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Economía emocional


Economía emocional.

La crisis en la que estamos inmersos ha puesto en solfa toda la ciencia económica debido a una cuestión clave: la imposibilidad de predecir todo lo que ha ocurrido. De hecho, algunos pensadores como Mario Bunge ubican la economía dentro del área de las ciencias esotéricas.


¿Qué ha fallado? ¿Por qué no hemos detectado lo que iba a pasar? O más importante todavía, ¿qué medidas podemos tomar a partir de ahora? ¿Cuáles son las más eficientes?
Es claro que la ciencia económica como tal no aporta contestaciones útiles a estas preguntas, de hecho y relacionado con ello, existen muchos chistes de economistas: “un economista es una persona que predice muy bien el pasado”, “dame dos economistas y tendré tres opiniones” o “tengo mil economistas y cada uno me da una receta distinta, sé que uno tiene razón, pero no sé quién es (Mijail Gorbachov)”.
La economía está basada en el supuesto de la racionalidad de las personas y usa como instrumento de análisis, en especial para “predecir” el futuro, el análisis econométrico, basado en relaciones causa efecto entre distintas magnitudes económicas (modelos de regresión lineales) o en series temporales (el objeto de las mismas es detectar una tendencia dada por alguna variable económica, por ejemplo se observa que el PIB tiende a subir a lo largo del tiempo). Vamos a comprobar la veracidad de estos supuestos.
¿Son racionales las personas?

Los últimos avances en neurociencias demuestran que el 80% de las decisiones de las personas son emocionales (aunque muchas veces las racionalizamos a posteriori) y el 20% de las decisiones son racionales.

Si las personas fueran racionales, es posible que las personas fumarían menos (cuidado: es racional fumar si tenemos en cuenta que el placer inmediato de fumar supone dinero a corto plazo y salud a medio plazo, lo malo es fumar sintiéndote culpable por ello), comerían y beberían menos (por las razones anteriores), no habría crímenes pasionales y tendríamos, en general, hábitos de comportamiento más saludables.

Pero la clave es que nuestro comportamiento no depende de la lógica. Así, tendemos a dar más importancia al corto plazo respecto del largo plazo, seguimos con las mismas costumbres, sean buenas o malas (de ahí el dicho de Cicerón de que “el hombre es como el vino, el bueno mejora con el tiempo y el malo empeora con el tiempo), tendemos a hacer lo que hacen los demás (si mi vecino compra participaciones preferentes y veo que gana dinero yo no voy a ser menos), muchas decisiones que tomamos pueden depender de nuestro humor, del clima o de si ha ganado nuestro equipo de fútbol, o sobrevaloramos lo felices que seremos si ganamos más dinero (esto es un problema ya que muchas personas están dispuestas a todo con tal de ganar más, y lo idean de cualquier forma: basta observar las indemnizaciones que se dan a muchos ejecutivos, sean o no de la banca).

Así, la pregunta queda contestada: las personas no son racionales.

¿Cómo funciona un modelo econométrico? ¿Es útil?

Es muy sencillo comprender los modelos econométricos a partir de un caso muy simple como es la ley de Okun.

Esta ley relaciona el crecimiento económico con la tasa de paro de un país, de tal manera que a partir de análisis estadísticos se obtiene una tasa de crecimiento a partir de la cual se genera empleo. En España esta tasa está aproximadamente en un 2%, lo cual sugiere que hasta que no se llegue a ese nivel de crecimiento no bajará el desempleo.

¿Es cierta esta relación?

Como demostró Nassim Taleb en su libro “El cisne negro”, esta relación explica muy bien el pasado, pero no es útil para el futuro, ya que cualquier imprevisto –un cisne negro es equivalente a dicho imprevisto; ejemplos serían el 11s, la crisis financiera y económica que sufrimos o un gran cambio tecnológico inesperado- haría variar la relación entre estas dos variables.

Aunque la universidad de Stanford está intentando modelizar el mundo mediante un vasto sistema de millones de ecuaciones que relacionan magnitudes económicas de todos los países del mundo, la teoría de Taleb demuestra la imposibilidad de hacer predicciones.
Si las personas son irracionales y la econometría es dudosa, ¿qué nos puede aportar la economía como ciencia?
Todo cambio enorme como el que estamos viviendo lleva aparejado un cambio de paradigma. La economía sólo tiene sentido si se fusiona con la biología en el ámbito del estudio del cerebro, con la psicología, con las finanzas y con la sociología teniendo en cuenta que las personas somos más emocionales que racionales. Debemos aprender a predecir el comportamiento de las personas a partir de ciertos supuestos básicos para comprender las fuerzas que generan cambios económicos posteriores. Debemos discernir que cambios se generan desde “abajo” (por ejemplo, las revoluciones árabes) y que cambios se generan desde “arriba” (los dichosos recortes). Debemos profundizar todos estos análisis para tomar mejores decisiones a nivel personal y a nivel social.
La economía basada en el hombre racional va a decaer.

La economía emocional llega para quedarse.



Javier Otazu Ojer.

Profesor de Economía de la UPNA y de la UNED Tudela.

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