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Discurso del santo padre juan pablo II a los obispos de los países bajos en visita «ad limina» Jueves 18 de junio de 1998



DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE LOS PAÍSES BAJOS EN VISITA «AD LIMINA» Jueves 18 de junio de 1998

Señor cardenal; queridos hermanos en el episcopado:

1. Me alegra acogeros en esta casa a vosotros, pastores de la Iglesia de Cristo en los Países Bajos, con ocasión de vuestra visita ad limina, que realizáis al Sucesor de Pedro, «principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles» (Lumen gentium , 23). Este tiempo en Roma es también para vosotros un tiempo de gracia. Así, tenéis la posibilidad de vivir relaciones recíprocas más intensas. Pido al Señor que os acompañe, a fin de que vuestros encuentros con mis colaboradores de los diversos dicasterios de la Curia romana, y entre vosotros, sean ocasiones para profundizar y afianzar el affectus collegialis. Que os ayuden a proseguir vuestro ministerio apostólico, con una colaboración cada vez más cordial en el seno de vuestra Conferencia episcopal, en torno al que habéis elegido como presidente, sosteniéndoos en vuestras tareas diocesanas particulares y participando en la «responsabilidad de los obispos hacia la Iglesia universal y su misión, en comunión afectiva y efectiva con Pedro» (Discurso de clausura de la VIII Asamblea general ordinaria del Sí- nodo de los obispos, 27 de octubre de 1990, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 1990, p. 11).

Venís en peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, para renovar vuestra esperanza y vuestro dinamismo apostólico, a fin de enseñar y anunciar cada vez con mayor intensidad la buena nueva al pueblo de Dios encomendado a vuestra solicitud pastoral. Pido al Espíritu Santo que os mantenga firmes en la fe para que, en el difícil período que atraviesa la Iglesia en vuestro país, podáis ejercer con celo y confianza el ministerio episcopal y la autoridad como un servicio a la unidad y a la comunión. Agradezco al señor cardenal Adrianus Johannes Simonis, vuestro presidente, sus palabras, con las que ha puesto de relieve algunos aspectos importantes de la vida social y eclesial de los Países Bajos.

2. En vuestros informes quinquenales me habéis hecho partícipe de vuestras principales preocupaciones relativas al ministerio sacerdotal, que atraviesa aún en vuestro país una profunda crisis de identidad. Sé que los sacerdotes diocesanos ocupan un lugar especial en vuestro corazón, puesto que, «para apacentar una parte de la grey del Señor (...), forman un único presbiterio y una única familia, cuyo padre es el obispo» (Christus Dominus , 28). Ante todo, os pido que transmitáis a los sacerdotes de vuestras diócesis la seguridad de mi cordial afecto y mi aliento para el ministerio que desempeñan con solicitud. Les felicito por su incansable empeño y los esfuerzos que realizan en situaciones a menudo difíciles. A pesar de que son pocos y sus tareas resultan cada vez más agotadoras, aceptan llevar el peso de cada día y desempeñar con celo el ministerio que Cristo y su Iglesia les confían.

Para renovar continuamente y conservar la alegría de la misión, es importante ante todo que los ministros del Señor refuercen su vida espiritual, en particular a través de la oración diaria, «remedio de la salvación» (san Paulino de Nola, Cartas 34, 10) y del encuentro íntimo con el Señor en la Eucaristía, que ocupan el centro de la jornada sacerdotal (cf. Principios y normas de la Liturgia de las Horas, n. 1). Del mismo modo, la recepción frecuente del sacramento de la reconciliación, que devuelve al pecador la gracia y la amistad con Dios, ayuda al sacerdote a transmitir el perdón a sus hermanos. Estos alimentos son indispensables para los discípulos de Cristo y, más aún, para cuantos reciben la tarea de guiar y santificar al pueblo cristiano. Deseo insistir también en la necesidad de celebrar dignamente la Liturgia de las Horas, que contribuye, «por una misteriosa fecundidad apostólica, a acrecentar al pueblo de Dios» (Presentación general de la Liturgia de las Horas, n. 18), y en el tiempo de la oración diaria. Por ellas, el sacerdote reaviva en él el don de Dios, se prepara para la misión, modela su identidad sacerdotal y edifica la Iglesia. En efecto, el sacerdote toma conciencia ante Dios de la llamada que recibió, y renueva su disponibilidad a la misión particular que el obispo le confió en nombre del Señor, manifestando así su disponibilidad a la obra del Espíritu Santo, que es quien da el crecimiento (cf. 1 Co 3, 7).

Los sacerdotes están llamados a ser testigos alegres de Cristo, con su enseñanza y su testimonio de una vida santa, en sintonía con el compromiso asumido el día de su ordenación. Son para vosotros «hijos y amigos» (Christus Dominus , 16; cf. Jn 15, 15). Debéis estar atentos a sus necesidades espirituales e intelectuales, recordándoles que, aunque viven en medio de los hombres y teniendo en cuenta la modernidad, como todos los fieles, no deben tomar como modelo el mundo presente, sino que han de adecuar su vida a la Palabra que anuncian y a los sacramentos que celebran (cf. Rm 12, 2; Presbyterorum ordinis , 3); así manifestarán «el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia» (Sacrosanctum Concilium , 2). Animadlos a orar personalmente y a sostenerse recíprocamente en este ámbito. Invitadlos también a profundizar incesantemente sus conocimientos teológicos, necesarios para la vida espiritual y pastoral. En efecto, ¿cómo podrán anunciar el Evangelio y «ser administradores de una vida diferente de la de esta tierra» (cf. Presbyterorum ordinis , 3), si no permanecen cerca del corazón de Cristo, como el Apóstol a quien él amaba, y si no se dedican, mediante la formación permanente, a una verdadera comprensión de la fe?

3. Animo a los sacerdotes a reforzar su fraternidad sacerdotal, especialmente entre las generaciones, ante todo con la oración común, que modifica las relaciones recíprocas y permite sostenerse en la misión, y con el diálogo, la amistad y la participación en las tareas pastorales. Esta riqueza del sacerdocio es incomparable. Por vuestra parte, os esforzáis por favorecer la colaboración armoniosa de todos, que no puede menos de contribuir a fortalecer el dinamismo de la Iglesia. Es necesario que todos, sacerdotes y laicos, presten particular atención a los sacerdotes jóvenes, para ayudarles en sus primeras funciones ministeriales, aun cuando su modo de considerar el sacerdocio no coincida exactamente con el que vivieron sus predecesores. La realidad del presbiterio y de la Iglesia va más allá de los métodos y de las prácticas pastorales particulares.

Mi pensamiento se dirige también a los sacerdotes ancianos. Junto con ellos, doy gracias a Dios por lo que han hecho con fidelidad. Ojalá acepten proseguir, hasta que sus fuerzas se lo permitan, un ministerio complementario, acompañando con sus consejos fraternos y la sabiduría derivada de su experiencia a quienes, siendo más jóvenes, reciben justamente arduas responsabilidades eclesiales. El servicio a Cristo no puede compararse en absoluto con un trabajo profesional, ni ejercerse en las mismas condiciones.

4. Deseo también recordar el papel tan importante que desempeña el sacerdote en la catequesis y la enseñanza de la fe en todas las fases de la vida de los fieles y en su descubrimiento de los sacramentos; debe esforzarse por organizar una pastoral dinámica para los jóvenes. Guiar a los niños y a los jóvenes en su camino hacia el Señor es una misión muy importante, en la que está en juego su futuro de hombres y de cristianos. La comunidad cristiana local se construye sobre la enseñanza de la fe. Por tanto, es conveniente que los sacerdotes, sobre todo los más idóneos para este aspecto esencial de la misión de la Iglesia por su competencia teológica y pastoral, sostengan a los catequistas y colaboren con ellos. A vosotros corresponde proseguir la elaboración de nuevos itinerarios catequéticos serios, con gran solicitud pedagógica y con una atención particular a la cultura específica de vuestro país, a fin de proporcionar a los sacerdotes y a los laicos los subsidios necesarios y los manuales indispensables para una enseñanza fiel a la fe de la Iglesia. En este sentido, el Catecismo de la Iglesia católica proporciona las normas doctrinales de referencia. Así pues, exhorto a los sacerdotes y a los laicos a comprometerse de modo renovado en este servicio a los jóvenes, para ayudarles a encontrar a Cristo. Descubrirán lo que Cristo realiza en el corazón de los niños, sembrando en ellos la semilla de vida eterna que queda presente para toda la existencia. A este propósito, para mantener la convicción de lo esencial que resulta su acción, los educadores deben recordar siempre la frase del cardenal John Henry Newman, que expresaba lo que lo había impresionado durante su infancia: «No percibimos la presencia de Dios en el momento en que está con nosotros, sino sólo después, cuando miramos hacia atrás, hacia lo que sucedió y se resolvió» (Parochial and plain Sermons IV, 17).

5. Para la Iglesia del futuro, los obispos deben estar siempre particularmente atentos a la formación de los seminaristas. Con esta finalidad habéis reorganizado vuestros seminarios. Algunos habéis hecho grandes esfuerzos para erigir nuevos seminarios diocesanos. Seguid atribuyendo gran importancia a la pastoral vocacional, en la que todos los fieles deben participar. ¿Cómo podrán descubrir los jóvenes la llamada de Cristo si la Iglesia no la transmite por medio de los sacerdotes y los laicos y no muestra la felicidad que se experimenta cuando se sirve al Señor? Velad también por el discernimiento de los candidatos y por su progresiva maduración humana: conocéis las dificultades personales y familiares que los jóvenes han atravesado durante los últimos decenios. Por eso, es preciso acompañarlos en su crecimiento espiritual y eclesial, para que puedan comprometerse con la libertad interior y el equilibrio humano que requiere el ministerio sacerdotal.

Por tanto, estad atentos a la calidad de la formación espiritual y de los programas de formación intelectual .filosófica, teológica y moral., a fin de que los futuros sacerdotes sean idóneos para anunciar el Evangelio en un mundo en el que las tendencias subjetivistas y el discurso exclusivamente científico toman con frecuencia el lugar de una sana antropología e, independientemente de la fe en Dios, procuran dar razones de vida. Así podrán responder de modo adecuado a las cuestiones discutidas en la opinión pública y a las afirmaciones que tienden a confundir verdad y sinceridad. Las sabias reglas proporcionadas por la Ratio institutionis sacerdotalis son particularmente útiles para la estructuración de la formación con vistas al ministerio. En una sociedad en la que la vida cristiana y el celibato son considerados a menudo como obstáculos para el desarrollo de la persona, es útil formar a los jóvenes en la ascesis y el dominio propio, fuentes de equilibrio interior. Las familias pueden preocuparse al ver que sus hijos e hijas lo dejan todo para seguir a Cristo; por eso, es necesario explicarles «las motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales propias del celibato sacerdotal, de modo que ayuden a los presbíteros con la amistad, la comprensión y la colaboración» (Pastores dabo vobis , 50). Ojalá que toda la comunidad eclesial muestre la grandeza y la bondad de la entrega en el celibato, elegido libremente por amor al Señor, «valor profundamente ligado con la sagrada ordenación» (ib.), como vuestra Conferencia episcopal recordó también en una carta pastoral publicada en marzo de 1992. Esto de ningún modo disminuye el valor de la vida laical y del matrimonio.

6. Aunque en la mayor parte de vuestras diócesis no son muy numerosos los fieles laicos comprometidos en la vida pastoral, sí asumen múltiples responsabilidades en unión con los pastores de la Iglesia, los obispos, los sacerdotes y los diáconos, que, en cuanto ministros ordenados, tienen la misión de enseñar y regir al pueblo de Dios en nombre de Cristo cabeza (cf. Código de derecho canónico , can. 1.008). Complacido por su profundo sensus Ecclesiae, deseo rendir homenaje al trabajo de los hombres y las mujeres que desempeñan funciones importantes en los diversos sectores de la vida eclesial, sobre todo en la animación litúrgica y el acompañamiento de los grupos de jóvenes. Muchos de vosotros me habéis mostrado vuestra disponibilidad a desarrollar la pastoral conyugal y familiar, para hacer frente a las ideologías que quieren destruir la célula fundamental de la sociedad y a las tendencias subjetivistas y muy liberales en materia sexual que no dejan de difundirse. Animo de buen grado a los cristianos que asumen responsabilidades en la preparación para el matrimonio y en el apoyo a las parejas y familias con dificultades, con plena fidelidad a la enseñanza de la Iglesia. Transmitid a todos los fieles de vuestras diócesis mi afectuoso saludo y mi aliento a seguir comprometidos de forma activa en la misión única de la Iglesia (cf. Christifideles laici , 25). En este ámbito, las tareas, los carismas, las vocaciones y los servicios son diversos y complementarios. Es esencial que las comunidades cristianas reconozcan el papel de los sacerdotes, en particular, sus funciones litúrgicas y sacramentales, respetando las normas vigentes.

El reconocimiento de la especificidad de cada vocación es el signo de la madurez cristiana y de la conciencia que los fieles poseen de su vocación y de sus funciones propias, «que tienen su fundamento sacramental en el bautismo y en la confirmación, y para muchos de ellos, además en el matrimonio» (ib., 23). En efecto, la acción de los laicos no puede sustituir la misión particular de los ministros ordenados. Por tanto, hay que prestar atención al papel de los laicos en el seno de la comunidad cristiana y en las realidades humanas. A este propósito, podría ser oportuno meditar en lo que afirmó el concilio Vaticano II, en el capítulo IV de la constitución Lumen gentium (nn. 30 y 38), sobre la misión de los laicos en la Iglesia. Su unión con Cristo en el cuerpo eclesial los lleva a realizar sus acciones específicas para el anuncio del Evangelio y el crecimiento del pueblo de Dios, en particular tomando parte activa en la vida de la comunidad cristiana y de la ciudad, y realizando su misión de animación cristiana de las realidades temporales (cf. ib., 31; Apostolicam actuositatem , 7). En esta perspectiva, es tarea de los pastores proponerles una formación seria con vistas a la realización de sus tareas.

7. No tengáis miedo de recordar a los laicos que su servicio se funda en una vida espiritual seria. Habéis subrayado el interés creciente de los fieles por los tiempos de retiro en los monasterios y por un acompañamiento espiritual. Constatáis también con alegría el aumento del número de los bautismos y las confirmaciones de adultos. Invitad al pueblo cristiano a acudir incesantemente a las fuentes de vida, a través de la participación en la eucaristía dominical, que es el alimento para el camino, al hacer realmente presente a Cristo mediante su Cuerpo y su Sangre (cf. Catecismo de la Iglesia católica , n. 1.375); presidida por el sacerdote, «personificando a Cristo, cabeza y pastor, y en su nombre» (Pastores dabo vobis , 15), la misa edifica la comunidad cristiana. A este propósito, el pueblo cristiano debe tomar incesantemente conciencia de la importancia de la parroquia como centro de la vida eclesial local. Invitad también a los fieles a acercarse de manera más frecuente al sacramento de la penitencia, que les permite descubrir el don de Dios y los hace misericordiosos con sus hermanos. La confesión «ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (Catecismo de la Iglesia católica , n. 1.458).

8. En vuestros informes quinquenales, me hacéis partícipe de vuestras serias preocupaciones con respecto al futuro de la enseñanza católica, cuya misión comprende la formación humana, moral y espiritual de los jóvenes. Esto constituye su carácter verdaderamente católico. Es importante hacer todo lo posible para que la Iglesia, con la fuerza de sus tradiciones y su experiencia, pueda proseguir su labor educativa específica. Incumbe a las autoridades legítimas, en un diálogo confiado con los responsables de la comunidad eclesial, ofrecer a los padres la posibilidad de cumplir libremente su tarea educativa, eligiendo las instituciones escolares que según ellos corresponden a sus valores y que desean naturalmente se transmitan a sus hijos.

Quisiera también subrayar el papel destacado de las universidades católicas en los ambientes intelectual, científico y técnico. Los profesores, independientemente de la materia que enseñen, deben esforzarse por comunicar a sus estudiantes los valores antropológicos y morales católicos; en el seno de esas instituciones, los teólogos tienen la tarea de explicar la profundidad de los misterios divinos, enseñando con fidelidad el dogma cristiano y la moral, fundada en la Revelación y el Magisterio, y mediante el diálogo con las demás disciplinas universitarias (cf. Dei Verbum , 10; Congregación para la doctrina de la fe, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 de mayo de 1990). A ellos les corresponde, en particular, recordar a tiempo y a destiempo los principios fundamentales del respeto a la vida humana. Por tanto, se les pide fidelidad total al Magisterio, puesto que «enseñan en nombre de la Iglesia» (Pastores dabo vobis , 67). Así pues, la enseñanza teológica no puede limitarse a una simple reflexión personal; está al servicio de la verdad y de la comunión. Un teólogo que, en su enseñanza, no esté en sintonía con el Magisterio, no puede menos de perjudicar a la universidad, desviando a los fieles e hiriendo a la Iglesia.

9. Me habéis expresado vuestras inquietudes por lo que concierne al futuro de la vida religiosa en vuestro país, a causa de la falta de vocaciones y del aumento de la edad de los miembros de los diversos institutos. Os encargo, ante todo, la tarea de decir a los religiosos y a las religiosas que aún hoy la Iglesia, con confianza y esperanza, cuenta de modo particular con ellos, invitándolos a comunicar incansablemente la llamada del Señor; a vivir, con valentía y fidelidad, los consejos evangélicos; y a no abandonar precipitadamente los ámbitos esenciales de la vida pastoral, en particular la educación, que permite transmitir a los jóvenes los valores humanos y cristianos, pero tampoco la sanidad, la asistencia a los ancianos y a los pobres.

Ojalá que los responsables de los institutos religiosos, en unión con los obispos, sigan tomando parte activa en la vida pastoral. Llevad mi afectuoso saludo también a los institutos de vida contemplativa, que desempeñan un papel fundamental, pues «ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen (...) al crecimiento del pueblo de Dios» (Vita consecrata , 8). Sus casas de acogida y de retiro espiritual son muy útiles para los pastores y los fieles, que pueden así encontrar, en la soledad y el silencio, un tiempo de descanso y regeneración interior ante el Señor, para cumplir después de manera renovada su misión. En un período en el que las vocaciones son cada vez más escasas, es importante que toda la Iglesia reconozca mejor el valor de la vida consagrada.

10. En este año dedicado al Espíritu Santo, durante el cual todos estamos invitados a prepararnos para el gran jubileo, la Iglesia renueva incesantemente su súplica a Aquel que el Señor prometió y dio a sus Apóstoles, a fin de guiar y edificar el cuerpo místico de Cristo. Si permanecemos fieles a la misión recibida, podremos estar seguros de que Dios no abandonará jamás a su pueblo y le dará su gracia y los medios para asegurar su misión en el mundo. Con fe en la solicitud divina, os encomiendo a la intercesión de los santos de vuestra tierra y a la de la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, a quien debemos recurrir continuamente como nuestra protectora y guía. Os imparto de corazón mi bendición apostólica a vosotros, a los sacerdotes, a los diáconos y a los seminaristas, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos de vuestras diócesis.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA 59 ASAMBLEA SEMESTRAL DE LA ROACO Martes 16 de junio de 1998

Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio; queridos miembros y amigos de la ROACO:

1. Os doy a todos mi cordial bienvenida, con ocasión de vuestra visita durante la segunda asamblea anual de la ROACO. Saludo, ante todo, al señor cardenal Achille Silvestrini, y le agradezco las cordiales palabras con las que ha querido expresar vuestros sentimientos, aludiendo al mismo tiempo a las múltiples actividades que estáis realizando.

Saludo, asimismo, al secretario de la Congregación para las Iglesias orientales, arzobispo Miroslav Stefan Marusyn, a quien renuevo mi cordial felicitación por sus bodas de oro sacerdotales. Mi saludo se extiende también al subsecretario, monseñor Claudio Gugerotti, a todos los oficiales y al personal del Dicasterio, así como a los miembros y amigos de la ROACO.

Al dirigir mi mirada a los territorios a los que se orienta vuestra solicitud, no puedo menos de reafirmar el deseo de una solución justa y pacífica de las tensiones que surgieron durante las semanas pasadas entre Etiopía y Eritrea. Que el Señor ilumine a los responsables de las dos naciones hermanas y a todos los que promueven generosamente un acuerdo negociado sobre sus respectivas exigencias.

2. Hemos celebrado recientemente, con gran alegría de toda la Iglesia, la proclamación de dos nuevos beatos vinculados a las Iglesias orientales, que testimoniaron con amor y valentía su plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia católica.

Se trata, ante todo, del mártir Vicente Eugenio Bossilkov, obispo y religioso pasionista, beatificado el pasado 15 de marzo. Mensajero intrépido de la cruz de Cristo, fue una de las muchas víctimas que el régimen comunista ateo sacrificó, en Bulgaria y en otros países, con el propósito de aniquilar la Iglesia. Hoy se propone a nosotros y a los hijos de las Iglesias de Oriente como figura ejemplar y luminosa, no sólo por su vasta cultura, sino sobre todo por su constante anhelo ecuménico y su heroica entrega en defensa de su grey por fidelidad a la Sede de Pedro.

En el monje Nimatullah Kassab Al- Hardini, de la orden maronita libanesa, elevado al honor de los altares el pasado 10 de mayo, quise recordar a todos el valor de la vida monástica. Como dije en esa feliz circunstancia, el nuevo beato es un signo de esperanza para todos los cristianos del Líbano, pero también es una invitación para que esa nación, que tuve la alegría de visitar hace precisamente un año, pueda seguir siendo rica en testigos y en santos, presentándose, gracias a la generosa inculturación de la fe, como tierra en la que florecen la justicia, la paz y la convivencia. El beato Hardini es un testigo ilustre del monaquismo, entendido como una vida bautismal ejemplar. Espero que sea para los jóvenes de las Iglesias católicas orientales un aliento a recuperar su identidad, a vivir plenamente la riqueza de sus tradiciones y a hallar, con sabiduría, en la divina liturgia y en la contemplación la fuerza del misterio que salva.

3. En la Orientale lumen escribí: «Cuando Dios llama de modo total, como en la vida monástica, la persona puede alcanzar el punto más alto de cuanto la sensibilidad, la cultura y la espiritualidad son capaces de expresar. (...) Para las Iglesias orientales el monaquismo constituyó una experiencia esencial y que aún hoy sigue floreciendo en ellas, en cuanto cesa la persecución y los corazones pueden elevarse con libertad hacia el cielo» (n. 9).

Espero que este ejemplo constituya una referencia valiosa para todos los seminaristas, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas que también en Roma están preparándose, en el discernimiento vocacional, para sus tareas eclesiales, y por quienes la Congregación para las Iglesias orientales muestra tan gran solicitud.

Forma parte de este compromiso del dicasterio la institución del colegio San Benito, en el que sacerdotes de ritos diferentes, pero de lengua árabe, encuentran un lugar adecuado para los estudios, la oración y la oportuna confrontación con nuevas experiencias pastorales. La reestructuración del anterior Pontificio seminario menor ucranio de vía Boccea, junto con la creación del Pontificio instituto ucranio Santa María del Patrocinio, permitirá volver a acoger próximamente a los candidatos al sacerdocio que están completando sus estudios en las disciplinas eclesiásticas. También los centros que están surgiendo para la formación teológica y la preparación pastoral de las religiosas orientales, a quienes se envía a Roma con esta finalidad, contribuirán a responder a una urgencia ya ineludible.

Queridos amigos de la ROACO, os exhorto a compartir cada vez más, con vuestra participación, esta actividad fundamental de formación, dedicada a quienes van a ser los guías de las comunidades católicas de Oriente.

4. Ya se acerca el gran jubileo del año 2000, y el año próximo, 1999, estará dedicado a la reflexión sobre el Padre celestial. Así, concluirá esta preparación inmediata del acontecimiento jubilar, que nos invita a encontrarnos con renovada fidelidad y profunda conversión a orillas del «río» de la Revelación, del cristianismo y de la Iglesia, que corre a lo largo de la historia de la humanidad, comenzando por lo que sucedió en Nazaret y luego en Belén, hace dos mil años. Se trata verdaderamente del «río» que, con sus acequias, según la expresión del Salmo, «recrea la ciudad de Dios» (Sal 46, 5).

La actitud de los cristianos con respecto a Tierra santa se ha desarrollado de modo análogo al de la historia de la oración litúrgica de la Iglesia: así como el año litúrgico ha distribuido lentamente en días diversos cuanto ya estaba contenido en el domingo, Pascua de la semana, así también los lugares donde vivió y actuó nuestro Salvador se convirtieron en etapas de un itinerario espiritual único, que ayuda a recorrer los pasos de Dios hecho hombre y víctima de amor por la salvación del mundo.

La ayuda y el apoyo a Tierra santa no se prestan sólo en función del recuerdo de los lugares y de los tiempos en que vivió el Señor Jesús: quieren, sobre todo, alimentar en los fieles una actitud espiritual que, para quien la vive con intensidad interior, se traduce en un camino de fe hacia la cumbre de toda experiencia cristiana, que el Apóstol de los gentiles expresa con estas palabras: «Mihi vivere Christus est».

5. Sé que, mediante las competencias de cada organismo, la Congregación para las Iglesias orientales, junto con la Custodia de Tierra santa, realiza una actividad de síntesis y coordinación de la caridad de todos. A vosotros se os ha confiado la tarea de estar presentes, en nombre de la cristiandad, para sostener la vida eclesial y salir al paso de las necesidades socioculturales de esos lugares, tan queridos por cuantos creen en el Verbo de Dios encarnado. Os renuevo a vosotros y, por medio de vosotros, a toda la Iglesia esparcida por el mundo, la invitación a seguir manteniendo el compromiso al servicio de la tierra de nuestro Salvador.

Que os acompañe en vuestro trabajo la constante asistencia divina y la protección materna de la Virgen de Nazaret. También yo estoy cercano a vosotros, y de corazón os imparto mi bendición, que de buen grado extiendo a las Obras que representáis aquí y a todos los destinatarios de vuestra actividad.

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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LOS OBISPOS Y FIELES DE ALEMANIA CON OCASIÓN DEL 93 KATHOLIKENTAG

A mi venerado hermano KARL LEHMANN obispo de Maguncia y presidente de la Conferencia episcopal alemana

Venerados hermanos en el episcopado; queridas hermanas y queridos hermanos:

1. «¡Dad razón de vuestra esperanza!». Con este lema habéis inaugurado la 93ª edición del Katholikentag alemán en Maguncia. Saludo desde Roma a cuantos se han reunido para celebrar el oficio divino en el Volkspark de Maguncia y también a cuantos han participado en esa solemnidad a través de la radio y la televisión. Le envío un saludo particular a usted, querido mons. Lehmann; este encuentro se celebra en su diócesis. Además de sus tareas como presidente de la Conferencia episcopal alemana y colaborador al servicio de la Iglesia en el mundo, ha trabajado con generosa solicitud apostólica por el éxito de este Katholikentag. Por medio de usted, saludo también a todos los obispos de Alemania y de todos los países que han ido a Maguncia en estos días.

2. El recuerdo, lleno de gratitud, es una importante fuente de esperanza. En la memoria de la Iglesia en Alemania, Maguncia ocupa un puesto de honor, ya que precisamente en el siglo II los cristianos pusieron en la zona central del Rhin los fundamentos de una historia luminosa, de la que Maguncia, ciudad episcopal y diócesis, con razón debe sentirse orgullosa. Pastores excepcionales como Bonifacio, Willibrordo y Rabano Mauro guiaron la entonces metrópoli de Alemania.

Yo mismo tengo una relación particular con esa diócesis. En efecto, conservo en mi corazón numerosos recuerdos personales de Maguncia y del mensaje del obispo Ketteler, cuya tumba visité cuando era estudiante. Tengo grabado de modo especial el recuerdo de mi estancia en esa ciudad, hace aproximadamente veinte años, cuando el obispo de entonces, cardenal Hermann Volk, a quien me unían lazos de amistad, me acogió.

3. Hace ciento cincuenta años, se escribieron ahí, en Maguncia, las primeras páginas de los Katholikentag. La primera asamblea de este tipo fue el fruto de una renovación eclesial, que había reforzado hasta tal punto la autoconciencia de los católicos, que les permitió encontrar la valentía para oponerse activamente al mundo secular y a un Estado a menudo hostil.

Este año, mediante diversas conmemoraciones, se recuerdan esos problemas candentes: así, la reunión nacional que se celebró en 1848 en la iglesia de San Pablo, en Frankfurt, sostuvo la búsqueda de unidad y libertad en la sociedad alemana, pero también el propósito de hacer valer los derechos del hombre y resolver los problemas sociales. Los católicos cobraron nueva conciencia de su misión de intervenir en la vida social y, de ese modo, ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). Muchos se reunieron en asociaciones. Durante ese mismo año, cuando apareció el Manifiesto comunista de Marx y Engels, y Europa experimentó una serie de revoluciones, también la fe católica se manifestó públicamente mediante otro movimiento. En 1848 el primer Katholikentag en Maguncia, y también el sexto centenario de la catedral de Colonia, fueron testimonios evidentes y eficaces de un catolicismo que se reforzaba cada vez más.

Cien años más tarde, Maguncia fue de nuevo el escenario en el que el primer Katholikentag del período posbélico dio a muchas personas, que se encontraban entre los escombros, preciosas piedras para construir un futuro social, económico y eclesial. El tema «Cristo en la necesidad del tiempo» interpeló a vuestros compatriotas en lo profundo de su corazón, y permitió que encontraran nuevo arrojo y nueva esperanza para seguir avanzando. De ese Katholikentag surgieron algunas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Ahora estáis reunidos de nuevo en Maguncia para analizar los desafíos que los cristianos deben afrontar después de casi dos milenios de historia, si desean conservar la herencia de la fe en el próximo milenio y, sobre todo, dar testimonio de ella con fuerza y vitalidad a las generaciones futuras. Deseo recordaros las palabras del padre jesuita Ivo Zaiger en su discurso de apertura del Katholikentag de 1948: «Alemania se ha convertido en tierra de misión». Millones de personas ya no cuentan con Dios en su vida, «ni siquiera se oponen a él; simplemente no les interesa».

4. Cincuenta años separan ese análisis de los tiempos del jubileo del Katholikentag, cuyo lema, dirigiéndose a la actual «Alemania misionera», reza así: «¡Dad razón de vuestra esperanza!». Está tomado de una exhortación de la primera carta de Pedro, que el Apóstol formuló como sigue: «Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 P 3, 15).

No sólo en el período de la reconstrucción, sino también en nuestros días, la esperanza se refiere a bienes que no se pueden comprar con dinero. En efecto, ¿de qué nos sirve tener mucho, si no sabemos quiénes somos y para qué vivimos? Los pensamientos y los sentimientos del hombre están condicionados por muchas preocupaciones, inseguridades, miedos y oscuras previsiones. La confianza ciega en el progreso cede el paso a la desilusión. El desarrollo social, tras el cual están los destinos personales, así como la elevada tasa de desempleo y la hostilidad hacia los extranjeros, suscitan mucha incertidumbre en los corazones. Se plantean preguntas alarmantes: el progreso alcanzado por la ciencia y la técnica ¿corresponde también al progreso moral y espiritual? ¿Crecen entre los hombres el amor al prójimo y el respeto a los derechos de los demás? ¿O triunfan los egoísmos, tanto a nivel local como internacional?

Sobre estos interrogantes la Iglesia debe mantener un diálogo con todos los hombres de buena voluntad. Los Katholikentag constituyen un foro adecuado a este propósito. Precisamente los laicos participan de modo particular en esta tarea. Agradezco a los promotores de los Katholikentag los esfuerzos realizados. Pido sobre todo al comité central de los católicos alemanes y a los obispos, a los sacerdotes y a los laicos, que hablen y actúen de modo unánime en este importante testimonio, y aseguren también la unión profunda con el Sucesor de Pedro y con toda la Iglesia universal, que está reunida con vosotros de una forma tan expresiva. ¡Dad razón de vuestra esperanza!

Dado que la esperanza en muchos lugares ya no es un árbol robusto, sino a menudo sólo una planta frágil, que puede pisarse velozmente en la confusión de un mundo febril, os pido que propongáis el evangelio de la esperanza a vuestro prójimo en los diversos sectores de la vida, de modo que la planta pueda fortalecerse o brotar y florecer de nuevo. No conozco ningún lugar que no pueda convertirse en centro promotor de la esperanza, con la ayuda de Dios y gracias a la solicitud del hombre. En efecto, siempre hay espacio para la esperanza: en la familia y en las amistades, en los barrios urbanos y en las aldeas, en las escuelas y en las oficinas, en las fábricas y en los hospitales. Os recuerdo que la primera forma de testimonio es la vida, puesto que «el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías» (Redemptoris missio , 42).

5. Si cada vez más hombres y mujeres testimonian fielmente el Evangelio, entonces prestaremos un servicio a toda la sociedad, que no sólo tiene hambre y sed de justicia, sino que también anhela una esperanza que vaya más allá de lo temporal y de lo visible. En el ambiente social contemporáneo, que se caracteriza por una lucha dramática entre la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte», os exhorto a uniros a mí para contribuir a edificar también en vuestra gloriosa tierra una nueva cultura de la vida (cf. Evangelium vitae , 95). Sólo quienes son conscientes de la dignidad inalienable de toda persona y la respetan de la manera más absoluta pueden servir a la vida en todas sus fases. En efecto, ninguna persona es un caso sin esperanza.

6. La edificación de una cultura de la vida empieza en nuestra casa, en la Iglesia. Debemos preguntarnos, con valentía y honradez, qué cultura de la vida se promueve entre nosotros, entre los cristianos, en las familias, en los grupos, en los movimientos espirituales, en las parroquias y en las diócesis. Las decisiones concretas en la esfera personal, familiar o social deben tener como criterio la prioridad del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas y de la solidaridad sobre el egoísmo; para ello se requiere a menudo la valentía de un nuevo estilo de vida.

Esto influye también en un diálogo sincero, basado en la verdad y en el amor. Cuando hablamos de la Iglesia como comunión, refiriéndonos al concilio Vaticano II, no debemos limitarnos sólo a la comunión sacramental; debemos comprometernos en favor de una comunicación digna de cuantos están en la comunidad de Dios uno y trino.

7. Expreso mi gratitud en particular a las numerosas mujeres y a los muchos hombres que, en las Iglesias particulares de vuestro país, han descubierto ya desde hace mucho tiempo, y viven de manera creíble, su dignidad y su misión de laicos, multiplicando los talentos que Dios les ha dado. Son las mejores cartas de Cristo (cf. 2 Co 3, 3) para un mundo que anhela una esperanza cierta. Los laicos están llamados a dedicarse, en particular, a ser testigos en la sociedad, y «a contribuir, desde dentro, como la levadura, a la santificación del mundo» (Lumen gentium , 31).

Exhorto a los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y a los laicos a crear, con estima recíproca, benevolencia y disponibilidad a la colaboración, una red que nos una a todos en la esperanza que es Jesucristo. ¡Qué imagen tan convincente y persuasiva daría la Iglesia si se convirtiera cada vez más en una red de esperanza capaz de recoger también a quien ha caído en las asechanzas del mundo!

8. Durante los Katholikentag, numerosos jóvenes han contribuido a crear esta red de esperanza. A ellos dirijo un saludo particularmente afectuoso. Con vuestra presencia manifestáis vuestra esperanza en Cristo. Confío en vosotros y os exhorto: ¡sed la esperanza de la Iglesia! ¡Ojalá que deis a la Iglesia del tercer milenio un rostro nuevo!

La Iglesia os mira con simpatía y comprensión. Espera mucho de vosotros. No sólo la Iglesia tiene mucho que deciros a vosotros, los jóvenes; también vosotros, queridos jóvenes, tenéis mucho que decir a la Iglesia (cf. Christifideles laici , 46). Sé que vuestro corazón está abierto a la amistad, a la fraternidad y a la solidaridad. Os comprometéis por las causas de la justicia y la paz, la calidad de la vida y la tutela del ambiente. Sin embargo, tenéis experiencias dolorosas como la desilusión, la miseria, el miedo y el intento de saciar la sed interior y más profunda con placeres superficiales.

Os doy un consejo: escuchad en vuestro interior y oíd lo que Dios quiere deciros con sus palabras y con la voz de la conciencia. Compartid vuestras experiencias de esperanza. Dado que estáis a punto de cruzar el umbral del tercer milenio, examinad en vuestro corazón qué proyecto tiene el Señor para vosotros y de qué modo podéis realizarlo con determinación.

9. Poco tiempo nos separa de esa fecha. El tramo de camino que hemos recorrido en el ecumenismo después del concilio Vaticano II no es corto. Los pasos que aún tenemos que dar requieren oración ferviente, voluntad decidida a cambiar, trabajo teológico esmerado y perseverancia espiritual, así como adecuadas iniciativas ecuménicas.

De este modo podremos llegar al gran jubileo, si no del todo unidos, al menos con la certeza de estar mucho más cerca de superar las divisiones del segundo milenio (cf. Tertio millennio adveniente , 34). El próximo Año santo debería impulsarnos a todos a dar un testimonio común más sólido de la verdad central de nuestra fe, «para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

10. Queridos hermanos y hermanas, para describir mejor el testimonio de la Iglesia, los Padres de la Iglesia recurren a menudo a una imagen eficaz. Así como la luna recibe la luz del sol durante el día y resplandece en la oscuridad de la noche, de la misma forma la Iglesia debe recibir e irradiar la luz de Cristo en la oscuridad del mundo. Sin embargo, la luna sólo puede obtener la fuerza de resplandecer si nace y muere continuamente, según el ritmo de los tiempos, es decir, si de luna llena pasa a la oscuridad, para volver a ser después llena y resplandeciente. En esta imagen Jesucristo es el sol; y la Iglesia, la luna. También ella ha vivido, en el decurso del tiempo, la experiencia de tener que «menguar» constantemente, para poder resplandecer de nuevo. El Espíritu Santo tiene que purificar algo de su aspecto histórico, de modo que pueda irradiar la luz de Cristo. Sólo su disponibilidad a entrar en la oscuridad de la historia .quizá algo de su aspecto exterior deba morir., le permitirá superar la oscuridad y las sombras, las derrotas y los fracasos, con la ayuda de Dios. A este propósito, pienso en la luz del cirio pascual: una pequeña y débil llama disipa las tinieblas. Vence a la noche.

«El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13). Con este deseo sincero, que Pablo, el Apóstol de los gentiles, dirigió a los Romanos, os imparto de corazón mi bendición apostólica.

Vaticano, 14 de junio de 1998

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DISCURSO DE SUS SANTIDAD JUAN PABLO II AL OCTAVO GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS EN VISITA «AD LIMINA» Sábado 13 de junio

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con ocasión de vuestra visita ad limina, os doy mi cordial bienvenida a vosotros, pastores de la Iglesia en la región eclesiástica de Saint Louis, Omaha, Dubuque y Kansas City. A través de vosotros, saludo a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos de vuestras diócesis: «Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro» (1 Tm 1, 2). Continuando el tema de estas conversaciones ad limina, deseo dedicar hoy mis reflexiones a la realidad de la vida consagrada en las Iglesias que vosotros y vuestros hermanos en el episcopado presidís en la caridad y en el servicio pastoral. Estas breves reflexiones no pretenden ser una presentación completa de la vida consagrada; tampoco afrontan todas las cuestiones prácticas que se plantean en vuestras relaciones con los religiosos. Más bien, quiero sosteneros en vuestro ministerio de sucesores de los Apóstoles, que se extiende también a las personas consagradas que viven y trabajan en vuestras diócesis.

En particular, deseo expresar mi estima, gratitud y aliento a las mujeres y a los hombres que, mediante la observancia de los consejos evangélicos, reproducen en la Iglesia la forma que el Hijo encarnado de Dios asumió durante su vida terrena (cf. Vita consecrata , 14). Con su consagración y su vida fraterna, dan testimonio de la nueva creación inaugurada por Cristo y hecha posible en nosotros mediante la fuerza del Espíritu Santo. Con su oración y su sacrificio, sostienen la fidelidad de la Iglesia a su misión salvífica. Con su solidaridad hacia los pobres, imitan la compasión de Jesús y su amor a la justicia. Con sus apostolados intelectuales, sirven a la proclamación del Evangelio en el centro de las culturas del mundo. Al dedicar su vida a las tareas más arduas, innumerables hombres y mujeres consagrados en Estados Unidos y en todo el mundo testimonian la supremacía de Dios y el significado último de Jesucristo para la vida humana. Muchos de ellos desempeñan tareas misioneras, especialmente en América Latina, África y Asia, y recientemente algunos han dado el testimonio supremo, derramando su sangre por el Evangelio. El testimonio de las personas consagradas hace realidad en medio del pueblo de Dios el espíritu de las bienaventuranzas, el valor del gran mandamiento del amor a Dios y del amor al prójimo. En suma, las personas consagradas están en el centro del misterio de la Iglesia, la Esposa que responde con todo su ser al amor infinito de Cristo. Los obispos no podemos menos de alabar incesantemente a Dios y de agradecerle este don concedido a su Iglesia.

2. El don de la vida consagrada forma parte de la solicitud pastoral del Sucesor de Pedro y de los obispos. La indivisibilidad del ministerio pastoral de los obispos significa que tienen la específica responsabilidad de velar por todos los carismas y todas las vocaciones, y esto se traduce en deberes específicos sobre la vida consagrada, tal como existe en cada Iglesia particular (cf. Mutuae relationes , 9). Por su parte, los institutos religiosos deberían esforzarse por establecer una cooperación cordial y efectiva con los obispos (cf. ib., 13), que por institución divina han sucedido a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo (cf. Lc 10, 16; Lumen gentium , 20). La nueva primavera que la Iglesia espera con confianza debe ser también un tiempo de renovación e incluso renacimiento de la vida consagrada. Las semillas de renovación ya están dando muchos frutos, y los nuevos institutos de vida consagrada, que ahora toman su lugar, junto a los más antiguos, dan testimonio de la importancia y del interés constantes de la entrega total de sí al Señor, de acuerdo con los carismas de sus fundadores y fundadoras.

3. Durante un período considerable, la vida religiosa en Estados Unidos se ha caracterizado por cambios y adaptaciones, como pidió el concilio Vaticano II y quedó codificado en el Código de derecho canónico y otros documentos magisteriales. No ha sido un tiempo fácil, pues una renovación tan compleja y con consecuencias tan amplias, que implicó a tantas personas, no podía llevarse a cabo sin muchos esfuerzos y tensiones. No siempre ha sido fácil lograr un equilibrio adecuado entre los cambios necesarios y la fidelidad a la experiencia espiritual y canónica, que había llegado a ser parte estable y fecunda de la tradición viva de la Iglesia. Todo esto ha causado a veces sufrimiento, tanto a los religiosos como a comunidades enteras; sufrimiento que, en algunos casos, ha creado nuevas ideas y nuevos compromisos, pero que en otros ha producido desilusión y desaliento.

Desde el comienzo de mi pontificado he procurado animar a los obispos a invitar a las comunidades religiosas a un diálogo de fe y de fidelidad, con el fin de ayudar a los religiosos a vivir plenamente su vocación eclesial. A lo largo de los años, muchas veces he examinado junto con los mismos religiosos, así como con los obispos y otras personas interesadas, la situación de la vida religiosa en vuestro país. En todas las iniciativas tomadas a este respecto he querido, por una parte, afirmar la responsabilidad personal y colegial que compete a los obispos con respecto a la vida religiosa, dado que son los primeros responsables de la santidad, de la doctrina y de la misión de la Iglesia; y, por otra, afirmar la importancia y el valor de la vida consagrada, y los extraordinarios méritos de tantos hombres y mujeres consagrados, en todo tipo de servicios, al lado de la humanidad que sufre.

Hoy quiero invitar a los obispos de Estados Unidos a seguir fomentando los contactos personales con los religiosos que viven y trabajan actualmente en cada diócesis, para animarlos y estimularlos. Hablando en general, vuestras relaciones con los religiosos están marcadas por la amistad y la colaboración, y en muchos casos desempeñan un papel importante en vuestros planes y proyectos pastorales. Es preciso consolidar esas relaciones en su marco natural, el ámbito de la comunión dinámica con la Iglesia particular. La misión de los religiosos los sitúa en una Iglesia particular determinada; por tanto, su vocación al servicio de la Iglesia universal se realiza dentro de las estructuras de la Iglesia particular (cf. Discurso a los superiores generales, 24 de noviembre de 1978). Este aspecto es importante, porque pueden producirse muchos errores de valoración si una sana eclesiología cede ante una concepción de la Iglesia demasiado marcada por términos civiles y políticos, o tan «espiritualizada» que las opciones subjetivas de la persona se convierten en criterios de comportamiento.

4. Como obispos, tenéis el deber de salvaguardar y proclamar los valores de la vida religiosa, para que puedan preservarse fielmente y transmitirse a la vida de vuestras comunidades diocesanas. La pobreza y el dominio de sí, la castidad consagrada y la fecundidad, la obediencia y la libertad: estas paradojas propias de la vida consagrada deben ser más comprendidas y estimadas por toda la Iglesia y, en particular, por quienes participan en la educación de los fieles. La teología y la espiritualidad de la vida consagrada han de incluirse en la formación de los sacerdotes diocesanos, como debería incluirse el estudio de la teología de la Iglesia particular y de la espiritualidad del clero diocesano en la formación de las personas consagradas (cf. Vita consecrata , 50).

En vuestros contactos con los religiosos, debéis poner de relieve la importancia de su testimonio comunitario y mostrar vuestra voluntad de contribuir, del mejor modo posible, a asegurar que sus comunidades dispongan de los medios espirituales y materiales para vivir con serenidad y alegría la vida común (cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, Vida fraterna en comunidad, 2 de febrero de 1994). Uno de los servicios más valiosos que puede prestar el obispo consiste en asegurar que estén a disposición de los religiosos directores espirituales y confesores buenos y experimentados, especialmente en los monasterios de monjas contemplativas y en las casas madres con muchos miembros.

De la misma manera, la capacidad de un instituto de realizar un apostolado común o comunitario es de vital importancia para la vida de una Iglesia particular. No basta que todos los miembros de un instituto compartan los mismos valores generales o trabajen «según el espíritu del fundador» y que cada uno se responsabilice de encontrar un área de actividad apostólica y una residencia. Es obvio que no todos los miembros de un instituto son idóneos para trabajar en un único apostolado, pero la identidad y la naturaleza del apostolado común, y la voluntad de dedicarse a él, deberían ser parte esencial del discernimiento que realiza el instituto con respecto a la vocación de sus candidatos. Sólo cuando una diócesis puede contar con la participación de un instituto religioso en el apostolado común, puede dedicarse seriamente a una planificación pastoral de gran alcance.

Habría que alentar y ayudar a perseverar a los institutos que ya se dedican a los apostolados comunitarios, como la educación y la asistencia sanitaria. La sensibilidad ante las nuevas necesidades y los nuevos pobres, siempre indispensable y laudable, no debería llevar a descuidar a los antiguos pobres, a los que necesitan una auténtica educación católica, a los enfermos y a los ancianos. También deberíais animar a los religiosos a prestar atención explícita a la dimensión específicamente católica de sus actividades. Sólo sobre esta base las escuelas y los centros católicos de enseñanza superior podrán promover una cultura impregnada de los valores y la moral católicos; sólo de esta forma las instituciones sanitarias católicas asegurarán que se atienda a los enfermos y a los necesitados «por amor a Cristo» y de acuerdo con los principios morales y éticos católicos.

5. En muchas diócesis la vida consagrada está afrontando el desafío de la disminución del número y del aumento de la edad de sus miembros. Los obispos de Estados Unidos ya han manifestado su disponibilidad a brindar su apoyo y los fieles católicos han mostrado gran generosidad, proporcionando ayuda financiera a los institutos religiosos con particulares necesidades en este campo. Las comunidades religiosas deben reafirmar su confianza en la llamada y, contando con la ayuda del Espíritu Santo, proponer nuevamente el ideal de la consagración y de la misión. No basta una mera presentación de los consejos evangélicos basada en su utilidad y conveniencia para una particular forma de servicio. Sólo la experiencia personal, mediante la fe, de Cristo y del misterio de su Reino que actúa en la historia humana puede lograr que el ideal llegue vivo a la mente y al corazón de quienes pueden ser llamados.

Al aproximarse el nuevo milenio, la Iglesia necesita con urgencia una vida religiosa vital y atrayente, que muestre más concretamente la soberanía de Dios y dé testimonio ante el mundo del valor trascendente de la «entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos» (Vita consecrata , 16), entrega que nace de la contemplación y del servicio. Este es seguramente el tipo de desafío que los jóvenes aceptarán. Si es verdad que la persona llega a ser ella misma mediante su entrega sincera (cf. Gaudium et spes, 24), entonces no se debería dudar en invitar a los jóvenes a la consagración. De hecho, se trata de una llamada a la madurez y a la realizaci ón plenamente humanas y cristianas.

Tal vez con motivo del gran jubileo los institutos de vida consagrada podrán instituir y sostener nuevas comunidades de sus miembros que deseen una experiencia auténtica y estable, centrada en la comunidad, según el espíritu de sus fundadores y fundadoras. En muchos casos, esto permitiría a los religiosos empeñarse con más serenidad en estos objetivos, libres de dificultades y problemas que, en definitiva, son insolubles.

6. El segundo milenio del nacimiento del Salvador invita a toda la Iglesia a dedicarse con gran esmero a llevar a Cristo al mundo. Debe proclamar su victoria sobre el pecado y la muerte, victoria que conquistó con su sangre en la cruz y que todos los días se hace verdaderamente presente en la Eucaristía. Sabemos que la esperanza auténtica en el futuro de la familia humana consiste en presentar claramente al mundo al Hijo encarnado de Dios como ejemplo de toda vida humana. Los religiosos, en particular, deberían estar dispuestos a realizar esta proclamación, abiertos a la fuerza santificadora del Espíritu Santo y plenamente libres, en su interior, de cualquier miedo a desagradar al «mundo », entendido como cultura que promete una liberación y una salvación diferentes de las de Cristo. Esto no es vano triunfalismo o presunción, porque en todas las épocas Cristo es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 24). En nuestros días, como a lo largo de la historia de la Iglesia, las personas consagradas son iconos vivos de lo que significa hacer del seguimiento de Jesús el fin supremo de su vida y ser transformados por su gracia. De hecho, como subraya la exhortación apostólica Vita consecrata , los religiosos «han emprendido un camino de conversión continua, de entrega exclusiva al amor de Dios y (a sus) hermanos, para testimoniar cada vez con mayor esplendor la gracia que transfigura la existencia cristiana» (n. 109). Dado que Cristo no defraudará jamás a su Iglesia, los religiosos «no solamente tienen una historia gloriosa que recordar y contar, sino una gran historia que construir» (ib., 110). Queridos hermanos en el episcopado, por medio de vosotros exhorto sinceramente a las religiosas y a los religiosos, que han soportado «el peso del día y el calor» (Mt 20, 12), a perseverar en su fiel testimonio. Hay un modo de vivir la cruz con amargura y tristeza, pero quebranta nuestro espíritu. Y hay otro modo de llevar la cruz, como hizo Cristo, y entonces percibimos claramente que lleva «a la gloria» (cf. Lc 24, 26). A través de vosotros, exhorto a todas las personas consagradas, y a los hombres y mujeres que están pensando en entrar en una comunidad, a renovar cada día su convicción del privilegio extraordinario que tienen: la llamada a servir a la santidad del pueblo de Dios, a «ser santos» en el corazón de la Iglesia.

Con vuestra orientación y guía, el futuro de la vida consagrada en vuestro país será ciertamente glorioso y fecundo. La santísima Virgen María, que, perteneciendo completamente a Dios y estando consagrada totalmente a él es ejemplo sublime de la perfecta consagración, acompañe la renovación y el nuevo florecimiento de la vida consagrada en Estados Unidos. A vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos de vuestras diócesis, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA ESCUELA DE DERECHO DE HARVARD Sábado 13 de junio de 1998

Señoras y señores:

Me complace dar la bienvenida a los miembros de la Asociación de alumnos de la Escuela de derecho de Harvard, con ocasión de vuestra reunión, que este año se celebra en Roma. Es oportuno que vuestro grupo, que incluye a distinguidos juristas de todo el mundo, se reúna en esta ciudad, vinculada tan estrechamente al desarrollo del derecho occidental, tanto civil como canónico. Espero que vuestra tarea de elaboración, aplicación y enseñanza del derecho esté guiada por los altos ideales de justicia y equidad que inspiran la gran tradición de juristas que, a lo largo de más de dos mil años, ha sabido hacer del derecho romano no sólo un instrumento de orden público, sino también de educación en las virtudes cívicas y, por tanto, un maestro de civilización.

El siglo que ahora está a punto de terminar se ha caracterizado por crímenes inauditos contra la humanidad, cometidos en ocasiones con la apariencia de la legalidad. Pero también asistimos a un renacimiento de la esperanza en la fuerza del derecho y de las instituciones legales para proteger la dignidad humana, fomentar la paz y promover la justicia entre los pueblos. La realización de esta esperanza no sólo requiere la creación de estructuras legales más eficaces, sino también, algo más importante aún, la renovación de una cultura jurídica de respeto a las exigencias objetivas de la ley moral universal, como fundamento y criterio último de todas las leyes positivas. En efecto, hace falta un redescubrimiento de los valores humanos y morales esenciales e innatos que nacen de la naturaleza y de la verdad de la persona humana, y que expresan y salvaguardan la dignidad de la persona: valores que ninguna persona, ninguna mayoría y ningún Estado pueden crear, modificar o destruir jamás, sino únicamente reconocer, respetar y promover (cf. Evangelium vitae , 71).

Queridos amigos, ojalá que se cumplan en vosotros las palabras del salmista: «¡Dichosos los que guardan el derecho, los que practican en todo tiempo la justicia!» (Sal 106, 3). Que vuestros esfuerzos diarios al servicio del derecho contribuyan al desarrollo de un mundo más pacífico y humano. Sobre vosotros y sobre vuestros seres queridos invoco de corazón las abundantes bendiciones de Dios todopoderoso.

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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO DE LAS ASOCIACIONES, MOVIMIENTOS Y ORGANIZACIONES NO GUBERNAMENTALES AL SERVICIO DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA EN EUROPA (ROMA, 12-13 DE JUNIO DE 1998)

Al venerado hermano cardenal ALFONSO LÓPEZ TRUJILLO presidente del Consejo pontificio para la familia

Se celebra durante estos días el encuentro, organizado por ese dicasterio, con los responsables de las asociaciones, de los movimientos y de las organizaciones no gubernamentales, comprometidos al servicio de la familia y de la vida en el continente europeo. En esta ocasión, deseo enviarle a usted, señor cardenal, y, por su amable mediación, a los participantes y a los relatores del congreso, mi cordial saludo, con mi deseo de que estos momentos providenciales de reflexión y diálogo produzcan los frutos esperados, y den nuevo impulso a la pastoral familiar en Europa.

A nadie pasa inadvertida la importancia del momento histórico que estamos atravesando. Además, es bien sabido que, tanto en el «viejo continente» como en otras partes del mundo, la institución familiar sufre desde hace tiempo una profunda evolución, no siempre positiva, y por eso exige una constante y atenta solicitud por parte de los pastores y de toda la comunidad eclesial. La defensa de la familia y de la vida humana constituye una urgencia pastoral que hay que subrayar con vigor también en relación con el próximo milenio, hacia el que nos encaminamos a grandes pasos.

En efecto, entre las verdades oscurecidas en el corazón del hombre a causa de la creciente secularización y del difundido clima hedonista están afectadas más seriamente sobre todo las que se refieren a la familia. Tuve la posibilidad de subrayar, con ocasión del reciente Encuentro mundial de las familias en Río de Janeiro, que «en torno a la familia y a la vida se libra hoy la batalla fundamental de la dignidad del hombre» (Discurso al Congreso teológico pastoral de Río de Janeiro, 3 de octubre de 1997, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de octubre de 1997, p. 4). Toda la comunidad cristiana está llamada a defender y promover estos valores humanos y evangélicos fundamentales.

En el servicio pastoral a la familia y a la vida, desempeñan un papel cada vez más importante las asociaciones, los movimientos y las organizaciones no gubernamentales, en el ámbito más amplio de la participación de los laicos en el apostolado y en la animación de las realidades terrenas, impulsados por el concilio ecuménico Vaticano II. Y la Iglesia cuenta con su contribución y su compromiso constante y valiente. «Quien lucha por defender y favorecer la institución matrimonial y la familia adquiere méritos muy grandes para el futuro de Europa» (Asamblea especial del Sínodo de los obispos para Europa, Declaración final, 10: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de diciembre de 1991, p. 10).

Se trata de una verdad que hoy quisiera reafirmar con fuerza, mientras deseo de corazón que vuestro encuentro contribuya seriamente a mantener viva, en los creyentes y en todos los hombres de buena voluntad, una voluntad cada vez más decidida de trabajar por la auténtica promoción de la vida humana y de su hábitat natural, que es la familia fundada en el matrimonio.

Señor cardenal, estos son los pensamientos con los que acompaño los trabajos del presente congreso, mientras, invocando sobre usted y los participantes la abundancia de los dones del Espíritu Santo y la protección de la Virgen María, Madre de la vida, imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica.

Vaticano, 11 de junio de 1998

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL CUBANA Martes 9 de junio de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Me complace recibirlos en esta audiencia, a pocos meses de mi recordado viaje a su patria. En esa ocasión pude experimentar de cerca el calor de los cubanos y la riqueza de los valores que adornan a ese querido pueblo. Con las palabras del apóstol Pablo, les digo que «al conocer su fe en Jesús, el Señor, y su amor por todos los que forman el pueblo de Dios, no ceso de dar gracias a Dios por ustedes, recordándoles en mis oraciones» (Ef 1, 15-16). Al mismo tiempo pido al Señor de la historia que cada cubano pueda ser protagonista de «sus aspiraciones y legítimos deseos» y que Cuba «pueda ofrecer a todos una atmósfera de libertad, confianza recíproca, de justicia social y de paz duradera» (Discurso en el aeropuerto de La Habana , 21 de enero de 1998, nn. 2 y 5).

Les estoy muy agradecido por todos los esfuerzos que ustedes, junto con los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos, realizaron en la preparación de mi visita y en su posterior desarrollo, preocupándose también de que no se apaguen tantas genuinas esperanzas suscitadas en el mensaje que les dejé y que las enseñanzas que del mismo brotan puedan concretarse gradualmente en el futuro.

2. En los casi cinco meses que han pasado desde mi inolvidable viaje a su nación he visto cómo mi invitación a que «Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba» (ib., n. 5), ha sido acogida por diversas naciones y organismos, y que muchas comunidades eclesiales han intensificado sus deseos y realizaciones, expresando con gestos concretos su solidaridad y manifestando fraternidad con los hijos de Dios que viven en esa hermosa tierra. Pueden estar seguros de que la Santa Sede y el Sucesor de san Pedro proseguirán en todo lo que esté a su alcance, y desde las peculiaridades de su misión espiritual, para que esa respuesta siga extendiéndose y para que la atención suscitada con ocasión de mi visita no se apague, sino que alcance los frutos esperados por el pueblo cubano.

En este sentido, he apreciado también los gestos que, después de mi regreso a Roma, han tenido las autoridades cubanas. Quiero ver en ellos la prenda y la primicia de su disposición a crear espacios legales y sociales para que la sociedad civil cubana pueda crecer en autonomía y participación, y el país pueda ocupar el lugar que le corresponde por derecho propio en la región y en el concierto de las naciones.

3. La apertura deseada no se limita a una simple mejora de las relaciones internacionales que tiendan a promover un proceso de interdependencia solidaria entre los pueblos en el actual contexto de globalización. Se trata ante todo de una disposición interior en cada uno, de modo que la renovación de la mente y la apertura del espíritu lleven hacia una verdadera conversión personal, favoreciendo así un proceso de mejoría y cambio también en las estructuras sociales. A este respecto, ya desde mi llegada al suelo cubano, dije: «No tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo, dejen que él entre en sus vidas, en sus familias, en la sociedad, para que así todo sea renovado. La Iglesia repite este llamado, convocando sin excepción a todos: personas, familias, pueblos, para que siguiendo fielmente a Jesucristo encuentren el sentido pleno de sus vidas, se pongan al servicio de sus semejantes, transformen las relaciones familiares, laborales y sociales, lo cual redundará siempre en beneficio de la patria y la sociedad » (ib., n. 4), y repetí en Santa Clara: «No tengan miedo, abran las familias y las escuelas a los valores del Evangelio de Jesucristo, que nunca son un peligro para ningún proyecto social» (Homilía , n. 4).

Los hombres y las naciones, superando fronteras ideológicas, históricas o de parte, que no permiten el crecimiento de la persona humana en libertad y responsabilidad, han de hacer posible que la verdad, aspiración íntima de todo ser humano, sea buscada con honestidad, encontrada con alegría, anunciada con entusiasmo y compartida con generosidad por todos, sin limitaciones arbitrarias en las libertades fundamentales, como son por ejemplo las de expresión, reunión y asociación. Ello facilita que la sociedad pueda acceder a un estado de convivencia presidido por la confianza mutua, la participación, la solidaridad y la justicia. En este sentido, Cuba está llamada a encarnar y vivir su propia identidad, que tiene raíces profundamente cristianas, encaminándose hacia la transparencia, la apertura y la solidaridad.

4. La Iglesia católica en Cuba, de la que ustedes son los legítimos pastores, es una comunidad viva que promueve el amor y la reconciliación y difunde la verdad que brota del Evangelio de Jesucristo, a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tm 4, 2). La Iglesia forma parte notable no sólo de la historia patria, sino del presente y es, en cierto modo, corresponsable, junto con otras instancias, del futuro. Con su labor cotidiana, «en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» (San Agustín, De Civ. Dei, XVIII, 51, 2), contribuye al enriquecimiento de toda la sociedad, y no sólo de los creyentes, pues trabaja por alimentar la espiritualidad de todo hombre, la vivencia de los valores más altos y la fraternidad entre los hombres. Por eso, cuando la Iglesia es reconocida y puede contar con los espacios y los medios suficientes para realizar su misión, se beneficia toda la sociedad. El Estado, aunque sea laico, al procurar el bien integral de todos sus ciudadanos, debe reconocer esa misión y garantizar esos espacios.

La Iglesia que vive en cada nación se presenta como «el nuevo pueblo de Dios» que, «aunque de hecho aún no abarque a todos los hombres y muchas veces parezca un pequeño rebaño, sin embargo es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano» (Lumen gentium , 9).

5. Ustedes, queridos hermanos en el episcopado, «han sido constituidos por el Espíritu Santo, que les ha sido dado, verdaderos y auténticos maestros en la fe, pontífices y pastores» (Christus Dominus , 2), dedicándose por ello al cuidado habitual y cotidiano de los fieles (cf. Lumen gentium , 27) y encontrando en ello su gozo y su realización. Les exhorto a vivirlo como auténticos ministros de la reconciliación (cf. 2 Co 5, 8), de modo que el mensaje que dejé en Cuba pueda tener continuidad y producir abundantes frutos bajo su guía.

En esta hora histórica de la vida nacional, desde su condición de pastores, han de asumir los desafíos derivados de mi visita pastoral. ¡Que no falte nunca su voz, que es la voz de Cristo que los envió y consagró a su servicio! ¡Que la labor de ustedes sea reconocida como la de los verdaderos interlocutores y auténticos pastores de la Iglesia que peregrina en esa amada nación! ¡Que todos vean en ustedes a los «mensajeros que anuncian la paz» (Is 52, 7), tal como les decía en mi encuentro en La Habana en un mensaje programático que mantiene íntegra su vigencia!

El ejercicio de su ministerio es a veces gravoso y lleva siempre el signo de la cruz de Cristo. No se desanimen ante ello, perseveren en la oración, presenten en el altar del Señor los sacrificios y las incomprensiones que comporta el ejercicio valiente y audaz de la misión cultual, profética y caritativa que les ha sido confiada. En ese camino no están solos: les asiste la fuerza del Espíritu Santo, a la que se une la solidaridad y afecto de toda la Iglesia, así como la plegaria del Vicario de Cristo. Pido asimismo al Señor, Dueño de la mies, no sólo que envíe pronto nuevos trabajadores a su campo, como necesita la nación cubana, sino que multiplique también las iniciativas, la creatividad y la disponibilidad de los sacerdotes, religiosos y religiosas que, con generosidad y dedicación, trabajan en Cuba, de modo que la evangelización no sea nueva sólo en su ardor, en sus métodos, en su expresión, sino también en sus proyecciones, inculturando el Evangelio en todos los ambientes de la vida personal y social.

6. En mi visita a Cuba tuve la oportunidad de recordar algunos aspectos del «evangelio social». Los fieles laicos deben responder con madurez, perseverancia y audacia a los desafíos de la aplicación de la doctrina social de la Iglesia a la vida económica, política y cultural de la nación. En este sentido los fieles están llamados a participar con pleno derecho y en igualdad de oportunidades en la vida pública, para dar su propia contribución al progreso nacional y participar con generosidad en la reconstrucción del país, accediendo a los diversos sectores de la vida social, como es la educación y los medios de comunicación social, dentro de un marco legal adecuado.

Los cristianos en Cuba deben participar en la búsqueda del bien común, aportando su conciencia crítica, sus capacidades y hasta ofreciendo sus sacrificios con el fin de propiciar las transformaciones que el país necesita en esta hora con el concurso de todos sus hijos.

La verdadera dignidad del hombre se encuentra en la verdad revelada por Cristo. Él es la luz del mundo y el que cree en él no camina en tinieblas (cf. Jn 12, 46). Por ello, la ofuscación de la luz, la mentira personal y la doblez social deben ser superadas por la cultura de la verdad, de modo que, respetando profundamente cada persona y cada cultura, se anuncie la convicción de que la plenitud de la vida se alcanza cuando se trasciende el marco de los materialismos y se accede a la luz inefable y trascendente que nos libera de todo egoísmo.

7. La lluvia que me despidió cuando dejaba el suelo cubano trajo a mi memoria el himno «Rorate caeli», pidiendo que las semillas sembradas con sacrificio y paciencia por todos ustedes, pastores y fieles, crezcan con vigor y Cuba pueda abrir de par en par sus puertas a la potencia redentora de Cristo, para que todos los cubanos puedan vivir un nuevo Adviento en su historia nacional.

A su regreso a la Isla, hagan presente a todos los cubanos el afecto y la cercanía del Papa. Que tengan la seguridad de que «siempre que me acuerdo de ustedes, doy gracias a Dios. Cuando ruego por ustedes, lo hago siempre con alegría... Estoy seguro de que Dios, que ha comenzado en ustedes la obra buena, la llevará a feliz término. Está justificado esto que yo siento por ustedes, pues los llevo en el corazón... Dios es testigo de lo entrañable que los quiero a todos ustedes en Cristo Jesús. Y les pido que su amor crezca más en conocimiento y sensibilidad para todo» (Flp 1, 3-10).

A la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de todos los cubanos, recordando con emoción el momento en que le ceñí la corona que sus hijos le ofrecieron, presento los anhelos y esperanzas, los gozos y las penas de todos ellos, a la vez que con afecto les imparto de corazón una especial bendición apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA ORDEN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN EL VIII CENTENARIO DE LA APROBACIÓN DE SU REGLA

Al reverendísimo padre JOSÉ HERNÁNDEZ SÁNCHEZ ministro general de la orden de la Santísima Trinidad

1. La benemérita orden de los trinitarios recuerda este año el VIII centenario de la aprobación de su Regla de vida. En efecto, el 17 de diciembre de 1198, con la bula Operante divinae dispositionis clementia, mi predecesor Inocencio III, acogiendo de buen grado los deseos de fray Juan de Mata, confirmaba el documento fundamental, que instituía en la Iglesia una fraternidad, con el fin de rescatar a cuantos se encontraban encarcelados a causa de la fe en Cristo.

Me uno con mucho gusto a la alegría de todos vosotros en esta feliz conmemoración. Lo saludo ante todo a usted, reverendísimo ministro general, y, a la vez que le renuevo el aprecio de la Santa Sede por la actividad apostólica realizada por la orden y por toda la familia trinitaria, le expreso mi deseo de que el acontecimiento jubilar sea para todos los que siguen las huellas de san Juan de Mata motivo y ocasión de una renovada fidelidad a su carisma propio, acudiendo a las fuentes frescas de la espiritualidad de los orígenes.

2. Esta feliz celebración jubilar se inscribe providencialmente en el camino de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000, que conmemorará la encarnación del Hijo de Dios, que vino «a anunciar la buena nueva a los pobres (...), a vendar los corazones desgarrados; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los prisioneros la libertad; a pregonar el año de gracia del Señor» (Is 61, 1-2).

Vuestra orden escogió la liberación de los oprimidos y el amor a los pobres como rasgo característico de su misión en la Iglesia y en el mundo, siguiendo fielmente a su santo fundador que, obedeciendo a una llamada interior, se sintió impulsado a trabajar por la salvación de los esclavos cristianos y por el servicio humilde y generoso a los pobres como testimonio de alabanza y gloria a la santísima Trinidad.

Con la orden trinitaria, la cristiandad instauró un contacto humanitario con el mundo del islam; más aún, el mismo Inocencio III presentó la obra redentora y liberadora de vuestro instituto a jefes del mundo musulmán, inaugurando así un diálogo, que tenía como objetivo la práctica de las obras de misericordia (cf. Arch. Vat., Reg. Vat., vol. 4, fol. 148 r-v, an. II, n. 9).

A distancia de ocho siglos, un carisma tan singular sigue resultando extraordinariamente actual en el marco social multicultural de hoy, marcado por tensiones y desafíos a veces incluso dramáticos. Compromete a los trinitarios a descubrir, con valentía y audacia misionera, caminos siempre nuevos de evangelización y de promoción humana, como hizo san Juan de Mata durante su existencia.

Él «buscaba incesantemente la voluntad de Dios». Durante su primera santa misa, en el momento de la consagración, tuvo una visión de Cristo redentor, que daba la mano a dos esclavos, uno blanco y otro de color, a quienes ofrecía la libertad redentora. Esto sucedió en el año 1193. El acontecimiento, representado en un artístico mosaico alrededor del año 1210, puede verse todavía en el portal de la casa de santo Tomás en Formia, que Inocencio III donó al mismo fundador. De esta divina inspiración nació en él el deseo de ocuparse de los esclavos.

Para reflexionar en la revelación y madurar su proyecto, fray Juan se retiró a la soledad de Cerfroid, donde se encontró con Félix de Valois y otros eremitas. Con su ayuda y la de los obispos de Meaux y París, y la del abad de San Víctor, elaboró y experimentó la Regla trinitaria que, en el año 1198, presentó al Sucesor de Pedro solicitando su aprobación.

3. La santísima Trinidad, fuente, modelo y fin de toda la existencia, es el centro de vuestra espiritualidad. En efecto, vuestra Regla empieza con las palabras «en el nombre de la santa e indivisa Trinidad», subrayando que la fe en este misterio fundamental impregna toda la existencia de quien, como vuestro fundador, opta por seguir radicalmente al Hijo de Dios. De esta fuente inagotable de amor brota vuestra misión en favor de los esclavos y de los pobres, que, con razón, vivís como una prolongación de la acción redentora de Cristo.

La contemplación de los misterios de la Trinidad y de la Redención alimenta y orienta vuestro ministerio apostólico, impulsándoos a compartir todos los dones recibidos, tanto espirituales como materiales, hasta hacer de vuestra vida una oblación de amor por el rescate de las víctimas de cualquier tipo de esclavitud material y espiritual.

Ojalá que todas vuestras casas y todas vuestras obras sean un cenáculo de alabanza a Dios uno y trino, y un crisol de entrega gratuita a vuestros hermanos.

4. La historia plurisecular de la orden testimonia que vuestra misión es siempre actual, a pesar de que van cambiando las circunstancias sociales y políticas. Los ejemplos de santidad y martirio que enriquecen a vuestra familia religiosa son una confirmación de la validez de vuestro carisma. A los actuales discípulos de san Juan de Mata y de Félix de Valois corresponde ser heraldos en nuestro mundo del misterio trinitario, socorriendo, como modernos apóstoles de liberación para el hombre contemporáneo, a quien corre el riesgo de ser víctima de esclavitudes menos visibles, pero igualmente trágicas y opresoras.

Estamos en vísperas de un nuevo milenio cristiano: esta perspectiva ha de constituir un ulterior motivo de aliento para vosotros, a fin de que hagáis resplandecer entre los hombres de hoy el rostro misericordioso de Dios, que se nos reveló en la encarnación de Cristo. Así, seréis defensores intrépidos de la dignidad de todo ser humano. Que en esta tarea se una toda la familia de los trinitarios en sus diversos componentes —monjas, religiosas, instituto secular, orden secular y laicado—, traduciendo en un compromiso eclesial concreto la reflexión sobre el carisma trinitario específico, que se ha desarrollado durante estos años a la luz del concilio Vaticano II.

Vuestra misión sigue consistiendo en ser entre los hombres de hoy epifanía de Cristo redentor, testigos creíbles a través de los cuales Dios actúa y revela su amor misericordioso y redentor. Con este objetivo, prestáis un servicio de misericordia y redención a los marginados y a los oprimidos de nuestra sociedad y, de modo particular, a los perseguidos o discriminados a causa de su fe religiosa, de la fidelidad a su conciencia o a los valores del Evangelio. Vuestra acción será eficaz en la medida en que sigáis las huellas de Jesús, encarnando su estilo de vida con un esfuerzo constante por anunciar a todos los hombres la feliz y liberadora «buena nueva» del Reino.

5. Reverendísimo ministro general, durante los ocho siglos pasados, los discípulos de san Juan de Mata han sintetizado su espiritualidad y su acción apostólica en el lema: Gloria tibi, Trinitas, et captivis libertas. Ojalá que, en los complejos escenarios de la sociedad contemporánea, este lema siga guiando vuestro ministerio y vuestra actividad.

Que os sostenga una constante y ferviente oración, gracias a la cual podáis alcanzar las inagotables reservas de luz y de amor presentes en los abismos insondables de la vida trinitaria.

Que os acompañe la Virgen María, Tabernáculo de la santísima Trinidad, y obtenga de su Hijo divino abundantes gracias y consuelos espirituales para cada miembro de vuestra gran familia espiritual. Con estos sentimientos, os aseguro a cada uno mi afectuoso recuerdo ante el altar del Señor, y os imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica.

Vaticano, 7 de junio, solemnidad de la Santísima Trinidad del año 1998, vigésimo de mi pontificado.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN DE PADRES DE ALUMNOS DE LAS ESCUELAS CATÓLICAS DE ITALIA Sábado 6 de junio de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra particularmente encontrarme con vuestra delegación, que ha venido aquí en representación de toda la Asociación de padres de las escuelas católicas. Dirijo mi saludo al presidente, dr. Stefano Versari, a quien agradezco las cordiales palabras que ha querido dirigirme en nombre de los presentes. Vuestra asociación se pone al servicio de la familia y de la escuela católica, promoviendo los valores de la educación integral, de la libertad y del diálogo, valores fundamentales para el desarrollo de una sociedad auténticamente democrática.

La familia y la escuela católica son dos realidades sociales ante las cuales la Iglesia tiene una solicitud constante. Podríamos decir que vuestra Asociación constituye casi una síntesis de esas realidades, pues se propone garantizar a las generaciones jóvenes las condiciones necesarias para crecer y madurar en la vida espiritual, cultural y civil.

Durante los últimos veinte años la Asociación ha contribuido en Italia, de modo considerable, a superar una larga historia de olvido de la escuela católica y a atraer la atención del mundo político y de la opinión pública hacia el problema de la libertad de educación. Estoy seguro de que la reciente aprobación de los nuevos Estatutos por parte de la Conferencia episcopal italiana favorecer á aún más vuestro compromiso, dirigido sobre todo a la formación de los padres.

En efecto, la atención a la dimensión formativa resulta particularmente urgente, porque se os pide no sólo que reivindiquéis derechos, sino sobre todo que participéis de forma creativa y constructiva en la vida de la escuela católica, en el ámbito eclesial, educativo y social.

2. Vuestra asociación es eclesial. Esta característica exige que la obra que realiza, aun llevándose a cabo principalmente en el ámbito educativo, jamás pierda de vista el anuncio salvífico y la misión evangelizadora de la Iglesia. La participación en la vida de la comunidad cristiana ayuda a los padres creyentes a realizar plenamente su tarea educativa, convirtiendo su familia en una «pequeña iglesia», llamada a testimoniar los valores del reino de Dios en las instituciones humanas.

En la comunidad eclesial los padres, al experimentar la riqueza sobreabundante de los dones del Espíritu Santo, serán capaces de abrirse a las perspectivas del Evangelio y a las necesidades de la humanidad y, gracias a un sereno discernimiento comunitario, podrán colaborar en servicios específicos en beneficio del crecimiento integral de las nuevas generaciones.

En la Carta a las familias recordé que los padres son «los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental (...). Comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado. Sin embargo, esto debe hacerse siempre aplicando correctamente el principio de subsidiariedad» (n. 16), es decir, respetando la diversidad de las tareas y de las responsabilidades.

Con frecuencia, los padres se encuentran desprevenidos y perplejos ante los problemas que afectan a las estructuras escolares, el malestar de los estudiantes y las señales de separación de la sociedad por parte de la escuela. A este respecto, resulta muy útil el papel de las asociaciones de padres, que les ayudan a ejercer su responsabilidad educativa y a colaborar de forma constructiva con la institución escolar. En la escuela católica esa colaboración se funda en el proyecto educativo de inspiración cristiana, que permite a los padres verificar sus opciones y a la institución escolar definir cada vez mejor su identidad propia y su propuesta cultural y pedagógica.

Por tanto, es necesario que la escuela católica ponga especial atención en la formación de los padres, para que puedan tomar conciencia de sus tareas y competencias específicas. La presencia organizada de los padres dentro de la escuela católica constituye un elemento fundamental para la realización plena de su proyecto formativo.

3. Los padres son portadores de la sensibilidad y de las expectativas presentes en la sociedad; son el puente natural entre la escuela católica y la realidad de su entorno. Por eso, a ellos les corresponde presentar a la escuela las sugerencias relativas a las orientaciones que tiene que dar a sus hijos y compartir con el personal docente las intervenciones formativas específicas, en las que la familia está llamada a participar responsablemente.

El hecho de servir de «puente» entre la escuela y la sociedad exige, además, que los padres y sus asociaciones atraigan la atención de los políticos hacia los problemas relacionados con la educación de sus hijos y la escuela católica, interviniendo en los cambios que se producen en la sociedad y en la definición de los proyectos de reforma del sistema escolar italiano.

En este marco, os renuevo mi deseo de que pronto se llegue a aprobar, también en Italia, una ley de igualdad que reconozca, como en muchos otros países de Europa y del mundo, el valioso servicio que presta la escuela católica y garantice a los padres la plena libertad de elección de la orientación educativa para sus hijos.

Queridos padres, las escuelas que frecuentan vuestros hijos surgieron del carisma y de la intuición, a menudo profética, de hombres y mujeres que dejaron en la Iglesia una estela luminosa de santidad. Ojalá que el redescubrimiento de las maravillas que el Espíritu Santo obró en su vida os sostenga en vuestro esfuerzo diario por orientar a vuestros hijos hacia los valores perennes del Evangelio y hacia la persona viva de Cristo. Espero, asimismo, que la escuela católica sepa acoger y valorar vuestro carisma de padres.

Con estos deseos, os encomiendo a la protección de la Virgen María y de san José, modelos de los padres cristianos, y, a la vez que os animo a proseguir vuestro meritorio servicio a la escuela católica, os bendigo a todos con afecto.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SÉPTIMO GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS EN VISTA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Sábado 6 de junio de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con gran alegría en el Señor os doy la bienvenida a vosotros, pastores de la Iglesia en los Estados de Minnesota, Dakota del norte y Dakota del sur, durante vuestra visita ad limina. Este año el tema de mis reflexiones con los obispos de vuestro país, ante la cercanía del nuevo milenio, es el del deber de una evangelización renovada, cuyo camino preparó admirablemente el concilio Vaticano II. Hoy deseo reflexionar sobre los laicos en la vida y en la misión de la Iglesia. La nueva evangelización, que puede suscitar en el siglo XXI una primavera del Evangelio, es una tarea de todo el pueblo de Dios, pero dependerá de modo decisivo de la plena conciencia de los fieles laicos de su vocación bautismal y de su responsabilidad de llevar la buena nueva de Jesucristo a su cultura y a su sociedad.

Los padres del concilio Vaticano II prestaron especial atención a la dignidad y a la misión de los fieles laicos, exhortándolos a que «respondan de buen grado, con generosidad y prontitud de corazón, a la voz de Cristo, que en esta hora los invita con particular insistencia, y al impulso del Espíritu Santo» (Apostolicam actuositatem , 33). Para restablecer el necesario equilibrio en la vida eclesial, el Concilio, en la Lumen gentium , dedicó un capítulo muy denso al papel de los laicos en la misión salvífica de la Iglesia, y siguió desarrollando este tema en el decreto sobre el apostolado de los laicos (Apostolicam actuositatem ). Especificó más concretamente aún su misión, con particular referencia a las circunstancias contemporáneas, en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes ). En estos y otros documentos, el Concilio procuró extender el gran florecimiento del apostolado seglar, característico de las décadas anteriores. Los laicos habían acogido con fervor las estimulantes palabras del Papa Pío XII: «Los laicos están en la vanguardia de la vida de la Iglesia; gracias a ellos, la Iglesia es el principio animador de la sociedad humana. Por eso, ellos, en particular, deben tener una conciencia cada vez más clara, no sólo de que pertenecen a la Iglesia, sino también de que son la Iglesia» (Discurso, 20 de febrero de 1946).

2. En este ámbito de vigorosa acción de los laicos el Concilio pudo afirmar claramente: «Para todos, pues, está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor» (Lumen gentium , 40); y el decreto conciliar sobre el apostolado de los seglares aclara que los laicos están llamados a ejercer el apostolado en la Iglesia y en el mundo (cf. Apostolicam actuositatem , 5). Realmente los laicos han respondido a esta llamada. Por doquier ha habido un florecimiento de diversas formas de participación de los laicos en la vida y en la misión de la Iglesia. Mucho se ha hecho desde el Concilio para examinar más profundamente el fundamento teológico de la vocación y de la misión de los laicos. Este desarrollo alcanzó cierta madurez en 1987, durante el Sínodo de los obispos sobre la misión de los laicos, con la consiguiente exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici , publicada el 30 de diciembre de 1988. El Sínodo indicó la manera concreta de llevar nuevamente a la práctica la rica enseñanza del Concilio sobre el estado seglar. Uno de sus principales logros fue el de situar los diversos ministerios y carismas en el marco de una eclesiología de comunión (cf. Christifideles laici , 21). Abordó la misión específica de los laicos, no como una extensión o derivación de la clerical y jerárquica, sino en relación con la verdad fundamental según la cual todos los bautizados reciben la misma gracia santificante, la gracia de la justificación, por la que cada uno llega a ser «una nueva creatura», un hijo adoptivo de Dios, «partícipe de la naturaleza divina», miembro de Cristo y coheredero con él, templo del Espíritu Santo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1.265). Todos los fieles, tanto los ministros ordenados como los laicos, forman juntos el único cuerpo del Señor: «Donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo o libre, sino que Cristo es todo en todos» (Col 3, 11).

Se está verificando un regreso a la auténtica teología de los laicos basada en el Nuevo Testamento, según la cual la Iglesia, el cuerpo de Cristo, es la totalidad del linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo de Dios (cf. 1 P 2, 9), y no una parte de él. San Pablo nos recuerda que el crecimiento del cuerpo depende de todos los miembros, que cumplen su misión: «Siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas, que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor» (Ef 4, 15-16). Al preparar el gran acontecimiento eclesial que fue el concilio Vaticano II, el Papa Juan XXIII se sintió tan conmovido por estas palabras, que declaró que merecían ser grabadas en las puertas del Concilio (cf. Discurso con ocasión del domingo de Pentecostés, 5 de junio de 1960).

En una eclesiología de comunión, la estructura jerárquica de la Iglesia no es cuestión de poder, sino de servicio, ordenado completamente a la santidad de los miembros de Cristo. El triple oficio de enseñar, santificar y gobernar, confiado a Pedro, a los Apóstoles y a sus sucesores, «no tiende más que a formar a la Iglesia en ese ideal de santidad, que ya está formado y prefigurado en María» (Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 1987, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de enero de 1988, p. 9). La dimensión mariana de la Iglesia es anterior a la dimensión petrina o jerárquica, «así como más alta y preeminente, más rica de implicaciones personales y comunitarias para cada una de las vocaciones eclesiales » (ib.).

Menciono estas verdades, bien conocidas, porque en toda la Iglesia, no sólo en la de vuestro país, observamos la difusión de una nueva y vigorosa espiritualidad seglar y los magníficos frutos del mayor compromiso de los laicos en la vida de la Iglesia. Al acercarnos al tercer milenio cristiano es muy importante que el Papa y los obispos, plenamente conscientes de su especial ministerio de servicio en el Cuerpo místico de Cristo, sigan «suscitando y alimentando una toma de conciencia más decidida del don y de la responsabilidad que todos los fieles laicos, y cada uno de ellos en particular, tienen en la comunión y en la misión de la Iglesia» (Christifideles laici , 2).

3. La renovación litúrgica que el Concilio deseó y fomentó ardientemente tuvo como resultado la participación más frecuente y viva de los laicos en las tareas que les competen en la asamblea litúrgica. Una participación plena, activa y consciente en la liturgia debería dar vida a un testimonio seglar más vigoroso en el mundo, y no a una confusión de misiones en la comunidad de culto. Existe una distinción fundamental, basada en la voluntad de Cristo mismo, entre el ministerio ordenado, que deriva del sacramento del orden, y las funciones de los laicos, fundadas en los sacramentos del bautismo, la confirmación y, sobre todo, el matrimonio. La Instrucción sobre algunas cuestiones relativas a la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes , publicada recientemente por la Santa Sede, quiso reafirmar y aclarar las normas canónicas y disciplinarias que regulan este ámbito, relacionando esas importantes directrices con los respectivos principios teológicos y eclesiológicos. Os exhorto a hacer que la vida litúrgica de vuestras comunidades esté orientada y gobernada por la gracia de Cristo, operante en la Iglesia, que el Señor quiso como comunión jerárquica. Es preciso respetar siempre la distinción entre el sacerdocio de los fieles y el sacerdocio ministerial, puesto que pertenece a «la forma constitutiva que Cristo quiso imprimir indeleblemente a su Iglesia » (Discurso al Simposio sobre «La participación de los fieles laicos en el sacerdocio presbiteral», 22 de abril de 1994, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de abril de 1994, p. 6).

4. Como subrayaron los padres en el Sínodo sobre los laicos, en 1987, es una comprensión inadecuada de su papel lo que impulsa a los laicos a interesarse tanto por los servicios y las tareas eclesiales, que llegan a descuidar la participación activa en sus responsabilidades en los campos profesional, social, cultural y político (cf. Christifideles laici , 2). La primera exigencia de la nueva evangelización es el testimonio auténtico de los cristianos que viven según el Evangelio: «Brille de tal manera vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). Dado que los laicos son la vanguardia de la misión de la Iglesia para evangelizar todas las áreas de la actividad humana, incluyendo los lugares de trabajo, el mundo de la ciencia, de la medicina y de la política, y los diversos sectores de la cultura, deben ser bastante firmes y suficientemente formados en la catequesis, para «testificar que la fe cristiana (...) constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad» (Christifideles laici , 34). Como dijo mi predecesor el Papa Pablo VI: «Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos, además, que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la buena nueva» (Evangelii nuntiandi , 21).

Mediante la gracia de Dios, vuestras Iglesias particulares fueron bendecidas con católicos deseosos de vivir una vida cristiana plena y de trabajar por el reino de Cristo en su entorno. Los obispos debéis proporcionarles guía espiritual. En vuestro ministerio y gobierno tenéis que mostrar a todos la importancia de la formación y de la catequesis para adultos, de la oración y de la práctica sacramental, de un compromiso real en favor de la evangelización de la cultura y de la aplicación de la doctrina moral y social cristiana en la vida pública y privada.

5. El ámbito inmediato, y en muchos sentidos importantísimo, del testimonio de los laicos cristianos es el matrimonio y la familia. Cuando la vida familiar es fuerte y sana, también el sentido de comunidad y solidaridad es fuerte, y eso ayuda a construir la «civilización de vida y amor» que debe ser el objetivo de todos. Por el contrario, cuando la familia es débil, todas las relaciones humanas están expuestas a la inestabilidad y a la fragmentación. Hoy la familia está sometida a presiones que provienen de muchos sectores: «La familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la familia está confiado el cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas del bien, cuya fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre» (Carta a las familias , 23). En un tiempo en que las mismas definiciones de matrimonio y familia son puestas en tela de juicio por la tentativa de incorporar en la legislación concepciones alternativas y distorsionadas de esas comunidades humanas básicas, vuestro ministerio debe incluir la proclamación clara de la verdad del designio original de Dios.

Puesto que la familia cristiana es la «iglesia doméstica», se ha de ayudar a los matrimonios a relacionar su vida familiar de modo concreto con la vida y la misión de la Iglesia (cf. Familiaris consortio , 49). La parroquia debería ser una «familia de familias», ayudando del mejor modo posible a alimentar la vida espiritual de los padres y de los hijos con la oración, la palabra de Dios, los sacramentos y el testimonio de santidad y caridad. Los obispos y los sacerdotes deberían preocuparse por ayudar y animar a las familias de todos los modos posibles, y brindar su apoyo a los grupos y a las asociaciones que promueven la vida familiar. Aunque es importante que la Iglesia particular responda a las necesidades de la gente en situaciones problemáticas, la planificación pastoral también debería prestar una atención adecuada a las necesidades de las familias normales, que se esfuerzan por vivir su vocación. Estas familias son la columna vertebral de la sociedad y la esperanza de la Iglesia: los principales promotores de la vida familiar cristiana son los matrimonios y las familias mismas, que tienen la responsabilidad particular de servir a los demás matrimonios y familias.

6. Este año se celebra el trigésimo aniversario de la publicación de la encíclica Humanae vitae , de mi predecesor el Papa Pablo VI. La verdad sobre la sexualidad humana y la enseñanza de la Iglesia sobre la santidad de la vida humana y la paternidad responsable ha de presentarse a la luz del desarrollo teológico que se produjo después de la publicación de ese documento, y a la luz de la experiencia de los matrimonios que siguieron fielmente esa enseñanza. Muchos matrimonios experimentaron cómo los métodos naturales de planificación familiar promueven el respeto mutuo, estimulan el afecto entre el marido y la esposa, y ayudan a desarrollar una auténtica libertad interior (cf. Catecismo de la Iglesia católica , n. 2.370; Humanae vitae , 21). Su experiencia merece compartirse, porque es la confirmación viva de la verdad que enseña la Humanae vitae . Por el contrario, crece la conciencia de los graves daños que causa a las relaciones matrimoniales el recurso a los métodos artificiales de anticoncepción, que, al impedir inevitablemente la entrega total de sí en el acto conyugal, destruyen su significado procreativo y, al mismo tiempo, debilitan su significado unitivo (cf. Evangelium vitae , 13).

Con valentía y compasión, los obispos, los sacerdotes y los laicos católicos deben aprovechar la oportunidad de proponer a los hijos e hijas de la Iglesia, y a toda la sociedad, la verdad sobre el don especial que constituye la sexualidad humana. Las falsas promesas de la «revolución sexual» se descubren ahora dolorosamente en el sufrimiento humano causado por índices de divorcio sin precedentes y por la plaga del aborto y sus efectos duraderos en las personas que recurrieron a él. Sin embargo, la enseñanza del Magisterio, el desarrollo de la «teología del cuerpo» y la experiencia de matrimonios de fieles católicos han brindado a los católicos en Estados Unidos una oportunidad particularmente propicia para llevar la verdad sobre la sexualidad humana a una sociedad que necesita escucharla urgentemente.

7. La realidad multicultural de la sociedad norteamericana es una fuente de enriquecimiento para la Iglesia, pero también plantea desafíos a la actividad pastoral. Muchas diócesis, a causa de las inmigraciones del pasado y las actuales, tienen una fuerte presencia hispana. Los fieles hispanos aportan sus dones propios a la Iglesia particular, entre los que cabe destacar la vitalidad de su fe y su profundo sentido de los valores familiares. También ellos afrontan enormes dificultades, y vosotros estáis haciendo grandes esfuerzos para contar con sacerdotes y otros agentes adecuadamente formados, a fin de proporcionar una buena atención pastoral y los servicios necesarios a las familias y a las comunidades de esas minorías. Frente al proselitismo sumamente activo de otros grupos religiosos, resultan esenciales la instrucción en la fe, la construcción de comunidades vivas, la atención a las necesidades de las familias y de los jóvenes, la promoción de la oración personal y familiar, y una vida espiritual y litúrgica centrada en la Eucaristía y en una genuina devoción mariana (cf. Discurso a los hispanos en la plaza de Nuestra Señora de Guadalupe, San Antonio, 13 de septiembre de 1987: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de octubre de 1987, p. 22). Los fieles hispanos deberían poder sentir que su lugar natural, su casa espiritual, está en el centro de la comunidad católica.

Lo mismo habría que decir de los miembros de la comunidad afro-americana, que también constituyen una presencia vital en todas vuestras Iglesias. Su amor a la palabra de Dios es una bendición especial, que hay que conservar. Aunque los Estados Unidos han dado grandes pasos para liberarse de los prejuicios raciales, hay que esforzarse continuamente por asegurar que los católicos negros participen plenamente en la vida de la Iglesia.

En vuestras diócesis, como en otras partes de Estados Unidos, viven algunos indígenas norteamericanos, orgullosos descendientes de los pueblos originarios de vuestro país. Apoyo vuestros esfuerzos por proporcionarles atención espiritual, por ayudarles cuando procuran conservar las buenas y nobles tradiciones de su cultura, y por estar cerca de ellos cuando luchan para superar los efectos negativos de la marginación que sufren desde hace tanto tiempo. En la única Iglesia de Cristo encuentran lugar todas las culturas y todas las razas.

8. Por último, deseo expresaros la gran alegría que experimenté la semana pasada en la plaza de San Pedro, durante el encuentro con tantos miembros laicos de los diferentes movimientos y comunidades eclesiales, que representan un don providencial del Espíritu Santo a la Iglesia de nuestro tiempo. Estos movimientos y estas comunidades comparten un fuerte compromiso de vida espiritual y de impulso misionero. Como instrumentos de conversión y de auténtico testimonio evangélico, prestan un magnífico servicio, ayudando a los miembros de la Iglesia a responder a la llamada universal a la santidad y a su vocación de transformar las realidades terrenas a la luz de los valores evangélicos de vida, libertad y amor. Representan una fuente genuina de renovación y evangelización y, por esta razón, deberían ocupar un lugar importante en vuestro discernimiento y en vuestros planes pastorales.

Una nueva, extraordinaria y sorprendente primavera para la Iglesia surgirá de la fe dinámica, de la esperanza viva y de la caridad activa de los laicos, que abren su corazón a la presencia vivificante del Espíritu Santo. A los obispos nos corresponde la tarea de enseñar, santificar y gobernar en nombre de Cristo, procurando siempre hacer fructificar los dones y los talentos de los fieles encomendados a nuestro cuidado pastoral. Os exhorto a impulsar a todos a ocupar su propio lugar en la Iglesia y a ser cada vez más responsables personalmente de su misión. Dedicad especial atención al fortalecimiento de la vida familiar, como condición esencial para el bienestar de las personas y de la sociedad. Utilizad los recursos espirituales de las diversas culturas presentes en la Iglesia en Estados Unidos, y dirigidlos hacia la auténtica renovación de todo el pueblo de Dios. Encomendando vuestro ministerio episcopal a la intercesión de María, Auxilio de los cristianos, pido por los sacerdotes, los religiosos y los fieles laicos de vuestras diócesis, y os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR HORACIO SÁNCHEZ UNZUETA NUEVO EMBAJADOR DE MÉXICO ANTE LA SANTA SEDE Sábado 6 de junio de 1998

1. Me complace darle mi cordial bienvenida en este acto, en el que me presenta las cartas credenciales que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de México ante esta Sede apostólica. Correspondo con sincero agradecimiento al afectuoso saludo que el señor presidente de la República, doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, me hace llegar por medio de usted, y le ruego que le transmita mis mejores augurios de prosperidad y bien espiritual para su persona y para todos los habitantes de la querida tierra mexicana.

2. Su presencia aquí me hace recordar con agrado mis visitas pastorales a su amado país, en las cuales pude percibir, junto al calor de la acogida y hospitalidad y tantas muestras de afecto, los grandes esfuerzos realizados para llevar a cabo su vocación histórica.

Pienso asimismo en mi nuevo viaje a la Ciudad de México, que tiene como finalidad la entrega de la exhortación apostólica postsinodal relativa a la Asamblea especial para América del Sí- nodo de los obispos, celebrada en Roma en 1997. Tendré así la grata oportunidad de volver a pisar el suelo mexicano, encontrar a sus gentes y a sus autoridades. La Ciudad de México será por unos días la capital pastoral de las Américas y testigo privilegiado de una etapa histórica en el proceso de la nueva evangelización, tanto del continente americano como de todo el mundo.

3. México, por su posición geográfica dentro del continente americano, que le consiente participar en las diversas corrientes culturales, científicas y económicas, muchas veces creativas y que abren caminos de futuro, está llamado a ser instrumento de paz y diálogo entre las gentes del norte y las gentes del sur, entre países desarrollados y otros en vías de desarrollo, entre antiguas y nuevas culturas. Al cumplir este cometido, México puede aportar toda la riqueza de su patrimonio espiritual y cultural, que tiene hondas raíces cristianas, contribuyendo así al progreso de la sociedad en América, con un desarrollo que tenga en cuenta la dimensión humana, tan necesaria para garantizar un porvenir realmente digno de las personas.

4. En México, señor embajador, el camino hacia el afianzamiento y la promoción armónica de los derechos humanos en favor de todos está condicionado, como en diversas áreas del continente americano, entre otras causas, por desequilibrios económicos y crisis sociales. Esto afecta especialmente a las personas con escasos recursos materiales, las más expuestas también al desempleo y víctimas tantas veces de la corrupción y otras muchas formas de violencia. No se ha de olvidar que los desequilibrios económicos contribuyen al progresivo deterioro y a la pérdida de los valores morales, lo que se manifiesta en la desintegración de las familias, el permisivismo en las costumbres y el poco respeto por la vida.

Para recuperar dichos valores morales, necesarios en toda sociedad, se han de incluir entre los objetivos prioritarios del momento presente medidas políticas y sociales que fomenten un empleo digno y estable para todos, de modo que se supere la pobreza material que amenaza a muchos de los habitantes. Es ineludible también dedicar especial cuidado a la educación de las nuevas generaciones, desarrollando una política educativa que consolide y difunda estos valores fundamentales. Así se contribuirá a que el pueblo mexicano progrese espiritual, cultural y materialmente, en un clima de justicia social y solidaridad. Ésta no puede reducirse a un vago sentimiento emotivo o a una palabra vacía de contenido real, sino que exige un compromiso moral activo, una decisión firme y constante de dedicarse al bien común, o sea, al bien de todos y de cada uno, porque todos somos responsables de todos (cf. Sollicitudo rei socialis , 39-40).

5. La Iglesia en México, junto con la labor evangelizadora que le es propia, colabora en la promoción de una sociedad cada vez más abierta y participativa, en la que cada uno se sienta plenamente acogido y respetado en su irrenunciable dignidad. Como madre y maestra, la Iglesia hace suyos los problemas del hombre, proyectando sobre ellos las enseñanzas del Evangelio y de su doctrina social, proclamando la primacía de la persona sobre las cosas, y de la conciencia moral sobre los criterios exclusivamente utilitaristas, que a veces oscurecen la imagen de Dios en el hombre.

Una especial atención merecen los pueblos indígenas, cuyo acceso a una vida cada día mejor y más digna, desde un punto de vista cualitativo y cuantitativo .en sectores como educación, sanidad, infraestructuras y otros servicios ., debe realizarse en el respeto de sus propias culturas, tan dignas de consideración. A este respecto, hay que destacar que las diócesis mexicanas, en cuyo ámbito viven comunidades indígenas, promueven proyectos específicos encaminados a confirmar a dichas comunidades en la fe católica que abrazaron sus antepasados y a promover el reconocimiento de su dignidad como personas y como pueblo, facilitándoles, al mismo tiempo, una plena integración en las conquistas del progreso alcanzado por el resto de la nación mexicana.

Todas estas reflexiones ayudan a sentar las bases del México que está a las puertas del tercer milenio cristiano. Para ello debe profundizar en las raíces de la propia identidad, teniendo en cuenta que «no se puede permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de .purificación de la memoria., a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz , 1 de enero de 1997). Gracias a ello, todos los mexicanos y mexicanas de hoy podrán convivir, sin detrimento del aprecio debido a sus tradiciones, tanto de origen occidental como indígena, conjuntadas de manera armónica en una nación unida.

6. Antes de concluir este acto deseo formularle, señor embajador, mis mejores votos para que la misión que hoy inicia sea fecunda en frutos perdurables. Le ruego que se haga intérprete de mis sentimientos y vivas esperanzas ante el señor presidente y las demás autoridades de la República. Al mismo tiempo, invoco abundantes bendiciones del Altísimo sobre usted, su distinguida familia y sus colaboradores, así como sobre todos los hijos de la noble nación mexicana, junto con la constante y maternal intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL COLEGIO LEONIANO DE ANAGNI (ITALIA) Viernes 5 de junio de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra daros a cada uno de vosotros mi cordial bienvenida, y saludar en particular a los señores cardenales y obispos presentes. Agradezco al monseñor rector las devotas palabras que ha querido dirigirme en nombre de los superiores, los seminaristas, el personal y las respectivas familias. A todos os doy las gracias de corazón por esta visita, con la que queréis renovar vuestra adhesión al Sucesor de Pedro en el centenario del Colegio pontificio Leoniano de Anagni, fundado por mi venerado predecesor, León XIII.

Cien años de historia constituyen un arco de tiempo muy significativo para una institución tan importante para la vida de las Iglesias suburbicarias y del sur del Lacio. Por eso, era necesario programar una celebración jubilar adecuada, que permitiera recorrer las fases más destacadas de estos cien años de vida. Cada año se compone de páginas a menudo desconocidas, colmadas de oración, disciplina austera, sacrificios y entusiasmo. Pero también hay páginas en que resaltan, como hitos luminosos, los acontecimientos que coronaron el esfuerzo diario de este camino centenario.

Mi pensamiento va a las más de mil ordenaciones sacerdotales, a los momentos de celebración, a los congresos de estudio y a los encuentros fraternos, así como a los intensos momentos de despedida de los compañeros que partían para una congregación religiosa o misionera, y a las jornadas de fiesta por la ordenación episcopal de algunos ex alumnos.

Entre los acontecimientos especiales que han marcado la historia del seminario regional de Anagni, me complace evocar la jornada del 31 de agosto de 1986, cuando vuestra comunidad me brindó, durante mi visita, una acogida que recuerdo aún con emoción.

2. Deseo dar las gracias aquí a cuantos, con su presencia benéfica y discreta, a lo largo de estos cien años, han marcado positivamente la historia del «Leoniano», y en particular a los padres de la Compañía de Jesús, que lo dirigieron y animaron con encomiable entrega durante casi noventa años, y a todos los que, con gran empeño, han proseguido su actividad.

Una mención especial merecen los numerosos ex alumnos que, después de haber vivido en el seminario la espera activa y gozosa del sacerdocio, han sostenido y siguen sosteniendo su casa de formación con el afecto, la oración y la ayuda concreta. Entre los ex alumnos de los primeros tiempos, me complace dedicar un especial recuerdo a un seminarista excepcional, joven discípulo del gran Vladimir Soloviev, el exarca Leónidas Feodoroff. Habiendo venido a Italia para abrazar la fe católica y hacerse sacerdote, fue enviado por el Papa León XIII al Colegio de Anagni. Allí dio un testimonio ardiente de amor a la Iglesia, abriendo el corazón de sus compañeros a las multiformes riquezas de la tradición oriental y a la causa de la unidad de los cristianos.

3. Amadísimos seminaristas, contemplando el bien realizado por cuantos se han formado en el itinerario secular del «Leoniano» para seguir a Cristo en el camino del sacerdocio, deseo daros algunas consignas, que constituyeron el secreto de la misión sacerdotal de quienes os han precedido, a fin de que os ayuden también a vosotros a ser ardientes y generosos heraldos del Evangelio para la humanidad del año 2000.

Os exhorto, ante todo, a ser constantemente dóciles a la invitación con que Jesús inauguró su misión: «Convertíos» (Mc 1, 15). Sabéis bien que no podemos seguir al Señor y convertirnos en pescadores de hombres, si no nos dejamos «pescar» por él, y si no tenemos la valentía de abandonar todo: la «barca», las «redes», el padre, la madre..., hasta que podamos decir: «Tú eres mi Señor, mi bien; nada hay fuera de ti» (Sal 16, 2). Este es el camino que Jesús os propone seguir con plena disponibilidad y sin temor, porque el que «sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo más hombre» (Gaudium et spes , 41). Para alcanzar esta meta anhelada, os invito a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo y a aprovechar todas las ocasiones para formaros en la plena madurez humana y sobrenatural.

Os recomiendo, además, que cultivéis una intensa vida de oración. No se puede anunciar a Cristo sin aprender a «estar con él» (cf. Mc 3, 14). Este programa de vida os compromete, en especial, a esmeraros con fidelidad y amor en los momentos de oración —la celebración eucarística diaria, la meditación, el rosario, la visita al santísimo Sacramento... —, y a acercaros asiduamente al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual.

Es necesario, asimismo, que la conversión incesante del corazón y la contemplación vayan acompañadas por el esfuerzo constante por lograr una profunda y gozosa comunión con vuestros compañeros y superiores, de modo que os preparéis para ser celosos promotores de unidad en vuestro futuro ministerio.

4. Al contemplar la historia pasada y presente de vuestro seminario regional y las riquezas espirituales, culturales y humanas que ha producido en su siglo de historia, deseo unirme a la acción de gracias que elevan al Señor vuestra comunidad, los pastores y el pueblo de Dios de las diócesis suburbicarias y del Lacio meridional. Ojalá que las celebraciones jubilares constituyan una valiosa ocasión para renovar la estima por la benemérita obra del «Leoniano» y sostener con convicción su servicio educativo y eclesial.

Espero que el empeño de los obispos y los superiores, a pesar de las inevitables dificultades, haga que el «Leoniano» siga dando a la Iglesia pastores santos, maestros humildes y creíbles, sacerdotes celosos de la causa del reino de Dios.

Que la Virgen, «Mater Salvatoris», a la que os encomiendo a todos, ayude a vivir en el seminario el clima intenso y gozoso de la casa de Nazaret, para hacer de él un lugar bendito en el que cuantos están llamados a ser imagen viva de Jesús, buen pastor, progresen en sabiduría, edad y gracia.

Con estos deseos, os bendigo con especial afecto a todos vosotros, al seminario y a vuestras familias.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS Viernes 5 de junio de 1998

Venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Al término de vuestra asamblea general anual, habéis deseado, como en el pasado, encontraros conmigo, y es para mí una gran alegría acogeros y saludaros cordialmente. Aprovecho la ocasión para expresaros mi profundo agradecimiento por la incansable e intensa labor que realizáis al servicio de la Iglesia misionera. Saludo, ante todo, al cardenal Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos; a monseñor Charles Schleck, secretario adjunto de la Congregación y presidente de las Obras misionales pontificias; a los secretarios generales, a los consiliarios, a los directores nacionales, procedentes de muchos países del mundo, y al personal de los secretariados generales. Con afecto os renuevo mi sincera y fraterna bienvenida.

2. A través de cada uno de vosotros quisiera hacer llegar mi saludo a las comunidades eclesiales de donde venís. Algunas de ellas tienen una antigua y gloriosa tradición misionera, y han desempeñado un papel significativo en la difusión del Evangelio. Con el envío generoso de misioneros y la utilización de notables recursos económicos, han favorecido el nacimiento y el desarrollo de las Iglesias jóvenes, muchas de las cuales, durante estos años, están celebrando el centenario de su evangelización. Pero, no podemos menos de expresar públicamente nuestra estima también por las diócesis que, a pesar de carecer de personal apostólico y de medios económicos, se esfuerzan por responder con valentía al mandato misionero, abriéndose a las exigencias de la llamada universal a la salvación, en la medida que se lo permiten sus limitadas posibilidades. ¡Qué providencial realidad de intercambio mutuo entre las Iglesias, en el que cada una comparte con las demás los dones recibidos de Dios! Se trata de un impulso del Espíritu Santo, que abre el corazón de cada creyente, con una significativa experiencia apostólica, a las necesidades del mundo entero. Gracias a la ayuda de todos los bautizados es posible difundir a un número cada vez mayor de personas la perenne verdad del Evangelio.

Sí, es obra del Espíritu el impulso a elevar la mirada de las propias necesidades inmediatas para dirigirla a las exigencias de cuantos están «como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6, 34), y «quieren ver a Jesús» (Jn 12, 21).

Queridos directores nacionales de las Obras misionales pontificias, es importante el papel que os corresponde en esta acción evangelizadora. Que vuestra solicitud por sensibilizar a los miembros de las comunidades cristianas con vistas a la obra de evangelización sea siempre vuestra preocupación primera y fundamental. El trabajo que os compete como responsables de estas Obras es un servicio dirigido de suyo a toda la Iglesia; un servicio que las cuatro Obras, que «tienen en común el objetivo de promover el espíritu misionero universal en el pueblo de Dios» (Redemptoris missio , 84), prestan de modo diverso y complementario.

Mientras que la Obra pontificia de la Santa Infancia tiene como objetivo infundir en los católicos, desde su más tierna edad, un espíritu auténticamente misionero, la Obra pontificia de San Pedro apóstol tiene como finalidad la formación de los seminaristas, los religiosos y las religiosas en las Iglesias de fundación reciente. Es necesario que esta actividad de sensibilización misionera implique a todo el pueblo de Dios y llegue a ser una exigencia que todos sientan. Tener vivo este anhelo apostólico corresponde sobre todo a la Obra pontificia de la Propagación de la fe, cuya finalidad es hacer que en la nueva evangelización participen las familias, las comunidades de base, las parroquias, las escuelas, los movimientos, las asociaciones y los institutos religiosos, de modo que cada diócesis tome conciencia de su vocación misionera universal (cf. Estatutos de las Obras misionales pontificias, Roma 1980, II, 9/a) no sólo por lo que concierne a la colecta de ayudas materiales y a la cooperación espiritual, sino también por lo que se refiere a la promoción de las vocaciones misioneras, tanto «ad tempus» como «ad vitam ».

Doy gracias también al Señor por el trabajo que la Unión misionera pontificia está realizando, y la aliento a dirigir todos sus esfuerzos a la animación de los animadores y a la formación de los formadores, respondiendo de ese modo a su vocación específica. Precisamente por eso, fue definida «el alma de las demás Obras» (cf. Pablo VI, carta ap. Graves et increscentes).

3. Amadísimos hermanos y hermanas, al concluir este encuentro, os expreso de corazón el deseo de que vuestro celo apostólico, alimentado por la oración constante y una devoción filial a María santísima, acompañe día tras día vuestra actividad. Que el icono de la Virgen, recogida en contemplación orante en el cenáculo con los Apóstoles, sea la imagen de las comunidades cristianas siempre a la escucha de Dios y dispuestas a recibir fuerza del Espíritu Santo. ¡Dejaos guiar por el Espíritu de Dios! Colaborad con él en la animación de todo el pueblo cristiano, para que sea fiel a Cristo, que quiere que se dedique generosamente a la edificación de su Reino. «Se impone a todos los cristianos .recuerda el concilio Vaticano II. la obligación gloriosa de colaborar para que todos los hombres, en el mundo entero, conozcan y acepten el mensaje divino de salvación» (Apostolicam actuositatem , 3).

El futuro de la misión y vuestro programa es: «Hoy y más allá del año 2000», como bien lo expresa el título de vuestro congreso.

A la vez que os pongo en las manos misericordiosas de María, Estrella de la evangelización, os aseguro mi constante recuerdo en la oración. Os exhorto a proseguir por el camino emprendido y os imparto de corazón una bendición apostólica especial, que extiendo a todos vuestros colaboradores en el incansable trabajo de animación misionera.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL VIII ENCUENTRO INTERNACIONAL DE LA FRATERNIDAD CATÓLICA DE LAS COMUNIDADES Y ASOCIACIONES DE LA ALIANZA

Queridos amigos:

1. «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13). Este es mi saludo a los participantes en el VIII Encuentro internacional de la Fraternidad católica de las comunidades y asociaciones carismáticas de la alianza, que se está celebrando en Roma en estos días. El comienzo de vuestro encuentro coincide con otro momento muy significativo para toda la Iglesia, pero, de modo particular, para la Renovación carismática: la fiesta de Pentecostés de este año que, en nuestra preparación para el gran jubileo del año 2000, está dedicado al Espíritu Santo, y en el que participáis con especial intensidad. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente escribí: «Se incluye, por tanto, entre los objetivos primarios de la preparación del jubileo el reconocimiento de la presencia y de la acción del Espíritu, que actúa en la Iglesia tanto sacramentalmente, sobre todo por la confirmación, como a través de los diversos carismas, tareas y ministerios que él ha suscitado para su bien» (n. 45).

Ciertamente, vuestro carisma os impulsa a orientar vuestra vida hacia una intimidad «especial» con el Espíritu Santo. Y un análisis de los treinta años de historia de la Renovación carismática católica muestra que habéis ayudado a muchas personas a redescubrir la presencia y la fuerza del Espíritu Santo en su vida, en la vida de la Iglesia y en la del mundo. Se trata de un redescubrimiento que ha llevado a muchas de ellas a una fe en Cristo Jesús rebosante de alegría y entusiasmo, a un gran amor a la Iglesia y a una entrega generosa a su misión. Por eso, en este año especial, me uno a vosotros en una oración de alabanza y acción de gracias por estos valiosos frutos que Dios quiso hacer madurar en vuestras comunidades y, por ellas, en la Iglesia.

2. En cierto sentido, vuestro encuentro forma parte de la gran asamblea de movimientos eclesiales y nuevas comunidades que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el pasado 30 de mayo, víspera de Pentecostés. Deseé mucho ese encuentro y lo esperé con mucha ilusión; fue un encuentro de «testimonio común». Y hoy debo decir que me conmovió profundamente el espíritu de recogimiento y oración, el clima de alegría y celebración en el Señor, que caracterizó dicho acontecimiento, verdadero don del Espíritu Santo en el año dedicado a él. Fue un intenso momento de comunión eclesial y una manifestación de la unidad de los numerosos carismas diversos, que distinguen a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades. Sé que tomaron parte muchos representantes de las comunidades de la Renovación de todo el mundo y os doy las gracias por ello.

Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he considerado a los movimientos un gran recurso espiritual para la Iglesia y la humanidad, un don del Espíritu Santo para nuestro tiempo y un signo de esperanza para todos. De la plaza de San Pedro, el 30 de mayo, salió un importante mensaje, una palabra poderosa que el Espíritu Santo no sólo quiso dirigir a los movimientos, sino también a toda la Iglesia. Los movimientos quisieron testimoniar su comunión con la Iglesia y la entrega completa a su misión, bajo la guía de sus pastores. Quisieron confirmar nuevamente su deseo de poner sus carismas al servicio de la Iglesia universal, de las Iglesias particulares y de las comunidades parroquiales. Estoy seguro de que ese acontecimiento inolvidable será fuente de rica inspiración para vuestro encuentro.

3. Dentro de la Renovación carismática, la Fraternidad católica tiene una misión específica, reconocida por la Santa Sede. Uno de los objetivos indicados en vuestros Estatutos es salvaguardar la identidad católica de las comunidades carismáticas y animarlas a mantener siempre un vínculo estrecho con los obispos y el Romano Pontífice. Ayudar a los católicos a tener un fuerte sentido de su condición de miembros de la Iglesia es especialmente importante en nuestro tiempo, en que reinan la confusión y el relativismo.

Pertenecéis a un movimiento eclesial. Aquí la palabra «eclesial» no es meramente decorativa. Significa una tarea precisa de formación cristiana, y requiere una profunda convergencia de fe y vida. La fe entusiasta que anima a vuestras comunidades es una gran riqueza, pero no basta. Debe ir acompañada por una formación cristiana sólida, completa y fiel al magisterio de la Iglesia; una formación que se base en la vida de oración, en la escucha de la palabra de Dios y en la digna recepción de los sacramentos, especialmente de la reconciliación y la Eucaristía. Para madurar en la fe, tenemos que crecer en el conocimiento de sus verdades. Si esto no sucede, se corre el peligro de caer en la superficialidad, en el subjetivismo extremo y en el engaño. El nuevo Catecismo de la Iglesia católica debería convertirse para todo cristiano y, por tanto, para todas las comunidades de la Renovación, en un punto de referencia constante. Continuamente debéis examinaros a la luz de los «criterios de eclesialidad», que expuse en la exhortación apostólica Christifideles laici (n. 30). Como movimiento eclesial, una de vuestras características distintivas debería ser sentire cum Ecclesia, es decir, vivir con obediencia filial al magisterio de la Iglesia, a los pastores y al Sucesor de Pedro, y construir con ellos la comunión de todo el Cuerpo.

4. El lema del VIII Encuentro internacional de la Fraternidad católica recoge las palabras de Cristo: «He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49). En el ámbito del gran jubileo de Jesucristo, el Salvador del mundo, estas palabras resuenan con toda su fuerza. El Hijo de Dios hecho hombre nos trajo el fuego del amor y la verdad que salva. Al aproximarse el nuevo milenio, la Iglesia escucha la llamada, la exhortación apremiante del Maestro a asumir un compromiso cada vez mayor por la misión: «Cuando el fruto está maduro (...), ha llegado la siega» (Mc 4, 29). Sin duda, trataréis de esto durante vuestro encuentro. Por consiguiente, dejad que os guíe el Espíritu Santo, que es siempre el protagonista de la evangelización y la misión.

Acompaño vuestros trabajos con mis oraciones, y espero sinceramente que este encuentro, que se celebra en circunstancias tan significativas, produzca abundantes frutos espirituales para toda la Renovación carismática católica. Ojalá que sea una piedra miliar en el itinerario de vuestra preparación espiritual para el gran jubileo del año 2000. A todos vosotros, a vuestras comunidades y a vuestros seres queridos, imparto de corazón mi bendición apostólica.

Vaticano, 1 de junio de 1998

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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A SU LLEGADA A CASTELGANDOLFO Martes 21 de julio de 1998

De regreso de los días de descanso pasados entre las fascinantes montañas de Cadore, estoy nuevamente entre vosotros, queridos habitantes de Castelgandolfo. Me alegra volver a encontrarme con vosotros y permanecer en vuestra compañía durante todo el período de verano. Este es un lugar familiar, donde encuentro personas conocidas y queridas, a las que quisiera enviar enseguida mi saludo cordial.

Saludo con afecto, ante todo, al pastor de la diócesis de Albano, monseñor Dante Bernini, al obispo auxiliar, monseñor Paolo Gillet, así como al párroco de Castelgandolfo. También deseo saludar y dar las gracias a toda la comunidad cristiana por el afecto con que me acoge siempre y por la ferviente oración con que me acompaña. Dirijo unas palabras de gratitud al señor alcalde y a la corporación municipal, siempre solícitos de que mi estancia aquí transcurra de modo sereno y provechoso. Os llevo a todos en mi corazón e invoco sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros proyectos de bien y sobre toda la comunidad, la protección constante de Dios.

Con estos sentimientos, de buen grado os imparto a todos mi bendición.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL CUARTO GRUPO DE OBISPOS DE ESPAÑA EN VISITA «AD LIMINA» Martes 7 de julio de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Es para mí un motivo de alegría tener este encuentro con ocasión de vuestra visita «ad limina», en la que el Señor nos concede la oportunidad de vivir con renovada intensidad, junto a la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo, la experiencia de comunión eclesial en la caridad y de fidelidad a la fe recibida, fortaleciendo el compromiso evangelizador y avivando el ministerio de continuar la misión encomendada por Cristo a los Apóstoles.

Agradezco cordialmente a mons. Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, las amables palabras que me ha dirigido, interpretando los sentimientos de afecto y adhesión de todos vosotros, pastores puestos a la cabeza del pueblo de Dios que vive en el levante y sur del suelo peninsular español, así como en las islas Baleares y Canarias. Os saludo a todos cordialmente, a los arzobispos de Sevilla, Valencia y Granada, a los obispos de las respectivas diócesis sufragáneas y a los obispos auxiliares. Como Pastor de toda la Iglesia siento vuestra cercanía y unión «con lazos de unidad, de amor y de paz» (Lumen gentium , 22), os acompaño en vuestros desvelos pastorales como servidores del Evangelio (cf. Lumen gentium , 24. 27) y os aliento a que «no os canséis de hacer el bien» (2 Ts 3, 13).

2. El Evangelio llegó a vuestras tierras ya en los albores del cristianismo, creando comunidades de fe que han compartido la suerte de la Iglesia en las diversas etapas de su itinerario casi bimilenario. Han sentido el calor de la tradición apostólica, acogiendo con gozo su mensaje de salvación; han contribuido con sus concilios particulares a la articulación de la fe y el afianzamiento de un estilo de vida coherente con la verdad profesada; han conocido la persecución y experimentado la zozobra de las desviaciones doctrinales; han sabido vivir calladamente bajo el predominio de otras culturas y creencias y participado al restablecimiento de la fe que originariamente había alentado en su corazón; han asistido de cerca a los grandes movimientos de reforma de la Iglesia y colaborado al gran esfuerzo misionero en la evangelización del nuevo mundo; en fin, han vivido y están viviendo el fascinante momento actual, en el que toda la comunidad eclesial, bajo el impulso dado por el concilio Vaticano II, se siente profundamente comprometida en vivir el evangelio de Cristo con autenticidad y proclamarlo con todo su esplendor a los hombres de hoy.

Las muchas vicisitudes históricas por las que han pasado vuestros pueblos han forjado la tradición de vuestras gentes y han creado un rico patrimonio, que hoy podéis exhibir ante el mundo en tantas obras de arte, cultura y civilización. Esta herencia tiene hondas raíces cristianas, cuya tradición, antiquísima, ha llegado hasta hoy con obras literarias y monumentos que no han de caer en el olvido y que merecen ser estudiados y venerados como don precioso a vuestras Iglesias y a vuestros pueblos.

También habéis heredado abundantes frutos de santidad surgidos en las más dispares circunstancias. De entre ellos no faltan insignes ejemplos de dedicación al ministerio apostólico, que pueden inspirar vuestro quehacer de hoy, como Leandro e Isidoro; Pedro Pascual, obispo mártir de Jaén, Juan de Ávila, patrono del clero español, y el monje jerónimo Hernando de Talavera; el agustino Tomás de Villanueva y el sevillano Juan de Ribera, arzobispos de Valencia y fundadores de sendos colegios para la formación de sacerdotes. Yo mismo, hace pocos años, durante mi primera visita a España, tuve la dicha en Sevilla de proclamar beata a sor Ángela de la Cruz, digna continuadora de la tradición de entrega y caridad cristiana hacia los más desvalidos, que siglos atrás había distinguido a Juan de Dios y Juan Grande.

3. Quisiera en esta ocasión reflexionar con vosotros sobre algunos de los retos más importantes que en este momento os corresponde afrontar para que vuestras comunidades eclesiales, como hicieran antaño, sean también hoy fieles a su «misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes» (Lumen gentium , 5) y de comunicar a todos la gracia y la verdad de Cristo.

Los actos celebrados en las sedes metropolitanas de vuestras provincias eclesiásticas durante mi citada visita a España tienen, en cierto modo, un significado emblemático, válido también para hoy, y cuyo interés sobrepasa los límites locales en que tuvieron lugar. En Valencia ordené a un gran número de sacerdotes, en Granada tuve un encuentro con los educadores en la fe y en Sevilla beatifiqué, como he dicho, a sor Ángela de la Cruz, ejemplo de caridad cristiana. Estos hechos destacan los aspectos esenciales que caracterizan la Iglesia de todos los tiempos como comunidad que se reúne en torno a Cristo vivo y celebra su presencia, que proclama el Evangelio a todas las gentes y lo infunde en lo más íntimo de sus corazones, y que se distingue por su decidido e incondicional amor a los hermanos (cf. Hch 2, 42-45; Jn 13, 35).

4. La reforma litúrgica ha sido uno de los frutos más visibles y que con mayor entusiasmo han sido acogidos por el pueblo de Dios. En ello hemos de ver no solamente el afán de cambio que parece caracterizar nuestra época o el legítimo deseo de acomodar la celebración de los misterios sagrados a la sensibilidad y cultura de nuestros días. Tras este fenómeno se esconde, en realidad, la aspiración de los creyentes a vivir y expresar su más honda y auténtica identidad de discípulos reunidos en torno a Cristo, presente en medio de ellos de manera inigualable a través de su Palabra y los sacramentos, especialmente la Eucaristía (cf. Sacrosanctum Concilium , 7). De esta manera, no solamente se construye sobre base firme y duradera el edificio de la fe (cf. Lc 6, 48), sino que toda comunidad cristiana se hace consciente de que ha de celebrar el misterio de Cristo, Salvador del género humano, y que ha de anunciarlo y darlo a conocer abiertamente a los hombres de hoy, venciendo la tentación, sentida a veces dentro y fuera de su seno, de atribuir a la Iglesia otras identidades e intereses. En efecto, la Iglesia vive más de lo que recibe de su Señor que de aquello que puede hacer solamente con sus fuerzas. También en este aspecto hemos de reconocer con el Apóstol: «con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo » (2 Co 12, 9).

Por eso, en un ambiente que a veces tiende a trivializar las convicciones más profundas, es particularmente importante educar a los fieles para que sientan la necesidad interior de acercarse con frecuencia a recibir los sacramentos, de participar activamente en las celebraciones litúrgicas y de reunirse el domingo con los otros hermanos para celebrar la Pascua del Señor en el sacramento de la Nueva Alianza. A nadie le ha de faltar para ello el apoyo de la entera comunidad cristiana. A este respecto, es útil recordar que corresponde a los obispos de manera particular el preocuparse «para que el domingo sea reconocido por todos los fieles, santificado y celebrado como verdadero .día del Señor., en el que la Iglesia se reúne para renovar el recuerdo de su misterio pascual con la escucha de la palabra de Dios, la ofrenda del sacrificio del Señor, la santificación del día mediante la oración, las obras de caridad y la abstención del trabajo» (S. Congregación para los obispos, Ecclesiae imago, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos, 29 de febrero de 1973, 86).

5. Constato con satisfacción cómo vosotros, junto con los otros obispos de España, tratáis de iluminar desde el Evangelio todos los ámbitos de la vida del hombre y de la sociedad, sin excluir la dimensión moral y social. Este aspecto de vuestro ministerio que, si bien con gran prudencia y sensibilidad, deberéis ejercer siempre sin temor, ha de llegar al corazón mismo de las gentes, de forma que cada creyente pueda experimentar la fuerza transformadora de la fe en su vida cotidiana, expresarla con autenticidad y dar testimonio de ella con eficacia.

La Iglesia, que ha considerado siempre la formación de los fieles como una de las tareas más esenciales de su quehacer, es también consciente de su importancia decisiva en unos momentos en que las circunstancias cambian con vertiginosa rapidez, poniendo cada día nuevos interrogantes con los cuales ha de confrontarse la fe de los creyentes. Como dije en Granada, «una minoría de edad cristiana y eclesial no puede soportar las embestidas de una sociedad crecientemente secularizada» (Homilía en la celebración de la Palabra con los educadores en la fe, Granada, 5 de noviembre de 1982, 3).

Vosotros, pastores en una tierra que ha dado a la Iglesia y a la sociedad eximias figuras en el campo de la educación, sabéis muy bien que, en la vida como en la fe, nunca se termina de aprender, por lo que es preciso fomentar continuamente la formación cristiana no solamente de los niños y los jóvenes, sino también de los mayores y de las familias, de cada persona y de los grupos, según su propio carisma y vocación, sin olvidar a los mismos educadores y sacerdotes, que también peregrinan en este mundo como permanentes discípulos del Señor.

A éstos os debéis muy particularmente, porque son vuestros más inmediatos colaboradores en la misión pastoral. Ellos os necesitarán en muchas ocasiones, especialmente en los primeros años de su ministerio, no sólo como maestros y guías en la atención al pueblo de Dios, sino también como padres a los que se confían las propias aspiraciones y dificultades, recibiendo de ellos comprensión y aliento para desempeñar el ministerio sacerdotal. Ellos aprenderán de vosotros, a su vez, a sentirse cercanos a las necesidades y preocupaciones de los fieles, a quienes han de entregarse como verdaderos pastores que conocen a cada uno por su nombre (cf. Jn 10, 3).

6. La creatividad, la fina sensibilidad y la rica capacidad expresiva de vuestras gentes es un factor positivo a la hora de encaminarlas al encuentro con Dios, misterio indecible que con frecuencia se hace asequible a través de imágenes, gestos y signos. Sé bien que este aspecto de la religiosidad popular ocupa un lugar importante en vuestra solicitud pastoral y os animo a continuar vuestros esfuerzos con el fin de que, como en la pedagogía divina, las palabras acompañen a los gestos, de modo que se manifieste más claramente la presencia y la voluntad de Dios (cf. Dei Verbum, 2).

Es importante, en efecto, que la expresión religiosa sirva para profundizar en la fe, y ésta ilumine todos los aspectos de la vida de los creyentes, haciéndolos cada día más conscientes de que han de crecer como piedras vivas que construyen el templo de Dios en este mundo (cf. 1 P 2, 5). Por ello se ha de procurar que todo grupo eclesial, como las hermandades y cofradías, sean ámbitos propicios para la formación cristiana de sus miembros y cauce de su plena integración en la vida de la comunidad eclesial, participando en la celebración de los sacramentos, principalmente de la Eucaristía, estando unidos a sus pastores, colaborando con ellos en el marco de la pastoral de conjunto y promoviendo incesantemente el compromiso de caridad y solidaridad que es característico de una comunidad verdaderamente cristiana y fraterna. En efecto, el mismo concilio Vaticano II ha recordado cuáles son los objetivos de la educación cristiana: hacer que todo bautizado llegue a adorar a Dios Padre en el espíritu y en verdad, ante todo en la acción litúrgica, viva según el hombre nuevo en justicia y en santidad, contribuya al crecimiento del Cuerpo místico, dé testimonio de su esperanza y promueva los más preciados valores del hombre y de la sociedad (cf. Gravissimum educationis , 2). De este modo podemos esperar que los fieles laicos, a quienes se reconoce su valor y plena dignidad en la Iglesia, asuman también un mayor compromiso en las tareas propias de una comunidad cristiana que vive intensamente el Evangelio, lo anuncia con valentía y lleva sus valores a todos los ámbitos de la existencia humana personal y social.

7. En los planes de preparación para el gran jubileo del año 2000 los obispos españoles habéis acogido plenamente el objetivo señalado para los cristianos de todo el mundo, en el que se incluye «la acogida del prójimo, especialmente del más necesitado» (Tertio millennio adveniente , 42). Esta es una de las grandes preocupaciones de la Iglesia en nuestros días y atañe a muchos de vosotros de manera particular, porque habéis comprobado entre vuestras gentes los efectos devastadores de una concepción del hombre «sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien como objeto de la administración del Estado» (Centesimus annus , 49). A la difícil situación de los hombres del campo o del mar, se han añadido otras más recientes y no menos dramáticas, de modo que, como el buen samaritano (cf. Lc 10, 29 ss), la Iglesia encuentra en su camino también al desempleado, al joven de esperanza derruida, mecido en la trivialidad o devastado por la droga, al emigrante que llega de otras tierras, a mujeres despreciadas, niños sin amparo y hombres privados de su dignidad. No dejéis que ninguno de vuestros fieles y comunidades permanezca insensible ante estas realidades que son una llamada constante de atención frente a tantas proclamaciones como se hacen en una sociedad que parece sentirse satisfecha y pagada de sus logros. Es necesario dar testimonio convincente de Cristo, que ha venido «para dar la buena nueva a los pobres y anunciar el año de gracia del Señor» (cf. Lc 4, 18-19), con palabras y con hechos, que no dejen nada por intentar, desde la caridad «de urgencia » en aquellos casos en que sea necesaria, a las reformas de carácter más institucional que vayan creando un entramado social más justo y solidario.

En estos momentos de la historia vuestras Iglesias están llamadas a ser el umbral de una Europa en la que se perfilan nuevos escenarios sociales y políticos, lo que os confiere la gran responsabilidad de ser también puerta de acogida para otros pueblos y de dar ejemplo de generosidad, sabiendo compartir fraternalmente el pan con quienes llegan a vuestras tierras en busca de una nueva esperanza.

8. Quiero concluir este coloquio fraterno pidiéndoos que llevéis mi saludo afectuoso a todos los miembros de vuestras Iglesias particulares: a los sacerdotes y a las comunidades religiosas; a los catequistas y cristianos comprometidos en el apostolado; a los jóvenes y a los padres; a los ancianos, a los enfermos y a los que sufren. Quiera Dios que las raíces cristianas de vuestros pueblos infundan en todos una esperanza viva y un dinamismo nuevo, que les lleve a superar las dificultades del momento presente y asegure un porvenir de creciente progreso espiritual y humano. De manera especial, decid a vuestros sacerdotes, personas consagradas, demás agentes de pastoral y seminaristas, que el Papa les agradece sus trabajos por el Señor y por la causa del Evangelio, y que espera y tiene confianza en su fidelidad.

A la Virgen María, nuestra madre celestial, que vuestros pueblos engalanan y a la que con tanto fervor invocan vuestras gentes, encomiendo vuestras personas e intenciones pastorales, para que llevéis a cabo la tarea de una nueva evangelización que prepare los corazones a la venida del Señor.

Con estos deseos os acompaña mi plegaria y con afecto os imparto la bendición apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL PRESIDENTE DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN DE RADIO POPULAR-CADENA COPE

Al señor Don Salvador SÁNCHEZ TERÁN Presidente del Consejo de administración de Radio popular - Cadena COPE

1. Me complace enviar un cordial saludo a los participantes en la Convención anual de los directores de todas las emisoras de la COPE y asociadas y de los directores de los principales programas, que en estos días tiene lugar en la ciudad eterna. Con ello han querido dar una muestra significativa, con la mirada puesta en el acontecimiento singular que es el próximo gran jubileo del 2000, de sus sentimientos de adhesión y afecto al Sucesor del apóstol san Pedro, así como de su cercanía a la Santa Sede.

Les agradezco de verdad este gesto, que es muy elocuente. En el último día de la Convención los participantes en la misma van a tener la oportunidad de asistir a la audiencia general que congrega todos los miércoles a tantos peregrinos en torno al Papa y, en esa ocasión, podrán recibir, junto con unas palabras de aliento, la bendición apostólica. Pero mientras llega ese momento, quiero anticiparles ya mi saludo y renovarles las expresiones de aprecio y de agradecimiento por su aportación, desde las ondas radiofónicas, a la misión de la Iglesia de anunciar a Jesucristo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

2. El origen de la red de emisoras de la Cadena COPE se remonta a aquellas emisoras parroquiales, promovidas por el celo apostólico de sacerdotes y laicos católicos, que en los años sesenta animaban la vida en los pueblos y ciudades de España. No faltaron tampoco emisoras diocesanas, cuyo ámbito y posibilidades eran ciertamente mayores. Unas y otras se fundieron y así surgió la Cadena COPE de nuestros días. Desde entonces y a lo largo de casi cuarenta años, muchos hombres y mujeres han aportado su trabajo y su ilusión, no siempre con abundancia de medios pero siempre animados por un espíritu apostólico, creativo y entusiasta.

Hoy los tiempos han cambiado. El progreso técnico nos ha proporcionado medios potentes y ya no es la carencia material o los instrumentos lo que hoy dificulta el trabajo de los comunicadores sociales. Un gran reto de nuestros días consiste más bien en saber encauzar el inmenso poder de los modernos medios de comunicación social para que contribuyan al desarrollo de una vida más digna y elevada. A este respecto, escribía en el Mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales de este año: «No conviene olvidar que la comunicación a través de los medios de comunicación social no es un ejercicio práctico dirigido sólo a motivar, persuadir o vender. Mucho menos, un vehículo para la ideología. Los medios de comunicación pueden a veces reducir a los seres humanos a simples unidades de consumo, o a grupos rivales de interés; también pueden manipular a los espectadores, lectores y oyentes, considerándolos meras cifras de las que se obtienen ventajas, sea en venta de productos sea en apoyo político» (n. 4).

Ante ello, en la COPE debéis tener claros los objetivos y las motivaciones. La Conferencia episcopal española, que sigue con solicitud vuestra actividad y que en esta reunión se ha hecho presente por medio de su presidente, mons. Elías Yanes, arzobispo de Zaragoza, ha establecido un ideario, asumido por vosotros, con el fin de aplicar concretamente en la realidad lo que la Iglesia ens ña sobre el papel de los medios de comunicación social en la sociedad.

El carácter católico de la COPE debe evitar equívocos y os compromete a todos a la coherencia con los principios y valores del humanismo cristiano. Ello no supone necesariamente identificarse con un modo de hacer radio cuyo contenido sea explícita y exclusivamente religioso, aunque ésta sea una forma muy válida, estimada y seguida por algunas emisoras. En la COPE habéis optado por un modelo de radio más general, que pretende llegar a un número mayor de personas, asumiendo así horizontes más amplios. Sin embargo, esto no os debe impedir el tratar de llevar el mensaje y la paz de Jesucristo a todos, a los de cerca y a los de lejos (cf. Ef 2, 17), incluso a quienes no muestran interés por Él. Ello os obliga a un esfuerzo por mantener el equilibrio, os alerta a dominar la tensión entre lo humano y lo divino, entre el Evangelio y el materialismo, entre los valores perennes anunciados por Jesucristo y los postulados de la secularización.

3. Los cristianos que trabajan en los medios de comunicación social tienen ante sí un gran desafío al que ya me refería en el citado mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones: «en el uso de las comunicaciones, no se limite a la difusión del Evangelio, sino que integre realmente el mensaje evangélico en la "nueva cultura" creada por las modernas comunicaciones, con sus nuevos lenguajes, nuevas técnicas y nuevos comportamientos psicológicos» (n. 5). En este sentido, se os exige un compromiso serio: por una parte, llevar a cabo gozosamente la acción evangelizadora explícita, bajo la guía del Espíritu Santo y el magisterio de los pastores, a través de un lenguaje expresivo y persuasivo; por otra, asumir las realidades del mundo presente, proponiéndolas a los hombres y mujeres de nuestro tiempo en el marco de la cosmovisión cristiana que abarca a la persona, la sociedad y la naturaleza toda.

Además, hay que tener en cuenta la importancia trascendental que tiene el testimonio personal y profesional de cuantos trabajáis en la Cadena COPE. Por ello, os aliento a no sucumbir a tentaciones, tan sutiles y engañosas, como la ambición, la vanidad, el dinero o la popularidad. Poneos con sencillez a disposición de cuantos esperan de vosotros el inapreciable servicio de la información rigurosa, la opinión ponderada, la llamada a la convivencia plural, respetuosa y pacífica, y, en definitiva, al amor con raíces cristianas.

4. Finalmente quiero referirme al gran acontecimiento que nos espera y para el cual nos estamos preparando: el gran jubileo del año 2000. En él la Iglesia va a celebrar el bimilenario de la venida de Cristo al mundo, que es el acontecimiento principal de toda la historia, la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4), el inicio del cristianismo. Jesucristo es el centro del cosmos y de la historia, el alfa y la omega, el principio y el fin. Ante este acontecimiento, es preciso plantear con fuerza el interrogante que propuse a los comunicadores el pasado año: «¿Encuentra todavía Cristo un lugar en los medios tradicionales de comunicación social? ¿Podemos reivindicar para él un lugar en los nuevos medios?» (Mensaje para la XXXI Jornada mundial de los medios de comunicación social , 24 de enero de 1997). Por ello, os aliento a que en la Cadena COPE redobléis los esfuerzos para que Jesucristo, Palabra de Dios, esté presente y guíe vuestros pasos en una tarea tan noble como la que realizáis.

A todos vosotros, a los trabajadores y colaboradores de la COPE, a vuestros familiares y a los radioyentes me es grato impartir en esta circunstancia la implorada bendición apostólica.

Vaticano, 6 de julio de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO MUNDIAL SOBRE LA PASTORAL DE LOS DERECHOS HUMANOS Sábado 4 de julio de 1998

Señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado; señoras y señores:

1. Con particular alegría acojo aquí esta mañana a los participantes en el Congreso mundial sobre la pastoral de los derechos humanos, que el Consejo pontificio Justicia y paz, en el marco de las iniciativas promovidas por la Santa Sede, ha querido convocar para celebrar el 50 aniversario de la Declaración universal de derechos del hombre. Agradezco de todo corazón al nuevo presidente del Consejo pontificio, monseñor François-Xavier Nguyên Van Thuân, la presentación que ha hecho de vuestros trabajos. Y me alegro por la ocasión que tengo de expresar al presidente saliente, el querido e incansable cardenal Roger Etchegaray, mi profunda gratitud por la entrega y la competencia con que ha dirigido el dicasterio durante catorce años.

Saludo a todos los participantes, y también a los miembros, consultores y colaboradores del Consejo pontificio. La presencia entre vosotros de representantes de otras Iglesias cristianas y de diversos organismos internacionales es un signo de nuestra preocupación común y de nuestro compromiso con todos en la promoción de la dignidad de la persona humana en el mundo de hoy.

2. El tema del designio de Dios para la persona humana, de la «dimensión humana del misterio de la Redención», fue uno de los aspectos principales de mi primera encíclica Redemptor hominis (cf. n. 10). Al considerar al hombre como «el camino primero y fundamental de la Iglesia» (n. 14), expuse el significado de los «derechos objetivos e inviolables del hombre» (n. 17) que, en medio de las vicisitudes de nuestro siglo, han recibido poco a poco su formulación en el plano internacional, especialmente en la Declaración universal de derechos del hombre. Después, durante todo mi ministerio de Pastor de la Iglesia universal, he querido dedicar una atención particular a la salvaguardia y a la promoción de la dignidad de la persona y de sus derechos, en todas las etapas de su vida y en toda circunstancia política, social, económica o cultural.

Al analizar, en la encíclica Redemptor hominis, la tensión entre los signos de esperanza concernientes a la salvaguardia de los derechos humanos y los signos más dolorosos de un estado de amenaza para el hombre, planteé la cuestión de las relaciones entre «la letra » y «el espíritu» de estos derechos (cf. ib.). Aún hoy se puede constatar el abismo que existe entre «la letra», reconocida a nivel internacional en numerosos documentos, y «el espíritu», actualmente muy lejos de ser respetado, ya que nuestro siglo está marcado todavía por graves violaciones de los derechos fundamentales. Hay siempre en el mundo innumerables personas, mujeres, hombres y niños, cuyos derechos son despreciados cruelmente. ¿Cuántas personas están privadas injustamente de su libertad, de la posibilidad de expresarse libremente o profesar libremente su fe en Dios? ¿Cuántas son víctimas de la tortura, de la violencia y de la explotación? ¿Cuántas personas, a causa de la guerra, de injustas discriminaciones, de la desocupación o de otras situaciones económicas desastrosas no pueden llegar a gozar plenamente de la dignidad que Dios les ha dado y de los dones que han recibido de él?

3. El primer objetivo de la pastoral de los derechos humanos es, pues, lograr que la aceptación de los derechos universales en la «letra» lleve a la puesta en práctica concreta de su «espíritu», en todas partes y con la mayor eficacia, a partir de la verdad sobre el hombre, de la igual dignidad de toda persona, hombre o mujer, creado a imagen de Dios y convertido en hijo de Dios en Cristo.

En nuestro planeta, toda persona tiene el derecho a conocer la «verdad sobre el hombre» y a poder vivirla, cada uno según su identidad personal irreemplazable, con sus dones espirituales, su creatividad intelectual y su trabajo, en su familia, que es sujeto particular de derechos, y en la sociedad. Cada ser humano tiene el derecho a desarrollar plenamente los dones que ha recibido de Dios. En consecuencia, todo acto que desprecia la dignidad del hombre y frustra sus posibilidades de realizarse, es un acto contrario al designio de Dios para el hombre y para toda la creación. La pastoral de los derechos humanos está, pues, en estrecha relación con la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo. En efecto, la Iglesia no puede abandonar jamás al hombre, cuyo destino está unido íntima e indisolublemente a Cristo.

4. El segundo objetivo de la pastoral de los derechos humanos consiste en plantear «los interrogantes esenciales que afectan a la situación del hombre hoy y en el mañana» (Redemptor hominis, 15), con objetividad, lealtad y sentido de responsabilidad.

A este respecto, se puede constatar que las condiciones económicas y sociales en que viven las personas cobran en nuestros días una importancia particular. La persistencia de la pobreza extrema, que contrasta con la opulencia de una parte de las poblaciones, en un mundo que se distingue por grandes avances humanistas y científicos, constituye un verdadero escándalo, una de esas situaciones que obstaculizan gravemente el pleno ejercicio de los derechos humanos en el momento actual. En vuestras actividades, ciertamente habréis constatado, casi a diario, los efectos que causan la pobreza, el hambre o la imposibilidad de acceder a los servicios más elementales, en la vida de las personas y en la lucha por su subsistencia y la de sus seres queridos.

Con mucha frecuencia, las personas más pobres, a causa de la precariedad de su situación, se convierten en las víctimas más seriamente castigadas por las crisis económicas que afectan a los países en vías de desarrollo. Es necesario recordar que la prosperidad económica es, ante todo, fruto del trabajo humano, de un trabajo honrado y, a menudo, penoso. La nueva arquitectura de la economía a escala mundial debe descansar en los fundamentos de la dignidad y de los derechos de la persona, sobre todo el derecho al trabajo y la protección del trabajador.

Por esa razón, requiere hoy una atención renovada a los derechos sociales y económicos, en el marco general de los derechos humanos, que son indivisibles. Es importante rechazar toda tentativa de negar una real consistencia jurídica a estos derechos, y es necesario reafirmar que está comprometida la responsabilidad común de todos los protagonistas .poderes públicos, empresas y sociedad civil., para llegar a su ejercicio efectivo y pleno.

5. En la pastoral de los derechos humanos, la dimensión educativa adquiere hoy una importancia particular. La educación en el respeto a los derechos del hombre implicará naturalmente la creación de una verdadera cultura de los derechos humanos, necesaria para que funcione el Estado de derecho y la sociedad internacional se funde realmente en el respeto al derecho. En Roma se está celebrando actualmente la Conferencia diplomática de las Naciones Unidas para la institución de un Tribunal penal internacional. Deseo que esta Conferencia concluya, como todos lo esperan, con la creación de una nueva institución, para proteger la cultura de los derechos humanos a escala mundial.

En efecto, el respeto total de los derechos humanos podrá integrarse en cada una de las culturas. Los derechos del hombre son, por su misma naturaleza, universales, ya que su fuente es la igual dignidad de todas las personas. Al reconocer la diversidad cultural que existe en el mundo y los diferentes niveles de desarrollo económico, es conveniente afirmar con fuerza que los derechos humanos conciernen a cada persona. Como he declarado en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año (cf. n. 2), el argumento de la especificidad cultural no debe utilizarse para cubrir violaciones de los derechos humanos. Con mayor razón, es necesario más bien promover una concepción integral de los derechos de toda persona en el desarrollo, en el sentido en que mi predecesor Pablo VI deseaba el desarrollo «integral», es decir, el desarrollo de todas las personas y de toda la persona (cf. Populorum progressio, 14). Situar en el centro de la reflexión la promoción de un solo derecho o de una sola categoría de derechos, en detrimento de la integridad de los derechos humanos, significaría traicionar el espíritu de la misma Declaración universal.

6. La pastoral de los derechos humanos, por su misma naturaleza, debe dedicarse particularmente a la dimensión espiritual y trascendente de la persona, sobre todo en el ambiente actual en que se manifiesta la tendencia a reducir la persona a una sola de sus dimensiones, la dimensión económica, y a considerar el desarrollo ante todo en términos económicos.

De la reflexión sobre la dimensión trascendente de la persona deriva la obligación de proteger y promover el derecho a la libertad de religión. Este congreso pastoral me brinda la ocasión de expresar mi solidaridad y mi apoyo en la oración a todos los que, aún hoy, no pueden ejercer en el mundo plena y libremente este derecho, tanto de modo personal como comunitario. A los responsables de las naciones se dirige mi exhortación apremiante y renovada a garantizar el ejercicio concreto de este derecho a todos sus ciudadanos. En efecto, los poderes públicos encontrarán entre los creyentes a hombres y mujeres de paz, deseosos de colaborar con todos, con vistas a edificar una sociedad más justa y pacífica.

7. Os agradezco a todos no sólo vuestra participación en este congreso, sino también vuestro testimonio diario y vuestra acción educativa en la comunidad cristiana. Junto con vosotros, recuerdo el testimonio de quienes, en nuestra época, han vivido su fidelidad al mensaje de Cristo sobre la dignidad del hombre, renunciando a sus propios derechos por amor a sus hermanos y hermanas. Encomiendo vuestras diversas misiones a María, Madre de la Iglesia, que os ayudará a penetrar, como ella, el sentido más profundo del gran misterio de la redención del hombre.

A vosotros, a vuestros seres queridos y a todos los que comparten vuestros compromisos, os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CURSO DEL INSTITUTO PARA LA RECONSTRUCCIÓN INDUSTRIAL ITALIANO Viernes 3 de julio de 1998

Gentiles señoras y señores:

Me alegra daros mi cordial bienvenida al término del Curso de perfeccionamiento en funciones técnicas y directivas empresariales. Saludo al profesor Gian Maria Gros-Pietro, presidente del Instituto para la reconstrucción industrial, y le agradezco las corteses palabras que me ha dirigido.

Rápidos y profundos son los cambios que están transformando las relaciones entre los hombres y las naciones en nuestro tiempo. De particular relieve es el fenómeno de la globalización de la economía, que va abriendo escenarios inéditos para el futuro de la humanidad, con singulares oportunidades de programación y desarrollo, pero también con riesgos de graves injusticias con los países más pobres. En este ámbito, la solidaridad, más que un deber es una exigencia que nace de la misma red objetiva de las interconexiones y de la necesidad de poner los procesos productivos al servicio del hombre. La diligente iniciativa promovida por el IRI junto con el Consorcio para la formación internacional, a fin de formar equipos técnicos y directivos al servicio de los países en vías de desarrollo y en transición hacia la economía de mercado, quiere responder a esta exigencia.

Al expresar mi aprecio, deseo que el clima de atención y diálogo que se ha creado durante el curso constituya una significativa premisa de relaciones cada vez más respetuosas y pacíficas entre los pueblos. Con estos sentimientos, invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestras familias la bendición de Dios, munífico dador de todo bien.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA SECCIÓN DE VALENCIA DEL INSTITUTO PONTIFICIO JUAN PABLO II PARA ESTUDIOS SOBRE MATRIMONIO Y FAMILIA Jueves 2 de julio de 1998

Queridos hermanos en el episcopado; amados sacerdotes, profesores, alumnos y amigos de la sección española del Pontificio Instituto para estudios sobre el matrimonio y la familia:

Me complace recibiros en esta audiencia en el curso de vuestra peregrinación a Roma, que coincide con la visita «ad limina» de los obispos de vuestra provincia eclesiástica, entre cuyas prioridades pastorales sobresale el tema del matrimonio y la familia. Habéis querido venir para agradecer la fundación de la sección española y presentarme los frutos de estos cuatro años de intenso trabajo académico.

Agradezco a mons. Agustín García- Gasco, arzobispo de Valencia y vicegran canciller de la Sección, las amables palabras que me ha dirigido. Saludo asimismo a mons. Juan Antonio Reig, obispo de Segorbe-Castellón y decano del Instituto, así como a las autoridades civiles y a los miembros de la recién constituida fundación que sostiene los trabajos del Instituto.

Como bien sabéis, cuando el Sínodo de 1980 reflexionó sobre las luces y sombras de la familia, sintió la necesidad de crear un instrumento académico que preparase convenientemente a los sacerdotes para acompañar a las familias como verdaderos padres, hermanos, pastores y maestros, ayudándolas con los recursos de la gracia e iluminándolas con la luz de la verdad. También se vio la conveniencia de que los laicos recibieran esa formación, para que ellos, individualmente o por medio de asociaciones, pudieran aportar su consejo, animación y apoyo a la promoción de la institución familiar. Así surgió hace cuatro años el instituto del cual sois la sección española, y entre cuyos logros está la capacitación de un considerable número de alumnos, pastores y fieles, como profesionales expertos que ayuden a transformar los distintos ambientes de la sociedad con la levadura del «Evangelio de la vida».

Ante la confusión que reina en el campo de la familia y de la vida, es preciso presentar la belleza y el atractivo del plan de Dios sobre el matrimonio y la institución familiar, de modo que se fortalezca la voluntad de los hombres y mujeres de nuestro tiempo de vivir su grandeza, siendo conscientes también de las exigencias que conlleva. Para ello es necesario el estudio y la preparación académica, tareas a las que os habéis de entregar con pasión y gozo. Os animo a proseguir en este servicio al hombre y a la sociedad.

El objetivo de vuestro Instituto es investigar y transmitir la verdad natural y revelada sobre el matrimonio y la familia, ofreciendo a la pastoral familiar el conveniente apoyo filosófico-teológico que le permita reaccionar frente a las concepciones materialistas del hombre, tan difundidas por desgracia en la sociedad actual. Por ello vosotros, que sois las primeras generaciones de la sección española, una vez adquirida la formación adecuada, debéis comprometeros, como profesores y animadores de la pastoral familiar, en enriquecer la vida de los fieles, ayudándoles a descubrir la «vocación a la santidad» de los esposos y demás miembros de la familia. Este año estáis dedicando una atención especial al estudio y la difusión de la «Carta de los derechos de la familia», que puede ser un válido instrumento para iluminar muchos de los actuales problemas. Os felicito por esta elección y os animo a seguir trabajando en favor de un auténtico humanismo familiar, que ayude a considerar la familia como el santuario de la vida, la escuela que permite la transmisión de la fe y favorece el diálogo entre sus miembros y con Dios.

Que la Virgen María, Reina de la familia, que en Valencia veneráis como «Mare de Deu dels Desamparats», proteja con su maternal intercesión la obra buena que lleváis a cabo. Por su mediación os imparto, como prenda de un servicio fructuoso a la familia y a la vida, una particular bendición apostólica, que complacido extiendo a todos los que colaboran con vosotros.

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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II A LA COMISIÓN INTERNACIONAL CATÓLICO-ANGLICANA Viernes 28 de agosto de 1998

Queridos amigos en Cristo:

«Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo » (1 Co 1, 3). En el vínculo de la fe, os saludo a vosotros, participantes en la asamblea plenaria anual de la Comisión internacional católico-anglicana. En particular, expreso mi aprecio al obispo Mark Santer, cuyo mandato como copresidente anglicano de la Comisión está a punto de concluir. Le agradezco todo lo que ha hecho por impulsar el trabajo de la Comisión durante estos años.

Al examinar aún más la cuestión de la autoridad de enseñar en la Iglesia, como lo estáis haciendo durante este encuentro anual, procuráis conocer más profundamente lo que Cristo piensa y quiere para su Iglesia. En este momento, en que mucha gente está muy desconcertada y angustiada, es importante que los cristianos reafirmen que la verdad existe, que puede conocerse y que Cristo ha establecido un magisterio autorizado dentro de la Iglesia para salvaguardar y dar a conocer la verdad de la fe. La pérdida de confianza en la verdad ha llevado a una crisis cultural, que también ha afectado a los discípulos de Cristo. En esta situación, la voz de la autoridad apostólica debería ser como una diaconía de la verdad, un servicio humilde y constante a la verdad de la Revelación. Debemos predicar que Cristo es la verdad absoluta y universal que se manifiesta desde la profundidad misma de la Trinidad, que podemos conocerlo, y que la humanidad encuentra su auténtica libertad en el conocimiento de la verdad que es él (cf. Jn 8, 32).

En mi carta encíclica Ut unum sint , expliqué que «la misión del Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de la plena comunión de los discípulos de Cristo» (n. 4). Por eso, oro fervientemente para que el Espíritu de la verdad siga guiando vuestra labor a fin de que, mientras nos aproximamos al tercer milenio de la era cristiana, arrepintiéndonos de nuestros antiguos pecados y celebrando nuevas esperanzas, los anglicanos y los católicos podamos conocer la alegría que se experimenta cuando los hermanos viven en la unidad (cf. Sal 133, 1). «A aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria » (Ef 3, 20). Que la bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, esté con vosotros.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO INTERRELIGIOSO ORGANIZADO EN BUCAREST POR LA COMUNIDAD DE SAN EGIDIO

A mi venerado hermano cardenal Edward I. CASSIDY presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos

Me alegra particularmente dirigir, por medio de usted, mis saludos cordiales a los participantes en el duodécimo encuentro de oración organizado por la Comunidad de San Egidio sobre el tema: «La paz es el nombre de Dios». Recuerdo aún con gran emoción la memorable jornada de Asís en que, por primera vez en la historia, representantes de las grandes religiones del mundo se reunieron para implorar la paz al único que puede darla en plenitud. Como tuve ocasión de afirmar en los meses sucesivos, tengo la firme convicción de que «en esa jornada, y en la oración que era su motivo y su único contenido, por un momento parecía expresarse también visiblemente la unidad escondida pero radical (...) entre los hombres y mujeres de este mundo» (Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 1986, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de enero de 1987, p. 6). Esta perspectiva, que es fundamentalmente lo que he llamado «espíritu de Asís», debía reanudarse y comunicarse, para poder suscitar por doquier nuevas energías de paz. Aquel día se inició un camino que la Comunidad de San Egidio ha animado con valentía, implicando en él a un número cada vez mayor de hombres y mujeres de religiones y culturas diversas. Así, la «perspectiva» de Asís se ha perfilado en muchas ciudades europeas, como Varsovia, Bruselas, Milán y, el año pasado, Padua. No es una casualidad que esta peregrinación, enriquecida ahora con doce años de experiencia, llegue a Rumanía y haga etapa en Bucarest, ciudad que en esta circunstancia se ha convertido prácticamente en el centro geográfico de una Europa que, formada por gran variedad de pueblos y culturas, debe reconstruir una unidad amplia y armoniosa, que no excluya a nadie.

Deseo saludar a todo el pueblo rumano, al que me siento cercano espiritualmente. Saludo al presidente de la República y a su Gobierno, a quienes agradezco su invitación a hacer una visita a Rumanía, que espero poder realizar. Dirijo un saludo fraterno, en particular, a Su Beatitud el patriarca Teoctist, a los metropolitas, a los obispos y a todo el pueblo de la venerable Iglesia ortodoxa de Rumanía. Con afecto y estima saludo a los obispos y a las comunidades católicas de Rumanía, tanto de rito bizantino como de rito latino, exhortándolas a perseverar con valentía en el testimonio de Cristo y de su Evangelio. Extiendo mi saludo fraterno a todas las demás confesiones cristianas y a las otras religiones presentes en ese noble país. La gran manifestación de oración por la paz se inserta perfectamente en la singular vocación que tiene Rumanía de ser un puente entre Oriente y Occidente, para ofrecer una síntesis original de las culturas y las tradiciones europeas.

La presencia de tantos venerables patriarcas, primados y obispos de las Iglesias ortodoxas hace que el encuentro sea muy significativo para toda la cristiandad. Les envío mi fraterno y afectuoso beso de la paz, para que lo transmitan a sus amadas Iglesias. En verdad, el hecho de que representantes tan cualificados de la Ortodoxia se unan hoy a representantes de la Iglesia católica y de otras comunidades cristianas de Occidente, para reflexionar juntos en un tema tan importante, es un don precioso. Su presencia en ese encuentro, precisamente en el umbral del tercer milenio, nos impulsa a elevar nuestra oración a Dios con una confianza particular, para que el mundo vea a los cristianos «menos divididos». El camino estará tanto más despejado, cuanto más nos encontremos y nos amemos, manifestando así la alegría que nos une. Por tanto, ese encuentro de Bucarest se presenta como un verdadero momento de gracia. Tenemos necesidad de recordarnos a nosotros mismos y al mundo que lo que nos une es mucho más fuerte que lo que nos separa.

Ese encuentro reviste un elevado significado espiritual, puesto que se reúnen los cristianos con representantes de las grandes religiones del mundo. También a ellos dirijo mi respetuoso saludo. Ya saben la gran estima que siento por sus tradiciones religiosas: en mis viajes apostólicos, no dejo jamás de encontrarme con sus representantes, reconociendo su elevada misión en los diferentes países. Su presencia tan numerosa y cualificada, además de subrayar la importancia del papel que desempeñan las religiones en la vida de los hombres de nuestro tiempo, nos recuerda la necesidad de manifestar la unidad de las naciones, educar para la paz y el respeto, y cultivar la amistad y el diálogo.

Sí, es necesario este compromiso. Desgraciadamente, durante los últimos decenios, aunque hemos constatado notables progresos en el camino de la paz, también hemos asistido al desarrollo de numerosos conflictos: guerras en diferentes regiones del mundo, que implican frecuentemente a los países más pobres, agravando su situación ya difícil. Pienso, particularmente, en África, martirizada por conflictos y por una situación endémica de inestabilidad. Pienso también en el Kosovo, tan cercano, donde, desde hace mucho tiempo, poblaciones enteras soportan atrocidades y torturas en nombre de insensatas rivalidades étnicas. Pienso, por último, en los procesos de paz iniciados en Oriente Medio y en otras partes del mundo, pero que corren peligro a causa de dificultades que siempre vuelven a aparecer. Frente a la multiplicación de situaciones de guerra, es preciso que se desarrollen nuevas energías de paz, cuya valiosa reserva son las religiones. Durante el encuentro de 1993, que se celebró en Milán, los jefes religiosos presentes firmaron un llamamiento, que conserva toda su fuerza: «Ningún odio, ningún conflicto, ninguna guerra se han de apoyar en las religiones. La guerra nunca puede ser motivada por la religión. Las palabras de las religiones han de ser siempre palabras de paz. El camino de la fe debe abrir al diálogo y a la comprensión. Las religiones han de llevar a los corazones a pacificar la tierra. Las religiones deben ayudar a todos los hombres a amar la tierra y sus pueblos, tanto pequeños como grandes».

Las religiones manifiestan la aspiración universal a la comprensión y al entendimiento, que nace de un sincero amor a Dios. Por eso, ese encuentro ha elegido oportunamente el título: «Dios, el hombre y los pueblos», tres realidades que deben mantener una relación orgánica. Cada persona y cada pueblo puede descubrir su auténtica vocación en la medida en que hace referencia a Aquel que está sobre todos y que acompaña a todos los seres humanos hacia el futuro común que vosotros ya expresáis, en cierto modo, durante ese encuentro.

Le confío, señor cardenal, la misión de saludar a cada uno de los representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, así como de las grandes religiones del mundo, asegurando a todos los participantes mi recuerdo afectuoso, sostenido por una ferviente invocación a nuestro Padre común, para que todos los pueblos de la tierra, abandonando las sendas de la violencia, emprendan el camino de la paz.

Castelgandolfo, 26 de agosto de 1998

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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II AL FINAL DE UNA REPRESENTACIÓN TEATRAL SOBRE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS Domingo 23 de agosto de 1998

Queridos amigos:

Saludo y doy las gracias ante todo a los tres actores de la representación sobre santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, doctora de la Iglesia, así como a quienes han contribuido a su realización. Nos brindan la ocasión de meditar en la obra de la santa de Lisieux, maestra de vida espiritual y patrona de las misiones. Teresa apreciaba el arte del teatro y la poesía, y transmitía así el mensaje de su divino Salvador, deseando únicamente en toda su existencia «el honor y la gloria de nuestro Señor» (La misión de Juana de Arco, 10 r).

Me alegra que ella, que pasó su vida en el recogimiento de su Carmelo, sea cada vez más conocida y siga mostrando el camino del Señor, gracias a su madurez espiritual y a la seguridad de su doctrina. Ojalá que, por medio del arte, muchas personas, siguiendo a la joven carmelita, tengan la posibilidad de descubrir a Aquel que es el camino, la verdad y la vida, y se sientan atraídas por él, para amarlo con todo su corazón, pues «el amor atrae al amor» (Manuscrito C, 34 v), para vivir el Evangelio todos los días y para servir a sus hermanos.

Saludo también a todos los que han participado en esta representación, en particular al padre abad y a los padres de la congregación de San Víctor de la Confederación de los Canónigos Regulares de San Agustín. Os invito a todos a hacer incesantemente, como Teresa, el acto de consagración al Amor misericordioso, deseando, a pesar de la debilidad humana, amar y hacer amar a Dios, y poniéndoos humildemente en sus manos como niños, para cumplir diariamente su voluntad. Os imparto de corazón a todos la bendición apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A MONS. MARIANO DE NICOLÒ, OBISPO DE RÍMINI, Y A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO PARA LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS

Excelencia reverendísima:

1. Con ocasión del Congreso anual para la amistad entre los pueblos, que se realizará del 23 al 29 de agosto, Su Santidad le pide que transmita a los organizadores y a los participantes su cordial saludo, expresándoles su gran satisfacción por esta manifestación, que ha llegado a ser un punto de referencia para numerosas personas, en gran parte jóvenes, procedentes de diversas naciones.

El tema del encuentro, «La vida no es sueño», prosiguiendo idealmente la reflexión de la última edición, quiere poner de relieve la enfermedad profunda de nuestro tiempo: la crisis del sentido de la realidad, que viene a ser crisis de la relación del hombre con ella. El hombre de hoy advierte que su pensamiento se apoya en bases frágiles y a menudo inadecuadas para corresponder plenamente a toda la riqueza de la realidad. Algunas corrientes filosóficas han minado hasta tal punto los fundamentos del conocimiento, que han llevado a plantearse la cuestión acerca de la existencia misma de la realidad.

Todo esto causa un peligroso ofuscamiento de la mirada y una grave desorientación, que dificultan y a veces incluso impiden el enfoque de la realidad. Paradójicamente, este amargo resultado es fruto de un recorrido secular del pensamiento, que ha tratado de establecer a toda costa las condiciones que hacen posible la certeza. Pero lo ha hecho partiendo del erróneo supuesto positivista según el cual la certeza se debe identificar con la exactitud de las ciencias positivas. Eso ha tenido como consecuencia que la razón científica se ha arrogado a menudo el derecho de decidir de qué cosas se puede tener certeza, prestando escasa atención a las demás formas de conocimiento, por considerarlas inseguras.

Desde esa perspectiva, «real» es lo que puede investigar el científico; lo que el hombre, en cierto modo, puede medir. Así, se excluye la posibilidad de hablar de Dios y de la naturaleza íntima de las cosas, por tratarse de realidades que no pueden verificarse experimentalmente y que, en consecuencia, por definición no son significativos. En esta separación entre las cosas mensurables, y por consiguiente «reales», y las inmensurables, y por eso «irreales», algunos han creído ver una gran conquista, que debería permitir al género humano alcanzar metas científicas, humanas y civiles cada vez más elevadas, asegurándole paz, unidad y bienestar, y liberándolo de las fuerzas oscuras de la superstición y de las creencias irracionales.

2. La condición de muchos contemporáneos muestra, por el contrario, cómo esas doctrinas han producido frutos de índole muy diferente. La realidad mensurable con los más refinados medios técnicos ha resultado más pobre de lo que, con gran entusiasmo, se esperaba; mientras que, más allá de ella, ha ido extendiéndose el vasto territorio de lo incontrolable y, por tanto, de lo «no real». La ciencia, al frustrar las expectativas del cientificismo, ha sido incapaz de iluminar con su «exactitud» vastos campos de la experiencia humana. Es sintomático que en el arte, en la literatura y en el teatro, donde la conciencia del siglo presente se expresa de modo más agudo y dramático, se haya manifestado el sentimiento de lo absurdo, de la falta de sentido y de la condición «infernal » de la vida humana. El hombre se ha dado cuenta de la alienación trágica en la que termina por caer cuando se obstina en no reconocer que la realidad va más allá de los confines de la vara que usa para medir. En efecto, el ser humano no puede renunciar a la sed que lo impulsa hacia el Absoluto. No puede resignarse a declarar irreal lo que no es capaz de controlar de modo experimental.

A pesar de ello, existen orientaciones culturales que, al parecer, no quieren renunciar a la dirección de marcha emprendida. Tratan, más bien, de remediar la profunda condición de malestar del hombre contemporáneo sugiriéndole huir de esa realidad que ya sólo le causa sufrimiento, porque carece de sentido. La propuesta consiste en escapar a un mundo de sueño.

Precisamente en eso invita a reflexionar el Congreso. El sueño da la impresión de proporcionar un ámbito en el que, finalmente, el desasosiego del hombre puede encontrar alivio, al abrigo de la tormenta de la vida. No importa que el recinto de ese sueño no esté completamente cerrado y resguardado por todos los lados, y que la irracionalidad y el frío del mundo penetren de vez en cuando en él y perturben su ambiente. Esta es la única felicidad alcanzable, la única alternativa posible a la nada y, por eso, hay que contentarse. Así habla cierta cultura de nuestro tiempo.

3. Ante estas insidiosas propuestas de fuga, hay que afirmar con fuerza que la vida no es sueño. A una existencia que las pretensiones de autonomía del hombre han vaciado de realidad, pero sin lograr impedirle que provoque dolor y muerte con sus exigencias apremiantes, no se puede responder proponiendo una esfera de engaños y de promesas falaces. Nuestra conciencia de hombres del siglo XX ha sido herida a menudo por doctrinas que han excluido toda posibilidad de comunicación con el misterio de las cosas. Se trata de doctrinas que han debilitado interiormente al hombre y parecen haberle quitado el vigor necesario para reaccionar frente a los condicionamientos que lo entorpecen, impidiéndole una auténtico renacimiento. ¿Dónde se puede encontrar esta fuerza fresca, esta nueva energía vital?

Corresponde a los cristianos la tarea de anunciar con valentía al hombre contemporáneo la urgencia de volver a la promesa, inscrita en su mismo ser no por una divinidad malvada, interesada en su sufrimiento, sino por un Dios amoroso, que ha puesto en él un anhelo de sentido, manifestado en una sed insaciable y en una inquietud interior, que al parecer no pueden encontrar alivio. Este es el camino maestro que lleva a la realidad en que es posible encontrar la respuesta. La realidad, si se la interroga con sinceridad, no defrauda las expectativas del hombre, y aparece viva, elocuente y significativa. Se manifiesta como «signo» de Aquel que la ha creado y como «cifra» del auténtico sentido de la existencia.

4. Los cristianos de hoy tienen también una segunda responsabilidad: la de gritar al mundo que Cristo ya ha roto las cadenas con las que el hombre continuamente vuelve a sujetarse. El Hijo de Dios se ha hecho compañero del hombre en su búsqueda de sentido y del bien, acompañándolo por los caminos de su deseo. Él es el «camino» que lleva a la Realidad última (cf. Jn 14, 6), la «puerta» que da acceso al sentido al que aspira el espíritu humano (cf. Jn 10, 7).

Cristo sostiene el impulso del hombre que, abandonado a sus solas fuerzas, correría el riesgo de perderse frente a la aparente opacidad de las cosas, o terminaría por arrogarse el derecho de plasmar la realidad según su voluntad, silenciando de ese modo sus preguntas. El Hijo de Dios que vino al mundo ha resuelto el malestar del hombre, ha acabado con su alienación. Él, que dijo: «Yo soy (...) la vida» (Jn 11, 25), invita al cristiano, también en nuestro tiempo, a gritar al mundo: ¡La vida es Cristo; la realidad encuentra su sentido pleno en Cristo!

La Iglesia, como «lugar» donde está presente el Resucitado, sobre todo en los sacramentos y en la comunión con los hermanos, tiene la misión de mantener viva la sed de realidad que late en el corazón humano. Aquí Cristo nos lleva al Padre: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Aquí Cristo nos introduce, por la puerta de su misma humanidad, en el encuentro con el sentido profundo de la realidad, con el significado que puede reproducir ante nuestros ojos el designio eterno y misterioso en que la inquietud humana encuentra finalmente paz.

5. Al enviar a su excelencia estas reflexiones para que las transmita a los participantes en el Congreso, el Sumo Pontífice expresa sus mejores deseos de que esa manifestación ayude al hombre contemporáneo a encontrar en Cristo a Aquel que sacia su sed de verdad y de paz.

Con estos deseos, el Santo Padre le imparte a usted, y a todos los presentes, su bendición, prenda de copiosos favores celestiales.

También yo, de buen grado, formulo mis votos personales por el pleno éxito del encuentro y aprovecho esta circunstancia para confirmarle mi afecto.

Card. Angelo Sodano Secretario de Estado

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CAPÍTULO GENERAL DE LAS HIJAS DE NUESTRA SEÑORA DE LA MISERICORDIA Jueves 20 de agosto de 1998

Amadísimas Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia:

1. Me alegra acogeros con ocasión del capítulo general que acabáis de concluir en Savona, ciudad en la que, hace más de un siglo y medio, santa María Josefa Rossello fundó vuestra congregación. Os saludo cordialmente a cada una de vosotras, que formáis la asamblea capitular, así como a todas vuestras hermanas, más de mil, en las diversas comunidades esparcidas por Europa, África, América y Asia.

Expreso mis mejores deseos a vuestra superiora general, madre Celsa Josefa Benetti, a quien el capítulo ha confirmado en su cargo. La felicito y, a la vez, la animo a proseguir con alegría y serenidad su servicio a la congregación, para promover su eficaz presencia apostólica en la Iglesia.

2. Vuestra reunión capitular se inscribe en el año del Espíritu Santo, segunda etapa del itinerario de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000. Por eso, quisiera recordar ante todo la «íntima relación» que une la vida consagrada a la obra del Espíritu Santo (cf. Vita consecrata , 19).

El Espíritu es, en primer lugar, el alma de la vocación: «Es él quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una opción tan comprometida (...); es él quien guía el crecimiento de tal deseo (...); es él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente» (ib .).

La entrega de sí mismo en la vida consagrada, como el «sí» de María y su fecundidad virginal, tiene lugar a la «sombra» del poder del Altísimo. Y este «sí», esta entrega, se renueva día tras día en la unión orante con Dios, cuyo culmen es la Eucaristía, en la comunión fraterna y en el apostolado.

A lo largo de los siglos y de los milenios, el Espíritu Santo siembra en la Iglesia la variedad de los carismas, entre los cuales también están los específicos de cada instituto. «De aquí surgen las múltiples formas de vida consagrada mediante las cuales la Iglesia aparece también adornada (...) y enriquecida (...) para desarrollar su misión en el mundo» (ib .).

3. Mediante el luminoso testimonio de María Josefa Rossello, el Espíritu Santo pudo suscitar en la generosa tierra de Liguria un nuevo brote, a partir de la inagotable fuente de vida evangélica que es la experiencia de la Misericordia divina, «contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y fuerza constitutiva de su misión» (Dives in misericordia , 6). Éste es vuestro carisma, que sentís particularmente relacionado con María santísima, Madre de la misericordia y de cuantos confían en ella.

El capítulo general constituye, ante todo, un acto de fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual del instituto. «Precisamente en esta fidelidad a la inspiración de los fundadores y fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más fácilmente y se reviven con más fervor los elementos esenciales de la vida consagrada » (Vita consecrata , 36). En las reuniones capitulares, los religiosos se ponen a la escucha de lo que el Espíritu quiere decir, para descubrir qué significa ser fieles al propio carisma en la situación actual del instituto, de la Iglesia y del mundo, a fin de que la semilla de santidad pueda dar fruto en nuestro tiempo.

A este respecto, «debe permanecer, pues, viva la convicción de que la garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor» (ib ., 37).

4. También la humanidad contemporánea, con las formas de pobreza tradicionales y con las específicas de nuestra época, tiene sed de la Misericordia divina, y pide que se reconozca su presencia en hombres y mujeres que sean testigos creíbles de ella.

Este testimonio debe partir de la vida misma de la comunidad religiosa, que es el lugar en que la misericordia se convierte en diaria atención recíproca, comunión y corrección fraterna. De una intensa experiencia personal y comunitaria brotan los diversos «ministerios de misericordia» —como los llaman vuestras constituciones—, que son vuestro modo peculiar de «trabajar por la extensión del reino de Dios» (Const., 4).

Queridas hermanas, ponéis todo esto bajo la especial protección de María, Madre de la misericordia. Que ella, «ejemplo sublime de perfecta consagración» (Vita consecrata, 28), recuerde siempre a cada una de sus Hijas «la primacía de la iniciativa de Dios» y les comunique «aquel amor que permite dar cada día la vida por Cristo, cooperando con él en la salvación del mundo» (ib .). Ojalá que todos, también gracias a vuestro testimonio de fe y amor, reconozcan a la Virgen santísima como Madre de misericordia.

Con este deseo, os imparto de corazón a vosotras y a toda la congregación una especial bendición apostólica.

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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II AL INICIO DE UN COLOQUIO INTERNACIONAL CELEBRADO EN CASTELGANDOLFO 17 de agosto de 1998

Distinguidos señores y señoras:

Con gran placer os doy la bienvenida y os agradezco vuestra participación en este Coloquio. Ya desde ahora deseo deciros cuánto aprecio el que estéis dispuestos a brindar vuestro tiempo y vuestros conocimientos para la realización de este ejercicio, que espero sea de verdad una experiencia agradable para todos nosotros.

Representáis los campos académico, científico, político y editorial, de diversas partes del mundo y de gran variedad de ambientes. El objetivo de este Coloquio consiste en «centrar» esta gran riqueza de pensamientos y experiencias en un tema muy estimulante en la esfera de la investigación intelectual y, al mismo tiempo, muy práctico por su capacidad de sugerir a la humanidad caminos para avanzar en esta coyuntura: «Al final del milenio: tiempo y modernidad».

La Iglesia debe predicar el mensaje de salvación que ha recibido de su divino Fundador. Y tiene que predicar este mensaje a los hombres de todos los tiempos. Necesita ayuda para comprender cada época, cada período de la historia, con sus presupuestos, sus valores, sus expectativas, sus limitaciones y sus errores. ¿Estamos en uno de los períodos más complejos y decisivos de la historia humana? ¿Se trata de un tiempo que marca un fin o un comienzo?

Por mi parte, espero con ilusión conocer vuestras opiniones. Siempre he considerado la búsqueda de «la verdad de las cosas» como la cualidad que caracteriza al hombre. Albergo gran estima por el compromiso y la entrega generosa que implica vuestra investigación.

Al comenzar estos dos días de reflexión, os ofrezco mi oración al Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, para que nos guíe y sostenga nuestros esfuerzos. ¡Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones de tu amor y haz que participemos en tu gran misión: renovar la faz de la tierra!

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SANTA MISA EN SUFRAGIO DEL SIERVO DE DIOS PAPA PABLO VI

PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 6 agosto 1998

Permanece viva en toda la Iglesia la memoria de mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, que murió aquí, en Castelgandolfo, hace veinte años. El tiempo no ha disminuido su recuerdo; al contrario, con el paso de los años resulta cada vez más luminosa su figura, y cada más actuales y sorprendentes sus proféticas intuiciones apostólicas. Además, este año, la celebración del centenario del nacimiento de este Pontífice, guía sabio y fiel del pueblo cristiano durante el concilio Vaticano II y el difícil período posconciliar, nos hace sentir más familiar el recuerdo de su persona y más fuerte el testimonio de su amor a Cristo y a la Iglesia.

Murió el día en que la liturgia conmemora el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración del Señor.

En una homilía comentaba así la página evangélica de hoy: «Es preciso volver a descubrir el rostro transfigurado de Cristo, para sentir que él sigue siendo, y precisamente para nosotros, nuestra luz: la luz que ilumina a toda alma que lo busca y lo acoge, que alumbra todo acontecimiento humano, todo esfuerzo y le confiere color y relieve, mérito y destino, esperanza y felicidad» (Homilía en el II domingo de Cuaresma, 23 de febrero de 1964).

Al comenzar la celebración de la eucaristía, en la que elevaremos nuestras oraciones por este inolvidable Pontífice, sus palabras nos invitan a pedir al Señor para la Iglesia y para cada uno de los fieles la valiente y heroica fidelidad al Evangelio que caracterizó su ministerio de Sucesor de Pedro.

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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II CON OCASIÓN DE LA REANUDACIÓN DE LA GRAN ORACIÓN POR ITALIA EN EL SANTUARIO DE LORETO

Al venerado hermano cardenal Camillo RUINI presidente de la Conferencia episcopal italiana

He recibido con alegría la noticia de que, a partir del próximo día 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la santísima Virgen María, se reanudará la Oración diaria por Italia en la Santa Casa de Loreto y se encenderá la lámpara de Italia, que arderá para simbolizar la invocación del pueblo italiano.

La Gran Oración por Italia comenzó en 1994, cuando la constante solicitud que siento por la querida nación italiana me impulsó a invitar a elevar incesantemente a Dios una oración en la Iglesia (cf. Hch 12, 5) con el fin de obtener la gracia de la conversión de los corazones, condición indispensable para construir una convivencia más justa y solidaria. El 10 de diciembre de ese año, a los pies de la Virgen de Loreto, en fraterna e intensa comunión con los obispos italianos, en presencia de autoridades del Estado, pude celebrar la fase conclusiva de la respuesta común suscitada por ese llamamiento.

La nueva y providencial iniciativa que, enlazando con aquella, se ha transformado en la Oración diaria por Italia, prolonga la invocación de paz y constituye una ulterior ocasión para prepararse a vivir la gracia del jubileo, dirigiendo la mirada con renovado y filial amor a María, que en todos los lugares de la península es venerada como refugio seguro en los peligros y Madre benévola ante las súplicas de los que atraviesan alguna prueba (cf. Sub tuum praesidium, en Breviario Romano).

Mientras la cercanía del tercer milenio suscita nuevas expectativas y esperanzas, contemplamos a María, primera discípula del Señor y Maestra de sabiduría, que nos ayuda a leer las vicisitudes de la historia con una total disponibilidad a la palabra del Señor. Así, con su maternal apoyo, el pueblo italiano podrá discernir más fácilmente «los signos de los tiempos» y comprometerse con valentía y perseverancia en la construcción de una sociedad con rostro y dimensión auténticamente humanos.

La lámpara de Italia, que brillará diariamente en la Santa Casa, lugar que evoca el misterio del Verbo encarnado, será símbolo de la constante consagración de la comunidad italiana a la Madre del Señor. Al mismo tiempo, recordar á que los cristianos tienen el deber de estar vigilantes, con las lámparas encendidas (cf. Mt 25, 1-13), y perseverantes en la oración y en la fidelidad al Evangelio, para iluminar con la antorcha de la verdad y del amor de Cristo las diferentes realidades sociales, políticas, culturales y económicas de la existencia.

A la vez que formulo fervientes votos para que esta providencial iniciativa produzca los frutos esperados, expreso mi viva satisfacción y, unido espiritualmente a cuantos se encuentran reunidos en el sagrado templo de Loreto, con gusto le imparto a usted, señor cardenal, a mons. Angelo Comastri, a los obispos italianos y a los fieles presentes en el sagrado rito, una especial bendición apostólica, que extiendo de buen grado a toda la querida nación italiana.

Castelgandolfo, 6 de agosto de 1998

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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II AL FINAL DE UN CONCIERTO DE LA ORQUESTA FILARMÓNICA HÚNGARA Domingo 2 de agosto de 1998

Excelencias; ilustres señores y señoras:

He escuchado con interés las piezas musicales de Félix Mendelssohn y de Zoltán Koldály, que la Orquesta filarmónica húngara acaba de interpretar durante esta interesante velada artística, organizada por la Academia musicae pro mundo uno de Roma.

Doy las gracias, ante todo, al maestro Ervin Acél, director estable de la orquesta sinfónica de Szeged, al violinista Stefan Milenkovich y a todos los miembros de la orquesta, por la competencia y el arte con que nos han alegrado el esp íritu. También expreso mi agradecimiento al maestro Giuseppe Juhar y a la doctora Monika Ryba-Juhar, respectivamente presidente y directora artística de la Academia musicae pro mundo uno.

Saludo cordialmente, asimismo, a los huéspedes que han venido aquí, y les expreso mis sentimientos de gratitud por haber querido honrar con su presencia esta velada musical en el palacio apostólico de Castelgandolfo.

En la interpretación de las composiciones que nos han ofrecido se manifiestan toda la fuerza y todo el pathos del alma nacional húngara, tan rica en sentimientos y, al mismo tiempo, tan sobria y noble, abierta al diálogo con las demás culturas.

La música, por la índole misma de su lenguaje universal, tiene la capacidad de favorecer el encuentro entre culturas diversas, convirtiéndose en vehículo de un provechoso intercambio de dones, que a menudo enriquece más a quien da que a quien recibe. Eleva el espíritu a sentimientos nobles y sinceros, y puede llevar, a través de la armonía de las notas y del diálogo de los instrumentos, a contemplar la suprema y eterna belleza de Dios.

Deseo de todo corazón que cada ejecución musical sea una ocasión de enriquecimiento espiritual interior, y motivo de entendimiento fraterno entre las personas y las naciones.

Acompaño estos sentimientos con una bendición especial, que imparto de buen grado a los presentes y a sus respectivas familias, como prenda de abundantes gracias celestiales.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONGREGACIÓN BENEDICTINA OLIVETANA, CON OCASIÓN DEL 650 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE SU FUNDADOR

Al reverendísimo padre Michelangelo Riccardo M. TIRIBILLI Abad general de la Congregación Benedictina Olivetana

1. Este año se cumple el 650 aniversario de la muerte del beato Bernardo Tolomei, apasionado «buscador de Dios» (Regula benedictina, 58, 7), que esa congregación monástica se dispone con alegría a conmemorar. En este feliz aniversario, me complace dirigirle a usted, reverendísimo padre, y a toda la congregación monástica de los olivetanos, mi saludo y mis mejores deseos, uniéndome de buen grado al himno común de alabanza y gratitud al Señor por el don que hizo a su Iglesia con ese insigne testigo del Evangelio.

Por providencial coincidencia, este aniversario cae en el segundo año de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000, dedicado al Espíritu Santo. La figura luminosa del beato Bernardo, creador de «escuelas del servicio de Dios» (Regula benedictina, Prol. 45), es un ejemplo singular de la presencia y de la acción del Espíritu Santo, fuente de la múltiple variedad de los carismas, de los que vive la Esposa de Cristo.

En el corazón del beato Bernardo «el Espíritu Santo derramó con abundancia el amor de Dios» (cf. Rm 5, 5), convirtiéndolo así en signo del Señor resucitado. Por eso pudo sobresalir «en la vocación a la que Dios le llamó, para que la Iglesia sea más santa y para la mayor gloria de la única e indivisible Trinidad» (Lumen gentium , 47), «comprometido a ser portador de la cruz» (cf. Vita consecrata , 6), como indica significativamente el nombre de «Monte Oliveto» (Monte de los Olivos), que dio al desierto de Accona. Bernardo, «sin anteponer nada al amor de Cristo» (Regula benedictina, 4, 21; cf. 72, 11), se insertó con fidelidad dinámica en la ininterrumpida tradición que ha consolidado la nobleza, la belleza y la fecundidad de la espiritualidad benedictina.

2. Su extraordinaria experiencia de Cristo muerto y resucitado fue «experiencia del Espíritu vivida y transmitida» (Mutuae relationes, 11) a la congregación monástica que fundó, hoy difundida en muchos países del mundo.

Ante la cercanía del tercer milenio de la era cristiana, la familia espiritual benedictina olivetana, proyectada con esperanza hacia el futuro, quiere confirmar con valentía su vocación al servicio del Evangelio. Percibe la urgencia de «ofrecer a la divina Majestad un servicio a la vez humilde y noble» (Perfectae caritatis , 9), aceptando con alegría «el bien de la obediencia» (Regula benedictina, 71, 1), «viviendo el amor fraterno» (ib., 72, 8), progresando en la «conversión de las costumbres» (ib., 58, 17) y en el ejercicio de la humildad (cf. ib., 7).

Precisamente con una celebración del «Opus Dei» esmerada y llena de intensidad contemplativa, aun en medio de tantas pruebas, los monjes olivetanos han sabido hacer que sus comunidades se convirtieran cada vez más, durante los siglos, en lugares de silencio, de paz, de fraternidad y de sensibilidad ecuménica. De este modo, los monasterios olivetanos han llegado a ser testimonio elocuente de comunión, moradas hospitalarias para los que buscan a Dios y las realidades espirituales, escuelas de fe y laboratorios de estudio, de diálogo y de cultura.

3. El 650 aniversario de la muerte del beato Bernardo constituye, por tanto, una circunstancia oportuna para poner de relieve con renovado vigor la actualidad del carisma de esa orden. Recordando el radical testimonio de vida monástica del fundador, no será difícil descubrir las razones de las opciones que le sugirió la situación del monacato de su tiempo y que realizó al fundar una nueva congregación benedictina, que se diferencia de las demás por «una estructura propia, en virtud de la cual los monjes profesan en las manos del abad general o de un delegado suyo y, a pesar de vivir en los diferentes monasterios, están tan unidos a la archiabadía de Monte Oliveto Maggiore, que forman una sola familia no sólo por vínculo de caridad sino también jurídico» (Constituciones olivetanas, 1).

Sé que la atención a esta «relectura» suya de la Regla de san Benito será objeto de reflexión y discernimiento en vuestro inminente capítulo general, examen importante de vuestra identidad carismática. Espero cordialmente que, con el esfuerzo y la colaboración de todos, la memoria histórica de vuestros orígenes se convierta en memoria viva que dé nuevo impulso a vuestro apostolado.

Dado que conviene distinguir el carisma de las formas contingentes en que se ha expresado durante el pasado, será oportuno hacer una revisión equilibrada y realista, de acuerdo con los principios de subsidiariedad y complementariedad, ya recogidos en vuestras constituciones, pero que tal vez requieren nuevas explicitaciones para adaptarse mejor a la situación actual de vuestra congregación.

4. Demos gracias al Señor porque, en sus más de seis siglos de vida, vuestra congregación ha experimentado que la divina Providencia ha guiado a sus monjes por caminos de auténtica perfección religiosa. En particular, la congregación ha sabido mantener siempre vivo ese apostolado monástico característico que es la hospitalidad, ofreciendo «una acogida diligente» (Regula benedictina, 53, 3) a los que sienten la necesidad de un espacio ideal para reconciliarse consigo mismos, con los demás y con Dios. Es importante que los monjes sean para sus huéspedes testigos de la virtud teologal de la esperanza, ayudándoles así en el esfuerzo diario por transformar la historia de acuerdo con el proyecto de Dios.

Mi deseo cordial es que, en la fiel observancia de las constituciones, la legítima diversidad de cada monasterio alimente la riqueza espiritual de lo que la tradición olivetana llama «unum corpus ». Esa tradición convierte vuestra congregación en un «ágape» fraterno de comunidades y está en el origen del singular vínculo entre monjes y monasterios que caracteriza a vuestra familia contemplativa.

En ese sentido, los padres capitulares estarán llamados a buscar modalidades adecuadas para expresar en formas actualizadas esta irrenunciable característica de su identidad monástica, teniendo en cuenta la actual realidad de la congregación, ya internacional, y la situación histórica y eclesial profundamente cambiada en la que deben hacerla presente.

Que el Espíritu Santo reavive en cada miembro el don específico que Dios ha otorgado a vuestra familia contemplativa con una sabia y prudente reformulación de las intenciones que guiaron al beato Bernardo en el origen de la fundación.

5. Invoco sobre todos los monjes olivetanos la protección maternal de María, cuyo nombre brilla en la denominación oficial de vuestra familia religiosa, llamada precisamente Congregación Benedictina de Santa María del Monte de los Olivos. A ella, peregrina en la fe, le pido que guíe vuestros pasos hacia el tercer milenio y continúe infundiendo en la congregación los dones de fecundidad espiritual que han caracterizado su pasado glorioso y, seguramente, seguirán marcando también su futuro.

Con esos deseos, a la vez que invoco sobre la congregación la protección celestial de la Virgen y del beato Bernardo Tolomei, le imparto con afecto a usted, reverendísimo padre, a sus hermanos los monjes olivetanos y a cuantos acuden a su ministerio religioso y espiritual diario, una especial bendición apostólica.

Castelgandolfo, 1 de agosto de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PATRIARCAS DE LAS IGLESIAS ORIENTALES CATÓLICAS, REUNIDOS EN EL VATICANO Martes 29 de septiembre de 1998

n.

1. «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1, 3), que nos ha reunido en este día por medio de su Santo Espíritu, para experimentar «¡qué bueno y qué dulce es habitar los hermanos todos juntos!» (Sal 132, 1).



Todos somos profundamente conscientes de la solemnidad y de la importancia de este encuentro. Cuando mi predecesor el Papa León XIII, de venerada memoria, que tanto se interesó por el Oriente católico, se reunió con los patriarcas orientales católicos el 24 de octubre de 1894, se dirigió a ellos con estas palabras, que hoy hago mías: «Os he llamado a Roma para daros una prueba indudable de mi afecto, deseando conversar con vosotros y poner de relieve el prestigio de la autoridad patriarcal».

Un largo camino se ha recorrido desde ese día. Quizá el momento más fecundo de dicho proceso fue el concilio Vaticano II, en el que algunos de vosotros tuvieron la alegría de participar, para hacer resonar en él la voz del Oriente cristiano.

En la línea indicada por el Concilio, el 18 de octubre de 1990 quise que se promulgara el Codex canonum Ecclesiarum orientalium, para sancionar la especificidad de las Iglesias de Oriente que ya están en comunión plena con el Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro.

Hace tres años quise manifestar de nuevo mi veneración por los tesoros de las Iglesias de Oriente en la carta apostólica Orientale lumen , para que «se restituya a la Iglesia y al mundo la plena manifestación de la catolicidad de la Iglesia, expresada no por una sola tradición, ni mucho menos por una comunidad contra la otra; y el anhelo de que también todos nosotros podamos gozar plenamente de ese patrimonio indiviso, y revelado por Dios, de la Iglesia universal que se conserva y crece tanto en la vida de las Iglesias de Oriente como en las de Occidente» (n. 1).

La misma estima y el mismo amor que dictaban estas palabras me han impulsado a desear este encuentro con las Iglesias orientales católicas en vuestras personas, con vosotros, que sois sus patriarcas y las presidís como «padres y cabezas» (Orientalium Ecclesiarum , 9). El gran jubileo se acerca y nos impulsa a todos a anunciar el evangelio de la salvación, «a tiempo y a destiempo» (2 Tm 4, 2): «Escuchemos juntos la invocación de los hombres que quieren oír entera la palabra de Dios. Las palabras de Occidente necesitan las palabras de Oriente para que la palabra de Dios manifieste cada vez mejor sus insondables riquezas» (Orientale lumen , 28).

2. Las Iglesias orientales católicas son, junto con las demás Iglesias de Oriente, los testigos vivos de las tradiciones que se remontan, a través de los Padres, hasta los Apóstoles (cf. Orientalium Ecclesiarum, 1); esa tradición «forma parte del patrimonio indiviso, y revelado por Dios, de la Iglesia universal » (ib.).

La Iglesia, a imagen de la santísima Trinidad, es misterio de vida y de comunión, Esposa del Verbo encarnado y morada de Dios. Para apacentar y gobernar a su Iglesia, el Señor Jesús eligió a los Doce y quiso que los obispos, sus sucesores, fueran pastores del pueblo de Dios durante su peregrinación hacia el Reino, bajo la guía del Sucesor del Corifeo de los Apóstoles (cf. Lumen gentium , 18).

En el ámbito de esta comunión, «Dios, en su providencia, hizo que diversas Iglesias, fundadas en diferentes lugares por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos, se hayan reunido en grupos organizados. Éstos, manteniendo a salvo la unidad de la fe y la única constitución divina de la Iglesia universal, gozan de una disciplina propia, de un rito litúrgico propio y de un patrimonio teológico y espiritual. Algunas de ellas, de manera característica las antiguas Iglesias patriarcales, como madres en la fe, dieron a luz a otras como hijas, con las que están unidas hasta hoy con lazos muy estrechos de amor en la vida sacramental y en el respeto mutuo de sus derechos y deberes » (ib., 23).

El Concilio, aunque era consciente de las divisiones que se habían producido a lo largo de los siglos y a pesar de que hasta ahora no se ha restablecido plenamente la comunión entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, no dudó en declarar que las Iglesias de Oriente «tienen la facultad de regirse según sus propias disciplinas, puesto que éstas se adaptan mejor a la idiosincrasia de sus fieles y son más adecuadas para promover el bien de sus almas» (Unitatis redintegratio , 16; cf. Orientalium Ecclesiarum , 9).

¿No vale esto desde ahora para vuestras Iglesias, que ya están en comunión plena con el Obispo de Roma? ¿Y no hay que reafirmarlo también con respecto a los derechos y deberes de los patriarcas, que son sus padres y cabezas? En el seno de la Iglesia católica vuestras Iglesias representan el Oriente cristiano, hacia el que nuestras manos están siempre tendidas para el encuentro fraterno de la comunión plena. Las Iglesias orientales católicas, en los territorios propios y en la diáspora, ofrecen sus riquezas litúrgicas, espirituales, teológicas y canónicas específicas. Vosotros, que sois sus cabezas, habéis recibido del Espíritu Santo la vocación y la misión de conservar y promover ese patrimonio específico, para comunicar el Evangelio cada vez con mayor abundancia a la Iglesia y al mundo. Y el Sucesor de Pedro tiene el deber de asistiros y ayudaros en esta misión.

3. «Los patriarcas con sus sínodos constituyen la instancia superior para todos los asuntos del patriarcado» (Orientalium Ecclesiarum , 9). En efecto, la colegialidad episcopal encuentra un ejercicio particularmente significativo en el ordenamiento canónico de vuestras Iglesias. En realidad, los patriarcas actúan en íntima unión con sus sínodos. El fin de todo espíritu sinodal auténtico es la concordia, para que la Trinidad sea glorificada en la Iglesia.

Queridos hermanos en Cristo, creéis que «entre todas las Iglesias y comunidades eclesiales, la Iglesia católica es consciente de haber conservado el ministerio del sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como .principio y fundamento perpetuo y visible de unidad. (Lumen gentium , 23) y que el Espíritu sostiene para que haga partícipes de este bien esencial a todas las demás» (Ut unum sint , 88). Se trata «de una actitud que la Iglesia de Roma ha sentido siempre como parte integrante del mandato que confió Jesucristo al apóstol Pedro: confirmar a sus hermanos en la fe y en la unidad (cf. Lc 22, 32). (...) Este compromiso lleva en su raíz la convicción de que Pedro (cf. Mt 16, 17-19) desea ponerse al servicio de una Iglesia unida en la caridad» (Orientale lumen , 20).

Vuestra presencia aquí, en este encuentro, es el testimonio vivo de esa comunión fundada en la palabra de Dios y en la obediencia de la Iglesia a ella.

4. Vosotros sois particularmente conscientes de que este ministerio petrino de unidad constituye, como escribí en la encíclica Ut unum sint , «una dificultad para la mayoría de los demás cristianos, cuya memoria está marcada por ciertos recuerdos dolorosos» (n. 88). En la misma carta encíclica invité a las demás Iglesias a entablar conmigo un diálogo fraterno y paciente sobre las modalidades del ejercicio de este ministerio de unidad (cf. nn. 96-97). Esta invitación se dirige con mayor apremio y afecto a vosotros, venerados patriarcas de las Iglesias orientales católicas. Os corresponde ante todo a vosotros buscar, junto con nosotros, las formas más adecuadas para que este ministerio pueda realizar un servicio de caridad reconocido por todos. Os pido que prestéis esta ayuda al Papa, en nombre de la responsabilidad que tenéis en la recomposición de la comunión plena con las Iglesias ortodoxas (cf. Orientalium Ecclesiarum , 24) por el hecho de ser patriarcas de Iglesias que comparten con la Ortodoxia una parte tan grande del patrimonio teológico, litúrgico, espiritual y canónico. Con este mismo espíritu y por la misma razón, deseo que vuestras Iglesias participen plenamente en el diálogo ecuménico de la caridad y en el doctrinal, tanto en el ámbito local como universal.

5. En armonía con la tradición transmitida ya desde los primeros siglos, las Iglesias patriarcales ocupan un lugar único en la comunión católica. Basta pensar que en ellas la instancia superior para cualquier asunto, incluido el derecho a elegir los obispos dentro del territorio patriarcal, está constituida por los patriarcas con sus sínodos, sin perjuicio del derecho inalienable del Romano Pontífice de intervenir «in singulis casibus » (cf. ib., 9).

El papel particular de las Iglesias orientales católicas corresponde al que ha quedado vacío por la falta de comunión plena con las Iglesias ortodoxas. Tanto el decreto Orientalium Ecclesiarum del concilio Vaticano II, como la constitución apostólica Sacri canones (pp. IX-X), que ha acompañado la publicación del Código de cánones de las Iglesias orientales, han puesto de relieve que la situación presente, y las reglas que la determinan, están proyectadas hacia la anhelada comunión plena entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas.

Vuestra colaboración con el Papa y entre vosotros podrá mostrar a las Iglesias ortodoxas que la tradición de la «sinergia » entre Roma y los patriarcados se ha mantenido, aunque limitada y herida, e incluso tal vez se ha desarrollado para el bien de la única Iglesia de Dios, extendida por toda la tierra.

Con el mismo espíritu, es igualmente importante que las Iglesias de Oriente, que sufren en este tiempo un considerable flujo migratorio, conserven el puesto de honor que les corresponde en sus propios países y en la «sinergia» con la Iglesia de Roma, así como en los territorios donde sus fieles fijan su residencia.

6. Para lograr el restablecimiento de los derechos y privilegios de los patriarcas orientales católicos deseado por el Concilio, es valiosa la indicación que nos da el decreto Orientalium Ecclesiarum : «Estos derechos y privilegios son los mismos que estuvieron en vigor en el tiempo de la unión entre Oriente y Occidente, aunque haya que adaptarlos de alguna manera a las condiciones actuales » (n. 9). También el concilio de Florencia, después de afirmar el primado del Obispo de Roma, proseguía así: «Además, renovamos el orden de los demás venerables patriarcas tal como ha sido fijado por los cánones, de modo que el patriarca de Constantinopla sea el segundo después del santísimo Papa de Roma; el de Alejandría, el tercero; el de Antioquía, el cuarto; y el de Jerusalén, el quinto; sin perjuicio de todos sus privilegios y derechos». Estoy seguro de que la sesión plenaria de la Congregación para las Iglesias orientales, que entre los temas de estudio también prevé éste, podrá proporcionarme sugerencias útiles en este sentido.

Venerados hermanos en Cristo, la fuerza evangelizadora de vuestras Iglesias patriarcales constituye, en el umbral del gran jubileo, un desafío sin igual para un anuncio fiel y abierto del Evangelio, y para la renovación de la vida y de la misión de la Iglesia, y de vuestras Iglesias. El Espíritu y la Iglesia piden: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).

Que la santísima Virgen María nos obtenga todo esto con su intercesión. Queremos invocarla con las palabras de un antiguo himno copto, que luego entró en la devoción de las Iglesias bizantina y latina: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no desoigas la oración de tus hijos necesitados; antes bien, líbranos de todo peligro, oh virgen gloriosa y bendita».

Como prenda de mi afecto, os imparto a todos mi bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE LENGUAJE BÍBLICO Y COMUNICACIÓN CONTEMPORÁNEA Lunes 28 de septiembre de 1998

Ilustres señores, amables señoras:

1. Me alegra acogeros con ocasión del Congreso internacional de estudios sobre el tema: «Lenguaje bíblico y comunicación contemporánea», organizado por la «Lux Vide». Agradezco al doctor Ettore Bernabei, presidente de la sociedad «Lux», las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Doy un cordial saludo a cada uno de los presentes, estudiosos de exégesis bíblica y expertos en medios modernos de comunicación social, que tomáis parte en este interesante congreso.

Vuestra visita me brinda la grata oportunidad de expresaros mi estima y mi aprecio por vuestro cualificado empeño en profundizar y difundir el mensaje bíblico al gran público a través de los potentes medios de comunicación, en particular, mediante el cine y la televisión. Se trata de un servicio de gran valor humano y espiritual, que merece ser amplificado y perfeccionado cada vez más. Por eso un congreso internacional de estudios sobre este tema no puede menos de atraer la atención. En efecto, se inserta providencialmente en la serie de los múltiples intentos hermenéuticos que hoy, en diferentes niveles, llevan a formas siempre nuevas de actualización del texto sagrado.

2. El encuentro entre la revelación divina y los modernos medios de comunicación social, cuando se realiza respetando la verdad de los contenidos bíblicos y usando correctamente los medios técnicos, da abundantes frutos. En efecto, por una parte, produce una elevación de los medios de comunicación a una de las funciones más nobles que, en cierto modo, los rescata de usos impropios y a veces banales; y, por otra, ofrece posibilidades nuevas y extraordinariamente eficaces de acercar al gran público a la palabra de Dios comunicada para la salvación de todos los hombres.

Hay que notar, desde luego, que a la naturaleza de la sagrada Escritura pertenecen dos factores fundamentales, diferentes entre sí, pero relacionados de manera recíproca e íntima. Son, por un lado, la dimensión absolutamente trascendente de la palabra de Dios, y por otro, la dimensión igualmente importante de su inculturación. A causa de la primera característica, la Biblia no puede reducirse solamente a la palabra del hombre y, por tanto, a un mero producto cultural. Pero, a causa de la segunda característica, participa inevitable y profundamente en la historia del hombre, reflejando sus coordinadas culturales.

Precisamente por esto .y es la consecuencia importante. la palabra de Dios tiene «la capacidad de difundirse en otras culturas, de modo que pueda llegar a todas las personas humanas en el contexto cultural donde viven». Es lo que recordó oportunamente la instrucción de la Pontificia Comisión Bíblica sobre «La interpretación de la Biblia en la Iglesia» (parte IV, B, Ciudad del Vaticano, 1993, p. 110), que especifica: «La importancia cada vez mayor de los medios de comunicación social, prensa, radio y televisión, exige que el anuncio de la palabra de Dios y el conocimiento de la Biblia sean difundidos activamente con esos medios. Los aspectos muy particulares de tales medios y, por otra parte, su influencia en un público muy vasto requieren para su utilización una preparación específica, que permita evitar improvisaciones penosas, así como efectos espectaculares de mal gusto» (ib., parte IV, C, 3, p. 118).

3. Este encuentro providencial entre la palabra de Dios y las culturas humanas ya está contenido en la esencia misma de la revelación, y refleja la «lógica» de la Encarnación. Como subraya el Concilio en la constitución dogmática Dei Verbum , «la palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (n. 13).

Ese principio general encuentra una aplicación específica en el ámbito de los medios de comunicación social. Se trata de favorecer el paso o, más precisamente, la transposición de una forma de lenguaje a otra: de la palabra escrita, ampliamente sedimentada en el corazón de los creyentes y en la memoria de un gran número de personas, a la comunicación visual de la ficción cinematográfica, aparentemente más superficial, pero, en ciertos aspectos, incluso más potente y eficaz que otros lenguajes.

A este respecto, las pruebas que se han sucedido hasta los últimos años, entre las cuales se sitúa vuestro cualificado trabajo, son dignas de atención porque en muchos casos logran un notable nivel artístico. Así pues, me alegra expresar mi cordial aprecio hacia este renovado interés cinematográfico tanto por el Antiguo como por el Nuevo Testamento, sobre todo porque, aun en sus varias transposiciones cinematrográficas, inevitablemente parciales, lo que pretendéis es presentar la Biblia en su totalidad. Ese intento contribuye a mantener vivas en las personas el «hambre» y la «sed» de la palabra de Dios, que el profeta Amós indicaba que estaban presentes en la tierra de modo creciente (cf. Am 8, 11).

Recordando las palabras del Apóstol: «con tal de que Cristo sea anunciado, me alegro y seguiré alegrándome» (Flp 1, 18), deseo que vuestro servicio en favor de una difusión cada vez mayor del mensaje bíblico prosiga con renovado empeño, con el propósito de producir obras que, además del aspecto artístico, estén impregnadas de un profundo sentimiento religioso y sean capaces de suscitar en los espectadores no sólo admiración estética, sino también participación interior y maduración espiritual. Por tanto, al mismo tiempo que os encomiendo a vosotros y todas vuestras actividades a la protección celestial de María, Madre del Verbo encarnado, os aseguro mi constante recuerdo en la oración y los bendigo a todos de corazón.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE PEREGRINOS DE LA DIÓCESIS ITALIANA DE BELLUNO Lunes 28 de septiembre de 1998

Venerado hermano en el episcopado; amadísimos sacerdotes, religiosas y religiosos; amadísimos fieles:

1. Habéis venido de una tierra que, si bien desde hace siglos está unida al Sucesor de Pedro con los vínculos de la fe, durante estos últimos años ha enriquecido ulteriormente esta relación con los matices de la amistad y la familiaridad: ¿no nació en vuestra diócesis mi venerado predecesor, el inolvidable Papa Juan Pablo I? Además, en una casa situada en el encantador territorio de la diócesis, yo mismo he pasado algunos días de descanso, en contacto con la belleza de sus paisajes y la disponibilidad cordial de sus habitantes.

Ya tuve la oportunidad de saludaros y daros las gracias durante el verano pasado, cuando, en Lorenzago de Cadore, me encontré con una significativa representación de vuestra diócesis, encabezada por vuestro obispo, monseñor Pietro Brollo, que también hoy os acompaña. A él va mi saludo fraterno, con un sincero agradecimiento por las afectuosas expresiones con que ha interpretado vuestros sentimientos.

2. Al acogeros hoy con cariño, me resulta espontáneo volver con el pensamiento no sólo al espléndido espectáculo de vuestras montañas y valles, sino también a la historia de las mujeres y hombres que allí vivieron y siguen viviendo su historia humana y cristiana: una historia que debe abrirse cada vez más a la acción del Espíritu de Dios, porque nadie puede asombrarse ante la belleza de la creación sin comprometerse también en la transformación de los corazones y de las mentes.

En su designio sabio y armonioso, Dios os ha puesto en ese ambiente para que seáis sus custodios atentos y administradores diligentes (cf. Gn 2, 8). Allí, en vuestra realidad diaria, Dios os llama a la comunión con su Hijo Jesús. Os llama a realizar la Iglesia de Cristo: «ciudad situada en la cima de un monte» (Mt 5, 14). Es un proyecto de vida guiado constantemente por la fuerza y la dulzura de su Espíritu, para hacer de vuestra comunidad un signo y una posibilidad concreta de diálogo, de animación y de renovación del ambiente humano que os rodea.

3. La Iglesia de Dios que está en Belluno-Feltre es enviada a cumplir su misión en las formas que corresponden a los diversos carismas y ministerios que el Espíritu Santo suscita en ella. Así, la actividad del obispo y de los presbíteros, que en su persona representan sacramentalmente a Cristo, jefe y maestro, se dedicará principalmente al cuidado pastoral de la comunidad cristiana. El compromiso de los diáconos y de los demás ministros ordenados constituirá un signo permanente de Cristo, que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45). La presencia de las religiosas y los religiosos será una constante invitación a elevar la mirada «más allá de las montañas», más allá del horizonte terreno, en espera dinámica de las realidades futuras y definitivas.

También con vistas a la transformación del mundo, sobresale de modo especial el papel de los laicos, con sus dones y sus tareas. Frente al mundo de hoy, «en esta magnífica y dramática hora de la historia» (Christifideles laici , 3), a vosotros, queridos laicos sensibles y generosos, os repito la exhortación que resuena en la parábola evangélica: «A nadie le es lícito permanecer ocioso» (ib.). En una sociedad marcada de manera tan trágica por la indiferencia hacia Dios y el desprecio a la persona humana y su dignidad, y, sin embargo, tan necesitada de Dios y tan deseosa de justicia y de paz (cf. ib., 4-6), «a nadie le es lícito permanecer ocioso».

Vosotros laicos, «christifideles laici», herederos de una gran historia de fe que os precede y que habéis recibido como el más precioso de los dones, tenéis como primer compromiso la santificación personal, que se realizará precisamente en las experiencias que estáis llamados a vivir, es decir, en las realidades del mundo (cf. ib, 17): la familia y los procesos educativos, la escuela y sus orientaciones, la apertura al compromiso social en las diversas formas de voluntariado, la actividad política, el trabajo y la economía, la cultura y la comunicación, el tiempo libre y el turismo (cf. ib., 40-44), es decir, los diferentes ámbitos en que vuestra existencia se desarrolla concretamente.

Este proceso de santificación requerirá, como su indispensable aspecto humano, un itinerario de formación doctrinal, catequístico y cultural (cf. ib., 60), para que la participación en la historia de vuestro ambiente sea cada vez más cualificada y profunda desde el punto de vista cristiano. Y aquí encuentra su más elevada finalidad la acción constructiva de las parroquias y de las diversas formas de asociación de cristianos: en efecto, su objetivo consiste en preparar cristianos maduros, insertados en la sociedad como la levadura en la masa. Aquí encuentra su pleno sentido la disponibilidad, que muchos laicos ofrecen con vistas a la misión diocesana para el jubileo, a convertirse en heraldos de Cristo Redentor, a fin de que las puertas de las casas y de los corazones se abran a la salvación.

4. ¿Cómo no pensar, en este marco, en un testigo que dejó una huella indeleble en la historia? Estoy aludiendo, como habéis comprendido, al Papa Juan Pablo I, que hace veinte años, precisamente en este día, cerraba los ojos al mundo para abrirlos a la luz de la eternidad. Su recuerdo está aún muy vivo en nuestro corazón. Recuerdo que, durante mi primer año de pontificado, quise rendirle homenaje yendo a Canale d'Agordo, su pueblo natal. Sucesivamente, en 1988, a diez años de distancia de su muerte, visité el «Centro de espiritualidad y de cultura», dedicado a él.

Y ahora, veinte años después de su fallecimiento, habéis querido realizar vuestra peregrinación a la sede de Pedro, en memoria de Juan Pablo I, para empezar con la oración y el recogimiento la gran misión a la que acabo de aludir. Que el ejemplo y la enseñanza del Papa Luciani, que de vuestra tierra tomó la «sonrisa de Dios» para darla a la humanidad, os sirva de aliciente para «una fe comprometida», una «caridad activa», y una «esperanza firme en nuestro Señor Jesucristo» (cf. 1 Ts 1, 3).

Con estos deseos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

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PALABRAS DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A MONS. GIUSEPPE PITTAU Sábado 26 de septiembre de 1998

Venerado hermano:

Me alegra mucho encontrarme con usted, junto con sus parientes y amigos, el mismo día en que va a recibir la consagración episcopal. El hecho de saludarlo personalmente me permite expresarle, en primer lugar, lo que la oración realiza, es decir, la cercanía espiritual en un momento tan lleno de gracia. Me complace compartir su alegría y la de todos los que lo estiman y aprecian; y también ofrecerle mi aliento ante la responsabilidad que el Señor está a punto de confiarle.

Pero, sobre todo, esta grata circunstancia me brinda la oportunidad de expresarle mi profunda gratitud por el servicio que, en diversos ámbitos, ha prestado hasta ahora a la Iglesia. Tanto en su larga experiencia misionera en Japón como durante los años pasados al servicio de toda la Compañía de Jesús, en el ministerio de rector de la Pontificia Universidad Gregoriana y, más recientemente, en el cargo de canciller de la Academia pontificia de ciencias, usted ha manifestado siempre gran fidelidad a Cristo y a su Iglesia, animado por el espíritu de san Ignacio de Loyola y favorecido por las grandes virtudes y talentos de que la Providencia lo ha dotado.

Por eso he querido llamarlo a prestar un servicio de mayor responsabilidad en la Curia romana, como secretario de la Congregación para la educación católica. En este nuevo cargo podrá aprovechar la competencia adquirida, confirmado por la gracia sacramental, que lo configurará plenamente a Cristo, pastor y maestro, camino, verdad y vida.

Le aseguro, querido hermano, mi recuerdo personal, y encomiendo a la intercesión de la Virgen, Reina de los Apóstoles, las intenciones y los propósitos que usted lleva en su corazón. Saludo con gusto a sus seres queridos, que han venido hoy para compartir su alegría. A todos y cada uno os doy mi más cordial bienvenida, a la vez que de buen grado le imparto a usted, venerado hermano, a los presentes y a sus respectivos familiares, una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE MADAGASCAR EN VISITA «AD LIMINA» Sábado 26 de septiembre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Os acojo con alegría, mientras realizáis vuestra visita ad limina. Vosotros, que habéis recibido de Cristo la misión de guiar al pueblo de Dios que está en Madagascar, habéis venido para realizar vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles; en esta ocasión, tenéis con el Sucesor de Pedro, así como con sus colaboradores, provechosos intercambios que os permiten afianzar la comunión entre la Iglesia que está en vuestro país y la Sede apostólica. Por ello, espero que, al volver al pueblo que se os ha encomendado, vuestro celo pastoral y el dinamismo misionero de vuestras comunidades se refuerce aún más, para que el Evangelio sea anunciado a todos.

Con sus amables palabras, el presidente de vuestra Conferencia episcopal, el señor cardenal Armand Gaétan Razafindratandra, arzobispo de Antananarivo, ha trazado, en vuestro nombre, un panorama preciso de la vida de la Iglesia en esa gran isla y del marco en que cumple su misión. Se lo agradezco sinceramente.

En esta feliz circunstancia saludo con afecto a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, los catequistas y todos los fieles de vuestras comunidades diocesanas. Transmitid también mis saludos cordiales al pueblo malgache, cuyas cualidades de acogida, solidaridad y valor para afrontar las múltiples dificultades de la vida diaria conozco muy bien.

2. Los obispos han recibido, como los Apóstoles, la misión de anunciar con audacia el misterio de salvación en su integridad. «Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina » (2 Tm 4, 2). Esta difícil tarea exige que cada obispo tome su energía de la gracia de Cristo, recibida en abundancia con el don del Espíritu el día de su ordenación episcopal y renovada incesantemente en la oración. La Iglesia necesita pastores que organicen y gestionen con esmero las diferentes instituciones diocesanas, y guíen al pueblo de Dios. Para realizar este servicio, han de estar animados por cualidades humanas y, más aún, por cualidades espirituales, así como por el anhelo de una vida santa, a fin de conformarse totalmente a Cristo, que los envía. Amar a Cristo y vivir en su intimidad significa también amar a la Iglesia y, como el Señor Jesús, entregarse a ella, para testimoniar el amor infinito de Dios a los hombres.

El concilio Vaticano II puso de relieve la necesidad que tienen los obispos de cooperar cada vez más estrechamente para cumplir su misión de modo eficaz (cf. Christus Dominus , 37). Por eso, os aliento vivamente a profundizar aún más los vínculos de unión colegial y de colaboración entre vosotros, sobre todo en el seno de vuestra Conferencia episcopal, en íntima comunión con la Sede de Pedro.

La solidaridad pastoral de las diócesis de vuestro país se ha manifestado particularmente hace unas semanas con ocasión de la celebración de un sínodo nacional sobre el tema «La Iglesia, familia de Dios reunida por la Eucaristía», que habéis organizado como prolongación de la reciente Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos. Ojalá que ese acontecimiento tan importante para la vida de la Iglesia en Madagascar, que se inserta en el marco de la preparación al gran jubileo del año 2000, sea para cada una de vuestras comunidades ocasión de fortalecimiento de su fe en Jesucristo, y que suscite en los fieles «un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado» (Tertio millennio adveniente , 42).

3. Dirigiéndome ahora a los sacerdotes de vuestras diócesis, que son vuestros primeros colaboradores en el ministerio apostólico, quisiera asegurarles la gratitud de la Iglesia por la generosidad con que viven su sacerdocio al servicio del pueblo de Dios. Los invito a perseverar con alegría y entusiasmo en su vocación, llevando una vida digna de la grandeza del don que han recibido. «El presbítero, en virtud de la consagración que recibe con el sacramento del orden, es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, al cual, como cabeza y pastor de su pueblo, se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo» (Pastores dabo vobis , 12). Disponibles a la acción del Espíritu, han de tener siempre la mirada fija en el rostro de Cristo, para avanzar valientemente por los caminos de la santidad, sin acomodarse a las maneras de ser del mundo. Mediante la celebración regular de la liturgia de las Horas y de los sacramentos, y mediante la meditación de la palabra de Dios, están llamados a vivir la unidad profunda entre su vida espiritual, su ministerio y su actividad diaria. Fieles al celibato, acogido con una decisión libre y llena de amor, y vivido con valentía incesantemente renovada, han de considerarlo «un don inestimable de Dios, .estímulo de la caridad pastoral., participación singular en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, testimonio ante el mundo del reino escatológico» (ib., 29). Cuando tengan dificultades, sed para ellos pastores atentos y disponibles, dándoles nueva esperanza y ayudándoles, con vuestras palabras y vuestro ejemplo, a avanzar de nuevo. Os animo vivamente a sostenerlos, para que asuman con fidelidad sus compromisos sacerdotales, asegurándoles condiciones espirituales y materiales que les permitan responder a las justas necesidades de su ministerio.

Queridos hermanos en el episcopado, estad cercanos a cada uno de vuestros sacerdotes; entablad con ellos relaciones fundadas en la confianza y el diálogo; que sean verdaderamente para vosotros hijos y amigos. Dado que sois responsables en primer lugar de su santificación y de su formación permanente, brindadles los medios para seguir profundizando durante toda su vida las dimensiones humana, espiritual, intelectual y pastoral de su formación sacerdotal, a fin de que su ser y su obrar se conformen cada vez más a Cristo, buen Pastor.

En fin, espero que en el seno del presbiterio, los sacerdotes diocesanos y religiosos se acojan fraternalmente unos a otros, en la legítima diversidad de sus carismas y de sus opciones. En la oración común y en la participación encontrarán apoyo y consuelo para su ministerio y su vida personal.

4. Entre vuestras preocupaciones constantes figuran el nacimiento y el crecimiento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Los numerosos jóvenes que responden a la llamada de Cristo y aceptan seguirlo son un signo del dinamismo de vuestras Iglesias particulares y un aliciente para el futuro. Sin embargo, se necesitan una gran prudencia y un discernimiento atento para afianzar su vocación y permitir que cada uno dé una respuesta libre y consciente a la llamada de Cristo. La vida de seguimiento del Señor es exigente, y por eso, la elección de los candidatos requiere criterios de equilibrio humano, cualidades espirituales, afectivas, psicológicas e intelectuales, junto con una voluntad firme. Quisiera renovar aquí la petición que hicieron los padres del Sínodo africano «a los .institutos religiosos que no tienen casas en África., para que no se sientan autorizados a .buscar nuevas vocaciones sin un diálogo previo con el ordinario del lugar.» (Ecclesia in Africa , 94). En efecto, los jóvenes desarraigados tendrán grandes dificultades para madurar la llamada que han recibido y se sentirán tentados por los múltiples atractivos de una sociedad que no conocen. De un discernimiento realizado con sabiduría depende también la esperanza de ver surgir y desarrollarse vocaciones misioneras africanas, para anunciar el Evangelio en todo el continente y fuera de él.

A vosotros, que sois los primeros representantes de Cristo en la formación sacerdotal (cf. Pastores dabo vobis , 65), os corresponde velar con esmero por la calidad de vida y la formación en los seminarios. Os invito a constituir comunidades educativas unidas, que den a los seminaristas un ejemplo concreto de vida cristiana y sacerdotal intachable. ¿Cómo podrán los jóvenes prepararse correctamente para el sacerdocio, si no tienen ante sus ojos el ejemplo de maestros y testigos auténticos? Sé cuán difícil os resulta elegir sacerdotes experimentados en la vida espiritual y competentes en los campos teológico y filosófico, capaces de acompañar a los jóvenes. Ojalá que preparéis formadores idóneos con vistas a esa misión, aunque haya que hacer sacrificios en otros campos de la vida pastoral. Este ministerio es hoy uno de los más importantes para la vida de la Iglesia, en particular en vuestro país.

Aliento particularmente a los hombres y mujeres que tienen la responsabilidad de preparar a los jóvenes para la consagración total de sí mismos en el sacerdocio o en la vida religiosa. Espero que, confirmados en el camino de la búsqueda de Dios, muestren la belleza de su vocación a quienes el Señor invita a seguirlo, y les ayuden a discernir los designios de Dios acerca de su vida. Que resplandezcan por el encuentro con Cristo, como los discípulos después de la Transfiguración.

Los seminaristas han de tener una conciencia cada vez más viva de la grandeza y de la dignidad de la llamada que han recibido. Es necesario que durante el tiempo de formación adquieran suficiente madurez afectiva, y tengan la íntima convicción de que el celibato y la castidad son inseparables para el sacerdote. La enseñanza sobre el sentido y el lugar de la consagración a Cristo en el sacerdocio deberá ocupar el centro de su formación, para que puedan comprometer libre y generosamente toda su persona en el seguimiento de Cristo, compartiendo su misión.

5. Los institutos de vida consagrada dan una importante y apreciada contribución en numerosos campos de la vida de la Iglesia en vuestro país. El compromiso de personas consagradas en la obra de evangelización debe mostrar de modo particular que, «cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la misión y aceptando los mayores riesgos» (Vita consecrata , 76). Ojalá que los miembros de las comunidades religiosas vivan plenamente su entrega a Cristo, dando siempre testimonio de él con toda su vida, y poniendo al servicio de la Iglesia las riquezas de su carisma propio. Ojalá que, dejándose guiar por el Espíritu Santo, caminen con decisión por el camino de la santidad y muestren a los ojos de todos su alegría por haberse entregado totalmente a Dios para el servicio a sus hermanos.

Expreso a las personas consagradas la gratitud y el apoyo de la Iglesia por el apostolado que realizan, con la lógica de su amor a Cristo y de su entrega, al servicio de los enfermos, de los más desamparados y de los más pobres de la sociedad. Con su presencia en el ámbito de la educación, ayudan a los jóvenes a crecer como personas, adquiriendo una formación humana, cultural y religiosa que los prepare para ocupar su puesto en la Iglesia y en la sociedad.

Para permitir que los institutos de vida consagrada expresen sus carismas en una comunión cada vez mayor con las Iglesias diocesanas, como subrayé en la exhortación apostólica Ecclesia in Africa , invito a «los responsables de las Iglesias locales, y también de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, a promover entre sí el diálogo para crear, en el espíritu de la Iglesia familia, grupos mixtos que trabajen de acuerdo como testimonio de fraternidad y signo de unidad al servicio de la misión común» (n. 94).

6. En virtud de su condición de bautizados, todos los fieles están llamados a participar plenamente en la misión de la Iglesia. Me alegro por la contribución ejemplar de numerosos laicos a la vida eclesial de vuestro país. Me complace particularmente la obra de los catequistas que, a menudo en condiciones difíciles, se esfuerzan por anunciar el Evangelio a sus hermanos y, en comunión con sus obispos y sacerdotes, aseguran la animación de sus comunidades y se ocupan de ellas. Su papel es de gran importancia para la implantación y la vitalidad de la Iglesia. Además, transmiten a sus hijos el sentido del servicio a Cristo. Los invito a mantener firmemente despierta en ellos «la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera» (Christifideles laici , 64).

Deseo asimismo que los laicos adquieran una sólida formación que les permita asumir sus responsabilidades de cristianos en la vida de la sociedad. En efecto, a ellos les corresponde trabajar con abnegación y tenacidad en la construcción de la ciudad terrena, respetando la dignidad de la persona humana y buscando el bien común. Ojalá que, frente a las injusticias, a lo que destruye la paz entre las personas y los grupos, y a todo lo que pervierte el espíritu, desarrollen cada vez más la solidaridad, la verdadera fihavanana, que tiende a abrir al hombre al plan divino de salvación.

Una solicitud particular hay que reservar a la familia, célula primaria y vital de la sociedad. La formación de las conciencias, en particular para recordar firmemente el respeto debido a toda vida humana y enseñar a los hijos los valores fundamentales, es una tarea esencial que compete a la Iglesia y a sus pastores. Ante las dificultades que encuentran numerosas parejas jóvenes, os animo a proseguir vuestros esfuerzos por ayudarles a comprender mejor la naturaleza auténtica del amor humano, de la castidad conyugal y del matrimonio cristiano, fundado en la fidelidad y en la indisolubilidad.

También quisiera dirigir a los jóvenes de Madagascar un fuerte llamamiento a la confianza y a la esperanza. Conozco sus grandes inquietudes, pero también las riquezas que Dios ha puesto en ellos para afrontar el futuro con valentía y lucidez. Ojalá que sepan asumir sus responsabilidades en la vida de la Iglesia y de la sociedad, con una viva conciencia de su vocación de hombres y de cristianos, que los compromete a ser constructores de paz y amor. Cristo los espera y les muestra el camino de la vida.

7. Testimoniar la caridad de Cristo a los enfermos y a los pobres es una de las características de la vida cristiana. Mediante sus instituciones caritativas, la Iglesia favorece el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. Doy las gracias a todas las personas que con su humilde servicio manifiestan, a imitación de Cristo, el amor de la Iglesia a los que sufren o están desamparados. No se puede aceptar la miseria como una fatalidad. Es necesario ayudar a los pobres a crecer en humanidad y a lograr que se les reconozca su dignidad de hijos de Dios. A pesar de las dificultades, vuestra tierra es una tierra llena de promesas. Por eso, os aliento vivamente a desarrollar las iniciativas de solidaridad y de servicio a la población, que frecuentemente se encuentra en situaciones económicas y sociales preocupantes, sobre todo atribuyendo el lugar que merece a las obras de educación y de promoción humana, que permitirán a cada uno expresar los dones que Dios le ha dado al crearlo a su imagen. En efecto, como escribí en la encíclica Redemptoris missio , «el desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del dinero ni de las ayudas materiales ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica» (n. 58).

8. Las relaciones fraternas que existen entre las diferentes confesiones cristianas en Madagascar testimonian vuestro esfuerzo por responder con generosidad y clarividencia a la oración del Señor: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21). Estos vínculos se concretan particularmente a través de las intervenciones del Consejo de las Iglesias cristianas de Madagascar, que en diversas ocasiones se ha pronunciado para promover la justicia y el desarrollo integral del hombre en la vida de la nación. Es muy importante proseguir la búsqueda de la unidad entre los cristianos mediante una colaboración inspirada en el Evangelio, que sea un verdadero testimonio común de Cristo y un medio de anunciar la buena nueva a todos. En este largo camino que lleva a la comunión total entre hermanos es necesario dirigirse juntos hacia Cristo. Por eso, la oración debe ocupar un lugar privilegiado, para obtener del Señor la conversión del corazón y la unidad de los discípulos de Cristo. A fin de responder mejor a las exigencias de una colaboración leal, es indispensable que los fieles se preparen para relacionarse con sus hermanos con espíritu de verdad, sin ocultar las divergencias que nos separan aún de la comunión plena (cf. Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, Directorio para la aplicación de los principios y las normas sobre el ecumenismo, 1993). Por otra parte, es de desear que los cónyuges que viven la experiencia de un matrimonio mixto estén sostenidos por una pastoral adecuada, con espíritu de apertura ecuménica. A pesar de las dificultades que puedan surgir, serán auténticos artífices de unidad mediante la calidad del amor que se manifiesten el uno al otro y a sus hijos.

9. Queridos hermanos en el episcopado, al concluir este encuentro fraterno, quisiera también animaros a avanzar con confianza. En este año dedicado al Espíritu Santo y a su presencia santificadora en la comunidad de los discípulos de Cristo, invito a los católicos de Madagascar a profundizar los signos de esperanza presentes en su vida y en la vida del mundo. Que renueven «su esperanza en la venida definitiva del reino de Dios, preparándolo día a día en su corazón, en la comunidad cristiana a la que pertenecen, en el contexto social donde viven y también en la historia del mundo» (Tertio millennio adveniente , 46). Os encomiendo a vosotros, así como a vuestros diocesanos y a todo el pueblo malgache, a la intercesión materna de la Virgen María y de Victoria Rasoamanarivo, beata que testimonió admirablemente la calidad espiritual del laicado de vuestro país, y os imparto de corazón a todos la bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS CAPITULARES DEL INSTITUTO DE LA CARIDAD (ROSMINIANOS) Castelgandolfo, sábado 26 de septiembre de 1998

Querido padre general; queridos hermanos en Cristo:

«Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento. (...) Así, ya no os falta ningún don de gracia» (1 Co 1, 4-7). Con estas palabras del Apóstol os doy la bienvenida a vosotros, los hijos de Antonio Rosmini, quien abundó tan admirablemente en los dones espirituales que Dios sigue dando a la Iglesia a través del Instituto de la Caridad. El capítulo general debe ser para todos los rosminianos un tiempo de profunda renovación personal y comunitaria en el carisma que os ha transmitido vuestro fundador.

Antonio Rosmini vivió en un período turbulento, no sólo desde el punto de vista político, sino también intelectual y religioso. Fue una época en la que se reivindicaba la liberación y la cuestión de la libertad predominaba sobre todas las demás. A menudo eso se entendió como un rechazo de la Iglesia y un abandono de la fe cristiana, que implicaba liberarse incluso de Jesucristo. En medio de ese desorden, Antonio Rosmini comprendió que no podría haber liberación de Cristo, sino únicamente liberación por Cristo y para Cristo; y esta idea inspiró toda su vida y su obra, y se halla en el centro de sus numerosos escritos, que tratan al mismo tiempo temas científicos y religiosos, filosóficos y místicos.

Vuestro fundador se sitúa con firmeza en la gran tradición intelectual del cristianismo, que sabe que no hay oposición entre fe y razón, sino que una exige la otra. Durante su época, el largo proceso de separación entre la fe y la razón alcanzó su máxima expresión, y ambas llegaron a parecer enemigos mortales. Sin embargo, Rosmini insistió, con san Agustín, en que «los creyentes también son pensadores: creyendo piensan y pensando creen (...). Si la fe no piensa, no es nada» (De praedestinatione sanctorum, 2, 5). Sabía que la fe sin la razón acaba en el mito y en la superstición; por eso, no sólo puso sus inmensos dones intelectuales al servicio de la teología y la espiritualidad, sino también de campos tan diversos como la filosofía, la política, el derecho, la educación, la ciencia, la psicología y el arte, viendo en ellos no una amenaza para la fe, sino aliados necesarios. A veces, Rosmini parece un hombre contradictorio. Sin embargo, encontramos en él una profunda y misteriosa coherencia; y fue precisamente esta coherencia la que hizo que Rosmini, a pesar de ser un hombre del siglo XIX, trascendiera su tiempo y su espacio para convertirse en un testigo universal, cuya enseñanza sigue siendo importante y actual.

Aunque su energía intelectual fue asombrosa, Rosmini puso en el centro de su vida cristiana lo que llamó «el principio de pasividad». Renunció, consciente y coherentemente, a su propia voluntad en la búsqueda de lo único realmente importante: la voluntad de Dios. Para un hombre tan activo por naturaleza, esto requirió una kénosis difícil y permanente. Su «principio de pasividad » se basaba firmemente en la fe en las obras de la providencia de Dios, de modo que esa «pasividad» era una atención constante a los signos de la voluntad de Dios y una absoluta disponibilidad a actuar según ellos en cuanto se manifiesten. Lo que era auténtico en su vida, debía serlo también en el Instituto que fundó. Su confianza en la bondad de la Providencia lo llevó a escribir en vuestras Constituciones: «Este Instituto se basa en un único fundamento: la providencia de Dios, Padre todopoderoso; y quien intente reemplazarlo con otro, trata de destruir el Instituto» (n. 462). Incluso en tiempos de grandes sufrimientos, vuestro fundador no perdió nunca la fe en el amor de Dios, por eso, tampoco perdió la paz de su alma o la comprensión de lo que quiere decir san Pablo cuando exhorta a una alegría continua (cf. Flp 4, 4).

Esta experiencia paradójica del sufrimiento y de la alegría llevó a Rosmini a venerar cada vez más profundamente el misterio de la cruz, puesto que en la figura de Cristo crucificado encontró al único que conoce tanto la absoluta alegría de la visión beatífica como la medida plena del sufrimiento humano. La cruz ocupó un lugar central para Rosmini ya desde el principio; y no fue una casualidad que el Instituto de la Caridad se haya fundado en el Monte Calvario, en Domodóssola. En efecto, sólo en el misterio de la cruz las aparentes contradicciones de Rosmini llegan a un punto de gran convergencia, y así podemos percibir toda la fuerza de lo que quería decir cuando hablaba de «caridad». Para él, la cruz prevenía a la razón contra el peligro de una autosuficiencia arrogante y, así mismo, prevenía a la fe contra la decadencia que es de esperar si se abandona la razón. La cruz le enseñó la verdad de la providencia de Dios y lo que significa ser «pasivo» ante sus obras. La cruz transformaba su caridad en un fuego ardiente de compasión y abnegación. Por eso, refiriéndose al Instituto de la Caridad, escribió: «La cruz de Jesús es nuestro tesoro, nuestro conocimiento, nuestro todo» (Cartas).

Mientras la Iglesia se prepara para entrar en el tercer milenio cristiano, la evangelización de la cultura es una parte crucial de lo que he llamado «la nueva evangelización» y, precisamente en este ámbito, la Iglesia espera mucho de los hijos de Antonio Rosmini. La cultura dominante en la actualidad exalta la libertad y la autonomía, que a menudo siguen falsos caminos que llevan a nuevas formas de esclavitud. Nuestra cultura oscila entre el racionalismo y el fideísmo de diversas formas, y parece incapaz de encontrar la armonía entre la fe y la razón. Los cristianos sienten a veces la tentación de prescindir de la kénosis de la cruz de Jesucristo, prefiriendo más bien las sendas del orgullo, el poder y el dominio. En este ámbito, el Instituto de la Caridad tiene la misión específica de mostrar el camino de la libertad, de la sabiduría y de la verdad, que es siempre el camino de la caridad y de la cruz. Ésta es vuestra vocación religiosa y cultural, del mismo modo que fue la vocación de vuestro clarividente fundador.

Su misticismo de la cruz llevó a Rosmini a una profunda devoción a la mujer que está al pie de la cruz, la Virgen de los Dolores. En María vio a la mujer herida por el dolor, pero también por su amor; a la mujer que podía llorar y también alegrarse con su Hijo, y que enseñaría a la Iglesia a hacer lo mismo. Rosmini aprendió de María el significado de las misteriosas palabras que pronunció en su lecho de muerte: «Adora, calla y alégrate». Ella, que es la Madre de los dolores y Madre de todas nuestras alegrías, guíe a los hijos e hijas de Antonio Rosmini, ahora y siempre, al silencio de adoración, en el que reina la paz de la Pascua y en el que la mente y el corazón encuentran descanso. Invocando sobre los miembros del capítulo y todos los miembros del Instituto de la Caridad la gracia del Señor resucitado, de buen grado os imparto mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS CAPITULARES ESCALABRINIANOS Viernes 25 de septiembre de 2005

Amadísimos capitulares escalabrinianos:

1. Me alegra daros mi cordial bienvenida a cada uno de vosotros que, con ocasión de vuestro capítulo general, habéis querido reafirmar con esta visita vuestra fidelidad al Sucesor de Pedro y a su magisterio de Pastor de la Iglesia universal. En particular, saludo al padre Luigi Favero, que acaba de ser confirmado en el cargo de superior general de vuestra congregación. Al congratularme con él por la renovada confianza de sus hermanos y por el generoso y competente servicio que ha prestado hasta ahora, invoco la gracia y la fuerza del Espíritu Santo para que, con la ayuda del nuevo consejo, sepa introducir de manera eficaz al instituto de los Misioneros de San Carlos en el tercer milenio cristiano.

2. Conservo aún el recuerdo de la beatificación de vuestro fundador, monseñor Giovanni Battista Scalabrini, que, el 9 de noviembre del año pasado, quise señalar a la comunidad cristiana como espléndido ejemplo de apóstol de nuestro tiempo y protector celestial de millones de emigrantes y refugiados. Su corazón de obispo celoso y de padre amoroso se abrió a las necesidades espirituales y materiales de los desamparados con constante solicitud, haciendo participar en su incansable acción apostólica a todos los que la Providencia le había encomendado. Ha dejado a sus hijos espirituales la valiosa herencia de un amor ilimitado a cuantos la búsqueda de trabajo, las calamidades naturales o las condiciones sociopolíticas adversas desarraigan de su cultura y de su tierra. Tomando de la palabra de Dios la visión del destino universal de los bienes y de la unidad esencial de la familia humana, vio en las migraciones ante todo una ley de la naturaleza que renueva «en cada instante el milagro de la creación» y que «convierte al mundo en patria del hombre». Pero, al mismo tiempo, jamás dejó de denunciar los sufrimientos y los dramas causados por la emigración, solicitando para ella soluciones oportunas y concretas.

Queréis revivir hoy su espíritu, su mismo entusiasmo, y os preguntáis cómo proponer de nuevo, en el umbral de un nuevo milenio, su deseo de servir a los más desamparados y su celo evangelizador sin fronteras.

Ante el recrudecimiento del fenómeno migratorio en sus aspectos más dolorosos, como las migraciones sin documentación y las de los refugiados causadas por las guerras, por el odio étnico y el subdesarrollo, se abren horizontes cada vez más vastos para vuestra caridad y vuestro espíritu misionero.

Por tanto, al definir el «Proyecto misionero escalabriniano en el umbral del año 2000», vuestro capítulo general ha querido responder muy oportunamente a esas necesidades, contemplando en especial los sectores del mundo de los emigrantes donde son más fuertes los signos de la prueba y del sufrimiento, del rechazo de la diversidad y del miedo al otro, de la explotación y de la soledad.

3. Se trata de una tarea apostólica ardua y compleja, que exige de cada religioso escalabriniano ante todo una adhesión cada vez más convencida y transparente a Cristo pobre, casto y obediente, y una profunda intimidad con él, alimentada en la oración, de modo que el divino Redentor sea cada vez más el centro y la razón del propio ser y del apostolado. Amadísimos hermanos, siguiendo el ejemplo de vuestro fundador, vivid de manera convencida y concreta el primado de la oración, cultivando en particular la devoción a la Eucaristía y a la Virgen: así encontraréis las motivaciones profundas y la fuerza incesante para seguir al Señor también por el camino de la cruz; y encontraréis, en particular, un impulso siempre nuevo para servir a los emigrantes, puesto que «la mirada fija en el rostro del Señor no atenúa en el apóstol el compromiso por el hombre; más bien, lo potencia, capacitándolo para incidir mejor en la historia y liberarla de todo lo que la desfigura» (Vita consecrata , 75). Permitiréis que el Espíritu divino os guíe, para compartir las expectativas y las esperanzas de los hombres y las mujeres que emigran; además, sabréis iluminar a cuantos ven en la emigración una amenaza contra su identidad nacional, contra sus seguridades y privilegios, ayudándoles a ver en la presencia de personas diversas por procedencia y cultura una riqueza potencial para los países que las acogen.

La Iglesia os pide, queridos hermanos, que mantengáis vivos los valores de la fraternidad y de la solidaridad en todas las comunidades de acogida, para reducir los espacios de la exclusión y difundir la cultura del amor. Esa ardua tarea os exige la plena recuperación de la vida fraterna y el compromiso constante y convencido de transformar las comunidades religiosas en «lugares» de comunión e imágenes vivas y transparentes de la Iglesia, germen y comienzo del reino de Dios en el mundo (cf. Lumen gentium , 5). En un mundo dividido e injusto, vuestra familia escalabriniana, que hoy se presenta cada vez más diversificada desde la perspectiva de la pertenencia étnica y cultural, no sólo ha de ser signo y testimonio de un diálogo siempre posible, sino también casa abierta para cuantos buscan ocasiones para el encuentro y la aceptación de las diferencias.

4. La presencia de vuestros religiosos en áreas geográficas y tradiciones diferentes, y la singularidad de vuestro compromiso pastoral en el mundo de la migración humana, a menudo espejo de las necesidades y las heridas del mundo contemporáneo, exigen de vosotros una particular capacidad de volver a proponer, de modo nuevo y eficaz, el carisma de vuestro instituto. Para que las nuevas generaciones puedan vivir y transmitir con autenticidad el espíritu de la congregación en las diferentes culturas y situaciones geográficas, es necesario, como vosotros mismos observáis, elaborar cuanto antes la ratio institutionis de vuestra congregación, señalando de forma clara y dinámica el camino que se ha de seguir para la asimilación plena de la espiritualidad del instituto. En efecto, «la ratio responde hoy a una verdadera urgencia: de un lado, indica el modo de transmitir el espíritu del instituto, para que sea vivido en su autenticidad por las nuevas generaciones, en la diversidad de las culturas y de las situaciones geográficas; de otro, muestra a las personas consagradas los medios para vivir el mismo espíritu en las varias fases de la existencia, progresando hacia la plena madurez de la fe en Cristo» (Vita consecrata , 68). Además de la ratio institutionis, se deberá elaborar un proyecto de formación permanente, para acompañar a cada escalabriniano con un programa que abarque toda su vida (cf. ib., 69).

Estos procesos formativos, al ayudaros a seguir con amor renovado y constante a Cristo, os llevarán a captar con sabiduría los signos de Dios en la historia y, mediante el testimonio de vuestro carisma, a hacer palpable de algún modo su presencia en el variado y difícil mundo de las migraciones.

El ámbito de las migraciones humanas, en el que se realiza vuestro compromiso de evangelización y promoción humana, se presenta particularmente abierto a los carismas y a la profesionalidad de los seglares. Sabed valorar la colaboración con los fieles laicos, para que vuestra presencia entre los emigrantes sea más eficaz y para que les brindéis una imagen más completa de la Iglesia. Desde luego, esto os exige a vosotros, religiosos, un particular esmero para formar a los laicos en la madurez de la fe, para iniciarlos en la vida de la comunidad cristiana y para llevarlos a compartir el carisma escalabriniano.

5. Queridos hermanos, en el umbral de un nuevo milenio, mientras la Iglesia se prepara para celebrar los dos mil años de la encarnación del Hijo de Dios, deseo encomendar vuestros propósitos apostólicos, vuestras decisiones capitulares y vuestras esperanzas a la Madre del Señor, a quien el beato Giovanni Battista Scalabrini eligió como modelo de su espiritualidad y de su acción apostólica. Que María, mujer libre porque estaba llena de gracia, que dejó deprisa su tierra y su casa para ir a ayudar a su prima Isabel, os conceda la alegría de ser instrumentos dóciles y generosos del anuncio del Evangelio a los pobres de nuestro tiempo y os haga testigos de esperanza.

Con estos deseos, invocando la protección de vuestro beato fundador, imparto con afecto a toda la familia escalabriniana una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS ABADESAS DE LA ORDEN CISTERCIENSE Viernes 25 de septiembre de 1998

Queridas hermanas abadesas de la orden cisterciense:

1. Me agrada particularmente dirigirme hoy a vosotras, con ocasión de vuestra segunda asamblea, con la que concluye una etapa fundamental del camino recorrido por la orden cisterciense para lograr que la rama femenina participe plenamente en las estructuras de responsabilidad y de comunión de la orden.

En la carta que envié al abad general don Mauro Esteva con motivo del último capítulo general expresaba mi deseo de que vuestras deliberaciones valoraran la contribución de las monjas a la realización de la misión de los cistercienses en la Iglesia y en el mundo (cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de octubre de 1995, p. 5). Me complace observar que felizmente se ha alcanzado ese objetivo.

Ha sido un camino prudente, precedido por una profunda reflexión y sostenido también por las palabras que escribí en la carta apostólica sobre la dignidad y la vocación de la mujer, publicada con ocasión del Año mariano de 1988. En efecto, en este documento afirmé que «la dignidad de la mujer y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, han asumido en estos últimos años una importancia muy particular » (Mulieris dignitatem , 1).

2. Ya desde hace tiempo vuestra orden había emprendido un itinerario orientado a delinear mejor los rasgos de su fisonomía e identidad jurídica, también mediante la participación de las monjas en sus estructuras de responsabilidad y comunión. En este camino se insertaba asimismo la delicada cuestión de la cooperación de las monjas en el ejercicio de la potestad de gobierno dentro de la orden.

Este recorrido tenía sus motivaciones en la accomodata renovatio de la vida religiosa, querida por el concilio Vaticano II en el decreto Perfectae caritatis (cf. n. 1). Aun considerando la renovación y la adaptación de las estructuras como dos aspectos inseparables de la misma realidad, la orden cisterciense ha asignado a la renovación una preeminencia y una función inspiradora y orientadora de la adaptación, pero procurando siempre que estuviera animada por una real renovación espiritual.

El compromiso de volver a las fuentes, solicitado por el concilio Vaticano II (cf. ib., 2), ha sostenido a vuestra orden en la profundización de su identidad, impulsándola a una sincera conversión del corazón y de la mente. Ese análisis os ha permitido encontrar luego soluciones nuevas, capaces de expresar más adecuadamente la presencia de las monjas dentro de vuestra orden y una participación más directa en su vida y en sus realidades.

3. El camino recorrido sigue esta orientación, encontrando su fundamento en la Declaración del capítulo general de la orden que se celebró durante los años 1968-1969 sobre los elementos principales de la vida cisterciense actual. La asamblea fraterna de entonces afirmó que «las monjas cistercienses no constituyen una "segunda orden" junto a la "primera", la de los monjes, sino que forman completamente parte de la misma orden cisterciense. (...) Por eso, no cabe duda de que hay que promover, con cautela, pero con constancia y eficacia, la participación de las monjas no sólo en las decisiones que se refieren a su vida, sino también en las que atañen a su congregación o a toda la orden » (n. 78).

Ese mismo documento fundamental de vuestra familia expresa claramente cuáles son las fuentes de vuestra vida: el Evangelio y el magisterio de la Iglesia, la tradición monástica, la Regla de san Benito, las tradiciones cistercienses, la participación activa en la vida de la Iglesia y de la sociedad, la acción y la inspiración del Espíritu Santo (cf. nn. 3-10). Vuestra orden, de acuerdo con esas deliberaciones, ha actuado «con cautela pero con constancia». En el arco de treinta años, también gracias a la colaboración de la Commissio pro monialibus y al servicio discreto pero eficaz de la Curia general, los cistercienses han promovido «eficazmente» la participación de la rama femenina en las estructuras de responsabilidad y de comunión.

4. Con la participación de las monjas en el consejo del abad general, en el sínodo de la orden, en el único capítulo general, así como en todas las demás formas de colaboración y de servicio dentro de vuestra familia, la dignidad de la mujer y las manifestaciones del «genio femenino» encuentran hoy en la orden cisterciense la posibilidad de ser reconocidas, valoradas y aprovechadas, para la gloria de Dios y en beneficio tanto de la Iglesia como de la humanidad, especialmente en el mundo actual.

Con razón se os puede aplicar a vosotras, queridas monjas de clausura, cuanto afirmó el concilio Vaticano II dirigiéndose a las mujeres: «Pero llega la hora, ha llegado la hora, en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en la que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un alcance, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso en este momento, en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres, impregnadas del espíritu del Evangelio, pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga» (Mensaje a las mujeres).

Mientras la orden cisterciense se prepara, con toda la Iglesia, para cruzar el umbral del tercer milenio, las oportunidades que hoy se os reconocen y brindan, queridas hermanas, inauguran realmente una nueva era, en la que podéis desempeñar un papel de protagonistas de la vida y de la historia de vuestra familia religiosa, que este año celebra el noveno centenario de la fundación del monasterio del Císter, donde tiene sus raíces.

Queridas hermanas, como vuestros padres, los fundadores del novum monasterium, de los que sois discípulas y herederas, no tengáis miedo de emprender este camino de compromiso y colaboración, para vivir con plenitud vuestra vocación. Seguid buscando siempre y únicamente la voluntad de Dios, que os ha llamado y os ha puesto en la escuela de su servicio, la escuela del amor.

Recurrid a las fuentes propias de vuestra comunidad religiosa, dejándoos guiar siempre por el Espíritu de Dios en la realización de vuestra participación en las estructuras de responsabilidad y de comunión de vuestra orden.

5. Al formular un ferviente deseo de que el camino recorrido en la valoración de la dignidad de la mujer y del «genio femenino» prosiga con confianza, según el espíritu de Cristo, dirijo mi pensamiento a la santísima Virgen María. Ella es la mujer por excelencia, llamada por el Padre a participar en su designio salvífico, cooperando de modo totalmente singular en la obra de la redención.

A ella, celebrada tiernamente por san Bernardo, os encomiendo a vosotras, a vuestras hermanas y a toda la orden cisterciense, que es suya ya desde el principio. Con estos sentimientos, os imparto cordialmente a todos una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBLATOS DE MARÍA INMACULADA Jueves 24 de septiembre de 1998

1. Me alegra acogeros al concluir vuestro XXXIII capítulo general, cuyo tema central ha sido: La evangelización de los pobres en el umbral del tercer milenio. Felicito al padre Wilhelm Steckling, nuevo superior general, así como a su consejo, llamados a guiar a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en esta nueva etapa, para fortalecer su unidad, desarrollar incesantemente su carácter pastoral y participar cada vez más eficazmente en la misión de la Iglesia.

Junto con todos vosotros, doy gracias al Señor por la obra que han realizado los religiosos oblatos. Mediante vuestra presencia en todos los continentes y, en particular, en tierras lejanas, estáis en contacto con hombres y mujeres de culturas y tradiciones diferentes; es el signo de la universalidad de la Iglesia y de su atención a todos los pueblos. Para estar cerca de los hombres, en especial de los más pobres, cuyo número aumenta constantemente, habéis deseado reorganizar vuestra presencia en las diversas provincias, a fin de enviar nuevas comunidades a Asia, América Latina y África, así como a la región del norte de Canadá. Os interesáis también por los nuevos ámbitos de la misión, en particular por los medios de comunicación social y el diálogo confiado con los hombres de hoy, para construir una sociedad cada vez más fraterna y una era de justicia y paz. Habéis realizado esfuerzos valientes para afrontar algunas necesidades pastorales, apostólicas y misioneras nuevas y urgentes, así como la necesaria inculturación, proceso paciente que, al exigir la escucha de los pueblos, «no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana » (Redemptoris missio , 52). La Iglesia aprecia vuestra disponibilidad y solicitud para responder a la llamada del Señor en los lugares a donde se os envía, y para poneros al servicio de las Iglesias particulares, a pesar de los medios limitados y de la disminución de los miembros de vuestro instituto. Estoy seguro de que el impulso misionero de vuestra asamblea general dará numerosos frutos y nuevo vigor a vuestro instituto.

2. Como sabéis, el anuncio del Evangelio supone que se obtiene fuerza, valentía y esperanza con la vida de oración, pues es especialmente en la oración donde Dios comunica numerosas gracias espirituales, con la liturgia de las Horas, plegaria que permite a cada persona participar en la alabanza de la Iglesia universal y, por tanto, en su misión, así como con la meditación de la Escritura y con la Eucaristía, en la que Cristo enseña a sus discípulos y se entrega como alimento para el camino apostólico. La disciplina diaria, la entrega de sí a Dios y la vida comunitaria son testimonios auténticos de una intensa caridad y la principal forma de anuncio del Evangelio. Es un modo de imitar a Cristo, que permite decir: «Venid y veréis» (Jn 1, 39), y abrir el corazón de los hombres para que acojan la palabra de Dios con benevolencia. En efecto, los contemporáneos reconocerán a los fieles del Señor por el amor que se tengan unos a otros, y así manifestarán el rostro del Resucitado (cf. 1 Jn 4, 11). En el mundo actual, más que nunca, el sacerdote y el religioso deben vivir en intimidad con su Maestro y esforzarse por llegar a ser santos como pide vuestra Regla, para estar disponibles a las intuiciones del Espíritu Santo y responder mejor a las llamadas del mundo. La vida de oración no aleja de los hombres; por el contrario, ayuda a percibir más profundamente sus necesidades fundamentales, que únicamente Cristo puede revelarnos, porque se hizo hombre para unirse a sus hermanos y salvar a toda la humanidad.

3. Como numerosos institutos, os esforzáis por hacer participar a los laicos en vuestras actividades y en vuestro itinerario espiritual propio. Estas colaboraciones generosas son de gran valor para la misión y ofrecen a cada uno la posibilidad de desarrollar su vida espiritual según la propuesta original de san Eugenio de Mazenod, «caracterizada por un grado heroico de fe, de esperanza y de caridad apostólica», como recordé con ocasión de su canonización. Seguid inspirándoos en su espiritualidad y en su celo misionero para difundir el Evangelio hasta los confines de la tierra.

4. Os interrogáis sobre la disminución de los miembros de vuestro instituto. Ese hecho constituye un sufrimiento y una prueba que no deben atenuar en absoluto el celo misionero de los oblatos. Al contrario, es una ocasión para redoblar vuestros esfuerzos, a fin de proponer vuestro ideal a los jóvenes de todos los continentes, muchos de los cuales son generosos y anhelan servir a Cristo y a su Iglesia.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen Inmaculada y de san Eugenio de Mazenod, os imparto la bendición apostólica a vosotros, así como a todos los miembros de vuestro instituto y a las personas que os sostienen.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL PRESIDENTE DEL INSTITUTO PABLO VI

Al ilustrísimo señor doctor Giuseppe CAMADINI presidente del Instituto Pablo VI de Brescia

Con ocasión de mi visita a Brescia para la conclusión de las celebraciones del centenario del nacimiento del venerado siervo de Dios el Papa Pablo VI, deseo expresar unas palabras de aprecio por la obra que el Instituto bresciano dedicado a él ha realizado a lo largo de estos veinte años de intensa actividad.

Con numerosas iniciativas de carácter científico y divulgativo, el Instituto Pablo VI ha contribuido de manera notable a dar a conocer, en su valor y en su grandeza, la figura del Papa Montini en Italia y en el mundo: ha ilustrado su verdadero pensamiento, su profundo amor a la Iglesia y a la humanidad, su celo por anunciar a Cristo al hombre contemporáneo, su aportación a la realización y a la aplicación del concilio ecuménico Vaticano II, y su gran sensibilidad ante la cultura y el arte, como caminos privilegiados para llegar a la verdad.

En esta línea se sitúa también la iniciativa, a la que deseo gran éxito, del Simposio sobre Pablo VI y el ecumenismo, programado para la semana próxima.

Al mismo tiempo que invoco la asistencia del Espíritu Santo sobre toda la actividad presente y futura del Instituto, le imparto de buen grado a usted y a todos los que brindan su colaboración una especial bendición apostólica.

20 de septiembre de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA A BRESCIA Plaza Pablo VI Sábado 19 de septiembre de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas de Brescia:

1. Me encuentro por segunda vez aquí, en el corazón de vuestra ciudad, en esta histórica plaza, que habéis querido dedicar a mi venerado predecesor e ilustre paisano vuestro, el siervo de Dios Pablo VI.

Aquí, edificios prestigiosos —la catedral; a su lado, la antigua catedral románica; y el Broletto— evocan vuestro pasado noble y rico en historia; pero, sobre todo, testimonian el esfuerzo de colaboración entre la sociedad civil y la religiosa, e indican que el encuentro con Dios y el compromiso moral y social constituyen el secreto del camino de civilización y bienestar que ha realizado la ciudad.

Gracias por el afecto con que me habéis acogido, reafirmando la antigua tradición de fidelidad al Papa por parte de la población bresciana. En particular, agradezco al señor ministro Beniamino Andreatta las amables palabras que ha querido dirigirme en nombre del Gobierno italiano. También doy las gracias al señor alcalde, que se ha hecho intérprete de los sentimientos cordiales y de la alegre bienvenida de todos los habitantes.

Saludo al venerado pastor de la diócesis, monseñor Bruno Foresti y a su auxiliar; igualmente, saludo al presidente de la región lombarda, así como a todas las autoridades que, con su presencia, honran este encuentro.

2. «Brixia fidelis fidei et iustitiae». Este antiguo lema sintetiza bien la identidad de Brescia, que también testimonian sus ilustres monumentos. Constituyen la huella visible de los valores que han transmitido las generaciones pasadas y que aún hoy están presentes en el corazón y en la cultura de sus habitantes, y testimonian una admirable síntesis de fe y convivencia ordenada, de amor a la propia tierra y solidaridad hacia todo ser humano. Estos valores impulsaron a los brescianos del pasado y deben seguir siendo un punto de referencia para los de hoy, a fin de asegurar a su ciudad un futuro de auténtico progreso.

Mi pensamiento va a los misioneros, hombres y mujeres de gran corazón, que aquí han aprendido a amar a Dios y al prójimo y que, fortalecidos por esa experiencia, han llevado el anuncio gozoso del Evangelio a diversas partes del mundo, infundiendo nueva esperanza y promoviendo condiciones de vida más dignas del hombre. Pienso en los fundadores de institutos religiosos y en los numerosos sacerdotes que en vuestra tierra fueron celosos testigos de Cristo y verdaderos maestros de vida. También quisiera recordar con gran admiración a todos los padres y madres que, con su fe profunda y operante, con su amor a la familia y con su trabajo honrado han encontrado el secreto para construir el auténtico progreso de vuestra tierra. No quiero olvidar la aportación de los hombres de pensamiento, de los promotores de las numerosas instituciones culturales y caritativas que han florecido en tierra bresciana, y de los artífices del desarrollo económico, que caracteriza a vuestra ciudad y a vuestra provincia.

Precisamente desde esta perspectiva, durante mi primera visita, os dije: «Brescia posee un precioso patrimonio espiritual, cultural y social, que debe ser celosamente custodiado y vigorosamente incrementado, puesto que, como en el pasado, constituye también hoy el presupuesto indispensable para un sabio ordenamiento civil y para un auténtico desarrollo del hombre» (Discurso a la población, 26 de septiembre de 1982, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de octubre de 1998, p. 13).

Como subraya la recordada inscripción esculpida en el frontispicio de la Loggia, la construcción de un futuro de civilización y de progreso requiere un doble e inseparable compromiso de fidelidad: al Evangelio, raíz preciosa y vital de vuestra convivencia civil, y a la humanidad concreta y vibrante, es decir, al hombre «que piensa, que ama, que trabaja, que espera siempre algo». Esto implica el compromiso de encarnar en la vida personal y comunitaria los principios religiosos, antropológicos y éticos que brotan de la fe en Jesucristo, la continua vigilancia frente a los rápidos cambios y a los nuevos desafíos del tiempo presente, y la valentía de traducir la inspiración evangélica en obras, iniciativas e instituciones capaces de responder a las necesidades auténticas de la persona humana y de la sociedad.

3. En esta tarea, ardua y exaltadora, vuestro maestro es mi venerado predecesor Pablo VI, a quien he venido a rendir homenaje al término de las celebraciones del centenario de su nacimiento, en esta ciudad a la que siempre se sintió orgulloso de pertenecer, «por nacimiento y por afecto jamás apagado», como dijo un día (Discurso al consejo municipal de Brescia, 10 de diciembre de 1977: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de enero de 1978, p. 8).

Fue timonel seguro de la barca de Pedro en tiempos difíciles para la Iglesia y la humanidad, animado siempre por un amor fuerte y profundo a Cristo y por el deseo ardiente de anunciarlo a sus contemporáneos, a menudo extraviados frente a doctrinas y acontecimientos nuevos y apremiantes. El recuerdo de su personalidad de hombre de Dios, del diálogo y de la paz, de persona enraizada firmemente en la fe de la Iglesia y siempre atenta a las esperanzas y a los dramas de sus hermanos, se hace cada vez más nítido con el devenir del tiempo y es un valioso aliciente también para los creyentes de hoy.

Los elementos que unen la grandeza y la índole excepcional de una persona a sus raíces y al talento de un pueblo son misteriosos, pero es evidente que la tierra bresciana con su fe, su cultura, su historia, sus dificultades y sus conquistas ha dado una contribución decisiva a su formación humana y religiosa. En esta comunidad, cuyo recuerdo agradecido y dulce añoranza conservó siempre en su corazón, el joven Montini encontró un clima ferviente y rico en nuevos fermentos, así como valiosos maestros que supieron suscitar en él el interés por el saber, la atención a los signos de los tiempos y, sobre todo, la búsqueda de la sabiduría que nace de la fe, cualidades preciosas para cumplir las graves tareas a las que la Providencia lo llamaría.

4. Testigo singular del ambiente religioso, cultural y social, que tanto influyó en la formación del futuro Pablo VI, fue el siervo de Dios Giuseppe Tovini, a quien mañana tendré la alegría de proclamar beato precisamente aquí, en Brescia, donde realizó su actividad y testimonió con una vida admirable las imprevisibles posibilidades de hacer el bien que tiene el hombre que se deja conquistar por Cristo.

Este laico, padre de familia solícito y profesional riguroso y atento, murió precisamente el año en que nació Giovanni Battista Montini. Exhortó a los católicos a afirmar los valores del Evangelio en la sociedad con la creación de obras educativas y sociales, círculos culturales, comités operativos y singulares iniciativas económicas.

En un tiempo en que algunos pretendían que la fe quedara confinada dentro de las paredes de los edificios sagrados, Giuseppe Tovini testimonió que la adhesión a Cristo y la obediencia a la Iglesia, no sólo no alejan al creyente de la historia, sino que lo impulsan a ser fermento de auténtica civilización y de progreso social. Fue apóstol de la educación cristiana y destacado exponente del movimiento católico que marcó fuertemente toda la sociedad italiana de fines del siglo XIX.

5. Amadísimos brescianos, las luminosas figuras de Pablo VI y de Giuseppe Tovini, orgullo de vuestra tierra, constituyen para vosotros una herencia valiosa, que os exhorto a acoger con renovado amor, a fin de lograr que también hoy los valores cristianos constituyan el centro propulsor de un original proyecto cultural, humano y civil, digno de la vocación de vuestra tierra.

Caminad con valentía por los caminos de la verdad y de la justicia. Tened siempre confianza y valor para buscar y construir el bien. ¡Que Cristo, el Redentor del hombre, sea vuestra esperanza!

Y tú, Brescia, «fidelis fidei et iustitiae », redescubre este rico patrimonio de ideales que constituye tu riqueza más auténtica, y podrás ser el centro vivo de irradiación de la nueva civilización, la civilización del amor, que anhelaba tu gran hijo Pablo VI.

Invocando la protección de la Virgen de las Gracias, venerada en el santuario de esta ciudad, tan querido por Pablo VI y por los brescianos, de corazón os imparto a todos mi bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES, SEMINARISTAS, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y MONJAS DE CLAUSURA DE CHIÁVARI Viernes 18 de septiembre de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra el encuentro de esta tarde, que me permite vivir un momento especial de comunión con vosotros, sacerdotes, seminaristas, consagrados y consagradas, así como con vosotras, monjas de clausura.

Saludo cordialmente a vuestro pastor, el querido monseñor Alberto María Careggio. Asimismo, saludo con afecto a monseñor Daniele Ferrari, obispo emérito, y a todos vosotros, aquí reunidos para confirmar vuestra adhesión al Sucesor de Pedro y a la Iglesia local, en la que la Providencia os ha puesto para que deis vuestro testimonio.

2. Queridos sacerdotes, y vosotros, jóvenes que os preparáis para el sacerdocio, el Maestro actúa constantemente en el mundo y dice a cada uno de los que ha elegido: «Sígueme» (Mt 9, 9). Es una llamada que exige la confirmación diaria de una respuesta de amor. ¡Que vuestro corazón esté siempre en vela! Un día tendréis la alegría de participar en la felicidad de los siervos «que el Señor al venir encuentre despiertos» (Lc 12, 37).

La intimidad con Jesucristo es el alma del ministerio sacerdotal. Cuanto más regada esté con el rocío de la oración y cuanto más alimentada esté con la celebración y la contemplación del Eucharisticum mysterium, culmen de la alianza entre Dios y el hombre, tanto más se fortalece. Así el sacerdote se transforma en icono viviente del officium laudis que se realiza incesantemente en el universo y se eleva a Dios creador y redentor.

Amadísimos hermanos, esforzaos sin cesar por imitar al buen Pastor. Sabed escuchar a los que han sido encomendados a vuestra solicitud pastoral; dialogad con todos, acogiendo con magnanimidad a quien llama a la puerta de vuestro corazón y ofreciendo a cada uno los dones que la bondad divina os ha concedido. Vuestra misión consiste en mostrar al hombre la altísima dignidad a la que está llamado y ayudarle a corresponder a ella. Perseverad en la comunión con vuestro obispo y en la colaboración recíproca, para vuestra personal maduración espiritual y para el crecimiento de vuestras comunidades en la caridad.

3. Queridos consagrados y consagradas, la Iglesia espera mucho de vosotros, que tenéis la misión de testimoniar en todas las épocas de la historia «la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían» (Vita consecrata, 22). Demos gracias a Dios por la multiplicidad de carismas con que ha embellecido el rostro de su Iglesia y por los frutos de edificación de tantas vidas totalmente entregadas a la causa del Reino.

Dios ha de ser vuestra única riqueza: dejaos modelar por él, para hacer visibles al hombre de hoy, sediento de valores auténticos, la santidad, la verdad y el amor del Padre celestial. Sostenidos por la gracia del Espíritu, hablad a la gente con la elocuencia de una vida transfigurada por la novedad de la Pascua. Así, vuestra vida entera se convertir á en diaconía de la consagración que todo bautizado recibió cuando fue incorporado a Cristo.

Sed fieles a la altísima vocación que habéis recibido. Haceos misioneros de esa vocación mediante el ejemplo y la palabra. Alimentad vuestro compromiso en las fuentes de la Escritura, de los sacramentos, de la constante alabanza de Dios, dejando que la acción del Espíritu penetre cada vez más a fondo en vuestra alma. Así seréis artífices eficaces de la nueva evangelización, en la que la Iglesia está comprometida, en el umbral del nuevo milenio.

4. Ahora deseo dirigiros unas palabras en particular a vosotras, queridas monjas de clausura, que constituís el signo de la unión exclusiva de la Iglesia- Esposa con su Señor, sumamente amado. Os impulsa un irresistible atractivo que os arrastra hacia Dios, meta exclusiva de todos vuestros sentimientos y de todas vuestras acciones. La contemplación de la belleza de Dios ha llegado a ser vuestra herencia, vuestro programa de vida, vuestro modo de estar presentes en la Iglesia.

Vuestra existencia es testimonio de la fuerza del Espíritu, que actúa en la historia y la modela con su gracia. ¡Cuán fecundo es vuestro habitar en los atrios de la casa del Señor! Las paredes que circunscriben vuestra vida no os separan de las preocupaciones de la humanidad; al contrario, os sumergen espiritualmente en ellas, para llevarle el consuelo divino, obtenido con vuestra oración. La misteriosa eficacia de vuestra intercesión acompaña los pasos de los siervos del Señor, que recorren los caminos del mundo anunciando a los hombres de todas las culturas y lenguas el reino de Dios. ¡Gracias, amadísimas hermanas, por la decisiva contribución que dais a la Iglesia!

5. Amadísimos hermanos y hermanas, cada uno, según su propia vocación, está llamado a cuidar del pueblo de Dios. Sed solícitos con los infelices, generosos con quienes os tienden la mano, magnánimos con cuantos invocan la misericordia divina, firmes en la defensa de los pobres, obedientes a la Iglesia y a sus pastores.

Os acompañe la intercesión de la Virgen, que consagró toda su vida a Cristo, su Hijo, y a la difusión del reino de Dios.

A todos os imparto mi afectuosa bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA A CHIÁVARI Plaza de Nuestra Señora del Huerto Viernes 18 de septiembre

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Os agradezco la acogida que me habéis dispensado en esta hermosa ciudad, que se encuentra en el centro o, mejor dicho, en el corazón del Tigullio, un golfo famoso en el mundo entero por su mar, sus arrecifes, sus olivares, sus pinares y, sobre todo, por su gente laboriosa y buena.

Doy las gracias, en particular, al señor ministro, que ha venido en representación del Gobierno, y al señor alcalde por las amables palabras de saludo que me han dirigido, así como a las demás autoridades de diverso orden y grado que, juntamente con monseñor Alberto María Careggio, vuestro pastor, me honran con su presencia.

Os doy las gracias y os saludo cordialmente a todos y cada uno de vosotros, queridos ciudadanos de Chiávari, así como a los demás amigos que han venido con esta ocasión. Os saludo como pueblo de esta privilegiada ciudad y región, pero también como pueblo de Dios reunido en esta Iglesia local, que tiene su centro en la catedral-santuario de Nuestra Señora del Huerto. Estoy a punto de entrar en este santuario, donde oraré ante el icono de María pintado en el año 1493 por un artista de Chiávari; es decir, un icono que está presente entre vosotros y es venerado aquí desde hace más de medio milenio.

2. Os confieso que, aunque experimento una gran alegría cada vez que tengo la ocasión de visitar la catedral de una Iglesia local, porque me da la impresión de que así afianzo los vínculos de comunión de esa Iglesia con la única Iglesia santa, católica, apostólica, que profesamos en el Credo, la alegría se convierte en emoción profunda cuando se trata de una iglesia expresamente dedicada a la Virgen. En este caso, además, se trata de una catedral que, al estar consagrada a María, compromete a toda la diócesis de Chiávari, la cual, por lo demás, tiene en su territorio otros diez santuarios marianos, entre los que me complace nombrar al menos el de Nuestra Señora de Montallegro, en el ámbito de la cercana ciudad de Rapallo.

El título de Virgen del Huerto, originado por el hecho de que la pintura de Borzone se encontraba sobre el muro de un huerto llamado Huerto del Capitán, nos lleva a pensar en los jardines y en los huertos presentes en la historia de la salvación, desde el del Edén, lugar de inocencia y felicidad de nuestros primeros padres, y que pronto se convirtió en lugar de desobediencia y pecado, siguiendo por el de Getsemaní, donde el nuevo Adán, Cristo Jesús, comenzó la fase decisiva de la redención, sufriendo hasta sudar sangre (cf. Lc 22, 44), hasta el jardín que debería ser el alma de todo cristiano, para ser digno de acoger a Cristo y a su Madre.

Dichosa, por tanto, esta diócesis que, en sus estructuras visibles, pero sobre todo en el misterio invisible de su realidad espiritual, aspira a ser el jardín de María: Hortus conclusus, como cantáis de buen grado especialmente en las «fiestas de julio», fons signatus, o Maria! Emissiones tuae paradisus. «Paradisus »: un nuevo jardín de inocencia y de alegría.

3. Esta visión del cielo no nos hace olvidar los problemas y las dificultades que acompañan la existencia diaria en la tierra. Pienso, en particular, en los problemas que afectan a la sociedad en su conjunto. También en este golfo existen, al menos como reflejo de crisis en ámbitos más amplios, serios motivos de preocupación. Por ejemplo, os preguntáis acerca del futuro de las nobles tradiciones del artesanado, del comercio y de la agricultura en sus formas locales, que no son sustituidas adecuadamente por los nuevos sistemas de trabajo y de aplicación tecnológica. Aunque sigue prosperando el turismo, atraído por la belleza de los lugares, a menudo los períodos de descanso y vacaciones se reducen sensiblemente a causa de los costos cada vez más elevados.

En consecuencia, también aquí existen notables dificultades para proporcionar a todos, y especialmente a los jóvenes con títulos de estudio, un trabajo adecuado. En el campo empresarial y en el comercial, por otra parte, la dificultad deriva de la falta de suficientes recursos económicos. Por último, está el peligro de lo que se suele llamar «pobreza de las familias», que se está incrementando, según estadísticas recientes, a causa del aumento de las personas ancianas y solas.

4. Estoy seguro de que me entenderéis si, también en esta circunstancia, os recuerdo los aspectos ético-sociales a los que están vinculados muchos de los fenómenos que he mencionado. Cuando se buscan las razones profundas de la misma crisis económica, es preciso citar, por ejemplo, la caída de la cultura de la vida, con el consiguiente descenso del índice de la natalidad. Y ¿quién puede negar que una insuficiente solidaridad social es el origen de la falta de colaboración para afrontar los nuevos y grandes problemas económicos, sociales y políticos? Yendo aún más a fondo, en la pérdida del sentido religioso y de la sensibilidad ética que lo suele acompañar es donde se ha de buscar la explicación de las numerosas dificultades que afligen a nuestro tiempo tanto en el ámbito de la familia como en el de la sociedad.

Vosotros, ciudadanos de Chiávari, y todos vosotros que estáis unidos por diversas razones a esta ciudad y a sus habitantes, conocéis por la historia y por la experiencia la necesidad y los beneficios de la religión bajo el estandarte de la Virgen del Huerto: con su sonrisa de Madre buena y amable, con su mano que bendice al mismo tiempo que la del Niño. Todos sabéis que, aunque cada uno debe comprometerse con todas sus fuerzas para lograr que se renueve una sociedad solidaria en la justicia y en el amor, es necesario, sin embargo, recurrir incesantemente a María que, como Madre poderosa y benigna, puede garantizar la fecundidad de nuestros esfuerzos. Lo habéis constatado muchas veces en vuestra historia.

Aquí quiero recordar solamente aquel 25 de agosto de 1835, cuando, en esta misma plaza, san Antonio María Gianelli, entonces arcipreste de Chiávari, pudo anunciar que la gracia del alejamiento del cólera se había obtenido por la Virgen del Huerto y por el santísimo crucifijo llevado en procesión penitencial. El arcipreste había visto y anunciado la vuelta de las golondrinas. Desde entonces habéis hablado del «milagro de las golondrinas», al que uno de vuestros ilustres músicos, el maestro Campodonico, durante muchos años organista de la catedral, dedicó un inspirado oratorio: «Las golondrinas de la Virgen», ejecutado varias veces en este templo.

5. Oremos todos para obtener que ese «milagro» se renueve en bien de nuestra sociedad, como liberación «a peste, fame et bello», según la antigua invocación de las letanías de los santos. Hoy, más que nunca, necesitamos ser liberados de las antiguas y nuevas epidemias, de las antiguas y nuevas formas de guerra. Necesitamos una buena organización de la economía, pero sobre todo la reforma de las costumbres, como premisa indispensable para una sociedad más justa y solidaria.

Por todo esto pedimos a la Virgen, en las letanías lauretanas: Auxilium christianorum, ora pro nobis. Y vosotros, ciudadanos de Chiávari, por una antigua concesión de la Santa Sede, añadís: Regina Advocata nostra, ora pro nobis (cf.Sagrada Congregación de Ritos, 1 de septiembre de 1782).

En las manos y en el corazón de esta Reina y Abogada os pondré a todos vosotros, al arrodillarme ante el trono que le habéis erigido en el antiguo «Huerto del Capitán». Le diré: «Protege a todos estos hijos tuyos, llenos de esperanza en ti: ¡oh clemente, oh piadosa, oh querida Virgen del Huerto, oh dulce Virgen María!».

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE RUANDA EN VISITA «AD LIMINA» Jueves 17 de septiembre

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Durante estos días, en que realizáis vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles, me alegra acogeros en esta sede a vosotros, pastores de la Iglesia en Ruanda. Habéis venido a compartir con el Sucesor de Pedro las alegrías y las preocupaciones de vuestro ministerio episcopal, las pruebas y los anhelos del pueblo confiado a vuestro cuidado pastoral. Deseo que vuestros encuentros en la Sede apostólica os reconforten y os animen, para que podáis proseguir cada vez con mayor seguridad vuestra misión de perpetuar la obra de amor de Cristo para todos los hombres, en unión con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad (cf. Christus Dominus , 2). Conocéis también la solicitud que la Santa Sede os manifiesta permanentemente, gracias a la escucha atenta y al apoyo que siempre podéis encontrar en el nuncio apostólico y en sus colaboradores.

Agradezco cordialmente al presidente de vuestra Conferencia episcopal, monseñor Thaddée Ntihinyurwa, arzobispo de Kigali, sus clarividentes palabras, que traducen con precisión las preocupaciones, pero también las esperanzas de la Iglesia en Ruanda.

A través de vosotros, quisiera saludar con afecto a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, los catequistas y los fieles de vuestras diócesis, así como a todo el pueblo ruandés, al que me siento muy cercano en los sufrimientos que lo han afectado trágicamente y del que me consta que desea encontrar una vida común fundada en la fraternidad y en el entendimiento mutuo. ¡Que Dios sane los corazones que han sido heridos tan dolorosamente y bendiga los esfuerzos de todos los artífices de paz!

2. En el decurso de los últimos meses, se ha podido reconstituir el Episcopado ruandés. Encomendando a la misericordia del Padre a los obispos fallecidos durante la tragedia que ha sufrido vuestro país, animo a los nuevos obispos a ser pastores según el corazón de Cristo para guiar al pueblo de Dios en esta difícil etapa de su existencia. La misión que habéis recibido de enseñar, santificar y gobernar os compromete a desarrollar cada vez más entre vosotros los vínculos de la unidad en la caridad. En efecto, como escribí en el «motu proprio» Apostolos suos , «la unidad del Episcopado es uno de los elementos constitutivos de la unidad de la Iglesia» (n. 8) y de su crecimiento. Una colaboración activa y fraterna os permitirá cumplir con provecho vuestra misión, y, en las circunstancias actuales, manifestar así la comunión eclesial y vuestra solicitud común por todo el pueblo. «Cuando los obispos de un territorio ejercen conjuntamente algunas funciones pastorales para el bien de sus fieles, este ejercicio conjunto del ministerio episcopal aplica concretamente el espíritu colegial (affectus collegialis), que es el alma de la colaboración entre los obispos, tanto en el campo regional, como en el nacional o internacional» (ib., 12).

La tragedia que ha vivido vuestro pueblo durante los últimos años ha destruido numerosas estructuras, que debéis reconstruir para permitir a la Iglesia proseguir sus actividades al servicio de sus miembros y de toda la población. Pero esas desgracias han herido principalmente los corazones. Para ayudar a los fieles a curar sus profundas heridas, es necesario suscitar en ellos un auténtico anhelo de santidad, siguiendo el camino de la conversión y de la renovación personal y comunitaria, con espíritu de oración, de caridad y de pobreza interior. Ojalá que las comunidades cristianas manifiesten, con audacia y tenacidad, una actitud profética de reconciliación mutua y se comprometan con decisión por el camino de la concordia, en la fraternidad y la confianza reconquistadas.

3. La celebración del gran jubileo del año 2000 ya está muy cerca. Para la Iglesia en Ruanda, coincidirá con el primer centenario de la evangelización. En efecto, el 8 de febrero de 1900 se creaba la primera parroquia en Save, en la actual diócesis de Butare. Con vosotros y con toda la Iglesia que está en vuestro país, doy gracias a Dios por todo lo que ha vivido durante estos años, por el celo apostólico de los primeros misioneros que llevaron el Evangelio a vuestra tierra, y por la valentía de todos los hombres y mujeres que han testimoniado con fidelidad el Espíritu de Cristo. También quisiera expresar la gratitud de la Iglesia a los misioneros que hoy, con su trabajo incansable y desinteresado, prosiguen la labor de quienes los han precedido. Su presencia al servicio de las comunidades de vuestras diócesis conserva todo su significado. Es el signo de la universalidad del amor de Dios y de la misión de la Iglesia, enviada a todos los hombres sin distinción.

En este período de preparación para las celebraciones jubilares conviene dirigir una mirada de verdad hacia el pasado. No tengáis miedo de afrontar la realidad histórica tal como es. Durante este primer siglo de evangelización, ha habido heroísmos admirables, pero también infidelidades al Evangelio, que exigen un examen de conciencia sobre el modo como se ha vivido la buena nueva en estos cien años. La pertenencia a Cristo no siempre ha sido más fuerte que la pertenencia a comunidades humanas. Al comienzo de la etapa que emprende la Iglesia en su camino en medio de los hombres, es necesario un «despertar espiritual». Es urgente una «nueva evangelización» profunda para que el mensaje evangélico sea anunciado, recibido y vivido por los hombres de nuestro tiempo.

4. Queridos hermanos en el episcopado, es preciso afirmar claramente que los sufrimientos que se pueden sentir ante las sombras del pasado no han de ocultar las luces que han iluminado y siguen iluminando el camino de la Iglesia y de la sociedad en vuestro país. Ha habido notables frutos de fidelidad a Cristo por parte de cristianos que han tenido una actitud heroica en los momentos trágicos de la vida de la nación. En vuestra tierra han sido numerosos los discípulos de Cristo que han aceptado generosamente dar su vida por sus hermanos. Destacad el testimonio de esos mártires del amor, que han manifestado el rostro más auténtico de la Iglesia, para que su sangre sea una semilla evangélica y las generaciones futuras no los olviden. Os ayudarán a no perder la esperanza en el hombre y a mirar valientemente al futuro para realizar la civilización del amor que la humanidad espera.

Os recordarán, asimismo, que «la communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los elementos de división» (Tertio millennio adveniente, 37), pues la Iglesia debe dar al mundo, ante todo, el testimonio de su unidad en Cristo y en torno a sus pastores. El concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Lumen gentium, dedica particular atención a la unidad de la Iglesia, cuyos miembros forman un solo cuerpo en Cristo, que es la cabeza. En efecto, es esencial que todos, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, sean cada vez más conscientes de su responsabilidad, para que la unidad del cuerpo de Cristo, fundada en la acción del Espíritu y garantizada por el ministerio apostólico, esté sostenida por un amor mutuo auténtico. Por este signo se reconoce a los discípulos del Señor Jesús.

5. Por medio de vosotros, queridos hermanos en el episcopado, quisiera transmitir a vuestros sacerdotes el afecto y el aliento del Sucesor de Pedro, a fin de que encuentren en su ministerio la alegría y la fuerza para seguir siendo fieles servidores de Cristo. Conozco su entrega al pueblo de Dios, que muchos manifiestan hoy, como ya hicieron en el tiempo de la prueba, y también su celo por anunciarle el Evangelio. Que el Señor les dé a todos la gracia de superar en la verdad los desacuerdos que hayan podido surgir a consecuencia de circunstancias dramáticas. Ojalá que se manifieste una comunión cada vez más real entre los sacerdotes diocesanos y los misioneros que han llegado de otras partes. Hoy invito vivamente a cada uno a fortalecer los vínculos de unidad y fraternidad con sus hermanos en el sacerdocio y con los obispos, de los cuales los sacerdotes deben ser colaboradores leales y generosos, mediante un diálogo sincero y confiado, en comunión plena de corazón y de espíritu. Esta unidad expresa la naturaleza misma de su servicio eclesial, que es participación en la misión de Cristo con respecto al pueblo de Dios congregado en la unidad del Espíritu Santo. Que vuestros sacerdotes reconozcan en vosotros al padre del presbiterio, que los considera como hijos y amigos, a imitación de Cristo con sus discípulos. Que «estén unidos a su obispo con amor sincero y obediencia» (Presbyterorum ordinis , 7). Deben recordar que son, ante todo, pastores que han de velar por su pueblo, sin excepción alguna. Por tanto, es importante que no se comprometan en asociaciones o movimientos políticos o ideológicos, que dificultarían su ministerio de comunión y su vínculo con los obispos y con la Iglesia universal. Invito a todos los sacerdotes ruandeses a conservar su deseo de servir a la Iglesia en su país. Espero, asimismo, que las comunidades acojan a los sacerdotes con alegría y cordialidad, para recobrar su dinamismo evangélico.

Para vivir plenamente su vocación sacerdotal, es necesario que los ministros de Cristo tengan siempre presente el misterio del Señor en el centro de su existencia diaria. Esto exige que, en el ejercicio de su ministerio, otorguen un lugar esencial a la vida espiritual, sobre todo mediante la fidelidad a la liturgia de las Horas, a la celebración regular de la Eucaristía y a la meditación de la Escritura. En la formación permanente, que han de proseguir durante toda su vida, encontrarán una ayuda valiosa para que su ser y su obrar sean siempre acordes con la voluntad del Señor y con la misión que han recibido de él y de su Iglesia.

La formación de los futuros pastores es una de vuestras preocupaciones constantes. El florecimiento de las vocaciones es un signo de la vitalidad de vuestras comunidades. A pesar de los numerosos obstáculos que encontráis, habéis realizado notables esfuerzos para mejorar la asistencia espiritual y la calidad de la formación intelectual y pastoral de vuestros seminaristas. Os animo a proseguirlos con perseverancia y a confiar una tarea tan esencial para el futuro de la Iglesia a sacerdotes experimentados en la vida espiritual, que tengan conocimientos teológicos y filosóficos seguros y se preocupen por favorecer la comunión con toda la Iglesia. Esos sacerdotes podrán asegurar un discernimiento serio de las vocaciones y ayudar a los jóvenes a adquirir una formación sólida para su futuro ministerio.

6. A los religiosos y a las religiosas, que viven su consagración a Cristo con generosidad, les deseo que sean en todas partes auténticos testigos de Cristo, mostrando a todos el rostro paterno de Dios y el rostro materno de la Iglesia. Toda su vida ha de ser un signo del primado de Dios y de los valores del Evangelio en la existencia cristiana. Su vida comunitaria debe ser una expresión auténtica de la comunión eclesial y la manifestación elocuente de que, entre los discípulos de Cristo, «no hay unidad verdadera sin este amor recíproco incondicional, que exige disponibilidad para el servicio sin reservas, prontitud para acoger al otro tal como es sin .juzgarlo . (cf. Mt 7, 1-2), capacidad de perdonar hasta .setenta veces siete. (Mt 18, 22)» (Vita consecrata , 42).

7. En vuestras diócesis, los catequistas y los voluntarios de la pastoral son, con frecuencia, auténticos animadores de comunidades, en particular donde, por diversas circunstancias, los sacerdotes no pueden estar presentes regularmente. Su testimonio de vida cristiana es de gran importancia tanto para el anuncio del Evangelio como para el mantenimiento de la vida eclesial en ciertas regiones. Salvando el carácter insustituible del ministerio ordenado para las comunidades, es conveniente que les deis vuestro apoyo en el cumplimiento de la misión que les encomendáis. Es un aliciente para que tomen cada vez mayor conciencia de su responsabilidad en medio de sus hermanos, en comunión con sus pastores. Una formación apropiada, que les ayude a desarrollar las virtudes humanas y espirituales necesarias para su compromiso, les permitirá ser cada vez más maduros, a fin de dar abundantes frutos.

Por otra parte, cada laico debe tener «una viva conciencia de ser un .miembro de la Iglesia., a quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos» (Christifideles laici , 28). La vitalidad de las comunidades de base, como la de los movimientos de apostolado y de espiritualidad, es un signo de esperanza para la renovación de la Iglesia, sobre todo donde han desaparecido las estructuras eclesiales a causa de la violencia.

8. Por sus obras de caridad, la Iglesia, fiel al Evangelio, realiza una parte importante e inalienable de su misión al servicio del hombre. Vuestras diócesis están comprometidas con gran generosidad en la asistencia a los huérfanos, a las viudas, a los refugiados, a los detenidos y a todas las personas que sufren o que viven en la miseria moral o material. La acción de la Iglesia católica en los campos de la educación y la sanidad es también una forma de participación esencial en la edificación de la sociedad, a fin de infundir esperanza en las jóvenes generaciones y prepararlas para que en el futuro lleguen a ser responsables de la vida nacional. Os aliento vivamente a proseguir esas obras, que manifiestan el amor de Cristo a todas las personas, sin distinción, contribuyendo a devolverles su dignidad.

Las dificultades relacionadas con el desequilibrio demográfico en la sociedad, como resultado de los recientes acontecimientos y de sus consecuencias, han introducido una condición nueva en las relaciones matrimoniales. Teniendo en cuenta esas situaciones, la pastoral familiar debe ayudar a los fieles a reflexionar en el significado de los compromisos del matrimonio y en los modos de acompañar a las parejas, en particular a las jóvenes. Las personas que deben vivir el celibato también necesitan apoyo.

9. Para hacer efectiva la comunión entre todos los miembros de la Iglesia, es esencial crear un clima de confianza mutua, que se extienda al conjunto de la sociedad. Dondequiera que los antagonismos pongan en peligro la paz y el entendimiento entre los grupos, la Iglesia está llamada a trabajar con vigor para superar las divisiones, principalmente promoviendo y practicando ella misma el diálogo que lleve a la reconciliación. Acoger a su hermano o a su hermana con sus diferencias, para encontrar las riquezas que ofrece Dios, es una exigencia para todo discípulo de Cristo.

La formación de los jóvenes debe integrar este nuevo espíritu, que debería orientar las relaciones entre las personas y entre las comunidades humanas. Una sociedad no puede lograr de forma duradera una comprensión mutua sin una cultura de la verdad, de la justicia y del perdón. El genocidio que ha vivido vuestro pueblo ha causado sufrimientos indecibles, que sólo podrán superarse con la solidaridad, con la unidad de los corazones y con el esfuerzo de todos por crear condiciones de mayor justicia. La paz es inseparable de la justicia y solamente se realizará mediante la defensa de la vida, de toda vida humana, que, a los ojos de Dios, tiene un valor único e inestimable. De hecho, «el efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie (...) puede modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo» (Christifideles laici , 38).

10. Queridos hermanos en el episcopado, me habéis informado sobre las dificultades que encuentra la Iglesia para hacer que se comprenda el sentido de su misión en la situación actual. «La Iglesia, como cuerpo organizado dentro de la comunidad y de la nación, tiene el derecho y el deber de participar plenamente en la edificación de una sociedad justa y pacífica con todos los medios a su alcance» (Ecclesia in Africa , 107). Por tanto, debe desempeñar un papel particular en la vida nacional, profundizando lealmente su colaboración con el Estado, a fin de favorecer las condiciones para establecer una sociedad cada vez más justa y pacífica. Su presencia en la vida pública es clara y su responsabilidad propia no debería interferir con la de las personas que tienen la misión de guiar a la nación en su camino terreno. Mientras la violencia sigue afectando aún a muchas regiones de vuestro país y llevando el luto a numerosas familias, deseo ardientemente que todos los hombres de buena voluntad unan sus esfuerzos para que, finalmente, todos los ruandeses recuperen la seguridad y una vida tranquila. Así podrán buscar juntos los medios para construir, con una solidaridad real, una nación próspera y fraterna en la que cada uno vea reconocida su dignidad de hombre y ciudadano, y pueda participar libremente en la gestión del bien común. Invito a todos los responsables de la nación a no escatimar esfuerzos para que, en un clima de confianza mutua y de reconciliación, llegue por fin una era de justicia y de paz en Ruanda y en la región de los Grandes Lagos. En particular, deseo ardientemente que en la República democrática del Congo se siga buscando incansablemente una solución negociada al conflicto, de manera que se ponga fin a las hostilidades y, en vez de la lucha armada, se produzca un acuerdo duradero y la colaboración entre todos los países de la región, para el bien de sus poblaciones y de todo el continente. ¡Que nunca jamás la violencia y la discordia enfrenten a hermanos contra hermanos!

11. Al concluir nuestro encuentro, os invito a dirigir con plena confianza vuestra mirada al futuro. Mientras se acerca la celebración del gran jubileo y del centenario de la Iglesia en Ruanda, exhorto a vuestros fieles a renovar su adhesión a Cristo, Salvador de todos los hombres, y a testimoniar con audacia que son discípulos del Evangelio. Recuerden todos que el Señor no abandona a nadie y no se olvida de ninguno de sus hijos, cuyos nombres están escritos en las palmas de sus manos (cf. Is 49, 16). «Sí, en las palmas de las manos de Cristo, ¡traspasadas por los clavos de la crucifixión! El nombre de cada uno de vosotros (africanos) está escrito en esas manos» (Homilía en Jartum, 10 de febrero de 1993, n. 8, citada en Ecclesia in Africa , 143). En vuestros esfuerzos por el renacimiento de vuestras comunidades, podéis contar con el apoyo fraterno y con la oración de la Iglesia universal. Encomiendo a la intercesión de la Virgen María el futuro de vuestras diócesis, así como el de toda la nación. Le pido particularmente que os ayude en vuestro ministerio episcopal, para que encontréis en ella una guía segura que os lleve a su Hijo. Os imparto de todo corazón la bendición apostólica, que extiendo a todos los fieles de vuestras diócesis.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS ORGANIZADORES DEL ÚLTIMO VIAJE DEL PAPA A BRASIL Jueves 17 de septiembre de 1998

Señor cardenal; señor embajador de Brasil ante la Santa Sede; amadísimos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; señoras y señores:

1. Os agradezco mucho vuestra presencia aquí en Roma, porque, con este delicado gesto de caridad cristiana, habéis querido devolver la visita que tuve la alegría de realizar a Brasil el año pasado, con ocasión del II Encuentro mundial del Papa con las familias. Deseo elevar mi acción de gracias al Dios de la misericordia, invocando para todos «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo».

Habéis venido a la ciudad eterna para estar con el Sucesor del Pedro, en representación de todos los sectores de la sociedad y de los que contribuyeron al éxito de ese gran encuentro. Me alegra la iniciativa del señor cardenal Eugênio de Araújo Sales, porque me permite recordar todas las diversas fases de esos inolvidables días de octubre del Congreso teológico-pastoral sobre la familia, que culminaron con la santa misa en la explanada de Flamengo. Fue grande mi consuelo al poder constatar los grandes frutos que maduraron en esa ocasión, y pido al Señor, dador de todo bien, que se multipliquen en el corazón de cada brasileño, de norte a sur y de este a oeste, a fin de que la familia sea siempre, como la definió el Congreso, «don y compromiso, esperanza de la humanidad».

2. Que estos deseos, que elevo en mis oraciones a Dios todopoderoso, sirvan también de aliciente para todos los líderes de vuestro país, a fin de que sigan promoviendo el bien común entre todos los brasileños, en un clima de sana colaboración y de mutuo respeto, pensando siempre en los intereses de cada ciudadano, y como promotores de justicia y solidaridad, especialmente entre los más necesitados. A grandes pasos, con la gracia de Dios, nos vamos aproximando al jubileo del año 2000; por eso, con vistas a ese importante acontecimiento, deseo renovar mi invitación a «un esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios» (Tertio millennio adveniente , 46), en un clima de armonía y de serena cooperación.

La presencia hoy aquí de altas personalidades del Gobierno, nacionales, estatales y locales, confirma mi firme convicción de que estas palabras encontrarán el debido eco en todas las iniciativas encaminadas a fomentar ese mismo bien común que, inspirándose en los valores evangélicos, redundará en beneficio de todo el pueblo de la amada nación brasileña.

Por eso, deseo deciros a todos que os llevo en mi corazón, y os pido que volváis a Brasil con la certeza de que el Papa no sólo fue a Río de Janeiro, sino que estuvo y seguirá estando en cada hogar, en las calles, en los campos, en los hospitales, en las cárceles, en las colinas y en las playas de esa inmensa nación, a la que expreso mis mejores deseos de paz y de prosperidad.

3. Por intercesión de nuestra Señora Aparecida, pidamos a Dios para Brasil, para su gente, para las familias, para los jóvenes y los ancianos, y para los enfermos, el bienestar material y espiritual de cada uno, en el marco de una solidaridad ordenada y sincera. Dando las gracias de nuevo a quienes colaboraron en la realización del Encuentro con las familias, imparto a todos la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LAS COMUNIDADES DE LOS SEMINARIOS MAYOR Y MENOR DE LA DIÓCESIS ITALIANA DE TREVISO Martes 15 de septiembre de 1998

Venerado hermano; amadísimos sacerdotes y seminaristas:

1. Me alegra mucho encontrarme con vosotros, que formáis las comunidades de los seminarios mayor y menor de la diócesis de Treviso.

Saludo cordialmente a vuestro obispo, monseñor Paolo Magnani, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido, en las que he sentido vibrar la expresión del profundo vínculo de fe y de afecto que la Iglesia de Treviso alberga hacia el Sucesor de Pedro.

Amadísimos seminaristas, con gran alegría os acojo, junto con vuestros educadores, y os agradezco esta visita, que renueva en mí el sugestivo recuerdo de los días transcurridos en la casa que, desde hace varios años, vuestra diócesis me pone a disposición en Lorenzago de Cadore. En particular, pienso en el encuentro que tuve allí durante el pasado mes de julio con una numerosa representación de vuestra comunidad diocesana. Dentro de la Iglesia particular constituís un grupo importantísimo, por los valores que poseéis y por las esperanzas que sois capaces de cultivar: representáis, en cierto sentido, el futuro de la diócesis.

Amadísimos muchachos, que empezáis a abrir la mente y el corazón a los grandes interrogantes de la vida, y vosotros, queridos jóvenes, que ya afrontáis esos interrogantes a la luz de la investigación científica, filosófica y teológica, a vosotros os expreso mis mejores deseos de un sereno y provecho camino de crecimiento humano y espiritual.

2. La Iglesia, que os ha engendrado en la fe y que os está acompañando en el itinerario vocacional, mira con confianza vuestra experiencia formativa y os propone los mejores caminos, para que ese itinerario llegue a su meta. Conoce estos caminos no sólo en virtud de una sabiduría pedagógica humana, sabiduría que, sin embargo, no rechaza interpelar, sino sobre todo en virtud de la «plenitud de gracia y de verdad» (cf. Jn 1, 14. 17) que todos los días contempla en el misterio de Cristo.

Jesús es el camino (cf. Jn 14, 8). Con él y por él podemos llegar a la verdad plena sobre Dios y sobre nosotros, sobre el mundo y sobre la historia, sobre el bien y sobre el mal; gracias a él podemos obtener vida y libertad.

Así pues, que Jesús sea siempre el punto de referencia de vuestro camino diario. Que la experiencia formativa del seminario tenga ante todo y sobre todo esta finalidad: aprender a «estar con Jesús» (cf. Pastores dabo vobis , 42).

3. Naturalmente, no se trata de la mera permanencia física en un lugar ni del conocimiento sólo teórico e intelectual de una persona: también Judas «estuvo » con Jesús, pero no compartió su amor y su proyecto, no permitió que Cristo lo formara y lo transformara.

Para poder «estar con él», es necesario estar dispuesto a realizar en uno mismo el dinamismo ínsito en el triple momento de la vocación, la conversión y la comunión.

Vocación es concebir toda la vida como una respuesta. En cada momento el Señor, con su palabra, a través de las orientaciones formativas, las indicaciones de los superiores y las mismas circunstancias concretas, llama a cada uno a la perfección y a la santidad (cf. ib., 20), y espera una correspondencia generosa.

Conversión es realizar, con la gracia del Espíritu Santo, una configuración progresiva a Jesucristo (cf. ib., 21), tratando de eliminar en este camino, más aún, en esta «carrera» hacia él, «todo lastre y el pecado que nos asedia» (Hb 12, 1).

Comunión es vivir en Cristo y hacer que Cristo viva en mí, como se expresa eficazmente el apóstol san Pablo (cf. Rm 6, 10; Ga 2, 20), para llegar a ser, como él y en él, instrumentos eficaces del designio de amor de la santísima Trinidad, que quiere hacer de todos los hombres, mediante la Iglesia, una sola familia (cf. Pastores dabo vobis , 12).

4. Este camino, en sus exigencias fundamentales, es propio de cada cristiano y de toda la comunidad eclesial. Se precisa y se articula, dentro del gran organismo de la Iglesia, vivificado por el Espíritu, en múltiples formas concretas de «llamada y respuesta», entre las cuales, de modo eminente, destaca la orientación al ministerio ordenado y al sacerdocio.

En este camino encontrará su más auténtico desarrollo la personalidad de cada uno de vosotros, con sus exigencias y sus potencialidades: la búsqueda de madurez humana (cf. ib., 43) y la madurez afectiva (cf. ib., 44), el impulso intelectual (cf. ib., 51-56) y el deseo de comprometerse en la construcción de un mundo más humano y más cristiano (cf. ib., 57-59).

Hoy, vivís una etapa particularmente significativa de vuestra existencia: el período del discernimiento vocacional y de la formación orientada a la vida sacerdotal. Es un período en el que tenéis la gracia y la oportunidad de compartir con otros coetáneos vuestros el mismo itinerario de búsqueda desde la perspectiva de los mismos ideales. Un período en el que, casi físicamente, experimentáis esa «comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión» (ib., 60). Sed dignos de este singular momento de gracia. Acoged con constante atención la propuesta educativa que se os hace diariamente, reproduciendo en vosotros el «icono» de Jesús adolescente, quien, en el diálogo amoroso con el Padre y en la docilidad a María y José, sus educadores humanos, «progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

5. En la memoria litúrgica de la Virgen de los Dolores, que celebramos hoy, quiero encomendar a cada uno de vosotros a su maternal solicitud. Que ella os ayude a seguir a Jesús con generosa disponibilidad, a «estar con él» siempre, también y sobre todo en la hora de la cruz, porque precisamente en la entrega total de sí se experimenta el amor de Dios y se reciben la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

Con estos sentimientos, queridos hermanos, os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo complacido a vuestros familiares y a cuantos acompañan vuestro camino vocacional.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A SU EXCELENCIA LUVY SALERNI NAVAS, NUEVA EMBAJADORA DE NICARAGUA ANTE LA SANTA SEDE Lunes 14 de septiembre de 1998

Excelencia:

1. Me complace darle mi cordial bienvenida a este acto en el que me presenta las cartas credenciales que le acreditan como embajadora extraordinaria y plenipotenciaria de Nicaragua ante esta Sede apostólica. En esta circunstancia quiero también expresarle mi gratitud por las amables palabras que me ha dirigido, las cuales atestiguan los nobles sentimientos de cercanía y adhesión a la Cátedra de Pedro, presentes en el corazón de tantos ciudadanos nicaragüenses.

Le agradezco asimismo, de modo particular, el deferente saludo que me ha transmitido de parte del doctor Arnaldo Alemán Lacayo, presidente de la República, al que correspondo con mis mejores deseos y la seguridad de mis oraciones por el progreso y el bien espiritual de todos los hijos de esa amada nación.

2. Señora embajadora, sus palabras ponen bien de relieve el respeto y reconocimiento de la misión específica de la Iglesia en esa nación que, en medio de numerosos y complejos desafíos, enseña y trabaja, bajo la guía sabia y prudente de sus obispos, para que los valores morales y la concepción cristiana de la vida sean los elementos que inspiren a cuantos de una u otra forma se afanan por defender la dignidad y la causa del hombre, que es «el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis , 14). Por eso, la preocupación por lo social «forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia» (Sollicitudo rei socialis , 41), en la cual ocupa un lugar preeminente la promoción humana, porque la evangelización tiende a la liberación integral de la persona (cf. Discurso a la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano, 12 de octubre de 1992, n. 13).

Usted se ha referido también a mi segunda visita pastoral a su amado país. A este respecto, es motivo de profunda satisfacción saber que se están dando pasos decididos en la obra de reconciliación, así como también en la evolución sociopolítica de las instituciones y de la sociedad misma, combatiendo situaciones de pobreza. Para ello son ineludibles unas medidas encaminadas a la instauración de una sociedad más justa, donde todo ciudadano vea reconocidos sus derechos, pero que al mismo tiempo tome conciencia de su deber y responsabilidad ante los demás.

3. Desde hace casi cinco siglos la Iglesia está presente en Nicaragua acompañando la vida de sus gentes en su caminar hacia Dios. Atenta a las necesidades más profundas de los hombres, desarrolla su labor pastoral iluminando con la doctrina y los principios espirituales y morales los diversos ámbitos de la sociedad. Ella, desde su propia misión, está dispuesta a seguir colaborando con las diversas instancias públicas para que los nicaragüenses encuentren respuestas adecuadas a los problemas de la hora presente.

Elementos indispensables para progresar en el camino emprendido son un plan de educación que favorezca el respeto de la vida y la dignidad de la persona humana, así como unas directrices políticas que garanticen la convivencia social, el derecho al trabajo y, sobre todo, promuevan la justicia y la paz. De esta manera se podrá pedir a los ciudadanos que se comprometan en la defensa de los valores indiscutibles, como son la verdad, la libertad, la mutua comprensión y la solidaridad.

4. En muchas partes del mundo se observa una crisis de valores que afecta a instituciones, como la familia, y a amplios sectores de la población, como la juventud y el complejo mundo del trabajo. Ante ello es urgente que los nicaragüenses tomen mayor conciencia de sus propias responsabilidades y, de cara a Dios y a los deberes ciudadanos, se esfuercen en seguir construyendo una sociedad más fraterna y acogedora. Para ello, la concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia ofrecen unos valores que deben ser tomados en consideración por quienes trabajan al servicio de la nación.

Ante todo se ha de recordar que el ser humano es el primer destinatario del desarrollo. Aunque en el pasado este concepto pudo ser pensado prioritariamente en términos económicos, hoy es obvio que el desarrollo de las personas y de los pueblos debe ser integral. Es decir, el desarrollo social ha de tener en cuenta los aspectos políticos, económicos, éticos y espirituales.

5. Un problema crucial actual, y que se manifiesta de modo muy concreto en América Latina, es el de las grandes desigualdades sociales entre ricos y pobres. A este respecto, son motivo de grave preocupación los datos sobre el número de grupos humanos que se encuentran en situación de extrema pobreza, no obstante la gran riqueza de recursos naturales de tantas de sus tierras. No cabe duda de que estas desigualdades económicas dañan seriamente las relaciones interpersonales y la misma convivencia ciudadana, y conducen al deterioro de los valores morales. Sus consecuencias son la disgregación de muchos núcleos familiares, la relajación en las costumbres y un escaso respeto por la vida.

Esta situación apremiante requiere emprender unas opciones preferenciales que ayuden a recuperar estos valores, con programas y acciones de conjunto que permitan a los ciudadanos acceder a puestos de trabajo dignos y estables, con lo cual se pueda afrontar la pobreza material en que viven muchos de ellos. Asimismo, urge proteger la institución familiar y procurar que todos reciban al menos la instrucción básica, venciendo así algunas situaciones de analfabetismo tan denigrantes de la dignidad humana. Por lo cual, las diversas instancias públicas tienen la responsabilidad de intervenir en bien de la familia, trabajando por su consolidación, procurando preservar y defender sus derechos, las capacidades y las obligaciones de sus miembros. Por tanto, se debe prestar una atención particular a los grupos más vulnerables de la sociedad por las peculiares necesidades que experimentan o la discriminación que sufren, como son las mujeres, los ancianos y los niños. Ante ello, las instituciones de la Iglesia católica ofrecen una aportación significativa en el esfuerzo común por fomentar una sociedad más atenta a las necesidades de sus miembros más débiles.

6. En el momento en que usted se dispone a iniciar la alta función para la que ha sido designada, deseo formularle mis más cordiales votos por el feliz y fructuoso desempeño de su misión ante esta Sede apostólica, siempre deseosa de que se mantengan y consoliden cada vez más las buenas relaciones con Nicaragua. Al pedirle que tenga a bien transmitir mis sentimientos y esperanzas al señor presidente de la República, a su Gobierno, a las autoridades y al querido pueblo nicaragüense, le aseguro mi plegaria al Todopoderoso para que, por intercesión de la Virgen María, asista siempre con sus dones a usted y a su distinguida familia, a sus colaboradores, a los gobernantes y ciudadanos de su noble país, al que recuerdo siempre con particular afecto.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE LA REPÚBLICA CHECA EN VISITA «AD LIMINA» Lunes 14 de septiembre de 1998

Venerados hermanos en el episcopado:

1. ¡Bienvenidos a la casa de Pedro! Quisiera repetiros las palabras que el Señor Jesús dirigía a los Doce cuando los reunía a su alrededor, después de un tiempo de misión: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6, 31).

Este encuentro de hoy prolonga la serie, breve pero muy significativa, de mis encuentros con los pastores de la Iglesia que está en la República Checa, tras los cambios políticos de 1989. Sigue siendo inolvidable el viaje de 1990, así como la histórica visita ad limina que dos años más tarde realizaron todos los obispos de las Conferencias episcopales checa y eslovaca, que aún estaban unidas. Después de la división de Checoslovaquia, he ido dos veces a vuestro país.

Impresiones indelebles ha dejado en mi corazón la visita de 1995, durante la cual tuve la alegría de incluir en el catálogo de los santos a Jan Sarkander y a Zdislava de Lemberk, dos insignes figuras que honran la historia secular de vuestra Iglesia y que se han añadido a la gran multitud de almas elegidas que han florecido a lo largo de los siglos en las tierras de Bohemia, Moravia y Silesia.

Estas observaciones e indicaciones siguen la línea de las más globales y articuladas que propuse a vuestra Conferencia episcopal durante la visita que realicé el año pasado, con ocasión del milenario de san Adalberto.

2. Me agrada ver la actual visita ad limina bajo la particular luz que irradia de estos intrépidos testigos del Evangelio. Los santos Adalberto y Jan Sarkander indican el camino de la fe profesada y testimoniada hasta el derramamiento de la sangre, como respuesta a las diversas pruebas que la comunidad eclesial está llamada a afrontar al cambiar las situaciones. Y santa Zdislava muestra que la familia es el camino privilegiado de la Iglesia para renovar a los hombres y la sociedad con la levadura del Evangelio.

En efecto, el compromiso en favor de la fe y la pastoral de la familia constituyen dos directrices fundamentales de la acción de la Iglesia: la fe remite, por decirlo así, al eje vertical, a la tarea prioritaria de anunciar a Dios y guiar a los hombres hacia él; la familia representa, más bien, la dimensión horizontal, el entramado social que hay que animar con los valores cristianos.

En cada continente y en cada país, éste es el doble compromiso que la acción pastoral tiene que poner en práctica. En particular, en una realidad como la vuestra, caracterizada por la rica tradición espiritual de la región y por las heridas de la descristianización y los retos de la nueva fase sociocultural, los objetivos de la fe y de la familia sobresalen con gran urgencia.

Me voy a permitir centrar vuestra atención en dos fenómenos, que desde hace tiempo son objeto de especial solicitud por parte de los pastores de la Iglesia en todo el mundo y que, como bien sé, también os comprometen directamente a vosotros: me refiero a la nueva evangelización, contrastada hoy por la difusión de las sectas, y a los problemas relacionados con la moral familiar y con el respeto a la vida. Bien sabéis que esos fenómenos exigen estudios específicos y respuestas adecuadas: no pueden afrontarse con soluciones superficiales. Se requieren intervenciones específicas, insertadas en un plan pastoral de conjunto, encaminado a consolidar las convicciones de fondo en que se basa la conducta privada y pública de los fieles.

3. En el ámbito de la fe, es necesario ante todo un serio trabajo de consolidación de las bases de la vida cristiana, para el cual vuestras diócesis están dotadas de estructuras en general bastante adecuadas, de las que legítimamente se sienten orgullosas. Sin embargo, ese patrimonio de personas y de medios requiere un mantenimiento y una actualización constantes, para que conserve su eficacia en la transmisión del mensaje a los hombres de nuestro tiempo. Con este espíritu habéis vivido el decenio de preparación para el milenario del martirio de san Adalberto: un tiempo de renovación espiritual, promovido por el recordado y venerado cardenal František Tomášek, que sin duda producirá frutos más allá del umbral del tercer milenio.

Desde este punto de vista, os animo a proseguir, ante todo, la pastoral litúrgica y catequística, bien enraizada y desarrollada en vuestras parroquias, así como la multiforme pastoral de la caridad, que da frutos valiosos de testimonio en las situaciones normales de la vida, y que se pone en práctica con una creatividad continua durante las emergencias, como aconteció con las inundaciones del año pasado, y también recientemente. A este propósito, quisiera expresar mi felicitación a los fieles de vuestras diócesis, a las parroquias, a las asociaciones y, en particular, a la Cáritas de toda la República, organizadas en una amplia red de conexiones, con proyectos generales y con intervenciones concretas, por todo lo que hicieron en Moravia y están haciendo, durante este año, en el este de Bohemia. No se han desalentado ante los inmensos problemas suscitados por la furia destructora de las aguas, y han dado admirables testimonios de solidaridad concreta. Llevad el saludo y la felicitación del Papa a vuestros solícitos colaboradores que, sin pedir ninguna compensación y con admirable altruismo, han prestado su ayuda con tanta eficacia y con igual modestia.

4. La Iglesia debe afrontar hoy el desafío del secularismo, que exige un renovado impulso tanto en la dirección de la profundización espiritual como en la del compromiso misionero. Se trata de la urgencia de la nueva evangelización, que implica a toda la comunidad cristiana.

Por eso, os exhorto a cada uno de vosotros a cultivar siempre una estrecha y cordial unidad con vuestro respectivo presbiterio diocesano, para que las líneas de acción trazadas por el obispo se compartan ideal y prácticamente, y el dinamismo pastoral desarrolle toda su eficacia.

Al mismo tiempo, y precisamente con el trabajo formativo guiado por los sacerdotes, es preciso hacer que el laicado crezca en la espiritualidad y en la corresponsabilidad, según las orientaciones del concilio Vaticano II. Para alcanzar este objetivo, es muy valiosa la obra de las asociaciones y de los movimientos, con tal de que trabajen en constante sintonía con los pastores y no se encierren en sí mismos, para que los diversos carismas contribuyan efectivamente a la edificación de toda la comunidad eclesial.

Con este fin, es indispensable una eficaz pastoral de la cultura y de las comunicaciones sociales: me complace la gran actividad que vuestras diócesis llevan a cabo también en este sector. A vosotros, sobre todo, os corresponde la labor de promover esta atención y velar por la calidad de los contenidos. En este campo abierto a la creatividad, serán particularmente interesantes y útiles la confrontación y el intercambio de experiencias con los demás países europeos, mediante un diálogo constructivo, que sin duda será beneficioso para todos.

5. Otra gran línea de acción es la pastoral familiar: debe reafirmarse como una exigencia prioritaria, que ha de ocupar el centro de vuestra atención. En la actual situación cultural, sin un trabajo serio y orgánico con las familias, también la pastoral vocacional y la juvenil en sentido amplio se debilitan inevitablemente. Como habéis experimentado, las familias creyentes han sido el baluarte de la fe en los tiempos oscuros de la persecución, y las vocaciones han surgido naturalmente en estos ambientes de fe vivida y probada como el oro en el crisol. Por eso, expreso mi aprecio por las múltiples iniciativas en favor de las familias, de las que depende precisamente la preparación del terreno favorable para la educación de los jóvenes y para las vocaciones. Una buena red formativa al servicio de las familias, que arranque de la parroquia y que, con la ayuda de los movimientos y de las asociaciones, trate de implicar a las familias mismas mediante una presencia discreta pero efectiva allí donde la gente vive y sufre, es también la respuesta más eficaz al proselitismo de las sectas y a la mentalidad hedonista y permisiva, que mina en su raíz la fecundidad de la vida cristiana.

Como servicio indispensable a las familias hay que considerar asimismo el esfuerzo por la institución, la defensa y el desarrollo de las escuelas católicas, que, entre otras cosas, dan una valiosa contribución a la misma cultura de la nación, como la experiencia confirma ampliamente. Por tanto, os exhorto a sostenerlas, promoviendo a la vez la enseñanza de la religión en las escuelas estatales, porque esto corresponde a un derecho fundamental de los adolescentes y de sus padres.

A este propósito, expreso mi estima también por el empeño que ponéis para que las relaciones con las autoridades civiles se caractericen siempre por la lealtad y la colaboración. Esto permitirá afrontar del modo más provechoso las diferentes cuestiones que quedan por resolver y que tanto la Iglesia como el Estado tienen interés en solucionar de modo conveniente.

6. Amadísimos hermanos, quisiera ahora dirigirme más en particular a vosotros con unas palabras personales de agradecimiento y estima por vuestro generoso trabajo pastoral y, sobre todo, para deciros: ¡Ánimo, el Señor está con vosotros! Cuanto más cansancio sintáis y cuanto mayores sean las dificultades personales o ambientales, tanto más podéis contar con una especial presencia de Cristo, buen Pastor, que os llama a una conformación más íntima a él en la fe y en la gracia de vuestro estado.

Estad cerca de los sacerdotes que la Providencia sigue suscitando en medio de vuestro pueblo. Escuchadlos, sostenedlos, valoradlos, orientadlos y amonestadlos cuando sea necesario, pero siempre con sabiduría y, sobre todo, con caridad paterna. Sed para ellos maestros de discernimiento, para que ellos, a su vez, sepan enseñar a las comunidades que les han sido encomendadas a discernir y cumplir lo que el Espíritu les sugiere para alimentar la fe y mantener alto el temple espiritual, que ha distinguido a las familias checas, de manera especial en los tiempos de la opresión atea.

Ojalá la Iglesia, que testimonia su fe en Cristo en vuestra tierra, conozca un florecimiento de carismas y de iniciativas que, gracias a vuestro ministerio de pastores, den frutos abundantes de vida cristiana en el umbral del nuevo milenio.

Con estos deseos, os encomiendo a María santísima, a quien vuestro pueblo venera con tanta devoción en los innumerables santuarios esparcidos por toda la República. Que ella os obtenga las gracias que más anheláis y os sostenga siempre en el servicio eclesial. Os acompañe también mi bendición, que os imparto de corazón a cada uno de vosotros y a vuestras comunidades diocesanas.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS RESPONSABLES DE LA CONFERENCIA INTERNACIONAL DE ESCULTISMO Domingo 13 de septiembre de 1998

A los responsables de la Conferencia internacional católica del escultismo

1. Con ocasión del 50 aniversario de la fundación de la Conferencia internacional católica del escultismo, me uno de buen grado a la acción de gracias de los hombres y mujeres que, desde los comienzos, han participado en el movimiento scout católico y han recibido en él una exigente formación espiritual y humana, que les ayuda en su vida diaria.

El encuentro entre el método scout y las intuiciones del padre Sévin, s.j., ha permitido elaborar una pedagogía basada en los valores evangélicos, según la cual se impulsa a cada joven a cultivar y desarrollar su personalidad, haciendo fructificar los talentos que ha recibido. La ley scout, al llevar a los jóvenes por el camino de las virtudes, los invita a la rectitud moral y al espíritu de ascesis, y así los orienta hacia Dios y los llama a servir a sus hermanos. Buscando hacer el bien, se convierten en hombres y mujeres capaces de asumir responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad. En el seno de una patrulla, en los campamentos y en otras circunstancias, los scouts descubren al Señor a través de las maravillas de la creación, que están llamados a respetar. Hacen también una valiosa experiencia de vida eclesial, encontrando a Cristo en la oración personal, con la que pueden familiarizarse, y en la celebración eucarística. Además, la unidad scout brinda a los jóvenes la ocasión de aprender a vivir en sociedad, respetando a los demás.

2. La fraternidad scout internacional crea vínculos entre personas de culturas, lenguas o confesiones diferentes, y constituye una posibilidad de diálogo entre ellas. Con este espíritu, saludo a los equipos de formadores y a las unidades scouts que se encargan de proponer a los jóvenes de las ciudades y de los barrios, frecuentemente desempleados, el ideal y la pedagogía de su movimiento. Esa actividad implica una verdadera dimensión fraterna, que contribuye a la evangelización de personas que a menudo están muy alejadas de Cristo y de la Iglesia, y al desarrollo de la paz y de la colaboración entre los hombres y los pueblos. Me parece positiva la actitud de los responsables y de los jóvenes del movimiento que favorecen encuentros con miembros de otras comunidades eclesiales, con espíritu ecuménico, educando así en el diálogo y en el respeto a los demás. Sin negar los principios específicos del escultismo católico, esta apertura a los jóvenes de otras culturas y de otras confesiones religiosas permitirá que Cristo sea más conocido y amado.

No olvido que el escultismo es también un lugar de maduración de vocaciones para los jóvenes que desean comprometerse en el sacerdocio o en la vida religiosa, así como en el matrimonio según los principios de la Iglesia. En este marco educativo, encuentran en sus jefes y en sus compañeros un apoyo fraterno y una ayuda valiosa para el discernimiento, a fin de responder plenamente a la llamada del Señor.

3. En el umbral del año 2000, deseo vivamente que el movimiento scout siga interrogándose sobre su modo de vivir más radicalmente los compromisos evangélicos y dando un testimonio de colaboración armoniosa y de comunión. En este sentido, será importante reconocer cada vez más las sensibilidades propias de ciertas unidades en el seno mismo de las federaciones, con voluntad de diálogo y de comprensión. También sería particularmente significativo que la unidad del movimiento scout, a veces rota en el pasado, se alcance durante el gran jubileo; así, a los ojos del mundo, se daría un testimonio del amor fraterno y de la reconciliación que permiten reconocer a los discípulos del Señor (cf. 1 Jn 4, 7-9).

4. Invocando sobre todos los scouts la asistencia del Espíritu Santo y la intercesión de Nuestra Señora, animo vivamente al movimiento a proseguir y a intensificar el servicio que presta a la juventud del mundo, proponiéndole un ideal y dándole a Cristo como modelo de vida humana perfectamente realizada y como camino hacia la felicidad, ya que él es «el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6). A todos los miembros de la Conferencia internacional católica del escultismo, les imparto de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 13 de septiembre de 1998

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL III SIMPOSIO INTERNACIONAL DE MONJAS BENEDICTINAS Viernes 11 de septiembre de 1998

Querido abad primado; queridas hermanas en Cristo:

1. Con acción de gracias a Dios, «pues vuestra fe es alabada en todo el mundo» (Rm 1, 8), os doy la bienvenida a las participantes en el III Simposio internacional de benedictinas, sobre el tema: «La experiencia de Dios y el enfoque benedictino de la oración». Os saludo como herederas de la gran tradición de santidad cristiana que tiene sus raíces en la oración de san Benito en el silencio de Subiaco, una tradición que sigue viva en vuestras comunidades, que son «escuelas al servicio de Dios» (Regla, prol., 45).

2. San Benito vivió en el tiempo sombrío que siguió a la caída del Imperio romano. Para muchos, el desorden produjo desesperación y la evasión que la desesperación implica siempre. Pero la respuesta de Benito fue diferente. Obedeciendo a impulsos ampliamente conocidos en el Oriente cristiano, abandonó todo lo que le era familiar y entró en su cueva, «buscando a Dios» (Regla, 58, 7). Allí Benito llegó al centro mismo de la revelación bíblica, que comienza con el caos original descrito en el libro del Génesis y culmina en la luz y la gloria del misterio pascual. Aprendió que incluso en las tinieblas y en el vacío podemos encontrar la plenitud de la luz y de la vida. La montaña que Benito escaló fue el Calvario, donde encontró la verdadera luz que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1, 9). Por eso, con mucha razón el Sacro Speco de Subiaco contiene la imagen de Benito mientras contempla la cruz, puesto que únicamente de la cruz surgen la luz, el orden y la plenitud de Dios, que todos los hombres y mujeres anhelan. Sólo en ella el corazón humano encuentra paz.

3. La primera palabra de esta Regla revela el núcleo de la experiencia de san Benito en la cueva: Ausculta, ¡escucha! Éste es el secreto: Benito escucha, confiando en que Dios está allí y hablar á. Entonces escucha una palabra en el silencio; y se convierte así en el padre de una civilización que nace de la contemplación, una civilización de amor, que nace de la escucha de la palabra que brota de las profundidades de la Trinidad. Benito se transformó en la palabra que escuchó, y lentamente su voz «se difundió por toda la tierra» (cf. Sal 19, 4); llegaron los discípulos y surgieron los monasterios, y así se desarrolló una civilización alrededor de ellos, no sólo salvando lo que era valioso en el mundo clásico, sino también abriendo un camino, nunca antes imaginado, hacia un nuevo mundo. Fueron los hijos y las hijas de san Benito quienes reclamaron la tierra, organizaron la sociedad, predicaron el Evangelio como misioneros y escribieron los libros como letrados, cultivando todo lo que sirve para una vida verdaderamente humana. Sorprende pensar cuánto ha surgido de tan poco: «Ésta ha sido la obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos» (Sal 118, 23).

La Regla que escribió san Benito es inolvidable, no sólo por su ardiente celo por Dios y su sabia solicitud por la disciplina, sin la cual no habría seguimiento de Cristo, sino también por su radiante humanitas. La Regla inculca un espíritu de hospitalidad fundado en la convicción de que el prójimo no es un enemigo, sino Cristo mismo que viene como huésped; y éste es un espíritu que se concede sólo a quienes han conocido la magnanimidad de Dios. En la Regla de san Benito encontramos un orden estricto, pero nunca severo; una luz clara, pero nunca fría; y una plenitud absoluta, pero nunca abrumadora. En una palabra, la Regla es radical, pero siempre acogedora, por lo cual, mientras otras reglas monásticas han desaparecido, la Regla de san Benito ha triunfado y ha conservado su valor hasta hoy en la vida de vuestras comunidades.

4. Queridas hermanas, nuestra sociedad también conoce mucha oscuridad en este tramo final del siglo y en el umbral del nuevo milenio. En este tiempo, la figura luminosa de san Benito está entre nosotros, señalándonos como siempre a Cristo. Habéis sido llamadas de un modo especial a ese misterio de luz; por eso, la Iglesia sigue mirándoos a vosotras y a vuestras comunidades con tantas expectativas. Os miramos, porque no tenéis miedo de entrar en la cueva oscura y vacía; porque escucháis en un silencio verdaderamente contemplativo; porque acogéis la palabra de Dios y os transformáis en esa palabra; porque ayudáis a construir un mundo verdaderamente civilizado, donde la ansiedad y la desesperación pierdan su fuerza y se experimente la paz de la Pascua en la tranquillitas ordinis.

5. La Iglesia os mira con especial ilusión, mientras emprendemos la nueva evangelización a la que el Espíritu Santo nos está llamando ahora, en los albores del nuevo milenio. No habrá evangelización sin la contemplación, que es el corazón de la vida benedictina. Toda la Iglesia debe profundizar más en el significado del lema ora et labora, y ¿quién nos lo enseñará sino los hijos e hijas de san Benito? El mundo anhela la verdad que san Benito conoció y enseñó tan bien; y ahora, al igual que en el pasado, la gente busca el testimonio de oración y trabajo que vuestras comunidades dan con tanta alegría.

En vuestra oración y vuestro trabajo, es la Virgen María quien os ilumina el camino, pues es «Madre de la Estrella que no se oculta nunca», como canta la liturgia del Oriente cristiano. Ella es quien os enseña a escuchar y os guía hacia las profundidades de la contemplación para que, con la fuerza del Espíritu Santo, podáis testimoniar lo que habéis escuchado. Que María os guarde a vosotras y a vuestras comunidades con su amor materno; san Benito, santa Escolástica y la gran multitud de santos benedictinos os inspiren y os fortalezcan. Y que la gracia y la paz de Cristo, «el testigo fiel y el primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5), estén siempre con vosotras. Como prenda de esto, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR VLATKO KRALJEVI•, EMBAJADOR DE BOSNIA-HERZEGOVINA

Viernes 11 de septiembre de 1998

Señor embajador:

1. Me alegra acogerlo con ocasión de la presentación de las cartas con las que la Presidencia de Bosnia-Herzegovina lo acredita como primer embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede. Le agradezco las amables palabras que acaba de dirigirme y las consideraciones que ha realizado acerca del progreso alcanzado, los proyectos futuros y las comprensibles dificultades que está viviendo su país.

Deseo, ante todo, enviar por su amable mediación mi saludo deferente y cordial a la Presidencia colegial y al Consejo de ministros de Bosnia-Herzegovina. A través de ellos quiero, asimismo, renovar mis sentimientos de afecto y de cercanía a todas las poblaciones que viven en el país: tienen un lugar especial en mi corazón y en mis oraciones.

Tengo presentes aún vivamente las escenas de la memorable visita que la Providencia me permitió realizar los días 12 y 13 de abril del año pasado a Sarajevo, ciudad símbolo de nuestro siglo a causa de los acontecimientos que se produjeron en ella y de las consecuencias que tuvieron para toda Europa. Viví ese encuentro como un estímulo para todas las personas de buena voluntad a no desanimarse en sus esfuerzos por edificar la paz que acababan de lograr; como una invitación a las naciones a contemplar con una mirada nueva los Balcanes; y como una exhortación a proseguir incansablemente por el camino arduo, pero provechoso, del diálogo sincero.

2. El interés de la Santa Sede en favor de Bosnia-Herzegovina, desde su independencia hasta nuestros días, es constante. Lo demuestra todo lo que se ha hecho hasta ahora. Durante la guerra, la Santa Sede se esforzó por promover la paz, afirmando que el diálogo era el medio más adecuado para garantizar el respeto a los derechos fundamentales e inalienables de toda persona, según su nacionalidad. Además, se prodigó para aliviar los sufrimientos de las poblaciones indefensas de toda la región afectada por la guerra.

Ya desde los primeros momentos del conflicto, la Santa Sede intervino, haciendo todo lo posible para evitar sufrimientos y lutos y promover entre las partes un diálogo sincero y constructivo. Ahora que las armas finalmente han callado, después de la sangrienta prueba de un conflicto devastador, sigue persiguiendo el objetivo de favorecer la consolidación de la paz en la igualdad efectiva de los pueblos que constituyen Bosnia- Herzegovina, exhortando al respeto recíproco y al diálogo leal y constante, en un clima de verdadera libertad.

Deseo vivamente que la tribulación de esa reciente experiencia dolorosa contribuya a la colaboración real entre las naciones del área balcánica y a la promoción del reconocimiento efectivo de los derechos del hombre y de los pueblos en la región del sudeste de Europa, pues se trata de una necesidad hoy más urgente que nunca frente al estallido de nuevos focos de conflicto.

3. El edificio de la paz en Bosnia-Herzegovina se va consolidando día tras día gracias al compromiso de las autoridades locales y a los esfuerzos de la comunidad internacional, que vela por la aplicación concreta en la región de los acuerdos de paz de Washington y de Dayton.

Queda aún la tarea urgente de la reconstrucción moral y material del país. Se trata de un compromiso exigente, pero imprescindible, al que está unido el futuro de toda Bosnia-Herzegovina. Ciertamente, en la reconstrucción del país afectado por la reciente guerra hay que invertir en infraestructuras, tan necesarias para la reanudación de la vida de las poblaciones locales y para un nuevo impulso económico; pero es preciso, ante todo, lograr que el ciudadano goce de los derechos y de la dignidad que le corresponden. En efecto, es la persona el bien más valioso de toda sociedad civil. En este marco, no se puede eludir el problema de los prófugos y de los exiliados, que piden justamente volver a sus hogares. Invito cordialmente a todas las partes implicadas a no desanimarse frente a las dificultades y a trabajar por una justa solución de este drama.

Espero que se creen lo más rápidamente posible las condiciones para el regreso pacífico y seguro de cuantos huyeron ante los horrores de la guerra o fueron expulsados con violencia de su tierra. Es preciso garantizar a todos la posibilidad efectiva de volver a sus hogares, para reanudar la vida habitual con serenidad y paz. Eso supone la eliminación de toda amenaza de violencia y la instauración de un clima de confianza recíproca, en un marco social de legalidad y seguridad.

Este camino requiere la participación de las numerosas fuerzas sanas que forman el conjunto de la sociedad. La Iglesia, por lo que le compete, ha dado y seguirá dando su contribución convencida y concreta para que todos prosigan por el camino del diálogo y de la colaboración sincera. Sin embargo, también es grande la responsabilidad que tienen las fuerzas políticas e institucionales del Estado de garantizar la identidad, el desarrollo y la prosperidad de cada uno de los pueblos que constituyen Bosnia-Herzegovina. Se trata de una obra que requiere paciencia, tiempo y tenacidad, y que no admite imposiciones. El hecho de que puedan surgir contratiempos no debe desalentar a nadie; al contrario, todos deben emplear su sabiduría para corregir y mejorar los planes ya preparados.

4. Señor embajador, no se puede negar que, ante las prometedoras perspectivas abiertas por la paz finalmente recobrada, también hay sombras que deben desaparecer. Sigue siendo grande la preocupación por los diversos atentados perpetrados en los últimos tiempos, que siembran el terror e impiden la serenidad de las poblaciones locales. Se trata de hechos que constituyen un serio obstáculo para la paz, la reconciliación y el perdón, tan necesarios para el futuro de toda la región. Nada duradero se construye con la violencia. Bosnia-Herzegovina es un país en el que viven juntos tres pueblos que lo constituyen, y existen diversos grupos religiosos. Es necesario ofrecer a cada uno las mismas posibilidades de iniciativas económicas, sociales y culturales; es preciso dar a todos la oportunidad de expresar su identidad en el pleno respeto a los demás.

Una sociedad multiétnica y multirreligiosa, como es precisamente la de Bosnia- Herzegovina, debe basarse en el respeto a la diversidad, en la estima recíproca, en la igualdad concreta, en la colaboración real, en la solidaridad constructiva y en el diálogo constante y leal. Sólo así las comunidades interesadas podrán transformar el país en una verdadera «región de paz». Por consiguiente, cada uno deberá resistir a la tentación de prevalecer sobre los demás, movido por el deseo de dominio y por el egoísmo personal o de grupo. Al contrario, será indispensable cultivar una verdadera vida democrática, unida a una auténtica libertad religiosa y cultural, encaminada hacia la constante promoción de la persona y del bien común.

Por eso, las oportunas disposiciones legislativas deberán garantizar la igualdad efectiva de todos los componentes de la sociedad civil, y las instituciones del Estado deberán promover esa igualdad, protegiéndola con todos los medios legítimos.

5. Señor embajador, no puedo dejar de mencionar asimismo la actual situación de la Iglesia católica en su país. No pide para sí misma ningún privilegio; sólo quiere cumplir el mandato que recibió de su divino Fundador, realizando libremente su actividad al servicio de todos. Por este motivo desea que le restituyan los bienes que le quitaron en el período comunista o durante el reciente conflicto. Se trata de una prueba de justicia y un signo de democracia de las instituciones del país, que usted ha sido llamado a representar aquí. Obviamente, lo que la Iglesia católica pide para sí misma, también lo pide para las demás comunidades religiosas del país.

Al concluir estas palabras de saludo y de buenos auspicios, quiero encomendar a la celestial protección de la santísima Madre de Dios los esfuerzos por la edificación de la paz y la reconstrucción material y espiritual que Bosnia-Herzegovina, con la ayuda de la comunidad internacional, está realizando. Que la intercesión de la santísima Virgen María haga descender copiosas bendiciones de Dios sobre todas las poblaciones de ese país, particularmente querido para mi corazón. Acompaño estos sentimientos con mis mejores deseos para usted por una provechosa misión ante la Sede apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR KARL BONUTTI, NUEVO EMBAJADOR DE ESLOVENIA ANTE LA SANTA SEDE Palacio pontificio de Castelgandolfo Lunes 7 de septiembre de 1998

Señor embajador:

1. Con gran alegría le doy la bienvenida en el momento en que presenta las cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Eslovenia ante la Santa Sede.

Le ruego que transmita al ilustrísimo presidente de la República, señor Milan Ku•an, mi sincera gratitud por los amables sentimientos de deferencia y los buenos deseos que me ha expresado. A mi vez, formulo votos por su elevado mandato al servicio de sus compatriotas.

Al agradecerle las nobles expresiones de reconocimiento que ha pronunciado con referencia al proceso de independencia de la República de Eslovenia, deseo asegurarle que la Santa Sede seguirá brindando su peculiar apoyo a la querida nación que usted representa, así como a todos los pueblos que luchan pacíficamente por afirmar sus legítimas aspiraciones a la libertad.

2. Sigue vivo en mí el recuerdo del viaje que tuve la alegría de realizar a Eslovenia, en mayo de 1996, visitando Liubliana, Postojna y Maribor. Confío en que esos momentos permanezcan en la memoria histórica del pueblo, como aliciente para alimentar constantemente sus raíces espirituales, obteniendo de ellas la linfa necesaria que le permita crecer unido y motivado, en el ámbito de la gran familia de las naciones.

Especialmente en las fases históricas marcadas por rápidos cambios y, por decirlo así, por bruscas aceleraciones en los procesos políticos, económicos y culturales, es más necesario que nunca mantener bien firmes y vivos los valores que no cambian y que distinguen de modo permanente y universal a la persona humana y la convivencia civil. Esto es absolutamente indispensable sobre todo desde el punto de vista educativo, con referencia a las nuevas generaciones, que no han conocido personalmente el esfuerzo de propugnar ciertos ideales y corren el riesgo de perder su sentido y sus exigencias. En efecto, una sociedad es vital en la medida en que es capaz de transmitir los grandes valores humanos y la pasión por su concreta realización histórica.

3. No cabe duda de que, para ello, la presencia activa y lo más amplia posible de la comunidad eclesial desempeña un papel muy valioso. Según la elocuente imagen evangélica de la levadura, favorece el desarrollo de toda la sociedad hacia la justicia, la libertad, la paz y el respeto a los derechos humanos. Eslovenia conoce bien todo esto, no por referencias, sino por su secular experiencia histórica: los anales de la historia eslovena documentan la aportación positiva de la religión católica a la vida del país y a la calidad de su crecimiento moral y cultural.

Como su excelencia sabe, la Santa Sede es el órgano central de la Iglesia católica, que, desde hace siglos, está bien enraizada también en la República de Eslovenia. La Sede apostólica tiene la misión de promover, en unión con los obispos locales, las relaciones con las autoridades estatales, y de regular las que existen entre la Iglesia y el Estado. Desgraciadamente, esto no fue posible durante el pasado régimen. Con la vuelta de la democracia, la Iglesia católica ha obtenido nuevas posibilidades para desarrollar su actividad de evangelización y de promoción humana.

4. Me ha alegrado la información que usted me ha proporcionado sobre las soluciones que se han encontrado para algunas cuestiones de gran importancia con vistas a las relaciones mutuas. Espero que, con un diálogo sincero y leal, los representantes de la Iglesia y del Estado afronten otros asuntos aún pendientes que son, desde hace años, objeto de discusiones. Una solución justa para esos problemas no sólo beneficiará a la Iglesia católica, sino también a toda la sociedad eslovena, a la que la Iglesia quiere servir y a cuyo bienestar desea contribuir.

Señor embajador, le expreso mis mejores deseos de que el cumplimiento de la alta misión que se le ha confiado sirva para desarrollar y profundizar ulteriormente las relaciones mutuas, no sólo en beneficio de los católicos eslovenos, sino también de todos los ciudadanos de la querida nación que usted representa.

Le deseo, señor embajador, una feliz estancia en Roma. Puedo asegurarle que encontrará siempre en mis colaboradores apoyo atento y acogida cordial. Sobre usted, sobre el pueblo esloveno y sobre cuantos lo gobiernan en las vísperas del tercer milenio, invoco de corazón la abundancia de las bendiciones divinas.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ESLOVAQUIA EN VISITA «AD LIMINA»

Martes 8 de septiembre de 1998

Venerados hermanos en el episcopado:

1. Me alegra particularmente reunirme con vosotros con ocasión de vuestra visita ad limina, que nos brinda la grata oportunidad de renovar nuestros vínculos de afecto y comunión precisamente en el día en que se celebra la memoria de los mártires de Košice, a quienes tuve la dicha de inscribir en el catálogo de los santos hace tres años en vuestra patria. Saludo con viva cordialidad a vuestro presidente, mons. Rudolf Baláž, obispo de Banská Bystrica, al que agradezco los sentimientos de devoción y adhesión al Sucesor de Pedro, que me ha manifestado en nombre de todos los presentes. Saludo asimismo al querido y venerado cardenal Ján Chryzostom Korec, que durante los ejercicios espirituales celebrados este año aquí en el Vaticano nos hizo escuchar muy bien la voz de la tradición de los santos Cirilo y Metodio. Os saludo también con gran afecto a cada uno de vosotros, pastores de las amadas poblaciones de Eslovaquia, entre las que tuve la alegría de estar durante mi inolvidable visita de hace tres años.

«La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1). Con estas palabras el concilio ecuménico Vaticano II presenta el misterio de la Iglesia, subrayando su particular referencia al misterio de Cristo y al reino de Dios, del que «constituye el germen y el comienzo en la tierra» (ib., 5). La Iglesia, para cumplir de modo adecuado su misión como «sacramento universal de salvación» (ib., 48), debe poder expresar convenientemente, tanto a nivel universal como local, la doble dimensión humana y divina que le imprimió su fundador, insertándose plenamente en las vicisitudes del mundo, pero sin confundirse con él (cf. Jn 17, 15-16).

2. También la Iglesia que está en Eslovaquia debe ser «sacramento universal de salvación», haciéndose amorosamente partícipe de las alegrías, de los sufrimientos y de las necesidades del pueblo eslovaco, consciente de que es «el germen y el comienzo del reino de Dios» y el instrumento de la gracia de Cristo. La conciencia de su misión la llevar á al diálogo respetuoso y atento con la sociedad y al compromiso en favor de una convivencia fraterna y solidaria, inspirada en los valores de la auténtica tradición cristiana.

Frente a una situación en la que aún se notan las consecuencias de la dura persecución comunista y en la que se corre el peligro de que resurjan las divisiones destructoras del pasado, la Iglesia sabe que debe ser sal y levadura dentro de la sociedad eslovaca, contribuyendo al bien de todos, sin dejarse implicar en los conflictos entre intereses particulares.

Las profundas transformaciones que en los últimos años han afectado a la sociedad eslovaca, con consecuencias preocupantes para la familia y el mundo juvenil, comprometen a los pastores y a los fieles a defender los valores de la tradición cultural y cristiana. Eso supone un profundo y claro análisis filosófico y teológico de las diversas corrientes de pensamiento, con vistas a desvelar sus rasgos ambiguos y corregirlos, tomando pie de ellos para hacer una provechosa profundización de su patrimonio doctrinal.

En tiempos del anterior régimen comunista, la comunidad cristiana en Eslovaquia, a menudo anticipando las conclusiones del concilio Vaticano II, supo ofrecer con fidelidad evangélica respuestas eficaces y proféticas a las provocaciones de la sociedad atea. Del mismo modo, está llamada hoy a responder a los nuevos desafíos, comprometiéndose en la asidua meditación de la Escritura, en el atento análisis de los fenómenos sociales y en la planificación de adecuadas iniciativas pastorales, a fin de ofrecer, a la luz de las experiencias pasadas, respuestas pertinentes y eficaces a los problemas planteados por las diversas situaciones del presente.

3. En particular, para que la Iglesia «sacramento» produzca frutos más abundantes, será útil que se comprometa aún más en los sectores que forman parte más directamente de su misión. Ante todo, será preciso promover la formación de fieles adultos en la fe, estimulándolos al pleno cumplimiento de sus tareas específicas. Como subrayé durante mi visita pastoral a vuestro amado país, «corresponde a los seglares católicos, oportunamente formados, la misión de llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político» (Discurso a la Conferencia episcopal de Eslovaquia, n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de julio de 1995, p. 10). Así pues, no se trata tanto de sostener a los que desempeñan una función de suplencia en ausencia del sacerdote, cuanto más bien de ayudar a los fieles a descubrir la auténtica espiritualidad «laical», como camino hacia su santificación y la del mundo, partiendo de la consagración fundamental conferida en el bautismo. En ese amplio compromiso en favor de la formación de laicos adultos, cobra una importancia particular el servicio que prestan las universidades católicas, cuya finalidad específica es precisamente formar cultural y espiritualmente a personas capaces de llevar los valores de la fe y de la tradición católica al ambiente civil y político.

En segundo lugar, es preciso cuidar de modo particular la formación del clero. Los candidatos al sacerdocio deben estar bien preparados tanto cultural como espiritualmente, para que puedan anunciar con eficacia el Evangelio a sus contemporáneos, tomando del Magisterio de la Iglesia las oportunas respuestas a los diversos problemas. Y es evidente que, para ello, sirve más la solidez de la doctrina que la formación académica. Además, se les debe ayudar a defenderse del peligro siempre presente del activismo, mediante una formación que destaque la primacía de la misión de evangelizar y «santificar». Abandonando o no cuidando suficientemente estas dimensiones esenciales de la misión sacerdotal, se acaba inevitablemente por perder también el sentido y la eficacia de los demás aspectos del ministerio pastoral. El bien mayor que un sacerdote puede ofrecer a su gente es el de favorecer de todos los modos posibles la reconciliación con Dios y con los hermanos.

Para responder a los graves desafíos de nuestro tiempo, el joven, una vez ordenado presbítero, además del estudio y la oración personal, tiene el deber de cuidar su formación permanente, participando en los encuentros oficiales, y en los informales, con los demás sacerdotes y con su obispo, para buscar juntos soluciones oportunas a los problemas y apoyo en los compromisos apostólicos. Precisamente con vistas al perfeccionamiento de la formación, tenéis en Roma para los sacerdotes eslovacos el Colegio pontificio y el Instituto pontificio eslovaco de los santos Cirilo y Metodio. La permanencia laboriosa en el centro de la cristiandad permitirá a vuestros sacerdotes completar, cerca de las tumbas de los Apóstoles, su formación intelectual y espiritual para ser luego vuestros válidos colaboradores en la nueva evangelización.

4. Junto con vosotros, venerados hermanos, me alegro por el hecho de que en estos últimos años ha sido posible asegurar la enseñanza de la religión en las escuelas. Con todo, deseo subrayar también en esta circunstancia que esa modalidad de evangelización no sustituye la catequesis parroquial para los niños, los jóvenes y los adultos. La escuela constituye, ciertamente, una gran ayuda, pero el centro de la catequesis sigue siendo la parroquia, que debe poder contar con instalaciones adecuadas para el normal funcionamiento de las actividades pastorales y formativas.

En particular, es necesario que el anuncio orgánico y sistemático de la palabra de Dios llegue a los adultos, para que aprendan a hacer que el Evangelio sea el centro inspirador de su vida, de forma que testimonien con valentía a Cristo en su ambiente de trabajo, en la cultura y en la actividad sociopolítica. A ello contribuirán también los cursos particulares y otras iniciativas adecuadas de carácter formativo.

Sobre todo el binomio familia-jóvenes debe constituir la principal prioridad de vuestras Iglesias. Los influjos negativos que llegan actualmente de todas partes deben encontrar en la comunidad cristiana eficaces y oportunos antídotos. Para ello será conveniente promover una pastoral juvenil y familiar orgánica, encaminada a responder a las exigencias formativas de los jóvenes y de las nuevas familias. Oportunamente, en esta perspectiva, ya se ha llevado a cabo la traducción y publicación del Catecismo de la Iglesia católica en lengua eslovaca. Ese Catecismo constituye un instrumento extraordinario de evangelización, y ahora la Iglesia, especialmente los obispos y los sacerdotes, tienen la misión de «traducir» su contenido a la existencia diaria de los fieles.

En el marco del compromiso de formar a las nuevas generaciones, es preciso subrayar la necesidad de una pastoral vocacional, orientada a presentar a los jóvenes la grandeza de la vocación al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada, como servicio generoso a la causa del Reino.

5. En comunión con toda la catolicidad, también la Iglesia en Eslovaquia está comprometida a prepararse ya desde ahora para el jubileo del año 2000, que se aproxima a grandes pasos. Por eso, no se limita a favorecer un clima de espera con vistas a ese histórico acontecimiento, sino que con razón también busca vivir intensamente los años de preparación más inmediata, según el itinerario eclesial que propuse en la carta apostólica Tertio millennio adveniente . En este sentido, la revista «Gran Jubileo», magníficamente cuidada por la Conferencia episcopal eslovaca, podrá proporcionar una gran ayuda a las diversas comunidades diocesanas y parroquiales.

En este marco, resulta espontáneo hacer referencia a los medios de comunicación social. ¡Cómo no subrayar su gran influjo en la opinión pública y su extraordinaria influencia en el modo de pensar y actuar de los fieles! Frente a los condicionamientos negativos que a veces ejercen no basta criticar; es preciso, ante todo, educar a los fieles en el uso maduro de esos medios, ayudándoles a crecer en una mayor libertad con respecto a ellos. Es necesario, además, hacer todo lo posible para orientar las singulares posibilidades de esos medios al servicio de la verdad y del bien.

6. La Iglesia brinda al hombre la salvación realizada por Cristo, según el plan del Padre, en el misterio de la Pascua. Sale al encuentro del hombre y lo acepta tal como se presenta, con todas sus debilidades intelectuales y morales, con todos sus problemas familiares y sociales. Sin embargo, la Iglesia es consciente de que no posee la solución ya preparada para cualquier nueva cuestión suscitada por las circunstancias cambiantes. Más bien, se sitúa al lado de cada uno para estimular su responsabilidad e invitarlo a buscar la respuesta adecuada, a la luz de la sabiduría cristiana, acumulada en los documentos del Magisterio (cf. Gaudium et spes, 43).

En ese contexto se ha de considerar la relación entre la Iglesia y el Estado. Como subraya el concilio Vaticano II: «La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo» (ib., 76). Sin embargo, esa distinción no excluye, sino que requiere la colaboración mutua. Como recordé con ocasión de la audiencia a un grupo de peregrinos eslovacos, «los católicos no deben permanecer al margen de la vida social y política. Más aún, pueden y deben dar una gran contribución, inspirándose en la doctrina social de la Iglesia, sin enrocarse nunca en posiciones preconcebidas y partidistas, que a menudo resultan estériles o, incluso, perjudiciales» (n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de noviembre de 1996, p. 5).

En la particular colaboración entre la Iglesia y el Estado para promover el bien del hombre y del país nunca puede pasar a un segundo plano el hecho de que la Iglesia, por su propia naturaleza, está enviada a todos, tanto a los cercanos como a los lejanos.

7. Venerados y queridos hermanos, éstos son los pensamientos y las exhortaciones que he sentido la necesidad de expresaros con ocasión de vuestra grata visita ad limina. Os agradezco el celo y la entrega con que trabajáis por el verdadero bien de las comunidades encomendadas a vuestra solicitud pastoral. Cultivad siempre un profundo sentido de comunión afectiva y efectiva entre vosotros y con la Iglesia universal, y en particular con el Sucesor de Pedro.

A la vez que os encomiendo, juntamente con vuestras comunidades, a la maternal protección de María, la Virgen de los Dolores, patrona de Eslovaquia, os imparto con afecto a todos vosotros, a las Iglesias a vosotros confiadas y a todo el pueblo eslovaco, una especial bendición apostólica.

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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II EN EL PRIMER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA Sábado 5 de septiembre de 1998

Hace exactamente un año, la tarde del 5 de septiembre, moría en Calcuta la madre Teresa. Su recuerdo sigue vivo en el corazón de cada uno de nosotros, en toda la Iglesia y en el mundo entero. Esta pequeña mujer, de familia humilde, realizó una obra admirable con la fuerza de la fe en Dios y del amor al prójimo.

En realidad, la madre Teresa fue un don de Dios a los más pobres de entre los pobres; y, al mismo tiempo, precisamente por su extraordinario amor a los últimos, fue y sigue siendo un don singular para la Iglesia y para el mundo. Su entrega total a Dios, reafirmada cada día en la oración, se tradujo en una entrega total al prójimo.

Con la sonrisa, con los gestos y con las palabras de la madre Teresa, Jesús caminó una vez más por los senderos del mundo como buen samaritano y sigue haciéndolo en las Misioneras y en los Misioneros de la Caridad, que forman la gran familia fundada por ella. Demos gracias a las hijas e hijos de la madre Teresa por su radical opción evangélica y pidamos por todos ellos, para que sean siempre fieles al carisma que el Espíritu Santo suscitó en su fundadora.

No olvidemos el gran ejemplo que dejó la madre Teresa, y no nos limitemos a conmemorarla con palabras. Tengamos la valentía de poner siempre en primer lugar al hombre y sus derechos fundamentales. A los jefes de las naciones, tanto ricas como pobres, les digo: ¡no confiéis en la fuerza de las armas! Avanzad con decisión y lealtad por el camino del desarme, para destinar los recursos necesarios a los grandes y verdaderos objetivos de la civilización, para combatir unidos contra el hambre y las enfermedades, a fin de que cada hombre pueda vivir y morir como hombre. Es lo que quiere Dios, que nos lo recordó también mediante el testimonio de la madre Teresa.

Que ella nos asista y acompañe desde el cielo.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS ADULTOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA CON OCASIÓN DEL 130 ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN

Plaza de San Pedro, sábado 5 de septiembre de 1998

1. «Adultos juntos, peregrinos de esperanza».

Amadísimos hermanos y hermanas, éstas son las palabras que han acompañado vuestro camino de preparación a este encuentro nacional junto a la sede de Pedro. Os acojo con afecto. Saludo a vuestro asistente general, monseñor Agostino Superbo, así como al presidente y a los vicepresidentes nacionales, agradeciéndoles vivamente las cordiales palabras que me han dirigido en nombre de todos. Saludo cordialmente a los cardenales y obispos presentes, al presidente del Gobierno, señor Romano Prodi, al alcalde de Roma y a las demás personalidades que honran con su presencia este encuentro.

Os habéis definido «peregrinos» vosotros, amadísimos adultos de Acción católica, que camináis con esperanza hacia el jubileo del año 2000. Esta fecha, que marca el inicio del nuevo milenio, necesita mujeres y hombres capaces de mirar con alegría al futuro. Necesita mujeres y hombres que sepan construir ese futuro con confianza y laboriosidad, esforzándose por orientar hacia Dios todas las realidades temporales.

Sois adultos peregrinos, que se sitúan en la perspectiva de la Iglesia en camino entre las vicisitudes del tiempo hacia la patria del cielo: «En efecto, de domingo en domingo, la Iglesia se encamina hacia el último "día del Señor", el domingo que no tiene fin» (Dies Domini, 37).

No estáis en camino solamente desde hoy. Vuestra peregrinación es larga; viene de lejos: se ha desarrollado a lo largo de la historia de este país. Por eso, habéis querido comenzar vuestro encuentro nacional reuniéndoos ayer, en Viterbo, cerca de la tumba de Mario Fani que, junto con Giovanni Acquaderni, fundó, hace ciento treinta años, la «Sociedad de la juventud católica».

Esos hombres y mujeres santos han marcado, desde entonces, vuestro camino. Me limito a recordar a uno de los más eminentes: el venerable Giuseppe Toniolo, de cuya muerte se celebra precisamente este año el octogésimo aniversario.

Son hombres y mujeres de ayer, que plantaron la semilla a fin de que vosotros, los adultos de hoy, estéis dispuestos a asumir vuestras responsabilidades frente a este difícil y apasionante presente.

2. Ser adultos no es una condición que se adquiere simplemente con la edad. Más bien, es una identidad que se forma dentro del ambiente en que estamos llamados a vivir, teniendo puntos firmes de referencia. Ser cristianos laicos adultos es una vocación que ha de ser reconocida, acogida y realizada. Por eso, vosotros, adultos de Acción católica, os sentís permanentemente peregrinos en la historia. Recorréis «juntos» los itinerarios de la historia.

Esa manera de asociación ha sido reconocida por el Magisterio como una forma de ministerio en favor de la Iglesia local, con el fin de servirla en la diócesis y en la parroquia, así como en los lugares y en las situaciones en que las personas viven su experiencia humana.

Ese servicio, propio de vuestra naturaleza de laicos adultos en la Iglesia y en el mundo, encuentra su fuente en el bautismo y en la confirmación. Para muchos, además, ha sido robustecido con el matrimonio; y todos reciben su fuerza principal de la Eucaristía.

A través de la vida sacramental, reforzando la primacía de la vida espiritual, estáis llamados a dar vuestra contribución a la edificación de la Iglesia como casa «que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas» (Christifideles laici , 26). Para ello es preciso esforzarse por ser una casa viva, donde cada miembro se sienta parte de una sola familia. Más aún, vosotros, como Acción católica, debéis ser una familia de familias, en la que cada familia esté defendida en su dignidad y subjetividad, y desempeñe un papel activo en la acción pastoral.

3. Cada uno deberá aportar sus propios dones, sus propias capacidades. Nadie debe sentirse inútil o un peso, pues a cada cual el Señor le asigna una tarea. La Iglesia se llena de energía apostólica cuando estos dones particulares se ponen al servicio de toda la comunidad.

Por tanto, vuestra adhesión a la Acción católica se ha de entender como servicio al crecimiento de la comunión eclesial. Una comunión que no sólo debe manifestarse mediante un vago afecto, sino que ha de realizarse como solidaridad orgánica entre todos los miembros de la Iglesia local. Además, el hecho de que vuestra asociación se halle presente en todo el territorio nacional os impone la tarea de trabajar con todas vuestras fuerzas por lograr que se fortalezca cada vez más la comunión entre todas las Iglesias que están en Italia, y entre éstas y la Iglesia de Roma, que preside en la caridad.

Vuestra asociación, por su misma naturaleza, tiene un vínculo inseparable con la Jerarquía y, en particular, con el Sucesor de Pedro. Vuestro amor al Papa ha de seguir expresándose mediante la gozosa y pronta acogida de su magisterio, propia de vuestra tradición secular.

4. Vuestra Asociación quiere ser una casa entre las casas de los hombres. Así se manifiesta vuestro carácter misionero. Ya el concilio Vaticano II había asignado a la Acción católica un papel necesario para «la implantación de la Iglesia y el crecimiento de la comunidad cristiana» (Ad gentes , 15). Para vosotros, hoy, eso significa volver a vivir el carácter misionero necesario también para las Iglesias de antigua cristiandad. En éstas, como dije en la Redemptoris missio , hay «grupos enteros de bautizados que han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio» (n. 33).

Además, hoy la urgencia de «rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana» (Christifideles laici , 34) ha llegado a ser aún más urgente. Por esto, vuestra acción apostólica debe tener un influjo cultural, es decir, debe ser capaz de crear entre la gente una mentalidad que brote de los valores cristianos inalienables y que esté impregnada de ellos.

Por eso, vuestra formación ha de estar siempre atenta y abierta a los problemas que plantea la sociedad en la actualidad. Y ha de ser capaz de crear una cultura política que busque siempre y a toda costa el bien común y la defensa de los valores. Una cultura que sepa volver a partir de la vida humana. «Ésta es una exigencia particularmente apremiante en el momento actual, en que la .cultura de la muerte. se contrapone tan fuertemente a la .cultura de la vida. y con frecuencia parece que la supera» (Evangelium vitae, 87).

5. Amadísimos hermanos y hermanas, el Papa os exhorta a continuar en vuestro esfuerzo por ser peregrinos de esperanza, solícitos por la suerte de cada mujer y cada hombre con quien os encontráis en vuestro camino. A todos anunciadles que Jesucristo es su amigo, consolador de toda miseria humana y Señor trascendente de la historia.

Os acompaño con mi oración. Caminad con confianza hacia el nuevo milenio: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8).

Se llaman adultos, pero se comportan como jóvenes. Es buena señal.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LAS SEÑORITAS CONSAGRADAS DEL INSTITUTO SECULAR DE LAS MISIONERAS DEL AMOR INFINITO Viernes 4 de septiembre de 1998

Amadísimas Misioneras del Amor Infinito:

1. Os doy la bienvenida a este encuentro, que habéis deseado con ocasión del 50 aniversario de la fundación de vuestro instituto secular. A cada una dirijo mi cordial saludo, con un pensamiento especial de afecto fraternal para monseñor Luigi Bettazzi, que os acompaña. Con razón ha querido estar presente hoy con vosotras, en calidad de obispo de la Iglesia particular en la que tuvo lugar la fundación, es decir, de la diócesis de Ivrea. En efecto, en esa tierra, fecundada a inicios de este siglo por el testimonio de la sierva de Dios madre Luisa Margarita Claret de la Touche, surgió la Obra del Amor Infinito, en cuyo seno nació vuestra familia. Después de conseguir el reconocimiento diocesano, en 1972, el instituto fue aprobado por mí para toda la Iglesia. De hecho, ahora se halla presente en varias partes del mundo.

La actitud fundamental con que estáis celebrando este aniversario es, ciertamente, la de acción de gracias, y me complace asociarme a ella.

2. Amadísimas hermanas, estamos viviendo un año dedicado íntegramente al Espíritu Santo. Pues bien, esta coincidencia, es decir, el hecho de que celebréis el 50 aniversario del instituto en el año del Espíritu Santo, ¿no constituye un nuevo y especial motivo de gratitud? En efecto, solamente gracias al Espíritu y en el Espíritu podemos decir «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16), afirmación que constituye el inagotable núcleo originario de vuestra espiritualidad. ¿Quién revela a los hombres esta verdad evangélica fundamental, síntesis de todo el credo cristiano, sino Aquel que «sondea las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10) y recuerda a los discípulos todo lo que Cristo enseñó (cf. Jn 14, 26)?

«Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios "existe" como don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-amor. Es Persona-amor. Es Persona-don» (Dominum et vivificantem, 10).

3. La Iglesia existe y ha sido enviada al mundo para anunciar esta verdad, principio de salvación y de esperanza para todos los hombres: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). El mensaje cristiano del amor, tal como Cristo lo reveló y transmitió a la Iglesia, no puede ser anunciado si no es con la forma del testimonio. Toda la Iglesia, en la totalidad y variedad de sus miembros, está comprometida en esta labor de evangelización, cuyo principal agente es el Espíritu Santo (cf. Tertio millennio adveniente, 45).

Él, «admirable artífice de la variedad de los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas de vida consagrada, como queriendo corresponder, según un providencial designio, a las nuevas necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión en el mundo. Pienso, en primer lugar, en los institutos seculares» (Vita consecrata, 10), en cuyo ámbito el Señor os ha llamado a vivir también a vosotras, queridas hermanas.

Así pues, sed «levadura de sabiduría y testigos de gracia» dentro de la vida eclesial, profesional y social, mediante vuestra «síntesis específica de secularidad y consagración» que «introduce en la sociedad las energías nuevas del reino de Cristo» (ib.). Os aliento también a proseguir el valioso servicio que prestáis a los sacerdotes mediante la oración y la colaboración.

Contemplando la sublime figura de María santísima, en la que todo estado de vida en la Iglesia reconoce su modelo perfecto, podemos ver también los rasgos de la secularidad evangélica femenina. El Espíritu Santo, que lleva a la plenitud de la verdad (cf. Jn 16, 13), os guíe a cada una de vosotras y a todo el instituto tras las huellas de la Virgen, para que lleguéis a ser, cada vez más y cada vez mejor, misioneras del amor infinito de Dios.

Os acompañe en este camino la bendición apostólica, que os imparto de corazón.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ZIMBABUE EN VISITA «AD LIMINA» Viernes 4 de septiembre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con alegría os doy la bienvenida a vosotros, los obispos de Zimbabue, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum: «Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Flp 1, 2). Como sucesores de los Apóstoles, prestamos una «colaboración al Evangelio» (Flp 1, 5), que se extiende, de modo apropiado, a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos de vuestras diócesis. Os pido que les transmitáis mis saludos y les aseguréis que los tengo presentes constantemente en mis oraciones. El paso del tiempo no ha disminuido el recuerdo de mi visita a vuestro país, cuando experimenté personalmente la cordial hospitalidad de vuestro pueblo y la riqueza de sus tradiciones culturales.

Es motivo de alegría el hecho de que la población católica de Zimbabue esté creciendo constantemente: «Esta ha sido la obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos» (Sal 118, 23). Afirmáis en vuestros informes que muchos adultos abrazan la fe y que están entrando en la Iglesia. Por eso, podemos identificar inmediatamente dos prioridades importantes de vuestro ministerio como obispos: la atención pastoral a las familias y la formación religiosa de los laicos.

2. Ciertamente, en vuestro país, como en otras partes de África y del mundo, la familia como institución está afrontando pruebas difíciles. El índice de divorcios es alto; la plaga del aborto continúa deshumanizando la sociedad; la crisis producida por el sida sigue siendo grave, y ningún sector de la sociedad es inmune a sus efectos devastadores. Además, esta situación a menudo se ve agravada por políticas que no producen en las actitudes y los comportamientos los cambios necesarios para superar con éxito esos males. Por eso, vuestras palabras sobre el carácter sagrado de toda vida humana, sobre la ley moral acerca de la sexualidad humana y sobre la santidad de la vida matrimonial son muy necesarias. Como obispos, debemos tener la valentía de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño (cf. Evangelium vitae , 58).

Con razón estáis preocupados por el número de parejas católicas que se casan según las costumbres tradicionales, sin el beneficio del sacramento del santo matrimonio, por el elevado índice de uniones irregulares y por la práctica continua de la poligamia. Una catequesis correcta y completa sobre el matrimonio cristiano, realizada en programas parroquiales de preparación para el matrimonio bien presentados, puede ayudar a las parejas jóvenes a crecer espiritualmente y a perseverar en una participación plena en la vida sacramental de la Iglesia. Mediante un esfuerzo común, inspirado por la comisión para el matrimonio y la familia de vuestra Conferencia episcopal, los sacerdotes y los demás agentes pastorales pueden ser cada vez más conscientes de que el futuro de la Iglesia y de la sociedad depende de la estabilidad del matrimonio y de la familia.

Con respecto al tema de la formación de los laicos en general, debemos reconocer una vez más con gratitud la valiosa contribución que vuestros catequistas han dado a la construcción de la Iglesia en Zimbabue: son en verdad un tesoro inestimable, pues enseñan la fe a los jóvenes y preparan a los convertidos adultos a recibir el bautismo y a insertarse plenamente en la vida eclesial. Como observaron los padres del Sínodo para África: «El papel de los catequistas ha sido y continúa siendo determinante en la fundación y extensión de la Iglesia en África. El Sínodo recomienda que los catequistas no sólo se beneficien de una perfecta preparación inicial (...), sino que continúen también recibiendo una formación doctrinal y un apoyo moral y espiritual» (Ecclesia in Africa , 91). Y en verdad es una bendición que cada una de vuestras diócesis cuente con un centro de formación pastoral para catequistas. He leído con interés acerca de vuestras «escuelas de invierno» para catequistas, y os animo a difundir esos cursos de formación y a profundizarlos, considerando la formación intelectual, pastoral y espiritual permanente de vuestros catequistas como uno de los grandes compromisos de vuestro ministerio. En todo esto, el Catecismo de la Iglesia católica puede ser una fuente y un instrumento de gran valor.

3. Los jóvenes representan más del cincuenta por ciento de la población de vuestro país, y su atención pastoral es una de vuestras prioridades. Algunas de las mayores dificultades que afronta la juventud de Zimbabue, como el desempleo, los efectos perjudiciales de cierto uso de los medios de comunicación social y la fascinación de las sectas religiosas, hacen que sea indispensable para vosotros abordar estas cuestiones con decisión y creatividad pastoral. Os aliento a hacer todo lo que esté a vuestro alcance para aumentar la eficacia de las organizaciones juveniles católicas. Con una formación y actividades apropiadas, los jóvenes «descubren muy pronto el valor de la entrega de sí mismos, camino esencial para el desarrollo de la persona » (Ecclesia in Africa , 93). De ese modo, maduran humana y espiritualmente, y llegan a ser miembros responsables de la comunidad y evangelizadores eficaces de sus coetáneos. La oración, el estudio y la reflexión son elementos importantes que no pueden faltar en la formación de los jóvenes. Por eso, necesitan la guía de sacerdotes, religiosos y líderes laicos que den con su vida un auténtico testimonio de Cristo y del Evangelio. También aquí vuestra Conferencia de obispos puede dar una contribución significativa, adoptando medidas que aseguren que su Consejo nacional de jóvenes católicos esté convenientemente dotado y preparado para brindar una ayuda efectiva al cuidado pastoral de los jóvenes.

Además, las escuelas católicas de Zimbabue desempeñan una función importante en la transmisión de las verdades y los valores de la fe cristiana, y la gente en general valora mucho la instrucción y la formación impartidas por las instituciones educativas católicas. Sin embargo, algunas políticas que prohíben la enseñanza de la religión durante el horario escolar regular dificultan esa tarea. Es necesario seguir defendiendo estos principios: el derecho a la libertad religiosa y los derechos fundamentales de los padres a la educación de sus hijos. Los líderes políticos de vuestro país han elogiado los beneficios de la educación cristiana y han destacado cuánto puede contribuir la Iglesia a la necesaria renovación de los valores morales en la sociedad. Animo vuestros esfuerzos encaminados a lograr un entendimiento formal con el Gobierno sobre los derechos y la justa autonomía de las escuelas católicas.

4. En todas estas tareas, vuestros primeros y principales colaboradores en la predicación del Evangelio y en la difusión de la buena nueva de la salvación son los sacerdotes. Para ellos en particular, como escribió san Ignacio de Antioquía, el obispo debe ser «la imagen viva de Dios Padre» (Ad. Trall., 3, 1). Esta paternidad espiritual se expresa en un profundo vínculo de comunión entre vosotros y vuestros sacerdotes, en vuestra disponibilidad a acogerlos y en el apoyo que esperan y necesitan de vosotros. Al tratar de ser auténticos guías espirituales, vuestra actitud de apertura, compasión y cooperación con ellos, vuestro amor personal a la Iglesia, vuestra misma espiritualidad sacerdotal, el ejemplo de vuestra oración litúrgica y personal, y vuestra fidelidad a la Sede de Pedro, desempeñan un papel importante en la creación de un espíritu de unidad positivo y verdaderamente sereno dentro del presbiterio. El bienestar humano y espiritual de vuestros sacerdotes será el coronamiento de vuestro ministerio episcopal.

El aumento del número de las vocaciones sacerdotales y religiosas en muchas de vuestras diócesis constituye una gran bendición, pero también una gran responsabilidad. Os exhorto a seleccionar con esmero a los candidatos a quienes conferís la ordenación sacerdotal, a velar por la solidez doctrinal de los programas de estudio, y a asegurar la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de vuestros seminaristas. La Carta sobre la formación sacerdotal, publicada recientemente por vuestra Conferencia, debería ser un instrumento muy útil a este respecto, y podría servir también como una valiosa guía para los superiores religiosos, a los que invitáis a ejercer la misma vigilancia y a tener el mismo cuidado con los miembros de sus institutos.

Con la difusión de una concepción laicista y materialista de la vida, es sumamente necesario que los sacerdotes y los religiosos muestren claramente que siguen el ejemplo del amor abnegado de Cristo, practicando la disciplina, la mortificación, el sacrificio y la generosidad para con los demás. Es de fundamental importancia que los futuros sacerdotes comprendan de manera clara y realista el valor del celibato y su relación con el ministerio sacerdotal. Así, aprenderán a «estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales» (Pastores dabo vobis , 50).

Compartir una vida sencilla alegra al presbiterio y, cuando va acompañada por la confianza mutua, facilita la obediencia voluntaria que todo presbítero debe a su obispo. Cuando la autoridad episcopal se ejerce como servicio desinteresado y cuando la obediencia sacerdotal se practica como colaboración pronta, se da un testimonio elocuente del Evangelio y se fortalece la unidad de la Iglesia particular.

5. El compromiso y la generosidad que han mostrado los miembros de los institutos religiosos constituye una parte esencial de la historia de la Iglesia en Zimbabue. Su estilo de vida y su servicio lleno de amor, especialmente en los campos de la educación y la sanidad, han sido un signo de la fuerza del amor de Dios que actúa en medio de su pueblo de generación en generación, produciendo, gracias al trabajo de sus celosos operarios, una cosecha cada vez más abundante (cf. 1 Co 3, 6). Cuando invitéis a los religiosos a seguir siendo testigos fieles del Señor en medio de su pueblo, es importante que se estime cada vez más el apostolado particularmente valioso de las religiosas como una parte vital de la misión de construir la «familia de Dios» (Ef 2, 19) en Zimbabue.

6. Queridos hermanos en el episcopado, todos los días os esforzáis por ser fieles a los deberes que el Señor os ha confiado. Tanto de modo individual en vuestras respectivas diócesis, como de manera comunitaria en la Conferencia episcopal, procuráis iluminar con sanos principios morales las realidades contemporáneas de la sociedad de Zimbabue. En el área particularmente delicada de la redistribución de la tierra, por ejemplo, os habéis hecho portavoces de la doctrina social de la Iglesia, exponiendo la necesidad de «un mecanismo apropiado (...) para lograr que se garanticen siempre la justicia, la igualdad y la equidad ». Habéis afirmado que «el bien común requiere que la redistribución de la tierra se realice de modo que no se perjudique la capacidad (...) de alimentar a Zimbabue y, naturalmente, a los países vecinos»; habéis tratado asimismo las cuestiones relativas al medio ambiente, subrayando que «también la conservación ecológica de la tierra ha de ser una prioridad» (Declaración de la Conferencia episcopal de Zimbabue sobre la reforma agraria). La Santa Sede es consciente de la importancia de esta compleja cuestión para el correcto desarrollo de los países y para la paz entre los pueblos (cf. Consejo pontificio Justicia y paz, Para una mejor distribución de la tierra. El reto de la reforma agraria, 23 de noviembre de 1997).

Durante estas últimas semanas, todos hemos asistido con tristeza a la propagación de la violencia y de los conflictos armados en varias partes de África y, particularmente, en la República democrática del Congo. Esperamos y oramos para que se ponga fin cuanto antes a la violencia en esa región, especialmente la violencia que se dirige contra los ciudadanos inocentes, que están expuestos a la opresión y a saqueos terribles, privados de lo necesario para su sustento y condenados a un futuro incierto. Vuestra nación es pacífica. Debéis esforzaros para mantenerla así, recordando a vuestro pueblo que una solución militar a los graves problemas sociales y económicos será siempre un espejismo y causa de nuevos lutos e injusticias. Como servidores del Príncipe de la paz, debemos proclamar con fuerza que la solución a los problemas de la nación no se encuentra en la fuerza destructora del odio y de la muerte, sino en el diálogo constructivo y en la negociación.

En estas áreas, como en todos los aspectos de vuestro ministerio pastoral, la experiencia de la colaboración en la Conferencia episcopal es muy positiva y benéfica, y sé que estáis agradecidos a los sacerdotes, los religiosos y los laicos que trabajan en las diferentes oficinas de la Conferencia. Asimismo, el desarrollo de estructuras diocesanas adecuadas, según el derecho canónico, también contribuye a que vuestro servicio al pueblo de Dios sea cada vez más eficaz. Os animo a seguir siempre este camino.

7. Estas son algunas de las reflexiones que me sugiere vuestra visita, y con amor y comprensión las comparto con vosotros. De este modo, puedo participar en vuestras alegrías y en vuestros desafíos como pastores de la grey de Dios. En el umbral del tercer milenio cristiano, y siempre, el Señor llama a la Iglesia en Zimbabue a dar un testimonio creíble del Evangelio mediante gestos como los de Cristo. Contad con la seguridad de mis constantes oraciones por vuestras Iglesias particulares, para que todos los fieles respondan con fe firme e ilimitada generosidad a la gracia que el Señor está derramando sobre vosotros. Llevad mi aliento y mis mejores deseos a los sacerdotes y a los religiosos, a los seminaristas y a los catequistas, a los catecúmenos y a todos los que buscan la verdad de Cristo, a las familias y a las comunidades parroquiales. «¡Que la gracia del Señor Jesús sea con vosotros! Os amo a todos en Cristo Jesús» (1 Co 16, 23-24). Amén.

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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA UNIÓN DE FEDERACIONES JUDÍAS DE ESTADOS UNIDOS Jueves 3 de septiembre de 1998

Señoras y señores:

Os doy afectuosamente la bienvenida a vosotros, representantes de la Unión de federaciones judías de Estados Unidos, y os agradezco vuestra visita. «El Señor os bendiga y os guarde» (cf. Nm 6, 24). Vuestra presencia pone de relieve los estrechos vínculos de afinidad espiritual que los cristianos comparten con la gran tradición religiosa del judaísmo, que se remonta a Moisés y Abraham.

Nuestro encuentro es un paso más hacia el fortalecimiento del espíritu de comprensión entre los judíos y los católicos. En la actualidad es muy importante, para el bien de la familia humana, que todos los creyentes trabajen juntos a fin de construir estructuras de paz auténtica. Deben hacerlo no por necesidad política, que es transitoria, sino por la voluntad de Dios, que subsiste para siempre (cf. Sal 33, 11). Los judíos y los cristianos seguimos de modo diferente el camino religioso del monoteísmo ético. Adoramos al único Dios verdadero; pero esta adoración exige obediencia a la ética anunciada por los profetas: «Desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, (...) dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1, 16-17). Sin esto, nuestra adoración no significa nada para el Dios que dice: «¡Aparta de mi lado la multitud de tus canciones! (...) ¡Que fluya (...) la justicia como arroyo perenne! » (Am 5, 23-24).

El libro del Génesis nos brinda la clave para comprender la relación entre la adoración a Dios y el servicio a la humanidad. Vemos en él que todo ser humano tiene una dignidad absoluta e inalienable, porque todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios mismo (cf. Gn 1, 26). Por eso, estoy seguro de que compartimos la ferviente esperanza de que el Señor de la historia guiará los esfuerzos de los cristianos y los judíos, así como los de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que trabajemos juntos por un mundo de verdadero respeto a la vida y a la dignidad de todo ser humano, en el que no exista ningún tipo de discriminación. Ésta ha de ser nuestra oración y nuestro compromiso.

Que el Señor Dios «ilumine su rostro sobre vosotros y os sea propicio; os muestre su rostro y os conceda la paz» (cf. Nm 6, 25-26). Amén.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS TERCIARIAS CAPUCHINAS Sábado 31 de octubre de 1998

A la superiora general y madres capitulares de las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia:

Es muy grato para mí recibiros al final del XIX capítulo general, en el que habéis reflexionado sobre la presencia y la acción del Espíritu Santo en la propia vida, para ser «mujeres del Espíritu», según el estilo franciscano de vuestro fundador, el venerable Luis Amigó y Ferrer, y ofrecer así al mundo de hoy nuevas expresiones de vivencia cristiana y de audacia en el servicio. En esta ocasión, dirijo mi más cordial saludo a cada una de vosotras y, por medio vuestro, a todas las hermanas de la Congregación que en las diversas casas de Europa, América, Asia y África hacen presente la dimensión esponsal de la Iglesia y su maternidad virginal, colaborando con su dedicación incondicional y su presencia discreta, pero fecunda, en la construcción de una humanidad mejor.

La Iglesia tiene en gran estima la aportación específica que, como consagradas, ofrecéis a las tareas de la nueva evangelización. Al abrazar la castidad, pobreza y obediencia evangélicas de Jesús, os convertís, en cierto modo, en una prolongación de su humanidad y dais testimonio profético de la primacía de Dios y de los bienes futuros en la sociedad actual, en la que parece haberse perdido el rastro de lo divino (cf. Vita consecrata , 85).

Ante los nuevos retos que el tercer milenio presenta a la vida religiosa, vuestra entrega y misión deben guiarse por el discernimiento sobrenatural, que sabe distinguir entre lo que viene del Espíritu y lo que le es contrario (cf. Ga 5, 16-22). Sólo desde este dinamismo de fidelidad al Espíritu podréis actuar eficazmente en los respectivos campos del propio carisma fundacional, llevando en el corazón y en la oración las múltiples necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Al animaros en vuestra encomiable labor educativa, ayudando a los niños y jóvenes con dificultades a crecer en humanidad bajo la guía del Espíritu, invoco sobre todo el instituto la protección de la Sagrada Familia de Nazaret, para que os sostenga siempre en la vida religiosa. Con estos sentimientos, os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo complacido a todas las hermanas de la congregación, así como a quienes colaboran con vosotras en los diversos apostolados.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA XIII CONFERENCIA INTERNACIONAL SOBRE «LA IGLESIA Y LA PERSONA ANCIANA» Sábado 31 de octubre de 1998

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; ilustres señores y amables señoras:

1. De buen grado os doy mi bienvenida a todos vosotros, que participáis en la Conferencia internacional que el Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios ha organizado sobre un tema que constituye uno de los aspectos tradicionales de la solicitud pastoral de la Iglesia. Expreso mi estima a cuantos de entre vosotros dedican su trabajo a las complejas problemáticas que afectan a los miembros ancianos de la sociedad, un sector cada vez más numeroso en todas las sociedades del mundo.

Agradezco a monseñor Javier Lozano Barragán las nobles palabras con que ha interpretado vuestros sentimientos comunes. Vuestra Conferencia ha querido afrontar el problema con el respeto al anciano que resplandece en la sagrada Escritura cuando nos presenta a Abraham y Sara (cf. Gn 17, 15-22), describe la acogida que Simeón y Ana brindaron a Jesús (cf. Lc 2, 23-28), llama a los sacerdotes con el nombre de ancianos (cf. Hch 14, 23; 1 Tm 4, 14; 5, 17, 19; Tt 1, 5; 1 P 5, 1), sintetiza el homenaje de toda la creación en la adoración de veinticuatro ancianos (cf. Ap 4, 4) y, por último, designa a Dios mismo como «el Anciano» (cf. Dn 7, 9-22).

2. Vuestro itinerario de estudio subraya la grandeza y belleza de la vida humana, cuyo valor se conserva en toda edad y condición. Así, se reafirma con autoridad el evangelio de la vida que la Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, acoge con asombro siempre renovado y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos (cf. Evangelium vitae , 2).

La Conferencia no se ha dedicado sólo a los aspectos demográficos y médico- psicológicos de la persona anciana; también ha tratado de profundizar el tema, fijando su atención en todo lo que la Revelación presenta al respecto, confrontándolo con la realidad que vivimos. Igualmente, se ha puesto de relieve, de manera histórico-dinámica, la obra de la Iglesia a lo largo de los siglos, con propuestas útiles y necesarias de actualización de todas las iniciativas asistenciales, en colaboración responsable con las autoridades civiles.

3. La ancianidad es la tercera etapa de la existencia: la vida que nace, la vida que crece y la vida que llega a su ocaso son tres momentos del misterio de la existencia, de la vida humana que «proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital » (Evangelium vitae , 39).

El Antiguo Testamento promete a los hombres larga vida como premio por el cumplimiento de la ley de Dios: «El temor del Señor prolonga los días» (Pr 10, 27). Era convicción común que la prolongación de la vida física hasta la «feliz ancianidad» (Gn 25, 8), cuando el hombre podía morir «lleno de días» (Gn 25, 8), debía considerarse una prueba de particular benevolencia por parte de Dios. Es preciso redescubrir también este valor en una sociedad que muchas veces da la impresión de que habla de la edad avanzada sólo como un problema.

Prestar atención a la complejidad de las problemáticas que caracterizan al mundo de las personas ancianas significa, para la Iglesia, escrutar un «signo de los tiempos» e interpretarlo a la luz del Evangelio. Así, de modo adecuado a cada generación, responde a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre su relación recíproca (cf. Gaudium et spes , 4).

4. Nuestro tiempo se caracteriza por un aumento de la duración de la vida que, unido a la disminución de la fertilidad, ha llevado a un notable envejecimiento de la población mundial.

Por primera vez en la historia del hombre, la sociedad se encuentra frente a una profunda alteración de la estructura de la población, que la obliga a modificar sus estrategias asistenciales, con repercusiones en todos los niveles. Se trata de volver a proyectar la sociedad y discutir nuevamente su estructura económica, así como la visión del ciclo de la vida y de las interacciones entre las generaciones. Es un verdadero desafío planteado a la sociedad, la cual es justa en la medida en que responde a las necesidades asistenciales de todos sus miembros: su grado de civilización es proporcional a la protección de los miembros más débiles del entramado social.

5. En esta obra también han de ser llamados a participar los ancianos, considerados muchas veces sólo destinatarios de intervenciones asistenciales; las personas ancianas pueden alcanzar con los años una mayor madurez en inteligencia, equilibrio y sabiduría. Por eso el Sirácida aconseja: «Acude a la reunión de los ancianos; ¿hay un sabio?, únete a él» (Si 6, 34); y también: «No desprecies lo que cuentan los ancianos, pues ellos también han aprendido de sus padres; de ellos aprenderás prudencia y a dar respuesta en el momento justo» (Si 8, 9). De aquí se deduce que no hay que considerar a las personas ancianas sólo como objeto de atención, cercanía y servicio. También ellas pueden dar una valiosa contribución a la vida. Gracias al rico patrimonio de experiencias que han adquirido a lo largo de los años, pueden y deben ser transmisoras de sabiduría y testigos de esperanza y caridad (cf. Evangelium vitae , 94).

La relación entre familia y ancianos ha de verse como una relación en la que se da y se recibe. También los ancianos dan: no se puede ignorar su experiencia, madurada a lo largo de los años. Aunque ésta, como puede suceder, no esté en sintonía con los tiempos que cambian, hay toda una serie de vivencias que pueden transformarse en fuente de numerosas sugerencias para los familiares, constituyendo la continuación del espíritu de grupo, de las tradiciones, de las opciones profesionales, de las fidelidades religiosas, etc. Conocemos todas las relaciones privilegiadas que existen entre los ancianos y los niños. Pero también los adultos, si saben crear en torno a los ancianos un clima de consideración y afecto, pueden obtener de ellos sabiduría y discernimiento para realizar opciones prudentes.

6. Desde esta perspectiva, la sociedad debe redescubrir la solidaridad entre las generaciones: debe redescubrir el sentido y el significado de la edad avanzada en una cultura dominada excesivamente por el mito de la productividad y la eficiencia física. Debemos permitir que los ancianos vivan con seguridad y dignidad, y es preciso ayudar a sus familias, también económicamente, para que sigan constituyendo el lugar natural de las relaciones entre generaciones.

Ulteriores observaciones han de hacerse también por lo que respecta a la asistencia socio-sanitaria y de rehabilitación, que muchas veces puede resultar necesaria. El progreso de la técnica al servicio de la salud alarga la vida, pero no necesariamente mejora su calidad. Es preciso elaborar estrategias asistenciales que consideren en primer lugar la dignidad de las personas ancianas y les ayuden, en la medida de lo posible, a conservar un sentido de autoestima, para que no les suceda que, sintiéndose un peso inútil, lleguen a desear y pedir la muerte (cf. ib., 94).

7. La Iglesia, llamada a realizar gestos proféticos en la sociedad, defiende la vida desde sus primeros albores hasta su fin natural con la muerte. Sobre todo para esta última fase, que a menudo se prolonga durante meses y años y crea problemas muy graves, apelo hoy a la sensibilidad de las familias para que acompañen a sus seres queridos hasta el término de su peregrinación terrena. ¡Cómo no recordar estas conmovedoras palabras de la Escritura: «Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no lo desprecies en la plenitud de tu vigor. Pues el servicio hecho al padre no quedará en olvido... El día de tu tribulación Dios se acordará de ti...»! (Si 3, 12-15).

8. El respeto que debemos a los ancianos me obliga a elevar, una vez más, mi voz contra todas los métodos de acortar la vida, que se conocen con el nombre de eutanasia.

Frente a una mentalidad secularizada, que no tiene respeto por la vida, especialmente cuando es débil, debemos subrayar que es un don de Dios, en cuya defensa todos estamos comprometidos. Este deber corresponde, en particular, a los agentes sanitarios, cuya misión específica consiste en ser «ministros de la vida » en todas sus fases, especialmente en las que están marcadas por la debilidad y la enfermedad.

«La tentación de la eutanasia es uno de los síntomas más alarmantes de la .cultura de la muerte., que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar» (cf. Evangelium vitae , 64).

La eutanasia es un atentado contra la vida, que ninguna autoridad humana puede legitimar, puesto que la vida del inocente es un bien del que no se puede disponer.

9. Dirigiéndome ahora a todas las personas ancianas del mundo, quisiera decirles: amadísimos hermanos y hermanas, no os desaniméis: la vida no termina aquí, en la tierra; por el contrario, aquí tiene sólo su inicio. Debemos ser testigos de la resurrección. La alegría debe ser la característica de las personas ancianas; una alegría serena, porque los tiempos corren y se aproxima la recompensa que el Señor Jesús ha preparado para sus siervos fieles. ¡Cómo no pensar en las conmovedoras palabras del apóstol Pablo: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida»! (2 Tm 4, 7-8).

Con estos sentimientos, os imparto a vosotros, aquí presentes, a vuestros seres queridos y, sobre todo, a las personas ancianas, una afectuosa bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO INTERNACIONAL DE ESTUDIO SOBRE LA INQUISICIÓN Sábado 31 de octubre de 1998

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado; distinguidos señoras y señores:

1. Os acojo con gran alegría, con ocasión del congreso de estudio sobre la Inquisición, promovido y organizado por la Comisión histórico-teológica para la preparación del gran jubileo. A cada uno dirijo mi cordial saludo. Gracias por vuestra disponibilidad y por la contribución que habéis dado a la preparación del próximo acontecimiento jubilar, también afrontando este tema que, ciertamente, no es fácil, pero que tiene un indudable interés para nuestro tiempo.

Agradezco de manera especial al señor cardenal Roger Etchegaray las nobles palabras con que ha introducido este encuentro, presentando las finalidades del congreso. Expreso, al mismo tiempo, gran estima por el empeño que han puesto tanto los miembros de la Comisión en la preparación del congreso, como los relatores, que han animado las sesiones de estudio.

El tema que habéis abordado requiere, como es fácil intuir, atento discernimiento y notable conocimiento de la historia. La contribución indispensable de los expertos ayudará sin duda a los teólogos a dar una valoración más exacta de este fenómeno que, precisamente porque es complejo, exige un análisis sereno y escrupuloso.

2. Vuestro congreso sobre la Inquisición se celebra pocos días después de la publicación de la encíclica Fides et ratio , en la que he querido recordar a los hombres de nuestro tiempo, tentados por el escepticismo y el relativismo, la dignidad originaria de la razón y su capacidad innata de alcanzar la verdad. La Iglesia, que tiene la misión de anunciar la palabra de salvación recibida en la revelación divina, reconoce en la aspiración al conocimiento de la verdad una prerrogativa insuprimible de la persona humana, creada a imagen de Dios. Sabe que un vínculo de recíproca amistad une entre sí el conocimiento mediante la fe y el conocimiento natural, cada uno con su peculiar objeto y sus propios derechos (cf. Fides et ratio , 57).

Al comienzo de la encíclica, he querido referirme a la inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

3. En la encíclica Fides et ratio expresé, asimismo, mi preocupación frente al fenómeno de la fragmentación del saber, que contribuye a que los conocimientos pierdan su sentido y se desvíen de su verdadera finalidad. Se trata de un fenómeno debido a múltiples causas. El mismo progreso del conocimiento nos ha llevado a una especialización cada vez mayor, entre cuyas consecuencias figura la ausencia de comunicación entre las diversas disciplinas. Por eso, he invitado a los filósofos y a los hombres y mujeres de cultura a reencontrar la «dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida» (ib., 81), porque la unificación del saber y del obrar es una exigencia inscrita en nuestro espíritu.

Desde esta perspectiva, es indispensable subrayar la función de la reflexión epistemológica con vistas a la integración de los diferentes conocimientos en una unidad armónica y respetuosa de la identidad y de la autonomía de cada disciplina. Por otra parte, esto constituye una de las conquistas más valiosas del pensamiento contemporáneo (cf. ib., 21). Sólo si se atiene rigurosamente a su campo de investigación y a la metodología que lo dirige, el científico es, en lo que le compete, un servidor de la verdad.

En efecto, la imposibilidad de acceder a la totalidad de la verdad partiendo de una disciplina particular es una convicción hoy ampliamente compartida. Por consiguiente, es necesaria la colaboración entre representantes de las diversas ciencias. Además, en cuanto se afronta un asunto complejo, los investigadores sienten la necesidad de aclaraciones recíprocas, respetando obviamente las competencias de cada uno. Por este motivo, la Comisión histórico-teológica para la preparación del gran jubileo con razón ha considerado que no podía reflexionar de modo adecuado sobre el fenómeno de la Inquisición sin escuchar antes a expertos en las ciencias históricas, cuya competencia fuera reconocida universalmente.

4. Amables señoras y señores, el problema de la Inquisición pertenece a un período difícil de la historia de la Iglesia, al que ya he invitado a los cristianos a volver con corazón sincero. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente escribí textualmente: «Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aceptación, manifestada especialmente en algunos siglos, de métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad» (n. 35).

La cuestión, que guarda relación con el ámbito cultural y las concepciones políticas del tiempo es, en su raíz, exquisitamente teológica y supone una mirada de fe a la esencia de la Iglesia y a las exigencias evangélicas, que regulan su vida. Ciertamente, el Magisterio de la Iglesia no puede proponerse realizar un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin antes informarse exactamente sobre la situación de ese tiempo. Pero tampoco puede apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, ya que a menudo tienen una sobrecarga de emotividad pasional que impide un diagnóstico sereno y objetivo. Si no tuviera en cuenta esto, el Magisterio faltaría a su deber fundamental de respetar la verdad. Por eso, el primer paso consiste en interrogar a los historiadores, a los que no se les pide un juicio de naturaleza ética, que sobrepasaría el ámbito de sus competencias, sino que contribuyan a la reconstrucción lo más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres y de la mentalidad de entonces, a la luz del marco histórico de la época.

Sólo cuando la ciencia histórica haya podido reconstruir la verdad de los hechos, los teólogos y el mismo Magisterio de la Iglesia estarán en condiciones de dar un juicio objetivamente fundado.

En este marco, deseo agradeceros sinceramente el servicio que habéis prestado con plena libertad y os manifiesto una vez más toda la estima de la Iglesia por vuestro trabajo. Estoy convencido de que contribuye de modo eminente a la verdad y, así, también aporta una contribución indirecta a la nueva evangelización.

5. Para concluir, quisiera haceros partícipes de una reflexión, que me interesa particularmente. La petición de perdón, de la que tanto se habla en este período, atañe en primer lugar a la vida de la Iglesia, a su misión de anunciar la salvación, a su testimonio de Cristo, a su compromiso en favor de la unidad, en una palabra, a la coherencia que debe caracterizar a la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, del que vive la Iglesia, pueden iluminar y sostener, de modo sobreabundante, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto a su autonomía. Por este motivo, la Iglesia no deja de trabajar, con los medios que le son propios, en favor de la paz y de la promoción de los derechos del hombre. En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto.

Confío este deseo mío a vuestra consideración y a vuestra oración. Y, al tiempo que invoco sobre cada uno la constante protección divina, os aseguro mi recuerdo en la oración y de buen grado os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos una especial bendición apostólica.

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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA Viernes 30 de octubre de 1998

Queridos hermanos y hermanas:

1. Al saludar a la Conferencia internacional de líderes carismáticos católicos, «doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo, por todos vosotros, pues vuestra fe es alabada en todo el mundo» (Rm 1, 8). La Renovación carismática católica ha ayudado a muchos cristianos a redescubrir la presencia y la fuerza del Espíritu Santo en su vida, en la vida de la Iglesia y en el mundo; y este redescubrimiento ha despertado en ellos una fe en Cristo rebosante de alegría, un gran amor a la Iglesia y una entrega generosa a su misión evangelizadora. Durante este año dedicado al Espíritu Santo, me uno a vosotros para alabar a Dios por los grandes frutos que ha querido hacer madurar en vuestras comunidades y, mediante ellas, en las Iglesias particulares.

2. Como líderes de la Renovación carismática católica, una de vuestras primeras tareas consiste en salvaguardar la identidad católica de las comunidades carismáticas esparcidas por todo el mundo, e impulsarlas a mantener siempre un estrecho vínculo jerárquico con los obispos y con el Papa. Pertenecéis a un movimiento eclesial; y la palabra «eclesial» implica una precisa tarea de formación cristiana, que conlleva una profunda armonía entre la fe y la vida. La fe gozosa que anima a vuestras comunidades debe ir acompañada por una formación cristiana integral y fiel a la enseñanza de la Iglesia. De una sólida formación brotará una espiritualidad profundamente arraigada en las fuentes de la vida cristiana y capaz de responder a las cuestiones cruciales planteadas por la cultura actual. En mi reciente encíclica Fides et ratio, he puesto en guardia contra un fideísmo que no reconoce la importancia de la función de larazón, no sólo para la comprensión de la fe, sino también para el acto mismo de fe.

3. El tema de vuestra Conferencia, «¡Que el fuego se vuelva a encender!», remite a las palabras de Cristo: «He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!» (Lc 12, 49). Al dirigir nuestra mirada hacia el gran jubileo, estas palabras resuenan con toda su fuerza. El Verbo de Dios encarnado nos trajo el fuego del amor y la verdad que salva. En el umbral del tercer milenio de la era cristiana, ¡cuán grande es el desafío evangélico!: «Ve hoy a trabajar en la viña» (Mt 21, 28).

Acompaño vuestra Conferencia con mis oraciones, confiando en que dé grandes frutos espirituales para la Renovación carismática católica en todo el mundo. Que María, Esposa del Espíritu y Madre de Cristo, vele por todo lo que hacéis en nombre de su Hijo. A todos vosotros, a vuestras comunidades y a vuestros seres queridos, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Viernes 30 de octubre de 1998

Querido cardenal Arinze; eminencias; queridos hermanos en el episcopado; hermanos y hermanas en Cristo:

1. Me alegra tener esta oportunidad de saludaros a vosotros, miembros, consultores y personal del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, con ocasión de vuestra asamblea plenaria. Nos encontramos hoy en el marco del ya inminente gran jubileo del año 2000, un momento especial de gracia y alegría en el que toda la Iglesia elevará una gran oración de alabanza y acción de gracias al Padre por el inestimable don de la redención, que Cristo nos conquistó con su encarnación, su muerte y su resurrección.

Pronto entraremos en el tercer año, el último, de la preparación inmediata para este acontecimiento único en la historia de la salvación, un año durante el cual centraremos nuestra atención en la persona de Dios Padre, por el que Jesucristo fue enviado y al que regresó (cf. Jn 16, 28). Uno de los objetivos particulares de este último año de preparación, como subrayé en la carta apostólica Tertio millennio adveniente , es ensanchar los horizontes de los creyentes, para que toda la vida cristiana pueda verse «como una gran peregrinación hacia la casa del Padre», un viaje de fe, que «afecta a lo íntimo de la persona, prolongándose después a la comunidad creyente para alcanzar a la humanidad entera» (n. 49).

2. Para lograr correctamente este «ensanchamiento de horizontes», es necesaria una conversión del corazón, una metanoia, que muy oportunamente ha sido objeto de vuestras reflexiones durante estos días. En efecto, el corazón humano es el punto de partida de este viaje interior, y desempeña un papel especial en todo diálogo religioso. Por eso, vuestras discusiones persiguen un fin muy importante. Ayudarán a la Iglesia a comprometerse de modo cada vez más pleno y eficaz en el diálogo con nuestros hermanos y hermanas de las diferentes tradiciones religiosas, especialmente con los musulmanes y, siguiendo las directrices de la Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos, celebrada recientemente, con los seguidores del hinduismo, el budismo, el sintoísmo, y con los modos de pensar y vivir que ya estaban arraigados en Asia antes de la llegada del Evangelio a esas tierras.

Vuestras reflexiones se han situado de modo apropiado en el marco global del «diálogo de espiritualidad y espiritualidad del diálogo», continuación y profundización del tema de vuestra última asamblea plenaria. En efecto, no puede haber auténtica y duradera conversión del corazón sin espíritu de oración.

«La oración es el vínculo que nos une de forma más eficaz, pues en ella se realiza el encuentro de los creyentes cuando se superan desigualdades, incomprensiones, rencores y hostilidades; es decir, cuando se encuentran en Dios, Señor y Padre de todos» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1992 , n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de diciembre de 1991, p. 21). De esa forma podemos apreciar también la importancia de las comunidades cristianas de oración, especialmente las contemplativas, en las sociedades multirreligiosas. Además de testimoniar la buena nueva de Jesucristo, esas comunidades se convierten en puentes de fraternidad y solidaridad, fomentando un diálogo y una cooperación fecundos entre los cristianos y los seguidores de las demás religiones.

3. Nos hallamos en el umbral de un nuevo milenio, que se abre con el desafío planteado a la Iglesia de recoger los copiosos frutos de las semillas sembradas por el concilio Vaticano II. Con los padres conciliares, os exhorto a vosotros y a todos los hijos e hijas de la Iglesia a que, «con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcáis, guardéis y promováis aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que se encuentran en ellos» (Nostra aetate , 2). De este modo, la Iglesia estará atenta a la obra del Espíritu en el corazón de los demás creyentes, y seremos capaces de construir sobre los logros del pasado, consolidar los esfuerzos actuales y animar la futura cooperación entre todos los que buscan la verdad trascendente.

Invocando sobre vosotros la intercesión de María, Reina de los Apóstoles, de corazón os imparto mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR JAVIER GUERRA LASPIUR NUEVO EMBAJADOR DE COSTAR RICA Jueves 29 de octubre de 1983

Señor embajador:

1. Me es muy grato recibir las cartas credenciales que me presenta y que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de Costa Rica ante esta Sede apostólica. En esta circunstancia quiero expresarle mi gratitud por las amables palabras que me ha dirigido, las cuales atestiguan los nobles sentimientos de cercanía y adhesión a la Cátedra de Pedro presentes en el corazón de tantos ciudadanos costarricenses.

Agradezco igualmente, de modo particular, el deferente saludo que me ha transmitido de parte del ing. Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, presidente de la República, al que correspondo con mis mejores deseos y la seguridad de mis oraciones por el progreso y el bien espiritual de todos los hijos e hijas de esa amada nación.

2. Costa Rica, señor embajador, es una nación admirada en el mundo por su acendrada vocación a la paz, que la llevó a eliminar de su Constitución política la existencia del ejército como estamento permanente. Esta determinación no sólo ha sido garantía de su proceso democrático, sino que le ha permitido ahorrar cuantiosos recursos económicos dedicándolos a promover la educación, a mejorar sus índices de salud, a ejecutar planes de vivienda para los más pobres y a buscar la promoción integral de su pueblo.

Además, su país se ha distinguido siempre por la hospitalidad. En los últimos años, miles de ciudadanos centroamericanos, forzados por difíciles situaciones sociales, políticas y económicas de sus países de origen, se han encaminado a Costa Rica en busca de refugio. Es sabido cómo los pastores de la Iglesia han motivado a los fieles y a toda la ciudadanía para ver en cada refugiado la imagen de la Sagrada Familia que hubo de emigrar de Nazaret a Egipto. Esto ha contribuido a que se les acoja con afecto fraterno y puedan obtener los mismos servicios que el resto de la población, especialmente en materia de educación y salud.

3. Es sabido también que, tanto el Gobierno de la República como los grupos más representativos de su país, acogiendo el llamado que hizo el Episcopado de Costa Rica, buscan encontrar las mejores soluciones a los más graves problemas detectados a través de procesos de concertación (cf. Comunicado de la Conferencia episcopal de Costa Rica, 1 de diciembre de 1997). La experiencia enseña que cuantas más instituciones y personas unen sus esfuerzos en la búsqueda de objetivos comunes para el bien de todos, más pronto y fácilmente se logra alcanzarlos. En cambio, la división lleva inexorablemente al retroceso y al estancamiento. A este respecto, es grato constatar que el pueblo costarricense, dando muestras de gran madurez cívica, busque en la concertación lo que jamás podría lograr por los caminos de la confrontación.

4. Por otra parte, usted ha puesto de relieve la importancia que la familia tiene en la sociedad, máxime en un país de larga tradición cristiana como es Costa Rica. Si la llamamos «célula fundamental de la sociedad» (Gratissimam sane, 4), es porque cuanto acontece dentro de la familia tiene hondas repercusiones en todo el cuerpo social. Es en la familia, especialmente la cristiana, donde los niños aprenden de sus padres el respeto por la vida humana, sagrada e inviolable desde el momento mismo de su concepción y hasta su ocaso. Ella es también escuela de acrisoladas virtudes, que va dando a la Iglesia y a la sociedad cristianos y ciudadanos ejemplares que luchan contra la corrupción, la violencia, la delincuencia y la degradación moral en sus más variadas y dolorosas manifestaciones. La colaboración en este campo entre el Estado y la Iglesia, en la escuela y en los medios de comunicación social, es indispensable para proteger y favorecer la familia como santuario de la vida y del amor, educadora de personas y promotora del desarrollo para todos.

5. Inspirada en las palabras de Jesús: «Pobres siempre tendréis con vosotros» (Jn 12, 8), la Iglesia católica en su país, señor embajador, hace notables esfuerzos a todos los niveles por atender a los niños huérfanos y abandonados, a los ancianos desamparados, a los enfermos terminales de sida, así como por la construcción de instalaciones para acoger a mujeres que estuvieron tentadas de abortar. Asimismo, son laudables los esfuerzos, especialmente a nivel parroquial, que se hacen para atender a las familias afectadas por el desempleo, la falta de vivienda y el cuidado de miembros discapacitados. Ante estas situaciones es muy recomendable que el Estado, la Iglesia y la iniciativa privada sumen esfuerzos no sólo para asistir a los pobres, sino sobre todo para promocionarlos a través de la educación. Así podrán caminar por sus propios medios y ser responsables de su destino.

Se sabe también que su país realiza importantes esfuerzos por mejorar la economía. En este sentido, es de esperar que las mejoras económicas beneficien ante todo a la población más pobre. De este modo, la paz social, lejos de resquebrajarse, se fortalecerá cada día más en Costa Rica, pues no se ha de olvidar que la economía debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía.

6. Desde su independencia, las relaciones Iglesia-Estado en Costa Rica se han distinguido por el mutuo respeto y cordialidad. Respeto para no interferir en lo que es propio de cada institución, pero que lleva a apoyarse recíprocamente y colaborar por lograr el mayor bienestar para la comunidad nacional. Por esto, a través del diálogo constructivo, es posible la promoción de valores fundamentales para el ordenamiento de la sociedad, favoreciendo su desarrollo. A este respecto, aunque la misión de la Iglesia es de orden espiritual y no político, el fomentar cordiales relaciones entre la Iglesia y el Estado contribuye poderosamente a la armonía, progreso y bienestar de todos, sin distinción alguna.

7. En el momento en que usted inicia la alta función para la que ha sido designado, deseo formularle mis votos por el feliz y fructuoso desempeño de su misión ante esta Sede apostólica, deseosa siempre de que se mantengan y consoliden cada vez más las buenas relaciones con Costa Rica. Al pedirle que tenga a bien transmitir estos sentimientos al señor presidente de la República, su Gobierno, autoridades y al querido pueblo costarricense, le aseguro mi plegaria al Todopoderoso para que, por intercesión de su patrona, Nuestra Señora de los Ángeles, asista siempre con sus dones a usted y su distinguida familia, a sus colaboradores, a los gobernantes y ciudadanos de su noble país, al que recuerdo siempre con particular afecto.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DEL OCÉANO ÍNDICO EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Jueves 29 de octubre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado; queridos hermanos en el sacerdocio:

1. Mientras realizáis vuestra visita ad limina, me alegra acogeros en esta sede a vosotros, que habéis recibido la misión de guiar al pueblo de Dios, desempeñando el triple ministerio de enseñar, santificar y gobernar. Al mismo tiempo que venís en peregrinación a las tumbas de los Apóstoles, los miembros de la Conferencia episcopal del océano Índico manifestáis vuestra comunión viva y dinámica con la Iglesia universal, reuniéndoos con el Sucesor de Pedro y con sus colaboradores. Deseo que en esta ocasión se refuerce vuestro celo pastoral al servicio del Evangelio y que vuestras comunidades encuentren un nuevo impulso para su vida cristiana y su compromiso misionero.

Doy las gracias al presidente de vuestra Conferencia episcopal, monseñor Maurice Piat, obispo de Port Louis (isla Mauricio), por haber expresado con delicadeza los sentimientos que os animan y haber presentado la reciente evolución de la situación de la Iglesia en vuestra región. A través de vosotros, saludo muy cordialmente a los sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y laicos de vuestras diócesis, así como a todos los pueblos que viven en las islas del océano Índico. ¡Que Dios los colme de sus beneficios, para que vivan siempre en paz y solidaridad! Deseo recordar aquí al querido cardenal Jean Margéot, a quien os pido que transmitáis mi afectuosa unión de oración.

2. El marco en el que desempeñáis vuestro ministerio episcopal presenta una gran diversidad. Espero que los grupos humanos y religiosos que constituyen cada una de vuestras regiones prosigan activamente su cooperación en la edificación de sociedades fraternas y pacíficas, en las que cada uno, reconocido y aceptado en su diferencia, pueda participar legítimamente en la vida de la comunidad.

La particularidad de las situaciones humanas que encontráis también son una riqueza para el testimonio de universalidad y unidad que la Iglesia de Cristo debe dar en medio de las naciones. Por otra parte, la dispersión de vuestras diócesis en islas frecuentemente muy distantes unas de otras es para vosotros una llamada a fortalecer la colaboración dentro de vuestra Conferencia episcopal y a desarrollar cada vez más las relaciones con las Iglesias particulares que están más cerca de vosotros, para que el clero y los fieles encuentren el apoyo necesario a su compromiso.

3. Ahora que estamos a punto de iniciar el último año de preparación para el gran jubileo, toda la Iglesia está invitada a ensanchar sus horizontes «según la visión misma de Cristo: la visión del .Padre celestial. (cf. Mt 5, 45), por quien fue enviado y a quien retornó (cf. Jn 16, 28)» (Tertio millennio adveniente , 49). Así, cada una de vuestras comunidades está comprometida, de modo particular, a dirigir su mirada al Padre de todos los hombres para hallar en su relación íntima con él la fuente del amor que le permite existir y que está á llamada a testimoniar con audacia.

Ojalá que esta última etapa permita a todos los fieles avanzar resueltamente por el camino de la conversión del corazón, para afrontar el nuevo milenio animados por la voluntad de vivir cada vez con mayor fidelidad el mensaje del Evangelio. Espero que vuestras diócesis encuentren en la celebración jubilar la oportunidad de comprometerse ardientemente en una nueva evangelización, apoyándose en la lectura y la meditación de la palabra de Dios y en la participación regular en la Eucaristía, en la que el Verbo encarnado presenta sacramentalmente su ofrenda para la salvación del mundo. Ojalá que en esta ocasión, prestando particular atención a los fieles que se han alejado de la comunidad eclesial, la misión evangelizadora de la Iglesia se esfuerce por dirigirse a todos los hombres, para manifestarles el amor de Cristo y despertar en ellos una nueva esperanza.

4. Para vivir y desarrollarse, vuestras comunidades necesitan ministros ordenados animados por un profundo espíritu apostólico. Por medio de vosotros, aliento cordialmente a todos los sacerdotes que se entregan con abnegación al servicio de la Iglesia, anunciando la buena nueva de Cristo hasta las islas más lejanas. Los invito a formar un presbiterio cada vez más unido en torno a su obispo. Espero que sean fieles a la misión que han recibido, reconociendo la grandeza del don que Dios les ha hecho. En una profunda vida espiritual y una mutua comunión fraterna encontrarán un gran apoyo para el dinamismo de su acción apostólica y pastoral.

Para favorecer la vitalidad de las comunidades cristianas dispersas en vastas extensiones, podría ser útil promover en vuestras regiones el diaconado permanente, que es un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia. Como afirmé en otra ocasión, «a la hora de decidir el restablecimiento del diaconado permanente influyó notablemente la necesidad de una presencia mayor y más directa de ministros de la Iglesia en los diversos ambientes: familia, trabajo, escuela, etc., además de en las estructuras pastorales constituidas» (Audiencia general , 6 de octubre de 1993, n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de octubre de 1993, p. 3; cf. Congregación para la educación católica y Congregación para el clero, El ministerio y la vida de los diáconos permanentes , 22 de febrero de 1998).

También expreso a los religiosos y religiosas mi deseo de que sigan viviendo plenamente su entrega a Dios con una disponibilidad cada vez mayor a la obra del Espíritu, y de que puedan descubrirse en ellos signos de la acción santificadora de Dios entre los hombres.

Queridos hermanos en el episcopado, en el ejercicio de vuestro ministerio, os compete velar particularmente por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Que vuestras comunidades estén atentas a transmitir a los jóvenes la invitación del Señor a seguirlo en el servicio a la Iglesia y al mundo. A los jóvenes de vuestra región les dirijo una apremiante exhortación a manifestar su disponibilidad interior, poniéndose a la escucha de Cristo. Pido a sus familias que les ayuden a responder generosamente a la llamada del Señor.

Me alegro también de vuestro deseo de dar a los seminaristas una estructura de formación común que les ayude a conservar su interés por los verdaderos valores de su región, permitiéndoles llegar a ser sacerdotes espiritualmente firmes y disponibles, entregados a la causa del Evangelio (cf. Ecclesia in Africa, 95). Así, os resultará más fácil formar un presbiterio unido y preparado para una colaboración más estrecha.

5. La pastoral familiar es una de vuestras preocupaciones constantes. Cuando muchas personas, aun viviendo juntas, ponen en tela de juicio la necesidad del matrimonio, la Iglesia tiene como exigencia primaria de su misión hacer que tomen mayor conciencia de su significado humano y espiritual, así como del de la familia. Son realidades esenciales que Dios ha querido para la vida de la Iglesia y de la sociedad.

El primer deber de la familia es «vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas» (Familiaris consortio , 18). Los esposos cristianos tienen la misión urgente de testimoniar la unidad y la indisolubilidad de esta comunión, que encuentra su fundamento y su fuerza en Jesucristo.

Deseo vivamente que los jóvenes de vuestra región asuman sus responsabilidades en este campo tan importante de su existencia, y se preparen para formar familias unidas y abiertas a la vida. Os animo a proseguir vuestro compromiso en favor de la educación de la juventud en el amor humano. Frente a situaciones de permisividad o de contestación de los valores esenciales de la vida humana, es necesario que los jóvenes descubran la grandeza y la función del sacramento del matrimonio, por el que los esposos se convierten en colaboradores del amor de Dios creador para transmitir el don de la vida humana. Este sacramento, al darles la gracia de amarse con el amor de Cristo, será para ellos un apoyo valioso a fin de perfeccionar su amor humano, fortalecer la unidad de su pareja y ayudarles a avanzar por el camino de la santidad. Es esencial sostener constantemente a las parejas jóvenes, para que puedan vivir su amor con generosidad y autenticidad. También se les ha de proponer el ejemplo de familias cristianas radiantes, fieles y abiertas a los demás.

6. Una sólida educación humana y espiritual debe ayudar a los jóvenes a profundizar su formación, desarrollar todas las dimensiones de su ser y ocupar su lugar en la sociedad. Con este fin, las escuelas católicas, que existen en vuestras diócesis, desempeñan un papel importante, participando en la transmisión del mensaje evangélico y de los verdaderos valores morales y espirituales.

La actividad educadora de la Iglesia también debe preparar a los laicos cristianos para tomar parte activa en todos los campos de la vida de su país y testimoniar en ellos la justicia y la verdad, siendo sal de la tierra en la vida diaria. En efecto, como escribí en la exhortación apostólica Christifideles laici , «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común» (n. 42). Por eso, invito a los católicos, en colaboración con los hombres de buena voluntad, donde sea posible, a trabajar con espíritu de servicio por promover con empeño una sociedad justa y solidaria.

7. La Iglesia debe manifestar la presencia amorosa de Dios a toda la sociedad, recordando que «avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como levadura y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios» (Gaudium et spes , 40). El mensaje evangélico de libertad y esperanza dirigido a los hombres de nuestro tiempo ha de ser más insistente aún en este año, en que se celebra el 150 aniversario de la abolición de la esclavitud, un comercio vergonzoso del que fueron víctimas también hombres, mujeres y niños de vuestras islas.

El último año de preparación para el jubileo que está punto de comenzar nos invita a subrayar más claramente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados. En efecto, el testimonio de la caridad es primordial en la vida cristiana. En vuestras diócesis son numerosas las personas que, con gran generosidad, se ponen al servicio de los más humildes y necesitados de la sociedad. Así, testimonian que Dios, Padre de todos los hombres, no puede ser indiferente a ninguno de sus hijos, sobre todo a los que están desamparados.

Con sus compromisos de caridad, la Iglesia también quiere mostrar que están en juego el sentido mismo de la vida del hombre y su dignidad. «Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido, es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana» (Christifideles laici , 37). Así pues, deseo vivamente que la doctrina social de la Iglesia sea para los fieles una guía y un estímulo cada vez más fuerte a vivir la caridad de Cristo.

8. El encuentro con los miembros de otras tradiciones religiosas es una de las realidades que viven los católicos de vuestra región. Me alegra saber que, en general, existen buenas relaciones entre las diversas comunidades. En efecto, es importante que el respeto mutuo, fundado en una comprensión recíproca, presida los vínculos entre los grupos humanos y religiosos, para favorecer un servicio común al hombre y la promoción de su dignidad. Deseo que se desarrollen contactos provechosos sobre las grandes cuestiones que el hombre de hoy debe afrontar en ámbitos como los de los problemas éticos o los derechos humanos, para poner los valores comunes al servicio de la sociedad. Mediante la búsqueda de un mejor conocimiento recíproco, sobre todo con el diálogo de la vida, podrán consolidarse los vínculos de fraternidad y comprensión, que garantizan la estabilidad de las sociedades y el respeto a la libertad religiosa.

9. Queridos hermanos en el episcopado, al terminar nuestro encuentro, doy gracias con vosotros por la obra de Dios en vuestra región. La vitalidad de la fe cristiana en las islas del océano Índico sigue marcada por las figuras luminosas de fray Scubilion y el padre Jacques-Désiré Laval. Que el ejemplo de estos beatos inspire a quienes hoy se esfuerzan por construir un mundo más fraterno y tratan de eliminar todas las esclavitudes que afligen aún a nuestro mundo. Que sean para todos los discípulos de Cristo modelos en su búsqueda de la santidad y del servicio a los demás.

Os encomiendo a la intercesión materna de la Virgen María, ejemplo perfecto de amor a Dios y al prójimo, y de todo corazón os imparto la bendición apostólica, que extiendo de buen grado a todos vuestros diocesanos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN DE LA FUNDACIÓN «JUAN PABLO II» Jueves 29 de octubre de 1998

«Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9, 7). Con estas palabras de san Pablo quiero dar la bienvenida a todos los presentes. Saludo a los miembros del consejo de administración de la Fundación, encabezados por su presidente, el arzobispo Szczepan Wesoly, a quien agradezco sus palabras de introducción. Saludo cordialmente al señor cardenal Adam J. Maida, arzobispo de Detroit; al arzobispo Józef Kowalczyk, nuncio apostólico en Polonia; a monseñor Stanislaw Rylko, secretario del Consejo pontificio para los laicos; y a monseñor Stanislaw Dziwisz, prefecto adjunto de la Casa pontificia y vicepresidente del consejo. Saludo, en particular, a los amigos y bienhechores de la Fundación aquí presentes. Asimismo, saludo a los que no han podido venir y sostienen la Fundación con generosidad, tanto espiritual como materialmente.

He comenzado con esas palabras que el apóstol Pablo escribió para alentar a los fieles de la Iglesia de Corinto que organizaban la ayuda material para la comunidad de Jerusalén. El Apóstol escribe: «Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante para toda obra buena. (...) Aquel que provee de simiente al sembrador y de pan para su alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentar á los frutos de vuestra justicia. Sois ricos en todo para toda largueza, la cual provocará por nuestro medio acciones de gracias a Dios» (2 Co 9, 7-11). Este «himno de acción de gracias a Dios» del Apóstol por la generosidad de los hombres de buena voluntad se eleva sin cesar en la Iglesia. Hoy lo hago también yo, presentando a Dios todo lo que en el decurso de diecisiete años ha llevado a cabo la Fundación gracias a la bondad y a la generosidad de amigos de todo el mundo.

Sé cuán grande es la contribución de la Fundación a la obra de la propagación de la cultura cristiana. No sólo me refiero a las publicaciones hechas gracias a su financiación, sino sobre todo a la gran ayuda que brinda a los jóvenes que emprenden sus estudios en varios campos, tanto en Polonia como en el extranjero. Esa ayuda tiene gran importancia, especialmente hoy, cuando se han abierto nuevas posibilidades a nuestros hermanos de los países vecinos y, al mismo tiempo, se les plantean nuevos desafíos. Es la mejor inversión, a largo plazo, que aumenta sin cesar, cuando los becados, después de terminar sus estudios, dedican sus capacidades al servicio de los demás. No menos valiosas son las experiencias de los jóvenes representantes de la emigración polaca que vienen a Roma durante las vacaciones de verano, con el fin de conocer las raíces cristianas de la cultura polaca y mundial. Así, también miles de peregrinos de Polonia, de varios países de Europa y de otros continentes, encuentran en la Casa polaca no sólo un techo sino, además, atención y ayuda espiritual. Gracias a este servicio pueden gozar más fácilmente de los frutos de la peregrinación a la Sede apostólica.

Hay también otra obra que merece ser mencionada hoy. Gracias a la Fundación se recoge la documentación de este pontificado. Durante estos veinte años hemos sido testigos de muchos acontecimientos en la vida de la Iglesia y del mundo que, por voluntad de la divina Providencia, forman nuestra historia y nuestra vida diaria. Conviene que el recuerdo de estos signos del amor de Dios se conserve para las generaciones futuras, a fin de que también ellas puedan participar en nuestra acción de gracias por los dones recibidos en este tiempo.

Me he referido solamente a algunos sectores de la actividad a la que la Fundación puede dedicarse gracias a vuestra generosidad y a la de hombres de buena voluntad del mundo entero. Espero que se estén cumpliendo las palabras del Apóstol, según las cuales los beneficiarios de este servicio, «con su oración por vosotros, manifiestan su gran afecto hacia vosotros a causa de la gracia sobreabundante que en vosotros ha derramado Dios. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable!» (2 Co 9, 14-15).

Creo que esta obra no sólo da frutos externos; también forma interiormente a las personas y a sociedades enteras. Como escribe el Apóstol, «quien da con alegría», quien comparte con los demás por un impulso del corazón, «no de mala gana ni forzado», se hace «rico en obras de bien», merece el amor de Dios y recibe abundantes gracias; de este modo, «crecerán los frutos de su justicia». De esta bondad y de esta justicia brota el vivo sentido de solidaridad con los demás que une a varios grupos humanos. Vuestra presencia aquí constituye una prueba evidente de ello. No sólo venís de los países de Europa, sino también de América del norte y del sur, e incluso de la lejana Indonesia. En varias partes del mundo surgen nuevos círculos de amigos de la Fundación, se entablan nuevos contactos, se forma una gran comunidad de hombres deseosos de colaborar en la misma obra. Hoy demos gracias a Dios por el don de esta unión para el bien.

Ayer fueron bendecidas las nuevas placas, sobre las que se han grabado los nombres de muchos de vosotros, e incluso de otros donantes. Es un signo externo de gratitud hacia los que responden con gran generosidad a las necesidades de la Fundación. Con todo, sabemos que es innumerable la multitud de los que le donan sus oraciones, sus sufrimientos y, a menudo, su «óbolo de la viuda». Con gran gratitud quiero recordarlos aquí también a ellos. Que Dios les recompense con abundantes gracias.

Al apoyar a la Fundación que lleva mi nombre, expresáis vuestra adhesión y vuestra benevolencia al Papa. Os doy las gracias por ello. Por mi parte, quiero corresponder a vuestra benevolencia encomendando a Dios en mi oración a todos los que me sostienen en mi ministerio petrino. Os ruego que transmitáis mi agradecimiento y mi cordial saludo a vuestros seres queridos, a los miembros de los círculos de amigos de la Fundación y a todos los que, de cualquier modo, colaboran en esta obra buena. Os bendigo de corazón.

Excelencia; queridos amigos, doy una cordial bienvenida a los miembros de la Fundación, con ocasión de vuestro encuentro en Roma. Esta visita tiene lugar poco después del vigésimo aniversario de la elección de este hijo de Polonia a la Sede de Pedro, y aprovecho esta ocasión para agradeceros vuestra cercanía espiritual durante estos años. La Fundación fue instituida para fomentar los ricos valores espirituales que forman gran parte de la milenaria cultura cristiana de Polonia. Os agradezco mucho el apoyo que prestáis a esta noble empresa y vuestros esfuerzos para asegurar su futuro mediante la creación de un fondo perpetuo para su financiación.

Fortalecer el vínculo entre la fe y la cultura es un aspecto esencial de la misión de la Iglesia, y particularmente en el umbral del tercer milenio cristiano. La nueva evangelización no sólo lleva a una renovada estima de la gran herencia cultural que forjó el pasado de Polonia, sino también a un compromiso personal por parte de todos los creyentes para construir una sociedad moderna, inspirada en los mismos profundos valores humanos y espirituales. Durante mi última visita pastoral a Polonia, puse de relieve que «de nuestra perseverancia en la fe de nuestros padres, del ardor de nuestro corazón y de la apertura de nuestra mente depende que las generaciones futuras sean impulsadas hacia Cristo por el testimonio de santidad que nos dejaron san Adalberto, san Estanislao y la reina santa Eduvigis» (Ángelus, 8 de junio de 1997, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de junio de 1997, p. 9).

Queridos hermanos, pido al Señor que vuestro apoyo a la Fundación dé abundantes frutos para la renovación de la vida cristiana y el progreso del reino de Dios. Os encomiendo a todos a nuestra Señora de Czestochowa, cuyo rostro familiar nos acompaña en nuestra peregrinación.

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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A LA ASOCIACIÓN «THE ACROSS TRUST» Jueves 29 de octubre de 1998

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

«En el corazón de Cristo Jesús» (Flp 1, 8), os doy la bienvenida al Vaticano, con ocasión del 25̊ aniversario de The Across Trust, y me uno a vosotros en la acción de gracias a Dios por los numerosos dones que durante estos años ha derramado sobre tanta gente.

La obra de grupos como The Across Trust da testimonio de la verdad según la cual los enfermos y los que sufren est án en el centro del Evangelio. Predicamos a Cristo crucificado (1 Co 1, 23), o sea, predicamos una fuerza que viene precisamente de la debilidad (cf. 2 Co 12, 10). Cuando los enfermos y los débiles se unen a Cristo, la fuerza de Dios entra en su vida y, a trav és de su debilidad, llega al mundo. Todos vosotros, los enfermos y quienes los atendéis, participáis de modo particular en el misterio de la cruz del Señor, «el evangelio del sufrimiento » (Salvifici doloris , VI).

En efecto, el sufrimiento puede mostrar la bondad de Dios: la herida puede convertirse en fuente de vida (cf. Jn 19, 34). La experiencia del sufrimiento desanima y deprime a muchos, pero en la vida de otros puede crear una humanidad más profunda: puede suscitar nueva fuerza y nueva comprensión. El camino para penetrar en este misterio es nuestra fe. Cuando la fe se transforma en contemplación orante, nos revela a todos el poder de la victoria pascual del Señor: «No habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas» (Ap 21, 4).

Oro para que Cristo resucitado esté con todos vosotros y siembre en vuestro corazón la alegría que experimentan quienes saben que «nada podrá separarlos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8, 39). Que la Virgen María, Madre de los dolores y Madre de todas nuestras alegrías, os guarde con especial amor. Como prenda de fuerza divina y de paz, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA ACADEMIA PONTIFICIA DE CIENCIAS Martes 27 de octubre de 1998

Señor presidente; señoras y señores académicos:

1. Me alegra acogeros esta mañana y daros mi cordial saludo con ocasión de la asamblea plenaria de la Academia pontificia de ciencias sobre los cambios relativos al concepto de naturaleza. Agradezco a su excelencia el señor Nicola Cabibbo las amables palabras que acaba de dirigirme. Saludo cordialmente a monseñor Giuseppe Pittau, ex canciller de vuestra Academia, y doy las gracias a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, por haber aceptado sucederle.

Las reflexiones que realizáis son particularmente oportunas. En la antigüedad, Aristóteles acuñó algunas expresiones, que fueron recogidas y profundizadas en la Edad Media y de las que santo Tomás se sirvió para elaborar su doctrina teológica. Es de desear que los científicos y los filósofos sigan dando su contribución a la investigación teológica y a las diferentes formas del conocimiento humano, para comprender cada vez más profundamente el misterio de Dios, del hombre y de la creación. La interacción de las disciplinas, en un diálogo fraterno (cf. Fides et ratio , 33), puede ser muy fecunda, ya que ensancha nuestra visión de lo que somos y de lo que llegamos a ser.

2. A lo largo de los siglos, el concepto de naturaleza ha sido objeto de numerosas disputas, especialmente en el ámbito de la teología y la filosofía. La concepción elaborada por Ulpiano reducía la naturaleza al aspecto biológico e instintivo del hombre (cf. Inst., I, 2). En algunas teorías actuales, se vuelve a encontrar esa tentación de reducir el ser humano a la realidad puramente material y física, convirtiendo al hombre en un ser que se comporta únicamente como las demás especies vivas. El ensanchamiento del campo científico ha llevado a multiplicar las acepciones de ese término. En algunas ciencias, hace referencia a la idea de ley o modelo; en otras, está relacionado con la noción de regularidad y universalidad; en otras, evoca la creación, considerada de manera general o según ciertos aspectos del ser vivo; y en otras, por último, describe a la persona humana en su unidad singular, en sus aspiraciones humanas. También está vinculado con el concepto de cultura, para expresar la idea de la formación progresiva de la personalidad del hombre, en la que confluyen unos elementos que ha recibido .su naturaleza. y otros que ha adquirido en contacto con la sociedad .la dimensión cultural, a través de la cual el hombre se realiza (cf. Aristóteles, Política, I, 2, 11-12).. Los recientes descubrimientos científicos y técnicos con respecto a la creación y al hombre, tanto en lo infinitamente pequeño como en lo infinitamente grande, han modificado de manera notable el significado del concepto de naturaleza, aplicado al orden creado, visible e inteligible.

3. Ante estas diferencias conceptuales en el campo de la investigación científica y técnica, conviene interrogarse sobre las acepciones de este concepto, pues no hay que descuidar sus repercusiones sobre el hombre y sobre la visión que los científicos se forman de él. El peligro principal estriba en reducir la persona a una cosa o considerarla como los demás elementos naturales, relativizando así al hombre, al que Dios ha colocado en el centro de la creación. En la medida en que el interés se concentra ante todo en los elementos, se puede sentir la tentación de no captar ya la naturaleza de un ser vivo o de la creación, considerados globalmente, y de reducirlos a conjuntos de elementos que tienen múltiples interacciones. En consecuencia, ya no se percibe al hombre en su unidad espiritual y corporal, en su alma, principio espiritual en el hombre, que es como la forma de su cuerpo (cf. Concilio de Viena, constitución Fidei catholicae, DS 902).

4. En la filosofía y en la teología católica, así como en el Magisterio, el concepto de naturaleza reviste una importancia que conviene poner de relieve. Evoca, ante todo, la realidad de Dios en su esencia misma, expresando así la unidad divina de «la santa e inefable Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, [que] es naturalmente un solo Dios de una sola sustancia, de una naturaleza, también de una sola majestad y virtud » (XI Concilio de Toledo, DS 525). El mismo término se refiere también a la creación, al mundo visible que debe su existencia a Dios y que se enraíza en el acto creador por el cual «el mundo comenzó cuando fue sacado de la nada » (Catecismo de la Iglesia católica , n. 338). Según el designio divino, la creación tiene como finalidad la glorificación de su autor (cf. Lumen gentium , 36). Percibimos, pues, que este concepto expresa igualmente el sentido de la historia, que viene de Dios y que va hacia su término, el regreso de todas las cosas creadas a Dios; por consiguiente, la historia no puede entenderse como una historia cíclica, dado que el Creador es también el Dios de la historia de la salvación. «El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los científicos confiados, es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Fides et ratio , 34).

Por medio de su razón y de diversas operaciones intelectivas, que constituyen propiamente la naturaleza del hombre considerado como tal (cf. santo Tomás de Aquino, Summa Theol., I-II, q.71, a.2), el hombre es «capaz por su naturaleza de llegar hasta el Creador» (Fides et ratio , 8), contemplando la obra de la creación, puesto que el Creador se hace reconocer a través de la grandeza de su obra. Su belleza y la interdependencia de las realidades creadas impulsan a los sabios al asombro y al respeto de los principios propios de la creación. «La naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina» (ib., 43). Sin embargo, este conocimiento racional no excluye otra forma de conocimiento, el de la fe, fundado en la verdad revelada y en el hecho de que el Señor se comunica a los hombres.

5. Cuando el concepto de naturaleza se aplica al hombre, culmen de la creación, cobra un sentido particular. El hombre, la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, tiene una dignidad que le viene de su naturaleza espiritual, en la que se encuentra la impronta del Creador, ya que ha sido creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), y ha sido dotado de las más elevadas facultades que posee una criatura: la razón y la voluntad. Éstas le permiten decidir libremente y entrar en comunicación con Dios, para responder a su llamada y realizarse según su propia naturaleza. En efecto, al ser de naturaleza espiritual, el hombre es capaz de acoger las realidades sobrenaturales y de llegar a la felicidad eterna, que Dios le ofrece gratuitamente. Esta comunicación es posible, puesto que Dios y el hombre son dos esencias de naturaleza espiritual. Esto es lo que afirmaba san Gregorio Nacianceno, cuando hablaba del Señor que había asumido nuestra naturaleza humana: «Cristo sana al semejante mediante el semejante» (Oratio, 28, 13). En la perspectiva de este Padre capadocio, el enfoque metafísico y ontológico nos permite comprender el misterio de la Encarnación y la Redención, por el cual Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, asumió la naturaleza humana (cf. Gaudium et spes , 22). Hablar de naturaleza humana nos hace recordar también que existe una unidad y una solidaridad de todo el género humano, ya que hay que considerar al hombre «en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social» (Redemptor hominis , 14).

Espíritu de servicio 6. Al término de nuestro encuentro, os animo a proseguir vuestro trabajo científico con espíritu de servicio al Creador, al hombre y al conjunto de la creación. Así, los seres humanos alabar án a Dios porque todo viene de él (cf. 1 Cro 29, 14), respetarán la dignidad de todo hombre y encontrarán la respuesta a las preguntas fundamentales sobre su origen y su fin último (cf. Fides et ratio , 1). Cuidarán de la creación, «querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada» (Catecismo de la Iglesia católica , n. 299), y que es buena por naturaleza (cf. Concilio de Florencia, bula Cantate Domino, DS 1333).

Deseándoos un trabajo fecundo, mediante un diálogo rico entre las diferentes disciplinas que representáis, os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA Lunes 26 de octubre de 1998

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra daros la bienvenida con ocasión de la asamblea plenaria de la Congregación para la educación católica, que ha comenzado hoy y en la que participaréis durante los próximos días para perfeccionar algunas líneas generales, a fin de orientar mejor la labor educativa de la Iglesia. Este encuentro me permite expresaros mi gratitud a todos vosotros, que colaboráis conmigo en un sector tan importante para la vida de la Iglesia, como es el de la educación.

Agradezco al cardenal Pio Laghi las palabras que me ha dirigido y la felicitación que tuvo la bondad de expresarme con motivo del vigésimo aniversario de mi elección a la Cátedra de Pedro. Saludo al nuevo secretario, monseñor Giuseppe Pittau, y manifiesto mi sincero aprecio a los oficiales de la Congregación por su trabajo, que a veces puede ser árido y oculto, pero que es valioso para los seminarios, las facultades eclesiásticas, las universidades, las escuelas católicas y los centros vocacionales.

2. Todos estamos convencidos de la prioridad del compromiso educativo de la Iglesia en todos los niveles. Asimismo, somos conscientes de las dificultades de este compromiso, que debe confrontarse con el desarrollo tecnológico y los cambios culturales que se están produciendo actualmente. La aplicación de las nuevas tecnologías informáticas en los diversos ámbitos de la vida y de la convivencia civil ya ha originado y originará cambios más notables aún en los procesos de aprendizaje, de interrelación y de maduración de la personalidad. Hay efectos positivos, como la facilitación de la comunicación, el enriquecimiento del intercambio y de la información, y la superación de las fronteras; pero también hay consecuencias negativas, como la superficialidad, la falta de creatividad y la fragmentación.

Frente a esto, la Iglesia está llamada a ejercer su dimensión profética, proponiendo un modelo de hombre unificado y completo. Escribe san Pablo en la segunda carta a Timoteo: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y preparado para toda obra buena» (2 Tm 3, 16-17). El desafío consiste en formar personas completas, que desarrollen armoniosamente todas sus facultades y dimensiones; personas capaces de elevarse con las dos alas de la fe y la razón hacia la contemplación de la verdad.

Proponer esta visión del hombre y poner en práctica las respectivas opciones pedagógicas no es fácil ni se da por descontado. Como también nos recuerda san Pablo: «Los hombres (...), arrastrados por sus propias pasiones, se rodearán de muchos maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tm 4, 3-4). Pero nosotros, como Timoteo, estamos llamados a velar con esmero para que se anuncie íntegramente el Evangelio y pueda llevar a los hombres hacia la salvación.

3. Me complace considerar a la luz de estos textos paulinos todo el trabajo de vuestro dicasterio y el programa de estos días de asamblea plenaria. El gran compromiso de la Oficina de seminarios consiste en promover la formación integral de los candidatos al sacerdocio, atenta a la dimensión humana, espiritual, intelectual y pastoral.

A este propósito, un aspecto particularmente importante es la relación entre la formación humana y la formación espiritual. Debéis precisar los criterios para el uso de las ciencias humanas en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio. Creo que es útil recurrir a la aportación de estas ciencias para discernir y favorecer la madurez en el ámbito de las virtudes humanas, de la capacidad de relacionarse con los demás, del crecimiento afectivo-sexual, y de la educación para la libertad y la conciencia moral. Sin embargo, esto debe quedar circunscrito a la propia competencia específica, sin ahogar el don divino y el aliento espiritual de la vocación y sin perjudicar el espacio del discernimiento y del acompañamiento vocacional, que por su naturaleza corresponden a los educadores del seminario.

Otro aspecto importante de la formación integral se refiere a la plena sintonía que debe haber entre la propuesta educativa en sentido estricto y la teológica, que influye profundamente en la mentalidad y en la sensibilidad de los alumnos y que, por tanto, ha de coordinarse con el proyecto educativo global. Por consiguiente, recomiendo que se revise, en la medida de lo posible, la enseñanza teológica en función de la formación sacerdotal, y se desarrolle en ese sentido la ratio studiorum de los seminarios. En esta tarea tienen mucho que enseñarnos los Padres de la Iglesia y los grandes teólogos santos, «non solum discentes sed et patientes divina» (Dionisio pseudoareopagita, De divinis nominibus, II, 9: PG 3, 674), personas que conocieron el misterio por la vía del amor, «per quandam connaturalitatem», como diría santo Tomás de Aquino (Summa Theol. II-II, 9.45, a.2), y que vivieron intensamente su vínculo con las Iglesias en las que desempeñaban su ministerio.

4. La perspectiva del hombre unificado y completo sirve muy bien para integrar el esfuerzo que realiza la Oficina de universidades de esa Congregación con vistas a una cualificación cada vez mayor de las facultades y universidades eclesiásticas, y a una creciente conciencia de su identidad y su misión por parte de las universidades católicas. A este propósito, quisiera recordar que, a la vez que se aproxima el año 2000, se acerca el decenio de la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae , con la que quise dar un signo de mi particular solicitud por las universidades católicas. Indudablemente, éstas tienen la tarea específica de testimoniar la sensibilidad de la Iglesia por la promoción de un saber global, abierto a todas las dimensiones de lo humano. Pero, con el paso de los años, resulta cada vez más evidente que esta función específica de la universidad católica no puede realizarse a fondo sin una adecuada expresión de su índole eclesial, de su vínculo con la Iglesia, tanto particular como universal.

Un papel determinante en esta tarea corresponde a los obispos, llamados a asumir personalmente la responsabilidad de la identidad católica que debe caracterizar a estos centros. Esto significa que, sin descuidar los requisitos académicos exigidos a toda universidad para ser acogida en la comunidad internacional de la investigación y del saber, los obispos deben acompañar y guiar a los responsables de las diferentes universidades católicas en el cumplimiento de su misión en cuanto católicas y, particularmente, en la evangelización. Sólo así podrán realizar su vocación específica: lograr que los alumnos adquieran, además de una capacitación técnica o una elevada cualificación profesional, una plenitud humana y una disponibilidad al testimonio evangélico en la sociedad.

5. También la Oficina de escuelas de vuestro dicasterio está trabajando en esta línea de la formación integral del hombre. Resulta evidente a todos la crisis que está atravesando el mundo escolar durante estos años. En él se refleja el camino de la humanidad, con sus dificultades y sus límites, pero también con sus esperanzas y sus potencialidades. Basta considerar la atención reservada a la escuela por los organismos internacionales, por la actividad de los gobiernos y por la opinión pública.

En el contexto histórico que estamos viviendo, marcado por profundas transformaciones, la Iglesia está llamada, desde su propia perspectiva, a poner a disposición el amplio patrimonio de su tradición educativa, tratando de responder a las exigencias siempre nuevas de la evolución cultural de la humanidad. Aliento, pues, a las Iglesias particulares y a los institutos religiosos responsables de instituciones educativas a proseguir invirtiendo en personal y medios, en favor de una obra tan urgente y esencial para el futuro del mundo y de la Iglesia, como ha reafirmado muy bien la reciente carta circular «La escuela católica en el umbral del tercer milenio».

6. El principio dinámico del hombre unificado y completo en todas sus dimensiones puede constituir el marco de referencia de la actividad realizada por la Obra pontificia de vocaciones. Esto se puede comprender fácilmente, si se considera que sólo en el misterio de la vocación pueden confluir vitalmente los diversos componentes de la existencia humana.

Desde este punto de vista, la realidad actual presenta motivos de preocupación. Muchos jóvenes, sin darse cuenta de que han sido llamados, se extravían en un océano de informaciones, de multitud de estímulos y de datos, experimentando una especie de nomadismo permanente y sin referencias concretas.

Esa situación, a menudo fuente de miedo al futuro y a cualquier compromiso definitivo, debe inducir a la Obra pontificia a proseguir con decisión por el camino emprendido, sosteniendo, con oportunas iniciativas, a los que en los diferentes niveles se dedican a este delicado aspecto de la pastoral eclesial.

Encomiendo estas temáticas, objeto de estudio durante vuestra asamblea plenaria, a la santísima Virgen, Madre de la Iglesia y Sede de la Sabiduría. A ella le confío vuestro trabajo diario, amadísimos miembros y oficiales de la Congregación para la educación católica. Que la Virgen os guíe y acompañe en el servicio al Evangelio y a la Sede apostólica. Tened la seguridad de que también yo os sigo de cerca y os acompaño con la oración, y me complace impartiros ahora a vosotros y a todos los seminarios e institutos de estudio una bendición apostólica especial.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A VARIOS GRUPOS DE PEREGRINOS Lunes 26 de octubre de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Ayer celebramos la solemne beatificación de Ceferino Agostini, Antonio de Santa Ana Galvão, Faustino Míguez y Teodora Guerin: tres sacerdotes y una virgen, todos fundadores de comunidades de vida consagrada. Con gran alegría os acojo hoy a vosotros, que habéis venido de diversas partes del mundo para participar en este jubiloso acontecimiento.

Saludo cordialmente a los que han venido en peregrinación para la beatificación de don Ceferino Agostini, en especial al obispo de Verona y a los demás obispos presentes. Deseo alentar afectuosamente a la congregación de las ursulinas Hijas de María, que se alegran por la elevación al honor de los altares de su fundador.

En un ambiente lleno de dificultades materiales y espirituales, en la periferia de Verona, su ciudad natal, don Ceferino Agostini trabajó con todo esmero por favorecer la recuperación humana y cristiana de las generaciones jóvenes; puso en marcha iniciativas de carácter eclesial y social para ayudar a los pobres y a los más necesitados; y dirigió con gran dedicación la escuela de la doctrina cristiana.

Su celo estaba sostenido por una oración asidua, especialmente ante el santísimo Sacramento. El diálogo constante con Dios le proporcionaba la energía para su intenso apostolado. Ojalá que sus enseñanzas y su vida inspiren a cuantos hoy lo veneran como beato.

2. Con gran satisfacción saludo ahora a los numerosos peregrinos brasileños que han venido a Roma para participar en la solemne beatificación del primer beato nacido en tierra brasileña, fray Antonio de Santa Ana Galvão, también conocido como fray Galvão. Guaratinguetá, su ciudad natal, debe sentirse muy feliz porque un hijo suyo ha sido elevado al honor de los altares. En el hogar del beato fray Galvão, la familia se reunía todas las noches ante la imagen de santa Ana para orar; de allí brotó su solicitud por los más pobres, que acudían a su casa; años más tarde, atraería a millares de afligidos, enfermos y esclavos, en busca de consuelo y de luz, hasta el punto de que era conocido como «el hombre de la paz y la caridad».

Pidamos a Dios que, con el ejemplo del beato fray Galvão, la fiel observancia de su consagración religiosa y sacerdotal sirva de estímulo para un nuevo florecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas, tan urgente en la Tierra de la Santa Cruz. Y que esta fe, acompañada por las obras de caridad que transformaron al beato fray Galvão en dulzura de Dios, aumente en los hijos de Dios la paz y la justicia que únicamente germinan en una sociedad fraterna y reconciliada.

3. Con gusto acojo hoy a los peregrinos que, acompañados por sus obispos, han venido hasta Roma desde Galicia, cuna del nuevo beato Faustino Míguez, y desde las demás tierras de España, América Latina y África, donde las Hijas de la Divina Pastora desarrollan el ideal educativo de su fundador.

El padre Faustino, sencillo y observador, descubrió pronto al Dios amigo que lo necesitaba para forjar el corazón de los jóvenes y mitigar el dolor de los enfermos. Hijo ejemplar de la Escuela Pía, todo su quehacer apostólico y educativo estuvo impulsado por la pedagogía del amor. La humildad fue su virtud predilecta. Rechazó en su larga vida todo tipo de distinciones, ya que sólo deseaba «vivir oculto para morir ignorado». Fuerte en la adversidad y firme en la obediencia, esperó contra toda esperanza, sabiendo que Dios saca bienes de los males.

Queridos hermanos y hermanas, el testimonio extraordinario de este consagrado es una invitación a todos, y de modo especial a las religiosas calasancias, a amar profundamente la labor educativa como irrenunciable servicio eclesial al Evangelio y como un bien para la sociedad.

4. Queridos hermanos y hermanas, doy mi cordial bienvenida a los numerosos peregrinos de lengua inglesa que han venido con ocasión de la beatificación de la madre Teodora Guerin. En particular, dirijo un saludo a los obispos presentes y a las Hermanas de la Providencia. La madre Teodora recuerda a los hombres y mujeres de hoy que busquen la serenidad y el consuelo en el corazón de Jesús y que obtengan fuerza en la oración. También la sociedad de hoy necesita la entrega, la sabiduría y el amor generoso que su vida y obra irradian. Os invito a honrarla imitándola. Que, por intercesión de la beata Teodora Guerin, avancéis siempre en presencia de Dios, busquéis su voluntad y soportéis con valentía todas las pruebas que él permita en vuestra vida.

Me alegra acoger a los peregrinos de lengua francesa que han venido para tomar parte en la ceremonia de beatificación de la madre Teodora Guerin. Ojalá que la Iglesia en Francia y en los países francófonos imite su confianza absoluta en la Providencia para seguir anunciando el Evangelio.

5. Os saludo cordialmente, queridos peregrinos que habéis venido a Roma con ocasión del décimo aniversario del motu proprio «Ecclesia Dei », para reafirmar y renovar vuestra fe en Cristo y vuestra fidelidad a la Iglesia. Queridos amigos, vuestra presencia ante «el Sucesor de Pedro, al que corresponde en primer lugar velar por la unidad de la Iglesia » (constitución dogmática Pastor aeternus del concilio Vaticano I) es muy significativa.

La Iglesia, para conservar el tesoro que Jesús le ha confiado, decididamente orientada hacia el futuro, tiene el deber de reflexionar continuamente en su vínculo con la Tradición que nos viene del Señor a través de los Apóstoles, tal como se ha formado en el decurso de la historia. De acuerdo con el espíritu de conversión de la carta apostólica Tertio millennio adveniente (cf. nn. 14, 32, 34 y 50), exhorto a todos los católicos a realizar gestos de unidad y a renovar su adhesión a la Iglesia, para que la legítima diversidad y las diferentes sensibilidades, dignas de respeto, no los separen unos de otros, sino que los impulsen a anunciar juntos el Evangelio; así, estimulados por el Espíritu, que hace que los diversos carismas contribuyan a la unidad, todos podrán glorificar al Señor y se proclamará la salvación a todas las naciones.

Ojalá que todos los miembros de la Iglesia sigan siendo herederos de la fe recibida de los Apóstoles, digna y fielmente celebrada en los santos misterios, con fervor y belleza, para recibir en mayor grado la gracia (cf. concilio ecuménico de Trento, sesión VII, 3 de marzo de 1547, Decreto sobre los sacramentos) y vivir una relación íntima y profunda con la santísima Trinidad. Confirmando el bien fundado de la reforma litúrgica solicitada por el concilio Vaticano II y realizada por el Papa Pablo VI, la Iglesia da así un signo de comprensión a las personas «vinculadas a algunas formas litúrgicas y disciplinares anteriores» (motu proprio «Ecclesia Dei », 5). En esta perspectiva se debe leer y aplicar el motu proprio «Ecclesia Dei »; ojalá que todo se viva según el espíritu del concilio Vaticano II, en plena armonía con la Tradición, buscando la unidad en la caridad y la fidelidad a la verdad.

«Gracias a la acción del mismo Espíritu Santo, por la que todo el rebaño de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe» (Lumen gentium , 25), el Sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles, enseñan el misterio cristiano; de modo muy peculiar, los obispos, reunidos en concilios ecuménicos, cum Petro et sub Petro, confirman y refuerzan la doctrina de la Iglesia, fiel heredera de la Tradición que existe ya desde hace más de veinte siglos como realidad viva que progresa, dando nuevo impulso a toda la comunidad eclesial. Los últimos concilios ecuménicos ―Trento, Vaticano I y Vaticano II―. se esforzaron de modo particular en esclarecer el misterio de la fe y emprendieron reformas necesarias para el bien de la Iglesia, buscando la continuidad con la Tradición apostólica, ya recogida por san Hipólito.

Por consiguiente, compete en primer lugar a los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, la misión de guiar con firmeza y caridad al rebaño, para que en todas partes la fe católica se conserve (cf. Pablo VI, exhortación apostólica Quinque iam anni; Código de derecho canónico, c. 386) y se celebre dignamente. En efecto, como dice san Ignacio de Antioquía, «donde hay un obispo, ahí está también la Iglesia» (Carta a los fieles de Esmirna, VIII, 2). Invito, asimismo, fraternalmente a los obispos a renovar su comprensión y su atención pastoral a los fieles que siguen el antiguo rito y, en el umbral del tercer milenio, a ayudar a todos los católicos a vivir la celebración de los santos misterios con una devoción que sea verdadero alimento para su vida espiritual, y fuente de paz.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, modelo perfecto de seguimiento de Cristo y Madre de la Iglesia, queridos hermanos y hermanas, os imparto la bendición apostólica, que extiendo a todos vuestros seres queridos.

Saludo cordialmente a todos los peregrinos de lengua alemana que han venido a Roma a visitar las tumbas de los príncipes de los Apóstoles con ocasión del décimo aniversario del motu proprio «Ecclesia Dei ». Os imparto de corazón a vosotros y a todos vuestros seres queridos mi bendición apostólica.

Doy una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua inglesa que han venido para venerar las tumbas de los Apóstoles con ocasión del décimo aniversario del motu proprio «Ecclesia Dei ». Invoco sobre vosotros y sobre vuestras familias las abundantes bendiciones de Dios todopoderoso.

6. Amadísimos hermanos y hermanas, al volver a vuestras tierras, llevad a vuestras familias y a vuestras parroquias el saludo del Papa, juntamente con la bendición apostólica, que imparto de coraz ón a cada uno de vosotros y a vuestros seres queridos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE NUEVA INGLATERRA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Sábado 24 de octubre de 1998

Querido cardenal Law; queridos hermanos en el episcopado:

1. Os saludo afectuosamente, obispos de Nueva Inglaterra, que comprende las provincias eclesiásticas de Boston y Hartford. Durante este año he tenido la alegría espiritual de encontrarme prácticamente con todos los pastores de la Iglesia en Estados Unidos de América, que representan a más de doscientas jurisdicciones, incluyendo las Iglesias católicas de rito oriental. Ahora que estamos llegando al final de esta serie de visitas ad limina, «doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo» (1 Co 1, 4-5). Hemos orado juntos y nos hemos escuchado unos a otros, tratando de atesorar todo el bien que el Espíritu Santo inspira al pueblo de Dios en vuestro país. Además de fortalecer los vínculos de comunión entre nosotros, estas visitas nos han permitido reflexionar, en un clima de peregrinación, recogimiento y oración, sobre las oportunidades de evangelización y apostolado que tiene la Iglesia en Estados Unidos a la luz de la enseñanza del concilio Vaticano II, en el umbral del gran jubileo del año 2000.

2. Ocasiones como la del gran jubileo nos recuerdan a todos que Dios guía la historia, y nos impulsan a mirar al futuro, confiando en la promesa del Señor de que estará con nosotros siempre, «hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Los cristianos saben que el tiempo no es una mera sucesión de días, meses y años, ni tampoco un ciclo cósmico de eterno retorno. El tiempo es un gran drama, con un comienzo y un fin, escrito y dirigido por la Providencia amorosa de Dios: «Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la .plenitud de los tiempos. de la encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos» (Tertio millennio adveniente , 10). La vigilia pascual nos recuerda que la resurrección constituye «el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y el del destino final del mundo» (Dies Domini , 2). Sólo a la luz de Cristo resucitado llegamos a comprender el verdadero significado de nuestra peregrinación personal en el tiempo hacia nuestro destino eterno. Éste es el mensaje que la Iglesia debe proclamar hoy y siempre. Lo hace sobre todo en la liturgia, que celebra la historia de la salvación y es el lugar privilegiado para nuestro encuentro con el Padre y con su enviado, Jesucristo. Lo hace con su kerigma y su catequesis, que dan a conocer la enseñanza salvífica del Evangelio, dialogando con la profunda aspiración del corazón humano a algo divino y eterno, a algo sumamente bueno, que no termine jamás. Y lo hace con sus obras de caridad, que procuran aliviar las aflicciones de la vida humana mediante la experiencia consoladora del amor cristiano.

3. Durante mis discursos a los obispos, no sólo dirigidos a los presentes en cada ocasión, sino también a toda vuestra Conferencia, he tratado de reflexionar en algunos aspectos de vuestro ministerio episcopal que pueden impulsar la gran primavera del cristianismo que Dios está preparando al acercarse el tercer milenio cristiano, y de la que ya podemos ver algunos signos (cf. Redemptoris missio , 86). Hemos hablado sobre muchas características de la vida de la comunidad católica en Estados Unidos, bendecida por la auténtica santidad de muchos de sus miembros y marcada por una profunda sed de justicia, constante y activa en las diferentes formas de servicio cristiano. Como obispos, sois conscientes de las fuerzas de vuestro pueblo. Al igual que el hombre sabio del evangelio, debéis calcular cómo podéis afrontar, con las energías y los medios disponibles, las necesidades actuales (cf. Lc 14, 31). Creo que hoy el Señor nos está diciendo a todos: no dudéis, no tengáis miedo de librar el buen combate de la fe (cf. 1 Tm 6, 12). Cuando predicamos el mensaje liberador de Jesucristo, ofrecemos al mundo palabras de vida (cf. Jn 6, 68). Nuestro testimonio profético es un servicio urgente y esencial, no sólo para la comunidad católica, sino también para toda la familia humana, ya que el Evangelio narra la verdadera historia del mundo, su historia y su futuro, que es la vida en comunión con la santísima Trinidad.

Al final del segundo milenio, la humanidad se encuentra en una especie de encrucijada. Como pastores responsables de la vida de la Iglesia, necesitamos meditar profundamente en los signos de una nueva crisis espiritual, cuyos peligros no sólo se ciernen sobre las personas, sino también sobre la civilización misma (cf. Evangelium vitae , 68). Si esta crisis se agrava, el utilitarismo reducir á cada vez más a los seres humanos a objetos susceptibles de ser manipulados. Si la verdad moral revelada en la dignidad de la persona humana no regula y dirige las energías explosivas de la tecnología, a este siglo de lágrimas, más que una primavera de esperanza, podría seguir una nueva era de barbarie (cf. Discurso a las Naciones Unidas , 5 de octubre de 1995, n. 18).

Al dirigirme a la Asamblea general de las Naciones Unidas en 1995, propuse que, para recuperar nuestra esperanza y nuestra confianza en el umbral de un nuevo siglo, debíamos «recuperar la visión del horizonte trascendente de posibilidades al cual tiende el espíritu humano » (ib., 16). Dado que la crisis espiritual de nuestro tiempo consiste de hecho en alejarse del misterio trascendente de Dios, también es al mismo tiempo alejarse de la verdad acerca de la persona humana, la más noble criatura de Dios en la tierra. La cultura de nuestro tiempo trata de construir sin referencia al Arquitecto, ignorando la advertencia bíblica: «Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles» (Sal 127, 1). Al actuar de este modo, una parte de la cultura contemporánea pierde la profundidad y la riqueza del misterio humano; por eso la vida misma se empobrece al carecer de sentido y alegría. Ninguna tarea de nuestro ministerio es más urgente que la «nueva evangelización», necesaria para saciar el hambre espiritual de nuestro tiempo. No debemos dudar ante el desafío de comunicar la alegría de ser cristianos, de vivir «en Cristo», en estado de gracia con Dios y unidos a la Iglesia. Esto es lo que puede colmar verdaderamente el corazón humano y su anhelo de libertad.

4. En ningún otro ámbito el contraste entre la visión evangélica y la cultura contemporánea es más evidente que en el dramático conflicto entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte. No quiero terminar esta serie de encuentros sin agradecer una vez más a los obispos su liderazgo y su defensa de la vida humana, particularmente de la vida de los más vulnerables. La Iglesia en vuestro país se dedica de diversas maneras a la defensa y promoción de la vida y la dignidad humana. Mediante innumerables organizaciones e instituciones, brinda con gran generosidad servicios sociales a los pobres, promueve leyes más favorables a los inmigrantes y participa en el debate público sobre la pena capital, consciente de que en el Estado moderno son muy raros, por no decir prácticamente inexistentes, los casos en que la ejecución de un criminal es absolutamente necesaria (cf. Evangelium vitae , 56; Catecismo de la Iglesia católica , n. 2267). Al mismo tiempo, subrayáis con razón la prioridad que se ha de dar al derecho fundamental a la vida del hijo por nacer y a la oposición a la eutanasia y al suicidio asistido. El testimonio de muchos católicos norteamericanos, incluyendo un gran número de jóvenes, al servicio del «evangelio de la vida» es un signo seguro de esperanza en el futuro y un motivo para dar gracias al Espíritu Santo, que inspira tanto bien en los fieles.

5. Como respuesta a la crisis espiritual de nuestro tiempo, estoy convencido de que hay una necesidad radical de curar tanto la mente como el corazón. La historia violenta de este siglo se ha debido en gran parte a que la razón se ha negado a aceptar la existencia de una verdad última y objetiva. De ello han derivado un escepticismo y un relativismo generalizados que no han llevado a la humanidad a una mayor «madurez », sino a la desesperación y la irracionalidad. Con la carta encíclica Fides et ratio, publicada la semana pasada, he deseado defender la capacidad de la razón humana de conocer la verdad. Esta confianza en la razón es parte integrante de la tradición intelectual católica, pero debe reafirmarse hoy ante una duda doctrinal muy difundida sobre nuestra capacidad de responder a las preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y adónde voy?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida? (cf. Fides et ratio , 3 y 5). Muchas personas han sido convencidas de que las únicas verdades son las que pueden demostrarse mediante la experiencia o la experimentación científica. El resultado es una tendencia a reducir el campo de la investigación racional a dimensiones tecnológicas, instrumentales, utilitarias, funcionales y sociológicas. Ha surgido una visión relativista y pragmática de la verdad. «La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas» (ib., 5). Una de las señales más sorprendentes de la actual pérdida de confianza en la verdad es la tendencia de algunos a conformarse con verdades parciales y provisionales, «sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social» (ib.). Al conformarse con el conocimiento experimental e incompleto, la razón no logra hacer justicia al misterio de la persona humana, creada para la verdad y profundamente deseosa de conocerla.

Esta actitud tan difundida tiene consecuencias graves para la fe. Si la razón no puede conocer las verdades últimas, la fe pierde su carácter racional e inteligible, y se reduce a algo indefinible, sentimental e irracional. El resultado es el fideísmo. Sin su relación con la razón humana, la fe pierde su validez pública y universal, y se limita a la esfera subjetiva y privada. Al final, se destruye la fe teológica. Basándome en estas preocupaciones, consideré importante escribir la carta encíclica Fides et ratio, dirigida a los obispos de la Iglesia, que sois los principales testigos de la verdad divina y católica (cf. Lumen gentium , 25). Deseo animaros a vosotros, los obispos, a mantener siempre abierto el horizonte de vuestro ministerio, más allá de las tareas inmediatas de vuestra actividad pastoral diaria, a la sed profunda y universal de verdad que se encuentra en todo corazón humano.

6. El diálogo de la Iglesia con la cultura contemporánea forma parte de vuestra «diaconía de la verdad» (Fides et ratio , 2). Debéis hacer todo lo posible por elevar el nivel de la reflexión filosófica y teológica, no sólo en los seminarios y en las instituciones católicas (cf. ib., 62), sino también entre los intelectuales católicos y entre todos los que buscan una comprensión más profunda de la realidad. Al acercarse el nuevo milenio, la defensa de la persona humana por parte de la Iglesia exige un firme y abierto apoyo a la capacidad de la razón humana de conocer las verdades definitivas acerca de Dios, del hombre, de la libertad y del comportamiento ético. Sólo mediante la reflexión racional, abierta a los interrogantes fundamentales de la existencia y sin prejuicios que la limiten, la sociedad puede descubrir puntos de referencia seguros, que le permitan construir bases sólidas para la vida de las personas y las comunidades. La fe y la razón, colaborando, manifiestan la grandeza del ser humano: «Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización» (ib., 107). La larga tradición intelectual de la Iglesia ha nacido de la confianza en la bondad de la creación y en la capacidad de la razón de comprender la verdades metafísicas y morales. La colaboración entre la fe y la razón, y la dedicación constante de los pensadores cristianos a la filosofía, son elementos esenciales de la renovación cultural e intelectual que debéis fomentar en vuestro país.

7. Al concluir esta serie de visitas ad limina de los obispos norteamericanos, deseo expresaros mi profunda estima por la comunión espiritual, la solidaridad y el apoyo que me habéis manifestado durante mis veinte años de pontificado. También yo me siento vuestro amigo y hermano mayor en la peregrinación de fe y fidelidad que estamos haciendo juntos por amor a Cristo y al servicio de su Iglesia. A los sacerdotes, religiosos y laicos de Estados Unidos les expreso una vez más mi estima cordial y mi gratitud, rogando al Espíritu Santo que conceda a vuestras Iglesias particulares una nueva efusión de vida y energía para la misión que aún queda por cumplir. Pido a Dios que se lleve a cabo una renovación continua y general de unidad y amor entre todos los católicos norteamericanos, de reconciliación y apoyo mutuo en la verdad de la fe. Le pido también que bendiga vuestros esfuerzos en el diálogo ecuménico con los demás cristianos y en la cooperación interreligiosa, sobre la base de los numerosos y fundamentales puntos de contacto que compartimos con todos los creyentes. Oro fervientemente para que haya un nuevo espíritu de bondad, armonía y paz en todo el pueblo norteamericano, a fin de que vuestra vida pública pueda renovarse de verdad y con honor, y vuestro país pueda realizar su destino histórico entre los pueblos del mundo.

Encomendándoos a vosotros y a vuestros hermanos en el episcopado a la solicitud amorosa de María Inmaculada, patrona celestial de Estados Unidos, os imparto mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A VARIOS GRUPOS DE PEREGRINOS Plaza de San Pedro Sábado 24 de octubre de 1998

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra acogeros y encontrarme con vosotros en esta plaza, en la que vuestras diferentes procedencias y experiencias eclesiales están llamadas a confluir, para un singular momento de Iglesia, en presencia del Sucesor de Pedro.

Dirijo a cada uno mi saludo cordial: a vosotros, socios y amigos de la asociación «Nuestra Familia»; a vosotros, dirigentes y ancianos de la Asociación nacional de centros sociales; a vosotros, peregrinos de la archidiócesis de Rávena-Cervia; a vosotros, miembros de los Consultorios familiares de inspiración cristiana; y, por último, a vosotros, que sois los más numerosos, alumnos, profesores y padres de las escuelas católicas de Roma y de otras partes de Italia.

Al veros reunidos no puedo menos de pensar en la riqueza y variedad de los dones del Espíritu Santo, suscitados y distribuidos continuamente en la Iglesia para que ella, como organismo espiritual que prolonga la acción salvífica de Cristo, se difunda en todos los ámbitos de la sociedad y llegue a los hombres y mujeres de las diversas edades y condiciones de vida. A los peregrinos de Rávena

2. Amadísimos hermanos y hermanas de Rávena, ¡sed bienvenidos! Vuestro arzobispo, monseñor Luigi Amaducci, al que abrazo fraternalmente, os ha guiado a Roma con ocasión del noveno centenario del hallazgo de la venerada imagen de la «Virgen griega», tan querida por vuestra comunidad y que, con devoción, voy a coronar. Os expreso mi gran satisfacción por esta iniciativa, que brinda la ocasión propicia para celebrar también el milenio de mi predecesor Silvestre II, el Papa del año 1000, que fue arzobispo de Rávena. Esto nos lleva a pensar en el importante papel que Rávena ha desempeñado en la historia de la Iglesia, y que oportunamente habéis conmemorado con las celebraciones del 1450 aniversario de san Vital. Ojalá que vuestra fe resplandezca como los mosaicos de vuestras estupendas basílicas.

Saludo, asimismo, al cardenal Ersilio Tonini, que fue vuestro arzobispo y que se ha unido a vuestra peregrinación a Roma.

3. Amadísimas Pequeñas Apóstoles de la Caridad; amadísimos hermanos y hermanas de la asociación «Nuestra Familia », este año se celebra el centenario del nacimiento del siervo de Dios don Luigi Monza, vuestro fundador, sacerdote lombardo animado de gran espíritu apostólico. Habéis querido recordarlo oportunamente con el congreso del pasado mes de marzo, que abordó los temas de la paternidad, la secularidad y la sociabilidad. Doy gracias al Señor por todo lo realizado a través de la obra de don Monza y de sus hijos espirituales en Italia y en otras naciones del mundo, al servicio de las personas minusválidas. «Nuestra Familia» cuenta hoy con numerosos centros de rehabilitación que demuestran, mejor que las palabras, que el Evangelio puede suscitar la fraternidad también en la sociedad contemporánea, caracterizada en muchos sectores por un nuevo paganismo. Os animo a proseguir con empeño, como Instituto y como Asociación, en el espíritu de vuestro venerado padre espiritual.

4. Me dirijo ahora a vosotros, amadísimos ancianos, que habéis venido en gran número gracias a la organización de la Asociación italiana de centros sociales, también con vistas al Año internacional del anciano, proclamado por la Organización de las Naciones Unidas para 1999. Constituís una fuerza viva de la Iglesia y dais una contribución indispensable a la sociedad, en la que la «tercera edad» representa un sector de la población en aumento. Las Casas y las demás obras de promoción social de los ancianos desempeñan un papel cada vez más importante, para que podáis ser activos, partícipes y útiles a los demás. Ojalá que, con la necesaria solidaridad entre las diversas generaciones, la comunidad cristiana sirva de ejemplo y aliciente para toda la sociedad.

5. La presencia hoy entre nosotros de tantos ancianos y tantos jóvenes nos lleva a pensar en la familia y en su importancia, no sólo social, sino también y sobre todo educativa. Por eso, me alegra particularmente acogeros a vosotros, representantes de los Consultorios familiares de inspiración cristiana, presentes en todas las regiones de Italia. Aliento de corazón vuestro valioso servicio. El congreso que estáis celebrando durante estos días afronta en particular el tema de la adopción internacional. Al respecto, espero que todo niño, especialmente si es víctima de situaciones difíciles, encuentre una familia en la que pueda crecer en el amor y prepararse para la vida.

6. Queridos amigos que formáis las comunidades educativas romanas de inspiración católica, mañana se celebra en Roma la Jornada diocesana de la escuela católica, y por eso hoy habéis querido reuniros con el Papa, juntamente con el cardenal vicario, Camillo Ruini, y el vicegerente, monseñor Cesare Nosiglia. A todos os saludo cordialmente. También se han unido a vosotros estudiantes, profesores y familias de muchas otras ciudades. Juntos renovemos nuestra petición a las autoridades competentes para que las escuelas católicas puedan vivir y crecer y se les reconozca la misma dignidad de la escuela pública. ¿Cómo no entristecerse al ver que institutos prestigiosos, apreciados por las familias, se ven obligados a cerrar? Espero que se ponga fin a ese fenómeno, que empobrece gravemente a toda la realidad escolar italiana.

Por esta razón, queridos administradores, profesores, alumnos y padres aquí presentes, vuestro compromiso educativo y cultural es más valioso aún. Ojalá que lo desempeñéis con serenidad y provecho, para que las nuevas generaciones reciban, junto con conocimientos adecuados, auténticos valores espirituales y morales.

Amadísimos hermanos y hermanas, gracias nuevamente a todos por vuestra visita. Os encomiendo a cada uno a la solícita asistencia de la santísima Virgen y os imparto de corazón, a vosotros y a vuestros seres queridos, una especial bendición apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEGUNDO CONGRESO ORGANIZADO POR EL INSTITUTO INTERNACIONAL DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL ROSTRO DE CRISTO

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Venerado hermano señor cardenal FIORENZO ANGELINI



Me alegra dirigirle, señor cardenal, mi cordial saludo, y pedirle que lo transmita a los ilustres relatores y a cuantos intervienen en el II Congreso organizado por el Instituto internacional de investigación sobre el rostro de Cristo.

Este importante encuentro de estudio brinda una valiosa contribución a la profundización de un tema central en la piedad cristiana y que tiene fundamentos sólidos en la sagrada Escritura, en la tradición patrística, en el magisterio constante de la Iglesia, en la liturgia oriental y occidental, en la reflexión teológica, y en las más elevadas expresiones de la iconografía, la literatura y el arte.

El Instituto internacional de investigación sobre el rostro de Cristo, creado en la primavera del año pasado por iniciativa suya, señor cardenal, y de la congregación benedictina de las religiosas Reparadoras de la Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo, se propone, según su estatuto, afirmar de modo científico y testimoniar en la práctica la estrecha relación existente entre la cristología y la investigación sobre el santo rostro del Redentor, mediante la triple iniciativa de promover su conocimiento, profundizar su doctrina y difundir su espiritualidad.

Conocer y contemplar el rostro de Dios es la aspiración del hombre de todos los tiempos. La dificultad, la desconfianza o la prohibición de representar a la divinidad surgen de la convicción de que toda tentativa de atribuir una imagen a Dios es inadecuada. Sin embargo, la antigua invocación del Salmo: «Brille sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4, 7), introducía proféticamente en la revelación de Cristo, puesto que el Dios de la alianza revelaba su naturaleza de Ser personal, más aún, de Padre, que en la encarnación asumiría, en Cristo, un rostro humano y a la vez divino. Jesús mismo lo declara al apóstol Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9).

La revelación cristiana libera la representación de Dios de todo antropomorfismo. En Cristo la divinidad se une a la humanidad y se hace visible en el rostro misericordioso y compasivo del Salvador, en el misterio de su encarnación, pasión, muerte y resurrección.

Vuestro Congreso, en el que también ha participado activamente el Centro de estudios e investigaciones «Ezio Aletti» de Roma, que promueve contactos ecuménicos individuales y encuentros y publicaciones adecuados, cuenta con la colaboración de profesores de teología de diferentes universidades romanas y de varias naciones del mundo, de estudiosos, científicos, investigadores y expertos en arte y otras disciplinas.

Con sensibilidad ecuménica, los participantes en el Congreso también pueden escuchar la voz de ilustres hermanos de las Iglesias ortodoxas, sin renunciar a la aportación que el judaísmo puede dar al estudio de este tema.

En una sociedad como la nuestra, una reflexión atenta y orante sobre el santo rostro de Cristo no puede menos de contribuir a hacer más eficaz la evangelización, como, por otra parte, han confirmado la extraordinaria emoción y la sincera piedad suscitadas por la reciente ostensión de la Sábana santa de Turín.

Que la veneración y el estudio del santo rostro predispongan los corazones a una especial reflexión sobre la persona del Padre, que la Iglesia va a guiar durante el próximo año, en preparación para el gran jubileo del año 2000. Con este deseo, a la vez que animo a cuantos se dedican a promover la devoción al santo rostro de Jesús, imparto de corazón, por intercesión de María santísima, íntimamente unida a la misión de Cristo, una especial bendición apostólica a usted, señor cardenal, a las religiosas Reparadoras de la Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo y a los participantes en ese Congreso internacional.

Vaticano, 23 de octubre de 1998

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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE EDITORES Y PERIODISTAS BELGAS Viernes 23 de octubre de 1998

Señor presidente; queridos amigos:

Como todos los años, habéis deseado encontraros con el Sucesor de Pedro, para ofrecerle el fruto de la colecta Donativos pontificios, organizada por las Asociaciones de editores y periodistas católicos de Bélgica. Apreciando vuestra felicitación con ocasión del aniversario de mi pontificado, me alegra acogeros en esta circunstancia y agradeceros profundamente, a vosotros y a vuestros generosos donantes, este gesto que testimonia la adhesión de los periodistas y los lectores de la prensa católica de Bélgica a la Santa Sede y a la misión de la Iglesia. A pesar de las dificultades que atraviesa vuestro país, vuestros compatriotas han aceptado renunciar a una parte de sus bienes en favor de la Iglesia universal y de sus obras de caridad. Estimo de modo particular esta iniciativa, signo de la comunión entre las comunidades cristianas que encomiendan al Papa la tarea de distribuir los donativos provenientes de las diferentes Iglesias particulares.

En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías (cf. Is 58, 6-9) recuerda que el que desea estar cerca de Dios y ser luz que brilla como la aurora, debe preocuparse por los pobres y «repartir su pan con el hambriento», como signo de amor a Dios y a sus hermanos. Con este espíritu, deseáis entregar al Sucesor de Pedro vuestra ofrenda y la de vuestros lectores. Ojalá que vuestros generosos bienhechores descubran que «perder algo por Dios significa recuperarlo muchas veces» (Orígenes, Homilía sobre el Génesis 7, 6).

Vuestro gesto recuerda también que somos solidarios con nuestros hermanos los hombres, y que debemos abrir nuestro corazón a las necesidades tanto de quienes están cerca como de los que están lejos. Éste es uno de los aspectos esenciales de la tradición constante de la Iglesia (cf. Centesimus annus , 57), puesto que el amor a los pobres es un testimonio tangible de la presencia misericordiosa de Cristo en medio de los hombres. Participamos, asimismo, en la construcción de la ciudad terrena, en la que cada uno debe poder gozar de la parte que le corresponde de la riqueza de la creación. También conviene sostener la promoción social de los pueblos con una educación y una formación apropiadas en todos los campos, para que se hagan cargo de su futuro personal y comunitario y ocupen así el lugar que les compete en el concierto de las naciones. Es deber de todos favorecer los proyectos que permitan a los hombres de cada país ser cada vez más responsables de su futuro y del de su familia, y poder alimentarse gracias a una gestión racional y equitativa de los recursos obtenidos de su tierra.

Al término de nuestro encuentro, quisiera renovar mi exhortación para que, durante el gran jubileo, los cristianos y los hombres de buena voluntad estén cada vez más atentos al sentido de la justicia en la distribución de las riquezas entre las personas y entre los pueblos.

Encomendándoos a la intercesión de nuestra Señora del Rosario y de san Francisco de Sales, os imparto de todo corazón la bendición apostólica a vosotros, así como a los miembros de vuestras asociaciones, a vuestros lectores y a vuestras familias.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON OCASIÓN DE LA FIRMA DEL «ACUERDO GLOBAL DEFINITIVO» ENTRE ECUADOR Y PERÚ

A los excelentísimos señores presidentes de la República del Ecuador y de la República del Perú

Me complace hacerme presente espiritualmente en el momento solemne de la firma del Acuerdo global y definitivo entre Ecuador y Perú, con el que se concluye el proceso de paz iniciado con la «Declaración de paz de Itamaraty», del 17 de febrero de 1995.

Me uno a la alegría de vuestros nobles pueblos, tan queridos por mí, que están unidos por muchos vínculos comunes de fe cristiana y de cultura, los cuales ven hoy cómo se cierra un capítulo doloroso de la historia de sus relaciones y se abren perspectivas duraderas de paz.

El Acuerdo tiene un alto significado, tanto para el continente americano, a la búsqueda de una integración cada vez mayor, como para toda la comunidad internacional.

Deseo congratularme vivamente con el señor presidente del Ecuador, doctor Jamil Mahuad, y con el señor presidente del Perú, ingeniero Alberto Fujimori, por el logro alcanzado.

Quiero expresar una especial gratitud a los países garantes del «Protocolo de paz, amistad y límites de Río de Janeiro » .Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos. y a sus jefes de Estado, que han manifestado una continua disponibilidad para ayudar a las partes y cuya activa colaboración, coordinada de modo eficaz por el señor presidente Henrique Cardoso, ha permitido de modo determinante llegar al destino.

Mi pensamiento se dirige también a las comunidades católicas en Ecuador y Perú, que, bajo la guía de sus pastores, con iniciativas oportunas .como, por ejemplo, las jornadas de oración por la paz. han sabido promover una auténtica «pedagogía de la paz». No dudo de que continuarán por este camino.

Deseo vivamente que vuestras naciones hermanas no dejen de avanzar, con voluntad firme y perseverante, por las vías trazadas por este Acuerdo, confiando a todos a la intercesión de santa Marianita de Quito, de santa Rosa de Lima y, sobre todo, de la santísima Virgen María, Reina de la paz, tan amada y venerada por las poblaciones de ambos países.

Sobre vuestras personas, señores presidentes, y vuestros colaboradores, sobre todo Ecuador y Perú, así como sobre quienes están ahí presentes, invoco de corazón la bendición de Dios omnipotente.

Vaticano, 23 de octubre de 1998

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL II ENCUENTRO DE POLÍTICOS Y LEGISLADORES DE EUROPA

Viernes 23 de octubre de 1998

Señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado; señoras y señores:

1. Con ocasión del II Encuentro de políticos y legisladores de Europa organizado por el Consejo pontificio para la familia, me alegra acogeros en la sede del Sucesor de Pedro. Agradezco cordialmente al señor cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo, las palabras que acaba de dirigirme en vuestro nombre.

Os expreso a todos mi profunda gratitud por haber aceptado participar, por iniciativa del Consejo pontificio para la familia, en las reflexiones de la Santa Sede sobre las cuestiones que se plantean continuamente acerca de la familia y el ámbito de la ética. Los progresos científicos y técnicos exigen una reflexión moral seria y profunda, así como legislaciones apropiadas, para poner la ciencia al servicio del hombre y de la sociedad. En efecto, no dispensan a nadie de plantearse las cuestiones morales fundamentales y encontrar respuestas adecuadas para el buen orden social (cf. Veritatis splendor, 2-3). Al dedicarse a conocer claramente los diferentes aspectos científicos, quienes tienen el deber de tomar decisiones políticas y sociales en sus naciones están llamados a fundar esencialmente sus actividades en los valores antropológicos y morales, y no en el progreso técnico que, en sí mismo, no es ni un criterio de moralidad ni un criterio de legalidad. A lo largo de este siglo, hemos podido comprobar muchas veces en Europa que, cuando se niegan los valores, las decisiones públicas tomadas no pueden menos de oprimir al hombre y a los pueblos.

2. Como hicieron en la antigüedad Sófocles y Cicerón, el filósofo contemporáneo Jacques Maritain recuerda que «el bien común de las personas humanas » consiste en «la vida buena de la multitud» (Les droits de l'homme et la loi naturelle, p. 20). El punto de partida de esta filosofía es la persona humana, que «tiene una dignidad absoluta, puesto que está en relación directa con lo absoluto» (ib., p. 16). Ya se sabe que algunas personas querrían justificar, en nuestros días, la obra del político que, «en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público » (Evangelium vitae , 69). Pero, en realidad, el valor de este último, particularmente en el marco de la vida democrática, «se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son, ciertamente, la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el .bien común. como fin y criterio regulador de la vida política» (ib., 70).

3. En el ámbito de la vida social, la Iglesia presta gran atención a las instituciones primarias, como la familia, célula básica de la sociedad, que sólo puede existir si se respetan los principios. La familia representa para cada nación y para toda la humanidad un bien de suma importancia. Ya en la antigüedad, como muestra Aristóteles, era considerada la institución social primera y fundamental, anterior y superior al Estado (cf. Ética a Nicómaco, VII, 12, 18), pues contribuye eficazmente a la bondad de la sociedad misma.

Es importante, por tanto, que los que están llamados a guiar el destino de las naciones reconozcan y afirmen la institución matrimonial; en efecto, el matrimonio tiene una condición jurídica específica, que reconoce derechos y deberes por parte de los esposos, de uno con respecto al otro y de ambos en relación con los hijos, y el papel de las familias en la sociedad, cuya perennidad aseguran, es primordial. La familia favorece la socialización de los jóvenes y contribuye a atajar los fenómenos de violencia mediante la transmisión de valores y mediante la experiencia de la fraternidad y la solidaridad, que permite vivir diariamente. En la búsqueda de soluciones legítimas para la sociedad moderna, no se la puede poner en el mismo nivel de simples asociaciones o uniones, y éstas no pueden beneficiarse de los derechos particulares vinculados exclusivamente a la protección del compromiso matrimonial y de la familia, fundada en el matrimonio, como comunidad de vida y de amor estable, fruto de la entrega total y fiel de los esposos, abierta a la vida. Desde el punto de vista de los responsables de la sociedad civil, es importante que sepan crear las condiciones necesarias a la naturaleza específica del matrimonio, a su estabilidad y a la acogida del don de la vida.

En efecto, respetando la legítima libertad de las personas, equiparar al matrimonio otras formas de relación entre las personas y legalizarlas es una decisión grave, que no puede menos de perjudicar a la institución matrimonial y familiar. A largo plazo, sería perjudicial que ciertas leyes, no fundadas ya en los principios de la ley natural, sino en la voluntad arbitraria de las personas (cf. Catecismo de la Iglesia católica , n. 1904), concedieran la misma situación jurídica a diferentes formas de vida en común, creando gran confusión. Por tanto, las reformas relativas a la estructura familiar consisten ante todo en un fortalecimiento del vínculo conyugal y en un apoyo cada vez mayor a las estructuras familiares, recordando que los hijos, que en el futuro serán los protagonistas de la vida social, son los herederos de los valores recibidos y de la atención dedicada a su formación espiritual, moral y humana.

No hay que subordinar jamás la dignidad de la persona y de la familia solamente a los elementos políticos o económicos, o incluso a simples opiniones de posibles grupos de presión, aunque sean importantes. El ejercicio del poder descansa en la búsqueda de la verdad objetiva y en la dimensión de servicio al hombre y a la sociedad, reconociendo a toda persona humana, incluso a la más pobre y humilde, su dignidad trascendente e imprescriptible. Con este criterio deben tomarse las decisiones políticas y jurídicas indispensables para el futuro de la civilización.

4. Por otra parte, los niños son una de las riquezas principales de una nación, y conviene ayudar a los padres a cumplir su misión educativa, respetando los principios de responsabilidad y subsidiariedad, afirmando así el valor eminente de este servicio. Se trata de un deber y de una solidaridad legítima de toda comunidad nacional. En cierto modo, una sociedad y su futuro dependen de la política familiar que se pone en práctica.

5. Hoy, numerosas acciones contra la vida, reivindicadas como gestos de libertad, constituyen lo que he llamado «cultura de la muerte» (Evangelium vitae , 12), que atenta contra los niños por nacer y contra las personas enfermas o ancianas. Es evidente que asistimos a una debilitación del sentido y del valor de la vida, así como a una especie de anestesia de las conciencias. Y todo atentado contra la vida de una persona es también un atentado contra la humanidad, ya que existe un vínculo de fraternidad entre todos los seres humanos, y nadie puede ser indiferente ante lo que le sucede a un hermano. Por consiguiente, los cristianos y los hombres de buena voluntad están llamados a unir sus fuerzas, con firmeza y paciencia, para hacer que triunfe la «cultura de la vida », especialmente entre los jóvenes, a los que conviene dar una educación apropiada en los ámbitos moral, antropológico y biológico. La libertad y el sentido de la responsabilidad deben inculcarse desde la más tierna edad, para que lleguen a ser lo que son verdaderamente: «A la vez, inalienable autoposesión y apertura universal» (Veritatis splendor , 86). Así, los jóvenes estarán en condiciones de comprender lo que es la persona humana, realizar actos responsables en favor de la vida y convertirse en sus defensores ante las personas de su entorno.

6. Defender la vida en un mundo que carece de puntos de referencia supone recurrir a datos antropológicos claros y objetivos, para mostrar que, desde su concepción y hasta su fin natural, una persona es única y digna del respeto debido a todo ser humano, en virtud de su origen y su destino. Todo atentado contra la vida es una forma de negación de la dignidad personal del hombre que desfigura también a la humanidad y la solidaridad entre los seres humanos, dado que viola «el parentesco espiritual que agrupa a los hombres en una única gran familia, donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal» (Evangelium vitae , 8). Todos los hombres están llamados a buscar el bien de las personas y el bien común, promulgando leyes justas y equitativas, pues la fuerza de las leyes implica la rectitud de las personas y la confianza necesaria para la convivencia social (cf. ib., 59). Los invito, asimismo, a seguir interesándose por la formación de la conciencia moral y cívica de las personas que, por medio de la recta razón, ilumina a los ciudadanos en su conducta personal y comunitaria, fundada en los principios de la verdad, la justicia, la igualdad y la caridad.

7. Queridos participantes en este Encuentro, legisladores, políticos, responsables de asociaciones familiares o universitarias, os animo a proseguir vuestra reflexión y a transmitir vuestras convicciones morales y espirituales a las personas con las que colaboráis. Se trata de un servicio que hay que prestar a los hombres, para que su vida esté en armonía con lo que verdaderamente están llamados a ser. Es importante ayudar a nuestros contemporáneos a buscar la verdad y a fundar su vida en una sana antropología: sólo ellas dan el sentido profundo a toda existencia, como he subrayado en mi reciente encíclica Fides et ratio .

Al término de este encuentro, pido a Cristo que derrame su Espíritu sobre vosotros para que permanezcáis fieles a los valores fundamentales y a las convicciones que deben guiar vuestra misión en el seno de la sociedad, y, a la vez, os imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros, así como a vuestros colaboradores y a los miembros de vuestras familias.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA VISITA OFICIAL AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ITALIANA, OSCAR LUIGI SCALFARO Martes 20 de octubre de 1998

Señor presidente:

1. Me encuentro de nuevo en este histórico palacio, residencia del primer mandatario de la República italiana, para una visita programada desde hace mucho tiempo y anunciada oficialmente hace un mes. Gracias por las amables palabras de bienvenida con que me ha acogido, haciéndose intérprete de los sentimientos del pueblo italiano. Gracias por la atención con que, reconociendo las respectivas competencias, se empeña en realizar la colaboración entre el Estado y la Iglesia, «para la promoción del hombre y el bien del país», prevista en los Acuerdos del 18 de febrero de 1984.

Esta visita es continuación de otros provechosos encuentros y testimonia que la colaboración entre la Iglesia y el Estado en Italia puede producir efectos benéficos en la vida concreta de los ciudadanos italianos y de las instituciones. No puedo menos de alegrarme por ello y elevar al Señor, en esta circunstancia tan significativa, una pública acción de gracias.

2. Estoy aquí, hoy, como Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal. En efecto, desde Roma, desde «nuestra» Roma, cumplo esta misión apostólica. En virtud del mandato que me ha encomendado Cristo y que me constituye Obispo de Roma y Primado de Italia, yo, aunque vengo de un país lejano, me siento plenamente romano e italiano. Mi implicación en la historia de la ciudad y de Italia no representa sólo un hecho formal: con el paso de los años ha aumentado mi participación cordial en la vida de un pueblo, en el que me introdujo la Providencia ya desde los años de mi juventud, cuando, tras mi ordenación sacerdotal, mi obispo me envió a esta ciudad para perfeccionar los estudios académicos. Ya entonces pude tomar contacto con el carácter vivaz y la religiosidad sincera de los romanos. Recuerdo siempre la calle del Quirinal, porque viví en el número 26 de la misma, en el Colegio Belga. Cada día, por la mañana y por la tarde, la recorría, pasando cerca del palacio presidencial. Eran los años 1946-1948. Esa cercanía se profundizó después durante mis frecuentes viajes a Roma y se consolidó en el concilio Vaticano II. Al nombrarme cardenal, mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI me incluyó en el clero romano, asignándome el título de la iglesia de San Cesáreo en Palatio. Luego, la tarde del 16 de octubre de hace veinte años, el Señor me llamó a ser Sucesor de Pedro, uniendo para siempre, con un misterioso designio, mi vida a Italia. Y quiero recordar también otras circunstancias. Aquí, en Italia, sobre todo en Montecassino, combatieron muchos de mis compañeros de clase. Varios de ellos perdieron la vida y se hallan sepultados cerca de Ancona y en otros lugares. También ellos, en cierto sentido, me prepararon el camino.

Durante estos veinte años de pontificado, he participado cada vez más en las alegrías y en los sufrimientos, en los problemas y en las esperanzas de la nación italiana, entablando profundas relaciones con los fieles de todas sus regiones durante mis visitas pastorales y mis frecuentes encuentros, y recibiendo por doquier muestras de estima y afecto.

3. Roma y la Sede de Pedro. Desde hace dos mil años, estas dos realidades, sucediéndose las personas y las instituciones, se encuentran y se relacionan. Las formas de esta relación, en el decurso de los siglos, han afrontado diversas vicisitudes, en las que se mezclan momentos de luz y de sombra. Sin embargo, a nadie escapa que ambas se pertenecen y que no se puede comprender la historia de una sin hacer referencia a la misión de la otra.

Esta relación particular a lo largo de los siglos muestra los beneficios que ambas instituciones reciben de esta cercanía providencial. A la presencia de Pedro y de sus Sucesores, Roma y los habitantes de Italia deben la mayor riqueza de su patrimonio espiritual y de su identidad cultural: la fe cristiana.

No podemos menos de pensar aquí en los sorprendentes escenarios de arte, derecho, literatura, estructuras urbanísticas y obras caritativas, así como en el rico patrimonio de tradiciones y costumbres populares, que constituyen una expresión elocuente de la arraigada y feliz presencia del cristianismo en la vida del pueblo italiano. Estas riquezas de humanidad y cultura han sido para la Iglesia valiosos instrumentos con vistas a la difusión del Evangelio en todo el mundo.

4. Ahora la activa concordia entre Italia y la Iglesia católica debe confirmarse, e incluso intensificarse, durante la preparación para el gran jubileo del año 2000. Con esa celebración, los cristianos quieren dar gracias al Señor por el acontecimiento decisivo de la encarnación del Hijo de Dios y preparase para cruzar, renovados espiritualmente, el umbral del tercer milenio. El jubileo es un acontecimiento sobre todo espiritual, una ocasión de reconciliación y conversión, propuesta a los seguidores de Cristo y a todos los hombres de buena voluntad, para que puedan transformarse en el alma y la levadura de un nuevo milenio, caracterizado por una verdadera justicia y una paz auténtica. Nuestro siglo ha conocido las tragedias causadas por ideologías que, combatiendo toda forma de religión, se engañaron creyendo que iban a construir una sociedad sin Dios o, incluso, contra Dios.

Ojalá que el próximo jubileo ofrezca a todos la oportunidad de reflexionar sobre la urgente responsabilidad de construir un mundo que sea la «casa del hombre», de todo hombre, en el pleno respeto a la vida humana, desde su nacimiento hasta su ocaso natural. A este respecto, los cristianos tienen la misión de proclamar y testimoniar que Cristo es el centro y el corazón de la nueva humanidad, orientada a la realización de la «civilización del amor».

También para el pueblo italiano el jubileo constituirá una valiosa ocasión para redescubrir su auténtica identidad y comprometerse, a la luz de los grandes valores cristianos de su tradición, a construir una nueva era de progreso y convivencia fraterna.

5. El esfuerzo y la cooperación de todos permitirán que el próximo Año santo sea un nuevo capítulo de la extraordinaria historia de fidelidad al Evangelio y disponibilidad a la acogida que distinguen a Italia. El pensamiento va espontáneamente al florecimiento de santos y santas que ha vivido el pueblo italiano. También es preciso recordar la innumerable multitud de sacerdotes, religiosos y religiosas, que se han convertido en maestros e inspiradores de bien en toda Italia y en muchas partes del mundo. Y ¿qué decir de tantos padres y madres que, con su entrega discreta, amorosa y fiel, han transmitido a sus hijos modelos de vida singularmente ricos en sabiduría humana y cristiana?

Precisamente observando estos resultados y la labor formadora de la familia, de la que dependen, siento el deber de dirigir un apremiante llamamiento para que la sociedad italiana defienda y sostenga con todos los medios a su alcance esa institución primordial, según el proyecto querido por el Creador. En la firme fidelidad de los esposos y en su apertura generosa a la vida están los recursos para el crecimiento moral y civil del país.

Familias sanas, país sano: es un engaño creer que se puede tener un país sano sin preocuparse de hacer todo lo posible para que haya familias sanas. Una familia sana sabe transmitir los valores en que se funda toda convivencia ordenada, comenzando por el valor fundamental de la vida, cuyo mayor o menor respeto es la medida del grado de civilización de un pueblo.

A esta luz, espero que se haga lo posible con vistas a la tutela pronta e iluminada de toda expresión de la vida humana, para vencer la plaga del aborto y evitar cualquier forma de legalización de la eutanasia. También espero que, en el amplio ámbito del servicio a la vida, los principios de libertad y pluralismo de la Constitución italiana se traduzcan en adecuadas medidas legislativas, incluso por lo que respecta al derecho de los padres a elegir el modelo educativo que consideran más adecuado para el crecimiento cultural de sus hijos. Todo esto no sólo implica la garantía de un derecho efectivo al estudio, sino también la posibilidad de elección del tipo preferido de escuela, sin discriminaciones ni penalizaciones, como, por otra parte, ya sucede en la mayor parte de los países europeos.

6. El amor y la solicitud por Italia me impulsan a recordar los graves problemas que aún afectan a la nación, el primero de los cuales es el desempleo. Deseo, asimismo, manifestar mi preocupación solidaria por los numerosos inmigrantes, por las víctimas de secuestros y violencias, y por los jóvenes que se interrogan con inquietud sobre su futuro. Al respecto, expreso mi gran aprecio a cuantos, en las instituciones y en las múltiples y beneméritas formas de voluntariado, trabajan para solucionar esos problemas.

Durante estos años, la Iglesia ha acompañado los acontecimientos italianos no sólo con la «gran oración por Italia», sino también con la propuesta de indicaciones y contribuciones ideales para que la nación recupere su alma profunda y aproveche su gran herencia de fe y cultura. Tengo muy presente el difícil momento que está viviendo Italia y aseguro mi constante recuerdo ante el Señor por este pueblo, al que tanto amo.

Señor presidente, en este momento solemne quiero expresar mi deseo de que la nación italiana, consciente de su tradición y fiel a los valores civiles y espirituales que la distinguen, halle en esas riquísimas potencialidades orientaciones y estímulo para alcanzar las metas de auténtica moralidad, prosperidad y justicia a las que aspira, y ofrezca al concierto de las naciones cualificadas contribuciones para la causa del desarrollo y de la paz.

Con estos sentimientos, al mismo tiempo que invoco la intercesión de los santos patronos, y especialmente de la Virgen María, amada con tanta ternura en todo este país, le deseo a usted y a todos los italianos la constante bendición del Señor.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UNA PEREGRINACIÓN DE BIELORRUSIA Sábado 17 de octubre de 1998

1. Con gran alegría y emoción os saludo, queridos peregrinos de Bielorrusia. De modo particular, saludo al señor cardenal Kazimierz •wi•tek, metropolitano de Minsk-Mohilev y administrador de Pinsk, y le agradezco las palabras que me ha dirigido. La persona del cardenal me es muy querida y, por eso, me alegra poder darle la bienvenida en este encuentro. Saludo al obispo de Grodno y a su nuevo obispo auxiliar, así como a los representantes del clero, de las congregaciones religiosas y de los fieles de la Iglesia en Bielorrusia. Os agradezco vuestra presencia y las oraciones que ofrecéis por mi ministerio universal. Que Dios os lo pague. Y dado que los cardenales Szoka y Maida, de Estados Unidos, nos han querido honrar con su presencia en este encuentro, deseo darles las gracias en particular porque se han sentido implicados de alguna manera en esta primera peregrinación bielorrusa al Vaticano. La motivación del cardenal Szoka está vinculada a la historia de su familia.

2. La mayor parte de vosotros viene por primera vez a la ciudad eterna. Ciertamente, ésta es una peregrinación histórica. En efecto, venís de un país que ha reconquistado su independencia; en él la Iglesia puede realizar ahora libremente su misión. Esto sucedió gracias a los históricos acontecimientos que tuvieron lugar en la Europa centrooriental entre los años 1989 y 1990. ¡Cuántos de vosotros llevan aún en su corazón los dolorosos recuerdos y las heridas de las experiencias trágicas y de los abusos sufridos en las crueles deportaciones forzadas a tierras lejanas y desconocidas o en las deportaciones a los campos de concentración! ¡Cuántos de vuestros seres queridos no han vuelto nunca a sus hogares! ¡Cuántos sufren aún hoy a causa de la separación y de la muerte de personas a quienes amaban tanto! Deseo mencionar también las persecuciones que la Iglesia católica sufrió en aquel tiempo. ¿Quién puede contar todos los sufrimientos de los fieles laicos, de los sacerdotes, de los religiosos y las religiosas en Bielorrusia? Hablo hoy de esto porque llevo profundamente en el corazón todo lo que os visteis obligados a padecer durante los terribles años de la segunda guerra mundial y en el período de la posguerra. También quisiera rendir homenaje a los que en esas terribles condiciones conservaron su dignidad, dando a menudo un testimonio heroico de amor a Dios y a la Iglesia. En particular, me dirijo al señor cardenal, cuya vida, caracterizada por sufrimientos y humillaciones, refleja en cierto modo el destino de familias enteras o de algunas personas, y de toda la sociedad.

3. Habéis venido a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo para dar gracias a Dios, que os ha sostenido con su fuerza en el tiempo de la prueba y la opresión. Habéis agradecido a Dios el don de la fe y la valentía con que habéis defendido la tradición cristiana. Habéis venido también para buscar aquí el consuelo que puede sosteneros en el camino que aún os espera. No basta poseer la libertad; es necesario conquistarla y formarla continuamente. Puede usarse bien o mal, poniéndola al servicio de un bien auténtico o de uno aparente. Hoy en el mundo se ha difundido un concepto erróneo de libertad. No faltan quienes proclaman una falsa libertad. Es preciso que cada uno sea plenamente consciente de esto. Hay que pedir a Dios que haga fructificar el bien que se hizo en el pasado y que sigue haciéndose todavía hoy en vuestra tierra, para que no falten en los corazones la fortaleza, la magnanimidad y la esperanza.

4. Fijad vuestra mirada en Cristo, «enraizados y edificados en él, apoyados en la fe» (Col 2, 7). Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6) para cada hombre, y para todas las sociedades y las naciones. Edificad sobre Cristo el futuro de vuestras familias y de vuestro Estado. Sólo él puede conceder al mundo la luz y las energías para responder a todos los desafíos que vuestra comunidad nacional debe afrontar. Que en el camino hacia el tercer milenio os acompañe la santísima Madre de Dios y os ayude a conservar vuestro grande y valioso patrimonio de fe.

Aprovecho esta ocasión para dirigir un cordial saludo a todos los ciudadanos de Bielorrusia. Deseo para vuestro país todo bien y un gran desarrollo espiritual y material. Que en vuestra tierra todos se sientan felices. Construid juntos vuestro presente y vuestro futuro.

Recibo de vosotros muchas cartas que me invitan a visitar Bielorrusia. El señor cardenal lo ha confirmado hoy en su discurso. Quizá la divina Providencia me permita aceptar un día vuestra amable invitación. Esperemos que así sea. Hay que rezar por esta intención con fervor.

Os bendigo de corazón a todos vosotros, aquí presentes, así como a vuestras familias y a vuestros seres queridos.

Os bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¡Alabado sea Jesucristo!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE COLORADO, WYOMING, UTAH, ARIZONA Y NUEVO MÉXICO EN VISITA «AD LIMINA» Sábado 17 de octubre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con gran alegría os saludo a vosotros, pastores de la Iglesia en los Estados de Colorado, Wyoming, Utah, Arizona y Nuevo México. Vuestra visita ad limina, que os trae para «ver a Pedro» (cf. Ga 1, 18), quiere ser, en la vida de las Iglesias particulares que presidís, una oportunidad «para estrechar la unidad en la fe, la esperanza y la caridad, y hacer conocer y apreciar cada vez más el inmenso patrimonio de valores espirituales y morales que toda la Iglesia, en comunión con el Obispo de Roma, ha difundido en el mundo entero» (Pastor bonus, Anexo I, 3).

En esta serie de encuentros con los obispos de Estados Unidos, he puesto de relieve que la aplicación fiel y esmerada de las enseñanzas del concilio Vaticano II es el camino indicado por el Espíritu Santo a toda la Iglesia, a fin de que se prepare para el gran jubileo del año 2000 y el comienzo del nuevo milenio. La renovación de la vida cristiana, una de las finalidades principales de los trabajos del Concilio, fue también el objetivo que llevó al Papa Juan XXIII a promover una revisión del Código de derecho canónico (cf. Discurso a los cardenales de la Curia romana, 25 de enero de 1959), deseo que reafirmaron los padres del Concilio (cf. Christus Dominus , 44). Tras un largo trabajo, el fruto de esta revisión ha sido el nuevo Código de derecho canónico, promulgado en 1983, y el Código de cánones de las Iglesias orientales, promulgado en 1990. Hoy deseo reflexionar en algunos aspectos de vuestro ministerio relacionados con el lugar que ocupa el derecho en la Iglesia.

2. El objetivo inmediato de la revisión del Código era asegurar que incorporara la eclesiología del concilio Vaticano II. Y, dado que la enseñanza del Concilio pretendía suscitar nuevas energías para una nueva evangelización, es evidente que la revisión del Código forma parte de la serie de gracias y dones que el Espíritu Santo ha derramado de modo tan abundante sobre la comunidad eclesial para que, fiel a Cristo, entre en el próximo milenio procurando testimoniar la verdad, salvar y no juzgar, servir y no ser servida (cf. Tertio millennio adveniente , 56).

Para comprender mejor la relación entre derecho y evangelización, debemos considerar las raíces bíblicas del derecho en la Iglesia. El Antiguo Testamento insiste en que la Torah es el mayor don de Dios a Israel, y todos los años el pueblo judío sigue celebrando la solemnidad denominada fiesta de la Torah. La Torah es un gran don porque abre al pueblo, en todo tiempo y lugar, el camino de un Éxodo siempre nuevo. Nosotros, como Israel, debemos hacer esta reflexión: hace mucho tiempo nuestros antepasados salieron de la esclavitud de Egipto, pero nosotros, ¿cómo podemos salir de la esclavitud que nos aflige, del Egipto de nuestro tiempo y lugar? La respuesta bíblica es: encontraréis la libertad, si obedecéis a esa ley divina. Por tanto, en el centro de la revelación bíblica está el misterio de una obediencia liberadora, que alcanza su máxima expresión en Cristo crucificado, que «obedeció hasta la muerte» (Flp 2, 8). La suprema obediencia hizo posible la liberación definitiva de la Pascua.

Por eso, en la Iglesia el derecho tiene como fin defender y promover «la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 21); ésta es la buena nueva que Cristo nos envía a transmitir al mundo. Considerar el derecho como algo espiritualmente liberador contrasta con cierta interpretación del derecho difundida en la cultura occidental, que tiende a verlo como un mal necesario, una especie de control exigido para garantizar los frágiles derechos humanos y contener las pasiones humanas rebeldes, pero que desaparecería en el mejor de todos los mundos posibles. Ésta no es la concepción bíblica; ni tampoco puede ser la de la Iglesia.

La autoridad en la Iglesia, al ser un ministerio sagrado al servicio de la proclamación de la palabra de Dios y la santificación de los fieles, sólo puede entenderse como un medio para el desarrollo de la vida cristiana de acuerdo con las exigencias radicales del Evangelio. El derecho eclesiástico configura la comunidad o el cuerpo social de la Iglesia, siempre con vistas al objetivo supremo que es la salvación de las almas (cf. Código de derecho canónico, cánones 747, 978 y 1752). Dado que este fin último se alcanza sobre todo mediante la novedad de la vida en el Espíritu, las disposiciones del derecho buscan salvaguardar y fomentar la vida cristiana, regulando el ejercicio de la fe, los sacramentos, la caridad y el gobierno eclesiástico.

3. El bien común que el derecho protege y promueve no es un orden meramente externo, sino el conjunto de las condiciones que hacen posible la realidad espiritual e interna de la comunión con Dios y de la comunión entre los miembros de la Iglesia. Por consiguiente, como normas fundamentales, las leyes eclesiásticas obligan en conciencia. En otras palabras, la obediencia a la ley no es una mera sumisión externa a la autoridad, sino un medio de crecimiento en la fe, en la caridad y en la santidad, bajo la guía y por la gracia del Espíritu Santo. En este sentido, el derecho canónico tiene características particulares, que lo distinguen del derecho civil y que impiden la aplicación de las estructuras legales de la sociedad civil a la Iglesia sin las necesarias adaptaciones. Es preciso apreciar estas características para superar algunas de las dificultades que han surgido recientemente con respecto a la comprensión, la interpretación y la aplicación del derecho canónico.

Entre esas características, figura la índole pastoral del derecho y del ejercicio de la justicia en la Iglesia. De hecho, la índole pastoral del derecho canónico es la clave para una correcta interpretación de la equidad canónica, la actitud de la mente y del espíritu que mitiga el rigor de la ley, para favorecer un bien mayor. En la Iglesia, la equidad es una expresión de la caridad en la verdad, orientada a una justicia más elevada que coincide con el bien sobrenatural de la persona y de la comunidad. La equidad, por tanto, debería caracterizar la actuación del pastor y del juez, que deben inspirarse continuamente en el modelo del buen Pastor, «que consuela al que ha sido herido, guía al que ha errado, reconoce los derechos de quien ha sido dañado, calumniado o injustamente humillado» (Pablo VI, Discurso a la Rota romana, 8 de febrero de 1973, III: L.Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de febrero de 1973, p. 11). Elementos como la dispensa, la tolerancia, las causas eximentes o atenuantes, y la epiqueya, no han de entenderse como una disminución de la fuerza de la ley, sino como un complemento, ya que garantizan realmente que se respete la finalidad fundamental del derecho. De igual modo, las censuras eclesiásticas no son punitivas sino medicinales, dado que aspiran a suscitar la conversión del pecador. Toda ley en la Iglesia tiene la verdad y la caridad como sus elementos constitutivos y sus principios inspiradores fundamentales.

4. El Código especifica los deberes de los obispos con respecto a la institución de tribunales y a su actividad. No basta asegurar que los tribunales diocesanos dispongan de personal y medios para funcionar correctamente. Vuestra responsabilidad como obispos, por la cual os animo a velar de forma especial, consiste en asegurar que los tribunales diocesanos desempeñen fielmente el ministerio de la verdad y la justicia. En mi ministerio he sentido siempre el peso de esta particular responsabilidad. Como Sucesor de Pedro, tengo motivos para sentir una profunda gratitud hacia mis colaboradores en los diversos tribunales de la Sede apostólica: especialmente hacia la Penitenciaría apostólica, el Tribunal supremo de la Signatura apostólica y el Tribunal de la Rota romana, que me ayudan en ese ámbito de mi ministerio relacionado con la correcta administración de la justicia. El derecho canónico concierne a todos los aspectos de la vida de la Iglesia y, por tanto, impone a los obispos muchas responsabilidades; pero no cabe duda de que estas responsabilidades se sienten con mayor intensidad y resultan más complejas en el ámbito del matrimonio. La indisolubilidad del matrimonio es una enseñanza que proviene de Cristo mismo, y los pastores y los agentes pastorales tienen como primer deber ayudar a las parejas a superar cualquier dificultad que pueda surgir. Remitir las causas matrimoniales al tribunal debería ser el último recurso. Hay que ser muy prudentes al explicar a los fieles lo que significa una declaración de nulidad, para evitar el peligro de que la consideren como un divorcio con nombre diferente. El tribunal ejerce un ministerio de verdad: su finalidad es «comprobar si existen factores que por ley natural, divina o eclesiástica, invalidan el matrimonio; y llegar a emanar una sentencia verdadera y justa sobre la pretendida inexistencia del vínculo conyugal» (Discurso a la Rota romana, 4 de febrero de 1980, n. 2: L.Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de febrero de 1980, p. 9). El proceso que lleva a una decisión judicial acerca de la presunta nulidad del matrimonio debería demostrar dos aspectos de la misión pastoral de la Iglesia. En primer lugar, tendría que manifestar claramente el deseo de ser fieles a la enseñanza del Señor sobre la naturaleza permanente del matrimonio sacramental. En segundo lugar, debería inspirarse en una auténtica solicitud pastoral para con los que recurren al ministerio del tribunal a fin de que aclarar su situación en la Iglesia.

5. La justicia exige que la actividad de los tribunales se lleve a cabo de manera esmerada y con estricta observancia de las disposiciones y procedimientos canónicos. Como moderadores de vuestros tribunales diocesanos, tenéis el deber de asegurar que los oficiales del tribunal sean idóneos (cf. Código de derecho canónico , cánones 1420, § 4; 1421, § 3; 1428, § 2; 1435) y posean un doctorado o, por lo menos, una licenciatura en derecho canónico. Cuando esto no sea posible, deberán contar con la debida dispensa de la Signatura apostólica, después de haber recibido una formación especializada para su cargo. Por lo que respecta a los oficiales del tribunal, os exhorto particularmente a velar para que el defensor del vínculo sea diligente en la presentación y exposición de todo lo que pueda aducirse razonablemente contra la nulidad del matrimonio (cf. ib., c. 1432). Los obispos en cuyos tribunales se llevan causas de segunda instancia deberían asegurar que las traten con seriedad y no confirmen casi automáticamente el juicio del tribunal de primera instancia.

Ambas partes de una causa matrimonial tienen derechos que han de respetarse escrupulosamente. Son, entre otros, el derecho a ser escuchados para la formulación de la duda; el derecho a conocer sobre qué bases se instruirá el proceso; el derecho a designar testigos; el derecho a examinar las actas; el derecho a conocer y refutar los argumentos de la otra parte y del defensor del vínculo; y el derecho a recibir una copia de la sentencia final. Hay que informar a las partes sobre el modo como pueden impugnar la sentencia definitiva, incluyendo el derecho a apelar en segunda instancia al Tribunal de la Rota romana. Por lo que concierne a los procesos instruidos sobre la base de incapacidad psíquica, es decir, sobre la base de una grave anomalía psíquica que incapacita a las personas para contraer matrimonio válido (cf. ib., c. 1095), el tribunal debe recurrir a la ayuda de un psicólogo o de un psiquiatra que comparta la antropología cristiana, de acuerdo con la concepción que tiene la Iglesia de la persona humana (cf. Discurso a la Rota romana, 5 de febrero de 1987).

Un proceso canónico nunca debe ser considerado como una mera formalidad que hay que cumplir o como una serie de reglas que hay que manejar. El juez no ha de pronunciar una sentencia de nulidad del matrimonio si antes no ha conseguido la certeza moral de la existencia de dicha nulidad; la mera probabilidad no basta para dictar sentencia (cf. ib., n. 6; Código de derecho canónico, c. 1608). La certeza moral, que no es sólo probabilidad o convicción subjetiva, «se caracteriza, desde el punto de vista positivo, por la exclusión de toda duda bien fundada o razonable; desde el punto de vista negativo, admite la posibilidad absoluta de lo contrario, y en esto difiere de la certeza absoluta» (Pío XII, Discurso a la Rota romana, 1 de octubre de 1942, n. 1). La certeza moral procede de una serie de indicaciones y demostraciones que, tomadas separadamente, podrían no ser decisivas, pero que, si se consideran en su conjunto, pueden excluir toda duda razonable. Si el juez no puede alcanzar la certeza moral en el proceso canónico, debe sentenciar en favor de la validez del vínculo matrimonial (cf. Código de derecho canónico , c. 1608, § 3 y § 4): el matrimonio goza del favor de la ley.

Fidelidad a la ley 6. Queridos hermanos en el episcopado, estas breves consideraciones tienen como finalidad animaros a velar por la aplicación fiel de la legislación canónica: esto es esencial, si la Iglesia quiere cumplir con fidelidad su misión salvífica (cf. constitución apostólica Sacrae disciplinae leges ). Vuestro ministerio episcopal debería tener como preocupación central promover una mayor estima de la importancia del derecho canónico en la vida de la Iglesia y la aplicación de medidas para garantizar una administración más eficaz y esmerada de la justicia. La fidelidad a la ley eclesiástica tendría que ser una parte vital de la renovación de vuestras Iglesias particulares. Es una condición para suscitar nuevas energías con vistas a la evangelización, en el umbral del tercer milenio cristiano. Encomiendo vuestros esfuerzos pastorales, orientados a esa finalidad, a la intercesión materna de María, Espejo de justicia, y a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis, imparto de buen grado mi bendición apostólica.

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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO A LOS CABALLEROS DEL SANTO SEPULCRO Sábado 17 de octubre de 1998

Señor cardenal; ilustres señores; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra daros un cordial saludo en esta circunstancia, en que están reunidos en Roma el Gran Maestrazgo y los lugartenientes de la antigua e ilustre orden ecuestre del Santo Sepulcro.

Agradezco al señor cardenal Carlo Furno, vuestro gran maestre, las nobles palabras que me ha dirigido, haciéndose intérprete de vuestros sentimientos, y le expreso mi gratitud por el obsequio que ha querido hacerme en nombre de todos.

Queridos hermanos, vuestro compromiso de apostolado y caridad es, ante todo, obra que nace de profundas motivaciones de fe: fe en Cristo, Hijo de Dios encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, cuyo cuerpo sin vida estuvo en el sepulcro, del que resucitó la mañana de Pascua. Los meses que nos separan del gran jubileo son una ocasión propicia para reafirmar con convicción esta fe en el Señor Jesús, haciendo partícipes, mediante un testimonio convencido, a cuantos se acercan a vosotros para buscar una palabra de esperanza y un gesto de caridad, que broten de vuestra plena adhesión al Redentor del hombre.

2. El signo que distingue vuestra orden es la cruz roja de Tierra santa. Representa las llagas del Señor y su sangre, que ha redimido a toda la humanidad. Ojalá que esté grabada en vuestro corazón, de modo que en toda circunstancia seáis testigos de Cristo y miembros vivos y activos en vuestras comunidades eclesiales. Animados interiormente por la devoción a la cruz de Cristo, sabréis difundir en vuestro entorno el amor a la tierra que el Redentor recorrió durante su existencia terrena, moviendo el corazón de los creyentes para que a la Iglesia que vive en los lugares santificados por la presencia de Cristo no le falte la ayuda necesaria para realizar el proyecto providencial de Dios.

Por tanto, vuestra misión es importante y significativa. Fieles a vuestro peculiar carisma, estáis llamados a imitar, de algún modo, el celo caritativo del apóstol Pablo, que buscaba ayuda «en bien de los santos» de Jerusalén (cf. 2 Co 8, 4), exhortando a las diversas Iglesias a recoger limosnas para los hermanos de Jerusalén, puesto que «si los gentiles han participado en sus bienes espirituales, ellos a su vez deben servirles con sus bienes temporales» (Rm 15, 27).

3. ¿Y qué decir de vuestro valioso servicio a la unidad de los creyentes? Obedientes a las disposiciones del concilio Vaticano II, y según las posibilidades de cada uno, es preciso que seáis promotores convencidos del ecumenismo, creando oportunas iniciativas de cooperación con las demás confesiones cristianas, y también cuidando el diálogo atento y provechoso con los seguidores de las demás religiones, bajo la guía de los obispos, para reforzar la paz en la tierra del Príncipe de la paz, en Jerusalén, que es símbolo de la felicidad eterna.

Son diversos los modos de contribuir a la realización plena de la vocación típica de la ciudad santa. El primero y más eficaz es, ciertamente, la oración, porque sin la oración incesante en vano trabajan los que quieren edificar la ciudad. Por eso, sed apóstoles ardientes de la oración.

En segundo lugar, debéis esforzaros en promover iniciativas que sostengan y favorezcan proyectos de paz y cooperación, que hagan de Tierra santa un lugar de encuentro y diálogo donde reinen el respeto recíproco y la colaboración leal.

Además, a los cristianos que viven allí y afrontan actualmente muchas dificultades, prestadles vuestra ayuda fraterna, acompañada por la notable generosidad que distingue vuestras intervenciones. El Señor os recompensará y bendecirá todos vuestros esfuerzos.

4. Queridos hermanos, esos objetivos son tanto más importantes cuanto más se acerca el Año jubilar. Ojalá que la ciudad santa, que al igual que Roma evoca la peregrinación en la fe, sea meta de vuestro camino espiritual de penitencia y conversión. Id con este espíritu a los santos lugares y sed promotores de peregrinaciones a Jerusalén, indicando al mismo tiempo la práctica del vía crucis a cuantos no puedan ir allá.

Así, la pertenencia a la orden del Santo Sepulcro será un aliciente para la ascesis personal centrada en la meditación de las profundas lecciones de la cruz y un estímulo para la acción pastoral en el ámbito de la nueva evangelización. Que en este camino espiritual y apostólico os sostenga la patrona celestial, María, Reina de Palestina, que durante su existencia terrena se entregó totalmente a la realización del plan salvífico de Dios. Con estos deseos, os imparto a cada uno de vosotros la bendición apostólica que, complacido, extiendo a los miembros de toda la orden y a sus respectivas familias.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PEREGRINOS POLACOS EN EL 20 ANIVERSARIO DE SU ELECCIÓN A LA CÁTEDRA DE PEDRO Viernes 16 de octubre de 1998

¡Alabado sea Jesucristo!

1. Deseo saludar a los peregrinos que han venido de Polonia con estas palabras tomadas de la carta a los Filipenses: «Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de vosotros, rogando siempre y en todas mis oraciones con alegría por todos vosotros. (...) Estoy convencido de que quien inició en vosotros la obra buena, la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús. Y es justo que yo sienta así de todos vosotros, pues os llevo en mi corazón» (Flp 1, 3-7). Aquí, en la plaza de San Pedro, saludo a los peregrinos que han venido de las diócesis de Polonia y del extranjero, así como a todos mis compatriotas, dondequiera que se encuentren. De modo especial, saludo al señor cardenal primado, al que agradezco las palabras que me ha dirigido; al señor cardenal Franciszek, metropolita de Cracovia; al señor cardenal Andrzej Deskur; al señor cardenal Adam Maida, arzobispo de Detroit; al señor cardenal Kazimierz •wi•tek, metropolita de Minsk-Mohilev. Saludo a la delegación de las escuelas superiores católicas: de la Universidad católica de Lublin y de la Academia pontificia de teología de Cracovia; a los arzobispos, los obispos, los presbíteros y las personas consagradas. Saludo al señor presidente de la República polaca y a su esposa, a los presidentes del Parlamento y el Senado, a los diputados, a los senadores, a la delegación del sindicato Solidaridad, al Ejército polaco y a su orquesta, así como a los representantes de las autoridades locales, de modo particular, a las autoridades de la ciudad de Cracovia, representadas por el señor presidente de la provincia y por el alcalde, y a las autoridades de la ciudad de Varsovia.

2. Queridos amigos, habéis venido a la tumba del Príncipe de los Apóstoles para dar gracias a Dios, junto conmigo, por los veinte años de mi servicio pastoral a la Iglesia universal. Este encuentro me recuerda aquel momento en la capilla Sixtina, cuando, tras la elección hecha de acuerdo con las prescripciones de los cánones, me preguntaron: «¿Aceptas? ». Respondí entonces: «En la obediencia de la fe ante Cristo, mi Señor, abandonándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, consciente de las grandes dificultades, acepto». Los caminos de la divina Providencia son inescrutables. Cristo me ha llamado de la colina de Wawel a la del Vaticano, de la tumba de san Estanislao a la de san Pedro, para que guíe a la Iglesia por el camino de la renovación conciliar. Ante mis ojos se presenta, en este momento, la figura del siervo de Dios cardenal Stefan Wyszynski. Durante el Cónclave, el día de santa Eduvigis de Silesia, se acercó a mí y me dijo: «Si te eligen, te ruego que aceptes ». Le respondí: «Muchas gracias. Me ha dado una gran ayuda, señor cardenal». Fortalecido por la gracia y las palabras del Primado del milenio, pude pronunciar mi Fiat ante los inescrutables designios de la divina Providencia. Y hoy deseo repetir las palabras que dirigí a mis compatriotas en la sala Pablo VI, al día siguiente de la inauguración de mi pontificado: «No estaría en la Cátedra de Pedro este Papa polaco sin la heroica fe de nuestro gran Primado, sin su fe, sin su heroica esperanza, sin su confianza ilimitada en la Madre de la Iglesia; sin Jasna Góra».

Cuando contemplo hoy los años pasados de mi ministerio en la Sede romana, doy gracias a Dios por haberme concedido la gracia de anunciar el Evangelio, la buena nueva de la salvación a muchos pueblos y a muchas naciones de todos los continentes, y, entre éstos, también a mis compatriotas en Polonia. La evangelización constituye un elemento esencial de la misión del Sucesor de san Pedro, su contribución diaria a la edificación de la civilización del amor, la verdad y la vida.

3. Ya desde el comienzo, en mi ministerio apostólico me sostienen la oración y el sacrificio de todo el pueblo de Dios, y la Iglesia en Polonia tiene una participación especial en ellos. Tras mi elección a la Sede de san Pedro, pedí a mis compatriotas: «No me olvidéis en la oración en Jasna Góra y en todo el país, para que este Papa, que es sangre de vuestra sangre y corazón de vuestros corazones, sirva bien a la Iglesia y al mundo en los difíciles tiempos que preceden el fin de este segundo milenio» y esta ayuda de la oración la experimento constantemente. Vuestra oración me acompaña cada hora y cada día en los caminos de mi ministerio papal. Lo sé, y en mi interior siento este profundo vínculo que se crea en la oración; cuando nos acordamos unos de otros, compartimos nuestro corazón y nuestros problemas humanos, depositándolos en las manos del Padre omnipotente y bueno que está en el cielo.

Os agradezco particularmente vuestra oración en los momentos de mi sufrimiento y mi enfermedad, y, de modo especial, en aquel memorable 13 de mayo de 1981. Me resulta difícil hablar de esto sin conmoverme. Estuvisteis en oración durante todo ese tiempo; estuvisteis entonces particularmente unidos a mí con vínculos de solidaridad y cercanía espiritual. Toda la Iglesia respondió al atentado en la plaza de San Pedro, y la Iglesia en Polonia de un modo particular. ¿Cómo no recordar en este momento la «marcha blanca» en Cracovia, que reunió en la oración a una gran multitud de personas, sobre todo jóvenes? Hoy quiero recordar todo esto y decir: «¡Que Dios os lo pague!». También yo trato de corresponder con la oración diaria por todos mis compatriotas, por toda nuestra nación, por toda Polonia, mi patria, en la que estoy siempre profundamente insertado con las raíces de mi vida, de mi corazón y de mi vocación. Los problemas de mi patria me han interesado y siguen interesándome siempre. Conservo profundamente en el corazón todo lo que vive mi nación. Considero que el bien de mi patria es mi bien, y lo que la ofende, o la deshonra, todo lo que la amenaza, en cierto sentido repercute siempre en mí, en mi corazón, en mis pensamientos y en todo lo que siento.

4. Con toda la Iglesia, nos preparamos para entrar en el tercer milenio. ¡Qué histórica preparación al gran jubileo fue para mí el milenio del bautismo de Polonia, esa extraordinaria experiencia de la lucha de toda mi nación por la fidelidad a Dios, a la cruz y al Evangelio, durante los tiempos difíciles de opresión de la Iglesia!

Hace veinte años, cuando comenzaba mi ministerio petrino en la Iglesia, dije: «¡Abrid las puertas a Cristo!». Hoy, que nos encontramos en el umbral del tercer milenio, estas palabras adquieren una elocuencia especial. Las dirijo nuevamente a todos mis compatriotas, como expresión de mi mejor deseo. Abrid de par en par las puertas a Cristo: las puertas de la cultura, de la economía, de la política, de la familia y de la vida personal y social. No hay bajo el cielo otro nombre por el que debamos salvarnos, sino el del Redentor del hombre (cf. Hch 4, 12). Sólo Cristo es nuestro mediador ante el Padre, la única esperanza que no defrauda. Sin Cristo, el hombre no se conocerá plenamente a sí mismo, no sabrá a fondo quién es y a dónde va.

Abrir las puertas a Cristo quiere decir abrirse a él y a su enseñanza. Convertirse en testigos de su vida, su pasión y su muerte. Quiere decir unirse a él mediante la oración y los santos sacramentos. Sin ese vínculo con Cristo, todas las cosas pierden su sentido pleno y se ofuscan los confines entre el bien y el mal. Hoy, en Polonia, se necesitan hombres de profunda fe y recta conciencia, formada en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia. Hombres para quienes las cosas de Dios sean las más importantes; hombres capaces de realizar opciones acordes con los mandamientos divinos y con el Evangelio. Hacen falta cristianos intrépidos y responsables, que participen en todos los sectores de la vida social y nacional, que no teman los obstáculos y las dificultades. Ha llegado la hora de la nueva evangelización. Por eso, queridos hermanos, me dirijo a vosotros con esta exhortación: «¡Abrid las puertas a Cristo!». Sed sus testigos hasta los últimos confines de la tierra (cf. Hch 1, 8), pero sobre todo en nuestra patria. Sed auténticos discípulos suyos, capaces de «renovar la faz de la tierra », de encender en el corazón de los hombres y en toda la nación la llama del amor y la justicia.

5. En un día tan importante para mí, dirijo la mirada de mi alma a la Señora de Jasna Góra, y en sus manos maternas pongo todos los problemas de la Iglesia en Polonia y a mis compatriotas. Hoy, 16 de octubre, mientras la Iglesia recuerda a santa Eduvigis de Silesia, patrona de mi elección a la Sede de Pedro, os pido nuevamente que recéis, «para que pueda llevar a cabo la obra que Dios me ha encomendado realizar » (cf. Jn 17, 4) para su gloria, al servicio de la Iglesia y del mundo. Concluyamos este encuentro con la oración y la bendición.

* * * * * *

Por la tarde, el Vicario de Cristo, desde la ventana de su apartamento privado se dirigió a los fieles presentes en la plaza de San Pedro con las siguientes palabras:

Después de veinte años, quiero dar gracias a la Providencia divina. Quiero dar las gracias también a quienes se han reunido en la plaza de San Pedro, en oración, en este momento importante para la vida de la Iglesia en Roma, de la Iglesia universal y, naturalmente, también de mi vida.

¡Alabado sea Jesucristo!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO Jueves 15 de octubre de 1998

Venerados señores cardenales y hermanos amadísimos en el episcopado y en el sacerdocio:

1. Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de la plenaria de la Congregación para el clero, que os ha reunido con sentimientos de profundo amor a ese insustituible «don y misterio » que es el sacerdocio ministerial. Os saludo cordialmente y, de modo particular, al señor cardenal Darío Castrillón Hoyos, que en nombre de todos me ha dirigido nobles palabras de devoción y afecto.

El propósito de vuestra plenaria es ayudar a los sacerdotes a cruzar con las debidas disposiciones la Puerta santa del ya inminente gran jubileo, llevando en el corazón renovados sentimientos de adhesión a la propia identidad y de empeño en la entrega a la dinámica misionera que deriva de ella.

Habéis elegido oportunamente para vuestra reflexión un tema de fundamental importancia: «El presbítero, guía de la comunidad, maestro de la palabra y ministro de los sacramentos en la perspectiva de la nueva evangelización». Ese tema adquiere todo su significado si se examina a la luz del jubileo. En efecto, en el Año santo 2000 no sólo queremos celebrar un acontecimiento cronológico singular, sino también hacer memoria de las «magnalia Dei» (Hch 2, 11), documentadas a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia, que es prolongación de la encarnación del Verbo en los diversos lugares y tiempos. El jubileo pretende suscitar un corazón «contrito y humillado» por nuestras culpas personales, reavivar el impulso misionero, con la convicción de que sólo Jesucristo es el Salvador, e introducir a cada uno en la alegría del encuentro con el amor misericordioso de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tm 2, 4).

2. El sacerdocio de Cristo es una consecuencia de la Encarnación. Al nacer de María, siempre Virgen, el Hijo unigénito de Dios entró en el orden de la historia. Se convirtió en sacerdote, el único sacerdote, y, por eso, quienes en la Iglesia están revestidos de la dignidad del sacerdocio ordenado, participan de un modo específico en su único sacerdocio. El sacerdocio ordenado es un componente insustituible del edificio de la redención; es un canal por el que fluyen normalmente las aguas frescas necesarias para la vida. Este sacerdocio, al que se es llamado por pura gratuidad (cf. Hb 5, 4), es un punto central de toda la vida y misión de la Iglesia.

Mediante el sacramento del orden, el sacerdote es transformado en el «mismo Cristo», para realizar las obras de Cristo. Se actúa en él, gracias a un carácter específico, la asimilación a Cristo, cabeza y pastor. El carácter indeleble es una nota inseparable de la consagración sacerdotal (cf. Presbyterorum ordinis , 2; Lumen gentium 21; Catecismo de la Iglesia católica , n. 1558): don de Dios, dado para siempre. Por tanto, el sacerdote, ungido en el Espíritu Santo, debe proponerse la fidelidad absoluta e incondicional al Señor y a su Iglesia, porque el compromiso del sacerdocio posee en sí el signo de la eternidad.

El sacerdote, como Cristo y en Cristo, es enviado. La «misión» salvífica que se le confía para el bien de los hombres es exigida por su misma «consagración sacerdotal» (cf. Lumen gentium 28), y ya está implícita en la «llamada» con la que Dios interpela al hombre. Así pues, «vocación, consagración y misión» constituyen el tríptico de una misma realidad, elementos constitutivos de la esencia del sacerdocio (cf. Pastores dabo vobis , 16).

3. Recordar estas realidades hablar de la índole insustituible del sacerdocio ordenado, equivale a realizar hoy una acción que, para quien analiza a fondo la vida eclesial, no puede menos de resultarle verdaderamente providencial. En efecto, no faltan tentativas más o menos explícitas de desnaturalizar todo el evento eclesial, tal como lo quiso su divino Fundador. De hecho, por voluntad de Cristo, su Iglesia, pueblo de Dios en camino, está constituida y estructurada como sociedad jerárquicamente ordenada (cf. Lumen gentium , 20), en la que, aunque todos están revestidos de la misma dignidad, no todos desempeñan las mismas funciones, sino que con diversos ministerios, es decir, oficios o servicios, cada uno contribuye según su propio estado a dar testimonio del Evangelio en el mundo.

Por eso, os animo en vuestro empeño de destacar la misión del presbítero a la luz de la reflexión que estáis realizando en esta plenaria.

4. El presbítero es, ante todo, guía del pueblo encomendado a él. La estructura de la Iglesia trasciende tanto el modelo «democrático» como el «autocrático», porque se funda en el «envío» del Hijo por parte del Padre y en la asignación de la «misión» mediante el don del Espíritu Santo a los Doce y a sus sucesores (cf. Jn 20, 21). Esta enseñanza ya está presente en la Presbyterorum ordinis , en donde el decreto conciliar trata de la «autoridad con la que el propio Cristo construye, santifica y gobierna su pueblo» (cf. n. 2). Se trata de una autoridad que no tiene origen en la base; por tanto, ningún consenso de la base puede definir autónomamente su extensión y su ejercicio.

El presbítero es, además, en unión con su obispo, maestro de la Palabra. Es maestro, aunque es ante todo su servidor (cf. ib., 4). Todos los fieles, en virtud de los sacramentos de la iniciación cristiana, están llamados a evangelizar, según su propio estado de vida; pero el ministro ordenado cumple esta misión con una autoridad y una gracia que no le vienen de la ciencia y la competencia, siempre necesarias, sino de la ordenación (cf. Pastores dabo vobis , 35).

El presbítero es, por último, ministro de los sacramentos. En efecto, no puede haber una auténtica evangelización que no tienda a desembocar en la celebración de los sacramentos. Por tanto, no puede haber una evangelización que no se oriente hacia esa celebración (cf. Presbyterorum ordinis , 5).

5. Todo esto debe vivirse en la perspectiva de la nueva evangelización, que tiene uno de sus momentos fuertes en el compromiso del gran jubileo. Aquí se entrecruzan providencialmente los caminos trazados por la carta apostólica Tertio millennio adveniente , por los Directorios para los presbíteros y los diáconos permanentes, por la Instrucción sobre algunas cuestiones relativas a la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, y por cuanto será fruto de la presente plenaria.

Gracias a la aplicación universal y convencida de estos documentos, la expresión ya habitual «nueva evangelización» podrá hacerse realidad operante más eficazmente. El título mismo de vuestra plenaria destaca la peculiaridad del sacerdote, su ser en la Iglesia y ante ella (cf. Pastores dabo vobis, 16). Ayudar a los sacerdotes a redescubrir las características fundamentales del sagrado ministerio será para ellos la mejor preparación para cruzar el umbral de la Puerta santa convertidos a la verdad de sí mismos: la de personas configuradas con Cristo, cabeza y pastor, en virtud de un carácter específico. Sólo de aquí nace la misión, que exige que cada cristiano sea exactamente lo que debe ser y actúe en consecuencia. De este modo se comprende la índole insustituible de los diversos estados de vida en la Iglesia.

Así pues, hay que lograr que la identidad y la especificidad de cada uno sean cada vez más claras. Sólo respetando las identidades diversas y complementarias, la Iglesia será plenamente creyente y, por consiguiente, creíble, y podrá entrar, llena de esperanza, en el nuevo milenio (cf. ib., 12).

En esta perspectiva, mientras os invito a poner todas vuestras iniciativas en las manos de Aquella que, como el alba, anuncia la llegada siempre nueva del Señor Jesús en la historia, os imparto a todos mi bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UNA DELEGACIÓN DE LA FAO QUE LE ENTREGÓ LA MEDALLA AGRÍCOLA INTERNACIONAL Sábado 15 de octubre de 1998

Querido doctor Diouf; queridos amigos:

Me agrada recibir esta visita del director ejecutivo de la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, junto con el presidente del consejo, el director del protocolo y los representantes de los grupos regionales de los países miembros de la FAO.

Acepto con gratitud la medalla agrícola de la FAO como un honor concedido no sólo a mí, sino también a todos los católicos .sacerdotes, religiosos y laicos ., y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que, asociados en agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales, trabajan incansablemente en los cinco continentes para aliviar el azote del hambre y promover condiciones económicas que permitan a todos vivir una vida digna. Comparto este honor también con todos los agricultores, porque sin su duro y a menudo desconocido trabajo no habría esperanza de combatir el hambre y la desnutrición.

Durante los pasados 53 años, la FAO ha desempeñado un papel indispensable, recordando al mundo que asegurar un suministro adecuado de alimentos, así como fomentar un crecimiento equitativo y sostenido en el área de la agricultura, debe ser parte integrante de todo programa económico. En nombre de la Iglesia católica, y también de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, agradezco a la FAO todo lo que ha hecho desde 1945 para mejorar la producción alimentaria del mundo. Aliento a sus directores y a su personal a ser siempre decididos y escrupulosos en el cumplimiento de la importante tarea a la que la comunidad internacional los ha llamado.

Os doy las gracias a todos. Que Dios os bendiga a vosotros y vuestro trabajo.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL 100 CONGRESO DE LA SOCIEDAD ITALIANA DE CIRUGÍA Jueves 15 de octubre de 1983

Ilustres señores y señoras:

1. Os doy mi más cordial bienvenida a todos vosotros, participantes en el 100 congreso de la prestigiosa Sociedad italiana de cirugía. ¡Gracias por vuestra visita! Vuestra presencia es para mí particularmente significativa, no sólo por la cualificada actividad profesional que realizáis, sino también por los valores éticos fundamentales en que queréis inspirar vuestro trabajo diario.

Saludo cordialmente al presidente, profesor Giorgio Ribotta, y le agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme en nombre de todos. Saludo, asimismo, a los responsables de las sociedades de cirugía de las naciones que forman parte de la Comunidad europea, así como a los de las demás sociedades nacionales y a los presidentes de las sociedades de cirugía que han surgido como derivación de la cirugía general.

2. Durante vuestro congreso, habéis profundizado en las complejas tareas de la cirugía. Habéis analizado también las perspectivas abiertas por los extraordinarios progresos que han aumentando notablemente sus posibilidades terapéuticas, como, por ejemplo, en las transformaciones y reconstrucciones orgánicas o en el vasto ámbito de los trasplantes.

Vuestra atención se orienta principalmente a la protección de la salud del paciente y al respeto a su integridad física, psíquica y espiritual. A la vez que os manifiesto mi profunda satisfacción por ese noble empeño, deseo que sea la preocupación constante de todo médico y cirujano. La humanización de la medicina no constituye una dimensión secundaria, sino más bien el alma del ejercicio de la ciencia médica, capaz de escuchar y no defraudar las expectativas del ser humano.

Con vuestra profesión, queréis estar a la vanguardia en la tutela de la vida, cuyas carencias y límites a causa de la enfermedad experimentáis; a pesar de ello, no renunciáis a luchar contra ellos para superarlos o, por lo menos, reducir sus consecuencias más dolorosas. En la realización de esta irrenunciable vocación, la Iglesia está a vuestro lado, puesto que «en la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión, tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una "cultura de muerte"» (Christifideles laici , 38).

También yo he tenido la posibilidad de compartir, en estos años, la condición de los pacientes, visitándolos o debiendo internarme yo mismo. Así, he podido experimentar vuestra competencia profesional, acompañada siempre por un profundo sentido humanitario. Me alegra expresaros hoy a todos mi estima y mi gratitud por cuanto realizáis en bien de quienes sufren. En este momento, siento el deber de recordar con especial gratitud al profesor Francesco Crucitti, recientemente fallecido, que supo encarnar estas altísimas cualidades de manera generosa y ejemplar.

3. Ilustres señores y señoras, os expreso mis mejores deseos de que los trabajos de vuestro congreso contribuyan a abrir el campo de la cirugía a perspectivas cada vez más prometedoras en el sector de la prevención, del diagnóstico, de la terapia y de la rehabilitación. Vuestra actividad de cirujanos es un don incomparable para la sociedad.

Que Dios os ayude a ser siempre fieles al espíritu de vuestra profesión y a servir con amor a los que experimentan la prueba de la enfermedad y del sufrimiento. Que os dé la fuerza de desempeñarla siempre con gran entusiasmo y espíritu de servicio.

Sed maestros de los jóvenes cirujanos, no sólo desde el punto de vista profesional, sino también desde el humano, para que, siguiendo vuestro ejemplo, puedan servir a la salud y a la vida, poniendo como prioridad en su empeño la dimensión ética, la única que garantiza plenamente un auténtico servicio a la persona.

Encomiendo a María, Salud de los enfermos, los resultados de vuestro congreso y os aseguro mi recuerdo en la oración al Señor, médico y salvador de las almas y de los cuerpos, para que os sostenga en vuestra actividad.

Con estos sentimientos, imploro sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre vuestros colaboradores la abundancia de los favores celestiales, en prenda de los cuales os imparto de buen grado la bendición apostólica.

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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LOS CABALLEROS DE COLÓN Jueves 15 de octubre de 1998

Queridos hermanos:

Me alegra nuevamente saludar a los miembros de la junta directiva de los Caballeros de Colón, con ocasión de vuestra visita a Roma. Agradezco al gran maestre sus amables palabras de presentación. Este encuentro me brinda una nueva oportunidad de expresaros mi gratitud por el testimonio de fe cristiana, solidaridad fraterna y firme compromiso en favor del apostolado de la Iglesia que ha caracterizado siempre a vuestra orden.

Un aspecto importante de este testimonio ha sido vuestro deseo, desde vuestra fundación, de apoyar el ministerio pastoral del Obispo de Roma, que, por voluntad de Cristo, «es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles» (Lumen gentium , 23; cf. Catecismo de la Iglesia católica , n. 882). Enraizado en un profundo sentido de unidad católica con el Sucesor de Pedro, este deseo llevó a instituir la fundación Vicarius Christi, como un medio para ayudar al Papa de manera concreta en el cumplimiento de su misión. Al agradeceros el donativo de la colecta realizada el año pasado por la fundación, os ruego que manifestéis a todos los caballeros mi estima personal.

En particular, deseo dirigiros unas afectuosas palabras de gratitud por vuestro generoso pago de la hipoteca de la Misión permanente de la Santa Sede ante la Organización de las Naciones Unidas. Gracias a este notable donativo, la Misión puede realizar mejor su importante actividad, presentando los puntos de vista y las preocupaciones de la Iglesia ante la comunidad internacional. Mientras los cristianos de todo el mundo se están preparando para el nuevo milenio, un tiempo de esperanza y promesa (cf. Tertio millennio adveniente , 46), veo en este gesto el deseo de los Caballeros de Colón de participar de forma efectiva en la proclamación gozosa que hace la Iglesia de la fuerza liberadora del Evangelio para construir un mundo cada vez más justo, solidario y pacífico.

Queridos amigos, os animo a proseguir la hermosa tradición de los Caballeros de Colón e, inspirados por vuestra fe católica, a continuar vuestros grandes esfuerzos en favor de la vida. En un reciente encuentro con los obispos de Estados Unidos, exhorté a los católicos a seguir haciendo oír su voz en la formulación de proyectos culturales, económicos, políticos y legislativos que defiendan y promuevan la vida humana. Una nación «necesita la sabiduría y la valentía de superar los males morales y las tentaciones espirituales presentes en su camino a lo largo de la historia. (...) La democracia se mantiene en pie, o cae, según los valores que encarna y promueve » (Discurso a los obispos de California, Nevada y Hawai, 2 de octubre de 1998, n. 6: L.Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de octubre de 1998, p. 14). Ojalá que los esfuerzos de los Caballeros de Colón den muchos frutos.

A todos vosotros y a vuestras familias imparto cordialmente mi bendición apostólica como prenda de alegría y paz en el Señor.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL XX CONGRESO MUNDIAL DE UNIAPAC Y A LA SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL Sábado 10 de octubre de 1998

Señores cardenales; señor presidente; señoras y señores:

1. Os acojo con alegría, con ocasión del vigésimo congreso mundial de la Unión cristiana internacional de dirigentes de empresa (UNIAPAC). Vuestra presencia es el signo de vuestro compromiso cristiano y de vuestro deseo de trabajar para que la economía mundial est é verdaderamente al servicio de la persona humana. El desafío que tenéis que afrontar consiste en garantizar la eficacia y la calidad de la producción en un mundo caracterizado por el espíritu de competencia, sin perder jamás de vista la dimensión humana de la economía.

La economía mundial va rápidamente hacia una interdependencia más amplia de los mercados. Las consecuencias tienen gran alcance y son muy complejas. Como hombres y mujeres cristianos de negocios, vuestra comprensión de la globalización no debe limitarse simplemente a las realidades económicas. Vuestro congreso es una ocasión particular para afirmar que la globalización en el ámbito de la economía no debe descuidar la dignidad inalienable de todo ser humano y el hecho de que los bienes de la creación tienen un destino universal. Las personas y el trabajo humano jamás deben llegar a ser únicamente dos elementos entre otros en los procesos de producción. Un documento reciente de la Oficina internacional del trabajo, la Declaración sobre los principios fundamentales y el derecho al trabajo, establece los criterios básicos para que se respeten en todas partes los derechos de los trabajadores. Los dirigentes cristianos de empresa están llamados a mostrar el camino, para que se utilicen esos criterios sin temor y de manera idéntica en todos los países.

2. También tenéis la tarea de promover la solidaridad en todos los procesos económicos. La globalización debe llevar a una mayor comunión de las personas, no a excluirlas o marginarlas; a una mayor participación y no a un empobrecimiento de un sector importante de la población en beneficio de unos pocos. Nadie debe ser excluido de los circuitos económicos; al contrario, todos deben poder beneficiarse del progreso tecnológico y social, así como de los frutos de la creación.

Mediante vuestras reflexiones y las decisiones que podéis tomar en vuestras empresas, de acuerdo con todo el personal, abriréis caminos nuevos, mostrando que la atención al hombre puede ir unida al desarrollo económico. Con este espíritu, es importante que las pequeñas y medianas empresas, que representan frecuentemente el futuro de las comunidades humanas de los países en vías de desarrollo o de las zonas menos favorecidas, puedan tomar conciencia de la importancia de su presencia para las poblaciones locales. Ciertos proyectos son incluso la única esperanza para los jóvenes de esas regiones. Me alegro de que muchos de vosotros, atentos a esas cuestiones, ya estén comprometidos en este campo. Os invito a continuar trabajando en este sentido, para que, en la vida económica, cada uno reconozca su responsabilidad y la ejerza solícitamente, con vistas al servicio de sus hermanos.

Os imparto de corazón la bendición apostólica a todos vosotros y a los miembros de vuestras familias.

3. Doy una cordial bienvenida a los miembros de lengua inglesa de la Unión cristiana internacional de dirigentes de empresa. Testimoniad con decisión los valores del Evangelio en vuestra vida profesional. Seguid promoviendo el bien de la persona humana, asegurando que se respeten los principios de la justicia y la solidaridad en las empresas y en las relaciones comerciales.

Dirijo un cordial saludo a los participantes de lengua española en este congreso internacional, a la vez que les expreso mi confianza en que la riqueza histórica y cultural de sus países de origen favorezca su actividad creativa, para que el progreso económico acompañe al progreso integral de las personas y los pueblos, poniéndose al servicio del valor más importante e insustituible, que es la dignidad del ser humano.

4. Y ahora mi palabra se dirige a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas que participáis en el congreso nacional italiano de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Saludo al presidente general, a los presidentes de los Consejos regionales y centrales, y a todos vosotros que, con vuestra presencia, traéis a mi memoria el bien discreto y eficaz que realizan diariamente los vicentinos y las vicentinas en muchas regiones de Italia.

Conservo aún vivo el recuerdo de la solemne celebración del 22 de agosto del año pasado en París, cuando, con ocasión de la XII Jornada mundial de la juventud, tuve la alegría de proclamar beato al venerable Federico Ozanam, deseando de ese modo proponer a los creyentes, y en particular a los jóvenes, esta espléndida figura de laico cristiano, padre de familia y profesor universitario.

Frente al escándalo de las formas antiguas y nuevas de pobreza presentes también en las actuales sociedades opulentas, ¿cómo seguir viviendo la enseñanza del beato Federico Ozanam? ¿Có- mo responder a las necesidades de cuantos se ven obligados a dejar su propia tierra de origen, de los refugiados y los clandestinos, de las familias sin derechos y que carecen de lo necesario para vivir; de tantos desempleados, de los ancianos solos y abandonados, de los enfermos y las personas explotadas y convertidas en esclavas de la avidez y el egoísmo?

5. Sobre estos interrogantes habéis reflexionado durante los trabajos de estos días, buscando nuevas posibilidades para dilatar los confines de la caridad, anunciando el Evangelio con el lenguaje más accesible a todos: el lenguaje del amor a los últimos.

Al desearos que seáis en la sociedad italiana dignos discípulos y continuadores de la obra de Federico Ozanam, os exhorto a hacer de la oración y del ejercicio concreto de la fraternidad el alma del servicio a los pobres. Que vuestras reuniones no sean solamente ocasiones para conocer y aliviar las necesidades de vuestro prójimo, sino que se transformen en momentos de crecimiento espiritual, mediante la escucha de la palabra de Dios, la oración ferviente y el diálogo fraterno. Que vuestra asociación sienta plenamente el aliento de la Iglesia y, en plena sintonía con sus pastores, dé a los necesitados un amor cuya constante medida sea la caridad de Aquel que, siendo rico, se hizo pobre por amor (cf. 2 Co 8, 9).

Con estos deseos, a la vez que os animo en vuestros buenos propósitos, os encomiendo a la protección maternal de la santísima Virgen e, invocando sobre todos los afiliados y afiliadas la protección de san Vicente de Paúl y del beato Federico Ozanam, os imparto de coraz ón una especial bendición apostólica.

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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL PRIMER ENCUENTRO CONTINENTAL AMERICANO DE JÓVENES, CELEBRADO EN SANTIAGO DE CHILE Sábado 10 de octubre de 1998

Queridos jóvenes de América:

¡Un saludo muy afectuoso a todos los jóvenes americanos!

Con ocasión del primer Encuentro continental de jóvenes, que se celebra bajo el lema «El Espíritu les revelará todas las cosas», los saludo muy cordialmente desde Roma. ¡Cuánto me habría gustado estar en Santiago de Chile! Al no ser posible, les he enviado como legado al cardenal secretario de Estado. Y ahora quiero hacerme presente espiritualmente y manifestarles la firme esperanza que tengo en ustedes, para que Jesucristo sea más conocido, más amado y mejor proclamado en América.

Este segundo año de preparación al gran jubileo del 2000 está dedicado al Espíritu Santo. Deseo ahora recordarles cómo Jesús, guiado por el Espíritu, acudió a la sinagoga de Nazaret. Al hacer la lectura bíblica encontró un pasaje del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 17-19). Grande fue la sorpresa de los oyentes cuando les dijo: «Esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Hoy también se cumple esta palabra. El Espíritu Santo quiere descender sobre cada uno de ustedes, como en un nuevo Pentecostés, para que sigan llevando a cabo su misión como discípulos de Cristo.

Queridos jóvenes, ¡déjense guiar por el Espíritu del Señor para tender una mano a quienes anhelan una manera distinta de vivir! ¡No tengan miedo! Yo sé que en sus corazones late con fuerza un profundo deseo de servicio al prójimo y de solidaridad. ¡Que América sea un continente de hermanos y hermanas, iguales en dignidad, en consideración y en oportunidades!

A ustedes, jóvenes americanos, el Papa los invita a ser protagonistas de la historia del tercer milenio. Que de un extremo a otro del continente surjan muchos jóvenes que, con el ejemplo de tantos santos y beatos americanos, estén dispuestos a dejarlo todo por amor a Cristo, para seguirlo como misioneros del Evangelio. ¡Éste es el día y el momento para dar a Jesucristo un sí total y construir con él la nueva historia de América!

A la Virgen María, a la que invocan como Nuestra Señora de Guadalupe, patrona y emperatriz de América, encomiendo este Encuentro continental de jóvenes. A ella confío a todos ustedes para que les abra el corazón lleno de amor materno y de celo misionero. Dirijo ahora un saludo particular a los jóvenes de Chile que, con la ayuda de sus pastores y de las autoridades locales, han preparado muy dignamente el grandioso Encuentro de Santiago. A todos les renuevo mi sincero afecto y les imparto la bendición apostólica: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espí- ritu Santo.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL IV CONGRESO MUNDIAL SOBRE LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES Y REFUGIADOS Viernes 9 de octubre de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión del Congreso de la pastoral de los emigrantes y refugiados, durante el cual habéis afrontado el tema: «Las migraciones en el alba del tercer milenio». Os acojo con gusto y os saludo a todos con afecto. Agradezco, en particular, a monseñor Stephen Fumio Hamao las palabras que ha querido dirigirme en nombre de todos, y os expreso a cada uno mi deseo de un generoso y provechoso servicio eclesial. Confío en que los análisis elaborados, las decisiones tomadas y los propósitos madurados durante el congreso constituyan un valioso aliciente para quien en la Iglesia y en la sociedad comparte la solicitud por los emigrantes y los refugiados.

Las migraciones constituyen un problema cuya urgencia aumenta a la vez que su complejidad. Hoy, casi por doquier, existe la tendencia a cerrar las fronteras y a reforzar los controles. Sin embargo, ahora se habla más que antes, y cada vez con mayor alarmismo, de las migraciones, no sólo porque el cierre de las fronteras ha originado flujos incontrolables de clandestinos, con todos los riesgos y las incertidumbres que dicho fenómeno trae consigo, sino también porque las difíciles condiciones de vida, que producen la creciente presión migratoria, muestran síntomas de mayor gravedad.

2. Me parece oportuno reafirmar, en este contexto, que es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria. Sin embargo, este derecho es efectivo sólo si se tienen constantemente bajo control los factores que impulsan a la emigración. Éstos son, entre otros, los conflictos internos, las guerras, el sistema de gobierno, la desigual distribución de los recursos económicos, la política agrícola incoherente, la industrialización irracional y la corrupción difundida. Para corregir estas situaciones, es indispensable promover un desarrollo económico equilibrado, la progresiva superación de las desigualdades sociales, el respeto escrupuloso a la persona humana y el buen funcionamiento de las estructuras democráticas. También es indispensable llevar a cabo intervenciones oportunas para corregir el actual sistema económico y financiero, dominado y manipulado por los países industrializados en detrimento de los países en vías de desarrollo.

En efecto, el cierre de las fronteras a menudo no está motivado simplemente por el hecho de que ha disminuido —o ya no existe— la necesidad de la aportación de la mano de obra de los inmigrantes, sino porque se afirma un sistema productivo organizado según la lógica de la explotación del trabajo.

3. Hasta hace poco, la riqueza de los países industrializados se producía en ellos mismos, contando también con la contribución de numerosos inmigrantes. Con el desplazamiento del capital y de las actividades empresariales, buena parte de esa riqueza se produce en los países en vías de desarrollo, donde la mano de obra es barata. De este modo, los países industrializados han encontrado el modo de aprovechar la aportación de la mano de obra a bajo precio, sin deber soportar el peso de la presencia de inmigrantes. Así, estos trabajadores corren el riesgo de verse reducidos a nuevos «siervos de la gleba», vinculados a un capital móvil que, entre las muchas situaciones de pobreza, selecciona cada vez aquellas en que la mano de obra es más barata. Es evidente que ese sistema es inaceptable, pues en él se ignora prácticamente la dimensión humana del trabajo.

Es preciso reflexionar seriamente sobre la geografía del hambre en el mundo, para que la solidaridad triunfe sobre la búsqueda de beneficios y sobre las leyes del mercado que no tienen en cuenta la dignidad de la persona humana y sus derechos inalienables.

Hay que atacar de forma duradera sus causas, poniendo en marcha una cooperación internacional encaminada a promover la estabilidad política y a eliminar el subdesarrollo. Es un desafío que hay que afrontar con la conciencia de que está en juego la construcción de un mundo donde todos los hombres, sin excepción de raza, religión y nacionalidad, puedan vivir una vida plenamente humana, libre de la esclavitud bajo otros hombres y de la pesadilla de tener que vivirla en la indigencia.

4. La inmigración es una cuestión compleja, que no sólo atañe a las personas que buscan condiciones de vida más seguras y dignas, sino también a la población de los países de acogida. En el mundo moderno, la opinión pública constituye a menudo la norma principal que los líderes políticos y los legisladores aceptan seguir. El riesgo es que la información, filtrada sólo en función de los problemas inmediatos del país, se reduzca a aspectos absolutamente inadecuados, que no logran expresar el dramático alcance de esta situación. «Para la solución del problema de las migraciones en general, o de los emigrantes irregulares en particular —escribí en el Mensaje para la Jornada del emigrante de 1996—, desempeña un papel relevante la actitud de la sociedad a la que llegan. En esta perspectiva, es muy importante que la opinión pública esté bien informada sobre la condición real en que se encuentra el país de origen de los emigrantes, los dramas que viven y los riesgos que correrían si volvieran» (n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de septiembre de 1995, p. 5).

Por tanto, es tarea de la información ayudar al ciudadano a formarse un cuadro adecuado de la situación, a comprender y respetar los derechos fundamentales del otro, así como a asumir su parte de responsabilidad en la sociedad, también en el ámbito de la comunidad internacional.

5. En este marco, los cristianos están invitados a asumir con mayor claridad y determinación su responsabilidad en el seno de la Iglesia y de la sociedad. En cuanto ciudadanos de un país de inmigración y conscientes de las exigencias de la fe, los creyentes deben mostrar que el evangelio de Cristo está al servicio del bien y de la libertad de todos los hijos de Dios. Tanto individualmente como en las parroquias, asociaciones o movimientos, los cristianos no pueden renunciar a tomar posición en favor de las personas marginadas o abandonadas a su impotencia.

La inmigración es uno de los debates que nunca se agotan y se replantean continuamente. Los cristianos deben participar en él, formulando propuestas con el fin de abrir perspectivas seguras que puedan realizarse también en el ámbito político. La simple denuncia del racismo o de la xenofobia no basta.

Además de comprometerse en proyectos de defensa y promoción de los derechos del emigrante, la Iglesia tiene «el deber de asumir cada vez más íntegramente el papel del buen samaritano, haciéndose prójimo de todos los excluidos» (Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado de 1995).

6. «Las migraciones en el alba del tercer milenio». La inminencia del jubileo nos invita a esperar el alba de un nuevo día para las migraciones, invocando al «Sol de justicia», Jesucristo, para que ilumine las tinieblas que se ciernen sobre el horizonte de los países de donde tantas personas se ven obligadas a partir. Los cristianos dedicados a la asistencia y al cuidado de los emigrantes encuentran en esta esperanza un nuevo motivo de compromiso. Quisiera recordar aquí lo que recomendé ya en la carta apostólica Tertio millennio adveniente : «En el espíritu del libro del Levítico (25, 8-28), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo, proponiendo el jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda externa, que grava sobre el destino de muchas naciones» (n. 51). Es sabido que esas naciones coinciden precisamente con aquellas en donde hoy se originan los flujos más grandes y persistentes de emigrantes.

El compromiso en favor de la justicia en un mundo como el nuestro, marcado por intolerables desigualdades, es un aspecto característico de la preparación para la celebración del jubileo. Ciertamente, resultaría significativo un gesto por el cual la reconciliación, dimensión propia del jubileo, encontrara expresión en una forma de regularización de un amplio sector de esos inmigrantes que, más que los otros, sufren el drama de la precariedad y de la incertidumbre, es decir, los ilegales.

Éste es el año que, en la preparación para el gran jubileo del año 2000, la Iglesia ha consagrado de modo particular al Espíritu Santo. Pidámosle que infunda en nosotros los mismos sentimientos, deseos y anhelos del corazón de Cristo.

Que la Virgen María, cuya historia humana estuvo marcada por el dolor del exilio y de la migración, consuele y ayude a los que viven lejos de su patria e inspire en todos sentimientos de solidaridad y acogida hacia ellos.

En esta perspectiva, amadísimos hermanos y hermanas, al alentaros a perseverar en vuestro valioso trabajo, os imparto, como prenda de afecto, una especial bendición apostólica, que extiendo complacido a vuestros seres queridos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL UNDÉCIMO GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Viernes 9 de octubre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con amor fraterno en el Señor os doy la bienvenida a vosotros, pastores de la Iglesia del noroeste de Estados Unidos, con ocasión de vuestra visita ad limina. Esta serie de visitas de los obispos de vuestro país a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, y al Sucesor de Pedro y a sus colaboradores en el servicio a la Iglesia universal, tiene lugar mientras todo el pueblo de Dios se está preparando para celebrar el gran jubileo del año 2000 y entrar en un nuevo milenio cristiano. El bimilenario del nacimiento del Salvador es una exhortación a todos los seguidores de Cristo a buscar una auténtica conversión a Dios y un gran progreso en la santidad. Puesto que la liturgia desempeña un papel central en la vida cristiana, deseo reflexionar hoy en algunos aspectos de la renovación litúrgica, que el concilio Vaticano II promovió con tanto vigor como primer agente de una renovación más amplia de la vida católica.

Considerar lo que se ha hecho en el campo de la renovación litúrgica durante los años del posconcilio significa, ante todo, encontrar muchos motivos para dar gracias y alabar a la santísima Trinidad por la admirable conciencia que ha desarrollado entre los fieles de su papel y su responsabilidad en esta obra sacerdotal de Cristo y de su Iglesia. También significa comprender que no todos los cambios han ido acompañados siempre y en todas partes por la explicación y la catequesis necesarias. Por consiguiente, en algunos casos ha habido una interpretación errónea de la naturaleza auténtica de la liturgia, que ha llevado a abusos, polarización y a veces, incluso, a graves escándalos. Después de la experiencia de más de treinta años de renovación litúrgica, podemos valorar tanto los logros como las debilidades de lo que se ha hecho, para planificar con mayor confianza nuestro camino hacia el futuro que Dios ha pensado para su pueblo amado.

2. El desafío ahora consiste en superar todas las incomprensiones que ha habido y buscar el punto exacto de equilibrio, en especial entrando más profundamente en la dimensión contemplativa del culto, que incluye el sentido del temor de Dios, la reverencia y la adoración, que son actitudes fundamentales en nuestra relación con Dios. Esto sucederá sólo si reconocemos que la liturgia tiene dimensiones tanto locales como universales, tanto temporales como eternas, tanto horizontales como verticales, tanto subjetivas como objetivas. Precisamente estas tensiones dan al culto católico su carácter distintivo. La Iglesia universal está unida en un gran acto de alabanza, pero es siempre el culto de una comunidad particular en una cultura particular. Es el eterno culto del cielo, pero a la vez está inmerso en el tiempo. Reúne y edifica una comunidad humana, pero también es «el culto a la divina majestad» (Sacrosanctum Concilium, 33). Es subjetivo en la medida en que depende radicalmente de lo que los fieles llevan a él; pero es objetivo porque los trasciende como el acto sacerdotal de Cristo mismo, al que él nos asocia, aunque en última instancia no depende de nosotros (cf. ib., 7). Por eso es tan importante que se respeten las normas litúrgicas. El sacerdote, que es el servidor de la liturgia, no su inventor o productor, tiene una responsabilidad particular a este respecto para que la liturgia no se vacíe de su verdadero significado y no se oscurezca su carácter sagrado. El centro del misterio del culto cristiano es el sacrificio de Cristo ofrecido al Padre y la obra de Cristo resucitado que santifica a su pueblo mediante los signos litúrgicos. Por eso es esencial que, al tratar de entrar más en las profundidades del culto, se reconozca y se respete plenamente el misterio inagotable del sacerdocio de Jesucristo. Todos los bautizados participan en el único sacerdocio de Cristo, pero no todos de la misma manera. El sacerdocio ministerial, enraizado en la sucesión apostólica, confiere al sacerdote ordenado facultades y responsabilidades que son diferentes de las de los laicos, pero que también están al servicio del sacerdocio común y sirven para desarrollar la gracia bautismal de todos los cristianos (cf. Catecismo de la Iglesia católica , n. 1547). Por eso, el sacerdote no es sólo quien preside; es quien actúa en la persona de Cristo.

3. Sólo siendo radicalmente fieles a este fundamento doctrinal, podemos evitar interpretaciones parciales y unilaterales de la enseñanza del Concilio. La participación de todos los bautizados en el único sacerdocio de Jesucristo es la clave para comprender la exhortación del Concilio a «la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas» (Sacrosanctum Concilium , 14). Participación plena significa ciertamente que todos los miembros de la comunidad tienen que desempeñar un papel en la liturgia; y, a este respecto, se ha logrado mucho en las parroquias y comunidades de vuestro país. Pero participación plena no significa que todos pueden hacer todo, ya que esto llevaría a clericalizar el laicado y a secularizar el sacerdocio; y esto no es lo que el Concilio pretendía. La liturgia, como la Iglesia, debe ser jerárquica y polifónica, respetando los diversos papeles asignados por Cristo y permitiendo que todas las voces diferentes se fundan en un único y gran himno de alabanza.

Participación activa significa evidentemente que, con gestos, palabras, cantos y servicios, todos los miembros de la comunidad toman parte en un acto de culto, que no es en absoluto inerte o pasivo. Sin embargo, la participación activa no excluye la pasividad activa del silencio, la quietud y la escucha: en realidad, la exige. Los fieles no son pasivos, por ejemplo, cuando escuchan las lecturas o la homilía, o cuando siguen las oraciones del celebrante y los cantos y la música de la liturgia. Éstas son experiencias de silencio y quietud, pero también, a su modo, son muy activas. En una cultura que no favorece ni fomenta la quietud meditativa, el arte de la escucha interior se aprende con mayor dificultad. Aquí vemos cómo la liturgia, aunque siempre debe inculturarse adecuadamente, tiene que ser también contracultural.

La participación consciente exige que toda la comunidad esté bien instruida en los misterios de la liturgia, para que la práctica del culto no degenere en una forma de ritualismo. Pero eso no significa un intento constante en la liturgia por hacer explícito lo implícito, dado que esto lleva a menudo a una verbosidad y a una informalidad extrañas al Rito romano, que acaban por restar importancia al acto de culto. Tampoco significa la supresión de toda experiencia subconsciente, que es vital en una liturgia que se desarrolla mediante símbolos que hablan tanto al subconsciente como al consciente. El uso de las lenguas vernáculas ha abierto ciertamente los tesoros de la liturgia a todos los que toman parte en ella, pero no quiere decir que el latín, y en especial los cantos que se han adaptado magníficamente a la índole del Rito romano, tengan que abandonarse completamente. Si se ignora la experiencia subconsciente en el culto, se crea un vacío de afecto y devoción, y la liturgia no sólo puede llegar a ser demasiado verbal, sino también demasiado cerebral. Pero el Rito romano se distingue, además, por su equilibrio entre la sobriedad y la riqueza de emociones: alimenta el corazón y la mente, el cuerpo y el alma.

Se ha escrito con razón que en la historia de la Iglesia toda verdadera renovación ha ido acompañada por una relectura de los Padres de la Iglesia. Y lo que es verdad en general, lo es también para la liturgia en particular. Los Padres eran pastores con un celo ardiente por la tarea de difundir el Evangelio; por eso estaban profundamente interesados en todas las dimensiones del culto, y nos han dejado algunos de los textos más significativos y duraderos de la tradición cristiana, que no son el resultado de un mero esteticismo. Los Padres eran predicadores ardientes, y es difícil imaginar que pueda haber una renovación efectiva de la predicación católica, como deseó el Concilio, sin una familiaridad suficiente con la tradición patrística. El Concilio promovió una predicación al estilo de la homilía que, a imitación de los Padres, expone el texto bíblico para brindar sus inagotables riquezas a los fieles. La importancia que esa predicación ha cobrado en el culto católico desde el Concilio muestra que es preciso formar a los sacerdotes y diáconos para que hagan buen uso de la Biblia. Pero esto también implica tener familiaridad con toda la tradición patrística, teológica y moral, así como un conocimiento profundo de sus comunidades y de la sociedad en general. De lo contrario, se corre el riesgo de una enseñanza sin raíces y sin la aplicación universal propia del mensaje evangélico. La excelente síntesis de la riqueza doctrinal de la Iglesia contenida en el Catecismo de la Iglesia católica ha de percibirse aún más como una ayuda para la predicación católica.

4. Es esencial tener bien claro que la liturgia está íntimamente relacionada con la misión evangelizadora de la Iglesia. Si no van juntas, ambas vacilarán. En la medida en que las formas de desarrollo de la renovación litúrgica sean superficiales o desequilibradas, nuestras energías para la nueva evangelización serán ineficaces; y en la medida en que nuestra manera de pensar no corresponda a las expectativas de la nueva evangelización, nuestra renovación litúrgica se reducirá a una adaptación externa y probablemente también errónea. El Rito romano ha sido siempre una forma de culto orientado a la misión. Por eso es relativamente breve: había mucho que hacer fuera de la iglesia; por eso en la despedida se dice: «Ite, missa est», de donde procede el término «misa»: se envía a la comunidad a evangelizar el mundo, por obediencia al mandato de Cristo (cf. Mt 28, 19-20).

Como pastores, sois plenamente conscientes de la gran sed de Dios y del deseo de oración que la gente siente hoy. La Jornada mundial de la juventud en Denver muestra claramente que las generaciones más jóvenes de norteamericanos también anhelan una fe profunda y exigente en Jesucristo. Quieren desempeñar un papel activo en la Iglesia, y ser enviados en nombre de Cristo a evangelizar y transformar el mundo que los rodea. Los jóvenes están dispuestos a comprometerse con el mensaje evangélico, si se lo presentan con toda su nobleza y su fuerza liberadora. Seguirán participando activamente en la liturgia si sienten que puede llevarlos a una profunda relación personal con Dios; y precisamente de esta experiencia surgirán vocaciones sacerdotales y religiosas, caracterizadas por una verdadera energía evangélica y misionera. En este sentido, los jóvenes piden a toda la Iglesia que dé el próximo paso para poner en práctica el concepto de culto que nos ha transmitido el Concilio. Libres de las ideologías del pasado, son capaces de hablar de manera sencilla y directa de su deseo de hacer una experiencia de Dios, especialmente en la oración, tanto pública como privada. Queridos hermanos, al escucharlos, podremos oír «lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2, 11).

5. En nuestra preparación para el gran jubileo del año 2000, el año 1999 estará dedicado a la persona del Padre y a la celebración de su amor misericordioso. Las iniciativas del próximo año deberán prestar particular atención a la naturaleza de la vida cristiana como «una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicional por toda criatura humana, y en particular por el "hijo pródigo"» (Tertio millennio adveniente , 49). En el centro de esta experiencia de peregrinación está nuestro viaje de pecadores a la profundidad insondable de la liturgia de la Iglesia, la liturgia de la creación, la liturgia del cielo que, en definitiva, son todas culto de Jesucristo, el eterno Sacerdote, en quien la Iglesia y toda la creación se ordenan a la vida de la santísima Trinidad, nuestra verdadera morada. Ésta es la finalidad de todo nuestro culto y de toda nuestra evangelización.

En el centro mismo de la comunidad de culto encontramos a la Madre de Cristo y Madre de la Iglesia que, desde la profundidad de su fe contemplativa, ofrece la buena nueva, que es Jesucristo mismo. Oro con vosotros para que los católicos norteamericanos, al celebrar la liturgia, tengan en su corazón el cántico que ella entonó: «Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. (...) Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo» (Lc 1, 46-49). Encomendando a los sacerdotes, los religiosos y los fieles laicos de vuestras diócesis a la protección amorosa de la santísima Madre, os imparto de corazón mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS MISIONERAS COMBONIANAS Viernes 9 de octubre de 1998

Amadísimas hermanas:

1. Bienvenidas a este encuentro, con el que, como culminación de vuestro XVII capítulo general, habéis querido manifestar al Vicario de Cristo vuestra afectuosa devoción y vuestra renovada fidelidad a su magisterio de Pastor universal de la Iglesia.

Saludo a la madre Adele Brambilla, a quien felicito por su reciente elección como superiora general, deseándole que Dios la ilumine, para que sepa guiar a las Misioneras Combonianas hacia nuevas metas de celo apostólico y de servicio a los hermanos más pobres. Dirijo un saludo particular a la madre Mariangela Sardi, superiora general saliente, manifestándole mi gran aprecio por el generoso y competente trabajo que ha realizado, y le deseo que siga sirviendo a la causa misionera y a la Iglesia con el entusiasmo y la sabiduría de quien ha consagrado totalmente su vida al Señor. Por último, os saludo a todas vosotras, que representáis el compromiso de la congregación entera en favor de los pobres y de cuantos no conocen a Cristo. ¡Gracias por todo el bien que realizáis y gracias por ser en el mundo discretas y activas constructoras de la civilización del amor!

2. «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14). A cien años del primer capítulo general, las palabras del apóstol Pablo siguen resonando en vuestro instituto, impulsándoos a «trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas» (Vita consecrata , 78). En este siglo de historia, vuestra congregación ha crecido y se ha difundido en muchas naciones de África, Asia, América y Europa.

Por eso, durante estos días de estudio y oración, habéis querido, ante todo, dar gracias al Señor por todo el bien que, a través de vuestro instituto, realiza en el mundo. También gracias a vosotras el anuncio gozoso y liberador del Evangelio se proclama en muchas regiones, y el amor misericordioso del Señor se testimonia y se manifiesta mediante el compromiso de la educación, la asistencia sanitaria y la promoción social. Además, el Señor ha querido daros recientemente un signo especial de su predilección, llamando a algunas de vuestras hermanas, y particularmente las que trabajan en el sur de Sudán y en la República democrática del Congo, a participar en el misterio de su cruz.

3. La invitación a ir por todo el mundo para anunciar la salvación a todas las gentes (cf. Mt 28, 19), que el Señor os ha dirigido a cada una de vosotras, abre ante vuestro corazón de mujeres totalmente entregadas a la causa del Evangelio un escenario a veces complejo y lleno de sufrimientos, pero rico también en perspectivas y esperanzas.

Os llegan llamadas insistentes de los pueblos que en los diferentes continentes, pero especialmente en África, aún no creen en Cristo: de las multitudes de desplazados, de emigrantes, de refugiados, de hombres y mujeres apiñados en los grandes suburbios urbanos de los países del tercer mundo o de niños abandonados y solos, víctimas de vergonzosa explotación y del hambre; de mujeres que en muchos países en vías de desarrollo esperan que se tutele su dignidad, para llegar a ser protagonistas de la vida familiar, civil y eclesial.

¿Cómo no tener presentes, asimismo, los problemas de la justicia, de la paz y de la salvaguardia de la creación, que constituyen casi una nueva frontera de la misión, o los planteados por la urgencia del diálogo interreligioso, sobre todo en los países donde el islamismo es la religión de la mayoría de los habitantes? Y ¿qué decir de los dramas causados por las guerras y los conflictos étnicos?

4. Estas situaciones dramáticas se presentan ante vosotras como otras tantas oportunidades para verificar el itinerario recorrido hasta ahora, y como desafíos a abriros a nuevos caminos de la misión ad gentes. Siguiendo el ejemplo del beato Daniel Comboni, sed santas y audaces, animadoras misioneras incansables en la Iglesia, mirando al futuro con esperanza y con el deseo ardiente de «hacer de Cristo el corazón del mundo».

Esta actitud os ayudará a vivir la creciente internacionalidad y pluralidad cultural de vuestras comunidades como riqueza que hay que acoger con gratitud y como ocasión para testimoniar, frente al individualismo dominante, la fraternidad universal que nace de la fe en Cristo. Así, vuestra congregación podrá vivir con serenidad y esperanza los problemas de la disminución numérica y del envejecimiento, e invertir con valentía y convicción energías y medios en la animación misionera de la Iglesia, en la formación permanente de los miembros del instituto y en la pastoral vocacional.

Encomendándoos totalmente a Aquel para quien «nada es imposible» (Lc 1, 37), y sostenidas solamente por la fuerza de la fe y la caridad, podréis ser testigos de solidaridad para todos aquellos con quienes os encontréis y, «haciendo causa común» con los más débiles, abrir el corazón de muchos a las exigencias de la justicia y de la paz.

5. Vuestro fundador, al que tuve la alegría de proclamar beato el 17 de marzo de 1996, al llamaros «Pías Madres de la Nigricia», quiso encomendaros la tarea de ser expresión privilegiada de la maternidad de la Iglesia para los pobres de África y de todo el mundo.

Amadísimas Misioneras Combonianas, os invito a frecuentar diariamente la escuela de María, para vivir con entusiasmo vuestro carisma. Que su amor materno os sostenga en los esfuerzos y en las alegrías de vuestro compromiso misionero y os ayude a ser para los humildes y los pobres un signo luminoso de la ternura de Dios.

Con estos deseos, invocando la protección del beato Daniel Comboni, os imparto a cada una de vosotras, a las religiosas que viven en situaciones difíciles de misión, a las jóvenes en formación, a las religiosas ancianas y enfermas y a toda la congregación, una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS CAPITULARES PALOTINOS Martes 6 de octubre de 1998

Amadísimos sacerdotes y hermanos de la Sociedad del apostolado católico:

1. Me alegra acogeros en esta audiencia especial y enviar, a través de vosotros, un cordial saludo a todos los miembros de vuestro instituto, así como a los que comparten en la Iglesia el mismo carisma de san Vicente Pallotti. Est áis viviendo vuestra asamblea general, a cuyos trabajos os dedicáis ya desde hace dos semanas. Se trata de un acontecimiento espiritual y eclesial, que tiene lugar durante el segundo año de preparación para el gran jubileo del año 2000, dedicado al Espíritu Santo. Invoco, junto con vosotros, al Espíritu divino, para que os ilumine al interpretar los signos de los tiempos y os lleve a conservar y desarrollar en nuestro tiempo la riqueza de vuestro carisma.

Habéis querido oportunamente que los debates de vuestra asamblea abordaran el tema de la fidelidad, expresado en el lema «Fieles al futuro..., puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe (Hb 12, 2)». En efecto, ese tema expresa vuestro deseo de renovar la fidelidad al compromiso apostólico, sobre todo desde la perspectiva del tercer milenio. Es un deseo que hay que impulsar, pero recordando que la fidelidad supone la fe, en la que se funda la existencia cristiana. La fe constituye el horizonte del camino espiritual y apostólico, pues es Jesús quien acompaña a los creyentes durante toda su vida, sosteniéndolos en su entrega al apostolado y realizando todos sus buenos propósitos.

Queridos hermanos, mirad con esperanza al futuro y afrontad con confianza los desafíos del tercer milenio, conscientes de que Cristo está a vuestro lado y es el mismo «ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8). Él os da su Espíritu, que sabe guiaros a la plenitud de la verdad y del amor. Que Cristo sea el motivo de vuestra esperanza: junto a él no debéis temer nada, porque él es el apoyo invencible de toda la existencia humana.

2. Vivir la fe significa insertarse en la existencia de Cristo. En Jesús podemos descubrir nuestra verdadera naturaleza y valorar plenamente nuestra dignidad personal. Anunciar a Cristo, para impulsar a todos a recuperar en plenitud la imagen de Dios, es el objetivo final de la «nueva evangelización». Vosotros, que en virtud de vuestro carisma estáis llamados de modo particular a reavivar la fe e inflamar la caridad en todos los ambientes, tened muy clara la opción preferencial por «la imagen de Dios», que espera revelarse en la existencia de cada hermano y de cada hermana. Reconoced en toda persona el rostro de Cristo, valorando cada ser humano independientemente de su condición o de su estado.

Así actuaba san Vicente Pallotti, preocupado únicamente por la renovación interior de los hombres, con vistas a su santificación. Para imitar su celo apostó- lico, debéis ante todo tender personalmente a la santidad. Sólo así podréis promoverla en los demás, recordando la vocación universal a la santidad, que el concilio Vaticano destacó con claridad. Debéis estar animados por esta convicción, a fin de contribuir a la obra de la nueva evangelización. Así, os prepararéis de manera eficaz para entrar en el nuevo milenio, cooperando activamente en el cumplimiento de la misión que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ha confiado a toda la comunidad eclesial.

3. Tenéis que vivir el compromiso de santificación personal en vuestras comunidades esparcidas por todo el mundo. Trabajad unidos y en armonía, para ser auténticos testigos del Evangelio ante las personas con quienes os encontréis en vuestro ministerio diario. En la exhortación apostólica Vita consecrata escribí que «la Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial mis entablando o restableciendo constantemente el diálogo de la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado por el odio étnico o las locuras homicidas » (n. 51). Al testimoniar la vida fraterna, entendida como vida compartida en el amor, os convertís en signo elocuente de la comunión eclesial (cf. ib., 42).

Este entendimiento profundo entre vosotros os ayudará a vivir la «unidad de Cristo» y a estar prontos y dispuestos a las necesidades espirituales y materiales de todos. A este propósito, vuestro fundador solía repetir que «el don de contribuir a la salud de las almas es el más divino de todos» (Obras completas XI, p. 257). Tenéis que compartir este don no sólo dentro de vuestro instituto, sino también con los laicos, colaboradores diarios en vuestro apostolado. Hacedlos participar y acogedlos en vuestra vida de comunión. «Debido a las nuevas situaciones .escribí en la citada exhortación apostólica Vita consecrata ., no pocos institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los laicos» (n. 54). «No es raro que la participación de los laicos lleve a descubrir inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma, suscitando una interpretación más espiritual e impulsando a encontrar válidas indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos» (n. 55). De este modo, la Unión del apostolado católico, ideada y fundada por san Vicente Pallotti, no sólo os permitirá coordinar los diversos recursos de vuestras comunidades, sino también insertaros en el centro mismo de la misión apostólica de la Iglesia en el mundo actual.

Que os ayude María, esclava fiel y obediente del Señor y ejemplo excelente de fidelidad al compromiso apostólico. Ella, unida en oración con los discípulos en el cenáculo de Jerusalén, en espera del don del Espíritu Santo, os ofrece el ejemplo de oración incesante, de disponibilidad y de compromiso activo en la misión de la Iglesia. Que gracias a su intercesi ón materna, Dios renueve en vosotros y en vuestra Sociedad los prodigios de Pentecostés.

A la vez que os renuevo mi aprecio por el servicio apostólico que prestáis a la Iglesia, os imparto de corazón una especial bendición apostólica, que de buen grado extiendo a todos los miembros de las comunidades palotinas.

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VIAJE PASTORAL A CROACIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN LA CEREMONIA DE DESPEDIDA EN EL AEROPUERTO DE SPLIT Domingo 4 de octubre de 1998

Señor presidente de la República; honorables representantes del Gobierno; venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Está a punto de terminar mi visita pastoral a vuestro hermosísimo país. Ha llegado el momento de la despedida. Doy gracias a Dios por estos tres días que he pasado en Croacia, en el ejercicio del ministerio petrino. Agradezco a las Iglesias de Zagreb y de Split-Makarska la acogida, y a toda la Iglesia que está en este país el afecto que me ha mostrado. Doy las gracias al señor presidente de la República, al jefe del Gobierno y a todas las autoridades civiles y militares, que no han ahorrado energías para hacer que mi visita se llevara a cabo del mejor modo posible. Muchas personas han contribuido a ello. A todos doy las gracias.

Antes de dejar vuestro país y separarme de vosotros, quiero dirigir un cordial saludo a todos y cada uno: a las familias, a las parroquias, a las diócesis, a las comunidades religiosas, a los movimientos y a las asociaciones eclesiales. Quedan grabadas en mi memoria las imágenes de tantos fieles, de todas las edades, y sobre todo de los jóvenes: en Zagreb, en Marija Bistrica, en Žnjan en Split y en Salona: multitudes de personas que han manifestado su fe y se han alegrado, en plena sintonía de mente y de corazón.

2. En Croacia he encontrado una Iglesia muy viva, llena de entusiasmo y energía, a pesar de las adversidades y los atropellos que ha sufrido; una Iglesia que está buscando nuevas formas de testimonio de Cristo y de su Evangelio, para responder de modo adecuado a los desafíos del momento actual.

Son innumerables los que, ya desde los primeros siglos, han dado testimonio de Cristo en esta tierra con su vida diaria; muchísimos también han sabido afrontar por Cristo la prueba del martirio. Vosotros sois los herederos de esta gloriosa legión de santos, la mayor parte de los cuales sólo Dios conoce. Contemplé vuestra alegría cuando proclamé beato al cardenal Alojzije Stepinac: el honor tributado a él redunda en cierto modo en todos vosotros. Está bien que os sintáis orgullosos de él. Pero también conviene que os esforcéis por estar a la altura de esta herencia, que os honra, pero que además os compromete.

Ojalá que este rico patrimonio de fe, junto con el de los demás pueblos europeos, llegue a ser una herencia común de todo el continente, para que los pueblos que viven en él vuelvan a encontrar en el cristianismo la unidad espiritual y el impulso ideal que produjeron, a lo largo de los siglos, un verdadero florecimiento de obras de pensamiento y de obras de arte de absoluto valor para toda la humanidad.

3. Mi estancia entre vosotros me ha permitido comprobar la recuperación lograda durante estos años. He visto una sociedad que quiere construir su presente y su futuro sobre sólidas bases democráticas, con plena fidelidad a la propia historia, impregnada de cristianismo, para insertarse con razón en el concierto de las demás naciones europeas. Constato con alegría que sois un país que, tras haber recuperado la libertad y superado el triste episodio de la guerra, está reconstruyéndose y renovándose, material y espiritualmente, con gran determinación.

Exhorto a los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo a no olvidar la tragedia que han sufrido estas poblaciones a lo largo de su historia y, sobre todo, en nuestro siglo. Que no falte la ayuda concreta y generosa que necesitan las personas y las familias para poder vivir con libertad e igualdad, con la dignidad de miembros activos de la familia humana. Europa ha emprendido una nueva etapa en su camino de unidad y crecimiento. Para que la alegría sea plena, no hay que olvidar a nadie a lo largo del camino que lleva a la casa común europea.

Croacia, por su parte, debe dar prueba de gran paciencia, sabiduría, disponibilidad al sacrificio y solidaridad generosa, para poder superar definitivamente la actual fase posbélica y alcanzar las nobles metas a las que aspira. Ya se ha hecho mucho, y los resultados se ven. Las dificultades que perduran no deben desanimar a nadie.

4. Vuestra nación dispone de los recursos necesarios para superar las adversidades y, sobre todo vosotros, ciudadanos croatas, poseéis los talentos indispensables para afrontar los desafíos del momento actual. Con el empeño de todos será posible llevar a cabo el arduo proceso de democratización de la sociedad y de sus instituciones civiles. La democracia tiene un alto precio; la moneda con que hay que pagarlo está acuñada con el noble metal de la honradez, la racionalidad, el respeto al prójimo, el espíritu de sacrificio y la paciencia. Pretender recurrir a una moneda diferente significa exponerse al peligro de bancarrota.

Después de muchos años de dictadura y de dolorosas experiencias de violencia que han vivido las poblaciones de esta región, es necesario ahora hacer todo lo posible por construir una democracia basada en los valores morales inscritos en la naturaleza misma del ser humano.

La Iglesia, al secundar el esfuerzo de los grupos sociales y de las fuerzas políticas, dará su contribución específica, sobre todo mediante la propuesta de su doctrina social y el ofrecimiento de sus estructuras para la educación de las nuevas generaciones. Exhorta a sus fieles a colaborar eficazmente, como ya lo han hecho desde el comienzo, en el actual proceso de democratización en los vastos campos de la vida social, política, cultural y económica del país, promoviendo así el desarrollo armonioso de toda la sociedad croata.

5. Queridos hermanos, vuelvo a Roma llevando en mi corazón muchas impresiones hermosas de esta visita. Me acompañarán en las oraciones que haré por vosotros, por vuestros enfermos y ancianos, por vuestros niños y por todo vuestro pueblo.

Que Dios conceda a Croacia la paz, la concordia y la perseverancia en su compromiso por el bien común.

Querido pueblo croata, ¡que Dios te bendiga! ¡Que la Virgen María, la Advocata Croatiae, la fidelissima Mater, vele por tu presente y por tu futuro! A ella le encomiendo todos tus propósitos de libertad y progreso en la solidaridad, todas tus esperanzas y todos tus esfuerzos en favor de los valores humanos y religiosos.

¡Que Dios bendiga a Croacia!

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VIAJE PASTORAL A CROACIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS CATEQUISTAS Y LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES Salona, domingo 4 de octubre de 1998

Queridos hermanos y hermanas:

1. «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Estas palabras de Cristo, pronunciadas antes de volver al Padre, han sido elegidas como lema de mi visita pastoral, que está a punto de terminar. Son palabras que resuenan aquí ya desde los tiempos apostólicos, pero conservan aún hoy toda su fuerza, gracias a la acción del Espíritu Santo en el corazón de los hombres y de las mujeres de esta tierra croata.

He llegado aquí, a Salona, después de haber elevado al honor de los altares, ayer, en el santuario de Marija Bistrica, al mártir Alojzije Stepinac. Con este viaje apostólico he querido unir idealmente entre sí los lugares de la fe y la devoción de vuestro pueblo, en recuerdo del testimonio que ha dado de Cristo desde los primeros siglos hasta nuestros días.

Nos encontramos bajo la mirada de la Virgen de la Isla, bajo la mirada de la Virgen del gran voto bautismal croata, en el protosantuario mariano de Croacia. Nos hemos reunido en este lugar, que conserva importantes memorias de la fe, que se remontan a la lejana historia de vuestro pueblo. Este lugar reviste una importancia singular en el pasado de los católicos croatas y de la nación croata. Aquí está la fuente de vuestra identidad; aquí están vuestras profundas raíces cristianas. Este lugar testimonia la fidelidad de los católicos de esta región a Cristo y a la Iglesia.

2. Agradezco cordialmente al querido arzobispo metropolitano, monseñor Ante Juria, sus amables palabras de bienvenida. Saludo a los señores cardenales Franjo Kuharia y Vinko Puljia, así como a los demás hermanos en el episcopado, al clero, a los consagrados y a las consagradas, a los profesores, a los representantes de las asociaciones y de los movimientos eclesiales y, sobre todo, a los jóvenes, que veo aquí presentes en gran número.

Queridos hermanos, deseo dirigiros unas palabras de esperanza, invitándoos a permanecer abiertos, en la Iglesia, a los impulsos del Espíritu Santo, para dar un testimonio eficaz de Cristo, cada uno en su propio ambiente de vida y de trabajo. «Estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo sabéis. (...) Conocéis la verdad» (1 Jn 2, 20-21).

El beato Alojzije Stepinac dio un ejemplo extraordinario de testimonio cristiano. Cumplió su misión de evangelizador, sobre todo sufriendo por la Iglesia, y selló su mensaje de fe con la muerte. Prefirió la cárcel a la libertad, para defender la libertad de la Iglesia y su unidad. No temió las cadenas, para que no encadenaran la palabra del Evangelio.

3. Queridos representantes de las asociaciones y los movimientos eclesiales, los fieles laicos tienen un lugar propio en la Iglesia. En virtud del bautismo que han recibido, están llamados a participar en la única y universal misión de la Iglesia (cf. Lumen gentium , 33 y 38; Apostolicam actuositatem , 3), cada uno según los dones recibidos. Por eso, es preciso promover un sano pluralismo de formas asociativas, evitando exclusivismos, a fin de dar cabida a los carismas que el Espíritu Santo no deja de difundir en la Iglesia, para la construcción del reino de Dios y para bien de la humanidad.

La Iglesia que está en Croacia deposita en vosotros grandes esperanzas. «No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5, 19). El carisma que habéis recibido es para beneficio de todos, a fin de que todo se desarrolle como en un organismo vivo y sano (cf. 1 Co 12, 12-27; Rm 12, 4-5). «Tenemos dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada» (Rm 12, 6).

La tarea particular de los movimientos y de las asociaciones eclesiales de laicos consiste en promover y sostener la comunión eclesial bajo la guía del obispo, «principio y fundamento visible de unidad en las Iglesias particulares» (Lumen gentium , 23). No hay comunión eclesial sin la comunión con el obispo: «Episcopo attendite, ut et Deus vobis attendat » (san Ignacio de Antioquía, Carta a Policarpo, 6, 1: Funk 1, 250). 4. Queridos profesores, a vosotros se os ha encomendado la espléndida misión de formar a los jóvenes, siendo para ellos ejemplos y guías. Sabéis que todo proyecto educativo debe ser rico en valores espirituales, humanos y culturales, para poder alcanzar su objetivo. Como he dicho recientemente, «la escuela no puede limitarse a ofrecer a los jóvenes nociones en los diversos campos del conocimiento; también debe ayudarles a buscar, en la justa dirección, el sentido de la vida» (Ángelus , 13 de septiembre de 1998, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de septiembre de 1998, p. 1).

Invertir en la formación de las nuevas generaciones significa invertir en el futuro de la Iglesia y de la nación. Sin una buena formación de las nuevas generaciones no se pueden abrir perspectivas seguras ni para el futuro de la Iglesia particular ni para el de la nación. La forma y la dirección que tomará el futuro dependen en gran parte de vosotros, los educadores. El concilio Vaticano II afirma: «La suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar » (Gaudium et spes , 31).

Los jóvenes necesitan el testimonio de un amor que sepa sacrificarse y de una paciencia que sepa esperar con confianza. Ojalá que sean precisamente el amor y la paciencia vuestros argumentos más fuertes y que os inspire siempre la divina pedagogía de Cristo Jesús, que en el Evangelio se ha hecho nuestro Maestro.

Al mismo tiempo que os exhorto a dar lo mejor de vosotros mismos en el cumplimiento de vuestro deber, no puedo menos de manifestaros mi deseo de que la sociedad valore vuestro compromiso profesional, reconociéndolo de modo adecuado. Quisiera expresaros el profundo aprecio de la Iglesia por vuestro valioso servicio en un campo tan delicado y decisivo como es el de la formación de quienes se asoman a la vida.

5. Es justo dirigiros una palabra específica a vosotros, queridos catequistas y profesores de religión. Estáis llamados, en las escuelas y en las parroquias, a ayudar a las generaciones jóvenes a conocer a Cristo, para que puedan seguirlo y testimoniarlo. Estáis llamados a ayudar a los jóvenes a insertarse en la Iglesia y en la sociedad, superando, a la luz del Evangelio, las dificultades que encuentran en su maduración humana y espiritual.

Al proponer a los jóvenes razones de vida y de esperanza, el catequista está llamado a brindarles un conocimiento más profundo y claro sobre Dios y sobre la historia de la salvación, que culminó en la muerte y resurrección de Jesucristo. El núcleo de toda la actividad del catequista o del profesor de religión está constituido por el anuncio de la palabra de Dios, con el propósito de suscitar la fe y hacer que madure. La catequesis y la hora de religión deben ser ocasión de un testimonio que promueva entre el profesor y el alumno un contacto verdadero y profundo, capaz de alimentar la fe.

6. Deseo decir aún unas palabras más, las últimas, pero quizá las más importantes. Os las dirijo a vosotros, queridos jóvenes. Son pocas, pero esenciales. Son éstas: Jesucristo es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Él no defrauda a nadie y es el mejor amigo de los jóvenes. Dejaos conquistar por él (cf. Flp 3, 12), para que podáis ser protagonistas de una vida verdaderamente significativa, protagonistas de una grande y espléndida aventura, marcada por el amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22, 37- 40). En vuestras manos está el futuro: el vuestro, pero también el de la Iglesia y el de vuestra patria. Deberéis afrontar serias responsabilidades. Estaréis a la altura de vuestras obligaciones futuras, si os preparáis ahora adecuadamente, con la ayuda de vuestras familias, de la Iglesia y de las instituciones de formación.

Sabed encontrar vuestro lugar en la Iglesia y en la sociedad, aceptando generosamente las tareas que os encomiendan actualmente en vuestra familia y fuera de ella. Éste es el modo más eficaz de prepararos para las tareas del mañana. No olvidéis jamás que cualquier proyecto de vida que no sea conforme al designio de Dios sobre el hombre está destinado, antes o después, al fracaso. En efecto, sólo con Dios y en Dios el hombre puede realizarse completamente y alcanzar la plenitud a la que aspira en lo más íntimo de su corazón.

Un poeta vuestro escribió: «Felix, qui semper vitae bene computat usum» (M. Marulia, Carmen de doctrina Domini nostri Iesu Christi pendentis in cruce, v. 77). Es decisivo elegir los verdaderos valores, y no los efímeros; la auténtica verdad, y no las verdades a medias o las pseudoverdades. Desconfiad de quien os prometa soluciones fáciles. Sin sacrificio no se construye nada grande.

7. Ha llegado el momento de la despedida. Un último saludo a todos, en particular a vosotros, habitantes de Salona: sentíos orgullosos de los tesoros de fe que la historia os ha confiado. Conservadlos celosamente.

Quisiera despedirme de vosotros recordándoos las palabras del beato Alojzije Stepinac: «No seréis dignos de los nombres de vuestros padres, si permitís que os separen de la roca, sobre la que Cristo construyó la Iglesia» (Testamento, 1957).

Os encomiendo a María, la Madre, según la carne, del Verbo hecho hombre por nuestra salvación. Que la Virgen de la Isla, desde este protosantuario suyo en tierra croata, vele por vosotros, vuestras familias y vuestra patria, y os sostenga en vuestro testimonio de Cristo, en el nuevo milenio, que ya está a las puertas.

Os bendigo a todos.

¡Alabados sean Jesús y María!

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VIAJE PASTORAL A CROACIA

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE CROACIA

Venerados hermanos en el episcopado:

1. Me alegra reunirme con vosotros después de la beatificación de ayer, en Marija Bistrica, de Alojzije Stepinac, solícito y valiente pastor de esta tierra. Os saludo cordialmente a cada uno y os agradezco el intrépido testimonio que con constancia habéis dado a la Iglesia universal y al mundo, especialmente durante los años de la reciente tragedia que ha afectado a esta región.

Por medio de vosotros, deseo que mi saludo cordial y afectuoso llegue a los sacerdotes y diáconos que comparten con vosotros los esfuerzos apostólicos de cada día. Con el mismo intenso afecto quiero expresar mi aprecio por el testimonio evangélico que dan diariamente los consagrados, las consagradas y cuantos han entregado su vida al servicio de Dios y de sus hermanos.

Proseguid con valentía vuestro ministerio en favor de esta porción del pueblo de Dios, para la que habéis sido constituidos sacerdotes, pastores y maestros, en comunión con el Sucesor de Pedro. Os exhorto a continuar imitando el ejemplo de cuantos, tras las huellas del buen Pastor, han entregado su vida por la grey de Cristo y han trabajado por la edificación de la unidad de la Iglesia, como el beato Alojzije Stepinac.

2. La comunión de todos los creyentes es la voluntad precisa de nuestro Redentor. Es el elemento esencial de toda actividad apostólica y fundamento de toda evangelización. Que Dios os conceda «tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz» (Rm 15, 5-6), lo glorifiquéis, construyendo su Reino en medio de vuestro pueblo. La Iglesia que está en Croacia necesita consolidar la comunión entre las diversas fuerzas que la componen, para alcanzar los objetivos que le corresponden en el actual clima de libertad y democracia.

Apoyo las iniciativas encaminadas a promover la sincera colaboración entre los diversos componentes eclesiales, y exhorto a todos a intensificar su disposición espiritual a la comunión y a la obediencia a los pastores. Esa actitud redundará en beneficio de toda la comunidad cristiana. La capacidad de interacción recíproca, respetando las legítimas exigencias de cada uno, dará seguramente abundantes frutos de fe, esperanza y caridad, y, al mismo tiempo, será a los ojos de todos un gran testimonio de la unidad en Cristo.

Venerados hermanos en el episcopado, «la Iglesia está formada por el pueblo unido a su obispo y por la grey que permanece fiel a su pastor» (san Cipriano, Epist. 66, 8: CSEL 3, 2, 733). Por tanto, quisiera alentaros en vuestro esfuerzo diario por consolidar la comunión eclesial en todos los ámbitos, trabajando para que el clero y los fieles acudan asiduamente a la enseñanza apostólica, a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a la oración (cf. Hch 2, 42). Permaneced siempre unidos entre vosotros, en comunión con el Obispo de Roma y con los demás miembros del Colegio episcopal, en particular con los de Bosnia-Herzegovina.

3. La tarea principal que vuestras Iglesias deben emprender en este momento histórico consiste en el nuevo anuncio del evangelio de Cristo en todos los ámbitos de la sociedad. Es una obra que requiere la movilización de todas las fuerzas vivas de la Iglesia: obispos, sacerdotes, consagrados y fieles laicos.

Durante los últimos decenios, tanto vuestra patria como otras partes de Europa del este han sufrido la tragedia causada por el materialismo ateo. Hoy, en el nuevo clima democrático, es preciso dar un fuerte impulso a la nueva evangelización, para que el hombre, la familia y la sociedad no se engañen y caigan en la trampa del consumismo y del hedonismo. Es necesario testimoniar y anunciar los valores que hacen que la vida sea auténtica y plena de alegría, saciando el corazón humano y llenándolo de esperanza desde la perspectiva de la herencia que Dios ha preparado para sus hijos. Por tanto, la Iglesia en Croacia está llamada a redescubrir sus raíces religiosas y culturales, para cruzar con serenidad y confianza el umbral del nuevo milenio, que ya está a las puertas.

El diálogo ecuménico con las demás Iglesias y comunidades cristianas dará mayor impulso a la nueva evangelización en el clima actual. En armonía con la doctrina del concilio Vaticano II, no os cansáis de promover con empeño este diálogo, con la esperanza de poder llegar un día a dar ante el mundo un testimonio común de Cristo. Al mismo tiempo, cultivad el diálogo interreligioso, que sirve para superar las incomprensiones inútiles, facilitando el respeto recíproco y la colaboración al servicio del hombre.

Todo esto debe ir acompañado por una intensa oración y una participación activa y convencida, a nivel personal, familiar y comunitario, en la vida sacramental de la Iglesia y particularmente en la Eucaristía.

En este período de grandes cambios y transformaciones, Croacia necesita hombres y mujeres de fe viva, que sepan dar testimonio del amor de Dios a los hombres y mostrarse disponibles a poner sus energías al servicio del Evangelio. Vuestra nación necesita apóstoles, que vayan a la gente para llevarle la buena nueva; necesita almas orantes, que no dejen de cantar las alabanzas a la santísima Trinidad y eleven súplicas a «Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4).

Vuestra nación tiene necesidad, además, de fieles laicos comprometidos que den testimonio evangélico en el mundo de la cultura y de la política, pues a ellos les corresponde la tarea de impregnar esos ámbitos del espíritu de Cristo, en beneficio de toda la sociedad.

4. Para dar una respuesta adecuada a esas exigencias, es preciso prestar particular atención a la formación de los sacerdotes, de los consagrados y de cuantos trabajan en la viña del Señor; asimismo, hace falta promover la pastoral vocacional.

De los sacerdotes se espera que sean testigos auténticos, coherentes y alegres de Cristo y de su Evangelio, de acuerdo con los compromisos asumidos en el momento de la ordenación. El celo apostólico y la actividad pastoral han de alimentarse y sostenerse con la oración y el recogimiento, de modo que cada uno pueda, ante todo, vivir cuanto anuncia con la palabra y celebra diariamente en los santos misterios y en la liturgia de alabanza. En ese ámbito, la entrega en el celibato será para cada sacerdote testimonio de su adhesión sin reservas al designio del Padre celestial, designio que hace suyo con caridad activa y en comunión constante con Cristo, buen Pastor. La espiritualidad se enriquecer á gracias al recurso a varias formas de devoción o de prácticas piadosas, como la confesión regular, la meditación, la adoración eucarística, el vía crucis y el rezo del santo rosario.

Al obispo también le corresponde sostener a los consagrados y a las consagradas en su entrega total al Señor, exhortándolos a vivir con generosidad el carisma del instituto de pertenencia y a trabajar siempre en comunión con la Iglesia particular y universal.

5. Es necesario, asimismo, encontrar los medios oportunos para ayudar a los hombres de nuestro tiempo a comprender y acoger el gran proyecto de Dios sobre el hombre. En efecto, el hombre de hoy necesita conocer y hacer suya la dignidad que Dios le ha dado gratuitamente al crearlo a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27) y al redimirlo con la sangre de Cristo (cf. Ap 5, 9).

Que en vuestra actividad pastoral, la familia, «iglesia doméstica», tenga un lugar especial, ya que «el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia » (Familiaris consortio , 75). Será capaz de responder a los desafíos y a las insidias del mundo contemporáneo, en la medida en que sepa abrirse a Dios, viviendo y actuando «el misterio de la unidad y del amor fecundo entre Cristo y su Iglesia» (Lumen gentium , 11). Una familia en la que «los padres sean para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo» (ib.), sabrá responder eficazmente a su misión en el mundo contemporáneo, transformándose en lugar de fe y amor, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret.

Nuestros contemporáneos necesitan nociones claras sobre la naturaleza y la vocación de la familia. Por eso, no os canséis de dar a conocer la concepción cristiana del matrimonio y de la familia. A la luz de la palabra de Dios, tratad de profundizar sus tareas en el ambiente actual. Vosotros y vuestros sacerdotes, ayudados por personas expertas y debidamente preparadas para esa función, debéis esmeraros por promover una intensa y segura pastoral familiar, en la que tenga su debido espacio la defensa de la vida, según las enseñanzas del Magisterio (cf. Familiaris consortio , 36).

En este campo, esforzaos para que los agentes pastorales reciban una adecuada formación, a fin de que puedan responder prontamente a las expectativas de los novios y de los esposos. Estad junto a las familias que tienen dificultades y ven amenazada su naturaleza de comunidad de amor, de vida y de fe, y que están afectadas por problemas de índole social y económica, o probadas por el sufrimiento.

Y no olvidéis la atención pastoral de las nuevas generaciones. El futuro les pertenece, y los jóvenes bien formados serán capaces de formar buenas familias, y las buenas familias, a su vez, serán capaces de educar bien a sus hijos.

Así pues, la pastoral familiar, con particular atención a los jóvenes, se presenta como un programa para la construcción del futuro de la Iglesia y de la sociedad civil. La promoción de la dignidad de la persona y de la familia, del derecho a la vida, hoy particularmente amenazado, junto con la defensa de los sectores sociales más débiles, debe ocupar un lugar especial entre vuestras preocupaciones apostólicas, para «dar un alma» a la moderna Croacia.

Frente a la difusión de la cultura de la muerte, que se manifiesta sobre todo en la práctica del aborto y en el creciente favor con que se mira la eutanasia, hay que proponer una nueva cultura de la vida. En este sentido, se necesitan iniciativas pastorales encaminadas a ayudar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a redescubrir el significado profundo de la vida, no sólo de la vida joven y sana, sino también de la afectada por la enfermedad. A este respecto, la palabra de Dios brinda la respuesta verdadera y definitiva.

Defender la vida forma parte de la misión de la Iglesia. En efecto, «Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre» (Catecismo de la Iglesia católica , n. 1). Hoy, como ayer, nuestros hermanos y hermanas necesitan conocer a Cristo, el enviado del Padre, que ha depositado en el corazón del hombre un germen de vida nueva e inmortal, la vida de los hijos de Dios. La acción pastoral en este sector debe hacer referencia al orden que Dios ha impreso en el hombre y en toda la creación.

6. Venerados hermanos en el episcopado, formulo votos para que las Iglesias que presidís estén guiadas siempre por el Espíritu Santo y actúen bajo sus impulsos. Junto con vosotros, invoco la protección de la santísima Madre de Dios, Reina de Croacia, y la intercesión de todos los santos y beatos de esta región.

Acompaño estos sentimientos con una especial bendición apostólica, que os imparto de corazón a cada uno de vosotros, al clero, a los consagrados, a las consagradas y a todos los fieles de vuestras diócesis.

Split, 4 de octubre de 1998, vigésimo año de mi pontificado

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VIAJE PASTORAL A CROACIA

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL MUNDO DE LA CULTURA Y DE LA CIENCIA EN LA SEDE DE LA NUNCIATURA Sábado 3 de octubre de 1998

Ilustres señores y señoras; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra este encuentro, que me permite daros un cordial y deferente saludo. Mi pensamiento va, en este momento, también a vuestros colegas que, en todas partes del país, cumplen la nobilísima misión de buscar la verdad en los diversos campos del saber. A ellos los saludo con gran cordialidad.

He querido incluir en el programa de mi visita pastoral a vuestro país este breve, pero para mí significativo, encuentro con vosotros, representantes del mundo de la cultura y de la ciencia, para confirmar también de este modo la estima y el aprecio que la Iglesia alberga hacia la actividad intelectual como expresión de la creatividad del espíritu humano. Aprovecho de buen grado esta ocasión para rendir homenaje a la rica tradición cultural que caracteriza a la nación croata y atestigua su antigua y profunda sensibilidad ante el bien, la verdad y la belleza.

Quisiera utilizar esta circunstancia para reflexionar junto con vosotros, sobre la contribución específica que los cristianos, como hombres de cultura y de ciencia, están llamados a dar para el ulterior crecimiento de un verdadero humanismo en vuestra patria, en el seno de la gran familia de los pueblos. En efecto, el cristiano tiene la misión de transmitir a las diversas instancias de la vida social y, portanto, también al mundo de la cultura, la luz del Evangelio.

De hecho, a lo largo de los siglos, el cristianismo ha dado una importante contribución a la formación del patrimonio cultural de vuestro pueblo. Por consiguiente, en el umbral del tercer milenio no pueden faltar nuevas fuerzas vivas que den renovado impulso a la promoción y al desarrollo de la herencia cultural de la nación, con plena fidelidad a sus raíces cristianas.

2. Croacia, como Europa y el resto del mundo, está atravesando un tiempo de grandes cambios, que abren estimulantes perspectivas, pero que también plantean serios problemas. Es preciso saber dar a estos cambios una respuesta adecuada, que brote de la consideración de la verdad profunda del hombre y del necesario respeto a los valores morales inscritos en su naturaleza.

En efecto, no hay verdadero progreso si no se respeta la dimensión ética de la cultura, de la investigación científica y de toda la actividad del hombre. El actual relativismo ético, con el consiguiente oscurecimiento de los valores morales, favorece el surgir de comportamientos que ofenden la dignidad de la persona, y eso se traduce en un serio obstáculo para el desarrollo humanístico en los diversos ámbitos de la existencia.

Es evidente, por lo demás, que el bien de la persona, objetivo último de todo compromiso cultural y científico, nunca puede separarse de la consideración del bien común. Me complace recordar, a este respecto, la inscripción que destaca en la sala del Gran Consejo de Dubrovnik: «Obliti privatorum, publica curate». Ojalá que el compromiso de pensadores y científicos, inspirado en valores auténticos, se entienda siempre como un servicio generoso y desinteresado al hombre y a la sociedad, y que nunca se doblegue a fines contrarios a ese objetivo supremo.

3. Dado que la cultura tiene como fin último el servicio al verdadero bien de la persona, no ha de sorprender que la sociedad, al buscar su desarrollo, encuentre a su lado a la Iglesia. En efecto, también ella tiene como destinatario de su solicitud pastoral al «hombre en su unidad y totalidad, con cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad » (Gaudium et spes , 3). El servicio al hombre es el punto donde se encuentran la Iglesia y el mundo de la ciencia y de la cultura.

Se trata de un encuentro que, de hecho, a lo largo de los siglos ha resultado singularmente fecundo. El Evangelio, con su tesoro de luminosas verdades sobre los diferentes aspectos de la existencia, ha enriquecido de modo significativo las respuestas elaboradas por la razón, asegurándoles una mayor correspondencia a las profundas expectativas del corazón del hombre.

A pesar de las incomprensiones que se han producido en ciertos períodos, la Iglesia se ha mostrado siempre sumamente sensible ante los valores de la cultura y de la investigación. Lo atestigua vuestra historia: cuando, en el siglo VII, vuestros antepasados, al recibir el bautismo, entraron a formar parte de la Iglesia, con ese mismo hecho se introdujeron también en el mundo de la cultura occidental. Desde esa época tiene lugar en Croacia un constante progreso cultural y científico, al que la Iglesia misma da una aportación decisiva. De todos es conocida la gran contribución que ha brindado a la filosofía, a la literatura, a la música, al teatro, a las ciencias, al arte; asimismo, es conocido el mérito que le corresponde en la edificación de escuelas de todo tipo, desde las de educación básica hasta los templos de la ciencia universitaria. También en el futuro la Iglesia desea perseverar en esta actitud, que considera parte integrante de su servicio al mensaje evangélico.

En esta región, donde durante siglos se han encontrado visiones del mundo diversas, es preciso seguir comprometiéndose juntos en favor de la cultura, sin caer en estériles enfrentamientos, sino más bien cultivando sentimientos de respeto y conciliación. Eso no significa, por lo demás, que haya que renunciar a la propia identidad y cultura. Las raíces, la herencia y la identidad de todo pueblo, en lo que tienen de auténticamente humano, constituyen una riqueza para la comunidad internacional.

4. El clima de libertad y democracia, que se ha instaurado en Croacia al inicio de este decenio, permite la reinserción de las facultades de teología en las universidades del país, lo cual contribuir á significativamente a promover el diálogo entre cultura, ciencia y fe. En efecto, las universidades representan la sede privilegiada de un diálogo cuyos benéficos efectos podrán sentirse en la formación de las nuevas generaciones, orientando sus opciones morales y su inserción activa en la sociedad. Ojalá que vuestras escuelas y, sobre todo, vuestras universidades sean verdaderos crisoles de pensamiento, de forma que preparen profesionales excelentes en los diversos campos del saber, pero también personas profundamente conscientes de la gran misión que se les ha confiado: la de servir al hombre.

Uno de los frutos de la dinámica relación entre fe y razón será, seguramente, un nuevo florecimiento ético y espiritual en vuestro país, que durante decenios ha sido víctima de las devastaciones producidas por el materialismo ateo. Este nuevo florecimiento de los valores constituirá el bastión más fuerte contra los actuales desafíos del consumismo y el hedonismo. De esta forma, sobre una sólida plataforma de valores, el hombre, la familia y la sociedad podrán edificarse de acuerdo con la verdad, abriéndose a la alegría y a la esperanza, con la mirada fija en el destino eterno que Dios ha preparado para cada ser humano. Así se evitará, en el futuro, el drama de la ruptura entre cultura y Evangelio, que ha trastornado nuestra época (cf. Evangelii nuntiandi , 20).

Una cultura que rechaza a Dios no puede definirse plenamente humana, porque excluye de su horizonte a Aquel que creó al hombre a su imagen y semejanza, lo redimió por obra de Cristo y lo consagró con la unción del Espíritu Santo. Por este motivo el hombre, según todas sus dimensiones, debe ser el centro de toda forma de cultura y el punto de referencia de todo esfuerzo científico.

5. A vosotros Dios os ha dado en herencia un espléndido país, cuyo himno nacional comienza con estas palabras: «Nuestra hermosa patria». ¿Cómo no ver evocado en esa expresión el deber de respetar la naturaleza, actuando con sentido de responsabilidad frente al ambiente vital que la Providencia dio al hombre? El mundo constituye el escenario en donde cada uno está llamado a desempeñar su papel para alabanza y gloria de Dios Creador y Salvador.

Sedientos de la verdadera sabiduría, del conocimiento del universo y de las normas que lo regulan, fascinados por la verdad, por el bien y por la belleza, tratad de descubrir la Fuente suprema: Dios, origen de toda verdad, que con sabiduría sostiene y gobierna todo lo que existe. Que la palabra de Dios ilumine vuestra investigación de los caminos que llevan a la verdad. Alimentando un profundo amor a ella, en vuestro empeño diario sabréis ser apasionados investigadores y cooperadores solícitos de quien la busca. 6. Por último, unas palabras en particular a los hombres y mujeres de la ciencia y de la cultura que se declaran cristianos: a ellos se les ha confiado la misión de evangelizar continuamente el ámbito en el que actúan. Su corazón, por consiguiente, debe estar abierto a los impulsos del Espíritu Santo, el «Espíritu de la verdad» que guía «a la verdad plena» (cf. Jn 16, 13).

Esta elevada misión exige una constante profundización de lo que implica su adhesión de fe a Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), «fuerza y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 24), dado que «todo fue creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1, 16-17). Que cada uno asuma con valentía esta elevada misión y se esfuerce por cumplirla con gran generosidad. Encomiendo a la protección de la santísima Madre de Dios, a quien la Iglesia invoca como Sede de la sabiduría, a cuantos buscan con sinceridad de corazón la verdad, y sobre todos invoco la bendición de Dios.

Zagreb, 3 de octubre de 1998, año vigésimo de mi pontificado

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VIAJE PASTORAL A CROACIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA POBLACIÓN DURANTE EL ENCUENTRO EN LA PLAZA DE LA CATEDRAL Viernes 2 de octubre de 1998

1. Queridos habitantes de Zagreb y de toda Croacia; queridos jóvenes y queridas familias: ¡Paz a vosotros!

Aquí, ante esta majestuosa catedral, monumento de fe y de arte, en la que se conservan los restos del siervo de Dios Alojzije Stepinac, os saludo en el nombre de Cristo resucitado, único Salvador del mundo, y os abrazo a todos con gran afecto.

Mi pensamiento se extiende a todos los queridos habitantes de este país, a cuyas nobles tradiciones de civilización me alegra rendir homenaje. Me dirijo en particular a vosotros, cristianos, que, según las palabras del apóstol Pedro, debéis estar «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 P 3, 15).

Doy gracias a la Providencia, que ha guiado mis pasos, trayéndome de nuevo a Croacia. Me vienen espontáneamente a los labios las palabras de un poeta vuestro: «Aquí todos son hermanos míos, me siento en casa...» (D. Domjani•, Kaj). Quisiera poder saludar personalmente a todos los habitantes de esta tierra, independientemente de la clase social a la que pertenezcan: agricultores, obreros, amas de casa, profesionales, marineros, pescadores, hombres de cultura y de ciencia, jóvenes, ancianos y enfermos. A todos expreso mis mejores deseos de paz y esperanza.

2. Con afecto me dirijo en particular a vosotros, jóvenes, que habéis venido en tan gran número a acogerme a mi llegada a vuestro país. Me alegra especialmente comenzar esta peregrinación encontrándome con los jóvenes.

Amadísimos hermanos, vosotros sois el futuro de esta región y de la Iglesia que está en Croacia. Hoy Cristo llama a la puerta de vuestro corazón: ¡acogedlo! Él tiene la respuesta adecuada a vuestras expectativas. Con él, bajo la mirada amorosa de la Virgen María, podréis construir de modo creativo el proyecto de vuestro futuro.

Inspiraos en el Evangelio. A la luz de sus enseñanzas, podréis alimentar un sano espíritu crítico frente a los conformismos de moda y llevar a vuestro ambiente la novedad liberadora de las bienaventuranzas. Aprended a distinguir entre el bien y el mal, sin juzgar de forma precipitada. Ésta es la sabiduría que debe caracterizar a toda persona madura.

3. El ciudadano, y especialmente el creyente, tiene precisas responsabilidades frente a su patria. Vuestro país espera de vosotros una contribución significativa en los diversos ámbitos de la vida social, económica, política y cultural. Su futuro será mejor en la medida en que cada uno de vosotros se esfuerce por mejorarse a sí mismo.

La vida humana en la tierra conlleva dificultades de varios tipos; y, ciertamente, no se las puede resolver refugiándose en el hedonismo, el consumismo, la droga o el alcohol. Os exhorto a afrontar con valor las adversidades, buscando la solución a la luz del Evangelio. Sabed redescubrir los recursos de la fe, a fin de hallar en ellos la fuerza para dar un testimonio valiente y coherente.

El siervo de Dios cardenal Alojzije Stepinac, al que mañana, Dios mediante, elevaré al honor de los altares, recomendaba a los jóvenes de su tiempo: «Estad atentos a vosotros mismos y seguid madurando, porque sin personas maduras y sólidas desde el punto de vista moral no se logra nada. Los patriotas más grandes no son los que más gritan, sino los que cumplen con más fidelidad la ley de Dios» (Homilías, Discursos, Mensajes, Zagreb 1996, p. 97).

Que nunca decaiga vuestro entusiasmo juvenil, alimentado con una profunda relación con Dios. Al respecto, el mismo cardenal Stepinac recomendaba a los sacerdotes: «Alejad, como si fuera peste, de nuestros jóvenes toda pusilanimidad, porque es indigna de los católicos, que pueden enorgullecerse de un nombre tan grande como es el de nuestro Dios» (Cartas desde la cárcel, Zagreb 1998, p. 310).

4. He deseado ardientemente realizar esta segunda visita a Croacia para poder continuar la peregrinación de fe, esperanza y paz que comencé en septiembre de 1994. Ahora, afortunadamente, ya no hay guerra. Mi deseo es que no vuelva a haber guerra en este noble país. Ojalá que, junto con toda la región, se convierta en una morada de paz: de una paz auténtica y duradera, que siempre implica justicia, respeto a los demás y convivencia entre personas y culturas diversas.

Croacia, parte integrante de Europa, ha pasado definitivamente una página dolorosa de su historia, dejando a sus espaldas las terribles tragedias del siglo XX para mirar al nuevo milenio con un ardiente deseo de paz, de libertad, de solidaridad y de cooperación entre los pueblos. Me complace citar aquí las palabras que pronunció mi predecesor Pío XII, de venerada memoria, el 24 de diciembre de 1939: «Un postulado fundamental de una paz justa y honrosa es asegurar el derecho a la vida y a la independencia de todas las naciones, grandes y pequeñas, poderosas y débiles » (AAS 32 [1940] 10). Son palabras que conservan todo su valor también en la perspectiva del nuevo milenio, que ya está a las puertas. Pero son, asimismo, palabras que comprometen a toda nación a modelar su propio ordenamiento jurídico según las exigencias del Estado de derecho, gracias al respeto creciente hacia las instancias arraigadas en la dignidad innata de los ciudadanos que la componen.

Espero que en este país se reconozcan y se respeten cada vez más los derechos fundamentales de la persona, comenzando por el derecho a la vida desde su concepción hasta su término natural. El grado de civilización de una nación se juzga según la sensibilidad que muestra con respecto a sus miembros más débiles y desvalidos, y según el compromiso con que promueve su rehabilitación y su plena inserción en la vida social.

5. En este proceso de promoción humana la Iglesia se siente interpelada. Con todo, sabe muy bien que su deber primero y principal consiste en contribuir a él mediante el anuncio del Evangelio y la formación de las conciencias. Al cumplir esta misión, cuenta con cada uno de vosotros, amadísimos fieles que me escucháis: cuenta con vuestro testimonio y, antes aún, con vuestra oración. En efecto, es en la oración donde se abre a los horizontes de la constante presencia salvífica de Dios en la vida de todas las personas y de todos los pueblos. La comunión con Dios alimenta en los corazones la valentía de la esperanza. Ojalá que cada uno de vosotros redescubra los inmensos tesoros ocultos en la oración personal y comunitaria.

Deseo de corazón que las poblaciones de Croacia permanezcan también en el futuro fieles a Cristo. En esta fidelidad radica el secreto de la verdadera libertad, pues Cristo «nos liberó para que seamos libres» (Ga 5, 1). Y la libertad, como canta uno de vuestros poetas, «es un don en el que el Dios altísimo nos ha dado todo tesoro» (I. Gundulia, Dubravka).

6. ¡Nos vemos mañana en el santuario de Marija Bistrica!

Invoco ahora la bendición de Dios y la protección de la santísima Virgen María sobre vosotros, aquí presentes, sobre los que están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión, y sobre todos los habitantes del país. El Señor os conceda fe perseverante, concordia activa y decisiones sabias inspiradas en el bien común.

Que jamás desaparezca de vuestros labios el hermosísimo saludo, con el que me dirijo ahora a vosotros:

¡Alabados sean Jesús y María!

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VIAJE PASTORAL A CROACIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA Aeropuerto internacional de Zagreb Viernes 2 de octubre de 1998

Señor presidente de la República; honorables representantes del Gobierno; venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas:

1. La Providencia divina me permite pisar hoy de nuevo la tierra croata: estoy a punto de comenzar mi segunda visita pastoral a este amado país. Este viaje apostólico constituye, en cierto modo, la continuación del que tuve oportunidad de realizar, en septiembre de 1994, cuando mi visita se limitó a la capital.

Me alegra haber podido aceptar las invitaciones que me llegaron de varias partes: de los obispos del país, del señor presidente de la República, de los representantes del Gobierno y del Parlamento croata, así como de algunos ciudadanos. Agradezco al señor presidente de la República las palabras de gran cordialidad y bienvenida que me acaba de dirigir. Saludo a los representantes del Gobierno y a las demás personalidades que han querido honrar con su presencia este encuentro.

Con gran cordialidad os saludo, asimismo, a todos vosotros, que os habéis reunido aquí para darme la bienvenida: a través de vosotros mi saludo se extiende a todos los habitantes de este noble país, rico en fe y cultura.

2. Vengo a vosotros como peregrino del Evangelio, siguiendo las huellas de los primeros confesores de la fe. Vengo a recoger los frutos del valiente testimonio que han dado tanto pastores como fieles desde los primeros siglos del cristianismo. Son frutos que se han manifestado en toda su riqueza, sobre todo en los períodos difíciles: el de las persecuciones romanas, en los comienzos; luego, el de la invasión y la sucesiva ocupación turca; y, por último, el terrible período de la represión comunista. ¡Cómo no quedar admirados ante héroes de la fe como el obispo san Domnio, los mártires de Salona, de Delminium, de Istria, de Sirmium, de Siscia, hasta llegar al siervo de Dios Alojzije Stepinac, que junto con otros testigos ha llenado de intensa luz este siglo, con el que se concluye el segundo milenio cristiano!

Al dar gracias al Señor por la bimilenaria presencia de la Iglesia en esta región y por la rica historia de los católicos croatas, vengo hoy a confirmar a mis hermanos en la fe. Vengo a animar su esperanza y a fortalecer su caridad. Esta segunda visita pastoral mía a Croacia tiene dos momentos centrales: la beatificación del siervo de Dios Alojzije Stepinac como mártir de la fe y la celebración del XVII centenario de la fundación de la ciudad de Split. Con esos dos acontecimientos están vinculadas mis dos peregrinaciones: a Marija Bistrica, santuario mariano nacional croata, y al protosantuario mariano croata, en la isla de Solin, dos lugares muy significativos para la historia religiosa de vuestra región.

Así pues, este viaje se realiza en la perspectiva de la devoción que siente el pueblo croata hacia la Madre de Dios. Por eso, deseo ya desde ahora encomendarle a ella, venerada como la Advocata Croatiae, fidelissima Mater, mi visita a vuestra tierra. A ella elevo mi súplica, para que siga velando sobre el camino de vuestro pueblo. Que ella lo proteja y lo sostenga en su testimonio de Cristo y del Evangelio, y le señale, a lo largo de los caminos del tiempo, la senda de la salvación eterna.

3. Es de suma importancia que el pueblo croata permanezca fiel a sus raíces cristianas, manteniéndose, al mismo tiempo, abierto a las instancias del momento actual que, aunque plantea arduos problemas, deja vislumbrar también alentadores motivos de esperanza. Después de la violenta y cruel guerra, en la que se vio implicada, la tierra croata conoce finalmente un período de paz y libertad. Ahora todas las energías de la población están orientadas a la curación progresiva de las profundas heridas del conflicto, a una auténtica reconciliación entre todos los componentes étnicos, religiosos y políticos de la población, y a una democratización cada vez mayor de la sociedad.

Me alegro de ello y exhorto a perseverar en este esfuerzo con generosa determinación. Son numerosos los obstáculos creados por las consecuencias de la guerra y por la mentalidad que se formó durante el régimen comunista. Es indispensable no rendirse. Con la colaboración solidaria de todos será posible encontrar soluciones adecuadas y, en tiempos razonablemente breves, incluso a las cuestiones más complejas.

Deseo de corazón que en esta región de Europa no se vuelvan a repetir nunca las situaciones inhumanas que han tenido lugar en varias ocasiones durante este siglo. Ojalá que la experiencia dolorosa y trágica de las décadas pasadas se transforme en lección capaz de iluminar las mentes y fortalecer las voluntades, de modo que el futuro de este país, así como el de Europa y el del mundo entero, se beneficie de una creciente comprensión y colaboración incluso entre pueblos de diversa lengua, cultura y religión.

Con palabras de amor y esperanza comienzo, por tanto, esta visita a la querida Croacia: ojalá que contribuya a la reconstrucción, sobre valores duraderos, de un país que forma parte integrante de Europa. Espero que de las antiguas raíces cristianas de esta tierra brote una gran corriente de savia vital, que asegure, ya en el umbral de un nuevo milenio, el florecimiento de un auténtico humanismo para las generaciones futuras. En particular, deseo que los cristianos sepan dar un impulso decisivo a la nueva evangelización, ofreciendo con generosidad testimonio de Cristo Señor, Redentor del hombre.

Invocando la asistencia divina sobre toda la nación croata, os bendigo a todos de corazón.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL DÉCIMO GRUPO DE OBISPOS ESTADOUNIDENSES EN VISITA «AD LIMINA» Viernes 2 de octubre de 1998

Querido cardenal Mahony; queridos hermanos en el episcopado:

1. Con alegría y afecto os doy la bienvenida a vosotros, obispos de la Iglesia en California, Nevada y Hawai, con ocasión de la visita ad limina Apostolorum. Vuestra peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo es una celebración de los vínculos eclesiales que unen a vuestras Iglesias particulares con la Sede de Pedro. Consciente de que la Iglesia en todo el mundo se está preparando para celebrar el gran jubileo del año 2000, he decidido dedicar esta serie de reflexiones con vosotros y con vuestros hermanos en el episcopado a la renovación de la vida de la Iglesia recomendada por el concilio Vaticano II. El Concilio fue un don del Espíritu Santo a la Iglesia, y su aplicación plena es el mejor modo de asegurar que la comunidad católica en Estados Unidos entre en el nuevo milenio fortalecida en la fe y en la santidad, contribuyendo eficazmente a crear una sociedad mejor mediante su testimonio de la verdad sobre el hombre, que se nos revela en Jesucristo (cf. Gaudium et spes , 24). En efecto, la gran responsabilidad de la Iglesia en vuestro país estriba en difundir esta verdad, «que ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor» (Veritatis splendor , proemio).

Estamos llegando al fin de un siglo que comenzó con confianza en las posibilidades de un progreso casi ilimitado de la humanidad, pero que ahora termina con un miedo difundido y en medio de la confusión moral. Si queremos una primavera del espíritu humano, debemos redescubrir los fundamentos de la esperanza (cf. Discurso a la 50ª Asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas, 16-18, 5 de octubre de 1995). Sobre todo, la sociedad ha de aprender a acoger, una vez más, el gran don de la vida, apreciarlo, protegerlo y defenderlo contra la cultura de la muerte, que es una expresión del gran miedo que caracteriza a nuestro tiempo. Una de vuestras más nobles tareas como obispos consiste en proteger decididamente la vida, animando a quienes la defienden y construyendo con ellos una auténtica cultura de la vida.

2. El concilio Vaticano II era muy consciente de las fuerzas que configuran la sociedad contemporánea cuando habló con claridad en defensa de la vida humana contra los peligros que se cernían sobre ella (cf. Gaudium et spes, 27). El Concilio también dio una inestimable contribución a la cultura de la vida con su elocuente presentación del significado pleno del amor conyugal (cf. ib., 48-51). Siguiendo la línea del Concilio y difundiendo su enseñanza, el Papa Pablo VI escribió la encíclica profética Humanae vitae , cuyo trigésimo aniversario estamos celebrando este año. En ella afrontó las consecuencias morales del poder de cooperar con el Creador en el nacimiento de una nueva vida en el mundo. El Creador hizo al hombre y a la mujer para que se complementaran en el amor, y su unión es una participación en el poder creador de Dios mismo. El amor conyugal es un servicio a la vida, no sólo porque engendra una nueva vida, sino también porque, entendido correctamente como entrega total y recíproca de los esposos, crea el ambiente de amor y atención en que se acoge cordialmente la nueva vida como un don de valor incomparable.

Treinta años después de la Humanae vitae , constatamos que las ideas erró- neas acerca de la autonomía moral del individuo siguen causando heridas en la conciencia de muchas personas y en la vida de la sociedad. Pablo VI puso de relieve algunas de las consecuencias de separar el aspecto unitivo del amor conyugal de su dimensión procreadora: un debilitamiento gradual de la disciplina moral; una trivialización de la sexualidad humana; la degradación de la mujer; la infidelidad conyugal, que lleva a menudo a la ruptura de la familia; los programas de control demográfico promovidos por los Estados, que se basan en la anticoncepción y esterilización impuestas (cf. Humanae vitae , 17). La legalización del aborto y de la eutanasia, el recurso cada vez más frecuente a la fecundación in vitro, y ciertas formas de manipulación genética y de experimentación con embriones, están también estrechamente vinculadas, tanto en la ley y en la política pública como en la cultura contemporánea, a la idea de un dominio ilimitado del propio cuerpo y de la vida.

La enseñanza de la Humanae vitae exalta el amor matrimonial, promueve la dignidad de la mujer y ayuda a las parejas a crecer en la comprensión de la verdad de su camino particular hacia la santidad. También es una respuesta al intento de la cultura contemporánea de reducir la vida a la comodidad. Como obispos, junto con vuestros sacerdotes, diáconos, seminaristas y los demás agentes pastorales, debéis encontrar el lenguaje y las imágenes adecuadas para presentar esta enseñanza de un modo comprensible y convincente. Los programas de preparación para el matrimonio deberían incluir una presentación honrada y completa de la enseñanza de la Iglesia sobre la procreación responsable y explicar los métodos naturales de regulación de la fertilidad, cuya legitimidad se basa en el respeto del significado humano de la intimidad sexual. Los matrimonios que han acogido la enseñanza del Papa Pablo VI han descubierto que es en verdad fuente de profunda unidad y alegría, alimentada por una comprensión y un respeto mutuos cada vez mayores. Habría que exhortarlos a compartir su experiencia con parejas de novios que participan en los programas de preparación para el matrimonio.

3. La reflexión sobre un aniversario muy diferente es útil para profundizar el sentido de la urgencia del compromiso en favor de la vida. En los veinticinco años que han pasado desde la decisión judicial que legalizó el aborto en vuestro país, ha habido una movilización general de las conciencias en favor de la vida. El movimiento pro-vida es uno de los aspectos más positivos de la vida pública norteamericana, y el apoyo que los obispos le han dado es un tributo a vuestro liderazgo pastoral. A pesar de los generosos esfuerzos de muchas personas, se sigue sosteniendo la idea de que el aborto voluntario es un «derecho ». Además, hay signos de una insensibilidad casi inimaginable ante lo que sucede realmente durante un aborto, como muestran los recientes acontecimientos relacionados con el así llamado aborto mediante «nacimiento parcial». Esto causa profunda preocupación. Una sociedad con un escaso sentido del valor de la vida humana en sus primeras etapas ya ha abierto la puerta a la cultura de la muerte. Como pastores, debéis hacer todo lo posible por asegurar que no se emboten las conciencias ante la gravedad del crimen del aborto, un crimen que ninguna circunstancia, finalidad o ley puede justificar moralmente (cf. Evangelium vitae , 62).

Quienes quieren defender la vida deben ofrecer alternativas al aborto cada vez más visibles y asequibles. Vuestra reciente declaración pastoral Luces y sombras recuerda la necesidad de apoyar a las mujeres embarazadas que atraviesan circunstancias difíciles y proporcionar servicios de asesoramiento a las que recurrieron al aborto y deben afrontar sus efectos psicológicos y espirituales. Del mismo modo, la defensa incondicional de la vida ha de incluir siempre el mensaje de que la verdadera curación es posible, mediante la reconciliación con el Cuerpo de Cristo. Con el espíritu del gran jubileo del año 2000, ya próximo, los católicos norteamericanos deberían estar más dispuestos que nunca a abrir su corazón y sus hogares a los niños «indeseados» y abandonados, a los jóvenes con problemas, a los minusválidos y a los que no tienen quien se ocupe de ellos.

4. La Iglesia también presta un servicio realmente vital para la nación cuando despierta la conciencia pública sobre la naturaleza moralmente condenable de las campañas en favor de la legalización del suicidio asistido y la eutanasia. La eutanasia y el suicidio son graves violaciones de la ley de Dios (cf. ib., 65 y 66); su legalización constituye una amenaza directa contra las personas menos capaces de defenderse y resulta muy perjudicial para las instituciones democráticas de la sociedad. El hecho de que los católicos hayan trabajado con éxito, junto con los miembros de otras comunidades cristianas, para oponerse a los intentos de legalizar el suicidio asistido es un signo muy esperanzador para el futuro del testimonio ecuménico público en vuestro país, y os animo a crear un movimiento interreligioso y ecuménico aún más amplio en defensa de la cultura de la vida y de la civilización del amor.

Mientras se desarrolla el testimonio ecuménico en defensa de la vida, es necesario poner gran empeño pedagógico para aclarar la diferencia moral sustancial entre la interrupción de tratamientos médicos que pueden ser gravosos, peligrosos o desproporcionados con respecto a los resultados esperados .lo que el Catecismo de la Iglesia católica llama «encarnizamiento terapéutico» (n. 2278; cf. Evangelium vitae , 65)., y la supresión de los medios ordinarios para conservar la vida, como la alimentación, la hidratación y los cuidados médicos normales. La declaración de la Comisión pro-vida del Episcopado norteamericano, Nutrición e hidratación: consideraciones morales y pastorales, pone correctamente de relieve que hay que rechazar la suspensión de la alimentación y de la hidratación encaminada a causar la muerte de un paciente, y que, teniendo cuidadosamente en cuenta todos los factores implicados, debería proporcionarse la alimentación y la hidratación asistidas a todos los pacientes que las necesiten. Olvidar esta distinción significa crear innumerables injusticias y muchas angustias adicionales, que afectan tanto a quienes ya sufren por la falta de salud o por el deterioro propio de la edad, como a sus seres queridos.

5. En una cultura que tiene dificultad para definir el sentido de la vida, de la muerte y del sufrimiento, el mensaje cristiano es la buena nueva de la victoria de Cristo sobre la muerte y la esperanza cierta de la resurrección. El cristiano acepta la muerte como el acto supremo de obediencia al Padre, y está dispuesto a afrontar la muerte en la «hora » que sólo él conoce (cf. Mc 13, 32). La vida es una peregrinación en la fe hacia el Padre, a lo largo de la cual caminamos en compañía de su Hijo y de los santos en el cielo. Precisamente por esta razón, la verdadera prueba del sufrimiento puede llegar a ser una fuente de bien. A través del dolor, participamos realmente en la obra redentora de Cristo en favor de la Iglesia y de la humanidad (cf. Salvifici doloris , 14-24). Esto sucede cuando el dolor «se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado» (Evangelium vitae , 67).

La labor que realizan las instituciones católicas de asistencia sanitaria para afrontar las necesidades físicas y espirituales de los enfermos es una forma de imitación de Cristo que, como dice san Ignacio de Antioquía, es «el médico del cuerpo y del espíritu» (Ad Ephesios, 7, 2). Los médicos, las enfermeras y el resto de los profesionales de la salud tratan con personas que viven un tiempo de prueba, en el que se agudiza el sentido de fragilidad y precariedad de su vida, precisamente cuando más se asemejan a Jesús que sufre en Getsemaní y en el Calvario. Los profesionales de la salud deberían recordar siempre que su obra se dirige a seres humanos, a personas únicas, en quienes está presente la imagen de Dios de un modo singular y en quienes él ha derramado su amor infinito. La enfermedad de un miembro de la familia, de un amigo o un vecino es una llamada a los cristianos a mostrar verdadera compasión, o sea, a participar, con amabilidad y constancia, en el dolor del otro. De igual modo, los minusválidos y los enfermos nunca han de sentir la impresión de ser un peso; son personas visitadas por el Señor. Los enfermos terminales, en particular, merecen la solidaridad, la comunión y el afecto de quienes los rodean; a menudo necesitan perdonar y ser perdonados, reconciliarse con Dios y con los demás. Todos los sacerdotes deberían apreciar la importancia pastoral de celebrar el sacramento de la unción de los enfermos, de manera especial cuando es el preludio del viaje final a la casa del Padre: cuando su significado como sacramentum exeuntium es particularmente evidente (cf. Catecismo de la Iglesia católica , n. 1523).

6. Un apoyo esencial al derecho inalienable a la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, es el esfuerzo por proporcionar protección legal a los hijos por nacer, a los minusválidos, a los ancianos y a los enfermos terminales. Como obispos, debéis seguir prestando atención a la relación entre la ley moral y el derecho constitucional y positivo de vuestra sociedad: «Las leyes que (...) legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley» (Evangelium vitae , 72). Aquí está en juego la verdad indivisible sobre la persona humana, en cuyo nombre vuestros padres fundadores reivindicaron la independencia de vuestra nación. La vida de un país es mucho más que su desarrollo material y su poder en el mundo. Una nación necesita un «alma». Necesita la sabiduría y la valentía de superar los males morales y las tentaciones espirituales presentes en su camino a lo largo de la historia. En unión con todos los que promueven una «cultura de la vida» frente a una «cultura de la muerte», los católicos, y especialmente los legisladores católicos, deben seguir haciendo oír su voz en la elaboración de proyectos culturales, económicos, políticos y legislativos que, «respetando a todos y según la lógica de la convivencia democrática, contribuyan a edificar una sociedad en la que se reconozca y tutele la dignidad de cada persona, y se defienda y promueva la vida de todos» (ib., 90). La democracia se mantiene en pie, o cae, según los valores que encarna y promueve (cf. ib., 70). Al defender la vida, defendéis una parte original y vital de la visión que inspiró la construcción de vuestro país. Estados Unidos debe llegar a ser, una vez más, una sociedad acogedora, en la que todos los hijos por nacer, los minusválidos y los enfermos terminales encuentren amor, y disfruten de la protección de la ley.

7. Queridos hermanos en el episcopado, la doctrina moral católica es parte esencial de nuestra herencia de fe; debemos velar para que se transmita fielmente y adoptar medidas apropiadas para proteger a los fieles del engaño de las opiniones que no están de acuerdo con ella (cf. Veritatis splendor , 26 y 113). Aunque la Iglesia es a menudo signo de contradicción, al defender con firmeza y humildad toda la ley moral, defiende verdades indispensables para el bien de la humanidad y para la salvaguardia de la misma civilización. Nuestra enseñanza debe ser clara; debe reconocer el drama de la condición humana, en el que todos combatimos contra el pecado y todos debemos esforzarnos, con la ayuda de la gracia, por abrazar el bien (cf. Gaudium et spes , 13). Nuestra tarea como maestros reside en «mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que es Jesucristo mismo» (Veritatis splendor , 83). Vivir la vida moral implica adherirse firmemente a la persona misma de Jesús, compartiendo su vida y su destino, y participando en su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre.

Que vuestra fidelidad al Señor y la responsabilidad que os ha dado ante su Iglesia os hagan velar personalmente para asegurar que sólo se presente como enseñanza católica una sana doctrina de fe y moral. Invocando la intercesión de Nuestra Señora para vuestro ministerio, os imparto cordialmente mi bendición apostólica a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CONGRESO ORGANIZADO POR EL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PASTORAL DE LOS AGENTES SANITARIOS Jueves 1 de octubre de 1998

Amadísimas hermanas:

1. Es para mí una gran alegría poder encontrarme con vosotras, con ocasión de este Congreso dedicado a la reflexión sobre «La mujer consagrada en el mundo de la salud, en el umbral del tercer milenio». Doy las gracias de modo particular al Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios que, respondiendo a mi vivo deseo, ha promovido esta feliz iniciativa, insertándola en su programa de preparación para el próximo jubileo. Os saludo con afecto a todos vosotros aquí presentes, en particular al presidente del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, monseñor Javier Lozano Barragán, al que agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido.

En la espera vigilante del comienzo del nuevo milenio, queréis reflexionar de modo profundo en vuestra misión al servicio del hombre que sufre, fijando vuestra mirada con mayor profundidad en Cristo, para obtener de él inspiración, valentía y capacidad de entrega completa a quien experimenta, a menudo de manera dramática, las limitaciones de la condición humana. En efecto, sois conscientes de que vuestra acción en favor del que sufre cobra sentido y eficacia en la medida en que, guiada por el Espíritu Santo, refleja los rasgos característicos del divino samaritano de las almas y de los cuerpos.

La Iglesia os mira con admiración y gratitud a vosotras, mujeres consagradas, que, asistiendo a los enfermos y a los que sufren, participáis en un apostolado sumamente importante. Vuestro servicio contribuye a perpetuar en el tiempo el ministerio de misericordia de Cristo, que «pasó haciendo el bien y curando a todos» (Hch 10, 38). Muchas de vuestras hermanas «han sacrificado su vida a lo largo de los siglos en el servicio a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando que la entrega hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida consagrada» (Vita consecrata , 83). Vuestra entrega de amor, que os impulsa a ayudar a los miembros sufrientes del Señor, imprime a vuestro apostolado una nobleza que no pasa desapercibida ni a los ojos de Dios ni a la consideración de los hombres.

2. Como las religiosas que os han precedido, también vosotras estáis llamadas a adaptar vuestro servicio a los enfermos según las nuevas condiciones de los tiempos. En efecto, hoy los ambientes sanitarios en que trabajáis os obligan a afrontar rápidas transformaciones y desafíos inéditos. Si, por un lado, el progreso de la ciencia y de la tecnología y el desarrollo de las ciencias administrativas han abierto posibilidades originales a la práctica de la medicina y a la organización de la asistencia, por otro no han dejado de crear graves problemas de naturaleza ética relativos al nacimiento, a la muerte y a la relación con los que sufren. Además, desde el punto de vista antropológico, aunque la evolución del concepto de salud y de enfermedad ha seguido un recorrido positivo, hasta reconocer en dichas experiencias existenciales una dimensión espiritual, esto no impide que en muchos ámbitos se afirme un concepto secularizado de la salud y de la enfermedad, con la triste consecuencia de que a veces se impide a las personas afrontar el sufrimiento como una importante ocasión de crecimiento humano y espiritual.

Estas profundas transformaciones han cambiado el rostro del mundo del sufrimiento y de la salud, y exigen una respuesta cristiana nueva. ¿Cómo conciliar armoniosamente imperativos técnicos e imperativos éticos? ¿Cómo superar victoriosamente la tendencia a la indiferencia, la ausencia de compasión y la falta de respeto y valorización de la vida en todas sus fases? ¿Cómo promover una salud digna del hombre? ¿Cómo garantizar una presencia cristiana que, en colaboración con los componentes idóneos ya presentes en la sociedad, contribuya a impregnar de valores evangélicos y, por tanto, auténticamente humanos, el mundo del sufrimiento y de la salud, privilegiando la defensa y el apoyo a los humildes y a los pobres?

Estos interrogantes expresan otros tantos desafíos, a los que también vosotras, en unión con toda la comunidad eclesial, estáis llamadas a responder.

3. La primera tarea de vuestra vida consagrada en la gozosa y atractiva experiencia de Cristo sigue siendo la de recordar al pueblo de Dios y al mundo el rostro misericordioso del Señor. En efecto, la fuerza de vuestro carisma, antes que en las obras y en los objetivos de servicio, debe brillar en una novedad de vida, en la que se reproduzcan los rasgos característicos de Jesús. ¿No es verdad, acaso, que la Iglesia tiene necesidad de hombres y mujeres consagrados que, a través de sus personas y su vida, manifiesten la maternidad fecunda que la identifica? Ahora bien, esta fecundidad de la Iglesia no es proporcional a la eficacia de las actividades, sino a la autenticidad de la entrega a Cristo crucificado.

Por tanto, toda vuestra vida de consagradas deberá estar impregnada de la amistad con Dios, para poder ser el corazón y las manos de Cristo con los enfermos, manifestando en vosotras la fe que os lleva a reconocer en los enfermos al Señor mismo y que se convierte en fuente de la que fluye vuestra espiritualidad.

4. En segundo lugar, vuestra presencia en el mundo del sufrimiento y de la salud debe ser portadora de la riqueza inherente a vuestra condición femenina. En efecto, es innegable que la vocación de la mujer a la maternidad os hace más sensibles para captar las necesidades, y creativas para darles una respuesta adecuada. Cuando a estas dotes naturales se añade también una actitud consciente de altruismo y, sobre todo, la fuerza de la fe y de la caridad evangélica, entonces se producen verdaderos milagros de entrega. Las expresiones más significativas de la caridad .la delicadeza, la mansedumbre, la gratitud, el sacrificio, la solicitud y la entrega generosa de sí a quienes sufren. se transforman en testimonio del amor de un Dios cercano, misericordioso y siempre fiel. Un héroe de la caridad con los enfermos, Camilo de Lellis, invitaba a pedir ante todo al Señor la gracia de un afecto materno por el prójimo, para poder servir a los enfermos con la atención que una madre amorosa suele tener por su único hijo enfermo.

5. La conciencia de la misión a la que estáis llamadas mediante el servicio a los enfermos y la promoción de la salud debe impulsaros, queridas hermanas, a ser fieles e innovadoras en el ejercicio de vuestro apostolado de caridad misericordiosa.

Lejos de contraponerse, estas dos actitudes, la fidelidad y la creatividad, están llamadas a armonizarse mediante una sabia acción de discernimiento. Así como la defensa de posiciones ya superadas no estaría conforme con el espíritu de vuestros fundadores y fundadoras, del mismo modo abandonar, sin el necesario discernimiento, formas de apostolado que la actual situación sociocultural hace difícil, estaría también en contraste con los carismas de vuestros institutos. Por eso, queridas hermanas, os invito a permanecer con fidelidad al lado del que sufre en los hospitales y en las demás instituciones sanitarias, fortaleciendo con el espíritu evangélico el cuidado de los enfermos.

Que en vuestras opciones ocupe siempre un lugar privilegiado la atención a los enfermos más abandonados. Que vuestra mirada y vuestra acción se extiendan con generosidad a los países del tercer mundo, privados de los recursos más elementales para afrontar las enfermedades y promover la salud. Que vuestra participación en la nueva evangelización sobre la salud y la enfermedad se traduzca en un anuncio valiente de Cristo, que, con su muerte y resurrección, capacitó al hombre para transformar la experiencia de sufrimiento en un momento de gracia para sí y para los demás (cf. Salvifici doloris , 25-27). Que la colaboración con los laicos, partiendo de una auténtica participación de vuestros carismas, llegue a ser un instrumento eficaz para responder, con palabras y gestos inspirados evangélicamente, a las pobrezas y enfermedades antiguas y nuevas que afligen a la sociedad de nuestro tiempo.

6. Que al realizar vuestro apostolado, os sirva de ejemplo la Virgen Inmaculada, venerada como Salud de los enfermos. Icono de la ternura de Dios, se muestra atenta a las necesidades de los demás, solícita para responderles, y rica en compasión. Contemplándola, esforzaos por ser siempre ricas en sensibilidad, capaces de hacer de vuestra presencia un testimonio de ternura y de entrega, que sea reflejo de la bondad providente de Dios.

Con estos deseos, os imparto de corazón mi bendición, que extiendo gustoso a todas las hermanas de vuestras congregaciones.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA LAS IGLESIAS ORIENTALES Jueves 1 de octubre de 1998

Señores cardenales; beatitudes; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:

1. Es para mí motivo de intensa alegría encontrarme con vosotros durante la sesión plenaria de vuestra Congregación, mientras estáis reflexionando en algunas líneas de acción del dicasterio para los próximos años, al servicio de las Iglesias orientales católicas.

Agradezco, en particular, al señor cardenal Achille Silvestrini, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, las amables palabras de saludo que ha querido dirigirme también en nombre de todos vosotros.

Asimismo, quiero expresar mi gratitud por el servicio prestado por la Congregación, que ayuda al Obispo de Roma «en el ejercicio de su suprema misión pastoral, para el bien y el servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares, con el que se refuerzan la unidad de la fe y la comunión del pueblo de Dios y se promueve la misión propia de la Iglesia en el mundo» (Pastor bonus, art. 1).

2. Entre los diversos dicasterios de la Curia romana, la tarea de la Congregación para las Iglesias orientales es particularmente delicada, sea en razón de su competencia institucional sea del actual momento histórico.

Vuestra Congregación «examina lo concerniente a las Iglesias orientales católicas, tanto en lo referente a las personas como a las cosas» (ib., art. 56). Esta competencia «se extiende a todas las cuestiones que son propias de las Iglesias orientales y que han de remitirse a la Sede apostólica, tanto sobre la estructura y ordenación de las Iglesias, como sobre el ejercicio de las funciones de enseñar, santificar y gobernar, así como sobre las personas, su estado, sus derechos y obligaciones» (ib., art. 58, § 1). Además, «la acción apostólica y misionera en las regiones en que desde antiguo prevalecen los ritos orientales depende exclusivamente de esta Congregación, aunque la desarrollen misioneros de la Iglesia latina» (ib., art. 60).

Este trabajo de la Congregación, particularmente arduo a causa de las actuales dificultades que atraviesan las Iglesias orientales, requiere una pluralidad de formas de competencia. Esto se expresa, en particular, mediante la obra de las comisiones especiales, como las encargadas de la liturgia, los estudios sobre el oriente cristiano y la formación del clero y de los religiosos, que fueron instituidas por los Sumos Pontífices en su ámbito.

3. El concilio Vaticano II puso de relieve la riqueza que la existencia de las Iglesias orientales aporta a la Iglesia universal, manifestando su pluralidad en la unidad. En efecto, el decreto Orientalium Ecclesiarum comienza con la solemne afirmación de que «la Iglesia católica tiene en gran aprecio las instituciones, los ritos litúrgicos, las tradiciones eclesiásticas y la disciplina de la vida cristiana de las Iglesias orientales. Pues en ellas, preclaras por su venerable antigüedad, resplandece la tradición que viene de los Apóstoles por los Padres y que forma parte del patrimonio indiviso, y revelado por Dios, de la Iglesia universal » (n. 1). En razón de esta vocación, los padres conciliares expresaron el deseo de que las Iglesias orientales «florezcan y desempeñen con renovado vigor apostólico la función que les ha sido confiada» (ib.).

Por tanto, es tarea de la Congregación expresar la solicitud de la Iglesia universal por dichas Iglesias, de modo que todos «puedan conocer con plenitud ese tesoro y sentir así, al igual que el Papa, el anhelo de que se restituya a la Iglesia y al mundo la plena manifestación de la catolicidad de la Iglesia, expresada no por una sola tradición, ni mucho menos por una comunidad contra la otra» (Orientale lumen, 1).

4. La contingencia histórica obliga a estas Iglesias a contar con el apoyo, el afecto y el cuidado particular de la Santa Sede, así como de las Iglesias particulares de rito latino. En efecto, algunas de estas Iglesias de rito oriental han salido de la persecución de los regímenes comunistas y están llevando a cabo un gran esfuerzo de renacimiento. Otras, por el contrario, actúan en áreas políticamente inestables, donde la convivencia interreligiosa no siempre se inspira en la fraternidad y el respeto recíproco. En fin, el creciente fenómeno de la migración implica para la Sede apostólica el deber de sostener y promover el cuidado pastoral de los fieles orientales católicos de la diáspora.

5. Siguen aún vivas en mí la emoción y la alegría que me produjo el importante encuentro que celebré hace dos días con los patriarcas de las Iglesias orientales católicas. En esa ocasión, subrayé que dicho gesto constituye un acto de homenaje por parte de la Sede apostólica a su dignidad.

Además, dos aspectos ya recordados durante el encuentro con los patriarcas me parecen de particular significado: la índole sinodal que las Iglesias que presiden ejercen de modo peculiar, y la aportación cada vez mayor que están llamadas a dar con vistas al restablecimiento de la comunión plena con las Iglesias ortodoxas hermanas.

La índole sinodal de los obispos en torno al patriarca, que caracteriza a las Iglesias orientales, es un modo antiquísimo de vivir la colegialidad episcopal, recomendada e ilustrada por la constitución dogmática Lumen gentium (cf. n. 22).

En el compromiso ecuménico, en virtud de su proximidad teológica y cultural con las Iglesias ortodoxas, están llamadas a actuar con valor y decisión, aunque la memoria conserve vivas las heridas del pasado y aunque a veces no sea fácil la realización de este mandato en las circunstancias actuales.

6. La agenda de trabajo de vuestra plenaria es un signo del empeño con que estáis llamados a programar la actividad futura del dicasterio. Os agradecería que dierais prioridad en particular al sector del cuidado pastoral de los fieles orientales de la diáspora. A este respecto, es necesario que todos, latinos y orientales, comprendan las delicadas consecuencias de una situación que constituye un verdadero desafío tanto para la supervivencia del Oriente cristiano como para la renovación general de los propios programas pastorales.

En efecto, los pastores de la Iglesia latina están invitados, ante todo, a profundizar su conocimiento sobre la existencia y el patrimonio de las Iglesias orientales católicas, y a favorecer el de los fieles encomendados a su cuidado pastoral. En segundo lugar, están llamados a promover y defender el derecho de los fieles orientales a vivir y orar según la tradición recibida de los Padres en su Iglesia. «Con respecto a la atención pastoral de los fieles de ritos orientales que viven en diócesis de rito latino, de acuerdo con el espíritu y la letra de los decretos conciliares Christus Dominus 23, 3 y Orientalium Ecclesiarum , 4, los Ordinarios latinos de esas diócesis deben asegurar lo más pronto posible una adecuada atención pastoral a los fieles de rito oriental, a través del ministerio de sacerdotes o mediante parroquias de su rito, donde fuera conveniente, o a través de un vicario episcopal » (Carta a los obispos de la India, 28 de mayo de 1987, n. 5).

Por otra parte, los pastores de las Iglesias orientales han de ocuparse de sus fieles que han abandonado sus países de origen, esforzándose por encontrar formas que permitan expresar su tradición, de modo que responda a las expectativas actuales de esos fieles, en las condiciones particulares de la sociedad en la que viven.

7. Creo que es importante dar aquí algunas indicaciones acerca de las tareas que deben caracterizar la acción de la Congregación para las Iglesias orientales durante los próximos años.

La Congregación está llamada a ayudar y sostener a las comunidades orientales católicas, convirtiéndose así en expresión de «la solicitud por todas las Iglesias» (2 Co 11, 28), propia de cada Iglesia particular, pero, de modo peculiar, vocación específica de la Iglesia de Roma, que «preside en la caridad», según la feliz expresión de san Ignacio de Antioquía.

Dos son las modalidades concretas con las que se cumple esa misión. Ante todo, la Congregación está llamada a formular indicaciones generales, fruto de la variedad y la riqueza de su experiencia, que luego cada una de las Iglesias elaborará y adaptará a su situación específica. Es lo que la Congregación ya ha hecho, por ejemplo, con la Instrucción para la aplicación de las prescripciones litúrgicas del Código de cánones de las Iglesias orientales. A este respecto, estoy seguro de que los pastores de cada Iglesia oriental procederán pronto a la elaboración de los Directorios litúrgicos propios, tal como pide dicha Instrucción, pues constituyen un instrumento indispensable para expresar plenamente el propio patrimonio litúrgico.

Las indicaciones ya dadas en materia de liturgia, deberán elaborarse ahora también en el campo de la formación, de la catequesis y de la vida religiosa.

La Congregación trazará algunas líneas generales que ayuden a cada Iglesia a formular luego su propia Ratio studiorum (cf. Código de cánones de las Iglesias orientales, c. 330).

Igualmente útil sería la preparación de un Directorio catequístico, que «tenga en cuenta la índole especial de las Iglesias orientales, de modo que en la enseñanza de la catequesis se destaque la importancia de la Biblia y de la liturgia, así como las tradiciones de la propia Iglesia en la patrología, en la hagiografía e incluso en la iconografía» (ib., c. 621, § 2). A este respecto, es esclarecedor el método catequístico de los Padres de la Iglesia, que se expresaba en una «catequesis» para los catecúmenos y en una «mistagogía» o «catequesis mistagógica» para los iniciados en los misterios divinos.

Hay que preocuparse en especial de recuperar en las Iglesias orientales católicas las formas tradicionales de vida religiosa, particularmente el monacato, que «ha sido, desde siempre, el alma misma de las Iglesias orientales» (Orientale lumen , 9).

8. Además de la elaboración de líneas generales, a la Congregación le corresponde ayudar a las Iglesias orientales católicas en el proceso de puesta en práctica de tales indicaciones. Por tanto, debe preocuparse de crear ocasiones de encuentro y colaboración en diferentes niveles, como ya sucedió, por ejemplo, durante el encuentro entre los obispos y los superiores mayores orientales católicos de Europa y la Congregación, que se celebró en julio de 1997 en la eparquía de Haidudorog (Hungría). Espero que el encuentro de los patriarcas y los obispos de Oriente Medio, previsto para el próximo año, alcance un resultado positivo análogo, y que se piense y organice una iniciativa como ésta para el llamado «nuevo mundo».

9. Por último, la Congregación tiene también la misión de dar a conocer la existencia y la índole específica de las Iglesias orientales católicas a toda la Iglesia, con el espíritu de la carta apostólica Orientale lumen . Para ello, habría que promover y apoyar estudios históricos y teológicos particularmente significativos. Dicho conocimiento debe extenderse también a la dimensión pastoral, de modo que los obispos latinos sepan concretamente cómo valorar la presencia de los orientales católicos en sus propias diócesis; será tarea del dicasterio dirigirse a ellos con oportunas indicaciones en ese sentido.

10. Estamos en vísperas del gran jubileo del año 2000. El mundo de hoy necesita una valiente labor evangelizadora. «A todas las Iglesias, tanto de Oriente como de Occidente, llega el grito de los hombres de hoy que quieren encontrar un sentido a su vida. Nosotros percibimos en ese grito la invocación de quien busca al Padre olvidado y perdido (cf. Lc 15, 18-20; Jn 14, 8). Las mujeres y los hombres de hoy nos piden que les mostremos a Cristo, que conoce al Padre y nos lo ha revelado (cf. Jn 8, 55; 14, 8-11)» (Orientale lumen , 4). Las Iglesias orientales han gozado de una extraordinaria fuerza de evangelización, y han sabido adaptarse con frecuencia a las exigencias culturales que determinaba el encuentro con nuevos pueblos. Es indispensable que valoren el espíritu y las modalidades para hacer revivir esa experiencia en las condiciones actuales.

Los hijos de las Iglesias de Oriente, que no han dudado en derramar su sangre para mantenerse fieles a Cristo y a la Iglesia, sabrán poner en práctica también en el seno de sus Iglesias la transformación de los corazones y de las estructuras, que permitirá que su testimonio cristiano resplandezca plenamente.

La Iglesia contempla con viva gratitud y admiración el compromiso misionero de las Iglesias orientales en la India, y desea que se extienda a las demás Iglesias y que todos acojan con agradecimiento esta admirable colaboración para el crecimiento del Reino, según formas y tradiciones diversas. Como indica el decreto sobre las Iglesias orientales católicas, todas las Iglesias bajo el gobierno pastoral del Romano Pontífice «gozan de los mismos derechos y están sujetas a las mismas obligaciones, incluso en lo referente a la predicación del Evangelio por todo el mundo, bajo la dirección del Romano Pontífice» (Orientalium Ecclesiarum , 3; cf. Carta a los obispos de la India, 28 de mayo de 1987, n. 5).

11. Este compromiso en favor de la evangelización nos impulsa, además, a buscar con fuerza la comunión plena con las demás confesiones cristianas. El mundo de hoy espera esta unidad. Y nosotros lo hemos privado de «un testimonio común que, tal vez, hubiera podido evitar muchos dramas e, incluso, cambiar el sentido de la historia. (...) El eco del Evangelio, palabra que no defrauda, sigue resonando con fuerza, solamente debilitada por nuestra separación: Cristo grita, pero el hombre no logra oír bien su voz porque nosotros no logramos transmitir palabras unánimes» (Orientale lumen, 28).

Al renovar el deseo de un trabajo fecundo, invoco sobre vosotros y vuestro esfuerzo la abundancia de los favores celestiales, en prenda de los cuales os imparto con afecto a todos la bendición apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON MOTIVO DEL 50 ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE

A su excelencia Señor Didier OPERTTI BADÁN Presidente de la 53ª sesión de la Asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas

Me alegra particularmente asociarme con este mensaje a la celebración del 50 aniversario de la Declaración universal de derechos del hombre por parte de la Organización de las Naciones Unidas, depositaria de uno de los documentos más valiosos y significativos de la historia del derecho.

Lo hago con mucho más gusto porque, en una constitución solemne del concilio Vaticano II, la Iglesia católica no dudó en afirmar que, compartiendo «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo», pide también que se «elimine, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona» (Gaudium et spes , 1 y 29).

Al proclamar cierto número de derechos fundamentales que pertenecen a todos los miembros de la familia humana, la Declaración ha contribuido de manera decisiva al desarrollo del derecho internacional, ha interpelado a las legislaciones nacionales y ha permitido a millones de hombres y mujeres vivir más dignamente.

Sin embargo, quien observa el mundo actual no puede por menos de constatar que esos derechos fundamentales proclamados, codificados y celebrados son aún objeto de violaciones graves y continuas. Por eso, para cada uno de los Estados que de buen grado hacen referencia al texto de 1948, este aniversario es una invitación a hacer un examen de conciencia.

En efecto, con mucha frecuencia se afirma la tendencia de algunos a elegir, según su conveniencia, tal o cual derecho, dejando a un lado los que se oponen a sus intereses del momento. Otros no dudan en aislar de su contexto algunos derechos particulares para obrar más a su agrado, confundiendo a menudo libertad con licencia, o para asegurarse ventajas que no tienen en cuenta la solidaridad humana. Esas actitudes amenazan sin duda alguna la estructura orgánica de la Declaración, que asocia cada derecho a otros derechos, y a otros deberes y límites necesarios para un orden social equitativo. Además, esas actitudes llevan a veces a un individualismo exacerbado, que puede impulsar a los más fuertes a dominar a los débiles y atenuar así el vínculo que el texto establece sólidamente entre libertad y justicia social. Por tanto, evitemos que, con el paso de los años, ese texto fundamental se convierta en un monumento para admirar, o peor aún, en un documento de archivo.

Por esta razón, deseo repetir lo que dije durante mi primera visita a la sede de vuestra Organización, el 2 de octubre de 1979: «Si las verdades y los principios contenidos en este documento fueran olvidados, descuidados, perdiendo la evidencia genuina que tenían en el momento de su nacimiento doloroso, entonces la noble finalidad de la Organización de las Naciones Unidas, es decir, la convivencia entre los hombres y entre las naciones podría encontrarse ante la amenaza de una nueva ruina» (n. 9: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de octubre de 1979, p. 13). Así pues, no os sorprendáis de que la Santa Sede se asocie con gusto a la declaración del secretario general, que afirmó recientemente que este aniversario brinda la ocasión de «preguntarse no sólo cómo puede la Declaración universal de derechos del hombre proteger nuestros derechos, sino también cómo podemos nosotros proteger adecuadamente la Declaración» (Discurso del señor Kofi Annan a la Comisión de los derechos del hombre, Ginebra, 23 de marzo de 1998).

Por consiguiente, la lucha por los derechos del hombre constituye aún un desafío que es preciso afrontar y exige de todos perseverancia y creatividad. Si, por ejemplo, el texto de 1948 ha logrado relativizar una concepción rígida de la soberanía del Estado, que lo dispensaría de dar cuenta de su comportamiento a los ciudadanos, no se puede negar actualmente que han aparecido otras formas de soberanía. En efecto, hoy son numerosos los protagonistas internacionales, personas u organizaciones que, en realidad, gozan de una soberanía comparable a la de un Estado y que influyen de manera decisiva en el destino de millones de hombres y mujeres. Por eso, sería conveniente encontrar los medios apropiados para estar seguros de que también ellos apliquen los principios de la Declaración.

Por otra parte, hace cincuenta años el marco político posbélico no permitió que los autores de la Declaración la dotaran de una base antropológica y de referencias morales explícitas; pero sabían bien que los principios proclamados se desvalorizarían rápidamente si la comunidad internacional no procuraba enraizarlos en las diversas tradiciones nacionales, culturales y religiosas. Quizá sea ésta la tarea que nos corresponde ahora para servir fielmente a la unidad de su visión y promover una legítima pluralidad en el ejercicio de las libertades proclamadas por ese texto, asegurando al mismo tiempo la universalidad y la indivisibilidad de los derechos a los que las asocia.

Promover esta «concepción común» a la que se refiere el preámbulo de la Declaración y permitirle ser cada vez más la referencia última en donde se encuentran y se fecundan mutuamente la libertad humana y la solidaridad entre las personas y las culturas, es el desafío que hay que afrontar. Por eso, poner en tela de juicio la universalidad, e incluso la existencia de algunos principios fundamentales, equivaldría a minar todo el edificio de los derechos del hombre.

En este final del año 1998, vemos en nuestro entorno a numerosos hermanos y hermanas en la humanidad abatidos por las calamidades naturales, diezmados por las enfermedades, postrados en la ignorancia y la pobreza, o víctimas de guerras crueles e interminables. A su lado, otros más ricos parecen protegidos de la precariedad y disfrutan, a veces con ostentación, de las cosas necesarias y de las superfluas. ¿Qué ha sido del derecho a «un orden social e internacional en el que los derechos y las libertades enunciados en esta Declaración puedan ser aplicados plenamente»? (art. 28). La dignidad, la libertad y la felicidad nunca serán completas sin la solidaridad. Es lo que nos enseña la historia atormentada de estos últimos cincuenta años.

Recojamos, pues, esta valiosa herencia y sobre todo hagámosla fructificar para felicidad de todos y para el honor de cada uno de nosotros. Orando con fervor para que se incrementen la fraternidad y la concordia entre los pueblos que representáis, invoco sobre todos la abundancia de las bendiciones de Dios.

Vaticano, 30 de noviembre de 1998

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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II A SU SANTIDAD BARTOLOMÉ I, ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA Y PATRIARCA ECUMÉNICO

A Su Santidad Bartolomé I Arzobispo de Constantinopla Patriarca ecuménico

«Paz a los hermanos: caridad y fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo» (Ef 6, 23).

La fiesta del apóstol san Andrés, hermano de san Pedro, fiesta que nuestras Iglesias celebran el mismo día, constituye para mí una nueva y feliz ocasión para enviar mi saludo fraterno a Su Santidad, al santo Sínodo y a todos los fieles del patriarcado ecuménico.

La delegación que he enviado para esta gozosa circunstancia se unirá a ustedes en la oración para invocar, con el himno de este día, la intercesión de san Andrés, «el primer llamado y hermano del príncipe de los Apóstoles», para que «el Señor todopoderoso conceda paz a la Iglesia entera y a nuestras almas su gran misericordia» (Apolytikion).

La celebración de los Apóstoles nos recuerda el mandamiento que nos dio el Señor de transmitir a todos los hombres y en todos los tiempos el Evangelio, «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 20).

La fe apostólica, la tradición apostólica y la misión apostólica ponen de relieve la necesidad urgente de superar las divergencias y las dificultades que aún nos impiden alcanzar la comunión plena, para dar al mundo un testimonio más visible de paz y unidad. En el camino hacia la unidad, a veces arduo y escarpado, hallamos nuestra fuerza en la oración misma del Señor Jesucristo por su Iglesia y en el poder del Espíritu Santo, que siempre viene en ayuda de nuestra debilidad y nos da la esperanza. Sin embargo, estas mismas dificultades pueden ser una ocasión de crecimiento espiritual y de progreso hacia la unidad.

El último domingo de este mes de noviembre, víspera de la fiesta de san Andrés, la Iglesia de Roma entrará en el último año de preparación para el jubileo del año 2000. El jubileo, en el que conmemoramos la encarnación del Verbo de Dios, Señor y Salvador del mundo, representa un momento particular para renovar nuestro compromiso común de anunciar juntos a los hombres que Jesucristo es el Señor, como lo hicieron los Apóstoles y con ellos los hermanos Pedro y Andrés, apóstoles y mártires.

Con estos sentimientos de fe, caridad, comunión y paz, le aseguro a Su Santidad mi afecto fraterno en el Señor.

Vaticano, 25 de noviembre de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UNA CONFERENCIA INTERNACIONAL ORGANIZADA POR LA UNIÓN INTERPARLAMENTARIA Lunes 30 de noviembre de 1998

Señor presidente del Consejo de la Unión interparlamentaria; señores:

Con alegría y gratitud os acojo aquí, con ocasión de la Conferencia que celebráis en Roma, pues aprecio el espíritu que anima vuestro encuentro y las informaciones que me habéis dado sobre vuestros trabajos.

En 1996, con motivo de la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno sobre la alimentación, organizada por la FAO, los miembros de la Unión interparlamentaria asumieron el compromiso solemne de promover los objetivos de la cumbre y, en particular, lograr que antes del año 2015 se reduzca a la mitad el número de personas que padecen desnutrición. También pusieron de relieve la necesidad de crear un marco jurídico de referencia capaz de orientar un desarrollo de la agricultura mundial que respete el medio ambiente. Os habéis reunido ahora, en el umbral del tercer milenio, para continuar vuestro análisis de las cuestiones relacionadas con la seguridad alimentaria y para estudiar las dificultades y los desafíos que se presentan en este ámbito.

El orden del día de vuestros trabajos se articula en tres temas concretos, que son fundamentales si se quiere aplicar verdaderamente las medidas adoptadas en la cumbre de 1996: ¿Cómo llegar a niveles estables de seguridad alimentaria que puedan acompañar el aumento de la demanda? y ¿cómo hacer para que los diversos factores económicos, como la producción, la distribución, el comercio internacional, la investigación científica y las inversiones económicas se organicen en función del objetivo: la seguridad alimentaria para todos? ¿Cómo mantener una base adecuada de recursos comunes (biodiversidad, tierras, pesca, aguas, bosques)? y ¿cómo promover el desarrollo armonioso del capital humano, tecnológico y financiero? ¿Cuáles podrían ser las iniciativas parlamentarias necesarias para dar soluciones, por una parte, a los problemas inmediatos de la seguridad alimentaria, y, por otra, a las causas más profundas de la pobreza?

Se trata de un programa realista, puesto que reconoce la interacción de numerosos elementos políticos, sociales y económicos en el desarrollo y en la eventual solución del problema de la seguridad alimentaria; pero también es un programa ambicioso y generoso, ya que reconoce la capacidad del hombre de dar solución a muchos problemas y recurre firmemente tanto a vuestra acción como a la de vuestros colegas para alcanzar esos objetivos tan nobles.

No puedo menos de alegrarme por esas iniciativas, y albergo la firme esperanza de que den abundantes frutos, mediante propuestas y acciones concretas. A la jerarquía de la Iglesia católica no le corresponde dar soluciones técnicas específicas; pero tiene la tarea de sostener incesantemente a los hombres y mujeres de buena voluntad que buscan esas soluciones poniendo en juego libremente todos sus recursos humanos y asumiendo la parte de responsabilidad que les exige su papel en la sociedad. De igual modo, la Iglesia se esfuerza por promover el diálogo y la cooperación, para que todos los protagonistas de la vida social, estimulándose mutuamente y considerando con serenidad los diversos puntos de vista, encuentren los caminos que conducen a soluciones rápidas y eficaces.

Una visión adecuada de la economía internacional debe permitir satisfacer siempre y sin excepciones el derecho a la alimentación de todos y cada uno de los habitantes de la tierra, según los términos definidos por los diferentes instrumentos internacionales. Las diversas circunstancias que acompañan a las catástrofes naturales, a los conflictos internacionales o a los conflictos civiles, nunca deben convertirse en pretextos para no respetar esta obligación, que no sólo compromete a las organizaciones internacionales y a los Gobiernos de los países que viven una situación de urgencia alimentaria, sino también, y de una manera muy particular, a los Estados que, por la misericordia de Dios, poseen abundantes riquezas y medios materiales.

La seguridad alimentaria permanente y universal depende de un gran número de decisiones políticas y económicas que, en la mayor parte de los casos, no competen en absoluto a los que sufren el hambre; al contrario, a menudo están subordinadas a otras decisiones políticas tomadas por ciertos Estados en función de factores de poder, tanto nacionales como sectoriales. En cambio, una solidaridad internacional bien entendida debe lograr que todas las decisiones nacionales e internacionales tengan en cuenta los intereses del país y las necesidades externas, evitando entorpecer el desarrollo de los demás y dando siempre una contribución al progreso mundial, en especial al de los países menos desarrollados.

¡Cómo no mencionar, en este contexto, el problema de la deuda externa de los países más pobres y la dificultad que encuentran muchos otros países en vías de desarrollo para acceder al crédito en condiciones que mantengan y favorezcan un desarrollo humano y social equilibrado! Vuestro programa de trabajo menciona las cuestiones financieras y el problema de la deuda como condiciones de la seguridad alimentaria. Que Dios ilumine a los políticos de los países más desarrollados, a fin de que encuentren los medios para subvencionar generosamente los costos de los programas internacionales de reducción o de cancelación total de una carga tan pesada, que oprime a las poblaciones más pobres de muchas regiones del mundo.

Cuando se publicó la Declaración de la cumbre de Roma de 1996 y el Plan de acción que la acompañaba, la comunidad internacional asumió de modo unánime una serie de compromisos en todos los campos de la economía nacional e internacional que podían permitir alcanzar sus objetivos. Durante los dos años siguientes a la Declaración de la cumbre mundial sobre la alimentación se asumieron otros muchos compromisos y se elaboraron algunos proyectos internacionales, para eliminar la pobreza extrema y afrontar de manera adecuada las cargas financieras que gravan sobre los más pobres. Es evidente que las declaraciones políticas internacionales, al igual que los instrumentos jurídicos multilaterales, son inútiles si no se apoyan en una legislación nacional eficaz y en la voluntad política de aplicarlos.

Por eso, vuestro diálogo y vuestro intercambio de experiencias entre representantes de los poderes legislativos de numerosas naciones y regiones del mundo son un consolador signo de esperanza. El conocimiento y la comprensión de las realidades de los demás países o regiones del mundo no pueden menos de dar una contribución a la globalización de la solidaridad. Al mismo tiempo, con la ayuda de Dios todopoderoso, vuestro encuentro también podrá ser un medio suplementario para favorecer un cambio en las motivaciones más profundas de las decisiones políticas, de modo que, en lugar de dejarse guiar por un estilo de vida hedonista y un afán egoísta y desmedido de consumo, el corazón de los hombres y mujeres se oriente siempre según una clara percepción de sus responsabilidades sociales, también con respecto a sus hermanos y hermanas más pobres que viven en las regiones más distantes y olvidadas del planeta.

Rogando al Espíritu Santo que os guíe en las tareas que realizáis al servicio de los hombres, os imparto de todo corazón la bendición apostólica a vosotros y a todos vuestros seres queridos.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA CONFEDERACIÓN INTERNACIONAL DEL CRÉDITO POPULAR Sábado 28 de noviembre de 1998

Queridos amigos:

Os acojo con alegría a vosotros, que representáis aquí a la Confederación internacional del crédito popular. Agradezco a vuestro presidente, señor Giovanni De Censi, sus cordiales palabras.

Desde su fundación, vuestra organización se esfuerza por sostener en particular a las pequeñas y medianas empresas, ayudando así a los organismos locales, que desempeñan un papel esencial en el desarrollo económico y demográfico de una región y de un país. En la difícil situación actual, deseáis participar en la lucha contra el desempleo, para que todos tengan un trabajo y así provean a sus necesidades y a las de su familia.

Los principios de cooperación que promovéis reflejan algunas de las enseñanzas fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, que invita a respetar la dignidad de los trabajadores. De esta forma, cada empresa se convierte en una verdadera comunidad humana, en la que todos sus miembros son plenamente interlocutores y protagonistas responsables, con vistas a la construcción de una sociedad más justa y solidaria. El origen de vuestra confederación recuerda que un sistema bancario competitivo puede armonizarse con opciones mutualistas al servicio de las personas y del bien común.

Desde hace muchos decenios, la Confederación internacional del crédito popular prosigue su acción, respetando los valores espirituales y morales fundamentales. Ojalá que mantenga siempre este espíritu de servicio, para que nuestros contemporáneos tengan esperanza en el futuro. Deseándoos que prosigáis con éxito vuestro trabajo, invoco sobre vosotros y sobre vuestros seres queridos las bendiciones de Dios todopoderoso.

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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ASOCIACIÓN «PRO PETRI SEDE» DEL BENELUX Sábado 28 de noviembre de 1998

Señor limosnero general; queridos miembros de la asociación «Pro Petri Sede»:

1. Fieles a una tradición ya bien consolidada, venís a encontraros con el Sucesor de Pedro, para entregarle el fruto de la colecta organizada por vosotros en el Benelux. Os agradezco este gesto, que me conmueve, ya que expresa vuestra devoción a la persona y a la misión del Papa. Además de vuestra generosa oferta, me habéis regalado un bellísimo libro de arte, así como la colección del periódico que presenta las actividades de vuestra asociación.

Conocéis los consejos que san Pablo da a los Corintios: «Cada cual dé según el dictamen de su corazón, (...) pues Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9, 7). Me alegra comprobar vuestro deseo de vivir según las palabras del Apóstol. La conciencia de la comunión entre los hermanos es un testimonio importante que hay que dar a los hombres, para que todos desarrollen su sentido de la solidaridad.

2. Como indica el nombre de vuestra asociación, os preocupáis «por» ayudar a la «Sede de Pedro» a cumplir su misión de caridad en todo el mundo. Al afirmar vuestra voluntad de apoyar a la Sede de Pedro, participáis en la solicitud de la Iglesia por los que necesitan nuestra ayuda, y os adherís con mayor fuerza a la persona de Cristo. Que vuestra fe en Cristo y vuestro deseo de contribuir a establecer su reino consoliden vuestra obra y hagan de vosotros hombres y mujeres de acción y contemplación.

3. Queridos amigos de la asociación «Pro Petri Sede», estad seguros de la oración del Sucesor de Pedro. Que esta estancia en Roma os permita volver a vuestro país fortalecidos en la fe, en la esperanza y en el amor. Una vez más habéis podido palpar la universalidad de la Iglesia y apreciar el itinerario de miles de peregrinos que vienen a orar al lugar donde el apóstol Pedro dio el testimonio supremo de Cristo, su Maestro y Señor. Habéis dado a su Sucesor el testimonio de vuestra generosidad. Que el Señor os guarde todos los días. Encomendando a la intercesión de Nuestra Señora a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a todos los que en Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo han dado su contribución a vuestra colecta, os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II A LA FEDERACIÓN DE INSTITUTOS DE ACTIVIDADES EDUCATIVAS DE ITALIA

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra dirigiros un cordial saludo a todos vosotros que, con ocasión de la 52ª asamblea nacional de la Federación de institutos de actividades educativas, habéis venido a Roma en representación de las escuelas católicas primarias y secundarias, presentes en todo el territorio italiano.

Vuestro encuentro constituye una nueva etapa del camino que estáis realizando desde hace años al servicio de los valores humanos y cristianos y de la auténtica libertad de educación en la escuela y en la sociedad italiana. En el marco del sistema público integrado de la instrucción, queréis confirmar la identidad originaria de la escuela católica y su inserción plena en la misión evangelizadora de la Iglesia.

Os expreso mi satisfacción por la obra atenta y cualificada de miles de profesores, religiosos y laicos, que colaboran con las familias en la formación integral de las nuevas generaciones. Os agradezco vuestro esfuerzo diario y la solicitud con que trabajáis al servicio de los muchachos y los jóvenes, a pesar de las dificultades y los problemas relacionados con el actual ambiente sociocultural y con las amplias transformaciones que se están realizando en la vida escolar. Saludo afectuosamente, en particular, a los alumnos de vuestros institutos, deseándoles que vivan intensamente este período fundamental de la vida, para ser protagonistas competentes e intrépidos de la sociedad del futuro.

2. A menudo la educación sufre el influjo de «formas de racionalidad» que no «tienden a la contemplación de la verdad y a la búsqueda del fin último y del sentido de la vida», sino a «fines utilitaristas, de placer o de poder» (Fides et ratio , 47), con el consiguiente riesgo de producir consecuencias trágicas en quienes se están abriendo a la vida.

La escuela católica afronta un gran desafío, al que deberá responder con un proyecto educativo caracterizado por un fuerte sentido cristiano, que se ha de procurar poner en práctica colaborando plenamente con la familia, sujeto principal de todo proyecto educativo. Aprovechando sobre todo la competencia y el testimonio de los profesores, la escuela católica se propone brindar a los jóvenes una formación cualificada, basada en la adquisición de los conocimientos necesarios y en la estima de cuanto el hombre ha realizado a lo largo de la historia, pero sobre todo en la adhesión madura y convencida a los grandes valores de la tradición italiana y de la fe cristiana.

3. Toda escuela está llamada a ser un laboratorio de cultura, experiencia de comunión y lugar de diálogo. Estas finalidades encuentran un terreno particularmente favorable en los institutos cató- licos: fundando su acción pedagógica en el espíritu de caridad y libertad, propio de toda comunidad inspirada en el Evangelio, son un lugar significativo de promoción humana y diálogo entre las diversas religiones y culturas en la actual sociedad multiétnica.

Sin embargo, las nuevas fronteras de la escuela y su apertura al diálogo cultural exigen a quien actúa en el ámbito de las escuelas católicas un cuidado constante de su específica identidad pedagógica e ideal, que sigue siendo la principal garantía de un servicio original destinado a creyentes y no creyentes.

En una sociedad que a veces se muestra poco sensible a los valores espirituales y con frecuencia cree erróneamente que podrá construir el bienestar y la felicidad del hombre exclusivamente mediante la ciencia y la tecnología, la escuela católica está llamada a formar la mente y el corazón de las nuevas generaciones, inspirándose en el modelo de humanidad propuesto por Cristo. El testimonio coherente de los profesores y los padres ayudará a los alumnos a emprender la gran aventura de la vida en compañía de Jesús, Redentor y verdadero amigo, con el que se puede contar.

4. La escuela católica, al promover el respeto de las conciencias, la pasión por la verdad y el amor a la libertad en el ámbito de un servicio competente, ofrece una valiosa oportunidad a los padres, que pueden elegir el modelo de educación más conveniente para sus hijos. Esto constituye una garantía segura de la validez del sistema público integrado de la instrucción, que es condición indispensable para que la escuela sea un instrumento moderno y eficaz de formación y factor de progreso para la sociedad entera.

Expreso mis mejores deseos de que vuestra asamblea, profundizando en estos temas, contribuya a mejorar la calidad del servicio escolar y a apreciar más el valor de la escuela libre, con vistas al crecimiento cultural y el desarrollo democrático de la sociedad italiana. Con estos deseos, encomiendo vuestra misión educativa y los trabajos de vuestro encuentro a la protección materna de María, Sede de la sabiduría, y, a la vez que invoco sobre los alumnos, las familias, los educadores y los responsables de la escuela católica, la luz y la fuerza del Espíritu de verdad, os imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica.

Vaticano, 24 de noviembre de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A VARIOS GRUPOS DE PEREGRINOS ITALIANOS Sala Pablo VI, sábado 21 de noviembre de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra acogeros y dirigir a cada uno de vosotros mi cordial saludo. Habéis venido para confirmar vuestra fe, y éste es, ante todo, el sentido de la peregrinación a la sede de Pedro. Al mismo tiempo, estáis aquí para dar gracias al Señor por las cosas buenas que ha realizado en vosotros y con vosotros durante todos estos años: cien años del Mensajero de San Antonio y setenta del Movimiento apostólico de ciegos. A partir de dos experiencias muy diversas de la vida de la Iglesia, podéis confirmar estas palabras de Jesús: el «grano de mostaza» ha llegado a ser verdaderamente un árbol grande, en el que pueden anidar las aves del cielo (cf. Lc 13, 19). Me alegro con vosotros, y expreso mi estima al presidente del Movimiento apostólico de ciegos, profesor Francesco Scelzo, y al director general de la revista, padre Agostino Varotto.

Os saludo también a vosotros, queridos muchachos y muchachas de la escuela primaria «Don Pozzetto», de Novara; de la escuela secundaria «D'Annunzio », de Motta Sant.Anastasia (Catania); y del instituto de bachillerato «Stellini », de Udine. Habéis venido a Roma para recibir el premio «Livio Tempesta», que se concede a alumnos que se han distinguido durante el año por actos singulares de bondad. Me congratulo con vosotros y me alegra acoger a un grupo de muchachos minusválidos del instituto «Santa María dei colli», de Fraelacco (Udine), a quienes algunos de vosotros estáis unidos por vínculos de amistad y solidaridad. A todos os expreso mi afecto y mi aliento.

2. Vosotros, queridos amigos del Movimiento apostólico de ciegos, durante este año civil recordáis los orígenes de vuestra singular comunidad eclesial, que se remonta al año 1928, cuando María Motta comenzó en Italia una unión espiritual entre invidentes, según el modelo del Apostolado de la oración. De esa pequeña semilla se desarrolló una asociación, que se ha difundido por todo el territorio nacional y que fue aprobada por mi venerado predecesor Juan XXIII. En 1968, cuando el siervo de Dios Pablo VI publicó la histórica encíclica Populorum progressio , el Movimiento apostólico de ciegos respondió activamente, y vosotros recordáis hoy también los treinta años de cooperación con los países pobres del sur del mundo, donde los ciegos son más numerosos y viven en condiciones muy difíciles.

El camino de estos decenios ha permitido al Movimiento apostólico de ciegos comprender cada vez mejor cuál es el carisma específico que se le ha confiado en la Iglesia, un carisma que se compone de dos elementos. El primero es la comunión entre ciegos y videntes, como fruto maduro de la solidaridad en la reciprocidad. El segundo es la opción por los pobres, opción que, de diversas maneras y formas, es propia de toda la Iglesia, y que vosotros contribuís a realizar sobre todo en la promoción humana de personas a las que ese defecto amenaza con perjudicar y marginar.

Sobre todo después del concilio Vaticano II, vuestro movimiento se ha abierto generosamente al esfuerzo de promoción humana, tanto en Italia como en los países más pobres. Precisamente el así llamado tercer mundo fue el primer sector de actividad en consolidarse dentro de la asociación, y me complace la labor que habéis realizado durante estos treinta años de cooperación con centenares de misioneros y agentes pastorales en los campos de la sanidad, la instrucción y la integración social. La atención a los últimos, a los más alejados, ha estimulado y aumentado el trabajo en el territorio nacional, en favor de los ancianos invidentes, de las personas con diversos defectos físicos, de los alumnos ciegos, de los padres y los hijos que viven el problema de la ceguera. Todo esto difunde la cultura de la acogida, ayudando a muchas personas y familias.

Queridos hermanos, proseguid con constante confianza vuestro camino, conscientes de que el futuro de la humanidad está en la comunión. ¡Gracias por vuestro testimonio!

3. Me dirijo ahora a vosotros, que formáis la familia de «El Mensajero de San Antonio» y celebráis el centenario de la fundación de vuestra revista, difundida en todo el mundo, y de la cual fue colaborador sabio e ingenioso mi venerado predecesor Juan Pablo I.

Ya desde su comienzo, en el lejano 1898, ha querido proclamar siempre las maravillas del Señor, a imitación de san Antonio que, siguiendo las huellas del seráfico padre san Francisco de Asís, supo transmitir las palabras del Evangelio, haciendo de toda su vida una buena nueva.

La referencia a san Antonio ha marcado también el estilo de su mensaje. En efecto, era necesario presentarlo con un lenguaje ameno y, a la vez, con el testimonio de una caridad activa. Se comprende entonces por qué en torno a la revista surgió inmediatamente y se ha desarrollado cada vez con mayor generosidad una cadena de solidaridad y de ayuda fraterna a los más pobres y necesitados, que, como decía el santo de Padua, prefieren la acción a la palabra, el testimonio a la explicación (cf. Sermones II, 100).

Éste es el origen de la obra tan valiosa denominada «El pan de los pobres», iniciativa que no se suspendió ni siquiera durante los años más difíciles, marcados por la miseria y la pobreza, como los de las dos guerras mundiales. Con el paso del tiempo, se ha ampliado cada vez más, hasta transformarse en la actual Cáritas antoniana, que actúa eficazmente en todos los continentes, haciendo sentir a los menos favorecidos el bálsamo de la solicitud fraterna.

El hecho de encontraros aquí expresa vuestra voluntad de renovar el compromiso asumido al comienzo de vuestra obra, ya desde el primer editorial: defender los intereses de la Iglesia. Pero ¿qué significa esto, sino .como diría el apóstol Pablo. ser capaces de proponer de modo persuasivo la sana doctrina del Evangelio? Esto es lo que ha pretendido ser «El Mensajero de San Antonio» a lo largo de su rica historia, sostenido por el espíritu franciscano de los Frailes Menores Conventuales, que han querido que fuera un instrumento de evangelización, de caridad y de coordinación entre los devotos del santo de Padua. Lo testimonian las ocho lenguas en que se imprime y los ciento sesenta países del mundo en que se distribuye. Ahora bien, este compromiso adquiere una urgencia nueva. En el moderno areópago de los medios de comunicación social, estáis llamados a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3, 15). Defender los intereses de la Iglesia significa, hoy más que nunca, defender al hombre.

En continuidad ideal con el ministerio que los hijos del Poverello de Asís desempeñan generosamente en la basílica del Santo en Padua, proseguid por el camino de cuantos os han precedido en la proclamación del evangelio de la vida con la revista y con los libros. Al hombre que, a veces, ya no es capaz de responder adecuadamente a la «pregunta sobre el sentido de la vida» ofrecedle una palabra iluminadora, llena de esperanza; promoved un discernimiento que lleve sabiduría a la vida diaria e impulse a elegir el bien y a rechazar el mal. Que la gracia del Señor os ayude y os sostenga en esta labor.

4. Amadísimos hermanos y hermanas que habéis venido a encontraros conmigo, os renuevo a todos mi gratitud más cordial.

Que os acompañe y proteja la Virgen María, a la que hoy contemplamos en el misterio de su presentación en el templo.

Os bendigo de todo corazón a vosotros y a vuestros seres queridos, vuestras actividades y los proyectos de bien, que realizáis generosamente al servicio de la Iglesia y de los pobres.

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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE NUEVA ZELANDA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Sábado 21 de noviembre de 1998

Eminencia; queridos hermanos en el episcopado:

1. En la paz del Señor resucitado, os saludo a vosotros, obispos de Nueva Zelanda, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. Esta visita tiene un significado y una intensidad especiales, pues coincide con vuestra participación en la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, centrada en Cristo, luz de las naciones y esperanza de todos los pueblos y de todas las épocas. Vosotros y vuestros hermanos en el episcopado de Australia, del Pacífico, de Papúa Nueva Guinea y de las islas Salomón os habéis reunido para reflexionar en lo que significa, en el umbral del tercer milenio, «seguir su camino, proclamar su verdad y vivir su vida ». Deseo ardientemente que viváis estos días con gran alegría y ánimo, sabiendo que, por la gracia de Jesucristo, «sois linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa» (1 P 2, 9).

Un momento muy significativo de vuestra visita ad limina es vuestra oración ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, cuya «memoria» en esta ciudad recuerda continuamente a toda la Iglesia lo que significa ser plenamente fieles al Señor. De modo especial, recuerda a los Sucesores de los Apóstoles cuánto puede pedirles el Señor. Aquí, como obispos, reflexionáis una vez más en vuestro ministerio y en el compromiso, el sacrificio y, a menudo, el gran sufrimiento que implica por amor al Evangelio. De hecho, somos maestros de una gran paradoja: en palabras de san Pablo, «predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1, 23), hasta el punto de que «quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25). La cruz de Jesucristo es el origen de la gracia que nos sostiene; es la fuente de nuestra comunión. Sólo «haciéndose semejantes al Señor en su muerte» (Flp 3, 10), Pedro y Pablo superaron sus diferencias (cf. Ga 2, 11-21) y confirmaron la unidad que los impulsó finalmente a proclamar unánimes el amor que es más grande que todo lo que separa. Como hermano mayor, os invito a ser intrépidos y, a ejemplo de los Apóstoles que os han precedido, a seguir haciendo con fe y amor renovados lo que Cristo os pide en favor de quienes ha redimido con la sangre de su cruz.

2. Sin reflexión y oración sobre el sacrificio de Cristo en el Calvario nunca comprenderemos de verdad la relación entre la Iglesia y el mundo. Éste fue un tema clave del concilio Vaticano II, muy presente en nuestra mente y en nuestro corazón en estos días del Sínodo, durante los cuales revivimos algo de la gran gracia de comunión y fraternidad que experimentaron los padres conciliares. Después de la devastación de las dos guerras mundiales y en un mundo trastornado por las tragedias de Auschwitz e Hiroshima, los padres del Concilio procuraron discernir las nuevas energías que el Espíritu Santo estaba dando para una nueva evangelización. No deberíamos olvidar que el Concilio tenía como finalidad una dedicación más intensa a la misión de la Iglesia, y esa finalidad ha cobrado grandísima importancia durante los últimos años. La tarea de la evangelización sugiere siempre la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo; y esta cuestión es importante, más aún, crucial para vuestro ministerio en la Iglesia que está en Nueva Zelanda.

Debéis preocuparos por inspirar y orientar las nuevas energías de la evangelización en el ámbito de una sociedad muy secularizada. Esta creciente secularización de la sociedad es un fenómeno complejo, y presenta algunos aspectos positivos; pero puede llevar a una situación en la que incluso la comunidad cristiana se secularice, y se oscurezca la distinción entre la Iglesia y el mundo. El Concilio insistió en que es preciso tomar en serio el diálogo de la Iglesia con la cultura. Pero esto no significa que haya que absolutizar la cultura hasta el punto de ponerla siempre como prioridad de la Iglesia. Cuando esto sucede, nos encontramos con lo que el siervo de Dios Papa Pablo VI, en su primera carta encíclica, definió como «conformidad con el espíritu del mundo», que .insistía. no puede «hacerla idónea para recibir el influjo de los dones del Espíritu Santo»; «no puede dar vigor a la Iglesia»; no puede «conferirle el ansia de la caridad hacia los hermanos y la capacidad de comunicar su mensaje de salvación» (Ecclesiam suam , 47). Ninguna cultura humana puede acoger plenamente la cruz de Jesucristo, la cual nos recuerda siempre que la distinción entre la Iglesia y el mundo es la premisa paradójicamente esencial del diálogo con la cultura, al que invitó el Concilio.

3. Las raíces de esta paradoja están en la Biblia, que elabora una teología profunda y sólida de la santidad, divina y humana. El Antiguo Testamento explica que Israel ha de ser santo como Dios mismo es santo (cf. Lv 19, 2). Eso significa que Israel tiene que ser distinto, precisamente como Dios es infinitamente distinto del mundo; se trata de un aspecto que la Biblia subraya constantemente, elaborando su doctrina sobre la trascendencia divina. Sin embargo, Israel no es diverso por sí mismo; su diversidad no es tampoco introversión o actitud defensiva. Así como Dios puede hacer que todas las cosas sean «buenas» (cf. Gn 1, 31) precisamente porque está sobre todas ellas, así también Israel ha de ser distinto con vistas al servicio. Del mismo modo que la trascendencia infinita de Dios hace posible la comunicación del amor perfecto, que culmina en el misterio pascual de Cristo, así, según la Biblia, la santidad del pueblo de Dios implica la libertad crítica en relación con la cultura y las culturas del entorno, que posibilita el servicio concreto y auténtico a la familia humana.

Lo que es verdadero para Israel en el Antiguo Testamento, no lo es menos para la Iglesia en el Nuevo e incluso en nuestro tiempo. La Iglesia de muchas maneras parece y es diferente; pero esta diferencia existe sólo con vistas al diálogo y al servicio; es decir, para la evangelización. El Concilio ha sido invocado a veces para justificar acciones que, en realidad, iban contra su finalidad, dado que estorban o impiden la nueva evangelización, que buscaba el Concilio. El problema de la «conformidad con el espíritu del mundo» es que destruye el carácter único y la naturaleza trascendente de la Iglesia a causa de una interpretación errónea según la cual el diálogo y el servicio requieren precisamente esa conformidad, cuando en realidad exigen lo contrario. Esta afirmación general tiene algunas consecuencias específicas para la vida de la Iglesia en Nueva Zelanda.

4. Una de las más importantes afecta al campo de la educación católica. No cabe duda de que las escuelas católicas de vuestro país no sólo han servido magníficamente a los mismos católicos, sino también a la sociedad entera. Siguen siendo uno de los grandes logros en la historia de la evangelización de vuestra nación, y debemos dar gracias a todos aquellos .especialmente los religiosos y las religiosas. que han trabajado de forma tan brillante para transformar vuestras escuelas católicas en el primer recurso del país, pues lo son efectivamente. También es verdad que las escuelas católicas existen para realizar un ideal educativo específico, plenamente de acuerdo con la enseñanza católica, para fomentar una profundización de la fe y un compromiso por parte de todas las personas implicadas. Si no fueran diferentes de las demás escuelas, difícilmente podrían justificar los recursos dedicados a ellas, ya que no cumplirían su función propia en la vida de la Iglesia.

La educación específicamente religiosa que imparten las escuelas católicas ha de ser integral, sistemática y profunda; debe proporcionar un sólido conocimiento de la fe católica y de la doctrina moral y social católica. En este aspecto el Catecismo de la Iglesia católica sigue siendo el punto de referencia, no sólo para los obispos, como primeros maestros de la fe, sino también para los sacerdotes y los profesores que trabajan con ellos. Estimulando a sus alumnos a experimentar el amor de Dios, las escuelas católicas deben enseñar los primeros pasos del itinerario de oración que dura toda la vida, la aventura contemplativa que lleva a la amistad con Cristo, sostiene el amor a la Iglesia e infunde la esperanza de la unión eterna con Dios.

Con todo, el rasgo distintivo de una escuela católica va más allá de la catequesis y de la instrucción religiosa, pues abarca todos los aspectos de la educación, transmitiendo el verdadero humanismo cristiano, que nace del conocimiento y del amor a Cristo. Este tipo de educación mueve a los jóvenes a apreciar la maravilla de la dignidad humana y el valor supremo de la vida humana. Les ayuda a comprender la verdad en la que reflexioné en mi reciente carta encíclica Fides et ratio : la fe necesita la razón, si no quiere caer en la superstición; y la razón necesita la fe para salvarse de una decepción continua. Eso es así porque la persona humana ha sido creada para la verdad, que es absoluta y universal: en definitiva, la verdad de Dios, una verdad que puede conocerse con certeza. En efecto, sólo conociendo la verdad el corazón humano encontrar á sosiego, sobre todo en estos tiempos profundamente agitados, en que los jóvenes tienden a menudo a confundir la diversión con la alegría y la información con la sabiduría. Así pues, la identidad claramente católica de vuestras escuelas debería notarse no sólo por sus signos externos, que son importantes, sino sobre todo por su éxito al enseñar la justicia, la solidaridad y la verdadera santidad de vida, basadas en un amor profundo y duradero a Cristo y a su Iglesia.

5. También puede observarse una indispensable diferencia constructiva en el modo como las vocaciones sacerdotales y laicales están relacionadas en la vida y la misión de la Iglesia; y esto tiene importantes consecuencias para la formación de los seminaristas. Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero.

Naturalmente, es posible que el clero sea separado de manera errónea y destructiva, desembocando en un clericalismo que con razón se ha de rechazar. Sin embargo, ahora resulta evidente que cuando se ignora la diferencia esencial entre las vocaciones sacerdotales y laicales, las vocaciones al sacerdocio prácticamente desaparecen, y seguramente no es esa la voluntad de Cristo ni la obra del Espíritu Santo, como no era la intención del Concilio cuando fomentó un mayor compromiso laical en la vida de la Iglesia. En primer lugar, el Concilio invitó a un compromiso laical en el mundo de la familia, del comercio, de la política, de la vida intelectual y cultural, que son el campo propio de la misión específicamente laical. Por tanto, el Concilio puso de relieve el carácter secular esencial de la vocación laical (cf. Lumen gentium , 31; Evangelii nuntiandi , 70; Christifideles laici , 17). Esto no significa que los laicos no tengan un lugar especial o una obra que realizar en la vida de la Iglesia ad intra: claramente les corresponden muchas tareas pastorales, litúrgicas y educativas. Sin embargo, la vocación laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental en el ámbito de la Iglesia. Su gracia y su responsabilidad consisten, sobre todo, en actuar en los sacramentos in persona Christi. Por medio de vosotros, envío afectuosos saludos fraternos a vuestros sacerdotes, y los invito a «reavivar el carisma de Dios que está en ellos por la imposición de las manos» (cf. 2 Tm 1, 6), a fin de que el paso a un nuevo milenio sea realmente un tiempo de gracia, una nueva primavera del espíritu, para sí mismos y para el pueblo al que sirven.

6. La diferencia estructural y constructiva es también parte de la relación entre la Iglesia católica y las demás Iglesias y comunidades cristianas. Un falso irenismo puede poner en peligro la tarea ecuménica tal como la concibió el concilio Vaticano II, cuando reconoció el impulso dado por el Espíritu Santo a la búsqueda de la unidad. Por supuesto, es importante insistir en lo que tenemos en común, pero el verdadero diálogo ecuménico, cuya necesidad he subrayado a menudo, exige que lo entablemos conscientes de las diferencias que existen, y preparados para afirmarlas y discutirlas del modo más claro y caritativo posible. Además, un enfoque superficial puede llevar únicamente a lo contrario de lo que quería el Concilio; no puede llevar a la unidad auténtica y duradera por la que Cristo oró (cf. Jn 17, 11). El mayor servicio que los católicos prestan al diálogo ecuménico consiste en permanecer fieles a su propia identidad distintiva. Hay una paradoja en esto, y a veces puede exigir opciones difíciles, como bien sabéis por vuestra reciente experiencia; pero no existe otro camino que lleve a la unidad, que tiene sus raíces en la vida de la Trinidad.

7. Por último, todas nuestras reflexiones sobre la santidad, sobre la necesidad de separación con vistas al servicio y sobre la distinción para el diálogo, nos impulsan a ser cada vez más conscientes de la urgencia de un renovado sentido de oración y contemplación. La nueva evangelización tiene sus raíces en una profundización de la vida espiritual, en cuyo centro están la contemplación y la adoración de la santísima Trinidad, el gran misterio de Dios, en el que la distinción de las personas es una unión perfecta: O Trinitas unitatis! O Unitas trinitatis! En la medida en que el pueblo de Dios tenga un sentido claro del misterio de Dios y de su presencia salvífica en los asuntos humanos, sentirá la urgencia del mandato de Cristo de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra (cf. Mt 28, 19). Os animo a esforzaros sin cesar en vuestras diócesis y parroquias para abrir nuevas puertas a la experiencia de la oración y la contemplación cristianas: todos los bautizados están llamados a ser santos como Dios mismo es santo. Las comunidades contemplativas que ya existen en Nueva Zelanda pueden servir de ejemplo e inspiración.

Queridos hermanos en el episcopado, ante las numerosas responsabilidades de vuestro ministerio, debéis confiar siempre en el Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra flaqueza (cf. Rm 8, 26). Que el Espíritu de Dios se mueva hacia Aotearoa, la tierra de la larga nube blanca, infundiendo las energías que necesitar á la Iglesia en Nueva Zelanda para celebrar de verdad y con gozo el gran jubileo del año 2000 y cumplir su misión única de servicio al pueblo de vuestro país. Encomendando a toda la familia de Dios en Nueva Zelanda a la amorosa protección de María, asunta al cielo, os imparto con gusto mi bendición apostólica a vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE AUSTRIA EN VISITA «AD LIMINA» Viernes 20 de noviembre de 1998

Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado:

1. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos y cada uno de vosotros. Me alegra poderos recibir con ocasión de vuestra visita ad limina. La peregrinación a las tumbas de los príncipes de los Apóstoles es un momento significativo en la vida de cada pastor, pues le brinda la posibilidad de manifestar su comunión con el Sucesor de Pedro y compartir con él las solicitudes y las esperanzas vinculadas al ministerio episcopal.

El affectus collegialis nos reúne en la oración, en la celebración eucarística y en la reflexión fraterna sobre los problemas pastorales más urgentes, impulsados todos por el deseo de escuchar la voz del Señor en medio de la multiplicidad de voces y opiniones humanas, a fin de responder cada vez con más eficacia a sus expectativas. El Sucesor de Pedro tiene la misión de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32) y de ser, en la Iglesia, «el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión» (Lumen gentium, 18), de la que también todos los obispos, juntamente con él, son responsables a su manera.

2. Hace pocos meses esta solicitud pastoral me impulsó a haceros una tercera visita a los pastores y a los fieles encomendados a vosotros en Austria. En esa ocasión llamé vuestra atención sobre un tema particularmente urgente en la Iglesia de vuestro amado país: el auténtico sentido del diálogo en el interior de la Iglesia. Entonces, al exponeros algunos criterios que definen el diálogo como experiencia espiritual, puse de manifiesto algunos peligros que pueden hacerlo ineficaz. En particular, quise animaros a promover dentro de la Iglesia un diálogo de salvación: «Para todos los interlocutores se sitúa siempre a la luz de la palabra de Dios. Por tanto, supone un mínimo de acuerdo y unión de base. La fe viva, transmitida por la Iglesia universal, representa el fundamento del diálogo para todas las partes» (Discurso a los obispos austriacos en Viena, 21 de junio de 1998, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de julio de 1998, p. 8).

3. Me alegra que, en las Iglesias particulares encomendadas a vosotros, un verdadero diálogo en todos los niveles se haya convertido en el compromiso más urgente de vuestra solicitud pastoral y que hayáis tratado de implicar en él a todos los fieles.

Precisamente esto me da pie para nuestra reflexión de hoy: quisiera hablar con vosotros sobre la comunión, que es el presupuesto del diálogo. Por eso, en el discurso que acabo de citar, aludí a la necesidad de un «mínimo acuerdo y unión de base» para poder entablar un diálogo constructivo. Al mismo tiempo, la comunión también es fruto del diálogo: si la confrontación es sincera y abierta, y si los interlocutores tienen una plataforma de convicciones comunes, el coloquio puede llevar fácilmente a una profundización del entendimiento recíproco. El diálogo de salvación debe desarrollarse en la comunión de la Iglesia. Sin esta convicción fundamental, se corre el peligro de que ese diálogo se reduzca a una experiencia superficial de convivencia sin compromiso.

4. En este contexto, conviene considerar a la luz del concilio Vaticano II la índole y la misión de la Iglesia. Releyendo los numerosos documentos conciliares que ilustran los diversos aspectos de la Iglesia, encontramos en ellos una perspectiva que merece especial relieve. Precisamente en el tema de la comunión, al inicio los textos conciliares no tratan las cuestiones relativas a la organización de la Iglesia: las estructuras, las competencias y los métodos. Más bien tratan sobre la realidad de la que nace la Iglesia y por la que vive. Los textos hablan de la Iglesia como misterio. Redescubrir este misterio de la Iglesia y traducirlo a la vida eclesial es la actualización —el «aggiornamento»— a menudo reafirmada por el Concilio. Esa actualización no tiene nada que ver ni con la adaptación de la verdad salvífica a la moda del momento ni con una espiritualización ingenua de la Iglesia en la evanescencia de un misterio inefable.

Recuerdo la impresión que en numerosos padres conciliares suscitó el título «De Ecclesiae mysterio» en el primer capítulo de la Lumen gentium . Para muchos esa expresión les resultó entonces tan desconocida como lo es hoy de nuevo para algunos. Este misterio significa una realidad salvífica trascendente que se manifiesta de manera visible en la historia. Para el Concilio el misterio de la Iglesia consiste en el hecho de que por Cristo tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu para participar así en la misma naturaleza divina (cf. Lumen gentium , 3-4; Dei Verbum , 1). Por consiguiente, la comunión de la Iglesia es modelada, realizada y sostenida por la comunión de Dios uno y trino. En cierto sentido, la Iglesia es el icono de la comunión trinitaria del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

5. A primera vista, estas definiciones podrían parecer lejanas de las preocupaciones pastorales de quien está en contacto con los problemas concretos del pueblo de Dios. Estoy seguro de que vosotros estáis de acuerdo conmigo en que esa impresión es infundada. Quien se toma en serio la Iglesia como realidad salvífica se da cuenta de que no es tal por virtud propia. Una Iglesia concebida exclusivamente como comunidad humana no sería capaz de encontrar respuestas adecuadas al anhelo humano de una comunión que pueda sostener y dar sentido a la vida. Sus palabras y acciones no podrían resistir frente a la gravedad de los problemas que gravan sobre los corazones humanos. En efecto, el ser humano anhela algo que lo trascienda, que supere todas las teorías humanas, desenmascarándolas en su insatisfactoria finitud. La Iglesia como misterio nos consuela y nos alienta al mismo tiempo. Nos trasciende y, como tal, puede convertirse en embajadora de Dios. En la Iglesia la autocomunicación de Dios se ofrece al deseo del hombre de encontrar su plena realización.

6. Aquí se plantea la cuestión de Dios, tal vez el problema más serio que vosotros, los pastores en Austria, debéis afrontar. La cuestión de Dios, aunque no se proponga claramente en público, mueve los corazones humanos. Por desgracia, a menudo hoy se responde a ella con el ateísmo disfrazado o con la indiferencia descarada. Tras estas actitudes se oculta el deseo de construir la serenidad y la comunión humana incluso sin Dios. Pero esos intentos no dan, y no pueden dar, resultados satisfactorios. ¡Ay de la Iglesia si estuviera demasiado implicada en las cuestiones temporales y no le quedara tiempo para ocuparse de los temas que atañen a lo eterno!

Urge hoy promover la renovación de la dimensión espiritual de la Iglesia. Las cuestiones que conciernen a la estructura de la Iglesia pasan automáticamente a un segundo plano cuando la cuestión decisiva de Dios se pone en el centro del debate eclesial. Esa cuestión se ha de tratar con paciencia, en un sincero diálogo de salvación con los hombres y mujeres dentro y fuera de la Iglesia. En la Iglesia-misterio se encuentra también la clave de nuestra misión de obispos al servicio del pueblo de Dios. La primera pregunta que nos pueden plantear a los pastores no es: «¿Qué tenéis programado?», sino: «¿A quién habéis llevado a la comunión con Dios uno y trino?».

7. Esta reflexión ilumina a la Iglesia como misterio, poniéndola en relación con la participación en los dones salvíficos de Dios. Y aquí la Eucaristía asume un significado particular. No es casualidad que la participación en la mesa eucarística sea llamada «comunión». A este propósito san Agustín definió la Eucaristía como «signo de unidad y vínculo de caridad» (In Ioannis Evangelium Tractatus, XXVI, VI, 13). A eso se refer ían los padres conciliares cuando afirmaron que la comunión eclesial se funda en la comunión eucarística: «En la fracción del pan eucarístico compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros» (Lumen gentium, 7).

8. En este momento no puedo por menos de exponeros dos graves preocupaciones que brotan de algunos datos negativos: los referidos a la participación en la celebración eucarística y a la falta de vocaciones. A la vez que expreso mi aprecio por todo lo que hacéis en defensa del domingo en la vida social y económica, siento el deber de exhortaros a impulsar de forma incansable y firme a los fieles encomendados a vosotros a cumplir el precepto dominical, tal como han hecho los pastores desde los primeros siglos hasta hoy: «Dejad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno?» (Didascalia de los Apóstoles II, 59, 2-3).

Referid a vuestros sacerdotes que el Papa conoce las dificultades que experimentan muchos pastores de almas para afrontar el exceso de trabajo y de preocupaciones de todo tipo, vinculadas a su ministerio. El Papa conoce la solicitud pastoral de los numerosos sacerdotes diocesanos y religiosos, cuyo trabajo a veces los lleva hasta el agotamiento. La dificultad se agrava aún más en las comunidades parroquiales de diócesis como las vuestras, donde también las características del territorio exigen mucho esfuerzo y muchos sacrificios.

Al tiempo que expreso mi aprecio por los sacerdotes, siento el deber de impulsar también a los laicos a un diálogo benévolo y respetuoso con sus pastores, sin considerarlos un «modelo pasado de moda» de una estructura eclesial que, en opinión de alguno, podría incluso prescindir del ministerio sacerdotal.

9. Precisamente esta convicción, difundida incluso entre hombres y mujeres creyentes, de seguro que no es ajena al fenómeno de la disminución de las vocaciones en vuestras Iglesias. Conozco los esfuerzos que estáis haciendo para ayudar a los jóvenes a llegar a encontrarse con Cristo y a descubrir la llamada que dirige a cada uno para desempeñar un papel determinado en la Iglesia. Por lo demás, sabemos muy bien que los hombres no pueden «producir» las vocaciones; hay que pedirlas a Dios con oración constante. La vocación, al inicio, es como un brote delicado y vulnerable, que exige mucho cuidado y atención. Debe entablarse una relación viva entre los que ya son sacerdotes y los jóvenes que tal vez sienten una llamada inicial a este camino. Es muy importante que esos jóvenes encuentren sacerdotes serenos y creíbles, profundamente convencidos de la opción realizada y unidos por una cordial amistad con los demás presbíteros y con su obispo. Con este fin es necesario que los que comparten con el obispo el servicio de los fieles no lo consideren como un «ministro » lejano o un «jefe» autoritario, sino como un padre y un amigo.

Una cultura de auténtica comunión entre los sacerdotes y el obispo, así como su gozosa cooperación para el bien de la Iglesia, representan la tierra más fértil para que florezcan las vocaciones. Esto ya lo reafirmó el Concilio: los obispos «han de ser servidores en medio de los suyos: buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes ellas también conocen; verdaderos padres» (Christus Dominus, 16).

10. Venerados hermanos, a pesar de todo, una certeza sostiene nuestra esperanza: los signos de la aurora de la salvaci ón son más numerosos que los datos que resultan de las tendencias negativas. Lo testimonian las dos mesas que el Señor en su bondad nos prepara continuamente: la de la Palabra divina y la de la Eucaristía (cf. Sacrosanctum Concilium , 51; Dei Verbum, 21). Precisamente a vosotros, los pastores, corresponde el gran honor, que es a la vez un sagrado deber, de hacer in persona Christi los «honores de casa», permitiendo a los fieles alimentarse abundantemente en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía.

11. En los documentos conciliares la Iglesia es presentada como «creatura Verbi», puesto que «es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (Dei Verbum, 21; cf. Lumen gentium , 2). Esta convicción ha despertado en el pueblo de Dios un gran interés por la sagrada Escritura, con indudables beneficios para el camino de fe de cada uno.

Por desgracia, no han faltado malentendidos e interpretaciones erróneas: se han insinuado algunas concepciones de la Iglesia que no corresponden ni a los datos bíblicos ni a la tradición de la Iglesia apostólica. La expresión bíblica «pueblo de Dios» (laos tou theou) se ha entendido en el sentido de un pueblo estructurado políticamente (demos) según las normas válidas para cualquier otra sociedad. Y dado que la forma de régimen más adecuada a la sensibilidad actual es la democrática, se ha difundido en un cierto número de fieles la exigencia de una democratización de la Iglesia. Voces de este tipo se han multiplicado también en vuestro país, al igual que más allá de sus fronteras. Al mismo tiempo, a veces la interpretación auténtica de la palabra divina y el anuncio de la doctrina de la Iglesia han dejado su lugar a un pluralismo mal entendido, en virtud del cual se ha pensado que se podía descubrir la verdad revelada por medio de la demoscopia y de manera democrática.

¡Cómo no sentir profunda tristeza al constatar estos conceptos erróneos en materia de fe y de moral que, junto con ciertos temas de la disciplina de la Iglesia, han arraigado en la mente de tantos miembros del laicado! Sobre la verdad revelada ninguna «base» puede decidir. La verdad no es producto de una «Iglesia de abajo», sino un don que viene «de lo alto», es decir, de Dios. La verdad no es creación humana, sino don del cielo. El Señor mismo nos la ha encomendado a nosotros, los sucesores de los Apóstoles, revestidos de «un carisma cierto de verdad» (Dei Verbum, 8), para que la transmitamos con integridad, la conservemos celosamente y la expongamos con fidelidad (cf. Lumen gentium, 25).

12. Con íntima participación en las profundas preocupaciones de vuestro ministerio, os digo: venerados hermanos, ¡tened la valentía de la caridad y de la verdad! Ciertamente, no se ha de reconocer ninguna verdad que no vaya unida a la caridad. Pero también es preciso rechazar una caridad que no vaya unida a la verdad. El verdadero remedio contra el error consiste en anunciar a los hombres la verdad en la caridad. Os pido que cumpláis esta misión con todas vuestras fuerzas. A cada uno de nosotros se dirigen las palabras de san Pablo a su discípulo Timoteo: «Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús. (...) Procura cuidadosamente presentarte ante Dios como hombre probado, como obrero que no tiene por qué avergonzarse, como fiel distribuidor de la Palabra de la verdad. (...) Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tm 2, 3. 5; 4, 2).

13. De la misma manera que participo en vuestras preocupaciones, deseo compartir vuestra satisfacción por la labor que estáis realizando en la Iglesia y en la sociedad en favor de la cultura de la vida. Precisamente la cultura de la vida se mueve dentro de los polos de la verdad y la caridad. Perseverad con valentía en vuestro testimonio de la doctrina transmitida, permaneciendo firmes en ella.

En particular, por lo que atañe al matrimonio, aunque la experiencia humana a menudo se siente impotente frente al fracaso de tantas uniones conyugales, el matrimonio sacramental, por voluntad divina, es y seguirá siendo indisoluble. Asimismo, aunque la mayor parte de la sociedad decidiera lo contrario, la dignidad de cada ser humano sigue siendo inviolable desde su concepción en el seno materno hasta su fin natural querido por Dios. Del mismo modo, a pesar de las repetidas manifestaciones de disenso, como si se tratara sólo de una cuestión disciplinar, la Iglesia no ha recibido del Señor la autoridad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres (cf. Ordinatio sacerdotalis, 4).

14. No me detengo a tratar otros temas, aunque sean significativos. Sin embargo, no puedo por menos de subrayar un dato: mientras en el mundo se siente cada vez con mayor intensidad la unidad de hombres y pueblos, aun respetando las diversas y apreciables características culturales, a veces se tiene la impresión de que la Iglesia en vuestro país cede a la tentación de replegarse en sí misma para ocuparse de cuestiones sociológicas en vez de entusiasmarse por la gran unidad católica: la comunión universal, que es comunión de Iglesias particulares agrupadas en torno al Sucesor de Pedro (cf. Lumen gentium, 23).

Venerados hermanos, aprovechad cualquier oportunidad para invitar a vuestros fieles a elevar la mirada por encima de las torres de las iglesias austriacas. Precisamente el gran jubileo del año 2000 podría constituir la ocasión para ayudar a vuestros fieles a redescubrir con renovada pasión la Iglesia una, santa, católica y apostólica en toda su riqueza, para amarla más intensamente.

15. Queridos hermanos en el episcopado, con gran afecto os he hecho estas reflexiones sobre la Iglesia-comunión. Se podría decir y escribir mucho sobre la comunión, pero lo más importante es que nosotros, como sucesores de los Apóstoles, tratemos de vivirla de modo ejemplar. Por último, quisiera expresaros un deseo. En los años y meses pasados se han escrito muchas cosas sobre la Iglesia en Austria. ¿No sería, acaso, un buen signo que en vuestro amado país se discutiera menos sobre la Iglesia y, por el contrario, se meditara más sobre ella? Ya dije al comienzo que la Iglesia-comunión constituye el icono de la comunión que existe en el seno de la Trinidad santísima. Ante un icono, más que dedicarse a un análisis crítico, se siente la necesidad de abandonarse a la contemplación afectuosa para poder penetrar cada vez más en el misterio divino: éste es el trasfondo en el que se puede comprender de verdad a la Iglesia. María, icono de la comunión eclesial

16. Concluyo estas palabras invitándoos a contemplar ese icono de la comunión eclesial que es la santísima Virgen, tan venerada por muchos de vuestros compatriotas. Ella, «eternamente presente en el misterio de Cristo» (Redemptoris Mater, 19), se encuentra en medio de los Apóstoles en el corazón de la Iglesia primitiva y de la Iglesia de todos los tiempos: «La Iglesia se reunía en el cenáculo con María, la madre de Jes ús, y con sus hermanos. Por ello, no se puede hablar de Iglesia si no está presente también María, la madre del Señor, con sus hermanos» (Cromacio de Aquileya, Sermo 30, 1).

Que María, la Magna Mater Austriae, os acompañe con su intercesión en el esfuerzo por desempeñar vuestro ministerio, sostenidos por un sereno y valiente sentire cum Ecclesia, para ayudar a formar un anima ecclesiastica en el corazón de los fieles que os han sido encomendados. Asegurándoos mi constante recuerdo en la oración para que el Espíritu os asista en vuestro camino con la abundancia de sus dones, os imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros y a todos los miembros de vuestras diócesis.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS Viernes 20 de noviembre de 1998

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra daros mi cordial bienvenida a todos vosotros, miembros de la plenaria y oficiales del dicasterio para la evangelización de los pueblos. Agradezco al señor cardenal Jozef Tomko las amables palabras que ha querido dirigirme, también en nombre de los presentes. Os saludo a cada uno y os agradezco el generoso empeño con que os dedicáis a la difusión del mensaje evangélico.

El tema de vuestra plenaria de este año versa sobre «la dimensión misionera de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica». Se trata de un tema de gran importancia y actualidad, porque sigue la línea de las enseñanzas de la encíclica Redemptoris missio y de la exhortación apostólica Vita consecrata .

Habéis hecho muy bien en centrar vuestras reflexiones en el papel de la vida consagrada en la misión ad gentes. En efecto, es grande la contribución que da a la evangelización la numerosa multitud de monjes, religiosos y miembros de institutos de vida religiosa y misionera, y de sociedades de vida apostólica. Durante el último siglo también las religiosas se han insertado en gran número en el dinamismo misionero, manifestando con su carisma peculiar el rostro misericordioso de Dios y el corazón materno de la Iglesia.

La historia de todos los pueblos se ha enriquecido con el influjo de la presencia de los consagrados, con su testimonio, con su actividad caritativa y evangelizadora, y con su sacrificio. Y todo esto no es sólo historia del pasado. En los territorios de misión, siguen siendo numerosos los sacerdotes religiosos; con las religiosas y los hermanos, constituyen la mayoría de las fuerzas vivas para la misión. En los países en que la Iglesia ha reanudado recientemente su presencia, los religiosos siguen estando en la vanguardia de la proclamación del Evangelio a todos los pueblos.

Hoy quisiera renovar a los religiosos y a las religiosas mi más vivo aliento y mi gratitud. Queridos hermanos, el Papa y toda la Iglesia cuentan con vosotros, sobre todo para la misión ad gentes, que constituye la tarea primordial y el paradigma de toda la misión de la Iglesia (cf. Redemptoris missio , 34 y 66).

2. A la luz de las enseñanzas del concilio Vaticano II, son numerosos los signos del Espíritu que influyen en la vida consagrada y en su papel misionero. También gracias a los Sínodos, en la Iglesia se ha tomado mayor conciencia de la vocación misionera que afecta a los diversos estados de vida: cristianos laicos, ministros ordenados y consagrados. Dentro de la comunidad cristiana estos estados son necesarios y complementarios; por eso, hay que promoverlos y animarlos en la comunión recíproca.

Además, durante los años del posconcilio, los miembros de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica se han dedicado con generosidad a la renovación propuesta por la Iglesia y a la profundización de sus carismas específicos. Así, han redescubierto la dimensión misionera insita en la constitución y en la praxis de cada uno de ellos.

Demos gracias al Señor también porque las vocaciones a la vida consagrada en sus diversas formas están aumentando de modo evidente en las Iglesias jóvenes, lo cual hace tener buenas esperanzas con respecto al futuro de la misi ón. Los religiosos y las religiosas que provienen de esas Iglesias ayudan con su presencia activa y contribuyen a la obra misionera universal.

También los obispos, pastores del pueblo cristiano, animadores de la comunión eclesial e impulsores del compromiso pastoral, durante estos años han comprendido con más claridad su papel de custodios y promotores de los carismas de la vida consagrada. Como escribí en la citada exhortación apostólica Vita consecrata : «Los obispos en el Sínodo lo han confirmado muchas veces: de re nostra agitur, es algo que nos afecta. En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión» (n. 3). A este propósito, dirijo un apremiante llamamiento a los obispos responsables de institutos diocesanos, numerosos en muchos territorios de misión, para que dediquen especial atención a la formación y al crecimiento espiritual de los candidatos.

3. A pesar de los grandes progresos logrados hasta ahora, las necesidades de la misión ad gentes siguen siendo todavía inmensas y urgentes. En la Redemptoris missio escribí: «La actividad misionera representa aún hoy el mayor desafío para la Iglesia. Mientras se aproxima el final del segundo milenio de la Redención, resulta cada vez más evidente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la humanidad» (n. 40). Y añadí: «Nuestra época, con la humanidad en movimiento y búsqueda, exige un nuevo impulso en la actividad misionera de la Iglesia. Los horizontes y las posibilidades de la misión se ensanchan, y los cristianos estamos llamados a la valentía apostólica, basada en la confianza en el Espíritu» (ib., 30). También con ocasión del nombramiento de obispos en algunas diócesis, especialmente de Asia, me doy cuenta de que la misión es aún incipiente.

La misión ad gentes, en el umbral del tercer milenio, exige un renovado impulso y nuevos misioneros, interpelando ante todo, en virtud de su vocación, precisamente a los consagrados. Lo subrayé en la mencionada exhortación apostólica: «Este deber continúa urgiendo hoy a los institutos de vida consagrada y a las sociedades de vida apostólica: el anuncio del Evangelio de Cristo espera de ellos la máxima aportación posible. También los institutos que surgen y que operan en las Iglesias jóvenes están invitados a abrirse a la misión entre los no cristianos, dentro y fuera de su patria. A pesar de las comprensibles dificultades que algunos de ellos puedan atravesar, conviene recordar a todos que, así como la fe se fortalece dándola, también la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la actividad misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas formas de vida consagrada» (Vita consecrata , 78).

Por consiguiente, invito a los institutos de consagración especial a comprometerse aún más en la misión ad gentes, convencido de que este celo misionero les atraerá vocaciones auténticas y será levadura para la verdadera renovación de las comunidades.

Me dirijo ahora a vosotros, queridos pastores de Iglesias antiguas y jóvenes, pidiéndoos no sólo que cultivéis la vida consagrada, sino también que la impulséis en ese sentido. Los institutos exclusivamente misioneros esperan ser confirmados y apoyados en la primera evangelización y en la animación misionera (cf. Redemptoris missio , 65-66); las religiosas y los religiosos, tanto contemplativos como activos, necesitan ser estimulados a «contribuir de modo especial a la tarea misional, según el modo propio de su instituto» (Código de derecho canónico , c. 783; cf. Redemptoris missio , 69); es preciso animar a las personas consagradas, al igual que a los sacerdotes diocesanos y a los laicos, a comprometerse en la misión ad gentes, aunque sea durante períodos limitados de su ministerio (cf. Redemptoris missio , 67-68, 71-72).

La Iglesia entera necesita este nuevo compromiso apostólico. En efecto, la evangelización y la obra misionera son la contribución inicial y fundamental que da a la humanidad. Espíritu misionero de los consagrados

4. Es evidente que la misión no consiste y no se agota en una actividad de mera organización, sino que está relacionada estrechamente con la vocación universal a la santidad (cf. Redemptoris missio , 90). Esto vale para todo cristiano y, con mayor razón, para los cristianos que viven su fe compartiendo el proyecto de un instituto de vida consagrada o de una sociedad de vida apostólica. Están llamados a una relación íntima con Dios, que es amor (cf. Vita consecrata , 84). La profesión religiosa les exige una conformación cada vez más integral y visible a Cristo casto, pobre y obediente (cf. ib., 93). La vida comunitaria los impulsa a vivir la comunión y a ser signos e instrumentos de unidad en el pueblo de Dios (cf. ib., 51), al tiempo que el servicio eclesial los invita a la coherencia entre su vida y su actividad apostólica (cf. ib., 85).

«Tender a la santidad» es, en síntesis, el programa de toda vida consagrada. «Dejando todo por Cristo, anteponiéndolo a cualquier otra cosa para poder participar plenamente en su misterio pascual » (ib., 93): éste es el sentido de un seguimiento capaz de implicar y transformar a las personas.

A este programa y a este seguimiento las comunidades de vida consagrada, también en las Iglesias jóvenes, han de dedicar la mayor atención y han de convertirse en oasis y en «escuelas de verdadera espiritualidad evangélica», señalándose a sí mismas y señalando a los demás fieles y al mundo los valores definitivos y las metas últimas del camino humano.

Encomendando a la protección de María santísima, Reina de los Apóstoles, vuestra asamblea plenaria, invoco su asistencia materna sobre todos los consagrados y las consagradas implicados en la acción misionera en todos los rincones de la tierra.

A todos y a cada uno os aseguro mi recuerdo en la oración, y os imparto de buen grado una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE EL CINE Jueves 19 de noviembre de 1998

Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado; ilustres señores y señoras:

1. Me alegra recibiros con ocasión del congreso internacional de estudio dedicado al tema: «Arte, vida y representación cinematográfica. Sentido estético, exigencias espirituales e instancias culturales». Os doy mi cordial bienvenida a cada uno.

Saludo y agradezco de modo particular al cardenal Paul Poupard las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Expreso, asimismo, mi estima a los miembros del Consejo pontificio para la cultura y del Consejo pontificio para las comunicaciones sociales que, en colaboración con la Oficina de espectáculos (de la Conferencia episcopal italiana), han reunido a estudiosos y aficionados al cine, prosiguiendo una interesante iniciativa ya experimentada positivamente el año pasado. Estas intensas jornadas, con la ayuda de expertos, directores, guionistas y críticos de arte y especialistas en técnicas de comunicación, os han permitido reflexionar en el lenguaje del cine, a menudo elevado a la categoría de auténtico arte, que la Iglesia contempla cada vez con mayor atención e interés.

Me congratulo con vosotros porque, para afrontar estos temas y responder adecuadamente a los desafíos de la cultura contemporánea, habéis aprovechado los recursos y las competencias de vuestros dicasterios, a fin de dar juntos una significativa contribución al compromiso común de evangelización, especialmente en la perspectiva del próximo milenio. A los promotores y organizadores, a los relatores y participantes, así como a cuantos están comprometidos en el ámbito de la cultura, del cine, de las comunicaciones y de las artes, expreso mi más ferviente deseo de que vuestra actividad sea fecunda.

2. El año pasado, al recibir a los participantes en el congreso sobre: «El cine, vehículo de espiritualidad y cultura», subrayé que esta forma moderna de comunicación y cultura, si es bien concebida, producida y difundida, «puede contribuir al crecimiento de un verdadero humanismo» (Discurso del 1 de diciembre de 1997, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de diciembre de 1997, p. 8). Me alegra constatar que, prosiguiendo por este camino, el encuentro de este año está dedicado al cine y al valor de la vida.

En efecto, durante estos días habéis reflexionado en el cine como medio adecuado para defender la dignidad del hombre y el valor de la vida. A este respecto, es muy oportuna la exhortación de los obispos italianos «Transmitir la vida », dirigida a los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, con ocasión de la vigésima Jornada en favor de la vida. Fue propuesta en el marco del «Proyecto cultural orientado en sentido cristiano», que la comunidad eclesial está profundizando en el umbral del tercer milenio. En este proyecto no puede faltar la aportación del cine; más aún, desempeña un papel destacado, dado que constituye el punto de encuentro entre el mundo de las comunicaciones sociales y otras formas culturales. Pensemos en cuánto puede influir, positiva o negativamente, el cine en la opinión pública y en las conciencias, sobre todo de los jóvenes. La vida humana posee un carácter sagrado, que es preciso defender y promover siempre. Es don sublime de Dios. Se trata de un desafío que todos deben aceptar responsablemente, a fin de que el cine se convierta en un medio expresivo adecuado para presentar el valor de la vida, respetando la dignidad de la persona.

3. A este respecto, el cine puede dar y hacer mucho. Lo testimonian elocuentemente las tres películas que habéis elegido para vuestro encuentro. Como acaba de recordar el cardenal Poupard, el cine, ya desde su nacimiento, es el espejo del espíritu humano, que busca constantemente a Dios, a menudo incluso sin darse cuenta. Con efectos especiales e imágenes sorprendentes, sabe explorar de manera profunda el universo del ser humano. Sabe encarnar en las imágenes la vida y su misterio. Además, cuando alcanza las cimas de la poesía, unificando y armonizando diferentes artes, como por ejemplo la literatura, el teatro, la música y la declamación, puede convertirse en fuente de admiración interior y de profunda meditación.

Por eso, la libertad creativa del autor, facilitada por los medios tecnológicos de vanguardia, está llamada hoy a ser vehículo de transmisión de un mensaje positivo que se refiera constantemente a la verdad, a Dios y a la dignidad del hombre.

La cultura y sus campos de investigación, las comunicaciones sociales y sus consecuencias amplias y complejas, las artes y su encanto, que enriquecen la vida y la abren a la belleza y a la verdad de Dios, están en el centro de la misión de la Iglesia, que se preocupa por el hombre en su relación constitutiva y vital con Dios, y en sus relaciones con sus semejantes y con toda la realidad creada.

Por eso, la Iglesia considera el cine como una peculiar expresión artística del año 2000, y lo anima en su función pedagógica, cultural y pastoral. En las secuencias cinematográficas confluyen creatividad y progreso técnico, inteligencia y reflexión, fantasía y realidad, sueño y sentimientos. El cine constituye un medio fascinante para transmitir el perenne mensaje de la vida y describir sus extraordinarias maravillas. Al mismo tiempo, puede transformarse en un lenguaje fuerte y eficaz para censurar la violencia y los atropellos. Así, enseña y denuncia, conserva la memoria del pasado, se convierte en conciencia viva del presente e impulsa la búsqueda de un futuro mejor.

4. Con todo, la técnica cinematográfica no debe prevalecer jamás sobre el hombre y sobre la vida, subordinándolos a la creación artística. El progreso científico ha abierto al cine horizontes hasta hace poco tiempo inimaginables, permitiendo que las imágenes superen, en el bien y en el mal, las demás obras de la creatividad humana y capten la atención y la admiración del espectador. Al mismo tiempo, el cine, tentado de considerarse a sí mismo como fin, ha llegado a veces a perder el contacto con la realidad y con los valores positivos de la vida. ¡Cuántas veces las imágenes envilecen al ser humano, desfigurando y anulando su humanidad, y convirtiéndose en vehículo de degradación, más que de crecimiento!

Vosotros sois los primeros en estar convencidos de ello: el cine no puede expresarse plenamente sin una clara y constante referencia a los valores morales y a los fines para los que nació. A cuantos trabajan en este campo corresponde explorar con competencia y experiencia el sentido positivo de la cinematografía, ayudando a los escenógrafos, productores y actores a convertirse, con su genio y fantasía, en mensajeros de civilización y de paz, de esperanza y de solidaridad; en una palabra, en mensajeros de auténtica humanidad.

Deseo de corazón que las personas que trabajan en el mundo del cine se sientan responsables de la gran tarea de promover un auténtico humanismo. Invito a los cristianos a ser corresponsables con ellas en esta vasta cooperación artística y profesional, para defender y fomentar los verdaderos valores de la existencia humana. Se trata de un servicio valioso que prestan a la obra de la nueva evangelización, con vistas al tercer milenio.

Con este fin, invoco sobre vuestras personas y sobre vuestra actividad la abundancia de los dones del Espíritu Santo. Y como signo de mi estima y mi afecto, os imparto de buen grado a vosotros, así como a vuestros colaboradores y a vuestras familias, una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PROFESORES Y ALUMNOS DE LA UNIVERSIDAD LUISS DE ROMA

Martes 17 de noviembre de 1998

Señor presidente; rector magnífico; ilustres huéspedes y profesores; gentil personal técnico-administrativo; amadísimos estudiantes:

1. Es para mí motivo de gran alegría encontrarme hoy con la comunidad universitaria de la Universidad libre internacional de estudios sociales Guido Carli, con los miembros del Senado académico y del consejo de administración. Gracias por vuestra invitación.

Agradezco al presidente, al rector magnífico y al joven alumno las palabras de saludo que me han dirigido en nombre de toda la universidad. Saludo al cardenal vicario, al ministro de Universidades e investigación científica, y a los rectores de las universidades romanas, que con su presencia honran nuestro encuentro.

Esta visita adquiere un significado particular, puesto que precede inmediatamente a la apertura del año misionero, que la Iglesia de Roma dedica al anuncio del Evangelio en los ambientes de vida y de trabajo de la ciudad.

Las palabras del apóstol san Pablo que acabamos de proclamar nos han sugerido el auténtico significado de la misión ciudadana. Es un gesto de amor de la comunidad cristiana de Roma hacia los hombres y mujeres que viven en la ciudad, y una invitación a dejarse guiar por el Evangelio para promover por doquier los grandes valores humanos y civiles.

2. La enseñanza de san Pablo ilumina también la vida de la universidad, ya que exhorta a buscar en la caridad las razones últimas de su ser y de su obrar.

En efecto, la institución universitaria, que nació del corazón de la Iglesia, se ha caracterizado a lo largo de los siglos por el cultivo del saber y la búsqueda asidua de la verdad al servicio del bien del hombre.

La investigación científica, que se realiza con ardua y constante dedicación, con entusiasmo y osadía intelectual, afecta tanto a los ámbitos de antigua tradición científica como a los más recientes, entre los que destacan las disciplinas económicas y sociales, muy estrechamente relacionadas con la vida diaria y las estructuras de la sociedad global.

Jamás puede ignorar la dimensión humanística, que corresponde a la universidad en el ámbito de la profundización del saber, de su adecuada transmisión y de su insustituible misión educativa.

En efecto, la universidad se sitúa en la tradición de la caritas intellectualis, en la que el saber y la experiencia del descubrimiento científico, al igual que la de la inspiración artística, se transforman en dones que se comunican como una gran energía. La fe cristiana reconoce en ello la verdadera sabiduría, don del Espíritu Santo (cf. santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q.45, a.3).

Asimismo, en la formación universitaria, la caritas intellectualis es fuente de relaciones interpersonales significativas, que ofrecen a cada uno la posibilidad de expresar plenamente su identidad irrepetible y de poner al servicio de ese objetivo los instrumentos para desempeñar su profesión.

3. El perfil académico de la actividad universitaria exige prestar atención a la vida de la ciudad, para que la profesionalidad científica se convierta en auténtica misión y en servicio al progreso de todo el hombre y de todos los hombres. Es preciso que esa atención se complemente con formas significativas de la comunión intelectual y espiritual entre discípulos y maestros, que era el aspecto característico de la universidad medieval.

Las exigencias de una especialización cada vez más articulada y la dispersión de las diversas instituciones universitarias en el entramado de la ciudad no siempre favorecen esa comunión intelectual y vital que, no obstante, puede encontrar un instrumento interesante en las modernas y renovadas tecnologías, que abren caminos de interconexión y comunicación hasta hace poco inimaginables.

Además, la necesaria relación entre exigencias económicas y profesionales jamás debe hacer perder de vista el objetivo principal de la enseñanza, que tiende a formar sobre todo maestros de vida. De igual modo, la correlación entre la realidad universitaria y el mundo de la economía y de la empresa, en sí misma legítima y a menudo fecunda, no puede ser condicionada por una visión simplemente pragmática que, en definitiva, resultaría reductiva y estéril. Más bien, debe dejarse guiar por criterios basados en la concepción cristiana de la persona y de la comunidad, que refuercen y exalten también en nuestro tiempo la dimensión cultural y social de la universidad.

4. Hay otro aspecto importante que deseo proponer. En la encíclica Fides et ratio subrayé «el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la razón» (n. 16): en virtud de este vínculo, la palabra de la fe, al iluminar y orientar el camino de la razón, no permite que el don de la inteligencia se encierre, incierto y derrotado, dentro de un horizonte en el que todo se reduce a opinión (cf. ib., 5). Por el contrario, lo sostiene y lo estimula continuamente a elevar la mirada, hasta llegar a los confines mismos del misterio, núcleo generador y energía que impulsa a toda cultura auténtica, en la que el fragmento revela un Todo que lo trasciende. En efecto, «toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de Dios» (ib., 2).

La Iglesia en Italia, consciente de ello, está elaborando desde hace algunos años un proyecto cultural que, sobre la base de los valores cristianos, pretende dar una ulterior contribución a la renovación del entramado social y cultural de la nación. De este modo, la fe cristiana quiere responder a los interrogantes que agitan el corazón del hombre y guiar sus pasos para que, mientras nos preparamos a cruzar el umbral del tercer milenio, se reavive la esperanza y se refuerce la solidaridad entre los hombres.

5. Encomiendo estas reflexiones de modo particular a vosotros, que actuáis en esta universidad, para que podáis contribuir a su crecimiento espiritual y cultural. Además, deseo agradeceros vuestra colaboración en la preparación del jubileo de los profesores universitarios, que se celebrará en septiembre del año 2000, y vuestra generosa disponibilidad a acoger uno de los congresos previstos con esa ocasión.

Mi pensamiento va, de modo especial, a vosotros, queridos alumnos. Avanzad con generosidad por el camino de la caridad intelectual, para ser promotores de una auténtica renovación social, que contrarreste las graves formas de injusticia que amenazan la vida de los hombres. Amad vuestro estudio, sed humildes al aprender, y estad dispuestos a poner al servicio de todos los conocimientos adquiridos durante los valiosos años de vuestro itinerario universitario.

Que os acompañe a todos la bendición de Dios, que invoco en abundancia sobre cada uno de vosotros.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA FEDERACIÓN DE ASOCIACIONES DEL CLERO EN ITALIA Lunes 16 de noviembre de 1998

Amadísimos hermanos:

1. ¡Bienvenidos! Os dirijo a todos mi cordial saludo, con ocasión de esta grata visita, expresión del fuerte y sincero vínculo con la Cátedra de Pedro que ha caracterizado siempre a la Federación de asociaciones del clero en Italia. Os saludo con afecto a todos y doy las gracias de modo particular a vuestro presidente, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos.

Conozco las actividades que realizáis en favor de gran parte del clero que vive y trabaja en Italia. Procuráis salir al encuentro de las esperanzas y preocupaciones que, en diversos niveles, afectan a la vida espiritual, pastoral, social, jurídica y económica de los presbíteros y los diáconos. Por tanto, prestáis un gran servicio en las diócesis y en el entramado de relaciones de toda la Iglesia en Italia.

Me alegro por ello y me uno a vosotros en la acción de gracias al Señor, que ama a sus ministros con singular predilección y que precisamente a ellos les ha señalado que la actitud de servicio recíproco es el modelo que deben testimoniar y anunciar a todos los cristianos y a todo el mundo.

2. Al mismo tiempo, quisiera alentaros a perseverar en vuestro compromiso, intensificando los esfuerzos, coordinando las intervenciones y superando los posibles obstáculos y el desaliento.

Sed conscientes de que vuestra acción redunda en beneficio de toda la comunidad eclesial, llamada a responder hoy a muchos desafíos nuevos.

Por lo que atañe a vuestra misión específica al servicio del clero, quisiera destacar tres aspectos de gran importancia.

Ante todo, el compromiso del diálogo en un tiempo de indiferencia, particularmente entre los hermanos en el sacerdocio, con el propio obispo, con las comunidades, con las personas que se han alejado de la Iglesia, y con cualquiera que atraviese dificultades.

A ese diálogo provechoso e indispensable hay que añadir la exigencia de una colaboración constante, que es búsqueda de un camino común, entre los ministros ordenados y los laicos, para la realización del reino de Dios en el mundo.

Por último, en ese camino es cada vez mayor la necesidad de signos concretos, en este tiempo de inflación de palabras. Es decir, se trata de construir, con la humildad de los gestos, unas relaciones reales y tangibles de amistad y comunión.

3. Queridos hermanos en el sacerdocio, que el Señor os apoye e ilumine con la fuerza de su Espíritu, para que podáis ayudar a la Federación de asociaciones del clero en Italia a responder a estas exigencias con apertura de mente y de corazón.

Con este fin, invoco también la asistencia de María, Madre de la Iglesia, y, a la vez que os aseguro mi constante recuerdo en la oración, os imparto de buen grado la bendición apostólica a vosotros y a todos los que forman parte de vuestra asociación.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE DIRIGENTES DEL FONDO DE SEGUROS PARA AGRICULTORES DE ITALIA Sábado 14 de noviembre de 1998

Amadísimos hermanos y hermanas:

Os doy a todos mi cordial bienvenida a este encuentro, que habéis deseado tanto y con el que habéis querido dar mayor solemnidad a las celebraciones del septuagésimo aniversario de la fundación de esta institución. Saludo al doctor Giancarlo Giannini, administrador delegado del grupo, y le agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme en nombre de los presentes y de los miembros de la asociación. Saludo, asimismo, a todos los dirigentes; les expreso mi gratitud por su compromiso en favor del mundo agrícola y los aliento a seguir apoyando con decisión la realidad rural.

Las rápidas y profundas transformaciones de la sociedad, que han impulsado los fenómenos de la urbanización y el abandono de los campos, desde hace algunos años están obligando al mundo agrícola a revisar su función y a adecuarse a las tecnologías modernas. A pesar de esos cambios, sigue siendo una gran reserva económica y moral de la nación, una realidad que hay que proteger y sostener, para el desarrollo armonioso de la sociedad entera.

Vuestra asociación, con su presencia extendida por todo el territorio italiano, desde hace setenta años está al servicio de esa realidad y de su desarrollo.

Al manifestaros mi gran aprecio por vuestra benemérita labor, formulo votos para que el Fondo de seguros para agricultores, aprovechando la experiencia acumulada desde el comienzo de su fundación, prosiga con renovado empeño su servicio al mundo rural, no sólo garantizando el éxito económico y productivo, sino también la permanencia y el desarrollo de la cultura rural con su gran patrimonio de valores cristianos y humanos.

Con estos deseos, invoco sobre vuestro trabajo y vuestra sociedad la protección materna de la santísima Virgen, y os imparto a cada uno de vosotros, a los miembros de vuestro grupo y a vuestras familias, una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN CONGRESO ORGANIZADO EN ROMA POR LA ACADEMIA DIPLOMÁTICA INTERNACIONAL Viernes 13 de noviembre de 1998

Queridos amigos:

1. Me alegra acogeros al término de vuestro congreso sobre: «Veinte años de diplomacia pontificia bajo Juan Pablo II». Quisiera, ante todo, dar las gracias a los organizadores de este encuentro: la Academia diplomática internacional y el Instituto europeo para las relaciones entre la Iglesia y el Estado, así como a los diferentes ponentes, que han presentado análisis de conjunto acerca de la actividad diplomática de la Santa Sede o que han abordado cuestiones particulares relacionadas con situaciones precisas y a menudo delicadas en el ámbito de las negociaciones. Esta iniciativa es el signo de la atención que prestáis a la Santa Sede y a su acción en todo el mundo. Deseo que vuestras provechosas jornadas de trabajo sean una ocasión para que numerosas personas descubran y profundicen los diferentes aspectos de la misión diplomática del Papa y de la Santa Sede.

Vuestro congreso se inscribe en la celebración del vigésimo aniversario del pontificado del Papa que os acoge en este momento. Habéis querido reflexionar en una dimensión importante y original de su ministerio pastoral: su participación activa en la vida diplomática. El Papa es el Siervo de los siervos de Dios, el siervo del Dios de la historia, que creó el mundo para que el ser humano viviera en él; no para abandonarlo a su suerte, sino para guiarlo hacia su realización plena; también es el siervo del hombre.

El Señor transmitió a la Iglesia su amor al hombre. Por eso, según una larga tradición y según los principios internacionales, el Siervo de los siervos de Dios cumple su misión diplomática como un servicio concreto a la humanidad, en el marco de su ministerio pastoral. Así, la Santa Sede quiere dar a todos los hombres y a todos los pueblos una contribución específica, para ayudarles a realizar cada vez mejor su destino, en paz y concordia, con vistas al bien común y al desarrollo integral de las personas y los pueblos.

2. Vuestro congreso ha analizado los últimos veinte años de este siglo y milenio, durante los cuales hemos sido testigos de numerosos cambios, signo del deseo profundo de vivir en libertad, conquistada con frecuencia a costa de grandes sacrificios, pero signo también de profunda inquietud y viva esperanza.

La diplomacia, unas veces precursora y protagonista, y otras limitándose a seguir y aprobar los cambios ya realizados, atraviesa un período de transición. En nuestros días, ya no afronta enemigos; partiendo de oportunidades comunes, se esfuerza por aceptar los desafíos de la globalización y por eliminar las amenazas que no dejan de presentarse a escala mundial. En efecto, los diplomáticos de hoy no necesitan tratar en primer lugar cuestiones relativas a la soberanía territorial, las fronteras y los territorios, aunque en algunas regiones estas cuestiones aún no han sido resueltas. Los nuevos factores de desestabilización son la pobreza extrema, los desequilibrios sociales, las tensiones étnicas, la degradación ambiental y la falta de democracia y respeto a los derechos del hombre; por otra parte, los factores de integración ya no pueden apoyarse simplemente en un equilibrio de fuerzas, ni en la disuasión nuclear o militar, ni en el acuerdo entre los gobiernos.

3. Así se comprende mejor por qué la única finalidad de la diplomacia pontificia es promover, extender a todo el mundo y defender la dignidad del hombre y todas las formas de convivencia humana, que abarcan desde la familia, el puesto de trabajo, la escuela, la comunidad local, hasta la vida regional, nacional e internacional. Participa activamente, según sus modalidades propias, en la traducción a formas jurídicas de los valores y los ideales sin los cuales la sociedad se dividiría. Pero, sobre todo, se esfuerza por lograr que el consenso sobre los principios fundamentales pueda concretarse en la vida nacional e internacional. Actúa con la convicción de que, para garantizar la seguridad y la estabilidad de las personas y de los pueblos, hay que lograr aplicar los diferentes aspectos del derecho humanitario a todos los pueblos, sin distinción, incluso en el campo de la seguridad, según el principio de la justicia distributiva. En todo el mundo, la Iglesia tiene el deber de hacer oír su voz, para que todos perciban la voz de los pobres como una llamada fundamental a la comunión y a la solidaridad. La solicitud del Sucesor de Pedro y de las Iglesias particulares distribuidas por todo el mundo busca el bien espiritual, moral y material de todos. La vida diplomática se funda en los principios éticos que sitúan a la persona humana en el centro de los análisis y las decisiones, y que reconocen la dignidad de todo ser humano y de todo pueblo, puesto que cada uno tiene derecho inalienable a una vida digna, en razón de su naturaleza. Ya recordé en otra ocasión que, «si no existe una verdad última, que guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder» (Centesimus annus , 46).

No es aceptable que se mantengan indefinidamente algunas diferencias entre los continentes, por razones políticas y económicas. Los diplomáticos y los gobernantes de las naciones deben esforzarse para que se privilegien los aspectos éticos en los procesos en que se toman decisiones, en todos los niveles. Desde este punto de vista, los diplomáticos, al estar en contacto con la realidad diaria que viven los pueblos, que ellos descubren y aprenden a conocer y amar, deben dar cuenta del desamparo de las personas y los pueblos oprimidos por situaciones que los superan, pues estas últimas están relacionadas con los sistemas internacionales, cada vez más duros para los países en vías de desarrollo.

La Sede apostólica, como es normal, realiza su actividad diplomática ante los Gobiernos, las organizaciones internacionales y los centros de decisión que se multiplican en la sociedad actual y, al mismo tiempo, se dirige a todos los protagonistas de la vida internacional, personas o grupos, para suscitar el consenso, la buena voluntad y la colaboración en lo que atañe a las grandes causas del hombre.

En particular, la diplomacia pontificia se apoya en la unidad que existe dentro de la Iglesia católica, presente en casi todos los países del mundo. La comunión que asegura las relaciones entre las diferentes Iglesias particulares y el Obispo de Roma, además de ser un principio eclesiológico imprescriptible, constituye también una riqueza internacional.

Agradeciéndoos vuestra contribución a la reflexión sobre los criterios que guían la diplomacia de la Sede apostólica, con vuestras investigaciones y con la documentación propuesta, os imparto de todo corazón la bendición apostólica a vosotros y a todos vuestros seres queridos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA XXIII ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO «COR UNUM» Jueves 12 de noviembre de 1998

Venerados y queridos hermanos y hermanas del Consejo pontificio «Cor unum»:

1. Con gran alegría os acojo durante la asamblea plenaria de vuestro dicasterio que, al aproximarse el año 2000, está dedicada al gran jubileo. Agradezco a vuestro presidente, monseñor Paul Josef Cordes, el cordial saludo que me ha dirigido en nombre de todos. Expreso, al mismo tiempo, mi estima a los miembros, a los oficiales y a los consultores del dicasterio por el esmero con que realizan su trabajo y, en particular, por el empeño que ponen en preparar del mejor modo posible el evento jubilar.

En la carta apostólica Tertio millennio adveniente propuse a todos los fieles que vivan este último año de preparación inmediata para la celebración jubilar como «camino hacia el Padre» (n. 50) y como profundización de la virtud de la caridad. Precisamente de aquí habéis tomado el tema de vuestro encuentro: «Hacia el gran jubileo, año 1999: el Padre del amor». Espero que vuestras reflexiones al respecto contribuyan a impulsar iniciativas útiles, con vistas a esa cita histórica.

2. Desde siempre el corazón del hombre se interroga sobre las grandes cuestiones, como, por ejemplo, el misterio de la justicia de Dios frente al problema del mal y del dolor, porque el ser humano lleva en sí el anhelo de vivir y realizarse plenamente en el amor. Para quien mira al prójimo con amor, la miseria presente en el mundo es motivo de profunda inquietud y, a veces, el sufrimiento injusto de muchos puede suscitar también la duda sobre la bondad y la providencia de Dios. Frente a estas situaciones no podemos permanecer indiferentes; por el contrario, el gran jubileo debe ser una ocasión propicia para renovar la adhesión de fe a Dios, que en su paternidad ama al hombre con un amor inigualable e infinito, y para intensificar nuestra generosidad con quienes pasan dificultades.

El Consejo pontificio «Cor unum» está llamado a manifestar la atención de la Iglesia universal a los pobres y, en particular, la solicitud del Santo Padre por sus sufrimientos y miserias. Así, vuestro dicasterio se hace intérprete de la misión que la Iglesia cumple desde siempre en favor de los más necesitados, poniendo en práctica lo que Cristo testimonió con su vida y dejó como testamento a sus discípulos. A este respecto, la parábola del buen samaritano es significativa: un extranjero atiende con amor a una persona asaltada y herida, y pone a disposición su tiempo y su dinero para curarla. Es imagen de Jesús, que dio su vida para salvar al hombre: al hombre que sufre, solo, víctima de la violencia y del pecado.

En otra página muy conocida del Evangelio, que refiere el juicio universal, el Señor se identifica con los que tienen hambre y sed, con los que están enfermos o en la cárcel (cf. Mt 25, 40. 45). Por eso, en Cristo contemplamos el amor de Dios, que se encarna y penetra toda la realidad humana, para asumirla, sin ningún compromiso con el pecado, incluso en sus aspectos más dolorosos y problemáticos. Él «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10, 38). En la persona del Hijo de Dios hecho hombre se pone de manifiesto que Dios es amor no sólo con palabras, sino también «con obras y según la verdad» (1 Jn 3, 18). Así, la predicación de Cristo va acompañada siempre por los signos, que dan testimonio de cuanto él revela acerca del Padre. Su atención a los enfermos, a los marginados y a los que sufren muestra que para Dios el servicio al hombre es más importante que el cumplimiento material de la ley. El amor de Dios garantiza que el hombre no está condenado al sufrimiento y a la muerte, sino que puede ser liberado y redimido de toda esclavitud.

En efecto, existe un mal más profundo, contra el que Cristo libra una auténtica batalla. Es la guerra contra el pecado, contra el espíritu del mal, que esclaviza al hombre. Los milagros de Jesús son signos de la curación integral de la persona, que parte siempre del corazón, como él mismo explicó cuando curó al paralítico: «Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados .dice entonces al paralítico.: .Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.» (Mt 9, 6). Así, en su predicación y en sus acciones reconocemos su solicitud por las necesidades del espíritu, que pide amor, y por las del cuerpo, que pide alivio para su dolor.

3. Queridos hermanos, vosotros representáis a los numerosos organismos católicos que sostienen en todo el mundo la labor caritativa de la Iglesia. Deseo expresaros mi particular gratitud por las múltiples actividades que realizáis en nombre de la comunidad eclesial, testimoniando de muchas maneras el amor de Cristo a los más pobres. Vuestra obra constituye un signo de esperanza para mucha gente, y se inserta en la tarea de la nueva evangelización que la Iglesia está llevando a cabo en este paso de milenio. Una evangelización que pide que las palabras vayan acompañadas de obras, que el anuncio se confirme con el testimonio, difundiendo por doquier el evangelio de la caridad. Los cristianos, presentes en el mundo de la miseria y del sufrimiento, quieren dar de este modo al hombre de hoy signos elocuentes de la paternidad de Dios, conscientes de que el Padre celestial inspira en nuestro corazón la auténtica caridad.

Sé que vuestro Consejo pontificio ha acogido con particular interés las indicaciones que ofrecí en la carta apostólica Tertio millennio adveniente para el próximo año, dedicado precisamente al Padre. Os doy las gracias porque habéis querido haceros intérpretes de este mensaje y porque habéis querido promover algunas iniciativas para manifestar la comunión de bienes que la primera comunidad apostólica testimoniaba de forma conmovedora.

En particular, deseo mencionar los «Cien proyectos del Santo Padre». Con esta iniciativa, algunas instituciones benéficas y algunas diócesis con muchos recursos han sostenido proyectos de desarrollo en zonas menos favorecidas de la tierra. Estos proyectos encuentran un común denominador en las «obras de misericordia corporales y espirituales», que la tradición eclesial ha fomentado siempre, para cumplir el mandamiento del amor y salir al encuentro del hombre en sus necesidades físicas y espirituales. Así, se pone de relieve que la comunión eclesial no conoce división de «raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9), y que se interesa por todo hombre, abriéndose a una visión verdaderamente universal.

También merece citarse la iniciativa denominada «Panis caritatis». Está difundiéndose en Italia y tiene como objetivo primario mostrar los vínculos de fraternidad y comunión que deben unir a los hombres entre sí, por su referencia común a Dios, Padre de toda la humanidad.

4. Todas estas iniciativas, además de los amplios y significativos programas que los organismos católicos desarrollan en muchas naciones del mundo, manifiestan que la Iglesia es sensible a las necesidades del hombre. Sin embargo, es consciente y testimonia al mismo tiempo que las necesidades inmediatas del ser humano no son ni las únicas ni las más importantes. Precisamente al respecto dice Jesús en el evangelio: «¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?» (Mt 6, 25). El hombre es una criatura abierta a la trascendencia y en lo más íntimo de su corazón siente un anhelo profundo de verdad y de bien, únicas realidades que satisfacen plenamente sus exigencias. Se trata del hambre y la sed de Dios que hoy, como en todo tiempo, no se apagan en las conciencias. La Iglesia se siente llamada a hacerse mensajera ante el hombre contemporáneo del anuncio de la gracia y de la misericordia que Dios Padre nos dio en Cristo Jesús. La acción del Consejo pontificio «Cor unum» se sitúa en este ámbito como signo de una salvación mayor, que atañe al hombre en su dimensión más profunda y que se realiza en la vida eterna.

Desde esta perspectiva, orientada a la caridad que «no acaba nunca» (1 Co 13, 8), deseo que en el año 1999, víspera del gran jubileo, vuestra obra, tan importante para la Iglesia y para el testimonio cristiano en el mundo de hoy, exprese plena y eficazmente su mensaje de amor y fraternidad. Con este fin, os aseguro mi apoyo constante en la oración y os imparto de corazón a todos la bendición apostólica, que de buen grado extiendo a cuantos, en todo el mundo, colaboran con vuestro dicasterio al servicio de los más pobres y necesitados.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR MARCO CÉSAR MEIRA NASLAUSKY, NUEVO EMBAJADOR DE LA REPUBLICA FEDERATIVA DE BRASIL Jueves 12 de noviembre de 1998

Señor embajador:

1. Me complace acoger al distinguido representante de Brasil en este acto de presentación de sus cartas credenciales como embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede. Lo recibimos hoy, como siempre lo haremos, con la atención y el interés que merecen la persona de su excelencia y su noble país; éste, además, ha demostrado recíproca consideración, incluso en la elección de los mandatos para esta misión, al reflejar el sincero afecto del pueblo brasileño, y en primer lugar del presidente de la República Federativa de Brasil, por el Sucesor de Pedro.

Por eso, agradezco las amables palabras y el saludo que el más alto mandatario de la nación ha deseado hacerme llegar por medio de su excelencia. Le ruego encarecidamente que tenga la amabilidad de transmitirle mi saludo, con mis mejores deseos de paz y bien.

2. Con la reciente reelección del señor presidente de la República, el Gobierno brasileño se prepara para dar continuidad a la obra de saneamiento social, debido, como su excelencia afirmaba, «a los abusos e injusticias acumulados » durante los años de inestabilidad política y económica. He seguido con interés principalmente la aplicación de los mecanismos de acción, destinados, entre otras cosas, a afrontar una distribución más justa de las riquezas, el derecho a la instrucción escolar y a la educación en todos los niveles, el arduo problema de la deuda pública y el drama del desempleo en muchos sectores de la economía nacional. Observo con satisfacción los frutos alcanzados gracias al compromiso del Gobierno brasileño de dar prioridad al área social, en defensa de los derechos humanos, especialmente de la infancia, y a la aplicación efectiva de la reforma agraria. Se trata de grandes desafíos para la paz y el progreso armonioso de la sociedad, pero, como usted comprenderá, tienen relación con una exigencia social más amplia, que ve en el bienestar futuro de la familia brasileña el punto de referencia insustituible de toda acción gubernativa.

Señor embajador, siendo así, permítame añadir que la comprobación del desarrollo de Brasil, que se ha registrado durante estos últimos años, será duradera en la medida en que se produzca, al mismo tiempo, un crecimiento de los valores morales que hacen de la solidaridad, especialmente entre los menos favorecidos, el eje de las decisiones más importantes. La crisis global que atraviesa el mundo no es sólo de carácter financiero, sino más bien de valores, de ideales y del fundamento moral, que afecta de modo especial a la familia. Por eso, el año pasado, durante mi viaje pastoral a Río de Janeiro para el II Encuentro mundial de las familias, quise subrayar el hecho de que «a través de la familia, toda la existencia humana está orientada al futuro. En ella el hombre viene al mundo, crece y madura. En ella se convierte en ciudadano cada vez más responsable de su país y en miembro cada vez más consciente de la Iglesia» (Homilía, 5 de octubre de 1997, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de octubre de 1997, p. 7).

3. El momento de esperanza que vive el país y el deseo de su pueblo de que se renueve la sociedad en su conjunto, son estímulos fuertes para una mayor cooperación y sentimientos de participación en el bien común, que están en la raíz de la tradición cristiana del pueblo de la Tierra de la Santa Cruz.

No cabe duda de que la proximidad de la celebración de los dos mil años del nacimiento de Cristo, que coincide con los quinientos años de la evangelización de Brasil, servirá para recoger las experiencias pasadas y abrirse a los desafíos futuros, teniendo en cuenta el papel que la Providencia llamará a desempeñar a su gran nación en el panorama internacional.

También sabemos que sólo podrá lograrse un orden temporal más justo si el progreso material va acompañado por una mejora de las personas, es decir, de los valores morales, a nivel nacional e internacional, como recordé en la encíclica Sollicitudo rei socialis ; en efecto, la interdependencia que hoy caracteriza y condiciona la vida de las personas y de los pueblos debe ser un presupuesto moral que lleve a «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común» (n. 38). La defensa de los más abandonados por la sociedad, la transparencia en las decisiones políticas según criterios de justicia, equidad y solidaridad, una integración constante de las razas y las culturas son, entre otros aspectos, postulados indispensables de toda sociedad, sobre todo de la brasileña que, desde hace mucho tiempo, participa en el escenario de las decisiones internacionales como promotora de paz y concordia entre las naciones.

Señor embajador, expreso mis mejores deseos de que al consolidar estas exigencias, Brasil siga apoyándose en los principios cristianos de su pueblo, para un renovado empeño en favor del bien común, contrapuesto al individualismo reinante en muchas regiones del globo, que está sofocando las más nobles aspiraciones de bien. En este sentido, deseo reiterar aquí que la Iglesia seguir á siempre el rumbo trazado por el Redentor de los hombres, basándose en los principios evangélicos de caridad y justicia, para que, en el ámbito de su misión propia y con el respeto debido al pluralismo, sea promotora de todas las iniciativas que sirvan a la causa del hombre como ciudadano e hijo de Dios. El ejemplo de fray Galvão, beatificado recientemente, por todos conocido como «el hombre de la caridad y la paz», y que renació en Cristo el mismo año en que su país conquistó la independencia, indica a todos los hombres de buena voluntad el camino de una nación cada vez más justa y fraterna.

La Santa Sede, por su parte, seguirá favoreciendo también el mejor entendimiento entre los pueblos, de modo especial entre los países latinoamericanos, unidos por fuertes vínculos históricos, culturales y religiosos, potenciando los valores morales y espirituales que refuerzan la solidaridad efectiva y eliminan las barreras que tanto dificultan la comprensión y el diálogo en la comunidad internacional.

4. Señor embajador, al término de nuestro encuentro, le ruego gentilmente que transmita mis sinceros deseos de felicidad al señor presidente de la República, en este momento en que se prepara para dirigir, durante un segundo mandato, los altos destinos de Brasil; asimismo, deseo manifestarle mi gratitud por las palabras de aprecio que el señor Fernando Henrique Cardoso, en unión con todos los brasileños, quiso enviarme con ocasión de la beatificación de fray Antônio de Santa Ana Galvão. A su excelencia le expreso la estima y el apoyo de toda la Sede apostólica para la nueva e importante misión que hoy está a punto de empezar; suplico a Dios que la corone con abundantes frutos y alegrías.

Al pedirle que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante cuantos en su Gobierno guían el destino del pueblo brasileño, aprovecho esta circunstancia para implorar, por intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, las abundantes bendiciones de Dios todopoderoso sobre su persona, su mandato y sus familiares, así como sobre todos los amados hijos de la noble nación brasileña.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE UN SOLEMNE ACTO ACADÉMICO EN LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD URBANIANA Miércoles 11 de noviembre de 1998

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; ilustres rectores de las universidades pontificias y de los ateneos de Roma; amadísimos alumnos:

1. Es para mí motivo de gran alegría presidir este solemne acto académico, al término del cual bendeciré la renovada aula magna de esta universidad pontificia. En efecto, aquí se preparan espiritualmente y se forman teológicamente los que irán a las diversas partes del mundo a anunciar, como nuevos apóstoles, el evangelio de Jesucristo.

Saludo cordialmente, ante todo, al señor cardenal Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos y gran canciller de la Pontificia Universidad Urbaniana, y le agradezco las amables palabras que en nombre de todos los presentes me ha dirigido al comienzo de nuestro encuentro. Expreso también mi sincera gratitud al cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, por la docta relación que acaba de tener.

Saludo a los rectores y profesores de las universidades pontificias y de los ateneos de Roma. Y os saludo con afecto a todos vosotros, amadísimos profesores, alumnos y colaboradores de la universidad Urbaniana, así como a todos los que han querido participar en este significativo momento de reflexión teológica y comunión eclesial.

2. El cardenal Ratzinger nos ha introducido con magistral pericia en la lectura de un aspecto específico de la encíclica Fides et ratio . Tomando pie de sus consideraciones, quisiera centrar ahora vuestra atención en lo que constituye, de alguna manera, el núcleo de la encíclica, es decir, la relación entre la fe y la razón, que es importante destacar, sobre todo en un período como el nuestro, caracterizado por cambios de época de la sociedad y de la cultura.

El paso progresivo hacia formas de pensamiento que se reúnen bajo la denominación de «posmodernidad» exige que también la Iglesia preste la debida atención a ese proceso, haciendo oír su voz, para que nadie quede privado de la aportación peculiar que brota del Evangelio (cf. Fides et ratio , 91). Por otra parte, esta preocupación se justifica si se piensa en el delicado papel que la filosofía desempeña en la formación de la conciencia, en la animación de las culturas y, por consiguiente, en la inspiración de leyes que regulan la vida social y civil. En esta tarea, aun dentro de la autonomía de su estatuto epistemológico, no puede menos de beneficiarse de la compañía de la fe, que le indica senderos por recorrer para alcanzar cumbres aún más altas.

3. A nadie escapa la importancia que la filosofía ha adquirido progresivamente a lo largo de los siglos. Algunos sistemas perduran hasta nuestros días, gracias a la fuerza especulativa que les ha permitido promover un progreso seguro en la historia de la humanidad. Por otra parte, el papel que la filosofía desempeña no puede relegarse a un círculo restringido de personas. «Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, filósofo y posee concepciones filosóficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visión global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su comportamiento» (Fides et ratio , 30).

El acto de pensar define al hombre dentro de la creación. Al pensar, puede responder del mejor modo posible a la misión, que le ha confiado el Creador, de cultivar y cuidar el jardín del Edén, donde se encuentra «el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gn 2, 15.17; cf. Fides et ratio , 22). Así pues, con el pensamiento cada uno realiza una experiencia, por así decir, de «auto-trascendencia», ya que se supera a sí mismo y supera los límites que lo restringen, para acercarse a lo infinito.

La 4. Sin embargo, el hombre, cuanto más se abre a lo infinito, tanto más descubre el límite que lleva en sí mismo. Se trata de una experiencia dramática, porque al mismo tiempo que se sumerge en nuevos espacios, descubre que no logra ir más allá. A esto se añade la experiencia del pecado: la existencia humana está marcada por él, de modo que también la razón siente su peso. Una expresión de la Carta a Diogneto, escrita en los albores de la literatura cristiana, casi comentando el texto del Génesis, permite comprender más a fondo esta condición. Escribe su autor desconocido: «En este lugar se plantó el árbol de la ciencia y el árbol de la vida; lo que mata no es el árbol de la ciencia sino la desobediencia » (XII, 1). Por tanto, éste es el motivo real de la debilidad del pensamiento y de su incapacidad de elevarse más allá de sí mismo. La desobediencia, signo del deseo de independencia, mina el obrar del hombre y amenaza con bloquear su elevación hacia Dios, incluso en el ámbito de la reflexión filosófica.

Cuando la ciencia se enroca orgullosamente en sí misma, corre el riesgo de no expresar siempre perspectivas de vida; si, por el contrario, va acompañada por la fe, entonces recibe su ayuda para buscar el bien del hombre. El apóstol Pablo advierte: «La ciencia hincha, la caridad en cambio edifica» (1 Co 8, 1). La fe, que se fortalece con la caridad y se expresa en ella, sugiere a la ciencia un criterio de verdad que mira a la esencia del hombre y a sus verdaderas necesidades.

5. En un ámbito académico como éste, creo que es importante subrayar otro aspecto que mencioné en la encíclica Fides et ratio. No sólo reafirmé en ella la necesidad, sino también la urgencia de una reanudación del diálogo entre la filosofía y la teología que, cuando se ha efectuado correctamente, ha producido evidentes beneficios tanto para una como para otra. La invitación que dirigí para que se cuide «con particular atención la preparación filosófica de los que habrán de anunciar el Evangelio al hombre de hoy» (Fides et ratio , 105) es el eco de la misma invitación que hicieron a su tiempo, con fuerte convicción, los padres conciliares (cf. Optatam totius , 15). En efecto, mientras que el estudio de la filosofía abre la mente de los jóvenes alumnos para comprender las exigencias del hombre contemporáneo y su modo de pensar y afrontar los problemas (cf. Gaudium et spes, 57), la profundización de la teología permitirá dar a esas exigencias la respuesta de Cristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6), dirigiendo la mirada al sentido pleno de la existencia.

En un momento en que parece afirmarse la fragmentación del saber, es importante que la teología sea la primera en hallar formas que permitan la identificación de la unidad fundamental que une entre sí los diferentes caminos de investigación, mostrando su meta última en la verdad revelada por Dios en Jesucristo. Desde este punto de vista, la misma teología podrá apoyarse en una filosofía abierta al misterio y a su revelación, para hacer comprender que la inteligencia de los contenidos de fe favorece la dignidad del hombre y su razón.

6. Recuperando cuanto ha sido patrimonio del pensamiento cristiano, escribí que la relación entre la teología y la filosofía debería estar marcada por «la circularidad » (Fides et ratio , 73), como acaba de recordar también el cardenal Ratzinger. De este modo, tanto la teología como la filosofía se ayudarán recíprocamente para no caer en la tentación de encerrar en los límites de un sistema la novedad perenne que contiene el misterio de la revelación traída por Jesucristo. Ésta seguirá implicando siempre una novedad radical, que ningún pensamiento podrá jamás explicar plenamente ni agotar.

La verdad puede acogerse siempre y sólo como un don totalmente gratuito, que es ofrecido por Dios y debe ser recibido en la libertad. La riqueza de esta verdad se inserta en el entramado humano y necesita expresarse en la multiplicidad de formas que constituyen el lenguaje de la humanidad. Los fragmentos de verdad que cada uno lleva consigo deben tender a reunirse con la verdad única y definitiva que encuentra su forma perfecta en Cristo. En él, la verdad sobre el hombre se nos dona sin medida en el Espíritu Santo (cf. Jn 3, 34), y suscita un pensamiento que no sólo es deudor de la razón, sino también del corazón. De este pensamiento profundo y fecundo da testimonio la «ciencia de los santos», que hace un año me impulsó a proclamar doctora de la Iglesia a santa Teresa de Lisieux, siguiendo las huellas de numerosos santos, hombres y mujeres, que han marcado de manera significativa la historia del pensamiento cristiano, tanto teológico como filosófico. Es hora de que la experiencia y el pensamiento de los santos se valoren de manera más atenta y sistemática, para profundizar las verdades cristianas.

7. Los teólogos y los filósofos, según las exigencias de sus respectivas disciplinas, están llamados a considerar al único Dios que se revela en la creación y en la historia de la salvación como la fuente perenne de su trabajo. La verdad que viene «de lo alto», como muestra la historia, no va contra la autonomía del conocimiento racional, sino que lo impulsa hacia nuevos descubrimientos que originan un auténtico progreso para la humanidad, al favorecer la elaboración de un pensamiento capaz de llegar a lo íntimo del hombre, haciendo madurar en él frutos de vida.

Quiero encomendar estas perspectivas y estos deseos a la intercesión de la Virgen, invocada como «Sede de la sabiduría», y, a la vez que invoco su constante protección sobre vosotros y sobre el «crisol del pensamiento» que está llamada a ser vuestra universidad, os imparto a todos mi afectuosa bendición apostólica. ¡Gracias!

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN CONGRESO EUROPEO PARA DIRECTORES NACIONALES Y OBISPOS RESPONSABLES DE LA PASTORAL SOCIAL Y DEL TRABAJO

Al venerado hermano monseñor FERNANDO CHARRIER obispo de Alessandria presidente de la comisión episcopal para los problemas sociales y el trabajo

1. La Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos de 1991 fue un momento de gran importancia en el camino de la nueva evangelización emprendido por las Iglesias del continente. Quiso reafirmar las raíces cristianas comunes de Europa, indispensables para el actual proceso de integración europea.

En efecto, los padres de la nueva Europa y cualificados representantes del mundo de la cultura llegaron a la convicción de que esa integración no puede limitarse a la construcción de la «Europa de los mercados», sino que debe tener como objetivo principal una Europa de los pueblos, en la que la historia, las tradiciones, los valores, la legislación y las instituciones de las diversas naciones se conviertan en motivo de diálogo e intercambio recíproco con vistas a una cooperación eficaz para la realización de una Europa política, en la que la aspiración a la unidad no vaya en detrimento de las riquezas y las diferencias de cada pueblo.

Las situaciones de dificultades económicas y políticas presentes en los diversos Estados interpelan a las Iglesias, que están llamadas a ser punto de encuentro y factor de unidad para todo el género humano (cf. Gaudium et spes, 42). Se les pide un renovado esfuerzo para que la verdad sobre el hombre y sobre la sociedad, el bien de la libertad, y especialmente de la religiosa, la justicia social, la solidaridad, la subsidiariedad y el carácter central de la persona humana se estabilicen en la mentalidad, en la legislación y en los comportamientos de los pueblos europeos.

2. Como recordé el 13 de diciembre de 1991, al concluir la Asamblea especial del Sínodo de los obispos, en el umbral del tercer milenio la situación del continente se presenta tan variada y compleja que hace difícil el camino hacia la anhelada integración. Eso atañe también a los creyentes en Cristo, a causa de las divisiones que se han producido entre ellos a lo largo del segundo milenio. El camino ecuménico exige el compromiso de todos, se realiza en todos los niveles mediante gestos y palabras, y puede encontrar un terreno fecundo en el ámbito de la pastoral social y del trabajo. En efecto, las situaciones y los problemas sociales son comunes tanto a los católicos como a los creyentes de otras confesiones cristianas, y todos están llamados a trabajar juntos para que no se considere al hombre como un medio de producción, sino como un sujeto eficiente del trabajo y su verdadero artífice y creador (cf. Laborem exercens, 7). Por eso, el trabajo humano puede constituir un terreno privilegiado para superar «las dolorosas laceraciones que contradicen abiertamente la voluntad de Cristo y son un escándalo para el mundo» (Tertio millennio adveniente, 34). Este esfuerzo común, que desde hace tiempo realizan los trabajadores, resulta más fácil hoy tras la caída de las ideologías que durante decenios fueron motivo de contraposiciones e instrumentalizaciones políticas.

Más allá de las inspiraciones ideales personales, los trabajadores actúan juntos en las diversas organizaciones en defensa de sus derechos. Como escribí en la encíclica Laborem exercens , «si es verdad que el hombre se alimenta con el pan del trabajo de sus manos, es decir, no sólo con el pan de cada día que mantiene vivo su cuerpo, sino también con el pan de la ciencia y del progreso, de la civilización y de la cultura, entonces es también verdad perenne que se alimenta con ese pan con el sudor de su frente; o sea, no sólo con el esfuerzo y la fatiga personales, sino también en medio de tantas tensiones, conflictos y crisis que, en relación con la realidad del trabajo, trastocan la vida de cada sociedad y aun de toda la humanidad» (n. 1). Esta solidaridad, fundada en la cultura común, en análogas condiciones de vida y en idénticos problemas, puede constituir un buen marco de encuentro para el diálogo religioso con el fin de llegar a la unidad por la que Cristo nuestro Señor pidió en la última cena: «para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn 17, 21).

3. La exigencia de confrontación brota de la urgencia de la evangelización en un campo, el social, que hoy absorbe gran parte de las energías y del tiempo de la clase directiva y de la gente común. El anuncio del Evangelio en este ámbito, hecho de forma actualizada y más incisiva, puede favorecer la nueva era de civilización que la perspectiva de la unidad europea está abriendo para el continente. Los europeos están redescubriendo cada vez más la tarea de «exportar » las riquezas de cultura y civilización que proceden de sus raíces cristianas. Para cumplir esa histórica misión, los cristianos de Europa no pueden por menos de interpelarse sobre su propia fidelidad al Redentor, a su palabra y a su vida; sobre la acogida atenta y disponible de las enseñanzas del Magisterio; y sobre el efectivo arraigo de algunas de sus formas actuales de vida en la fe cristiana, fundamento de la civilización europea.

Dado que «una fe que no se convierte en cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Discurso al primer congreso nacional italiano del Movimiento eclesial de compromiso cultural, 16 de enero de 1982, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de mayo de 1982, p. 19), el encuentro de los responsables de la pastoral social y del trabajo de las Iglesias de Europa tiene como finalidad reafirmar la prioridad de la evangelización de la dimensión social de la vida, con vistas a una nueva cultura europea, sostenida por la milenaria tradición cristiana. El renovado anuncio del Evangelio, que quiere ayudar a los hombres de Europa a construir un continente abierto y solidario, pasa necesariamente por algunos momentos que constituyen objetivos comunes de los proyectos pastorales.

4. Europa necesita esperanza, pero sólo puede darla quien ofrece al hombre perspectivas de gran alcance espiritual y moral, como son las que brotan de la atención a los signos de los tiempos y de la lectura sapiencial de la historia, a la luz de la palabra de Dios, acogida y meditada en sintonía con la Iglesia.

Frente a los nuevos problemas de la globalización de la cultura, de la política, de la economía y de la administración, urgen reglas seguras, suscitadas por la visión de la vida que se halla presente en el pensamiento social cristiano, en el que es decisivo el compromiso contemporáneo en favor de la globalización de los valores de la solidaridad, la equidad, la justicia y la libertad.

En esta perspectiva se sitúan el concilio Vaticano II y el Magisterio social reciente que, aun reconociendo los valores de la modernidad, los arraigan en el acontecimiento de Cristo Señor para defenderlos de posibles desviaciones. Por lo demás, la nueva evangelización no se limita a oponerse al secularismo, sino que busca instaurar modos de vivir la fe capaces de regenerar el entramado cívico de las comunidades y de la vida democrática.

5. Después de la primera Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, las Iglesias han redescubierto la utilidad de reunirse para intercambiar experiencias y dificultades, y para programar líneas comunes en el esfuerzo de evangelización del mundo del trabajo.

La perspectiva de la integración política exige a las Iglesias un renovado empeño común para afianzar la Europa del próximo milenio sobre las bases duraderas y fecundas del cristianismo. En el marco actual, el compromiso de la pastoral social y del trabajo debe ayudar a redescubrir y vivir la verdad evangélica en los areópagos de la economía, la política y el trabajo. En efecto, antes que el territorio se han de considerar los ámbitos de vida del hombre y las culturas. Sobre todo en este contexto la Iglesia escucha la llamada que el macedón dirigió durante un sueño al apóstol Pablo: «Ven (...) y ayúdanos» (Hch 16, 9). Ojalá que el gran jubileo del año 2000 encuentre a la Iglesia más generosa y dispuesta a acoger el mandato del Señor: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15), para llevar por doquier con renovado ardor el anuncio de la salvación.

Con estos deseos, a la vez que encomiendo vuestro encuentro a la maternal intercesión de la Virgen de Nazaret y de san José, le imparto una especial bendición apostólica a usted, venerado hermano, a los obispos, a todos los que han intervenido, a los que forman parte del variado mundo del trabajo y a los que esperan encontrar un empleo.

Vaticano, 10 de noviembre de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ESCUELA FRANCESA DE ROMA Lunes 9 de noviembre de 1998

Señor cardenal; queridos amigos de la Escuela francesa:

Ya es tradición que, de manera regular, vengáis a encontraros con el Sucesor de Pedro, manifestando así los vínculos que vuestra institución, más que centenaria, mantiene con la Santa Sede. Me alegra recibiros, y agradezco al señor André Vauchez, director de la Escuela francesa, las cordiales palabras que me ha dirigido en vuestro nombre.

Vuestra visita es particularmente importante en estos días en que estáis organizando un congreso sobre el final de la Edad Media titulado: Súplicas y peticiones. El gobierno por la gracia en Occidente. Del mismo modo, acabáis de publicar los tres nuevos volúmenes del señor Charles Pietri, Christiana Respublica. También yo aprovecho ahora la ocasión para rendir homenaje a ese autor, cuyos célebres trabajos sobre la Roma cristiana merecen destacarse; como nos acaban de recordar, fue director de la Escuela francesa y, al mismo tiempo, miembro del Consejo pontificio para la cultura. En sus investigaciones conjugaba la acción cultural en la sociedad civil y el servicio a la Iglesia. Entre los miembros eminentes que han trabajado en la Escuela francesa, no puedo olvidar a monseñor Louis Duchesne, que renovó profundamente los estudios sobre el cristianismo de los primeros siglos.

La Escuela francesa forma parte del panorama cultural romano, y sus publicaciones son sus principales embajadores entre los investigadores y el gran público, con el deseo de difundir la cultura francesa, según el propósito que inspiró su creación y que sigue guiando sus actividades. Me alegro de las relaciones fecundas que vuestra institución mantiene con el Consejo pontificio para la cultura, con el Archivo vaticano, con la Biblioteca vaticana y con otros organismos antes citados por el señor Vauchez. La organización conjunta de congresos es un signo evidente de colaboración fructífera entre la Santa Sede y un centro de estudios tan importante de la República francesa. «El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio» (Fides et ratio , 70). Las diferentes manifestaciones de una cultura son expresiones esenciales de la humanidad del hombre y de su búsqueda del sentido de la vida. Muestran la dimensión espiritual del hombre y de su existencia, así como su deseo de entrar en relación con Dios. Al releer la historia, descubrimos continuamente hasta qué punto la fe cristiana ha inspirado la producción cultural durante los dos milenios pasados, signo de que anima desde dentro el camino de las personas y de los pueblos. A su vez, las realizaciones humanas participan en la evangelización, expresando de forma simbólica el misterio cristiano; así, todos pueden captar y comprender algunos de sus aspectos, para suscitar su adhesión a la persona del Salvador y aumentar su fe. A su modo, todas las formas cultura les que se inspiran en el cristianismo contribuyen a colmar la brecha que separa el Evangelio y las culturas, la cual, como señalaba Pablo VI, constituye uno de los mayores dramas de nuestro tiempo (cf. Evangelii nuntiandi , 20).

Conservar la memoria de nuestro rico patrimonio tal como está inscrito en los numerosos vestigios que poseemos, en particular en Roma, es un servicio a la humanidad y una de las tareas actuales, para que se establezcan nuevos vínculos entre la fe y las culturas; así, al reencontrar en nuestra historia los valores vividos por las generaciones pasadas, podremos vivirlos también nosotros y salir al encuentro del Señor.

Deseándoos que prosigáis vuestras útiles investigaciones, os encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora, y os imparto a todos la bendición apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA GENERAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA (COLLEVALENZA, 9-12-DE NOVIEMBRE)

Amadísimos obispos italianos:

1. «¡Que la gracia del Señor Jesús sea con vosotros! Os amo a todos en Cristo Jesús» (1 Co 16, 23).

Me alegra saludar a cada uno de vosotros con estas palabras del apóstol Pablo. Saludo, en particular, al cardenal presidente Camillo Ruini, a los tres vicepresidentes y al secretario general, monseñor Ennio Antonelli, agradeciéndoles la dedicación y el acierto con que actúan al servicio de vuestra Conferencia.

Consideradme espiritualmente presente en esa asamblea general, que es tiempo de gracia para vivir más intensamente la comunión episcopal y la solicitud común por la Iglesia de Dios que está en Italia. A todos os expreso mi gratitud personal por vuestra participación en el vigésimo aniversario de mi elección a la Sede de Pedro y en el cuadragésimo de mi elección episcopal.

2. Conozco el celo con que dirigís la preparación de vuestras diócesis para el gran jubileo, ya muy cercano. La educación de los jóvenes en la fe, tema principal de vuestra asamblea, se encuadra bien en ese itinerario, más aún, es parte esencial de él, no sólo porque la Jornada mundial de la juventud será una cita de especial relieve del Año santo, sino también y sobre todo porque el jubileo tiene como objetivo fundamental fortalecer e impulsar, con vistas al nuevo milenio, el anuncio y el testimonio de la fe en Jesucristo, único Salvador del mundo, y esta misión corresponde de modo particular a los jóvenes, que deberán modelar el rostro cristiano de la futura civilización.

Con la encíclica Fides et ratio quise destacar y profundizar el vínculo íntimo que une la revelación del misterio de Dios con la inteligencia del hombre. Ese vínculo también puede dar impulso al proyecto cultural de la Iglesia italiana y a todas las iniciativas de comunicación social, a cuyo desarrollo os dedicáis con empeño. Así, se puede brindar a las jóvenes generaciones un camino para salir del ámbito demasiado estrecho de la propia subjetividad y volver a encontrar un horizonte común de verdad y de valores compartidos, que es preciso promover juntos.

3. En vuestra asamblea os ocuparéis, además, de la promoción de la financiación de la Iglesia. Deseo agradeceros públicamente la generosidad con que ayudáis a muchas Iglesias hermanas y naciones menos favorecidas, con el espíritu de solidaridad mundial que es propio de la comunión eclesial.

Me alegro con vosotros por el nuevo Estatuto de vuestra Conferencia, destinado a sostener de modo cada vez más eficaz el afecto colegial y el trabajo pastoral común. También ésa es la finalidad de la carta apostólica «Apostolos suos », en forma de motu proprio, con la que quise precisar mejor la naturaleza teológica y jurídica de las Conferencias de los obispos. En la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos podremos reflexionar juntos más profundamente en nuestra misión de obispos en el umbral del tercer milenio.

4. Queridos hermanos en el episcopado, conozco bien y comparto totalmente la solicitud, dictada por el amor, con la que seguís los acontecimientos de la amada nación italiana.

Pienso, en particular, en la familia fundada en el matrimonio, que constituye también hoy el recurso más valioso e importante de que dispone Italia y que, sin embargo, hasta ahora ha recibido muy poca ayuda a causa de la debilidad de las políticas familiares, más aún, ha sufrido muchos ataques, tanto en el ámbito cultural como en el político, legislativo y administrativo. Pienso en la defensa y la promoción de la vida humana, desde su concepción hasta su término natural. Pienso en la escuela, que debe recuperar sus finalidades educativas más nobles, en un marco de libertad e igualdad efectivas, como sucede en otros países europeos. Pienso en las posibilidades de trabajo y desarrollo, que hay que incrementar según una lógica de solidaridad y valoración de los diversos sujetos sociales, para afrontar el desempleo y la pobreza, que en muchas regiones de Italia afectan a amplios sectores de la población.

5. Queridos hermanos, frente a estos y otros problemas, os invito a seguir cumpliendo la misión que se os ha confiado, a no ceder al conformismo y a las modas pasajeras, y a reaccionar contra cualquier separación errónea entre la fe, la cultura y la vida, tanto personal como social.

Actuando en profunda comunión entre nosotros y con nuestras Iglesias, siempre con amor y confianza, podremos ayudar a Italia a no perder su alma profunda y a aprovechar su insigne herencia de fe y cultura, que es un bien valioso también para Europa y el mundo.

Me uno a vosotros en la gran oración por Italia, que ahora ha tomado nuevo impulso desde el santuario de Loreto, y os imparto con afecto la bendición apostólica a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, y a las Iglesias encomendadas a vuestra solicitud pastoral.

Vaticano, 9 de noviembre de 1998

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA TERCERA SESIÓN PÚBLICA DE LAS ACADEMIAS PONTIFICIAS Sábado 7 de noviembre de 1998

Señores cardenales; señores embajadores; ilustres académicos pontificios; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Esta tercera sesión pública de las Academias pontificias, convocada para poner de relieve su contribución al humanismo cristiano, en el umbral del tercer milenio, me brinda la ocasión de reunirme nuevamente con vosotros. Os doy las gracias de corazón a todos.

Saludo al señor cardenal Paul Poupard, presidente del consejo de coordinación entre las Academias pontificias, y le agradezco las amables palabras que acaba de dirigirme en nombre de todos. Saludo, asimismo, a los señores cardenales, a los venerados hermanos en el episcopado, a los señores embajadores presentes, a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas y a los ilustres miembros de las Academias pontificias. Saludo, por último, al profesor Bruno Cagli, presidente de la Academia nacional de Santa Cecilia, y doy cordialmente las gracias a los componentes del coro juvenil de esa Academia, dirigidos por el maestro Martino Faggiani, que hacen más solemne aún este encuentro con su magistral ejecución de conocidas piezas musicales inspiradas en el amor del pueblo cristiano a María santísima.

2. En efecto, esta solemne sesión está dedicada a la Virgen María, icono y modelo de la humanidad redimida por Cristo.

La atención dirigida a ella se ha enriquecido también con las contribuciones teológicas que han dado los ilustres relatores sobre los diversos aspectos de su papel en la historia de la salvación. La reflexión sobre el hombre que se ha desarrollado en las diferentes culturas a lo largo de los siglos ha tenido un extraordinario incremento gracias a la confrontación con el misterio de Jesús, Verbo de Dios que se encarnó en el seno de María. En el nuevo horizonte cognoscitivo que la Revelación abrió destaca el papel eminente de la Virgen, Madre de Dios.

En la carta a los Gálatas, san Pablo escribe: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5). Esas palabras del Apóstol nos llevan al centro mismo de la historia: en la «plenitud de los tiempos», el Hijo de Dios nació de una mujer, María de Nazaret, que participó de modo único en el misterio del Verbo al dar a luz en el tiempo al Hijo engendrado por el Padre desde la eternidad.

María es hija del pueblo elegido y, por eso mismo, hija de su cultura, enriquecida por el encuentro milenario con la palabra de Dios: es la mujer que participa activamente en el primer milagro de Jesús, en Caná, manifestando su gloria (cf. Jn 2, 1-12), y está presente en el Gólgota, donde él la señala como Madre del discípulo amado y Madre nuestra.

Los evangelios y la tradición cristiana nos enseñan a reconocer en ella la sede en la que se realizó históricamente la Encarnación. Desde hace dos mil años la vida de Jesús y el anuncio de la buena nueva de la salvación tienen una dimensión exquisitamente mariana. La Virgen Madre está cercana al corazón de los hombres de todos los tiempos y culturas, como lo atestiguan las obras maestras del genio humano que han florecido en todas las épocas de la historia.

3. El Nuevo Testamento presenta a la Virgen como una mujer extraordinaria en la sencillez de su existencia. Los Padres de la Iglesia, maestros de espiritualidad cristiana, expresaron la fe de la comunidad de los creyentes, poniendo de relieve las verdades que atañen al papel específico y excepcional que desempeña María. Ella es la Theotókos, la Deipara, la Madre de Dios, a quien la Iglesia honra con un «culto especial» (Lumen gentium , 66).

En el umbral del gran jubileo del año 2000, me complace recordar el inmenso tesoro de amor, devoción y arte que, en el arco de dos milenios, han testimoniado las Iglesias orientales. Honran a María santísima, la Theotókos, también con otros espléndidos títulos, como Panaghia, Toda Santa; Hiperagionorma, Santa más allá de todo límite; Platythera, Inmensa; Odigitria, la que indica el camino; Eleousa, la llena de misericordiosa ternura. La tradición mariana oriental contempla, venera y canta las alabanzas de la Virgen, cuyos iconos recuerdan a todos que la Madre de Dios es la imagen elegida de la humanidad redimida por Cristo. Por tanto, en su riquísimo patrimonio mariano, las Iglesias de Oriente no sólo nos ofrecen un camino ecuménico, sino también un modelo de humanismo cristiano.

4. Por lo que se atañe a Occidente, la teología, la espiritualidad y el arte, para honrar a la Madre de Dios y poner de relieve su maternidad espiritual universal, hacen referencia a los misterios de la santísima Trinidad y del Verbo encarnado. Su unión con Cristo es el arquetipo de la unión de la Iglesia y de cada cristiano con el Redentor. Los discípulos del Señor, al reflexionar en esa unión, comprendieron enseguida que María santísima es la primera entre los redimidos, imagen perfecta de la redención. A este propósito, el beato Juan Duns Escoto, cantor de la Inmaculada Concepción, escribió: «Por tanto, si Cristo nos reconcilió perfectísimamente con Dios, mereció que a alguien se le evitara este gravísimo castigo. Esto sólo pudo ser en favor de su Madre» (Opus Oxoniense, III, d. 3, q. 1). Me alegra que la Pontificia Academia Mariana internacional y el Pontificio Ateneo «Antonianum» hayan instituido una cátedra de estudios mariológicos dedicada a este gran teólogo.

En la misma línea de la exhortación apostólica Marialis cultus de mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, quise reafirmar en la encíclica Redemptoris Mater el vínculo esencial que existe entre María y la Iglesia, poniendo de relieve su misión en la comunidad de los creyentes. En la exhortación apostólica Mulieris dignitatem recordé también que María ilumina y enriquece el humanismo cristiano que se inspira en el Evangelio, porque, además de los diversos aspectos de la humanidad nueva que se realiza en ella, manifiesta la dignidad y el «genio» de la mujer. Elegida por Dios para el cumplimiento de su designio de salvación, María nos ayuda a comprender la misión de la mujer en la vida de la Iglesia y en el anuncio del Evangelio.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, acogiendo la propuesta del consejo de coordinación entre las Academias pontificias, me alegra ahora entregar el premio de las Academias pontificias a la doctora Deyanira Flores González, de Costa Rica, por su trabajo en mariología titulado: «La Virgen María al pie de la cruz (Jn 19, 25-27) en Ruperto de Deutz», presentado en la Pontificia Facultad Teológica «Marianum». Con mucho gusto quiero entregar también, como signo de estima, una medalla de mi pontificado a dos personas que acaban de obtener el doctorado: la señora Marielle Lamy, francesa, por su tesis: «El culto mariano entre doctrina y devoción etapas y desafíos de la controversia sobre la Inmaculada Concepción en la Edad Media (siglos XII-XV)», presentada en la Universidad París X Nanterre; y al padre Johannes Schneider, franciscano austriaco, por su tesis: «Virgo Ecclesia facta: la presencia de María en el "Crucifijo" de san Damián y en el "Officium Passionis" de san Francisco de Asís», presentada en el Pontificio Ateneo «Antonianum» de Roma.

Como es sabido, el premio de las Academias pontificias, instituido hace dos años, quiere alentar a jóvenes universitarios, artistas e instituciones a contribuir al desarrollo de las ciencias religiosas, del humanismo cristiano y de sus expresiones artísticas. Expreso, en particular, mi deseo de que un renovado compromiso de los estudiosos en el campo de la investigación mariológica ponga de relieve los aspectos del humanismo fecundado por el Espíritu de la gracia, cuyo modelo e icono es María santísima.

Con estos sentimientos, os imparto de corazón a vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos, una especial bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR GUILLERMO LEÓN ESCOBAR HERRÁN NUEVO EMBAJADOR DE COLOMBIA Sábado 7 de noviembre de 1998

Señor embajador:

1. Al aceptar las cartas credenciales que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Colombia ante la Santa Sede, me es grato, ante todo, darle mi más cordial bienvenida y agradecer las amables palabras que ha querido dirigirme, así como el deferente saludo del señor presidente de la República, doctor Andrés Pastrana Arango, al cual correspondo sinceramente reconocido formulando mis mejores votos para él y toda la querida nación colombiana.

2. Este acto, señor embajador, señala el comienzo de su alto y noble encargo de representar a su país ante la Santa Sede y ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la gran responsabilidad que asume, así como sobre la importancia de la función que desempeña. En efecto, la misión diplomática tiende por sí misma al diálogo, a la búsqueda de caminos que lleven al buen entendimiento y a la cooperación entre los pueblos.

La persistencia de numerosos conflictos que hoy afligen a la humanidad, con sus consecuencias devastadoras y dramáticas, hace cada vez más insoportable la idea de una humanidad que no es capaz todavía de superar sus divergencias a través del diálogo y la conciliación. A esto se añade también el convencimiento de que la paz no significa solamente el silencio de las armas, sino que es preciso ahondar en las raíces que hacen de la fuerza y el interés egoísta la razón suprema del comportamiento humano. Por eso el servicio a la paz se convierte, en realidad, en un compromiso en favor de la justicia.

La justicia, a su vez, nunca es completa ni duradera sin la promoción de la dignidad de las personas y los pueblos, y el respeto riguroso de los derechos inalienables que de ella se derivan. Estos son los valores que presiden la actividad de la Santa Sede en el concierto de las relaciones internacionales, en las que no pretende tener otra fuerza que la de sus propias convicciones, ni otro interés que el de llevar a los hombres a la plena realización de su excelsa vocación de hijos de Dios, en cumplimiento de su misión de anunciar y hacer presente el mensaje de Cristo.

Estos son, pues, los términos en que se entiende con sus interlocutores, resaltando la dimensión ética de los fenómenos sociales y políticos de cada momento, y contribuyendo así, desde la raíz misma de los problemas, a su resolución práctica.

3. El mundo de este final de siglo experimenta como nunca el impacto del proceso de globalización: se multiplica la comunicación, se acrecienta el intercambio y las fronteras otrora robustas parecen desmoronarse al soplo del avance tecnológico. Es una situación rica de posibilidades inéditas, pero también de grandes desafíos, que reclaman cada vez más una gran responsabilidad y un profundo sentido ético por parte de quienes han de tomar decisiones que pueden comprometer el destino de la sociedad humana.

Esto se verifica de manera clara en el ámbito de la economía, en el que una serie de factores y actores se entrelazan en íntima interdependencia, tanto dentro de cada nación como a escala internacional, hasta el punto de que es prácticamente impensable llegar a la solución de ciertas situaciones de dificultad sin la solidaridad decidida y concertada de todo un país, y la cooperación de la comunidad internacional. A este respecto quiero recordar que «la opción de invertir en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de otro, es siempre una opción moral y cultural» (Centesimus annus , 36). En efecto, el respeto a la persona humana y su derecho fundamental a llevar una vida digna debe prevalecer sobre los intereses de acumular beneficios o mantener posiciones de privilegio.

4. Los desequilibrios sociales y la desmesurada diferencia en la distribución de los recursos materiales desencadenan a veces procesos de conflicto y violencia. Pero ésta puede tener también otras raíces y, en todo caso, provoca por sí misma nuevas situaciones de inestabilidad e injusticia, cerrando así un círculo nefasto que atenaza la vida ciudadana por entero e hipoteca su progreso armónico e integral. Por eso se ha de apreciar el serio compromiso de su Gobierno por establecer la paz en un clima de reconciliación nacional, emprendido con decisión y amplitud de miras. En este sentido, la Iglesia, por fidelidad y coherencia con el evangelio de la vida, no puede dejar de reprobar todo atentado a la integridad y libertad de las personas, todo acto terrorista que se ensaña con personas inocentes e incluso con quienes tienen como única misión servir a la comunidad desde el ministerio pastoral.

También en este aspecto tan doloroso el arte del diálogo, la primacía del Estado de derecho, la búsqueda sincera del bien común y el respeto de los derechos inalienables de la persona, son garantía de un éxito satisfactorio y duradero.

5. Un factor de primera importancia para la estabilidad y el crecimiento de toda sociedad es la atención a la familia. Esta célula básica de la vida de todo país necesita el apoyo y la colaboración de las autoridades públicas, siguiendo una correcta aplicación del principio de subsidiariedad, para que la familia pueda alcanzar sus propios fines. Se han de crear las condiciones propicias para que la familia pueda establecerse, mantenerse establemente en condiciones dignas, acoger sin temores el don de la vida y ejercer el derecho fundamental a educar convenientemente a los hijos. Este derecho de los padres a elegir el modelo de educación para sus hijos ha de ser tutelado y favorecido por la justa ayuda del Estado, garantizando así su ejercicio efectivo.

Los lamentables casos de abandono infantil, de drogadicción en niños y adolescentes, de prostitución infantil y de otras situaciones dramáticas que afectan a la juventud, tienen muchas veces su raíz en una vida familiar lacerada o rota por diversas circunstancias. Por ello, señor embajador, son de apreciar todas las iniciativas que su Gobierno realiza en este delicado campo, esperando que se continúe por esa senda, como un medio muy apropiado para lograr un progreso social constante y esperanzador en ese querido país.

6. Es grato comprobar que las buenas relaciones entre Colombia y la Santa Sede favorecen una colaboración franca, dentro de los respectivos ámbitos de competencia, para servir mejor a las personas y a la sociedad. Pero más allá de las meras relaciones formales, usted se ha referido en sus palabras, señor embajador, al afecto de esta Sede apostólica por el pueblo colombiano. Es ciertamente un sentimiento antiguo, por las raíces profundamente cristianas de su nación, y que fue confirmado por la visita de mi venerado predecesor Pablo VI, cuyo 30 aniversario se ha celebrado este año.

Personalmente recuerdo con viva gratitud el viaje que realicé a Colombia en 1986. Aquellas inolvidables jornadas mostraron el auténtico rostro de la sociedad colombiana, la sólida fe de sus gentes, la solidaridad recíproca, su hondo sentido de la hospitalidad, su capacidad para compartir y trabajar unidos, la alegría ante la vida. Todo ello constituye un rico patrimonio espiritual y cultural que permite abrigar fundadas esperanzas de un futuro mejor.

7. Señor embajador, mientras le ruego que se haga intérprete de estos sentimientos y esperanzas ante su Gobierno y el querido pueblo colombiano, expreso mis mejores votos por el fructífero ejercicio de la alta misión que le ha sido encomendada. Como prenda de los favores divinos que le ayuden en el desempeño de sus funciones, e invocando la maternal protección de la Virgen María, Nuestra Señora de Chiquinquirá, le imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo complacido a su distinguida familia y sus colaboradores, así como a todos los ciudadanos de su querida nación.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE BULGARIA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Sábado 7 de noviembre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Por segunda vez, después de los cambios que se han producido en vuestro país y en todo el este de Europa, os acojo con gran alegría en Roma, adonde habéis venido para realizar vuestra visita ad limina, expresando así, de manera evidente, vuestra comunión con el Sucesor de Pedro. Agradezco a vuestro presidente las palabras que acaba de dirigirme.

Durante los últimos años, os habéis dedicado a dotar a vuestras comunidades de las estructuras materiales y pastorales necesarias para el bien de los fieles y de toda la Iglesia. Os agradezco este compromiso y vuestros numerosos esfuerzos que, seguramente, ya comienzan a dar frutos y darán aún más en el futuro. Donde surge y renace la presencia cristiana, gracias a la indispensable libertad de las personas y los pueblos, se fortalece la esperanza de los creyentes, que se sienten cada vez más motivados para edificar, día tras día, la comunidad eclesial y, al mismo tiempo, para participar en la vida social, animados por la gracia del Espíritu Santo.

2. Por medio de vosotros, deseo alentar a los sacerdotes, religiosos y laicos a no cejar en su dedicación al servicio del Evangelio. Me alegra que haya aumentado el número de fieles, signo de la vitalidad de vuestras comunidades. Para ser testigos de Cristo en su vida diaria, sienten la necesidad de acercarse con mayor frecuencia a los sacramentos y participar más activamente en la liturgia dominical. En esta relación de intimidad con Cristo encontrarán la fuerza y el valor para realizar su vocación bautismal en la vida personal, familiar y social. En particular, es importante sostenerlos para que afronten los problemas que se plantean en la sociedad civil y den su contribución a la reconstrucción moral de la sociedad, marcada por la era de las ideologías totalitarias, cuyo peso grava aún sobre las conciencias, y a la gestión de la res publica, en actitud de colaboración fraterna con todos sus compatriotas. Un estudio serio de la doctrina social de la Iglesia les será muy útil.

3. A la vez que me alegro con vosotros por los primeros frutos de vuestras decisiones pastorales, doy gracias también por los pastores y los fieles que, en la prueba y en la noche de la persecución en medio de grandes sufrimientos, conservaron su fe y libraron el buen combate. Ojalá que su testimonio y el sacrificio de su vida mediante el martirio sean semillas de la buena nueva y ejemplos para nuestros contemporáneos. Uno de esos testigos, que constituye como un símbolo para todos, es el obispo mártir Eugenio Bossilkov, a quien tuve la alegría de proclamar beato el pasado 15 de marzo. En una carta escrita entre fines de 1948 y comienzos de 1949, afirmaba: «Los rastros de nuestra sangre abrirán el camino a un futuro espléndido; y, aunque nosotros no lo veamos, otros cosecharán lo que hemos sembrado en medio del dolor». Este tesoro está en las manos de los pastores y de los fieles de Bulgaria, para que lo conserven y lo presenten al pueblo como un camino de libertad y de vida.

La beatificación de monseñor Bossilkov fue, con razón, una experiencia de profunda alegría para vuestras comunidades; la elevación de uno de sus hijos a la gloria de los altares es para una Iglesia particular un reconocimiento de su fidelidad a Cristo y a la Sede de Pedro. Los santos y los confesores de la fe nos enseñan que el camino hacia la victoria de Dios en la vida del hombre está constituido por la disposición a colaborar con su gracia, pues Dios es quien «hace crecer» (1 Co 3, 7). Esta colaboración, que es precisamente el itinerario de la vida espiritual, representa un aspecto esencial de la vida cristiana en el momento en que nos preparamos para entrar en el gran jubileo. La conversión personal y el regreso a Dios son condiciones indispensables para la transformación de los corazones y de las relaciones interpersonales y sociales, a fin de instaurar una era de justicia y paz. «Todo deberá mirar al objetivo prioritario del jubileo, que es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos. Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado» (Tertio millennio adveniente , 42). Ojalá que, gracias al compromiso de todos los hombres de buena voluntad, el tercer milenio sea el milenio de la libertad en la verdad, puesto que sólo la verdad nos hace verdaderamente libres y nos permite comprometernos en el camino de la felicidad a la que aspiramos. «En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente », como recordé recientemente en la encíclica Fides et ratio (n. 90). Cristo Señor es el camino; él sana nuestras heridas interiores y exteriores, y restaura en nosotros la imagen divina, que hemos oscurecido con el pecado.

4. Entre las misiones primordiales de la comunidad eclesial figura la atención a la familia. El matrimonio es la institución básica de la sociedad y de la Iglesia. Es importante ayudar a los jóvenes a descubrir el gozo que se siente cuando se construye una relación duradera con una persona, gracias al compromiso de fidelidad que fortalece el amor y permite a los esposos realizarse. La entrega de sí al otro en el matrimonio dispone también a cada uno a dar su vida sin vacilaciones, con una actitud responsable, cumpliendo así la misión recibida del Creador: acoger con alegría y respeto toda vida nueva y educar a los hijos, para que se conviertan en cristianos adultos, capaces de participar en la vida de su país. Es indispensable que la educación de los hijos se funde en la enseñanza de una jerarquía de valores verdaderamente auténtica y no dictada por modas o por el mero interés personal.

La sociedad evolucionará poco a poco gracias a la transformación profunda de las familias, llamadas a vivir y transmitir a los jóvenes los valores morales y espirituales. Todos han sido testigos de las funestas consecuencias de la falta de respeto a la vida humana durante los últimos decenios. Vuestro pueblo ha experimentado en su propia carne esta verdad: la piedra angular necesaria para edificar una sociedad nueva deberá ser el respeto a la vida, a toda vida, particularmente a la indefensa. Por eso, en la situación actual, vuestro país está llamado a resistir, con una reacción moral adecuada, a la fascinación sin discernimiento de la sociedad de consumo: relativismo moral, aislamiento, apatía, falta de respeto a la vida; huyendo de esas actitudes, los cristianos deben avanzar con determinación por el camino de la santidad y de un compromiso cada vez más solidario en favor de sus hermanos. Todos los hombres de buena voluntad deben recordar que la persona humana ocupa el centro de la vida social y debe ser respetada en su dignidad fundamental. La lucha por la libertad verdadera implica la defensa de todo ser humano, en particular de los más pequeños y pobres.

Ciertamente, algunos de vuestros compatriotas casados encuentran dificultades en su vida matrimonial y familiar. A la vez que oro por esas familias probadas, las invito a reavivar el entusiasmo de su compromiso inicial: la fidelidad, aceptada no como un peso sino como una elección gozosa, permitirá superar los miedos y las incomprensiones que hayan podido suscitarse en las relaciones con el paso del tiempo, y se transformar á en la fuente de una realización auténtica y de una profunda experiencia de felicidad. Como pastores, con la ayuda del clero y de los catequistas, debéis sostener a los padres e intensificar la catequesis destinada a los jóvenes, así como seguir brindando una preparación adecuada para el matrimonio. El descubrimiento del misterio cristiano y de la verdad sobre el amor humano ayudará a los jóvenes en su crecimiento espiritual y humano.

5. Para afrontar eficazmente las realidades pastorales tal como se presentan en vuestro país, es conveniente que los sacerdotes, a pesar del excesivo trabajo que a veces deben realizar, intensifiquen sus esfuerzos con vistas al anuncio del Evangelio y a la iniciación en los sacramentos. Además de preocuparse por la grey confiada a su solicitud, han de interesarse también por proseguir la colaboración con los laicos, que, en virtud de su bautismo, desempeñan un papel específico y activo en la misión de la Iglesia. Gracias a su disponibilidad generosa y a la competencia que poseen en diversos campos, podrán dar una inestimable contribución, bajo la guía de sus obispos.

Una de vuestras preocupaciones es la escasez de sacerdotes. Os animo a desarrollar cada vez más la pastoral vocacional en las escuelas, en la catequesis y en las familias, para que los jóvenes puedan escuchar la llamada de Dios. El testimonio del clero es esencial para suscitar en los jóvenes el deseo de comprometerse a seguir el camino del sacerdocio. Con el ejemplo de su vida gozosa, con la dirección espiritual y con otras iniciativas apropiadas, los sacerdotes suscitarán en la juventud el deseo de mostrarse disponibles para hacer, según la voluntad de Dios, la opción valiente de seguir a Cristo (cf. Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros , 32). Este tiempo de discernimiento inicial debe prolongarse mediante una preparación seria para el ministerio sacerdotal, con una profunda enseñanza filosófica y teológica, a fin de poder responder a los numerosos interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. «Las asignaturas filosóficas deben ser enseñadas de tal manera que los alumnos lleguen, ante todo, a adquirir un conocimiento fundado y coherente del hombre, del mundo y de Dios, basados en el patrimonio filosófico válido para siempre, teniendo en cuenta también las investigaciones filosóficas (...) más recientes » (Optatam totius , 15); del mismo modo, prosigue el Concilio, «las asignaturas teológicas deben ser enseñadas a la luz de la fe, bajo la guía del magisterio de la Iglesia» (ib., 16). En efecto, gracias a sacerdotes bien formados la Iglesia podrá anunciar el Evangelio a todas las culturas.

6. Venís de una tierra donde, desde siglos, confluyen las tradiciones de Occidente y de Oriente en la alabanza común al Señor. Sin embargo, todos vosotros sois herederos de la evangelización realizada por la obra grandiosa de los santos Cirilo y Metodio que, con su extraordinario carisma, llevaron al pueblo búlgaro la buena nueva y, al mismo tiempo, su cultura particular. Esta complementariedad de las tradiciones oriental y latina, que experimentáis personalmente en el seno de vuestra Conferencia episcopal, representa una fuerte invitación a la unidad de los dos pulmones de Europa.

La unidad es un deber para todos los hijos de la Iglesia católica, pero también es un compromiso inevitable para todos los que creen en Cristo. En la exhortación apostólica Tertio millennio adveniente , expresé mi deseo de que el gran jubileo sea «la ocasión adecuada para una fructífera colaboración en la puesta en común de tantas cosas que nos unen y que son ciertamente más que las que nos separan» (n. 16). Os exhorto, por tanto, a buscar los medios que os permitan fortalecer los vínculos entre las diferentes confesiones cristianas, en particular, la comunión con nuestros hermanos ortodoxos. Compartir nuestros dones y nuestros patrimonios culturales y espirituales no puede por menos de enriquecernos mutuamente, para redescubrir las profundas raíces cristianas que pertenecen a la historia de vuestro país y a todo el continente.

Al término de vuestra visita, os pido que transmitáis los sentimientos afectuosos del Papa a vuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a los amadísimos fieles de Bulgaria, asegurándoles mi oración. Encomiendo a la protección materna de la Virgen María las pruebas y las esperanzas de la Iglesia católica que está en Bulgaria. A vosotros, queridos hermanos en el episcopado, y a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral, imparto de todo corazón la bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR SERGIO IVÁN BÚCARO HURTARTE NUEVO EMBAJADOR DE GUATEMALA Jueves 5 de noviembre de 1998

Señor embajador:

1. Sumamente complacido, recibo las cartas credenciales que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Guatemala ante la Santa Sede. Mientras le doy mi cordial bienvenida en este solemne acto, quiero expresar una vez más el sincero afecto que siento por todos los hijos e hijas de esa noble nación, tan rica culturalmente y con la que la naturaleza ha sido tan pródiga.

Le agradezco profundamente el deferente saludo que ha tenido a bien transmitirme de parte del señor presidente de la República, lic. Álvaro Arzú Irigoyen, así como las amables expresiones para con esta Sede apostólica y mi persona, las cuales testimonian también los filiales sentimientos del pueblo guatemalteco. Le ruego que tenga la bondad de hacerle llegar mi sincero reconocimiento.

2. Recuerdo con viva emoción las dos visitas pastorales que he tenido el gozo de realizar a su país en marzo de 1983 y febrero de 1996. Vuelve a mi mente la calurosa acogida con la que miles de guatemaltecos quisieron manifestar también sus anhelos de paz y el ardiente deseo de ver terminada la guerra fratricida. Por ello, recordando el llamado de mis hermanos obispos de Guatemala, decía: «Urge la verdadera paz. Una paz que es don de Dios y fruto del diálogo, del espíritu de reconciliación, del compromiso serio por un desarrollo integral y solidario de todas las capas de la población y, especialmente, del respeto por la dignidad de cada persona» (Discurso en el Aeropuerto La Aurora, 5 de febrero de 1996, n. 4).

Tras largas y laboriosas negociaciones, la Providencia quiso que el 29 de diciembre de aquel mismo año se firmaran los Acuerdos de paz firme y duradera, acto valiente que llenó de gran alegría y esperanza a los guatemaltecos, a la comunidad internacional y, particularmente, a esta Sede apostólica, dando gracias al Príncipe de la paz por ese don precioso, que yo mismo había ido a implorar, en particular con mi peregrinación al santuario del Cristo Negro, el Señor de Esquipulas.

3. Al finalizar el siglo XX se abren a la humanidad nuevos escenarios de libertad y esperanza, desgraciadamente turbados a menudo por situaciones políticas inestables, estructuras sociales débiles y conflictos preocupantes. Hoy, ante estos horizontes esperanzadores, en los que la «lógica de la guerra» resulta más absurda que nunca, se va abriendo paso la interdependencia entre los pueblos. Por lo cual, es necesario y urgente trabajar por la construcción de un orden interno e internacional que promueva la convivencia pacífica, la cooperación, el respeto de los derechos fundamentales de los hombres y de los pueblos, reconociendo la centralidad de cada persona y su inviolable dignidad. Veo con gozo que en Guatemala se vislumbran también esos nuevos horizontes que invitan a intensificar los esfuerzos para continuar la construcción de una sociedad renovada y más solidaria.

Usted, señor embajador, se ha referido al papel de la Iglesia católica que, de manera constante y abnegada, a veces con incomprensiones, ha ofrecido su valiosa contribución durante el largo proceso de pacificación de su país. Numerosos han sido los llamados a la reconciliación y al perdón hechos por los obispos guatemaltecos. A este respecto, el gran jubileo del año 2000 ofrece una oportunidad única para realizar dicha reconciliación y consolidar así los acuerdos alcanzados con tanto esfuerzo. Éste sería el mejor tributo que su país puede rendir a quienes han gastado generosamente sus vidas o incluso derramado su sangre por tan nobles y sublimes objetivos.

4. La Iglesia en Guatemala, consciente de su grave responsabilidad en la hora presente y fiel a su misión religiosa, moral y social, sin renunciar a su legítima autonomía, está dispuesta a continuar la «sana colaboración» con las autoridades y las diversas instituciones del Estado y de la sociedad guatemalteca para promover y apoyar todas las iniciativas dirigidas hacia la realización del mayor bien de la persona, de la sociedad y sobre todo de la familia, santuario del amor y de la vida (cf. Centesimus annus , 39). Ajena a intereses puramente temporales, la Iglesia seguirá anunciando la buena nueva de la salvación, dispuesta a dar su generosa contribución en campos tan importantes para el desarrollo integral de la persona, como son la educación, la salud, la defensa y promoción de los derechos y libertades fundamentales de todos, así como su incansable actividad caritativa al servicio de los más necesitados.

Vuestra excelencia ha recordado también que es preciso seguir evangelizando para construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria, si queremos que la concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia sigan siendo elementos esenciales que inspiren a las personas y los grupos que trabajan por el bien de la nación. Al recibir a los obispos de su país durante la visita «ad limina» de 1994, refiriéndome al documento colectivo del Episcopado, titulado «500 años sembrando el Evangelio», les decía: «La nueva evangelización deberá preservar, pues, las riquezas espirituales de vuestro pueblo y favorecer en todos una conversión cada vez más coherente con el Evangelio» (4 de marzo de 1994, n. 2). Sólo a la luz del Evangelio se pueden encontrar soluciones para lograr «un desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad que respete y promueva en toda su dimensión la persona humana » (Sollicitudo rei socialis , 41). Una sociedad sin valores fundamentales y sin principios éticos se va deteriorando progresivamente.

5. Es grato constatar los esfuerzos de su Gobierno por mejorar las condiciones y calidad de vida de los guatemaltecos, así como los logros ya obtenidos. Éste es un servicio a la dignidad humana, que necesita el apoyo de todos los grupos sociales, para seguir poniendo las bases de una sociedad cada vez más justa. Es deseo común ver pronto en Guatemala una sociedad en la que los derechos de la persona y de las comunidades sean tutelados y garantizados cada vez más; que todos los niños tengan acceso a los servicios de salud y a la educación; que se fomente el espíritu de participación, superando los intereses de partido o clase; que exista un mayor acceso a la propiedad de la tierra para quienes carecen de recursos económicos; que el imperativo ético sea un punto de referencia ineludible para todos los guatemaltecos; que se realice una distribución más equitativa de las riquezas; en una palabra, que todos, pensando en el bien del país, desarrollen su vocación humana y cristiana, y los distintos grupos étnicos que componen el rico mosaico de culturas en esa nación aprendan a vivir en armonía y respeto mutuo.

6. Mucho dolor ha causado a la comunidad eclesial, especialmente a la guatemalteca, el execrable asesinato de mons. Juan José Gerardi Conedera, obispo auxiliar de Guatemala, quien tanto trabajó por la pacificación de su país y por el reconocimiento y defensa de los derechos humanos. Como ya lo expresé en aquella triste ocasión, espero que esta tragedia «muestre claramente la inutilidad de la violencia e impulse a todos a comprometerse en la búsqueda del entendimiento y del diálogo, único camino que asegura justicia sobre cualquier obstáculo y provocación, y que no perturbe mínimamente la aplicación de los Acuerdos de paz».

Espero ardientemente que Guatemala, tras experimentar en su propia carne tanto sufrimiento, destrucción y muerte, que ha marcado profundamente a las nuevas generaciones, logre pasar cuanto antes de esa «cultura de la muerte» a la «cultura de la vida»; de la «cultura del miedo» a la «cultura de la libertad en la verdad». El deseo del pueblo guatemalteco de conocer la verdad sobre éste y otros crímenes responde a su legítimo anhelo de no tener que vivir nunca más oprimido por la inseguridad, el miedo y la impunidad, sino más bien en una sociedad renovada, en la que la paz firme y duradera esté cimentada sobre la tolerancia, la justicia, la libertad y el amor solidario.

7. Señor embajador, antes de concluir este encuentro deseo expresarle mi sincera estima y asegurarle el apoyo de la Santa Sede para que pueda desempeñar fructíferamente la alta misión que hoy inicia. Al mismo tiempo, le ruego de nuevo que tenga la bondad de hacerse intérprete de mis mejores sentimientos ante su Gobierno y demás instancias de su país, mientras invoco la bendición de Dios sobre usted y sus familiares, sobre sus colaboradores y sobre todos los amadísimos hijos e hijas de la noble nación guatemalteca.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A MONS. JULIÁN BARRIO CON OCASIÓN DE LA APERTURA DE LA PUERTA SANTA DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

A mons. Julián BARRIO BARRIO Arzobispo de Santiago de Compostela

1. Al celebrarse el rito de apertura de la Puerta santa, que señala el comienzo del Año santo jacobeo, me uno espiritualmente a los pastores y fieles de esa archidiócesis de Santiago de Compostela, así como a los peregrinos provenientes de los más variados lugares de Galicia y de todo el orbe cristiano que acuden al Pórtico de la gloria con la esperanza de cruzar el dintel de la gracia. Quieren así dar cumplimiento a sus anhelos de reconciliación, de encontrarse con el Señor y fortalecer su fe, a ejemplo y por intercesión del apóstol Santiago, testigo y mártir del Evangelio. El jubileo que ahora se inaugura, y que tiene como lema «El Año jubilar compostelano, pórtico del Año santo del 2000», adquiere un significado particular por celebrarse en las postrimerías de un siglo y en los albores del tercer milenio, en el cual la Iglesia y la humanidad esperan nuevos retos y nuevas intervenciones divinas en las vicisitudes humanas (cf. Tertio millennio adveniente, 17).

2. A lo largo de los siglos las diversas rutas del «camino de Santiago» se han poblado de peregrinos que caminaban hacia el entonces llamado «finis terrae» para alcanzar la tan ansiada «perdonanza» y, al mismo tiempo, acoger de nuevo en su corazón la luz del Evangelio transmitido por los Apóstoles. Como Abraham, dejaban la propia casa para ir en busca de la tierra que el Señor habría de mostrarles (cf. Gn 12, 1), abandonaban las seguridades engañosas de su pequeño mundo para ponerse en manos del don de Dios. Al final del trayecto encontraban la luz de Cristo, que es la auténtica esperanza para la humanidad y la patria verdadera de todo ser humano. Recorrido con este espíritu, el camino de Santiago llega a ser un verdadero proceso de conversión y un progresivo desprendimiento del hombre viejo, para revestirse del hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24).

3. Teniendo muy presentes los imborrables recuerdos de mis anteriores visitas a Santiago, pienso en estos momentos en los hombres y mujeres, jóvenes y adultos, que de Galicia y España, de Europa y allende los mares, se pondrán en marcha hacia Compostela. Seguirán un camino secular, jalonado de magníficas obras de arte y de cultura, en las que tantas generaciones han dejado esculpido el testimonio de su fe robusta. Encontrarán otras gentes y tendrán la oportunidad de apreciar las variadas costumbres y culturas en que el ser humano puede expresar lo mejor de sí mismo, abriéndose así a una visión más universal y a una mejor compresión de los diversos pueblos. Los gestos de cordialidad y acogida fraterna harán que adquieran un realce especial aquellas palabras de Jesús: «a mí me lo hicisteis» (cf. Mt 25, 40). La meditación y la oración acompasada ayudarán al peregrino a entrar dentro de sí mismo para encontrar la verdad más profunda de su ser, haciendo así un camino interior que prepara su corazón para recibir las gracias jubilares y abrazar al Santo, ese gesto tradicional que simboliza la acogida gozosa de la fe en Cristo, que el mayor de los Apóstoles predicó sin desmayo hasta dar su vida por ella (cf. Hch 4, 33; 12, 1).

4. Este Año santo ofrece al noble pueblo español, que ha echado hondas raíces cristianas bajo la protección del apóstol Santiago, a las Iglesias particulares, y muy especialmente a esa querida archidiócesis compostelana, una ocasión propicia para impulsar con renovado vigor su compromiso con los valores del Evangelio, proponiéndolos persuasivamente a las nuevas generaciones e impregnando con ellos la vida personal, familiar y social. A ello se orientan las diversas actividades pastorales programadas para el jubileo, entre las que cabe destacar el Encuentro europeo de jóvenes y el Congreso eucarístico nacional. Son acontecimientos que manifiestan la vitalidad de la fe y el espíritu evangelizador característicos de toda comunidad fundada en la predicación apostólica. De este modo el jubileo compostelano, a la vez que imparte el pan de la «perdonanza» y de la gracia, se convierte en foco luminoso de vida cristiana y en reserva de energía para las nuevas vías de evangelización (cf. Discurso en la plaza del Obradoiro, 19 de agosto de 1989, n. 2).

5. Pido al Todopoderoso por todos los que acudirán a Santiago, precisamente este año que la Iglesia universal, preparándose al gran jubileo del 2000, dedica a Dios, nuestro «Padre celestial». Le ruego que les haga sentir el inmenso amor que él tiene por todos y cada uno de los hombres, y que les dé el valor necesario para volver a la casa paterna para recibir el paternal abrazo de acogida y de perdón. Esta experiencia de la inefable misericordia divina les hará también testigos infatigables, que saben hacer presente la bondad de Dios y hacerse eco de ella en opciones concretas de amor y solidaridad con los hermanos (cf. Tertio millennio adveniente, 50-51).

Encomiendo los frutos de este año jacobeo a nuestra Madre del cielo, que acompañará a los peregrinos en su itinerario penitencial y les acogerá sonriente a su llegada al Pórtico de la gloria. Que con su ayuda, y por la poderosa intercesión del apóstol Santiago, los queridos hijos de Galicia y de España, así como los venidos de otras tierras, progresen material y espiritualmente, en un clima de solidaridad para con los más necesitados y de paz con todos.

Con tales deseos, y en señal de benevolencia, les imparto complacido la bendición apostólica.

Vaticano, 29 de noviembre de 1998, primer domingo de Adviento.

ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II AL MOVIMIENTO DE LOS FOCOLARES Miércoles 30 de diciembre de 1998

Queridos seminaristas:

1. Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de vuestro congreso anual, organizado por el movimiento de los Focolares. Saludo a Chiara. Os saludo con gran afecto, y felicito a los organizadores de esta hermosa iniciativa, con la que queréis ofrecer a los jóvenes que siguen el camino del sacerdocio en las diversas partes del mundo la oportunidad de conocerse, reunirse, intercambiar experiencias y examinar juntos los numerosos e inéditos desafíos del mundo actual.

El clima de alegría y fiesta, típico de las fiestas navideñas, favorece aún más la creación de relaciones más fraternas y cordiales entre vosotros: sentís que formáis parte de una familia que celebra con alegría el nacimiento del Redentor, meditando en su mensaje de amor, que es necesario anunciar y testimoniar a todos los hombres. Precisamente por eso, vuestro objetivo consiste en fijar la mirada en Jesús, nuestro único Salvador.

2. Como recuerda el tema elegido para el congreso: «Jesús crucificado y abandonado es puente entre el cielo y la tierra», queréis dedicaros a contemplar la persona y la misión salvífica de Cristo. En realidad, él está en el centro de todo camino vocacional, y esto vale especialmente para los que se preparan al sacerdocio ministerial. ¿No es el carisma de la persona de Cristo, la intensidad de sus palabras y la fuerza irresistible de sus gestos proféticos lo que atrae aún hoy a muchos jóvenes a la senda de la vida evangélica y del servicio humilde y generoso al reino de Dios y al bien de las personas?

Queridos hermanos, profundizad con la oración y con la ayuda de vuestros formadores el conocimiento de Cristo. En el momento supremo de su muerte, Jesús crucificado y abandonado se manifiesta como el verdadero puente que une el cielo y la tierra: con su entrega total de amor, revela a todos los hombres el rostro misericordioso del Padre celestial. El sacerdote está llamado a ser, como Jesús, ministro de la misericordia de Dios, haciendo viva y activa su mediación salvífica, pues Cristo es el puente supremo que une a Dios con la humanidad.

María, Madre de la unidad, que al pie de la cruz acogió al discípulo amado que Jesús le había confiado, os ayude a ser cada vez más semejantes a la imagen de su Hijo divino. A ella le encomiendo todos vuestros anhelos, proyectos y compromisos. Que os acompañe y proteja con su intercesión materna, y haga que vuestro camino abunde siempre en frutos espirituales. Os sostenga también la bendición, que con afecto os imparto a vosotros, a vuestras familias y a vuestras comunidades formativas.

ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A UN GRUPO DE MUCHACHOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA Martes 22 de diciembre de 1998

1. Os acojo con alegría, amadísimos muchachos y muchachas de la Acción católica.

Habéis venido de varias diócesis de Italia para expresar al Papa la felicitación de la Acción católica. Os agradezco de corazón vuestra presencia y vuestro entusiasmo. Sé que amáis mucho la Acción católica, que os enseña a ser apóstoles generosos y fieles de Cristo en la Iglesia. Saludo, así mismo, a vuestros formadores y a los responsables y asistentes de toda la asociación, que acaba de celebrar su décima asamblea.

2. Me agrada el tema de vuestro camino de este año: «Tengo tiempo para ti». Hace pensar, ante todo, en Dios: sí, Dios tiene tiempo para nosotros, y nos amó tanto, que envió a su Hijo al mundo. Al leer el evangelio, aprendemos cómo debemos emplear nuestro tiempo: debemos seguir el ejemplo de Jesús, que vivió entregado totalmente a su Padre celestial y a sus hermanos. ¿Recordáis lo que hizo cuando tenía más o menos vuestra edad? Permaneció en el templo de Jerusalén, y explicó a su madre, la Virgen, y a san José, que su misión consistía en dedicar su vida a las cosas de su Padre (cf. Lc 2, 49). En efecto, su misión consistió en gastar toda su existencia por cada hombre y cada mujer, hasta morir en la cruz.

Por el bautismo y la confirmación, todo creyente está llamado a seguir las huellas del divino Maestro. Esto significa seguir un camino de crecimiento. La Acción católica existe para ayudaros a seguir ese camino juntos, en la asociación, en la parroquia y en la Iglesia. De este modo, aprendéis a gastar vuestro tiempo y vuestras energías por los demás, los cercanos y los lejanos, como por los muchachos con quienes probablemente no os encontraréis jamás, pero que sentís como hermanos vuestros, porque todos sois hijos del único Padre, que está en el cielo.

3. Sed siempre fieles a Jesús, que quiere que seáis sus discípulos. Os deseo una Navidad santa y serena, así como un Año nuevo rico en frutos de bien. Que Dios colme de su amor a cada uno de vosotros y a todos los muchachos de la Acción católica. Estoy siempre cerca de vosotros con mi oración, y ahora, con gran afecto, os bendigo. ¡Feliz Navidad!

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS CARDENALES, LA FAMILIA PONTIFICIA Y LA CURIA ROMANA, CON OCASIÓN DE LA NAVIDAD Martes 22 de diciembre de 1998

1. «Quam dilecta tabernacula tua, Domine virtutum! Concupiscit et deficit anima mea in atria Domini» (Sal 84, 2-3).

Estos versículos del salmo, que rezamos al prepararnos para la santa misa, nos pueden introducir muy bien en el clima de la Navidad del Señor. Nos recuerdan el ansia con que María y José, en la Nochebuena, buscaban un tabernaculum, es decir, una morada adecuada para el nacimiento de Jesús. Fue una búsqueda infructuosa, «porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2, 7). El Hijo de María vino al mundo en un establo, aunque también él hubiera debido tener, como es derecho de todo niño, una casa propia y un techo acogedor.

¡Cuántos sentimientos evoca esta consideración! La Navidad nos trae a la mente el hogar, nos hace pensar en el clima familiar dentro del cual el niño es acogido como un don y como una fuente de gran alegría. Es tradición vivir la Navidad en familia, juntamente con los seres queridos. Es costumbre intercambiarse felicitaciones con motivo de la Navidad, dar las gracias y pedirse mutuamente perdón en un ambiente de auténtica espiritualidad cristiana.

2. Quisiera que ese clima marcara también este encuentro con vosotros, señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, amadísimos consagrados y laicos, que trabajáis en la Curia romana. Doy gracias al cardenal Bernardin Gantin por las afectuosas palabras de saludo que me ha dirigido, interpretando los sentimientos de todos vosotros, llamados a participar de modo singular en el misterio de la casa y la familia que constituyen la Iglesia. El concilio ecuménico Vaticano II, con mucha razón, comparó la Iglesia con una casa y una familia. La definió casa de Dios, de la que somos «piedras vivas» y en la que moramos (cf. Lumen gentium , 6 y 18); la llamó familia de Dios (cf. ib., 6, 28, 32 y 51), de la que formamos parte. La Curia romana representa una expresión privilegiada de esa «morada acogedora». En efecto, aquí vienen los obispos de todo el mundo para su visita ad limina y para otros encuentros ordinarios o extraordinarios, como ha acontecido recientemente con la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos y, antes, con los otros Sínodos continentales. Sí, la Sede apostólica quiere ser la casa de toda la Iglesia, en la que se espera con especial intensidad el nacimiento del Hijo de Dios.

3. «Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum!» (Sal 133, 1).

El inminente evento jubilar debe encontrar en toda la Iglesia, y de manera especial en la Curia romana, un ambiente de espera y de fervor espiritual. La tercera y última etapa de preparación inmediata, en 1999, nos invita a penetrar con la mirada en el misterio de Dios Padre, que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16). En los años pasados, gracias al generoso trabajo del Comité central, de los dicasterios de la Curia romana, de los comités nacionales y de las comunidades diocesanas, la celebración del jubileo y su dimensión espiritual se han ido definiendo y caracterizando cada vez más.

Este trabajo tuvo su momento culminante en la publicación de la bula Incarnationis mysterium , con la que convoqué oficialmente el Año santo. En ese telón de fondo, han tenido su importancia varios momentos de reflexión, como los simposios sobre el antijudaísmo y sobre la Inquisición, durante los cuales se analizaron algunos hechos dolorosos del pasado, con el fin de dar un testimonio eclesial cada vez más libre y coherente. Asimismo, en todas las comunidades eclesiales del mundo se han llevado a cabo otras iniciativas. Por ejemplo, en la diócesis de Roma, la misión ciudadana, bajo la dirección del cardenal Vicario y de los obispos auxiliares, está produciendo numerosos y significativos frutos apostólicos y misioneros. Se trata de un fervor espiritual que espero siga creciendo cada vez más, para que la Iglesia pueda ofrecer al mundo un testimonio evangélico común, proclamando que Cristo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13, 8) es el único Salvador del mundo.

4. «Confitemini Domino, quoniam bonus, quoniam in saeculum misericordia eius» (Sal 118, 1).

En el mes de octubre, el Señor me concedió la gracia de celebrar el vigésimo aniversario de mi elección como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Le doy gracias, una vez más, por los dones con que me ha colmado. En esa celebración jubilar me sentí rodeado del afecto de toda la Iglesia católica, que estuvo muy unida a mí con su oración y con innumerables gestos de devota participación. Juntamente con las felicitaciones de la comunidad eclesial, me llegaron las de representantes de las demás confesiones religiosas, de jefes de Estado, de personalidades de la cultura y la economía, así como de otros muchos, entre los que se hallaban niños, ancianos, enfermos, personas que sufren, jóvenes y familias. Deseo expresarles a todos mi más viva gratitud, al tiempo que, reflexionando en la pregunta que dirigió Jesús a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21, 16), pido a todos que sigan orando para que pueda servir cada día con amor renovado al Señor y a los hermanos que él me ha encomendado.

5. «Omnium me servum feci, ut plures lucrifacerem» (1 Co 9, 19).

La solicitud por la Iglesia universal me ha llevado también este año a realizar algunos viajes apostólicos, como el señor cardenal decano ha subrayado. Han sido momentos de gran emoción y alegría espiritual. ¡Cómo no recordar, ante todo, el viaje, tan ardientemente esperado, a la isla de Cuba, donde la presencia del Sucesor de Pedro despertó tanto entusiasmo y suscitó un prometedor impulso de renovación espiritual! ¡Y cómo no recordar también la peregrinación apostólica a Nigeria, donde tuve la dicha de proclamar beato al padre Cipriano Miguel Iwene Tansi, presentándolo como modelo de evangelizador y de reconciliación precisamente en la tierra donde nació y en la que trabajó incansablemente como heraldo de la buena nueva y artífice de paz!

El pasado mes de junio pude dirigirme de nuevo a Austria para proclamar beatos a tres hijos de esa nación .sor Restituta Kafka, padre Schwartz y padre Kern., mientras que en la última parte del año fui una vez más a Croacia, donde tuve la alegría de proponer a la veneración de los fieles al beato Alojzije Stepinac, heroico cardenal arzobispo de Zagreb, que enriqueció con el ofrecimiento de su vida la gloriosa legión de los mártires de esa tierra. Ante los continuos atropellos que realizaba el régimen comunista, supo entregarse con valentía a Cristo y a sus hermanos, sacrificándose por la unidad de la Iglesia.

Al tiempo que doy gracias a la divina Providencia por las peregrinaciones que he podido realizar a lo largo de 1998, encomiendo al Señor las que, con su ayuda, pueda llevar a cabo en el año próximo, comenzando por el viaje pastoral a México, donde, Dios mediante, entregaré la exhortación apostólica en la que he recogido los resultados de la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos.

6. «Vae enim mihi est, si non evangelizavero! » (1 Co 9, 16).

La conciencia del deber de evangelizar siempre es la que guía constantemente a la Iglesia, llamada a proclamar en todo tiempo a Cristo, verdad del hombre. Para responder a esa exigencia, he querido publicar algunos documentos importantes, entre los que ocupa el primer lugar la carta encíclica Fides et ratio, con la que he deseado manifestar confianza en los esfuerzos del pensamiento humano, invitando a los contemporáneos a redescubrir el papel de la razón y a reconocer en la fe una gran aliada en su camino hacia la verdad.

Testigos de la verdad evangélica son, asimismo, los beatos y los santos que he podido elevar al honor de los altares. Quisiera destacar, entre todos, a la religiosa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, judía, filósofa, monja y mártir. En un siglo atormentado como éste en el que nos ha tocado vivir, nos invita a entrar por la puerta estrecha del discernimiento y de la aceptación de la cruz, sin separar jamás el amor de la verdad para no exponernos al peligro de la mentira destructora.

Otro valioso testimonio de la verdad lo dieron los obispos, los sacerdotes, los consagrados y los laicos que, a lo largo de este año, en varios países de África, Asia y América, han sufrido y a veces han pagado incluso con el derramamiento de la sangre su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Espero que su sacrificio estimule a los creyentes y contribuya a construir en el mundo un clima de aut éntica libertad y paz.

7. «Filius hominis non venit ut ministraretur ei...» (Mc 10, 45).

La Iglesia, consciente de su misión, se hace partícipe de las alegrías y las esperanzas de la humanidad, para proseguir la obra de Cristo, «que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (Gaudium et spes, 3). Este celo apostólico y misionero impulsa a la Iglesia a hacerse partícipe, en todos los rincones del mundo, de los problemas y los dramas de la humanidad. A la presencia respetuosa y concreta de la Iglesia entre los pueblos ha contribuido este año la firma de acuerdos entre la Santa Sede y algunos Estados.

Mi agradecimiento va, especialmente, a cuantos, con un servicio fiel, a menudo oculto y humilde, se esfuerzan por hacer palpable la ternura que siente Dios hacia cada hombre. Esta admirable entrega se ha hecho más generosa y tempestiva con ocasión de dolorosas calamidades naturales que han azotado a varias zonas del mundo. Basta recordar la devastadora acción del huracán Mitch, a la que aludió el cardenal decano. En las diversas circunstancias se han escrito páginas admirables de solidaridad humana y cristiana.

8. «Ut omnes unum sint (...) ut credat mundus» (Jn 17, 21).

El clima de familia que evocan las fiestas navideñas, la cercanía del inicio del tercer milenio cristiano y la urgencia de la nueva evangelización, hacen cada vez más apremiante la invitación de Cristo a la unidad de todos los que le pertenecen en virtud del único bautismo.

Numerosos encuentros e iniciativas ecuménicos han contribuido, a lo largo de este año, a fortalecer este clima de atención, diálogo y búsqueda serena de la unidad entre las Iglesias cristianas, premisa necesaria para realizar un ecumenismo positivo y fecundo.

Con gratitud a Dios recuerdo los encuentros con los líderes de las confesiones cristianas durante mis viajes apostó- licos, así como la participación de los observadores de la Santa Sede en la octava asamblea del Consejo ecuménico de las Iglesias.

Al destacar con alegría la serena colaboración que se va instaurando entre los creyentes en Cristo, expreso mi deseo de que se llegue a vivir una nueva era ecuménica bajo el impulso del gran jubileo.

9. Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, consagrados y queridos colaboradores laicos, este rápido repaso de los aspectos más destacados de la acción de la Santa Sede en el año que está a punto de terminar, como es tradición durante esta cita anual, pone de relieve el servicio diario que cada uno de vosotros desempeña para que la buena nueva de la encarnación del Verbo llegue a todos los hombres y a todos los rincones de la tierra.

Vuestra colaboración permite al Obispo de Roma cumplir concretamente su misión de ser la «piedra» sobre la que se edifica la Iglesia de Cristo (cf. Mt 18, 18) y confirmar, sostener y guiar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 31). Por eso, quiero daros las gracias a cada uno por la generosidad, la competencia y la discreción con que servís a la Sede apostólica. Deseo a cada uno que sea cada vez más consciente y se sienta interiormente gozoso del servicio que presta a la Iglesia y al Evangelio, y que descubra en su trabajo diario el amor de Cristo que, también gracias a vosotros, lleva la buena nueva de la salvación a los pobres, a los encarcelados, a los ciegos, a los oprimidos y a todos los que buscan la verdad y la paz (cf. Lc 4, 18).

Que la santa Navidad nos encuentre a todos, como a María, llenos de asombro frente a Aquel que, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2, 6-7). Que el misterio de la Navidad suscite en cada uno los sentimientos de humildad y amor que tenía el corazón de Cristo y haga a todos hijos dignos del único Padre.

Con estos deseos, imploro sobre cada uno de vosotros el don navideño de la alegría y, a la vez que os felicito con motivo del Año nuevo, os imparto de corazón a vosotros y a vuestros seres queridos una bendición apostólica especial. ¡Feliz Navidad!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A SU BEATITUD EL PATRIARCA IGNACE MOUSSA I Sábado 19 de diciembre de 1998

Beatitud:

1. Con inmensa alegría el Obispo de Roma lo recibe por primera vez, después de su elección y entronización como patriarca de Antioquía de los sirios. Con el santo beso de la paz que intercambiamos hoy, Roma, la ciudad que los apóstoles san Pedro y san Pablo glorificaron con su martirio, abre sus brazos para acogerlo a usted y a la Iglesia que preside, y para reconocer el especial lugar de honor que usted tiene en la adhesión común a la herencia apostólica.

En efecto, fue precisamente en Antioquía donde por primera vez los discípulos del Señor fueron llamados cristianos. De Antioquía vino a Roma san Pedro. Por medio de su persona, venero el tesoro de fe que pertenece a su sede gloriosa. Le agradezco, Beatitud, este gesto de comunión y afecto, que ha deseado que fuera una prioridad de su nuevo ministerio como patriarca.

2. He querido que la comunión plena ya no se exprese con la imposición del palio, sino de una manera más adecuada para reconocer la dignidad del oficio patriarcal. En efecto, la Eucaristía es por su naturaleza el símbolo que expresa mejor la comunión plena, y al mismo tiempo su fuente inagotable. Por eso, en el solemne sacrificio eucarístico celebrado el miércoles pasado en la basílica de Santa María la Mayor, Su Beatitud ofreció el santo Cuerpo y la Sangre vivificadora del Señor al cardenal Achille Silvestrini, a quien nombré legado mío para esa circunstancia, y él, de la misma manera, presentó los santos dones a Su Beatitud. Este gesto, que quedará grabado en la memoria de los fieles, se repetirá siempre con ocasión de la primera visita de los nuevos patriarcas de las Iglesias orientales que están en comunión plena con la Sede de Roma.

3. La solicitud del Sucesor de Pedro por su Iglesia, más allá de un compromiso de apoyo concreto, se expresa con una oración de invocación, para que resplandezca por su testimonio evangélico, en las condiciones de vida tan difíciles que viven muchos de sus hijos. Deseo de nuevo hoy que cultive la liturgia, que la une estrechamente a los orígenes mismos del cristianismo; que busque en los Padres y los Doctores un alimento sólido para su fe; y que en la valentía de los mártires y en la ascesis de los monjes encuentre un aliciente para dedicarse a lo único que es necesario.

Ustedes comparten este patrimonio con la Iglesia sirio-malankar católica, que trabaja activamente en la evangelización de la India. Algunos elementos de este patrimonio son comunes a la Iglesia maronita. Con la Iglesia sirio-ortodoxa, el vínculo de la tradición común es particularmente profundo. Me alegra mucho saber que el camino ecuménico prosigue, y que existen perspectivas concretas de colaboración, comenzando por el ámbito litúrgico.

4. Deseo que el compromiso futuro de su Iglesia se realice con pleno respeto a su tradición y buscando una comprensión y una participación cada vez mayores por parte de los creyentes de hoy.

A todos los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a las personas consagradas, a todos los fieles, en particular a los que sufren en su cuerpo y en su espíritu, y a todos los que son probados también durante estos días de adversidad, les envío de todo corazón la bendición apostólica, pidiendo a Su Beatitud que se la transmita, cuando se encuentre con ellos, y les asegure el afecto del Papa. Beatitud, le doy un nuevo beso de paz, y le deseo que sea un icono de Cristo, Cabeza y Pastor, para la Iglesia que le ha sido encomendada.

ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A UNA DELEGACIÓN DE LA CIUDAD ALEMANA DE BAD SÄCKINGEN QUE REGALÓ EL ÁRBOL DE NAVIDAD

Venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos y hermanas:

1. Os agradecemos sinceramente el regalo del árbol de Navidad, que habéis traído a Roma desde vuestro país. Este abeto de la Selva Negra es un signo de vuestra adhesión al Sucesor de Pedro y, a la vez, un saludo expresivo de la Iglesia de Friburgo en Brisgovia a cuantos en Navidad se unen al centro del cristianismo tanto desde la ciudad de Roma como desde toda la tierra.

Expreso mi gratitud a los que han contribuido a este regalo. En especial, saludo al obispo Wolfgang Kirchgässner, que encabeza vuestro grupo en nombre del arzobispo Oskar Saier. Le ruego que le transmita mis mejores deseos de un pronto restablecimiento. Entre los miembros de la delegación quisiera nombrar en particular a algunas personalidades: el presidente del consejo regional de Baden-Württemberg, el presidente del municipio de Waldshut y el borgomaestre de Bad Säckingen. Me alegra el hecho de que construís un puente entre diversos países de Europa. Doy una cordial bienvenida a los representantes de vuestras ciudades hermanas.

2. Cuando, en los días pasados, contemplé la plaza de San Pedro desde la ventana de mi despacho, el árbol suscitó en mí reflexiones espirituales. Ya en mi país amaba los árboles. Cuando los vemos, comienzan a hablar. Un poeta, que nació cerca de vuestro país y vivió a orillas del lago de Costanza, veía en los árboles predicadores eficaces: «No imparten enseñanzas o recetas, anuncian la ley fundamental de la vida».

Con su florecimiento en primavera, su madurez en verano, sus frutos en otoño y su muerte en invierno, el árbol nos habla del misterio de la vida. Por este motivo, ya desde los tiempos antiguos, los hombres recurrieron a la imagen del árbol para referirse a las cuestiones fundamentales de su vida.

3. Por desgracia, en nuestra época el árbol es también un espejo elocuente de la forma en que el hombre a veces trata el medio ambiente, la creación de Dios. Los árboles que mueren son una constatación callada de que existen personas que evidentemente no consideran un don ni la vida ni la creación, sino que sólo buscan su beneficio. Poco a poco resulta claro que donde los árboles se secan, al final el hombre sale perdiendo.

4. Al igual que los árboles, también los hombres necesitan raíces profundas, pues sólo quien está profundamente arraigado en una tierra fértil puede permanecer firme. Puede extenderse por la superficie, para tomar la luz del sol y al mismo tiempo resistir al viento, que lo sacude. Por el contrario, la existencia de quien cree que puede renunciar a esta base queda siempre en el aire, por tener raíces poco profundas.

La sagrada Escritura cita el fundamento sobre el que debemos enraizar nuestra vida para poder permanecer firmes. El apóstol san Pablo nos da un buen consejo: estad bien arraigados y fundados en Jesucristo, firmes en la fe, como se os ha enseñado (cf. Col 2, 7).

5. El árbol colocado en la plaza de San Pedro orienta mi pensamiento también en otra dirección: lo habéis puesto cerca del belén y lo habéis adornado. ¿No impulsa a pensar en el paraíso, en el árbol de la vida y también en el árbol del conocimiento del bien y del mal? Con el nacimiento del Hijo de Dios comenzó una nueva creación. El primer Adán quiso ser como Dios y comió del árbol del conocimiento. Jesucristo, el nuevo Adán, era Dios; a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (cf. Flp 2, 6 ss): desde el nacimiento hasta la muerte, desde el pesebre hasta la cruz. El árbol del paraíso trajo la muerte; del árbol de la cruz surgió la vida. Así pues, el árbol está cerca del belén e indica precisamente la cruz, el árbol de la vida.

6. Señor obispo; queridos hermanos y hermanas, una vez más os expreso mi profundo agradecimiento por vuestro regalo navideño. Aceptad a cambio el mensaje del árbol, como lo formuló el salmista: «Su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Sal 1, 2 ss).

Con esta reflexión, os deseo a vosotros, a vuestros seres queridos y a vuestros amigos, una Navidad santa y alegre. Que con la ayuda de Dios todo lo que emprendáis al comienzo del Año nuevo tenga éxito. El patrono de vuestro país, san Fridolín, sea vuestro poderoso intercesor. Os imparto de corazón mi bendición apostólica.

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS EMBAJADORES DE GUYANA, NIGERIA, KIRGUIZISTÁN Y MONGOLIA Jueves 17 de diciembre de 1998

Excelencias:

1. Os acojo con alegría en este momento en que presentáis las cartas que os acreditan como embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de vuestros países ante la Santa Sede: Guyana, a cuyo representante recibo por primera vez; Nigeria, Kirguizistán y Mongolia. En esta ocasión, saludo a los responsables de cada una de vuestras naciones, así como a vuestros compatriotas. Agradezco profundamente a vuestros jefes de Estado los mensajes que me han dirigido, y os ruego que a vuestro regreso les transmitáis mis sentimientos deferentes y mis mejores deseos para sus personas y para su alta misión al servicio de sus pueblos.

2. En la bula de convocación del gran jubileo, recordé la necesidad «de crear una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales» (Incarnationis mysterium, 12). En efecto, es urgente que en el umbral del tercer milenio la humanidad se comprometa decididamente en este camino, para que todos los pueblos conozcan una esperanza nueva, en una sociedad cada vez más justa.

Desde esta perspectiva, reafirmo mi deseo de que se examine de nuevo la cuestión de la deuda que grava sobre numerosos países pobres, pues les impide realizar progresos significativos en favor del bienestar de sus poblaciones y los lleva a situaciones de violencia, con frecuencia incontrolables. Sin embargo, también conviene actuar con energía para afrontar las causas del endeudamiento, principalmente reduciendo los gastos inútiles y excesivos, retribuyendo de manera más equitativa a los países productores, y procurando que los fondos de la solidaridad internacional lleguen efectivamente a las poblaciones a las que están destinados.

3. En este año en que se celebra el 50 aniversario de la Declaración universal de derechos humanos, me complacen los progresos en la búsqueda de mayor justicia y libertad entre los hombres y en las sociedades. Ahora se reconocen formalmente los mismos derechos a todas las personas y a todos los pueblos. Su violación ha llegado a ser para toda conciencia un atentado intolerable contra la dignidad humana. A pesar de eso, algunas situaciones trágicas de injusticia, de pobreza extrema y de violación de los derechos humanos siguen siendo aún una llaga abierta en el costado de la humanidad. Aparecen en nuestros días nuevas formas de esclavitud, frutos de una cultura de muerte, privando de su libertad y marginando a muchos hombres, mujeres y niños. Es deber de los responsables de las naciones trabajar incansablemente para que desaparezcan esos azotes que humillan y denigran al hombre, a fin de entablar relaciones sociales que permitan a cada uno vivir dignamente y en el respeto a su naturaleza de hijo de Dios.

4. Por último, renuevo mi ardiente deseo de que se establezca en todo el mundo una paz duradera, especialmente en el continente africano. Los combates que aún se libran allí contribuyen únicamente a aumentar el odio y la venganza entre las naciones y entre los grupos humanos que las constituyen. La paz también está nuevamente amenazada en Oriente Medio, sobre todo en Irak, de donde llegan noticias alarmantes. La reconciliación, fundada en el diálogo, la justicia y el derecho de cada persona y de cada pueblo a vivir con seguridad, mediante el reconocimiento de su especificidad, es más urgente que nunca. Corresponde sobre todo a la comunidad internacional favorecer las soluciones que lleven a la concordia y a la renovación de la vida social, y asumir sus responsabilidades, para evitar consecuencias que convertirían a las poblaciones en víctimas inocentes.

5. Os deseo que la misión que comenzáis hoy ante la Santa Sede os brinde numerosas ocasiones de descubrir la vida y las preocupaciones de la Iglesia universal. Sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros colaboradores y sobre las naciones que representáis invoco la abundancia de las bendiciones divinas.

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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A LA DELEGACIÓN DE CROACIA Martes 15 de diciembre de 1998

Señor viceprimer ministro y distinguidas autoridades; venerados hermanos en el episcopado; ilustres señores:

Con ocasión del intercambio de los instrumentos de ratificación del Acuerdo entre la Santa Sede y la República de Croacia sobre algunas cuestiones económicas, que ha tenido lugar ayer en este palacio apostólico, habéis querido expresar al Papa vuestros sentimientos de devoción y gratitud. Os los agradezco de corazón. Gracias, también, por haber recordado mi segunda visita apostólica a Croacia, que llevo profundamente grabada en mi corazón. Por la intercesión del beato cardenal Alojzije Stepinac, pido al Señor que esa visita siga dando muchos frutos en favor de todos los miembros de la querida nación croata.

Me complace saludar a vuestra delegación, guiada por el doctor Jure Radiæ, viceprimer ministro y presidente de la Comisión estatal para las relaciones con las comunidades religiosas. También doy un cordial saludo a los representantes de la Conferencia episcopal croata, encabezados por su excelencia monseñor Josip Bozaniæ, arzobispo de Zagreb.

Con el Acuerdo sobre las cuestiones económicas, felizmente establecido entre la Santa Sede y la República de Croacia, se ha procurado reparar las injusticias causadas en el pasado por la confiscación de los bienes eclesiásticos, y se ha querido proporcionar a la Iglesia católica los medios necesarios para desempeñar su actividad pastoral. La Iglesia siempre ha reivindicado el derecho a poseer y administrar bienes temporales. Pero no pide privilegios en este campo, sino la posibilidad de emplear los medios de que dispone para una triple finalidad: «Sostener el culto divino, sustentar honradamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados» (Código de derecho canónico, c. 1254, § 2). He notado con satisfacción que dicha finalidad indicada en el Código de derecho canónico está presente también en el texto del Acuerdo.

Asimismo, representa un desafío para la Iglesia y el Estado. La Iglesia católica deberá estudiar, entre otras cosas, el modo más adecuado de sustentar al clero, según las indicaciones del concilio Vaticano II, procurando un sustento justo y digno a sus ministros (cf. Presbyterorum ordinis, 20-22). Deberá, además, reorganizar y potenciar su actividad de índole social y caritativa. Por su parte, el Estado deberá resarcir las injusticias del pasado y, reconociendo el valor social del trabajo de la Iglesia, facilitar su actividad, encaminada a aliviar las necesidades de los hermanos menos favorecidos, que deben ser objeto de atención particular y concorde del Estado y de la Iglesia.

Expresándoos mis mejores deseos de una correcta aplicación del Acuerdo en beneficio de todos, os imparto de corazón a vosotros aquí presentes, y a toda Croacia, la bendición apostólica, que acompaño con mi más sincera felicitación por la Navidad. ¡Alabados sean Jesús y María!

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE AUSTRALIA EN VISITA «AD LIMINA» Lunes 14 de diciembre de 1998

Querido cardenal Clancy; amados hermanos en el episcopado:

1. Os saludo afectuosamente a vosotros, obispos de Australia, con las palabras del apóstol Pedro: «Paz a todos los que estáis en Cristo» (1 P 5, 14). Vuestra visita ad limina tiene lugar durante la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos en la que, en medio de las alegrías y las preocupaciones de vuestro servicio pastoral, habéis entablado el colloquium fraternitatis con vuestros hermanos en el episcopado de Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea, islas Salomón y toda la región del Pacífico sobre la centralidad de Cristo, el camino, la verdad y la vida de los pueblos de vuestro continente. Los representantes de vuestra Conferencia también se han reunido con diversos jefes de dicasterios de la Santa Sede para discutir sobre algunos aspectos de vuestro ministerio en la situación particular de la Iglesia en vuestro país. Deseo animaros a aprovechar las grandes fuerzas de la comunidad católica de Australia que, en medio de cambios a menudo desconcertantes, sigue escuchando la palabra de Dios y dando abundantes frutos de santidad y servicio evangélico.

2. Durante las reuniones con algunas de las Congregaciones de la Curia romana, habéis centrado vuestra atención en cuestiones de doctrina y moral: la liturgia, el papel del obispo, la evangelización y la misión, el sacerdocio y la vida religiosa, y la educación católica. En cada una de estas áreas, vuestra responsabilidad personal como obispos es de suma importancia, y por eso será el tema fundamental de estas breves reflexiones. Desde el concilio Vaticano II, la figura del obispo diocesano ha destacado con nuevo vigor y claridad. Con vuestros hermanos en el episcopado y en unión con el Sucesor de Pedro, por la fuerza del Espíritu Santo habéis recibido la misión de velar por la Iglesia de Dios, la Esposa adquirida al precio de la sangre del Hijo unigénito, el Señor Jesucristo (cf. Hch 20, 28).

Los obispos son «el principio y fundamento visible de la unidad en sus Iglesias particulares», precisamente como el Sucesor de Pedro es «el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad» tanto de los obispos como de todos los fieles. Dado que la Iglesia particular que preside cada obispo representa una porción del pueblo de Dios encomendada a su gobierno pastoral, no es completa en sí misma, sino que existe en la comunión y por la comunión con la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Por esta razón, «todos los obispos (...) deben impulsar y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia» (Lumen gentium, 23). Así pues, cada obispo está llamado a asumir plenamente su responsabilidad, oponiéndose con firmeza a todo lo que pueda perjudicar la fe que ha sido transmitida (cf. 1 Co 4, 7). Para que su ministerio de santificar, enseñar y gobernar sea verdaderamente eficaz es obvio que el estilo de vida del obispo debe ser irreprochable: debe esforzarse sinceramente por ser santo, y entregarse con generosidad y sin vacilación alguna al servicio del Evangelio.

3. Hasta hace poco, la comunidad católica de Australia ha experimentado un fuerte crecimiento. Vuestra historia es extraordinaria: una gran institución construida rápidamente, a pesar de sus recursos limitados. Diócesis, parroquias, comunidades religiosas, escuelas, seminarios y organizaciones de todo tipo han surgido como testimonio de la fuerza de la fe católica en vuestro país y de la inmensa generosidad de quienes la llevaron. Ahora tal vez ese impulso ha disminuido, y la Iglesia en Australia afronta una situación compleja, que exige un cuidadoso discernimiento por parte de los obispos y una respuesta confiada y responsable de todos los católicos.

La cuestión principal concierne a la relación entre la Iglesia y el mundo. Este tema fue fundamental para el concilio Vaticano II, y sigue siéndolo para la vida de la Iglesia después de más de treinta años. La respuesta que demos a esa cuestión determinará la que daremos a otras muchas cuestiones importantes y prácticas. La secularización avanzada de la sociedad implica una tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo. Algunos aspectos de la cultura dominante pueden condicionar a la comunidad cristiana en actitudes que el Evangelio no admite. A veces falta voluntad para poner en tela de juicio los presupuestos culturales, tal como pide el Evangelio. Esto va acompañado a menudo por un enfoque acrítico del problema del mal moral y por un rechazo a reconocer la realidad del pecado y la necesidad del perdón. Esta actitud se manifiesta en una concepción de la modernidad excesivamente optimista, junto con un malestar ante la cruz y sus implicaciones para la vida cristiana. Se olvida muy fácilmente el pasado, y se acentúa tanto la dimensión horizontal, que se debilita el sentido de lo sobrenatural. Un respeto erróneo del pluralismo lleva a un relativismo que pone en duda las verdades enseñadas por la fe y accesibles a la razón humana; y esto, a su vez, crea confusión acerca de lo que constituye la verdadera libertad. Todo esto causa incertidumbre sobre la contribución propia que la Iglesia está llamada a dar al mundo.

Al hablar del diálogo de la Iglesia con el mundo, el Papa Pablo VI usó la expresión colloquium salutis. No se trata de un diálogo por sí mismo, sino de un diálogo que tiene como fuente la verdad y busca comunicar la verdad que libera y salva. El colloquium salutis exige que la Iglesia sea diferente precisamente por el bien del diálogo. La fuente inagotable de esa diferencia es la fuerza del misterio pascual, que proclamamos y comunicamos. En el misterio pascual descubrimos la verdad absoluta y universal, la verdad sobre Dios y sobre la persona humana, que ha sido confiada a la Iglesia y que ella ofrece a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Los obispos nunca debemos perder la confianza en la llamada que hemos recibido, la llamada a una diakonía humilde y tenaz de esta verdad. La fe apostólica y la misión apostólica que hemos recibido nos imponen el solemne deber de anunciar la verdad en todos los ámbitos de nuestro ministerio.

4. Como «administrador de la gracia del sumo sacerdocio» (Lumen gentium, 26), el servicio del obispo a la verdad tiene una aplicación específica y principal en la vida litúrgica de su diócesis. Debe hacer todo lo posible para asegurar que la liturgia, por la que «se ejerce la obra de nuestra redención» (Sacrosanctum Concilium, 2), permanezca fiel a su naturaleza más íntima: la alabanza y la adoración del Padre eterno (cf. ib.,7). Es muy importante que el obispo proporcione una sólida enseñanza de la teología y la espiritualidad litúrgicas en los seminarios y en instituciones semejantes. También debe promover la creación de los recursos que necesita su diócesis, o sea, sacerdotes, diáconos y fieles laicos especialmente preparados, comisiones que funcionen apropiadamente y grupos que trabajen en la promoción de la liturgia, de la música y del arte litúrgicos, y en la construcción y el mantenimiento de iglesias que, por su estilo y su ornamentación, estén en estrecha armonía con los valores fundamentales de la tradición católica. Por otra parte, tanto el clero como el laicado deben disponer de medios adecuados para la formación permanente y para una catequesis constante sobre el significado más profundo de las diversas celebraciones litúrgicas. En muchos casos, será útil compartir los propios recursos con los de las diócesis vecinas o a nivel nacional. Sin embargo, estas disposiciones no deberían reducir la misión del obispo de organizar, promover y proteger la vida litúrgica de su Iglesia particular (cf. Vicesimus quintus annus, 21).

Dado que el sacrificio de la misa es «fuente y cima de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11), os animo a exhortar a los sacerdotes y fieles laicos a estar dispuestos a hacer sacrificios concretos para celebrar y asistir a la misa dominical. Las anteriores generaciones de católicos australianos mostraron la profundidad de su fe mediante su gran devoción a la Eucaristía y a los otros sacramentos. Este espíritu es parte integrante de la vida católica, parte de nuestra tradición espiritual que hay que reafirmar.

5. En la preparación y celebración del próximo gran jubileo como tiempo de conversión y reconciliación, también se ha de llevar a cabo un gran esfuerzo de catequesis sobre el sacramento de la penitencia. Hoy es posible y necesario superar algunas aplicaciones superficiales de las ciencias humanas con respecto a la formación de las conciencias. La Iglesia en Australia debería invitar a los católicos a redescubrir el misterio salvífico del amor y la misericordia del Padre mediante la experiencia humana, especialmente profunda y transformadora, que es la confesión individual e íntegra, con su respectiva absolución. Como subraya el Catecismo de la Iglesia católica, éste sigue siendo el único medio ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y con la Iglesia (cf. n. 1484). La naturaleza personal del pecado, la conversión, el perdón y la reconciliación es la razón por la que el segundo rito de la penitencia exige la confesión personal de los pecados y la absolución individual. Por ese mismo motivo, la confesión general y la absolución general son adecuadas únicamente en casos de grave necesidad, claramente establecidos por las normas litúrgicas y canónicas.

Como responsables principales de la vida y la disciplina de la Iglesia, debéis explicar a los fieles las razones teológicas, pastorales y antropológicas de la práctica de la Iglesia según la cual los niños que han llegado a la edad del uso de razón reciben el sacramento de la penitencia antes de recibir la primera santa comunión (cf. Código de derecho canónico, c. 914). Está en juego el respeto a la integridad de su relación personal e individual con Dios.

6. Como se ha ilustrado repetidamente en este Sínodo, existe un vínculo directo entre el ministerio del obispo y la situación de los sacerdotes de su diócesis, no sólo por lo que respecta al reclutamiento de candidatos aptos para el sacerdocio, sino también al ejercicio del ministerio sacerdotal. En vuestros informes habláis de la disminución del número de los que responden a la llamada de Dios al sacerdocio y a la vida religiosa, y de los que desempeñan el ministerio activo, así como de la edad cada vez más avanzada de los que sirven actualmente a la Iglesia. Correctamente habéis tratado de resolver este problema pastoral con la oración y con diferentes programas de promoción vocacional. El hecho de que la escasez de vocaciones no se sienta en todas partes con la misma intensidad indicaría que el ideal del compromiso, servicio y entrega incondicional por amor a Jesucristo atrae aún a muchos corazones, especialmente cuando los jóvenes encuentran a sacerdotes que viven, de la manera más radical posible, el amor del buen Pastor, que da su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11; Pastores dabo vobis, 40). Hoy, la generación más joven de católicos muestra una notable capacidad para responder a la llamada a una vida espiritual abnegada y exigente, precisamente porque percibe rápidamente que la cultura egocéntrica dominante es incapaz de satisfacer las necesidades más profundas del corazón humano. En esta búsqueda, necesita una guía; necesita testigos auténticos del mensaje evangélico.

La disminución del número de sacerdotes en el ministerio activo está compensada de muchas formas por la mayor participación del laicado en el ámbito de la parroquia. Los laicos, hombres y mujeres, trabajan a menudo en estrecha unión con sus párrocos en el campo de la liturgia, la catequesis y la administración práctica de la parroquia, y se esfuerzan por atraer a los demás a la Iglesia con sus obras de apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 10). Corresponde al obispo organizar adecuadamente esta colaboración, en particular asegurando que el párroco no sea considerado como un ministro más, con una responsabilidad particular en lo que atañe a los sacramentos, pero cuyo oficio de enseñar y gobernar está limitado por la voluntad de la mayoría o de una minoría fuerte. El sentido australiano de la igualdad no debe usarse como pretexto para privar al párroco de la autoridad y los deberes que corresponden a su oficio, dando la impresión de que el ministerio sacerdotal es menos importante para la comunidad eclesial particular.

Todo obispo reconoce cuán importante es estar cerca de sus sacerdotes, siendo un padre para ellos, sosteniéndolos y corrigiéndolos cuando sea necesario. En un clima cultural dominado por el pensamiento subjetivo y el relativismo moral, la transmisión de la fe y la presentación de la enseñanza y la disciplina de la Iglesia han de constituir motivo de gran solicitud para los sucesores de los Apóstoles. Desgraciadamente, la enseñanza del Magisterio ha encontrado a veces reservas y dudas, tendencia alimentada por el interés de los medios de comunicación social en el disenso o, en algunos casos, por la intención de usarlos como estrategia para forzar a la Iglesia a hacer cambios que no puede aceptar. La tarea del obispo no consiste en salir airoso de las polémicas, sino en ganar almas para Cristo; no en librar batallas ideológicas, sino una lucha espiritual por la verdad; no en preocuparse por su propia reivindicación o promoción, sino en proclamar y difundir el Evangelio.

7. Es muy necesario anunciar la verdad con claridad, amor y confianza, puesto que la verdad que proclamamos pertenece a Cristo y es de hecho la verdad que todos los pueblos anhelan, aunque parezcan indiferentes o reacios. Nuestro colloquium salutis dará buenos resultados sólo si el Espíritu Santo anima nuestro ser y se convierte en nuestra voz. Por eso, en este momento de comunión, invoquemos a ese Espíritu Santo, «cuya venida es amable», como dice san Cirilo de Jerusalén, y «cuya carga es ligera, (...) porque viene para salvar, sanar, enseñar, amonestar, fortalecer, exhortar e iluminar las mentes» (Catequesis, XVI, 16). Encomiendo vivamente a vuestras oraciones y reflexiones, a vuestra responsabilidad y acción, el documento que resume vuestros encuentros con los diversos dicasterios de la Santa Sede. Todos sabemos bien que el triple ministerio episcopal de enseñar, santificar y gobernar es difícil y a menudo pesado, y que implica sufrimiento y cruz. Sin embargo, como afirma ese documento: «En el misterio de la cruz aprendemos una sabiduría que trasciende nuestra debilidad y nuestras limitaciones: aprendemos que en Cristo la verdad y el amor son una sola cosa, y en él encontramos el significado de nuestra vocación» (n. 17).

Es sobre todo la Madre del Redentor quien, con su Magníficat lleno del Espíritu, nos lleva a alabar a Dios, que nos ha llamado «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2, 9). Que María, Auxilio de los cristianos, vele por vuestro país y su pueblo. Como prenda de gracia y paz en él, que es siempre «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), os imparto de buen grado mi bendición apostólica a vosotros y a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que viven en Australia.

MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II PARA LA CAMPAÑA DE LA FRATERNIDAD EN BRASIL

Amadísimos hermanos y hermanas de Brasil:

«El reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña» (Mt 20, 1).

1.Con estas palabras de la sagrada Escritura, deseo unirme a toda la Iglesia que está en Brasil, para dar comienzo a la Campaña de la fraternidad de este año, que tiene como tema: «La fraternidad y el desempleo». Caminamos decididamente hacia el jubileo del año 2000 y, desde esta perspectiva, quiero recordar que «el compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto sobresaliente de la preparación y de la celebración del jubileo» (Tertio millennio adveniente, 51).

2. Ciertamente, poder trabajar en la viña del Señor es un don divino. Esta visión de la posesión definitiva del reino celestial, presentada en la parábola de los obreros de la viña, no excluye, sino más bien refuerza la necesidad de comprender el derecho al trabajo en este mundo. La Cuaresma, como momento fuerte de conversión a Dios, mediante la penitencia y la oración, es ocasión de reflexión y propósitos para que todos los hombres y mujeres de buena voluntad se sientan protagonistas «de la iacivilización del amorli, fundada sobre los valores universales de la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad, que encuentran en Cristo su plena realización» (ib.,52). El pan es «fruto de la tierra y del trabajo del hombre»; por eso, el desconcertante fenómeno mundial del desempleo y del subempleo debe interpelar cada vez más la conciencia de todos los cristianos ante la angustiosa pregunta planteada por la Campaña de la fraternidad: «Sin trabajo... ¿por qué?» (cf. Sollicitudo rei socialis, 18).

3. Al expresar mi deseo de que se empleen todos los medios disponibles para aliviar el drama del desempleo, que ya sugerí en el mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de este año (cf. n. 8), invoco abundantes luces de lo alto y la bendición para todos los que me escuchan.

¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

Vaticano, 8 de diciembre de 1998

ORACIÓN DE JUAN PABLO II A LA SANTÍSIMA VIRGEN Plaza de España Martes 8 de diciembre de 1998

1. ¡Oh, María!, estamos nuevamente a tus pies, el día en que celebramos tu Inmaculada Concepción, y te suplicamos, como hija predilecta del Padre, que, durante este último año de preparación para el gran jubileo del 2000, nos enseñes a caminar unidos hacia la casa paterna, a fin de que toda la humanidad sea una sola familia.

2. ¡Oh, María!, desde el primer instante de la existencia fuiste preservada del pecado original, en virtud de los méritos de Jesús, de quien debías convertirte en Madre. Sobre ti el pecado y la muerte no tienen poder.

Desde el instante en que fuiste concebida gozaste del singular privilegio de estar llena de la gracia de tu Hijo bendito, para ser santa como él. Por eso, el mensajero celestial, enviado a anunciarte el designio divino, se dirigió a ti, saludándote: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28).

Sí, oh María, tú eres la llena de gracia, tú eres la Inmaculada Concepción. En ti se cumple la promesa hecha a nuestros primeros padres, evangelio primordial de esperanza, en la hora trágica de la caída: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo» (Gn 3, 15).

Tu linaje, oh María, es el Hijo bendito de tu seno, Jesús, Cordero inmaculado que cargó sobre sí el pecado del mundo, nuestro pecado. Tu Hijo, oh Madre, te preservó para ofrecer a todos los hombres el don de la salvación. Por eso, de generación en generación los redimidos no dejan de repetirte las palabras del ángel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28).

3. ¡Oh, María!, de Oriente a Occidente, ya desde los comienzos, el pueblo de Dios profesa con fe que tú eres la toda pura, la toda santa, la Madre excelsa del Redentor. Lo testimonian a una voz los Padres de la Iglesia, lo proclaman los pastores, los teólogos y los más grandes confesores de la fe.

En 1854, mi venerado predecesor el Sumo Pontífice Pío IX reconoció oficialmente la verdad de este privilegio tuyo. Como perenne recuerdo de ese acontecimiento fue erigida aquí, en el centro de Roma, esta columna, desde la que velas maternalmente por la ciudad. Desde entonces, todos los años, en esta fiesta solemne, la Iglesia y la ciudad de Roma con su Obispo vienen aquí, a la plaza de España, para honrarte a ti, signo de segura esperanza para todos los hombres.

Con este acto anual de veneración profesamos que queremos volver al designio originario y eterno de nuestro Creador y Padre, y repetimos con el apóstol Pablo: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. (...) Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él» (Ef 1, 3-4).

4. ¡Oh, María!, tú eres la testigo de esta elección originaria. Guíanos tú, ¡oh Madre!, que conoces el camino. A ti, Inmaculada Concepción, se consagra hoy el pueblo de Dios y toda la ciudad de Roma.

Protégenos siempre y guíanos a todos por los caminos de la santidad. Amén.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA UNIÓN DE JURISTAS CATÓLICOS ITALIANOS Sábado 5 de diciembre de 1998

Ilustres señores:

1. Me alegra dar una cordial bienvenida a cada uno de vosotros, que os habéis reunido con ocasión del congreso anual de la Unión de juristas católicos italianos. En particular, saludo a vuestro presidente, el profesor Giuseppe Dalla Torre, y le agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme en vuestro nombre. Asimismo, saludo a todos los miembros de vuestra asociación que, tanto en el ámbito académico como en el forense quieren animar cristianamente, según la indicación del Concilio (cf. Apostolicam actuositatem, 7), el orden temporal con su trabajo profesional en la sociedad, promoviendo en las instituciones jurídicas cuanto puede favorecer el bien de la persona y de la comunidad.

El encuentro de hoy reviste un carácter muy especial, puesto que se inserta en las celebraciones del 50 aniversario de la fundación de la Unión de juristas católicos italianos. En efecto, nació en 1948, en el seno del Movimiento de licenciados de la Acción católica, y fue fruto de la grave crisis de conciencia que afectó a una generación de juristas ante los postulados ideológicos del Estado ético, que tanto en Italia como en el resto de Europa determinaron la experiencia del totalitarismo. Esos juristas se dieron cuenta de cómo los delicados instrumentos jurídicos, que habían contribuido a elaborar, servían para usos políticos condenables y para el fortalecimiento de los regímenes totalitarios. También tenían muy presentes las conclusiones trágicas y falaces a las que podía llegar una concepción puramente positivista del derecho, hasta esas graves violaciones de los derechos humanos que fueron los campos de exterminio y el mismo inmenso conflicto mundial.

2. Con la fundación de vuestra Unión, esos juristas quisieron responder a la exigencia de reencontrar el fundamento auténtico del derecho, sustrayéndolo a la arbitrariedad de un uso político inspirado en la lógica del más fuerte. Vieron en el derecho natural el fundamento sólido y auténtico de la ley positiva, e hicieron de esta convicción la referencia constante de su actividad científica.

Durante estos cincuenta años, vuestra asociación se ha esforzado por favorecer el desarrollo del ordenamiento jurídico, en conformidad con la Constitución italiana de 1948 y, sobre todo, con las tres directrices fundamentales contenidas en la primera parte: el principio personalista, el principio pluralista ordenado según el criterio de subsidiariedad, y el principio de la preexistencia de los derechos de la persona y de las comunidades con respecto a toda concesión por parte del Estado.

Teniendo en cuenta esas directrices, los socios de la Unión han desempeñado el papel de conciencia crítica en la comunidad más amplia de los juristas italianos, recordando los valores de la Constitución cada vez que la experiencia jurídica mostraba divergencias crecientes y encontrando en esos valores la solución para las nuevas cuestiones planteadas por el progreso científico y tecnológico. En estas nobles motivaciones se inspiró el gran esfuerzo cultural de los juristas católicos italianos contra la ley del divorcio, en 1970, y contra la del aborto, en 1978, así como su valiosa contribución en los asuntos relacionados con la ecología y la bioética, en tiempos en que aún no eran objeto de atención por parte de la cultura jurídica en Italia.

¡Cómo no congratularse por el considerable y cualificado camino que habéis recorrido durante estos cinco decenios! ¡Cómo no dar gracias al Señor por el celo y la competencia con que la Unión de juristas católicos italianos ha sostenido durante medio siglo de historia la primacía de la persona y el valor del bien común ante la evolución de la sociedad y de la experiencia jurídica!

El lema: «Desde hace cincuenta años en favor de la justicia del derecho», que habéis elegido para esta celebración jubilar, trae a la memoria la constante fidelidad de los juristas creyentes a la ética y expresa vuestro renovado compromiso de poneros al servicio de un derecho inspirado en los grandes valores humanos y cristianos. Así, seguiréis dando a la sociedad italiana y a la ciencia jurídica una contribución cada vez más útil y apreciada.

3. Vuestra asociación ha tenido como referencia constante la afirmación del derecho natural, considerándolo fundamental para la promoción auténtica de la persona y de la sociedad.

Esta referencia representa hoy un punto significativo de contacto con la moderna doctrina jurídica, en la que existe un consenso universal sobre la temática de los derechos humanos, que encarna las antiguas instancias del «jusnaturalismo».

En la actualidad los juristas tienen la preocupación común de hacer que los derechos humanos sean plenamente efectivos frente a sus graves violaciones, que se registran en diversas partes del mundo, a pesar de las solemnes afirmaciones de principio. Pero ese propósito corre el riesgo de lograr pocos resultados o de confundir derechos auténticos con reivindicaciones subjetivas y egoístas, si falta un consenso amplio y universal sobre su fundamento. Por tanto, es encomiable y meritorio vuestro esfuerzo por afirmar un sano «jusnaturalismo », que constituye la única garantía para fundar de manera cierta y absoluta los derechos humanos.

4. El congreso que estáis celebrando durante estos días tiene como tema: «La solidaridad entre ética y derecho». Desde la perspectiva del nuevo milenio, la temática de la solidaridad ha sido para vosotros la consecuencia lógica de la reflexión sobre el derecho natural, que vuestra asociación ha desarrollado durante estos cincuenta años.

Se trata de un asunto muy importante, relacionado estrechamente con el derecho natural, pues en la dimensión de la solidaridad se expresa un derecho que no es un instrumento arbitrario en las manos del más fuerte, sino un medio seguro de justicia.

Espero que estas temáticas, destinadas a orientar la investigación de los juristas católicos, contribuyan a contrarrestar eficazmente las concepciones individualistas que desnaturalizan el derecho positivo, reduciéndolo a una mera explicitación de las pretensiones individuales, sin tener en cuenta las exigencias de la justicia y los deberes de la solidaridad.

Con ese deseo, os encomiendo a cada uno y encomiendo vuestro trabajo a la protección materna de la Sedes sapientiae, e invoco la constante asistencia divina a la vez que, como prenda de los favores celestiales, os imparto de corazón a todos la bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DEL PACÍFICO EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Sábado 5 de diciembre de 1998

Eminencia; queridos hermanos en el episcopado:

1. «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida» (1 Jn 1, 1), es nuestro tema. Con especial intensidad, durante estos días de la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, nuestro pensamiento se dirige a la Palabra de vida, Jesucristo, que nos ha llamado a ser pastores de su pueblo y, en su nombre, a predicar el Evangelio de la salvación hasta los confines de la tierra. En cierto sentido, vuestra visita ad limina Apostolorum consiste también en darle cuenta de vuestra misión entre los pueblos del Pacífico. Al saludaros a vosotros, miembros de la Conferencia episcopal del Pacífico, glorifico a Dios porque «en las islas del mar se elevan cantos de alabanza al nombre del Señor» (cf. Is 24, 15-16).

Durante vuestra visita ad limina, cuando oráis ante las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, os remontáis en el tiempo y reconocéis el vínculo de fe que os une a vosotros y a vuestro pueblo con su testimonio del Evangelio; y el espacio mismo desaparece cuando venís al centro de la Iglesia para visitar al Sucesor de Pedro. Venís a representar a un complejo mosaico de razas, culturas y lenguas; y, sin embargo, se trasciende la diversidad gracias a nuestra comunión en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

2. La historia de la evangelización en vuestros países no es larga, pero ya está llena de frutos de santidad, justicia y paz, que sólo el Evangelio puede producir. Vosotros sois testigos de la obra heroica de los misioneros que sembraron la semilla de la fe en el corazón de vuestros pueblos. Se trata de hombres y mujeres, sacerdotes y religiosos, que escucharon la llamada de Cristo y, abandonando lo que era naturalmente suyo, llevaron este mensaje a los pueblos que representáis. Predicaron en su nombre, y su predicación «no fue sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, y muy persuasivamente» (1 Ts 1, 5). Predicaron con el testimonio de su vida, algunos incluso hasta la muerte. Es sobre todo este sacrificio, insertado en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor, el que abre el corazón humano a la paz del Espíritu Santo. Ahora se necesita renovar la evangelización; pero no conviene olvidar los sacrificios de los primeros misioneros, y especialmente de los mártires como san Pedro Chanel y el beato Diego de San Vitores. En efecto, al aproximarnos al gran jubileo del año 2000, hay que difundir y contar su historia con gratitud y alegría sinceras.

3. Vivís actualmente en vuestros diferentes países un período de cambios profundos. La reciente fase poscolonial de vuestra historia ha quedado superada. La independencia ya no es una experiencia nueva, aunque la consolidación de la libertad y de los derechos civiles sigue siendo una tarea urgente. Vuestros pueblos se sienten turbados por la dificultad de lograr el desarrollo y el bienestar a los que aspiran, especialmente ahora que en la región asiática del Pacífico se ha producido, de modo inesperado, una inestabilidad económica y también política. Hubo un tiempo en que los océanos mantenían aisladas a vuestras sociedades; sin embargo, esos mismos océanos se han convertido en rutas por donde han llegado otras culturas, que ya se han fundido con la vuestra. El desarrollo rápido de las comunicaciones lleva a un proceso de globalización cultural que ya ejerce gran influencia en vuestras sociedades. Algunos efectos son positivos, pero otros son ciertamente negativos. En esta situación, los pastores de la Iglesia deben mostrar sabiduría en su discernimiento y valentía en sus decisiones.

Es paradójico que el proceso hacia una mayor unificación prometida por la globalización desemboque a veces en divisiones y pérdidas de identidad. En vez de promover un espíritu de colaboración y solidaridad, puede suscitar la actitud de «sálvese quien pueda» en cada nación y entre ellas. Esto puede significar la explotación de las naciones más débiles por las más fuertes; puede significar también la corrupción, que aleja a los jefes del pueblo al que deben servir; y, por último, puede desencadenar conflictos entre intereses opuestos, hasta el punto de que resultaría imposible organizar la sociedad sobre la base del bien común. La voz de los obispos debe hacerse oír claramente en favor del espíritu de colaboración y solidaridad, el único que puede asegurar el bienestar de vuestros pueblos.

Para la Iglesia que está en las naciones del Pacífico ninguna tarea es hoy tan urgente como la nueva evangelización a fin de responder a las necesidades de las circunstancias actuales, que cambian rápidamente. La nueva evangelización constituye la próxima etapa de la plantatio Ecclesiae en vuestras islas, y exige que el Evangelio se predique de manera nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión (cf. Veritatis splendor , 106). Esto no quiere decir que los métodos de los primeros misioneros no estuvieran bien concebidos; al contrario, para aquel tiempo estaban muy bien concebidos y aplicados. Pero la situación cambiante que afrontáis ahora plantea nuevos desafíos, y os exigirá la misma creatividad e intrepidez que mostraron los primeros misioneros. La tarea puede parecer enorme, queridos hermanos, pero «fiel es el que os llama y es él quien la realizará» (1 Ts 5, 24).

4. La evangelización requiere un esfuerzo importante de vuestros países, ya que, en la primera fase de su historia, corrió a cargo de los misioneros. Por eso, no sucederá lo mismo en esta nueva etapa. Como sucesores de los Apóstoles, los obispos siguen siendo los primeros agentes de la evangelización; y vuestros colaboradores más íntimos son los sacerdotes y los religiosos, tanto los misioneros como los autóctonos a quienes Dios llama en el seno de vuestras comunidades. También los laicos están más dispuestos que nunca a desempeñar un papel decisivo en esta nueva fase de la evangelización, respondiendo a su vocación particular en el ámbito de la índole polifónica y jerárquica de la Iglesia. Así pues, deseo reflexionar brevemente con vosotros en algunos aspectos de la relación entre los obispos, los sacerdotes y los laicos.

El papel del obispo como primer agente de la evangelización lo convierte en el primer servidor de la comunión. Este servicio tiene muchas implicaciones, pero ninguna tan importante como el fortalecimiento de los vínculos de gracia, colaboración y amistad entre el obispo y sus sacerdotes. Puede ser arduo, teniendo en cuenta que en la administración diaria de las diócesis y las parroquias no siempre es fácil encontrar el tiempo y la energía necesarios para la construcción de la comunión. Sin embargo, es esencial que sea así. Además, en algunas culturas, las costumbres tradicionales y las formas de gobierno pueden influir en el ejercicio del poder por parte del obispo, tendiendo a presentarlo como una figura distante más que como un padre siempre deseoso y dispuesto a escuchar a sus sacerdotes y a su pueblo. A veces es necesario que el obispo, con su modo de gobierno, vaya al encuentro de la cultura, con la convicción clara, tan importante para la nueva evangelización, de que la inculturación de la fe no significa que se deba atribuir a la cultura un carácter absoluto, hasta el punto de no poder poner en tela de juicio o mitigar algunos de sus elementos.

5. Las formas de liderazgo que acentúan el privilegio más que el servicio siempre crean problemas en la relación entre los sacerdotes y los fieles laicos. Por eso es importante que los seminarios y las casas de formación enseñen una forma de liderazgo orientada completamente al servicio y que infundan en los candidatos el mismo celo por predicar el Evangelio que tuvieron los primeros misioneros. Para ello hará falta dar un fuerte impulso a la espiritualidad de la cruz, la entrega total de sí que sólo se aprende con dificultad, pero sin la cual el ministerio sacerdotal se transforma en una forma de autoservicio y autoglorificación. Durante sus años de preparación, los candidatos a la ordenación tienen que comprender la verdad de que esta abnegación es el único modo de vivir una vida sacerdotal de verdad satisfactoria, que es en realidad la condición esencial para tener una alegría duradera en su vida. Sin ella, la vida sacerdotal puede resultar triste e insatisfactoria, llevando a formas destructivas de comportamiento. El hecho de que en vuestra región haya actualmente un buen número de vocaciones es un signo de esperanza; y es muy importante formar a esos candidatos para que sean auténticos servidores de Cristo y de la Iglesia, que sepan trabajar en armonía y obediencia al obispo y en estrecha colaboración con los religiosos y los fieles laicos.

6. Durante los últimos años los fieles laicos han asumido cada vez mayores responsabilidades dentro de la comunidad eclesial. Esto no se debe siempre a la escasez de sacerdotes; es obra del Espíritu Santo. Sin embargo, en algunas ocasiones, la responsabilidad laical ha sido acentuada de tal manera, que se la contrapone al ministerio sacerdotal. La verdad es que la guía sacerdotal y la responsabilidad laical son complementarias: cuando la responsabilidad laical se desempeña correctamente, el ministerio sacerdotal se muestra en toda su riqueza, y viceversa. Las dos vocaciones deben distinguirse cuidadosamente, pero no separarse, para que puedan trabajar juntas en la profunda armonía que exige la naturaleza que Dios ha dado a la Iglesia. Las vocaciones sacerdotales florecen en situaciones en que los sacerdotes y los fieles laicos colaboran, enriqueciéndose mutuamente.

En una época de cambios radicales, con toda la incertidumbre que esto conlleva, es más importante que nunca que la Iglesia prepare a laicos, hombres y mujeres, para desempeñar papeles de liderazgo en la sociedad que favorezcan el bien común (cf. Christifideles laici , 42-43). Vuestras Iglesias particulares han sido bendecidas cada vez más con laicos, hombres y mujeres, que participan activamente en la liturgia, en la catequesis y en otras formas de servicio cristiano. Esto es motivo de gran satisfacción, pero no basta. La contribución específicamente laical a la obra del Evangelio debe llegar a abarcar los vastos sectores de la vida y la cultura humana que superan los confines de la comunidad eclesial, en una sociedad cada vez más secularizada. Especialmente desde el concilio Vaticano II, el Magisterio ha subrayado oportunamente el carisma secular de la vocación laical (cf. Lumen gentium, 31; Evangelii nuntiandi , 70; Christifideles laici , 17). Esto significa que el campo principal para la obra de evangelización de los fieles laicos es el mundo secular de la familia, el trabajo, la política, la cultura y la vida profesional e intelectual. De la eficacia con que cumplan su misión en esos campos dependerá la nueva fase de la evangelización en la región del Pacífico.

Formar a los fieles laicos para esa tarea exigirá prestar atención a la vez a la teología de la vocación laical y a la doctrina social de la Iglesia, especialmente a los valores y principios que representan la concepción católica de la ley natural y del bien común. Todos los cristianos deberían tener una convicción inatacable del valor supremo de la vida humana, de la dignidad inalienable de la persona humana y de la importancia única de la familia como célula básica de la sociedad. El abandono de estos puntos de referencia moral constituye el núcleo de una secularización destructiva. Y dado que se abandonan sólo cuando se excluye a Dios del mundo y del corazón humano, es preciso enseñar a los fieles laicos un modo de orar que los abra cada vez más al misterio de la providencia amorosa de Dios en todos los aspectos de la vida. También hace falta un gran esfuerzo en el ámbito de la educación, con todas las instituciones educativas de vuestras Iglesias particulares que contribuyen a la formación cristiana de los jóvenes. Esa educación, en vez de agravar la erosión de los aspectos positivos de las costumbres de vuestras sociedades, acrecentará los valores que encarnan y llevará a la convergencia de las tradiciones de la región del Pacífico y de la enseñanza católica, que requiere la inculturación del Evangelio.

7. Las Iglesias que presidís en el amor de Cristo forman parte del mundo de Oceanía, nombre que sugiere que el agua —la inmensa extensión del océano Pacífico— ha determinado vuestra historia y vuestra cultura. Pero es otro tipo de agua, el agua del bautismo, la que revela vuestra identidad en un nivel más profundo. Los cristianos de la región del Pacífico han sido sepultados con Cristo en el bautismo y han resucitado con él a una vida nueva (cf. Rm 6, 4). Que el Espíritu Santo actúe nuevamente en lo más íntimo de vuestro corazón, queridos hermanos, y en el corazón de vuestros fieles, para que, al celebrar el gran jubileo del año 2000 y al iniciar el nuevo milenio, toda la Iglesia en la región del Pacífico «entre en el océano de luz de la Trinidad» (Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves santo de 1998 , n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de abril de 1998, p. 4). La renovación espiritual que debe acompañar al jubileo proporcionará las nuevas energías que se necesitan para la evangelización y la labor misionera que os espera, para el apostolado de la catequesis y la formación cristiana, para la defensa de la vida y la dignidad humana, y para la aplicación de la doctrina social católica a las cuestiones políticas, económicas y culturales. Que María, Estrella del mar y Estrella de la evangelización, os guíe con seguridad hasta el puerto donde «ya no habrá noche y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22, 5). En el amor de Jesucristo, el único que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), os imparto de buen grado a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras tierras, mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE PAPÚA NUEVA GUINEA E ISLAS SALOMÓN EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Martes 1 de diciembre de 1998

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con el aliento que nos ofrece Cristo Jesús (cf. Flp 2, 1), os saludo a vosotros, obispos de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón, que veláis por «la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15). Estáis aquí con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, a las tumbas de los Apóstoles, ante las cuales recordamos la gran verdad de la Pascua, es decir, que de la cruz de Jesucristo ha brotado la alegría de una vida nueva. Durante estos días de la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, estáis reflexionando en la novedad de vida en Cristo, luz de las naciones, y en vuestra responsabilidad como sucesores de los Apóstoles de comunicar esa vida al pueblo encomendado a vuestra solicitud pastoral. Pido al Señor que sea un tiempo de renovación espiritual para cada uno de vosotros, con la gracia y la fuerza del Espíritu Santo.

Vuestra presencia recuerda la notable historia de la plantatio Ecclesiae en Melanesia. Han pasado poco más de treinta años desde que se erigieron las primeras diócesis; y, sin embargo, tanto antes como después, su historia se ha caracterizado por testimonios y obras heroicas, en primer lugar por parte de sacerdotes y religiosos y religiosas misioneros que lo abandonaron todo para anunciar a Cristo y servir a los pueblos de vuestra región. Procedentes de países e institutos diferentes y unidos por la fe, sembraron en el corazón de vuestros pueblos una semilla que producirá una cosecha eterna. Algunos murieron mártires, y principalmente por este sacrificio glorificamos a Dios, que «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 7, 17). Pero no fueron sólo misioneros extranjeros quienes dieron su vida por Cristo: está también la inolvidable figura del beato Peter To Rot, el primer fruto de la fe de vuestras tierras, que se presenta ahora a la Iglesia en todo el mundo como un ejemplo de fidelidad a Dios.

2. El crecimiento espiritual de vuestras Iglesias particulares nos alegra a todos. Pero también habláis de las dificultades de los fieles que Dios os ha encomendado. Hay desastres naturales, el más reciente de los cuales ha sido el maremoto en West Sepik, uno de los más devastadores: ha causado la muerte de miles de personas y ha obligado al país a afrontar una inmensa tarea de reconstrucción humana y material. Os aseguro una vez más la solidaridad de la Iglesia con los damnificados, y renuevo mi llamamiento a la comunidad internacional para que dé la ayuda que aún se necesita con urgencia.

Podemos hacer poco para prevenir los desastres naturales, pero existen otros sufrimientos causados por el hombre y, por tanto, sujetos al control humano. Vuestros informes hablan de una creciente ola de violencia y división, que dificulta la creación de una sociedad basada en la idea y en la práctica del bien común. Aunque la guerra en Bougainville ya ha terminado, permanecen las heridas; y el proceso de cicatrización será largo y complejo. La amenaza de la delincuencia se cierne inexorable y seriamente en especial sobre las ciudades. También la rivalidad entre las tribus, con el espíritu de venganza que suscita, sigue siendo un problema profundamente arraigado y difícil de resolver. Las numerosas formas de corrupción constituyen otro tipo de violencia no menos real y destructiva, aunque a menudo sus síntomas sean menos visibles. Y, sin embargo, hay otra clase de violencia: la violencia espiritual de la segregación fomentada por las sectas religiosas, que proliferan en los períodos de dificultad y se alimentan de las expectativas y los temores de la gente.

3. La situación refleja cierta crisis de las expresiones tradicionales de vuestra cultura, con la consiguiente debilitación de las estructuras e instituciones que han dado a las sociedades tradicionales su estabilidad y han transmitido los valores que las forjaron. La principal es la familia, que recientemente ha sido sometida a una gran presión, y que constituye siempre el núcleo donde se manifiestan los primeros síntomas de malestar social. Existe también un elevado índice de desempleo, que genera frustración e irritación en los jóvenes, haciéndoles perder la autoestima y la esperanza en el futuro. Pero ninguno de estos males os resulta desconocido, queridos hermanos en el episcopado; al contrario, precisamente éstas son las aflicciones de vuestro pueblo que presentáis diariamente a Cristo en vuestra oración, y en las que estáis reflexionando durante el Sínodo. En una situación cultural tan diversificada como la vuestra, nunca es fácil superar las divergencias y contrarrestar la violencia; pero la promoción de la armonía y de una cultura centrada en el bien común está profundamente vinculada con la verdad del Evangelio y os exige un sabio y enérgico liderazgo espiritual.

Frente a la violencia y la discordia existe siempre la tentación de reaccionar de idéntica manera, y precisamente esta lógica crea muchos de los problemas que afectan actualmente a vuestro pueblo. La violencia y la discor