicación. Antes de salir del Oratorio, no habiendo ((410)) tenido tiempo de hablar sobre este asunto él mismo en público, encargó a don José Lazzero que anunciara a los muchachos que, durante su ausencia, dos de ellos serían llamados a la eternidad. Uno, Luis Della Torre, natural de Mezzana Bigli, aprendiz de dieciocho años, había fallecido el 14 de enero; «el otro», Antonio Borello, de Grugliasco, de quince años, también aprendiz, murió el 9 de marzo, haciéndose él mismo las prec de la recomendación del alma, por haberse agravado de repente la enfermedad.
Antes de fin del mes, envió una cartita a don Julio Barberis, con palabras de aliento para él y recomendaciones para los novicios.
Mi querido Barberis.
Omnes quidem currunt, sed non omnes accipiunt bravium (son ciertamente muchos los que corren, pero no todos alcanzan la victoria). Don Molini, como ves, desea volver ad Lares. Procura tomar las oportunas medidas lo mejor que puedas. Creo que la sal ud de los novicio es buena. Diles que espero grandes cosas de su bondad, de su aplicación y de su salud.
La mies evangélica se presenta cada día más abundante. íAnimo, pues, mis queridos novicios! Dios os prepara gracias, trabajo y paraíso
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Dios os bendiga a todos y orad por mí, que siempre seré para vosotros,
Marsella, 30 de enero de 1880.
Afmo. amigo en J. C.
JUAN BOSCO, Pbro. 353
Después de esta cartita, parece que en Marsella no volvió a tomar la pluma para escribir; fue cosa de milagro que no sucumbiera ante el duro e interminable trabajo de recibir a todos los que se agolpaban a la puerta de su despacho. Tenemos que contar ahora algunos hechos que nos explican el porqué de tan extraordinaria concurrencia. Son nuestras fuentes los procesos diocesanos y apostólicos, la correspondencia privada y narraciones orales de testigos, recogidas por Lemoyne.
El 30 de enero fue don Bosco a celebrar la misa en la capilla de las Hermanas de la Visitación. Yacía allí gravemente enferma la señorita Périer, recibida en el monasterio, por ser antigua alumna del instituto y sobrina de una superiora. Atacada de cáncer y desahuciada por los médicos, esperaba sin remedio el fin de su vida. Como el Beato tenía facultad ((411)) para entrar en la clausura, fue a la enfermería, donde encontró a varias enfermas, a cada una de las cuales dirigió palabras de consuelo; al llegar a la señorita Périer, le dijo:
-»Y usted, no pide permiso para levantarse? Ea, levántese.
-»Pero no sabe usted, le observó en voz baja la Superiora, que está enferma de cáncer? Es incurable.
-Levántese al mediodía, siguió diciendo don Bosco, y vaya a comer con las demás.
La bendijo y salió. Acababa él de salir de la habitación, cuando la enferma empezó a decir:
-Yo no tengo nada. Estoy curada, quiero levantarme, dadme los vestidos.
En efecto, la úlcera maligna había desaparecido.
Después ocurrió una aventura curiosa. Don Bosco había dicho a la Superiora que pidiera al médico certificara por escrito la naturaleza milagrosa de la curación. El médico, buen cristiano, se escandalizó ante tal petición; por lo que quiso ver a don Bosco y pedirle una explicación. Mientras aguardaba en la antesala, decía al Director don José Bologna:
-»Es que entre las virtudes de don Bosco no está la humildad? »No parece vanagloria lo que pide? »Querrá acaso aprovecharse de esta curación para su propio interés?
Se esforzaba don José Bologna por explicarle lo sucedido por su otra cara, pero era igual que si hablara a la pared. Llegó al fin su turno para entrar; qué pasó entre él y don Bosco nadie lo supo jamás; lo cierto es que, después de una hora, el Director abrió y empujó ligeramente la puerta para advertir la impaciencia de los que esperaban y vio al médico de rodillas llorando y con las manos juntas en actitud 354 de orar, y a don Bosco bendiciéndolo. Así que salió, dijo a don José Bologna:
-No es para él, no; no es para él, sino para los demás y para gloria de la Virgen.
La señorita Périer se hizo después Hija de María Auxiliadora, vivió hasta 1886 y murió en la casa madre en Nizza Monferrato 1.
((412)) Antes y después de esta curación hubo otros hechos extraordinarios que contribuyeron a divulgar la fama de taumaturgo, que, a los ojos de muchos, ya aureolaba el nombre de don Bosco. Referiremos aquí los más comprobados.
La señorita Barbarin, atacada de parálisis, llevaba ya cuatro años tendida en el lecho. De cuando en cuando, un nudo le apretaba la garganta, haciéndole sacar fuera la lengua y torcer violentamente los ojos. Don Bosco, invitado a comer con aquella familia, fue con don José Bologna. Después de los primeros saludos, le llevaron ante la enferma. El la exhortó a confiar en la Virgen, rezó unas oraciones con los presentes y la bendijo.
-Ahora, levántese, le ordenó, y venga a la mesa con nosotros.
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-íImposible!, exclamó casi aterrorizada la madre. Lleva cuatro años sin poderse mover.
-»Qué importa?, contestó don Bosco. El pasado no es el presente. Yo me retiro. Hagan que se levante, se vista y baje a comer con nosotros.
En el comedor conversaban esperando unas treinta personas, entre familiares e invitados; unióse a ellos tranquilamente el Beato. No hab pasado un cuarto de hora, cuando se abrió de par en par la puerta y entró seguida de la madre y de otras personas, la joven, caminando con toda soltura. Ante la improvisada aparición, un escalofrío indescriptible invadió a los testigos de la escena, que la miraban estáticos sin atreverse nadie a hablar. Rompió ella el silencio, invitándolos a sentarse.
En la mesa sentóse al lado de don Bosco. Comía con ganas y comía de todo. Pasado el general estupor, la alegría reinó soberana; sólo la madre parecía extraña; miraba y callaba. La ingenua señora, un tanto supersticiosa, había hecho embrujar a la hija y le daba a beber agua hechizada, esperando que con este medio se repondría; y también entonces mandó que le sirvieran agua de aquélla.
1 Véase la carta de la Superiora de las Hermanas de la Visitación María Gabriela Guiscard a don Miguel Rúa, Marsella, 25 de enero de 1888. En ella se dice erróneamente que la Hermana murió en Saint-Cyr. 355
((413))-»A qué viene esa mala agua?, dijo don Bosco. Le vendrá mucho mejor un trago de vino. Si quiere agua, déle de la otra cristalina
Y señalando la botella del agua corriente, le servía vino.
-Bendiga al menos esta agua, replicó la madre.
El Beato condescendió, pero hizo ademán de que retiraran la otra.
La enferma estaba tan perfectamente curada que, al día siguiente, fue con la madre a devolverle la visita.
Es muy notable el caso del señor Bonnet, marsellés. Había ido éste a tomar las aguas de Allevard, en el distrito de Grenoble, por razón d estómago y le pareció tan feliz el resultado que, antes de partir, quiso ver al doctor Emilio Chatain para agradecerle sus cuidados. Pero, en el mismo momento de despedirse, sintió un fuerte dolor en el hueso sacro y se lo dijo al médico, quien, al examinarlo, le descubrió una tuberculosis local; por lo cual le metió prisas para que volviera inmediatamente a Marsella y se operase.
El señor Bonnet obedeció inmediatamente. Consultó en Marsella a especialistas, se sometió a intervenciones quirúrgicas, lo martirizaron durante seis o siete meses, pero sin resultado positivo alguno.Estaba sumido en el mayor desaliento, cuando le llegaron noticias de don Bosco y de su estancia en la ciudad. Ya no quiso saber más; sin pérdida de tiempo, se arrastró hasta él, persuadido de que lo curaría. El Beato lo recibió bondadosamente, lo bendijo y lo animó, diciéndole que estuviese tranquilo, porque recobraría la salud y tendría un gran porvenir en su carrera. Estas palabras le devolvieron, por así decir, la vida; pero lo maravilloso fue que, cuando llegó a su casa, una evacuación repentina de materias purulentas le arrancó la raíz del mal.
El doctor Chatain, ferviente cristiano, al contar el hecho, añadía que se había cumplido no sólo la primera parte de la predicción, sino también la segunda; pues Bonnet llegó a ocupar un alto cargo y fue padre feliz de dos hijos guapos y sanos como dos angelitos.
((414)) No es menos interesante la narración que hace un sacerdote genovés en una carta a Lemoyne, amigo suyo 1. Presentóse a don Bosco en Marsella una señora que se quejaba amargamente de que su marido se obstinaba en hacerse el descreído y de que tenía un hijo d cinco años que era mudo. El Beato la consoló, prometiéndole que
1 Don Carlos Moro, capellán de las religiosas de la Anunciación en Castelletto (carta, Génova, 5 de enero de 1903). Al tiempo del suces vivía en Niza, pero tuvo conocimiento del mismo poco después por persona digna de fe. 356
rezaría por la conversión del esposo y por la curación del hijo; pero le recomendó que rezara ella también, haciendo la acostumbrada nove a María Auxiliadora.
Cuando volvió a casa dijo la señora a su marido que había visto a don Bosco. Aquél se enojó, montó en cólera y gritaba que don Bosco era un cura y él no creía en los curas. Con sus palabras mezclaba blasfemias contra Dios e imprecaciones contra la mujer. Cuando se
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calmaron las furias, sentáronse a comer. En el curso de la conversación, dijo la señora que había recomendado a don Bosco la curación del hijo; pero el otro se encogió de hombros. Pues bien, en aquel momento, gritó de repente el pequeñín.
-íPapa, papá!
Era la primera vez que oían su voz. El padre emocionado, pero no vencido, se enterneció, se levantó de la mesa y se encerró en su habitación A la mañana siguiente, fue a visitar a don Bosco y le declaró francamente que le repugnaba prestar fe a los sacerdotes.
-íOh!, le respondió don Bosco; si no me quiere como sacerdote, míreme como amigo.
Después, poquito a poco, fue iluminándolo hasta que aquél, que ya tenía el corazón alborotado con el portento del día anterior, se rindió movido también por la bondad de su interlocutor. En conclusión, la conversación acabó con la confesión del incrédulo, que puso en sus manos una generosa limosna al despedirse.
Se guarda todavía el recuerdo de singulares intuiciones y verdaderas profecías. Es gracioso lo que le sucedió a la viuda Ponge. Presentó señora a don Bosco sus dos hijos, para que los bendijese; ((415)) quería después explicarle cómo uno le daba grandes disgustos, pero el Beato, sin darle tiempo a manifestar su pensamiento, puso la mano precisamente sobre el hombro del díscolo, diciéndole:
-íEa, Carlos, has de ser el consuelo de vuestra buena madre!
Nadie le había dicho a don Bosco el nombre del muchacho ni hablado de su conducta. El muchacho quedó tan impresionado que, como consta en el documento de nuestros archivos, jamás volvió a dar a su madre ningún motivo de queja.
A una enferma le predijo el término de su mal, pero en un sentido que, de buenas a primeras, no fue entendido. Fue un dí a al colegio de las religiosas del Sagrado Corazón y le rogaron que visitara a una Hermana, que padecía mucho de los ojos, la cual le suplicó que la curase
-Sí, sí, contestó sonriendo; pasado mañana vera usted cosas muy hermosas. 357
En efecto, dos días después volaba la enferma al paraíso.
Era un multiplicarse de maravillas. En un colegio de niñas, regido por las Hermanas de la Inmaculada Concepción, se vieron y oyeron cosas sorprendentes 1. Estaban las colegialas reunidas en un salón para recibir a don Bosco, que iba a visitarlas. El entró a la buena de Dio diciendo:
-Vous attendez Don Bosco, n'est-ce pas? Don Bosco viendra et Don Bosco le voilá (-»Esperáis a don Bosco, verdad? Don Bosco vendrá aquí está.)
Detrás de él había entrado y se adelantó una mujer del pueblo con una niña en brazos, que no podía en absoluto mover las piernas. La pobre mujer no había podido acercarse a él en el convento de las Hermanas de San José de Cluny, donde acababa de estar y lo había seguido hasta allá, metiéndose dentro sin hacer caso a nadie, colocó a su hija sobre un sofá ante el Siervo de Dios y le suplicó que le bendijera. Don Bosco la bendijo, la animó a confiar en María Auxiliadora, y le mandó sin más que caminara. La niña vacilaba por miedo a caerse, por lo que la madre hizo ademán de ayudarla. Pero don Bosco no se lo permitió diciendo:
((416)) -No necesita ayuda... Levántate y ve a la capilla a dar gracias a la Virgen.
Se levantó y se dirigió a la capilla, acompañada de algunas piadosas personas conmovidas y llorando. Don Juan Cagliero, que presenció hecho, la volvió a ver después salir del colegio por su pie y sencillamente apoyada en el brazo de la madre 2.
Volvamos a las alumnas. Calmada la confusión, dos de ellas que aguardaban allí en medio el momento oportuno, pudieron cumplir su cometido. La más pequeña llevaba un ramillete de flores con una gran cantidad de paquetitos, que encerraban moneditas de cincuenta céntimos, que ofrecían las colegialas a don Bosco, y la mayorcita le leyó un saludo en nombre de las superioras y de las compañeras. El, después de escuchar el discursito, contestó a toda la comunidad; y cuando hubo terminado, las que quisieron pudieron oír una palabrita su en particular.
Acabada la recepción oficial, le fueron presentadas separadamente las alumnas, que se preparaban a los exámenes de magisterio. El Beat les aseguró que aprobarían todas, e incluso, que obtendrían las
1 Hoy es el colegio Juana de Arco, dirigido por las mismas religiosas, vestidas de seglar.
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2 En el Summarium de los procesos, donde se trata de los milagros obrados por don Bosco en vida, el Cardenal Cagliero coloca el hecho en 1881; pero, si no es un error de imprenta, ciertamente es un fallo de memoria. 358
mejores calificaciones; a una, que aspiraba al título de grado superior, abrióle un libro, que ella tenía en la mano y le señaló un punto, sin decir por qué. Una de las otras, la que poco antes había leído el saludo, apellidada Aiguier, tenía intención de hacerse religiosa de la Inmaculada Concepción, pero quería entrar en un convento de clausura de la misma Congregación para dedicarse a la vida contemplativa; pero se oponía la Superiora General, que exigía sacase el título y se quedase entre las religiosas de enseñanza. La estudiante, obstinada en su idea, rehusaba presentarse a exámenes y confió a don Bosco su intención. Don Bosco dirigiéndole una mirada que ella no olvidó jamás abrió ante ella al acaso la Littérature de Meneket y le dijo:
-Usted nunca será religiosa, sino ((417)) que tendrá que trabajar. Saque el título, resultará la primera de todas. Un día lo necesitará.
La señorita Aiguier, que vive todavía en Marsella 1, al narrar el hecho, dice que la mirada de don Bosco le pareció, en aquel momento, que le indicaba que, aun sin hacerse religiosa, viviría siempre como tal; pero añade que, de buenas a primeras, aquella frase vous ne serez jamais réligieuse (usted no será nunca religiosa) la había contrariado bastante.
Todo se cumplió al pie de la letra. En el examen le dictaron la página señalada por don Bosco. De todas las que aprobaron, Aiguier obtuvo la máxima calificación, seguida inmediatamente en la lista por las compañeras, que obtuvieron calificaciones superiores a las de todas las demás examinadas. A su compañera de título superior le preguntaron precisamente el punto donde don Bosco había puesto la mano y alcanzó óptima calificación. La señorita Aiguier no se hizo religiosa, aunque su confesor se había mostrado escéptico sobre la predicción de don Bosco. Como pertenecía a una familia de grandes comerciantes, se prometía un porvenir cómodo, sin necesidad de dedicarse a la enseñanza; pero, de la noche a la mañana, la fortuna le volvió la espalda; su padre perdió todos sus haberes por una desgraciada operación comercial y, entonces, comenzó para ella el calvario de la escuela. Gracias al providencial título, pudo ayudar a la familia a ganar el pan de cada día. Se le presentaron ocasiones halagüeñas en sus buenos tiempos; pero no quiso nunca casarse y vive sola, solita como una monja.
Las noticias de estos y otros prodigios de este mismo género, no todos bien conocidos por nosotros, fueron corriendo de boca en boca,
1 Vive en «Rue Escat» (antes Filomena), núm. 39, y tiene relaciones editoriales con los Salesianos del Oratorio de San León. 359
y crearon una verdadera riada de visitantes que, durante jornadas enteras, transformaron la casa en una lonja. Don Juan Cagliero, de vuelta de Sevilla, informaba así a don Miguel Rúa 1: «Marseille est bouleversée, (Marsella está revuelta) y su movimiento, su entusiasmo y arrebato por ver ((418)) a don Bosco (...) me recuerdan lo que sucedió en Roma en el 1864, cuando hacía allí lo mismo que está haciendo aquí. Se ha establecido una especie de corriente eléctrica por todos los barrios de la ciudad para comunicar a todos cuanto don Bosco ha dicho, ha hecho y va a hacer en favor de toda clase de menesterosos espirituales y corporales (...). Este extraordinario concurso de gente, grandes y pequeños, ricos y pobres, religiosos y seglares, crece y aumenta cada día más. Como todos los necesitados antes aludidos son grandemente favorecidos, ha habido que diferir la salida de Marsella hasta el domingo. Marsella es ciudad de grandes fortunas, de mucha y enormes necesidades. Y no exagero al afirmar que don Bosco, si el tiempo se lo permitiera, sería capaz de hacer aquí lo que el profeta Jonás en Nínive. A sus pies caen de rodillas, deshechos en llanto, hombres bigotudos que meten miedo, pecadores empedernidos, mujeres vanidosas y religiosos tibios. Pero lo que más admira y asombra es que se abren a la beneficencia y a la caridad carteras cerradas hasta aho e insensibles a las necesidades del pobre».
No sucedía así con las carteras durante las primeras semanas, en las que todo era «entusiasmo y ningún dinero» 2. Pero conviene añadir también que don Bosco no solía pedir limosna individualmente a ninguno; solamente, si le preguntaban, se limitaba a exponer su necesida para que quien le oía actuara como le dictaba el corazón. De esta su actitud nació una equivocación, que él no hizo nada por disipar.
Acompañado por el párroco Guiol, visitó por vez primera a la señora Prat, que, deseaba socorrer las obras salesianas, pero aguardaba a que don Bosco pidiera. Así pues, ella sacó con esta intención la conversación sobre sus obras, pidió y obtuvo explicaciones, pero no le oía aludir a la necesidad que tenía de socorros. Entonces pasó a observar cómo había tantas buenas obras en la Iglesia que necesitaban insigne bienhechores; don Bosco aprobó la observación. ((419)) Habló ella, después, de las grandes limosnas que daba a las Hijas de la Caridad y las Hermanitas de los Pobres; don Bosco la alabó, exhortándola a continuar. Sorprendida de que no pidiese nada para sí mismo,
1 Carta de 17 de febrero de 1880.
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2 Carta de don José Ronchail a don Miguel Rúa, Marsella, 30 de enero de 1880.
360 dijo que su fortuna era tal que le permitía hacer aquellas limosnas y otras más: don Bosco insistió, notando que verdaderamente Marsella tenía tantas necesidades que daba ocasión a toda clase de caridad. En conclusión, por mucho que la buena señora se ingeniaba por arrancar una palabra, referente a sus propias necesidades, nunca lo consiguió. Al fin, se despidió don Bosco dejándola sorprendida e incierta sobre que debía pensar de aquella manera de proceder. La dama, fuera de sí por la maravilla, manifestó sus impresiones al párroco. íElla con tantos deseos de ayudar y don Bosco no pedirle nada! El párroco le aclaró el enigma, diciéndole que hubiera debido ser ella misma quien introdujera el tema, ya que don Bosco no pedía. Al oír esto, le rogó que le obtuviese otra entrevista con él.
A la mañana siguiente, don Bosco y el párroco volvieron de nuevo a aquella casa. Reanudó la señora la conversación sobre la caridad, pero no hubo manera de arrancar al Beato una palabra sobre su necesidad de ayuda. Estaba ya a punto de irse, como el día anterior, cuando ella rompió el hielo preguntando:
-»Y usted, don Bosco, no necesita nada? -Yo, contestó él sonriendo, he menester de todo. -»Y por qué no habla de ello? -La Providencia conoce mis necesidades. -»Y si la Providencia me hubiese elegido a mí para socorrerle? -í Le quedaría muy agradecido! -»Cuáles son sus necesidades? -Muchas y graves. Tenemos deudas por construcciones hechas... y nos quedan construcciones por hacer.. . -»A cuánto asciende su deuda por las construcciones? ((420)) -Ahora mismo, incontinenti, no sabría decirle. -Bien; averígüelo. -Consultaré a mi arquitecto. -Y yo seré feliz ayudándole. Se separaron con este acuerdo. Don Bosco no tardó en enviar la cuenta, que ascendía a sesenta mil francos. La señora Prat se
comprometió a pagar todo, en varios plazos, antes de fin de año. En este punto, ya fuese por experiencia, ya fuera por intuición natural, don Bosco tenía cierta manera de ver particular. El razonaba así: -Cuando se pide abiertamente la limosna, se reciben diez, veinte, cincuenta liras y no más; y el que dio una vez raramente da la segunda,
convencido de que el socorrido tiene que quedar satisfecho. En cambio, cuando es el bienhechor quien pregunta en qué medida puede
361 socorrer, se le puede presentar sin ruborizarse una cifra, incluso grande, de deudas, y el otro, si no paga todo lo que se necesita, siempre dara unos miles en lugar de cientos de liras. En este caso, le toca a él no retirar con vergüenza la propia oferta de ayuda.
El dinero, pues, llegó y en cantidad suficiente para pagar las deudas atrasadas, para estipular el contrato del terreno adyacente a la casa Beaujour, para arreglar los asuntos de Saint-Cyr y de La Navarre y para que don Angel Savio, que había terminado la primera parte del edificio, emprendiese la construcción de la otra y la elevación del cuerpo central, sin temor de quedar a medias por falta de dinero.Todo el sorprendía, como también sorprendía ver a don Bosco, en medio de toda aquella gente, hablar siempre atrevidamente en francés y mostrar tanto ánimo en todo. A pesar del trabajo de las audiencias, su salud parecía bastante buena. Pero no le faltaban molestias. Después de las oraciones de la noche,
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se entretenía con gusto y aun largo tiempo conversando cuando era aquél el único tiempo que tenía libre. Una tarde confió a don Anacleto Ghione que, por la mañana ((421)) al levantarse, sufría mucho. Esto tenía que ser en el acto de ponerse las medias elásticas que usaba, debido a las varices. Aquellos hermanos, dándose cuenta de que ya las tenía gastadas, le compraron otro par. Ordinariamente le ayudaba don Joaquín Berto a quitárselas y a ponérselas; si tenía que hacer este menester, sin ayuda de otro, aumentaban sin duda sus sufrimientos. Una vez don Joaquín Berto, movido a compasión, al ver el estado de aquellas pobres piernas, le besó los pies.
-íHas besado los pies de Judas!, le dijo don Bosco con acento de profunda humildad 1.
En qué condición tenía las piernas lo pudo comprobar suficientemente don Domingo Belmonte, siendo director de Sampierdarena, como lo contó en el primer año de su directorado al predicador de la cuaresma en la parroquia 2. Un día llegó el Beato a Sampierdarena, de regreso de su visita a las casas de la «riviera»; y aprovechó don Domingo Belmonte la ocasión para decirle que se sentía tan cansado que n podía más.
-íYa no puedo continuar viviendo así, concluyó; nunca tengo un momento de descanso!
Por toda respuesta, el buen Padre se inclinó un poco hacia el
1 Así lo escribe don Joaquín Berto en una nota que esta en nuestros archivos.
2 Carta del canónigo Santiago Gesnino a don Juan Bautista Lemoyne, Génova, 23 de marzo de 1891. 362 suelo, levantó el faldón de la sotana y enseñándole las piernas, tan hinchadas que parecían dos columnas o almohadas, le dijo:
-íQuerido mío, ánimo! íDescansaremos en el paraíso!
El citado don Anacleto Ghione, que era el prefecto de la casa de Marsella, le encontró una noche, después del rezo de las oraciones, solo en un corredor y al verle, contra su costumbre algo turbado, le preguntó si se encontraba mal. Respondió que no, pero que estaba indignad
porque una señora enferma de los ojos había pretendido a toda costa que le pusiera las manos sobre los ojos.
-Yo, dijo, jamás pondré las manos en la cara de una mujer por todo el oro del mundo.
Otro pensamiento lo amargaba mucho.
-El pueblo, siguió diciéndole con pena, muy ignorante en cosas de religión, cree que es don Bosco quien obra las curaciones ocurridas en
estos días. Pero no es así, ((422)) no es don Bosco; es por la intercesión de María Auxiliadora; es María la que obtiene las gracias.
Entonces don Anacleto, para librarse de una curiosidad, que hacía tiempo le picaba, preguntóle con toda confianza:
-Escuche, don Bosco,. cuando se le presenta una persona y le pide la bendición para obtener una gracia o una curación, en aquel
momento, »sabe usted si está destinada o no a obtener la gracia mediante la bendición que le va a dar?
Contestó:
-Cuando se me presenta una persona, yo no sé nada de si está destinada a obtener la gracia; pero, mientras le doy la bendición, me viene
como una especie de inspiración, como si yo quisiera tentar al Señor, y digo a aquella persona: levántese, vaya a dar las gracias a la Virgen Y, en aquel instante, la persona se siente realmente curada 1.
En la primera semana de febrero, don Bosco visitó las casas de Saint-Cyr y La Navarre, y de allí volvió a Marsella 2. Lo acompañaba
1 Carta de don Anacieto Ghione a don Juan Bautista Lemoyne, Ivrea, 30 de agosto de 1912.
2 En la Crónica de las Hijas de María Auxiiiadora se dice que don Bosco fue a Saint-Cyr en enero; pero esto no pudo ser. En efecto, desde Marsella escribía don Juan Cagliero a don Miguel Rúa el 5 de febrero: «Hemos llegado esta mañana a Marsella de regreso de Españ Y, mientras bajábamos del tren, don Bosco y don José Ronchail subían a otro para Tolón, sin podernos ver ni saludar. íííCaramba!!!... Mañana saldremos para Saint-Cyr y, pasado mañana, para La Navarre con la esperanza de ver al papá, que tiene que volver a Marsella a
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mediados del corriente. Recibiré sus órdenes». Y el 12, después de su regreso a Marsella: «En Saint-Cyr hemos encontrado a don Bosco, que despidió a don José Ronchail y me tomó a mí por... auriga. Rossi siguió su camino y lo verás tan pronto como llegue. Visitamos la casa de La Navarre y volvimos a Marsella, donde estamos y desde donde te escribo». (Don J. Cagliero quería recordar su viaje a España, con el clásico «caramba», que escribió con tres admiraciones. N. del T. ). 363
don José Ronchail, que fue sustituido después por don Juan Cagliero, apenas regresó de España. Este encontró que don Bosco tenía «buen piernas para andar, pero poca vista para ver». En efecto, le había aumentado bastante el dolor y la inflamación del ojo enfermo 1.
De las dos visitas, nada sabemos con respecto a Saint-Cyr, y muy poco respecto a La Navarre; guarda un vago recuerdo de ello un sacerdote salesiano viviente, don Miguel Blain, aquel Miguelito Blain, cuyo nombre ya saltó a los puntos de nuestra pluma al exponer ((423)) el sueño de 1877 sobre la escuela agrícola de La Navarre 2. Era huérfano de padre y perdió también a la madre el mismo día que se abría la casa de San José, el 8 de julio de 1878. Una tía materna, carmelita, lo envió a los Salesianos de aquella casa, que lo recibieron el 1 de octubre del mismo año. Tenía buena voz y buen oído, por lo cual fue admitido en seguida en el coro. Ya hemos narrado cómo, oyéndol cantar, don Bosco reconoció entonces en él al jovencito del sueño.
Al acercarse la fecha de la salida de Marsella, quiso don Bosco que se invitara a los Cooperadores y a las Cooperadoras para la conferencia que había sido imposible dar en la fiesta de San Francisco de Sales; deseaba inaugurar con alguna solemnidad la parte ya terminada del nuevo edificio y dar así a los bienhechores una muestra tangible de la seriedad con que se atendía al desarrollo de la obra. Se eligió para la reunión el viernes 20 de febrero, día en que se celebraba el aniversario de la elección de León XIII. El Obispo, monseñor Robert, aceptó la presidencia; le hicieron corona, con don Bosco y el párroco Guiol, los miembros de la Sociedad Beaujour, y asistieron muchos eclesiásticos, muchos seglares distinguidos, un selecto grupo de señoras y notable concurso de personas del pueblo. Un jovencito leyó un discurso en honor «del buen padre y querido bienhechor don Bosco», como él lo saludó. Contaba que había descubierto un tesoro corría a ponerlo a sus pies, pues sabía la extrema necesidad que atravesaba de medios económicos para llevar a término su empresa; pero que el tesoro hallado y llevado a sus pies, había sido sólo un sueño; sueño que él esperaba fuera realidad, gracias a la generosa caridad de los Cooperadores y Cooperadoras marselleses. Después, un clérigo saludó al Obispo expresándole respetuosos sentimientos y poniendo el Oratorio de San León bajo su benévola y paternal protección. Por último, tomó la palabra don Bosco. La Gazzette du Midi publicó una larga ((424)) relación,
1 Carta mencionada del 12 de febrero.
2 Véase: Vol. XIII, pág. 461. 364 que apareció en dos artículos, los días 23 y 24 de febrero, y decía:
«Nada nuevo diremos a nuestros lectores, si repetimos que don Bosco es un milagro de caridad y de celo (... ). No hay que maravillarse s a pesar de la dificultad para hablar en francés, ha tenido pendiente de sus labios al numeroso auditorio, que acudió a oírlo. En él habla el corazón. Los Apóstoles tienen el don de lenguas y el alma sabe entender y hacer entender un lenguaje, que es eco del Cielo».
El Beato explicó la finalidad de su obra, de auxiliar a la juventud en peligro. Narró los caminos y maneras con que había ido actuando y actuaba este pensamiento desde 1841; habló de los resultados obtenidos; expuso después lo que había hecho y lo que quedaba por hacer en las casa de Saint-Cyr y La Navarre. Refiriéndose al afecto que los ex alumnos tenían hacia su padre, contó un episodio muy reciente. Un antiguo alumno del Oratorio de Turín, que se había establecido en Barcelona, al enterarse del viaje de don Bosco, no había podido resistir deseo o, mejor, a la necesidad de volver a ver a su querido bienhechor y, cruzando el mar, se había presentado en Marsella, feliz de entretenerse un rato con él, después de tanto tiempo, para darle cuenta de sí y de sus cosas.
-He permanecido fiel, decía, a sus buenos consejos y enseñanzas y me siento muy feliz. Me he casado, mis negocios marchan bastante bien y no pido más al Señor. He querido ver una vez más a mi buen Padre, pedirle su bendición para mí, para mi esposa y mis hijos, y abrirle una vez más mi conciencia en confesión, como lo hacía, con tanto gozo para mi corazón, hace treinta y cinco años.
Por fin, expuso don Bosco la historia de la fundación de Marsella. El había venido aquí en 1876. Había visto por las calles multitud de muchachos vagabundos. Habló del asunto con el párroco de San José, y acordaron que era necesario socorrer a tanta pobre juventud en el cuerpo y en el alma. »Cómo conseguirlo? Fueron a consultar al Obispo, y no pasó mucho tiempo hasta quedar establecida la obra de la cal Beaujour, sólo Dios sabe con qué medios; pero ((425)) podía asegurarse que la Providencia había abierto sus manos inagotables. Puso de relieve cómo la obra merecía mucha ayuda, dado su carácter de utilidad general; por lo que era preciso que todos colaborasen.
Terminó con una anécdota. Una tarde de aquel invierno, al salir don Bosco del Oratorio de San León, se topó por la calle solitaria con un
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muchachote, que metía miedo el solo hecho de verlo y, al mismo tiempo, daba pena. Le dirigió la palabra y según su costumbre repitió el diálogo ante el auditorio: 365
-Amigo mío, »qué haces aquí?
-Tengo frío, contestó con voz temblorosa y agitada.
-»No tienes casa?
-Tengo hambre...
Y diciendo esto, levantó los brazos y se echó a sus pies. El Beato se esforzó, como pudo, por levantarlo y arrastrarlo hasta la puerta del Oratorio, donde se le prestaron las primeras atenciones. Recobradas las fuerzas exclamó:
-Señor abate, usted ha hecho una gran obra. Me ha salvado la vida y librado de un delito. La desesperación me habría inducido seguramente a cometerlo. »Quiere tenerme con usted?
La casa estaba al completo; pero se le preparó una cama como se pudo. Y ahora aquel pobre hombre vivía en el Oratorio, rezaba, trabajaba y daba buen ejemplo.
-Aquí tenéis, dijo don Bosco, lo que hay que hacer con todos, con la sociedad enferma, y hacerlo por amor a Dios, que ha dicho: Amaos los unos a los otros.
En nombre de los oyentes, el señor Enrique Bergasse, presidente de las conferencias de San Vicente, le contestó con enardecidas expresiones, saludando en él a otro san Vicente de Paúl, que recogía a los muchachos y libraba a las almas de la odiosa esclavitud de la corrupción y del vicio. El orador aprovechó la ocasión para enaltecer la fecundidad inagotable de la Iglesia, que posee siempre remedios para todos los males, y para exaltar la bondad de Dios, que concede siempre al mundo, según las necesidades de cada época, hombres providenciales. A una sociedad tan enferma, Dios enviaba médicos como don Bosco, cuyos enviados ((426)) eran reconocidos y aceptados por el pueblo.
-Tenemos, dijo, un ejemplo, en esta casa de la calle Beaujour, hasta ayer escondida e ignorada y hoy transformada en lugar de cita de todos los corazones caritativos de la ciudad y en un centro de peregrinación, donde la gente se agolpa continuamente alrededor del hombre de Dios. Así es precisamente cómo el Señor se complace en hacer surgir y prosperar las obras de sus siervos; de humildes principios, de un imperceptible grano de mostaza, nace un árbol, que muy pronto extiende sus ramas bienhechoras sobre la tierra.
Cuando desde la presidencia habló el Obispo, el ambiente estaba saturado de simpatía. El insistió en el carácter providencial de la obra d don Bosco y en su contraseña de obra verdaderamente católica, porque todas las obras queridas por Dios tienen principios humildes y oscuros. Los santos son instrumentos de Dios, conducidos por su 366
mano, sin que ellos sepan adónde los guía. San Francisco de Sales, tomado por don Bosco como patrono de su instituto, llevó a cabo de es manera obras inmortales, cuyo influjo y alcance él no preveía. Terminó Monseñor manifestando su benevolencia para el oratorio de San León.
Después de la bendición episcopal, don Bosco fue a la puerta, donde, según la costumbre, sostuvo la bandeja, en la que todos solícitamente depositaban su limosna. Muchos se inclinaban para besar la mano al Beato. El señor Emilio Sumien, periodista del diario citado, comentaba:
«Hemos visto este conmovedor espectáculo, deteniéndonos allí largo rato para contemplarlo mejor. No pocos, al pasar, susurraban algo oído del santo varón, que con paciencia inalterable contestaba a cada uno y con la sonrisa en los labios bendecía a los niños. Entretanto, la monedas de oro caían en la bandeja, mezcladas con la pobre calderilla, y las manos, tanto más discretas cuanto mayor era la limosna, se retiraban de prisa para no ser vistas. La caridad movía realmente a los donantes. Don Bosco daba las gracias a todos con suaves palabras; pero hemos notado varias veces que dirigía ((427)) una mirada especial a. personas del pueblo, que no podían depositar más que unas moneditas de escaso valor; los hombres como él saben cuánto vale el óbolo del pobre».
Numerosas personas quedáronse todavía allí para hablar con don Bosco, para obtener la bendición, para pedirle un consejo o una oración para confiarle una pena. El procuraba contentar a todos, sin dar el menor indicio de aburrimiento o de cansancio, hasta que los responsable de su salud le obligaron a tomarse un poco de descanso. A pesar de todo la casa no quedó vacía: «Estas cosas, como dice el nombrado
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escritor, son escenas de cada día, como sólo se leen en las vidas de los santos. Espectáculos tan conmovedores parecen destinados a consolar a la Iglesia en sus presentes amarguras y a infundir en el corazón de todos los católicos una esperanza invencible» 1.
El entusiasmo despertado a su paso podía desaparecer muy pronto, como humo de paja. Para que esto no sucediera, el Beato organizó en Marsella, y pensaba hacerlo también en Niza, dos comisiones, una de caballeros y otra de señoras, que, concertaran con continuidad y de común acuerdo, los medios prácticos para mantener despierta la atención
1 El Osservatore Cattolico, de Milán, publicó traducidos y algo modificados, en los números del 17 y 19 de marzo, los dos artículos de l Gazette du Midi. También el Citoyen de Marsella habló más brevemente de estos hechos en el número del 21 de febrero; el artículo fue reproducido por el Bulletin Salésien de marzo y traducido por el Bollettino italiano del mismo mes. 367
y activa la caridad ciudadana con respecto a la obra de amplias proporciones que él había concebido. Ni aun de lejos, como veremos, perd de vista a estos celosos Cooperadores.
Hemos podido hacernos con las cuidadosísimas actas de las reuniones que, bajo la presidencia del párroco de San José, celebró la comisión de señoras, desde marzo de 1880 hasta febrero de 1895. Interesa a nuestra historia sacar partido de ellas aquí y en otros lugares 1 Desde el 4 de marzo hasta el 30 de diciembre de 1880, ((428)) se celebraron veintiuna reuniones, las cuatro primeras de las cuales pueden llamarse preparatorias. En ellas se ventilaron algunos sistemas prácticos para recoger fondos: 1.° suscripciones anuales de veinticinco, cincuenta y cien francos, con sus correspondientes recibos; 2.° crear plazas colegiales gratuitas, también mediante suscripciones colectivas 3.° difundir listas, de diez personas cada una, obligándose a entregar dos francos al año; 4.° adoptar un muchacho por trescientos francos a año. Este último sistema lo propondrían las Señoras a las grandes casas comerciales. Para las listas de diez personas se contaba con la generosidad de los Cooperadores, que en la lista general llegaban a seiscientos.
Notamos algunas cosas de estructuración interna. Se consideró como miembro nato de las dos comisiones al Director del Oratorio de Sa León. Las presidía el párroco de San José. Ambas comisiones fueron subdivididas en tres subcomisiones. En la de los caballeros, una se interesaría por los artículos alimenticios, otra por los talleres y la tercera por el material escolar, los asuntos jurídicos y la traducción del Bollettino italiano; las tres comisiones de señoras pensarían respectivamente en la ropa blanca, en los vestidos y en el culto. Se determinó que funcionase una caja única para las dos comisiones.
La comisión para asuntos jurídicos tuvo en seguida campo de acción. Cuando las señoras trataron del recibo de entrega a los donantes, s dividieron los pareceres entre si había que poner o no el sello móvil; unas querían ahorrar aquel gasto y otras temían inconvenientes ante l falta de esta formalidad. Se sometió la decisión a la comisión competente, la cual se inclinó por el sí.
En las sesiones sucesivas se comenzó a rendir cuenta de los ingresos, determinar cómo emplearlos y discutir sobre todo lo que concernía la actividad de la comisión. Sólo observaremos que, en la fundación
1 Consignamos, a título de honor, los nombres que encabezan las actas de cada una de las reuniones. Señoras: Barthèlemy, Guez, Jacque Prat, Rostand, Rolland Gigandet, Rocca, Berthon, Cartairade, De Lombardon, Mortreuil, Rondel, Valette, Beau, Maurel, Bergasse, Maurin Gondran. Señoritas: Bonnet, Rostand, Férand, Guérin, De Maupoint, »tienne. 368
de plazas gratuitas en el colegio, aunque se concedió a los donantes la facultad de presentar a los muchachos que ((429)) debían ocuparlas se dejó en todos los casos plena libertad al director 1.
La tarde de la partida de Marsella, que fue el día 22 de febrero, el patio y los corredores de la casa estaban repletos de gente, que esperab todavía decirle alguna cosa. Una señora, de aire y atuendo distinguido, con tal de poder hablarle, se escondió tras una puerta que, por una escalera de madera conducía al dormitorio de los muchachos y tuvo la constancia de permanecer en aquel escondite desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, saliendo solamente un momento, hacia el mediodía, para ir a comprar un trozo de pan.
«Si yo no la hubiese visto, escribe don Anacleto Ghione, y no hubiese estado sobre aviso, aquella buena señora no habría visto a don Bosco; yo le obtuve tres minutos de audiencia, en el preciso momento en que don Bosco iba a salir».
Más conmovedor es el caso de una pobre mujer del pueblo. Acurrucada desde la mañana en un rincón de la antesala, se apoyaba contra l pared, con un niño pálido, inmóvil y ciego, en los brazos. La pobre mujer, resignada y llena de fe, esperaba su turno para presentarse a don Bosco. El ir y venir de los visitantes era continuo; a los que salían, les sucedían otros nuevos sin interrupción. La natural timidez le imped adelantarse y hacer valer sus derechos ante personas de respeto; algún intento le había fallado, pues había tenido que retroceder empujada
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por el gentío. Tocaban las once cuando llegó el párroco de San José para acompañar a don Bosco a comer en casa de la señora Prat. Al pasar el Beato, todos se apiñaron a su alrededor, de modo que ella, viendo la imposibilidad de abrirse paso, no se movió. Cuando salió don Bosco, se le acercó su marido, que le llevaba algo para comer. Allí se quedó todavía otras dos horas firme en su puesto y en silencio. Pero don Juan Cagliero la había visto y sintió viva compasión por ella.
Al reaparecer don Bosco, se adelantó; pero ((430)) la apretada barrera de personas la detuvo. El Siervo de Dios se retiró a su habitación la mujer a su rinconcito. He aquí, por fin, que don Bosco salió fuera en plan de viaje. Unas trescientas personas que obstruían todo acceso se disputaban el espacio. Para la pobrecita, irse don Bosco significaba perder toda esperanza. Parecía la imagen del dolor. En aquel momento la mirada de don Juan Cagliero cayó sobre ella y dijo:
1 Creemos útil presentar a los lectores, como ejemplo y para información, el acta de la primera sesión, omitiendo las partes de pura formalidad (Ap. doc. núm. 50). 369
-Don Bosco, aquella mujer pide su bendición.
-Ya no tengo tiempo. Es tarde. Parte el tren.
-Esta ahí todo el día, insistió don Juan Cagliero, volviéndose en seguida hacia ella y llamandola imperiosamente en alta voz.
Abriéronle paso a duras penas y llegó hasta don Bosco. El pequeño seguía siempre inmóvil. Don Bosco alzó la mano derecha y lo bendijo. El efecto inmediato fue que el niño comenzó a batir las manecitas, sacudirse de pies a cabeza y restregarse los ojos heridos por la luz repentina. La escena se desarrolló rapidísima, sin que don Bosco se detuviera, ni los demas dejaran de forcejear para abrirle paso a través del gentío, que se abalanzaba nerviosamente hacia él desde todas partes; en medio de aquel alboroto pudo la mujer escabullirse y sa a la calle loca de contento; y los cincunstantes tampoco se fijaron en ella; quiza sólo don Juan Cagliero se dio plena cuenta de lo sucedido
Hasta llegar al coche, la gente estrujaba a don Bosco, éste para besarle la mano, ése para tocarle siquiera la sotana, aquél para hacerle palpar rosarios o ropas de enfermos.
«Yo, escribe el mencionado don Anacleto Ghione, le acompañaba y hacía lo posible para abrirle paso. Al llegar hacia la mitad de la escalera, don Bosco me dirigió una rapida mirada, que yo no supe interpretar. Entonces, con tono enérgico, me dijo:
-»No lo ves?
Me di cuenta de que, entre el gentío, que casi lo llevaba en vilo, había dos mujeres exactamente delante de él. Don Bosco, sin aguardar a ((431)) que yo hiciese por librarlo, utilizó su fuerza extraordinaria para separarse de aquellas personas. Cuando estuvo en el coche, le viero la sotana recortada en varios sitios, de suerte que en el camino hubo que proporcionarle otra. Todo lo que había tocado en su habitación no era robado, creo que incluso por los de la casa para contentar a los Cooperadores, sin respetar ni las sábanas».
Habrían tenido que ir a Niza; pero aquella noche pernoctaron en Aubagne, a menos de una hora de coche de Marsella. Cuando él y don Juan Cagliero se encontraron solos en el coche, don Bosco humillado y confuso, rompió el silencio para decir:
-íQué admirable es el Señor y qué grande su misericordia! Para mover tanta gente y obrar sus maravillas, ha querido servirse de un aldeano de I Becchi 2.
1 En la Vida de don Bosco en dos tomos (Tomo II, pág. 518) se sitúa este hecho en 1881. Pero en 1881 don J. Cagliero estuvo en Españ desde mediados de enero hasta después de Pascua; en cambio don Bosco había salido de Marsella a finales de febrero.
2 Summ. super virt. N. XVI, & 90, pág. 966. 370
Llegaron a Niza el 24 por la noche. Probablemente don Bosco pasó un par de días en casa del conde de Villeneuve, que tenía su finca al cerca. Apreciaba mucho a don Bosco y debía sentirse muy feliz al darle hospitalidad. Así pudo descansar un poquito el Beato, que sentía extrema necesidad de ello.
En Niza hubo poco más o menos la segunda edición de lo de Marsella; la misma avalancha diaria de visitantes, la misma heroica paciencia del Beato, la misma repetición de hechos extraordinarios, aunque escasean noticias seguras de éstos. Allí se añadió la
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correspondencia epistolar; entre el 24 de febrero y el 6 de marzo le llegaron por correo más de ochocientas cartas de muchos lugares de Francia. También en el Patronato de San Pedro, como en el Oratorio de San León, antes de su llegada, los apuros económicos eran cada ve más angustiosos: gastos para la adquisición de inmuebles indispensables, gastos diarios para más de cien bocas, gastos para suministro de los talleres.
Además, hacíase cada día más urgente la necesidad de ensanchar los locales, pues llovían peticiones para la aceptación de muchachos necesitados; ((432)) hacía falta, además, construir una capilla más amplia y más decorosa y era necesario un salón de estudio, que sustituyera el existente, bajo, estrecho y mal orientado. Para todas estas exigencias de la casa, se requería todo un capital, y los recursos ordinarios no bastaban para disminuir el peso creciente de las deudas ya contraídas.
Pero tampoco en Niza dejó la Providencia de asistir visiblemente a su Siervo, como estímulo de la caridad de muchos; el efecto fue tangible, pero las causas, como hemos dicho, nos son poco conocidas. Sólo sabemos con certeza un hecho. Cierto señor, G., de cincuenta seis años, empleado del Gobierno, fue a confesarse con don Bosco. Terminada la acusación, dijo el Beato al penitente:
-Piense un poco si no se ha olvidado confesar tal pecado...
Y se lo recordó con todas sus circunstancias, incluso la edad de dieciocho años, en que lo había cometido. Aquel señor, aturdido, tan pronto como acabó, corrió al despacho del Director, don José Ronchail, para contarle lo ocurrido, declarando que efectivamente lo había olvidado y que le bastaba aquella prueba para convencerse de que don Bosco era un santo.
La generosidad de los ciudadanos se manifestó tanto en privado como en público. Al banquete, que se dio en su honor, asistieron diecisé invitados, que disfrutaban sobre todo con su presencia y con su edificante y amena conversación. Hacia el final, cuando la conversación se animó más, un óptimo y acaudalado comensal se levantó y apostrofó a los demás con estas palabras: 371
-Señores míos, es bueno admirar las obras de don Bosco; pero es todavía mejor condividir el mérito acudiendo en su ayuda. »Cómo quieren ustedes que amplíe la casa para aceptar más muchachos abandonados, si no tiene dinero?
Dicho esto, pasó la bandeja, en la que cuatro de los presentes echaron mil francos cada uno; y setecientos entre todos los demás.
Ernesto Harmel, hermano de León, el bon père, quiso dar un opíparo banquete al que invitó a don Bosco y a sus amigos.
((433)) Era Harmel el mismo que el año anterior, en el congreso de Angers, como ya se dijo, había dado un informe sobre la naturaleza y desarrollo de la obra salesiana. Como muchos otros señores, pasaba el invierno en la Costa Azul por motivos de salud. Estaban conversand familiarmente, mientras se esperaba a que estuviera preparada la mesa; el Siervo de Dios aludió a la capilla del instituto, tan pequeña para número de alumos y tan poco arreglada para morada del Señor.
-Me han presentado, siguió diciendo, un proyecto de nuestro arquitecto Levrot; pero se necesitarían treinta mil francos.
-íTreinta mil francos!, terció el abogado Michel. Mucho me temo que en Niza no logre reunirlos en estos días. íHemos tenido este invierno tantas loterías, tantas colectas, que los bolsillos están vacíos!
-Y sin embargo, replicó don Bosco, yo los necesitaría hoy mismo.
Fueron a la mesa. A los postres se levantó el notario Saietto y dijo a don Bosco:
-Sepa, don Bosco, que una persona caritativa me ha entregado treinta mil francos para dárselos a usted. Cuando quiera, puede mandar a recogerlos a mi despacho.
El Siervo de Dios, juntando las manos y, levantando los ojos al cielo, dio gracias a María Auxiliadora por tan insigne favor.
Hiciéronse también dos llamadas a la caridad de los fieles. La primera, desde el púlpito de la iglesia parroquial de «Notre-Dame», por boca del padre jesuita Lacouture, predicador de la cuaresma. Estaba presente don Bosco; la colecta superó toda esperanza. Don Bosco mismo tomó a su cargo la segunda con una conferencia a los Cooperadores. Leemos en una reseña de Niza 1: «Lo que dijo interesó vivamente al piadoso y caritativo auditorio por la obra salesiana en general y por los hechos particulares que contó. Don Bosco se expresab
1 Bulletin Salésien, marzo de 1880, pág. 12.
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en francés, lengua que le es más fácil en la lectura que en el púlpito; ((434)) pero sus frases sencillas y al estilo italiano parecían gustar aún más a los oyentes, embelesados con su palabra de apóstol» .
La colecta confirmó la verdad de esta afirmación; en efecto, pasó don Bosco la bandeja y todos, desde el Obispo hasta el más humilde d los presentes, dieron su limosna con generosidad. Un señor entregó una moneda de oro.
-Que Dios se lo recompense, dijo don Bosco.
-íOh! Si es así, que me recompense más todavía, contestó aquél doblando la oferta.
Algunas familias no se conformaron con las entregas hechas en las dos colectas y enviaron más cantidad por carta.
Lo dicho de Marsella explica suficientemente cómo don Bosco no pudo, en los últimos momentos, cumplir ciertos deberes de cortesía, como el de despedirse personalmente del Obispo y de otras personas distinguidas. Se apresuró, pues, apenas pudo, a escribir al párroco de San José sobre este particular. El autógrafo, con aquella su escritura, aún más deforme de lo acostumbrado y muy difícil de descifrar, prue la verdad de lo que en ella dice sobre su cansancio.
Pero éste no le impidió añadir una observación que debía interesarle mucho manifestar sobre las maravillas obradas por Dios en su persona.
Muy querido señor Cura Párroco:
Estoy en Niza, pero tuve que salir de ahí sin poder saludarle y darle las gracias por la gran caridad y benevolencia, que tuvo conmigo y con todos los pobres Salesianos; se lo digo también en nombre de don Juan Cagliero. Dios se lo premie y reciba nuestra más sincera gratitud.
Ahora necesitaría que usted me hiciese un recado muy importante para el señor Obispo, a quien no me es posible escribir. Que le hiciese una visita, rogandole me disculpe por haber salido sin pasar a recibir sus encargos para Roma y agradecerle su paternal bondad, por su ofrenda y por las hermosas palabras, que se dignó pronunciar en honor de nuestro Oratorio de San León. Que, si puedo servirle para algo e Roma, me consideraré feliz de poder hacerlo.
Creía poder descansar en los primeros días de mi llegada a esta ciudad; pero empezaron en seguida las consabidas visitas de la gente, y ahora me encuentro tan cansado que no puedo más. Pasado mañana partiré para la ciudad eterna, sin haber podido tratar algo que interesa ((435)) esta casa. íQué fácilmente se deja engañar el vulgo! íCosas del Señor, efecto de su inmensa misericordia, se las querría juzgar com obras del hombre!
Todavía no he podido escribir a don José Bologna. Le agradeceré le dé mis noticias. Espero que, en algún lugar, tendré tiempo para escribir a algunos marselleses, que insisten en recibir contestación. 373
Dios los bendiga a todos, mi querido señor Cura, y le conserve en buena salud; ruegue también por mí, que siempre seré para usted en J.
C. Niza, 4 de marzo de 1880.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
No queremos pasar por alto dos pequeñas anécdotas, interesantes para quienes deseen conocer cada vez mejor el espíritu de nuestro Bea Padre.
Un día alquiló en Niza un coche del servicio público en una plaza; cuando llegó la hora de pagar, se dio cuenta de que no llevaba dinero;
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dijo entonces al cochero que había dejado el portamonedas en casa, pero que pasase por el Patronato de San Pedro y allí le pagarían.
-»Por quién debo preguntar?
-Por mí.
-»Pero usted cómo se llama?
-Abate Bonomo 1.
Al caer de la tarde llegó el cochero al Patronato. Don Bosco se había olvidado de advertir lo sucedido a los de casa. Así que, cuando
preguntaron a nuestro hombre a quién buscaba, contestó como acabamos de decir. El secretario, enfadado, le dijo señalándole la puerta:
-Aquí no hay ningún Bonomo.
Pero el hombre levantó tanto la voz, que don Bosco, al oír el altercado y comprender el motivo, se asomó.
-íVoila l'abbé Bonhomme! (íEste es el abate Bonomo!), gritó triunfante el cochero.
Don Bosco riendo le pagó, dándole más de lo que él se esperaba.
La segunda anécdota es completamente distinta. Una tarde, después de cenar en casa de un bienhechor, volvía a casa ya anochecido acompañado por don José Ronchail y, al atravesar unas callejuelas solitarias, se ensució desagradablemente los zapatos. Ya en casa, se encerró en su habitación, pero no podía soportar el hedor. Como no quería confiar a otro ((436)) un servicio tan bajo y nauseabundo, se puso el mismo a limpiar. Estaba ya a punto de acabar, y como observara el Director, que tenía la luz encendida, entró en su habitación y sorprendió a don Bosco ocupado en aquella tarea. Le arrancó de las manos los zapatos y terminó la obra, conmovido por tanta humildad.
1 Buen hombre. 374
Durante la última semana, don Bosco se encontró más apurado que nunca, porque tuvieron que guardar cama sus dos mejores ayudantes don José Ronchail y don Juan Bonetti, que había ido a sustituir a don Juan Cagliero. A esta falta de secretarios alude el refrán piamontés, empleado por él en esta cartita al Director de la casa de Vallecrosia para anunciarle su próxima visita.
Muy querido Cibrario:
El próximo sábado, hacia las 4 de la tarde, estaré en Ventimiglia con don Juan Bonetti, si puede levantarse de la cama.
Si no puedes preparar habitación para los dos, habla con el Canónigo señor Cassini.
Escribo yo, porque a falta di cavai, i'aso a troto 1.
Dios nos bendiga y créeme en J. C.
Niza, 4 de marzo de 1880
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Un borrador preparado allí por don Juan Bonetti para don Bosco nos da a conocer que la dirección de ferrocarriles del Sur de Italia, a instancia del Beato, había extendido a la red del sur y de Calabria y Sicilia la reducción que ya gozaba en la del norte de Italia en favor de todas las personas de las casas salesianas, es decir, la reducción del cincuenta por ciento sobre el precio del billete. Don Bosco daba las gracias, y aseguraba que, de entonces en adelante, recibiría «con especial preferencia y miramiento» en sus colegios a los huérfanos de los empleados en los servicios de dichos ferrocarriles; manifestaba, además, que en la red del norte de Italia viajaban también con las mismas
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condiciones ((437)) las «religiosas llamadas Hijas de María Auxiliadora», y las «muchachas internadas en sus casas, que eran también dependientes de él, Ocupadas en los colegios femeninos bajo su alta dirección», y manifestaba la esperanza de que, por análogos motivos, pudiese ser concedido también a ellas idéntico beneficio. Su petición fue escuchada 2.
A punto de emprender el viaje para Italia veía condensarse sobre sus hijos de Francia unos nubarrones que presagiaban tormenta; pendía sobre el país la amenaza de persecución contra las Congregaciones.
1 A falta de caballos, trotan los asnos.
2 Lo confirma sor Carolina Sorbone, que con otras hermanas hizo el viaje en 1880 de Turín a Bronte, en Sicilia. 375
Desde el mes de enero, discutían las dos Cámaras la cuestión de la enseñanza pública, pero con el propósito, apenas encubierto, de asestar un duro golpe contra las florecientes escuelas libres, dirigidas por religiosos. En Marsella, en una reunión tenida en casa del párroco Guiol presentes también los señores Rostand y Bergasse, se había estudiado cómo prevenir eventuales sorpresas. Don Bosco expuso su manera d ver, que aclarará a tiempo oportuno, como veremos; sin embargo, no quiso que se tomaran las cosas por la tremenda.
-Suprimir las Congregaciones religiosas, dijo, es como dar palmadas para espantar a los pájaros que bajan a comer el grano, tendido en l era. Los pájaros escapan al momento, pero luego vuelven uno tras otro, de modo que, si no se está allí dando palmadas todo el día, ellos siguen comiendo siempre tranquilos. Del mismo modo, pasado el momento de la supresión, también los religiosos poco a poco vuelven a entrar y reanudan el trabajo. 376 ((438))
CAPITULO XVII
DESDE LIGURIA HASTA ROMA Y NAPOLES
NUESTRO Beato Padre, no obstante su ansia de volver al Oratorio, después de dos meses de ausencia, se vio obligado a seguir directamente el viaje hasta Roma. Importantes asuntos, que no admitían dilación, debían tratarse allí personalmente;urgía, entre otros, decidir el arreglo de las Misiones del Río Negro y esto pedía una serie de negociaciones entre la Santa Sede y el Gobierno argentino. Segu la guerra contra las escuelas del Oratorio, la agitada controversia de Chieri y otros asuntos. Sin embargo, no siguió el viaje directo, sino qu tuvo necesidad de quedarse algunos días en Liguria.
La primera etapa en Italia fue en Vallecrosia, donde había que bendecir y colocar la piedra angular de la iglesia de María Auxiliadora, cuya construcción pronto se podría dar por terminada. A la ceremonia, que tuvo lugar la tarde del 7 de marzo, prestó inusitado esplendor l presencia de tres obispos: monseñor Reggio, obispo diocesano; monseñor Allegro, obispo de Albenga, y monseñor Boraggini, obispo de Savona. Los dos últimos, que habían ido a Ventimiglia para la consagración de la catedral restaurada, aceptaron con gusto la invitación pa la función vespertina de los Salesianos. Fue un acontecimiento para aquellos pueblos; la carretera provincial condujo a los llanos de Vallecrosia a miles de personas. Don Bosco, según su costumbre, quiso que no se omitiese nada ((439)) para solemnizar la ceremonia; fueron los alumnos de Alassio y Sampierdarena para alegrar la fiesta con sus cantos. El caballero José Moreno, de Bordighera, hombre venerando por su edad y sus profundos sentimientos religiosos, aceptó hacer de mayordomo de la fiesta y echó la primera paletada de cal sobre la piedra bendecida.
El acta acostumbrada, que debía colocarse dentro de la piedra, además de los nombres, fechas y datos que es costumbre consignar en ella contenía también estas palabras, que don Bosco leyó antes al pueblo: «En este día, en este momento solemne, señores; cumplo un deber de gratitud con los que asistís a esta función religiosa y, sobre 377
todo, con aquéllos, con cuya aportación personal y económica, y con sus oraciones han contribuido a empezar este sagrado edificio. Antes de que éste llegue a su término, tendremos todavía que hacer no ligeros sacrificios, pero vuestra caridad no menguará ni nos faltarán la protección de la gran Madre de Dios y los auxilios del cielo. En la vida y después en la muerte, tendréis la gratitud y las oraciones de los hombres. Los venideros alabarán vuestra fe y vuestro celo por la gloria de Dios y por la salvación de las almas, y Dios compasivo os asegura larga merced en la tierra, seguida de la gloria inmortal, que os tiene reservada en el cielo, haciendo así realidad sus palabras: No apartaré de él mi amor; a quien construirá una casa para mi nombre yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» 1.
Después de la colocación de la piedra, el Obispo habló a los fieles, presentando la nueva iglesia como un baluarte para la defensa y custodia de la fe.
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Parece que don Bosco hizo una segunda parada en Alassio, de donde pasó a Sampierdarena 2. Allí llamó a don Miguel Rúa, con el que tenía muchas cosas que tratar. «He visto a don Bosco, escribió su Vicario 3, y lo he encontrado con bastante buena salud, aunque muy cansado». Durante esta estancia ((440)) en Sampierdarena, el Beato tuvo uno de aquellos gestos que tanto edifican y que manifiestan su genuino espíritu. Una mañana, al salir de su habitación a eso de las ocho, para ir a la iglesia, se encontró con un empleado que barría los pórticos y notó que, por su escasa aptitud o por su poca diligencia, no dejaba muy limpio el suelo.
-»Quieres ver cómo se hace para barrer bien?, le dijo.
Y quitándole de las manos la escoba, barrió con toda calma casi un tercio del pórtico, mientras el barrendero miraba boquiabierto.
-»Has visto cómo se hace?, añadió, devolviéndole su instrumento de trabajo.
Y después de saludarlo amablemente entró en la iglesia.
A eso de la medianoche del día 11 de marzo, tomó el tren para Roma junto con el secretario don Joaquín Berto, a quien había mandado venir expresamente de Turín. Avisó su llegada telegráficamente don Miguel Rúa, y salió a recibirlos don Francisco Dalmazzo, que los llev a Tor de'Specchi. Don Bosco visitó, aquella misma tarde, al cardenal vicario Mónaco La Valletta; a la mañana siguiente fue a ver
12Sm7, 15 y13.
2 Carta de don Juan Cagliero a don Miguel Rúa, Marsella, 12 de febrero de 1880: «Pasaremos por Ventimiglia, después por Alassio y, d allí, iremos a Sampierdarena».
3 Carta al Conde Cays, Gavi, 15 de marzo de 1880. 378
al cardenal Nina, Secretario de Estado y protector de la Congregación, el cual le dijo haberse enterado de que en Marsella había hecho buenos negocios. Probablemente no se refería el Cardenal a negocios materiales, pero don Bosco, tomando la frase tal como sonaba, le contestó:
-Sí, Eminencia, y los he hecho también para el Padre Santo.
Efectivamente traía una cuantiosa cantidad que le habían entregado unos señores franceses para el óbolo de San Pedro.
El diario de don Joaquín Berto, del 14 al 22, nos proporciona estas escuetas noticias: «El domingo por la tarde fuimos todos a felicitar el día onomástico a la señora Matilde Sigismondi, por ser 14 de marzo dedicado a santa Matilde. Lunes 15: don Bosco, acompañado por don José Daghero, salió para cobrar un cheque francés, pero no lo logró. Comimos en casa, en compañía del señor Mateo Pesce, Secretarío de Dirección General de Correos. Al atardecer fuimos a visitar al cardenal Alimonda, que prometió ir a dar la conferencia a los ((441)) Cooperadores Salesianos de Roma. 17: Miércoles: vamos a visitar a monseñor Jacobini, para hablarle de nuestras misiones; después, a la Bendición en el convento de las Estigmatizadas, donde don Francisco Dalmazzo predicaba los ejercicios espirituales. Luego, a casa. 18: Visita a monseñor Boccali, donde encontramos a monseñor Pablo Fortini, Director de la Fiáccola de Roma. Después, al despacho de monseñor Sallúa, para hablar sobre Marchet, sacerdote, ex párroco, que se había hecho viejo católico 1. Después, al cardenal Oreglia y, finalmente, al cardenal Bartolini. 19: Fiesta de san José. Don Bosco come en casa de los señores marqueses Vitelleschi. Sábado, 20: Vamo al palacio de la princesa Odescalchi; por la tarde, a visitar al cardenal Consolini. 21, marzo: Por la tarde, don Bosco y don Francisco Dalmazzo visitan al diputado Sanguinetti; al caballero Moreno y Vignola para gestionar la compra de una casa. Lunes, 22: Don Bosco y don Francisco Dalmazzo van a visitar a la princesa Odescalchi. Por la tarde, don Bosco visita al cardenal Consolini».
En los primeros días de Roma arregló don Bosco un asunto, pendiente hacía meses y en el que las cosas no son claras. El primer polaco que entró en Congregación, un tal Mateo Grochowski, que vivió cuatro años en el Oratorio y fue ordenado sacerdote, obtuvo, al parecer, hacia el otoño de 1879, permiso para ir a su tierra a recoger dinero para la iglesia de San Juan Evangelista; pero, desde que salió, no dio ni una noticia de su vida. Don Juan Cagliero, a quien como Catequista competían semejantes gestiones, escribió para obtener informes
1 Véase más atrás pág. 328. Monseñor Sallúa era asesor del Santo Oficio. 379
al rector de las escuelas Pías de Cracovia; pero éste, no obstante las pesquisas que hizo, no logró dar con él. Mientras tanto, llegó una
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petición de informes sobre él de parte del párroco de Beuthem y, casi al mismo tiempo, una grave denuncia anónima de Cracovia, por la q se supo que vivía en el convento de los Franciscanos de dicha ciudad. Don Juan Cagliero le intimó inmediatamente la suspensión como a religioso giróvago y le mandó devolver las cartas de recomendación que se le habían entregado antes de ((442)) marchar. El sentenciado se justificó primeramente por sí mismo lo mejor que pudo, pero después se defendió modis et formis, por pluma de persona muy experta que le preparó una concisa defensa en latín, en la que disculpándose de las acusaciones, pedía la secularización, para poder atender a su madre anciana y sola. Don Bosco, pues, para proceder de modo que no se diera ocasión a cavilaciones o motivo a cualquier observación, esperó hasta encontrarse en Roma, donde poder consultar con persona competente y así dar a la cuestión la forma y requisitos convenientes. Por tanto, con ayuda de don Francisco Dalmazzo, extendió un decreto, concediendo la dispensa de los votos, y declarando, por otra parte, a las autoridades eclesiásticas que el sacerdote quedaba suspenso, mientras no encontrase un Obispo dispuesto a incardinarlo en su propia diócesis, y manifestando, además, que estaba obligado a terminar los estudios de teología dogmática y que no había rendido todavía exame de confesión. Pero, al mismo tiempo, movido por su caridad, testimoniaba la buena conducta que había observado durante su permanencia en la Congregación Salesiana y humildemente lo recomendaba a la benévola consideración de su Ordinario e invocaba las divinas bendiciones sobre todos los que le socorriesen 1. Por fin, sea lo que sea, lo vemos aparecer en Roma, presentarse a menudo en casa de Tor de'Specchi y como a punto de ir a Turín 2; después de lo cual, se pierde su rastro.
Entre una y otra visita don Bosco, mientras aguardaba la audiencia pontificia, dirigía cartas a Turín y a Francia y también a otras partes; pero sólo nos quedan seis de este primer período. Teniendo que contestar a don Celestino Durando sobre algún punto de las gestiones entonces en curso para la aceptación de una escuela agrícola ofrecida por la señora Astori en Mogliano Véneto, se despacha en cuatro palabras, porque el pensamiento del Oratorio lo traslada de pronto con vehemencia a los muchachos y a los Hermanos de la casa.
1 Véase: Apéndice, doc. núm. 51.
2 Carta de don Joaquín Berto a don Miguel Rúa, Roma, 14 de abril de 1880. 380
((443)) Mi querido Durando:
He contestado inmediatamente a la señora Astori que don Antonio Sala la visitará.
Te adjunto la carta que le servirá a él de norma.
Me alegro mucho de que Dios conceda buena salud a nuestros queridos muchachos y de que hagan bien la novena de san José. Dirás a todos que aquel día celebraré por ellos la santa misa y que me recomiendo a todos para una santa comunión.
Estoy impaciente por encontrarme entre ellos. Apresuro mi vuelta a Turín. Pero asegúrales que trabajo para ellos.
Dirás a don José Lazzero que, para su fiesta de san José, pediré una bendición especial al Padre Santo.
Saluda a don José Leveratto, a don José Bertello, a José Buzzetti de mi parte y a todos los demás queridos Hermanos nuestros. Tú, por tu parte, no olvides que Dios te llama a santificar y santificarte.
La gracia de N. S. J. C. esté siempre con nosotros. Ruega por mí.
Roma, 16 de marzo de 1880
Tu afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
El mismo día, con solicitud paternal, volvió a pensar en Marsella, y escribió al clérigo Cartier que, a pesar de no estar ordenado in sacris era ya miembro del Capítulo de aquella casa.
Queridísimo Cartier:
De todo corazón rezaré y haré rezar por el digno y queridísimo Albrieux, atormentado con tantos males. Te envío una estampa de María Auxiliadora, para que esta Madre Celeste le lleve su santa bendición. Que él siga protegiendo a nuestros pobres muchachos y nosotros
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redoblaremos nuestras súplicas ante el Señor. Me das pocas noticias de nuestra familia Beaujour 1 y esto es señal de que todo marcha bien. Haz el favor de saludar a nuestros
Hermanos, especialmente al señor Director y a Odaglia, de quien depende la buena marcha de la casa.
»Están bien Antoine, Brogly y Bardon? »Hace adelantar don Angel Savio la nueva construcción?
Dios os bendiga a todos. Ruega por mí que siempre seré tuyo en J. C.
Roma, 16 de marzo de 1880.
Torre de'Specchi, 36.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
((444)) Cinco días después escribía al Director dando y pidiendo noticias, recomendándole que ayudara a don Miguel Rúa en cuanto a
1 Se refiere a la casa, sita en la calle Beaujour. 381
las relaciones con el párroco de san José; pero se destaca en la carta, por encima de todo lo demás, un áureo consejo, que es uno de los secretos de su sistema pedagógico.
Mi querido Bologna:
Procura enviarme el nombre preciso de aquel señor de la Comisión Beaujour, que ofreció dos mil liras el día del congreso, a cuya casa fuimos, pero no le encontramos. También me vendrá bien me digas el nombre de las Presidentas y de los Presidentes de las Comisiones, que el señor Cura párroco ha organizado en favor de nuestra Casa.
La señora Prat me escribe que, el primero del próximo abril, te dará treinta mil liras para la casa en construcción. Teniendo en cuenta los apuros en que se encuentra don Miguel Rúa, »no podrías enviarle diez mil liras y así comenzar la devolución de la cantidad que pidió prestada para mandarla a Marsella el año pasado? Piénsalo. Desde aquí sigo contestando las cartas de los marselleses, que prometen much para Beaujour. Dime también si siguen llevando dinero.
Todavía no he obtenido audiencia con el Padre Santo. Después escribiré en seguida a quien corresponda.
Procura, además, distribuir los cargos a cada uno de los empleados de modo que no quede nada, ni persona, ni muchacho, ni lugar, que n esté confiado a alguno.
En estos momentos conviene hacer cualquier sacrificio para mantenernos en buenas relaciones con el señor Cura párroco y con el señor
A. Mendre, su Vicario. Recuerdos para los dos y diles que, inmediatamente después de la audiencia con el Padre Santo, les escribiré. Cuando me escribas, cuéntame algo de don Angel Savio y de todos los demás hermanos, etcétera. Dios os bendiga a todos y créeme en J. C. Roma, 21 de marzo de 1880.
Afmo. amigo
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JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. A muchas cartas no he podido contestar porque me falta el nombre o la dirección del remitente. El Jueves Santo anunció a don Miguel Rúa con una cartita de pocas líneas la visita de un señor francés, que había pasado ya por el Oratorio al ir a Roma.
Queridísimo Rúa:
((445)) Monsieur Ancel vuelve a pasar por el Oratorio. Es un buen católico y está bien dispuesto en favor de todo lo nuestro.
Procura que asista a las funciones religiosas, especialmente a las del clero infantil.
Felices Pascuas y hasta volver a vernos en el Señor.
Roma, 23 de marzo de 1880.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Un grave luto, que había sumido en el dolor a una familia muy amiga, le inspiró una carta de cristiano pésame, escrita el viernes santo. Había muerto el cabeza de la familia Fortis 1; don Bosco, tan pronto como se lo permitieron los asuntos y los ojos enfermos, dirigió palabras de consuelo al hijo mayor.
Mi querido Ricardo:
Nuestro buen Papá ya no está con nosotros. Adoremos los divinos designios. Aguardábamos y temíamos este golpe, pero no tan pronto. Imagino tu pesar, el de Alfonso y, sobre todo, el de tu buena mamá. En estas dolorosas situaciones los católicos tenemos un gran consuelo que es el único verdadero; el de orar y hacer buenas obras en sufragio del alma del finado, mientras tengamos vida, y, entre tanto, consolarnos con la firme esperanza de que lo volveremos a ver, tal vez pronto, es un estado mucho mejor que el de la vida presente. Para común consuelo, te digo que he rezado mucho por el alma del querido difunto y que, por él, se hicieron oraciones y comuniones en todas l casas de la Congregación.
Por lo que se refiere a ti y a Alfonso no toméis por ahora ninguna determinación, rezad y procurad consolar a mamá, con el respeto, la sumisión y las prácticas religiosas.
Hacia el 20 de abril próximo, estaré en Turín. Si, por acaso, vinierais a pasar algunos días conmigo, me daríais un alegrón y podríamos hablar de todo. Dios os bendiga a todos y rezad por mí, que seré siempre en J. C. vuestro
Viernes Santo, Roma, 26 de marzo de 1880.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Del domingo de Pascua sólo hay un escrito muy lacónico; pero, entre líneas, se lee bastante en él. ((446)) No es posible calcular de quién se habla; la caridad y la prudencia no permitían poner más claramente las cosas en el papel; pero es fácil comprender de qué se trata. Don Juan Piccini, párroco de Rive d'Arcano, en Friuli, le había pedido consejo acerca de lo que procedía hacerse; el Beato le contestó 2.
Muy apreciado en J. C.:
Cayeron y caen los cedros del Líbano; dolorosas caídas, recemos por los caídos y por nosotros para que Dios nos preserve.
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Guárdese el secreto.
Si hubiese consecuencias, procuren entonces alejar a tiempo a la compañera, de modo que nadie sepa dónde está.
1 Véase: vol. XIII, pág. 213.
2 El original se guarda en casa de la familia del señor Hermenegildo Piccini, en Pozzo de Codroipo. 383
Si, además, también el otro quisiese alejarse, hágalo a lugares y pueblos de direcciones opuestas.
He recibido siete liras y serán cumplidas sus piadosas intenciones.
Dios le bendiga y ruegue por mí, que siempre seré en J. C. su
Roma, Pascua 1880.
Seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
Durante la Semana Santa se movía por Roma una peregrinación francesa. El día 24 por la mañana fue don Bosco con don Francisco Dalmazzo a ver al cardenal Nina y entró en la antesala del Secretario de Estado, atestada de aquellos peregrinos, entre los que se hallaba u grupo de señores y señoras, procedentes de Marsella que lo reconocieron y exclamaron todos a una: Il y a don Bosco! (íEstá aquí don Bosco!). Al oír este grito, todos los presentes se dirigieron precipitadamente hacia él y se pusieron de rodillas pidiendo la bendición. Don Bosco, sorprendido por aquel acto improviso, se echó atrás, rehusando y diciendo que en aquel lugar no estaba permitido a ningún sacerdo bendecir, sino que esto pertenecía sólo al Papa. A pesar de ello insistían en que querían su bendición. Téngase presente que aquel correr hacia don Bosco y echarse al suelo hizo temblar el pavimento, de tal modo que en las salas contiguas y superiores sufrieron la impresión d un terremoto. Acudieron ((447)) algunos Monseñores para ver qué había sucedido. Incluso el Cardenal se asomó; pero, conmovido ante la singular escena, dijo a don Bosco:
-Bendígales, pues de otro modo no se levantarán.
Entonces don Bosco obedeció.
Don Bosco había recurrido a la experimentada benevolencia de este Purpurado, dos días antes, para obtener finalmente ser recibido por e Papa en audiencia privada. La había pedido por escrito tan pronto como llegó a Roma; había renovado la petición de viva voz unos días después; pero la contestación no llegaba nunca. Le escribió, pues, así:
Eminencia Reverendísima:
Cuando se necesita una gracia extraordinaria, se recurre a un santo, que esté muy cerca del Señor en el Paraíso. Yo hago lo mismo con V
E. Hace diez días que estoy en Roma y he venido, como S. E. muy bien sabe, por asuntos urgentes de nuestra Congregación y especialment por las Misiones de la Patagonia, sobre las cuales deben tomarse importantes deliberaciones, que exigen una preventiva aprobación del Padre Santo. Hace nueve días que he pedido la necesaria audiencia; ayer rogué al monseñor, Maestro de Cámara, tuviese a bien ayudarme 384
para obtener el favor y añadí también que traía conmigo una cantidad considerable del dinero de San Pedro. Se me contestó que, por esta semana, no pensara en ello y casi no me dio esperanzas para la siguiente. He pasado varias veces por las oficinas de S. E. el cardenal Ferrieri, hice incluso la petición por escrito, mas, hasta el día de hoy, sigo sin esperanza de obtener audiencia.
Teniendo que contestar de algún modo a las propuestas del Gobierno Argentino sobre la Evangelización de las Orillas del Río Negro
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(Pampas y Patagonia), me animo a dirigirme a V. E. Rvma., como a nuestro protector y bienhechor insigne, rogándole se digne decir una palabra al Padre Santo en nuestro favor.
Pero, si el Padre Santo estuviese indispuesto o por cualquier otro motivo no juzgase poderme admitir a la implorada audiencia, acepto y acato cualquier disposición.
Pasaré un momento a ver a V. E. para recibir una palabra de contestación.
Con el ánimo lleno de gratitud, tengo el alto honor de poder profesarme
De V. E. Rvma.
Roma, 22 de marzo de 1880.
Torre de'Specchi, 36.
Su atto. y s. s. JUAN BOSCO, Pbro.
((448)) Hasta siete veces se presentó don Bosco en busca del cardenal Ferrieri, prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, durante el tiempo que estuvo en Roma, mas sin lograr ninguna audiencia. La última vez, mientras preguntaba al servidor cuánd lo podría ver y éste aludía evasivamente a las muchas ocupaciones de Su Eminencia, he aquí que salió el secretario, a quien volvióse al instante el Beato, diciéndole con calma, un poco apenado:
-Pero »estos jefes de Congregaciones no están puestos para tratar los asuntos? »Y si los tratan, dónde y cuándo lo hacen?
El Monseñor se encogió de hombros.
Don Bosco siempre tenía muchos asuntos que tratar con el prefecto de Obispos y Regulares; pero en el ánimo del cardenal Ferrieri actuaban siniestras prevenciones con respecto a él, que se habían ido arraigando con la incesante gotera de denuncias que le venían de Turín. Aquel continuo presentar a don Bosco como si fuera un rebelde obstinado contra la autoridad diocesana y un transgresor sistemátic de los sagrados cánones, habría hecho mella hasta en un prefecto que no hubiese tenido con el Ordinario de Turín las relaciones del Eminentísimo Ferrieri; podía en verdad parecer necesario estar en guardia para no comprometer los derehos de la jurisdicción episcopal ni las leyes de la Iglesia. Por lo tanto, atendidas semejantes disposiciones de espíritu, la firmeza del Beato, en defensa del honor y de los 385
intereses de su Instituto contra imputaciones o actos perjudiciales, daba pie fácilmente a juicios erróneos sobre la naturaleza de sus actuaciones. Para conocer bien lo espinosa que por este lado era la situación de don Bosco y comprender mejor las tribulaciones que, por e mismo motivo, tendrá que soportar más adelante, nada mejor que el diálogo habido en la primera entrevista del Procurador general con Su Eminencia y referido por él en una carta a don Miguel Rúa 1. Nosotros expondremos lo sucedido según la narración que el mismo Procurador hizo a Lemoyne. ((449)) Para no escandalizarse, será útil conocer también la índole del hombre. Soderini nos lo describe así 2: «Era este Purpurado hombre muy sensato y muy docto, de trato entre áspero y severo, y quizá demasiado mordaz».
La primera vez que don Francisco Dalmazzo se presentó, se le dijo que el Cardenal no estaba en casa; pero él volvió por segunda y terce vez y, habiendo recibido siempre la misma respuesta de que Su Eminencia no podía recibirlo, rogó al Secretario dijera a Su Eminencia que como le urgía verlo, se dignara señalarle día y hora para la audiencia, dentro del espacio de un mes. Se le fijó el sábado siguiente, a las nueve.
Don Francisco Dalmazzo se presentó puntualmente. Después de esperar un rato, porque aquella mañana se levantaba entonces de la cam el Cardenal, fue introducido. Su Eminencia estaba en su estudio, vestido de simple sacerdote; su mirada casi infundió temor a don Francis Dalmazzo, que también tenía personalidad y presencia imponentes y no era un pusilánime.
-»Qué queréis de mí?, le preguntó con tono brusco.
-Vengo de Turín, contestóle don Francisco Dalmazzo, enviado por don Bosco para saludar a Su Eminencia y rogarle tenga la bondad de notificarnos las observaciones que se hacen sobre la Pía Sociedad y qué cosas se deben corregir en ella. Don Bosco no desea más que esta en todo y por todo sometido al parecer de sus Superiores.
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-íDon Bosco! Don Bosco es un mentiroso, exclamó el Cardenal. Don Bosco es un impostor. íDon Bosco es un prepotente que quiere imponerse a la Sagrada Congregación!
-Perdone, Eminencia, don Bosco no ha pretendido jamás imponerse a la Sagrada Congregación. Si se ve obligado a recurrir con frecuencia es porque el Arzobispo de Turín le obliga a dar estos pasos.
((450)) -También ése es una buena pieza, para darnos molestias
1 Véase, pág. 339.
2 EDUARDO SODERINI, El Pontificado de León XIII, vol. I, pág. 225. Mondadori, Milán, 1932. 386
sobre molestias; pero, en resumen, »qué quiere don Bosco: No tiene ciencia, ni tiene santidad. Hubiera hecho mejor limitándose a estar al frente de un Oratorio que no obstinándose en querer fundar una Congregación.
-Perdone, Eminencia. Nosotros, que le conocemos, tenemos otro concepto muy distinto de don Bosco. Y ísomos doscientos sacerdotes!
-Vosotros haríais mejor escapando a su dirección, volviendo a vuestros seminarios diocesanos y poniéndoos a disposición de vuestros Obispos. Don Bosco no es un hombre para fundar Congregaciones.
-Perdone, »cree Su Eminencia que todos nosotros somos tan cortos de entendimiento como para ponernos bajo la guía de don Bosco sin conocer qué persona es? Sepa que nosotros lo queremos y amamos y nos sentimos ofendidos cuando oímos que se le ultraja y se vilipendi sus obras.
-Yo no tenía intención de ofenderos, replicó más cortésmente el cardenal; digo solamente que don Bosco no debía presumir de acometer la fundación de su Pía Sociedad. Por los demás, »cuál es vuestra misión?
-Me hospedo en Torre de'Specchi y, si Su Eminencia tiene algo que mandarme, estoy a sus órdenes.
-Está bien.
-Siempre que Su Eminencia desee alguna explicación, estoy pronto a dársela.
-Lo probaremos.
-Don Bosco quiere prestar obediencia a las disposiciones de la Sagrada Congregación en todo.
-Eso lo veremos.
Al llegar a este punto el Cardenal despidió al Procurador, pero cortésmente y acompañándole hasta la puerta. Pero siguió mostrándose duro con don Bosco. Para nuestro Beato Padre, que amaba mucho la paz y que, para vivir ((451)) en paz con cualquiera, habría hecho cualquier sacrificio que le consintiese la conciencia, el verse rechazado de esta manera por una dignidad tan alta fue ciertamente una de su mayores aflicciones. Por lo demás, son cruces que, como nos atestigua la historia, permitió Dios en sus insondables designios que tocasen más o menos a todos los grandes fundadores de Ordenes y Congregaciones religiosas. Su conducta humilde, caritativa y valiente, en tan difíciles y delicadas circunstancias, fue una de las pruebas más elocuentes de su santidad. 387
El diario de don Joaquín Berto sigue diciendo: «23 de marzo. Don Bosco va por la tarde a visitar al cardenal D'Avanzo. 24. Por la mañana, don Bosco visita al Cardenal Secretario de Estado. 25. Jueves Santo, comida en casa de monseñor Kirby, director del Colegio Irlandés. Visita a la iglesia de San Andrés de las «Fratte»; después, al cardenal Simeoni, en Propaganda. Domingo de Pascua, 28 de marzo vinieron el padre Gatti y Menghini a visitar a don Bosco. Después fue don Bosco, con don Francisco Dalmazzo, a visitar al cardenal Vicario, el cual encargó definitivamente a los Salesianos que tomaran a su cargo la erección de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús co un centro de beneficencia adjunto, como monumento a la venerada memoria de Pío IX».
El diario salta el 26, Viernes Santo. Con esta fecha posee el archivo parroquial de San José, en Marsella, una carta dictada y sólo firmad
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por don Bosco para el canónigo Guiol. Se trasluce en ella su preocupación para que no se enfríen las buenas relaciones entre la casa y la parroquia. Acerca de los temores, que él manifiesta de inquisiciones del Gobierno, remitimos al lector a lo que más adelante diremos sobre las leyes de marzo contra las Congregaciones religiosas.
Muy querido señor Cura párroco:
Por sus apreciadas cartas, colijo muy bien los cuidados y la caridad que V. S. queridísima dedica al Oratorio de San León. No puedo menos de agradecérselo y pedir a Dios que nos mantenga en su santa ((452)) gracia, para llevar a término la obra comenzada únicamente para gloria de Dios y bien de las almas.
Le ruego agradezca al señor Julio Rostand el nuevo rasgo de caridad que me anuncia. Cuando llegue a Roma su amigo de París, no dejar de tratarlo con todas las atenciones, que se merece, y haré por mi parte cuanto pueda para secundar el bonito proyecto de una escuela agrícola en la forma que él desea.
No he podido tener todavía la audiencia con el Padre Santo, debido a la muchísima gente que la pide y también por la delicada salud de Su Santidad. Pero confío ser admitido pronto. A este fin, necesitaría que V. S. me enviara nombre, apellido y condición de las Presidentas del Presidente de nuestras Juntas de Beneficiencia y esto con el deseo de obtenerles algún favor espiritual, y que sirva de provecho a todos los miembros de la Comisión.
Don José Bologna me escribe que está muy contento del oratorio y de las buenas relaciones externas, especialmente con la parroquia de San José.
Abrigo la esperanza de que el Señor seguirá manteniéndonos firmes en la caritativa unión, que es indispensable para sostener las obras pías dedicadas al bien público, como es la nuestra. El mismo padre Bologna me habla de los frutos ya obtenidos por las Comisiones que V
S. con su celo logró instituir. Bendito sea el Señor. Se teme que, al preguntar, o mejor, al hacer el catálogo de los Institutos religiosos de Francia, se pidan también informes a Beaujour. En tal caso, V. S. podría decir a don José Bologna que, como director de la casa, ponga a Taulaígo, que es francés, y 388 como prefecto al clérigo Brogly, que también es francés. En cuanto a la enseñanza, figuren únicamente las escuelas de la Escolanía, que están abiertas a nombre de V. S., que posee los títulos pedidos por la ley. Esto como medida preventiva, porque: Jacula praevisa, minus ferient (Los dardos previstos hieren menos).
Cuando se ofrezca la ocasión, asegure a los miembros de nuestras juntas que les doy las gracias de todo corazón y que no dejaré de encomendarlos diariamente al Señor en la santa misa. El Señor le conserve en buena salud y ruegue por mí, que, con sincero afecto, seré siempre en J. C.
Roma, Torre de'Specchi, número 36, 2.° p.
26 de marzo de 1880.
Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
P. D. Me he servido del Secretario porque es de noche y ya tengo alguna dificultad para escribir. Como nada hacía suponer muy próxima la audiencia pontificia, don Bosco salió el lunes después de Pascua hacia Nápoles. A buen segu no hizo aquel viaje por recreo o por el deseo ((453)) de admirar los encantos de la tierra y del mar partenopeo. En cierta ocasión, como se lee en el proceso apostólico, don Julio Barberis le acompañaba por Marsella y quiso distraerle llevándolo a visitar algún monumento religioso; pero él contestó:
-Estamos aquí para otro fin mucho más importante.
Don Bosco no perdía el tiempo, ni gastaba el dinero en paseos de curiosidad, que se hacen pasar a veces por viajes de instrucción. Parec pues, que fue a Nápoles para tratar de la fundación de una obra. En efecto, el Osservatore Romano del 9 de abril publicaba un artículo ciertamente autorizado y tal vez también comunicado por la Procura
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en el que se decía que don Bosco había ido a Nápoles «para fundar una escuela agrícola y una escuela de artes y oficios para muchachos pobres y abandonados»; y el secretario escribía en carta del 8 de abril a don Miguel Rúa: «Tendría que hablarle, además, del paseo a Nápoles, donde don Bosco concertó alguna cosa con la persona que usted sabe». Estos datos nos autorizan a creer que la persona visitada fue la marquesa Gargallo y la fundación proyectada se refiere a Siracusa, como diremos en el decimoquinto volumen.
Sobre los detalles del viaje, tiene la crónica esta nota más larga de lo acostumbrado: «29 de marzo. Don Bosco y yo, en el tren de las och y media de la mañana, salimos para Nápoles, adonde llegamos a las cuatro menos veinte de la tarde; tomamos un coche y fuimos directamente a hospedarnos en casa del muy Rvdo. don Fortunato 389
Neri, Párroco del Asilo junto a San José. Después de comer, visitamos a la marquesa Carmen Gargallo, calle de santa Lucía, número 64, 3
p. Vimos el magnífico y encantador puerto y golfo de Nápoles. El 30 de marzo, a eso de las tres y media, vino el canónigo Pacilio a busca a don Bosco y le acompañó para visitar varios centros de educación y la iglesia de la Anunciación; después al Instituto de las Monjas de la Caridad, donde el Arzobispo de Nápoles daba una comida a más de cuatrocientos pobres de la ciudad. Cerca da allí encontramos al padre Ludovico de Casoria, que salió al encuentro de don Bosco, le saludó y besó la mano. Entramos después en el patio, de forma cuadrilátera y cercado de ((454)) soportales con doble hilera de mesas y una especie de jardín en el centro. Aquí don Bosco pudo hablar, en diversos intervalos, con el padre Ludovico de Casoria. Poco después llegó el Arzobispo y don Bosco lo saludó. Allí conoció al Comendador Giusso buen católico y alcalde de Nápoles. Era bonito ver al Arzobispo cómo se ponía un delantal y después servía el vino y repartía la comida. Estaba también el Obispo de Venafro 1, que servía igualmente a los pobres. A eso de las dos y media vino el padre Ludovico a visitar a do Bosco. Volvimos después a casa de la marquesa Gargallo; y desde allí a la estación, pero el tren ya había salido. Entonces don Bosco alquiló un coche y fue a visitar a las monjas Salesas o de la Visitación, al Monasterio de la Paz, número 119. Allí nos entretuvimos desde las tres y media hasta las seis y media; mientras tanto nos prepararon de cenar y después el portero nos acompañó a la estación. Desde las nueve y cinco minutos viajamos toda la noche y llegamos a Roma, a eso de las seis y media. De la estación fuimos a la calle Viminale, al convento de las Damas del Santísimo Sacramento, para celebrar la santa misa y después, a pie por la calle Viminale y Foro Trajano, fuimo a casa». Hay una carta del cronista 2 que contenía algún otro detalle. El arzobispo Sanfelice, al repartir la comida a los pobres tenía a su derecha don Bosco y a su izquierda al padre Ludovico de Casoria, «llamado el don Bosco de Nápoles». El Beato alternó allí también con «otros principales personajes napolitanos, llenos de buen corazón, que demostraban gran alegría al ver a don Bosco en Nápoles y lamentaban en aquella circunstancia su breve permanencia».
Lemoyne escribe que don Bosco vio allí al historiador de la Iglesia monseñor Salzano, dominico, obispo titular de Edesa, el cual recordaba
1 Monseñor Antonio Izzo, Obispo de Isernia y Venafro.
2 Carta a don Miguel Rúa, Roma, 8 de abril de 1880. 390
siempre aquel encuentro. Un joven eclesiástico, que igualmente lo observó entonces con interés y guardó de él afectuoso recuerdo, fue monseñor ((455)) Salvador Meo, más tarde Vicario general de Nápoles y Obispo titular de Metone 1.
A este prelado que se consideró feliz por introducir a don Bosco a la audiencia del Arzobispo, le debemos una noticia, de la que se desprende el alto concepto que el futuro Cardenal se formó desde entonces de nuestro Fundador, puesto que mandó colocar su fotografía e la pared sobre el sillón, donde el Beato estuvo sentado; fotografía que permaneció allí constantemente hasta la muerte del que la había mandado colocar 2. Don Bosco le envió desde Roma en seguida el diploma de Cooperador Salesiano, que el digno Prelado le agradeció, asegurándole que lo había recibido con mucho gusto y rogándole le indicara «si de alguna manera podía ayudar a la obra» 3. La visita del Beato a Nápoles contribuyó a aumentar allí notablemente el número de Cooperadores, que ya era considerable.
La mención del monasterio de la Visitación trae a la memoria un recuerdo importante, vivo todavía entre aquellas religiosas, como lo pudo comprobar hace poco el Salesiano don Tomás Chiapello, que hizo mención de ello en el opúsculo citado en la nota. La actual Superiora recuerda muy bien la visita de don Bosco y cómo agradeció la modesta cena, que se le sirvió en el locutorio. Pero hay mucho más. Vivían en el monasterio dos monjas profesas desde 1876 y enfermas, una con dolores de cabeza y otra con un mal interno. Con la esperanza de que la bendición del Siervo de Dios las curase, se presentaron a él. Don Bosco bendijo a la primera y le dijo:
-Jesús la quiere por compañera en su coronación de espinas. Sin embargo, trabajará mucho por esta casa.
En efecto vivió hasta 1920, ocupando los principales cargos, pero siempre atormentada por su dolor de cabeza.
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Bendijo a la segunda, animándola a sufrir; después, dijo aparte ((456)) a la Superiora, fallecida en 1881:
-Esta Hermana está madura para el Cielo.
En efecto, a los pocos meses dejó de vivir.
El regreso de don Bosco a Tor de'Specchi fue amargado por un desgraciado suceso ocurrido el día anterior. El 31 de marzo por la
1 T. CHIAPELLO; Il Beato don Giovanni Bosco nella visione e nelle previsioni di quarant'anni fa. Federico y Ardia, editores, Nápoles 1929, pág. 96.
2 Carta de monseñor Meo al nuevo Rector Mayor don Pedro Ricaldone, Nápoles, 19 de junio de 1932.
3 Carta a don Bosco, Nápoles, 16 de abril de 1880. 391
mañana notó don Francisco Dalmazzo que su habitación se llenaba de olor a chamusquina. Se asomó a la puerta y vio salir humo del cuartucho de don Joaquín Berto. Lo abrió y, en medio de un torbellino de humo, brilló a sus ojos un fuego de brasas, que ardía en la parte superior de la gran bolsa de viaje, colocada en el suelo cerca de la cabecera de la cama, y una lengua de fuego salió del fondo del lecho. Don Francisco Dalmazzo, aterrorizado, agarró el saco a toda prisa y lo apagó; después dio el grito de alarma. Acudieron los vecinos, vinieron también los bomberos y el incendio quedó apagado antes de que pudiese tomar cuerpo. Desaparecido el peligro, examinó el maletón y se dio cuenta de que había sido descerrajado; en efecto, en lugar de la cerradura encontró un amplio agujero y en el segundo departamento de la bolsa la cajita que sabía contenía una cantidad de dinero; estaba intacta, bien ajustada, pero vacía. Evidentemente el ladrón había pegado fuego a la maleta con la esperanza de que ésta se hiciera cenizas y así desaparecieran las huellas del hurto; pero el fuego había actuado lentamente sin llama, extendiéndose alrededor y comunicándose a la ropa y al jergón de paja de la cama, que, al contacto con la corriente de aire, levantó llama. Habían desaparecido seis mil francos, en seis billetes de banco franceses; cinco de ellos se los había entregado a don Bosco la señora Noilly-Prat y otro el barón de Monremy, para que los pusiese a los pies del Papa para el óbolo d San Pedro. El ladrón debió barruntar la existencia de la cantidad por haberse dado pasos en los días anteriores para cobrarla; debía saber también dónde estaba guardada. Por tanto, la mano rapaz no había que buscarla muy lejos.
Se denunció el delito, la policía hizo dos inspecciones, efectuando minuciosas pesquisas; el delegado interrogó a un clérigo y al cocinero sometió a interrogatorio también a don Francisco Dalmazzo; por último, extendió su informe, reconstruyendo ((457)) el hecho y concluyendo que el ladrón se había servido del fuego para cubrir el delito y que se trataba de un hurto doméstico o simulado. Por fortuna l cosa acabó allí; en caso contrario, »quién sabe adónde se habría ido a parar? La Capitale del 3 de abril publicó la noticia, adobándola con falsedades y burlas dignas del partido que representaba; le contestó con calma el Osservatore Romano el día 9. Don Joaquín Berto escribió el 8 de abril a don Miguel Rúa: «Poco faltó para que me volviera loco. En cambio, don Bosco oyó la dolorosa historia sin pestañear, inmóvil, sin cambiar de aspecto, con una tranquilidad que tenía el sello de lo maravilloso; ni una palabra de reproche, de impaciencia o de queja salió de sus labios. He observado en él al hombre resignado a todos los acontecimientos, ya sean favorables, ya sean adversos, y lo admiré 392
más en esta ocasión que cuando estaba en Marsella rodeado de gloria».
Sin duda alguna, el grave infortunio afligió a don Bosco 1; pero su habitual conformidad con la voluntad de Dios, aun en sucesos penoso y repentinos, no le dejó perder la paz. En efecto, como si nada hubiera pasado, siguió atendiendo sus asuntos e incluso escribió dos súplica para presentar al Sumo Pontífice pidiendo algunos favores.
La primera era muy original: «El sacerdote Juan Bosco, humildemente postrado a los pies de V. S., expone, que la condesa Callori, hacendada señora y ferviente católica, tiene la buena voluntad de hacer un generoso donativo para continuar la construcción de la iglesia d San Juan Evangelista, ya comenzada en Turín, junto al templo y escuelas de los protestantes. Pero esta piadosa señora, únicamente para consuelo espiritual suyo y de su familia, desearía que el importe de esta suma fuera escrito por la veneradísima mano de Vuestra Santidad. El sacerdote Juan Bosco, postrado a los pies de V. S., humildemente implora este señalado favor». La condesa, ((458)) que padecía escrúpulos de conciencia, vacilaba tal vez entre el deseo de dar cierta cantidad y el temor de que fuese excesiva con relación a sus deberes familiares; este expediente sería, pues, valedero para tranquilizarla. El Papa accedió, pero desconocemos la cantidad.
En la segunda súplica pedía don Bosco indulgencias plenarias en muchas fiestas para todos los fieles y en los ejercicios de la buena
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muerte para los alumnos de las casas salesianas; pedía, además, que estos favores, concedidos ya en parte por León XIII ad tempus, fueran concedidos a perpetuidad 2. Su fin era promover más y más, por este medio, la comunión frecuente. Ignoramos el contenido de la respuest
Dos días de la crónica: «Hoy, 3 de abril, vinieron a nuestra casa el abogado Agnelli y otro señor para consolar a don Bosco. En aquel momento estaba exorcizando a una endemoniada. 4 de abril, domingo in Albis. Don Bosco fue a comer en casa de Sigismondi. Vino de nuevo el marqués Augusto de Baviera 3, esente (exento) de las Guardias nobles de S. S., con una cartita en la que se decía que había
1 Don Joaquín Berto escribe: «Cuando don Bosco volvió de Napoles y oyó la narración del robo de las seis mil liras, por la noche fuimo a descansar afligidísimos. A eso de las tres o las cuatro de la madrugada del 2 de abril, yo me desperté espantado por los gritos de don Bosco. Hice un poco de ruido creyendo que eran los ladrones. Don Bosco soñaba».
2 Apéndice, doc. 52.
3 Director del Osservatore Romano. En el ejército pontificio, esente era un grado que equivalía a coronel: sobrevive en el cuerpo de los Guardias nobles. 393
hablado en el Vaticano con quien correspondía para la audiencia de don Bosco y que la esperaba muy en breve. Volvió después al poco rato, y me enseñó una tarjetita de monseñor Boccali, en la que se decía que el Papa no tenía ninguna prevención contra don Bosco y que daría las disposiciones para la audiencia». De aquí se trasluce que don Bosco, temiendo haber caído en desgracia con León XIII, había manifestado su temor a aquel Camarero secreto, su amigo.
Aquella posesa había sido llevada a don Bosco desde fuera de Roma, y la exorcizó con un exorcismo privado. En el momento en que la bendecía y pronunciaba sobre ella el nombre de Jesucristo y de María Auxiliadora, poco faltó para que el diablo no ahogara a su víctima. S pidió al espíritu maligno su nombre y contestó: Petrus. Nótese que la mujer era una pobre campesina; sin embargo, hablaba incluso ((459) el inglés en sus perturbaciones diabólicas. Se le preguntó, en nombre de Dios, cuántos años hacía que poseía a aquella persona.
-De dos a tres años, contestó.
-»Y qué haces aquí?
-Hago de guardián de Santa. (Este era el nombre de la posesa.) -»Dónde estabas antes?
-En el aire. Vosotros tenéis que luchar mucho contra mí.
-»Por qué no quieres salir de ella? »No ves que aumentas tus penas, tu mal?
-Yo quiero el mal.
Después dio a entender que, para ser echado, hacía falta un exorcismo solemne; mas, para ello, se necesitaba permiso especial del Cardenal Vicario, el cual estaba ausente y no volvería hasta el día 21. Por consiguiente, se la envió a su suplente, monseñor Lenti, y ya nad se supo de ella. Pero de todos modos se obtuvo un buen efecto, pues el señor que acompañaba al abogado Agnelli, al oír las respuestas y v los gestos de la endemoniada, dijo:
-Nunca había creído en el diablo; ahora sí, porque lo he visto.
Día de satisfacción fue el 5 de abril. Ya seguro de que el Papa le era siempre benévolo, le envió directamente una carta que puso fin a las demoras; en las primeras horas se le entregó por fin a don Bosco una tarjetita, anunciándole que el Padre Santo se dignaba recibirle en audiencia privada aquella misma tarde a las seis y tres cuartos. El Beato trazó en seguida el acostumbrado esquema de los asuntos a tratar. 394
Audiencia con el Padre Santo 5 de abril de 1880
Dinero robado.
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Asuntos de Francia.
De la Patagonia. -Prefectura Apostólica. -Vicariato Apostólico. -Propuesta del Gobierno. -Seminario para las Misiones extranjeras.
Asuntos de Obispos y Regulares. -Facultades suspendidas. -Cardenal Pref.inaccesible. Bendic. Coop. Bienhechores y jóvenes.
Un minuto sólo de audiencia al mes cuando hay asuntos. -Procurador y Secretario.
((460)) Pedía esta audiencia mensual para el Procurador, a quien juntamente con el Secretario presentaría aquella tarde al Padre Santo. Por cuanto diremos más adelante en otro capítulo, se arguye fácilmente que trató con el Papa sobre las Misiones. Sobre Francia, él mismo dirá en una carta al párroco Guiol, que se leerá en este mismo capítulo. Sobre los asuntos pendientes en la sagrada Congregación de Obispos y Regulares, necesitaba consultar la posición que le concernía; pero fue por la mañana a la Secretaría para este asunto y le contestaron que no había nada, porque el cardenal Ferrieri había retirado todo.
Para aquella misma tarde había convocado don Bosco la tercera conferencia a los Cooperadores romanos. La reunión se celebró a las cuatro en la capilla de las Oblatas de Tor de'Specchi. La honraron con su presencia tres Cardenales: Nina, Sbarretti y Alimonda. Ante todo don Francisco Dalmazzo leyó un capítulo de la vida de san Francisco de Sales; después, algunas Oblatas cantaron un motete, que preparó ánimo del auditorio para oír la palabra de don Bosco. Su discurso duró media hora. Expuso lo que había hecho desde el año anterior hasta aquel momento, gracias a la caridad de los Cooperadores, subrayando especialmente la actividad desplegada para impedir la invasión protestante; habló después del desarrollo dado a las obras salesianas en América, mencionó la Patagonia y los inútiles esfuerzos realizados durante trescientos años para evangelizarla y habló de las fundadas esperanzas de que sus hijos pudieran penetrar dentro de poco en los territorios de los salvajes y redimirlos para Jesucristo 1.
1 He aquí el plan autógrafo del discurso:
«Conf Coop. 5 de abril de 1880. Roma.
Los Coop. cumplen su fin. -Casas fundadas: Bríndisi, Randazzo, Catania, Cremona. -Dique contra los protestantes: Lucca, La Spezia, Sampierdarena, Vallecrosia, Niza, Fréjus, Tolón, Marsella, etc. -Ampliación.
América: Montevideo, Colón, Las Piedras, Buenos Aires, Río Negro, Pampas, Patagonia. -6 colonias. 395
((461)) Al bajar don Bosco de la tribuna, subió el cardenal Alimonda, que hechizó al auditorio con su particular elocuencia, llena de profundos conceptos en los que se injertaban recuerdos históricos y eruditas reminiscencias, todo ello salpicado de imágenes fulgurantes y expresiones novísimas. Eligió como tema las palabras de san Pablo: Dei sumus adiutores (somos colaboradores de Dios) y empezó manifestando su satisfacción por encontrarse con tantas personas, que no habían emprendido el camino de Caín y no habían doblado la rodilla ante Baal, alusión al descarrío de otros romanos en el nuevo orden de cosas; gloriábase, además, de pertenecer él también a los Cooperadores Salesianos. Después de este preámbulo, demostró el deber que todos tienen de cooperar con Dios al bien y a la salvación de las almas, indicó el objeto de esta cooperación (nosotros mismos, los muchachos abandonados, las vocaciones eclesiásticas, las misiones) señaló los medios (sacramentos, buenas lecturas, escuela cristiana, limosna, oración). Terminada la conferencia, se cantó otro motete y, como colofón, el Cardenal Secretario de Estado impartió la bendición con el Santísimo Sacramento. Después todos los Cooperadores quisieron despedirse personalmente de don Bosco y decirle una palabra.
El tiempo ya apremiaba. Tuvo que correr a casa, ponerse la capa y volar al Vaticano, adonde llegó exactamente a las seis y tres cuartos; pero hubo de aguardar hasta las siete y media: monseñor Boccali, que estaba de servicio, introdujo a don Bosco al Papa. Duraba ya la audiencia media hora, cuando de improviso entró en la sala, donde estaban el Procurador y el Secretario, el cardenal Manning, llegado aqu mismo día de Inglaterra. Los Cardenales no hacen antesala. Monseñor Boccali le anunció inmediatamente y lo introdujo. Al verle entrar, don Bosco se dispuso a salir; pero el Papa le tomó por la mano, diciendo:
-Quedaos, quedaos aquí.
Monseñor Boccali, por su lado, le tiraba de la sotana y le decía en voz baja:
-Don ((462)) Bosco, salga.
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Pero el Papa seguía teniéndolo sujeto de la mano. Fue muy curiosa la graciosa escena. El Papa señaló al Cardenal la audiencia para otro día y reanudó la conversación con don Bosco. Si se considera la
Número de casas, más de ciento. -Jóvenes, más de 50.000. -Hijas de María Auxiliadora, sus casas en Europa y en América» . Qué entendía por «Ampliación» puede verse en la relación de la Conferencia dada en Sampierdarena el 5 de mayo (Ap. doc. 55). No era
más que la explicación analítica de las actividades desplegadas por la Congregación en varios campos. 396 importancia que León XIII daba al protocolo, podemos muy bien deducir que en aquel momento rindió a nuestro Beato Padre una gran
señal de honor, pero ítambién debía ser muy interesante la conversación! De la audiencia referiremos lo poco que pudieron saber por don Bosco mismo los que estaban a su lado y está esparcido en su correspondencia, más el resto de que guardó memoria Lemoyne. Nunca se sabrá todo, porque don Bosco guardaba un secreto impenetrable
de algunas cosas. El Beato contó al papa la historia del robo de las seis mil liras. El Papa le preguntó: -»Por qué no me las trajisteis en seguida? -Padre Santo, respondió don Bosco; hace veinte días que presenté la instancia para obtener audiencia y la he repetido tres o cuatro veces
antes de ir a Nápoles; monseñor Macchi no me dio respuesta alguna, es más, siempre decía que no era posible, y lo alargaba de una seman para otra. -Esto me desagrada mucho, observó el Papa. Monseñor Macchi nunca me dijo nada. Por lo menos, podíais decirlo a alguno de sus camareros. -Lo dije, respondió don Bosco.
-íImaginad si no os iba a recibir! Recibo todos los días a personas que no tienen ningún asunto, a gente que no viene más que para sacar noticias al Papa, besarle la mano, etcétera; figuraos si no iba a recibir a un fundador, al superior de una Congregación, venido de lejos. Estad seguro de que el Papa no tiene nada que observaros a Vos y a vuestra Congregación; antes al contrario, os agradezco el bien que hacéis a la Iglesia. Pero »por qué no le dijisteis a monseñor Macchi que teníais dinero para entregarme?
-Se lo dije. ((463)) -Podíais decírselo al cardenal Nina. -Se lo dije. -»Y qué dijo él? -Que no podía hacer más que recomendarme a monseñor Macchi. -Tan pronto como recibí vuestra carta, pregunté a monseñor Macchi por qué no os había hecho pasar. Me contestó que le habíais dicho
que teníais que ir a Nápoles. -Precisamente por eso pedí antes la audiencia tantas veces. Me urgía mucho entregarle aquel dinero, que me tenía intranquilo. -Me desagrada, me disgusta mucho, y íque no me dijeran nada!
397 Haced así para otra vez; venid a la audiencia pública y, al veros, yo mismo os fijaré la audiencia privada. Se habló también de los privilegios. El Papa dijo que él era contrario, por sistema, a los privilegios de los religiosos. Y don Bosco, en tono de broma, añadió:
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-íEntonces los religiosos no pueden existir! Después de todo, los privilegios son señales de benevolencia, que la Iglesia puede conceder no, y también retirarlos cuando lo estime oportuno.
-»Qué es lo que Vos pedís?
-Pido dos o tres privilegios que disfrutan todas las demás órdenes religiosas y sólo pido la renovación o confirmación.
-Basta, dijo el Papa; si es sólo por eso, poneos de acuerdo con el cardenal Alimonda y lo arreglaremos todo; lo mismo para las Misiones poneos de acuerdo con el cardenal Alimonda y con monseñor Jacobini.
-Os rogaría todavía, Santidad, la confirmación del título de Monseñor para don Pedro Ceccarelli, párroco de San Nicolás de los Arroyos en la República Argentina.
-Sí, sí, respondió el Papa.
-También pediría el título de Monseñor para don ((464)) Mario Migone, que dio el terreno para levantar la iglesia de Vallecrosia dedicad a María Auxiliadora.
También dio su consentimiento el Papa.
-Tengo aquí en Roma, continuó don Bosco, a mi Procurador general, y suplicaría que una o dos veces al mes pudiese deciros siquiera un palabra o, al menos, venir a besar su pie, junto con el cardenal Alimonda.
-Sí, sí, que venga, en hora buena, respondió el Papa.
La audiencia duró cuarenta minutos. Después fueron introducidos don Francisco Dalmazzo y don Joaquín Berto, a quienes el Papa recib muy amablemente. Ellos llevaban diversos objetos para que se los bendijera y también los diccionarios latinos de don Celestino Durando, que don Bosco presentó al Papa, como trabajo de un profesor Salesiano, que había puesto el mayor cuidado en expurgarlos de ciertos vocablos inoportunos para la juventud. El Papa los mandó colocar en su escritorio. Por último dio su bendición, diciendo poco más o menos.
-Os bendigo a vosotros, a vuestros parientes, a vuestra Congregación, a los enfermos y, sobre todo, a vuestros alumnos y a los Misionero para que podáis crecer en número y corresponder al fin de la Congregación, a la que pertenecéis, que fue inspirada por Dios a vuestro 398
Superior y que ya se desarrolló de manera prodigiosa. Que podáis trabajar constantemente para gloria de Dios y bien de la Iglesia, que esté dispuestos a hacer cualquier sacrificio, aun de la vida por esta Iglesia, y que podáis promover siempre el bien y la gloria de Dios y la salvación de las almas con valor y con fuerza, y perseverar constantes en el servicio de Dios y en la vocación a la que sois llamados.
«Como usted ve, escribió don Joaquín Berto a don Miguel Rúa en la carta mencionada, la bendición del Papa fue un verdadero y hermosísimo discursito de animación y consuelo. Hablaba con un tono tan tierno, cordial y amistoso que, en aquel momento, al ver tanto afecto y benevolencia hacia nuestro amadísimo Padre y hacia nuestra Congregación, quedamos arrobados. En aquellos preciosos e inapreciables momentos nos parecía volver a ver al amabilísimo Pío IX, resucitado en León XIII».
((465)) El Beato redactó, por orden del Papa, dos breves relaciones en favor de don Pedro Ceccarelli y don Mario Migone, para presenta a la Secretaría de Estado 1. Renovó también la instancia para que fuera concedido un título prelaticio al párroco Guiol, a quien envió con l mayor diligencia esta larga carta, que contiene otras noticias acerca de la audiencia.
Muy querido señor Cura párroco:
Acabo de salir, en este momento, de la audiencia con el Padre Santo y tendría muchas cosas que escribirle. Por ahora le digo que el Padr Santo escuchó con mucha atención todo lo que yo le exponía sobre la caridad, el celo de los marselleses y de las comisiones instituidas pa remediar las necesidades de nuestros muchachos. El Padre Santo quedó emocionado; envía a todos los miembros de la comisión una bendición especial y promete algo por escrito para dentro de poco tiempo.
Si usted, señor Cura, hubiese estado presente y oído las hermosas as que el Padre Santo dijo para los Salesianos, para sus alumnos y, después con mayor fuerza, para los Cooperadores y Cooperadoras, habría tenido la mayor satisfacción; pero cuando le hablé del Oratorio d
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San León, de lo que se ha hecho y de lo que se espera hacer, del celo y de la generosidad de los donantes, de la bondad del Obispo, de la Sociedad Beaujour, entonces el Padre Santo se conmovió conmigo profundamente y, después de muchas palabras, concluyó diciendo:
-Esta es la verdadera manera de ayudar a la Iglesia y mejorar la sociedad civil, angustiada por tantas calamidades.
Lo demás será publicado en el Boletín o se lo escribiré en otra carta.
Animo, mi querido señor Cura: es verdad que nos toca trabajar, es verdad que el demonio intenta oponerse con sus engaños, pero no temamos: Dios está con nosotros, su ayuda no nos faltará.
1 Apéndice, doc. núm. 53. 399
Me haría un favor si presentara mis saludos a nuestros bienhechores especiales, como los señores de la Sociedad Beaujour, el reverendo Mendre y las señoras de nuestras Comisiones.
Someto a su juicio un pensamiento: »no se podría formar una tercera Comisión en la que estuviese la señorita Gabriela Arman y otras, q demostraron su gran amor por todo lo nuestro?
Si puede, hable un momento con don José Bologna y dígale en confianza que el Padre Santo no quiere que se entreguen nuestras reglas, se las pidiese el Gobierno, pero, si se hiciera esta petición, difiérase la cosa algún tiempo y escríbaseme todo.
((466)) Tal vez dentro de poco podré comunicarle un pensamiento del Padre Santo que nos asombrará a mí y a V. S. Oremos: Dios nos guiará.
La gracia de N. S. J. C. esté siempre con nosotros y rece por mí, que soy para usted de todo corazón.
Roma, 6 de abril de 1880
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
El «pensamiento del Padre Santo» se refería a un plan, acerca del cual le escribirá pronto en una carta desde Turín. Las «cosas por escribir» mencionadas al principio de la carta se referían a un favor espiritual. Al despedirse del camarero secreto, monseñor Boccali, el Beato le había entregado cuatro peticiones de una indulgencia plenaria para cuatro presidentes de las Comisiones, que recogían donativos para el Oratorio de San León y el Patronato de San Pedro, y le había rogado las hiciera firmar por el Padre Santo y entregarlas al cardenal Alimonda. El favor se hizo esperar, pero llegó. En efecto, después de reiterar la instancia, monseñor Cretoni, pro-sustituto de la Secretaría de Estado, le escribió en nombre del cardenal Nina el 30 de agosto: «El Padre Santo ha recibido la instancia de V. S. Ilma. el día 20 de los corrientes y ha quedado informado por ella con mucha satisfacción de las noticias concernientes al apoyo que han encontrado las obras salesianas en Marsella. Su Santidad, en su deseo de alentar con alguna gracia espiritual a los señores y señoras de las Asociaciones mencionadas, concede a todos sus miembros, además de la Bendición que les imparte de todo corazón, indulgencia plenaria a lucrar in artículo mortis con las consabidas cláusulas y condiciones. Me alegro de informarle de esto... y confiarle el encargo de comunicar esta mi respuesta al Párroco de San José en Marsella, para norma de los interesados».
Tenemos también otro documento que enriquece el pequeño tesoro de noticias que nos han sido transmitidas sobre la audiencia del 5 de abril. Se trata de un autógrafo que don Bosco dejó a don Francisco 400 Dalmazzo, tal vez para su útil información; hay en él algunos conceptos, que se había propuesto exponer al Padre Santo.
((467)) Cosas urgentes, que sólo el Vicario de Jesucristo puede remediar.
Para los niños
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Explíquese el Catecismo a los niños, al menos todos los días festivos.
Son pocos los pueblos y muy pocas las ciudades en donde, por lo general, se den estas instrucciones catequéticas y menos aún a los niño pobres y abandonados. Poquísimo esmero para invitarlos y oírlos en confesión.
Para el clero
Mayor solicitud para instruir a los fieles, de acuerdo con las normas establecidas por el Catecismo para los Párrocos, publicado por orde del Concilio Tridentino. Resulta difícil hallar una parroquia en la que se den estas instrucciones, si se exceptúan los pueblos del norte de Italia.
Mayor cuidado y caridad para oír las confesiones de los fieles. La mayoría de los sacerdotes no ejercen nunca este sacramento, algunos s limitan a oír confesiones durante el tiempo pascual y nada más.
Para las vocaciones eclesiásticas
Las vocaciones eclesiásticas disminuyen espantosamente y las pocas que se encuentran corren gran peligro de naufragar durante el servicio militar, obligatorio para todos.
Medio eficacísimo para tener y conservar las vocaciones al Sacerdocio es la obra llamada de María Santísima Auxiliadora, recomendada enriquecida con muchas indulgencias por Su Santidad el Papa Pío IX. Su finalidad es la de recoger jóvenes adultos de buena voluntad y dotados de las cualidades necesarias para tal fin.
Obsérvese que, de cien jovencitos que empiezan los estudios con intención de hacerse sacerdotes, apenas llegan seis o siete a la meta; po el contrario, se ha observado que, de cien adultos, llegan al presbiterado unos noventa y tres.
Ordenes religiosas
Las órdenes religiosas atraviesan una crisis terrible. Hay que promover dos cosas:
Reunir a los religiosos dispersos e insistir en la vida común y en la apertura de los respectivos noviciados.
Los religiosos de vida contemplativa extiendan su celo a la catequesis de los niños, a la instrucción religiosa de los adultos y a oír sus confesiones.
La Santa Sede debe ayudar, aconsejar, sostener y guiar las nuevas instituciones eclesiásticas para que puedan alcanzar su fin y así corresponder a la necesidad creciente de la Santa Iglesia, acometida y combatida de tan diversos modos.
((468)) El Siervo de Dios no olvidó, en su largo coloquio con el Sumo Pontífice, a sus más insignes bienhechores, ni a sus colegios y a l personas más beneméritas de éstos. Por eso, su secretario estuvo muy atareado en los días que lo siguieron; pues tuvo que comunicar 401
por carta, en nombre de don Bosco, a los más grandes bienhechores la indulgencia plenaria, concedida por el Padre Santo, y escribir a los Directores, comunicándoles la bendición especial del Papa para ellos y sus alumnos, y rogándoles participaran a los amigos de su casa, lo que había dicho en una hoja aparte, para que sirviese de modelo. No poseemos el original de este modelo, sino únicamente la copia enviad al conde Cays, director de la casa de Challonges; el estilo es el típico del Beato.
Benemérito Señor o Benemérita Señora:
Me apresuro a participar a V. S. que el sacerdote Juan Bosco, nuestro Superior, tuvo el alto honor de ser admitido el día 5 de los corrientes a una audiencia particular por Su Santidad León XIII.
En tan feliz ocasión, el Sumo Pontífice se dignó impartir con gran bondad la Santa Bendición Apostólica a todos nuestros bienhechores,
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Cooperadores salesianos y especialmente a V. S. y a toda su familia, por quienes pide al cielo abundantes favores espirituales y temporales
Con mucho gusto le comunico el benévolo gesto del Sumo Pontífice, mientras, junto con nuestros muchachos, pido a Dios que le conserve en buena salud y tengo la suerte de poderme profesar con profunda gratitud. De V. S.
Turín, o Niza, etc.
Su seguro servidor N.N. Pbro. Director.
Es de justicia que dediquemos un recuerdo al secretario don Joaquín Berto, que, entonces como siempre, estuvo día y noche sirviendo incansablemente a don Bosco, y no nos sorprende la noticia de que, con fecha de 1880, el buen Padre, tan sensible a todo pequeño servicio
o beneficio recibido, le dijera a veces: -Berto, »qué podré hacer yo para darte gusto, a cambio de cuanto haces por mí y por todas las atenciones que tienes con el pobre don Bosco?
((469)) -Ya quedo bastante pagado, le respondía don Joaquín Berto con el gusto que experimento sirviéndole todo lo que puedo, sintiend no ser capaz de hacer mucho más, como usted se merece y yo quisiera.
-Bien, seguía diciendo el Beato; ya sabes que don Bosco te mira como a la niña de sus ojos. Y cuando vaya al paraíso, como espero, si e Señor deja a mi disposición un rinconcito a mi lado, éste estará reservado para ti.
Demos ahora otro vistazo al diario: «6 de abril. Don Bosco va a comer con el cardenal Alimonda. -7. Va a hablar de nuestras Misiones 402
con monseñor Jacobini. Vino a visitar a don Bosco, en nuestra casa, el clérigo Zoja, nuestro antiguo alumno, con otro clérigo francés también Barnabita; después el canónigo Colombi y el abogado Leonori y un tal Eliseo Ambrosi, empleado en la Dirección General de Correos, para que le diéramos noticias de su hermano Natalio Ambrosi. Durante la noche del 6 al 7 volvió a gritar don Bosco 1; y, al preguntarle la causa al día siguiente, me dijo que era por los sueños espantosos que tenía. -8, jueves. Don Bosco fue a la Secretaría de Estado para hablar sobre nuestras misiones. -9, viernes. Don Bosco va a comer con el señor Colonna 2, donde también se encuentra don Homodei Zorini. -10. Hoy van don Bosco y don Francisco Dalmazzo a conferenciar con monseñor Jacobini sobre nuestras misiones. -11, domingo. Don Bosco paró casi todo el día en casa. Vino el señor Conti a visitarle. -12. Vino monseñor Rota a hablar con don Bosco e invitarle a comer el miércoles. -13. Hoy fue don Bosco a comer a casa del señor Conti y, por la tarde, a casa del cardenal Alimonda. -14. Don Bosco fue a casa de monseñor Rota y, por la tarde, volvió a la del cardenal Alimonda. Hacia las 5 vino a Tor de'Specchi el cardenal D Luca para ver si don Bosco estaba en casa y con mucho pesar hubo que decirle que estaba ausente.-15. Don Bosco estuvo con el cardenal De Luca y monseñor ((470)) Agnozzi. Después fuimos los cuatro, don Bosco, don Francisco Dalmazzo, Zucchini y yo, a comer en casa de Mr. Kirby en el Colegio Irlandés. Al mediodía fui a llevar al cardenal Alimonda la documentación para obtener la creación de un Vicariato en Patagonia. El Cardenal me dijo:
«-íDichoso usted, que está con un hombre que es un verdadero Santo!
»16. Don Bosco va a Correos. -17. Don Bosco va a la Cancillería. Viene a comer con nosotros el padre Gregorio Francisco Palmieri. -18. Domingo. Al atardecer, don Bosco fue al cardenal Vicario a llevar un memorial para presentar al Padre Santo sobre la construcción de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Roma.
El clérigo Zoja, que fue alumno de Valsálice, estuvo casi una hora hablando con don Bosco sobre métodos educativos, especialmente de que usan los Barnabitas. El es actualmente un miembro distinguido en su Congregación y recuerda que, pasando a hablar de administració sobre todo de escuelas profesionales, dijo bromeando al Beato:
1 Véase más atrás la pág. 393 en la nota.
2 José, hijo del difunto Esteban, de quien se habló en los volúmenes anteriores, que también trabajaba en las aduanas apostólicas. 403
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-Para la primera crisis ministerial, le propondré como ministro de Hacienda. Estoy seguro de que, en poco tiempo, liquidaría todas las deudas del Estado.
-No hay que hacer deudas, dijo el Siervo de Dios sonriendo; don Bosco tiene miedo a las deudas. Las deudas quitan el sueño.
-Y, sin embargo, usted levantó la iglesia de María Auxiliadora haciendo deudas.
-No es así, explicó él. Empecé a construirla con poquísimo dinero en el bolsillo y fui adelante hasta terminarla, pero sin gastar nunca má de lo que me enviaba la Providencia.
Efectivamente, don Bosco construyó la iglesia, pero no procedió al decorado de la misma, que se realizó después de su muerte. Lo cual quiere decir que él creyó que no recibiría de la Providencia los medios necesarios para este fin. En cambio, no hizo lo mismo con la iglesia de San Juan Evangelista, que dejó magníficamente decorada.
((471)) Estamos ya casi en vísperas de la partida; pero, antes de cerrar este capítulo, conviene dar un vistazo a la poca correspondencia romana que ha llegado a nuestro conocimiento. De las dos primeras cartas, por orden cronológico, bastará entresacar algunos párrafos, omitiendo cuestiones de negocios. En la del 9 de abril, dirigida al Director de Niza, don José Ronchail, repartida en seis números, recuerda en el último el hurto y una recomendación que ya le había hecho: «Procura hacer una visita al señor Barón de Monremy y decirle que el Padre Santo se disgustó muchísimo con el suceso, que le da las gracias de corazón y le envía una bendición especial para él y para la señor Ménier; pide al Señor que conceda salud a los dos. Si, por acaso, llegara el momento en que quisiera enviar algo al Padre Santo me haría u gran favor, si se sirviera de mí, para reparar de este modo la vergüenza del hurto cometido para nuestro mal. Espero escribir cuanto antes una carta a este nuestro verdadero amigo y bienhechor. Tú, por tu parte, cuida que los cargos y ocupaciones estén repartidos, que se observen las reglas, especialmente la hora de levantarse y la de acostarse 1. Omnibus una quies, labor omnibus unus (un mismo descanso para todos y un mismo trabajo para todos). Como dice Virgilio, en sus Geórgicas, libro 4, hacia la mitad».
Otra carta del día 12 es para don Miguel Rúa. Empieza así: «Deseo volver ahí para los ejercicios de nuestros queridos muchachos; por
1 El original italiano es: «Le regole siano osservate sia nella levata me nella cogiata». Para buscar una rima burlesca con levata, don Bosco italianiza la palabra piamontesa (don José Ronchail era piamontés) cogià, que significa coricarsi (acostarse). 404
tanto, procurad poner los ejercicios espirituales para cualquier día después del 26 de los corrientes». Tras sugerirle varios medios para quitarse de encima la «pesadilla» de las deudas, prosigue: «Apresuro mi regreso a Turín para ayudarte a buscar cum quibus (dineros). Sien que, en todas partes, me vacían los bolsillos y será muy poco lo que pueda llevar a Turín».
Mientras tanto, nos resulta que, paternalmente solícito, dos días después hizo enviar a don Miguel Rúa tres giros postales de mil liras cad uno, «fruto de sus sudores», es decir «de diversas limosnas recogidas en pequeñas cantidades 1. Concluye escribiendo: «Un cordialísimo saludo para todos nuestros queridos muchachos, diciéndoles que el domingo, ((472)) Patrocinio de san José, celebraré la santa misa para ellos; pero que ellos comulguen según mi intención. Tengo asuntos muy graves entre manos. Preparo una sorpresa contra don Juan Cagliero». Aquí, tal vez hay una alusión a las gestiones para el Vicariato patagónico y su presunto titular.
La tercera carta fue para don Julio Barberis y para los novicios de San Benigno. Los exámenes, que merecen su alabanza, son los semestrales.
Muy querido Barberis:
He enviado una bendición del Padre Santo para todos; pero muy en particular para nuestros novicios. El se entretuvo con gusto hablando de ellos y quiero comunicarles sus palabras personalmente en San Benigno. Pero tú puedes estar seguro de que el Padre Santo nos quiere mucho y se preocupa de nuestras cosas. Además, les dirás que he quedado muy satisfecho de los exámenes, de los que obtuvieron buenas calificaciones y de los que tienen firme propósito de obtenerlas en otro examen.
Itaqiue, filioli mei, gaudium meum et corona mea, sumite omnes scutum fidei, ut contra insidias diaboli certare possitis. Sed ipse Dominus Jesus factus est pro nobis obediens usque ad mortem, ut et nos per obedientiam et mortificationem introire possimus cum ipso et per ipsum in gloriam Patris nostri qui in coelis est. Igitur pugnate viriliter, ut omnes coronemini feliciter.
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Sacrosanctam communionem ad mentem meam facite et ego in missae sacrificio quotidie vestrum recordabor.
Gratia D. N. J. C. sit semper vobiscum. Vale et valedic 2.
Romae, 16 apr. 1880.
Amicus tuus JOANNES BOSCO, Sacerdos.
P. S. Para tu norma he escrito a don Verolfo que nos ayude. Pero, si él no te dice nada, tú no sueltes palabra de esto a nadie. 1 Carta de don Joaquín Berto a don Miguel Rúa, Roma, 14 de abril de 1880.
2 Traducción: «Así pues, queridos hijos míos, mi gozo y mi corona, tomad todos el escudo 405
Cuando pudo suponer que la viuda del señor Fortis había dado tregua a su dolor, la escribió directamente ((473)) como ya había escrito a hijo 1. Como había recibido muchas veces las pruebas de su caridad, unió a las palabras de aliento el ruego de ayudarle en sus apuros. Sue decirse que el tiempo y el trabajo mitigan los grandes dolores; mas, para quien tiene fe, las obras de misericordia los santifican.
Muy apreciada señora Josefina Fortis:
A su tiempo recibí su carta con la dolorosa noticia de la muerte de su marido q. e. p. d. Me afectó muchísimo. En Turín se hicieron y se hacen oraciones especiales por el eterno descanso de su alma, con la plena confianza de que ya habrá sido recibido en el seno de la divina misericordia en el Paraíso.
Vengo ahora mismo de la audiencia con el Padre Santo, al que me apresuré a pedir una bendición especial para usted y para los queridos Alfonso y Ricardo, para que tengan salud y la gracia de una buena vida y una buena muerte. El Padre Santo condescendió con gusto a ello
Ahora paso a hablar de nuestras cosas de Turín. Me escribe don Miguel Rúa que se encuentra en una crítica situación económica, especialmente para sostener nuestras misiones de América y dar de comer a nuestros pobres muchachos. Me encomiendo a su caridad, si pudiese acudir en nuestro socorro. Tenemos muchas obras entre manos y el aumento de precio de los comestibles este año nos hace sentir escasez.
Espero estar en Turín a fines de mes, y, tal vez, visitar a usted, señora Josefina, con sus hijos, mis queridos amigos.
Le envío una prodigiosa estampita de la Santísima Virgen, para que lleve la fortuna a toda su familia.
Ruegue por mí, que seré siempre para usted en N. S. J. C.
Roma, 16 de abril de 1880.
Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.
Puesto que la audiencia pontificia había sido el día 5 de aquel mes, el «vengo ahora mismo» hay que entenderlo en sentido lato, y fue escrito así para que la cosa guardara el carácter de actualidad.
Hay una quinta carta bellísima, dirigida a un antiguo alumno del Oratorio, que llegó a ser después un distinguido sacerdote Salesiano,
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de la fe, para poder combatir contra las insidias del demonio. Pero el mismo Señor Jesús se ha hecho para nosotros obediente hasta la muerte, para que también nosotros, con la práctica de la obediencia y de la mortificación, podamos entrar con él y por sus méritos en la gloria de nuestro Padre, que está en los cielos. Luchad, pues, virilmente para ser felizmente coronados. Haced una santa comunión según m intención y yo en el sacrificio de la misa me acordaré cada día de vosotros. La gracia de N. S. J. C. esté siempre con vosotros. Te saludo y saluda».
1 Véase, más atrás, la pág. 383. 406
hermano del inolvidable don Domingo Ruffino. Después de salir del Oratorio, pasó una serie de peripecias, hizo de maestro en diversos ((474)) lugares, hasta que el nostálgico recuerdo de la vida, transcurrida a la sombra del santuario de María Auxiliadora, lo devolvió a don Bosco en septiembre de 1880.
Mi querido Santiago Ruffino:
Tu carta me ha proporcionado una verdadera satisfacción. Siempre te aprecié mucho, y ahora que deseas volver al antiguo nido, se despiertan en mí las añoranzas del pasado, las relaciones confidenciales tenidas, el buen recuerdo del pasado, etc. Por eso, cuando tú te decidas a hacerte Salesiano, no tienes más que venir al Oratorio y decirme: -Aquí tiene usted el mirlo que vuelve a su nido. Lo demás será todo como era y como tú sabes.
Pero deseo que tu venida no cree dificultades a tus actuales Superiores y, por tanto, si es preciso que difieras tu venida a Turín por algún tiempo, hazlo en buena hora, con tal que esto no acarree ningún daño a tu alma.
Yo estaré en el Oratorio a finales de mes y allí te espero como padre, con ansias de volver a tener a su hijo. Allí hablaremos de lo que haga falta.
Dios te bendiga, queridísimo Ruffino, y ruega por mí que fue y seré siempre tuyo en J. C.
Roma, 17 de abril de 1880, Torre de'Specchi, 36.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
La sexta carta, escrita al Director de la casa de Marsella, es una prueba más de que, en el corazón paternal de don Bosco, nunca se disociaba la preocupación por los grandes intereses comunes de la minuciosa atención a las necesidades individuales de cada uno.
Mi querido Bologna:
Pasado mañana salgo de Roma y por eso te adjunto algunas cartas que tú pondrás en un sobre y entregarás a los interesados.
El Padre Santo, como ya te habrán dicho, envía una bendición especial para ti, para nuestros queridos muchachos, para todos nuestros bienhechores y hermanos, sin excluir a Borghi y Bernard, que harán poco si no se hacen santos.
Es preciso que hables a menudo y con familiaridad a don Anacleto Ghione y a don Pirro. Son dos buenas personas, harás de ellos lo que quieras, pero hay que manejarlos como se hace con la pasta.
Don Miguel Rúa me escribe que necesita absolutamente dinero. Le he ((475)) enviado algo, pero no tiene ni para catarlo. Envíale lo que puedas. Podías entregar sólo veinticinco mil francos al empresario, contando los seis mil ya entregados. Ahora la cosa está hecha. Parece que el señor Cura párroco ya ha recogido algo. Pero tú procede con mucha prudencia y paciencia. Puedes aducir el motivo de que don Miguel Rúa ha hecho una deuda de quince mil francos para Beaujour, etc. He escrito, y sigo escribiendo, y todos me prometen limosnas para San León. 407
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Si escribes, dirige las cartas a Lucca hasta el 25, después a Sampierdarena, en mayo a Turín.
Dios os guarde a todos en su santa gracia; un cordialísimo saludo para los muchachos y los Hermanos y que todos recen por mí, que soy enJ. C.
Roma, 18 de abril de 1880.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
Escribió también una hermosa carta al barón Héraud, de Niza. En ella se pone de relieve el constante buen humor de su carácter. Especialmente fuera de Niza, donde no fuese conocido, al encontrarse con don Bosco, tenía a veces geniales y graciosas ocurrencias, que alegraban mucho al Beato y a todos los que estaban con él 1.
Como camarero de capa y espada que era, había estado hacía poco prestando servicio en el Vaticano.
Muy querido señor Barón.
Antes de salir de Roma, tengo que cumplir mi deber y escribirle una carta. Los asuntos y personas