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Discurso del santo padre juan pablo II a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la santa sede sábado 9 de enero de 1989



DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE Sábado 9 de enero de 1989

Excelencias, Señoras, Señores:

1. Vuestro Decano, el Señor Embajador Joseph Amichia, acaba de hacerse intérprete de los diferentes votos que habéis querido formular respecto a mí, así como de los sentimientos que os inspiran los aspectos más sobresalientes de la misión de la Santa Sede en el mundo. Os lo agradezco vivamente. Al mismo tiempo, deseo expresar mi gratitud hacia todos vosotros, que habéis deseado asociaros a su exposición.

También me alegra dar la bienvenida a los nuevos Embajadores acreditados y a sus colaboradores, incorporados durante el año pasado. Su experiencia resultará preciosa para todos nosotros, del mismo modo que esperamos que a su vez se enriquezcan con la percepción que la Santa Sede tiene de la vida internacional.

El encuentro de año nuevo con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede supone para el Papa un momento privilegiado para la reflexión de algunos de los grandes problemas del mundo, que también a vosotros os preocupan.

Ciertamente, la mirada de la Iglesia a los desafíos de nuestro tiempo no siempre coincide con la de las naciones. Sin embargo, la experiencia multisecular y la constante referencia a los mismos valores y criterios éticos permiten a las visiones de la Santa Sede —situadas más allá de los intereses políticos, económicos o estratégicos— ofrecer un punto de referencia al observador imparcial y deseoso de ampliar los fundamentos de sus juicios. Por su parte, la Iglesia católica está convencida de que sirve a los hombres según el deseo de su Fundador cuando dispensa sin límite el tesoro de sabiduría y de doctrina que le ha sido confiado a fin de que cada generación posea la luz y la fuerza que necesita para guiar sus pasos.

Motivos de alegría y de esperanza

2. La comunidad internacional tiene algunos motivos para alegrarse, como la consolidación de la distensión entre el Este y el Oeste o los avances registrados en el sector del desarme, tanto a nivel bilateral entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos de América en lo concerniente a las armas estratégicas, como a nivel multilateral a propósito de las armas químicas. A este respecto, la Santa Sede desea que la Conferencia que se celebra en París sobre la prohibición de las armas químicas, logre frutos duraderos.

La voluntad de tratar con determinación la cuestión de la reducción de las armas convencionales en Europa, puesta de manifiesto tanto por la OTAN como por el Pacto de Varsovia, hace pensar que pronto los negociadores de los países afectados recibirán el mandato debido a fin de definir una común aproximación y proponer medidas concretas y mecanismos efectivos de control, adecuados para liberar realmente a los pueblos europeos del miedo provocado por la presencia de armas ofensivas y la eventualidad de un ataque sorpresa.

En este contexto, la Santa Sede ha seguido con gran interés la reunión de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, que se desarrolla en Viena, y desea que sus trabajos puedan concluir rápidamente en un documento final, sustancial y equilibrado, que tenga en cuenta al mismo tiempo los aspectos militares, económicos, sociales y humanitarios de la seguridad, sin los cuales el "viejo" continente no conoce. ría una paz duradera. Los derechos del hombre y la libertad religiosa han sido objeto de profundas discusiones en Viena, y deberían figurar en un buen lugar en el futuro documento de clausura de la reunión, que por ello revestirá una particular importancia. Los desbloqueos que se han podido registrar en estos últimos tiempos testimonian una toma de conciencia cada vez más viva de la urgencia que presenta su respeto y su efectivo ejercicio.

Deseamos, pues, Señoras y Señores, que los desarrollos alcanzados recientemente en la Unión Soviética y en otros países de la Europa Central y Oriental contribuyan a crear las condiciones propicias para un cambio de clima y una evolución de las legislaciones nacionales, a fin de pasar efectivamente del estado de la proclamación de principios, al de la garantía de los derechos y libertades fundamentales de todo hombre. Un proceso así debería conducir, en estos países, a la emergencia de una concepción de la libertad de religión entendida como un verdadero derecho civil y social.

Llevando la mirada fuera de Europa, quisiera evocar, asimismo, una región presa en las luchas nacionales y regionales de carácter endémico desde hace muchos años, en la que los pueblos aspiran ardientemente a una paz verdadera y durable: hablo de América Central. Hace ya más de un año que los Jefes de Estado de cinco países firmaron el Acuerdo de "Esquipulas II" para poner término a los sufrimientos de sus poblaciones. Los conceptos de democratización, pacificación y cooperación regional, que constituyen la base de este Acuerdo, deberían encontrar un eco mayor en los responsables políticos. Es necesario desear que todas las partes interesadas reemprendan con coraje el camino de un diálogo sincero y constructivo, que los compromisos previstos en este Acuerdo —como por ejemplo, las "comisiones nacionales de reconciliación"— sean efectivamente puestos en marcha y que así se favorezca la reinserción de todas las fuerzas políticas en la vida pública de estos países.

El año pasado ha contemplado, felizmente, el inicio de una reglamentación negociada de varios conflictos en otras regiones. En primer lugar, pienso en el tan esperado cese del fuego firmado entre Irán e Irak. Su decisión de entablar conversaciones bajo la supervisión de la Organización de las Naciones Unidas, es reconfortante en la medida en la que estas conversaciones animen el diálogo y afirmen la voluntad de paz de ambas partes.

A este propósito existe un aspecto que no quisiera silenciar: el regreso de los prisioneros de guerra a su patria. En este inicio del año, momento de encuentros familiares en todo el mundo, ¿cómo no pensar en todos aquellos que han pasado estos días de fiesta lejos de los suyos? ¿Cómo no desear que las autoridades de estos dos países, ayudadas por las Organizaciones internacionales competentes, puedan convenir modalidades de repatriamiento, acortando los sufrimientos de estos hombres y dando a numerosas familias la alegría de unos reencuentros tan esperados?

Más hacia el Este todavía, la retirada efectiva de las tropas extranjeras de Afganistán debiera ser el preludio de una honorable solución, que permitiera a cada parte interesada favorecer una nueva etapa en la reconstrucción y el desarrollo de este país.

Las iniciativas y los constantes esfuerzos de diversos países —en particular los de las naciones del Sudeste Asiático— permiten abrigar la esperanza de un arreglo global del problema de Camboya, cuya población vive dolorosas pruebas desde hace tantos años.

También en esta misma región, recientes gestos de las autoridades vietnamitas —incluidos los de materia religiosa— hacen presagiar la disponibilidad de esta noble nación a reemprender un diálogo cada vez más fructuoso en el concierto de las naciones.

Debemos también formular votos para que el indispensable diálogo y la comprensión favorezcan la solución de un problema tan complejo como el coreano. A este respecto, merecen todo estímulo los esfuerzos de las autoridades concernidas.

Continúa siendo reconfortante el pensar que los conflictos que asolan a algunos países del África Austral pudieran finalizar pronto gracias al Protocolo de Brazzaville y al Acuerdo de Nueva York en vista del proceso de independencia de Namibia y de la pacificación de Angola. Los habitantes de estas regiones han sufrido demasiado cruelmente como para que su suerte deje indiferente a la comunidad internacional.

Finalmente, como último signo de "buena voluntad", quisiera mencionar el inmenso movimiento de solidaridad manifestado con motivo del trágico temblor de tierra acaecido en la Armenia Soviética en el pasado mes de diciembre. Es de desear que esta solidaridad, de la que los hombres saben hacer prueba en circunstancias tan dramáticas —por encima de las fronteras y de las separaciones políticas o ideológicas—, sea siempre la primera regla común de su actuar.

El frágil equilibrio internacional

3. Sin embargo, los temas de preocupación no faltan, atenuando algo nuestra confianza. Estos últimos días, la tensión aparecida en el Mediterráneo ha mostrado, una vez más, la fragilidad del equilibrio internacional.

He tenido la oportunidad de expresar, en más de una ocasión, mi consternación frente al drama que vive el Líbano y de desear ver restablecida la unidad nacional de este país, en particular gracias a la reafirmación de su soberanía y, al menos, mediante la recuperación del normal funcionamiento de las instituciones del Estado. No sabríamos resignarnos a ver a este país privado de su unidad, de su integridad territorial, de su soberanía y de su independencia. Se trata de derechos fundamentales e incuestionables para toda nación. Todavía una vez más, con la misma convicción, ante este auditorio cualificado, invito a todos los países amigos del Líbano y de su pueblo, a que unan sus esfuerzos para ayudar a los libaneses a reconstruir, en la dignidad y libertad, la patria pacificada y radiante a la que aspiran.

En esta región atormentada del Próximo Oriente, nuevos elementos han aparecido recientemente en el horizonte de los destinos del pueblo palestino, que parecen favorecer la solución preconizada desde hace tiempo por la Organización de las Naciones Unidas: el derecho de los pueblos palestino e israelí a una patria. Igualmente quiero expresar aquí el deseo de que la Ciudad Santa de Jerusalén, reivindicada por cada uno de estos dos pueblos como símbolo de su identidad, pueda convertirse un día en un lugar de paz y en un hogar para ambos. Esta ciudad, única entre todas, que evoca a los descendientes de Abraham la salvación ofrecida por el Dios poderoso y misericordioso. debería convertirse en fuente de inspiración para un diálogo fraternal y perseverante entre judíos, cristianos y musulmanes. basado en el respeto de las particularidades y los derechos de cada uno.

Tampoco podemos olvidar a otros hermanos nuestros que, en otras regiones del mundo, se sienten amenazados en su existencia o en su identidad. Las dificultades a las que se enfrentan, con frecuencia son complejas y tienen un origen lejano. La Santa Sede, que no tiene competencia técnica para la solución de estos graves problemas, de todas formas considera que debe subrayar ante este auditorio que ningún principio, ninguna tradición, ninguna reivindicación —sea cual fuere su legitimidad— autoriza a infligir a las poblaciones —con mayor motivo cuando están compuestas por civiles inocentes y vulnerables— acciones represivas o tratamientos inhumanos. ¡En ello nos jugamos el honor de la humanidad! En este contexto, deseo evocar el grave problema de las minorías, tema del reciente Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz 1989: no sólo las personas tienen derechos: igualmente los pueblos y los grupos humanos; existe "un derecho a la identidad colectiva" (Mensaje , n. 3).

Los derechos inviolables de la persona

4. ¿Cómo podríamos resolver tantas situaciones de desamparo, cuando ya el pasado 10 de diciembre celebramos el cuadragésimo aniversario de la proclamación, por la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la Declaración universal de los Derechos del Hombre?

Este texto, que se presenta como "el ideal común a seguir por todos los pueblos y todas las naciones" (Preámbulo), ha ayudado a la humanidad a tomar conciencia de su comunidad de destino y del patrimonio de valores que pertenecen a toda la familia humana. En la medida en que se ha querido que esta Declaración fuera "universal", concierne a todos los hombres, en cualquier lugar. A pesar de las reticencias, reconocidas o no, de algunos Estados, el texto de 1948 ha puesto de relieve un conjunto de nociones —impregnadas de tradición cristiana (pienso en particular en la noción de dignidad de la persona)— que se han impuesto como sistema universal de valores.

Superando los excesos de los que la persona humana había sido víctima durante los regímenes totalitarios, la Declaración de París quiso "proteger" al hombre, sea quien fuere y dondequiera que se encontrara. Apareció como esencial, con el fin de evitar la repetición de los horrores que todos tenemos en la memoria, que la esfera inviolable de las libertades y de las facultades propias de la persona humana quedaran al reparo de eventuales coacciones físicas o psíquicas, que e] poder político estuviera tentado de imponer. De la misma naturaleza humana dimana el respeto de la vida. de la integridad física, de la conciencia, del pensamiento, de la fe religiosa, de la libertad personal de todo ciudadano; estos elementos esenciales en la existencia de cada uno no son objeto de una "concesión" del Estado, que "reconoce" solamente estas realidades anteriores a su propio sistema jurídico y que tiene la obligación de garantizar su disfrute.

La interdependencia del hombre y la naturaleza

Estos derechos pertenecen a la persona, necesariamente inserta en una comunidad, pues el hombre es social por naturaleza. Por lo tanto, la inviolable esfera de las libertades debe incluir aquellas que son indispensables para la vida de las células de base, como la familia y las comunidades de creyentes, pues es en su seno donde se expresa esta dimensión social del hombre. Corresponde al Estado asegurarles el reconocimiento jurídico adecuado.

5. A partir de estas libertades y derechos fundamentales, se desarrollan, como en circulas concéntricos, los derechos del hombre como ciudadano, como miembro de la sociedad y, más ampliamente, como parte integrante de un medio ambiente que debe ser humanizado. En primer término, los derechos civiles garantizan a la persona sus libertades individuales y obligan al Estado a no inmiscuirse en el terreno de la conciencia individual. Luego, los derechos políticos facilitan al ciudadano su participación activa en los asuntos públicos de su propio país.

No cabe ninguna duda de que entre los derechos fundamentales y los derechos civiles y políticos existe una interacción y un mutuo condicionamiento. Cuando los derechos del ciudadano no se respetan, es casi siempre en detrimento de los derechos fundamentales del hombre La separación de los poderes en el Estado y el control democrático son condiciones indispensables para su efectivo respeto. La fecundidad implicada en la noción de derecho del hombre también se manifiesta en el desarrollo y la formulación cada vez más precisa de los derechos sociales y culturales. A su vez, éstos son mejor garantizados cuando su aplicación está sometida a una verificación imparcial. Un Estado no puede privar a sus ciudadanos de sus derechos civiles y políticos, ni siquiera bajo el pretexto de querer asegurar su progreso económico o social.

También se comienza a hablar del derecho al desarrollo y al medio ambiente: con frecuencia se trata, en esta "tercera generación" de los derechos del hombre, de exigencias todavía difíciles de traducir en términos jurídicos, violentados durante tanto tiempo, que ninguna instancia es capaz de garantizar su aplicación. De todos modos, ello muestra la creciente conciencia que la humanidad tiene de su interdependencia de la naturaleza, cuyas fuentes, creadas para todos pero limitadas, deben ser protegidas, en particular mediante una estrecha cooperación internacional.

Así, a pesar de todas las lamentables deficiencias, se ha operado una evolución que favorece la eliminación de toda arbitrariedad en las relaciones entre el individuo y el Estado. A este propósito, la Declaración de 1948 representa una referencia que se impone, pues llama sin equívocos a todas las naciones a organizar la relación de la persona y de la sociedad con el Estado sobre la base de los derechos fundamentales del hombre.

La noción de "Estado de derecho" aparece así como un requisito implícito de la Declaración universal de los Derechos del Hombre y recoge la doctrina católica, según la cual la función del Estado es permitir y facilitar a los hombres la realización de los fines trascendentales para los que han sido destinados.

La libertad religiosa

6. Entre las libertades fundamentales que corresponde defender a la Iglesia en primer lugar, naturalmente se encuentra la libertad religiosa. El derecho a la libertad de religión está tan estrechamente ligado a los demás derechos fundamentales, que se puede sostener con justicia que el respeto de la libertad religiosa es como un "test" de la observancia de los otros derechos fundamentales.

La cuestión religiosa conlleva, en efecto, dos dimensiones específicas que señalan su originalidad en relación con otras actividades del espíritu, en especial las referentes a la conciencia, el pensamiento o la convicción. Por una parte, la fe reconoce la existencia de la Trascendencia, que es la que da sentido a toda la existencia y funda los valores que posteriormente orientan los comportamientos. De otro lado, el compromiso religioso implica la inserción de las personas en una comunidad. La libertad religiosa va pareja a la libertad de la comunidad de fieles a vivir según las enseñanzas de su Fundador.

El Estado no tiene que pronunciarse en materia de fe religiosa y no puede sustituir a las diversas Confesiones en lo concerniente a la organización de la vida religiosa. El respeto por el Estado del derecho a la libertad de religión es el signo del respeto de los demás derechos humanos fundamentales, puesto que aquella representa el reconocimiento implícito de la existencia de un orden que sobrepasa la dimensión política de la existencia, un orden que revela la esfera de la libre adhesión a una comunidad de salvación anterior al Estado. Incluso si, por razones históricas, un Estado dispensa una especial protección a una religión, por otra parte tiene la obligación de garantizar a las minorías religiosas las libertades personales y comunitarias que emanan del común derecho a la libertad religiosa en la sociedad civil.

Sin embargo, no siempre es así. De más de un país siguen llegando llamadas de creyentes —en especial de católicos— que se sienten molestados a causa de sus aspiraciones religiosas o de la práctica de su fe. En efecto, no es raro que subsistan legislaciones o disposiciones administrativas que ocultan el derecho a la libertad religiosa o que prevén tales limitaciones que terminan por reducir a la nada las tranquilizadoras declaraciones de principio.

En la presente circunstancia, una vez más hago una llamada a la conciencia de los responsables de las naciones: ¡No hay paz sin libertad! ¡No hay paz sin que el hombre encuentre en Dios la armonía consigo mismo y con sus semejantes! ¡No temáis a los creyentes! Lo afirmaba el año pasado con motivo de la Jornada mundial de la Paz: "La fe acerca y une a los hombres, los hermana, los hace más solícitas, más responsables, más generosos en la dedicación al bien común" (Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz 1988, n. 3).

Dimensión trascendente de la persona humana

7. Con justicia se ha puesto de relieve que la Declaración de 1948 no presenta los fundamentos antropológicos y éticos de los derechos del hombre que proclama. Hoy aparece claro que tal empresa resultaba prematura en aquel momento. Es a las diferentes familias de pensamiento —en particular a las comunidades creyentes— a las que incumbe la tarea de poner las bases morales del edificio jurídico de los derechos del hombre.

En este campo, la Iglesia católica —y tal vez otras familias espirituales— tiene una contribución irreemplazable que aportar, pues proclama que en la dimensión trascendente de la persona se sitúa la fuente de su dignidad y de sus derechos inviolables. Nada fuera de ello. Al educar las conciencias, la Iglesia forma ciudadanos comprometidos con la promoción de los más nobles valores. Aunque la noción de "derecho del hombre", con su doble requerimiento de la autonomía de la persona y del Estado de derecho, sea en cierta medida inherente a la civilización occidental marcada por el cristianismo, el valor sobre el que reposa esta noción, es decir, la dignidad de la persona, es una verdad universal destinada a ser recibida de forma cada vez más explícita en todas las áreas culturales.

Por su parte, la Iglesia está convencida de servir a la causa de los derechos del hombre cuando, fiel a su fe y a su misión, proclama que la dignidad de la persona se fundamenta en su cualidad de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Cuando nuestros contemporáneos buscan una base sobre la que apoyar los derechos del hombre, deberían encontrar en la fe de los creyentes y en su sentido moral, los fundamentos transcendentes indispensables para que estos derechos permanecieran al abrigo de todas las tentativas de manipulación por parte de los poderes humanos.

Vemos que los derechos del hombre, más que normas jurídicas, son ante todo valores. Estos valores deben ser cuidados y cultivados en la sociedad, de lo contrario corren el riesgo de desaparecer de las leyes. También la dignidad de la persona debe estar protegida en las costumbres antes de serlo en el derecho. No puedo dejar de hablar aquí de la inquietud que suscita el mal uso que ciertas sociedades hacen de la libertad, referente a este aspecto, libertad tan ardientemente deseada por otras sociedades.

Cuando la libertad de expresión y de creación no está orientada hacia la búsqueda de lo bello, de lo verdadero y del bien, sino que se complace, por ejemplo, en la producción de espectáculos de violencia, de malos tratos o de terror, estos abusos repetidos con frecuencia hacen precarias las prohibiciones de tratos inhumanos o degradantes sancionados por la Declaración universal de los Derechos del Hombre y no presagian un futuro al abrigo de una vuelta a los excesos que este solemne documento ha condenado oportunamente.

Lo mismo ocurre cuando la fe y los sentimientos religiosos de los creyentes pueden ser puestos en ridículo en nombre de la libertad de expresión o de fines propagandísticos. La intolerancia corre el riesgo de reaparecer bajo otras formas. El respeto de la libertad religiosa es un criterio no sólo de la coherencia de un sistema jurídico, sino también de la madurez de una sociedad libre.

El mensaje siempre nuevo de la Iglesia

8. Excelencias, Señoras y Señores: Para acabar, no puedo sino invitados a unir vuestros esfuerzos cotidianos a los de la Santa Sede para recoger el gran desafío de este fin de siglo: ¡Devolver al hombre las razones de vivir!

La Iglesia, en lo que a ella respecta, no cesa de ser optimista, pues está segura de poseer un mensaje siempre nuevo, recibido de su Fundador, Jesucristo, que es la misma Vida y que ha venido a nosotros, como recientemente nos lo recordaba la celebración de la Navidad, para que todos los hombres "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). La Iglesia no deja de invitar a todos los que desean encontrar a este Dios que se ha hecho "prójimo" de cada uno de nosotros y que nos propone colaborar, en nuestro sitio y con nuestros talentos, en la construcción de un mundo mejor: una tierra en la que los hombres vivan en la amistad con Dios, que es quien libera y da la felicidad.

A Él confío en la oración los fervientes votos que formulo por todos vosotros, implorando sobre vuestras personas, vuestras familias, vuestra noble misión y vuestros países la abundancia de las bendiciones del Altísimo.

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL SEÑOR ANDRÉS CÁRDENAS MONJE, NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE ECUADOR ANTE LA SANTA SEDE

Jueves 5 de enero de 1989

Señor Embajador:

Con viva complacencia recibo las Cartas Credenciales que le acreditan corno Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República del Ecuador ante la Santa Sede. Al darle mi cordial bienvenida en este acto de presentación, me es grato reiterar ante su persona el profundo afecto que siento por todos los hijos de la noble Nación ecuatoriana.

Al deferente saludo que el Señor Presidente Constitucional, Doctor Rodrigo Borja Cevallos, ha querido hacerme llegar por medio de Usted, correspondo con sincero agradecimiento, y le ruego tenga a bien transmitirle mis mejores augurios, junto con las seguridades de mi plegaria al Altísimo por la prosperidad y bien espiritual de todos los ecuatorianos.

Sus palabras, Señor Embajador, me son particularmente gratas y me han hecho evocar las diversas etapas de mi viaje pastoral a su país.

Vuelven a mi mente las entrañables celebraciones de fe y esperanza que tuvieron lugar en Quito, Latacunga, Cuenca y Guayaquil, donde pude apreciar los más genuinos valores del alma ecuatoriana.

En los cuatro años transcurridos desde entonces, imprevistas y no leves dificultades han puesto a prueba el temple del pueblo ecuatoriano, sea por obra de catástrofes naturales, sea por factores de varia índole que han obstaculizado la realización de no pocas legítimas aspiraciones. Mas, a pesar de todo, se ha mantenido el rechazo a la opción por la violencia y se han fortalecido unas instituciones políticas que tratan de responder a una arraigada vocación democrática. El camino hacia un orden más justo quiere pasar en el Ecuador por la consolidación de las libertades públicas, en armonía con una mayor tutela de los derechos que dimanan de la dignidad de las personas, individual y colectivamente consideradas.

Con la ayuda de Dios y el esfuerzo responsable y generoso de los ciudadanos, hemos de confiar en la fecundidad de tal planteamiento, que responde a instancias básicas, humanas y cristianas, del hombre y de la sociedad.

El Gobierno que Usted tiene la honra de representar, Señor Embajador, ha hecho público su propósito de empeñarse en el perfeccionamiento del Estado de Derecho, en una democracia participativa tanto a nivel político como económico, para plasmar así la vigencia de un orden social más justo. Por otra parte, ha querido destacar, que dichos ideales postulan la conciliación de la actividad política con los valores éticos; en efecto, según la sana tradición de los principios basados en la ética cristiana, la consecución, el mantenimiento y el ejercicio del poder público no pueden ser estructurados a modo de resultante de fuerzas egoístas contrapuestas, sino que han de estar penetrados, tanto en sus líneas directrices como en sus métodos, por un sincero y efectivo afán de servicio al bien común. De ahí el necesario rescate de los valores fundamentales en la convivencia social, tales como el respeto a la verdad, el decidido empeño por la justicia, el robustecimiento de los lazos de solidaridad, la adecuada racionalización del gasto público; todo ello en una honesta concertación de la iniciativa pública y privada, que abra en el Ecuador nuevas vías al desarrollo económico y social.

Son muchos y muy profundos los vínculos que, desde sus mismos orígenes, han unido al Ecuador con esta Sede Apostólica. Con el debido respeto a las instituciones y autoridades, la Iglesia continuará incansable en su misión de promover y alentar todas aquellas iniciativas que sirvan a la causa del hombre, ciudadano e hijo de Dios. En efecto, los valores de la persona, sobre todo el respeto a su dignidad, han de informar las relaciones entre los individuos y los grupos, para que los legítimos derechos de cada uno sean tutelados y la sociedad pueda gozar de estabilidad y armonía.

La Iglesia en el Ecuador, fiel a las exigencias del Evangelio y a su larga tradición de servicio, no ahorrará esfuerzos en su tenaz labor de promoción en favor del individuo, de la familia y de la sociedad. Los Pastores, sacerdotes y comunidades religiosas, movidos por un deseo de testimonio evangélico, ajeno a intereses transitorios y de parte, continuarán prestando su valiosa contribución en campos tan vitales como son la educación, la salud, el servicio a los indígenas y a los más necesitados.

A este respecto, es alentador reconocer la justa libertad que el ordenamiento constitucional del Ecuador reconoce a las actividades de la Iglesia. Ello es fruto de acuerdos que configuran el presente marco jurídico como instrumento de probada eficacia, y que delimita las respectivas obligaciones y derechos en una leal colaboración entre la Iglesia y el Estado, desde el respeto mutuo y la libertad.

Señor Embajador, antes de concluir este encuentro, deseo expresarle las seguridades de mi estima y apoyo, junto con mis mejores deseos para que la importante misión que hoy inicia sea fecunda para bien del Ecuador. Le ruego, de nuevo, que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante su Gobierno y demás instancias de su país, mientras invoco la bendición de Dios y los bienes del Espíritu sobre Usted, sobre su familia y colaboradores, y sobre todos los amadísimos hijos de la noble Nación ecuatoriana.

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE MÉXICO EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Viernes 24 de febrero de 1989

Queridos Hermanos en el Episcopado:

1. El Seños nos concede la gracia de este encuentro, Pastores de la Iglesia en México, al concluir vuestra visita “ad limina” con la cual habéis querido renovar y testimoniar el gozo y el compromiso de unidad eclesial. Como hicimos en torno al altar en la celebración de la Eucaristía, no cesamos de dar gracias a Dios que nos permite compartir los anhelos apostólicos, los logros y fracasos, las alegrías y tristezas, las necesidades y esperanzas vuestras y de vuestros diocesanos.

Agradezco vivamente los sentimientos de afecto y comunión eclesial que, en nombre de todos, ha expresado Mons. Carlos Quintero Arce, Arzobispo de Hermosillo, al iniciar este encuentro, que estrecha aún más vuestra unión con “la Iglesia que preside en la caridad” y a mí me ofrece la gozosa oportunidad de ejercer, como Sucesor de Pedro, el mandato del Señor de confirmar en la fe a mis hermanos (cf. Lc 22, 32).

2. En la Iglesia, Sacramento de unidad, vosotros, Hermanos Obispos, habéis sido “puestos por el Espíritu Santo” y habéis sido “enviados a actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor Eterno” (Christus Dominus , 2).

Vosotros, por vuestra condición de “maestros de la fe, pontífices y pastores” (Ibíd.) habéis de ofrecer en todo momento un testimonio preclaro de vida consagrada a Dios y a la Iglesia. El Obispo es el maestro de la verdad de la Iglesia, pues la proclama con sus labios y la testifica con su vida. Esto lleva consigo la necesidad de que profundicéis sin cesar en el contenido del depósito de la fe, para así transmitirlo fielmente al hombre de hoy, estableciendo un diálogo continuo que abra más expeditamente el camino de la salvación a cuantos han sido confiados a vuestros cuidados pastorales. Esta solicitud pastoral os llevará siempre a un mejor conocimiento de vuestras comunidades –particularmente en la difícil situación actual– compartiendo con todos sus problemas y esperanzas, sus inquietudes y logros, compadeciéndoos de todo aquello que es motivo de sufrimiento y derramando siempre misericordia y bondad sobre los más pobres y abandonados.

Sois Pastores de la gran familia de Dios, y, al igual que Cristo, debéis estar prestos a ofrecer vuestra existencia por la unidad de toda la Iglesia, según el deseo del Señor en su oración sacerdotal: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

La caridad y profunda comunión entre vosotros, Pastores de la Iglesia en México, debe manifestarse en una dedicación abnegada por cuantos os rodean. Un amor solícito y personal por todos vuestros diocesanos, laicos comprometidos, seminaristas, agentes de pastoral, religiosos y religiosas. Como exhorta el Decreto conciliar sobre el oficio pastoral de los Obispos: “Abracen siempre con particular caridad a los sacerdotes... Estén solícitos de las condiciones espirituales, intelectuales y materiales de ellos, a fin de que puedan vivir santa y piadosamente y cumplir fiel y fructuosamente su ministerio” (Christus Dominus , 16).

3. En el pasado encuentro con el primer grupo de Obispos mexicanos el mes de septiembre –en que también tuve la dicha de proclamar Beato al Padre Miguel Agustín Pro– reflexionamos acerca de la importancia que tiene para el presente y el futuro de la Iglesia en vuestro país el fomento de las vocaciones sacerdotales y de su formación en los Seminarios. Hoy deseo compartir con vosotros mi solicitud como Pastor de toda la Iglesia por esa célula básica en la Iglesia y en la sociedad que es el matrimonio y la familia.

A este propósito, viene espontáneamente a mi entrañable recuerdo la histórica Conferencia de Puebla entre cuyas orientaciones pastorales y doctrinales no faltaron las relativas a la familia: “La pareja –decíais en vuestro Documento– santificada por el sacramento del matrimonio es un testimonio de la presencia pascual del Señor” (Puebla, n. 583). La persona y la familia, en efecto, quedan encuadradas en el centro mismo de la revelación y de la Buena Nueva que Cristo nos ha confiado.

4. Anunciar la Buena Nueva sobre el matrimonio y la familia forma parte importante del ministerio magisterial propio de los Obispos. Ellos, como recuerda la “Lumen Gentium ”, “predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida” (Lumen gentium , 25). Esta función vuestra es especialmente necesaria hoy día, cuando algunos valores naturales que sustentan la visión cristiana del matrimonio y la familia quedan ignorados o desprotegidos del apoyo jurídico de las instituciones públicas. En estas circunstancias los fieles necesitan una formación más intensa que les haga conocer la naturaleza sacramental del matrimonio cristiano y las exigencias prácticas que tal verdad comporta para la vida conyugal y familiar.

Es necesario pues, venerables Hermanos, traducir a la vida diaria de la pastoral diocesana y parroquial las consecuencias que dimanan de aquella afirmación que todos compartimos: “¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!” (Familiaris consortio , 86). Será difícil que los fieles cristianos acojan el mensaje revelado y la doctrina del Magisterio sobre el matrimonio y la familia si no poseen al mismo tiempo criterios rectos sobre la persona, y en lo que se refiere a la sexualidad. Por ello, además de exponer los aspectos específicos de la doctrina católica, será necesario la presentación y defensa de aquellos aspectos naturales de la institución matrimonial, que son patrimonio de la humanidad: la dignidad del matrimonio, el amor conyugal, las características propias de unidad y fidelidad matrimonial, el derecho de los cónyuges a transmitir la vida y educar a sus hijos según las propias creencias.

5. Secundando la voluntad del Creador en todo lo que se refiere al matrimonio, deseo alentaros en vuestros desvelos por mantener y promover siempre el respeto a la transmisión de la vida. Es deber vuestro asimismo no permanecer callados ante campañas engañosas que pretenden defender aspectos parciales de la vida, pero que de hecho atentan abiertamente contra la santidad del matrimonio y de la intimidad conyugal. A este propósito deseo reiterar cuanto decía en la “Familiaris Consortio ”: “La Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto provocado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado” (Familiaris consortio , 30).

6. Así pues, una pastoral familiar – en el marco del necesario Plan Diocesano de Pastoral – requiere una adecuada presentación en los distintos niveles: el anuncio de la Palabra de Dios, la acción salvífica de Cristo por los sacramentos, la acogida y respuesta al don de la salvación.

Es pues necesario, en primer lugar, venerables Hermanos, la fidelidad en la presentación doctrinal realizada en los centros superiores de formación teológica, especialmente en los Seminarios y centros eclesiásticos. Quienes han de ser formadores y pastores del Pueblo de Dios deben profundizar, sin ambigüedades, en el conocimiento del designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, come nos ha sido revelado en Cristo y viene expuesto por el Magisterio de la Iglesia. Una visión parcial o deformada de este designio aleja del don de liberación y gracia que ofrece el Evangelio: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32).

La atención solícita en procurar una buena formación en los Seminarios y Facultades os dará como fruto sacerdotes preparados doctrinalmente para una acción pastoral en la que pongan sus cualidades humanas y sobrenaturales al servicio de los fieles y de las familias de vuestras diócesis. La plena fidelidad a la doctrina teológica y al Magisterio de la Iglesia es un requisito necesario de todo colaborador del Obispo, que es siempre el primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis.

Es tarea vuestra, pues, fortalecer, con la ayuda del Espíritu, el carácter estable del amor conyugal, frente a modelos de matrimonio y familia tan alejados del ideal evangélico, como frecuentemente ofrece nuestra sociedad contemporánea. Habéis de continuar proclamando abiertamente la excelencia del modelo cristiano: que la familia sea –como lo proclamasteis en Puebla– el “primer centro de evangelización” (Puebla, n. 617). Poned todo vuestro empeño en fomentar una pastoral familiar que haga de esta célula fundamental de la sociedad “el espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia” (Evangelii Nuntiandi , 71).

7. En este marco de transmisión del mensaje salvador, no podemos dejar de hacer notar los efectos deletéreos que están produciendo entre vuestra gente sencilla las agresivas campañas proselitistas que sectas fundamentalistas y nuevos grupos religiosos están llevando a cabo en México, particularmente en los últimos años.

Este preocupante problema ha sido objeto de vuestras reflexiones durante la Asamblea General del Episcopado Mexicano celebrada en Toluca el pasado mes de abril. Entre las causas que favorecen la difusión de las sectas aparecen: una insuficiente instrucción religiosa, el abandono en que se encuentran algunas comunidades, particularmente en las zonas rurales y suburbanas, la falta de una atención más personalizada a los fieles, la necesidad que éstos sienten de una auténtica experiencia de Dios y de una liturgia más viva y participativa.

En el Comunicado Final no habéis dejado de señalar algunas causas externas de dicho fenómeno: “El patrocinio de grupos, de instituciones, tanto extranjeras como del país, movidas a veces por fines económicos, políticos o ideológicos; la legislación que nos gobierna, originada en el liberalismo y positivismo del siglo pasado, y la escuela laica para la educación de nuestra niñez y juventud” (Asamblea general del episcopado mexicano, Comunicado final, I, 1).

Dichas actividades proselitistas, que veces con insidias siembran confusión entre los fieles, que falsean la interpretación de la Sagrada Escritura y que atacan las raíces de la cultura católica de vuestro pueblo, representan un reto urgente al que la Iglesia, iluminada por la palabra de Dios y la fuerza del Espíritu, ha de responder con “una pastoral integral donde todos y cada uno experimenten cercanía y fraternidad, como verdadera familia que construye el Reino de Dios” (Ibíd., III, 4).

Es necesario, pues, amados Hermanos, que en estrecha colaboración con vuestros sacerdotes y agentes de pastoral, impulséis con renovado ardor una acción evangelizadora que asuma los genuinos valores de la religiosidad popular mexicana, y que presente, sin deformaciones ni reduccionismos, los contenidos esenciales de nuestra fe. A este respecto, habréis de prestar particular atención a ciertas desviaciones que, deformando el dato revelado sobre la constitución y misión de la Iglesia, tratan de justificar actitudes inaceptables que desconocen la legitimidad de la participación de la Iglesia en la vida pública, y que pretenden reducir su misión exclusivamente a la esfera privada de los fieles.

8. En nombre del Señor, os agradezco, amados Hermanos, la solicitud pastoral que os anima en el ejercicio de vuestro ministerio episcopal y la abnegación y entrega que mostráis como Pastores de la grey que se os ha confiado. Conozco vuestra preocupación y desvelos por los hermanos más débiles: campesinos, indígenas, emigrantes, marginados de los núcleos urbanos. Continuad vuestra labor para que todos sientan cercana a la Iglesia, que los acoge, los apoya y los ayuda como una Madre. Especial atención merecen los grupos indígenas, tal vez los más pobres y desamparados. La comunidad eclesial, con el Obispo a la cabeza, debe ser no sólo el asiduo defensor de sus legítimos derechos, sino también quien impulse un plan específico de pastoral indígena que salvaguarde sus ricos valores culturales y espirituales, así como su expresiva religiosidad popular, convenientemente purificada de posibles desviaciones doctrinales.

Quiero pediros, finalmente, que llevéis mi saludo y aliento a todos los miembros de vuestras iglesias diocesanas: a los sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos y seminaristas; a los cristianos que, en los diversos campos, están comprometidos en el apostolado; a los jóvenes y a las familias; a los campesinos y hombres del mundo del trabajo; a los ancianos, a los enfermos y a los que sufren.

A todos bendigo de corazón.

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ORACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON MOTIVO DE LA MISIÓN DE RECONCILIACIÓN NACIONAL PROMOVIDA POR LOS OBISPOS DE COLOMBIA

1. Bendito seas Señor y Padre que estás en el cielo, Origen de todo bien, Dador de todo consuelo, porque en tu infinita bondad, nos has reconciliado contigo y entre nosotros, por medio de Jesucristo, tu divino Hijo. Ayúdanos a cumplir tu voluntad para que venga a nosotros tu reino de justicia, de amor y de paz. Te pedimos confiadamente que la Misión de Reconciliación Nacional, promovida por los Obispos de Colombia, penetre muy hondo en los corazones de todos los colombianos, y que tu mensaje de fraternidad y perdón haga superar las diferencias, las enemistades, los antagonismos, y refuerce la voluntad de entendimiento y comprensión. Te suplicamos que, con la ayuda de tu gracia, el lema “por la Reconciliación a la Paz” se haga vida en los individuos, en las familias y en la sociedad.

2. Conviértenos a ti, Padre de misericordia. Haznos sentir el gozo del perdón recibido para que sepamos compartirlo con los demás. Renuévanos con tu Espíritu para que sepamos descubrir la novedad evangélica: “Bienaventuados los que trabajan por la paz” (Mt 5, 9). Ayúdanos a contemplar en el rostro de Cristo, Crucificado y Resucitado, el misterio de nuestra reconciliación, el amor sin límites que excluye toda violencia, la fuente viva de un perdón que abarca también a los enemigos, para que como hijos del mismo Padre, podamos todos reconocernos hermanos en su nombre. Por su Sangre redentora, haz que cesen las violencias y las venganzas, que provocan espirales de odio y siembran destrucción, terror y muerte.

3. Te pedimos que todas las familias de Colombia, superadas las horas aciagas de dolor y de llanto, puedan gozar de la paz que Jesús nos dejó; que en sus hogares, en los que florezcan las virtudes cristianas, los hijos crezcan sin incertidumbres ni temores, preparándose para contribuir a forjar una sociedad más justa y fraterna.

Concede a los gobernantes, responsables de una Nación que se honra de su fe cristiana, energías espirituales y morales para servir a la gran causa del bien común; que, abiertos a las exigencias de tu Palabra, sean siempre sensibles a los anhelos de todo un pueblo, que quiere y necesita la paz. Ilumina a todos los hombres de buena voluntad, para que, movidos por tu mensaje de misericordia y de perdón, se convenzan cada vez más de la esterilidad de la violencia, que tantas heridas ha producido, y que no es camino para una paz justa y duradera.

4. Que los Pastores de la Iglesia en Colombia, los sacerdotes, religiosos, religiosas y todos los fieles, sean signo e instrumento de reconciliación, para que la acción evangelizadora, nueva en su ardor, sea fecunda en frutos de perdón y de concordia, de justicia y de paz. Que el amor a la Virgen María, Nuestra Señora de Chiquinquirá, Reina y Patrona de Colombia, suscite en todos los colombianos sentimientos de fraternidad y armonía, para consolidar la Nación como una gran familia que quiere vivir, desde la fe cristiana, la civilización del amor. Te lo pedimos Padre de Bondad, con la fuerza de tu Espíritu, por mediación de Jesucristo, Príncipe de la Paz y fuente de nuestra reconciliación. Amén.

El Vaticano, viernes 17 de febrero de 1989

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LAS COMUNIDADES DE SAN EGIDIO

Sábado Santo 25 de marzo de 1989

Es para mí motivo de particular gozo tener este encuentro con vosotros, amadísimos hermanos y hermanas pertenecientes a las Comunidades de San Egidio, que habéis querido reuniros en Roma para celebrar los misterios centrales de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Provenís de numerosos países, de diversos continentes en donde han nacido vuestras Comunidades, y veis en Roma, centro de la catolicidad, el signo de comunión en la unidad que Cristo quiere para su Iglesia. Sed pues bienvenidos a esta casa, que es la casa de todos los que non sentimos unidos por los vínculos del amor, de la fe, de la oración.

Habéis querido reuniros en esta ocasión para celebrar la Pascua: la gran alegría de sentirnos salvados por Cristo y vencedores con El del pecado y de la muerte.

La vida nueva que al Señor nos comunica ha de ser fuerza e impulso para que cada uno se empeñe con animo renovado en la extensión del Reino de Dios. “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos” (1Co 12, 4-6).

Vuestras jornadas de amistad, plegaria y reflexión en la Ciudad Eterna han de ser también un compromiso a ser apóstoles de la nueva evangelización en vuestras familias, con vuestros compañeros, en el trabajo, en el estudio, en la vida social. Sé que la formación cristiana que os esforzáis por profundizar en vuestras Comunidades os estimula a una participación más activa en la vida litúrgica y caritativa de la Iglesia, y, especialmente a un amor preferencial por los más pobres y abandonados.

Como os recordaba en nuestro encuentro del año pasado, con ocasión de vuestro XX Aniversario: “El primado de la caridad... es el corazón de vuestro compromiso. Es también una herencia de la Iglesia de Roma, a la que vosotros dais vigor” (A la Comunidad de San Egidio en el XX aniversario de su fundación, 6 de febrero de 1988).

Sed, por tanto, testigos de fraternidad, de servicio a los pobres, de espíritu de oración. Esta ha de ser vuestra regla de vida, que hará “brillar vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

Buscad a Cristo entre los más necesitados, los que no tienen voz, los que sufren en el alma o en el cuerpo, recordando siempre las exhortaciones del Concilio Vaticano II, que todo cristiano está “llamado a la perfección de la santidad” (Lumen gentium , 5), y que “la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado” (Apostolicam Actuositatem , 1).

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE CHILE EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 10 de marzo de 1989

Señor Cardenal, Queridos Hermanos en el Episcopado:

1. Me complace daros mi más cordial bienvenida a este encuentro, que corona la visita “ad Limina” con la que habéis querido poner aún más de manifiesto vuestra intima unión en la fe y en la caridad con el Sucesor de Pedro. Agradezco vivamente el deferente saludo con el que me hacéis llegar también los sentimientos de devoción y afecto de vuestros fieles diocesanos, que constituyen una porción de la Iglesia de Dios en Chile, tan cercana a mi corazón de Pastor.

Vuestra venida a Roma tiene un profundo significado eclesial y es estímulo a una mayor comunión para vuestros colaboradores y fieles, los cuales ven, en esta sede, santificada por el testimonio de los Apóstoles Pedro y Pablo, el centro de la catolicidad y de la unidad de cuantos profesamos la misma fe en Jesucristo. Así lo ha querido poner de relieve la Constitución Apostólica “Pastor Bonus” al afirmar que “la institución de las visitas ‘ad Limina’, de gran importancia por su antigüedad y por el claro significado eclesial, es instrumento de gran utilidad y expresión concreta de la catolicidad de la Iglesia, de la unidad del Colegio de los Obispos que se funda en el Sucesor de Pedro y se significa en el lugar del martirio de los Príncipes de los Apóstoles; por eso no se puede ignorar su valor teológico, pastoral, social y religioso” (Pastor Bonus, Aduex. I, 7.).

Los coloquios personales y las relaciones quinquenales sobre el estado de vuestras diócesis, han evocado en mi mente las inolvidables jornadas vividas con los amados hijos de Chile con ocasión de mi visita pastoral a vuestra patria. Santiago, Valparaíso, Punta Arenas, Puerto Montt, Concepción, Temuco, La Serena y Antofagasta fueron los centros donde se dieron cita una gran parte de vuestras comunidades y donde pude comprobar personalmente la vivencia de los valores cristianos en vuestras tierras y gentes.

2. Deseo que mis palabras de hoy, queridos Hermanos, os sean de aliento para reforzar aún más la unidad en vuestra Conferencia Episcopal. Esto será una realidad cada día más palpable si la comunión intima en la fe y en la caridad penetra todo vuestro ser, vuestro obrar, vuestro ministerio pastoral. Como afirma el Concilio Vaticano II vosotros “habéis sido constituidos por el Espíritu Santo, que se os ha dado, como verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores” (cf. Christus Dominus , 2). Es pues vuestra misión primordial proclamar “el misterio integro de Cristo” (Christus Dominus , 12) porque “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el que podamos ser salvos” (Hch 4,12). ¡Qué actuales siguen siendo las palabras del Apóstol San Pedro, cuando dijo a Jesús en nombre propio y del los demás discípulos: “Señor, ¿ a quién acudiremos? ¡Tu tienes palabras de vida eterna!” (Jn 6,68). Sí, todos estamos necesitados de la salvación. No podemos salvarnos a nosotros mismos: es el Señor quien nos salva. Y la salvación es vida, la verdadera vida en Cristo, que comienza acá, durante nuestra peregrinación terrenal, abarcando toda la realidad del hombre y proyectándose sobre su entorno social, y que adquiere su dimensión última y definitiva en la Vida eterna, en la Jerusalén celestial (Ap 21, 2ss).

La salvación que conduce a la Vida verdadera es el contenido y el fruto de la evangelización. Jesucristo, en su ser y en su obrar, encarna la Buena Nueva, el alegre acontecimiento; y es menester que, llenos de entusiasmo y de gozo en el Espíritu Santo, asumamos la tarea urgente e importante como ninguna de dar a conocer a nuestros hermanos las “insondables riquezas de Cristo” (Ef 3, 8). La vida y la acción de la Iglesia debe caracterizarse por una especie de radical transparencia –que la hace creíble y, al mismo tiempo, muestra su identidad propia– a fin de que el rostro de Cristo aparezca diáfano y sea El quien llegue a los hombres a través de la predicación del Evangelio y de la celebración de los Sacramentos. La Iglesia no existe en función de sí misma; no busca su propia gloria; no confía en sus estructuras como si de ellas dependiera su eficacia; su misión es la de ser “sacramento” de salvación, o sea, hacer presente a Cristo que es también su Cabeza, su Esposo y, al mismo tiempo, su Salvador.

Es muy edificante leer en los escritos de Teresa de Jesús de los Andes, la primera Beata chilena, el testimonio de su “loco” amor por Jesucristo. El Señor Jesús, era, en efecto, el centro absoluto de Teresa, su razón de existir, el resorte poderoso de su profundo y auténtico espíritu apostólico, tan patente en sus cartas. Podríamos decir que el mensaje y testimonio cristiano que Teresa de los Andes ha dejado en Chile tiene un valor grande y permanente, sobre todo porque apunta a lo que es central en nuestra fe, a lo que es la base de todo lo demás y desde donde se debe mirar y valorar el resto.

3. Jesucristo, el Señor, ilumina todos los aspectos de la vida. El nos hace descubrir la grandeza de Dios, la necesidad de cultivar y acrecentar el auténtico sentido de lo sagrado, el profundo respeto con que hemos de acercarnos a las cosas de Dios, especialmente cuando participamos en el culto divino. La Sagrada Liturgia ha de ser siempre el centro de la vida de la Iglesia; “ninguna otra acción pastoral –como os dije durante nuestro encuentro en el Seminario de Santiago– por urgente e importante que parezca, puede desplazar a la Liturgia de su lugar central” (Al episcopado chileno en Santiago de Chile , 2 de abril de 1987, n. 8). Cuidad pues de que la Liturgia sea digna, atractiva, participada; que en espíritu reverente lleve a la adoración; que se realice en fidelidad a las normas impartidas por la Sede Apostólica. Para ello es de importancia decisiva el papel del sacerdote, que en todo momento ha de ser el pedagogo lleno de vida interior que comunique un profundo sentido de oración y de unión con Dios para hacer que el misterio pascual se haga vivo y operante en las parroquias, en las comunidades, en el corazón de los fieles.

Si Jesucristo es el centro de nuestra fe y de nuestra vida, exigencia lógica será que se refuerce la actividad catequística, para transmitir por todos los medios que estén a vuestro alcance la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia, sobre el hombre. En anuncio del mensaje salvador que lo abarque en su totalidad y pureza, evitando las ambigüedades engañosas, las reducciones mutiladoras, los silencios sospechosos, las relecturas subjetivas, las desviaciones e ideologizaciones que amenazan la integridad y los contenidos de nuestra fe.

Es con este espíritu como habéis de continuar presentando la verdad sobre el hombre, contenida en la verdad sobre Cristo y su Iglesia, y que tiene su aplicación también en el campo de los derechos humanos, de la dignidad de la persona, de los valores superiores de la justicia y de la pacífica convivencia. Hay que estar persuadidos de que nada es tan útil a la convivencia temporal como el aporte iluminador y fortificante de la fe, aun cuando aparentemente no tenga consecuencias inmediatas o soluciones concretas.

4. Vuestro país es particularmente sensible a la problemática social y política. Nadie podrá negar que la tarea política asumida con gran espíritu de servicio, con sincero anhelo del bien común, con una actitud de respeto a quienes no comparten las mismas opiniones, es un quehacer digno de elogio y estímulo. Así lo puso de manifiesto el Concilio Vaticano II al afirmar que “la Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa publica y aceptan el peso de las correspondientes responsabilidades” (Gaudium et spes , 75). Y en la reciente Exhortación Apostólica post-sinodal “Christifideles Laici” se hace hincapié en la necesaria animación cristiana del orden temporal como misión específica de los laicos tendiente a “promover orgánica e institucionalmente el bien común” (Christifideles Laici , 42). En esta misma línea la Instrucción sobre libertad cristiana y liberación había precisado que “no toca a los Pastores de la Iglesia intervenir directamente en la construcción política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los laicos que actúan por propia iniciativa con sus conciudadanos” (Congr. pro Doctrina Fidei, Instructio de libertate christiana et liberatione Libertatis Conscientia, 80). La actitud de la Iglesia en este terreno debe ser la de orientar, a partir de la fe y de lo que ella enseña, sobre la dignidad y destino del hombre, señalar lo que constituya un desajuste o incoherencia moral y respetar la conciencia de los fieles y hombres de buena voluntad en general, cuando se trata de opciones o alternativas que no contradicen los principios de la fe, la moral y la doctrina social de la Iglesia.

5. La misión de anunciar el Evangelio salvador de nuestro Señor Jesucristo –misión que cobra una particular actualidad y exigencia al cumplirse el V Centenario del comienzo de la evangelización en América Latina– me lleva a compartir con vosotros, queridos Hermanos, algunas preocupaciones pastorales que pueden tener acentos y modalidades diferentes en las distintas diócesis.

La necesaria renovación de la vida interior de la Iglesia es una tarea apremiante a la que debéis dedicar vuestras mayores energías. La meta a conseguir ha de ser siempre el encuentro del pueblo cristiano con el Dios vivo y verdadero, que se hace presente y actúa mediante la gracia en lo profundo del corazón. Que ningún fiel se vea privado de los auxilios espirituales que le injertan en la vida de Cristo, le hacen crecer en santidad y le estimulan al compromiso cristiano y al dinamismo apostólico.

En esta tarea, bien sabéis el papel primordial que compete a los presbíteros “como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Co 4, 1). Nuestra época, en efecto, requiere sacerdotes con gran espíritu de servicio eclesial y de obediencia, con gran celo por la salvación de las almas, dispuestos al sacrificio, formados en la oración y en el trabajo, con una sólida preparación en la ciencias eclesiásticas, entusiasmados en dedicar su vida al Señor y a la Iglesia. Sacerdotes que hagan de la Eucaristía el culmen donde su vocación se realiza en toda su plenitud. Sacerdotes profundamente convencidos de que la gracia sobrepuja al mal, de que el amor es más fuerte que el odio. Sí, amados Hermanos: “el amor es más fuerte”.

6. A todos debe llegar vuestra solicitud pastoral como “maestros auténticos” y “pregoneros de la fe” (Lumen gentium , 25), acompañando el mensaje cristiano con el testimonio de vuestras vidas. Sé bien que no siempre contáis con un número suficiente de sacerdotes para atender convenientemente a las comunidades. Pero, ¿cómo no sentir la falta de asistencia religiosa en las zonas periféricas de las grandes ciudades y en los lugares alejados de los campos? Os invito pues a realizar denodados esfuerzos para llegar hasta esas ovejas que andan dispersas y sin pastor; fomentad los grupos de oración y especialmente el rezo del Santo Rosario, devoción tan arraigada en vuestro Continente y tan fecunda para la vida cristiana; haced lo posible por establecer lugares de culto, que, aun en su sencillez, favorezcan el recogimiento y el espíritu de adoración; fomentad las vocaciones al diaconado permanente, a fin de que con su ministerio pueda suplirse, en la medida de lo posible, la escasez de presbíteros.

A este respecto, os aliento a que sigáis con particular solicitud la formación de los diáconos, que debe ser sólida y esmerada pues también ellos “son participes de la misión y gracia del Supremo Sacerdote” (Ibíd. 41). Es por ello que, tras la atenta selección de los candidatos, los llamados al diaconado permanente han de recibir una preparación doctrinal, espiritual y pastoral que esté a la altura de las tareas que les serán confiadas.

7. Amados Hermanos, es en el seno de las familias cristianas donde nacerán las vocaciones con que Dios bendecirá a vuestras Iglesias particulares. Por consiguiente; se hace preciso dar especial impulso y atención a la pastoral familiar. Sé que en este campo hacéis muchos esfuerzos y os aliento a continuarlos. ¡Qué grato es al Señor ver que la familia cristiana es verdaderamente una “iglesia doméstica”, un lugar de oración, de transmisión de la fe, de aprendizaje a través del ejemplo de los mayores, de actitudes cristianas sólidas, que se conservarán a lo largo de toda la vida como el más sagrado legado! Se dijo de Santa Mónica que había sido “dos veces madre de Agustín”, porque no sólo lo dio a luz, sino que lo rescató para la fe católica y la vida cristiana. Así deben ser los padres cristianos: dos veces progenitores de sus hijos, en su vida natural, y en su vida en Cristo y espiritual. Preocupaos de instruir a los padres de familia para que prontamente lleven a sus hijos a la fuente bautismal, para que se preocupen oportunamente de que reciban la debida preparación para la primera Comunión y la Confirmación, y para que se acerquen a estos sacramentos sin excesiva demora. Que las familias cristianas reciban a los hijos con inmenso amor, y que jamás, por ningún motivo, haya quien se atreva a atentar contra la vida del aún no nacido.

No puedo dejar de referirme también a los jóvenes. Vosotros sabéis cuán grande es mi preocupación por los jóvenes. El gran educador que fue S. Juan Bosco –cuyo centenario acabamos de celebrar– estaba convencido de que la juventud de una persona es el periodo clave para el desarrollo que alcanzará más tarde, cuando sea adulto. Esa persuasión está confirmada por la experiencia de todos nosotros. Por eso os ruego, queridos Hermanos, que alentéis a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes de pastoral a desplegar un intenso apostolado entre la juventud. Que se comunique a los jóvenes un amor entusiasta y ardiente por Cristo, como lo tuvieron las Beatas Teresa de los Andes y Laurita Vicuña. Que los jóvenes –bien instruidos en los contenidos esenciales de la fe– aprendan a mirar todas las cosas desde la perspectiva del Evangelio. Que se formen en las virtudes humanas de la reciedumbre, la responsabilidad, la laboriosidad, la sinceridad y la generosidad. Que aprendan a amar la virtud de la pureza y a luchar con denuedo contra la influencia de los medios que comercializan el sexo y exaltan el erotismo con el falso espejismo de ser más libres. Dice la Escritura: “¿Cómo mantendrá el joven la limpieza de su camino? Guardando, (Señor), tu palabra” (Sal 119, 9)

8. ¡Seguid adelante, queridos Hermanos! Continuad en vuestra entrega generosa y abnegada a la misión propia de la Iglesia, tal como lo ha expuesto el Concilio Vaticano II. Tened una fe inconmovible en la eficacia del Espíritu y anunciad sin descanso los valores del Reino de Dios, que lleve a un mejor conocimiento de las verdades de la fe y a la conversión del corazón. Alentad a los laicos a que asuman, iluminados por el Evangelio y fortalecidos por la gracia, las tareas temporales conducentes a una convivencia humana más conforme con la voluntad y los designios de Dios. No olvidéis nunca que el Pastor ha de ser siempre signo de unidad en medio de la grey que les ha sido confiada.

Que esta visita “ad limina”, muestra elocuente de vuestra cercanía al Sucesor de Pedro, consolide vuestra unión mutua como Obispos y guías de la Iglesia en Chile. Con ello vuestra acción pastoral ganará en intensidad y eficacia, para bien de vuestras comunidades eclesiales.

Finalmente, deseo daros un encargo particular: que llevéis a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos, seminaristas y a todos vuestros fieles diocesanos mi saludo afectuoso y mi bendición. Hacedles saber que el Papa sigue con gran solicitud pastoral e interés los acontecimientos en vuestro noble país y que pide al Señor cada día que sostenga con su gracia a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por la concordia, la reconciliación y la pacifica convivencia de todos los hijos de la Nación chilena.

Os encomiendo a la protección de la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, y como prenda de la constante asistencia divina os bendigo de corazón.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR FERMÍN RODRÍGUEZ PAZ, NUEVO EMBAJADOR DE CUBA ANTE LA SANTA SEDE

Viernes 3 de marzo de 1989

Señor Embajador:

He escuchado complacido las amables palabras que Usted ha tenido a bien dirigirme al presentar las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Cuba ante la Santa Sede. Al darle pues mi cordial bienvenida a este solemne acto, me es grato reiterar ante su persona el sincero afecto que siento por todos los hijos de la Nación cubana.

Deseo asimismo corresponder al deferente saludo que el Presidente del Consejo de Estado y del Gobierno de Cuba, Dr. Fidel Castro Ruz, ha querido hacerme llegar por medio de Usted, y le ruego que le transmita mis mejores votos por la prosperidad material y espiritual de la Nación.

Ha aludido Usted, Señor Embajador, al supremo bien de la paz y a la labor que esta Sede Apostólica realiza para contribuir a la solución de los graves problemas existentes en la comunidad internacional, y para construir un orden más justo que haga de nuestro mundo un lugar más fraterno y acogedor, donde los valores de la convivencia pacífica y de la solidaridad sean punto de referencia constante. En efecto, la Iglesia, fiel al mandato recibido de su divino Fundador, se empeña también en la noble causa del servicio a todos los pueblos sin distinción, movida únicamente por su irrenunciable opción en favor de la dignidad del hombre y de la tutela de sus legítimos derechos. El carácter espiritual y religioso de su misión le permite llevar a cabo este servicio por encima de motivaciones terrenas o intereses particulares, pues, como señala el Concilio Vaticano II, “al no estar ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a ningún sistema político, económico o social, la Iglesia, por ésta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir su misión” (Gaudium et Spes , 42).

La paz entre los individuos y los pueblos es una ardua tarea en la que todos debemos colaborar generosamente. Ella no se alcanza por la vía de la intransigencia ni de los egocentrismos, ya sean nacionales, regionales o de bloques. Por el contrario, se logrará si se fomentan la confianza, la comprensión y la solidaridad, que hermanan a los hombres que habitamos este mundo, creado por Dios para que todos podamos participar de sus bienes en forma equitativa.

No faltan, sin embargo, motivos de preocupación en el ámbito internacional en general, y en América Latina en particular, a causa de las diferencias y antagonismos que enfrentan a algunos países, a quienes la misma geografía, las raíces culturales, la lengua y la fe cristiana han unido en el camino de la historia.

La Santa Sede –sin otra fuerza que la autoridad moral que le confiere la misión recibida en favor de las grandes causas del hombre– continuará apoyando todas aquellas iniciativas encaminadas a superar la confrontación y a crear fundamentos sólidos para una convivencia más estable y pacífica.

Como factor de inestabilidad que hoy incide negativamente en las relaciones internacionales, ha querido mencionar Usted, Señor Embajador, el grave problema de la deuda externa que atenaza a muchos pueblos en vía de desarrollo. A este respecto, la Santa Sede, con un documento de la Pontificia Comisión “Iustitia et Pax”, ha querido aportar su contribución exponiendo los criterios de justicia, equidad y solidaridad que inspiren iniciativas a nivel regional e internacional con el fin de llegar a soluciones aceptables que eviten el peligro de frustrar las legítimas aspiraciones de tantos países al desarrollo que les es debido. Ante el grave desafío que representa hoy la deuda de los países en desarrollo, se hace necesario compartir.

No se puede olvidar que muchos problemas económicos, sociales y políticos tienen sus raíces en el orden moral, al cual, de forma respetuosa, llega la Iglesia mediante su labor educadora y de evangelización. Por ello la Iglesia considera específica misión suya “la necesaria proyección del Evangelio en todos los ámbitos de la vida humana; en la sociedad y en la cultura, en la economía y en la educación” (Discurso a los obispo de Cuba en visita «ad limina Apostolorum» , 25 de agosto de 1988, n. 4). Ante la profunda crisis de valores que afecta hoy a instituciones como la familia, o a amplios sectores de la población como la juventud, la fe cristiana, en espíritu de reconciliación y de amor, ofrece motivos de fundada esperanza para bien de la comunidad humana.

Quiero reiterarle, Señor Embajador, la decidida voluntad de la Iglesia en Cuba a colaborar, dentro de su propia misión religiosa y moral, con las Autoridades y las diversas instituciones de su país en favor de los valores superiores y de la prosperidad espiritual y material de la nación. A este respecto, hemos de congratularnos por el clima de diálogo y mejor entendimiento, que en los últimos años se está afianzando entre la jerarquía eclesiástica y las Autoridades civiles. Ello se ha puesto también de manifiesto con las recientes visitas de diversas personalidades eclesiásticas a Cuba, como Usted ha querido mencionar. Hago votos para que los signos positivos que están surgiendo, como es la entrada de un cierto número de sacerdotes y religiosas para ejercer el ministerio en las comunidades eclesiales cubanas, se desarrollen y consoliden ulteriormente, en el necesario marco de libertad efectiva que demanda la Iglesia para cumplir su misión evangelizadora.

Es alentador igualmente el diálogo respetuoso con la cultura y las realidades sociales, que ha impulsado el Encuentro Nacional Eclesial Cubano, que tuvo lugar en febrero de 1986. Es de desear que ello facilite una presencia más activa de los católicos en la vida pública contribuyendo a la gran tarea del bien común. En la medida en que éstos sean fieles a las enseñanzas y exigencias del Evangelio, serán también sinceros defensores de la justicia y de la paz, de la libertad y de la honradez, del respeto a la vida y de la solidariedad con los más necesitados. El católico cubano, ciudadano e hijo de Dios, no puede renunciar a participar en el desarrollo de la comunidad civil, ni quedar al margen del proyecto social.

Señor Embajador, antes de finalizar este encuentro, pláceme asegurarle mi benevolencia y apoyo, para que la alta misión que le ha sido encomendada se cumpla felizmente. Le ruego quiera hacerse intérprete ante el Señor Presidente, su Gobierno, las Autoridades y el pueblo cubano del más deferente y cordial saludo del Papa, mientras invoco los dones del Altísimo sobre Usted, su familia y colaboradores, y sobre todos los amadísimos hijos de la noble Nación cubana.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE MÉXICO EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves 2 de marzo de 1989

Venerables hermanos en el Episcopado:

1. Con fraterno afecto os recibo esta mañana, Pastores del Pueblo de Dios en México, venidos a Roma para realizar la visita “ad limina Apostolorum”.

Mi pensamiento se dirige a todas las diócesis que representáis y, a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles todos, que con abnegación y entusiasmo trabajan por la edificación del Reino de Dios en vuestro noble país.

Deseo, en primer lugar, agradeceros vivamente esta visita que habéis preparado con esmero y que comporta no pocos sacrificios. Os expreso mi gratitud también por las amables palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido Mons. Manuel Castro Ruiz, Arzobispo de Yucatán, quien ha querido reiterar vuestros sentimientos de comunión con el Sucesor de Pedro, reforzando así el vínculo interior que nos une en la oración, en la fe y en el amor operante. Un Episcopado como el vuestro que ofrece al pueblo cristiano el testimonio de su unidad en el Señor, es un don del cielo, que pido a Dios os lo conserve y acreciente siempre.

En los coloquios personales que hemos tenido y a través de la relaciones quinquenales, he podido comprobar una vez más la vitalidad de vuestras Iglesias particulares, que siento tan cercanas a mi corazón de Pastor, y que reavivan a la vez en mi mente los recuerdos de las intensas jornadas de mi peregrinación apostólica a vuestro país, durante las cuales los católicos de México demostraron en todo momento su filial cercanía y adhesión al Papa.

2. En los dos encuentros precedentes con miembros del Episcopado Mexicano en su visita “ad limina”, nos hemos ocupado de algunas cuestiones de mayor importancia y actualidad en la pastoral de vuestras Iglesias particulares. Hoy, a un mes de distancia de haberse hecho pública la Exhortación Apostólica post-sinodal “Christifideles Laici ”, deseo compartir con vosotros algunos pensamientos sobre la labor evangelizadora de la Iglesia y, en particular, sobre la misión de los laicos en la actual urgencia de evangelización que el Espíritu Santo ha hecho redescubrir a su Iglesia.

Al acercarnos ya a la conmemoración del V Centenario de la Evangelización de vuestros pueblos, este tema –que fue objeto central de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla de los Ángeles– adquiere renovada actualidad ante los retos que habéis de afrontar en una sociedad como la vuestra, en la que están incidiendo de modo preocupante concepciones secularistas y actitudes permisivas en la concepción de la vida, en detrimento de los valores morales.

La evangelización, esto es, el hacer presente el Reino de Dios en el mundo para que todos los hombres encuentren en Jesucristo la salvación, es algo que ha de llevarse a cabo en todos los tiempos, en todas las culturas y latitudes. Mas, no se ha de olvidar que, para que el mensaje evangélico llegue en profundidad a cada pueblo y a cada sociedad, se han de tener en cuenta sus circunstancias particulares, así como los destinatarios a quienes es anunciado.

Desde los comienzos de la evangelización, vuestra patria acogió la luz del mensaje cristiano, que ha venido a formar parte sustancial de su historia. La fe católica, en efecto, ha impregnado las raíces más profundas de la religiosidad mexicana, en toda su vasta geografía, en sus diversos grupos sociales, desde las gentes más sencillas hasta los que han recibido una mayor cultura. Ignorar esta realidad o pretender olvidarla, sería negar una gracia de Dios, de la que sois herederos y, por tanto, responsables. Es por ello que vosotros, Pastores, debéis preguntaros insistentemente cómo hacer que esa evangelización siga viva y pujante en las generaciones presentes y venideras.

3. Las comunidades eclesiales que el Señor ha confiado a vuestros cuidados viven en una sociedad en la que ciertamente se mira al futuro con esperanza, pero donde tampoco faltan, por desgracia, los problemas y conflictos. Se trata de problemas que son, muchas veces, un reto para la Iglesia y que esperan de vosotros una respuesta pastoral adecuada que pueda paliar tantas necesidades y urgencias. En efecto, las situaciones de pobreza de muchas familias, la marginación de las comunidades indígenas, la falta de trabajo, las graves carencias en educación, salud, vivienda, la falta de solidaridad de quienes pudiendo ayudar no lo hacen, y otros factores, inciden negativamente en la vida de los individuos, de las familias, de la sociedad. Por otra parte, como puso de relieve la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, la presencia del pecado en el hombre y en la sociedad desfigura la imagen de la persona como creatura salida de las manos de Dios y obstaculiza el desarrollo y la convivencia (cf. Gaudium et spes , 13 y 17).

Son ciertamente numerosos los motivos de preocupación que interpelan a vuestras conciencias de Pastores, mas contáis con motivaciones profundas y sobrenaturales que os animan a afrontarlos adecuadamente en el marco de vuestros proyectos de evangelización. Es alentador, a este respecto, comprobar el espíritu de colaboración y hermandad que inspira los esfuerzos de vuestra Conferencia Episcopal por anunciar el mensaje de salvación al hombre de hoy y por dar nueva vitalidad a un pasado rico en frutos de santidad, que ha de continuar siendo levadura evangélica en el presente y futuro de vuestro país.

4. La evangelización es, lo sabéis bien, la gran tarea de nuestro tiempo; y a vosotros, como Obispos de México, corresponde suscitar nuevas energías apostólicas y marcar oportunas orientaciones pastorales; nadie que se considere miembro de la Iglesia puede sentirse eximido de dar su contribución a esta urgente llamada.

En el ejercicio de vuestro ministerio como maestros de la verdad y educadores en la fe no estáis solos. Contáis, en primer lugar, con vuestros presbíteros, a quienes el Concilio llama “próvidos cooperadores del Obispo” (Lumen gentium , 28). Contáis con la acción callada y perseverante de los religiosos y las religiosas, quienes con su vida mortificada y consagrada a Dios hacen visibles los valores más profundos y definitivos del Reino. Contáis igualmente con tantos fieles laicos comprometidos, dispuestos a vivir su vocación de bautizados en la sociedad y en el mundo, sin arredrarse ante las exigencias de la vida pública.

Como puso especialmente de relieve el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el apostolado de los laicos, éstos han de participar de modo responsable y activo en las obras apostólicas y asistenciales por medio de las cuales se hace presente la Iglesia en el seno de la sociedad, mostrando así su capacidad de compromiso y su voluntad de encarnación entre los hombres.

En esta misma línea, la reciente Exhortación Apostólica post-sinodal clarifica oportunamente la misión del fiel laico como fermento del Evangelio en la animación y transformación de las realidades temporales, con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano. En efecto, en toda sociedad pluralista se hace necesaria una mayor y más decisiva presencia católica – individual y asociada – en los diversos campos de la vida pública.

5. Al ser la vocación cristiana, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cf. Apostolicam Actuositatem , 1) , el ámbito de acción del laico en la misión de la Iglesia se extiende a todos los aspectos y situaciones de la convivencia humana. Así lo puso de manifiesto mi venerado predecesor el Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”. “El campo propio de su actividad evangélica es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación social, así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños, de los jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento” (Evangelii Nuntiandi , 70).

6. Vosotros, amados Hermanos en el Episcopado, habéis de procurar que los fieles laicos sean cada vez más conscientes de sus responsabilidades como miembros de la Iglesia que viven plenamente insertos en el mundo.

Ellos, asistidos por los sacerdotes y religiosos, deben participar en las tareas comunes de todos los miembros del Pueblo de Dios, como son el testimonio y el anuncio de la fe, la catequesis, la educación religiosa de los niños y jóvenes, la celebración litúrgica de los misterios de la salvación, la acción asistencial y caritativa. Quedan abiertos a vuestra iniciativa pastoral espacios ilimitados para promover la presencia del laicado católico en el mundo de la cultura, en la universidad, en el arte, en los medios de comunicación social para encauzar el gran potencial de los jóvenes hacia iniciativas de caridad y generosidad, hacia un testimonio de presencia cristiana en el mundo del deporte, del llamado “tiempo libre”, de la escuela y del trabajo. Por otro lado, los laicos cristianos sienten la necesidad de conocer mejor la doctrina social de la Iglesia que les ilumine y estimule en su actuación según las impostergables exigencias de la justicia y del bien común, al que han de aportar su decidida contribución en las urgentes tareas y servicios que reclama la sociedad. Da esta manera, –como señalé durante mi visita pastoral a Guadalajara– podrán ser artífices en la construcción del “nuevo orden querido por el Señor para hacer un mundo que responda a la bondad de Dios, en la armonía, el amor y la paz” (Discurso a los obreros de Guadalajara , 30 de enero de 1979, n. 2).

Los laicos han de ser como la levadura en medio de la masa, como la sal que da sentido al trabajo humano y busca siempre el bien de la colectividad actuando responsablemente en la vida pública. Como señaló la Conferencia de Puebla, el fiel laico debe sentirse particularmente interpelado por la contradicción que existe entre el sustrato cultural católico de la gran mayoría de la población y las estructuras sociales, económicas y políticas que manifiestan y generan injusticias derivadas del pecado. En la línea de esta opción de Puebla, en favor de los laicos como constructores de la sociedad, se hace necesario, pues, un más claro y decidido compromiso y contribución de los cristianos para que sean superadas las situaciones estridentes de injusticia, desigualdad, marginación y pobreza.

7. Respetando siempre la legítima autonomía de la esfera política es, sin embargo, misión vuestra, como Pastores del Pueblo de Dios, iluminar desde el Evangelio la actuación de los fieles laicos en la vida pública. En esta tarea es particularmente importante que los sacerdotes y religiosos comprendan y apoyen vuestros proyectos pastorales con los laicos asistiéndoles espiritualmente, impulsando una más sólida formación cristiana, promoviendo sus asociaciones e instituciones, pero evitando siempre la tentación de ocupar ellos los puestos y estilos de los laicos, a costa de dejar desatendidas sus específicas funciones ministeriales.

Con palabras del Concilio Vaticano II afirmamos que “la Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre se consagran al bien de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes responsabilidades” (Gaudium et spes , 75). Consecuente con dicha actitud, la Exhortación Apostólica “Christifideles Laici” hace presente que “para animar cristianamente el orden temporal – en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad – los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común” (Christifideles Laici , 42).

Movido por la caridad cristiana, y en sintonía con la doctrina de la Iglesia, el fiel laico ha de prestar siempre su contribución a la renovación cristiana del orden temporal, consciente de que el fundamento último de las exigencias morales que inspiren su actuación ha de ser el reconocimiento de Dios como fuente de vida y de salvación (cf. Apostolicam Actuositatem , 7). De esta manera, su acción apostólica –tanto individual como asociada– será también escuela de perfección y de virtudes cristianas, al nacer de una vida de fe personal, que descubre el misterio de Dios a los hombres y muestra con las obras que ese amor es el único que salva.

8. ¡Cómo no sentir alegría y esperanza ante el despertar del laicado en la Iglesia! Un laicado, fiel reflejo del Evangelio, que haga realidad en el mundo el mensaje de Jesús. Un laicado vivo e influyente en las comunidades eclesiales y en la sociedad. Un laicado que busque la santidad desde sus quehaceres temporales. Un laicado unido en la verdad y en la caridad; en plena comunión con sus Pastores; en sintonía con la mente de la Iglesia; atento a todo intento que pretenda sembrar división o discordia.

Al congratularme hoy por este encuentro con vosotros, queridos Pastores de México, crece en mí la esperanza de que vuestras Iglesias particulares se enriquezcan cada día más con un laicado maduro en su fe, constante en su fidelidad, firme en su vocación apostólica como fermento evangélico.

A la Virgen de Guadalupe, a la que invoco como la primera Evangelizadora de México y de América, encomiando hoy, con especial devoción, todos vuestros afanes pastorales, vuestras preocupaciones, vuestras personas. A vosotros, a vuestros diocesanos y a todos los queridos hijos de México imparto, con todo afecto en el Señor, mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE COSTA RICA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 21 de abril de 1989

Queridos Hermanos en el Episcopado:

1. Doy fervientes gracias a Dios por el gozo de este encuentro con vosotros, Pastores de la Iglesia en Costa Rica, venidos a Roma para vuestra “visita ad limina”. Con ella habéis querido poner una vez más de manifiesto vuestra profunda unión con esta Sede Apostólica y, siguiendo la antigua y sagrada tradición, venerar los sepulcros de los Apóstoles Pedro y Pablo, así como tomar contacto con los organismos de la Curia Romana, la cual –por motivo de su diaconía universal– se presenta siempre más unida al ministerio petrino y, por tanto, “estrechamente vinculada a los Obispos de todo el mundo”; mientras que, por otra parte, “los mismos Pastores y sus Iglesias son los primeros y principales beneficiarios del trabajo de sus Dicasterios” (Pastor Bonus , 9.).

Vuestra presencia aquí muestra cómo entre la Iglesia que vive y peregrina en Costa Rica y la Sede de Pedro existe una íntima comunión, la cual no es sólo afectiva – como bien pude comprobar en los días aún vivos en el recuerdo, de mi viaje pastoral a aquella amada tierra “tica” en marzo de 1983 – sino también efectiva, en cuanto que trasciende nuestras personas, nuestras acciones y los signos mismos por nosotros realizados, al fundamentarse en la divina voluntad de Cristo Señor acerca de la condición visible de su Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica.

2. Agradezco vivamente las palabras que en nombre de todos me ha dirigido Mons. Román Arrieta, Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, en las que se refleja vuestro profundo espíritu de fe y vuestro ardiente amor a la Iglesia. La problemática y anhelos que habéis presentado, unidos a las conversaciones con cada uno de vosotros y a la lectura de las Relaciones quinquenales, me han hecho conocer aún más la realidad concreta de vuestras Diócesis y me han permitido entrever todos los esfuerzos realizados en los diferentes campos de la acción pastoral.

He podido percibir en vosotros gran celo por proclamar la Verdad sobre Dios, la Iglesia y el hombre; esmero en celebrar la Divina Liturgia, fuente de santificación para los creyentes; espíritu de sacrificio para guiar al Pueblo de Dios con “generosidad... convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1P 5,3.).

Motivo de particular gozo ha sido el constatar el aumento de las vocaciones a la vida consagrada, así como vuestra solicitud por confiarlas a formadores idóneos y cualificados; el firme propósito de evangelización de las familias, frente a las fuerzas que pretenden disgregarlas; la atención que prestáis a la juventud; la preocupación por los indigentes y por las situaciones que reclaman una mayor justicia social; la vitalidad de los Movimientos apostólicos; todo ello vivido con una clara conciencia eclesial y recurriendo a todos los medios a vuestro alcance, incluidos los modernos sistemas de comunicación, en particular la Red de las siete emisoras católicas con que cuenta vuestro País. A todo ello os mueve vuestra decidida voluntad de servir al hombre, anunciando sin cesar el Evangelio, fuerza de Dios para salvar a todo el que cree (cf. Rm 1,16).

Al congratularme con vosotros por el trabajo realizado y dando gracias a Dios por las metas conseguidas, quiero proponer a vuestra consideración algunas reflexiones acerca de los temas más salientes de la vida eclesial costarricense en la actualidad.

3. Se acerca el V Centenario de la Evangelización de América y esa fecha, como bien sabéis, ha de ser ocasión propicia para dar un vigoroso impulso a la nueva Evangelización. Cada fiel, cada diócesis, cada país, toda la Iglesia in América tiene que hacer suya la idea de esta renovación. Cada uno tiene que renovarse interiormente; plantearse su vida como una tarea de servicio a Dios y a los demás que se inicia cada día. Y, en esa tarea de renovación, se ha de destacar, en cuanto labor principal vuestro ministerio de Pastores.

Vosotros sois, amados Hermanos, enviados del Buen Pastor que llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera. “Cuando ha sacado fuera todas las ovejas, camina delante de ellas y las ovejas la siguen porque conocen su voz” (Jn 10.3-4.). Vosotros –en palabras del Concilio Vaticano II – habéis sido “puestos por el Espíritu Santo y ocupáis el lugar de los Apóstoles como Pastores de las almas, y juntamente con el Sumo Pontífice, y bajo su autoridad, sois enviados a actualizar permanentemente la obra de Cristo, Pastor eterno” (Christus Dominus , 2.). De aquí que vuestro ministerio episcopal se integre en la perspectiva del plan divino de redención, como dispensadores de aquella luz y vida que viene de la Palabra y de los Sacramentos. Sois, por ello, “pregoneros de la fe” y “maestros auténticos” (Lumen Gentium , 25.) y, consiguientemente, la conciencia de vuestra misión os ha de empujar a proclamar con valentía en su integridad aquella Verdad que es el mismo Cristo (Jn 14,6.), y a defenderla de interpretaciones reduccionistas o ideologizadas. Es cierto que la verdad ha de trasmitirse en un lenguaje asequible a los destinatarios, pero ello no ha de ser en detrimento de la plenitud de la Verdad misma.

4. Vuestra palabra, dicha “a tiempo y a destiempo, con ocasión o sin ella” (2Tm 4,2.) habrá de ser orientadora, esto es, capaz de iluminar el caminar de toda la comunidad eclesial costarricense. Esta es, en verdad, una misión ardua y exigente, no exenta, en ciertos momentos, de dificultades; pero sumamente necesaria en la Iglesia de hoy y que ha de ejercerse sin ahorrar esfuerzos. Quiero que os sirva de consuelo el saber que el Papa está junto a vosotros con un recuerdo hecho oración y que hace propias las luchas, las necesidades y las ilusiones que os acompañan. Y con nosotros está el Espíritu Consolador que no es un Espíritu de temor, sino de fuerza, de amor y de sabiduría (cf. 2Tm 1,7).

Con respecto al deber sagrado de transmitir la Verdad en toda su integridad, esto es, de promover incansablemente una evangelización y una catequesis que afronte al mismo tiempo la ofensiva de las sectas y de las erróneas ofertas de liberación y salvación, conozco el serio empeño que conllevó la realización del Sínodo Arquidiocesano y el esfuerzo para elaborar, en otras diócesis, un Plan Global de Pastoral. Al congratularme son vosotros por estos logros, deseo señalar que los planes pastorales son de gran utilidad siempre que estén enmarcados firmemente en el depósito de la fe y en la doctrina del Magisterio de la Iglesia, para poder así iluminar desde el Evangelio el contexto social y transformarlo según criterios y métodos genuinamente evangélicos.

5. Para el desempeño de vuestra misión, contáis con la insustituible cooperación de los presbíteros, que han de vivir unidos a su Obispo “como cuerdas a la lira”, según la expresión de San Ignacio de Antioquía (Ad Ephesios, 4). Ellos recibieron un día “el Espíritu de Santidad” –así lo expresa la fórmula de ordenación– y, llamados, consagrados y enviados, se dedican al bien de sus hermanos, los cuales desean ver en los sacerdotes a los “servidores y administradores de los misterios de Dios” (1Co 4,1. ).

De ahí se sigue que el propio presbiterio ha de ser objeto de la solicitud prioritaria de cada Obispo. Ello os llevará a estar pendientes de sus necesidades espirituales y materiales, a acudir en su ayuda cuando pasen por dificultades, a no permitir que ninguno se sienta olvidado. Llenos de caridad, atenderéis especialmente a los que, por enfermedad o vejez, puedan estar más necesitados.

En esta misma línea, el incremento del número de vocaciones al sacerdocio en Costa Rica – a la vez que motivo de acción de gracias a Dios – ha de ser exigencia de una particular atención por vuestra parte en el discernimiento de los candidatos idóneos y su consolidación en una intensa labor de formación espiritual, intelectual y humana. En efecto, al estudio de las disciplinas teológicas a la luz de la fe y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, ha de acompañar una esmerada formación espiritual “impartida en modo tal que los alumnos aprendan a vivir en íntima comunión y familiaridad con el Padre por medio de su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Destinados a configurarse con Cristo Sacerdote por medio del Orden sagrado, han de habituarse también a vivir íntimamente unidos a El como amigos en toda su vida” (Optatam Totius , 8).

Los medios que han de utilizarse para conseguir tales objetivos son los ya conocidos: la participación en la Eucaristía, la recepción del sacramento de la Penitencia, la oración mental asidua, la devoción a la Santísima Virgen y tantos otros ejercicios de piedad tradicionales en la Iglesia. Junto a ellos, ocupa un lugar importante la práctica de la dirección espiritual, que a tantos cristianos ha ayudado a progresar en su camino hacia Dios. Mi predecesor de feliz memoria Pío XII escribía dirigiéndose a los sacerdotes: “En el camino de la vida espiritual no os fiéis de vosotros mismos, sino que con sencillez y docilidad pidáis consejo y aceptéis la ayuda de quien, con sabia moderación, pueda guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los remedios oportunos y, en todas las dificultades internas y externas, os puede dirigir rectamente y encaminaros a ser cada día más perfectos, según el ejemplo de los santos y las enseñanzas de la ascética cristiana. Sin esta prudente guía de la conciencia, de modo ordinario, es muy difícil secundar convenientemente los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia divina (Pío XII, Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 674).

6. Otro motivo de alegría y esperanza en el ejercicio de vuestra labor pastoral es la presencia en Costa Rica de tantas familias de Religiosos y Religiosas, las cuales, no sólo prestan un servicio directo en la pastoral sino que, con fidelidad al propio carisma, ofrecen un elocuente signo profético de los valores permanentes del Reino de Dios. Es éste un don del Altísimo que hay que apreciar mucho y cuidar con diligencia, teniendo presente que estos Institutos son para vuestros fieles cauces apropiados para seguir a Jesucristo pobre, casto y obediente.

En el ejercicio de su específica misión de maestros de la fe, los Obispos han de seguir muy de cerca la marcha de los Institutos de formación teológica, en los cuales, juntamente a otros alumnos, se preparan Religiosos candidatos al Sacerdocio, que desarrollarán el día de mañana su ministerio en las Iglesias particulares, sobre todo de los países centroamericanos, y que deberán por lo tanto, acoger gozosamente la jurisdicción legítima de los Pastores.

7. Frente al vasto campo del apostolado con miras a la nueva evangelización de la sociedad costarricense, no podemos olvidar el papel que en ello ha de desempeñar el laicado católico. A Dios gracias, son muchos los hombres y mujeres comprometidos, que conscientes de sus compromisos bautismales y responsabilidades eclesiales, están prestando un servicio encomiable en tantos sectores de la acción pastoral, en modo particular en aquellas circunscripciones eclesiásticas que cuentan todavía con escaso clero y en las cuales la presencia de los laicos es imprescindible para la evangelización y la catequesis.

A este respecto son de alabar las iniciativas surgidas en Costa Rica para la creación de Escuelas e Institutos destinados a la formación de laicos cristianos. Estos han de ser conscientes de que también a ellos va dirigida la llamada universal a la santidad como exigencia de su misma vocación cristiana, que es también vocación al apostolado. Ellos han de ser fermento de vida cristiana en todos los ambientes donde viven, donde trabajan, donde actúan.

Dentro de ese inmenso campo, la pastoral familiar ha de ocupar un lugar preferente. Si ha de hacerse una nueva Evangelización de la sociedad, necesariamente habrá de iniciarse en la familia. “El ministerio de evangelización de los padres cristianos es original e insustituible y asume las características típicas de la vida familiar, hecha, como debería estar, de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano” (Familiaris Consortio , 53).

Conscientes de su responsabilidad, los cónyuges cristianos han de dedicar sus mejores esfuerzos a la atención a sus hijos. Dios le llama a la santidad ahí, en el fiel cumplimiento de su “original e insustituible” ministerio como padre y madre. Ese esfuerzo conjunto por formar cristianamente a los hijos será también un estímulo seguro para el crecimiento del amor conyugal.

8. La labor evangelizadora realizada por los padres con sus hijos ha de ser completada en las diversas instituciones educativas y en las parroquias. Los colegios y las universidades deben estar en condiciones de realizar esa tarea; no sólo las clases de Religión, sino todas las actividades deben estar informadas por el espíritu cristiano.

Junto a la pastoral familiar, ocupará una parte importante de vuestros desvelos la atención a los niños y a los jóvenes, esperanza de la Iglesia. De ellos –y, por tanto, de su formación– depende que esa nueva Evangelización florezca en un tercer milenio verdaderamente cristiano. Sé que, en Costa Rica –así lo noté cuando estuve con ellos– los jóvenes tienen un espíritu generoso, dispuesto a abrirse frente a los grandes ideales. No dejéis de planteárselos; ellos también participan de la única misión de la Iglesia y han de estar dispuestos a llevar a cabo esta nueva Evangelización de América.

Como consecuencia de esa intensa labor de evangelización, todas las nobles actividades humanas serán penetradas en profundidad por el espíritu de Cristo. El mundo del trabajo, los medios de comunicación social, el mundo de la cultura en sus variadas manifestaciones, la política, el mundo de las finanzas y cualquier otro trabajo humano, se transformarán: sus “estructuras de pecado” serán vencidas “– presupuesta la ayuda de la gracia divina– con una actitud diametralmente opuesta: el empeño por el bien del prójimo con la disponibilidad, en sentido evangélico, a “perderse” en favor del otro en vez de explotarlo, y a “servirlo” en vez de oprimirlo para el propio provecho” (Sollicitudo rei socialis , 38).

“Conviene subrayar –he escrito en la Encíclica “Sollicitudo rei socialis”– el papel preponderante que corresponde a los laicos, hombres y mujeres... A ellos corresponde animar con empeño cristiano, las realidades temporales y, en ellas, mostrar que son testigos y operadores de paz y de justicia” (Sollicitudo rei socialis , 47).

9. Todo cristiano ha de ser un constructor de paz. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9), proclamó Jesús en el sermón de la montaña. Viene a mi mente la dolorosa situación de sufrimiento e incertidumbre en que se encuentran tantas personas, tantas familias del área centroamericana. Y ¡cómo no recordar a los numerosos refugiados, que buscan en Costa Rica la seguridad que se les niega en su país!

Con espíritu solidario apoyad todas las iniciativas orientadas a mitigar los sufrimientos de aquellos hermanos centroamericanos, víctimas de los enfrentamientos que atormentan a la región.

Me es grato mencionar vuestra preocupación pastoral por los grupos más necesitados y, en particular, por los indígenas. Vuestra solicitud por integrarlos plenamente a la vida de la Iglesia ha de ir acompañada por la promoción de los valores genuinos de sus culturas y la tutela de sus legítimos derechos.

Antes de terminar os confío el encargo de llevar mi afectuoso saludo y bendición a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles todos, particularmente a los enfermos, a los ancianos, a cuantos sufren.

Que la Virgen Maria, Reina de los Ángeles, Patrona de Costa Rica, interceda ante su Divino Hijo por la santidad de la Iglesia, por el bienestar de la Nación y por la prosperidad de todas y cada una de sus familias.

Con estos fervientes deseos, a todos bendigo de corazón.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL DE CIEGOS ESPAÑOLES

Viernes 26 de mayo de 1989

Es para mí motivo de particular gozo tener este encuentro con vosotros, dirigentes y representantes de la Organización Nacional de Ciegos Españoles, que habéis querido testimoniar vuestra adhesión al Sucesor de Pedro con vuestra visita a Roma. Os presento mi más cordial saludo de bienvenida.

También vosotros, como hijos de la Iglesia, os habéis puesto en camino, desde las distintas regiones españolas, para peregrinar a esta Sede Apostólica, centro de la catolicidad, representando también a los invidentes de toda España, que en vuestra Organización Nacional encuentran el apoyo para afrontar con serenidad las no leves dificultades que origina el no contar con el sentido de la vista.

Deseo en esta ocasión deciros que me siento muy cercano a vosotros y que pido al Señor os dé fortaleza, a la vez que os recuerdo aquellas palabras del Concilio Vaticano II: “Tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofreceros; la única capaz de responder al misterio del sufrimiento y de daros un alivio sin engaño: la fe y la unión al Varón de dolores, a Cristo, Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y nuestra salvación” (Mensaje a los pobres, enfermos y a todos los que sufren , 8 de diciembre de 1965).

Ante el dolor, crecen la solidaridad y el amor. Sé que vuestra Organización –que cuenta con el apoyo de tantos ciudadanos– lleva a cabo una encomiable labor en favor de los invidentes y de sus familias. Aliento a todos a un decidido testimonio de solidaridad cristiana, que se manifieste también en saber compartir con los hermanos más pobres y necesitados.

A vosotros los aquí presentes y a todos los invidentes de España y a sus familias, imparto con afecto la Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE PERÚ EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Sábado 13 de mayo de 1989

Señor Cardenal, Amados Hermanos en el Episcopado:

1. Me complace saludaros cordialmente después de la Santa Misa que ayer hemos concelebrado y de los diálogos personales que hemos tenido sobre la presente situación de las comunidades eclesiales confiadas a vuestra solicitud pastoral.

Agradezco vivamente al Señor Cardenal Juan Landázuri Ricketts, Arzobispo de Lima, las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme en nombre de todos, haciéndose también portavoz de vuestros colaboradores diocesanos y de vuestros fieles.

El veros fraternalmente reunidos aquí, trae a mi memoria la presencia fervorosa de las inmensas multitudes congregadas en la ciudad de Lima con ocasión del V Congreso Eucarístico y Mariano de los Países Bolivarianos. Con emoción contenida, recuerdo aún el profundo silencio en torno al Santísimo Sacramento del Altar, a que aludí al finalizar mi alocución a los jóvenes reunidos en gran número ante la Nunciatura Apostólica. La reverencia ante Jesús Eucaristía es elocuente expresión de la fe viva y de la piedad de vuestro pueblo, que consecuente con su identidad cristiana, ha sabido resistir a los embates del secularismo.

Con ocasión de la visita ad limina Apostolorum, habéis venido para expresar vuestra unión y comunión con esta Sede Apostólica, que sirve a la Iglesia universal, “que en este mundo es azotada por las lluvias, por las riadas y por las tormentas de sus diversas pruebas, pero que a pesar de todo no cae, porque está fundada sobre piedra, de donde viene el nombre de Pedro” (S. Agustín, Tract. in Evang. S. Io., 124).

2. Vosotros, como sucesores de los Apóstoles, os reunís, como ellos en torno a Pedro, con el Obispo de Roma, su Sucesor, Así queda expresada la colegialidad universal para edificación de cuantos en la unidad de la Iglesia ven un signo de luz para un mundo que corre el peligro de quedar a oscuras. En la propia diócesis, el Obispo, como Pastor de todos los fieles, debe ser ante todo, Maestro de la verdad que viene de Dios –como recordaba en mi primera visita a América Latina, hace ya diez años– (Discurso a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano , I, 28 de enero de 1979, Puebla); educador de todos en la fe auténtica, tarea permanente pero que adquiere un énfasis singular ante la renovada acción evangelizadora que la Iglesia en Perú y en toda América Latina debe acometer de cara a la conmemoración del V Centenario de la Evangelización de esas tierras.

Debe ser también voz y signo que hace patente la unidad del Pueblo de Dios confiado a su cuidado, al que ha de guiar siempre hacia una intensa vida cristiana mediante el infatigable anuncio de la Buena Nueva. Inspirado por la caridad habrá de denunciar, cuando fuere preciso, todo aquello que se aparta de ella, en particular las doctrinas o ideologías erróneas, así como las desviaciones o riesgos de desviación que ponen en peligro la fe (Cf. Congr. pro Doctr. Fidei, Libertatis Nuntios, Introd.). Es parte de su misión vigilar para que el pluralismo legítimo no lleve a manifestaciones o actitudes que de hecho se alejan de las enseñanzas de la Iglesia. Por todo ello, el Obispo está llamado siempre a anunciar a Cristo con su palabra y su testimonio, diciendo con San Pablo “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21) ; como Pastor debe dar respuesta a todo aquel que le pida razón de su esperanza (cf. 1P 3, 15 b.) y, con su propio ejemplo, invitar al seguimiento del Señor, mostrando los caminos evangélicos y señalando con toda claridad los peligros que pueden obstaculizar la respuesta al llamado de Jesús a seguirle. En el desarrollo de una evangelización renovada, el Pastor prestará una atención preferencial a la acción santificadora que abarque todas las facetas de la vida humana.

La unidad entre todos vosotros, amados Hermanos, en la verdad, en la fe y en la caridad, será una respuesta elocuente al deseo expresado por el Señor en su plegaria al Padre: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21); ello favorecerá también la unidad entre todos los miembros de vuestras Iglesias particulares, pues Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión de amor, invita a los hombres a asumir el dinamismo del amor, construyendo un mundo que exprese ese misterio y que, al mismo tiempo, se oriente hacia Cristo Jesús y encuentre en El su recapitulación (cf. Apostolicam actuositatem , 2).

3. En el desempeño de vuestro ministerio episcopal, contáis con la insustituible colaboración de los presbíteros, que aseguran el fortalecimiento y la vivificación de las comunidades cristianas, mediante la Palabra y los Sacramentos. Para ello es necesario que los sacerdotes puedan cultivar intensamente su propia vida espiritual para poder así comunicar a los fieles las riquezas que ellos mismos han recibido.

En el Decreto del Concilio Vaticano II sobre el ministerio y vida de los presbíteros, se indican dos caminos para la santificación personal y la espiritualidad del sacerdote. El primero es la intimidad profunda con Cristo. Es la espiritualidad que el sacerdote cultiva en los momentos de silencio, de adoración, en la lectura de la Palabra de Dios, en la liturgia de las horas, en la meditación personal. El segundo camino –inseparable del primero– es el propio ministerio sacerdotal ejercido con generosa entrega como continuación lógica de su intimidad con el Señor (cf. Presbyterorum ordinis , 14). Por todo ello, los presbíteros, “como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Co 4, 1)) han de estar imbuidos de un gran espíritu de servicio y obediencia, gran celo por la salvación de las almas, dispuestos al sacrificio, asiduos en la oración, enamorados de su ministerio, y que hagan de la Eucaristía el centro y fuente de todos sus anhelos pastorales.

En correspondencia con lo anterior, la búsqueda diligente de candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, su adecuada preparación doctrinal y humana, y su seguimiento solícito para que perseveren, deben ser también objeto de vuestras preocupaciones prioritarias por su trascendencia para el futuro de la Iglesia en vuestro país. Por tanto, en los Seminarios y Casas de formación –como señalan insistentemente los documentos emanados de la Sede Apostólica– ha de reinar un ambiente de seriedad, de piedad litúrgica y personal, de estudio, de disciplina, de convivencia fraterna y de iniciación pastoral, que sean garantía y base sólida para una idónea preparación al servicio ministerial.

En este sentido, la piedad ha de ser una nota esencial en la vida de los Seminarios. Al mismo tiempo, el futuro sacerdote ha de contar con un recia formación en las virtudes humanas, tales como la sinceridad y la lealtad, la templanza y la humildad, la fortaleza, la alegría etc. En efecto, sobre el fundamento de estas virtudes se podrá construir sólidamente el edificio espiritual del futuro pastor de almas.

No menos importante es la formación doctrinal, que no puede limitarse a una mera transmisión de nociones y conocimientos, como si la ciencia filosófica y teológica pudieran reducirse a un simple sociologismo o a un moralismo antropológico, sin más horizonte que la ética de los valores. El hablar “de Dios” debe llevar a hablar “con Dios”, haciendo así del estudio alimento del espíritu y fuente para la vida de fe. De esta manera se podrá responder adecuadamente a las necesidades de los fieles, que esperan que sus sacerdotes sean, ante todo, maestros en la verdadera fe y que testimonien en sus vidas el mensaje salvador que anuncian.

4. Mas, como os decía en nuestro último encuentro de Lima, “no podemos conformarnos con las mesas ya alcanzadas” (Alocución a la Conferencia episcopal peruana , Lima, 15 de mayo de 1988), pues los retos que se presentan a las comunidades eclesiales del Perú exigen una vigorosa renovación de la vida cristiana para suscitar cada vez más en los fieles la apertura a la gracia en lo profundo del corazón.

No es extraño constatar, por otra parte, que al ser mayores las dificultades que, por motivos diversos, encuentra la persona para realizarse según su dignidad y vocación, sea también mayor la tentación de aquellos que “esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente sus deseos” (Gaudium et spes , 10; cf. Redemptor hominis , 15). En unas estructuras que no respetan suficientemente las exigencias objetivas del orden moral, y en donde el hambre de pan interpela con insistencia a los responsables de la cosa pública, se corre el peligro de caer en todo género de reduccionismos que afectan a la concepción de la persona en cuanto creatura redimida por Cristo, y que oscurecen la importancia del hambre de Dios, de la “nostalgia de infinito” que cada uno percibe en lo más profundo de su ser (Saludo a los jóvenes desde el balcón de la Nunciatura de Lima , 15 de mayo de 1988, n. 3). Una recta visión antropológica, inspirada en la auténtica grandeza del hombre como nos ha sido revelado en Cristo (Gaudium et spes , 22), no puede ser soslayada en el anuncio de la Nueva de salvación al mundo de hoy. Hay que tener siempre presente que “solamente acudiendo a las capacidades morales y espirituales de la persona, se obtienen cambios culturales, económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre, pues, el pecado, que se encuentra en la raíz de las situaciones injustas, es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de cada persona” (Discurso al mundo de la cultura y de la empresa , n.4, Lima, 15 de mayo de 1988).

Los materialismos de diverso cuño, el afán consumista, las concepciones equívocas sobre el hombre y su destino, de que se ocuparon con acierto los Obispos reunidos en Puebla hace poco más de diez años (cfr. Puebla, 305-315), no han de llevar a los cristianos a perder de vista lo que la Iglesia, experta en humanidad, les enseña.

Por todo ello, es necesario que prestéis una diligente atención a la actividad catequética en todas sus formas y dimensiones. En efecto, para poder transmitir la fe a las nuevas generaciones en preciso llevar a cabo una renovada acción evangelizadora. Dicha renovación –como se señala en el Directorium Catechisticum Generale– “debe ayudar al nacimiento y al progreso de esa vida de fe a lo largo de toda la existencia, hasta la plena explicación de la verdad revelada y su aplicación a la vida” (Directorium Catechisticum Generale, 30).

Las manifestaciones de fervor popular, que pude apreciar con ocasión del Congreso Eucarístico Bolivariano en Lima, son una invitación a los Pastores a ahondar más y más en la ardua tarea de la instrucción religiosa. En aquellas fervorosas expresiones de religiosidad en torno a la Eucaristía, se hacía presente la fe de un pueblo que dio la primera flor de santidad de América Latina, Santa Rosa de Lima. Es en esos momentos cuando se hacen más patentes los motivos de esperanza y los inagotables recursos que, bien encaminados, pueden transformar la fisonomía del Perú en realizaciones concretas y eficaces, que hagan posible la civilización del amor entre los peruanos.

5. No podemos silenciar, sin embargo, la presencia de factores que obstaculizan realización de una mayor fraternidad, justicia y solidaridad en la sociedad peruana. La innegable presencia del pecado, con su inevitable secuela de sufrimientos, que repercuten especialmente en los más débiles y desprotegidos, ha de interpelar a todos, según la propia responsabilidad, a fin de suscitar un empeño común para que la vida individual y social se conformen más al designio divino.

En vuestros recientes documentos colectivos, en especial en el “Mensaje de los Obispos del Perú ante la situación actual”, del pasado mes de octubre, hacíais un urgente llamado a un esfuerzo solidario para construir una sociedad verdaderamente cristiana, que ponga el ideal de servicio por encima del ideal de dominio y de explotación, que tan graves consecuencias conlleva. “La sociedad peruana actual –os decía en nuestro último encuentro en Lima–, que justamente aspira a conseguir objetivos de progreso capaces de elevar el horizonte material y espiritual de todo ciudadano, se siente a veces como minada desde dentro por un inexcusable eclipse del respeto debido a la dignidad humana, por ideologías materialistas que niegan la trascendencia, por una violencia ciega e insensible a las reiteradas llamadas a la reconciliación. A todo esto se añade la pobreza creciente y aun extrema en que llegan a vivir tantas familias, los vicios sociales acarreados o generados por el narcotráfico, la profusión de las sectas y la persistencia obstinada de planteamientos doctrinales y metodológicos que siembran confusión entre los fieles y atentan a la unidad de la Iglesia” (Alocución a la Conferencia episcopal peruana , n.3, Lima, 15 de mayo de 1988).

Estas circunstancias, que describíamos hace algunos meses, continúan siendo retos que debéis afrontar desde el Evangelio, para que su acción salvadora penetre y renueve todos los aspectos de la vida personal y social. En vuestro servicio pastoral, no dejéis de insistir en que el poder del mal puede vencerse con la fuerza del bien; exhortación paulina que los jóvenes acogieron con entusiasmo durante mi entrañable encuentro con ellos en Lima. La opción por un mundo más humano no es ajena a la misión de la Iglesia, que ve cómo la presente crisis de valores puede favorecer la suplantación de la verdad por el error y el menosprecio de la dignidad del ser humano. La proclamación de los principios de la moral cristiana como vía para la conversión personal, y el ordenamiento de todo hacia Cristo – superando los antagonismos, los enfrentamientos y en definitiva el pecado – han de ser imperativos para la renovada evangelización que vuestro querido país necesita.

6. En vuestra realidad concreta os esforzáis por servir a los hombres predicándoles “la Palabra de salvación” y “de reconciliación” (Hch 13, 26; 2 Co 5, 19), invitándoles a la conversión del corazón, alentándoles a ponerse bajo la guía y protección de Santa María, y exhortándoles a superar las tensiones sociales, que son fuente de división y de conflictos. Es ésta una tarea que – como lo constatáis a diario– se presenta con características de urgencia inaplazable, pues son muchos los peruanos que sufren en su propia carne la falta de solidaridad de quienes pudiendo ayudar no lo hacen.

Al ser maestros de la fe, debéis ser también, e irrenunciablemente, defensores y promotores de la dignidad humana (Discurso a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano , I y III, 28 de enero de 1979, Puebla). En ese sentido debéis proclamar, con vuestra palabra y vuestro testimonio, la enseñanza social de la Iglesia en esta materia.

El V Congreso Eucarístico y Mariano, que tuve el gozo de clausurar en Lima, fue también ocasión privilegiada para renovar y fortalecer el amor y la devoción del Pueblo de Dios a la Santísima Virgen. Conozco el afecto filial de los peruanos a la Madre de Dios. Por ello, en las circunstancias no fáciles por las que atraviesa vuestro amado país, María debe alentar la esperanza de todos. Ella nos enseña que Dios es siempre rico en misericordia (cf. Lc 1, 54) y fiel a sus promesas. Mas esto exige una actitud de fe como la de la Virgen, que fue llamada bienaventurada por haber “creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Ibíd., 1, 45).

Queridos Hermanos, pido al Señor que esta visita “ad limina Apostolorum” confirme y consolide aún más la unión entre vosotros y con la Iglesia Universal. Con ello, vuestro ministerio ganará en intensidad y eficacia, lo cual ciertamente redundará en bien de las comunidades eclesiales del Perú.

No quiero terminar sin rogaros que llevéis a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles el saludo y la bendición del Papa, que ora por todos con gran afecto y viva esperanza.

A la Madre de Jesús encomiando vuestras personas, vuestras inquietudes y vuestros anhelos pastorales, para que respondáis generosamente al reto de un tiempo que reclama una evangelización audaz y plenamente fiel al Señor Jesús.

Con estos vivos deseos os acompaña mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA SEÑORA JANINA DEL VECCHIO UGALDE, NUEVA EMBAJADORA DE COSTA RICA ANTE LA SANTA SEDE

Jueves 22 de junio de 1989

Excelencia:

Me es grato darle mi mas cordial bienvenida en este acto de presentación de las cartas credenciales, que la acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Costa Rica ante la Santa Sede.

Ante todo, deseo manifestarle mi reconocimiento por las sentidas palabras con que ha tenido a bien saludarme, pues me han permitido comprobar una vez más los nobles sentimientos de cercanía y adhesión a esta Sede Apostólica por parte de los ciudadanos de esa querida Nación. Deseo agradecerle igualmente el deferente saludo que me ha transmitido de parte del Señor Presidente de la República.

Vuestra Excelencia se ha referido a la vocación por la paz, que ha sido un valor distintivo de Costa Rica en su trayectoria democrática. Al respecto, no puedo dejar de recordar cómo su Gobierno – con una iniciativa de su Presidente, el Doctor Oscar Arias Sánchez – tuvo un notable papel en el encuentro de Esquipulas II y posteriormente en el de Alajuela, y que se ha plasmado en un acuerdo firmado por los cinco Países centroamericanos, con vistas a forjar un destino de paz para esa Región.

La Santa Sede ha visto con gran interés este plan y sigue muy de cerca el proceso en curso, con el vivo anhelo de que se fomente el diálogo y se puedan superar los obstáculos que se oponen al verdadero progreso de aquellos pueblos, evitando siempre la tentación del recurso a cualquier forma de violencia.

En el mencionado documento de Esquipulas II se afirmaba de modo perentorio que “paz y desarrollo son indispensables”. Recordando la conocida expresión del Papa Pablo VI, podríamos incluso decir que ambas realidades son inseparables, pues “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Pero sólo cuando este desarrollo es pleno y armónico, es decir, cuando favorece la realización de toda la persona y de cada persona en todas sus dimensiones, entonces ayuda a ésta a abrirse al Absoluto, el cual “da a la vida humana su verdadero significado”.

El desarrollo viene a ser también, en última instancia, un elemento constitutivo de la paz por el hecho de que contribuye a alcanzar lo que es bueno para la persona y para la comunidad humana. Por tanto, mediante el verdadero desarrollo se podrá favorecer una paz duradera. Pero para ello es preciso crear una conciencia de solidaridad que conduzca a un desarrollo integral en la medida en que proteja y tutele los legítimos derechos de las personas, en armonía con las exigencias del bien común de la Nación.

Dado que la solidaridad brinda una base ética para orientar adecuadamente las relaciones humanas y sociales, el desarrollo, a su vez, permite ir realizando aquella ayuda del hermano hacia el hermano, de tal manera que todos puedan vivir más plenamente dentro de aquel sano pluralismo y complementariedad, que son señal de garantía de una civilización auténticamente humana: Esta dinámica lleva ciertamente a aquella armoniosa “tranquillitas ordinis”, de la que nos habla San Agustín, y que constituye y asegura la verdadera paz.

En Costa Rica, al igual que en los países hermanos de América Central, crece una juventud que aspira ardientemente a la paz y al progreso social. A las expectativas de las nuevas generaciones, particularmente sensibles a los signos de los tiempos, habrá que corresponder con unas determinaciones políticas y sociales que ayuden a comprender y comprobar que la paz no será un objetivo alcanzado mientras la seguridad, impuesta por las armas, no sea reemplazada gradualmente por la seguridad basada en un orden jurídico, social y económico, que refuerce los lazos de solidaridad y el destino común al que están llamados los pueblos hermanos de Centroamérica. Esta es una responsabilidad que ningún Estado puede eludir. En este sentido era bien explícito el Papa Pablo VI: “La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de la fuerza. La paz se construye cada día con la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres” (Populorum Progressio , 76).

A este respecto, la Santa Sede –junto con otros representantes de la comunidad internacional que han visto en el acuerdo de Esquipulas II un horizonte de esperanza para América Central– alienta todas aquellas medidas que estén encaminadas al logro de una pacificación estable de toda esta área. Sólo a partir de un sincero clima de diálogo y reconciliación, que permita también el retorno a sus hogares de tantas personas que se han visto desplazadas por los efectos de la violencia, y que, a su vez, favorezca un decidido proceso democrático, será posible crear unos cauces de participación sobre unas bases de justicia y libertad, presupuestos insustituibles para la paz y el desarrollo. Al mismo tiempo, son inaplazables todas las medidas encaminadas a garantizar la inviolabilidad de las personas, que respeten la libertad y seguridad de sus vidas.

Esta Sede Apostólica ve con agrado los esfuerzos que el Gobierno de Costa Rica está realizando para el mantenimiento y puesta en práctica de los acuerdos que han suscrito los representantes políticos de Centroamérica. Al mismo tiempo, renueva su llamado para que la comunidad internacional ofrezca su contribución solidaria, orientada a la superación de las trabas de orden económico que tanto dificultan el desarrollo de la Región. La Iglesia en Costa Rica, por su parte, continuará incansable en su vocación de servicio al hombre, ciudadano e hijo de Dios. Por eso, los Pastores, sacerdotes y familias religiosas – conforme a la misión que les ha sido confiada – no ahorrarán esfuerzos en la labor de promoción y estímulo de todo aquello que pueda favorecer el bien común y la fraternidad entre los hombres.

Al expresarle mis mejores deseos por el feliz desempeño de su alta misión, invoco sobre Vuestra Excelencia y su distinguida familia, sobre las Autoridades que han tenido a bien confiársela y sobre los amadísimos ciudadanos de Costa Rica la constante protección del Altísimo.

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VIAJE APOSTÓLICO A NORUEGA, ISLANDIA, FINLANDIA, DINAMARCA Y SUECIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS REPRESENTANTES DEL CUERPO ACADÉMICO Y DE LOS ESTUDIANTES EN EL AULA MAGNA DE LA UNIVERSIDAD DE UPSALA Viernes 9 de junio de 1989

Majestades, Altezas Reales, ilustre Rector de la Universidad de Upsala, Rectores Magníficos de las universidades y de los institutos de enseñanza superior de Suecia, Vuestra Gracia, Arzobispo Werkström, distinguidos huéspedes y queridos estudiantes:

1. Con profundo sentido de la historia participo, como su huésped, en esta augusta asamblea. Agradezco a usted, honorable Rector, sus amables palabras de bienvenida. Permítanme expresar a todos ustedes mi profundo agradecimiento.

Como Obispo de Roma, me alegro por el hecho de que esta Universidad de Upsala debe su nacimiento a una bula de mi predecesor, el Papa Sixto IV, en 1477. A petición del entonces arzobispo de Upsala, Jakob Ulfsson, se fundó la Universidad con el propósito de reforzar las relaciones intelectuales y espirituales entre los países nórdicos y el resto de Europa. El hecho de que después de más de cinco siglos el sucesor de Sixto IV tenga el privilegio de visitar esta prestigiosa Universidad, creada por la Santa Sede, me conmueve profundamente.

A decir verdad, los tiempos han cambiado mucho desde la fundación de la Universidad de Upsala. Aquella modestísima institución que empezó a fines del siglo XV con un pequeño grupo de profesores y estudiantes, heredó los más altos ideales intelectuales de la Edad Media. La Universidad se identificó enseguida con la historia de Suecia y se unió estrechamente al destino de sus reyes, de sus nobles y de su pueblo. El Studium Generale de Upsala formó parte con honor de la familia de las grandes universidades europeas que se multiplicaron con el correr del tiempo en el continente. Famosos maestros de Upsala llegaron a ser nombres familiares en la historia intelectual de Europa y del mundo. Sólo por mencionar algunos, podemos recordar a Celsius, Swedenborg y Linnaeus. La Universidad siguió una tradición ilustre en las disciplinas de las artes liberales, la jurisprudencia, la ciencia, la filosofía, la medicina y la teología. Aunque experimentó los desafortunados acontecimientos que llevaron con la Reforma a la separación de los cristianos europeos, la Universidad ha dado testimonio en estos últimos años de la creciente aspiración de muchos cristianos al restablecimiento de la unidad en Jesucristo, aspiración que se ha expresado mediante el compromiso ecuménico de muchas y eminentes personalidades luteranas de Upsala, incluyendo a Nathan Söderblom, antiguo arzobispo luterano de esta ciudad.

2. Señoras y señores: En nombre de nuestra común herencia me propongo reflexionar con ustedes hoy sobre la misión de una Universidad al servicio de la persona humana en las circunstancias históricas y culturales de nuestros días. Tenemos que elaborar juntos, para nuestro tiempo, una forma de educación superior que lleve a las generaciones jóvenes los valores duraderos de una tradición intelectual enriquecida por dos milenios de experiencia humanística y cristiana.

En el pasado, el ideal de la Universitas era el de esforzarse por la unificación del conocimiento, buscando reconciliar todos los elementos de verdad que se obtenían mediante las ciencias naturales y sagradas. Lo que el estudio humano descubre, se comprende a la luz de la Revelación encerrada en el Evangelio. La verdad de la gracia es también la verdad de la naturaleza, tal como en otro tiempo lo expresaba bellamente el lema de la Universidad de Upsala: Gratiae veritas naturae. Por supuesto, el desarrollo científico actual y el nivel prodigioso de la investigación moderna hacen que sea inconcebible de momento cualquier síntesis del conocimiento. No existen versiones modernas de las antiguas Summa, Compendium o Tractatus. Pero muchas de las mejores mentes del mundo universitario actual insisten en formular una definición, para nuestra época, del concepto original de Universitas y Humanitas, que debería perseguir con nuevos modos una necesaria integración del conocimiento, si queremos evitar los escollos de una profesionalización demasiado pragmática y de una superespecialización inconexa en los programas universitarios. El futuro de una cultura verdaderamente humana, abierta a los valores éticos y espirituales, está en peligro.

3. Se requiere claramente un nuevo humanismo cristiano y una nueva versión de la educación en las artes liberales, y la Iglesia católica sigue con el máximo interés la investigación y los experimentos que se están llevando a cabo en relación con esta cuestión. En primer lugar, tenemos que aceptar con realismo el desarrollo y la transformación de las modernas universidades, que han crecido mucho en número y complejidad. Los países modernos se sienten orgullosos de sus universidades, que son instituciones clave para el progreso de las sociedades avanzadas. Esto hace que sea más urgente, por tanto, reflexionar sobre la específica vocación de las universidades europeas que consiste en mantener vivo el ideal de una educación liberal, y los valores universales, que una tradición cultural, marcada por el cristianismo, enriquece con un saber superior.

Han quedado atrás los días en que las universidades europeas se referían unánimemente a una autoridad central en el cristianismo. Nuestras sociedades han de vivir en un contexto pluralista, que requiere un diálogo entre muchas tradiciones espirituales que buscan de nuevo armonía y colaboración. Pero es esencial para la universidad, como institución, referirse constantemente a la herencia intelectual y espiritual, que ha configurado nuestra identidad europea en el curso de los siglos.

4. ¿Cuál es esta herencia? Pensemos por un momento en los siguientes valores fundamentales de nuestra civilización: la dignidad de la persona, el carácter sagrado de la vida, el papel central de la familia, la importancia de la educación, la libertad de pensamiento, de palabra y de profesar las propias convicciones o la propia religión, la protección legal de los individuos o de los grupos, la cooperación de todos para el bien común, el concepto de trabajo como participación en la obra misma del Creador, y la autoridad del Estado, gobernado por la ley y la razón. Estos valores pertenecen al tesoro cultural de Europa, tesoro que es el resultado de muchas reflexiones, debates y sufrimientos. Ellos representan un logro espiritual de la razón y la justicia, que honra a los pueblos de Europa por su esfuerzo en instaurar en el orden temporal el espíritu de fraternidad cristiana enseñado por el Evangelio.

Las universidades deberían ser el lugar especial para dar luz y calor a estas convicciones, que tienen sus raíces en el mundo grecorromano y que han sido enriquecidas e inspiradas por la tradición judeocristiana. Esta tradición desarrolló el concepto más elevado de la persona humana, vista como imagen de Dios, redimida por Cristo y llamada a un destino eterno, dotada de derechos inalienables y responsable del bien común de la sociedad. Las discusiones teológicas en torno a las dos naturalezas de Jesucristo permitieron el desarrollo del concepto de persona, que es la piedra angular de la civilización occidental.

Así pues, el individuo ha sido colocado en el orden natural de la creación con condiciones y requisitos objetivos. La posición del hombre ya no descansa sobre el capricho del estadista o de las ideologías, sino sobre una ley natural, objetiva y universal. Este principio básico fue afirmado expresamente en la Bula de fundación de la Universidad de Upsala: la raza humana está gobernada y ordenada por el orden natural y moral, "Humanum genus naturali iure et morali regitur et gubernatur" (Bulla Si iuxta sanctorum, ed. por J. Liedgren, en Acta Universitatis Upsalensis, c. 44, Upsala, 1983).

5. Hoy hay una creciente conciencia moral de la verdad de este principio, que los pueblos comparten por doquier. El valor del individuo y la dignidad no dependen de los sistemas políticos o ideológicos, sino que se fundan en el orden natural, en un orden objetivo de valores. Tal convicción llevó en 1948 a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas, una piedra miliar en la historia de la humanidad, que la Iglesia católica ha defendido y ampliado en diversos documentos oficiales. Los trágicos acontecimientos de este siglo han mostrado cómo los seres humanos pueden ser amenazados y destruidos cuando los Gobiernos niegan la dignidad fundamental de la persona. Hemos visto que grandes naciones han olvidado sus tradiciones culturales y han dictado leyes para exterminar enteras poblaciones y discriminar trágicamente los grupos étnicos o religiosos. También hemos sido testigos de la integridad moral de hombres y mujeres que se han opuesto heroicamente a tales aberraciones con actos valerosos de resistencia y compasión. Deseo igualmente mencionar al compatriota de ustedes Raoul Wallenberg, quien de modo digno de alabanza salvó a tantos miembros del pueblo judío de los campos de concentración nazis. Su ejemplo inspira una lucha consagrada a los derechos humanos.

La dignidad de la persona puede ser protegida sólo si la persona es considerada inviolable desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Una persona no puede ser reducida al "status" de medio o instrumento de los demás. La sociedad existe para promover la seguridad y la dignidad de la persona. Por esta razón, el derecho primario que la sociedad debe defender es el derecho a la vida. Ya sea en el seno materno, ya sea en la fase final de la vida, jamás se debe disponer de una persona para hacer más fácil la vida de los demás. Cada persona debe ser tratada como un fin en sí misma. Este es un principio fundamental para toda actividad humana: en la atención sanitaria, en la formación de los niños, en la educación y en los "mass media". Las actitudes de los individuos o de las sociedades a este propósito pueden medirse por el trato dispensado a quienes por varias razones no pueden competir en la sociedad: los minusválidos, los enfermos, los ancianos y los moribundos. Si una sociedad no considera la persona humana inviolable, la formulación de principios éticos consistentes se hace imposible, así como la creación de un clima moral que fomente la protección de los miembros más débiles de la familia humana.

6. Tal como afirmé el pasado año, con ocasión del IX centenario de la Universidad de Bolonia, una de las herencias más ricas de la tradición universitaria occidental, es precisamente el concepto de que una sociedad civilizada se funda en la primacía de la razón y de la ley. Como Obispo de Roma, hijo de Polonia y a la vez miembro de la comunidad académica polaca, aliento de todo corazón a todos los representantes de la vida intelectual y cultural que están comprometidos en revitalizar la herencia clásica y cristiana de la institución universitaria. No todos los profesores, no todos los alumnos se aplican igualmente al estudio de la teología y de las artes liberales, pero todos se pueden beneficiar de la transmisión de una cultura enriquecida por aquella gran tradición común.

Su sistema universitario ha mantenido viva la enseñanza de la teología y esto ofrece un foro abierto al estudio de la Palabra de Dios y su significado para el hombre y la mujer de nuestros días. Nuestro tiempo tiene una gran necesidad de la investigación interdisciplinaria para afrontar los complejos desafíos que implica el progreso. Estos problemas se relacionan con el significado de la vida y de la muerte, las amenazas que encierra la manipulación genética, el alcance de la educación y la transmisión del conocimiento y la sabiduría a las jóvenes generaciones. Ciertamente tenemos que admirar los maravillosos descubrimientos de la ciencia, pero también somos conscientes del poder devastador de la tecnología moderna, capaz de destruir la tierra y todo lo que ella contiene. Por tanto, es necesario movilizar urgentemente las mentes y las conciencias.

Es vital para el futuro de nuestra civilización que tales cuestiones sean examinadas conjuntamente por expertos científicos así como por teólogos expertos, de manera que todos los aspectos de los problemas técnicos y morales puedan ser considerados cuidadosamente. Hablando a la UNESCO en París el 2 de junio de 1980 , apelé especialmente al potencial moral de todos los hombres y mujeres de la cultura. Dije entonces y lo repito hoy delante de esta distinguida asamblea: "Todos ustedes juntos representan un poder enorme: ¡el poder de la inteligencia y la conciencia! ¡Demuestran ser más poderosos que el más potente en nuestro mundo moderno! Les estimulo a que den prueba de la más noble solidaridad hacia la humanidad: la solidaridad fundada en la dignidad de la persona humana". En esta gran tarea encontrarán un aliado en la Iglesia católica, aliado deseoso de cooperar completamente con sus hermanos y hermanas cristianos y con todos los hombres de buena voluntad.

7. Nosotros los cristianos proclamamos abiertamente el Evangelio de Jesucristo, pero no imponemos nuestra fe o nuestras convicciones a nadie. Reconocemos la falta de unanimidad en el modo como los derechos humanos suelen fundarse filosóficamente. A pesar de ello, todos estamos llamados a defender a cada ser humano, que es el sujeto de los inalienables derechos humanos, y a trabajar para conseguir entre nuestros contemporáneos un acuerdo sobre la existencia y la sustancia de estos derechos humanos. Esta actitud de diálogo realista ha sido decisiva para la creación de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, encargada de la tarea de construir la paz y de fomentar la colaboración en el mundo. Suecia se ha comprometido profundamente con el espíritu y las realizaciones de las Naciones Unidas a través de la dedicación de Dag Hammarskjöld, noble hijo de esta tierra.

Nuestro tiempo exige un compromiso generoso de las mejores mentes en las universidades, en los círculos intelectuales, en los centros de investigación, en los "mass media" y en las artes creativas para establecer las líneas fundamentales de una nueva solidaridad mundial relacionada con la búsqueda de la dignidad y la justicia para todo individuo y todo pueblo. Los eruditos y los estudiantes nórdicos han de dar una aportación específica. La tradición cultural de ustedes les da la ventaja de reunir todas las tradiciones vivas del continente: la escandinava, la alemana, la céltica, la eslava y la latina. Ustedes son una encrucijada, un punto de confluencia entre el Este y el Oeste, y pueden fomentar un diálogo que aspire a llevar a las Universidades del Este y del Oeste de Europa hacia una más estrecha colaboración, una empresa que sería decisiva intelectualmente para la construcción de la más grande Europa del mañana.

Europa tiene aún una gran responsabilidad frente al mundo. A causa de su historia cristiana, la vocación de Europa es de apertura y servicio a toda la familia humana. Pero hoy Europa tiene una obligación muy especial hacia las naciones en vías de desarrollo. Un gran desafío de nuestra época consiste precisamente en el desarrollo de todos los pueblos en el pleno respeto de sus culturas y de su identidad espiritual. Nuestra generación tiene aún mucho que hacer si quiere evitar el reproche de la historia de no haber combatido con todo su corazón y toda su mente para derrotar la miseria de tantos millones de hermanos y hermanas nuestros.

Este es el mensaje que he presentado en mi Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis sobre el desarrollo de los pueblos. Hemos de combatir contra todas las formas de pobreza, tanto física, como cultural y espiritual. Ciertamente el desarrollo tiene una dimensión económica, pero no sería un verdadero desarrollo humano si estuviera limitado a las necesidades materiales. "Un desarrollo no solamente económico se mide y se orienta según esta realidad y vocación del hombre visto globalmente, es decir, según un propio parámetro interior" (Sollicitudo rei socialis , 29: L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 28 de febrero, 1988, pág. 7). Hoy hablamos justamente de la dimensión cultural del desarrollo, y estoy seguro de que promoviendo semejante modelo de desarrollo, los intelectuales y los eruditos universitarios darán una aportación indispensable.

8. Por último, querría recordar los sentimientos expresados en el mensaje conclusivo del Concilio Vaticano II a los hombres y las mujeres del pensamiento y la ciencia: "Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía, a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás. Felices los que, no habiéndola encontrado, caminan hacia ella con un corazón sincero... Nunca quizá, gracias a Dios, ha aparecido tan clara como hoy la posibilidad de un profundo acuerdo entre la verdadera ciencia y la verdadera fe, una y otra al servicio de la única verdad... Tened confianza en la fe, esa gran amiga de la inteligencia".

Señoras y señores: Les dejo con estos pensamientos, expresados con estima y amistad. Que Dios les sostenga, hombres y mujeres del saber, en su servicio a la verdad, en su dedicación a la bondad y en su amor a la belleza. Que esta Universidad que nos hospeda, la gran Universidad de Upsala, florezca por muchos siglos. ¡Que Dios les bendiga a todos ustedes! Gracias.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE DIPLOMÁTICOS LATINOAMERICANOS

Viernes 7 de julio de 1989

Distinguidos Señores y Señoras:

Es un motivo de satisfacción tener este encuentro con vosotros, funcionarios del cuerpo diplomático latinoamericano, después de haber concluido en Florencia un Curso de especialización en Relaciones Internacionales, patrocinado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia.

Agradezco las amables palabras que uno de vosotros, en nombre de todos, ha tenido a bien dirigirme y que reflejan también los sentimientos de tantos conciudadanos vuestros que ven en la Iglesia y en su misión evangelizadora una voz que defiende la paz, la libertad, la justicia y los derechos de la persona humana.

Están representados aquí todos los países latinoamericanos que he visitado o espero visitar. El hecho de haber participado juntos en este Curso debe alentaros a trabajar solidariamente para acrecentar progresivamente el entendimiento y la necesaria cooperación entre los pueblos y las Naciones, tan necesarios en nuestros días. En efecto, vuestro principal cometido, como diplomáticos, es trabajar por el diálogo, la paz, la convivencia y el desarrollo integral de las Naciones. Estos son unos objetivos que merecen la mayor atención y las mejores energías.

La Iglesia, por su parte, trata de impulsar el crecimiento humano y espiritual, así como el progreso moral, en todos los niveles de la sociedad, a fin de que cada persona pueda gozar plenamente de su dignidad. De este modo, la Iglesia procura dar testimonio del sentido trascendente de la existencia humana sin olvidar la necesaria solidaridad que une a todos los hombres, hijos de Dios, en la construcción de un mundo cada vez más fraternal.

Al terminar este grato encuentro, ruego a Dios que os inspire y ayude en vuestra alta y responsable tarea, para que podáis afrontarla con espíritu abierto y generoso, con decidida actitud de servicio y profunda conciencia moral. A El mismo encomiendo vuestras personas y vuestras familias, junto con los habitantes de vuestros países, mientras imparto complacido mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PEREGRINOS DE LA DIÓCESIS DE PLASENCIA

Jueves 6 de julio de 1989

Queridos hermanos en el episcopado, amadísimos hijos e hijas:

La solemne celebración del VIII centenario de la erección canónica de la diócesis de Plasencia es el motivo primordial de la peregrinación que os ha traído a Roma, con el fin de orar ante la tumba del Apóstol Pedro y manifestar asimismo vuestra plena comunión con esta Sede Apostólica, que preside en la fe y en la caridad todas las Iglesias particulares.

Deseo expresar, ante todo, mi profundo reconocimiento por vuestra numerosa presencia en esta gozosa circunstancia, así como agradecer las amables palabras que el Señor Obispo de la diócesis ha tenido a bien dirigirme, en las cuales he percibido claramente el filial afecto y adhesión de los fieles placentinos a la persona y a las enseñanzas del Papa.

Esta significativa efemérides, que no ha de ser un mero recuerdo, debe constituir para Plasencia un momento particular de gracia. Momento particular por los abundantes dones recibidos de Dios a lo largo de estos ocho siglos. Pero momento también de verdadero compromiso cristiano a nivel personal, familiar y comunitario en el marco de la pastoral diocesana. En la estampa conmemorativa, que se ha publicado con ocasión de este jubileo, he podido ver el lema del centenario: “Por una Iglesia diocesana fiel al Evangelio y a los hombres de hoy”. Tarea apasionante, hermosa y, a la vez, difícil, la que habéis elegido: Seguir fielmente a Cristo y a su Iglesia en un momento en el que la sociedad se halla sedienta de Dios y de los valores espirituales. Para llevar a cabo esta acción, es menester que todo fiel placentino se deje iluminar por la Palabra de Dios, a través de una lectura constante y meditada; sepa escuchar las enseñanzas del Obispo, verdadero maestro en virtud de su ordenación episcopal. Así este acontecimiento que estáis conmemorando será un momento particular de gracia.

En el llamado “Privilegio fundacional” se lee el motivo real del nombre Plasencia o Placencia, que se impuso a vuestra ciudad. Los fundadores la llamaron Placencia “ut placeat Deo et hominibus”, para que agrade a Dios y a los hombres. Este lema, de rico contenido cristiano, encierra en si un programa de actuación: punto constante de referencia para vuestra Comunidad eclesial a lo largo del tiempo.

Agradar a Dios y testimoniar su Nombre es una exigencia ineludible para todo placentino.

Fruto de tal identidad es la notable contribución dado por Plasencia a la causa de la evangelización en el Nuevo Mundo. De esa apreciada diócesis han salido numerosos hombres y mujeres, como los 12 religiosos franciscanos del Convento de Belvis de Monroy, “apóstoles de México”, que dejaron patria y hogar por Cristo, al igual que otros tantos hijos e hijas de las demás regiones de España, para cumplir con una misión, la de predicar en toda su integridad la Palabra de Dios (cf Ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Santo Domingo , 11 de octubre de 1984).

Un acontecimiento eclesial no puede quedar en justo elogio de un pasado honroso; es un reto para el presente y el futuro. Como bien sabéis, en América se ha puesto en marcha el plan de la nueva evangelización, que supone una intensa misión y movilización espiritual. Es de esperar que, con la ayuda divina, Plasencia dé una decidida y generosa respuesta a este reto pastoral. Que esta toma de conciencia lleve a una mayor colaboración eclesial con las Iglesias hermanas de América Latina.

Por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe y de vuestros Santos Patronos, Fulgencio y Florentina, elevo mi plegaria al Todopoderoso para que en Plasencia y en todas sus comunidades se siga manifestando “con toda su fuerza y perseverancia... la integridad de la fe, la santidad de las costumbres, la caridad fraterna y la religión auténtica” (Oratio commemorationis VIII saeculi expleti a canonica erectione), para que Cristo sea siempre “el camino, la verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

A vosotros y a toda la diócesis de Plasencia imparto complacido mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR FERNANDO HINESTROSA FORERO, NUEVO EMBAJADOR DE COLOMBIA ANTE LA SANTA SEDE

Lunes 3 de julio de 1989

Señor Embajador:

Con viva complacencia recibo las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Colombia ante la Santa Sede. Al darle, pues, mi cordial bienvenida en este solemne acto, quiero agradecerle el deferente saludo que me ha transmitido de parte del Señor Presidente de la República, y a la vez reiterar el afecto que siento Por los hijos de esa noble Nación.

Hace apenas tres años que tuve la inmensa satisfacción de visitar pastoralmente su país. La visita fue densa desde el punto de vista espiritual y humano. Ante mis ojos se manifestó, en toda su intensidad, la fe y el entusiasmo propios de una nación animada por una profunda religiosidad, que sabe inspirar y fomentar cristianamente los diferentes aspectos de la vida, tanto a nivel familiar como individual y social. Por eso, en aquella inolvidable circunstancia me refería a la especial vocación cristiana de Colombia.

Vuestra Excelencia ha tenido a bien mencionar la importante labor evangelizadora llevada a cabo por la Iglesia en la difícil situación del país. Como ya afirmaba el Papa Pablo VI, evangelizar significa “llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro a la misma humanidad” (Evangelii Nuntiandi , 18).

La salvación en Jesucristo incluye también la promoción y el desarrollo integral del hombre. Por tanto, no debe extrañar que los primeros misioneros llegados al territorio colombiano trataran de implantar, junto con la fe, la elevación moral, social y cultural del individuo y de la familia.

Cercano ya el V Centenario de la presencia del cristianismo en el continente americano, la jerarquía colombiana se esfuerza por seguir e iluminar con espíritu pastoral los acontecimientos y las aspiraciones legítimas de la sociedad.

La Iglesia, ante los serios problemas que afectan al bien común y al recto ordenamiento de las instituciones públicas, no puede permanecer indiferente. En el momento actual la aportación del verdadero humanismo cristiano y de sus valores éticos y espirituales por parte de los cristianos, es un imperativo que no es posible eludir. Por eso, la Iglesia en Colombia siente la obligación de prestar su ayuda y colaboración leal y positiva al Estado y a la ciudadanía. Esta Sede Apostólica sigue con interés el esfuerzo del pueblo colombiano en realizar una serie de cambios sociales, en beneficio sobre todo de las clases más pobres y marginadas.

Ante el constante azote de la violencia, de la guerrilla radicalizada, de la producción y tráfico de estupefacientes, de la acción ciega de grupos armados, fenómenos que afectan también a otros países y que en los últimos tiempos han cobrado en Colombia innumerables vidas humanas y han causado muchos sufrimientos a individuos y familias, deseo apoyar decididamente todo lo que se realiza, en el marco del máximo respeto de los derechos inviolables de la persona y del vigente ordenamiento jurídico, en favor de la definitiva desactivación y erradicación de esos flagelos, que impiden la buena marcha de la vida de un pueblo.

Pido constantemente en mi plegaria al Todopoderoso que los esfuerzos efectuados a tal fin, en un clima responsable y constructivo, abran definitivamente el camino a la tan anhelada reconciliación nacional. La paz y la reconciliación es el grito unánime y ferviente que brota de lo más profundo de la Nación colombiana. Sensible a tan legítima aspiración, la Conferencia Episcopal puso en marcha, a comienzos de año, la “Gran Misión de Reconciliación Nacional”. En mi Plegaria imploraba al Señor que esa Misión de Reconciliación fraterna: “penetre muy hondo en los corazones de todos los colombianos... haga superar las diferencias, las enemistades, los antagonismos, y refuerce la voluntad de entendimiento y comprensión... para que como hijos del mismo Padre, podamos todos reconocernos hermanos en su nombre”.

Como afirmaba en Barranquilla, “sólo Jesucristo es capaz de derribar los muros de enemistad y hacer de nosotros hombres nuevos, reconciliados con el Padre por medio de la cruz. El ha venido a anunciarnos la paz” (Encuentro con la población de Barranquilla , 6 de julio de 1986). A la vista de todo esto, confío plenamente que Colombia, a través de una creciente y constante mejora en la política educativa, familiar y socio-económica, siga esforzándose en la ineludible labor de procurar a todos sus ciudadanos el acceso indiscriminado al patrimonio común de los bienes materiales y espirituales de la Nación y la participación plena y responsable en el cumplimiento de sus deberes y derechos. Sólo así volverá a resplandecer aquel orden querido por Dios, en un marco de diálogo y paz fraterna.

Señor Embajador, antes de finalizar este acto, pláceme desearle que la alta misión encomendada estreche los vínculos cordiales que la República de Colombia mantiene con esta Sede Apostólica. Ruego, al mismo tiempo, a Vuestra Excelencia tenga la amabilidad de transmitir mi más deferente saludo al Señor Presidente de la República, Doctor Virgilio Barco Vargas, así como a todos colombianos, sobre los cuales invoco la constante protección divina.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL ARZOBISPO Y A LOS FIELES DE TLALNEPANTLA

Sábado 1 de julio de 1989

Querido hermano en el episcopado, amadísimos sacerdotes y fieles diocesanos:

Es motivo de honda satisfacción darles mi más cordial bienvenida en este encuentro, que desea ser expresión del afecto y aprecio que el Papa siente no sólo por la comunidad eclesial de Tlalnepantla, elevada recientemente a Arquidiócesis, sino además por la Nación mexicana.

Ante todo, quiero agradecerle, Señor Arzobispo, las amables palabras con que ha querido manifestarme la cercanía y adhesión de esa Iglesia particular. El recuerdo del Palio recibido, signo de comunión de los Arzobispos metropolitanos con el Sucesor de Pedro, debe ser una llamada a todos para vivir y anunciar el Evangelio, con actitud “de fraternidad, de unidad y de paz” (Ad Gentes , 8). No se puede olvidar que la Iglesia entera, y de modo especial sus Pastores, han recibido de Cristo el solemne mandato de proclamar por toda la tierra el Mensaje de Salvación.

Así pues, vuestra Iglesia particular, que se halla en un decidido proceso de renovación cristiana y pastoral, impulsada por el Espíritu Santo debe cooperar con todos los medios a su alcance en la realización del designio de Dios, que quiere salvar a los hombres por medio de Cristo. Esto constituye el centro de la labor evangelizadora en un momento difícil de la historia, en el cual la persona y la sociedad actual, particularmente los jóvenes, se sienten tan sedientos de Dios y de los valores espirituales.

Pido a Nuestra Señora de Guadalupe, consuelo y esperanza para el pueblo fiel mexicano, que sea constante intercesora ante su divino Hijo.

En prenda de la constante protección celestial, les imparto de corazón la Bendición Apostólica, que extiendo complacido a la Comunidad diocesana de Tlalnepantla y a todos los mexicanos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE CHILE EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Castelgandolfo, lunes 28 de agosto de 1989

Queridos hermanos en el Episcopado:

1. Habéis venido desde Chile, siempre presente en mi plegaria, para “ver a Pedro” (cf Ga 1, 18). Vuestra visita “ad limina Apostolorum” es expresión eclesial de ese profundo deseo de conservar y acrecentar más aún la comunión con quien es cabeza del Colegio episcopal y centro visible de la unidad de la Iglesia. Por eso quiero agradecer vivamente las amables palabras que Mons. Carlos González, Obispo de Talca y Presidente de la Conferencia Episcopal ha tenido a bien dirigirme, en nombre también de los demás Obispos aquí presentes. Os doy mi más cordial bienvenida con fraterna alegría y recibo también con gozo vuestra firme manifestación de fidelidad a la Sede Apostólica. Por mi parte os ofrezco unas orientaciones con las que deseo ejercer la misión que Jesús, nuestro Salvador, confió al Apóstol Pedro, de confirmar la fe de sus hermanos (cf. Lc 22, 32).

Cuando recibí al primer grupo de Obispos chilenos, el mes de marzo pasado con motivo de su visita “ad limina”, les expuse con afecto, algunas directrices pastorales dirigidas, como bien comprendéis, no sólo a ellos, sino a todos los Obispos chilenos. Ha sido pastoralmente muy satisfactorio saber que esas orientaciones han sido ampliamente difundidas en vuestro país y acogidas muy positivamente por vosotros, por el clero y los fieles. Mis palabras, en este encuentro, quieren ser como un complemento a esa alocución anterior y una profundización en algunos de sus aspectos.

2. La misión de anunciar el Evangelio ha constituido siempre un gran desafío. En todo tiempo y lugar se verifica una vez más la parábola del grano de mostaza (cf Mt 13, 31 s.), o sea, la radical desproporción entre los medios humanos y la magnitud de la obra por realizar. Ante este hecho, los Apóstoles, fieles a la misión encomendada por Cristo, predicando la palabra de verdad, engendraron a las Iglesias (cf. S. Agustín, Enarrat. in Ps. 44, 23: CCL XXXVIII). Pues “no hay evangelización verdadera, mientras no se comunica el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” (Evangelii Nuntiandi , 22). La tarea de los Apóstoles se halla resumida en las palabras de San Pablo, predicar “a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, y necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza y sabiduría de Dios” (1Co 1, 23 s.). ¿Cómo hubieran podido los Apóstoles emprender una obra de tal envergadura si no hubieran estado sostenidos por el poder del Espíritu Santo? ¿Cómo habría podido la Iglesia resistir las persecuciones, e incluso las terribles pruebas interiores de la heterodoxia y del cisma, si no hubiera experimentado, de manera irrevocable, junto a ella y en ella, la presencia de Jesucristo que le prometió su fiel asistencia “hasta el fin del mundo”? (Mt 28, 20)

La evangelización de América Latina, como la de todos los pueblos de la tierra, es también una manifestación visible de cómo Dios impulsa a la Iglesia a crear nuevos espacios, nuevas comunidades en las cuales Cristo sea el principio y el fin.

La obra de la evangelización comienza, mas no termina. Sucesivas generaciones esperan el anuncio del Evangelio. Sucesivos cambios culturales reclaman luces nuevas, para poder superar la inmanencia asfixiante que destruye la persona, porque no ha querido escuchar y acoger a Dios. Los hombres se encuentran privados de la dimensión trascendente de su existencia, viviendo como a tientas en medio de “tinieblas y sombras de muerte” (cf. Mt 4, 16).

3. El evangelizador –de cualquier continente y lugar–, el catequista, es un hombre subyugado por el ejemplo y la llamada de Cristo, y movido por el celo de salvar a sus hermanos. Los hombres que no conocen a Jesucristo yacen a la vera del camino, como el viajero herido de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 30-37), junto al que pasaron indiferentes un sacerdote judío y un levita, a quienes ni estremeció ni interesó lo que hubiera sucedido o fuera a suceder más tarde al herido. El samaritano, en cambio, sintió como algo propio la poquedad y el sufrimiento del hombre asaltado; lo curó, lo vendó y se hizo cargo de él.

Esta es una imagen modélica de lo que deben ser los sentimientos del evangelizador: el hombre que se aflige con los que sufren, goza con los que gozan, y que se entrega a todos a fin de que otros participen de su inmensa alegría. Os exhorto, queridos hermanos, y con vosotros a vuestros sacerdotes, diáconos y fieles todos, a que deis testimonio de este celo, de esta caridad pastoral, de esa santa inquietud frente a vuestros hermanos. Sois responsables de vuestros fieles, sí, pero lo sois también, y a título muy especial, de los que, por cualquier motivo, no están en el redil. A nosotros los Obispos se nos aplica, en un sentido muy especial, la palabra del Profeta: “Me devora el celo de tu casa” (Sal 69 [68], 10).

Os invito pues, a pensar en algo que vosotros sabéis muy bien: nada es tan necesario e importante, para el hombre contemporáneo, como el anuncio de la Buena Nueva de salvación. Nada podemos darle que le sea más útil que este precioso tesoro, que el Señor ha confiado a nuestro ministerio. ¡Dad! ¡Dad sin descanso! Así el don de Dios será la bienaventuranza de los que lo acogen y de quienes lo entregan.

Al afirmar que la Iglesia es católica queremos decir que es evangelizadora, misionera y apostólica; si no tuviera esas características no sería la verdadera Iglesia de Jesucristo. ¡La vitalidad de la Iglesia se mide por su dimensión y proyección misionera y evangelizadora! “El Evangelio que nos ha sido encomendado –decía mi Predecesor Pablo VI– es también palabra de verdad..., verdad acerca de Dios, verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, verdad acerca del mundo” (Evangelii Nuntiandi , 78).

4. La finalidad de toda evangelización es suscitar la fe. Así lo recuerda el Apóstol: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien non han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Dios” (Rm 10, 14-17). Esa fe, don de Dios, nos introduce en la realidad más profunda del hombre y de cuanto lo rodea, porque sólo mediante la fe se pueden valorar las cosas y los hechos como Dios los valora.

Grandes han sido en los últimos tiempos los progresos de la ciencia y de la tecnología; grande es la repercusión de todo esto en la humanidad; pero ello no alcanza el nivel más profundo de la realidad, ni da una respuesta verdaderamente positiva y completa a los muchos interrogantes del hombre. Me complace recordar al respecto lo que dice la Carta a los Hebreos: “Por la fe sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece” (Hb 11, 3). Eso mismo lo percibe la fe que es “garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven” (Ibíd. 11, 1).

Los santos son especialmente los que han tenido un conocimiento global más exacto de Dios, y lo han adquirido a través de una fe vivísima, nutrida en la contemplación y sostenida por el don de sabiduría. Cuando San Pablo afirma que “el justo vivirá por la fe” (Rm 1, 17; cf. Ga 3, 11; Hb 10, 38), está enunciando una verdad fundamental de la vida cristiana, porque los criterios con que un hombre vive de forma coherente como hijo de Dios, miembro del cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo, no son criterios puramente humanos. La Virgen María y San José, su esposo, fueron personas de gran fe. Isabel alabó a María por haber creído (cf. Lc 1, 45). José demostró su fe profunda y abnegada, no con palabras, sino con hechos de vida, que son los que cuentan en el plan divino (cf. Mt 1, 18-25; 2, 13-15). Ellos vivieron el misterio de la Encarnación en la oscuridad de la fe, “sin comprender” (cf. Lc 2, 50), pero aceptando humilde y confiadamente los designios de Dios.

5. Es cierto que muchas realidades del plan salvífico de Dios no se perciben sino a la luz de la fe, y al margen de ella pierden su sentido pleno e incluso su identidad cristiana. Cuando la fe no es profunda, esas realidades adquieren rasgos equívocos, se la soslaya, se la minimiza o se la cubre con un manto de silencio; si esto ocurriera en la conciencia de los fieles y en la enseñanza de los Pastores, sería inequívoca señal de que la fe ha perdido hondura y, quizás, contenido.

La fe, cuyo contenido esencial, es el designio salvífico de Dios, expresado en la Encarnación de su Hijo y en su obra redentora hasta el final de los siglos, a través de su Iglesia, es el fundamento de toda vida cristiana, en la que están unidas indisociablemente la adhesión a la verdad y su proyección concreta sobre la vida personal y social. Nada, absolutamente nada en la vida del hombre puede escapar a la valoración moral que procede de la fe. Pretender que un solo elemento de la vida humana sea autónomo respecto a la ley de Dios, es una forma de idolatría (cf. Ga 4, 20). El hombre, que por la fe adora a Dios en espíritu y en verdad, sabe que esa adoración y ese amor no serían tales si se negara a reconocer en el hermano la imagen de Dios (cf. Jn 4, 20 s; Mt 25, 31 ss).

El crecimiento real de la Iglesia consiste en el acrecentamiento de la fe y de la caridad de sus miembros. Para eso evangelizamos. Y como en esta vida no se da la iluminación plena, por eso la Palabra de Dios tiene que seguir resonando siempre en medio del pueblo, por parte de aquellos que han recibido mediante la imposición de las manos el oficio de enseñar a sus hermanos con “la inescrutable riqueza de Cristo” (Ef 3, 8).

Os aliento queridos Hermanos, y por medio de vosotros a vuestros sacerdotes y diáconos, a anunciar con perseverancia y con entusiasmo el misterio de la fe; felices de poder comunicar a otros lo que tanto necesitan: la luz de la vida eterna. El mensaje del Evangelio “es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado. No admite indiferencia, sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo” (Evangelii Nuntiandi , 5).

6. En estos casi once años, de mi pontificado, he tenido ocasión de trataros y conocer vuestro difícil trabajo pastoral. He conocido personalmente a muchos de vuestros sacerdotes y fieles, y he podido visitar, en abril de 1987, algunas de vuestras Comunidades eclesiales. También he tenido ocasión de hablar con cada uno de vosotros, así como dirigirme a la Conferencia Episcopal en varias circunstancias. De este modo se han fortalecido los vínculos de fe y comunión entre las Iglesias particulares de Chile y esta Sede Apostólica.

A menudo mi pensamiento se dirige a vosotros, a vuestros queridos sacerdotes, así como a todos los religiosos, religiosas y laicos, que colaboran con vosotros en el campo del apostolado. También pienso en las comunidades de vuestras grandes ciudades, así como en aquellas más lejanas del sur de Chile, de la Isla de Pascua y del Altiplano del norte. Espero vivamente que cada comunidad parroquial esté profundamente unida al propio Obispo, de manera que éste sea verdaderamente el Padre y Pastor de su grey.

En efecto, en la Iglesia cada Obispo sabe que tiene una responsabilidad propia e inalienable en el desempeño de su misión de enseñar, santificar y gobernar al Pueblo de Dios. Esta es una potestad que cada Obispo ejerce en nombre de Cristo, esperando que los fieles sepan aceptar lo que los Obispos disponen para el bien de la propia diócesis.

En vuestras respectivas circunscripciones eclesiásticas, debéis fomentar el camino de la santidad para vuestros sacerdotes, religiosos y laicos, según la vocación peculiar de cada uno, persuadidos también de que debéis ser, como los Apóstoles, “sal de la tierra y luz del mundo” (cf Mt 5, 13.14) y obligados por tanto “a dar ejemplo de santidad en la caridad, humildad y sencillez de vida” (Christus Dominus , 15). Que el testimonio de tantos beneméritos Pastores que os han precedido os ayude en vuestro ministerio.

El Espíritu Santo os ha confiado la misma misión, que lleváis a cabo en circunstancias distintas. Hay quienes trabajan en diócesis bien organizadas, otros en Prelaturas y Vicariatos Apostólicos, con problemas típicos de tales circunscripciones eclesiásticas, así como es peculiar el ministerio pastoral que debe desempeñar el Obispo Castrense, en colaboración con los demás Obispos diocesanos. Sin embargo, todos sois conscientes de colaborar en la edificación de la Iglesia Santa de Dios con la palabra y el ejemplo, confiando siempre en la ayuda del Señor.

7. Antes de concluir, quiero pediros que llevéis mi saludo afectuoso a todos los miembros de vuestras Iglesias diocesanas: a los sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos y seminaristas, así como a los cristianos comprometidos en el apostolado; a los jóvenes y a las familias; a los ancianos, a los enfermos y a los que sufren. De modo particular decid a los sacerdotes y a las personas consagradas a Dios que el Papa les agradece su esforzado trabajo por el Señor y por la causa de la Evangelización, de tal manera que tiene plena confianza en su fidelidad.

A vosotros, Obispos de Chile, os agradezco en nombre del Señor vuestra solicitud pastoral por la Iglesia de Dios. En vuestra dedicación generosa al Evangelio contáis con la bendición y la intercesión de la Madre de Dios. Pido hoy a vuestra Patrona, Nuestra Señora del Carmen de Maipú, que os acompañe con su protección maternal, sobre todo en esta hora en que ya nos preparamos para celebrar el V Centenario de la llegada de la fe al nuevo mundo, que ha marcado indeleblemente a la Nación chilena con el signo vivificador de la Cruz de Cristo.

A la Virgen María, Señora de la Paz y Madre de los hombres, encomiendo una vez más a la querida sociedad chilena para que, en un ambiente de mutuo respeto y de búsqueda del bien común, vaya progresando en la paz y en el bienestar social.

Os acompaño en vuestra tarea pastoral con mi plegaria y mi solicitud apostólica, mientras os imparto mi Bendición, que hago extensiva a los amados hijos de Chile, a quienes recuerdo con tanto afecto.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL PATRONATO REAL DE LA GRUTA DE COVADONGA Lunes 21 de agosto de 1989

Alteza Real:

Pláceme tener este encuentro con Usted y los miembros del Patronato Real de la Gruta y Sitio de Covadonga en estas primeras horas del día.

En este rincón sin par, llamado “casa solariega de España y de la Hispanidad”, tiene su sede el Patronado Real que Vuestra Alteza tiene a bien presidir, corno Príncipe de Asturias. Entre los objetivos del Patronato está el de fomentar “el estudio, coordinación y realización de obras, instalaciones y servicios que redunden en el mayor esplendor y efectividad de los valores religiosos, históricos...” (Boletín Oficial del Principado de Asturias y de la Provincia, Ley 2/87 del 8 de abril de 1987, artículo 1). Pero en este quehacer religioso-social cuentan con la sensibilidad, la colaboración y el apoyo del Gobierno, de la Iglesia y del generoso pueblo que ven en este santuario mariano la cuna del renacer de España. Desde los lejanos tiempos de Pelayo hasta la época actual.

Covadonga es vista y considerada como la esencia de España. Por ello, no debe extrañar al visitante y al peregrino que los muros de la basílica de Nuestra Señora alberguen fraternalmente todas las banderas de Iberoamérica, junto con las de España y Asturias. Es como si quisieran manifestar, en el umbral del V centenario del descubrimiento y evangelización del Nuevo Mundo, la unión fraterna existente entre España y América. Unión que brilla de modo fúlgido merced a la fe cristiana. Fe de honda raíz mariana “Per Mariam ad Iesum!” ¡Por María a Jesús! Esto se aplica de forma concreta a la religiosidad popular española y americana.

Cuando, dentro de breves instantes, me postre ante la venerada Imagen de la Santina, puedo asegurar que tendré presente a vuestra Alteza y a los miembros de este alto Patronato para que el servicio religioso y social que prestan alcance los fines previstos. Así se colmarán las esperanzas puestas por los hijos y las hijas de Asturias y de España entera, esperanzas de que este maravilloso enclave, obra admirable del Todopoderoso, siga manteniendo su profunda identidad espiritual.

A Ustedes y a sus familias bendigo de corazón.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

ORACIÓN DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II EN LA CUEVA DE COVADONGA Lunes 21 de agosto de 1989

1. ¡Dios te salve, Reina y Madre de misericordia!

He subido a la montaña, he venido hasta tu Cueva, Virgen María, para venerar tu imagen, “Santina de Covadonga”. Con tus hijos de Asturias y de España entera quiero hoy proclamar tus glorias y unirme a tu canto: ¡Tú eres la Sierva del Señor, nuestra Madre y Reina! Como peregrino que ansía afianzar su esperanza, vengo a este santuario, testigo de tanta fe y amor en la historia, hogar seguro, bajo tu cobijo, entre los montes, donde pusiste tu Casa y sin cesar dispensas los dones de tu Hijo.

2. Junto con los Pastores y fieles de esta Iglesia de Asturias, a Ti, que eres dulzura y esperanza de cuantos te imploran, te pido el don de la esperanza que ilumina el futuro, el gozo perenne de la fe, el ardor radiante de la caridad. Ayúdanos a vivir en comunión sincera, sabiéndonos Iglesia de Dios, hermanos de Cristo e hijos tuyos, para dar testimonio de unidad y reavivar en nuestro pueblo la fe. Te pido, Señora, desde este corazón de Asturias que es tu Cueva, por todos los que invocan tu nombre en tantos otros templos, que esparcidos en la geografía del Principado, son faros de fe, santuarios donde brota el fervor de la esperanza, morada tuya donde tus hijos se reúnen en torno al altar.

3. Quiero presentarte y poner ante tu pies, Virgen de Covadonga, a todos tus hijos de Asturias, las gentes del campo y los hombres del mar, los mineros con su duro e inclemente trabajo, los niños y los ancianos, los enfermos y todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, las familias, y sobre todo, los jóvenes, promesa del futuro, que buscan la razón y el sentido de su vivir. Alcanza para todos de Dios, “rico en misericordia”, con tu poderosa mediación maternal, la gracia del perdón y de la reconciliación que Cristo tu Hijo nos ha merecido para vivir en paz con Dios y con los hermanos.

4. Protege, Virgen Santa de Covadonga, a cuantos vienen hasta tu templo santo para unirse en matrimonio bajo tu mirada maternal. Haz que experimenten como los esposos de Caná, la gracia de tu intercesión y la presencia salvadora de tu Hijo, para que la fe cristiana sea fundamento inquebrantable de su hogar y el amor verdadero fortalezca su unión y se abra fecundo a la vida. Mira, Madre de Asturias, a todos los emigrantes de esta tierra que desde lejos vuelven sus ojos hasta este santuario, en espera de poder regresar a su patria y contemplar tu rostro que atrae los corazones e irradia luz y paz.

5. “Santina de Covadonga”, “causa de nuestra alegría”, ilumina a cuantos llegan a estas montañas para que reconozcan, en medio de tanta belleza, a Quien “yéndolas mirando, con sola su figura, vestidas las dejó de su hermosura”, y así se dejen atraer por la bondad y belleza del Creador que hizo de Ti el vértice de la hermosura humana y divina. Suscita, Madre de Asturias, entre los hijos e hijas de las familias cristianas vocaciones de apóstoles y misioneros: nuevos sacerdotes, religiosos y religiosas, personas consagradas y seglares comprometidos, al servicio del Reino y de la civilización del amor. Haz que, hoy como ayer, los hijos de Asturias sigan a tu Hijo por el camino de la santidad y siembren la semilla del Evangelio desde aquí hasta los confines de la tierra.

6. Madre y Maestra de la fe católica, haz que Covadonga siga siendo, como antaño lo fue, altar mayor y latido del corazón de España. Y a quienes te cantamos como “la Reina de nuestra montaña” y a todos los hermanos que peregrinan por los senderos de la fe, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, que nos ofreces siempre como Salvador y Hermano nuestro.

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

Amén.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

VIGILIA CON LOS JÓVENES EN EL MONTE DEL GOZO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Sábado 19 de agosto de 1989

Peregrinos, ¿Qué buscáis?

1.1. Queridos jóvenes: os saludo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo: «el Camino, la Verdad y la Vida». A vosotros, que habéis venido de todos los pueblos de España y de las diferentes naciones de América Latina, así como de tantos países del mundo, os doy las gracias por haber aceptado mi invitación a hacer juntos esta peregrinación, este camino hasta la tumba del Apóstol Santiago.

Saludo ahora a los jóvenes de toda Galicia y, en especial, a los de la archidiócesis de Santiago. Vosotros tenéis la suerte de ofrecer casa y hospitalidad a los peregrinos que llegan a vuestra tierra, tierra privilegiada por albergar una meta de un camino que lleva a la alegría, al gozo, a Jesucristo.

Deseo saludar ahora en algunas lenguas representadas aquí por jóvenes peregrinos:

Os saludo a todos vosotros, jóvenes de lengua italiana: os deseo que esta peregrinación os sirva para reforzar vuestro camino de fe y para consolidar vuestra alegría de seguir y amar a Cristo, en todos los senderos de vuestra vida.

Saludo de todo corazón a los jóvenes de lengua francesa y los felicito por haber respondido en tan gran número a mi invitación. Queridos jóvenes, sed bienvenidos a este encuentro extraordinario que he deseado tanto. Que el gozo y la paz de Cristo estén siempre con vosotros.

Mi cordial saludo se dirige también a los numerosos peregrinos de habla inglesa que están con nosotros en esta feliz ocasión. Queridos jóvenes: habéis venido a Santiago de Compostela siguiendo las huellas de los peregrinos cristianos de diferentes tiempos y lugares. Ojalá que aquí, ante la tumba del Apóstol Santiago, os renovéis en la fe católica, que nos viene de los Apóstoles. Junto con toda la Iglesia, entregaos con generosidad a seguir a Jesucristo, el único que es «el Camino, la Verdad y la Vida».

Mi saludo cordial se dirige también a vosotros, jóvenes de los países de lengua alemana. En el Evangelio Jesús nos invita a seguir sus palabras y su ejemplo. Aceptad las palabras de Jesús no como una imposición, sino como un estímulo a la madurez humana y cristiana. Tened la valentía de entregaros con generosidad mediante el servicio. Así encontraréis vuestro ser auténtico que no lo garantiza el «poseer», y descubriréis la experiencia interior de haber recibido un gran don.

Sed bienvenidos, jóvenes de lengua portuguesa, aquí ampliamente representados por los chicos y chicas de la nación vecina: Portugal. ¡El Papa ya tenía muchas ganas de veros! A todos, con viva simpatía y afecto, repito una pregunta que os hice hace algún tiempo en Lisboa: ¿Sois plenamente conscientes de ser «aliados naturales de Cristo» para evangelizar? Que de este encuentro llevéis más viva y operosa la certeza de que sois testigos de Cristo, nuestra vida, paz y alegría.

Os saludo cordialmente, jóvenes polacos, venidos desde Polonia y de los ambientes polacos en el extranjero, hasta Santiago de Compostela, para la jornada Mundial de la juventud del año del Señor 1989, siguiendo la antiquísima ruta de los peregrinos. Expreso mi profunda alegría por el hecho de que en este lugar, vinculado a la memoria de Santiago, Apóstol y mártir, queréis rezar juntos con el Papa y ratificaros en vuestra vocación, cuyo modelo es Cristo mismo, nuestro camino, verdad y vida.

De corazón saludo también a los jóvenes flamencos y holandeses. Ojalá que, gracias a la peregrinación a Santiago de Compostela, podáis comprender mejor que la vida terrena es una peregrinación ininterrumpida hacia la patria celestial y que Jesucristo es el camino que hay que recorrer.

Saludo también cordialmente a todos los jóvenes croatas. Que Cristo sea siempre para vosotros, para vuestros coetáneos y para todo vuestro pueblo «Camino, Verdad y Vida». De corazón imparto a todos mi bendición apostólica.

Saludo también cordialmente a todos los jóvenes eslovenos. Que Cristo sea siempre para vosotros y para vuestros coetáneos «Camino, Verdad y Vida». Que os acompañe por doquier mi bendición apostólica.

¡Alabado sea Jesucristo! Deseo saludar a todos los jóvenes japoneses venidos aquí desde Extremo Oriente, para participar en la Jornada Mundial de la Juventud, en este encuentro de las esperanzas juveniles. Os deseo que, unidos en Cristo, con la ayuda de la Virgen y junto cor todos los jóvenes del mundo, podáis construir un mundo nuevo. ¡Alabado sea Jesucristo!

Saludo a los chicos y chicas del Vietnam. A todos vosotros que habéis venido de tan lejos, os deseo que, habiendo comprendido la misión del laico en la Iglesia, vayáis a testimoniarla en el nombre de Jesús:

El es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6).

Con vosotros, que os habéis congregado aquí en gran número, tengo muy presentes, porque se han unido espiritualmente a nosotros, a tantos jóvenes y tantas jóvenes de todo el mundo, que han comunicado su cercanía y adhesión a esta Jornada.

También doy las gracias a los cardenales y obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y a todos los fieles laicos que os han acompañado en esta ruta jacobea.

El camino. Esta es la palabra que mejor expresa la característica de este Encuentro Mundial de la juventud.

Os habéis puesto en marcha desde todos los países de Europa, desde todos los continentes. Algunos habéis venido a pie, como los antiguos peregrinos; otros en bicicleta, en barco, en autobús, en avión... Habéis venido para redescubrir aquí, en Santiago, las raíces de nuestra fe, para comprometeros, con corazón generoso, en la «nueva evangelización», en el umbral ya del tercer milenio.

Durante siglos, innumerables peregrinos nos han precedido en el camino de Santiago. Al comienzo del primer cuadro de esta representación escénica hemos visto a los peregrinos con los símbolos característicos y tradicionales de la «ruta jacobea»: el sombrero, el bastón, la concha y la calabaza. Cuando volváis a vuestros países ―en vuestras casas y ambientes de estudio― estos símbolos os harán recordar el encuentro de esta noche y sobre todo su significado.

Para nosotros, igual que para los peregrinos que nos han precedido en épocas pasadas, este camino expresa un profundo espíritu de conversión. Un deseo de volver a Dios. Un camino de purificación y de penitencia, de renovación y de reconciliación.

Por esto, para todos nosotros, corno para los peregrinos que nos han precedido, es muy importante terminarlo con un encuentro con el Señor, a través de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Sé que muchos de vosotros los habéis recibido a lo largo de estos días. «La purificación del corazón y la conversión al Padre del cielo son ―como han escrito en su Carta pastoral los obispos de la diócesis de la ruta jacobea― inspiración y motivo fundamentales del Camino de Santiago» (n. 57).

1.2. Vamos a reflexionar sobre el significado de la palabra «camino», para que esta conversión del corazón y el encuentro con el Señor, que estamos viviendo, den sentido a nuestra vida.

La palabra «camino» está muy relacionada con la idea de «búsqueda», Este aspecto ha sido resaltado en la representación que estamos viendo.

¿Qué buscáis, peregrinos?, ha preguntado la Encrucijada de los caminos. Esta encrucijada representa la pregunta que el hombre se hace sobre el sentido de la vida, sobre la meta que quiere alcanzar, sobre la razón de su comportamiento.

Hemos visto representadas, de forma muy expresiva, algunas de las cosas que frecuentemente muchos hombres se ponen como meta de su vida y de su acción: el dinero, el éxito, el egoísmo, el bienestar. Pero los jóvenes peregrinos del escenario han visto que a la larga esto no satisface al hombre. Estas cosas no pueden llenar el corazón humano.

1.3. ¿Qué buscáis, peregrinos? Esta pregunta nos la tenemos que hacer todos aquí. Sobre todo vosotros, queridos jóvenes, que tenéis ahora la vida por delante. Os invito a decidir de forma definitiva la dirección de vuestro camino.

Con las mismas palabras de Cristo os pregunto: «¿Qué buscáis?» (Jn 1, 38). ¿Buscáis a Dios?

La tradición espiritual del cristianismo no sólo subraya la importancia de nuestra búsqueda de Dios. Resalta algo todavía más importante: es Dios quien nos busca. El nos sale al encuentro.

Nuestro camino de Compostela significa querer dar una respuesta a nuestras necesidades, a nuestros interrogantes, a nuestra «búsqueda» y también salir al encuentro de Dios que nos busca con un amor tan grande que difícilmente logramos entender.

1.4. Este encuentro con Dios se realiza en Jesucristo. En El, que ha dado la vida por nosotros, en su humanidad, experimentamos el amor que Dios nos tiene. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Y al igual que Jesús llamó a Santiago y a los otros Apóstoles también nos llama a cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros, aquí, en Santiago, tiene que entender y creer: «Dios me llama, Dios me envía». Desde la eternidad Dios ha pensado en nosotros y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles. El nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo que nos dice, como ha dicho a los Apóstoles: «Ven y sígueme». ¡El es el Camino que nos conduce al Padre!

Pero hay que reconocer que nosotros no tenemos ni la fuerza; ni la constancia, ni la pureza de corazón suficiente para seguir a Dios con toda nuestra vida y con todo nuestro corazón. Pidámosle a María, Ella que ha sido la primera en seguir el camino de su Hijo, que interceda por nosotros.

Jesús desea acompañarnos, como acompañó a los discípulos en el camino de Emaús. El nos indica la dirección del camino a seguir. El nos da la fuerza. Al volver a casa, al igual que los discípulos del relato evangélico, podremos decir que nuestro corazón ardía cuando nos hablaba en el camino y que le hemos reconocido al partir el pan (cf. Lc 24, 22.25). Será el momento de presentarnos a nuestros hermanos, sobre todo a los demás jóvenes, como testigos. ¡Sí! ¡Testigos del amor de Dios y de su esperanza de salvación!

¿Dónde está la verdad?

2.1. «Buscamos la verdad». Estas palabras de la última canción tienen que resonar en nuestros corazones. Es el sentido más profundo del camino de Santiago: buscar la verdad y proclamarla.

¿Dónde está la verdad? «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Antes que vosotros y vosotras hubo un hombre que hizo esta misma pregunta a Jesús.

En la representación hemos visto tres de las respuestas que el mundo da a estas preguntas. La primera, es poner todo nuestro anhelo en la satisfacción plena e inmediata de los sentidos, una búsqueda continua de los placeres de la vida. Ante esto, los peregrinos han contestado: «nos hemos divertido, pero... continuamos vacíos».

Tampoco la segunda respuesta, la de los violentos que ponen todo su interés en el poder y en el dominio sobre los demás, ha sido válida para nuestros peregrinos del segundo cuadro. Esta respuesta no sólo conduce a la destrucción de la dignidad del otro ―hermano o hermana― sino también a la propia destrucción. Algunas experiencias de este siglo, y también de nuestros días, nos muestran claramente cómo acaban los que ponen su meta en el poder y el dominio.

La tercera respuesta, representada por los drogadictos, busca la liberación y autorrealización mediante la evasión de la realidad. Es la triste experiencia de tantas personas, entre las cuales se hallan muchos coetáneos vuestros que siguen este camino u otros similares, y que en lugar de llevarlos a la libertad, los hace esclavos hasta conducirlos a la autodestrucción.

2.2. Estoy seguro de que a vosotros, como a casi todos los jóvenes de hoy, os preocupa la contaminación del aire y de los mares, es decir, la problemática de la ecología. Os indigna el mal uso de los recursos de la tierra y creciente destrucción del medio ambiente. Y tenéis razón. Hay que actuar, de forma coordinada y responsable, para cambiar esta situación antes de que nuestro planeta sufra daños irreversibles.

Pero, queridos jóvenes, también hay una contaminación de las ideas y de las costumbres que puede conducir a la destrucción del hombre. Esta contaminación es el pecado, de donde nace la mentira.

La verdad y la mentira. Tenemos que reconocer que muchas veces la mentira se nos presenta como verdad. Por eso es necesario discernir para reconocer la verdad, la Palabra que viene de Dios, y rechazar las tentaciones que vienen del «padre de la mentira». Me refiero al pecado, que es la negación de Dios, el rechazo de la luz. Como dice el Evangelio de Juan: «la luz verdadera» estaba en el mundo «y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció» (Jn 1, 9-10).

La tragedia de Pilato

2.3. «En la raíz del pecado humano está la mentira como radical rechazo de la verdad contenida en el Verbo del Padre, mediante el cual se expresa la amorosa omnipotencia del Creador: la omnipotencia y a la vez el amor de Dios Padre, creador de cielo y tierra» (Dominum et Vivificantem n. 33).

«La verdad contenida en el Verbo del Padre». Esto es lo que queremos decir cuando reconocemos a Jesucristo como la Verdad. «¿Qué es la verdad?», le preguntaba Pilato. La tragedia de Pilato era que la Verdad estaba frente a él, en la persona de Jesucristo, y no era capaz de reconocerla.

Queridos jóvenes: esta tragedia no debe darse en nuestra vida. Cristo es el centro de la fe cristiana; una fe que la Iglesia proclama hoy, como ha hecho siempre, a todos los hombres y mujeres: Dios se hizo hombre. «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Los ojos de la fe ven en Jesucristo lo que el hombre puede ser y cómo Dios quiere que sea. Al mismo tiempo Jesús nos revela el amor del Padre.

2.4. Como he escrito en el Mensaje para esta Jornada Mundial de la Juventud , la verdad es la exigencia más profunda del espíritu humano. Sobre todo vosotros y vosotras debéis tener sed de la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la vida y el mundo.

Pero la Verdad es Jesucristo. ¡Amad la Verdad! ¡Vivid en la Verdad! Llevad la Verdad al mundo. ¡Sed testigos de la Verdad! Jesús es la Verdad que salva; es la Verdad completa a la que nos guiará el Espíritu de la Verdad (cf. Jn 16, 13).

Queridos jóvenes: busquemos la verdad sobre Cristo, sobre su Iglesia. Pero seamos coherentes; amemos la verdad, vivamos en la verdad, proclamemos la verdad. ¡Oh Cristo, enséñanos la Verdad! ¡Sé Tú, para nosotros, la única Verdad!

¿En qué consiste la vida?

3.1. Por último, queridísimos jóvenes, Cristo es la Vida. Estoy seguro de que cada uno de vosotros ama la vida, no la muerte. Deseáis vivir la vida en plenitud, animados por la esperanza, que nace de un proyecto de amplias perspectivas.

Es justo que tengáis sed de vida, de vida plena. Sois jóvenes precisamente por esto. Pero, ¿en qué consiste la vida? ¿Cuál es el sentido de la vida y cuál es el modo mejor para actuarlo? Hace poco habéis cantado con entusiasmo: «Somos peregrinos de la vida, caminantes unidos para amar». ¿No está aquí la base para la respuesta que buscáis?

La fe cristiana establece un vínculo profundo entre amor y vida. En el Evangelio de Juan leemos: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). El amor de Dios nos lleva a la vida, y este amor y esta vida se hacen realidad en Jesucristo. El es el amor encarnado del Padre; en El «se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tt 3, 4).

Cristo, queridísimos jóvenes, es pues, el único interlocutor competente al que se pueden plantear las preguntas esenciales sobre el valor y sobre el sentido de la vida: no sólo de la vida sana y feliz, sino también de la vida cargada con el sufrimiento, cuando esté marcada por alguna invalidez física o por situaciones de malestar familiar y social. Sí, Cristo es el único interlocutor competente, también para las preguntas dramáticas, que se pueden formular más con gemidos que con palabras. ¡Preguntadle, escuchadle!

El sentido de la vida, os dirá El, está en el amor. Sólo quien sabe amar hasta olvidarse de sí mismo para darse al hermano realiza plenamente la propia vida y expresa en el grado máximo el valor de la propia existencia terrena. Es la paradoja evangélica de la vida que se rescata perdiéndose (cf. Jn 12, 25), una paradoja que halla su luz plena en el misterio de Cristo muerto y resucitado por nosotros.

3.2. Queridos jóvenes, en la dimensión de don se presenta la perspectiva madura de una vocación humana y cristiana. Esto es importante sobre todo para la vocación religiosa, en la que un hombre o una mujer, mediante la profesión de los consejos evangélicos, hace suyo el programa que Cristo mismo realizó sobre la tierra para el Reino de Dios. Ellos se comprometen a dar un testimonio particular del amor de Dios por encima de todo y, recuerdan a cada uno la llamada común a la unión con Dios en la eternidad.

El mundo actual necesita como nunca estos testimonios, porque muy a menudo está tan ocupado en las cosas de la tierra que olvida las del cielo.

Quiero recordar aquí de modo particular a las 400 jóvenes religiosas de vida contemplativa de España, que me han manifestado sus deseos de estar presentes en este encuentro. Sé ciertamente que están muy unidas a todos nosotros a través de la oración en el silencio del claustro. Hace siete años, muchas de ellas asistieron al encuentro que tuve con los jóvenes en el Estadio Santiago Bernabeu de Madrid. Después, respondiendo generosamente a la llamada de Cristo, le han seguido de por vida. Ahora se dedican a rezar por la Iglesia, pero sobre todo por vosotros y vosotras, jóvenes, para que sepáis responder también con generosidad a la llamada de Jesús.

Con profundo gozo me es grato presentaros también, como modelo de seguimiento a Cristo, la encomiable figura del Siervo de Dios Rafael Arnáiz Barón, oblato trapense fallecido a los 27 años de edad en la abadía de San Isidro de Dueñas (Palencia). De él se ha dicho justamente que vivió y murió «con un corazón alegre y con mucho amor a Dios». Fue un joven, como muchos de vosotros y de vosotras, que acogió la llamada de Cristo y le siguió con decisión.

3.3. Sin embargo, jóvenes que me escucháis, la llamada de Cristo no se dirige sólo a religiosas, religiosos y sacerdotes. El llama a todos; llama también a quien, sostenido por el amor, se encamina a la meta del matrimonio. Efectivamente, es Dios quien ha creado el ser humano, hombre y mujer, introduciendo así en la historia aquella singular «duplicidad», gracias a la cual el hombre y la mujer, aún en su sustancial igualdad de derechos, se caracterizan por aquella maravillosa complementariedad de sus atributos, que fecunda su recíproca atracción. En el amor que brota del encuentro de la masculinidad con la feminidad se encarna la llamada de Dios mismo, que ha creado al hombre «a su imagen y semejanza» precisamente como «hombre y mujer». Esta llamada Cristo la ha hecho propia, enriqueciéndola con nuevos valores en la Alianza definitiva establecida en la cruz. Pues bien, queridos jóvenes, en el amor de todo bautizado El pide que se pueda expresar su amor hacia la Iglesia, por la cual se sacrificó a Sí mismo a fin de «presentársela resplandeciente a sí mismo sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 27).

Queridísimos jóvenes: a cada uno de vosotros, como aquel coetáneo vuestro del que nos habla el Evangelio (cf. Mt 19, 16-22), Cristo re nueva su invitación: «Sígueme». Algunas veces esa palabra significa: «Te llamo a un amor total hacia mí»; pero muy frecuentemente con ella Jesús quiere decir: «Sígueme a mí que soy el Esposo de la Iglesia; aprende amar a tu esposa, a tu esposo, como yo he amado a la Iglesia». Hazte partícipe también tú de ese misterio, de ese sacramento del que se dice en la Carta a los Efesios que es «grande»: grande precisamente «respecto Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 32).

Jóvenes que me escucháis: Cristo desea enseñaros la maravillosa riqueza del amor conyugal. Dejad que El hable a vuestro corazón. No huyáis de El. El tiene algo importante que deciros para el futuro de vuestro amor. Sobre todo con la gracia del sacramento, El tiene algo decisivo que daros para que vuestro amor tenga en sí la fuerza necesaria para superar las pruebas de la existencia.

Muchas voces a nuestro alrededor hablan hoy un lenguaje distinto al de Cristo, proponiendo modelos de comportamiento que, en nombre de una «modernidad» libre de «complejos» o de «tabúes» ―como se suele decir― reducen el amor a experiencia pasajera de gratificación personal o incluso de mero goce sexual. A quien sabe mirar con ojo libre de prejuicios este género de relaciones, no es difícil descubrir detrás de oropel de las palabras la realidad engañosa de una actitud egoísta, que mira principalmente a su propio interés. El otro ya no es reconocido en su dignidad de sujeto, sin que es rebajado al rango de objeto del que se dispone según criterios inspirados no en los valores sino en el interés.

El mismo hijo, que debería ser el fruto vivo del amor de los padres que en él se encarna y en cierto modo se transciende y perpetúa, acabe por sentirse como una cosa, que se tiene derecho de querer o de rechazas según el propio estado de ánimo subjetivo.

¿Cómo no reconocer en todo esto la polilla de una mentalidad consumista que lentamente ha vaciado el amor de aquel contenido trascendente en que se manifiesta una chispa del fuego que arde en el corazón mismo de la Trinidad santísima? Es preciso hacer que el amor vuelva a esta su fuente eterna, si se quiere que siga generando satisfacción verdadera, gozo y vida.

A vosotros, jóvenes, os corresponde la tarea de haceros en medio del mundo testigos de la verdad acerca del amor. Es una verdad exigente, que con frecuencia contrasta con las opiniones y con los «slogans» corrientes. Pero ¡es la única verdad digna de seres humanos, llamados a formar parte de la familia de Dios!

¿Qué quiere Jesús de mí?

4.1. Vosotros y vosotras habéis venido a este Monte del Gozo, llenos de ilusión y de confianza, dejando a un lado las insidias del mundo, para encontrar verdaderamente a Jesús, «el Camino, la Verdad y la Vida», el cual os invita a todos a seguirlo con amor. Es una llamada universal, que no tiene en cuenta el color de la piel, la condición social o la edad. En esta noche, tan emotiva por su significado religioso, fraternidad y alegría juvenil, Cristo Amigo está en medio de la asamblea para preguntares personalmente si queréis seguir decididamente el camino que El os muestra, si estáis dispuestos a aceptar su Verdad, su Mensaje de salvación, si deseáis vivir plenamente el ideal cristiano.

Es una decisión que debéis tomar sin miedo. Dios os ayudará, os dará su luz y su fuerza, para que sepáis responder con generosidad a su llamada. Llamada a una vida cristiana total.

¡Responded a la llamada de Jesucristo y seguidle!

4.2. Pero, más de uno de vosotros y vosotras se estará preguntando: ¿Qué quiere Jesús de mí? ¿A qué me llama? ¿Cuál es el sentido de su llamada para mí?

Para la gran mayoría de vosotros el amor humano se presenta como una forma de autorrealización en la formación de una familia. Por eso, en el nombre de Cristo deseo preguntaron:

¿Estáis dispuestos a seguir la llamada de Cristo a través del sacramento del matrimonio, para ser procreadores de nuevas vidas, formadores de nuevos peregrinos hacia la ciudad celeste?

En la historia de la salvación, el matrimonio cristiano es un misterio de fe. La familia es un misterio de amor, al colaborar directamente en la obra creadora de Dios. Amadísimos jóvenes, un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo y, en consecuencia, toma otros derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de la natalidad y los medios de contracepción. Estas formas de entender la vida están en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Seguir fielmente a Cristo quiere decir poner en práctica el mensaje evangélico, que implica también la castidad, la defensa de la vida, así como la indisolubilidad del vínculo matrimonial, que no es un mero contrato que se pueda romper arbitrariamente.

Viviendo en el «permisivismo» del mundo moderno, que niega o minimiza la autenticidad de los principios cristianos, es fácil y atrayente respirar esta mentalidad contaminada y sucumbir al deseo pasajero. Pero tened en cuenta que los que actúan de este modo no siguen ni aman a Cristo. Amar significa caminar juntos en la misma dirección hacia Dios, que es el origen del Amor. En esta dimensión cristiana, el amor es más fuerte que la muerte, porque nos prepara a acoger la vida, a protegerla y defenderla desde el seno materno hasta la muerte. Por eso os pregunto nuevamente:

¿Estáis dispuestos y dispuestas a salvaguardar la vida humana con el máximo cuidado en todos los instantes, aún en los más difíciles? ¿Estáis dispuestos, como jóvenes cristianos, a vivir y defender el amor a través del matrimonio indisoluble, a proteger la estabilidad de la familia que favorece la educación equilibrada de los hijos, al amparo del amor paterno y materno que se complementan mutuamente?

Este es el testimonio cristiano que se espera de la mayoría de vosotros y vosotras, jóvenes. Ser cristiano significa dar testimonio de la verdad cristiana; y hoy, particularmente, es poner en práctica el sentido auténtico que Cristo y la Iglesia dan a la vida y a la plena realización del joven y de la joven a través del matrimonio y de la familia.

4.3. Si, mis queridos jóvenes, Cristo os llama no sólo a caminar con El en esta peregrinación de la vida. El os envía en su lugar para ser mensajeros de la verdad, para ser sus testigos en el mundo, concretamente, ante los demás jóvenes como vosotros, porque muchos de ellos hoy, en el mundo entero, están buscando el camino, la verdad y la vida, pero no saben a dónde ir.

«Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización» (Christifideles laici n. 34), y vosotros no podéis faltar a esta llamada urgente. En este lugar dedicado a Santiago, el primero de los Apóstoles que dio testimonio de la fe con el martirio, comprometámonos a acoger el mandato de Cristo: «seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

¿Qué significa dar testimonio de Cristo? Significa sencillamente vivir según el Evangelio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente... Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37.39).

El cristiano está llamado a servir a los hermanos y a la sociedad, a promover y sostener la dignidad de cada ser humano, a respetar, defender y favorecer los derechos de la persona, a ser constructor de una paz duradera y auténtica, basada en la fraternidad, la libertad, la justicia y la verdad.

A pesar de las sorprendentes posibilidades ofrecidas a la humanidad por la tecnología moderna, existe todavía tanta pobreza y miseria en la sociedad. En muchas partes del mundo las personas viven amenazadas por la violencia, el terrorismo e incluso la guerra. Nuestro pensamiento se dirige una vez más al Líbano y a otros países del Medio Oriente, así como a todos los pueblos y regiones donde hay guerra y violencia.

Es urgente la necesidad de contar con enviados de Cristo, mensajeros cristianos. Vosotros y vosotras, queridos jóvenes, sois estos enviados y mensajeros para el futuro.

4.4. La llamada de Cristo lleva por un camino que no es fácil de recorrer, porque puede llevar incluso a la cruz. Pero no hay otro camino que lleve a la verdad y dé la vida. Sin embargo, no estamos solos en este camino. María con su FIAT abrió un camino nuevo a la humanidad. Ella, por su aceptación y entrega total a la misión de su Hijo, es prototipo de toda vocación cristiana. Ella caminará con nosotros, será nuestra compañera de viaje, y con su ayuda podremos seguir la vocación que Cristo nos ofrece.

Queridos jóvenes, pongámonos en camino con María; comprometámonos a seguir a Cristo, Camino, Verdad y Vida. Así seremos ardientes mensajeros de la nueva evangelización y generosos constructores de la civilización del amor.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS JÓVENES ENFERMOS Y MINUSVÁLIDOS Seminario Mayor de Santiago de Compostela Sábado 19 de agosto de 1989

Queridos hermanos y hermanas:

1. En este significativo día en el que tantos jóvenes y tantas jóvenes del mundo entero, reunidos en Santiago de Compostela o en los más remotos lugares del orbe, se sienten unidos con el Papa para celebrar a Cristo Redentor, vosotros constituís el centro de la atención eclesial, porque el sufrimiento os coloca especialmente cercanos a Cristo; más aún, hace de vosotros Cristos vivos en medio del mundo, pues «el hombre que sufre es camino de la Iglesia porque, antes que nada, es camino del mismo Cristo, el buen Samaritano que “no pasó de largo”, sino que “ tuvo compasión y acercándose vendó sus heridas... y cuidó de él ” (Lc 10, 32-34».(Christifideles laici , 53)

Por eso, yo siento una especial satisfacción pastoral al acercarme a vosotros para saludaros ―quisiera hacerlo a cada uno personalmente―, para dialogar sobre vuestra situación, para animaros, para bendeciros y para hacer ver ante todos los demás hombres y mujeres lo que vosotros sois y lo que significáis para la humanidad entera.

Deseo agradecer ahora las vivas expresiones con que un representante vuestro ha puesto de manifiesto vuestros anhelos así como vuestra disponibilidad a la voluntad del Señor; expresiones y testimonios de vida que están resumidos en el libro que me habéis entregado.

También quiero mostrar mi aprecio por los sentimientos de cercanía y solidaridad con los que sufrís o estáis más limitados, manifestados por un joven de vuestra misma edad.

Dende a vosa enfermidade non solo sodes ós privilexiados ante a mirada de Deus senón que sodes ós que mellor podedes pedir e facer que a xuventude do mundo atope a Xesús Cristo, Camiño, Verdade e Vida. Nun tempo no que se oculta a Cruz, vós aceptándoa sodes testemuñas de que Xesucristo quiso abraza-la prá nosa salvación.

(Desde vuestra enfermedad no sólo sois privilegiados ante la mirada de Dios sino que sois los que mejor podéis pedir y hacer que la juventud del mundo encuentre a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. En un tiempo en el que se oculta la cruz, vosotros, aceptándola sois testimonios de que Jesucristo quiso abrazarla para nuestra salvación).

2. ¡Jóvenes enfermos y minusválidos! Precisamente en el período más bello de la vida, en el que el vigor y el dinamismo constituyen una característica peculiar del hombre, vosotros os encontráis frágiles y sin las fuerzas necesarias para realizar tantas actividades como pueden hacerlo otros muchachos y muchachas de vuestra misma edad.

Efectivamente, tantos coetáneos vuestros han venido hoy caminando hasta el Monte del Gozo, donde nos reuniremos esta tarde. Vosotros no estáis en disposición de hacer caminatas, pero ―podríamos decirlo con una paradoja― habéis llegado antes que nadie al “monte del gozo”. Sí, porque el Calvario, donde Jesús murió y resucitó y donde vosotros estáis con El, es mirado con los ojos de la fe, el monte del gozo, la colina de la alegría perfecta, la cumbre de la esperanza.

3. Yo conozco también ―porque lo he probado en mi persona― el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrollar una vida normal. Pero sé también ―y quisiera hacéroslo ver a vosotros― que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne “lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).

Por esto, el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sufrimientos de Cristo.

Es inconmensurable también la fuerza evangelizadora que posee el dolor. Por eso, cuando yo llamo a todos los fieles cristianos a la gran empresa misionera de realizar una nueva evangelización, tengo presente que en primera línea estarán, como evangelizadores de excepción, los enfermos, los jóvenes enfermos “También los enfermos son enviados como obreros a su viña” Porque “el peso que oprime los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas” (Christifideles laici , 53).

4. En la Carta Apostólica “Salvifici Doloris ” he hablado largamente del sentido cristiano del sufrimiento y me he referido a varias de las ideas antes expuestas. Quisiera que esa Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo crucificado, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos.

Vosotros, ofreciendo al Señor vuestras limitadas fuerzas, sois la riqueza de la Iglesia, la reserva de energías para su tarea evangelizadora. Sois la expresión de una sabiduría inefable, que sólo se aprende en el sufrimiento: “Me estuvo bien el sufrir, ya que así aprendí tus mandamientos” (Ps 119 [118], 71). Con el dolor la vida se hace más hunda, más comprensiva, más humilde, más sincera, más solidaria, más generosa. En la enfermedad entendemos mejor que nuestra existencia es gratuita y que la salud es un inmenso don de Dios.

Vosotros, mis queridos amigos en el dolor, a través del sufrimiento descubriréis más fácilmente, y nos enseñaréis a los demás, a descubrir a Jesucristo “Camino, Verdad y Vida”. Mirad al Señor, Varón de dolores. Centrad vuestra atención en Jesús que joven también como vosotros, con su muerte en la cruz, hizo ver al hombre el valor inestimable de la vida, que conlleva necesariamente la aceptación de la voluntad de Dios Padre.

5. Antes de finalizar este encuentro, quiero dirigirme a todas las personas que, por lazos de sangre o por su profesión sanitaria y de asistencia humana y social, estáis en continuo contacto con nuestros queridos jóvenes enfermos.

Os expreso mi aprecio por la generosidad, y a veces abnegación, con que os esforzáis por crear en torno a éstos, imágenes vivas del Cristo doliente, un ambiente familiar, acogedor y sereno. Vosotros sentís el deber de realizar vuestro trabajo como un verdadero servicio, de hermano a hermano. Sabéis bien que quien sufre no sólo busca un alivio a sus dolencias o limitaciones, sino también al hermano o hermana, capaz de comprender su estado de ánimo y ayudarle a aceptarse a sí mismo y superarse en su vida diaria.

Para ello es fundamental la fe, que os permite entrever en el enfermo el rostro amigo de Cristo. ¿No dijo El: “estaba enfermo y me visitasteis”? (Mt 25,36). En esta dimensión cristiana vuestro servicio, a veces prolongado y fatigoso, tiene un valor inestimable ante la sociedad y, sobre todo, ante el Señor.

A vosotros, queridos enfermos y minusválidos, os bendigo con mi mayor afecto. Y esta misma bendición la extiendo complacido a vuestros seres queridos y a cuantos os atienden y acompañan en el ámbito espiritual, humano y sanitario.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

ORACIÓN DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II ANTE LA TUMBA DEL APÓSTOL SANTIAGO Sábado 19 de agosto de 1989

¡Señor Santiago! Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo, para honrar tu memoria e implorar tu protección. Vengo de la Roma luminosa y perenne, hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo. Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo, te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia, el abrazo fraterno que viene de los siglos y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad. Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil nacida en las fuentes de todos los países de la tierra. Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia, ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida. Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación. Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón. Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino. Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo. Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago, necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez. Por eso, venimos a pedírtelos hasta este “finisterrae” de tus andanzas apostólicas. Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor, el CAMINO que conduce hacia Él. Ábrenos, predicador de las Españas, a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro. Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA. Ponte tú, Patrón de los peregrinos, al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil. Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti, peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos. Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino, queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo que Cristo es –hoy y siempre– el CAMINO, la VERDAD y la VIDA.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE EL RITO DEL PEREGRINO Santiago de Compostela, sábado 19 de agosto de 1989

1. «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor. Ya están pisando nuestro pies tus umbrales, Jerusalén!» (Sal 122 [121], 1-2).

Amados hermanos en el Episcopado, hermanos y hermanas en Cristo:

Como un peregrino más, quiero dar gracias al Señor, de quien viene todo bien, por encontrarme en Santiago de Compostela. Ante este majestuoso Pórtico de la Gloria, que contemplo por segunda vez, me siento embargado de veras por esa emoción encendida en los corazones de millares y millares de peregrinos jacobeos, que a lo largo de los siglos han posado su mirada en este singular y original retablo de piedra, imagen evocadora de la verdadera Jerusalén celestial.

Antes de atravesar el umbral de la casa y templo del Señor Santiago, para venerar su sepulcro y abrazar su imagen, quiero saludar a los aquí presentes, peregrinos también al sepulcro del Apóstol.

Ante todo deseo dar mi fraterno saludo al Pastor de esta archidiócesis, mons. Antonio María Rouco Varela, a quien agradezco las sentidas palabras que ha tenido a bien dirigirme. Saludo igualmente a su obispo auxiliar, mons. Ricardo Blázquez Pérez, así como a los señores cardenales y demás obispos presentes, venidos de otras diócesis de España y del mundo, acompañados por tantos peregrinos. Con ellos, saludo también a los numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas.

Mi cordial saludo se dirige asimismo a los seminaristas y a los jóvenes que, en representación de todos los demás y con la capa de peregrino sobre sus hombros, me han acompañado hasta la catedral.

De modo particular renuevo mi afectuoso saludo a Sus Majestades los Reyes de España, que han querido participar en esta liturgia. Por medio de ellos me permito reiterar mi caluroso saludo al querido pueblo español.

Quixo Deus que como Bispo de Roma, Sucesor de Pedro, natural de Galizia oriental, chegase, de novo, como peregrino i encontrarme neste lugar santo, na Galicia occidental, do Finisterre hispánico, con xóvenes peregrinos de todo o mundo para louvanza de Xesús Cristo, Camiño, Verdade e Vida.

(Quiso Dios que como Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, natural de la Galicia oriental, llegase, de nuevo, como peregrino y me encontrase en este lugar santo, en la Galicia occidental, del Finisterre hispánico, con jóvenes peregrinos de todo el mundo para alabanza de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida).

2. «Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor» (Sal 122 [121], 3-4) .

Esta peregrinación asume un significado excepcional, al ser la meta de todos los que participan en la IV Jornada Mundial de la Juventud.

Compostela, hogar espacioso y de puertas abiertas, donde se ha venido dispensando por siglos y siglos, sin discriminación alguna, el pan de la "perdonanza" y de la gracia, quiere convertirse a partir de ahora en foco luminoso de vida cristiana, en reserva de energía apostólica para nuevas vías de evangelización, a impulsos de la fe de los jóvenes, de una fe siempre joven.

Son multitud los que se han unido a mi peregrinación ―otros muchos están también presentes en espíritu―, sintiéndose todos convocados por la palabra de Cristo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Estos mismos peregrinos transmiten al mundo actual el germen esperanzador de una nueva generación de discípulos de Cristo, íntimamente ilusionados y entregados con generosidad, al igual que el Apóstol Santiago, a la aventura de difundir y enraizar la Buena Nueva entre los hombres. Esta evangelización se ofrece como prerrogativa a los jóvenes de corazón generoso y creador, abiertos a la construcción de un mundo sin fronteras, donde prevalezca una civilización del amor, cuyos protagonistas deben ser todos los hijos de Dios diseminados por el mundo.

3. «Desead la paz a Jerusalén: Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus manos» (Sal 122 [121], 6-7) .

Hoy, aquí, ante el Pórtico de la Gloria, esta peregrinación de la IV Jornada Mundial de la Juventud se presenta como un signo claro y elocuente para el mundo. Nuestras voces proclaman unánimemente nuestra fe y nuestra esperanza. Queremos encender una hoguera de amor y de verdad que atraiga la atención del orbe, como antaño las luces misteriosas vistas en este lugar. Queremos sacudir el torpor de nuestro mundo, con el grito convencido de miles y miles de jóvenes peregrinos que pregonan a Cristo Redentor de todos los hombres, centro de la historia, esperanza de las gentes y Salvador de los pueblos.

Con ellos y con todos los aquí presentes ante este Pórtico, revive ante nuestros ojos el encuentro multitudinario de los peregrinos ante las puertas del templo de Santiago, descrito por el Codex Callistinus: «Allí van innumerables gentes de todas las naciones... No hay lengua ni dialecto cuyas voces no resuenen allí... Las puertas de la basílica nunca se cierran, ni de día ni de noche... Todo el mundo va allí aclamando: "E-ultr-eia (¡adelante, ea!) E-sus-eia (¡arriba, ea!)"». Sí. Por un momento Santiago de Compostela es hoy la tienda del encuentro, la meta de la peregrinación, el signo elocuente de la Iglesia peregrina y misionera, penitente y caminante, orante y evangelizadora que va por los caminos de la historia «entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz del Señor hasta que vuelva» (Cf. Lumen gentium , 8).

4. «Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo. Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien» (Sal 122 [121], 8-9).

En primer lugar he venido para proclamar y corroborar en todos vosotros que la Iglesia es Pueblo de Dios en camino. Por algo, y no en vano, los primeros cristianos que siguieron a Cristo fueron llamados los hombres del camino. La Iglesia, en su recorrido por las sendas de la historia no deja de afirmar constantemente la presencia de Jesús de Nazaret, ya que en el camino de todo cristiano está presente el misterioso Peregrino de Emaús, que sigue acompañando a los suyos, iluminándolos con su Palabra esclarecedora y alimentándolos con su Cuerpo y Sangre, pan de vida eterna.

Por tanto, no es de extrañar que la "ruta jacobea" haya sido considerada en algunas ocasiones paradigma de la peregrinación de la Iglesia en su marcha hacia la ciudad celestial; camino de oración y penitencia, de caridad y solidaridad; tramo de la vida donde la fe, haciéndose historia en los hombres, convierte asimismo en cristiana la cultura. Las iglesias y abadías, los hospitales y albergues del camino de Santiago hablan todavía de esa aventura cristiana del peregrinar en la que la fe se hacía vida, historia, cultura, caridad, obras de misericordia.

Ya casi en los umbrales del año dos mil, la Iglesia quiere seguir siendo compañera de viaje para la humanidad; también para nuestra propia humanidad, a veces dolorida y abandonada a causa de tantas infidelidades, y siempre menesterosa de ser guiada hacia la salvación en medio de la densa niebla que se cierne ante ella, cuando se vuelve lánguida la conciencia de la común vocación cristiana, incluso entre los mismos fieles. Dejándose llevar por el Espíritu, los cristianos sembrarán por doquier los valores de paz y de verdad que brotan del Evangelio, capaces de dar un significado nuevo, una savia nutritiva al mundo y a la sociedad actual.

Es pues necesario que el recuerdo de un pasado cristiano singular apremie a todos los hijos de la Iglesia y, yo añadiría, en particular a los hijos e hijas de la noble España, a entregarse a una labor apasionante: hacer florecer un nuevo humanismo cristiano, que dé sentido pleno a la vida en un momento en el cual hay tanta sed y hambre de Dios.

5. «Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre» (Sal 100 [99], 3-4).

He ahí la razón primordial que me ha movido a venir hasta la tumba del Apóstol: anunciar desde aquí que Cristo es y seguirá siendo "el Camino, la Verdad y la Vida". En estas palabras tan evocadoras encontramos la raíz de la revelación total de Cristo al hombre, a todo hombre, que debe aceptarlo como Camino si no quiere desviarse, asumirlo como Verdad si no quiere caer en el error, y abrirse a la efusión de la Vida ―la vida eterna― que brota de El, si no quiere dejarse absorber por ideologías y culturas de muerte y destrucción.

Hoy como ayer, necesitamos descubrir personalmente, como nuestro Apóstol, que Cristo es el Señor, para convertirnos en seguidores y apóstoles, en testigos y evangelizadores, y así construir una civilización más justa, una sociedad humana más habitable. Este es el legado que Santiago ha dejado no sólo a España y Europa, sino a todos los pueblos del mundo. Y éste es también el mensaje que el Papa, Sucesor de Pedro, os quiere confiar para que la Buena Nueva de salvación no quede convertida en silencio estéril, sino que encuentre eco favorable y produzca abundantes frutos de vida eterna.

En el pórtico de esta catedral, que con gran acierto llamáis "Pórtico de la Gloria" por su belleza arquitectónica y su hundo significado espiritual, podemos contemplar la imagen de la Bienaventurada Virgen María, que aparece en un expresivo gesto de aceptación de la voluntad divina. Que Ella, peregrina de la fe y Virgen del Camino, nos ayude a todos a dar, con firmeza y sumisión, el "sí" definitivo al proyecto divino, para que pueda ser en la Iglesia y en el mundo la verdadera fuerza renovadora de la gracia, y todos los hombres puedan volver a caminar como hermanos por la senda que conduce a la mansión eterna.

Pídovos, dende o fondo da miña alma, que non esquezades o que é mais voso, o legado histórico xacobeo e que dándolle gracias a Deus polo pasado non deixedes de ollar ó futuro, del tal xeito que manténdovos na fidelidade a vosa fe católica profesada sempre en comunión co Sucesor de Pedro, poidades presentar sempre ó mundo, con frescura xuvenil, a permanente mensaxe evanxélica do Apóstolo.

(Os pido, desde el fondo de mi alma, que no olvidéis lo que es más vuestro, el legado histórico jacobeo y que, dándole gracias a Dios por el pasado, no dejéis de mirar el futuro, de tal forma que, manteniéndoos en la fidelidad a vuestra fe católica, profesada siempre en comunión con el Sucesor de Pedro, podáis presentar siempre al mundo, con frescura juvenil, el permanente mensaje evangélico del Apóstol).

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades» (Sal 100 [99]).

¡Que Santiago y Nuestra Señora intercedan por vosotros ante el trono del Altísimo!

Así sea.

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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Aeropuerto Labacolla de Santiago de Compostela Sábado 19 de agosto de 1989

Majestad:

Gracias por sus cordiales expresiones de bienvenida, que reavivan en mi memoria las inolvidables muestras de simpatía recibidas con motivo de mis anteriores visitas pastorales a España. A mi sincero agradecimiento a Vuestras Majestades, por haberse desplazado a Santiago para recibirme, se une espontáneamente mi afectuoso saludo a todos los amadísimos hijos de España, y en particular a los de Galicia y Asturias. Todos ellos están dignamente representados aquí por mis hermanos en el Episcopado, así como par miembros del Gobierno de la Nación y por las Autoridades Autonómicas, a los cuales saludo con gran respeto y estima.

Al iniciar mi tercera visita pastoral a España no puedo silenciar mi gozo, porque vengo a Santiago de Compostela para encontrarme con jóvenes católicos de todo el mundo. Desde los más lejanos lugares, de todos los continentes, se dan cita fraternal junto al venerado sepulcro del Apóstol, para vivir unas jornadas intensas bajo el signo común de la fe cristiana. Muchas y diferentes han sido en estos días las "rutas jacobeas"; pero único ha sido el itinerario espiritual que ha guiado a estos jóvenes, convertidos en peregrinos a Santiago. Con enorme sacrificio y fatiga, con espíritu de penitencia, han confluido hasta aquí, deseosos de corroborar la amistad con Dios y con los hombres, dejándose inundar por la luz y la paz que Compostela sigue irradiando desde siglos.

En este lugar privilegiado, meta de peregrinos y penitentes, halló la joven Europa uno de los factores poderosos de cohesión: la fe cristiana, reavivada sin cesar, que iba a constituir una de sus raíces más firmes y fecundas. Cuando estamos ya casi en los umbrales del año dos mil, viendo a tantos jóvenes que llegan en busca de este horizonte de gracia y de perdón, podemos percatarnos felizmente de cómo la peregrinación de hoy constituye no sólo un obligado homenaje al pasado, sino también un acto de confianza en sus perspectivas de renovada vitalidad para el presente y para el futuro.

En este año se ha conmemorado el XIV centenario del III Concilio de Toledo; una celebración que puede hacer suscitar un eco de admiración y un cúmulo de sugerencias entre los jóvenes venidos a este encuentro de Santiago. El III Concilio toledano, además de ser un hito importante para el logro de la concordia y de la unión en la historia hispana, nos ofrece la clave para comprender la comunión de España con la gran tradición de las Iglesias de Oriente. ¿Cómo no recordar las figuras de los Santos hermanos Leandro e Isidoro? Ambos, santos y transmisores del saber, favorecieron la unión de los pueblos y la superación de las rupturas causadas por la herejía arriana. Con ellos la Iglesia católica se presentaba ante los pueblos como el espacio creador de libertad en que se encontraban contrapuestas las culturas hispano-romana y goda. Así fue posible inaugurar una nueva época e ir más allá de las diferencias y divisiones que ofrecían aspectos no fácilmente reconciliables. Frutos preciados de aquel acontecimiento eclesial fueron la armonización profunda de perspectivas entre la Iglesia y la sociedad, entre fe cristiana y cultura humana, entre inspiración evangélica y servicio al hombre.

España ha tenido siempre una vocación universal, católica. Preclaro símbolo de esa vocación es Santiago de Compostela, la ciudad que, por la fuerza de la memoria apostólica, atrae a distintos pueblos para que encuentren la unidad en una misma fe. El nombre de Santiago corrobora la presencia de España en la historia de las tierras de América. Por esto, al visitar España por segunda vez, encomendé a la Virgen del Pilar en Zaragoza la ya próxima celebración centenaria del descubrimiento y evangelización de América. En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo. La Iglesia de hoy se prepara a una nueva cristianización, que se presenta a sus ojos como un desafío, al cual deberá responder adecuadamente como en tiempos pasados.

Vengo, pues, a Santiago, ciudad de innumerables referencias para innumerables pueblos. Vengo como Sucesor de Pedro para alentar a mis hermanos; para avivar las fuerzas de los jóvenes y confortarme con ellos; y para anunciar a Jesucristo como Camino, Verdad y Vida. Para comprometer a todos en la construcción de un mundo donde resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios, y promueva la justicia y la paz. Y siguiendo el testimonio del Apóstol protomártir, Santiago, quiero invitar a los jóvenes a que abran sus corazones al Evangelio de Cristo y sean sus testigos; y si fuera necesario testigos-mártires, a las puertas del tercer milenio.

¡Que Dios nos bendiga siempre!

¡Que el Apóstol Santiago nos acompañe! A María, antes de ir a Covadonga, confío este encuentro con la juventud.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE PERÚ EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 29 de septiembre de 1989

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Sed bienvenidos a este encuentro colegial que es para mí motivo de profundo gozo y que me permite compartir vuestras preocupaciones y alegrías, y conocer los anhelos y esperanzas que os animan en la edificación de las comunidades que el Señor ha confiado a vuestros cuidados pastorales.

En estos momentos de intimidad, mi pensamiento se dirige a todas las diócesis que representáis, a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles todos. Agradezco vivamente esta visita, que habéis preparado con tanto esmero y que viene a reforzar el vínculo interior que nos une en la oración, en la fe y en el amor operante.

Durante los coloquios personales que hemos tenido he podido comprobar una vez más la vitalidad de vuestras Iglesias particulares, que tan cercanas siento en mi corazón de Pastor. Continúan vivas en mi mente las intensas jornadas de mis peregrinaciones apostólicas a vuestro país, durante las cuales los católicos peruanos mostraron en todo momento un especial afecto y adhesión al Sucesor de Pedro.

Este encuentro me brinda además la oportunidad de manifestaros mi gozo y mi gratitud por vuestra abnegada labor de perpetuar la obra del anuncio del Evangelio para que “la Palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2Tes 3, 1) y se proclame e instaure el señorío de Dios en toda la tierra. Vosotros, como Obispos, sois los responsables principales en la edificación y crecimiento de las Iglesias locales que se os han encomendado. Como principio visible de comunión (cf. Lumen gentium , 23) es vuestra misión la de asentar la unidad del Pueblo de Dios sobre las bases sólidas y firmes de la verdad, de la fe y de la caridad. Para alcanzar esos objetivos no debéis cejar en promover la recta transmisión de la fe y el respeto a la disciplina común de toda la Iglesia (cf. Ibíd.) viendo en ello una plasmación concreta de vuestro amor hacia el rebaño de Cristo.

2. Alguna vez se ha podido erróneamente pensar que la libertad de investigación del teólogo y el pluralismo eclesial recortan los alcances de la vigilancia del Pastor sobre doctrinas que ponen en peligro la unidad de la grey y la misma vida cristiana. Sin embargo, bien sabemos por el testimonio del Buen Pastor (cf. Mt 18, 12-14 ss; Mt 26, 31: Mc 6, 34; Jn 10, 1-15. 26-29; 21, 15-17), que nada debe obstaculizar los desvelos de un Obispo por el crecimiento de la porción del Pueblo de Dios puesto bajo su cuidado, aspirando constantemente a que los fieles en Cristo crezcan en la verdad de la fe, se fortalezcan en la esperanza y ardan celosamente en la caridad (cf. Christus Dominus , 12. 15). Por el contrario, el ardor de la caridad debe llevar a que el Pastor salga al encuentro de quienes han errado el camino, invitándolos, con apremio, a la rectificación y llamándolos nuevamente a la plenitud de la fe de la Iglesia, y a hacer explícita su adhesión a las enseñanzas y orientaciones del Magisterio (cf. Conf. Episc. Peruana, Documentum de teologia liberationis, 73).

Por otra parte, como tuve ocasión de haceros presente durante nuestro último encuentro en Lima, “la vida ciudadana del Perú, azotada desde hace años por la violencia y el terrorismo, la pobreza,. el narcotráfico, el deterioro de la moralidad y otros males, no puede quedar en ningún modo al margen de vuestra palabra orientadora” (Alocución a la Conferencia episcopal peruana , 15 de mayo de 1988).

3. La gran tarea en el momento actual es la de favorecer la renovada evangelización y reconciliación de vuestras Iglesias locales, para que así evangelizadas y reconciliadas sean a su vez evangelizadoras y reconciliadoras de todos cuantos lo necesitan (cf. Evangelii Nuntiandi , 13; Reconciliatio et Paenitentia , 8-9) . Las múltiples fracturas que nacen del pecado de los hombres y que se reflejan en una crisis de valores y en estructuras injustas, son obstáculos a la realización de las personas y a su crecimiento en dignidad. Mostrando su contraste con el plan de Dios, dichas fracturas manifiestan la urgente necesidad de una evangelización portadora de amor, de autentica paz, de perdón, de fraternidad que lleve la reconciliación a los corazones quebrados por el dolor, víctimas de la violencia, enajenados por el odio.

La nueva evangelización, en la que, con la Iglesia que peregrina en otras naciones latinoamericanas estáis empeñados, implica una profunda renovación en la vida de cada cristiano y de la comunidad eclesial toda. La Iglesia, formada por hombres que llevan la huella del pecado, es a la vez “santa y necesitada de purificación”; y ello requiere avanzar sin descanso por la “senda de la penitencia y la renovación” (cf. Lumen gentium , 8) reafirmando la plena fidelidad, así como el rechazo de todo reduccionismo de la verdad evangélica. “Vuestro oficio de Pastores y maestros de la fe incluye ineludiblemente la obligación de discernir, clarificar y proponer remedios a las desviaciones que se presenten cuando ello sea preciso” (Alocución a la Conferencia episcopal peruana , 15 de mayo de 1988).

4. Las urgencias más apremiantes que vosotros veis en la realidad del Perú las encabezan el conjunto de circunstancias que amenazan al hombre concreto que sufre ante los embates de la crisis económica, ante situaciones que afectan su dignidad humana y su derecho a una vida que corresponda a su condición de persona, y ante la inseguridad y la violencia que quiebra la fraternidad entre connacionales. Y precisamente por tratar de dar una respuesta a tan angustiosa situación y a las causas profundas que apuntan al pecado y a la crisis de valores, habéis proclamado que la mayor riqueza que la Iglesia puede ofrecer a los peruanos para lograr la renovación de la vida personal y la reconciliación social es Jesucristo (cf. Conf. Episc. Peruana, Nuntius de hodierna situatione, 1). Sólo un encuentro personal y sincero con el Señor puede ayudar a obtener la paz verdadera, la justicia, la fortaleza, el amor, la reconciliación que anhelan los corazones de los peruanos.

Como bien decís, la crisis tiene su origen en el corazón de los hombres. Ante tanta confusión y dolor es indispensable volver al hombre, ahondar en su propia identidad para descubrir los caminos auténticos que conducen al pleno sentido de la vida humana, y a la realización del plan de Dios para la sociedad. ¿Y cómo hacerlo sin la luz de Cristo? ¿Cómo hacerlo sin recurrir a Aquel que muestra al hombre su identidad en cuanto hombre? (cf. Gaudium et spes , 22). Es por esto que la Iglesia aspira a “que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella” (Redemptor hominis , 13).

5. La renovación de la vida social pasa por el anuncio del Señor Jesús, que salva, libera y reconcilia el ser humano. La Iglesia, por consiguiente, en fidelidad a su misión, debe brindar una atención especialísima al anuncio del Evangelio al tiempo que sale al encuentro del hombre, en su realidad concreta, con sus angustias y esperanzas. La tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo incumbe a todos los creyentes. Sin embargo, los sacerdotes, “hechos de manera especial partícipes en el sacerdocio de Cristo” (Presbyterorurm ordinis , 5), como inmediatos colaboradores de los Obispos (cf. Lumen gentium , 21) y cooperadores al designio saludable de Dios, hacen manifiesta la salvación en Cristo mediante la celebración de los sagrados misterios (Presbyterorurm ordinis , 22), como anunciadores y ministros de la reconciliación de Cristo hasta los confines de la tierra (cf. 2Co 5, 18; Hch 1, 8).

Cuidad, por tanto, de que los sacerdotes, convocados por el Señor como colaboradores vuestros, tengan una sólida formación humana, intelectual y espiritual. Observad bien las cualidades de los llamados al sacerdocio, pues es preferible contar con menos sacerdotes, que permitir que quienes no tienen las condiciones debidas accedan a la vida sacerdotal.

Hace poco hemos recordado con la Iglesia en América Latina el vigésimo aniversario de la Conferencia de Medellín. Ya entonces, acogiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II, los Obispos latino-americanos decían: “Cuídese la firmeza doctrinal ante una tendencia a novedades no suficientemente fundamentadas. Insístase además en una profundización que alcance, a ser posible, un alto nivel intelectual, teniendo en cuenta sobre todo la formación del Pastor” (Medellín, 13. 17; cf. Optatam totius , 15 y 16; Pablo VI, Inauguración de la II Asamblea general de los obispos de América Latina , 24 de agosto de 1968).

Junto con el Obispo, servidor de una Iglesia sierva de Dios, el sacerdote debe dejarse penetrar para que el servicio de Cristo se adhiera a su ser y se exprese en una actitud cordial, fraterna, en la que salga al encuentro de los hermanos, sin distinciones, por encima de ideologías o banderías, para anunciar al Señor, para comunicar salud, para llevar alegría y consuelo a los que más sufren, a los pobres, a los que no tienen voz, a quienes ven atropellada su dignidad humana.

6. La Iglesia reconoce con gratitud y aprecio la ingente labor que las familias religiosas desarrollaron en la implantación de la fe en América Latina. También hoy desempeñan un papel insustituible en el apostolado y acción ministerial en muchas de vuestras circunscripciones eclesiásticas. Junto al testimonio de sus carismas específicos, es particularmente importante profundizar en la conciencia de la unidad eclesial, que haga posible la superación de las dificultades que puedan presentarse y fortalezca la plena integración de los religiosos y religiosas en la pastoral de conjunto. La unión íntima con los legítimos Pastores y la docilidad a las enseñanzas de la Iglesia hará también fomentar “la fraternidad y los vínculos de cooperación entre el clero diocesano y las comunidades religiosas. Por eso, se da gran importancia a todo aquello que favorezca, aunque sea en plan sencillo y no formal, la confianza recíproca, la solidaridad apostólica y la concordia fraterna” (cf. Ecclesiae Sanctae, I, 28; Mutuae Relationes, 37).

Ante la escasez de clero para atender a las necesidades espirituales de vuestros pueblos más alejados habéis de recurrir a los catequistas y a otros agentes pastorales, que realizan una encomiable labor como colaboradores vuestros y de los sacerdotes. Al estar en vísperas del V Centenario de la Evangelización de América Latina, no puedo por menos de recordar a aquellos valientes y fieles doctrineros, que en el pasado instruían en la fe y en las buenas costumbres a los habitantes del Perú, siendo eficaces cooperadores de los sacerdotes con cura de almas en las vastas serranías de vuestra nación. En nuestros días los catequistas deben recibir una formación intensa y adecuada que haga su acción pastoral cada vez más apropiada a la renovación de la Iglesia de cara al III Milenio del Cristianismo. Particular solicitud debéis mostrar hacia las comunidades indígenas en la necesaria labor de evangelización integral, que lleve, al mismo tiempo, a la consolidación de los grupos étnicos y a un mayor desarrollo de sus valores autóctonos.

7. En el marco de la acción evangelizadora, objeto prioritario de vuestros desvelos ha de constituirlo la familia cristiana, cuja santidad de vida ha de fomentarse a partir de los hogares recordando a los esposos cristianos que el Señor los llama a profundizar en el amor, que es a la vez afecto humano y caridad sobrenatural. Como Pastores de la Iglesia, habéis de recordar el plan de Dios sobre la familia cristiana y su misión de hacer presente el amor y donación de Cristo a su Iglesia. Importa, hoy más que nunca, insistir en los grandes principios de actuación que han de inspirar a los esposos cristianos, su tarea propia en la sociedad, su papel de formadores y su misión de evangelizadores desde el mismo seno familiar. La familia es, en efecto, el lugar de encuentro con Dios y el ámbito propicio para que se perfeccione la gracia propia del sacramento del matrimonio.

8. Como lo habéis puesto repetidamente de manifiesto, sois conscientes de los males que aquejan a la institución familiar en vuestro País. A este propósito, no habéis dejado de señalar el bajo índice de nupcialidad que es manifiestamente inferior al de parejas que se declaran católicas, la inveterada costumbre de uniones ilícitas a prueba, la disgregación de la vida familiar por el divorcio, la infidelidad o el abandono, la violación del derecho a la vida y la exclusión de la fecundidad. A todo ello se unen otros factores que se derivan de la situación de pobreza en que viven muchas de vuestras familias: la falta de vivienda digna, el desempleo, la desigual remuneración del trabajo con respecto al costo de la vida, los deletéreos efectos del consumismo, la corrupción, la pornografía desafiante.

Se hace, pues, urgente intensificar una acción pastoral que, respondiendo a los diversos retos que se presentan, lleve a las familias a cumplir con la misión de ser cenáculo de amor y espacio de santificación para sus miembros, en una apertura real a los demás, en un compromiso solidario y efectivo, que torne concretos los ideales de la caridad cristiana. A través de la unión estable y de la fidelidad conyugal, la familia está llamada a ser testimonio de la fuerza unitiva del amor en medio de una sociedad no pocas veces dividida, enfrentada en conflictos entre hermanos, víctimas en ocasiones de la tentación de la violencia. Así lo habéis reiterado en vuestro documento colectivo del pasado mes de abril: “¡Perú, escoge la vida!”.

9. Cuando pienso en vuestro País, uno de los recuerdos que vienen a mi mente es la impresionante imagen de aquellos centenares de miles de jóvenes, alegres, bulliciosos, pero también silenciosos y dispuestos a la escucha, que se encontraron con el Sucesor de Pedro para acoger su mensaje, en cada una de mis inolvidables visitas como peregrino del Evangelio a vuestra querida tierra. Allí pude comprobar personalmente, queridos hermanos en el Episcopado, que los jóvenes del Perú tienen hambre de Dios, un bendito hambre de Dios. Ciertamente hay también en muchas personas hambre de pan, angustia y dolor; pero esas situaciones, que deben ser resueltas con urgencia y con la colaboración de todos, no acallan el hambre de Dios, cuyo clamor resuena audible en las manifestaciones de aquellos jóvenes que anhelan convertirse de corazón, que buscan un sentido para sus vidas, que reclaman ideales altos y nobles, que de no recibirlos adecuadamente pueden extraviarse y caer víctimas de “sucedáneos, como las ideologías que conducen a exacerbar los conflictos y el odio”, o de otras versiones del materialismo que siembra por el mundo una cultura de muerte.

Me complace saber que en el Perú actúan diversos movimientos eclesiales orientados a la juventud. En vuestro País, donde surgió la primera floración de santidad en América Latina, han nacido por la acción del Espíritu de Dios, manifestaciones apostólicas vigorosas y originales que quieren responder a sus inquietudes más profundas, y que por su idiosincrasia latinoamericana ya empiezan a extenderse a otras naciones hermanas. Los movimientos apostólicos son una nueva bendición del Señor a su Iglesia, por lo que, como Obispos, debéis prestar gran solicitud, alentándolos y cuidando que sean fieles a la fe de la Iglesia y dóciles a las orientaciones de sus Pastores. Ellos serán la alborada del mañana si, como la Madre del Señor, los jóvenes acogen a Jesús en su intimidad y se identifican con El, para ser testigos de Cristo ante el mundo y ante los demás jóvenes, anunciando al Salvador del mundo y Señor de la historia.

10. Al reflexionar sobre las semillas de la fe que sembradas en los surcos de vuestras tierras dieron a luz un pueblo creyente –cuya identidad más profunda se encuentra ligada a la Iglesia– encontraréis, sin duda, estímulo y entusiasmo para llevar a cabo la renovada evangelización de cada una de vuestras comunidades eclesiales y para anunciar la esperanza que la vida cristiana puede aportar como camino eficaz y concreto de superación individual y social.

Bajo vuestra solícita orientación, las Iglesias locales, a cuya cabeza estáis, deben convertirse en verdaderos y resplandecientes faros de esperanza para todos los que buscan soluciones a los problemas humanos conforme al designio liberador y reconciliador que Dios ha manifestado.

Es la hora de la esperanza cristiana, hora en la que la Iglesia en el Perú, enarbolando la bandera de la justicia, muestre a los hombres que el mensaje de Jesús tiene vigencia y que se expresa en forma concreta en la vida de cada cristiano comprometido y consciente de su dignidad de hijo de Dios. Es la hora de la esperanza cristiana, en la que la fidelidad a los principios del Evangelio exigirá, en no pocas ocasiones, dolorosas renuncias y martirios silenciosos, tan sólo conocidos por Dios. Es la hora de la confianza, en que es preciso que el trigo siga creciendo en el seno de la tierra, para que una mañana luminosa se convierta en espiga dorada de abundante fruto.

Al volver a vuestras diócesis os ruego que transmitáis a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, agentes pastorales y fieles el saludo entrañable del Papa que a todos encomienda en sus oraciones para que el Señor de los Milagros derrame en todo el Perú sus dones de paz y justicia en la concordia y el amor fraterno.

A todos bendigo de corazón.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE VENEZUELA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Castelgandolfo, jueves 21 de septiembre de 1989

Señor cardenal, queridos hermanos en el episcopado:

1. Con profunda alegría recibo hoy a los Pastores del Pueblo de Dios en Venezuela. Os siento acompañados por todos los fieles de vuestras respectivas diócesis. Junto con el Apóstol doy gracias “a Dios por todos vosotros, recordándoos sin cesar en mis oraciones. Tengo presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la paciencia en el sufrir que os da vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (cf. 1Tes 1, 2-3).

Deseo agradecer ahora al Señor Cardenal José Alí Lebrún Moratinos, Arzobispo de Caracas y Presidente de la Conferencia Episcopal, las sentidas palabras que me ha dirigido, en nombre también de todos los presentes, haciéndose portavoz de vuestros colaboradores diocesanos y de vuestros fieles.

Recuerdo con especial afecto mi viaje apostólico a vuestra Nación. La religiosidad del pueblo venezolano, su cercanía a la Sede Apostólica, así como sus propios valores de hospitalidad, cariño y alegría, tolerancia y cordialidad quedarán grabados para siempre en mi corazón. Es de desear que los frutos de aquella visita pastoral sigan enriqueciendo vuestras comunidades con nuevas vocaciones dedicadas a una evangelización más intensa.

2. Con ocasión de vuestra visita “ad limina”, quiero recordar también un hecho de hondo significado en la vida de vuestro País. Este año se cumplen veinticinco años de la firma del Convenio entre la Santa Sede y el Gobierno de Venezuela (6 de marzo de 1964). Dicho acuerdo ha facilitado unas relaciones progresivamente más cordiales y más coordenadas entre la Iglesia y el Estado. En ellas han brillado de modo armónico el respeto y la libertad mutuas en el desempeño de las respectivas funciones. La Iglesia católica, a la que en su gran mayoría pertenece el pueblo venezolano, es considerada oficialmente como un interlocutor válido que aporta valores y actitudes de vital importancia para la edificación de un país más fraterno y justo, en el marco del bien común.

Esta visita a la Sede del Apóstol Pedro deberá significar un progreso en vuestro ministerio pastoral, porque – como recuerda el Directorio que la inspira – ofrece la ocasión de hacer un balance profundo y una planificación más armónica y eficaz de la acción pastoral. No se trata de analizar aquí cada uno de los problemas que más os preocupan y que me habéis dado a conocer. Sé muy bien que en vuestras Asambleas episcopales abordáis con prudencia estos temas concretos, a veces delicados y difíciles pero ineludibles, que afectan a la Iglesia y al hombre venezolano.

3. En este encuentro colectivo deseo reflexionar con vosotros acerca de algunas de las cuestiones de mayor importancia en el momento actual de la Iglesia en Venezuela.

El Concilio Vaticano II ha puesto en plena luz la condición esencialmente misionera de la Iglesia. En efecto, ella debe estar abierta a todos; debe ser punto de referencia y credibilidad para todos, obedeciendo así al mandato de Jesucristo: “Id por todo el mundo” (Mc 16, 15).

La Iglesia, de este modo se presenta ante el mundo “como sacramento”, para llevar a cabo la salvación de los hombres en Cristo (cf. Lumen gentium , 1).

Nuestro reto hoy es: ¿Cómo transmitir el mensaje de salvación de manera integral y vital, de modo que pueda ser acogido como gracia y exigencia por cualquier hombre, sea cual fuere su situación personal, familiar y social?

Ella debe proclamar abiertamente. a Jesucristo. Toda ella y su actividad ministerial debe ser un gran testimonio de Jesús muerto y resucitado. La imagen visible de Dios en el mundo no es otra que la de Cristo crucificado por amor. Y la manera de predicarlo y mostrarlo a los demás, no es otra que con la propia vida, como dice Pablo: “Sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros” (Fil 3, 17). Porque la misma Palabra de Dios no puede quedarse en la sola predicación oral, sino que exige el testimonio de una vida cristiana comprometida y consecuente.

Este ha sido vuestro objetivo prioritario al convocar una Misión Permanente en todo el país, con miras a “formar hombres nuevos y mujeres nuevas para una Venezuela nueva”. Con esta Misión buscáis coordinar esfuerzos para una pastoral de conjunto, que quiere atender de manera prioritaria la familia, la juventud, las vocaciones y la construcción de la nueva sociedad. Este esfuerzo evangelizador es muy adecuado como preparación a la celebración del Quinto Centenario de la Evangelización de América.

4. La tarea que os habéis propuesto es ciertamente exigente y alentadora: queréis formar “hombres nuevos”. Hombres que, superando el pasado positivismo antirreligioso o la idea de que la fe es un asunto exclusivo de personas pusilánimes o de niños se esfuercen en acrecentar su formación religiosa y se sientan llamados a testimoniar su compromiso cristiano. Hombres y mujeres que estén presentes en todos los niveles de la sociedad: el arte, la cultura, la política, el trabajo. No han faltado entre vosotros ejemplos destacados de cristianos comprometidos en el campo intelectual y profesional, como lo fue el Dr. José Gregorio Hernández. Hombres nuevos, por tanto, “Para una Venezuela nueva”, más cristiana, es decir, más justa y más fraterna.

A este respecto, en los encuentros personales habéis tenido ocasión de exponerme cómo la situación económica del Continente y de vuestro País no es nada halagüeña; por eso, hoy más que nunca, la solidaridad es un mensaje que debe hacerse activo y operante en los sectores más desprotegidos de la sociedad. Como tuve ocasión de hacer presente a los miembros de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe: “¡Los pobres no pueden esperar! Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que le llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad” (Discurso a la Comisión económica para América Latina y el Caribe , Santiago de Chile, 3 de abril de 1987, n. 7) .

Permitidme, a este respecto, recordaros unas palabras de mi encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”: “Con sencillez y humildad quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin excepción, para que convencidos de la gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra –con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional– las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres. Así lo requiere el momento, así lo exige sobre todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructible de Dios Creador, idéntica en cada uno de nosotros” (Sollicitudo Rei Socialis , 47).

5. Para llevar a cabo vuestra tarea evangelizadora necesitaréis, en los próximos años, un buen número de sacerdotes, religiosos y religiosas, así como agentes de pastoral, todos ellos apóstoles y laicos corresponsables. En este sentido será aconsejable llevar a cabo una oportuna campaña de orientación y selección vocacional, para que el reto de la respuesta y de la perseverancia puedan afrontarse con garantías. Sé que es éste un tema ya tratado en algunas de vuestras Asambleas y que forma parte también de vuestras prioridades pastorales.

Un tema más importante, si cabe aún, es el de la formación de los futuros sacerdotes. Conozco vuestro celo y preocupación en este campo. Se precisan excelentes formadores. Por ello tratad de buscar las personas mejor preparadas, para que la formación integral de los candidatos al sacerdocio pueda llevarse a cabo en un clima de colaboración fraterna.

Al igual que Jesucristo llamó a sus apóstoles “para que estuvieran con él” (Mc 3, 14), los aspirantes al sacerdocio deberán profundizar progresivamente en el mensaje y la persona de Jesucristo, en contacto íntimo con su Palabra y a través de la oración personal y comunitaria, con su tiempo de recogimiento y silencio.

Por otra parte, las grandes zonas urbanas y del interior, todavía no atendidas suficientemente por la Iglesia en vuestro país –muchas de ellas muy pobres– pueden ser el campo donde generosos y abnegados sacerdotes puedan desplegar sus ansias apostólicas con los humildes y sencillos para llevarles el pan de la Palabra y los sacramentos.

Os encomiando de modo especial el cuidado de los sacerdotes jóvenes. Ellos necesitan particularmente de vuestra cercanía, así como de vuestra comprensión y guía serena. En la vida sacerdotal, especialmente al principio, pueden presentarse situaciones de soledad o incomprensión, que requieren un acompañamiento pastoral atento –humano y espiritual– y una ayuda adecuada.

6. En el importante campo de la colaboración intraeclesial se inscribe todo lo referente a la relación y comunión entre los Obispos y los Religiosos. Como señala el documento “Mutuae Relationes”: “Los Obispos, en unión con el Romano Pontífice, reciben de Cristo-Cabeza la misión de discernir los dones y las atribuciones, de coordinar las múltiples energías y de guiar a todo el pueblo a vivir en el mundo como signo e instrumento de salvación. Por lo tanto, también a ellos ha sido confiado el cuidado de los carismas religiosos... Y por lo mismo, al promover la vida religiosa y protegerla según sus propias notes características, los Obispos cumplen su propia misión pastoral” (Mutuae Relationes, 9 c.).

Los religiosos tuvieron en el pasado histórico de Venezuela, así como de toda América, un papel primordial en la obra de evangelización. Hoy día colaboran en vuestras diócesis en diversos apostolados y ministerios. Para fortalecer la conciencia de la unidad eclesial, es necesario profundizar en el diálogo Obispos-Religiosos, lo cual lleve a superar les dificultades que se pueden presentar, y haga posible su plena integración en una pastoral de conjunto, con fidelidad a la Iglesia y con el debido respeto de sus respectivos carismas. Ello ayudará también a fomentar “la fraternidad y los vínculos de cooperación entre el clero diocesano y las comunidades religiosas. Por eso, se da gran importancia a todo aquello que favorezca, aunque sea en plan sencillo y no formal, la confianza recíproca, la solidaridad apostólica y la concordia fraterna” (cf. Ecclesiae Sanctae, I, 28; Mutuae Relationes, 37).

7. En el esfuerzo que estáis haciendo para que la voz de Cristo resuene y llegue a todos los hombres y mujeres de vuestra Patria, me complace congratularme con vosotros por la presencia iluminadora y significativa de la Iglesia en los medios de comunicación social. Habéis hecho ya un intento loable en el campo de la radio, de la televisión y de la prensa, que está dando los primeros frutos, tan necesarios en una sociedad que se deja subyugar fácilmente por promesas fugaces.

Proseguid en esta tarea, siempre abiertos al Espíritu, a sus inspiraciones e iniciativas, para aportar vuestra orientación pastoral cuando surjan nuevas realidades y problemas.

Sé que un tema que os preocupa es el incremento de la acción proselitista de sectas en vuestro país, en particular entre la población menos favorecida económica y culturalmente. La Iglesia católica debe preguntarse cuál es el desafío que estas sectas plantean a la propia acción pastoral y a la formación cristiana y bíblica de los fieles. Es importante, por ello, instruir, mediante una catequesis capilar, a todo el pueblo fiel, para que conozca la verdadera doctrina de Jesucristo y las enseñanzas de la Iglesia, que es la Madre y Maestra de nuestra fe.

En esta misma línea catequética, sé que tratáis de afrontar el preocupante hecho de que un elevado porcentaje de la población escolar no recibe instrucción ni atención religiosa alguna. Haced un llamado a los agentes de pastoral para que en los próximos años, y a pesar de la escasez de recursos, se dediquen con especial esmero a este urgente campo de la evangelización: la catequesis.

8. Dentro de vuestra misión como educadores en la fe, veis la necesidad de un discernimiento espiritual, respetuoso pero claro, respecto de los grupos “sincretistas y esotéricos”, hoy especialmente activos en muchas zonas del País. La misma religiosidad popular debe purificarse de la atracción excesiva por lo “misterioso” y “mágico”, en lo referente a acontecimientos extraordinarios, que, aparentemente, superan los límites de la mente humana.

La Iglesia aprueba e incluso fomenta aquellas manifestaciones externas de la religiosidad popular que ayudan al crecimiento de la fe, que es auténtica cuando está basada en los elementos esenciales del cristianismo.

Me refiero particularmente a las celebraciones litúrgicas y a otras manifestaciones religiosas comunitarias: la veneración de las imágenes de la Virgen María y de los Santos, de antigua tradición en las Iglesias locales. Todo ello está en la línea de la encarnación de Cristo y de la Iglesia en el mundo y en el alma de todo ser humano.

9. Al terminar este grato encuentro con vosotros, queridos Hermanos en el episcopado, quiero agradeceros vivamente vuestra abnegada labor como Pastores de la Iglesia. Os aliento y animo en vuestra constante tarea ministerial. Mucho es lo que habéis conseguido realizar; pero constatáis que todavía quedan amplios sectores en donde trabajar. Toda esta tarea evangelizadora la confío a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, para que la haga fructificar y para que os acompañe en vuestro ministerio.

En prenda de la constante protección divina, os imparto mi especial Bendición Apostólica, que hago extensiva a todos los miembros de la querida Iglesia y Nación venezolana.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS DELEGADOS DE LAS UNIVERSIDADES CATÓLICAS Castelgandolfo Sábado 9 de septiembre de 1989

1. Me alegra mucho encontrarme con vosotros, delegados de las Universidades Católicas, elegidos por el III Congreso Internacional del pasado abril, y os agradezco profundamente el diligente y cuidadoso esfuerzo con que, estos días, os habéis dedicado a la preparación de un proyecto de documento sobre el espíritu, la estructura y los fundamentos institucionales de las Universidades Católicas. El tema interesa particularmente a todos los que actúan en los institutos universitarios católicos y es urgente profundizarlo por el bien de la Iglesia y de su misión en la sociedad contemporánea.

Deseo ante todo subrayar que el largo camino, recorrido juntamente en los años pasados por los organismos eclesiales competentes en lo que se refiere a las Universidades Católicas, ya ha dado frutos alentadores. Tanto a nivel de Iglesias particulares como a nivel de la Iglesia universal se ha desarrollado una mayor corresponsabilidad acerca del papel de las Universidades Católicas. El trabajo emprendido debe proseguirse y perfeccionarse ulteriormente con la generosa contribución de todos: del laicado y de las familias religiosas, de las Conferencias Episcopales y de las organizaciones entre las universidades, de las que la Federación Internacional de Universidades Católicas es expresión autorizada.

El camino del diálogo y de la comunión solidaria entre estas instancias eclesiales y la Santa Sede es el único adecuado para conseguir los frutos deseados.

2. En las palabras que dirigí al congreso antes mencionado hice notar cómo el adjetivo "católico", mientras por un lado califica a la Universidad, por otro la ayuda a realizarse según su verdadera naturaleza y a superar los peligros de distorsiones indebidas. En aquella ocasión aludí también a la exigencia de una reflexión esmerada acerca del sentido eclesial de la Universidad Católica, a la luz de las dos Constituciones del Concilio Vaticano II, Lumen gentium y Gaudium et spes , y de la Declaración Gravissimum educationis . Es un aspecto sobre el cual vale la pena volver.

3. Una esmerada reflexión acerca del sentido eclesial de la Universidad deberá desarrollarse sobre la base de los principios eclesiológicos de los citados documentos. Se trata, como es bien sabido, de una eclesiología de comunión, que presenta a la Iglesia como Pueblo de Dios jerárquicamente estructurado. Este pueblo, en virtud de su participación en el misterio salvífico de Cristo, está constituido en la tierra como comunidad de fe, de esperanza y de caridad, a través de la cual Cristo difunde sobre todos la verdad y la gracia. Mediante el ministerio de los sagrados Pastores, a los que ha sido confiada la misión de discernir y de ordenar los carismas de los diversos miembros para el bien de todo el cuerpo, la Iglesia se pone como "signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano". De tal modo continúa la obra de Cristo en el mundo.

En este contexto teológico debe colocarse la misión y la responsabilidad de las Universidades Católicas. Estas participan obviamente de modo propio y peculiar en la misión de la Iglesia misma, pues viven y operan en su seno. En efecto, en el ámbito de la universidad católica realizan su misión apostólica, íntimamente derivada de la fe, personas revestidas de sagrada potestad para el servicio de los hermanos, como también, como miembros con título pleno del Pueblo de Dios, laicos dotados de carismas específicos o revestidos de particulares responsabilidades.

Sin embargo, esto no basta para definir la específica función eclesial de una Universidad Católica que, en cuanto expresión -en cierto sentido- de Iglesia, participa de la misión de ésta no sólo a nivel de personas aisladas sino también de comunidad. Con mucha razón, por tanto, habláis también de esfuerzo institucional de las Universidades Católicas.

4. De esto deriva que, si el cristiano, llamado a compartir con la Iglesia entera una tarea apostólica, debe obrar en sintonía con aquellos que han sido revestidos del "munus pastorale", con mayor razón vale eso para los organismos de apostolado eclesial que actúan a nivel institucional. A este respecto vale también lo que el mismo Concilio dijo en el Decreto Apostolicam actuositatem (cf. n. 24) acerca de la relación entre apostolado de los laicos y jerarquía.

Por eso las notas esenciales de una Universidad Católica, que describió el documento elaborado por el segundo congreso de los delegados, en noviembre de 1972, recuerdan con razón la exigencia de una íntima comunión con los Pastores de la Iglesia.

5. A la luz del Concilio Vaticano II, los Pastores de la Iglesia no pueden ser considerados como agentes externos a la Universidad Católica, sino como partícipes de su vida. He tomado nota con gusto de cuanto se dijo a este propósito en una recomendación del tercer congreso del pasado abril. Es oportuno que se saquen las consecuencias prácticas de esa recomendación aunque, como resulta obvio, de modo diferente según el tipo de universidad, y según las diversas facultades y las peculiares condiciones de los lugares.

6. En esta perspectiva aparecen evidentes también dos responsabilidades inseparables: la de la Iglesia hacia la Universidad Católica y la de la Universidad Católica hacia la Iglesia.

Por una parte será preciso sensibilizar más al Pueblo de Dios acerca de la indispensable función de las Universidades Católicas en el mundo de la cultura y especialmente en algunos contextos sociales. Hoy se nota cada vez más claramente un despertar de la sensibilidad eclesial con respecto al papel de las Universidades Católicas, con la consiguiente disponibilidad al sostenimiento moral y material por parte de la comunidad de los fieles, los cuales, mediante iniciativas apropiadas y a diversos niveles, pretenden hacer que toda universidad pueda perseguir adecuadamente sus propios objetivos.

Por otra parte, sin embargo, no se puede negar que ese despertar eclesial debe encontrar su momento importante en el seno de las mismas Universidades Católicas, ya que éstas son por su naturaleza un lugar privilegiado de promoción del diálogo entre fe y cultura, entre fe y ciencia. En la universidad, además, se forman los futuros hombres del saber, los cuales, asumiendo tareas comprometedoras en la sociedad y testimoniando con coherencia su fe ante el mundo, contribuirán a alimentar ulteriormente la participación comunitaria en los problemas de la universidad.

Este deber aparece cada vez más urgente, de manera especial si se tiene presente que hoy las preguntas acerca de los valores supremos se han hecho más insistentes, mientras la mentalidad pragmática y hedonista de la vida lleva a contrastes sociales y morales que pueden comprometer gravemente tanto la dignidad y la libertad de las personas como el bien de la sociedad.

7. Me he enterado con satisfacción de que la Congregación para la Educación Católica ha realizado una encuesta acerca de los Centros católicos presentes en el mundo. Esta encuesta ha llevado a la redacción de un "Directory of Catholic Universities and other Catholic Institutions of Higher Education", que registra al menos 936 Instituciones. Bajo este aspecto se entreven nuevas tareas de servicio también para la Santa Sede y la exigencia de relaciones adecuadas y actualizadas con los organismos representativos de las Universidades Católicas.

En mis viajes pastorales, como es bien sabido, siempre he deseado encontrarme con las Universidades Católicas de toda nación, para tratar los aspectos y las problemáticas peculiares de cada universidad. En el presente encuentro, tan relevante por los participantes y por los temas afrontados, he considerado oportuno llamar la atención de todos vosotros hacia algunos puntos fundamentales, deseando que sean ocasión de fecundos desarrollos y de aliento para la misión que os corresponde.

Al invocar sobre vuestras personas la abundancia de los favores divinos, con la protección de la Bienaventurada Virgen María, Sede de la sabiduría, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE ECUADOR EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 27 de octubre de 1989

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con gran gozo os doy mi más cordial bienvenida a este encuentro, con el que la Divina Providencia ha querido bendecir a su Iglesia, para acrecentar la comunión entre sus Pastores y hacer así que resplandezca cada vez más la unión íntima del Cuerpo Místico de Cristo. Como Pablo y Bernabé subieron a Jerusalén para recibir de Pedro orientaciones en su quehacer apostólico, siendo acogidos con gran alegría al contarles lo que Dios había hecho con ellos (cf. Hch 15, 4), así también vosotros habéis venido a visitar al Sucesor de Pedro, que os acoge gozoso de poder cumplir la misión recibida de “confirmar en la fe a sus hermanos” (cf. Lc 22, 32).

Las relaciones quinquenales que habéis presentado y los coloquios personales con cada uno de vosotros me han permitido profundizar y conocer mejor los problemas pastorales de las circunscripciones eclesiásticas confiadas a vuestro ministerio episcopal. Por otra parte, esta visita “ad Limina” trae a mi mente y a mi corazón las inolvidables jornadas vividas con los fieles del Ecuador en el año 1985. Recuerdo con emoción el fervor y entusiasmo con que fui acogido por el pueblo ecuatoriano particularmente en Quito, Latacunga, Cuenca y Guayaquil.

2. Como punto de partida de este encuentro deseo aludir a vuestra convicción de que en el Ecuador se hace necesaria una nueva evangelización que lleve a un conocimiento y seguimiento más profundo de Cristo, salvador del hombre. Así quisisteis proclamarlo en el documento colectivo “Opciones Pastorales”, como aplicación de las directrices de Puebla a vuestras comunidades. Aquel magno encuentro del Episcopado Latinoamericano puso de relieve la centralidad del Redentor en la acción evangelizadora: “En el misterio de Cristo, Dios baja hasta el abismo del ser humano para restaurar desde dentro su dignidad. La fe en Cristo nos ofrece así, los criterios fundamentales para obtener una visión integral del hombre que, a su vez, ilumina y completa la imagen concebida por la filosofía y los aportes de las demás ciencias humanas, respecto al ser del hombre y a su realización histórica” (Puebla, 305).

Vuestra común solicitud de servir a los hermanos os lleva a escrutar atentamente la realidad de vuestra patria y los “signos de los tiempos”, para interpretarlos a la luz de la fe. De esta manera podéis descubrir aquellos factores de mayor importancia relacionados con la situación religiosa y moral de los pueblos, el grado de conocimiento de la Palabra de Dios, la práctica auténtica de la fe, el sentido ético de la vida familiar, la actuación de las personas y los grupos en el campo social, político y cultural.

En todos los ámbitos habéis de hacer presente las enseñanzas del Hijo de Dios para influir así con mayor eficacia en la conducta del hombre y de la sociedad. Digno de encomio es vuestro empeño en la difusión de la Palabra de Dios, que os llevó a distribuir doscientos cincuenta mil ejemplares de la Biblia, con ocasión de mi visita pastoral al Ecuador, mientras ahora proyectáis poner a disposición de grupos y comunidades otros trescientos cincuenta mil ejemplares. Por mi parte os aliento a seguir impulsando una evangelización renovada que, teniendo como piedra angular la Revelación y siguiendo fielmente al Magisterio, sea dócil a las inspiraciones del Espíritu que asiste continuamente a la Iglesia.

3. En una época como la nuestra, en la que a veces se quiere prescindir del Magisterio para dar una interpretación personal del Evangelio, ha de ser preocupación de los legítimos Pastores vigilar para que la Palabra de Dios sea fielmente transmitida. Por otra parte, no faltan quienes, en aras de un erróneo secularismo, pretenden reducir la misión de la Iglesia al campo de lo puramente social, desfigurando así su naturaleza como sacramento de salvación.

Vuestra solicitud pastoral os ha de llevar a discernir y clarificar aquellas posiciones doctrinales que pueden poner en peligro la unidad de la grey o la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia. A la caridad y prudencia propias del Buen Pastor ha de acompañar la fortaleza, que, como a Pablo (cf 2Tm 2, 14-20; Tt 1, 10 ss.), os mueva a salir al encuentro de quienes hayan errado el camino, invitándoles a una adhesión explícita de la fe y a las orientaciones del Magisterio.

Una y otra vez hemos de recordar y tomar conciencia de la responsabilidad de ser Pastor de una grey y cuánto espera Dios de cada uno de vosotros. El Obispo, con su consejo, con sus exhortaciones, con su fidelidad al plan de Dios y con su amor a la Iglesia, así como con el edificante ejemplo de su vida (cf. Lumen gentium , 26), debe asumir el primer puesto en las tareas de la renovada evangelización que venimos proclamando ante el V centenario de la Evangelización de América. La función episcopal de ser guía y maestro para las comunidades eclesiales ha de llevarse a cabo siendo conscientes de que la autoridad de la que el Obispo, como Pastor de su grey, es depositario lo invita a ser servidor de todos (cf. Lc 22, 26-27; Lumen gentium , 27).

Frente a los graves males de la sociedad, que tanto afligen nuestro corazón de Pastores, se impone descubrir sus causas profundas para así tratar de llevar remedio y consuelo. La elevación espiritual y moral del hombre, para que logre la “estatura del hombre perfecto según Cristo” (Ef 4, 13), es el camino que conduce a la liberación verdadera e integral, basada en la dignidad de hijos de Dios.

En mi Encíclica “Redemptoris Mater” recordaba que “en el designio salvífico de la Santísima Trinidad el misterio de la Encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante de la promesa hecha por Dios a los hombres después del pecado original” (Redemptoris Mater , 11). Aquí se halla la razón de nuestra esperanza y el fundamento del optimismo cristiano: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la plenitud de la santidad.

4. En esta ardua tarea contáis con la ayuda preciosa de los sacerdotes, vuestros primeros colaboradores en la construcción del Reino de Dios. A ellos, queridos Hermanos, habéis de estar muy cercanos, compartiendo sus alegrías y dificultades, ofreciéndoles vuestra sincera amistad, ayudándoles en sus necesidades para incrementar así una firme comunión sacerdotal que sea ejemplo para los fieles y sólido fundamento de caridad.

En sintonía con lo anterior, y conscientes de la importancia que tiene para el presente y el futuro de la Iglesia en el Ecuador, os preocupa el problema de las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada. A Dios gracias en los últimos años estáis viendo en vuestras comunidades un notable florecimiento de las vocaciones. El antiguo Seminario Mayor de San José, en Quito, cuenta en la actualidad con gran número de alumnos, a la vez que se han creado otros Seminarios Mayores en distintas diócesis. Por otra parte, con la puesta en funcionamiento de la Facultad de estudios filosófico-teológicos de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, se han aunado esfuerzos para una mejor formación de los seminaristas y de los aspirantes a la vida religiosa.

Es necesario que en los Seminarios se dé gran importancia a la formación espiritual y pastoral de los alumnos. Por tratarse de futuros sacerdotes, el ambiente de estos centros de formación ha de ser de intensa piedad, de estudio, de disciplina, de caridad y de servicio. Estos son medios insustituibles para una adecuada preparación sacerdotal y religiosa.

5. Una pastoral vocacional bien estudiada lleva necesariamente a potenciar cada vez más la actividad catequética. La formación cristiana de la niñez y la juventud comporta en vuestro país un particular esfuerzo, ya que en los centros estatales de educación no se imparte la enseñanza religiosa. Por ello, se hace aún más necesario –como lo habéis puesto de relieve en vuestro último documento colectivo sobre educación– el incremento de la catequesis parroquial, así como una sólida formación cristiana de los niños y los jóvenes que frecuentan las escuelas y colegios católicos.

A ello podrán contribuir el Instituto Nacional de Catequesis y los demás centros que, a nivel diocesano, están dedicados a la conveniente preparación de catequistas y educadores en la fe.

El Concilio Vaticano II recordó repetidamente que la familia es el primer lugar de educación humana y que los padres son los principales educadores. La Iglesia, consciente de su responsabilidad respecto a la familia, asume decididamente su misión en la educación de las nuevas generaciones. Es bien conocida la contribución de las escuelas, colegios y centros superiores católicos en este terreno.

En un país cristiano como el Ecuador, nada más lógico y justo que sean tutelados los principios y los valores cristianos de sus gentes. Por ello, toda la sociedad ha de sentirse solidaria en la obra educativa, que hace la grandeza de la Nación. Mas, ¿cómo se podrá ofrecer a las nuevas generaciones ideales altos y nobles si no se eleva el nivel espiritual y moral de la familia ecuatoriana?

6. Bien conocéis, queridos Hermanos, los ataques de que es objeto hoy la institución familiar, su estabilidad, el respeto a la vida, la autoridad paterna, la inocencia de los niños. Campañas contra la natalidad, concepciones de la vida inspiradas en el secularismo y el hedonismo son motivo de viva preocupación para vosotros, particularmente en ciertas regiones de la costa ecuatoriana. Se hace necesario por tanto, intensificar una pastoral familiar que, orientada desde la Conferencia Episcopal, dé una nueva vitalidad a los movimientos apostólicos en favor de la familia, sensibilizando a los seglares católicos que actúan en la vida pública, para que las estructuras sociales y las disposiciones legales favorezcan mejor la unidad y estabilidad de la institución familiar. Los laicos cristianos han de estar convencidos de que construyendo la familia sobre las sólidas bases del Evangelio, colaboran también a construir la Iglesia (cf. Christifideles laici , 40).

En la formación de las conciencias, así como en la transmisión y difusión del Evangelio, juegan un papel importante los medios de comunicación social. La Iglesia ha de asumir cada vez con mayor determinación su responsabilidad en la orientación cristiana de estos medios tan importantes en la obra educativa. Es motivo de satisfacción constatar las metas alcanzadas por la Iglesia ecuatoriana en el campo de las emisoras de radio. A este propósito, recuerdo con gozo la cerimonia de bendición de la “Radio Católica Nacional del Ecuador” durante mi visita pastoral. Quiera Dios que la actividad radiofónica, así como los demás medios de comunicación social, sigan ampliando su influencia en favor de la evangelización y promoción espiritual y humana en los ambientes rurales y urbanos.

7. En vuestra labor evangelizadora, un sector que ha de ser objeto de particular solicitud pastoral son las comunidades indígenas. Sé que la población indígena, que se eleva a tres millones y medio aproximadamente, y que está establecida sobre todo en la región interandina y oriental, representa alrededor del 30 por ciento de la población total del Ecuador.

Conservo vivo aún en mi mente el entrañable encuentro de Latacunga con las comunidades y grupos indígenas, que por primera vez se congregaban en tal número, convocados por la Iglesia. Me alegra saber que aquella iniciativa ha contribuido decididamente a que las comunidades indígenas tomaran mayor conciencia de su propia identidad, de los valores de sus culturas y del puesto que deben ocupar en el conjunto de la población ecuatoriana.

La celebración del V Centenario de la llegada de la Buena Nueva a tierras americanas ha de ser ocasión propicia para renovar vuestro empeño en la evangelización en profundidad de las comunidades indígenas del Ecuador. Es pues necesario dar nuevo impulso y coordinar a nivel diocesano las directrices impartidas por la Conferencia Episcopal sobre la pastoral de los indios, montubios y afroecuatorianos. El Evangelio debe penetrar más aún en las culturas indígenas y hacer posible su expresión en la vida comunitaria, en la fe y en la liturgia. Una Iglesia viva y unida en torno a sus pastores será la mejor defensa para contrarrestar la labor disgregadora que ciertas sectas están llevando a cabo entre vuestros fieles, sembrando entre ellos la confusión y desvirtuando el contenido del mensaje cristiano.

8. La Iglesia se siente firmemente comprometida en su misión de iluminar a todos con la doctrina de Cristo, que es un mensaje de verdad, de justicia, y, sobre todo, de amor. Es exigencia del Evangelio mostrar particular predilección por los más necesitados. Por ello ha de fomentarse una activa preocupación social que se inspire siempre en la Palabra de Dios, en sintonía perfecta con el Magisterio de la Iglesia y en íntima comunión con los Pastores. La misión evangelizadora ha de abarcar la totalidad de la persona; en efecto, “el amor que impulsa a la Iglesia a comunicar a todos la participación en la vida divina mediante la gracia, le hace también alcanzar por la acción eficaz de sus miembros el verdadero bien temporal de los hombres, atender a sus necesidades, proveer a su cultura y promover una liberación integral de todo lo que impide el desarrollo de las personas” (Congr. pro Doctrina Fidei, Libertatis conscientia, 63). A este respecto, deseo repetiros el llamado que hice durante mi visita al Guasmo de Guayaquil: “Que nadie se sienta tranquilo mientras haya un niño sin escuela, una familia sin vivienda, un obrero sin trabajo, un enfermo o un anciano sin la adecuada atención” (Visita al Guasmo de Guayaquil , n. 5, 1 de febrero de 1985).

Antes de terminar, queridos Hermanos, os ruego transmitáis mi palabra de aliento a los misioneros, que con abnegada entrega y sacrificio dedican su vida a llevar el mensaje cristiano de salvación a las regiones más apartadas del Ecuador, particularmente en la selva amazónica y la costa. El Papa está siempre cercano a ellos en su plegaria al Señor, para que conceda muchos frutos a su labor apostólica. Que el dueño de la mies envíe numerosos operarios a esos territorios, fecundados recientemente con la sangre del Obispo Alejandro Labaca y la religiosa Sor Inés Durango.

Llevad igualmente a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles el saludo del Papa, que los encomienda al Señor con gran afecto y viva esperanza.

A vosotros y a todo el amado pueblo ecuatoriano imparto complacido la Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE URUGUAY EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves 26 de octubre de 1989

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Es para mí motivo de alegría poder encontrarme de nuevo con vosotros. Hace apenas un año que tuve el gozo de viajar al Uruguay y de conocer la Iglesia de la que sois Pastores. Aquella segunda etapa del viaje que comencé en 1987 –y del que conservo un recuerdo entrañable– me permitió visitar a algunas de vuestras diócesis, para cumplir la misión de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32).

Una de las satisfacciones que recibí en el Uruguay fue, sin duda, comprobar que en vuestro país, hay muchos hombres y mujeres que, como en los tiempos de Jesús, esperan con verdadera hambre la palabra de Dios (cf. Ibíd. 5, 1). Sí, en el Uruguay, al igual que en otras partes del mundo, encontré apertura al mensaje redentor de Cristo y unión afectiva con el Sucesor de Pedro.

Vosotros, Venerables Hermanos, sois Pastores de una Iglesia que, en el contexto de los países latinoamericanos, se caracteriza por su juventud. En efecto, hace sólo pocos años que celebramos el centenario de la erección de su primera diócesis. La joven Iglesia que peregrina en esa Nación se encuentra en una etapa crucial de su existencia, como es la del crecimiento, y espera de vosotros una abnegada solicitud pastoral no exenta de sacrificios.

Siempre, pero más especialmente en esta etapa de crecimiento, la unión íntima con el Señor es la condición necesaria para una labor fructuosa. Sé que tenéis presente que “la Iglesia del nuevo Adviento, la Iglesia que se prepara continuamente a la venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia. Sólo bajo ese aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha mostrado el Concilio Vaticano II” (Redemptor hominis , 20).

Mientras fomentamos la unión vital de cada miembro con Jesucristo, Cabeza de su Cuerpo Místico, este período de crecimiento que vive la Iglesia en el Uruguay requiere también que se refuercen los lazos que la unen con la Iglesia universal.

2. Por las relaciones quinquenales que habéis enviado, y en el diálogo mantenido con vosotros, he podido apreciar que os preocupa grandemente el problema de la falta de vocaciones sacerdotales. Comparto y hago mía vuestra preocupación, y quisiera considerar con vosotros algunos medios que puedan ayudaros a superar esta grave necesidad.

En primer lugar, sabemos que el nacimiento de las vocaciones depende de Dios, que inspira y da la gracia, pero, en cierto sentido, también está en nuestras manos. “Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38), nos dice el Señor. La oración es nuestra fuerza y nuestro principal recurso. Fomentemos en todos las plegarias por esta intención: que recen los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos; que recen especialmente los enfermos, predilectos de Dios, para que el Señor suscite muchas y selectas vocaciones sacerdotales. Tened la seguridad de que si rezamos intensamente y con perseverancia, la oración no dejará de producir frutos.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que son las familias cristianas las que prestan a la Iglesia la mayor ayuda para el florecimiento de vocaciones sacerdotales; en este sentido, llama a las familias cristianas “el primer seminario” (Optatam totius , 2). Por eso la Iglesia se dirige con particular insistencia a los padres, para que fomenten en sus hogares la atmósfera espiritual en la que pueda madurar la fe, que suscite vocaciones sacerdotales y religiosas.

Como habéis puesto de relieve, la moral familiar en vuestro país se ve debilitada, entre otras cosas, por una legislación que, en la práctica, favorece el divorcio y, en consecuencia, no educa en los valores de la unidad y fidelidad matrimoniales. Es verdad que éste es un grave problema, al que se le añade el drama aún más profundo de la difusión del aborto, pero esta dolorosa situación, al mismo tiempo que nos empuja a no cesar en la proclamación del plan de Dios sobre el matrimonio y la familia y sobre el respeto a la vida humana desde el primer instante de su concepción (cf. Alocución a los obispos uruguayos en la Nunciatura de Montevideo , 8 de mayo de 1988), ha de ser un estimulo para orar con mayor intensidad por las vocaciones sacerdotales: ¡cuánta falta hacen buenos pastores que prediquen el mensaje de salvación que Cristo ha confiado a su Iglesia!

3. El firme deseo de servir a los fieles y la confianza en el Señor os deben llevar a dar nuevo impulso a una pastoral vocacional de conjunto, comenzando por la atención a las familias cristianas y por la formación de los jóvenes que se preparan para el matrimonio, para que sepan ver como un gran don de Dios la vocación sacerdotal de uno de sus hijos.

El Concilio Vaticano II desea que “todos los sacerdotes consideren el seminario como el corazón de la diócesis” (Optatam totius , 5). Vuestro Seminario Interdiocesano ha de ser, pues, para todos los sacerdotes uruguayos, una referencia clave en su ministerio. Promover vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa no puede considerarse como un “carisma” exclusivo de algunos sacerdotes; antes bien, es una necesidad que incumbe a todos, porque bien sabemos que el futuro de la Iglesia depende en gran medida de sus pastores. Todos sentimos la obligación de corresponder al inmerecido amor de predilección con el que Dios nos ha llamado a ser sus ministros: la mejor forma de hacerlo, y que Dios premiará con creces, es rezar y trabajar sin descanso para que nuestro sacerdocio se perpetúe en la tierra por medio de nuevas vocaciones.

Siguiendo las enseñanzas del Concilio, hay que decir que el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas depende, en gran parte, del cuidado con que se las atienda desde la adolescencia, en los primeros centros vocacionales o en los Seminarios Menores. ¡Qué importante es alentar en las almas de los niños y de los adolescentes el deseo de seguir las huellas de santos sacerdotes!

Más tarde, en el Seminario Mayor, deberán ser formados en una “identidad” sacerdotal sin ambigüedades ni complejos. Nuestro tiempo tiene avidez de sinceridad y pide claridad de propósitos y fidelidad a los compromisos asumidos. En el sacerdote estas virtudes deben brillar de manera especial y manifestarse en toda su conducta. Por ello, se ha de dar a los candidatos al sacerdocio una sólida preparación en la vida espiritual, en la disciplina y en el estudio, que los capacite para ser verdaderos testigos de Cristo resucitado. Por otra parte, “dado que la formación de los alumnos depende de la sabiduría de las normas y, sobre todo, de la idoneidad de los educadores, los superiores y profesores de seminarios han de ser elegidos de entre los mejores, y deben prepararse diligentemente con sólida doctrina, conveniente experiencia pastoral y especial formación espiritual y pedagógica” (Optatam totius , 5). Si quienes dirigen la vida del Seminario saben transmitir un estilo de vida hecho de confianza, seriedad, piedad y estudio, los alumnos responderán poniendo de su parte lo mejor. Así se creará un ambiente familiar, vibrante y apostólico que también será un “motivo de credibilidad” para suscitar las nuevas vocaciones sacerdotales que necesita vuestro país.

4. Si el presente de la Iglesia en el Uruguay, nos obliga a intensificar la oración y la acción pastoral por las vocaciones sacerdotales, se hace necesario también redoblar el empeño en la educación cristiana de los niños y de los jóvenes.

Vivimos una etapa histórica crucial en la que se advierten ansias de religiosidad, hambre de Dios, pero, al mismo tiempo, corrientes de secularismo y hedonismo tratan de acallar estas voces rechazando, en no pocos casos, toda la idea de trascendencia o de una ley superior.

Ante este cuadro de luces y sombras, queridos Hermanos, ¡cómo resuena en nuestro corazón el divino mandato de Jesucristo: “Id y enseñad a todas las gentes!” (Mt 28, 19). Debemos enseñar en cualquier parte, aprovechar las ocasiones, “opportune et importune” (cf. 2Tm 4, 2), y dar a conocer por todos los medios la doctrina de Cristo.

Dirigiéndose a los Pastores, el Concilio Vaticano II recuerda lo siguiente: “El el ejercicio de su deber de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que descuella entre los principales de los Obispos” (Christus Dominus , 12). Por otra parte, en la Declaración “Gravissimum Educationis”, sobre la educación cristiana de la juventud, enseña que: “Todos los cristianos, puesto que en virtud de la regeneración por el agua y el Espíritu Santo han llegado a ser nuevas criaturas, y se llaman y son hijos de Dios, tienen derecho a la educación cristiana” (Gravissimum Educationis , 2).

Debemos cuidar, pues, en primer lugar, la formación de los que ya pertenecen al Pueblo de Dios. En la Exhortación Apostólica “Christifideles Laici” se encuentran no pocas sugerencias, fruto del trabajo del Sínodo de los Obispos, sobre este tema tan importante y amplio (cf. Christifideles Laici , cap V). Ahora quisiera reflexionar brevemente con vosotros sobre algunas cuestiones de particular interés relacionadas con la educación católica.

El Concilio Vaticano II señala claramente los principios sobre los que se apoya la educación católica. Hace poco más de un año, la Congregación para la Educación Católica invitó a examinar si se habían seguido, a este respecto, las directrices del Concilio. Del documento del Dicasterio romano, me parece oportuno subrayar ahora dos puntos que podrían serviros como una referencia para vuestra labor pastoral.

El primero es este: “La escuela católica tiene desde el Concilio una identidad bien definida: posee todos los elementos que le permiten ser reconocida no sólo como un medio privilegiado para hacer presente a la Iglesia en la sociedad, sino también como verdadero y particular sujeto eclesial. Ella misma es, pues, lugar de evangelización, de auténtico apostolado y de acción pastoral, no en virtud de actividades complementarias o paralelas o paraescolares, sino por la naturaleza misma de su misión, directamente dirigida a formar la personalidad cristiana” (Congregación para la educación católica, Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica , 33, 7 de abril de 1988)

El segundo aspecto está relacionado con la enseñanza propiamente religiosa que se imparte en los centros de la Iglesia. En este sentido, es conveniente recordar que “la Iglesia tiene la misión de evangelizar para transformar en lo íntimo y renovar a la humanidad... El carácter propio y la razón profunda de la escuela católica, el motivo por el que los padres deberían preferirla, es precisamente la calidad de la enseñanza religiosa integrada en la educación de los alumnos” (Ibíd. 66).

Sé, queridos Hermanos, que no son pocas las dificultades que tiene que superar la Iglesia en vuestro país para cumplir su misión y, concretamente, su labor educativa a todos los niveles. Es realmente admirable el espíritu de sacrificio con el que tantas religiosas y religiosos dedicados a la enseñanza, muchos sacerdotes en los colegios parroquiales, y muchos laicos, llevan a cabo esta importantísima tarea. Os ruego que hagáis llegar a todos ellos mi aprecio y una especial bendición.

5. “La mies es mucha, los obreros pocos” (Lc 10, 2) y, mientras rezamos y trabajamos buscando nuevos operarios que vengan a servir a los hombres con su ministerio sacerdotal, no podemos, de ningún modo, dejar de anunciar el Evangelio.

El Concilio vuelve a exhortar a los Pastores: “Esfuércense en aprovechar la variedad de medios de que se dispone en la época actual para anunciar la doctrina cristiana: primeramente, la predicación e instrucción catequética, que ocupa, sin duda, el lugar principal; pero también la enseñanza de la doctrina en escuelas, universidades, conferencias y reuniones de todo género, así como la difusión de la misma por públicas declaraciones con ocasión de determinados acontecimientos, por la prensa y los varios medios de comunicación social de que es menester usar a todo trance para anunciar el Evangelio de Cristo” (Christus Dominus , 13).

El paso del tiempo, desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, ha confirmado con creces esta imperiosa necesidad de poner al servicio de la evangelización los medios de comunicación social. Si, por una parte, la responsabilidad pastoral ha de llevarnos a estar vigilantes y a formar a los fieles para que sepan usarlos con inteligencia –pues por ellos se difunden también ideologías y modelos de vida contrarios a la fe–, por la otra, es necesario usar estos “maravillosos inventos de la técnica” (Inter Mirifica , 1), para que la doctrina cristiana llegue a todos los ambientes y la Iglesia esté más presente entre los hombres.

Por todo ello, os invito a hacer un esfuerzo para que la Iglesia se haga cada vez más presente en los medios existentes en el país y, en la medida de lo posible, cuente también con sus propios medios de comunicación, con la colaboración de competentes profesionales cristianos. “Dichos profesionales deben ser hombres y mujeres de incuestionable integridad y honradez, y deben dar ejemplo de una sólida vida moral, pues frecuentemente otros los contemplan como modelos a imitar” (Discurso a la Comisión pontificia para la comunicaciones sociales, 24 de febrero de 1989).

6. En vuestro país, queridos Hermanos, que ha dado muestras de madurez cívica en la convivencia política pluralista y ordenada, se acercan ahora días de especial importancia. Os agradecería que hicierais llegar a los fieles católicos y a todos los uruguayos la seguridad de mi oración, para que la Nación encuentre los caminos de una realidad social cada vez más justa y pacífica.

Quiero además, aprovechar esa circunstancia de la vida pública para recordaros que, si bien la Iglesia reconoce la legítima autonomía de la acción política (cf. Gaudium et spes , 76), sin embargo, “los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “ política”; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común” (Christifideles laic i, 42).

Antes de terminar este encuentro, quiero rogaros que transmitáis un saludo lleno de afecto a todos los sacerdotes y diáconos, del clero secular y religioso, y a todas las religiosas. Quisiera decirles de corazón: “¡levantad vuestros ojos y mirad los campos, que ya están dorados para la siega!” (Jn 4, 35). Ellos, que “soportan el peso del día y el calor” (Mt 20, 12) pueden estar seguros de que el Señor premiará abundantemente sus esfuerzos.

A los miembros de las distintas instituciones laicales, y a todos los fieles, hacedles llegar nuevamente mi agradecimiento por las inolvidables jornadas vividas en el Uruguay. En Florida consagré vuestra Patria a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, Patrona del Uruguay. Si en los corazones de todos los uruguayos crece más y más la devoción a María Santísima, Madre de los hombres, estará asegurado el crecimiento sano y fuerte de vuestras comunidades eclesiales.

A todos imparto con afecto la Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE PARAGUAY EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Sábado 21 de octubre de 1989

Amadísimos hermanos obispos del Paraguay:

1. Con sentimientos de vivo gozo os recibo en este encuentro colectivo que constituye un momento culminante de vuestra visita “ad limina”. Doy fervientes gracias a Dios que me ofrece esta oportunidad de compartir los anhelos y esperanzas vuestras y de los sacerdotes, religiosos, religiosas y demás agentes pastorales que, con abnegación no exenta de sacrificios, colaboran en servir a las comunidades eclesiales que el Señor os ha confiado.

Recuerdo con especial afecto mi viaje apostólico a vuestra Nación, durante el cual tuve el gozo de canonizar al P. Roque González de Santa Cruz, primer santo del Paraguay, y a sus dos compañeros Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo. Fueron jornadas de intensas celebraciones durante las cuales los fieles de todas las regiones del país supieron mostrar su acendrada religiosidad, piedad mariana y filial cercanía al Sucesor de Pedro. A ellos quise llevar la palabra del Evangelio para cumplir así el mandato del Señor de predicar a todas las gentes (cf. Mt 28, 19).

Durante veinte siglos la Iglesia ha llevado a cabo su misión evangelizadora. En nuestros días, las nuevas generaciones de la familia humana proponen nuevos desafíos; y todo ello reclama, sobre todo de los Pastores del Pueblo de Dios, un espíritu atento para percibir las necesidades emergentes, la capacidad de discernimiento a la luz del designio salvífico y el planteamiento de adecuadas iniciativas pastorales.

Las visitas “ad limina” son una ocasión singularmente propicia que permite al Sucesor de Pedro compartir la solicitud de sus Hermanos en el Episcopado y, al mismo tiempo, reforzar con ellos los vínculos de comunión y afecto. De este modo, también vuestras Iglesias particulares son protagonistas activos en la tarea amplia y eficaz, de hacer presente el Reino de Dios en medio de la sociedad.

A lo largo de nuestros coloquios personales hemos tenido ocasión de examinar diversos aspectos del contexto variado en el que desarrolláis vuestra labor pastoral. Ahora, en este encuentro colectivo, quisiera ofrecer unas consideraciones que puedan servir de orientación para vuestros proyectos pastorales.

2. En primer lugar, quiero referirme a la acción ministerial en el Paraguay, en el marco de la nueva evangelización en América Latina. Esta es una tarea de largo alcance, que, en los umbrales del Tercer Milenio, está llamada a dar vida, en vuestras tierras, a una renovación de la Iglesia y su misión en el mundo actual, siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II.

“Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad” (Gaudium et spes , 3) el destinatario de la nueva evangelización. Por eso, la vitalidad evangelizadora de la Iglesia está precisamente en proclamar que el hombre ha sido elevado a la dignidad de hijo adoptivo de Dios, y esto constituye el centro mismo de su vida religiosa.

El hombre toma verdadera conciencia de esta filiación al descubrir que “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo” (Ga 4, 6). Sólo al sentirse amado por Dios el hombre comprueba que su amor alcanza la plenitud a nivel humano, y así es como llega a comprender el sentido de su existencia terrena.

En efecto, es sorprendente el modo con que Dios nos ha manifestado su amor. Por medio de la Encarnación de su Unigénito, Dios ha derribado los confines estrechos de la historia terrena, dándonos la posibilidad de inscribir nuestra existencia en el plano de la relación afectiva con Dios. Y tan hondamente ha entrado la Persona del Verbo en nuestra naturaleza y en nuestra historia humana, que nada de lo que es valioso en la vida de los hombres ha quedado excluido del amor filial a nuestro Padre Dios. Esta verdad básica de la economía de la salvación es el fundamento de toda la acción evangelizadora que estáis realizando.

3. La situación de la Iglesia en vuestro país presenta exigencias en cierto modo contrastantes, por lo que puede existir el riesgo de una fragmentación de la acción pastoral, o bien una polarización unilateral hacia ciertos sectores, descuidando otros.

En efecto, determinadas realidades eclesiales en el Paraguay requieren lo que podríamos llamar una pastoral de la madurez cristiana. Esto lo hace pensar la arraigada presencia de la Iglesia en vuestra sociedad, las ricas devociones y tradiciones populares, el prestigio de los Pastores, la caridad cristiana – sencilla y cordial – que hace posible una actitud serena y esperanzada ante tantas adversidades. Sin embargo, existen otras realidades menos confortantes, que reclaman la nueva evangelización. En efecto, la difusión de las sectas –no propensas en su mayoría al diálogo ecuménico– ha evidenciado una evangelización no suficientemente profunda de amplios sectores. Además, en los ambientes intelectuales y en la cultura urbana ya se asoma el secularismo, reforzado por el hecho de ser cultura dominante en los países altamente industrializados.

Entre los temas apuntados podría mencionarse una amplia gama de situaciones intermedias, que requieren ulterior atención. Baste recordar la pastoral matrimonial y familiar o la promoción de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

4. Vuestra labor ministerial, amados Hermanos, ha de abarcar toda la compleja realidad de las comunidades eclesiales que os han sido confiadas. En nuestros días se hace particularmente necesario reavivar en los fieles la conciencia de su responsabilidad en la Iglesia. En efecto, en la amorosa aceptación de Cristo del designio salvífico del Padre se fundamenta la necesidad de amarnos entre sí como hermanos, y ayudarnos mutuamente a vivir como cristianos. La Iglesia no sería tal si cada cristiano no estuviera convencido de que está siempre en continua interrelación con los demás.

Asimismo, la posibilidad de ayudar está siempre al alcance de cada fiel: en el hogar, en los lugares de trabajo y de descanso, en las reuniones familiares y sociales, en la actuación pública, en la educación y en la asistencia sanitaria. Cada uno ha de sentir, cada vez más, la responsabilidad de sostener a todos con el estímulo de su palabra y de su comportamiento. Esto es lo que permite pensar en una comunidad viva, capaz de crecer ulteriormente con vigor.

Ese amor cristiano se consolida como auténtica realidad de comunión en la Iglesia. Como testigos de la fe, predicamos el Evangelio convocando la Iglesia (cf. Christus Dominus , 11). Pero es sobre todo la Eucaristía el sacramento que congrega al Pueblo de Dios. Congregavit nos in unum Chrtsti amor, canta la Iglesia durante la Misa in Cena Domini del Jueves Santo. Las palabras de la Consagración nos recuerdan cuán grande es el amor del “que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

5. En este clima de generosidad sin límites es como deben orientarse y formarse las vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada. Durante mi último viaje apostólico a América Latina puse de relieve que el número de vocaciones sacerdotales y religiosas refleja la madurez de las comunidades cristianas. En efecto, es el amor a los propios hermanos lo que, en última instancia, mueve a aceptar la llamada divina. En una palabra: la caridad cristiana es el crisol en que se fraguan las vocaciones.

En vuestra solicitud pastoral, queridos Hermanos, prestad particular cuidado a la adecuada preparación doctrinal y humana de los seminaristas. Los seminarios y casas de formación, como repetidamente lo indican las instrucciones de la Santa Sede, han de proveer a la formación integral de la persona, con una sólida base espiritual, moral e intelectual, con una sana disciplina y espíritu de sacrificio. Sólo así será posible responder a las necesidades de los fieles, que esperan que sus sacerdotes sean, ante todo, ejemplo de santidad y de servicio para sus comunidades.

En esta línea de comunión, en que el cristiano vive su vida de fe junto con los demás, se ha de enfocar la pastoral matrimonial. Los esposos necesitan una orientación constante en su camino, que les ayude sobre todo a profundizar la sacralidad y la indisolubilidad del matrimonio. En este sentido, la Eucaristía tiene un papel fundamental, ya que en ella se manifiesta y realiza el amor total que une a Cristo con su Iglesia. Este es el “gran misterio” que ilumina la vida del matrimonio cristiano (cf. Ef 5, 32).

6. El ejemplo de amor y generosa entrega de Cristo es una llamada a la solidaridad. Esta no puede quedar circunscrita sólo al ámbito de la Iglesia, sino que debe abarcar toda la vida social. En este sentido, como bien sabéis, queda mucho por hacer para que en la sociedad se manifieste el verdadero espíritu cristiano, pues la caridad no puede convivir con la injusticia. Como tuve ocasión de señalar durante mi visita pastoral a vuestro país, “la consecución del bien común supone lograr aquellas condiciones de paz y justicia, seguridad y orden, desarrollo intelectual y material indispensables para que cada persona pueda vivir conforme a su propia dignidad” (Discurso al Presidente de la República en Asunción , n. 3, 16 de mayo de 1988).

Al igual que en otros lugares del mundo, también en el Paraguay existe una desigual distribución de bienes y recursos, con el resultado de que algunos sectores de la sociedad no pueden satisfacer sus necesidades más perentorias. Vuestra solicitud por los más pobres, amados Hermanos, os ha de llevar a que todos sean conscientes de que la solidaridad es una exigencia del Evangelio para que, de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia, se busquen soluciones efectivas con miras a hacer posible el deseado progreso para todos, en libertad y pacífica convivencia.

Determinante es también la responsabilidad del laico en la vida política. Así lo ha entendido el Concilio Vaticano II al alentar la participación ordenada de todos los ciudadanos en la vida pública, pero respetando siempre el bien común de todos.

Por esto, en la acción solidaria de la Iglesia y en la promoción de la justicia es también ineludible la presencia de los laicos. Teniendo en cuenta que su tarea es “poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo” (Evangelii nuntiandi , 70), ellos han de ir tomando conciencia de esta responsabilidad para poder ser promotores de todas aquellas iniciativas que, en última instancia, deben estar destinadas a la edificación del reino de Dios.

7. Un recuerdo especial lo reservo para los grupos indígenas, tan probados por la pobreza y el abandono. Conozco bien la preocupación pastoral con que afrontáis la acción evangelizadora entre estos pueblos, tratando de promover al mismo tiempo los genuinos valores de sus culturas, como habéis puesto de relieve en el reciente Mensaje: “La tierra: don de Dios para todos”. Os animo a proseguir en esta delicada tarea de iluminar, desde la Palabra de Dios, la compleja cuestión de la tenencia de tierras, pidiendo una justa distribución de las mismas para todos, como uno de los derechos primarios cual es el de la digna subsistencia.

Queridos Hermanos: junto con mi palabra de afecto, especialmente para los más pobres y olvidados, os pido que llevéis también mi cordial saludo a vuestros sacerdotes, a los religiosos, religiosas, seminaristas y demás agentes de pastoral. Decidles que el Papa les agradece sus trabajos por el Señor y por la causa del Evangelio, y que también confía en su fidelidad y entrega.

A Nuestra Señora de Caacupé, Patrona del Paraguay, encomiendo vuestra constante misión evangelizadora en medio de las propias Comunidades eclesiales, para que Cristo, su Hijo, sea cada vez más conocido, amado y acogido en el corazón de los paraguayos.

A todos imparto de corazón mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL VII SIMPOSIO DE OBISPOS EUROPEOS Martes 17 de octubre de 1989

Venerados hermanos en el Episcopado:

1. Una vez más tengo la alegría de encontrarme con vosotros al término de un simposio en el que os habéis reunido para reflexionar sobre los problemas de la evangelización en la Europa contemporánea.

Con vivo afecto os dirijo mi saludo, agradeciendo al cardenal Carlo María Martini las nobles palabras con las que interpretó vuestros sentimientos de sincera comunión con el Sucesor de Pedro. Un primer fruto de este fraterno encuentro consiste precisamente en el reforzamiento de los vínculos de caridad eclesial que nos unen, pues de la intensidad de tales vínculos depende en gran parte la eficacia de nuestro ministerio en medio del Pueblo de Dios, al que hemos sido enviados.

Servir al Pueblo de Dios: este es el anhelo que estimula nuestro esfuerzo cotidiano, impulsando a cada uno de nosotros a interrogarse sobre los medios y sobre los modos más adecuados para alcanzar ese objetivo. También en este simposio, venerados hermanos, os habéis planteado esta misma y siempre central pregunta, afrontándola desde un ángulo particular, de singular actualidad en la Europa de hoy. Habéis escogido reflexionar acerca de "las actitudes contemporáneas ante el nacimiento y la muerte", viendo en ellas, con plena razón, "un desafío para la evangelización".

Habéis hecho una elección valiente, que os ha permitido examinar, a la luz del mensaje evangélico, las situaciones cruciales y, en ocasiones, profundamente dramáticas que agitan al hombre del mundo contemporáneo.

2. El tema del simposio, tal como suena, plantea un problema esencial a la evangelización y a la pastoral de la Iglesia. En efecto, la Iglesia se encuentra hoy frente a un verdadero y real desafío constituido, hoy más que en cualquier otro tiempo, por el nacimiento y por la muerte.

Si el nacer y el morir del hombre han sido siempre, en cierto sentido, un desafío para la Iglesia, por causa de las incógnitas y los riesgos que llevan consigo, hoy lo han llegado a ser mucho más. En otras épocas, el hombre se ponía ante la muerte y ante la vida con un sentido de arcano estupor, de reverente temor, de respeto, que, en el fondo, nacía del sentido de lo sagrado, insito en el hombre. Hoy el desafío de siempre es percibido de modo más vivo y radical a causa del contexto cultural creado por el progreso científico y tecnológico de nuestro siglo. La civilización unilateral —tecnocéntrica— en la que vivimos, impulsa al hombre a una visión reductiva del nacimiento y de la muerte, en la que la dimensión trascendente de la persona aparece ofuscada, cuando no es incluso ignorada o negada.

A lo largo de vuestros trabajos, venerados hermanos, habéis analizado atentamente las actitudes con las que la Europa de hoy vive los acontecimientos del nacimiento y de la muerte, y habéis descubierto profundas diferencias con respecto al pasado. La creciente "medicalización" de las fases iniciales y terminales de la vida, su traslado de la casa a los hospitales, y el hecho de que se confía su gestión a la decisión de los expertos, han llevado a muchos europeos a perder la dimensión del misterio que desde siempre ha rodeado esos momentos y a percibir casi solamente su dimensión científicamente controlable. "La experiencia de la vida —habéis dicho— no es ya ontológica, sino tecnológica". Si el diagnóstico es exacto, entonces es preciso decir que muchas personas hoy se mueven dentro de un horizonte cognoscitivo privado de aquellos respiraderos hacia la trascendencia que abren el camino a la fe.

Además, a este aspecto preocupante, que está constituido por la creciente tecnificación de los momentos fundamentales de la vida humana, se añade el peso que ante la opinión pública adquiere la legislación, vigente en varios países y que se intenta introducir en otros aún inmunes, referente al aborto, de modo que en varios estratos de la población, ya de por sí atraída por los falsos espejismos del hedonismo consumista y permisivo, se consolida la opinión de que es lícito lo que es posible y está autorizado por la ley.

3. Es evidente que todo esto constituye un grave problema para la acción pastoral de la Iglesia, cuya tarea es anunciar la presencia amorosa de Dios en la vida del hombre, una presencia que no sólo crea la vida en su comienzo, sino que también la vuelve a crear durante su curso con la gracia redentora, para acogerla al final en el abrazo de la comunión trinitaria, que llena de felicidad. Por tanto, se impone también, y sobre todo desde este punto de vista, la urgente necesidad de una obra de profunda re-evangelización de nuestra Europa, que a veces parece haber perdido el contacto con sus mismos orígenes cristianos.

Para decir verdad, no faltan en el actual contexto sociocultural signos precisos de cambio de mentalidad acerca del modo en que el nacimiento y la muerte son percibidos y vividos: en círculos cada vez más anchos de la opinión pública se notan perplejidades acerca de la creciente tecnificación a que está sometido el surgir de la vida, y se registran reacciones frente a la invasión de la medicina en su última fase, que acaba por sustraer al moribundo su misma muerte.

En efecto, el hombre, por más que haga, nunca logrará apartarse "fundamentalmente" de la realidad óntica de su naturaleza de ser creado; así no podrá anular el hecho de la redención obrada por Cristo y de la consiguiente llamada a participar con Él en la plenitud de la vida tras la muerte. Sin embargo, puede intentar vivir y comportarse como si no hubiese sido creado y redimido (o, incluso, como si Dios no existiese). Esta es, precisamente, la situación con la que la Iglesia se debe enfrentar en el ámbito de la civilización occidental; este es el contexto humano en el que debe afrontar el compromiso del anuncio evangélico.

La cuestión del nacimiento y de la muerte tiene aquí una importancia clave. Precisamente por esto el "desafío" a la evangelización, que esa cuestión encierra, debe considerarse decisivo. En efecto, el modo en que hoy se vive la realidad del nacimiento y de la muerte se proyecta sobre todo el conjunto de la vida del hombre, sobre su misma concepción del ser y del actuar en relación con una norma moral cierta y objetiva.

4. Como consecuencia, al afrontar tal "desafío", la evangelización no podrá menos de ponerse en la perspectiva global de la existencia humana. Ciertamente, el nacimiento y la muerte tienen siempre una dimensión concreta e irrepetible, pero se insertan en todo el conjunto de la existencia del hombre y en ese contexto más amplio deben entenderse y valorarse.

La Iglesia tiene a su disposición la única medida válida para interpretar esos momentos decisivos de la vida humana y para afrontar su evangelización de modo global. Y esta medida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado: en Cristo nacido, muerto y resucitado, la Iglesia puede leer el verdadero sentido, el sentido pleno, del nacer y del morir de todo ser humano.

Ya Pascal anotaba: "No sólo conocemos a Dios a través de Jesucristo, sino que además no nos conocemos a nosotros mismos si no es por medio de Jesucristo, y sólo mediante Él conocemos la vida y la muerte. Fuera de Jesucristo no sabemos qué son la vida y la muerte, Dios, nosotros mismos" (Pensamientos, n. 548). Es una intuición que el Concilio Vaticano II expresó con palabras merecidamente famosas: "El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (Gaudium et spes , 22).

Adoctrinada por Cristo, la Iglesia tiene la tarea de llevar al hombre de hoy a descubrir nuevamente la plena verdad sobre sí mismo, para recuperar así la justa actitud con respecto al nacimiento y a la muerte, los dos acontecimientos dentro de los cuales se inscribe su entera existencia sobre la tierra. En efecto, de la recta interpretación de tales acontecimientos depende la orientación que se imprimirá a la vida concreta de cada hombre y, en definitiva, su éxito o su fracaso.

5. La Iglesia debe, en primer lugar, recordar al hombre de hoy la plena verdad acerca del hecho de que es creatura venida a la existencia como fruto de un don de amor: de parte de Dios, ante todo, pues el ingreso de un nuevo ser humano en el mundo no sucede sin una intervención directa de Dios mediante la creación del alma espiritual, y es sólo el amor lo que lo mueve a poner en el mundo a un nuevo sujeto personal al que El de hecho pretende ofrecer la posibilidad de compartir su misma vida. A la misma conclusión se llega mirando las cosas desde el punto de vista humano, pues el surgir de la nueva vida depende de la unión sexual del hombre y de la mujer, que encuentra su plena verdad en el don interpersonal de si mismos que los cónyuges se hacen recíprocamente. El nuevo ser se asoma al escenario de la vida gracias a un acto de donación interpersonal, del que él constituye la coronación: una coronación posible, pero no segura. El eco psicológico de ese hecho se manifiesta en el sentimiento de espera de los padres, que saben que pueden esperar, pero no exigir el hijo. Este, si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un don para ambos: ¡un don que brota del don!

Mirándolo bien, este, y sólo este, es el contexto adecuado a la dignidad de la persona, la cual no puede nunca ser reducida a objeto del que se dispone. Sólo la lógica del amor que se dona, y no la de la técnica que fabrica un producto, conviene a la persona, porque sólo la primera respeta su superior dignidad. En efecto, la lógica de la producción significa un esencial salto de cualidad entre aquel que preside el proceso productivo y lo que de tal proceso resulta: si el "resultado" es, de hecho, una persona, y no una cosa, es preciso concluir que la persona misma de ese modo no es reconocida en su específica e irreductible dignidad personal.

La Iglesia debe recordar con maternal solicitud esta verdad al hombre de hoy. En efecto, los sorprendentes progresos científicos de la genética y de la biogenética lo tientan con la perspectiva de resultados extraordinarios por perfección técnica pero viciados en su raíz por su colocación dentro de la lógica de la fabricación de un producto y no de la procreación de una persona.

Y la Iglesia debe recordar esto al hombre contemporáneo con tanto mayor empeño cuanto que sabe que Dios llama al nuevo ser no sólo a nacer a la dignidad de hombre, sino también a renacer a la dignidad de hijo suyo en el Hijo unigénito. La perspectiva de la adopción divina, que en la actual economía de salvación está reservada a todo ser humano, subraya de modo singularmente elocuente la altísima dignidad de la persona, impidiendo cualquier instrumentalización de la misma, que la degradaría a simple objeto, contradiciendo su destino trascendente.

6. Y también en lo que se refiere a la muerte la Iglesia tiene su palabra, capaz de arrojar luz sobre ese oscuro abismo que tanta aprensión suscita en el hombre; y esto, porque Ella tiene la Palabra, el Verbo de Dios encarnado, el cual ha asumido sobre sí no sólo la vida sino también la muerte del hombre. Cristo ha sobrepasado ese abismo y ya está, con su cuerpo vivo de resucitado, en la otra orilla, la orilla de la eternidad. Mirándolo a Él, la Iglesia puede proclamar con gozosa certeza: "El Hijo de Dios, en la naturaleza humana unida a sí, redimió al hombre, venciendo la muerte con su muerte y resurrección y lo transformó en una nueva criatura" (Lumen gentium , 7).

Hasta el fin de los siglos la muerte de Cristo, juntamente con su resurrección, constituirá el centro del anuncio misionero, transmitido de boca en boca a partir de la primera generación cristiana: "Os transmití... —son palabras de Pablo— lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó..." (1 Co 15, 3-4). La muerte de Jesús fue una muerte libremente aceptada, en un acto de suprema oblación de si al Padre, para la redención del mundo (cf. Jn 15, 13; 1 Jn 3, 16).

A la luz del misterio pascual, el cristiano es capaz de interpretar y de vivir su muerte en perspectiva de esperanza: la muerte de Cristo ha alterado también el significado de su muerte. Esta, aun siendo fruto del pecado, puede ser acogida por él con una actitud de amorosa —y, como tal, libre— adhesión a la voluntad del Padre, y por consiguiente como prueba suprema de obediencia, en conformidad con la obediencia misma de Cristo: un acto capaz de expiar, en unión con la muerte de Cristo, las múltiples formas de rebelión que realizó durante la vida.

El cristiano que acoge de ese modo la propia muerte y, reconociendo la propia condición de creatura como también las propias responsabilidades de pecador, se pone confiadamente en las manos misericordiosas del Padre ("In manus tuas, Domine..."), alcanza el culmen de la propia identidad humana y cristiana, y consigue la realización definitiva de su propio destino.

7. Venerados hermanos: La Iglesia, llamada a dar testimonio de Cristo en Europa en el umbral del tercer milenio, debe encontrar los modos concretos para llevar esta Buena Nueva a todos los que, en el viejo continente, dan signos de haberlo perdido. Las enseñanzas de san Pablo sobre el bautismo y sobre el misterio de muerte y vida que en él se realiza, proporcionan luz para una acción evangelizadora, sobre cuya urgencia no es necesario insistir. Hace falta explicar de nuevo aquella doctrina, hacerla comprender y vivir sobre todo a las nuevas generaciones, y sacar sus consecuencias para la vida cristiana de cada día, como en los primeros siglos hicieron los Padres de la Iglesia en catequesis siempre ricas y siempre actuales.

Al mismo tiempo, será importante hacer entender a todos que, si la Iglesia defiende la vida humana desde su primer inicio hasta su término natural, no lo hace sólo para obedecer a las exigencias de la fe cristiana, sino también porque se sabe intérprete de una obligación que encuentra eco en la conciencia moral de la humanidad entera. Precisamente por esto, la sociedad civil, que es responsable del bien común, tiene el deber de garantizar, mediante la ley, el derecho a la vida para todos y el respeto de toda vida humana hasta su último instante.

Una ayuda eficaz en este campo podrá venir de los "Movimientos por la vida", que van multiplicándose providencialmente en todas partes de Europa y del mundo. Su contribución, ya tan benemérita, podrá cobrar más valor en nuestra apreciación de Pastores si saben hacer objeto de su actividad de animación y de ilustración no sólo el momento inicial sino también el momento terminal de la vida. Esto permitirá encontrar en estos Movimientos un precioso aliado a fin de responder cada vez más incisivamente a aquel "desafío" que el nacimiento y la muerte plantean hoy a la evangelización.

Como bien veis, venerados hermanos, la tarea que tenemos por delante en este último tramo del milenio es ardua pero también exaltante. La Iglesia tiene la tarea histórica de ayudar al hombre contemporáneo a recuperar el sentido de la vida y de la muerte, que en muchos casos parece hoy escapársele. Una vez más el esfuerzo por la evangelización con vistas a la salvación eterna resulta determinante para la auténtica promoción del hombre sobre la tierra. El cristianismo que un tiempo ofreció a la Europa en formación los valores ideales sobre los cuales iba a construir la propia unidad, tiene hoy la responsabilidad de revitalizar desde dentro una civilización que muestra síntomas de preocupante decrepitud.

A nosotros, obispos, antes que a cualquier otro, corresponde la tarea de hacernos animadores y guías de esta renovación espiritual: anunciando a Cristo, Señor de la vida, luchamos por el hombre, por la defensa de su dignidad, por la tutela de sus derechos. Nuestra batalla no es sólo por la fe, sino también por la civilización.

Fortalecidos por esta conciencia, venerados hermanos, prosigamos con renovado impulso en nuestro compromiso apostólico. No dejará de estar a nuestro lado con su ayuda el Señor Jesús, a quien elevo mi constante oración por vosotros y por vuestras Iglesias, y en el nombre del cual, como signo de sincera comunión, os imparto mi afectuosa bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR JUAN CARLOS ENRIQUE KATZENSTEIN NUEVO EMBAJADOR DE ARGENTINA ANTE LA SANTA SEDE Jueves 30 de noviembre de 1989

Señor Embajador:

Me es grato darle mi cordial bienvenida en este día en que presenta las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante la Santa Sede. Es ésta una feliz circunstancia, que me ofrece la oportunidad de comprobar una vez más los sentimientos de cercanía que los hijos de su noble país profesan al Sucesor de Pedro, y, a la vez, me permite reiterar el sincero afecto que siento por todos los argentinos.

Agradezco vivamente sus amables palabras y, en particular, el deferente saludo que el Señor Presidente, Dr. Carlos Saúl Menem, ha querido hacerme llegar mediante sus buenos oficios. Le ruego tenga a bien transmitir el mío, junto con mis mejores deseos de Paz y bienestar.

Se ha referido Usted, Señor Embajador, a los estrechos lazos que han existido y siguen existiendo entre la Santa Sede y la República Argentina, a mis dos visitas pastorales a su país y a la obra de mediación que, junto con mis colaboradores –en primer lugar el recordado Cardenal Antonio Samoré– hizo posible, merced a un diálogo abierto y constructivo, la solución del diferendo austral entre dos Naciones hermanas, Argentina y Chile. Por la feliz conclusión de aquel Tratado de Paz y Amistad, doy fervientes gracias al Príncipe de la Paz (cf. Is 9, 5) y a su Santísima Madre, Reina de la Paz, tan filialmente venerada en una y otra parte de los Andes.

En sus deferentes palabras ha mencionado Usted, igualmente, la contribución de esta Sede Apostólica en favor de un mejor entendimiento entre los pueblos, para lograr su integración en una comunidad internacional donde reine la justicia y la equidad, y en la que los derechos humanos de todos los ciudadanos sean respetados. Es este un objetivo que reafirmamos con propósito de continuidad, para que la familia humana participe cada vez más de aquellos principios que hagan más fecundas, solidarias y fraternas las relaciones entre las Naciones y eleven la dignidad de la persona, abierta siempre a los valores trascendentes.

En efecto, sólo podrá lograrse un orden temporal más perfecto si al desarrollo material le acompaña un mejoramiento de los espíritus (cf. Gaudium et spes , 4). Es por ello que, mirando al panorama del continente latinoamericano y, en particular, a la Argentina, hago fervientes votos para que esta Nación, fiel a sus propios valores y con la colaboración de todos los estamentos sociales, logre superar las dificultades de la hora presente.

Es cierto que para alcanzar determinadas metas de progreso y desarrollo es necesaria una actitud solidaria, tanto interna como internacional, como he señalado en la Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”; en efecto, la interdependencia que hoy caracteriza y condiciona la vida de los individuos y de los pueblos debe ser un presupuesto moral que lleve a “la determinación firme y perseverante por el bien común” (Sollicitudo Rei Socialis , 38), evitando siempre la tentación del predominio sobre los más débiles. Mirando al plano económico, es necesario suscitar a este propósito iniciativas a nivel regional e internacional que –siguiendo criterios de justicia, equidad y solidaridad– vayan encaminadas a la gradual solución del problema de la deuda externa, que tanto dificulta las legitimas aspiraciones al desarrollo de muchos países, también en América Latina.

Para consolidar los esfuerzos encaminados a superar una época de no pequeñas dificultades económicas y sociales, y alcanzar así un mayor progreso, la Argentina, además de los abundantes recursos de su suelo y de sus gentes, cuenta con unos grandes valores: los principios cristianos que han venido a ser elemento connatural de su idiosincrasia, inspiradores de sus virtudes e informadores de sus mismas instituciones. Esto representa un fundado motivo de esperanza y, a la vez, debe ser estímulo para acometer con decisión y amplitud de miras un renovado empeño en favor del bien común, dejando de lado el egoísmo y sobreponiéndose a los antagonismos y a las heridas del pasado, que dificultan la cohesión social y el logro de un futuro mejor para todos los argentinos.

Deseo asegurarle, Señor Embajador, la decidida voluntad de la Iglesia en Argentina a colaborar, dentro de la misión que le es propia y con el debido respeto del pluralismo, en la promoción de todas aquellas iniciativas que sirvan a la causa del hombre, como ciudadano y como hijo de Dios. La Santa Sede, por su parte, no ahorrará esfuerzos en la tarea de favorecer un mejor entendimiento entre los pueblos, en especial, los países latinoamericanos –unidos por fuertes lazos históricos, culturales y religiosos– potenciando aquellos valores morales y espirituales que refuercen la solidaridad efectiva y eliminen aquellas barreras que tanto dificultan la comprensión y el diálogo, a nivel de comunidad internacional.

Antes de concluir este encuentro quiero expresarle, Señor Embajador, las seguridades de mi estima y apoyo, junto con mis mejores deseos de que la importante misión que hoy inicia sea fecunda en frutos y éxitos.

Le ruego, de nuevo, que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante su Gobierno y demás instancias de su País, mientras invoco sobre Usted, sus familiares, colaboradores y sobre todos los amadísimos hijos de la noble Nación Argentina las bendiciones del Altísimo.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS COLOMBIANOS EN «VISITA AD LIMINA APOSTOLORUM» Jueves 30 de noviembre de 1989

Señor Cardenal, Amados Hermanos en el Episcopado:

1. Con gozo os dirijo mi afectuoso saludo en el Señor, Obispos del Occidente colombiano, que habéis venido a Roma con motivo de vuestra visita “ad Limina”, la cual nos ofrece la posibilidad de un encuentro esperado y fraterno, que refuerza aún más los estrechos vínculos que nos unen en la fe, en la oración y en el amor operante. Queremos con ello dar testimonio de la unidad de la Iglesia, por la cual el Señor oró ardientemente (cf. Jn 17, 11), y que desea ser luz y guía para un mundo que, entre contradicciones, busca afanosamente ser una familia de hermanos.

Vuestra presencia aquí, hoy, me recuerda de modo particular las intensas jornadas de fe y amor compartidas con el amadísimo pueblo colombiano durante mi viaje apostólico de hace tres años. En aquella ocasión pude acercarme a las raíces de la fe cristiana de Colombia y apreciar la vitalidad de su catolicismo, que yo me esforcé en alentar y que, por la gracia de Dios, recibió un nuevo dinamismo que vosotros, Obispos, habéis sabido concretar en eficaces programas pastorales.

Junto con mi exhortación a continuar vuestra labor de avivar el sentido de Iglesia en vuestro pueblo anunciando a Jesucristo, Salvador y esperanza de los hombres, quiero expresaros mi estima y sincero agradecimiento por vuestra abnegada dedicación a las comunidades eclesiales que os han sido confiadas. Seguid suscitando en el pueblo cristiano el encuentro con el Dios vivo y verdadero como camino para transformar aquellas realidades sociales que hoy afligen vuestro corazón como Pastores e hijos de la tierra colombiana.

2. A este respecto, el Señor Cardenal Alfonso López Trujillo, Arzobispo de Medellín y Presidente de la Conferencia Episcopal, ha querido expresar en nombre de todos la preocupación pastoral que os embarga ante los difíciles momentos por los que atraviesa vuestro país. Con las palabras del Apóstol os digo: “Virtus in infirmitate perficitur” (2Co 12, 9). Esta convicción forjada en la experiencia cristiana de San Pablo, puede sostener también vuestro temple en las circunstancias dolorosas que viven los cristianos de Colombia. Se trata, en el fondo, de la paradoja de la fe cristiana, que ve la Resurrección y la Vida como reverso de la Cruz y de la muerte.

En medio de las dificultades, vuestra autoridad moral sostiene la esperanza del pueblo fiel, tratando de instaurar una cultura de la paz, basada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, y que promueve la reconciliación y la solidaridad. Quiero en esta circunstancia manifestar nuevamente mi apoyo a vuestro ministerio; y, acogiendo vuestro pedido, quisiera ofreceros ahora algunas reflexiones al respecto, que refuercen vuestro empeño en la misión y alienten la esperanza de vuestras comunidades.

Con los ojos de la fe percibís toda la crudeza de la situación. En efecto, se ha desatado una espiral de sangre y violencia que ha llegado a alterar incluso las bases de la convivencia humana. Su fuerza ciega parece atentar a la perspectiva de futuro, que es necesaria para animar el esfuerzo y el dinamismo de un país. Además, esta ola generadora de muerte y destrucción, se ha cobrado entre sus numerosas victimas también a varios sacerdotes y religiosos, y recientemente al querido Obispo de Arauca, Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve. No puedo por menos de reiterar una vez más mi reprobación por estos actos de injustificable violencia contra servidores del Evangelio, mientras ruego al Señor para que su sacrificio sea llamada a la reconciliación y al perdón.

En estos tiempos recios que habéis de afrontar, se pone también a prueba el temple cristiano de los colombianos. Las heridas que se han producido en el tejido social amenazan con paralizar los recursos morales de donde ha de surgir la necesaria renovación. Ante esto, la Iglesia, que cuenta con los medios de la reconciliación y del perdón ha de acompañar a todos en este fatigoso camino, y trabajar en la construcción de una sociedad más justa y pacífica. Para ello se exige la colaboración de todos.

3. Urge, al mismo tiempo, el poner en marcha un movimiento para una nueva cultura de la solidaridad (cf. Sollicitudo rei socialis , 38-40). Los colombianos no pueden perder la confianza en su propia capacidad de resolver, colectivamente, la situación que les aflige. Necesitan demostrarse a sí mismos que, aunando fuerzas, pueden afrontar y resolver sus problemas, por graves que sean.

Todo esto debe llevaros a la reflexión. La participación de todos, y especialmente de los constructores de la sociedad, debe dar vida a un proyecto de futuro para la comunidad nacional. En este sentido no son pocas las cuestiones a examinar, sobre todo si miramos a los factores que han llevado a la situación actual, y quieren buscar las soluciones apropiadas.

Esta misma situación social debe llevaros a predicar incansablemente la conversión de los corazones, el cambio de mentalidad. Los proyectos de futuro dependen siempre, en gran medida, de las virtudes de quienes los planifican y ejecutan. Sin embargo, en la situación actual la necesidad es mayor, porque las cuestiones a resolver parecen exigir un nuevo tipo de convivencia entre los hombres. Nuevos ideales y valores deben abrirse paso, junto con lo que es perennemente válido en la historia cultural de Colombia.

Sobre la base de una profunda conversión, de una conciencia común solidaria y de un amplio consenso de colaboración será posible emprender una acción pacificadora y promotora de los auténticos valores éticos y sociales. Pido, por tanto, a los cristianos de Colombia, y especialmente a los fieles laicos, que no se desentiendan; que no esperen de otros la solución, porque ésta depende de todos. Está confiada al corazón de cada hombre y de cada mujer de la noble tierra colombiana.

4. Como en toda la vida cristiana, pero particularmente en estas circunstancias, hay que dirigir la mirada a la Cruz de Cristo. En efecto, el superar la presente situación exigirá sacrificios de todo tipo. Pero, paradójicamente, la Cruz hace fructificar todo sufrimiento, porque, aceptándola, el hombre se sabe injertado en un dinamismo de victoria; y no de un triunfo cualquiera, sino de algo trascendente, definitivo. Y esa inserción consiste en saber amar como Cristo amó, llegando incluso al sacrificio de la Cruz.

En su Pasión Jesús se enfrentó a la muerte con “el amor más grande” (cf. Jn 15, 13), y la derrotó con la fuerza de ese mismo amor. “Porque es fuerte el amor como la muerte” (Ct 8, 6), más aún, es capaz de vencerla. Por eso el amor está también en la Resurrección, como fruto del sacrificio de la propia vida.

Después, en la Eucaristía nos comunica su Cuerpo y su Sangre de Resucitado, para que también en nosotros actúe el poder de su victoria pascual. Y así como la muerte es capaz de derribarlo todo, mucho más el amor victorioso de Cristo es capaz de recomponerlo todo, dándole nueva vida.

5. Desde vuestra misión como “verdaderos y auténticos maestros de la fe” (Christus Dominus , 2), estáis llamados a servir al hombre “en toda su verdad, en su plena dimensión” (Redemptor hominis , 13). Los fieles, y también la sociedad, esperan de vosotros la palabra orientadora que les ilumine a nivel personal, así como en el familiar y social. Los jóvenes, deseosos de ideales altos y nobles, pero desorientados por un nocivo relativismo moral: la familia, amenazada en sus valores humanos y cristianos; el hombre de las zonas rurales, con frecuencia olvidado por todos; los habitantes de las ciudades, muchos de ellos agobiados por la falta de vivienda digna, por el desempleo y el coste de la vida; los pobres y necesitados, que sufren el abandono y la falta de solidaridad de quienes pudiendo ayudarles no lo hacen. Todos ellos son destinatarios privilegiados del Evangelio y del amor de Jesús, a través de vuestro ministerio pastoral. Por tanto, vuestras comunidades eclesiales han de acreditarse por el testimonio y por un estilo de vida que muestre una clara actitud de vivencia evangélica.

Para esta ingente labor apostólica se necesitan hombres y mujeres, que bajo vuestra guía y aliento, se entreguen ilusionados a la proclamación del mensaje cristiano con la palabra y con la vida. Si en cualquier circunstancia la santidad y la generosa dedicación son necesarias en el ministro de Dios, hoy lo son de un modo particular. El sacerdote ha de estar imbuido del espíritu de oración y de entrega, dispuesto al sacrificio, entusiasmado con el ideal de servir a Cristo en los hermanos.

6. Viene a mi mente con entrañable afecto el encuentro en el estadio “Atanasio Girardot” de Medellín, durante mi viaje apostólico a Colombia. Refiriéndome a la pastoral social que ha de enmarcarse en el conjunto de la acción de la Iglesia particular, quise recordaros que “la Iglesia no puede en modo alguno dejarse arrebatar por ninguna ideología o corriente política la bandera de la justicia, la cual es una de las primeras exigencias del Evangelio y, a la vez, fruto de la venida de Reino de Dios” (Encuentro con los habitantes de los barrios populares de Medellín , n. 6, 5 de julio de 1986).

Guiados siempre por la Palabra de Dios, y en sintonía perfecta con el Magisterio de la Iglesia, continuad fomentando en vuestras comunidades eclesiales una activa preocupación social que no se limite a la sola dimensión de la promoción humana, sino que tenga en cuenta las exigencias de la vocación cristiana así como la pertenencia al Cuerpo Místico de Cristo. Sed igualmente promotores de la justicia, defendiendo en todo momento la dignidad de cada persona. Es esta una causa plenamente asumida por la Iglesia y su doctrina social “para favorecer tanto el planteamiento correcto de los problemas como sus soluciones mejores” a fin de lograr “un desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad que respete y promueva en toda su dimensión la persona humana”. (Sollicitudo rei socialis , 41)

Se trata, por consiguiente, de sacar de la propia fe y de los principios del Evangelio la fuerza e inspiración para que en vuestras comunidades sea una fecunda realidad la práctica del amor solidario, pues, como escribe el apóstol Juan “todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1Jn 3, 10).

Este amor ha de ser el criterio de discernimiento para todo cristiano. Por esto, es siempre reprobable el recurso a la violencia y al odio como medios para conseguir metas de pretendida justicia.

7. Me consta que en vuestra actividad pastoral estáis haciendo repetidos llamados a la paz, a la reconciliación y a la concordia. ¡Cese pues la confrontación y el odio, generadores de destrucción y de muerte! ¡Que nadie que se precie del nombre de cristiano preste el menor respaldo a los sembradores de violencia y de terror! Que todos repudien esa “nueva forma de esclavitud” que es el narcotráfico! (cf. Discurso en el santuario de San Pedro Claver de Cartagena , 6 de julio de 1986) Y que, por el contrario, la razón y el derecho prevalezcan sobre la intolerancia y el extremismo que destruyen la pacifica convivencia.

Anunciar la paz, el perdón y la reconciliación es algo consustancial al Evangelio del que vosotros, queridos Hermanos, sois heraldos y abnegados servidores.

Deseo concluir este coloquio fraterno pidiéndoos que llevéis a vuestros sacerdotes, así como a las almas consagradas mi saludo afectuoso. Decidles que el Papa les tiene presente en sus oraciones y que las agradece sus trabajos por el Evangelio en fidelidad a la Iglesia.

A vosotros os reitero mi cercanía y constante apoyo en vuestra solicitud pastoral por las Iglesias que el Señor os ha confiado para que crezcan en verdad y justicia, en santidad y amor.

Con estos deseos os acompaña mi Bendición Apostólica, que hago extensiva a todos los amadísimos fieles de Colombia.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE ARGENTINA EN VISITA »AD LIMINA APOSTOLURM» Jueves 23 de noviembre de 1989

Señores Cardenales, Amados Hermanos en el Episcopado:

1. Me es sumamente grato tener este encuentro colegial con vosotros, Obispos de la Argentina, como culminación de la visita “ad Limina” que estáis realizando siguiendo una venerable tradición de la Iglesia. Al acogeros con gran gozo, mi pensamiento se dirige a todas y cada una de vuestras diócesis, de modo particular, a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes de pastoral, que más estrechamente colaboran en vuestro ministerio episcopal.

Agradezco vivamente las palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido el Señor Cardenal Raúl Francisco Primatesta, Arzobispo de Córdoba y Presidente de la Conferencia Episcopal, haciéndose igualmente portavoz de vuestros colaboradores y amados fieles, a quienes dedicáis vuestros desvelos pastorales. Recordando las jornadas de intensas vivencias espirituales durante mi último viaje apostólico a la Argentina, quiero manifestaros de nuevo mi profundo reconocimiento, en nombre de Cristo, porque a pesar de las no leves dificultades que entraña vuestro abnegado ministerio episcopal, dais siempre testimonio de dedicación solícita en la edificación de la Iglesia.

2. En este encuentro con el primer grupo de Obispos argentinos, deseo recordar lo que dije en la sede de vuestra Conferencia Episcopal en Buenos Aires, concluyendo ya mi estadía entre vosotros: “El presente y el futuro de la evangelización de Argentina está en vuestras manos” (Discurso a los obispos argentinos en al sede de la Conferencia episcopal argentina , 12 de abril de 1987, n. 1). Sí, mis queridos Hermanos, el reto que la actual situación de vuestro país representa para la Iglesia exige de vosotros un particular empeño en el anuncio del mensaje cristiano, en la renovación de vuestras comunidades, en el conocimiento y comprensión del hombre en su realidad concreta, a veces, dramática.

Sé que mi llamado a una evangelización nueva, con ocasión del V° Centenario de la llegada del mensaje cristiano a América, os ha llevado a una consulta a todo el pueblo de Dios para establecer las lineas fundamentales de una acción pastoral conjunta. Todo ello, invita a consagrar nuevas energías en el ejercicio del ministerio recibido, y que os constituye en maestros, sacerdotes y pastores del pueblo de Dios al participar, por la sucesión apostólica, de la potestad y de la misión de Cristo, cabeza de la Iglesia.

Como “pregoneros de la fe” y “maestros auténticos” (cf. Lumen gentium , 25), habéis recibido del Señor el encargo de enseñar. Dicha misión adquiere en nuestros días un significado especial. En efecto, no pocas manifestaciones de la cultura contemporánea –y vuestro país no escapa a esta situación– reflejan una mentalidad relativista, que descuida o menosprecia el valor de la verdad, y que rechaza la existencia misma de verdades absolutas. Ese cultivo de la duda, o la desconfianza respecto a la capacidad humana para percibir la verdad religiosa, puede contribuir también a debilitar la certeza de la fe y las convicciones mismas de vuestros fieles. Por ello, se hace necesario presentar el mensaje cristiano en toda su integridad, saliendo al paso de aquellas desviaciones que amenazan la pureza de la fe o que diluyen la coherencia y la unidad de la doctrina evangélica.

3. De vuestra responsabilidad como maestros de la fe brota el deber primordial de la predicación, el anuncio paciente e incansable del mensaje de Cristo. Una evangelización renovada ha de cuidar que se expongan cada vez más adecuadamente a los fieles los misterios de nuestra fe. Por ello, la catequesis y las demás formas de instrucción religiosa impartida al pueblo cristiano, no sólo a los niños y jóvenes en las parroquias y en las escuelas católicas, sino también a los adultos, no puede descuidar la exposición sistemática de la doctrina revelada, ni diluirla acentuando exclusivamente la vivencia personal, o reduciéndola únicamente a las consecuencias que de esa verdad se siguen en el orden temporal. El anuncio del misterio cristiano y la perseverante instrucción religiosa, por otra parte, han de renovar la entera vida de los creyentes para que, de esta manera, se produzcan abundantes frutos de mayor responsabilidad personal y social, con miras también a superar tantos problemas que afectan a la dignidad de la persona humana.

Particular atención se ha de prestar al cultivo de la ciencia teológica, en fidelidad al Magisterio de la Iglesia. A este propósito quisiera destacar la importancia que tienen los estudios filosófico-teológicos en la formación de los futuros sacerdotes. Estos estudios constituyen un ámbito específico, que ha de desarrollarse con rigor y seriedad, pues el pastor de almas, junto con su celo apostólico, no puede prescindir de ese instrumento pastoral que es la sólida preparación doctrinal, que le permita también sintonizar mejor con las exigencias y los problemas del mundo de hoy.

Os animo, además, a continuar alentando y sosteniendo la acción apostólica de los laicos que, provistos de una sólida preparación intelectual y un arraigado sentido de Iglesia, trabajen con competencia y discernimiento en el amplísimo campo de la cultura: en las universidades, en los medios literarios y artísticos, y de un modo particular en los medios de comunicación social. A ellos las está reservada una tarea de máxima trascendencia en orden a revitalizar, junto con vosotros, los valores humanos y cristianos de la cultura argentina, para contribuir así a la extensión del Reino de Cristo y al fortalecimiento espiritual de la nación.

4. Como Obispos: “por estar revestidos de la plenitud del sacramento del orden” (cf. Lumen gentium , 26), vosotros sois “los principales administradores de los misterios de Dios, así como también moderadores, promotores y custodios de toda la vida litúrgica en la Iglesia que os ha sido confiada” (cf Christus Dominus , 15).

A este respecto, es oportuno recordar –como enseña el Concilio Vaticano II–, que si bien la sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, es no obstante la cumbre a que tiende su múltiple actividad y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza (cf. Sacrosanctum concilium , 9 y 10). Esta centralidad de la liturgia en la vida de la Iglesia es la expresión de su misión santificadora, de su realidad sobrenatural y de su referencia inmediata a Cristo, y por El, con El y en El, al Padre y al Espíritu Santo.

Así pues, en la tarea evangelizadora ha de prestarse una destacada atención a la dimensión litúrgica de la vida cristiana, que se concrete en una pastoral litúrgica orgánica. A este propósito, al conmemorar el vigésimo quinto aniversario de la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, he querido presentar la pastoral litúrgica como un objetivo permanente para toda la Iglesia, una vez realizada la reforma deseada por el Concilio (Vicesimus Quintus Annus , 10).

Entre vosotros se ha cumplido también ese período de reforma con la aplicación de las nuevas normas, el uso de los nuevos libros litúrgicos y el logro de una participación más activa de los fieles. Próximamente, el primer domingo de Adviento, entrará en vigor el texto unificado en lengua castellana del Ordinario de la Misa y de las plegarias eucarísticas, que constituyen el corazón de la liturgia de la Iglesia. De esta manera, el V° Centenario de la Evangelización de América encontrará a todos los pueblos de habla castellana celebrando, con las mismas palabras, el misterio de la fe que los une. A este propósito, os invito a incrementar una renovada e intensa educación litúrgica en vuestras comunidades, que sea para todos un itinerario permanente que conduzca a la plenitud de Cristo.

5. El Concilio Vaticano II habla del oficio pastoral de los Obispos, los cuales “rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente para edificar a su grey en la verdad y en la santidad” (Lumen gentium , 27). Esto implica una presencia personal, generosa, incansable del pastor en medio de su pueblo: animando y sosteniendo el esfuerzo de sus presbíteros y de todos los agentes de pastoral, corrigiendo, si fuera preciso, con efecto paterno, ayudando a todos a descubrir la “insondable riqueza de Cristo” (Ef 3, 8). Es misión vuestra, además, inspirar, orientar y coordinar la acción de todos los demás miembros activos de la Iglesia, así como ser la voz de la misma en medio de la sociedad.

En vuestras relaciones quinquenales es consolador ver vuestro actual empeño en perfilar las líneas de una evangelización que sea “nueva en su ardor”, es decir, una verdadera movilización espiritual que ayude a redescubrir a la Argentina sus raíces cristianas. En el Documento de Trabajo que habéis aprobado en abril del presente año, destacáis la vitalidad que encierra la “pastoral ordinaria” de la Iglesia. Escaso será el fruto de los programas pastorales, de la fijación de prioridades y de la cuidadosa organización de los medios y agentes, si todo ello no “desciende” a la acción pastoral ordinaria desarrollada en cada una de las comunidades de vuestras diócesis y es aplicado, con creatividad y perseverancia, con renovado espíritu y fervor en las parroquias, escuelas, instituciones y movimientos de apostolado seglar.

Sin duda que es también necesario elaborar, a la vez, criterios y proyectos comunes a las diversas diócesis, especialmente las de una misma región, en orden a programar una pastoral orgánica que procure armonizar las energías apostólicas de todos los que están comprometidos con la misión de la Iglesia. Ello permitirá orientar la acción pastoral de una manera más apropiada para afrontar los desafíos del presente, de modo que la luz del Evangelio penetre y renueve todas las facetas de la vida de las personas y de la sociedad.

6. Los retos que hoy reclaman vuestra atención como Obispos en la Argentina son ciertamente numerosos y se presentan con características particulares que exigen, consiguientemente, respuestas también adecuadas. La sociedad argentina, que justamente aspira a conseguir niveles de progreso y desarrollo que eleven su nivel espiritual y material, se ve en nuestros días como minada por toda una serie de factores que tienen su origen último en una crisis de valores.

No deja de apenar vuestro corazón la pobreza, a veces extrema, en que se debaten determinados sectores de la población; así como el desempleo, la falta de vivienda digna, el desequilibrio entre el coste de la vida y los salarios, la desigual distribución de los bienes. A ello se une la incidencia de ideologías de corte materialista y hedonista que niegan toda trascendencia. Por otra parte, persisten actitudes que se cierran al diálogo y a la reconciliación como instrumentos para sanar las divisiones y heridas del pasado y lograr la pacificación social. Además, la institución familiar, sobre la que se construyeron los cimientos de la Nación Argentina, se ve en nuestros días atacada por una mentalidad permisiva que atenta a su unidad y estabilidad, y que no respeta la sacralidad de la vida.

Vosotros, queridos Hermanos, habéis hecho oír repetidamente vuestra voz para alertar sobre las consecuencias del resquebrajamiento moral y la necesidad de poner remedio a los graves problemas con que se enfrenta vuestro País. Por ello, llenos de esperanza, habéis de impulsar un esfuerzo aún más decidido de la Iglesia, una actitud solidaria para construir una sociedad verdaderamente cristiana y más conforme con el plan de Dios. El camino que conduce al reencuentro del hombre consigo mismo y al pleno sentido de la vida es Cristo, luz del mundo (cf. Jn 8, 12). Por ello, la renovación de los individuos y de la sociedad pasa por el anuncio de Jesús que salva, libera y reconcilia el corazón humano.

Recuerdo con íntimo gozo el entusiasmo de los jóvenes argentinos al sentirse llamados a ideales altos y nobles durante aquella inolvidable celebración de la Jornada Mundial de la Juventud en Buenos Aires. La juventud, y todo el laicado argentino debe sentirse llamado a un decidido testimonio de fe cristiana en su vida social, profesional y familiar; a un comportamiento moral inspirado en los valores del evangelio y que se refleje en la vida pública. A este respecto, la Exhortación Apostólica “Christifideles Laici” hace presente que “para animar cristianamente el orden temporal –en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad– los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política, es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común” (Christifideles Laici , 42).

7. Una acción concertada de las fuerzas vivas de la Iglesia ha de proponerse, con lucidez y decisión, la meta que señaló a la tarea evangelizadora mi venerado predecesor Pablo VI: “Alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios, y con el designio de salvación” (Evangelii nuntiandi , 19).

Os acompaño con mi plegaria en esta labor y confío en que la acción pastoral de la Iglesia en Argentina pueda producir frutos de responsabilidad, de justicia, de unión y solidaridad efectiva entre todos los ciudadanos, y contribuya a la búsqueda del bien común, así como a la superación de las fracturas y divisiones que frenan los esfuerzos por conseguir un futuro mejor para todos.

8. Amadísimos Hermanos, en los diálogos personales que he mantenido con vosotros durante estos días, he podido apreciar con cuánto celo guiáis al pueblo de Dios confiado a vuestros desvelos Deseo felicitaros cordialmente y animaros a continuar con firme esperanza el arduo trabajo con las mismas palabras que San Pablo dirigía a Timoteo: “Vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio” (2Tm 4, 5)

Conozco también con cuánta solicitud seguís las dificultades que afronta el pueblo argentino, como consecuencia de la crisis económica, agravada en el curso del presente año. Sé de la generosidad de las comunidades eclesiales, unánimes en el propósito de compartir y abnegadas en el ejercicio de la misericordia. No dejéis de exhortar a vuestros fieles a extender aún más la acción de la Iglesia en la atención espiritual y asistencial que alivie las necesidades de tantos hermanos.

Recordad que en momentos tan difíciles, vosotros, como padres y pastores, sois siempre lámpara que no se ha de ocultar (cf. Mt 5, 15), punto de referencia no sólo para vuestros fieles sino también para la sociedad entera, que reconoce en vosotros los custodios de aquellos valores trascendentes que sustentan la vida de la misma comunidad civil. Se espera de vosotros, muchas veces, la palabra orientadora que señale el rumbo a seguir, y que, llamando a la concordia y al perdón, e infundiendo el aliento de la esperanza, ayude a todos los ciudadanos a ir afianzando las condiciones de una auténtica y duradera paz social.

Para concluir, invoco sobre todos vosotros los dones del Espíritu Santo, “agente principal de la evangelización” (Evangelii nuntiandi , 75). Que El os ilumine y fortalezca en vuestra misión, y renueve hoy en la querida Nación Argentina, mediante vuestra tarea apostólica, los frutos de aquella primera evangelización cuyo V° Centenario nos preparamos a celebrar. El, que “unifica a la Iglesia, en comunión y ministerio” (Lumen gentium , 4) os haga crecer en la unidad entre vosotros, para un “trabajo concorde y mejor trabado” (Christus Dominus , 37) al servicio de vuestras comunidades eclesiales.

Transmitid mi afectuoso saludo en el Señor a vuestros sacerdotes, a los religiosos, religiosas, seminaristas y fieles todos, a quienes tengo siempre presentes en mi recuerdo y en mi oración.

Encomiendo vuestras personas y vuestros anhelos al materno amparo de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina, y os otorgo, como signo de amor y comunión, mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA XXV CONFERENCIA GENERAL DE LA FAO 16 de noviembre de 1989

Señor presidente, señor director general, excelencias, señores y señoras:

1. Puesto que la asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas continúa representando un importante punto de encuentro para las experiencias políticas de todos los países, la Santa Sede ha seguido con atención las decisiones de las más importantes agencias intergubernativas especializadas de las Naciones Unidas. Me ha dado mucha satisfacción observar el trabajo que ha realizado la Conferencia general de la Organización para la Alimentación y la Agricultura en el campo especifico de su competencia. La FAO ha tratado de desempeñar un papel indispensable, junto con otras organizaciones que se ocupan de problemas relacionados con la agricultura y provisión de alimentos, salvaguardando el derecho humano fundamental a una adecuada nutrición. Tal objetivo exige un esfuerzo eficaz y continuo para garantizar a los pueblos e individuos el acceso a las reservas de alimentos, como parte de un proceso más grande de desarrollo mundial.

2. La complejidad que implica promover una campaña efectiva y adecuada para combatir el hambre y la desnutrición es algo cada vez más evidente. Hoy, a quince años de distancia de la Conferenció mundial Sobre la nutrición de 1974, somos conscientes de la necesidad de una atenta y objetiva valoración de los muchos factores relacionados con los problemas del desarrollo económico mundial y el progreso social. Esto es particularmente evidente a la luz de los rápidos aumentos de población, sobre todo en algunos continentes, y de una economía mundial que presenta fases de recesión y dificultades para realizar las políticas económicas internas, incluso en los países altamente industrializados.

Por esta razón, es mejor evitar descripciones meramente globales y negativas de la situación existente. En cambio, las observaciones y valoraciones actuales, aunque hasta ahora no hayan sido satisfactorias, deben ser un estímulo para una nueva reflexión sobre la posibilidad, o mejor, el deber de una acción unificada por parte de los Estados y de las organizaciones intergubernativas. Este tipo de actividad tiene que ser gradual y habrá que alentarla a las diferentes condiciones de cada uno de los países y a la situación mundial en general. En efecto, es imprescindible una decisión efectiva no sólo para definir el objetivo de la justicia, sino también para perseguirlo mediante una actividad fundada en la solidaridad moral.

3. Si eso ya se pone en práctica en determinados lugares, esta solidaridad moral debe llenar a ser una característica de los diversos Estados miembros de la FAO. Una lucha eficaz contra el hambre y la desnutrición dependerá de una línea de acción unitaria emprendida ante todo por aquellas organizaciones y agencias directamente implicadas en los problemas relacionados con la alimentación y la agricultura. Además de la FAO, éstas comprenden la IFAD, el Programa de Nutrición Mundial y el Consejo de Nutrición Mundial.

4. La lucha contra el hambre tiene ramificaciones en el campo de las inversiones. También aquí las organizaciones internacionales monetarias o financieras, en su tarea de coordinar los préstamos y los pagos a nivel mundial, regional. local y grupal, están llamadas a manifestar una colaboración fundada en la solidaridad. En efecto, es posible que el problema de la deuda externa. especialmente de los países en vías de desarrollo, pueda afrontarse a través de un oportuno recurso a tales organizaciones multilaterales.

Además de su aportación operativa, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, con sus organizaciones afiliadas, han ofrecido también importantes sugerencias con vistas a establecer los criterios que sirvan para reequilibrar la economía de los países endeudados, así como medidas idóneas para renovar la política económica interna con el objeto de promover su real y orgánico desarrollo. Estas sugerencias deben ser consideradas seriamente. Por último, es importante cerciorarse de que todas las nos a los otros países, y no sólo las ayudas financieras, sean el fruto de una solidaridad por parte de las naciones ricas hacia las más pobres, solidaridad que adopte medidas verdaderamente desinteresadas, que no constituyan nuevas formas de dominio.

5. La lucha contra el hambre lleva consigo, de un modo cada vez más evidente. la exigencia de que todas las naciones observen las normas reconocidas y puestas en práctica generalmente en el ámbito financiero. Esto es sumamente importante para los países menos desarrollados, a fin de proteger su capacidad de exportar sus propios productos, sobre todo los agrícolas. Es importante evitar las habituales formas de proteccionismo que terminan creando obstáculos cada vez más grandes al comercio, y que en algunos casos llegan a impedir que los países en vías de desarrollo tengan acceso a los mercados.

A este respecto. es oportuno valorar los modelos de conducta en el ámbito financiero del GATT. Aquí, por primera vez, han sido establecidos criterios actualizados para la mutua regulación de las relaciones comerciales entre los listados. Estos criterios se refieren directamente a los productos agro-alimentarios y a la posibilidad de su comercialización en el mercado mundial.

6. Asimismo es importante hacer hincapié en la preocupación por la disminución de la seguridad concerniente a los alimentos en la actual situación mundial. De hecho, paralelamente a un notable incremento de la población mundial. se ha verificado una reducción en el nivel mundial de disponibilidad de las reservas alimentarias. Esto ha causado una merma de las reservas que representan la garantía necesaria contra la crisis del hambre y la desnutrición. Del mismo modo. en los países cuya producción de alimentos es elevada, ésta ha sido reducida artificialmente por una política sectorial, que refleja un cerrado cálculo de mercado. Cualquiera que sea su valor en dicho mercado, esta política no está en armonía con una solidaridad atenta a las exigencias mundiales y que obra a favor de los necesitados.

7. La protección del ambiente natural se ha convertido en un aspecto nuevo e integral del problema del desarrollo. Cuando prestamos una conveniente atención a la dimensión ecológica, la lucha contra el hambre parece aún más compleja y exige la creación de nuevos lazos de solidaridad. La preocupación por la ecología, en relación con el proceso de desarrollo y, en particular, con las exigencias de la producción, exige que en cada empresa económica exista un empleo racional y calculado de los recursos. Es cada vez más evidente el hecho de que el uso indiscriminado de los bienes disponibles, que amenaza a las fuentes primarias de energía, de recursos y al ambiente natural en general, comporta una grave responsabilidad moral. No sólo la actual generación sino también las generaciones futuras pagarán las consecuencias de tales acciones.

8. La actividad económica lleva consigo la obligación de utilizar racionalmente los bienes de la naturaleza. Pero también implica la grave obligación moral de reparar no sólo los daños ya ocasionados a la naturaleza, sino también de prevenir todos los efectos negativos que puedan presentarse en el futuro. En el despertar de la industrialización es necesario un control más estricto de las posibles repercusiones que produce sobre el ambiente natural, especialmente con respecto a los residuos tóxicos, y en aquellas áreas de la agricultura en las que se hace un uso excesivo de los fertilizantes químicos.

La relación entre los problemas del desarrollo y la ecología exige además que la actividad económica programe y acepte los pastos Ale implica la protección del ambiente por parte de la comunidad, tanto local como global, en la que dicha actividad se lleva a cabo. Estos gastos no deben ser considerados como un precio extra, sino más bien como un elemento esencial del coste actual de la actividad económica. El resultado será un provecho económico inferior al que se obtenía en el pasado, así como una toma de conciencia de los nuevos gastos que derivan de la protección del ambiente. Estos costes tienen que ser tomados en cuenta no sólo en la administración de las empresas individuales, sino también en los programas nacionales de política economía y financiera. que deben afrontarme en la perspectiva de la economía regional y mundial.

Por último, estamos llamados a actuar superando nuestros intereses egoístas v la defensa sectorial de la prosperidad de algunos grupos e individuos. Estos nuevos criterios y estos nuevos costes deben tener su lugar en los presupuestos de los programas de política económica y financiera de todos los países, tanto los industrializados como aquellos que están en vías de desarrollo.

9. Hoy existe una creciente conciencia de que la adopción de medidas encaminadas a proteger el medio ambiente comporta una real y necesaria solidaridad entre las naciones. Es cada vez más evidente el peligro de que una solución eficaz de los problemas que plantea el peligro de contaminación atómica y atmosférica y el deterioro de las condiciones generales de la naturaleza y la vida humana, puede hallarse únicamente a nivel mundial. Esto a su vez comporta el reconocimiento de la creciente interdependencia que caracteriza nuestra época. De hecho, es cada vez más evidente que las diversas políticas de desarrollo requieren una auténtica cooperación internacional realizada según las directrices establecidas en común y en el contexto de una visión universal que tenga en cuenta el bien de la familia humana no sólo de esta generación sino también de las futuras.

10. En fin, me complace reconocer la profunda atención que la FAO ha dedicado a la situación de la mujer en relación con el desarrollo agrícola y rural. Tal atención representa una transición de las afirmaciones sobre la dignidad y la igualdad de la mujer contenidas en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre v en las de algunas organizaciones regionales, a los problemas mucho más específicos que se relacionan con la integración de la mujer en el proceso global del desarrollo agrícola y alimentario. Contribuye. además, a sugerir aplicaciones adecuadas no sólo en los países en vías de desarrollo sino también en los industrialmente avanzados.

Es también un motivo de particular alegría notar que además de dedicar atención a los aspectos estrictamente económicos de la aportación femenina, tanto en la producción agrícola como en la transformación y comercialización de los productos alimentarios, existe una referencia explícita a la dignidad de la mujer como persona humana, en calidad de fundamento de su justa integración no sólo en el proceso de producción, sino también en la vida de la sociedad. Veo aquí un claro paralelismo con mi enseñanza de la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem . En esta Carta hacía referencia a las diversas dimensiones de la visión cristiana de la dignidad y vocación de la mujer. Estoy convencido de que sólo en una perspectiva de afirmación de la dignidad de la mujer como persona humana puede desarrollarse una insta consideración de su participación en el desarrollo socioeconómico, en el progreso agrícola y en el crecimiento civil.

Por último, deseo expresar mi aprecio por haber tratado aquellos problemas que han sido examinados por la actual Conferencia general de la FAO. Me agrada el hecho de que estos temas hayan sido abordados en la documentación preparatoria no sólo en conexión con el programa y el presupuesto para el próximo bienio, sino también en el ámbito de la más amplia perspectiva de los problemas más candentes de nuestro tiempo. Abrigo la esperanza que la FAO pueda seguir ofreciendo con éxito una aportación vital a la estrategia internacional del desarrollo que la Organización de las Naciones Unidas se esfuerza por promover y que los hombres y las mujeres de todas las naciones consideran cada vez más como una exigencia urgente de justicia y solidaridad humana en el mundo actual.

Distinguidos señores y señoras, sobre todos vosotros y vuestro trabajo invoco cordialmente la abundante bendición de Dios.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DEL «CENTRE DE LIAISON DES EQUIPES DE RECHERCHE» Viernes 10 de noviembre de 1989

Queridos amigos:

1. Al acogeros esta mañana, recuerdo con gusto mi primer encuentro con vuestro Movimiento hace diez años, en esta misma casa del Sucesor de Pedro. Saludo con gusto a mons. Pierre Eyt, que os acompaña en nombre de los obispos de Francia. Os doy a todos la bienvenida y agradezco a vuestro presidente, la Sra. Christiane Férot, la presentación de la actividad del "Centre de Liaision des Equipes de Recherche" (C.L.E.R.).

Estos últimos meses habéis compartido vuestras reflexiones sobre el documento post-sinodal Christifideles laici . Un pasaje de esta exhortación me servirá como punto de partida: "Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella todos los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana" (n. 37). Las distintas tareas llevadas a cabo por el C.L.E.R. entran en el marco de este servicio a la persona humana, que apasiona a los hombres de la Iglesia.

2. Vosotros estáis llamados de forma especial al servicio de la dignidad de la persona en su vocación a la vida familiar, abierta mediante la unión del amor fiel entre el hombre y la mujer. No voy a entrar hoy en este tema tan esencial, que vosotros tratáis constantemente. Quisiera profundizar en la importancia de vuestra tarea, pues debéis enfrentaros a la indiferencia o incluso al rechazo, demasiado extendido, de los principios que la Iglesia afirma como los fundamentos de toda ética sana y, por lo tanto, como los principios necesarios para la felicidad. Debéis reaccionar ante poderosas corrientes de opinión que, hablando abusivamente de la "liberalización" de las costumbres difunden una permisividad contraria a la dignidad de la persona y a su verdadera vocación.

Ante tal situación, los cristianos están llamados a un aumento en su fe y en su caridad. Participar en la pastoral familiar de la viña del Señor requiere, hoy más que nunca, sarmientos bien unidos a la cepa, podados cuando haga falta, conscientes de que sólo mediante la gracia cosecharán los frutos esperados por el Señor. Unidos en la fe, alimentados en la oración, fortalecidos por los sacramentos, es como los fieles pueden testimoniar el amor de Dios para con todos los hombres. Su lenguaje es el del "sí" a las llamadas del Evangelio, traducidas en las enseñanzas de la Iglesia, y el de la claridad de conceptos doctrinales y morales, resultantes de la verdad del hombre, plasmada en Aquel que es la luz "que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9).

3. En sus inicios, el C.L.E.R. se preocupó por ayudar a las parejas a controlar la procreación, con pleno respeto a toda la riqueza de la sexualidad, recurriendo a los métodos naturales de regulación, cuando se impone espaciar los nacimientos. Muchos de vosotros supisteis ayudar a los hogares para que acogieran a sus hijos de la mejor manera posible. Así, ellos pudieron hacer comprender que la doctrina expresada por Pablo VI en la encíclica Humanae vitae , y confirmada posteriormente, no tenía aquella vertiente negativa que se le atribuyó; por el contrario, de lo que se trata es de permitir al hombre y a la mujer el acceso responsable a la paternidad y a la maternidad, tomando sus decisiones de común acuerdo, en el respeto y amor mutuos, que el dominio de la sexualidad madura y refuerza.

¡Ojalá podáis ampliar vuestro campo de acción, para hacer descubrir más ampliamente el carácter humano y positivo de esta enseñanza de la Iglesia!

Sabemos que muchos hombres y mujeres de hoy, en vez de dar la vida con gusto y libremente, tienen la tentación de privar al niño ya concebido de su propia existencia. El aborto representa un drama ante el cual los cristianos no pueden permanecer sin reaccionar y sin defender con firmeza el respeto a la vida. En el mismo se dan sufrimientos, que debéis intentar aligerar. Se dan angustias y soledades injustas, que reclaman una ayuda verdaderamente fraterna de los discípulos de Cristo Salvador, cuyo amor se dirige con preferencia hacia los pequeños indefensos, los niños sin nacer, inocentes y frágiles. En la raíz de estas tentaciones contra la vida, aparece con frecuencia un desorden en la vida sexual, frente al cual la encíclica Humanae vitae quiso reaccionar. Por todo ello, en las exigencias de la vida conyugal, la norma moral no puede ser considerada como un simple ideal alcanzable en el futuro, sino que constituye un mandamiento, que la Iglesia tiene la misión de formular en el nombre del Señor, pidiendo la firme voluntad para superar los obstáculos (cf. Familiaris consortio , n. 34).

4. La experiencia del encuentro con parejas para la iniciación en los métodos naturales, os ha mostrado la amplitud de las dificultades por las que atraviesan las familias. Naturalmente, vosotros os habéis esforzado por entablar un diálogo, y ofrecer a vuestros interlocutores la práctica del consejo conyugal. El conocimiento íntimo de los sufrimientos que os han sido manifestados os permitirá testimoniar las dramáticas consecuencias, para los esposos y también para los hijos, de la infidelidad, de las rupturas y de las desviaciones morales. Entre las más evidentes aparecen el alcohol, la droga e incluso el suicidio de los jóvenes. Sin embargo, también podéis testimoniar la maravilla de la fidelidad mutua mantenida en la prueba, la posibilidad de no abandonarse en el momento de la desviación y de rechazar su justificación, la de volver el uno al otro para reconstruir, gracias al perdón y a la reconciliación, un hogar que estaba roto.

En este aspecto, vuestro papel resulta muy delicado: un consejero conyugal cristiano debe ayudar a sus interlocutores a descubrir los valores que están en la base de la vida conyugal. Para ello, hay que abrirse y tener paciencia para escuchar, capacidad para respetar y para amar a las personas tal como son, con sus propios problemas. Además de esto, la calidad de un consejero cristiano depende también de su saber hacer personal para ayudar a que el discernimiento se haga en la verdad de las exigencias de la vida conyugal. La decisión final, como en toda acción moral, corresponde tomarla, en última instancia, a la persona, de acuerdo con su conciencia. Por su parte, el consejero debe acordarse del Señor, que no condena a la mujer adúltera, sino que le dice: "Vete y, en adelante, no peques más" (cf. Jn 8, 1-11). Como testigo de las llamadas evangélicas y de la gracia redentora, el consejero se alegra cuando ve a las personas reorientar sus vidas "según la verdad y en la caridad" (cf. Ef 4, 15); contribuir a una renovación así refuerza su compromiso apostólico.

5. También quisiera animaros brevemente en vuestras acciones educativas. Formar a los jóvenes en una sana concepción de la sexualidad, en un buen dominio de su afectividad, representa un servicio irreemplazable, en el que las familias necesitan la ayuda de educadores experimentados. ¡Ojalá podáis mostrar a los jóvenes la grandeza y la belleza del hombre, cuando actúa según su condición de criatura hecha a imagen de Dios y cuando refiere todo su actuar a Cristo, el hombre perfecto! Haced que los jóvenes descubran los fundamentos y la coherencia de una moral que con frecuencia les es presentada como un conjunto de normas inaplicables o desprovistas de verdadero sentido. Hay que motivarlos para que se dispongan a edificar su vida sobre roca firme.

6. Todos los que desarrollan en vuestro Movimiento tareas cada vez más numerosas y diversificadas, necesitan estar capacitados. Sé que dedicáis mucho tiempo a vuestra preparación personal para las funciones de consejeros y de educadores y que lo hacéis con gusto. Os quiero manifestar la estima y la gratitud que inspira esta generosidad. Deseo que muchos comprendan cómo no se pueden abordar las graves cuestiones referentes al respeto de la vida, sin antes haber profundizado en el estudio de diferentes disciplinas, haber reflexionado en grupo y haberse abierto mediante la oración al Espíritu del Señor y a la plena comunión eclesial. Apoyo las iniciativas de vuestro Movimiento para permitir a sus miembros enriquecer su formación personal en el plano intelectual, en el conocimiento humano y en la vida espiritual.

Antes de terminar, quisiera subrayar vuestra contribución a la investigación científica para conseguir un mejor conocimiento de las condiciones de procreación. Aunque ya se han alcanzado significativos resultados, el campo de las investigaciones permanece abierto; por ello, conviene que los científicos cristianos trabajen asiduamente.

7. Ojalá que el C.L.E.R. prosiga su actividad en el marco de la pastoral familiar, en Francia y en los demás países en los que está presente, en coordinación con la Federación internacional de Acción familiar y en unión con el Pontificio Consejo para la Familia.

De nuevo, os manifiesto el agradecimiento de las familias y de los jóvenes a los que ayudáis a encontrar los hermosos caminos del desarrollo humano en el sentido querido por el Creador, con la incomparable gracia de la Redención. Confío vuestro trabajo, vuestros interlocutores, vuestras mismas personas y también todos vuestros seres queridos a la intercesión de María, la Madre de los hombres. Con todo mi corazón os imparto mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE A LOS PARTICIPANTES EN EL III CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL PARA LOS GITANOS

9 de noviembre de 1989

1. Queridos hermanos y hermanas:

En esto días os habéis interrogado acerca del problema de la vocación y de la misión de los gitanos en el mundo y en el Iglesia.

El asunto es muy importante y actual, e interpela con cierta inquietud a nuestra sociedad humana y cristiana, pues la presencia de estas poblaciones, por lo general nómadas y en todo caso escasamente integradas en la sociedad del trabajo y de cultura, así como los fermentos que las agitan, especialmente los religiosos, exigen una respuesta y un esfuerzo adecuado.

En el marco de la enseñanza de la Iglesia, siempre atenta los problemas del hombre, toda discriminación de los gitano es injusta y chocante, porque se opone claramente a las enseñanzas del Evangelio, para el que todo hombre es hijo de Dios y hermano de Cristo. Por eso, con mucha razón Pablo VI dijo en 1965, en Pomezia, cuando se encontró con ellos con ocasión de su primera peregrinación internacional a la tumba de los Apóstoles: "Vosotros estáis en el corazón de la Iglesia porque sois pobres, porque estáis solos" (Enseñanzas, III, 1965).

Por esto, amadísimos, vuestra responsabilidad y vuestro esfuerzo es grande y meritorio, porque os habéis hecho cargo de las condiciones de vida y de las preocupaciones de la gente que viaja. Más aún, quisiera decir que todos tenemos mucho que aprender en contacto con ellos, pues han sufrido mucho y con frecuencia sufren aún a causa de privaciones, inseguridad y persecuciones, y precisamente por esto tienen mucho que decir; su sabiduría no está escrita en ningún libro pero no por eso es menos elocuente. Sin embargo, os toca a vosotros hacerlos partícipes de vuestro cuidados y de vuestra cultura humana y cristiana.

2. A pesar de la clara enseñanza del Evangelio a la que ha aludido, sucede con frecuencia que los gitanos se ven rechazados, o mirado con desprecio. El mundo, que en gran parte está marcado por el afán de provecho y por el desprecio de los más débiles, debe cambiar de actitud y acoger a nuestros hermanos nómadas ya no con la simple tolerancia sino más bien con un espíritu fraterno.

Vuestra acción, ya sea de orden educativo -come la alfabetización-, ya sea de tipo asistencial, sanitario o judicial, permitirá a quienes sufren alguna desventaja social, en especial los gitanos procedentes de otro país tomar cuanto antes en la sociedad el lugar que les corresponde por derecho. Pero esta perspectiva está aún lejana. Los gitanos, demasiado dispersos, demasiado débiles, o poco organizados, tienen necesidad de que se les ayude a tomar conciencia de su dignidad y de su responsabilidad.

Vosotros que os ocupáis de manera especial de estos itinerantes, realizáis el laudable esfuerzo de conocerlos y de darles a conocer así como son en realidad y no como a veces son injustamente considerados. Vosotros estudiáis su historia, su psicologia, su lenguaje; compartís sus alegrias y sus sufrimientos, y a ese precio es como podéis ayudarlos a realizar su vocación en el mundo y en la Iglesia.

En particular, debéis llevarles el testimonio de vuestra fe, compartir con ellos el pan del Evangelio. El descubrimiento de la Palabra de Dios, sobre todo por parte de los jóvenes, los hará capaces de desempeñar plenamente su papel y de responder al llamamiento lanzado por la palabre de Jesucristo.

Estoy seguro de que aprovecharéis este congreso para realizar un trabajo común y bien articulado. Ese esfuerzo podrá tener como continuación, si lo creéis oportuno, una colaboración aún más fraterna entre vosostros y una relación más estrecha con la jerarquía de la Iglesia.

3. Os deseo que logréis ayudar cad vez más eficazmente anuestros hermanos gitanos a que no se sientan abandonados en su camino. También la Iglesia está en camino hasta el fin de tiempos, y en él ha puesto pistas, puntos de referencia: las Iglesias locales co sus comunidades vivas y sus santuarios son puntos de referencia seguros para aquellos que buscan protección y defensa en medio de tantas dificultades.

Que la buena Madre celeste, a quien el mundo gitano es tan devoto, bendiga siempre vuestra acción y os acompañe por los caminos del mundo.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE COLOMBIA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Viernes 15 de diciembre de 1989

Queridos Hermanos en el Episcopado:

1. Es para mí motivo de alegría y de acción de gracias al Señor poder estar hoy con vosotros, compartiendo más de cerca vuestras alegrías y vuestras preocupaciones, siempre presentes en mi mente, en mi corazón y en mi plegaria, ya que es misión del Sucesor de Pedro la sollicitudo omnium Ecclesiarum.

Soy consciente de la situación actual de vuestras Iglesias y de la querida nación colombiana. Juntamente con todos y cada uno de vosotros percibo la gravedad de los problemas que la afectan y que inciden de modo preocupante en la vida social y religiosa de vuestro pueblo. Por esto, en nuestro encuentro de hoy, y como conclusión de la visita ad Limina, quisiera alentaros en vuestra firme esperanza, dirigiéndoos unas palabras que os puedan servir de apoyo para continuar con nuevo impulso vuestra acción pastoral, en las circunscripciones eclesiásticas del norte de Colombia.

2. La tarea que tenéis por delante requiere, sin duda, junto con la sabiduría –don del Espíritu– la paciencia, la fortaleza y la valentía; virtudes que el Señor Jesús no deja de conceder a quien insistente y humildemente se las pide, para servir mejor a Dios y a todos los hombres. Por tanto, ante las dificultades y contradicciones del momento presente, depositemos toda la confianza en Aquel que venció con su muerte en la Cruz. Lo que casi todos consideraban un fracaso (cf. Lc 24, 20-21) fue una victoria. Por eso el Señor había anunciado: “os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

En las palabras que en nombre de todos acaba de pronunciar Mons. Héctor Rueda Hernández, Arzobispo de Bucaramanga, ha indicado certeramente que el laicado constituye uno de los grandes motivos de esperanza para el presente y el futuro de la vida de la Iglesia en vuestra nación. En efecto, la presencia activa y el testimonio cristiano de los fieles laicos es una gran fuerza para transformar la vida de los individuos y de la sociedad, de modo que sean más conformes al designio de Dios Padre. En las circunstancias actuales, tenéis una particular conciencia de lo importante que es, según el Concilio Vaticano II, la participación de los fieles laicos en hacer presente y operante la Iglesia, como sal de la tierra, en los ambientes en los que ellos desarrollan su vida profesional y social (cf. Lumen gentium , 33).

A este respecto, hemos de tomar en consideración también las dificultades que los mismos fieles laicos pueden encontrar en su ambiente familiar, social, profesional y cultural. Vivir la fe cristiana con sus ineludibles exigencias puede resultar arduo e incluso heroico en determinadas situaciones. Con mayor razón, por tanto, lo será el decidido testimonio de esta fe. “Vosotros –nos amonesta el Señor– sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?” (Mt 5, 13). Por ello habrá de ponerse especial empeño en que no se desvirtúe la sal del testimonio cristiano, ¡que no se corrompa!

Consiguientemente, es necesario poner en movimiento aquellos resortes que den eficacia a la acción apostólica de los fieles laicos y que los preserve y sostenga en el buen espíritu evangélico. De aquí la conveniencia de insistir en la santidad de vida, y la santidad de la familia.

3. Como he recordado recientemente en la Exhortación Apostólica “Christifideles Laici”, siguiendo la llamada hecha por el Concilio Vaticano II, «es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser “santos en toda la conducta” (1P 1, 15)» (Christifideles Laici , 16). Los Pastores, por tanto, hemos de estar firmemente convencidos de que sólo desde la santidad es posible llegar a la renovación; sólo en la santidad el cristiano descubre su gran dignidad y realiza el ideal que da sentido a su vida. Sólo los santos han sido capaces de transformar el odio en amor, la injusticia en justicia, la división en unidad, porque su fuerza y su confianza estaban en Aquel que ha vencido al mundo (cf Jn 16, 33).

Nuestro anhelo por transformar según Cristo las realidades de esta tierra, haciendo que en ellas se refleje la justicia, el amor y la paz, nos lleva a esperar mucho de los fieles laicos. Sin embargo, no podemos mirar exclusivamente a lo que ellos pueden hacer, sino también a lo que ellos deben ser. De aquí la necesidad de poner a su alcance los medios para llegar a la madurez de la vida cristiana, como señala la mencionada Exhortación Apostólica: “La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar, comunitaria...” (Christifideles Laici , 16).

En este contexto, permitidme que insista una vez más en la importancia de la oración. Se trata de una dimensión fundamental del ser cristiano en general y del fiel laico en particular. Hacer de un hombre o de una mujer un cristiano, es hacer de ellos hombres y mujeres de oración: hombres y mujeres que sepan tratar a Dios como Padre y sean, por tanto, plenamente conscientes de la realidad de su filiación divina.

Y junto con la oración, la unidad de vida. En efecto, cuando el fiel laico integra la oración en su vida cotidiana, pasa a descubrir ulteriormente la importancia de esa otra dimensión fundamental del ser cristiano: la encarnación de la fe en la propia vida. “Los fieles laicos han de ser formados –se lee en la “Christifideles Laici”– para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana. En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte la denominada vida “ espiritual ”, con sus valores y sus exigencias, y por otra parte la nominada vida “ secular ”, es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura” (Christifideles Laici , 59). La raíz dinámica de esa unidad es la caridad, que lleva a relacionar todo comportamiento con el amor a Dios y a los hermanos.

4. También la familia tiene una particular importancia en orden a la santidad y como fundamento de toda la estructura social. En efecto, en ella convergen muchas de las cuestiones cruciales de la vida de una nación; entre otras, la formación y educación de la juventud, la estabilidad del orden moral, la continuidad de las tradiciones y el mismo progreso del hombre en cuanto tal.

En el ámbito de la nueva evangelización la familia ha de ser una escuela de virtudes, cimentada en la santidad misma del matrimonio, y que se proyecte en todas las dimensiones de la comunidad. Ella ha de ser siempre el ambiente natural en el cual el cristiano se forme, madure su fe, descubra su vocación y se santifique (cf. Gravissimum Educationis , 3; Christifideles Laici , 62).

La educación cristiana de la juventud en el seno de las familias juega un papel de primer orden para que surjan vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa. En efecto, es normalmente necesaria una formación cristiana básica, que manifestándose en la vida de piedad y en la práctica constante de las virtudes, constituya el terreno apropiado para que la llamada divina al sacerdocio pueda ser acogida, germine y se desarrolle. En este sentido, el Concilio Vaticano II califica la familia como el primer seminario, del cual procede la máxima contribución para el incremento de las vocaciones sacerdotales (Cf. Optatam totius , 2).

Dios ha querido bendecir vuestras comunidades suscitando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa para edificación de la Iglesia. Esto ha de ser motivo de acción de gracias al Señor por tantos dones recibidos y, al mismo tiempo, un estímulo para que, con espíritu de universalidad, sepáis compartir con las Iglesias más necesitadas. Así lo quise poner de relieve en mi Mensaje al III Congreso Misionero Latinoamericano, celebrado en Bogotá en 1987, bajo el lema: América Latina, llegó tu hora de ser evangelizadora, al decir que «América Latina está llamada a ser “el continente de la esperanza misionera ”... enviando, desde su pobreza, mensajeros que anuncien a todas las gentes el “ Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”(Rm 1, 16)» (Mensaje al III Congreso Misionero Latinoamericano, n. 5, 6 de julio de 1987).

5. Junto con mi aliento para que continuéis fomentando el espíritu misionero en vuestras Iglesias particulares, deseo expresar mi vivo agradecimiento, en el Señor, a los misioneros y misioneras que, continuando la labor de siglos de evangelización, llegan hoy al corazón del pueblo por medio de la catequesis, los sacramentos, la piedad popular, la acción educativa y asistencial. Algunos de ellos han venido de otras naciones y han hecho de Colombia su propia patria, integrándose también en la pastoral diocesana. A este propósito, deseo exhortarles a dar siempre testimonio de comunión eclesial efectiva y afectiva con los Obispos. Esta es la unidad por la que Cristo oró intensamente al Padre antes de dar su vida: “que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que yo les he amado a ellos como tú me has amado a mí” (Jn 17, 23).

Un buen número de familias religiosas surgieron principalmente para la educación cristiana de los niños y jóvenes, sobre todo los más abandonados. En estos momentos en que es de particular importancia la atención pastoral a la juventud, los religiosos y religiosas han de seguir colaborando con fidelidad al Magisterio y en perfecta comunión jerárquica en la tarea catequética de las Iglesias locales. La catequesis es una actividad eclesial que nace de la fe y está al servicio de la fe al proclamar a Jesucristo. Por ello, explicar las verdades de nuestra fe implica un compromiso de vida con lo que se quiere transmitir, una relación personal e íntima con Dios, objeto de la fe profesada por la Iglesia.

De una intensa labor catequética surgirán, bajo la acción del Espíritu, movimientos apostólicos capaces de responder adecuadamente a las inquietudes e ideales de la juventud y del hombre de hoy. Con vuestro aliento y cuidado para que sean fieles a la fe de la Iglesia y dóciles a las orientaciones de sus Pastores, estas asociaciones seglares de apostolado pueden representar una nueva alborada en el anuncio de Cristo, Salvador y Redentor del hombre.

6. Deseo finalmente poner bajo el patrocinio de Nuestra Madre de Chiquinquirá a todos y cada uno del los hijos de la querida nación colombiana. Dentro de pocos días contemplaremos el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que quiso habitar entre nosotros, y transcurrió sus años en esta tierra formando parte de una familia: la familia de Nazaret. Pidamos a la Patrona de Colombia que sea ella la Reina y Señora de todos los hogares colombianos, haciendo de cada uno de ellos un hogar como el de Nazaret: un rincón de paz, concordia y felicidad; un lugar en el cual todos y todo se ponga generosamente al servicio del plan redentor de Dios.

Transmitid a todos los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, a todas las familias y a todos los fieles la gran esperanza que el Papa y la Iglesia entera tienen depositada en ellos. Proponedles nuevamente el ideal de la santidad de modo que oriente sus vidas; ¡que lo vean como algo por lo que vale la pena esforzarse! Entre todos orientad vuestros mejores esfuerzos hacia una pastoral familiar que favorezca un mayor reconocimiento de la dignidad de la persona, en la justicia y la paz, con la esperanza de un futuro mejor para todos.

Que os acompañe siempre mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO ORGANIZADO POR LA LA PONTIFICIA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS Jueves 14 de diciembre de 1989

Señoras, señores:

1. Siempre es para mí un placer encontrarme con los hombres y las mujeres de ciencia y de cultura, que se reúnen bajo los auspicios de la Pontificia Academia de las Ciencias para intercambiar sus ideas y su experiencia sobre temas del más alto interés para el progreso de los conocimientos y el desarrollo de los pueblos. Hoy, me alegra acogeros al término de vuestra reunión dedicada al examen de los graves problemas que plantea la determinación del momento de la muerte, tema que la Academia decidió considerar en el marco de un proyecto de investigación que comenzó en 1985 durante una semana de estudio. Para la organización de esta reunión es también un motivo de satisfacción haber colaborado con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Lo cual demuestra la importancia que la Santa Sede concede al tema tratado.

Para que la acción de la Iglesia en el mundo y sobre el mundo sea lo más provechosa posible, es muy útil un conocimiento cada vez más progresivo e incesante del hombre, de las situaciones en las que se encuentra y de los problemas que se plantea. Ciertamente, el papel específico de la Iglesia no es hacer avanzar un saber de naturaleza estrictamente científica, pero no puede ignorar o descuidar los problemas estrechamente vinculados a su misión de impregnar el pensamiento y la cultura de nuestro tiempo con el mensaje evangélico (cf. Gaudium et spes , 1-3).

Esto es verdad de modo especial cuando se trata de precisar las normas que deben regular la acción del hombre. Esta acción comprende la realidad concreta y temporal. Por ello es necesario que los valores que han de inspirar la conducta humana tengan en cuenta esta realidad, sus posibilidades y sus límites. La Iglesia, para cumplir con su papel de guía de las conciencias y para no decepcionar a los que esperan de ella una luz, necesita estar bien informada sobre esta realidad, que presenta un campo inmenso para nuevos descubrimientos y nuevas realizaciones científicas y técnicas, a pesar de comportar al mismo tiempo audacias a veces desconcertantes que confunden muchas veces las conciencias.

2. Esto se comprueba muy especialmente cuando la realidad de que se trata es la misma vida humana, en su comienzo y en su final temporal. Esta vida, en su unidad espiritual y somática, obliga a un respeto por nuestra parte (cf. Gaudium et spes , 14. 27). Ni los individuos ni la sociedad pueden atentar contra ella, cualquiera que sea el beneficio que pueda resultar de ello.

El valor de la vida reside en aquello que es espíritu en el hombre —que habita en él y le hace ser lo que es (Concilio de Viena, Constitución Fidei catholicae, D.S., n. 902)—: una dignidad eminente y como un reflejo del absoluto. Su cuerpo es el de una persona, el de un ser abierto a los valores superiores, el de un ser capaz de realizarse en el conocimiento y el amor de Dios (cf. Gaudium et spes , 12. 15).

Puesto que nosotros pensamos que cada individuo es una unidad viva y que el cuerpo humano no es simplemente un instrumento o algo que se tiene, sino que participa del valor del individuo como ser humano, de ello se deduce que el cuerpo humano no puede ser tratado en absoluto como una cosa de la que se dispone a capricho (cf. Gaudium et spes , 14).

3. No sería lícito hacer del cuerpo humano un simple objeto, un instrumento de experimentos, sin más normas que los imperativos de la investigación científica y de las posibilidades técnicas. Por muy interesantes e incluso útiles que pueden parecer cierto tipo de experimentos que permite realizar el estado actual de la técnica, cualquiera que tenga un verdadero sentido de los valores y de la dignidad humana admite espontáneamente que hay que abandonar esta pista aparentemente prometedora, si es que pasa por la degradación del hombre o por la interrupción voluntaria de su vida terrestre. El bien al que parecería conducir, en fin de cuentas no sería más que un bien ilusorio (cf. Gaudium et spes , 27. 51). Por consiguiente, esto impone a los sabios y a los investigadores una especie de renuncia. Puede parecer casi irracional admitir que se impida un experimento, de suyo posible y lleno de promesas, por imperativos morales, sobre todo si se está prácticamente convencido de que otros, que se sienten menos ligados a imperativos éticos, llevarán a la práctica esta investigación. Pero, ¿no es éste el caso de toda prescripción moral? Y los que son fieles a ella, ¿no son considerados a menudo como ingenuos y tratados como tales?

La dificultad es aún mayor en nuestro caso, porque una prohibición dada en nombre del respeto a la vida parece entrar en colisión con otros valores importantes: no sólo los del conocimiento científico sino incluso otros referentes al bien real de la humanidad, como la mejora de las condiciones de vida y de la salud, el alivio o la curación de la enfermedad y de los sufrimientos. Estos son los problemas que examináis. ¿Cómo conciliar el respeto a la vida, que prohíbe toda acción susceptible de provocar o adelantar la muerte, con el bien que puede derivar para la humanidad de la extracción de órganos para el trasplante a un enfermo que los necesita, teniendo en cuenta que el éxito de la operación depende de la rapidez con que se extraen los órganos del donante después de su muerte?

4. ¿En qué momento tiene lugar eso que nosotros llamamos la muerte? Este es el punto crucial del problema. Realmente, ¿qué es la muerte?

Como vosotros sabéis, y como lo han mostrado vuestras discusiones, no es fácil llegar a una definición de la muerte que todos comprendan y admitan. La muerte puede significar la descomposición, la disolución, una ruptura (cf. Salvifici doloris , 15; Gaudium et spes , 18). Esta se produce cuando el principio espiritual que constituye la unidad del individuo no puede ya ejercer sus funciones sobre el organismo y en él, cuyos elementos, al ser abandonados, se disocian por sí mismos.

Ciertamente, esta destrucción no afecta a todo el ser humano. La fe cristiana —y no sólo ella— afirma la permanencia, más allá de la muerte, del principio espiritual del hombre. Pero, para los que tienen fe, esta condición de "más allá" no tiene figura o forma claras, y todos sienten angustia ante una ruptura que de modo tan brutal va contra nuestro querer-vivir, nuestro querer-ser. A diferencia del animal, el hombre sabe que debe morir y lo vive como un atentado a su dignidad. A pesar de ser mortal por su condición de carne, comprende también que no tendría que morir, porque lleva dentro de sí una apertura, una aspiración a lo eterno.

¿Por qué existe la muerte? ¿Cuál es su sentido? La fe cristiana afirma la existencia de un lazo misterioso entre la muerte y el desorden moral, el pecado. Pero al mismo tiempo, la fe penetra la muerte con un sentido positivo, porque ésta tiene la perspectiva de la resurrección. La fe nos muestra al Verbo de Dios que asume nuestra condición mortal y que ofrece su vida en la Cruz como sacrificio por todos nosotros, pecadores. La muerte no es ni una simple consecuencia física, ni solamente un castigo. Esta se convierte en el don de sí mismo por amor. En Cristo resucitado, la muerte aparece definitivamente vencida: "La muerte no tiene ya señorío sobre Él" (Rm 6, 9). También el cristiano espera con confianza volver a encontrar su integridad personal transfigurada y poseída definitivamente en Cristo (cf. 1 Co 15, 22).

Esa es la muerte, vista con ojos de fe: no es tanto el final de la vida como la entrada a una vida nueva sin fin. Si respondemos libremente al amor que Dios nos ofrece, tendremos un nuevo nacimiento en el gozo y la luz, un nuevo dies natalis.

Sin embargo, esta esperanza no evita que la muerte sea una ruptura dolorosa, al menos según nuestra experiencia, al nivel ordinario de nuestra conciencia. El momento de esta ruptura no puede percibirse directamente, y el problema está en identificar sus signos. ¡Cuántas cuestiones se suscitan al respecto, y qué complejas! Vuestras comunicaciones y vuestras discusiones lo han subrayado y han aportado elementos preciosos para resolverlas.

5. El problema del momento de la muerte tiene graves incidencias en el terreno práctico, y este aspecto también tiene un gran interés para la Iglesia, pues parece que se plantea un dilema trágico. Por un lado, está la urgente necesidad de encontrar nuevos órganos para enfermos que, sin ellos, morirían o al menos no se curarían. Con otras palabras, se puede comprender que para huir de una muerte cierta e inminente, un enfermo necesite recibir un órgano que podría darle otro enfermo, quizá su vecino en el hospital, pero de cuya muerte, aún subsisten dudas. Por consiguiente, en este proceso, el peligro que aparece es el de acabar con una vida, romper definitivamente la unidad psicosomática de una persona. Más exactamente, existe una probabilidad real de que la vida, que no puede continuar a causa de la extracción de un órgano vital, sea la de una persona viva, cuando el respeto debido a la vida humana prohíbe totalmente sacrificarla, directa y positivamente, aunque fuera en beneficio de otro ser humano al que se considerara tener razones para privilegiar.

Incluso la aplicación de principios más seguros no siempre es fácil, porque el contraste entre exigencias opuestas oscurece nuestra visión imperfecta, y, por consiguiente, la percepción de los valores absolutos, que no dependen ni de nuestra visión ni de nuestra sensibilidad.

6. En estas condiciones, es necesario cumplir un doble deber.

Los científicos, los analistas y los eruditos deben continuar sus investigaciones y sus estudios a fin de determinar con la mayor precisión posible el momento exacto y el signo irrecusable de la muerte. Pues, una vez conseguida esta determinación, desaparece el conflicto aparente entre el deber de respetar la vida de una persona y el deber de cuidar o incluso de salvar la vida de otro. Se podría conocer el momento en que lo que estaba prohibido hasta entonces —la extracción de un órgano para su transplante— se convertiría en algo perfectamente lícito, con grandes probabilidades de éxito.

Los moralistas, los filósofos y los teólogos han de encontrar soluciones apropiadas a los nuevos problemas o a los aspectos nuevos de los problemas de siempre, a la luz de nuevos datos. Tienen que examinar situaciones que eran antes impensables, y que por eso nunca habían sido evaluadas. Con otras palabras, han de ejercer lo que la tradición moral llama la virtud de la prudencia, que supone la rectitud moral y la fidelidad al bien. Esta virtud permite apreciar la correspondiente importancia de todos los factores y de todos los valores que están en juego. Ella nos preserva de las soluciones fáciles o bien de las que introducen subrepticiamente principios erróneos para resolver un caso difícil. De este modo, la aportación de datos nuevos puede favorecer y afinar la reflexión moral, y por otra parte las exigencias morales, que a veces dan la impresión a los científicos de que restringen su libertad, también pueden ser y son de hecho muchas veces para ellos una invitación a proseguir sus investigaciones con fruto.

La investigación científica y la reflexión moral deben caminar a la par, en un espíritu de cooperación. Nunca debemos perder de vista la dignidad suprema de la persona humana; la investigación y reflexión sobre ella están llamadas a servir al bienestar, y en ella el creyente reconoce la imagen del mismo Dios (cf. Gn 1, 28-29; Gaudium et spes , n. 12).

Señoras, señores: Que el Espíritu de Verdad os asista en vuestros trabajos difíciles pero necesarios y de gran valor. Os agradezco vuestra colaboración con la Pontificia Academia de las Ciencias, la cual desea promover un diálogo interdisciplinar y de amplios intercambios de información en sectores del esfuerzo humano que entrañan numerosas decisiones de orden moral y responsabilidades de máxima importancia para el bienestar de la familia humana. ¡Que Dios os colme de sus bendiciones!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA I REUNIÓN PLENARIA DE LA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA

Jueves 7 de diciembre 1989

Señores Cardenales, Amados Hermanos en el Episcopado, Queridos sacerdotes y religiosos

1. Me es muy grato tener este encuentro con vosotros que, como miembros de la Curia Romana o de las Iglesias latinoamericanas, participáis en la primera Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina.

Con la Constitución Apostólica Pastor bonus y el Motu Proprio Decessores nostri , la Santa Sede ha querido renovar y potenciar este Organismo, para darle una nueva fisonomía y poner así de relieve la especial solicitud pastoral del Sucesor de Pedro hacia esas Iglesias que, en el Continente de la esperanza, peregrinan llenas de fe hacia los « cielos nuevos y tierras nuevas » de que habla la Biblia, (Is 65, 17; cf. 2 Pe 3, 13; Ap 21,1) y que a todos nos parece vislumbrar ya en el cercano tercer milenio del cristianismo.

Os saludo a todos muy cordialmente, a la vez que agradezco las expresivas palabras que me ha dirigido el Presidente de la Comisión, el Señor Cardenal Bernardin Gantin.

2. Vuestra presencia aquí, así como los temas contenidos en vuestro programa de trabajo ponen de manifiesto las espléndidas realidades eclesiales que el Espíritu Santo, a través de vuestra solicitud pastoral, está edificando en Latinoamérica. Un continente joven y lleno de ilusiones, pero en el que no faltan estridentes contrastes que obligan a los sectores menos favorecidos de la población a pagar intolerables costos sociales.

Yo mismo, en mis viajes apostólicos ya por casi todos los países latinoamericanos, he podido comprobar cuál es la situación que allí se vive, así como la solicitud que la Iglesia muestra con su amor preferencial por los más necesitados.

Allí he podido apreciar realidades espléndidas, pero también problemas angustiosos. Efectivamente, América Latina vive una hora maravillosa, pero al mismo tiempo crucial en su historia. La Iglesia es consciente de ello y vosotros, precisamente en las reuniones de estos días, habéis querido contemplar esos dos aspectos de la realidad, con el fin de afrontar el desafío que ello supone para una más adecuada presencia pastoral.

3. Ante «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo», la Iglesia de América Latina está en tensión creadora y « se siente íntima y realmente solidaria» (Gaudium et spes , 1) con cada uno de sus hijos. Pero al mismo tiempo, con la mirada puesta en el Señor, se prepara responsable y confiadamente para celebrar el V Centenario de la llegada del Mensaje salvífico de Jesús a sus tierras.

En mi reciente Carta al Señor Cardenal Gantin, con motivo de la inauguración de la nueva Sede del Celam, decía que se ha de «conmemorar esta efemérides dando gracias a Dios por todos los beneficios que significó para esos pueblos la labor eclesial de la primera Evangelización», pero que la conmemoración «no puede reducirse sólo a echar una mirada al pasado en un balance, por otra parte necesario, de éxitos y fracasos, de aspectos positivos y negativos. Es necesario mirar también y sobre todo al futuro».

Ciertamente que en el desarrollo a través de los siglos de la así llamada «evangelización fundante» no han faltado, debido a las limitaciones humanas, momentos de sombra, dentro de ese haz de luz que vino a iluminar con la palabra salvadora de Cristo la vida y el futuro de América Latina.

La Iglesia quiere conmemorar y celebrar el hecho de su implantación en el Nuevo Mundo con toda humildad y sencillez, pero al mismo tiempo con el afán de aprender de la luminosa experiencia evangelizadora de los intrépidos misioneros e insignes Pastores que, a través de estos cinco siglos, gastaron por Cristo sus vidas sirviendo a los pueblos de América. A este respecto, deseo recordar a los numerosos servidores del Evangelio que en los últimos tiempos han sido víctimas de injustificable violencia. Los más recientes: Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y los seis Padres Jesuitas de la Universidad Centroamericana de San Salvador. Ruego al Señor que el sacrificio de tantos ministros de la Iglesia haga fecunda la obra evangelizadora de quienes, con generosidad sin límites, dedican su vida a la edificación del Reino de Dios.

4. Se trata ahora de emprender una Nueva Evangelización para la que he convocado, precisamente con motivo del V Centenario, a todas las Iglesias de América Latina.(Cf. Discurso al Celam en Haití, 9-III-83; y en Santo Domingo, 12-X-84)

Hay que estudiar a fondo en qué consiste esta Nueva Evangelización, ver su alcance, su contenido doctrinal e implicaciones pastorales; determinar los «métodos» más apropiados para los tiempos en que vivimos; buscar una «expresión» que la acerque más a la vida y a las necesidades de los hombres de hoy, sin que por ello pierda nada de su autenticidad y fidelidad a la doctrina de Jesús y a la tradición de la Iglesia.

Por consiguiente, hay que preparar convenientemente a los artífices de esta renovada acción evangelizadora: se necesitan sacerdotes santos y sabios; religiosos y religiosas plenamente entregados a Cristo; laicos decididos y comprometidos de verdad con la Iglesia (Cf. Exhortación Apostólica Christifideles laici , 64).

5. Todo esto está ya en vías de realización. Y me complace ver con qué dedicación y solicitud trabajan las Conferencias Episcopales en las diversas naciones, así como el Celam a nivel continental. Gracias a Dios mi llamado a la nueva evangelización ha encontrado tierra fértil y se encamina ya en esa perspectiva alentadora. Éste es el objetivo primordial de la Pontificia Comisión para América Latina: promover y animar la nueva evangelización en dicho continente.

En esta misma perspectiva se ha de orientar también la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se reunirá en Santo Domingo el año 1992, coincidiendo con las celebraciones conmemorativas del V Centenario, y que centrará su atención precisamente sobre el tema de la nueva evangelización. Habrá de estudiar cómo se puede proyectarla sobre las culturas, haciendo así que el Mensaje de Cristo Liberador y Redentor penetre, con mayor profundidad y eficacia, en los corazones de todos los hombres y mujeres, en las estructuras sociales y políticas, en las familias y sobre todo en los jóvenes, en los ambientes del saber y del trabajo, en los grupos étnicos e indígenas, en las aldeas y ciudades, en todos los pueblos, para implantar por doquier la civilización de la verdad y de la vida, de la justicia, de la paz y del amor.

«La Iglesia tiene que dar hoy un gran paso adelante en su evangelización; debe entrar en una nueva etapa histórica » (Ibíd 35).

Espero, por parte de todos, un gran empeño en la preparación de esa IV Conferencia que —allí donde se dijo la primera Misa, se rezó la primera Ave María y se anunció por primera vez el Mensaje de Jesús— verá reunidos a representantes de todo el Episcopado de América Latina y de la Curia Romana, para estudiar y planear la misión evangelizadora de la Iglesia, de modo que, con la rica experiencia del pasado —incluido el pasado más reciente de Medellín y Puebla— y teniendo presentes los cambios profundos que se registran en nuestro tiempo, pueda afrontar, con docilidad al Espíritu, el reto del futuro.

6. Varios son los temas eclesiales que en este momento son objeto de atenta consideración por parte de la Santa Sede y de los Episcopados de América Latina. También vosotros habéis querido examinarlos en esta Asamblea. Se trata de analizar sus raíces remotas, así como sus implicaciones más inmediatas, viendo las modalidades que presentan en cada lugar y en determinados ambientes. Esto hará posible delinear mejor las orientaciones y respuestas más adecuadas en cada caso.

Entre los principales temas quiero enumerar el de las vocaciones sacerdotales, a la vida religiosa y al apostolado laical. Es necesario que cada Conferencia Episcopal, y también cada diócesis en particular, dé un nuevo impulso a la pastoral de promoción de las vocaciones. Al mismo tiempo, deben buscarse las personas mejor preparadas que cuiden solícitamente de su adecuada formación para los diversos ministerios que desempeñarán en las comunidades eclesiales. Deseo destacar aquí, al respecto, el interés que están despertando los cursos que organiza el Celam para formadores de seminarios.

Otro punto de gran importancia es la inserción y armonía de los religiosos y religiosas en la pastoral diocesana. Hay que favorecer los encuentros entre los Superiores mayores y los Obispos, encaminados a buscar los cauces adecuados para que, en auténtica comunión eclesial, se mantenga la fidelidad a la doctrina católica, conforme la transmite la Iglesia a través de su Magisterio. A este propósito deseo recordar las palabras que dirigí a la Asamblea del Episcopado y Superiores mayores de los religiosos y religiosas de México dedicada recientemente al tema de la Iglesia particular y al lugar que en ella ocupan los Obispos y los Religiosos a la luz de la Instrucción Mutuae relationes y de otros documentos del Magisterio: «La naturaleza misma de la Iglesia, que es misterio y comunión, exige que entre los Pastores de las Iglesias particulares y los religiosos exista una estrecha colaboración que evite posibles magisterios paralelos y también programas pastorales que no reflejen suficientemente esta comunión y unidad» (Cf. Instrucción Mutuae relationes , 4). Reitero nuevamente en esta oportunidad mi exhortación a la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla, poniendo de relieve «cuánto importa aquí, más que en otras partes del mundo, que los religiosos no sólo acepten, sino que busquen lealmente una indisoluble unidad con los obispos».

Otro elemento que requiere una especial atención es la participación y plena inserción de los laicos en la pastoral de la Iglesia latinoamericana. Varias experiencias están dando frutos alentadores, pero aún es mucho el camino por recorrer. La Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici , recogiendo la doctrina del Concilio Vaticano II y las aportaciones de los Padres Sinodales, ofrece unas pautas a seguir para que los laicos tengan su propio lugar en la vida de la Iglesia.

Un grave problema que sufren hoy muchos países latinoamericanos es la presencia y difusión de las sectas. En algunos casos se ve amenazada la misma identidad católica de varias comunidades eclesiales, sobre todo cuando es poco profunda su vivencia de la fe y no se recibe oportunamente la necesaria orientación ante las nuevas doctrinas expuestas. Esto debe constituir un motivo más de preocupación pastoral, que nos lleve a planear y realizar una acción evangelizadora para la cual se necesitan tantos agentes de pastoral convenientemente formados e imbuidos de gran espíritu apostólico.

Al terminar este encuentro os invito a uniros en mi plegaria al Espíritu Santo, pidiéndole que guíe a su Iglesia ya que Él «es el agente principal de la evangelización» (Evangelii nuntiandi , 75). Y como a sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, que nos impulse a «ser testigos de este Jesús al que Dios resucitó» (Cf. Hch 2, 32), y a «anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Cf. Mt 11, 5). Así lo pedimos también a la Virgen María, Madre de la Iglesia, en este adviento del tercer milenio cristiano, rogándole que proteja siempre a todas las comunidades eclesiales de América Latina, a las que imparto con gran afecto, igual que a vosotros, mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE COLOMBIA EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM» Lunes 4 de diciembre de 1989

Señor Cardenal, Amados Hermanos en el Episcopado:

1. Al recibiros en este encuentro fraterno con ocasión de la visita “ad Limina”, doy gracias a Dios Nuestro Padre, fuente de todo consuelo (cf. 2Co 1, 3) por el testimonio de comunión en la fe y en la caridad, que nos une como Pastores de la única Iglesia de Cristo. Deseo, ante todo, expresaros, en nombre del Señor, mi gratitud por vuestra dedicación a la labor de anunciar el Evangelio para que “la Palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2Ts 3, 1). Sé bien que el ejercicio de vuestro ministerio comporta no pocos sacrificios y gran espíritu de entrega, particularmente en los momentos presentes que atraviesa vuestro país. Sabed que os acompaña siempre mi oración por vuestros anhelos pastorales y mi recuerdo afectuoso, que abarca también a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y a todos los fieles de las circunscripciones eclesiásticas de Bogotá, Tunja e Ibagué.

En las relaciones quinquenales y en los coloquios privados que hemos tenido, he podido apreciar la vitalidad de las comunidades confiadas a vuestro ministerio y la decidida voluntad que os anima, como Obispos, de mantener y consolidar el espíritu colegial y la unidad en el seno de vuestra Conferencia Episcopal y con toda la Iglesia. A ello os mueve vuestra solicitud pastoral y la conciencia de participar, unidos al Sucesor de Pedro, en el triple oficio de enseñar, santificar y regir la Iglesia. La colaboración recíproca y fraterna entre todos vosotros, hace que gane en eficacia vuestra acción pastoral y le da al ejercicio de la colegialidad su verdadera dimensión, inspirándose siempre en Cristo, centro de la “communio”. De esta manera, la colegialidad episcopal será una escuela de virtudes humanas y sobrenaturales, en la que todos sus miembros actúen aportando su propia “interioridad”, enriquecida por su unión personal e íntima con Cristo; así, la acción del Espíritu Santo se manifestará a través de vuestras decisiones. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad –nos dice el Señor– os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).

2. Sin duda que la tarea de anunciar el Evangelio de Cristo es ardua y plantea muchos retos al ejercicio del ministerio episcopal, que debe hacer la Iglesia cada vez más viva, presente y operante como sacramento de salvación entre los hombres. En esta misma línea, las palabras pronunciadas por el Señor Cardenal Mario Revollo Bravo, Arzobispo de Bogotá, constituyen una invitación a reflexionar juntos sobre un tema central en la misión de la Iglesia: la nueva evangelización en América Latina. Se trata de una iniciativa pastoral de gran trascendencia, que quiere dar un renovado impulso a las comunidades eclesiales, preparándolas a la solemne conmemoración del V Centenario de la llegada de la Buena Nueva al continente americano, a las puertas ya del tercer milenio cristiano.

Frecuentemente me he dirigido a los Episcopados de distintos países de Latinoamérica, poniendo de relieve diversos aspectos de esta nueva evangelización. Hoy quisiera detenerme en su significado, con el deseo de ofrecer una reflexión pastoral de fondo y suscitar en vosotros ulteriores iniciativas que miren más detalladamente a la situación y a los desafíos actuales de la querida tierra colombiana.

Una consideración inicial pone inmediatamente de relieve dos aspectos. El primero se refiere al horizonte en que debe proyectarse. El espacio abierto a la misión en Latinoamérica, si bien amplio y lleno de posibilidades, exige hoy por parte de todos una mayor profundización en intensidad de vida cristiana.

El otro aspecto se refiere al sujeto llamado a realizarla. En línea con la eclesiología conciliar, la difusión del Evangelio está confiada también a todo bautizado. Glosando una imagen muy querida en el Oriente cristiano, podríamos decir que el sujeto de la misión actual ha de ser un “coro de millares de voces”. Un coro formado por todos los cristianos, que alaban a Dios en las asambleas litúrgicas y a través del trato mutuo se ayudan unos a otros a vivir su compromiso bautismal. Esto se expresa de otro modo cuando, ya en sus hogares y en sus lugares de trabajo, cada uno de los fieles procura transformar el mundo para santificarlo y hacerlo conforme al designio del Padre.

3. En lo que se refiere al horizonte de evangelización, una cuestión abierta en América Latina –así como en muchos países del mundo– es la dignidad del hombre. En efecto, el continente experimenta graves desequilibrios que producen amargos frutos de lucha armada, ideologías totalitarias, violencia, narcotráfico. Persisten además criterios y sistemas de producción económica que proporcionan una vida digna sólo a determinados sectores de la población, mientras perpetúan diferencias sociales inicuas.

Frente a este panorama de tensión y contrastes, no faltan quienes pretenden que la liberación del hombre pase incluso por la emancipación con respecto a Dios, y cifran en “el solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos” (Gaudium et spes , 10).

La Iglesia en Latinoamérica se ve hoy –quizás más que nunca– ante desafíos particularmente graves. De aquí que se haga necesaria una radicalización de la fe y del mensaje cristiano. En esto lo que he llamado “la gran misión”, porque consiste en descubrir al hombre el fundamento profundo y último de su existencia; se trata, en definitiva, de “revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a sí mismo con él” (Redemptor hominis , 11). En las “insondables riquezas de Cristo” (Ef 3, 8), el hombre latinoamericano ha de descubrir la sublimidad de su vocación, la grandeza del amor entre los hombres y el sentido de su trabajo en el mundo.

4. Estamos, pues, ante las tres grandes dimensiones de la existencia humana que la Constitución pastoral “Gaudium et Spes” presenta en sus tres primeros capítulos como los ámbitos fundamentales de la misión eclesial en el mundo contemporáneo. Pues bien, esta radicalidad de los objetivos a lograr exige, a su vez, que la Iglesia se empeñe en esta labor con la totalidad de sus medios de salvación. En dicha misión, la Iglesia particular es, sin duda, el sujeto primario para llevarla a cabo, y vosotros, como obispos “verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores” (Christus Dominus , 2), los responsables últimos de la actividad pastoral. Por ello, la expresión eclesial de la misión ha de mostrar siempre la interna cohesión de los cristianos entre sí, teniendo como raíz, centro y culminación la presencia y actuación de los medios de salvación, esto es, la potencia salvífica de Cristo en el Espíritu Santo que, por medio del ministerio episcopal con la cooperación del presbiterio, anuncia el Evangelio y realiza la Eucaristía (cf. Ibíd. 11).

El Evangelio descubre todo el horizonte de la Redención, ya que al descubrir la entera existencia de Jesús, nos manifiesta también su paso redentor por todas las etapas y dimensiones de la vida del hombre. De aquí nuestra constante meditación de esos textos sagrados para que su mensaje salvador vitalice los afanes humanos: tanto las normales actividades diarias, como las grandes conquistas culturales del hombre latinoamericano. Por eso, buena parte del desafío que supone la nueva evangelización está en saber profundizar y expresar cada vez más esa plenitud salvífica que el Evangelio pone ante nuestros ojos. Con ella se convoca a la Iglesia; con ella se entra en todas las dimensiones y momentos de la vida del hombre.

La Eucaristía hace realidad lo anunciado y dinamiza las virtudes teologales de modo vivo y concreto. Cristo, presente en la Eucaristía, es el primer y fundamental protagonista de la evangelización (cf. Evangelii nuntiandi , 6). Al acogerlo personalmente en la fe, el hombre accede a ese manantial inagotable del amor del Padre. En esta cercanía a Cristo se arraiga firmemente la esperanza, el tesón con que el cristiano se empeña en la misión de transformar la tierra. De aquí la necesidad de poner siempre el mayor énfasis en la centralidad eucarística de la vida eclesial.

Mucho es, por consiguiente, lo que gana en eficacia la misión al tener siempre presente la potencia salvífica que mueve desde dentro a las comunidades eclesiales. En efecto, la fuerza interior que anima a los fieles al saber que –en cuanto miembros de la Iglesia– su propia actividad está injertada vitalmente en la de Cristo, alienta y estimula toda iniciativa apostólica. El hecho de constituir, entre todos los fieles y con el Obispo, una cohesión comunional cuya misión vive de Cristo, hará que hasta el apostolado más personal se lleve a cabo con la convicción de que quien lo hace no está solo, sino que participa de la gracia de ese sacramento universal de salvación que es la Iglesia (cf. Lumen gentium , 48).

5. Evangelizar hoy en Colombia es la gran tarea a la que estáis llamados, queridos Hermanos. Vuestro celo y solicitud os ha de llevar a redescubrir y revitalizar las raíces cristianas de vuestro pueblo. Para ello, habréis de dar nuevo impulso y dinamismo a la pastoral orgánica que, en modo solidario, lleve a la práctica unos proyectos comunes que armonicen en vuestra Iglesia las energías apostólicas, en orden a una mayor eficacia.

Es necesario, pues, marcar unos objetivos prioritarios, poniendo todos los recursos a disposición de lo que es esencial, esto es: la renovación de la fe en Cristo, camino, verdad y vida de los hombres y del mundo. Todos –unidos a los propios Pastores– han de sentirse vitalmente comprometidos con esta misión para poder dar así respuestas adecuadas a las demandas y exigencias del hombre de nuestro tiempo.

La vitalidad de la Iglesia se prueba por su capacidad de hacerse presente en la vida individual y social. A este respecto, no cejéis en vuestro empeño por prestar una mejor atención pastoral a ciertos sectores que así lo requieren, como son los ambientes rurales, obreros y universitarios. Recordando el entrañable encuentro con los campesinos colombianos en Chiquinquirá, deseo alentar nuevamente los esfuerzos de la Iglesia para contribuir también al desarrollo y bienestar de los trabajadores del campo.

6. No faltan tampoco en vuestro país concepciones secularistas y actitudes permisivas que son causa de desorientación en muchos, y particularmente entre los jóvenes. Intensificad, por ello, una pastoral con la juventud que dé a las nuevas generaciones seguridad en sus convicciones religiosas y les mueva a una participación más activa en la vida sacramental y comunitaria. Ellos representan una fuerza joven y generosa capaz de infundir dinamismo y energía a la acción de los movimientos de apostolado seglar. Que vuestra palabra sea siempre para ellos luz que oriente hacia Dios, señalando el sentido de la vida, presentándoles aquellos valores que les hagan comprometerse decididamente en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Estoy convencido de que una de las mejores cosas que puede hacer la Iglesia para reavivar la fe de los colombianos y superar las pruebas y peligros del momento presente, es dedicar un ilusionado esfuerzo a la formación cristiana y humana de la juventud. Que la familia, la parroquia, la escuela, la Universidad, se empeñen con nuevo espíritu creador en forjar una juventud unida y participativa.

7. Dentro de la obra evangelizadora a la que convoca la Iglesia, ocupa un lugar de destacada importancia la evangelización de la cultura (cf. Puebla, 365 ss.). Si bien las raíces culturales que os han configurado como nación están impregnadas del mensaje cristiano, hoy se hace necesario revitalizar vuestro rico pasado convirtiéndolo en levadura y acicate para evangelizar la cultura colombiana de nuestro tiempo. Es misión de todo cristiano contribuir a la tarea de inculturar los valores del Evangelio en la variedad de expresiones culturales en vuestro país: en los ambientes universitarios, artísticos, literarios.

A este respecto, es también importante la presencia activa de los católicos en los medios de comunicación social. Se trata, en primer lugar, de un medio privilegiado para contribuir al bien común en orden a la educación de los pueblos y para promover los supremos valores de la verdad, la justicia, la solidaridad. A la vez, puede ser también vehículo para que el mensaje del Evangelio y la doctrina de la Iglesia se hagan presentes en los hogares y en los corazones de tantas personas, necesitadas de una palabra que les ilumine, que les instruya, que les consuele.

Por ello, vuestra solicitud de Pastores debe alentar todas aquellas iniciativas encaminadas a hacer de los instrumentos de la comunicación un medio evangelizador que consolide las creencias religiosas de vuestros fieles y les defienda frente a la agresiva actividad proselitista de las sectas, que en tiempos recientes se están multiplicando en Colombia sembrando la confusión y rompiendo la unidad en las comunidades cristianas.

8. Ya al finalizar este encuentro fraterno, os quiero recordar las palabras de Jesús a sus discípulos durante la Ultima Cena: “Non turbetur cor vestrum” (Jn 14, 1). Que ningún temor sea capaz de menoscabar vuestra esperanza. En el momento presente no faltan las incertidumbres y los riesgos, pero con S. Pablo decimos: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

Volved a vuestras Iglesias particulares con la confianza plena de que Jesucristo, el Señor, que os llamó a pastorear su grey, no cesará de asistiros en vuestros trabajos, haciendo que vuestro ministerio apostólico dé mucho fruto en amor y santidad. Sabed que os acompaña mi recuerdo en la oración, en la que pido a Dios por vosotros, así como por todos vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles. Os encomiendo a la protección de Aquel “que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp 2, 13).

Con estos deseos imparto a todos con gran afecto mi Bendición Apostólica.

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

DISCURSO DEL SANTO PADRE, JUAN PABLO II, A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE Sábado 1e de enero de 1990

Excelencias, señoras, señores:

1. A todos vosotros, a los pueblos y a los gobiernos a los que representáis, así como a vuestras familias, os presento mis más cordiales deseos de felicidad y de prosperidad para el año que acaba de comenzar. Estas intenciones se convierten en oración, pidiendo a Aquel que "se hizo carne" y "puso su Morada entre nosotros" (cf. Jn 1, 14), que os bendiga y que haga fructificar vuestro trabajo al servicio de la comprensión entre los hombres, reconfortando a quienes, entre vosotros, sienten angustia o atraviesan un momento de prueba.

Satisfacción por Polonia

2. Quisiera repetir de nuevo a los diplomáticos recientemente acreditados ante la Santa Sede mi alegría al acogerlos, así como cuánto esperamos de su colaboración, tanto mis colaboradores como yo mismo.

Igualmente, hago notar con satisfacción la presencia entre vosotros del embajador de Polonia, país que, tras un largo paréntesis, ha reanudado sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

3. Finalmente, quiero agradecer cordialmente a vuestro decano, el embajador de Costa de Marfil, quien, con su habitual delicadeza, se ha hecho intérprete de vuestros pensamientos y deseos. Junto a los acontecimientos positivos, frecuentemente inesperados, que han marcado la actualidad internacional del año pasado, Usted, señor embajador, ha mencionado los esfuerzos de la comunidad internacional por remediar las crisis y las situaciones de injusticia sufridas todavía hoy por demasiados pueblos, con frecuencia los más desfavorecidos. Os agradezco el sincero aprecio que acabáis de manifestar hacia la actividad de la Iglesia católica y de esta Sede apostólica, quienes, mediante la difusión del mensaje evangélico, se esfuerzan por contribuir de forma específica a la causa de la justicia y a la búsqueda de la paz.

La Iglesia y la unión de la familia humana

4. Señoras y señores, vuestra presencia manifiesta de forma clara que, para los pueblos a los que pertenecéis y para sus dirigentes, la Iglesia y la Santa Sede no son ajenas a sus realizaciones y a sus esperanzas, y menos todavía a los problemas y a las adversidades que jalonan su camino. Vosotros conocéis, y sois testigos directos, que la presencia de la Iglesia en el mundo y la acción diplomática de la Santa Sede en particular quisieran contribuir a fortalecer y a completar la unión de la familia humana. Recordad lo que a este propósito declara la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II: "Como, en virtud de su misión y naturaleza, la Iglesia no está ligada a ninguna forma particular de cultura humana o sistema político, económico o social, puede ser por esta universalidad peculiar el lazo que estreche íntimamente a las diversas comunidades y naciones, siempre que ellas confíen en la Iglesia y reconozcan realmente su auténtica libertad para cumplir esta misión que le es propia" (n. 42).

Grandes transformaciones en muchos países

5. En razón de esta solicitud e interés por el bienestar espiritual y material de todos los hombres, la Santa Sede ha acogido con satisfacción las grandes transformaciones que, en especial en Europa, han marcado recientemente la vida de diversos pueblos.

La irreprimible sed de libertad allí manifestada ha acelerado los cambios, haciendo caer los muros y abrirse las puertas a una velocidad de verdadero vértigo. Además, como sin duda ya lo habréis advertido, el punto de partida o el de encuentro con frecuencia ha sido una Iglesia. Poco a poco las velas se han encendido hasta formar un verdadero camino de luz, como diciendo a quienes durante esos años han pretendido limitar los horizontes del hombre a esta tierra, que éste no puede permanecer indefinidamente encadenado. Ante nuestros ojos parece renacer una "Europa del espíritu", al filo de los valores y de los símbolos que la han labrado, de "esta tradición cristiana que une a todos sus pueblos" (Alocución al Congreso para el V centenario del nacimiento de Martín Lutero, 24 de marzo de 1984).

Aun constatando esta feliz evolución que ha llevado a tantos pueblos al reencuentro de su identidad y de su igual dignidad, no hay que olvidar que nada está definitivamente conseguido. Las secuelas de la segunda guerra mundial, puestas en marcha hace cincuenta años, incitan a la vigilancia. Las seculares rivalidades siempre pueden reaparecer, los conflictos entre las minorías étnicas pueden inflamarse de nuevo y los nacionalismos exacerbarse. Por todo ello, es necesario que una Europa, concebida como una "comunidad de naciones" se afirme sobre la base de los principios tan oportunamente adoptados en Helsinki en 1975 por la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa.

Confianza entre los pueblos

6. Esta Conferencia terminó por imponer la convicción fundamental de que la paz del continente depende no sólo de la seguridad militar, sino también —y puede ser que sobre todo— de la confianza que cada ciudadano debe poder tener en su propio país y de la confianza entre los pueblos. El año 1989 comenzó con la adopción en Viena, el 19 de enero, del Documento final de la tercera reunión consecutiva de esta misma Conferencia. Los treinta y cinco países participantes adoptaron un texto importante que, por sus compromisos concretos y por el equilibrio establecido entre los aspectos militares, humanitarios y económicos de la seguridad, ha puesto de relieve que la estabilidad de la comunidad de las naciones europeas descansa ante todo sobre los valores compartidos y sobre un código de conducta exigente. Este código no permite a los dirigentes de un país convertirse en directores del pensamiento de sus conciudadanos, o a las naciones más fuertes imponerse a las más vulnerables, despreciando su dignidad.

Las libertades fundamentales

7. Varsovia, Moscú, Budapest, Berlín, Praga, Sofía y Bucarest, por no citar nada más que las capitales, se han convertido en las etapas de una larga peregrinación hacia la libertad. Debemos rendir un homenaje a los pueblos que, al precio de inmensos sacrificios, han tenido la valentía de emprenderla y también a los responsables políticos que la han favorecido. Lo más admirable en los acontecimientos que hemos contemplado es que pueblos enteros han tomado la palabra; mujeres, jóvenes y hombres han vencido el miedo. La persona humana ha manifestado los inagotables recursos de dignidad, de valentía y de libertad que posee En países en los que durante tantos años un partido ha dicho cuál era la verdad que se debía creer y el sentido que debía darse a la historia, estos hermanos han mostrado que no es posible asfixiar las libertades fundamentales que dan sentido a la vida del hombre: la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión, de expresión y de pluralismo político y cultural.

Valores irreemplazables

8. Es necesario que estas aspiraciones, manifestadas por los pueblos, sean satisfechas por el Estado de derecho en cada nación europea. La neutralidad ideológica, la dignidad de la persona humana como fuente de los derechos, la preferencia de la persona en relación a la sociedad, el respeto de las normas jurídicas democráticamente aceptadas y el pluralismo en la organización de la sociedad, representan los valores irreemplazables sin los que no se puede construir establemente una casa común en el Este y en el Oeste, accesible a todos y abierta al mundo. No puede existir una sociedad digna del hombre sin el respeto de los valores trascendentales y permanentes. Cuando el hombre se convierte en la medida única de todo, sin referencia a Aquel de quien todo viene y hacia el que todo camina, rápidamente se convierte en esclavo de su propia finitud. El creyente sabe por propia experiencia que el hombre es verdaderamente tal cuando recibe y acepta el plan de salvación de Dios: "Reunir en uno a los hijos de Dios: que estaban dispersos" (Jn 11, 52).

Construcción de una casa común europea

9. Para los Europeos del Oeste que tienen la ventaja de haber vivido largos años de libertad y de prosperidad, ha llegado la hora de ayudar a sus hermanos del Centro y del Este para que ocupen plenamente el lugar que les corresponde en la Europa de hoy y de mañana. En efecto, el momento es oportuno para recoger las piedras de los muros derrumbados y construir juntos la casa común. Desgraciadamente, con demasiada frecuencia, las democracias occidentales no han sabido hacer uso de la libertad conquistada al precio de duros sacrificios. No se puede sino lamentar la deliberada ausencia de toda referencia moral y trascendente en la gestión de las denominadas sociedades "desarrolladas". Junto a generosos gestos de solidaridad, de un éxito real en la promoción de la justicia y una preocupación constante por el respeto efectivo de los derechos del hombre, es preciso constatar la presencia y la difusión de contravalores como el egoísmo, el hedonismo, el racismo y el materialismo práctico. Sería una pena que quienes acaban de alcanzar la libertad y la democracia se vieran decepcionados por los que, en cierta medida, son sus "veteranos". Todos los europeos están llamados providencialmente a reencontrar las raíces espirituales que hicieron Europa. Sobre este tema quisiera repetir ante este cualificado auditorio lo que tuve la ocasión de decir en Estrasburgo a los parlamentarios del Consejo de Europa, en octubre de 1988: "Si Europa quiere ser fiel a sí misma, tiene que saber reunir todas las fuerzas vivas de este continente, respetando el carácter original de cada región, pero reencontrando en sus raíces un espíritu común... Expresando el deseo ardiente de ver intensificada la cooperación, ya bosquejada, con las otras naciones, particularmente del Centro y del Este, tengo la impresión de asociarme al deseo de millones de hombres y de mujeres que se saben ligados en una historia común y que esperan un destino de unidad y de solidaridad a la medida de este continente" (Discurso ante la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa, en Estrasburgo, el 8 de octubre de 1988, L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de noviembre de 1988, pág. 8). He aquí, señoras y señores, no sólo lo que esperan los europeos, sino también lo que el mundo entero aguarda de un continente que tanto ha aportado a los demás.

Búsqueda de la paz y del diálogo

10. Por todo ello, veo con confianza los esfuerzos emprendidos por los responsables de los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, preocupados por el diálogo y la paz. Mis contactos con ellos me han permitido constatar su voluntad de que la cooperación internacional repose sobre bases más seguras, haciendo que cada país sea considerado más como un compañero que como un competidor.

Esto será así si todos los miembros de la comunidad de naciones, en especial los que tienen mayor peso y responsabilidad en la salvaguarda de la paz, se empeñan en respetar escrupulosamente los principios del derecho internacional, que tanto ha contribuido a la consolidación de una armoniosa colaboración entre los Estados.

El nuevo clima que progresivamente se ha instalado en Europa ha favorecido sustanciales progresos en las negociaciones para el desarme nuclear, químico y convencional. El año 1989 bien podría representar el declive de lo que se ha venido llamando "la guerra fría", de la división de Europa y del mundo en dos campos ideológicamente opuestos, de la incontrolada carrera de armamentos y del aprisionamiento del mundo comunista en una sociedad cerrada. ¡Demos gracias a Dios, que ha querido inspirar a los hombres estos "pensamientos de paz" que Cristo, al venir a nosotros en la noche de Navidad, depositó en cada uno como una herencia y un fermento, capaces de cambiar el mundo!

Nueva atmósfera en el continente africano

11. Esta nueva atmósfera también se ha extendido, felizmente, más allá de Europa. Procesos de pacificación han avanzado, en particular gracias a la clarividente acción de la Organización de las Naciones Unidas, a la que me satisface rendir homenaje en este momento.

Se han celebrado elecciones libres en Namibia, que pronto deberá acceder a su independencia, tan esperada por la población.

Las negociaciones en Angola y en Mozambique merecen ser animadas, a fin que la buena voluntad de todos permita superar los actuales obstáculos que retrasan su logro; así se pondrá término a las crueles pruebas de sus poblaciones, ya materialmente poco favorecidas, que de este modo podrán convertirse en los artífices de su propio desarrollo.

Las reformas políticas y constitucionales hacia las que parece encaminarse la República Sudafricana deberían traducirse mejor en la práctica, favoreciendo el clima de confianza y de diálogo. cuya urgente necesidad es sentida por todos.

También Burundi parece encaminarse hacia la vía que permita superar definitivamente los conflictos étnicos que hasta ahora padece.

Igualmente sobre el continente africano, es necesario que tomemos nota del nacimiento de la Unión del Magreb Árabe, punto de partida de una necesaria cooperación regional que debería favorecer no sólo los intercambios económicos. sino también el arreglo pacífico de los problemas pendientes y, finalmente, las relaciones favorables con la Comunidad Económica Europea.

Finalmente, bien lejos de aquí, en América del Sur, la celebración de elecciones democráticas, hace bien poco en Chile y en Brasil, constituye una etapa importante en la marcha de las naciones de esta región hacia una mayor libertad y democracia, una etapa que otros países todavía esperan.

Preocupación por el Líbano

12. Sin embargo, lo mismo que a la misma hora en la que el alba se eleva sobre unas partes de la tierra, otras todavía permanecen en la sombra del crepúsculo, igual sucede en la escena internacional: aunque se constaten progresos aquí o allá, numerosos países permanecen prisioneros en la incertidumbre y en la prueba.

Mi pensamiento se dirige en primer lugar hacia el Oriente Próximo, víctima permanente de la injusticia y de la violencia. El porvenir del Líbano, a pesar de los numerosos esfuerzos emprendidos, sigue siendo precario. Es urgente que los libaneses puedan decidir soberanamente su futuro, en la fidelidad a los valores de la civilización que han labrado la cautivadora fisonomía de este país.

Al lado de la tierra libanesa, las poblaciones de Cisjordania y Gaza permanecen sometidas a sufrimientos difícilmente admisibles. ¿Cómo no repetir una vez más que sólo la negociación podrá garantizar a las partes enfrentadas el respeto de sus legítimas aspiraciones, la paz inmediata y la seguridad futura?

En el Golfo, terminada la guerra entre Irak e Irán, quedan por resolver, entre otros, los problemas de la repatriación de los prisioneros de guerra, problema humano por excelencia. Cuando acaban de concluir las fiestas de fin de año, tiempo de gozosos encuentros familiares, no deberíamos olvidar la suerte reservada a estas personas, jóvenes en su mayoría, todavía retenidos lejos de los suyos, sin un motivo que lo justifique.

Más hacia el Este, un problema parecido lo forman los refugiados afganos, que esperan poder regresar a su tierra. La comunidad internacional no puede desinteresarse de su situación, ni tampoco de la de las poblaciones de Afganistán que diariamente experimentan los efectos devastadores de un conflicto sangriento. También allí, desde hace bastante tiempo las partes interesadas multiplican sus esfuerzos para que, dentro del respeto a las legítimas aspiraciones de todos, cesen las endémicas hostilidades y los sufrimientos impuestos a civiles inocentes.

Situaciones dolorosas en Asia

13. Una rápida mirada dirigida a la inmensa Asia Oriental presenta ante nuestros ojos grandes pueblos, nobles tradiciones culturales y religiosas, que deberían poder contribuir al armonioso progreso de la vida internacional. Junto a positivas señales, portadoras de esperanza, subsisten situaciones dolorosas

Pienso en Camboya, donde, a pesar de un primer intento de negociación, todavía se espera una transición pacífica hacia un futuro que a todos inspire confianza. Deseamos que una efectiva cooperación internacional impida la vuelta a las terribles pruebas ya vividas por todo este pueblo.

El Sri Lanka desgraciadamente continúa siendo sacudido por todo tipo de hostilidades. Estas han provocado, prácticamente a lo largo de todo el año pasado, numerosas víctimas y comprometen de forma peligrosa la cohesión de una nación de por sí tan pacífica.

También debemos mencionar al Vietnam. Quisiera alentar los discretos signos de apertura manifestados últimamente, incluidos los referidos a la libertad religiosa. La Iglesia y la Santa Sede permanecen disponibles para todo diálogo susceptible de mejorar la situación en este campo. La comunidad internacional, por su parte, debería estimular al valiente pueblo vietnamita, ayudándole cada vez más para que ocupe el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones. Igualmente, la grave cuestión de los refugiados de este país no se resolverá si no es por esta misma solidaridad internacional.

Finalmente, no podría abandonar esta región sin mencionar a la nación china. Los graves acontecimientos del mes de junio de 1989 me impresionaron profundamente desde el principio y, haciéndome un poco el portavoz de todos los que permanecen atentos a la suerte de la humanidad, no he dejado de expresar mediante mis sentimientos de aflicción, el sincera deseo de que tantos sufrimientos no sean estériles sino que más bien sirvan para renovar la vida nacional de este noble país. En el umbral del año nuevo, no puedo sino formular una vez más estos votos, convencido de que los problemas de la paz presentan hoy tales dimensiones, que conciernen a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En efecto, todos los pueblos del mundo están llamados a construir la paz mediante el respeto de la verdad, de la justicia y la libertad.

Violencia en América Central

14. En América Central, las perspectivas de una vuelta al proceso de paz bajo los auspicios de la Organización de las Naciones Unidas, que tantas esperanzas había suscitado, en cierta medida han quedado diluidas. Recientemente El Salvador ha sido escenario de violentas luchas, que sobre todo han afectado a la población civil. Nos acordamos de forma particular del bárbaro asesinato de seis religiosos de la Compañía de Jesús. Pretender resolver los problemas sociales mediante la violencia no es nada más que una ilusión suicida. Por ello acogí con alivio la celebración de la reciente cumbre de los Presidentes de los países de América Central, en San José de Costa Rica, durante el último mes. Oportunamente declararon su profunda convicción de que "es indispensable suscitar en la conciencia de los pueblos la necesidad de rechazar el uso de la fuerza y del terror para la obtención de fines y de objetivos políticos" (Declaración de San Isidro de Coronado, 12 de diciembre de 1989).

La plaga de la violencia y del terrorismo, agravada por el infame comercio de la droga, que a menudo es la causa, ha hecho estragos en Perú y en Colombia, hasta el punto de hacer peligrar el equilibrio social de estos países. En este clima de anarquía, tenemos que deplorar el vil asesinato de un obispo, el pastor de la diócesis colombiana de Arauca, monseñor Jesús Jaramillo Monsalve.

Últimamente se ha añadido a estas preocupaciones la crisis del Panamá. Allí también ha sido la población civil la que más ha sufrido. Es de desear que, sin tardanzas, el pueblo panameño pueda reencontrar una vida normal, con la dignidad y la libertad a las que todo pueblo soberano tiene derecho.

Dramáticos sufrimientos en África

15. Para finalizar este recorrido conviene hacer un alto en el continente africano, donde dos pueblos en especial sufren desde hace años una trágica suerte. En efecto, Sudán ha visto añadirse a las calamidades naturales las todavía más nefastas de la guerra desatada en la parte meridional del país. La devastación de ciudades y el éxodo de sus habitantes han provocado lamentables angustias, como la de los numerosos refugiados. Es evidente la urgencia de la ayuda internacional, la cual no podrá ser efectiva sin el cumplimiento de la tregua armada, a la espera de la reanudación de las conversaciones de paz, que habían abierto tantas esperanzas. Al silencio de las armas se deberá añadir el efectivo respeto de los derechos fundamentales de todos los componentes de la sociedad sudanesa, en especial de las minorías, con su participación en la gestión del poder, en la producción y en el uso de los recursos naturales; todo ello deberá hacerse con toda libertad y sin ninguna discriminación de raza o de religión.

No menos preocupante aparece la situación de las poblaciones de Etiopía, a las que por otro lado la Iglesia católica no ha cesado de ayudar mediante sus organizaciones caritativas, que se han unido a las iniciativas de los obispos del lugar y a los esfuerzos de los gobiernos y de los organismos no gubernamentales. Aquí también, los dramáticos efectos de la sequía, las enfermedades y el hambre han hecho todavía más devastadoras las consecuencias de los conflictos internos. Deseamos que pronto se pueda reemprender el envío de ayudas a los habitantes del Tigré si es que se quiere evitar durante los próximos meses una tragedia de proporciones gigantescas. Por otro lado, las negociaciones en marcha con Eritrea y Tigré deberán contribuir a que prevalezca la convicción de que este conflicto no puede encontrar una salida militar. A ello hemos de añadir que toda solución deberá tener en cuenta las legítimas aspiraciones del querido pueblo eritreo, que tanto ha sufrido ya.

Los cristianos en países de mayoría musulmana

16. Excelencias, señoras y señores, este es el contexto, con sus luces y con sus sombras, sobre el que la Iglesia católica ha recibido la llamada de su Señor para llevar el testimonio de la fe, de la esperanza y de la caridad. Dicho testimonio se hace visible en la buena voluntad de sus fieles más humildes, en la incansable dedicación de sus obispos y sacerdotes y en el compromiso incondicional de sus religiosos y religiosas. Hace poco tiempo, al peregrinar por el Extremo Oriente y por la Isla de Mauricio, yo mismo he podido constatar los abundantes frutos producidos por el trabajo y la perseverancia apostólica de tantos obreros del Evangelio de ayer y de hoy. ¡Demos gracias a Dios!

Deseo ardientemente que, en medio de este clima de libertad que parece extenderse un poco por todas partes, los creyentes puedan no sólo practicar su fe —lo que determinados países y ciertas religiones mayoritarias no siempre permiten—, sino también participar activamente y con pleno derecho en el progreso político, social y cultural de las naciones a las que pertenecen.

En efecto, la increencia y la secularización presentan desafíos que deben ser recogidos por todos los creyentes, llamados a testimoniar juntos la primacía de Dios sobre todas las cosas. Por ello, además de la libertad religiosa que el Estado debe garantizarles, es esencial que se dé un mejor conocimiento y una mayor colaboración entre las religiones. A este propósito, yo mismo he podido constatar recientemente los beneficiosos efectos de este entendimiento inter-confesional en Indonesia, donde los principios del "Pancasila" permiten al Islam y a las demás religiones practicadas por los habitantes de ese país encontrarse en un armonioso diálogo, del que se beneficia toda la sociedad. Sin embargo, no siempre es así. No puedo silenciar la preocupante situación en la que se encuentran los cristianos en algunos países donde la religión islámica es mayoritaria. Las noticias sobre su desamparo espiritual me llegan constantemente: privados en muchas ocasiones de lugares de culto, objeto de continua sospecha, imposibilitados para organizar una educación religiosa conforme a su fe o incluso actividades caritativas, tienen la dolorosa sensación de ser ciudadanos de segundo orden. Estoy convencido de que las grandes tradiciones del Islam, como la acogida al extranjero, la fidelidad en la amistad, la paciencia ante la adversidad y la importancia dada a la fe en Dios, representan otros tantos principios que deberían permitir la superación de inadmisibles actitudes sectarias. Espero vivamente que, del mismo modo que los fieles musulmanes encuentran hoy en los países de tradición cristiana las facilidades esenciales para satisfacer las exigencias de su religión, también los cristianos puedan beneficiarse de un trato similar en todos los países de tradición islámica. La libertad religiosa no debe limitarse a una simple tolerancia. Se trata de una realidad civil y social, acompañada de derechos específicos que permitan a los creyentes y a las comunidades testimoniar sin temor su fe en Dios, viviendo todas sus exigencias.

La oración y la caridad de la Iglesia

17. Nunca la contribución de los creyentes ha sido tan útil como hoy, en un mundo en el que tantos buscan dar un sentido a la existencia y a la Historia. Estoy convencido que, de forma especial, el testimonio de la oración, de la vida comunitaria en Iglesia y de la caridad efectiva es tan necesario para el desarrollo del mundo como el progreso técnico o la prosperidad material. Es esto lo que quise decir en el mensaje enviado al Encuentro ecuménico Europeo de Basilea, celebrado en mayo último: "Los pactos y las negociaciones políticas son medios necesarios para llegar a la paz; y es grande nuestro reconocimiento hacia quienes se consagran a ello con convicción, perseverancia y generosidad. Pero, para que sean duraderos y fructuosos, tienen necesidad de un alma. Para nosotros, una inspiración cristiana es la que puede proporcionársela por medio de una referencia intrínseca a Dios, Creador, Salvador y Santificador, y a la dignidad de todo hombre y de toda mujer creados a su imagen" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de junio de 1989, pág. 6).

¡Es cierto que, por todas partes, la fuerza del Espíritu otorga a esta humanidad un renovado brío espiritual que la acerca a su Creador! En nuestra época, en la que la rentabilidad cuenta tanto, cuando se invoca con tanta fuerza la libertad, ¡que nunca falten los signos de la trascendencia, la atención a los más débiles y el respeto a las aspiraciones de los demás!

Hacia el final del segundo milenio

18. 1990 abre el decenio que nos llevará al final del segundo milenio de la era cristiana. Hagamos de este período un "adviento" para cada hombre, para cada pueblo, para nuestra tierra. Preparemos los caminos de Dios, que no cesa de venir a nosotros, como en la Nochebuena, para enriquecernos con su vida y con su presencia. Siempre queda en el corazón del hombre un espacio que sólo El puede llenar. ¡Ojalá podamos, cada uno en nuestro respectivo puesto, mediante el cumplimientos de las tareas que providencialmente se nos han confiado, ayudar a los hombres de hoy a descubrir cada vez mejor, con confianza y admiración, que Dios es su máximo bien!

¡Estos son mis deseos para vosotros, señoras y señores, para vuestros conciudadanos, y para toda la familia humana! Con todo el corazón, los pongo en las manos de "Aquel que tiene el poder de realizar las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar" (Ef 3, 20). ¡Que su bendición esté con todos vosotros!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR DANIEL CABEZAS GÓMEZ, NUEVO EMBAJADOR DE BOLIVIA ANTE LA SANTA SEDE Viernes 23 de febrero de 1990

Señor Embajador:

Me es muy grato recibir las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Bolivia ante la Santa Sede. Con ello, viene Usted a ocupar un puesto en la sucesión de los representantes de su País en la noble misión de mantener y estrechar las relaciones entre la Sede Apostólica y la Nación boliviana, tan cercana a mi solicitud y afecto de Pastor.

Agradezco vivamente las amables palabras que me ha dirigido y, en particular, el deferente saludo del Señor Presidente Constitucional de Bolivia, al cual le ruego transmita mis mejores votos de paz y bienestar.

Me complace saber que es firme propósito de las Autoridades de su País construir sólidos fundamentos que permitan la instauración de un orden social más justo. Durante mi visita pastoral a Bolivia, a la que Usted ha aludido amablemente, pude apreciar los grandes valores que adornan al pueblo boliviano: su carácter profundamente humano, su espíritu acogedor, su tesón y capacidad de resistencia ante la adversidad, sus acendradas raíces cristianas. Pero, al mismo tiempo, pude constatar los graves problemas que obstaculizan las legítimas aspiraciones de muchos bolivianos al desarrollo, tal como la Iglesia viene proclamando en su doctrina social.

Por consiguiente, se hace necesario fomentar ampliamente una actitud solidaria, también a nivel de comunidad internacional, lo cual haga posible la superación de las dificultades presentes para poder alcanzar así nuevas metas de progreso y prosperidad. A este respecto, el problema de la deuda externa representa un preocupante desafío para la economía y el nivel de vida de amplios sectores de la población de su País. El coste social y humano que dicha crisis de endeudamiento conlleva, hace que tal situación no pueda plantearse en términos exclusivamente económicos o monetarios. Por ello, se hace necesario promover también nuevas formas de solidaridad internacional, que en un clima de corresponsabilidad y confianza mutua, permitan articular medidas a corto y largo plazo que eviten la frustración de las legítimas aspiraciones de tantos bolivianos al desarrollo que les es debido. “ Sobre el fundamento de la justicia y la solidaridad decía en mi encuentro con los miembros del Cuerpo Diplomático en La Paz es posible sentar las bases estables para edificar una comunidad internacional sin permanentes y graves zozobras, sin dramáticas inseguridades, sin conflictos de irreparables consecuencias ” (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado en Bolivia , 10 de mayo de 1988, n. 3)

Se trata de una tarea que exige la colaboración de todos, especialmente de quienes ocupan puestos de responsabilidad y en donde la persona sea la medida y el centro de todo proyecto de desarrollo, pues es el hombre hecho a semejanza de Dios la mayor riqueza con que cuenta una nación. De aqui, que sea su promoción integral el objetivo primario a conseguir, ya que la mente humana, su capacidad creadora, es el motor de todo progreso.

Por otra parte, no se puede olvidar que no pocos de los problemas socio-económicos y políticos en la vida de los pueblos tienen sus raíces y gran repercusión en el orden moral. En este terreno, la Iglesia, fiel al mandato recibido de su divino Fundador, trata de iluminar desde el Evangelio las realidades temporales, movida siempre por su afán de servicio al bien común y a las grandes causas del hombre.

A este respecto, los Pastores, sacerdotes y comunidades religiosas de Bolivia seguirán incansables en el cumplimiento de su misión evangelizadora, asistencial y caritativa. Ellos son los continuadores de una pléyade de hombres y mujeres que, llamados a una vocación de servicio desinteresado, han dedicado sus vidas a mitigar el dolor, a instituir y educar dando testimonio de abnegada entrega en favor de los más necesitados. Así ha querido ponerlo de relieve Vuestra Excelencia rindiendo homenaje a estos servidores del Evangelio, que en los lugares más apartados del País llevan ayuda y consuelo infundiendo amor y esperanza.

Las Autoridades bolivianas podrán continuar contando con la decidida voluntad de la Iglesia dentro de la misión que le es propia de fomentar todas aquellas iniciativas encaminadas a promover el bien común y el desarrollo integral de los individuos, de las familias y de la sociedad.

Hago fervientes votos para que, por encima de intereses transitorios y de facción, los bolivianos pongan cuanto esté de su parte para construir un orden social más justo y participativo en el que no tengan cabida los defectos y las carencias que Vuestra Excelencia ha señalado. Los principios cristianos que han informado la vida de la Nación boliviana han de ser motivo de fundada esperanza y de estímulo para superar las dificultades de la hora presente e infundir, con la ayuda de Dios, un nuevo dinamismo que abra en Bolivia nuevas vías al desarrollo económico y social.

Señor Embajador, antes de terminar este encuentro, deseo asegurarle mi cordial estima y apoyo para que la misión que hoy inicia sea fecunda en copiosos frutos y éxitos.

Le ruego que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante su Gobierno y demás instancias de su País, mientras invoco sobre Usted, su familia y colaboradores, y sobre todos los amadísimos hijos de la Nación boliviana, la constante asistencia del Altísimo.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PEREGRINOS QUE PARTICIPARON EN LA CEREMONIA DE BEATIFICACIÓN DE ONCE MÁRTIRES ESPAÑOLES Lunes 30 de abril de 1990

Amados hermanos en el Episcopado, queridos hijos e hijas:

1. La solemne Beatificación de once Siervos de Dios, mártires de Cristo, hijos de la noble tierra española, me ofrece la ocasión para este grato encuentro con vosotros, que habéis venido a Roma para venerar a los nuevos Beatos, participando en la gran manifestación de fe y de comunión eclesial.

En esta gozosa circunstancia deseo saludar de modo especial a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, acompañados de tantos alumnos y exalumnos, así como a los Religiosos Pasionistas. Todos honráis conjuntamente a los ocho Hermanos y al Padre Inocencio de la Inmaculada, mártires de Turón (Asturias), y también al hermano Jaime Hilario, inmolado por Cristo en Tarragona. Saludo cordialmente también a las Religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, que, rodeadas de tantas personas vinculadas a sus colegios y al Instituto, celebran la beatificación de la Hermana María Mercedes Prat, que abnegadamente ofreció su vida al Señor con el martirio en Barcelona.

2. Estos once mártires, además de su rica personalidad espiritual, fraguada en la fidelidad y entrega a su vocación, tienen en común el haber sido educadores y formadores de la juventud. La escuela les ofrecía la oportunidad de estar cerca de los niños y jóvenes, escucharlos, amarlos, acompañarlos y ayudarlos en su crecimiento humano y cristiano. Así lo hacían estos Hermanos de La Salle y la Hermana María Mercedes, porque creían en el gran valor de su misión religiosa y educativa al servicio de la niñez y juventud. Ellos trataron de ser fieles a la noble causa de la escuela católica, cuya “nota distintiva como dice el Concilio Vaticano II es crear un ambiente en la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad... de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre” (Gravissimum educationis , 8). Por esto, ellos no dudaron en derramar su sangre, dando así un testimonio eximio de su fe.

Estos mártires deben ser un estímulo para todos los educadores cristianos, especialmente para los religiosos y las religiosas, a dedicarse plenamente a una labor tan digna y necesaria en nuestros días. En este sentido, San Juan Bautista de La Salle decía a los Hermanos fundados por él: “Caed en la cuenta... de que la gracia que se os ha concedido, de enseñar a los niños, de anunciarles el Evangelio y de educar su espíritu religioso, es un gran don de Dios, que os ha llamado a este oficio” (San Juan Bautista de La Salle, Meditatio 201).

3. Estas palabras nos indican que la escuela católica es un lugar privilegiado para que los niños y los jóvenes descubran a Dios en su propia vida y se vayan formando así como cristianos auténticos, testigos de la fe y seguidores de Cristo. Pero esta acción educadora y evangelizadora la podrán llevar a cabo únicamente hombres y mujeres de fe que, desde su propia consagración religiosa, compartan su experiencia de Dios con los jóvenes y que estén dispuestos, incluso, a dar su vida por El y por ellos, como lo hicieron los nuevos Beatos.

Pero las acciones heroicas no se improvisan. En efecto, han de ir precedidas por toda una vida de renuncia y abnegación. Este es el testimonio que, de modo particular nos da la beata María Mercedes Prat, a la que se recuerda como una religiosa humilde, amable y siempre dispuesta al servicio de todos.

A este respecto es también alentador el testimonio de entrega a Dios que el beato Jaime Hilario nos ha dejado escrito en su lengua materna: “El dia que sabreu fer donació total a Déu, entrareu en un món nou, tal com em passa a mi. Gaudireu d’una pau i tranquillitat que, fins i tot, no havieu gaudit en els dies més feliços de la vostra vida”.

4. Antes de terminar quiero dirigir una palabra a vosotros, profesores, padres y madres de familia, alumnos y alumnas tan vinculados con los Hermanos de las Escuelas Cristianas o con la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Como cristianos y como miembros de la sociedad española, debéis tomar conciencia de que los colegios de iniciativa social, que la Iglesia misma u otras instituciones promueven, no se circunscriben al ámbito puramente religioso o ético, sino que indudablemente prestan también un meritorio servicio público a la misma sociedad, al fomentar la vida cultural, cívica y religiosa, teniendo presentes las necesidades del progreso contemporáneo.

El mismo Concilio Vaticano II, al reconocer que los padres son los primeros y principales responsables en la educación de los hijos, defiende su derecho a la absoluta libertad en la elección de los centros escolares. De este modo es posible hacer frente a la tentación de imponer un sistema educativo que excluya la necesaria libertad de los padres, dentro de un sano pluralismo, y que sería “contrario a los derechos naturales de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica y al pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades” (Gravissimum educationis , 6).

Por eso la Iglesia ve con agrado y alaba el esfuerzo de aquellas instancias públicas que, al tomar en consideración “ el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas por tanto, también en las escuelas estatales y en las debidas condiciones una educación conforme a los principios morales y religiosos de las familias ”. De este modo la legislación civil se verá enriquecida, al mismo tiempo, por los grandes valores espirituales y éticos.

Con mi ferviente esperanza de que la querida sociedad española, fiel a sus raíces cristianas, siga siendo también hoy día promotora de cultura y de convivencia pacífica, imparto con afecto la Bendición Apostólica a todos vosotros, a vuestras familias, así como a las Comunidades Escolares de vuestros Institutos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UNA PEREGRINACIÓN DE JÓVENES DE COMPOSTELA CON MOTIVO DE LA V JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD Lunes 9 de abril de 1990

Amadísimos jóvenes:

1 Me es particularmente grato daros mi más cordial bienvenida a este encuentro, lleno de evocadores recuerdos, con motivo de la V Jornada mundial de la Juventud. La juventud, entre sus muchos valores, tiene el del agradecimiento. Por eso habéis venido como “romeros” desde Galicia, Asturias y otros puntos de vuestra noble nación, para devolverme la visita que como “peregrino” realicé el pasado mes de agosto a la memoria del Apóstol Santiago en Compostela, para celebrar la IV Jornada mundial en el Monte del Gozo.

Ante todo, deseo agradecer el saludo de mons. Antonio Maria Rouco Varela, arzobispo de Santiago, y también las palabras del joven y de la joven que han querido expresar los sentimientos de todos vosotros y de tantos compañeros y amigos, espiritualmente presentes aquí.

He escuchado atentamente vuestras reflexiones y experiencias, los motivos de esperanza y de preocupación que rodean vuestra vida, así como los pasos e iniciativas emprendidos desde nuestro encuentro anterior. Es motivo de satisfacción comprobar que la juventud española, con una respuesta generosa y valiente al mensaje propuesto en Santiago se ha decidido a salir al encuentro de Cristo y seguir sus pasos.

2. Sé que muchos jóvenes están siguiendo un camino concreto para el futuro de su vida, contando principalmente con la presencia interior de Cristo, compañero y amigo íntimo de los jóvenes y también con la cercanía de educadores y guías que les acompañan y aconsejan en la opción tomada. Pero esas opciones deben realizarse con viva conciencia de comunidad eclesial. Sólo desde la Iglesia, y con profundo sentido de comunión, es posible emprender una acción evangelizadora en la sociedad actual. Cristo, desde la te y la caridad os invita a la construcción de un mundo nuevo, más fraterno pacífico y justo.

La vida del cristiano implica ciertamente un constante empeño espiritual que ha de manifestarse también en el orden temporal. Para eso es de vital importancia hallar razones firmes que os permitan vivir, creer, esperar y amar plenamente.

3. Muchos de los proyectos que surgieron, con ocasión de la Jornada mundial del año pasado, están llegando a feliz realización. En este sentido es alentadora la iniciativa expuesta por mons. Rouco Varela, de crear en el Monte del Gozo y como prolongación del acto en Santiago, un centro de oración y de encuentros apostólicos para los jóvenes. Este centro ce acogida será de gran provecho para los peregrinos que lleguen a Santiago de Compostela, donde se podrá compartir e intercambiar con otros jóvenes ideas y aspiraciones que abran nuevos caminos a la presencia cristiana en la sociedad europea, que durante siglos vio en el sepulcro del Apóstol un faro para la unidad de los pueblos desde sus comunes raíces cristianas.

4. Muchos de vosotros, respondiendo a la llamada de aquella Jornada, habéis renovado vuestro compromiso de seguir fielmente a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6). La profunda vivencia de este lema os está haciendo madurar en vuestras convicciones cristianas y crecer en virtudes humanas y valores cívicos, que tanto necesita la sociedad actual. Pero, al mismo tiempo, seguís constatando que muchos jóvenes de vuestro ambiente, al no conocer al Señor, andan en la tiniebla de la increencia, la desilusión y el desamor.

5. No permitáis que la evasión, el vacío y el desencanto se apoderen de estos amigos y compañeros vuestros. Hacedles ver que hay ideales altos y nobles por los que luchar en la vida. Ante todo, queridos jóvenes, vuestra misión es dar testimonio de Cristo ante los demás con la firmeza de vuestra fe, con la solidez de vuestra esperanza, con la generosidad de vuestro amor. A los hambrientos y sedientos de Dios comunicadles el mensaje salvador de su Hijo. A cuantos han perdido la luz de la fe, hacedles ver que Cristo es la luz del mundo. A los que buscan un motivo de esperanza para sobrevivir, decidles que Dios está también en la intimidad de su corazón. No olvidéis que por vuestro medio el Hijo del hombre viene a buscar y salvar a los que estaban perdidos o se habían alejado.

Esta es la misión que os espera: ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo” (Mt 5, 13. 14). Esto es lo que el Papa espera de cada uno de vosotros y de vosotras. Como os decía ya en mi Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo , “no permanezcáis pasivos; asumid vuestras responsabilidades en todos los campos abiertos a vosotros en nuestro mundo” (Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo , 1985, n. 16). Por eso, antes de terminar os quiero dejar una consigna: que no se apague la llama de entusiasmo juvenil que iluminó el Monte del Gozo. Que las diócesis, las parroquias, las comunidades y grupos eclesiales unan sus esfuerzos para realizar una pastoral de conjunto que dé a la juventud católica española un nuevo dinamismo apostólico para edificar la civilización del amor.

6. Al final de este feliz encuentro quiero encomendaros de modo especial a la Virgen María, “signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo de Dios peregrinante” (Lumen gentium , 68). Que Ella os ayude a seguir fielmente a Cristo; que os asista en los momentos de duda o desánimo; que os anime a entregaros cada vez más generosamente a Dios. Llevad mi afectuoso saludo a todos los jóvenes de España, a quienes, al igual que a vosotros, imparto mi bendición apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA VIII ASAMBLEA PLENARIA DEL PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA 17 de mayo de 1990

Señores cardenales; queridos amigos:

1. Es para mí una alegría el mero hecho de recibir a los participantes en la octava asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Familia. Agradezco al señor cardenal Gagnon el haberme presentado vuestros trabajos.

Habéis escogido como tema "La formación del sacerdote y la pastoral familiar", en relación con la reflexión que llevará a cabo el próximo Sínodo de los Obispos. Sí, este aspecto del ministerio sacerdotal es de la mayor importancia. Tanto en la sociedad como en la Iglesia, la familia desempeña un papel esencial de cara al desarrollo del ser humano. Y, en la Iglesia, la dignidad de la familia se ve ratificada por el sacramento del matrimonio que santifica la comunión entre los esposos y consagra la fundación de un hogar cristiano.

Durante las últimas décadas numerosos esposos cristianos han sentido de modo más fuerte la necesidad de descubrir la grandeza de la vocación a la que son llamados por su matrimonio, así como las riquezas de su maravillosa misión, de cara al bien de la sociedad y de la Iglesia. Tras el Concilio Vaticano II, que ha puesto de relieve el lugar de los laicos en la Iglesia y la llamada universal a la santidad, muchos son los sacerdotes que en estos últimos años han sabido apoyar y guiar a las familias en este sentido. Ahora conviene repensar la pastoral familiar y hacer que la formación de cara a ella sea incorporada de modo más estructurado y concreto en el ciclo de formación sacerdotal.

2. En efecto, mientras que ciertos aspectos de la actividad sacerdotal pueden afectar tan sólo a personas de una edad, profesión, cultura o situación muy determinadas, la pastoral familiar, por el contrario, tiene por campo de aplicación la vida de los fieles cristianos de todas las edades. «Toda ayuda brindada a esta célula fundamental del humano consorcio despliega una eficacia multiplicada, que se refleja sobre los diversos elementos del núcleo familiar y se perpetúa, a la vez, en el tiempo, gracias a la obra educadora que de los padres reverbera en los hijos y, por medio de ellos, en los hijos de los hijos» (Alocución del 1 de marzo de 1984, n. 1; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de abril de 1984, pág. 19).

La necesidad de esta preparación sacerdotal para la pastoral de la familia se deja sentir de modo más urgente cuando se considera el fin de todo el ministerio y de toda la vida de los sacerdotes: «Dar gloria a Dios Padre en Cristo. Y esta gloria, enseña el Concilio Vaticano II, es la acogida consciente, libre y agradecida por parte de los hombres de la obra realizada por Dios en Cristo» (Presbyterorum ordinis , n. 2). La renovación de la vida de los fieles cristianos promovida por el Concilio depende, en gran medida, del celo pastoral desplegado por los ministros del Señor. No obstante, en el marco de la vida familiar, las energías se multiplican dada la más rápida llegada del reino de Dios entre los hombres. Cuando los esposos viven generosamente su amor, pueden dar testimonio auténtico de la Buena Nueva, dado que hacen de su vida cotidiana un instrumento de apostolado y el marco de un primer anuncio de la palabra de Dios a sus hijos.

El servicio a los esposos y sus familias constituye una parte importante del ministerio de los sacerdotes, cooperadores del obispo, que es el «primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis» (Familiaris consortio , n. 73). En este tiempo de Pascua, que recuerda a los hombres el pacto de reconciliación y de paz realizado en Cristo, se capta mejor la necesidad de iluminar con la luz del Salvador y retomar con su fuerza redentora el pacto conyugal de los esposos y toda la vida familiar que de él mana. Y la tarea de los sacerdotes consiste en ayudar a los hogares cristianos a reflejar en toda su vida el misterio del amor esponsalicio entre Cristo y su Iglesia. De este modo realizarán lo que propone el Concilio Vaticano II cuando afirma: «La familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros» (Gaudium et spes , 48).

3. Es necesario que la formación del sacerdote proceda de una reflexión meditada del misterio de Cristo y desde ella progrese. La intervención sacerdotal en la pastoral familiar hunde sus raíces en un conocimiento, personalmente asimilado, del plan de Dios revelado en Jesucristo y supone una comprensión auténtica de la naturaleza de la Iglesia. La doctrina sobre el matrimonio y sobre la familia, que el sacerdote tiene la misión de transmitir, no se mueve simplemente en el orden especulativo; traduce también la sabiduría con la cual la ordinaria asistencia del Espíritu Santo nutre a los fieles para su crecimiento dentro de la Iglesia.

Tal es la perspectiva de la enseñanza del magisterio, que se ha expresado para nuestros contemporáneos particularmente mediante la encíclica Humanae vitae y la exhortación apostólica Familiaris consortio . Hay que ayudar, con la verdad del misterio de Cristo, a descubrir, desarrollar y elevar la verdad que se halla depositada en el corazón del hombre, la verdad que ya está presente en el interior de la relación conyugal entre el hombre y la mujer. De este modo, por ejemplo, conviene hacer descubrir adecuada-mente a los esposos que «todo lo que ha enseñado la Iglesia sobre la procreación responsable no es sino ese originario proyecto que el Creador grabó en la humanidad del hombre y de la mujer que se casan, y que el Redentor vino a restablecer» (Alocución del 1 de marzo de 1984, n. 2).

Proponiendo la plenitud de la verdad sobre el amor conyugal y familiar, los pastores de la Nueva Alianza saben que no basta enseñar la nueva ley que ilumina la conducta de cada uno; también es necesario abrirse a la gracia que viene en auxilio de la debilidad que conlleva la concupiscencia. Por ello la caridad pastoral hacia la familia exige una continua disponibilidad para ofrecer la riqueza de la gracia sacramental dispensada por la Iglesia, sin disminuir para nada la grandeza y dignidad del sacramento propio de los esposos y mediante el cual se hace presente entre los hombres el amor que viene de Dios.

4. Todos los que habéis recibido el don del amor conyugal, tenéis que saber que con la generosidad de vuestro mutuo amor y con el de vuestros hijos, la unión de Cristo y de su Iglesia se ve fecundada en vuestras vidas. Sois para vuestros pastores el testimonio claro y vivo del misterio cristiano; los sostenéis para que sean los incansables testigos de la fuerza redentora de Cristo y para que sepan aconsejar con paciencia y caridad a los hogares que les confían sus dificultades.

Sacramento del matrimonio y sacerdocio cristiano: he aquí dos sacramentos que edifican el bien de la Iglesia y de la sociedad. Dos participaciones en el misterio de Cristo que se refuerzan mutuamente en el interior de la existencia cristiana, desde la fidelidad al propio carisma de cada uno, para el bien de todo el pueblo de Dios.

Espero que la reflexión llevada a cabo por vuestro Consejo sea útil particularmente para los sacerdotes que asumen la responsabilidad de la pastoral familiar. Con una confiada colaboración deben poner sus esfuerzos en común con los competentes animadores laicos, para ayudar a la familia dentro de la complementariedad de sus respectivos papeles. Es bueno que, desde su formación, los sacerdotes se preparen a tal tipo de responsabilidades mediante una cultura humana que ilumine la teología, con la experiencia del trabajo en equipo con los hogares, así como por la vida espiritual, que es la única que puede hacer de ellos testigos dignos de crédito.

Señores cardenales, queridos amigos, les deseo para sus trabajos y para su apostolado esa irradiación que proporciona la asistencia del Espíritu Santo. Ofreciéndoos mis palabras de ánimo y mis mejores deseos, imparto a cada uno de vosotros mi bendición apostólica.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS FIELES DE YUCATÁN Domingo 13 de mayo de 1990

Con gran gozo deseo enviar mi más cordial saludo a todos los amadísimos hijos e hijas de Yucatán, en el marco de mi inolvidable visita pastoral a México, que ya termina.

Hubiera sido mi deseo que mi itinerario por esta gran nación, que Dios ha bendecido con tantos dones y con la particular protección de la Santísima Virgen, pasara también por la península de Yucatán. Ya que no ha sido posible, quiero ahora hacer llegar a todos los amables fieles, junto con sus sacerdotes, religiosos y religiosas, y al señor arzobispo, las más vivas expresiones de mi afecto en el Señor. Quiera Dios que los habitantes de esa noble tierra que ha sido, y es, cuna de la gloriosa cultura maya, que se vio fecundada por la celebración de la eucaristía en los albores de la llegada del Evangelio a México, sean siempre fieles a sus valores cristianos, que les infundan renovadas energías para avanzar en el progreso espiritual y material de toda esa querida arquidiócesis.

Mientras os aliento a dar testimonio del amor a Jesucristo, viviendo como hermanos en la unidad de la Iglesia, os encomiendo a la maternal protección de Nuestra Señora de Guadalupe, Reina y Patrona de todos los mexicanos.

Os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Aeropuerto internacional de Ciudad de México Domingo 13 mayo de 1990

Queridos hermanos en el episcopado, autoridades civiles y militares amadísimos mexicanos todos:

Ha llegado la hora de dejar esta bendita y querida tierra de México.

1. Con mi mayor afecto me despido, pero no os digo adiós. Me quedo con vosotros, porque os llevo en mi corazón: mejor diría, mi corazón se queda en México: en los lugares que he visitado y en aquellos otros que debido a la brevedad del tiempo no me ha sido posible visitar, a pesar de las amables y numerosas invitaciones recibidas. Ahora, al momento de partir, doy fervientes gracias a Dios por haberme concedido el gozo de encontrar a la Iglesia de Dios que peregrina en México: una Iglesia llena de vitalidad en medio de la cual he podido compartir, con tantos hijos e hijas suyas unas jornadas intensas por las manifestaciones de fe, de amor fraterno y de firme esperanza. En mi recorrido por las diversas ciudades de la vasta geografía mexicana, he hallado siempre el calor humano y el afecto que brota del sentirse unidos por fuertes vínculos de fe. Llevo conmigo el imborrable recuerdo de un pueblo religioso que, en torno a sus pastores y unido al Sucesor de Pedro, está decidido a testimoniar en la sociedad mexicana el mensaje salvador de Cristo, mensaje de paz, de justicia, de amor.

2. En estos momentos vuelven a mi mente todas las personas a las que he podido acercarme en vuestras calles y plazas, y con las que he compartido breves momentos de gracia y de intensa comunión espiritual: aquí en la Ciudad de México, en Veracruz, Aguascalientes, San Juan de los Lagos, Durango, Chihuahua, Monterrey, Tuxtla Gutiérrez, Villahermosa y Zacatecas. De modo particular recuerdo la ordenación de sacerdotes en Durango, y expreso de nuevo mi gratitud a los padres y madres de México, que generosamente ofrecen al Señor sus hijos e hijas para la vida sacerdotal o religiosa.

No puedo olvidar que hoy es 13 de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima, fecha muy significativa para mí por haber sentido de manera particular, tal día como hoy hace nueve años, la protección maternal de María. Por eso, en esta hora radiante de una mañana dominical, mis pensamientos y mis plegarias van hacia el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, para pedirle que me siga acompañando siempre en mi camino como Peregrino de la Evangelización y para que Ella, como Primera Evangelizadora de América Latina, ayude a la Iglesia, que está en este continente de la esperanza, a realizar la irrenunciable tarea de la nueva evangelización que deseamos, y que ya ha comenzado con ocasión del V Centenario de la llegada del Mensaje de Jesús a estas tierras.

3. En esta perspectiva, llena de luz y de confianza, a ti, querido pueblo de México, te repito la consigna que ya te propuse, hace once años, cuando tras haber besado, con honda emoción, este suelo, dirigí en la catedral primada mi primera alocución: “Mexicum semper fidele, México siempre fiel ”.

Mi oración se dirige a Dios rico en misericordia para que corrobore en cada uno de vosotros el firme deseo de afrontar los problemas con ánimo sereno y esperanzado, dispuestos a buscar soluciones por el camino del diálogo, de la concordia, de la solidaridad, de la justicia, de la reconciliación y del perdón.

Quiera Dios que vuestro país, que se gloría de haber dado a la Iglesia tantos ejemplos de acrisolada fe, contribuya también eficazmente a fortalecer los vínculos de amistad, de paz, justicia y progreso entre los miembros de la gran familia de Latinoamérica. Buscad incansablemente la armonía en la justicia y en la libertad. Así aseguraréis un porvenir mejor, no sólo para vosotros sino también para las futuras generaciones.

4. Ojalá que estas inolvidables jornadas de intensa comunión en la fe y en la caridad, ayuden a todos los mexicanos a renovar su compromiso de vida cristiana, su fidelidad al Señor, su voluntad de servicio y ayuda a los hermanos, particularmente a los más necesitados.

¡Adelante, México! El Papa se va, pero se queda con vosotros. El Papa os ama y desea permanecer a vuestro lado infundiéndoos ánimo para afrontar los problemas y acompañándoos por los difíciles caminos que tendréis que recorrer. ¡No tengáis miedo! Abrid de par en par las puertas a Cristo!

Antes de terminar deseo reiterar mi agradecimiento al señor Presidente de la República aquí dignamente representado por el señor Secretario de Relaciones Exteriores, así como a los miembros del Gobierno y a todas las autoridades civiles y militares, por las facilidades que generosamente han puesto a disposición en los diversos lugares, que han contribuido mucho al buen desarrollo de mi viaje pastoral. Que el Señor premie los esfuerzos que realizan para asegurar a su país un porvenir de paz y concordia, de justicia y bienestar para todos los mexicanos. Particular aprecio y gratitud he de manifestar a todos mis hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y a tantas personas y entidades que, con dedicación y desprendimiento, han prestado un valioso servicio antes y durante mi viaje.

Una palabra de gratitud dirijo igualmente a los informadores, por el encomiable esfuerzo realizado en la prensa, la radio y la televisión, para informar sobre los diversos encuentros que se han llevado a cabo durante mi estancia en este entrañable país.

¡Dios bendiga siempre a México! ¡Dios bendiga a cada uno de sus hijos e hijas! ¡Dios bendiga el presente y el futuro de esta querida nación! ¡Hasta siempre, México!

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO AL MUNDO DE LA CULTURA Ciudad de México, sábado 12 de mayo de 1990

1. Al término de una intensa jornada, ya al final de mi visita pastoral a este entrañable país, siento un gozo profundo al tener este encuentro, para mí tan lleno de significado, con los representantes del mundo de la cultura: de las ciencias, de las artes y de las letras de México.

En mi saludo afectuoso y cordial a los aquí presentes, quiero abarcar también a cuantos, en toda esta gran nación, comparten las tareas propias de la investigación, del pensamiento y de la formación de las futuras generaciones.

Deseo manifestar mi vivo agradecimiento al doctor Silvio Zabale, por sus amables palabras de bienvenida y por los nobles sentimientos expresados. Mi gratitud va igualmente a cuantos con su generoso esfuerzo han hecho posible que podamos compartir esta tarde unos momentos de reflexión y fraterna convivencia.

Es este mi primer encuentro con intelectuales de América Latina que tiene lugar después de los importantes acontecimientos ocurridos en 1989 en Europa del Este. Asistimos a un cambio que afecta a toda la sociedad contemporánea. Se trata en efecto, de una nueva época muy compleja, en la que forzosamente conviven inercias del pasado e intuiciones del futuro. Sin embargo, precisamente en estas circunstancias, debéis dar prueba, como hombres de la cultura, de vuestra lucidez y de vuestro espíritu penetrante.

Estáis llamados a dar vida a una nueva época también en el nuevo continente, lo que constituye como un desafío para vuestro quehacer intelectual.

A la vista de este dilatado horizonte, así como de las comprometedoras exigencias que habéis de afrontar, se moverán las reflexiones que deseo compartir hoy con vosotros. Ciertamente no es posible —ni es lo que esperáis— ofrecer aquí un cuadro detallado de objetivos culturales para el próximo futuro. Sin embargo, cabe delinear al menos unos principios de análisis del momento actual y unos puntos básicos de referencia que puedan serviros de ayuda en vuestras tareas.

No se puede olvidar, en esta análisis del variado panorama que ofrece América Latina, el importante papel que desempeña la Iglesia católica. Al poner en marcha la nueva evangelización, la Iglesia sigue proclamando incansablemente los principios cristianos, como elemento fundamental de toda civilización y de toda cultura acorde con la dignidad humana; pues la Iglesia al evangelizar y en la medida en que evangeliza, es decir, al anunciar el evangelio de la gracia de Dios, puede humanizar, “civilizar”, liberar, construir la sociedad. De todo ello quiero hacerme eco en este encuentro con vosotros.

2. Las transformaciones que han tenido y están teniendo lugar en el llamado bloque de los países del Este representan, como bien sabéis, un cambio en el escenario de la comunidad internacional, lo cual incide de modo inevitable en el resto de los pueblos.

Podríamos afirmar que el clima de mayor confianza que se está instaurando en este último período ha despejado notablemente el camino del peregrinar humano. La amenaza de una destrucción total que se cernía sobre la humanidad contemporánea (Dominum et vivificantem , 57), parece haberse alejado sensiblemente. Hoy se respira un aire renovado y se nota por doquier como un resurgir de la esperanza.

Sin embargo, no podemos dejar de constatar que son muchas las incertidumbres del camino a seguir. Se están superando ciertamente no pequeños obstáculos, pero, al mismo tiempo, se descubre la ausencia de válidos proyectos culturales capaces de dar respuesta a las profundas aspiraciones del corazón humano.

En la raíz de estas consideraciones nos parece poder constatar dos realidades bien probadas. Por un lado, la más evidente es que el sistema basado en el materialismo marxista ha decepcionado por sí mismo. Quienes lo propugnaban y quienes fundan su esperanza en esos intentos han quedado advertidos.

Sin embargo —y es la otra comprobación— tampoco los modelos culturales ya afianzados en los países más industrializados aseguran totalmente una civilización digna del hombre (Sollicitudo rei socialis , 28). Con frecuencia se exaltan los valores inmediatos y contingentes como claves fundamentales de la convivencia social y se renuncia a cimentarse en las verdades de fondo, en los principios que dan sentido a la existencia. Baste pensar en la pérdida del significado de la vida humana, puesta de manifiesto en el elevado número de suicidios, característico de algunos países altamente industrializados, y testificada también trágicamente por el aborto y la eutanasia. Se está verificando un proceso de desgaste, el cual, afectando a la raíz, no dejará de acarrear dolorosas heridas para toda la sociedad.

3. Además, y considerando el caso de América Latina, aquellos valores inmanentes y transitorios son incapaces de sustentar el esfuerzo que exige la construcción de una civilización prometedora como la vuestra, de una sociedad digna del hombre en todos sus aspectos: materiales y espirituales, inmanentes y transcendentes.

Ante este panorama de incertidumbre, ante la crisis de modelos culturales, viene a mi mente aquella serie de interrogantes que expresaba el autor de aquel documento anónimo del México prehispánico: “ ¿Qué es lo que va a gobernarnos?, ¿qué es lo que nos guiará?, ¿qué es lo que nos mostrará el camino?, ¿cuál será nuestra norma?, ¿cuál será nuestra medida?, ¿cuál será nuestro modelo?, ¿de dónde habrá que partir?, ¿qué podrá llegar a ser la tea y la luz?” (Códice Matritense de la real Academia de Historia, fol. 191 v. 192r).

Por otra parte, en América latina, se va viendo la necesidad de abrir nuevos caminos partiendo de vuestra propia identidad, y esto interpela directamente a vuestra responsabilidad de hombres del pensamiento y de la cultura. No podemos olvidar que México ha sido cuna de civilizaciones que, en su tiempo, alcanzaron un alto grado de desarrollo y que han dejado un inestimable legado de cultura y saber. Os toca pues cooperar intensamente para dar vida a un proyecto de desarrollo cultural que lleve a los pueblos de Latinoamérica a esa plenitud de civilización, a la que deben aspirar.

4. Al aprestarse para una nueva evangelización, la Iglesia católica se siente llamada a ofrecer también una importante contribución en este campo. Ella tiene plena confianza en vuestra capacidad y en vuestras cualidades. Por su vocación de servicio al hombre en plenitud de vida, es como connatural a la Iglesia servir los afanes de verdad, de bien y de belleza presentes en todo corazón humano. Tal vez no haga falta repetirlo; de todos modos, dejadme recordar que la Iglesia siempre ha tratado de favorecer la cultura, la verdadera ciencia, así como el arte que enaltece al hombre o la técnica que se desarrolla con profundo respeto de la persona y de la misma naturaleza.

De esta actitud de la Iglesia tenéis amplio conocimiento, pues, a lo largo de varios siglos el cristianismo ha ido penetrando profundamente en la cultura de América Latina hasta formar parte de su propia identidad. México, por otro lado, cuenta con personajes cuya obra es patrimonio de toda la humanidad. Pienso en sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón y tantos otros. Pienso también en tantas manifestaciones de su genio artístico y literario. El elenco se haría muy amplio, si hiciéramos mención de las diversas instituciones culturales.

5. Junto a todo ello, no es posible desconocer que han existido en el pasado —y en algunos ambientes aún persisten— incomprensiones y malentendidos respecto a determinados postulados de la ciencia. Permitidme que lo repita también aquí ante los exponentes de la intelectualidad y del mundo universitario mexicano: la Iglesia necesita de la cultura, así como la cultura necesita de la Iglesia. Se trata de un intercambio vital que, en un clima de diálogo cordial y fecundo, lleve a compartir bienes y valores que contribuyan a profundizar la identidad cultural, como servicio al hombre y a la sociedad mexicana.

Esta indeclinable vocación de servicio al hombre, —a todo hombre y a todos los hombres, es la que mueve a la Iglesia a dirigir su llamado a los intelectuales mexicanos - comenzando por los intelectuales católicos— para que, abriendo nuevos cauces a la participación y a la creatividad, no ahorren esfuerzos en llevar a cabo aquella labor integradora —propia de la verdadera ciencia— que asiente las bases de un auténtico humanismo integral que encarne los valores superiores de la cultura y de la historia mexicana.

Para llevar a cabo esta tarea, se precisa partir de un nuevo modo de percibir las relaciones entre historia humana y transcendencia divina. Hay que dejar atrás aquellos injustificados planteamientos en que la afirmación de una, implica una mayor o menor supresión de la otra (cf. Gaudium et spes , 36). Es necesario poner de relieve que el esfuerzo del hombre por superarse en todos los aspectos forma parte de su anhelo por acercarse más a Dios; y que la unión íntima del hombre con Dios ha de desembocar, a su vez, en un mayor empeño por dar soluciones satisfactorias a tantos problemas y situaciones negativas de las que todos somos conscientes: pobreza, ignorancia, explotación, divisiones, enfrentamientos, desprecio de la justicia y de la verdad (cf. Christifideles laici , 42.44).

6. Al meditar sobre estas exigencias, los Padres del Concilio Vaticano II han dirigido su mirada al misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Allí contemplamos con estupor el vivir humano en la Persona del Hijo Unigénito de Dios. Nunca podrá pensarse del hombre nada más elevado.

Una triple perspectiva ha servido al mismo Concilio para articular, en la parte inicial de la Constitución “Gaudium et spes ”, su magisterio sobre el misterio de Cristo en relación con el hombre: la persona, la capacidad humana de amar y el trabajo.

En primer lugar, la persona. Sobre ella nos dice el citado documento conciliar que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Pues “ Cristo..., en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. Al mismo tiempo, “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (Gaudium et spes , 22).

Por otro lado, el hombre cristiano recibe las “ primicias del Espíritu” (cf. Rm 8, 23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor, por medio del cual se restaura internamente todo hombre. Pero “esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible” (Gaudium et spes , 22). Este es el gran misterio que la misma Revelación cristiana trata de esclarecer a los creyentes. De este modo, la persona está llamada a integrar todas las realidades que componen su existencia en una síntesis armónica de vida, orientada por un sentido último, que es la expresión más sublime del amor (cf. Ibíd.).

Estamos así delante de la segunda perspectiva enunciada: la capacidad de amar. Es la posibilidad que tiene la persona de unión, de cooperación con Dios y con sus semejantes para realizar un anhelo compartido. Amando se descubre esa honda capacidad de darse que eleva la persona y la ilumina interiormente. En efecto, el amor es una fulgurante llamada a salir de sí mismo y transcenderse.

7. En continuidad con mi venerado predecesor Pablo VI, he hablado en repetidas ocasiones de la civilización del amor. Una meta sumamente atractiva y, a la vez, exigente que se debe mirar a la luz del misterio del Verbo encarnado. El es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). Al encarnarse, el Hijo de Dios ha manifestado el sentido definitivo que, en Dios, tiene cada criatura humana y al mismo tiempo, le ha hecho ver que su vocación abarca todo su ser y todo su obrar.

Llegamos así a la última de las perspectivas enunciadas: el sentido de la actividad humana. El trabajo es uno de los grandes temas de la cultura, y de modo especial lo es en la época contemporánea.

Mirando al pasado, es interesante recordar el escaso valor que en la antigüedad clásica se daba al trabajo como parte de la cultura. En realidad el ocio y el trabajo fueron vistos frecuentemente en clave antitética. En el panorama cultural, aun en nuestros días, no siempre aparece el trabajo humano como medio de realización de la persona. Mas, desde la óptica de la fe, la perspectiva se ensancha hasta hacer de la actividad humana un medio de santificación y experiencia de unión con Dios. Esto se hace posible cuando se advierte que el Dios a quien el hombre busca afanosamente es el Dios viviente; es decir, el Padre omnipotente, que actúa permanentemente en la creación, guiándola hacia el término que le ha prefijado (cf. Gaudium et spes , 34); y también el Hijo encarnado, que continúa realizando su obra redentora mediante el Espíritu Santo (cf. Ibíd., 38). En este acercamiento incesante de Dios, el hombre, mediante su trabajo, se hace colaborador y como mediador de un operar divino destinado a difundirse en la creación entera (cf. Laborem exercens , 25).

Es cierto que, en esta tarea, el hombre habrá de comprobar también —en su propia carne— la injusticia y el sufrimiento, consecuencias del pecado y de la tergiversación de lo creado. Y, sin embargo, todo ello no es un obstáculo. Al contrario, es una nueva llamada para una unión más íntima con Dios, pues, al contrasentido del pecado responde Dios con la encarnación de su Sabiduría.

8. Antes de concluir, quisiera volver a la perspectiva inicial de estas consideraciones: América Latina ha de reafirmar su identidad y ha de hacerlo desde sí misma, desde sur raíces más genuinas. Las diversas dificultades que la afectan, de orden económico, social, cultural, deben ser resueltas con la colaboración y el esfuerzo de sus mismas gentes. En esta noble tarea el hombre y la mujer de cultura están llamados a inspirar principios de fondo y suscitar motivaciones que estimulen la capacidad moral y espiritual de la persona, único medio para conseguir unos cambios que sirvan al hombre y no lo esclavicen.

El hondo sentido de responsabilidad y el compromiso ético que debe caracterizar a todo hombre de la cultura os llevará a hacer de vuestra actividad, en el campo de las ciencias, de las letras y de las artes, un instrumento de acercamiento y participación, de comprensión y solidaridad en los diversos sectores en los que se deja sentir vuestra influencia. Las tensiones y conflictos que puedan aparecer en el panorama social han de ser un desafío a vuestro talento para poner de manifiesto que los enfrentamientos y las incomprensiones van ligados frecuentemente a la ignorancia y al desconocimiento mutuos.

La verdadera cultura tiende siempre a unir, no a dividir. En vuestra búsqueda constante de la verdad, de la belleza y del conocimiento científico, abrid nuevos caminos a la creatividad y al progreso, tratando de unir las voluntades y buscando soluciones a los innumerables problemas que plantea la existencia humana.

9. La Iglesia católica en Latinoamérica toma en seria consideración vuestras valiosas aportaciones. En esta actitud hay también una esperanza: que promováis una cultura que enriquezca al hombre integralmente, llevándole a superar - desde sí mismo, sea quien sea - las situaciones negativas en las que tantas veces se encuentra postrado. Que todos puedan descubrir y alcanzar la plena dignidad de la existencia humana, al forjar una cultura abierta a la Sabiduría de Dios y a su acción entre los hombres y en la creación entera.

Para concluir, Señoras y Señores, deseo recordaros una frase de Jesús en el evangelio de san Juan: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Que no desfallezca vuestro ánimo en la búsqueda apasionada de la verdad. Que vuestra vocación de servicio al hombre rechace siempre todo aislamiento egoísta que os pueda sustraer a una participación responsable en la vida pública y en la defensa y promoción de los derechos del hombre. Que seáis siempre promotores y mensajeros de una cultura de la vida que haga de México una patria grande donde los antagonismos sean superados, donde la corrupción y el engaño no encuentren espacio, donde el noble ideal de solidaridad entre todos los mexicanos prevalezca sobre la caduca voluntad de dominio. Muchas gracias.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS, SEMINARISTAS Y LACIOS COMPROMETIDOS Ciudad de México, 12 de mayo de 1990

“Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios para proclamar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1P 2, 9).

1. Estas palabras del Apóstol san Pedro que acabamos de oír durante el rezo de la hora litúrgica de vísperas van dirigidas de modo especial a vosotros, amadísimos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos comprometidos.

Qué alegría para mí, Sucesor de Pedro, peregrino de amor y de esperanza por los caminos de México, tener este encuentro de oración con vosotros, singularmente elegidos por Dios, para ser configurados como ministros y colaboradores en la edificación de su Iglesia (Presbyterorurm ordinis , 12). La plegaria litúrgica de esta tarde brota de unos corazones que se han consagrado al seguimiento del Señor, dispuestos a recorrer gozosamente el camino de la perfección y dedicar toda su fuerza y ardor a la acción evangelizadora.

Sean pues mis palabras, en primer lugar, un testimonio de honda gratitud por la preciosa y abnegada labor con que anunciáis la Palabra de Dios, administráis los sacramentos, dáis testimonio de castidad, pobreza y obediencia por amor a Cristo y lleváis ayuda y consuelo a los más necesitados. Gracias además por vuestros trabajos pastorales en el campo de la educación, de la salud, de las vocaciones, de la promoción humana; de esta manera hacéis vivo y operante el mandato del Señor de evangelizar a todas las gentes (cf. Mt 28, 19).

Asimismo, quiero agradecer las palabras que me ha dirigido el señor arzobispo de esta diócesis de Tlalnepantla, monseñor Manuel Pérez-Gil González, a la vez que me complace íntimamente la presencia de mis amados hermanos en el episcopado.

2. Nuestro encuentro de hoy es una ocasión excepcional para recordar a aquellos esforzados misioneros que, bajo la mirada materna de Santa María de Guadalupe, evangelizaron estas tierras mexicanas mediante su abnegada labor como testigos del Evangelio. Al igual que ellos ayer, los sacerdotes del México de hoy habéis asumido la enorme responsabilidad de hacer presente el Reino de Dios, con vuestra vida y con vuestro servicio al Señor y a los hombres, “para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Hb 5, 1). Así como ellos tuvieron que afrontar creativamente el reto de lo que hoy denominamos “evangelización constituyente” (Puebla, 6), así también vosotros hoy tenéis delante un nuevo gran desafío: la nueva evangelización.

Mirando la realidad de vuestros pueblos, la conciencia cristiana se siente espoleada por la urgencia de entregarse a un nuevo proceso evangelizador. No faltan ciertamente motivos de preocupación ante la presencia de determinados factores que obstaculizan la acción de la Iglesia y dificultan la trasmisión de la fe a las nuevas generaciones.

En efecto, una secularización cada vez más penetrante pretende alejar de la conciencia de los hombres la referencia a su destino trascendente. El agnosticismo, presente en muchos, lleva a buscar infructuosamente toda clase de sucedáneos. Contemporáneamente, la disminución de la asistencia a las celebraciones de los misterios cristianos y la no suficiente atención a las manifestaciones de la auténtica piedad popular debilitan la necesaria y activa participación del creyente en la vida comunitaria. En este sentido, estamos asistiendo a la difusión de un modo intimista de concebir la fe, que olvida o posterga la proyección social del cristiano, a la falta de una mayor solidaridad con los que sufren y de un más decidido compromiso —no ideológico sino evangélico—- con los más pobres, sin excluir a nadie; a un consumismo que extiende cada vez más su presencia en muchos hogares y familias, poniendo el afán de poseer por encima de todo; a un proselitismo creciente de nuevos grupos religiosos que incluso ponen en peligro la identidad católica de México.

No constituyen tampoco una ayuda para superar tales situaciones ciertos signos de deterioro en la disciplina de la vida eclesial y respecto a la legislación canónica sobre la vida sacerdotal y religiosa, ciertas actitudes en el campo de la moral, así como conflictuales concepciones de la liberación y de determinadas formas erradas de entender la opción por el pobre (cf. Congr. pro Doctrina Fidei, Libertatis Nuntius, passim.).

Ante tal panorama urge, pues, que vosotros —que habéis hecho la opción radical de seguir a Jesús, el Buen Pastor (cf Jn 10, 11)— en fidelidad al magisterio de la Iglesia, colaboréis incondicionalmente con vuestros obispos de manera intensa en las tareas de la nueva evangelización.

3. Para llevar a cabo dicha tarea, se hace necesario por parte de todos profundizar y corroborar más y más la conciencia eclesial. Como sacerdotes, debéis estar dispuestos a dar con vuestra vida y con vuestros actos públicos un constante testimonio de amor a la Iglesia, de íntima comunion con vuestros obispos —de quien sois insustituibles colaboradores— y de compromiso con la misión a la que habéis sido llamados “ in persona Christi ”(cf. Presbyterorurm ordinis , 2. 7).

Vuestra primera y gran responsabilidad ante el pueblo fiel es la de ser y mostraros sacerdotes irreprochables en el seguimiento de Cristo pobre, casto y obediente. México es un país de genuina tradición religiosa, cuyo pueblo es muy consciente de la dignidad del sacerdote. En vosotros espera ver siempre el modelo que les guíe y que se entregue con la generosidad de quien se ha consagrado al Señor en una vida de celibato, que le debe de capacitar para dedicarse indivisamente a la misión que se le ha confiado (cf. Ibíd. , 16)

Sois también servidores de la Palabra (cf. Ibíd. , 4) . A tan alta responsabilidad corresponde la coherencia interna del ministro que debe buscar siempre el bien de aquellos a quienes sirve, transmitiendo fielmente la verdad íntegra del Evangelio. El servidor de la Palabra “no vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro...” (cf. Evangelii nuntiandi , 78). El sacerdote no debe servirse de la Palabra de Dios para la realización de sus propios proyectos, ni siquiera —con supuesta buena intención— para ayudar al cambio de una situación, desde su propia visión personal. El sacerdote debe acercarse humildemente a la Palabra que da vida y debe escucharla atentamente; acogerla en su corazón para meditarla, como María, la Madre del Señor (cf Lc 2, 19); hacerla parte de su propia vida y así anunciarla con fidelidad plena.

4. Como la Iglesia es signo de unión entre los hombres y Dios (cf. Lumen gentium , 1), y de los hombres entre sí, el sacerdote —que recibe su misión de la misma Iglesia— es un hombre llamado a ser artífice de comunión (cf. Presbyterorurm ordinis , 3.8-9.15).

¡Qué tarea tan importante es trabajar por la comunión! La Iglesia fue instituida por el Salvador para salvar y servir a la humanidad entera. Por eso, de vuestra actividad ministerial nadie debe quedar excluido. Cuando la Iglesia habla de opción preferencial por los pobres, lo hace desde la perspectiva del amor universal del Señor, que precisamente manifestó su preferencia por aquellos que más lo necesitaban. No es una opción ideológica; ni tampoco es dejarse atrapar por la falaz teoría de la lucha de clases como motor de cambio en la historia. El amor por los pobres es algo que nace del Evangelio mismo y que no debe ser formulado ni presentado en términos conflictivos.

En efecto, para salir al paso de reduccionismos inaceptables es imprescindible poner de relieve que este amor por los pobres, los marginados, los enfermos y los necesitados de todo tipo, no es exclusivo ni tampoco excluyente (Puebla, 1165). Jesús ha nacido, padecido, muerto y resucitado por todos los hombres. El ha venido a proclamar la filiación divina con el Padre, así como la fraternidad entre todos lo hombres, llamados a ser hijos en el Hijo (cf. Gaudium et spes , 22). Nada, pues, más ajeno a quien está llamado a actuar “en la persona de Cristo”, que reducir el alcance universal de su misión y de su amor (cf. Presbyterorurm ordinis , 6).

5. El mundo de hoy es testigo de la crisis ideológica de aquellos que ofrecian una sociedad nueva y proclamaban un hombre nuevo, sin reparar que era a costa de la libertad de la persona. Las legítimas aspiraciones del hombre han puesto en tela de juicio ideologías y sistemas que, negando toda trascendencia, pretendían satisfacer con sucedáneos los anhelos del corazón humano por los valores más elevados. La misma evolución de los acontecimientos ha demostrado que los valores auténticamente humanos de justicia, paz, felicidad, libertad, amor, no hacen sino potenciar el deseo de infinito, el ansia de Dios. “ Fecisti nos, Domine, ad te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te”, nos recuerda san Agustín. Por eso, cuando el mundo empieza a constatar los inequívocos fracasos de ciertas ideologías y sistemas, resulta aún más incomprensible que algunos hijos de la Iglesia en estas tierras —movidos a veces por el deseo de encontrar soluciones rápidas— persistan en presentar como viables unos modelos cuyo fracaso es patente en otros lugares del mundo.

Vosotros, como sacerdotes, no podéis involucraros en actividades que son propias de los fieles laicos. Si bien, por vuestro servicio a la comunidad eclesial, estáis llamados a cooperar con ellos ayudándolos a profundizar en las enseñanzas de la Iglesia.

No pocas de estas reflexiones destinadas a los sacerdotes pueden ser compartidas también por los demás participantes en este entrañable encuentro. Por ello os ruego, hermanos y hermanas todos, que, como miembros escogidos de la Iglesia de Dios en México, acojáis estos pensamientos que brotan de mi solicitud de Pastor y del amor que os profeso.

A todos los aquí presentes así como a todas las personas consagradas y a los demás agentes de la pastoral y de la acción apostólica; que a lo largo y ancho de este gran país están unidos espiritualmente a nuestra celebración, os exhorto a ser luz y sal que ilumine y dé sabor de virtudes cristianas a los individuos, a la familia, a la sociedad.

6. Quiero dirigirme ahora en particular a los religiosos y religiosas, parte selecta del pueblo de Dios en la obra evangelizadora de ayer, de hoy y del mañana. Vosotros habéis sido llamados a dar testimonio de la presencia de Cristo entre los hombres, asumiendo sin reservas el espíritu radical de las bienaventuranzas. Como miembros de la Iglesia con vocación de consagración peculiar, sois conscientes de que vuestro testimonio de vida comunitaria constituye ya de por sí un “medio eficaz de santificación” (Evangelii nuntiandi ,69). Por consiguiente, sentíos gozosos de ser para los demás la imagen transparente de Cristo, irradiando por doquier el amor y la alegría de haber sido llamados a hacer vida los valores del Reino en su dimensión escatológica.

La oración, la vocación a la santidad, los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia han de ser, queridos religiosos y religiosas, el eje en torno al cual gire toda vuestra vida. Por ello debéis, ante todo, renovar vuestra conciencia de consagrados día a día, pues cuanto mayor es el ritmo de la actividad y mayor es la inserción en el mundo, tanto más necesaria es la serena reflexión sobre la naturaleza y las características propias de la misión a la que estáis llamados.

No estáis inmunes de las presiones de una concepción secularista o consumista de la existencia. La fidelidad a vosotros mismos y a la llamada del Señor debe moveros a ser incansables en el discernimiento espiritual, así como en el examen cotidiano de vuestros actos, para que vuestra acción de servicio esté siempre encaminada hacia el bien.

7. Muchos de vosotros participáis de una manera intensa en la tarea de evangelizar la cultura. Hoy se ve cada día más claramente la importancia de tales labores al servicio del Reino de Dios.

En vuestras actividades como educadores debéis poner sumo cuidado en mostrar siempre una indefectible fidelidad a la Iglesia. Las enseñanzas del Magisterio no sólo deben mereceros una adhesión formal, sino también iluminar vitalmente el mensaje concreto del que sois portadores. No faltan hoy, por desgracia, exageraciones y errores ampliamente difundidos; por esto mismo habéis de estar muy atentos a desplegar vuestra labor educativa en plena sintonía con las orientaciones de vuestros obispos, que son maestros de la verdad (Discurso a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano , 28 de enero de 1979). A este respecto, deseo recordaros el mensaje que dirigí al Episcopado Mexicano y a los superiores y superioras mayores de los religiosos de México, con ocasión de la Asamblea General de octubre pasado: “La naturaleza misma de la Iglesia que es misterio de comunión, exige que entre los pastores de las Iglesias particulares y los religiosos exista una estrecha colaboración que evite posibles magisterios paralelos y también programas pastorales que no reflejen suficientemente esta comunión y unidad”. Como personas consagradas, estáis llamados a ser, junto con vuestros pastores, servidores de la unidad del pueblo de Dios. Todo esfuerzo realizado, en nombre del amor y la fraternidad, por construir comunidades cristianas solidarias y reconciliadas es una preciosa aportación a las tareas de la renovada evangelización a la que el Papa viene convocando a toda la Iglesia en América Latina.

8. Estad, pues, atentos a no aceptar ni tampoco a dejaros imbuir por visiones conflictivas de la existencia humana ni por las ideologías que propugnan el odio de clases o la violencia, incluso cuando pretenden encubrirse bajo epígrafes teológicos (cf. Congr. pro Docrina Fidei, Libertatis Nuntius, XI). Por el contrario, buscad en el tesoro del Evangelio todo aquello que une a los hombres, y trabajad incansablemente para que cuanto constituye motivo de rencilla o enemistad sea superado por el mensaje de amor que nos muestran las palabras y los hechos de Jesús.

¡El Papa confía en vosotros, queridos religiosos y religiosas de México! ¡El Papa espera que con vuestro incomparable entusiasmo os entreguéis generosamente a la nueva evangelización! ¡Qué bendición para México si todos sus consagrados renovasen cotidianamente su compromiso de llevar el Evangelio a todos los rincones de esta acogedora tierra, a todos sus habitantes!

Íntimamente partícipes de esta misión y compromiso, desde la vida silenciosa y austera del claustro, se sienten las religiosas contemplativas, a quienes deseo ahora dirigir mi saludo de particular afecto y aprecio. «En este Cuerpo místico que es la Iglesia, vosotras también habéis elegido ser “el corazón”», os decía en mi mensaje del 11 de diciembre pasado, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe.

¡La Iglesia valora inmensamente la vida contemplativa! El Papa quisiera ver que en todo el mundo, y por supuesto en México, aumenten los conventos y las vocaciones contemplativas. ¡Y es que el mundo está tan necesitado de oración! El mundo está necesitado del testimonio de personas que, dejándolo todo, sigan radicalmente a Jesucristo.

9. Motivo de particular alegría para mí es la presencia de tantos jóvenes seminaristas, esperanza de la Iglesia. Como aspirantes a la vida sacerdotal y religiosa, os aliento vivamente a dedicaros con generosidad y entusiasmo a vuestra formación. El ministerio sacerdotal al cual os sentís llamados exige de vosotros una sólida preparación espiritual, doctrinal y en virtudes humanas.

A los diáconos permanentes deseo animarles a una generosa dedicación a las comunidades a las que sirven como discípulos del Señor Jesús. Sed siempre auténticos maestros de la palabra y del ejemplo. También vosotros, que os habéis entregado a Dios como miembros de institutos seculares, estáis llamados a una intensa labor apostólica que se proponga orientar hacia Dios todas las realidades temporales.

Aunque ya he tenido ocasión de dirigirme directamente a los fieles laicos durante mi visita pastoral, no quiero dejar de expresar mi gozo ante la presencia de tan nutrida representación de laicos particularmente comprometidos en la construcción de la Iglesia y de una sociedad más pacífica, justa y fraterna. En vosotros saludo a todos los fieles laicos de este noble país, tan rico en manifestaciones de auténtico compromiso laical con la Iglesia de Jesucristo. ¡Llevad mi saludo a todos los laicos de estas tierras, junto con mi aliento, mi confianza, y mi bendición!

Para concluir, os invito a todos: sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos, seminaristas y fieles laicos a mirar a María como modelo de fidelidad, obediencia y entrega a la realización del plan de Dios. Imitad su “ sí ”, comprometiéndoos con renovada ilusión en la tarea de hacer presente en la sociedad mexicana el mensaje de amor que su Hijo Jesús nos trajo para enseñarnos el camino de la felicidad eterna.

A todos os bendigo de corazón.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO Sábado 12 de mayo de 1990

Amadísimos hermanos obispos de México:

1. Con verdadero gozo participo en este encuentro fraterno que hemos iniciado con la solemne bendición de la nueva sede de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Aunque durante los días de mi viaje apostólico hemos compartido intensos momentos de plegaria y de íntima comunión eclesial, me es particularmente grato dirigirme ahora a vosotros, que habéis sido puestos por el Espíritu Santo como Pastores para guiar a los fieles mexicanos al pleno encuentro con el Señor Jesús. Esta es una misión que requiere toda vuestra dedicación, particularmente ahora que nos aproximamos a la conmemoración del V Centenario de la llegada de la fe a tierras americanas.

Pensar en México es referirse a una tierra bendecida por la predilección de la Madre del Señor. La acendrada piedad y devoción que tiene la Iglesia en México a Nuestra Señora de Guadalupe es un testimonio de la honda religiosidad de sus hijos y, al mismo tiempo, un justo reconocimiento de la participación que la madre de Nuestro Señor ha tenido en la obra evangelizadora, como guía de la fe de vuestro pueblo.

2. México es una realidad que ha hecho de la fe parte de su propia identidad. La evangelización primera —como señaló el documento de Puebla— se encuentra en las raíces mismas de aquel “nuevo mestizaje de etnias y formas de existencia y pensamiento que permitió la gestación de una nueva raza” (Puebla, 5). Como en los demás países de este Continente, aquella evangelización ha calado profundamente en la realidad social y cultural de vuestro pueblo. Precisamente por esto, no puedo dejar de recordar las aclamaciones de muchos hijos de estas tierras cuando los visité por primera vez, al inicio de mi Pontificado: ¡México católico! ¡México siempre fiel!, palabras que reflejan con toda nitidez la firme adhesión del pueblo humilde y sencillo a la Iglesia y al Evangelio que ella anuncia.

Contemplando a la historia de vuestra patria, no es difícil descubrir los frutos de la obra evangelizadora llevada a cabo por tantos misioneros abnegados, y que forjó una personalidad propia y original que se manifiesta en vuestras tradiciones y en la vida de vuestras Iglesias locales. Hay pasajes llenos de heroísmo cristiano que son una lección ejemplar para los mexicanos de hoy, así como para las Iglesias hermanas de América Latina. En efecto, el sacrificio de muchos hijos de estas tierras, que dieron testimonio de su fe hasta el extremo, ha contribuido en gran manera a hacer fecunda la semilla del Evangelio.

3. Pero como en toda realidad humana, marcada por la huella del pecado, no todo el proceso evangelizador logró sus objetivos. A ciertas contradicciones externas —aún persistentes— viene a unirse un conjunto de factores que muestran la apremiante necesidad de una renovada evangelización que, retomando la savia vital del pueblo mexicano, dé un nuevo impulso, a partir de vuestras raíces cristianas, y se irradie con intensidad y en profundidad a todas las áreas de vuestra cultura.

Es urgente, pues, asumir valientemente el desafío de una nueva evangelización de México. Evangelizar al hombre, a todos los hombres y mujeres; evangelizar la cultura y todas las culturas (cf. Evangelii nuntiandi , 19) de estas tierras mexicanas. Precisamente uno de los problemas más graves que se plantea la Iglesia es constatar cómo la llamada evangelización fundante no ha desplegado toda su fuerza y posibilidades. Por ello, debéis entregaros a esta evangelización mediante el anuncio incansable de la verdad, del amor, de la reconciliación, de la justicia.

4. Os preocupe particularmente, en vuestra solicitud de Pastores, el creciente secularismo que, queriendo prescindir de Dios, crea sus propios ídolos a los que venera.

A nadie se le oculta que el agnosticismo e incluso el ateísmo están presentes en el mundo moderno como una realidad inquietante. Vosotros mismos sois testigos de cómo a nivel concreto se difunden como ideologias que quieren construir una sociedad sin Dios. Una vez más, ante el ineludible desafío que estas ideologías representan para la nueva evangelización, es urgente y necesario repetir incansablemente que la búsqueda de Dios no es algo superficial ni superfluo para el ser humano, algo que éste puede descartar sencillamente del horizonte de su existencia. Para la persona la búsqueda de Dios se encuentra en la misma línea de su realización existencial (cf Redemptor hominis , 11). Hoy esto se ha verificado de una manera inesperada: los acontecimientos recientes están demostrando que los intensos esfuerzos de un ateísmo convertido en sistema político no han logrado apagar en el corazón humano el ansia de encontrar a Dios.

El fenómeno del consumismo no está desligado del proceso secularizador. El deseo de poseer se ve instigado continuamente por la oferta de productos suntuosos, y con frecuencia innecesarios, que a través de la publicidad se muestran atrayentes y como capaces de colmar las aparentes necesidades y solucionar los males del hombre. Junto con la alienación que ello significa para la persona humana, el consumismo es además una ofensa continua y humillante particularmente para los pobres, a quienes a veces está vedado no ya lo superfluo, sino hasta lo más necesario para una vida digna.

5. Por otra parte, la crisis económica tan extendida y la carga de la deuda externa afectan profundamente a las gentes de vuestro país, obstaculizando en gran medida el justo desarrollo al que aspiran y que les es debido. No se trata ahora de ahondar en los conflictos sociales que aquejan a la sociedad mexicana, sino de promover una sociedad solidaria en la que los más pudientes se comprometan a ayudar a los menos favorecidos. Es el momento de proponer una economía solidaria (cf. Sollicitudo rei sociallis , 38-40), en la que se compaginen legítimamente las exigencias económicas con el respeto a la dignidad del hombre; en la que se reconozca sin ambages la prioridad del ser humano sobre los instrumentos de producción, sin sacrificar la eficacia de los métodos económicos, pero que tenga en cuenta la prioridad de los valores éticos. 6. Tampoco hay que descuidar el grave problema de los “ nuevos grupos religiosos ”, que siembran confusión entre los fieles, especialmente en los ambientes medios y marginales o pobres. Sus métodos, sus recursos económicos, y la insistencia de su labor proselitista hacen impacto, sobre todo entre quienes emigran del campo a la ciudad. Sin embargo, no podemos olvidar que muchas veces su éxito se debe a la tibieza e indiferencia de los hijos de la Iglesia, que no están a la altura de su misión evangelizadora, por su débil testimonio de una vida cristiana coherente, su descuido de la liturgia y de las manifestaciones de piedad popular, así como por la escasez de sacerdotes y agentes pastorales, entre otras causas. Los efectos de una catequesis y formación insuficientes dejan a muchos fieles en lamentable desamparo ante la labor de captación por parte de agentes no católicos.

La presencia de las llamadas “sectas” es un motivo más que suficiente para hacer un profundo examen de la vida pastoral de la Iglesia local, buscando al mismo tiempo unas respuestas y orientaciones sólidas que permitan conservar y fortalecer la unidad del Pueblo de Dios. Ante este desafío vosotros habéis establecido oportunamente unas opciones pastorales (cf. La Iglesia ante los nuevos grupos religiosos, 16 de abril de 1988, III). Estas opciones van más allá de una mera respuesta al reto presente y quieren ser también vías para la nueva evangelización, tanto más urgentes cuanto que son caminos concretos para ahondar en la fe y en la vida cristiana de vuestras comunidades.

7. Es también motivo de preocupación, en especial entre los obispos del Norte de México, el fenómeno creciente de las migraciones. La búsqueda de mejores condiciones de vida empuja a muchos a dirigirse hacia el Norte, llenos de ilusiones por conseguir un progreso que corresponda a las expectativas propias y de la familia que se tiene o que se desea formar. Son muchos y muy complejos los problemas pastorales que os plantea esto, pero no son menores vuestros desvelos —que bien conozco— por acompañar espiritualmente a estos hermanos. Os aliento pues a seguir de cerca, cada vez con mayor solicitud y con los medios adecuados, la movilización de miles y miles de hermanos y hermanas en situación de desarraigo e incluso de peligro. No menor ha de ser el interés por el bienestar y el respeto de la dignidad humana de los emigrantes, lo cual será testimonio de una Iglesia, misterio de comunión, que se preocupa filial y solidariamente por sus hijos, y los acompaña y alienta en los momentos difíciles. La presencia de la Iglesia junto a los emigrantes es ineludible en la nueva evangelización.

8. Junto a las situaciones descritas, que son objeto de particular preocupación para vosotros y para toda la Iglesia, hay también otros hechos que reclaman vuestra sensibilidad de pastores, pues, según nos recuerda el Concilio, los obispos son también “el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares” (Lumen gentium , 23), así como maestros de la verdad y promotores de la unidad de la fe y de la disciplina común de toda la Iglesia (cf. Lumen gentium , 23)

Algunos sectores eclesiales de América Latina siguen bajo el influjo de ciertas corrientes ideológicas que, obedeciendo a determinados presupuestos y supeditando a éstos el mensaje revelado, han puesto en entredicho determinados puntos fundamentales de la enseñanza católica. La Iglesia en México tampoco se ha visto libre de algunos planteamientos de ciertas teologías de la liberación, que constituyen unos riesgos concretos para la fe y para la misma vida cristiana (cf. Congr. pro Doctrina Fidei, Libertatis Nuntius, Introd.). Estas versiones equivocadas y reductivas de la liberación continúan esparciendo un espíritu de conflicto y generan dolorosas fracturas que exigen una reconciliación en torno a la Verdad que viene de Dios, y que el Magisterio de la Iglesia propone para ser creída y vivida en la plena caridad. El amor a la Iglesia reclama un esfuerzo pastoral en favor de la unidad, respetando siempre el pluralismo legítimo, pero orientado decididamente al encuentro de aquellos que están en el error, para invitarlos a rectificar y a participar de la comunión y de la fidelidad plenas.

9. La Iglesia, amadísimos hermanos, está llamada a iluminar, desde el Evangelio, todos los ámbitos de la vida del hombre y de la sociedad. Por fidelidad a Cristo, su Fundador, ella considera misión propia la salvaguardia del carácter trascendente de la persona. Como enseña el Concilio Vaticano II “la misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina” (Gaudium et spes , 42).

Por esta vocación de servicio al hombre en todas sus dimensiones, la Iglesia se esfuerza en contribuir a la consecución de aquellos objetivos que favorecen el bien común de la sociedad, sobre todo para ser “a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana” (Gaudium et spes , 42). Por eso, como pone de relieve el mismo documento conciliar, “la Iglesia, ...por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno” (Ibíd.). Mostraría un gran desconocimiento de la naturaleza de la Iglesia, quien pretendiera identificarla con un sistema o, si se prefiere, con un partido político.

Sin embargo, esto no significa que la Iglesia no tenga nada que decir a la comunidad política, para iluminarla desde los valores y criterios del Evangelio. A ella corresponde por su propia misión, sigue diciendo el Concilio, “ predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (Ibíd.).

En efecto, es un hecho fácil de constatar que muchos problemas sociales e incluso políticos tienen sus raíces en el orden moral, el cual es objeto de la acción evangelizadora y educadora de la Iglesia. Así, vemos que la vida cristiana refuerza la institución familiar, favorece la convivencia y educa para vivir solidariamente y en libertad según las exigencias de la justicia. No se trata de una injerencia indebida en un campo extraño, sino que quiere ser un servicio a toda la comunidad desde el Evangelio, en el respeto mutuo y la libertad.

A este propósito, deseo hacer presente mi viva satisfacción por el clima de mejor entendimiento y colaboración que se está instaurando entre la Iglesia y las autoridades civiles en México. Os animo a continuar decididamente en vuestro propósito de diálogo constructivo con las autoridades. A ello contribuirá sin duda el reciente nombramiento de un Enviado Personal del Señor Presidente del Gobierno mexicano, para facilitar de modo permanente el diálogo con la Santa Sede, en el justo marco de su recíproca soberanía y su legítima independencia.

10. Un tema que ciertamente os preocupa, como pastores de la Iglesia en México, es el de la presente legislación civil en materia religiosa, por sus innegables y múltiples repercusiones en la vida de vuestras comunidades eclesiales. A este respecto, hago mías las palabras pronunciadas por monseñor Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en su discurso inaugural de la última Asamblea Plenaria: “ La Iglesia en México quiere ser considerada y tratada no como extraña, ni menos como enemiga a la que hay que afrontar y combatir, sino como una fuerza aliada a todo lo que es bueno, noble y bello”. Por otra parte, habéis reiterado con firmeza la enseñanza del Concilio Vaticano II, de que la Iglesia “no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil ” (Gaudium et spes , 42), recordando además, a los clérigos la prohibición canónica de participar en el ejercicio de la potestad civil (cf. Código de Derecho Canónico , can. 285, § 3). Asimismo, en un Estado de derecho, el reconocimiento pleno y efectivo de la libertad religiosa debe ser a la vez fruto y garantía de las demás libertades civiles. A este respecto cabe precisar que la libertad religiosa abarca mucho más que la simple libertad de creencia y de culto.

Por eso el Concilio, en el documento “Dignitatis Humanae ”, puso de relieve “que la libertad religiosa se declara ya como derecho civil en muchas constituciones y se reconoce solemnemente en documentos internacionales” (Dignitatis Humanae , 15), y, a este respecto, aquella solemne asamblea ecuménica hizo un firme llamado para que “ en todas partes la libertad religiosa sea protegida por una eficaz tutela jurídica y que se respeten los deberes y derechos supremos del hombre a desarrollar libremente su vida religiosa dentro de la sociedad” (Ibíd.).

Ante la profunda crisis de valores que afecta hoy a instituciones como la familia, o a determinados sectores de la población como la juventud, la acción de la Iglesia —que está llamada a “ difundir cada vez más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las naciones” (Gaudium et spes , 76)—, ofrece también en México motivos de fundada esperanza para un fructuoso y cordial entendimiento con las autoridades civiles, con vistas al recto desarrollo de la vida social y a la prosecución del bien común para todos los mexicanos.

11. Las nuevas circunstancias, queridos hermanos, exigen una decidida acción evangelizadora que lleve a actitudes de mayor autenticidad personal y social, y en la que participen todos los miembros de las comunidades eclesiales: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Es particularmente necesario en nuestro tiempo alentar a los laicos a que se hagan más presentes como cristianos en las realidades temporales de la sociedad mexicana y que sientan, a la vez, la urgencia de participar y hacerse corresponsables en las tareas eclesiales.

El deseo de una mayor participación en la vida pública por parte de los ciudadanos de vuestro país lo habéis puesto de relieve en el Plan Global de la Conferencia del Episcopado Mexicano al decir: “ Observamos avances en la conciencia cívico-política del pueblo y un despertar notable con fuertes anhelos de cambio hacia la democracia” (Plan global de la Conferencia del Episcopado Mexicano, 3). Tales signos de los tiempos han de impulsar también a los fieles laicos a un decidido compromiso para animar cristianamente el orden temporal, con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor, sin arredrarse ante las exigencias de la vida pública.

Un medio privilegiado, como bien sabéis, para la difusión del mensaje cristiano son los medios de comunicación social. Así lo quiso poner de relieve el Concilio Vaticano II cuando exhortaba a los obispos a “aprovechar la variedad de medios de que se dispone en la época actual para anunciar la doctrina cristiana” (Christus Dominus , 13); y, entre ellos, señalaba “la prensa y los varios medios de comunicación social de que es menester usar a todo trance para anunciar el Evangelio de Cristo” (Ibíd.).

Estas palabras del documento conciliar, promulgado hace veintiséis años, tienen hoy una mayor actualidad si cabe. En efecto, sois muy conscientes de la necesidad en nuestros días de usar de los “mass media” para que el mensaje de Cristo llegue a todos los ambientes y la Iglesia esté más presente entre los hombres. Por otra parte, vuestra responsabilidad pastoral ha de llevaros a estar vigilantes y a formar a los fieles para que sepan usar dichos medios con inteligencia, pues no es infrecuente que en ellos se difundan también ideologías y modelos de vida contrarios a la fe y a la moral católica.

Por todo ello, os invito a hacer un esfuerzo para que el mensaje del Evangelio y los valores que éste encarna se hagan cada vez más presentes en los medios existentes en el país y, en la medida de lo posible, la Iglesia pueda contar también con sus propios medios de comunicación social, en los que colaboren competentes e íntegros profesionales cristianos.

12. San Pablo, en la lectura que hemos escuchado durante la bendición de esta sede de la Conferencia del Episcopado Mexicano, nos dice: “La palabra de Dios no está encadenada” (2Tm 2, 9). Dicha palabra, “escuchada con atención y proclamada con valentía” (Dei Verbum , 1) es el fundamento de la misión del obispo como maestro de la verdad; de la verdad que viene de Dios y que lleva a la auténtica liberación del hombre, porque denuncia la falsedad de quienes buscan el dominio a través del engaño. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32) nos dice el Señor en el Evangelio.

Al finalizar este encuentro, amados hermanos, encomiendo a Nuestra Señora de Guadalupe vuestros anhelos apostólicos, los logros y los fracasos, las alegrías y las tristezas, las necesidades y las esperanzas vuestras, de vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, agentes de pastoral y fieles todos de vuestras diócesis, que tan presentes están en la plegaria y en el corazón del Papa.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN LA CEREMONIA DE BENDICIÓN DE LA CATEDRAL DE VILLAHERMOSA Tabasco, viernes 11 de mayo de 1990

Querido señor obispo, monseñor Rafael García González, sacerdotes, religiosos y demás fieles de esta diócesis:

Mi más cordial saludo a vosotros, a toda la población de Villahermosa y al entero Estado de Tabasco. Quiero también saludar a las hermanas religiosas aquí presentes. Quiero saludar a los seminaristas que no solamente están presentes, sino también gritando.

1. Antes de bendecir la capilla expiatoria de la catedral quiero detenerme brevemente a considerar con vosotros el significado de esta ceremonia.

Por ser la catedral la mejor expresión material de la diócesis, en ella me encuentro hoy con la Iglesia de Dios que vive en Tabasco, como lugar de acogida para las generaciones pasadas, las actuales y las que vendrán. En efecto, sus muros nos hablan de todos aquellos cristianos —sacerdotes, religiosos y laicos— que desde la primera evangelización, con fe y amor, con oración y sacrificio, han colaborado con Cristo en la edificación de su Iglesia en Tabasco.

Además, la iglesia catedral es signo visible del renacimiento espiritual en Tabasco. Está demostrando que, con vuestra fe, no habéis querido dar vida a ninguna otra cosa, sino a la Iglesia de Jesucristo, asentada sobre el fundamento de los Apóstoles.

Por eso, la catedral ha de ser punto permanente de referencia al que todos los fieles de Tabasco dirijan su mirada. En ella confluyen simbólicamente vuestra unión con Cristo y con toda su Iglesia; ella reclamará siempre de vosotros fidelidad, colaboración y empeño, para dilatarse ulteriormente en abundantes obras de evangelización y de caridad.

2. San Pablo dirige a los cristianos de Efeso unas palabras que considero oportuno recordar en estos momentos: “Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo... en el Espíritu” (Ef 2, 19-22).

La piedra angular, el fundamento del edificio de la Iglesia es Jesucristo. Por eso, con sabiduría evangélica, habéis querido vosotros que esta capilla expiatoria constituya la primera etapa de la catedral. Y para significarlo, el Santísimo Sacramento quedará permanentemente expuesto en la capilla expiatoria y será acompañado también con la Adoración nocturna. Y junto a Jesús Sacramentado, la imagen del Divino Preso, Cristo Rey, Señor de Tabasco. En verdad la catedral representará, de modo elocuente, el puesto central que Jesucristo debe ocupar siempre en la vida de toda la diócesis y de cada uno de vosotros.

Después, y del mismo modo que habéis procedido en su construcción, habéis de esforzaros también en la edificación de vuestras vidas, como templo dedicado a Dios. Conducidos siempre, como afirma san Pablo, como sabios arquitectos que saben construir su propia existencia sobre el verdadero fundamento, sobre el único cimiento sólido, Jesucristo (cf. 1Co 3, 10-11). En El, presente en vosotros por la gracia, ha de fundarse todo vuestro ser y vuestro obrar. Viviendo de esta manera, teniendo a Cristo como centro, haréis realidad en vuestra vida las palabras de san Pedro: “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual” (1P 2, 5). Siendo cada uno templo del Espíritu Santo, seréis a la vez las piedras vivas que Cristo necesita para seguir edificando su Iglesia en Tabasco.

3. Quiero ahora dirigirme a los enfermos aquí presentes y a todos los que, en la República Mexicana, sufren a causa de la enfermedad. Me dirijo a todos los que sufrís para deciros, una vez más, que ocupáis de verdad un lugar privilegiado, en el corazón de la Iglesia, en el corazón del Papa: El Papa, así como toda la Iglesia, encuentran en vuestro dolor, ofrecido a Dios, junto con la Pasión de Cristo, un fuerte apoyo para realizar la misión que el Señor les ha encomendado.

Si todos los cristianos formamos, como piedras vivas, la Iglesia de Jesucristo, los enfermos sois en cierto modo el cimiento de ese edificio. Cristo, muerto y resucitado, es el fundamento, la piedra angular, y junto a El, dando solidez a la construcción, ocupando un lugar aparentemente oculto y escondido, os encontráis vosotros cuando unís vuestro dolor al dolor salvífico del Redentor.

4. El Evangelio nos ha transmitido numerosos ejemplos del trato de Jesús con los enfermos: el ciego que pedía junto al camino (cf. Mc 10, 46 ss), la hemorroisa (cf. Lc 8, 40 ss), el hombre que tenía una mano paralizada (cf. Mt 12, 9 ss), la mujer encorvada (cf. Lc 13, 11 ss), los leprosos cf. ibíd., 17, 12 ss). Son muchos los que se acercan a Cristo con motivo de su enfermedad: quizás no hubieran acudido a El si hubieran estado sanos.

Hermanos y hermanas, queridos enfermos, vosotros lo sabéis, vosotros habéis tenido esta experiencia: la enfermedad, cuando se acepta, nos acerca a Cristo.

La enfermedad consigue a veces que el hombre caiga de su pedestal de arrogancia y se descubra tal y como es: pobre, desvalido, necesitado de la ayuda de Dios. La enfermedad conduce con frecuencia a cambios radicales en la vida de relación con Dios de una persona: “¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mt 9, 2) son las primeras palabras que escucha el paralítico de Cafarnaún: “Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor” (Jn 5, 14), dirá el Señor al enfermo paralítico de la piscina Probática. Son muchos los milagros que el Señor realiza en los cuerpos de esos enfermos, pero son más y más importantes los que realiza en sus almas.

5. Estas curaciones sirven a Cristo para señalar la llegada del Reino: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt 11, 4-6). Los enfermos del Evangelio son signo del Reino cuando son curados: también vosotros sois signos del Reino y, aún en mayor medida, cuando, aceptando la voluntad del Dios, vivís con alegría vuestra enfermedad.

6. ¿Comprendéis por qué la Iglesia os mira con predilección?

¿Comprendéis por qué la Iglesia se apoya especialmente en vosotros? ¿Comprendéis por que el Papa os pide el tesoro de vuestro dolor para realizar la nueva evangelización de Tabasco, de la República Mexicana y del mundo entero? En vuestros cuerpos enfermos, en vuestro sufrimiento, en vuestra debilidad, y sobre todo en vuestra alegría, allá donde estéis, unidos a Cristo, la Iglesia encontrará la fuerza para extender la acción evangelizadora que El mismo le ha confiado.

Antes de concluir deseo manifestar mi profundo aprecio a cuantos en los hospitales, sanatorios, centros de asistencia y en los hogares mexicanos dedican su capacidad profesional y sus desvelos a aliviar y curar a los hermanos que sufren.

A vosotros, los enfermos aquí presentes, y a cuantos siguen este encuentro a través de la radio y la televisión os encomiendo al cuidado maternal de Nuestra Señora de Guadalupe, mientras os imparto con afecto una especial Bendición Apostólica.

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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A MÉXICO Y CURAÇAO

ENCUENTRO DE ORACIÓN DEL SANTO PADRE POR LAS VÍCTIMAS DEL ACCIDENTE AÉREO DE CHIAPAS Catedral de Tuxtla Gutiérrez Viernes 11 de mayo de 1990

He querido venir a orar por las personas que hoy habrían debido estar junto a nosotros en la celebración de Tuxtla Gutiérrez. En primer lugar, monseñor Luis Miguel Cantón Marín, obispo de Tapachula.

En estos momentos de dolor, aunque las palabras humanas no tengan mucho valor deseo expresar mi más viva participación en el sufrimiento de cuantos lloran a sus familiares. Pero sobre todo deseo recordar que la fe ilumina de esperanza también estos momentos de tristeza.

La muerte no es la última palabra, pues para quien tiene fe, la vida no termina, se transforma.

Iluminados y ayudados por estas certezas elevamos ahora nuestra plegaria al Señor por los fallecidos e invocamos también el consuelo para quienes lloran sus seres queridos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS DE DURANGO Catedral de la Inmaculada Miércoles 9 de mayo de 1990

Querido arzobispo de Durango, monseñor Antonio López Aviña; queridos sacerdotes y diáconos, queridos religiosos, religiosas, amadísimos fieles, miembros de la Iglesia de Dio en Durango:

“A vosotros gracia y paz abundantes” (1P 1, 2).

1. Este es el deseo que san Pedro expresó en su primera Carta, y con el que su Sucesor se dirige también ahora a vosotros: ¡Gracia y paz abundantes! Estas palabras brotaban de una alta consideración. Pedro contemplaba a aquellos fieles a la luz del misterio de la trinidad. Por eso los describe como “ elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre (Ibíd.).

Desde esta misma perspectiva se dirige a vosotros su Sucesor. Y también os considero elegidos con una acción santificadora; una elección que se propone un fin bien preciso. Añade el Apóstol Pedro: «así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: “seréis santos, porque santo soy yo”» (1P 1, 15-16).

Sí, cada uno de vosotros, fieles que me escucháis, en Durango y en todo México, ha sido llamado personalmente por Dios; ha sido elegido por El para ser santo. Esta afirmación es plenamente actual y debe encontrar hoy una nueva resonancia entre los fieles laicos (cf. Christifideles laici , 17). La santidad, hermanos míos queridísimos, la alcanza el cristiano abriéndose a la gracia de Dios, viviendo en unión íntima y profunda con la acción salvífica del Señor.

En el Evangelio halla el programa de vida que corresponde a un hijo de Dios, miembro de la Iglesia católica. En la Eucaristía encuentra la fuerza para dar testimonio del amor que todo cristiano ha de difundir a su alrededor: en la familia, en el trabajo y en el descanso, en la vida privada y en la vida pública.

2. Desde esta hermosa iglesia catedral de Durango deseo dirigirme a los fieles laicos de esta arquidiócesis y de toda la República. Vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, formáis parte de un pueblo que se ha destacado por su fe profunda, hondamente mariana, por su fidelidad a la Iglesia y por una especial vinculación espiritual a la persona del Sucesor de san Pedro. Esta singular fidelidad ha sido puesta a prueba muchas veces; pero, con la gracia de Dios y el auxilio de María, habéis convertido esas ocasiones en momentos de ulterior fecundidad para la vida eclesial. La historia del pueblo de Dios en México es rica en testimonios ejemplares de laicos que hicieron de sus vidas una manifestación elocuente del amor de Dios y que, por ese mismo amor, no dudaron en dar lo mejor de sí cuando las circunstancias lo exigieron. El pueblo mexicano nunca debe olvidar su pasado, pues desde él ha de proyectarse al futuro.

En la Exhortación Apostólica Christifideles laici , dirigida a toda la Iglesia tras el Sínodo de los Obispos de 1987, quise poner de relieve el hecho de que “nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso” (Christifideles laici , 3).

3. En este documento señalaba tres factores que pueden servirnos para fijar mejor los desafíos de esta “magnífica y dramática hora de la historia” (Ibíd.). En primer lugar el secularismo y la indiferencia religiosa que afecta ya no sólo a los individuos, sino a comunidades enteras. Este fenómeno está incidiendo seriamente en los pueblos cristianos y reclama con urgencia una nueva evangelización. He aquí el primer gran desafío para los laicos: comprometerse activamente en hacer presente el mensaje del Evangelio en la sociedad de nuestro tiempo.

En segundo lugar mencionaba los atropellos de que es objeto la persona humana, lo cual es puesto de manifiesto por las frecuentes violaciones a que se halla sometida hoy en día, desde el no-nacido hasta los que viven oprimidos y marginados. De aquí la enorme responsabilidad de los fieles laicos de afirmar cada vez con mayor fuerza la centralidad de la persona humana redimida por Cristo.

Por último, los antagonismos y conflictos que caracterizan buena parte de las relaciones en el mundo exigen que los laicos se conviertan en artífices de reconciliación y de paz.

4. Una paz que habéis de lograr para vosotros mismos como fruto de la gracia y de la amistad con Dios. Es la paz de Cristo; esa que El solo nos puede dar, porque es “suya” (Jn 14, 27); y no nos la da “como la da el mundo” (Ibíd.), porque es un don divino.

Sembrad, pues, y difundid la paz de Cristo a vuestro alrededor. Así se os dará, como dice el Evangelio, el nombre nobilísimo de “hijos de Dios” (Mt 5, 9). Esforzaos en arrancar las raíces de los resentimientos, de los conflictos, de las enemistades. Promoved en cambio la justicia, en lo grande y en lo pequeño, en las instituciones, en el mundo profesional y laboral, en las familias, en la defensa de la dignidad de cada persona. La justicia es una virtud fundamental, que da a cada uno lo suyo: honor, buena fama, bienes temporales. Todos y cada uno hemos de sentirnos responsables de este deber, buscando siempre el ser ecuánimes, ponderados, conscientes ante Dios de la trascendencia de esta responsabilidad.

Abundancia de gracia; abundancia de paz. Esto es lo que implora el Papa para vosotros al bendeciros en el nombre del Padre, que os ha elegido; del Hijo, que os ha redimido; y del Espíritu Santo, que os santifica y colma de sus dones. “A El el poder por los siglos de los siglos” (1P 5, 11). Amén.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO A LOS EMPRESARIOS MEXICANOS Teatro «Ricardo Castro» de Durango Miércoles 9 de mayo de 1990

Queridos empresarios mexicanos:

1. En mis viajes apostólicos he tenido siempre gran interés en encontrarme con los hombres y mujeres del mundo de la empresa. Estos encuentros son para mí ocasión de una comunicación más directa y abierta del espíritu que anima el Magisterio pontificio en materia social y, para vosotros, una oportunidad para mostrar la comprensión y acogida que reserváis a la Doctrina Social de la Iglesia.

En verdad, ocupáis un lugar de capital importancia en la configuración de la sociedad. Vuestras decisiones tienen un efecto multiplicador y especiales repercusiones en el tejido social y económico. Por eso es grande la esperanza que deposito en vosotros.

Desde esta querida ciudad de Durango, nos sentimos unidos también a los empresarios mexicanos que no han podido venir a este encuentro, como hubiera sido su deseo. Es más, la mirada se extiende a todos los responsables de las actividades económicas en América Latina. Las presentes circunstancias, después de los recientes acontecimientos acaecidos al final del año pasado, exigen ampliar el marco de estas consideraciones hasta abarcar, aunque con diversidad de matices, todos los países de Latinoamérica.

2. El hilo conductor de nuestra reflexión será la figura del empresario y el papel que está llamado a desempeñar en las actuales circunstancias de vuestro continente.

Más allá de una consideración técnica del tema, hemos de contemplar la actividad humana a la luz de la colaboración con Dios, que todo hombre está llamado a prestar (cf. Laborem exercens , 25) También nuestro mundo de hoy, también México, al igual que toda Latinoamérica, debe hacerse eco de este designio divino y colaborar con el Creador en la transformación del mundo según el plan de Dios.

Cristo llama a transformar el mundo en cada época. Cristo llama desde las necesidades de cada época. Llama desde los hambrientos y los sedientos; desde los que no tienen casa para alojarse, ni ropa con que vestirse: desde los enfermos y los privados de su legítima libertad (cf. Mt 25, 31-46). Allí está él; en todos ellos se puede reconocer la voz y el rostro de Cristo.

Haciéndome intérprete de esa voz del Señor, la Iglesia no cesa de despertar la conciencia de sus hijos, de todos los hombres de buena voluntad. Precisamente desde esta perspectiva, quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la figura y el papel del empresario latinoamericano. La voz del Señor debe hacerse sentir con fuerza en América Latina, pues las profundas diferencias sociales existentes están a la vista de todos y constituyen un gigantesco desafío a quienes tienen una relevante responsabilidad en el campo socio-económico.

3. Los acontecimientos de la historia reciente a que antes aludí han sido interpretados, a veces de modo superficial, como el triunfo o el fracaso de un sistema sobre otro; en definitiva, como el triunfo del sistema capitalista liberal. Determinados intereses quisieran llevar el análisis al extremo de presentar el sistema que consideran vencedor como el único camino para nuestro mundo, basándose en la experiencia de los reveses que ha sufrido el socialismo real, y rehuyendo el juicio crítico necesario sobre los efectos que el capitalismo liberal ha producido, por lo menos hasta el presente, en los países llamados del Tercer Mundo.

No es justo afirmar —como pretenden algunos— que la doctrina social de la Iglesia condene una teoría económica sin más. La verdad es que ella, respetando la justa autonomía de la ciencia, da un juicio sobre los efectos de su aplicación histórica, cuando de alguna forma es violada o puesta en peligro la dignidad de la persona. En el ejercicio de su misión profética la Iglesia quiere alentar la reflexión crítica sobre los procesos sociales, teniendo siempre como punto de mira la superación de situaciones no plenamente conformes con las metas trazadas por el Señor de la creación. Mal haría la Iglesia quedándose en el mero nivel de simple crítica social. Corresponde pues a sus miembros, expertos en los diversos campos del saber, continuar la búsqueda de soluciones válidas y duraderas que orienten los procesos humanos hacia los ideales propuestos por la Palabra revelada.

4. En el caso concreto de México, hay que reconocer que, a pesar de los ingentes recursos con que el Creador ha dotado a este país, se está todavía muy lejos del ideal de justicia. Al lado de grandes riquezas y de estilos de vida semejantes —y a veces superiores— a los de los países más prósperos, se encuentran grandes mayorías desprovistas de los recursos más elementales. Los últimos años han visto el creciente deterioro del poder adquisitivo del dinero; y fenómenos típicos de la organización de la economía, como la inflación, han producido dolorosos efectos a todos los niveles. Es preciso repetirlo una vez más: son siempre los más débiles quienes sufren las peores consecuencias, viéndose encerrados en un círculo de pobreza creciente; y ¿cómo no decir, con la Biblia, que la miseria de los más débiles clama al Altísimo? (cf. Ex 22, 22 s.)

Es innegable que el endeudamiento externo ha agravado aún más la situación, pero sería injusto buscar en él su única causa, atribuyendo toda la culpabilidad a factores que gravitan fuera del país. La presente situación es el resultado de sistemas y decisiones que vienen de muy atrás; que están caracterizados por su extrema complejidad y que requieren, por tanto, un cuidadoso análisis para tratar de detectar las causas, comprender los complicados mecanismos y, con creatividad, proponer nuevas estrategias capaces no sólo de garantizar el pan en todas las mesas, sino también, y sobre todo, de establecer sólidamente las condiciones necesarias para el desarrollo de todos y cada uno de los ciudadanos.

5. La búsqueda de soluciones reales supone sacrificios por parte de todos, pero no debemos olvidar que con frecuencia son los pobres quienes deben sacrificarse forzosamente, mientras que los poseedores de grandes fortunas no se muestran dispuestos a renunciar a sus privilegios en beneficio de los demás. La ciencia económica constata que los bienes materiales son limitados y, por tanto, deben ser administrados racionalmente. El Creador, por su parte, ha destinado el conjunto de los bienes de la creación para beneficio de todos los hombres, como bellamente nos enseñan la Revelación y la tradición cristiana. De ahí resulta que el acaparamiento excesivo de los bienes por parte de algunos priva de ellos a la mayoría, y así se amasa una riqueza generadora de pobreza. Es éste un principio que se aplica igualmente a la comunidad internacional.

La Iglesia, en su magisterio social, ha ofrecido a la humanidad principios suficientes que tendrían que ser llevados a la práctica por una economía justa. El magisterio ha cumplido su misión y corresponde ahora, a vosotros, los expertos, también miembros de la Iglesia, un esfuerzo serio por encontrar soluciones reales, valientes, prácticas. Nuevas y complejas situaciones dentro y fuera de la Iglesia, a nivel social, económico, político y cultural, exigen hoy con renovada fuerza, la acción de los fieles laicos (cf. Christifideles laici , 3). El país, señoras y señores, necesita la colaboración de todos y cada uno de vosotros. Cada cual, según su especialidad, está llamado a aceptar con humildad y generosidad el reto que plantea la actual situación de injusticia, para dedicar lo mejor de su experiencia y de su capacitación profesional al servicio de una patria grande, justa y fraterna, por encima de cualquier egoísmo de partido o de clase.

6. El trabajo y la actividad económica constituyen una de las cuestiones más importantes y candentes en América Latina. Y a vosotros toca plantearos a fondo y en serio esa cuestión; pero no fijándoos sólo en el plano puramente técnico, sino teniendo en cuenta un horizonte mucho más amplio cual es el de las personas. Latinoamérica debe salir adelante con el trabajo de sus hombres y mujeres, gracias a una corriente de solidaridad real y eficiente.

Muchos han sido los esfuerzos realizados en este continente para hacerlo libre y digno del hombre. No permitáis que se malogre esa generosidad del pasado; la miseria genera esclavitud; ella misma es falta de libertad. El empobrecimiento progresivo compromete la dignidad y estabilidad del hombre, por eso, el futuro de libertad y dignidad de Latinoamérica requiere librar desde ahora una singular batalla: no por las armas, sino a través del ingenio y el trabajo de sus gentes y en este cometido ocupáis un puesto destacado.

Considerando estas exigencias se delinea como un nuevo perfil característico del hombre y la mujer de empresa. Me refiero, sobre todo, a la actitud de servicio al bien común que debe caracterizar vuestro quehacer. Se trata de algo que va más allá del mero humanitarismo; es decir, de la disponibilidad para ayudar ante urgencias ocasionales. Consiste, más bien, en una disponibilidad constante, en una manera de concebir la propia función de empresario, en un estilo que marca su modo de hacer.

Se trata, en definitiva, de aceptar con todas las consecuencias la responsabilidad en vuestra actuaciones. Una responsabilidad que gira en torno a tres coordenadas fundamentales: las personas que forman parte de las empresas, la sociedad y el ambiente.

7. En efecto, tenéis una grave responsabilidad respecto a las personas que trabajan en vuestras empresas.

Afortunadamente, se ha acrecentado la conciencia de que el trabajo humano no puede ser contemplado desde la mera perspectiva comercial, como una “ mercancía ” que se compra o se vende (cf. Laborem exercens , 7). Hay algo inseparable del trabajo y que es de máxima importancia: la dignidad de la persona (cf. Ibíd., 9). Por otra parte, no olvidéis que el único título legítimo para la propiedad de los medios de producción es que sirvan al trabajo (cf. Ibíd., 14). Por ello, una de vuestras mayores responsabilidades ha de ser la creación de puestos de trabajo.

En estrecha relación con lo anterior está la cuestión del salario justo. Como he escrito en la Encíclica “Laborem Exercens”: “no existe en el contexto actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajador-empresario que el constituido precisamente por la remuneración del trabajo” (Ibíd., 19).

Un segundo aspecto de la actitud de servicio del empresario se manifiesta en su responsabilidad ante la sociedad.

Conviene recordar que el progreso en la sociedad debe estar orientado al bien común de todos los ciudadanos, es decir, evitando la tentación de convertir la comunidad nacional en una realidad al servicio de los intereses particulares de la empresa. En efecto, no es infrecuente constatar que determinadas campañas contra la natalidad o que fomentan la cultura del consumo tienen su origen en intereses económicos del mundo empresarial o de las finanzas. Los ejemplos en este sentido, por desgracia, podrían multiplicarse. Por el contrario, lo que ha de caracterizar al hombre de empresa es la apertura leal a las justas exigencias del bien común. Ello responde a la voluntad de hacer de la empresa un factor de auténtico crecimiento en la sociedad.

En este mismo marco de consideraciones, hay que destacar también la solidaridad económica tan necesaria en América Latina. Existen innegables problemas comunes a todo el continente que pueden ser afrontados de modo conjunto (Sollicitudo rei socialis , 45). El aislamiento de las respectivas economías no favorece a ninguno de los países interesados. Habría que superar, por tanto, la perspectiva nacional en la proyección económica y dar vida a un proyecto económico continental, capaz de presentarse como interlocutor válido en la escena internacional y mundial. Vuestra amplitud de miras detecta esta exigencia, y no han faltado ni faltan intentos en este sentido. Ojalá que el empeño firme y el sentido de responsabilidad consigan coronar estos esfuerzos.

8. Aunque mencionada en último lugar, no por eso la responsabilidad respecto del ambiente es menos importante. Se trata de una cuestión que afecta a la humanidad en su conjunto, y que se ha impuesto últimamente a la atención de todos. En efecto, el deterioro ecológico del ambiente ha aumentado aceleradamente. Por otra parte, el modo de explotar los recursos debe cambiar cuanto antes; aquí es donde se observan inercias que hoy son peligrosas y que producen una comprensible alarma.

La preservación de las condiciones ambientales que favorezcan un mejor desarrollo y convivencia humana es un deber moral, un nuevo desafío a la creatividad y la responsabilidad de todo empresario.

Antes de concluir desearía hacer una breve reflexión sobre vuestra responsabilidad hacia vosotros mismos y hacia vuestras familias.

Es cierto que a muchos de los presentes os mueve, en vuestro trabajo, un sincero deseo de servir. Pero no es menos cierto que puede acecharos un grave peligro: la sumisión a los bienes terrenos, el afán de ganancia exclusiva —unida normalmente a la sed de poder— “a cualquier precio” (cf. Sollicitudo rei socialis , 37). Cuando se sucumbe ante esa tentación, aparece un materialismo craso y, a la vez, la radical insatisfacción que el hombre siente cuando intenta apagar su sed de Bien Infinito con las criaturas materiales (cf. Ibíd., 27).

Por otra parte, no es raro que esta ambición desordenada se traduzca también en un cierto descuido de la vida familiar y de la educación de los hijos. Si esto no se advierte o no se resuelve, se puede llegar a auténticas crisis en el matrimonio y en la vida de los hijos. He aquí, pues, una nueva llamada de Cristo: la familia reclama algo más que el tenor de vida elevado que podéis darle; exige vuestra presencia, vuestro afecto, vuestro sincero interés de esposo y de padre, o de esposa y de madre.

Deseo finalizar nuestro encuentro con las palabras del Señor: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). La conciencia de ser artífices de una sociedad más justa, pacífica y fraterna pagará con creces vuestro trabajo y abnegación por los más necesitados.

Sobre vosotros, sobre vuestras familias y colaboradores invoco la protección de Nuestra Señora de Guadalupe para que esta gran nación avance hacia una nueva etapa de solidaridad y de justicia, de honradez y bienestar para todos.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS DETENIDOS DEL CENTRO DE READAPTACIÓN SOCIAL DE DURANGO Miércoles 9 de mayo de 1990

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En mi visita pastoral a México no podía faltar un encuentro enteramente dedicado a vosotros, como muestra de la solicitud de la Iglesia y del Papa por todas las personas privadas de libertad. Mi venida hoy a este centro de readaptación social de la ciudad de Durango se ensancha gozosamente en mi pensamiento y en mi deseo para abarcar con un mismo abrazo a todos los hermanos y hermanas presos del país, tanto en el continente como en las Islas Marías. A éstos últimos, y a los familiares que están con ellos, quiero agradecerles profundamente su invitación a visitarles allí, avalada con más de 2000 firmas. Como sé que me estáis escuchando, quiero deciros que me han emocionado de veras vuestras cartas. ¡Muchas gracias por el afecto que habéis demostrado profesar a mi persona como Sucesor de Pedro y por vuestras oraciones al Señor y a su Madre Santísima!

2. ¡Cuánto me hubiera gustado poder encontrar personalmente a todos y cada uno de vosotros! Pero, ante la imposibilidad de hacerlo físicamente, quiero aseguraros que os tengo muy presentes en mi mente y en mi corazón y que siento muy dentro de mí el eco fiel de vuestros anhelos y esperanzas, a la vez que comparto sinceramente en mi ánimo vuestras tristezas y desilusiones.

Sé que os encontráis en una situación que se os va haciendo difícil y dolorosa. Precisamente por eso, porque el dolor y el sufrimiento humano —os lo puedo confesar por experiencia— hallan su sentido y fuerza salvadora y de purificación cuando son percibidos a la luz de Cristo, os repito ahora las palabras que el mismo Señor nos dejó dichas en su Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30).

¡Sí! Cristo y no otro es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) que da sentido y contenido a nuestra existencia. Lejos de él, queridos hermanos y hermanas, no hay verdadera paz, ni serenidad, ni auténtica y definitiva liberación, pues únicamente la gracia del Señor puede liberarnos de esa esclavitud radical que es el pecado, su palabra, su verdad nos hacen libres (cf. Ibíd. 8, 32). Os anuncio, pues, con gozo esa esperanza en la libertad que debéis desear por encima de cualquier otra: lo que san Pablo llama “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 21).

3. “La peor de las prisiones —les decía a los reclusos durante mi viaje pastoral a Bélgica— sería un corazón cerrado y endurecido. Y el peor de los males, la desesperación. Os deseo la esperanza. La pido y la seguiré pidiendo al Señor para todos vosotros: la esperanza de volver a ocupar un lugar normal en la sociedad, de encontrar de nuevo la vida y, ya desde ahora, de vivir dignamente... porque el Señor nunca pierde la esperanza en sus creaturas” (Discurso a los detenidos de Bélgica, 16 d emayo de 1985). También para vosotros, hermanos y hermanas de México, pido y seguiré pidiendo al Señor que os conceda un juicio justo, humano y expedito; que sean siempre respetados vuestros legítimos derechos a la educación, a la salud, a profesar vuestra fe religiosa, a un salario justo para quienes desempeñáis un trabajo remunerable.

Me consta que el derecho penal mexicano contempla muchos de estos derechos. Naturalmente, esto supone que tales derechos han de armonizarse convenientemente con los respectivos deberes que cada uno ha de cumplir de modo consciente en justa correspondencia.

En mi preocupación por vosotros, como hijos de la Iglesia os deseo un espíritu fuerte y noble que os incline y ayude, con la gracia divina, a perdonar de corazón a los que os hayan causado algún mal, así como también vosotros, delante de Dios Padre, podéis esperar el perdón de aquellos a quienes habéis causado algún daño. Es genuinamente cristiano saber pedir perdón y estar dispuestos a resarcir, en la medida de lo posible, el mal causado.

4. No puede faltar en este encuentro una palabra de aliento y gratitud para todos aquellos, sacerdotes y laicos, que con renovada generosidad y abnegación colaboran en la pastoral penitenciaria. Sé que son más de 4.000 laicos y más de 100 sacerdotes; son muchos los religiosos y religiosas y también una pléyade de seminaristas. Todos ellos, junto con otros agentes pastorales, hacen presente en los penitenciarios la preocupación maternal de la Iglesia por los hijos que se encuentran privados de libertad.

Amadísimos en el Señor: Vosotros dais vida a aquellas palabras de Jesús que leemos en el Evangelio: “Estaba en la cárcel, y vinisteis a verme” (Mt 25, 36). A todos os animo a continuar con renovado empeño en vuestra incomparable misión de llevar la palabra de Dios, los sacramentos, la ayuda y el consuelo a nuestros hermanos encarcelados, conscientes de que el Señor no cesa de repetir a cuantos cumplen este servicio: “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

En esta ocasión deseo saludar también al personal de los centros de readaptación social; a vuestros “ custodios ”, como vosotros los llamáis. Pido a Dios que ellos sepan hacer de su profesión un servicio al hermano que sufre.

Asimismo a las autoridades civiles penitenciarias de la Federación, de los Estados y de las Islas Marías les agradezco las facilidades que prestan a los agentes de la pastoral penitenciaria para que puedan llevar a cabo sus actividades. Que el Señor les ilumine a la hora de aplicar las leyes con justicia y equidad, en orden a conseguir una mejor reinserción social de todas las personas puestas bajo sus cuidados.

5. Queridos hermanos y hermanas: Dios quiera que mi visita pastoral a México os haga sentir de modo más vivo que sois parte integrante de vuestra grande patria mexicana y cristiana. Que este tiempo de privación de libertad no debilite los lazos que os unen con vuestras familias y con vuestros conciudadanos, sino que estimule en vosotros el deseo de contribuir más eficazmente en la construcción de un país más laborioso, justo y fraterno.

Mi primera visita al llegar a vuestra tierra ha sido a “ Nuestra Morenita ”, la Santísima Virgen de Guadalupe. Que ella, que nunca nos abandona en el dolor y en la soledad, sea para todos vosotros, hoy y siempre, vida, dulzura y esperanza.

A todos os bendigo de corazón en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.

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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LOS REPRESENTANTES DEL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO EN MÉXICO Ciudad de México Martes 8 de mayo de 1990

Excelencias, señoras y señores:



1. Ante todo, deseo expresar mi agradecimiento por esta oportunidad, realmente privilegiada, de poder dirigirme a los dignos representantes de tantos países y Organizaciones internacionales acreditados ante esta noble nación. A todos expreso mi más cordial saludo, que hago extensivo a los Gobiernos y pueblos a los que os cabe la honra de representar. Es ésta una feliz ocasión para manifestar una vez más el aprecio de la Santa Sede por vuestra función diplomática, a la que dedicáis vuestra vida: ese cúmulo de ilusiones y esfuerzos no exentos frecuentemente de costosos sacrificios, tanto para vosotros mismos como para vuestras familias. Mi respeto y admiración se unen, por otro lado, a los de tantos hombres y mujeres esparcidos por los cinco continentes que, en medio de circunstancias difíciles, ponen sus esperanzas en una intervención vuestra que pueda proporcionarles la ayuda o la protección que necesitan. En efecto, en no pocas ocasiones la figura del diplomático representa no sólo los legítimos intereses políticos y económicos de su país, sino que, movido por su vocación de servicio, hace posible la solución de problemas que tanto pueden significar para la vida de muchas personas. Se sitúa pues vuestro trabajo en aquel nivel más profundo sobre el que gravita el orden internacional: allá donde se fraguan las tensiones y las esperanzas de millones de seres humanos y se determinan las auténticas condiciones para la paz. En verdad, es noble y digna de toda consideración la tarea de aquellos que, como vosotros, habéis hecho de ese objetivo —la paz— vuestra vocación profesional. 2. Entre las reflexiones expuestas, hay que buscar también la razón de mi presencia aquí en medio de vosotros. La Iglesia, llamada por su Fundador a proclamar hasta los confines de la tierra la Buena Nueva del Amor de Dios por el hombre, no puede ni debe permanecer indiferente ante el destino de tantos millones de seres humanos. En ello halla siempre el impulso que la lleva a recorrer todos los caminos al encuentro del hombre. Más aún, como dije en mi primera Encíclica, es el mismo hombre “el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (Redemptor hominis , 14. Lo recordaba en Roma en mi último discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede y lo quisiera señalar también en esta ocasión especialmente significativa: “Vuestra presencia manifiesta de forma clara que, para los pueblos a los que pertenecéis y para sus dirigentes, la Iglesia y la Santa Sede no son ajenas a sus realizaciones y a sus esperanzas, y menos todavía a los problemas y a las adversidades que jalonan su camino” (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, n. 4, 13 de enero de 1990). Ciertamente, una vez más hemos de reafirmar lo que declaró en su momento el Concilio Vaticano II: “La Iglesia no se confunde en modo alguno con la comunidad política, ni está ligada a sistema político alguno” (Gaudium et spes , 76). No es esta su misión. “Ambas sin embargo prosigue el texto conciliar aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre” (Gaudium et spes , 76). Un ejemplo reciente de la fidelidad de la Santa Sede a esta vocación de servicio y solicitud de la Iglesia por el bien espiritual y social de los pueblos se ha dado con este noble país, México. He acogido con gran satisfacción el gesto significativo e importante del señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos de designar un Enviado personal y permanente ante la Santa Sede, a cuya loable iniciativa ha correspondido el nombramiento de un Enviado especial por parte de la misma Santa Sede. Es la solicitud por los valores supremos de la paz, la solidaridad entre los pueblos y la dignidad del ser humano, lo que la induce a estar presente también en el campo de las relaciones internacionales, donde toman cuerpo constantemente tantas decisiones concernientes a aquella dignidad. 3. Es esta misma solicitud la que me mueve hoy a llamar vuestra atención —como lo he hecho al inicio de la Cuaresma para los católicos del mundo entero— hacia uno de los dramas que diariamente afecta de modo vital a numerosísimos hermanos nuestros de diversos países: el problema de los refugiados. Estas personas “buscan acogida en otros países del mundo, nuestra casa común; sólo a pocos de ellos, sin embargo, les es concedido regresar a los países de origen a causa del cambio en la situación interna; para los demás, continúa una situación dolorosísima de éxodo, de inseguridad y de angustiosa búsqueda de la conveniente asistencia. Entre ellos se encuentran niños, mujeres, viudas, familias a menudo divididas, jóvenes frustrados en sus aspiraciones, adultos desarraigados de la propia profesión, privados de todos sus bienes materiales, de la casa, de la patria” (Mensaje para la Cuaresma de 1990 , n.1). En este mismo mensaje recordaba nuestro deber hacia ellos para garantizar que los derechos inalienables que les corresponden como personas les sean suficientemente reconocidos (cf. Ibíd., n. 3). No ignoro la complejidad que supone arbitrar soluciones concretas para cada caso. Tampoco podemos olvidar que quien está afectado por esa vicisitud debe poner también todo lo que esté de su parte para la solución de los problemas implicados.

Pero la comunidad internacional no puede posponer los aspectos morales y humanitarios de estas dramáticas situaciones, ni reducir a un problema de carácter exclusiva o prevalentemente económico-político lo que es más bien una amenaza a la dignidad del ser humano, “una plaga típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo” (Sollicitudo rei socialis , 24). Quien, por razones diversas, goza hoy del beneficio de mejores condiciones de vida tiene también mayor responsabilidad; sin olvidar que, tal vez mañana, él mismo será el beneficiario de esa solidaridad que antes fomentó. Urge pues poner en práctica los compromisos ratificados por la comunidad internacional sobre los derechos que han sido solemnemente sancionados, desde 1951 por la Convención de las Naciones Unidas, sobre el Estatuto de los refugiados, y confirmados por el Protocolo del mismo Estatuto en 1967.

4. No quisiera finalizar este encuentro sin mencionar otra cuestión que, inevitablemente, pesa sobre la estabilidad mundial: el fenómeno de la deuda externa. A este propósito, quiero recordar unas palabras de la Encíclica antes citada: el mecanismo que había de servir precisamente de ayuda para los países en desarrollo “se ha convertido en un freno, por no hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo” (Ibíd . 19. Ello demuestra evidentemente que no bastan las medidas técnicas para solucionar los graves problemas que amenazan el equilibrio internacional. Aun no ignorando la distinta situación de cada país, siento la obligación de poner de relieve la urgencia de que sea valorada diligentemente la dimensión ética que encierran estas crisis.

Una vez más la solidaridad entre los pueblos se revela como el punto de partida imprescindible para afrontar las grandes encrucijadas de la historia. Sólo así se podrán enfocar correctamente los conflictos de intereses y arbitrar las medidas oportunas. Sólo así se resolverán además, con garantías suficientes de eficacia y duración, las dificultades que se encuentran en el camino del desarrollo. En el marco espléndido que ofrece nuestra reunión en la ciudad de México, considero necesario subrayar de modo particular la importancia de la vocación a la unidad de toda la familia latinoamericana. En efecto, si los principios de reciprocidad, solidaridad y colaboración efectiva se revelan totalmente necesarios en el tratamiento de los grandes temas que afectan a la comunidad internacional (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede , 12 de enero de 1985), mucho mayor es, si cabe, ese imperativo, tratándose de este continente, ya hermanado en tantos aspectos. Las comunes raíces históricas, culturales, lingüísticas, no menos que las religiosas, favorecen e impulsan a un tiempo a la ardua empresa de la unidad. Os pido que no os detengáis ante los obstáculos, que perseveréis en la construcción de esa solidaridad, que confiéis en la capacidad de vuestros pueblos para llevarla a cabo. Os animo pues a trabajar incansablemente en favor de la unidad que os llevará a un indudable protagonismo en la escena mundial.

Excelencias, señoras y señores: Quiero aprovechar la singular ocasión que me brinda vuestra presencia aquí para aseguraros que en la Santa Sede hallaréis siempre una decidida colaboración en la causa del mejor entendimiento entre las naciones, en favor de la justicia y del respeto de los derechos humanos. Al finalizar este encuentro, mi corazón y mi plegaria se elevan a Dios todopoderoso por el feliz cumplimiento de vuestra misión en México, por la prosperidad espiritual y material de vuestros países, por vuestra dicha personal y la de vuestros seres queridos.

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SALUDO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA POBLACIÓN DE LA DIÓCESIS DE AGUASCALIENTES

Aguascalientes, México Martes 8 de mayo de 1990

Señor obispo diocesano monseñor Rafael Muñoz Núñez, señor obispo emérito monseñor Salvador Quezada Limón, hermanos en el sacerdocio, religiosos y religiosas, amadísimos fieles de la diócesis de Aguascalientes:

1. Es para mí motivo de particular alegría reunirme aquí con vosotros. Vuestra presencia, vuestros saludos y vuestro afecto confirman la fama de acogedor y hospitalario que distingue a vuestro pueblo. Son éstas cualidades características de vuestro espíritu que habéis sabido comunicar a todos los que, procedentes de otras partes del país, han ido incorporándose a la vida de vuestra región. Hubiera deseado que esta breve visita se hubiera prolongado para poder así compartir con vosotros más largamente las vivencias de la fe y el amor que nos une. El Papa ha querido llegar hasta vosotros en cumplimiento de su misión. El ha sido puesto por Cristo para confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32). Por ello os digo que améis y profeséis con todas vuestras fuerzas la fe católica que, modelada por la caridad, nos une a Cristo Jesús, el Hijo del Dios viviente. Vuestro amor a la Santísima Virgen —bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción— os ayudará a amar más a Jesucristo, porque la Madre lleva necesariamente al Hijo.

2. Guardar la palabra de Cristo es una exigencia que implica a la vez la transmisión de la fe. Todo cristiano debe ser transmisor de la fe (cf. Catechesi tradendae , 62 ss.), pero lo deben ser de manera primordial los padres en relación con sus hijos (cf. Familiaris consortio , 52) y todos los que realizan tareas educativas en relación con sus alumnos (cf. Catechesi tradendae , 69). Por eso, mi alegría de estar con vosotros se acrecienta al saber que me está escuchando un número importante de maestros. A ellos me quiero dirigir ahora de manera especial.

Una nueva perspectiva de contactos entre la Iglesia y la comunidad política de este país se está configurando en nuestros días. Y en esta nueva fase de mejor entendimiento y de diálogo, la Iglesia quiere ofrecer su propia aportación, sin salir del marco de sus fines y competencias específicas. Es un hecho que la cultura y la educación en México se está abriendo en estos tiempos a más amplios horizontes. El contexto de la comunidad internacional inicia una nueva fase de su historia, y ello tendrá sus repercusiones también aquí en un futuro no lejano. ¿Cómo podréis vosotros contribuir a los nuevos desafíos que deberá afrontar la sociedad mexicana?

3. La cuestión educativa, que es responsabilidad de todos, se impone de manera creciente a la consideración de la opinión pública, y despierta un renovado interés en los diversos ámbitos de la responsabilidad política.

Se hace pues necesario que las diversas instancias de la nación favorezcan todas las iniciativas que conduzcan a elevar cada vez más el nivel de la enseñanza. Es comprensible que hasta el momento la tendencia predominante haya sido, justamente, la de asegurar a todos un grado de instrucción básica. Sin embargo, el panorama que se configura está ya exigiendo un salto de cualidad en orden a la adecuada formación de la niñez y la juventud. Y esto, en una sociedad libre, no puede obtenerse si no es mediante la responsabilidad profesional, el estímulo de la iniciativa y la congrua retribución de quienes se interesan y se esfuerzan lealmente. Se impone pues la necesidad de desarrollar la capacidad de análisis y discernimiento, la educación en las virtudes, la dedicación generosa, la disciplina, la participación de los padres en la educación de sus hijos.

Queridos maestros: como profesionales de la educación y como hijos de la Iglesia católica sois conscientes de que conseguir unos objetivos elevados no depende sólo de los sistemas pedagógicos. El mejor método de educación es el amor a vuestros alumnos, vuestra autoridad moral, los valores que encarnáis. Este es el gran compromiso que asumís, antes que nada, ante vuestra conciencia. Sabéis que no podéis transmitir a vuestros alumnos una imagen decepcionante del propio país, debéis enseñarles a amarlo fomentando también aquellas virtudes cívicas que eduquen a la solidaridad y al legítimo orgullo de la propia historia y cultura.

4. Antes de terminar, quisiera expresar ante vosotros una convicción y una esperanza.

La convicción es que la Iglesia mira con segura confianza a la cultura mexicana, lo mismo que a las demás culturas de América Latina. Los valores humanos y cristianos presentes en este continente están llamados a liberar todo ese potencial civilizador que aún no se ha manifestado plenamente. Por eso, la Iglesia —movida por su vocación de servicio al hombre— se siente comprometida a promover y fortalecer esa identidad.

La esperanza es que llegue definitivamente a su ocaso el prejuicio de que la Iglesia es un factor de freno cultural y científico. Los hechos vienen a desmentir tales acusaciones. Basta recordar la secular labor educativa de las instituciones religiosas y eclesiásticas, desde la primera evangelización hasta nuestros días. Pero mi exhortación de hoy a vosotros, maestros católicos, es: ¡abrid a Cristo el mundo de la enseñanza! De modo firme y paciente hay que ir mostrando cómo en Cristo encontramos plenamente todos los verdaderos valores humanos, y cómo está en El el sentido de la historia, encaminada a la unión personal y comunitaria de todos con el Dios Uno y Trino.

5. Para concluir, quisiera invocar ahora a Nuestra Madre, la Virgen María. A Ella me dirigí en el santuario de Guadalupe, durante mi primer viaje pastoral a México, con estas palabras: “Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias para que estén siempre muy unidas y bendice la educación de nuestros hijos”.

A Ella me dirijo ahora, invocando su protección sobre todos vosotros, fieles de Aguascalientes, y pidiéndole muy especialmente por vuestros hijos, por todos los jóvenes que son “la esperanza de la Iglesia” (Gravissimum educationis , 2) en el continente de la esperanza. En prenda de abundantes gracias divinas imparto a todos mi más cordial Bendición Apostólica.

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CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Aeropuerto internacional de Ciudad de México Domingo 6 de mayo de 1990

Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, amadísimos hermanos en el episcopado, autoridades civiles y militares, hermanos y hermanas todos muy queridos:



1. Al poner pie de nuevo en esta tierra bendita de México, donde la Virgen de Guadalupe puso su trono como Reina de las Américas, viene inevitablemente a mi memoria el recuerdo de mi primera visita a esta amada nación. El Señor, dueño de la historia y de nuestros destinos, ha querido que mi pontificado sea el de un Papa peregrino de evangelización, para recorrer los caminos del mundo llevando a todas partes el mensaje de la salvación. Y quiso el Señor que mi peregrinación, realizada a lo largo de estos años, comenzase precisamente con mi viaje apostólico a México, tras breve estancia en la ciudad de Santo Domingo, para seguir así la ruta de los primeros evangelizadores que llegaron a tierras de América, hace ya casi 500 años. Puedo decir que aquella primera visita pastoral a México, con sus etapas en esta Ciudad capital y, luego, en Puebla, Guadalajara, Oaxaca y Monterrey, marcó realmente mi pontificado haciéndome sentir la vocación de Papa peregrino, misionero. 2. Saludo, en primer lugar al señor Presidente de la República, que acaba de recibirme, en nombre también del Gobierno y del pueblo de esta querida nación. Siento por ello el deber de manifestar mi más viva gratitud por las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme, así como por la invitación a visitar este noble país y por haber venido a este aeropuerto a darme la bienvenida. Saludo igualmente con respeto a las demás autoridades civiles y militares aquí presentes.

Y saludo con un abrazo fraterno a mis hermanos en el episcopado aquí presentes; en particular, al señor cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo de esta ciudad, a monseñor Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y a todos los obispos de México, junto con los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos a los que me debo en el Señor como Pastor de la Iglesia universal. Quiero que el saludo afectuoso del Papa llegue igualmente a cuantos nos siguen por la radio y la televisión: desde Yucatán hasta Baja California. Me llena de gozo encontrarme nuevamente en esta tierra generosa, que se distingue por su nobleza de espíritu, por su cultura y que ha dado tantas muestras de aquilatada fe y amor a Dios, de veneración filial a la Santísima Virgen y de fidelidad a la Iglesia. El nombre de México evoca una gloriosa civilización que forma parte irrenunciable de vuestra identidad histórica. En nuestros días, estamos viviendo momentos cruciales para el futuro de este querido país y también de este continente. Por ello es necesario que el cristiano, el católico, tome mayor conciencia de sus propias responsabilidades y, de cara a Dios y a sus deberes ciudadanos, se empeñe con renovado entusiasmo en construir una sociedad más justa, fraterna y acogedora. Tratando de superar viejos enfrentamientos, hay que fomentar una creciente solidaridad entre todos los mexicanos, que les lleve a acometer con amplitud de miras un decidido compromiso por el bien común. Ahí precisamente se sitúa el importante papel que desempeñan los valores espirituales que, desde dentro, transforman la persona y la mueven a hacerse promotora de una mayor justicia social, de un mayor respeto por la dignidad del ser humano y sus derechos, de unas relaciones más fraternas donde reine el diálogo y el entendimiento frente a la tentación de la ruptura y el conflicto. La Iglesia, cumpliendo la misión que le es propia y con el debido respeto por el pluralismo, reafirma su vocación de servicio a las grandes causas del hombre, como ciudadano y como hijo de Dios. Los mismos principios cristianos que han informado la vida de la nación mexicana tienen que infundir una sólida esperanza y un nuevo dinamismo, que lleven este gran país a ocupar el puesto que le corresponde en el concierto de las naciones. 3. Quiero proclamar, ante todo, que vengo como heraldo de la fe y de la paz, “ peregrino de amor y de esperanza ”, con el deseo de alentar las energías de las comunidades eclesiales, para que den abundantes frutos de amor a Cristo y servicio a los hermanos. A distancia de más de once años, puedo repetir aquí lo que dije en Roma, cuando iniciaba mi primer viaje apostólico rumbo a México: «El Papa viene a postrarse ante la prodigiosa imagen de la Virgen de Guadalupe para invocar su ayuda maternal y su protección sobre el propio ministerio pontificio; para repetirle con fuerza acrecida por las nuevas inmensas obligaciones: "Totus tuus sum ego": soy todo tuyo; para poner en sus manos el futuro de la evangelización en América Latina» (Discurso en el aeropuerto Leonardo da Vinci de Roma antes de salir hacia América Latina, 25 de enero de 1979). Precisamente en la perspectiva de los 500 años de la primera evangelización, que América entera se dispone a celebrar, he dirigido a todas las Iglesias que están en este “continente de la esperanza” un llamado a emprender una nueva evangelización. Al tema de la nueva evangelización estará dedicada la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que espero inaugurar en Santo Domingo, como inauguré en 1979 la III en Puebla de los Ángeles. 4. En 1492 comenzó la gesta de la evangelización en el Nuevo Mundo y unos treinta años después llegaba la fe a México. La fe produjo muy pronto los primeros frutos de santidad y esta misma tarde, durante la misa que celebraré en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, tendré el gozo de beatificar a los niños de Tlaxcala: Cristóbal, Antonio y Juan, al padre José María de Yermo y Parres, y a Juan Diego, el indio a quien hizo sus confidencias la dulce Señora del Tepeyac, convirtiéndose así en la primera evangelizadora de América latina. Por Veracruz entraron a México los misioneros que venían de España. Por eso, a esa ciudad —que lleva el nombre de la cruz de Nuestro Señor— se dirigirán mis primeros pasos, para visitar luego otras localidades de la amplia geografía de este país. Y, como han dicho vuestros obispos, “aunque personalmente no pueda estar en todas las diócesis y regiones de vuestra patria, la visita será para todo el pueblo mexicano, que necesita ser confirmado en la fe, robustecido en la esperanza, y animado en el amor evangélicamente solidario” (Episcoporum mexicanorum, Exhortatio pastoralis, 25 de enero de 1990). A todos y a cada uno bendigo ya desde ahora, pero de modo particular a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu. Sepan que la Iglesia y el Papa están muy cerca de ellos, que los aman y los acompañan en sus penas y dificultades.

Con este espíritu evangélico de amistad y fraternidad deseo iniciar mi visita. ¡Alabado sea Jesucristo!

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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL FINAL DEL REZO DEL SANTO ROSARIO EN COMUNIÓN CON LOS FIELES PRESENTES EN LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE EN MÉXICO Aula de las Bendiciones, El Vaticano Sábado 5 de mayo de 1990

Amadísimos hermanos y hermanas:

Vamos ahora a recitar el Santo Rosario en este primer sábado del mes de Mayo, dedicado especialmente a la Santísima Virgen. Con la Radio Vaticana está conectada hoy la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México, donde numerosos fieles podrán unirse a nuestra oración mariana, precisamente en vísperas de mi segunda visita pastoral a esa amada Nación.

Pocas horas faltan para que de nuevo pueda pisar esa noble tierra, meta de mi primer viaje apostólico, y que me permitirá arrodillarme una vez más a los pies de la Virgen Guadalupana.

Esta tarde me acompaña un numeroso grupo de mexicanos, entre los cuales están los alumnos del Pontificio Colegio Mexicano y los Legionarios de Cristo. A todos invito a rezar por el pueblo de México, especialmente por los que sufren y los más necesitados, al mismo tiempo que envío desde aquí mi afectuoso saludo y abrazo en el Señor.

Pidamos a Nuestra Señora de Guadalupe que guíe siempre los pasos de este Papa Peregrino por los caminos del mundo, y que todas las comunidades eclesiales de México vivan ese nuevo encuentro con el Sucesor de Pedro, abiertas a la llamada de la nueva evangelización.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS FIELES MEXICANOS ANTES DE SU VIAJE Sábado 5 de mayo de 1990

Amadísimos hermanos y hermanas de México:

1. Dentro de unos días, con el favor de la Divina Providencia, tomaré nuevamente el cayado de peregrino para ir a visitar a los hijos de la noble Nación mexicana, que a los pocos meses de mi elección como Pastor de toda la Iglesia tanto cariño me mostraron durante mi primer viaje apostólico, cuyo recuerdo perdura vivo en mi mente y en mi corazón.

Doy fervientes gracias a Dios porque me ofrece por segunda vez la posibilidad de encontrarme con los Pastores y fieles de un pueblo tan querido. Desde Roma deseo enviar a todos, por medio de la radio y la televisión, un entrañable y afectuoso saludo con palabras del apóstol san Pablo. “Que la gracia y la paz sea con vosotros de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo” (Ga 1, 3).

He aceptado gustoso la invitación que en su día me hicieron las Autoridades de vuestro país y los amados hermanos en el Episcopado. Mi presencia entre vosotros me permitirá celebrar gozosamente nuestra fe católica en los encuentros de Ciudad de México, Veracruz, Aguascalientes, San Juan de los Lagos, Durango, Chihuahua, Monterrey, Tuxtla Gutiérrez, Villahermosa y Zacatecas.

2. Hubiera deseado que el itinerario de mi viaje apostólico incluyera otras ciudades y lugares del extenso territorio nacional. Sin embargo, aunque no haya sido posible acoger cumplidamente todas las invitaciones, mi visita se extiende a todos los mexicanos, sin distinción de origen ni posición social.

A los amadísimos hijos y comunidades eclesiales de aquellos lugares y poblaciones adonde no podré llegar físicamente, les quiero agradecer de corazón sus amables invitaciones. Desde cualquier punto donde me encuentre durante las jornadas que pasaré en México, mi palabra se dirigirá a todos: desde Tijuana y el Río Bravo hasta la península de Yucatán.

Este viaje, al igual que todos los que he realizado, tendrá un carácter eminentemente religioso, como corresponde a la misión de la Iglesia y al ministerio confiado por Cristo a Pedro y a sus Sucesores: predicar la Buena Nueva (cf. Mc 16, 15), confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32).

Conozco bien la dedicación y el entusiasmo con que, bajo la guía de vuestros Pastores, os estáis prodigando en la preparación de las ya próximas jornadas para que la visita del Papa produzca frutos abundantes que ayuden a renovar vuestra vida cristiana, impulse la nueva evangelización e infunda aliento y esperanza en todos, particularmente en los más pobres y necesitados. Os expreso por ello mi aprecio y gratitud a la vez que os animo a intensificar vuestras oraciones para que las jornadas de comunión en la fe y en el amor que juntos vamos a compartir, se reflejen en un decidido esfuerzo por difundir y vivir más profundamente el mensaje de Cristo, Salvador del hombre, Redentor del mundo.

3. Deseo manifestar también mi admiración y gratitud a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos por la espléndida labor que están desarrollando por hacer vida el lema: “ Peregrino de amor y de esperanza ”.

Asimismo quiero expresar mi reconocimiento a las Autoridades mexicanas por su valiosa colaboración en orden a facilitar el buen desarrollo de todas las actividades y encuentros programados.

Queridos hermanos y hermanas de México: Encomiendo a vuestras oraciones las intenciones pastorales de mi viaje apostólico, a ellas se unen también las de tantos hijos e hijas de la Iglesia en América Latina y en todo el mundo. A nuestra Madre y Señora, la Virgen de Guadalupe, a cuyos pies tendré el gozo de postrarme de nuevo en su santuario, elevo mi ferviente plegaria para que interceda ante su divino Hijo y derrame copiosas gracias sobre la amada Nación mexicana.

A todos os bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR SERGIO OSSA PRETOT, NUEVO EMBAJADOR DE CHILE ANTE LA SANTA SEDE Lunes 18 de junio de 1990

Señor Embajador:

Es para mí motivo de particular complacencia recibir las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Chile ante la Santa Sede. Al darle, pues, mi cordial bienvenida en este acto de presentación, me es grato reiterar ante su persona el profundo afecto que siento por todos los amados hijos de Chile.

Es esta una feliz circunstancia que me hace evocar las intensas jornadas de fe y esperanza vividas en su País durante mi visita pastoral, a la que Usted se ha referido, así como los sentimientos de adhesión y cercanía que los chilenos profesan al Sucesor de Pedro.

Al deferente saludo que el Señor Presidente Don Patricio Aylwin Azócar ha querido hacerme llegar por medio de Usted, correspondo con sumo agradecimiento y le ruego tenga a bien transmitirle mis mejores votos por su persona y alta misión, junto con las seguridades de mi plegaria al Altísimo por el bien espiritual y social de su noble Nación.

En sus amables palabras, Señor Embajador, ha aludido Usted a la obra de mediación llevada a cabo por la Santa Sede, que hizo posible la solución del diferendo austral con la nación hermana Argentina. Con mi viaje apostólico en el mes de abril de 1987, quise también conmemorar la feliz conclusión del Tratado de Paz y Amistad que, como usted ha afirmado, sentó las bases para un proceso de integración física y complementación económica que se encuentran permanentemente en marcha.

Durante los tres años transcurridos desde mi visita pastoral a Chile, se han producido en su País importantes cambios que están dando lugar a un proceso de transformación en sus instituciones y estructuras sociopolíticas. Al respecto, esta Sede Apostólica sigue con particular atención dicha evolución y no puedo por menos de felicitar al noble pueblo chileno por la madurez cívica de que está haciendo gala en la consolidación del proceso democrático.

Me complace saber que las Autoridades de su País están trabajando por crear un clima de reconciliación que permita superar antagonismos y heridas de tiempos pasados y dé paso a la comprensión y al diálogo, elementos imprescindibles en la edificación de una sociedad basada en los principios de la justicia y de la libertad.

Para ello es necesario lograr la adecuada armonización de los legítimos derechos de todos los ciudadanos en un proyecto común de convivencia pacífica y solidaria. En este campo, la concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia han de continuar siendo elementos esenciales que inspiren a todas aquellas personas y grupos que buscan la instauración de una sociedad más justa, fraterna y responsable; una sociedad que responda, en consecuencia, a las necesidades de los hombres y a los verdaderos designios de Dios.

Es preciso, pues, acometer con amplitud de miras un decidido empeño que anteponga el bien común a los intereses particulares. Ninguna ideología o sistema puede absolutizarse por encima del respeto a las personas y grupos, sino que todos deben favorecer el diálogo leal y constructivo que evite descalificaciones y enfrentamientos. En efecto, los principios de la justicia y el derecho han de ser respetados por todos y utilizados como instrumentos de colaboración y convivencia permanentes.

Quiero reiterarle, Señor Embajador, la decidida voluntad de la Iglesia en Chile a colaborar ―en el ámbito de su propia misión religiosa y moral― con las Autoridades y las diversas instituciones del País, en promover todo aquello que redunde en el mayor bien de la persona humana y de los grupos sociales, en especial, los menos favorecidos. A este respecto, hago votos para que las hondas raíces cristianas que han configurado la historia y la vida de los chilenos, inspiren el proceso social de su País y la conciencia moral de sus dirigentes en la promoción y defensa de aquellos valores espirituales que son el verdadero tesoro y la base para el auténtico progreso de una Nación; pues sin sólidos principios morales un pueblo no puede progresar.

Señor Embajador, antes de finalizar este encuentro, pláceme asegurarle mi benevolencia y mi apoyo para que la alta misión que le ha sido encomendada se cumpla felizmente. Por mediación de Nuestra Señora del Carmen, elevo mi plegaria al Altísimo para que asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida familia, a los gobernantes de su noble País, así como al amadísimo pueblo chileno, tan cercano siempre al corazón del Papa.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE FUNCIONARIOS DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS 18 de junio de 1990

Señoras y señores:

Me es grato dar la bienvenida a los distinguidos funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas y a sus organismos asociados que participan en el “Inter-Agency Meeting on Language Arrangements, Documentation and Publication”, que se celebra durante esta semana en Roma. Espero que esta reunión les ayude en su importante tarea de coordinar las comunicaciones y colaboraciones entre los varios organismos especializados dentro del sistema de las Naciones Unidas.

Merced a su experiencia en la administración de los aspectos técnicos de las comunicaciones entre pueblos de lenguas y fundamentos culturales diversos, ustedes son conscientes de la paciencia y perseverancia que requiere un diálogo auténtico. Desde la época de su fundación, en las circunstancias que derivaron de la segunda guerra mundial, y durante todo el período de la historia marcado por conflictos globales sin precedentes, la Organización de las Naciones Unidas ha intentado construir pacientemente canales para una comunicación efectiva y un diálogo en el contexto de la comunidad internacional. En este momento en que las realidades geopolíticas cambian velozmente, dicha tarea es esencial para el desarrollo de una nueva solidaridad entre las naciones y los pueblos, basada en el respeto a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona humana, que pueda proporcionar un fundamento moral y garantías seguras de una paz justa y duradera en nuestro mundo.

Señoras y señores, ante ustedes expreso una vez más mi esperanza de que “en vista de su carácter universal, la Organización de las Naciones Unidas jamás deje de ser el forum, el alto tribunal en el que todos los problemas del hombre sean valorados en la verdad y la justicia” (Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas , 2 de octubre de 1979, n. 7).

Mientras ustedes buscan cooperar en esta noble empresa, aportando sus conocimientos técnicos, les aseguro que la Iglesia mira a la Organización de las Naciones Unidas con confianza y apoyo, y con una gran esperanza de que desempeñe un papel cada vez más efectivo en el desarrollo de la civilización de la paz y el respeto a los derechos humanos en todo el mundo. Invoco para todos ustedes y sus deliberaciones en el curso de esta semana la abundante bendición de Dios todopoderoso.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR RAMÓN ARTURO CÁCERES RODRÍGUEZ,, NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DOMINICANA ANTE LA SANTA SEDE Lunes 18 de junio de 1990

Señor Embajador:

Es un motivo de satisfacción para mí recibir hoy a Vuestra Excelencia que, con la presentación de las Cartas Credenciales, inicia su misión como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana ante la Santa Sede.

Ante todo le agradezco el deferente saludo de parte del Señor Presidente de la República, así como las delicadas expresiones que ha tenido para con esta Sede Apostólica, las cuales testimonian asimismo los sinceros sentimientos del noble pueblo dominicano.

Vuestra tierra, en la que hace cinco siglos se plantó la cruz de Cristo comenzando así la evangelización de ese gran Continente, fue la etapa inicial de mi primer viaje apostólico en 1979. Con él empecé una larga peregrinación de fe que, como mensajero del Evangelio y Sucesor de Pedro, me ha llevado a visitar a tantas Iglesias particulares esparcidas por todo el mundo para confirmar así en esta misma fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), en obediencia al mandato del Señor.

En sus amables palabras Vuestra Excelencia se ha referido a la magna obra de la evangelización del Nuevo Mundo, para cuyo V centenario nos estamos preparando con una novena de años, que el Señor me ha concedido la gracia de inaugurar precisamente en la ciudad de Santo Domingo, pórtico de las Américas.

Este acontecimiento sin par no atañe únicamente a la vida de América Latina, sino que tiene honda repercusión en la Iglesia universal. En efecto, el proceso evangelizador, iniciado por los primeros misioneros, ejemplares por su abnegada labor espiritual y social, y que en estos cinco siglos ha pasado por diversas vicisitudes eclesiales y sociopolíticas, debe continuar en nuestros días y proyectarse hacia el futuro, teniendo en cuenta las situaciones cambiantes de las personas y de los pueblos en su devenir histórico.

Por eso, la celebración eclesial del V centenario no debe limitarse a una mera conmemoración del pasado, sino que debe ser primordialmente un nuevo llamado a todos a seguir pregonando ―como nos recuerda el Concilio Vaticano II― que “ en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres como don de la gracia y misericordia de Dios ” (Lumen gentium, 27).

Pues la evangelización verdadera no puede quedar sólo a nivel de simple proclamación del mensaje salvífico, sino que ha de impregnar con el espíritu de las Bienaventuranzas las relaciones cotidianas de las personas entre sí y con Dios. De este modo es como se podrá influir en profundidad sobre las realidades, los criterios de juicio, los valores sociales, las líneas de pensamiento, los principios que inspiran los comportamientos y modelos de vida; es decir, sobre todo el proceso cultural de un pueblo.

En este sentido, la Iglesia católica, a la vez que predica el mensaje salvífico que viene de Dios, defiende ineludiblemente la causa del hombre y su dignidad. Así lo ha hecho y seguirá haciéndolo la Iglesia dominicana, pues su preocupación pastoral ha sido y es la de servir generosa y desinteresadamente a todas las personas, sin distinción de raza, clase o cultura, ya que en esta ardua tarea de llevar a cabo la liberación integral del ser humano, como se dijo en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, quiere servirse únicamente de los “ medios evangélicos... y no acude a ninguna clase de violencia ni a la dialéctica de la lucha de clases ”. (Puebla, 485)

Esta es la principal motivación que hace cinco siglos impulsó a los primeros evangelizadores que pisaron esa querida tierra: dar a conocer la Buena Nueva como mensaje salvífico que trasciende toda forma de interés y egoísmo. Y el pueblo dominicano, tradicionalmente religioso, ha visto en la cruz de Cristo la realización más sublime del hombre. Por eso la fe cristiana como recuerda Vuestra Excelencia está en las raíces de la cultura dominicana, como lo manifiesta también su representación en los símbolos nacionales. Por lo cual, ante el reto del momento presente, esa Iglesia local, con su Jerarquía al frente, desea colaborar, mediante el testimonio evangélico, con las diversas instancias civiles para que los amadísimos hijos de la República Dominicana, junto con un creciente progreso en su vida cristiana, vayan alcanzado igualmente un mayor bienestar social, como fruto de la solidaridad y la justicia.

Para que estos sentidos deseos sean una confortadora realidad en su País, imploro sobre el querido pueblo dominicano, sobre sus gobernantes, y de modo particular sobre Vuestra Excelencia y su distinguida familia y colaboradores, la constante protección divina, al mismo tiempo que hago votos por el feliz desempeño de la misión que le ha sido encomendada.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL X CURSO DE ESPECIALIZACIÓN EN RELACIONES INTERNACIONALES Lunes 9 de julio de 1990

Distinguidos Señoras y Señores:

Es para mí motivo de viva satisfacción tener este encuentro con vosotros, miembros del Cuerpo Diplomático latinoamericano, que habéis concluido el X Curso de formación y especialización en Relaciones Internacionales, patrocinado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia.

Agradezco sinceramente las amables palabras que el Sr. Marinelli ha tenido a bien dirigirme en nombre de todos, y que reflejan los nobles sentimientos que os animan como profesionales al servicio de las instituciones que representáis.

Las funciones que estáis llamados a desempeñar como artífices de entendimiento y de concordia os hacen acreedores de nuestra más atenta consideración; pues sois, en buena medida, depositarios de grandes esperanzas en orden a la anhelada construcción de un mundo en el que la paz, la solidaridad y la cooperación sean los cauces que faciliten unas relaciones más justas y humanas entre todos los miembros de la comunidad internacional y, en particular, entre los países de América Latina y el Caribe.

Mis visitas pastorales a vuestro continente me han permitido tomar contacto directo con la realidad de vuestros países, que han sido bendecidos por Dios con grandes recursos materiales y humanos, pero donde no faltan fuertes contrastes que, en ocasiones, son causa de inestabilidad y, a la vez, obstáculo para la justa y equitativa participación de todos en los bienes de la creación.

En un mundo como el nuestro, en el que la estabilidad y la paz de las naciones se ven frecuentemente amenazadas por intereses contrapuestos, vuestra labor como diplomáticos adquiere un destacado relieve en favor de la solidaridad humana y del progreso civil. Un progreso que, como bien sabéis, no puede reducirse al simple bienestar económico, sino que ha de proyectarse en la promoción armónica e integral de la persona humana, particularmente de sus valores espirituales y trascendentes.

Vosotros estáis llamados, pues, a prestar vuestra contribución a la tarea de favorecer un mejor entendimiento entre las naciones, en especial, las de América Latina, a quienes la geografía, la fe cristiana y la cultura han unido en el camino de la historia. En vuestra labor diplomática no ahorréis esfuerzos por servir a aquellos nobles pueblos con los que he tenido la dicha de compartir inolvidables celebraciones de fe y de esperanza durante mis viajes apostólicos.

Señoras y Señores, al finalizar este encuentro, deseo agradeceros vuestra presencia, a la vez que expreso mis más sinceros votos por vuestro bienestar, por la consecución de los objetivos de las instituciones que representáis y por el éxito de vuestra misión. Encomiendo al Todopoderoso vuestras personas y vuestras familias, junto con los habitantes de vuestros Países, mientras imparto con afecto mi Bendición Apostólica.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS ARGENTINOS EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 18 de enero de 1991

Amadísimos Hermanos en el Episcopado:

1. Con íntimo gozo os recibo hoy a vosotros, obispos de la Argentina, en este encuentro colegial con el que culmina vuestra visita “ad limina Apostolorum”. Deseo expresar mi agradecimiento a Monseñor Estanislao Karlic, Arzobispo de Paraná y Vice-Presidente Primero de la Conferencia Episcopal Argentina por el saludo que acaba de dirigirme, haciéndose portavoz de todos vosotros y de los fieles de vuestras diócesis.

En los coloquios personales que hemos mantenido durante estos días he podido apreciar nuevamente la vitalidad de esas Iglesias particulares, vuestra solicitud de Pastores, la entrega de vuestros colaboradores en el ministerio apostólico y la fidelidad a este centro de la unidad, que es la Sede de Pedro. Al igual que mi encuentro con el primer grupo de obispos argentinos, la reunión de hoy evoca espontáneamente en mí el recuerdo de mis viajes pastorales a vuestro país, bendecido desde sus orígenes por la predicación del Evangelio y por el don del Bautismo, y que sigue siendo el inmenso campo de trabajo al que sois enviados y en el que desarrolláis con abnegación vuestro ministerio episcopal.

Vienen ahora a mi memoria las palabras que pronuncié en Buenos Aires, en la celebración eucarística con las personas consagradas y los agentes de pastoral: “¡Iglesia en Argentina: Levántate y resplandece!”. Sé que esta invitación del Papa a sumarse a la tarea de una nueva evangelización, en coincidencia con el recuerdo del V Centenario del comienzo de la Evangelización de América, ha sido acogida con espíritu pronto y generoso, y la respuesta se está concretando en la elaboración de un proyecto de pastoral conjunta para las diócesis de Argentina, en orden a revitalizar todas las comunidades de la Iglesia, y poder así cumplir más plenamente el mandato evangelizador de Cristo. Porque como enseñaba mi predecesor Pablo VI, la vida íntima de la Iglesia “no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva” (Evangelii nuntiandi , 15).

2. En efecto, “la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera” (Ad gentes , 2); y por eso es necesario renovar incesantemente el espíritu de la misión en todos sus miembros, a partir de la progresiva maduración de cada uno en la propia fe bautismal. En el caso de la Iglesia que peregrina en Argentina, su dinamismo misionero ha de tender, sin duda, a procurar la salvación de todos sus habitantes mediante su adhesión de fe y amor a Jesucristo, nuestro único Redentor.

Pero para lograr una participación activa de cada uno de los miembros de la Iglesia en la misión que, aunque diversamente, compete a todos, se impone dedicar una atención prioritaria y desplegar un intenso esfuerzo para llevar a muchedumbres enteras de bautizados ―alejados de la práctica religiosa, o que quizá ni siquiera han sido educados en ella― a una conciencia más clara y explícita de su identidad católica y de su pertenencia a la Iglesia, a la práctica asidua de la vida sacramental, y a su integración en las propias comunidades cristianas. Con paciencia, con pedagogía paternal, mediante un itinerario catequístico permanente, a través de misiones populares y otros medios de apostolado, ayudad a esos fieles a madurar en su conciencia de pertenecer a la Iglesia y a descubrirla como su familia, su casa, el lugar privilegiado de su encuentro con Dios.

Son precisamente esas multitudes que conservan la fe de su bautismo, pero probablemente debilitada por el desconocimiento de las verdades religiosas y por una cierta “marginalidad” eclesial, las más vulnerables ante el embate del secularismo y del proselitismo de las sectas. Sin una integración plena en la vida eclesial y en sus estructuras visibles, sin una participación viva de la Palabra y en los Sacramentos, la fe tiende a languidecer y difícilmente podrá resistir en el clima desacralizador que reina ―sobre todo, en los grandes centros urbanos― y que invita a dejar de lado a Dios y a desconocer la importancia de la religión para la existencia cotidiana de los hombres. La presencia de las sectas, que actúan especialmente sobre estos bautizados insuficientemente evangelizados o alejados de la práctica sacramental, pero que conservan inquietudes religiosas, ha de constituir para vosotros un desafío pastoral al que será necesario responder con un renovado dinamismo misionero.

3. Esos cristianos, que se suelen calificar como no-practicantes, conservan sin embargo muchas expresiones de la piedad, la cual es un rico patrimonio de vuestro pueblo, al igual que de las naciones hermanas de América Latina. A través de esa piedad, sobre todo la devoción a la Virgen María y a los santos, manifiestan su pertenencia a la Iglesia. Tales expresiones de religiosidad deben ser objeto y punto de partida de una intensa “pedagogía de evangelización” (Evangelii nuntiandi , 48), para evitar que se contaminen con elementos supersticiosos y puedan, en cambio, llevar a una plena renovación de la fe y a un sincero compromiso de vida según el Evangelio.

Ya sé que desde hace tiempo se viene intensificando la acción de grupos misioneros que, con generosidad y sacrificio, llevan la Palabra de Dios y fomentan la vida sacramental, lo mismo que la ayuda caritativa y la promoción humana, a las poblaciones más necesitadas de asistencia pastoral. Deseo animar, pues, a todos los que realizan este meritorio trabajo de Iglesia a continuar intensificando esos gestos de comunión entre las diversas diócesis. Me complace también saber que muchos jóvenes se sienten llamados a ser protagonistas de la misión. Ruego fervientemente al Señor que cada comunidad eclesial en Argentina llegue a ser verdaderamente evangelizada y evangelizadora.

Queridos Hermanos: procurad que vuestras diócesis y cada una de sus comunidades sean verdaderos centros misioneros; renovad vuestro empeño en acrecentar y profundizar la formación de los agentes pastorales en orden a ese fin. Que vuestra solicitud y entrega arrastre a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y a los miembros de las instituciones y movimientos de apostolado seglar. Que cada uno pueda experimentar esa “necesidad imperiosa” de la que habla san Pablo y haga suyas las palabras del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1Co 9, 16).

4. En años recientes habéis dedicado especial atención a las prioridades pastorales “Familia” y “Juventud”. Me congratulo por ello, y os sugiero que esas dos temáticas, íntimamente vinculadas, sean objeto continuado de vuestras iniciativas apostólicas.

El futuro de la Iglesia en Argentina, y el bien de la misma comunidad nacional, dependen en gran medida de la consolidación de la institución familiar ―fundada en el matrimonio indisoluble― y de la educación de una juventud arraigada en los valores e ideales que la tradición católica ha aportado a vuestra Patria.

Si bien es cierto que en vuestro pueblo perdura felizmente un sólido sentido de la familia, es decir, la conciencia y la estima de su valor, sin embargo no ignoráis que, en la situación actual podemos constatar también algunas de las “sombras” que he descrito en la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”, y que son signos negativos de la cultura contemporánea: “El número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional” (Familiaris Consortio , 6. Más aún, las frecuentes separaciones y la mentalidad divorcista, que se acrecientan por los malos ejemplos y por el influjo desfavorable de los medios de comunicación social, van debilitando en los jóvenes la convicción de que el matrimonio es por su misma naturaleza y por voluntad de Cristo, una alianza en fidelidad y para siempre. De ese modo se pone en peligro el futuro de la institución familiar y la subsistencia misma de una sociedad sana, armónica y auténticamente humana.

Es bien sabido que la quiebra de la vida familiar produce efectos deletéreos sobre los hijos, que son las primeras víctimas. El fenómeno del abandono afectivo y espiritual de los jóvenes, que se sienten de hecho “sin familia”, es la causa de males muy graves que comprometen el desarrollo integral de la juventud de un país: falta de valores y pautas de vida, desorientación, desapego al trabajo, vulnerabilidad ante el ambiente de hedonismo y corrupción moral, alcoholismo, drogadicción, delincuencia.

La salvaguarda de la familia ha de ser un objetivo pastoral permanente para vosotros. En este sentido, quiero exhortaros a continuar con todo empeño la tarea ya emprendida, y a plasmarla en realizaciones concretas. Se trata de dar vida a una pastoral familiar orgánica y permanente, destinando para ello los medios que sean necesarios y preparando al efecto agentes pastorales idóneos, entre vuestros sacerdotes, religiosos y miembros del laicado, que con una formación específica en las materias que atañen a este ámbito, os ayuden a afrontar con creatividad y eficacia este desafío.

No es menos importante para alcanzar este objetivo pastoral fomentar una espiritualidad familiar entre los esposos y en el hogar. Esto permitirá que la familia no sólo sea evangelizada, sino también evangelizadora, y que pueda asumir la excelsa misión de educar a los hijos en un estilo de vida plenamente humano y evangélico.

5. Un recuerdo imborrable de mi viaje apostólico a la Argentina continúa siendo aquel entrañable encuentro con los jóvenes en la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, el Domingo de Ramos de 1987. En aquella ocasión, como también en los otros lugares visitados, la presencia fervorosa y multitudinaria de los jóvenes mostró con elocuencia el fruto del plan pastoral que designasteis como “Prioridad juventud”. Conozco también el acontecimiento religioso, tan digno de admiración, que constituye la peregrinación anual de cientos de miles de jóvenes al santuario de Nuestra Señora de Luján. Y celebro que sean muchos también los jóvenes que toman parte en las actividades y se integran en instituciones y movimientos eclesiales. Es éste un signo de esperanza para la Iglesia en Argentina, pero también una grave responsabilidad y un permanente desafío para vosotros en orden a dar nuevo vigor a las diversas iniciativas en este ámbito, como pusisteis de relieve en el reciente “Encuentro Nacional de Responsables de Pastoral de Juventud”.

A este respecto, quisiera hacer notar que no basta una respuesta masiva y entusiasta de los jóvenes. Es necesario también brindarles una formación sólida y exigente, tanto a nivel espiritual, como humano; una formación que les ayude a crecer en la fe y a adherir de un modo cada vez más consciente y vivo a Jesucristo y a su Iglesia. Sólo así podrán ellos asumir su papel como “sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social” (Christifideles laici, 46). Al abordar este aspecto, delicado y fundamental, de la pastoral juvenil, estaréis ofreciendo un aporte inestimable al futuro de la Iglesia y de la sociedad argentina.

6. La conciencia del deber apostólico os ha llevado, más de una vez, a todo el Episcopado a orientar con oportunas directrices el camino nada fácil de la comunidad nacional hacia una convivencia más justa y hacia el afianzamiento de una auténtica paz social.

Vuestro país se ve afectado por las consecuencias de una prolongada crisis, cuyos efectos se hacen sentir en todos los ámbitos de la vida nacional. Os pido que transmitáis a vuestros fieles mi preocupación y mi cercanía solidaria; decidles que los tengo siempre presentes en mi oración.

Queridos Hermanos: las dificultades de la hora actual no deben desanimaros sino que, por el contrario, han de suscitar en vosotros una renovada esperanza e intrépida fortaleza. Se ha dicho muchas veces ― y lo reconocen quienes procuran hacer un diagnóstico objetivo y sincero de los graves problemas políticos, económicos y sociales ― que la crisis es de naturaleza moral. La estabilidad de un orden en la convivencia social, la vigencia de relaciones de justicia y equidad, el respeto de los derechos y la observancia de los deberes que impone la ley, la solidaridad, sin la cual una comunidad no puede asegurar su auténtico bien, son valores que, en definitiva, se deben plasmar en el espíritu y en el corazón de los hombres.

Los Obispos argentinos habéis dado prueba de la esperanza que alienta vuestra acción pastoral. No habéis callado ante los problemas y dificultades, sino que habéis orientado a todos durante esta prolongada prueba que atraviesa el país. Constituís pues un punto de referencia, una autoridad moral que contribuye a evitar ulteriores desdichas en la comunidad nacional. “Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum” (Rm 8, 28) . Esta convicción de san Pablo adquiere ante vosotros una singular elocuencia. Son grandes los desafíos pastorales que venís afrontando en Argentina. Por eso habéis descrito con certeza el momento actual definiéndolo como una crisis moral. En efecto, las crisis traen consigo zozobras y resquebrajamientos; pero son también procesos abiertos que no han de desembocar necesariamente en algo meramente negativo. Pueden y deben ser orientadas desde dentro, para que madure y se manifieste todo el bien que pueden acarrear.

Los católicos argentinos van advirtiendo que los desafíos actuales requieren un mayor arraigo en la fe, una caridad más acendrada y solidaria. La nueva evangelización es tiempo propicio; y la Virgen de Luján continuará, a buen seguro, guiando vuestros pasos. Mas, no dejéis de exhortar a vuestros fieles y de animarlos a colaborar ― junto con todos los ciudadanos de buena voluntad ― en la reconstrucción del tejido ético de la sociedad argentina, con magnanimidad y espíritu de sacrificio, como respuesta obligada a los abundantes dones con que la divina Providencia ha bendecido vuestra tierra, y como corresponde a la hidalguía de vuestras tradiciones patrias y a la vocación de un pueblo forjado al amparo de la Cruz de Cristo y en el seno de su Iglesia. Procurad asimismo suscitar y sostener la vocación de líderes laicos que en la actividad laboral, empresarial, política y en todos los ámbitos de la vida nacional, se propongan llevar a la práctica los postulados de la doctrina social de la Iglesia, inspirándose en ella para elaborar las soluciones y los programas que el país requiere. Importa también sobremanera la formación de los fieles en las virtudes propias de la vida social; ellas han de ser expresión del amor de los cristianos a su patria, de la caridad y piedad que como hijos le deben.

7. Para concluir este gratísimo encuentro, reitero la plegaria que formulé en una de las celebraciones eucarísticas en vuestra amada patria: “¡Cómo pido a Dios que Argentina camine en la luz de Cristo!”(Homilía de la misa para los consagrados y agentes de pastoral , Buenos Aires, 10 de abril de 1987, n. 9). Al elevar ahora esta súplica al Señor, mi pensamiento se dirige a todos los habitantes del suelo argentino y, de modo particular, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los miembros de las instituciones y movimientos laicales, y a todos los fieles. A todos les digo con el apóstol san Pablo: “Fortaleceos en el Señor con la fuerza de su poder” (Ef 6, 10)). No desfallezcáis, pues, en vuestro trabajo y en vuestro testimonio, antes bien, con plena confianza en la gracia de Dios, haced presente a Cristo en todas las circunstancias de vuestra vida. Este es mi deseo: “Que nuestro Señor Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, os reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena” (2Ts 2, 16-17).

Amadísimos Hermanos: al volver ahora a vuestras diócesis, sabed que os acompaña mi reconocimiento más vivo por vuestra tarea, mi afecto y mi oración constante y la Bendición Apostólica que os imparto de corazón. A María, la Madre del Redentor, que con la advocación de Luján invocáis como Madre y Patrona de los argentinos, encomiendo fervientemente a vuestras personas, a vuestras Iglesias particulares y a toda vuestra Nación.

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CONFLICTO DEL GOLFO PÉRSICO

LLAMAMIENTO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN LA REUNIÓN CON LOS COLABORADORES DEL VICARIATO DE ROMA Jueves 17 de enero de 1991

Este encuentro con vosotros, queridos colaboradores en el Vicariato de Roma, tiene lugar en un momento de profunda tristeza para mi ánimo de Padre y Pastor de la Iglesia universal.

Las noticias llegadas durante la noche sobre el drama que se está llevando a cabo en la región del Golfo han despertado en mí y —estoy seguro— en todos vosotros sentimientos de profunda tristeza y gran desconsuelo.

Hasta el último momento he orado a Dios, esperando que eso no sucediese, y he hecho todo lo humanamente posible para evitar una tragedia.

La amargura deriva del pensamiento de las víctimas, las destrucciones y los sufrimientos que la guerra puede provocar; me siento especialmente cercano a todos los que, a causa de ella, están sufriendo, de una parte y de otra.

Esta amargura se vuelve aun más profunda por el hecho de que el inicio de esta guerra significa también una grave derrota del derecho internacional y de la comunidad internacional.

En estas horas de grandes peligros, quisiera repetir con fuerza que la guerra no puede ser un medio adecuado para resolver completamente los problemas existentes entre las naciones. ¡No lo ha sido nunca y no lo será jamás!

Sigo esperando que lo que hay comenzó finalice cuanto antes. Pido a fin de que la experiencia de este primer día de conflicto sea suficiente para hacer comprender el horror de cuanto está aconteciendo y hacer entender la necesidad de que las aspiraciones y los derechos de todos los pueblos de la región sean objeto de un particular empeño de la comunidad internacional. Se trata de problemas cuya solución puede buscarse solamente en una asamblea internacional, en la que todas las partes interesadas estén presentes y cooperen con lealtad y serenidad.

Con vosotros, queridos responsables del Vicariato de Roma, y junto con mis más estrechos colaboradores en la Secretaría de Estado, he querido compartir este momento de dolor, invitando a todos a insistir en la oración al Señor para que conceda a la humanidad días mejores.

Espero aún gestos valientes que puedan abreviar la prueba, restablecer el orden internacional y hacer que la estrella de la paz, que brilló un día en Belén, vuelva ahora a iluminar aquella región a la que tanto amamos.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE Sábado 12 de enero de 1991

Excelencias, señoras y señores:

1. El tradicional intercambio de felicitaciones con ocasión del nuevo año me brinda la agradable ocasión de volver a reunirme con vosotros y de fortalecer así los lazos entre el Papa y los representantes de las naciones que desean mantener relaciones diplomáticas u oficiales con la Santa Sede.

Las palabras de vuestro decano, el señor embajador Joseph Amichia, me han tocado vivamente. Quiero agradeceros vuestras felicitaciones, expresadas con delicadeza, así como vuestra comprensión amistosa con respecto a la acción desplegada por la Santa Sede a favor de las relaciones internacionales, que se inspiran siempre en los valores supremos del bien, de la verdad y de la justicia.

Gozo por la presencia de embajadores de países que han reconquistado recientemente su libertad

2. Este año tenemos la alegría de que estén entre nosotros los embajadores de países que han reconquistado recientemente su libertad, tras un largo «invierno», y cuyos pueblos descubren o reencuentran las reglas de la vida democrática y del pluralismo. Me complace particularmente dar la bienvenida a los embajadores de Polonia, Hungría y de la República Federativa Checa y Eslovaca esperando recibir pronto al representante de Rumania y de Bulgaria, países que, por primera vez en su historia, han manifestado el deseo de tener relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

Experimento igualmente viva satisfacción al saludar al representante de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo Gobierno ha querido establecer relaciones oficiales con la Sede Apostólica. Deseo mencionar la presencia del representante personal del presidente de los Estados Unidos Mexicanos y dar la cordial bienvenida a los jefes de las misiones y a sus colaboradores acreditados recientemente. Junto con vuestras familias, formáis una verdadera «comunidad» que refleja la rica diversidad de los pueblos de la tierra, en medio de los cuales la Iglesia se esfuerza por llevar su testimonio de fe, de esperanza y de caridad.

Puesto que Cristo, desde el día de Navidad, se ha unido a todo hombre, la Iglesia comparte a su vez su solicitud por cada uno. Por eso el Papa, que preside la comunión eclesial, quiere estar al servicio de los hombres, cualesquiera que sean ellos y cualesquiera que sean sus convicciones, y no puede permanecer indiferente a su felicidad ni a las amenazas que se ciernen sobre ellos.

Una Europa reconciliada puede dar hoy un mensaje de esperanza

3. Como ha recordado justamente vuestro decano, el mundo acaba de vivir un año particularmente rico de acontecimientos singulares. Toda Europa ha sentido pasar el viento regenerador de la libertad, una libertad conquistada al precio de duros sacrificios por pueblos que valoran cuán exigente es el ideal encarnado por el Estado de derecho.

La cumbre de jefes de Estado o de Gobierno de los 34 países que tomaron parte en la Conferencia sobre la seguridad y la cooperación en Europa (CSCE), celebrada recientemente en París, dio la imagen elocuente de una Europa reconciliada consigo misma. Las elecciones han permitido que los pueblos de Europa central y oriental se expresaran. Alemania ha recuperado su unidad territorial y política. Las negociaciones sobre el desarme se han agilizado. En la mayoría de las instancias europeas, se siente la necesidad de «estructurar» las formas de colaboración ya existentes. En síntesis, vemos nacer una «Europa renovada», como testimonian las declaraciones de los participantes en el encuentro de París, que acabo de citar: «La era de los conflictos y de la división en Europa ha concluido. Declaramos que nuestras relaciones se fundarán de ahora en adelante en el respeto y la cooperación... Nos corresponde hoy encarnar las esperanzas y las expectativas que nuestros pueblos han alimentado durante decenios: un compromiso indefectible en bien de la democracia basada en los derechos del hombre y en las libertades fundamentales; la prosperidad mediante la libertad económica y la justicia social; y una seguridad igual para todos» (Carta de París).

Tenemos que agradecer a los ciudadanos y a los dirigentes el hecho de que, gracias a su fe en el hombre y a su perseverancia, han alcanzado estos resultados siguiendo las grandes tradiciones de Europa. Pero permitidme, excelencias, señoras y señores, elevar ante todo mi acción de gracias hacia el «Maestro de la Historia», en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28), y que ha querido, quizá por primera vez, una transformación profunda de Europa que no fuese el resultado de una guerra.

En estos «tiempos nuevos», cada uno de los países de Europa está llamado a poner en práctica lo que la evolución política ha permitido: un compromiso decidido en beneficio de la democracia, el respeto efectivo de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, la prosperidad a través de la libertad económica y la justicia social y una seguridad igual para todas las naciones.

En Europa occidental, estos objetivos más o menos ya han sido alcanzados, pero da la impresión de que los ciudadanos de esta parte del continente carecen de ideal. En el siglo XIX, numerosos europeos pusieron su confianza en la razón, la ciencia y la riqueza. A comienzos de nuestro siglo, una ideología intentó demostrar que únicamente el Estado encarnaba la verdad científica de la historia y podía, por tanto, imponer los valores que se han de creer. Durante estos últimos decenios se ha creído que la industrialización y la producción, elevando el nivel de vida, contribuirían a asegurar definitivamente la felicidad. Hoy las generaciones jóvenes caen en la cuenta de que «el hombre no vive sólo de pan» (Lc 4, 4). Ellas buscan «sentido»: los responsables de las sociedades tienen el grave deber no sólo de escucharlas, sino también de responder a sus aspiraciones. Con frecuencia las sociedades occidentales siguen las modas y lo efímero, y por esto en cierto sentido se deshumanizan. Es necesario que las mujeres y los hombres de las sociedades ricas afronten los retos del mundo del futuro; han de poseer fundamentos sólidos para sus construcciones. ¡Que aprendan nuevamente a guardar silencio, a meditar y a orar! De esta manera, como se puede prever, los creyentes, y los cristianos en particular, tienen algo específico que decir. Deberían hacerse comprender cada vez más y hacer comprender sus diferencias, a fin de aportar a los proyectos de las sociedades en las que viven el «suplemento de alma» que muchos buscan ávidamente, a veces sin clara conciencia de ello.

Los países del centro y del este de Europa padecen, a su manera, las mismas dificultades. No basta rechazar el monopolio de un partido; hay que tener también razones para vivir y trabajar con el objeto de construir algo. Han tenido lugar elecciones en estos países, pero a veces los programas de los candidatos no eran, quizá, suficientemente explícitos sobre lo que se debía hacer en primer lugar. En dichos países, cuyo tejido moral y social ha quedado profundamente lacerado, es menester que la familia y la escuela vuelvan a ser lugares de formación de las conciencias; es imprescindible encontrar de nuevo el gusto por el trabajo bien hecho, pues sirve a la causa del bien común.

Frente a todas estas tareas, se impone un deber: la solidaridad europea. Nada sería más perjudicial para el equilibrio de Europa —y, se podría decir, para la conservación de la paz en el continente— que una nueva dualidad: la Europa de los ricos opuesta a la Europa de los pobres las áreas modernas opuestas a las áreas atrasadas. La cooperación técnica y cultural ha de ir al paso de los proyectos económicos comunes. Esto comporta que los países europeos, acostumbrados a pensar y producir libremente, tengan una cierta comprensión hacia interlocutores que, desgraciadamente, han sido obligados durante medio siglo a padecer las imposiciones de sistemas en los que la creatividad y la iniciativa eran consideradas subversivas.

Preocupación por la situación de Albania y Lituania

Estamos siguiendo con preocupación durante estos días la evolución política de algunos países de Europa central y oriental, sin olvidar Albania. Existe en todas estas sociedades un fermento y una expectación que se afirman con vigor. Pienso en los países bálticos, y sobre todo en la amada Lituania. Ahora que el continente europeo se esfuerza por recuperar su armonía, es fundamental que, a través de la solidaridad de todos, estas naciones reciban la ayuda que necesitan para permanecer fieles a sus tradiciones y a su patrimonio, y que, gracias al diálogo y a las negociaciones, se alcancen soluciones nuevas que abran las puertas y hagan caer los prejuicios.

El 1991 debe ser el año de la solidaridad

¡Si 1990 ha sido el año de la libertad, 1991 debería ser el año de la solidaridad!

Con todo, Europa no puede ocuparse sólo de sí misma. Tiene que volverse resueltamente hacia el resto del mundo, en especial hacia los países más desprovistos y más empobrecidos: la Europa de 1990 ha mostrado que era posible cambiar la fisonomía de las sociedades sin violencia; una Europa reconciliada está capacitada para dar hoy un mensaje de esperanza.

América Latina: el futuro está en la familia

4. Mi pensamiento se dirige hacia América Latina. Este vasto continente presenta una cierta unidad que, sin embargo, no logra disimular sus profundas desigualdades entre los grandes grupos que la componen. Muchos pueblos conocen la pobreza; sus prodigiosas riquezas naturales están lejos todavía de una explotación racional y repartida equitativamente.

Además, hay que deplorar los estragos que violencias de toda clase y el tráfico de drogas ocasionan en determinadas sociedades, hasta el punto de hacer estremecer sus propios cimientos. Me refiero en especial a los asesinatos, a los secuestros o a las desapariciones de personas inocentes. Urge hallar soluciones para los graves problemas sociales y económicos que conducen a la marginación de una gran parte de la población de estos países. Se debe comenzar por la reconstitución o por la protección de los valores de la familia, núcleo de toda sociedad digna de este nombre. La Iglesia católica, lo sabéis, se muestra muy preocupada y se esfuerza por ponerse al servicio de todas las familias.

América Central: cooperación entre las naciones vecinas

Tengo presentes también a los países de América Central, en los que el proceso de democratización y de pacificación avanza con mucha lentitud, a pesar de esfuerzos muy loables. La dinámica de los Acuerdos de Esquipulas, la iniciativa de un Parlamento centroamericano y la declaración de Antigua, encaminadas a la creación de una comunidad económica regional, son buenos ejemplos de esta cooperación entre naciones vecinas, a la que he aludido en la encíclica Sollicitudo rei socialis (45).

Existen intentos de diálogo entre el Gobierno y la guerrilla, en particular en Guatemala y El Salvador, pero desgraciadamente, como confirman los recientes y trágicos sucesos, los inocentes son siempre las primeras víctimas de estas luchas fratricidas.

Ciertamente existen otros obstáculos, puesto que oligarquías de toda clase ponen vallas a la normalización. Pero ha llegado el momento de que todos se den la mano y construyan juntos las naciones, en las que se escuche a los «pequeños» y se respeten sus aspiraciones legítimas. La vida política no tiene otra razón de ser que el bien de los ciudadanos; ellos tienen derechos que es necesario respetar sin excepción alguna.

No lejos de esta zona, un pueblo ya muy probado, vive desde hace algunos días una situación dramática: me refiero a la nación haitiana. Desórdenes, asesinatos, venganzas y violencia de toda suerte han realizado su obra de muerte. No puedo dejar de recordar aquí la destrucción de la sede de la nunciatura apostólica en Puerto Príncipe y, ante todo, el trato reservado a mi representante, cuya dignidad fue objeto de escarnio, así como su colaborador, gravemente herido. Se trata de una violencia que, en todo caso, no favorece la estabilidad política y social que desea la población. El ataque que sufrieron la antigua catedral y la sede de la Conferencia episcopal hieren no sólo a los católicos sino también a todos los hombres de buena voluntad.

Asia: la intolerancia religiosa es una amenaza para la paz

5. Si dirigimos nuestra mirada a Asia, debemos deplorar que en este año aún siguen sin solución ciertos problemas. Citaré sólo algunos.

Camboya. Las negociaciones prosiguen, es verdad, pero con altibajos. Hay que esperar que la voluntad de buscar el bien de este pueblo, agobiado por tantos años de experiencias crueles, prevalezca sobre los intereses partidarios o las aspiraciones de poder. ¿Cómo no recordar que la fuerza no arregla jamás definitivamente una diferencia? La Santa Sede desea, pues, que se encuentre una solución honrosa y respetuosa de las exigencias del pueblo camboyano, con la ayuda de la comunidad internacional y, si fuera posible, como sugieren algunos, con la cooperación directa de las Naciones Unidas.

La situación en Afganistán continúa siendo precaria. La población, gran parte de la cual ha debido abandonar sus hogares, sufre y vive en la incertidumbre acerca del futuro. También en este caso, invito a las grandes potencias, que tradicionalmente se han interesado por el destino de este país, a intervenir para que las negociaciones no se detengan y para que, por encima de todo, las soluciones pacíficas tengan la prioridad sobre el recurso a la fuerza.

Vietnam ocupa también un lugar especial en mis desvelos. Una delegación oficial de la Santa Sede ha viajado por primera vez después de muchos años a esta nación, con el objeto de tratar junto con las autoridades gubernamentales algunos problemas concernientes a la vida de la Iglesia local y cuestiones de interés común. El clima positivo de las conversaciones es, no cabe duda, un signo de la voluntad del Gobierno de asegurar a los ciudadanos de este noble país la libertad religiosa a la que aspiran y de ocupar de nuevo el lugar que les corresponde en el escenario internacional. Espero que no les falte el apoyo de todos los que en el mundo admiran la valentía y la tenacidad de un pueblo que se empeña en la reconstrucción de su patria pagando el precio de inmensos sacrificios.

Quisiera esperar, asimismo, la reconciliación y la paz para Sri Lanka (Ceilán), donde la guerra civil sigue cobrándose numerosas víctimas. ¡Las diferencias étnicas y comunitarias no deberían ser nunca un factor de oposición, sino más bien de riqueza para compartir!

A todas las dificultades de orden político o económico que afectan a las poblaciones de estas naciones, se agrega un problema sobre el cual no puedo guardar silencio: las condiciones poco favorables en las que se encuentran, a veces, las comunidades cristianas.

Frecuentemente segregados por parte de los seguidores de las grandes religiones tradicionales, los cristianos tienen que afrontar además la desconfianza y las imposiciones de las autoridades. Pienso en ciertas Iglesias particulares, a las que no les es posible profesar plenamente su fe a la luz del día y comunicarse regularmente con el Papa y la Santa Sede, como es el caso de los católicos de China continental. Tengo presentes a estos fieles que se hallan expuestos a discriminaciones en su trabajo o en la sociedad por no pertenecer a la religión mayoritaria; tengo presentes las dificultades de los misioneros, que no disponen de recursos para satisfacer las necesidades espirituales de sus fieles. Se producen violaciones a veces sutiles, pero reales, de los derechos humanos elementales y, en primer lugar, del derecho a profesar la fe, individualmente o en comunidad, según las reglas de cada familia religiosa. Tengo confianza, excelencias, señoras y señores, en que sepáis comprender mis inquietudes en relación con estos asuntos. Tal como decía en mi mensaje con motivo de la celebración de la Jornada mundial de la paz, la intolerancia es una amenaza para la paz. No puede haber concordia y cooperación entre los pueblos, si los hombres no son libres de pensar y de creer, en la fidelidad a su conciencia, y evidentemente en el respeto a las reglas del derecho que garantizan en toda sociedad el bien común y la armonía social.

África: el imperioso deber de la solidaridad

6. El continente africano también tiene que ocupar nuestra atención. Además de la dramática situación económica que afecta a la casi totalidad de sus poblaciones, es presa de la violencia: ¿cómo podemos olvidar que más de una decena de conflictos lo desgarran aún hoy día?

La guerra absorbe en Etiopía una gran parte de los recursos financieros nacionales y provoca el éxodo de un gran número de refugiados. El hambre amenaza las regiones del norte, en particular a Eritrea y Tigré, asoladas por los combates, y donde los frentes de liberación han impedido la entrada a las organizaciones de ayuda humanitaria. La reciente apertura del puerto de Massawa ha de ser recibida con esperanza, en la medida en que debería permitir que los primeros auxilios se dirijan hacia poblaciones que se encuentran al limite de la supervivencia. Al cabo de treinta años de guerra, ha llegado el momento de instaurar una tregua para favorecer el diálogo y para dar con una fórmula de convivencia entre los diversos componentes de la sociedad etíope.

Sudán no vive una coyuntura mejor. La población, víctima de combates, de crisis ecológicas y del hundimiento de la economía, parece ser prisionera de un conflicto interno que ha durado demasiado tiempo. Los cristianos de este país han hecho conocer su angustia a la Santa Sede. Viviendo en el temor ante el futuro, deseosos de ser aceptados y reconocidos en su específico carácter religioso, piden que se escuche su voz, que sus misioneros puedan cumplir normalmente su apostolado, tan estimado y necesario para las comunidades, y que las ayudas de las organizaciones humanitarias puedan llegarles sin ningún tipo de trabas.

Mozambique, que frecuentemente ha estado en el centro de nuestras preocupaciones, da la impresión de haber emprendido el camino de la pacificación. El Gobierno y la oposición armada han llegado, con la mediación de países amigos y de organizaciones desinteresadas, a un primer acuerdo parcial, lo que debería conducir —lo deseamos ardientemente— a un alto el fuego definitivo. De esta forma, será posible que esta joven nación se reconstruya material y espiritualmente, redacte una constitución y establezca instituciones que permitan a todos los ciudadanos sentirse respetados en sus convicciones, porque así podrán mirar hacia el futuro con más confianza.

Tenemos que alegrarnos por las conversaciones directas que parecen progresar entre las partes en conflicto en Angola. El compromiso de países como los Estados Unidos y la Unión Soviética puede influir positivamente en la evolución política de esta nación, resquebrajada literalmente por el luto que ha dividido a las familias, ha aniquilado las estructuras económicas y ha infligido a la Iglesia católica duras pruebas, que sigue sufriendo.

Por último, la renovación institucional que se está llevando a cabo en África del Sur es un signo prometedor para la estabilidad de esta vasta zona del continente. La legalización de los partidos de la oposición, la excarcelación de sus líderes después de muchos años de detención; los diversos encuentros entre los responsables gubernamentales y otras medidas, son semillas de reconciliación y fraternidad, tal vez aún frágiles, pero que han de ser protegidas para que crezcan. Sobre todo es necesario que episodios de violencia, como los que han sembrado la muerte recientemente, no engendren la desesperanza entre aquellos que aspiran, desde hace muchos años, al nacimiento de una nación finalmente reconciliada.

Por otra parte, la Santa Sede es consciente de que muchos países africanos están marcados todavía por rivalidades étnicas. Me refiero específicamente a Ruanda y a Burundi, cuyos obispos han recordado en un reciente documento común que las diferencias étnicas no debían aislar sino más bien enriquecer, dado que todos los hombres son hijos de un mismo Padre.

No podríamos pasar por alto a Somalia, donde la población está sufriendo durante estos días muchos asesinatos. Que Dios la inspire, de forma que todos sus ciudadanos se esfuercen por hacer prevalecer la reconciliación sobre los enfrentamientos armados.

Tampoco podríamos dejar de mencionar a la amada Liberia, cuya población soporta sufrimientos indecibles. Es tiempo de que los liberianos encuentren nuevamente la mutua confianza y que las comunidades de las naciones los ayuden a evitar lo que seria un verdadero naufragio para un país antaño pacífico y tolerante.

Desearía llamar vuestra atención, excelencias, señoras y señores, sobre el porvenir del continente africano, rico de recursos humanos, pero que padece grandes deficiencias: el hambre que amenaza de nuevo a millones de personas, las huelgas, el gran número de refugiados y de enfermedades, entre las cuales la más letal es el sida. Como dije en septiembre del año pasado, con ocasión de mi encuentro con el Cuerpo diplomático en Burundi, muchos países africanos creen que son subestimados por las naciones que sólo los ayudan en función de sus propios intereses. Pienso que el deber imperioso de la solidaridad hacia los más desprovistos supone que se intensifique una cooperación que sea ante todo un «encuentro» entre pueblos, más allá del mero intercambio de bienes y de la búsqueda de ganancia, aunque sean legítima. Evidentemente, como recordaba durante ese mismo viaje apostólico a África, toda cooperación de este tipo conlleva la participación libre, inteligente y responsable de los beneficiarios, con el apoyo eficaz de los organismos regionales que tienen que coordinar los intereses complementarios.

Pueblo palestino, Líbano, Jerusalén «ciudad de la paz»

7. En fin, para concluir esta panorámica del escenario internacional, hemos de detenernos un poco en un área más cercana a nosotros, Oriente Medio, donde un día surgió la Estrella de la paz.

Estas tierras cargas de historia, cuna de tres grandes religiones monoteístas deberían ser un lugar donde el respeto de la dignidad del hombre, criatura de Dios, la reconciliación y la paz se impongan como algo evidente. Pero el diálogo entre las familias espirituales con frecuencia deja mucho que desear. Por ejemplo, los cristianos, que constituyen una minoría, son a lo sumo tolerados en algunos casos. A veces se les prohíbe tener sus propios lugares de culto y reunirse para las celebraciones públicas. Incluso el símbolo de la cruz está prohibido. Se trata de violaciones flagrantes de los derechos fundamentales del hombre y de las leyes internacionales. En un mundo como el nuestro, donde es raro que la población de un país forme parte de una sola etnia o de una única religión, es primordial para la paz interna e internacional que el respeto de la conciencia de cada uno sea un principio absoluto. La Santa Sede confía en el compromiso de toda la comunidad internacional, a fin de que se ponga fin a estos casos de discriminación religiosa que hieren a toda la humanidad y que representan en realidad un obstáculo serio para la prosecución del diálogo interreligioso, así como para la colaboración fraterna con vistas a una sociedad auténticamente humana y por tanto, pacífica.

¿Y qué decir, siempre en esta misma área de Oriente Medio, de la presencia de armas de guerra y de soldados en proporciones verdaderamente espantosas?

Porque a los conflictos que desde hace mucho tiempo hunden a las poblaciones en la desesperación y en la incertidumbre —aludo a los de Tierra Santa y del Líbano—, se ha agregado meses atrás la denominada crisis del Golfo.

En realidad, nos hallamos frente a situaciones que exigen decisiones políticas rápidas y la creación de un clima de verdadera confianza mutua.

Desde hace decenios, el pueblo palestino está gravemente probado y es injustamente tratado: lo atestiguan los centenares de miles de refugiados dispersos en esa zona y en otras partes del mundo, lo mismo que la situación de los habitantes de Cisjordania y de Gaza. Se trata de un pueblo que pide ser escuchado, aunque haya que reconocer que ciertos grupos palestinos han elegido para hacer oír su voz, métodos inaceptables y condenables. Pero, por otra parte, es menester comprobar que, con mucha frecuencia, se ha respondido negativamente a las propuestas que provenían de diversas instancias y que habrían podido, por lo menos, poner en marcha un proceso de diálogo con el propósito de garantizar igualmente al Estado de Israel las justas condiciones de seguridad y al pueblo palestino sus derechos incontestables.

Además, en Tierra Santa se encuentra la ciudad de Jerusalén, que sigue siendo motivo de conflicto y de discordia entre los creyentes. Jerusalén, la «ciudad santa», la «ciudad de la paz»...

Muy cerca de allí, el Líbano está desmembrado. Ha agonizado durante años, bajo la mirada del mundo, sin que se le ayudara a superar sus problemas internos y a liberarse de los elementos y de los poderes externos que pretendían servirse de él para sus propios intereses. Es tiempo de que todas las fuerzas armadas no libanesas se comprometan a abandonar el territorio nacional y que los libaneses estén en condiciones de elegir su propia forma de convivencia, fieles a su historia y a su patrimonio de pluralismo cultural y religioso.

La zona del Golfo, por último, se halla desde agosto del pasado año en Estado de sitio; se ha visto que, cuando un país viola las reglas más elementales del derecho internacional, la comunidad entera de las naciones hace causa común. No se puede aceptar que la ley de los más fuertes se imponga brutalmente a los más débiles. Uno de los grandes progresos debidos al desarrollo de este derecho internacional ha sido precisamente el de establecer que todos los países son iguales en dignidad y en derechos.

Hay que alegrarse de que la Organización de las Naciones Unidas haya sido la primera instancia internacional que se ha ofrecido en seguida para mediar en esta grave crisis. No hay por qué maravillarse, si se recuerda que el preámbulo y el artículo primero de la Carta de San Francisco le asignan como prioridad la voluntad de «preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra» y de «reprimir cualquier acto de agresión».

Por esta razón, fieles a esta línea y conscientes de los riesgos —diría incluso de la trágica aventura— que acarrearía una guerra en el Golfo, los verdaderos amigos de la paz saben que nuestro tiempo es más que nunca tiempo de diálogo, de negociación y de preeminencia de la ley internacional. Sí, la paz es posible todavía; la guerra sería la decadencia de toda la humanidad.

Excelencias, señoras y señores, deseo que conozcáis mi profunda preocupación ante la situación que se ha creado en esta área de Oriente Medio. La he manifestado en varias ocasiones, y también ayer, enviando un telegrama al secretario general de las Naciones Unidas. Por una parte, se asiste a la invasión armada de un país y a una violación brutal de la ley internacional, tal como la definen las Naciones Unidas y la ley moral; éstos son hechos inaceptables. Por otra parte, aunque la concentración masiva de hombres y de armas que se está llevando a cabo tiene la intención de acabar con lo que es necesario calificar como una agresión, no cabe duda de que, si ella debe desembocar en una acción militar incluso limitada, las operaciones producirán víctimas, para no hablar de las consecuencias ecológicas, políticas y estratégicas, cuya gravedad y alcance no podemos medir aún en su totalidad.

Por último, dejando intactas las causas profundas de la violencia en esta parte del mundo, la paz conseguida mediante las armas sólo podrá preparar nuevas violencias.

El derecho internacional protege a los débiles del arbitrio de los fuertes

8. Existe, en efecto, una correlación entre la fuerza, el derecho y los valores, de la que la sociedad internacional no puede eximirse.

Los Estados redescubren hoy, sobre todo gracias a las diversas estructuras de cooperación internacional que los unen, que el derecho internacional no constituye una especie de prolongación de su soberanía ilimitada, ni una protección para sus solos intereses o, incluso, para sus iniciativas hegemónicas. Se trata, en realidad, de un código de conducta para la familia humana en su conjunto.

El derecho de gentes, antepasado del derecho internacional, ha tomado forma a lo largo de los siglos elaborando y codificando principios universales que son anteriores y superiores al derecho interno de los Estados y que han recogido el consenso de los protagonistas de la vida internacional. La Santa Sede ve en estos principios una expresión del orden querido por el Creador. Citemos, a título informativo, la igual dignidad de todos los pueblos, su derecho a la existencia cultural, la protección jurídica de su identidad nacional y religiosa, el rechazo de la guerra como medio normal para la solución de los conflictos y el deber de contribuir al bien común de la humanidad. Así, los Estados han llegado a la convicción de que era necesario, para su seguridad recíproca y para la salvaguardia del clima de confianza, que la comunidad de las naciones se dotara de reglas universales de convivencia aplicables en todas las circunstancias. Dichas reglas constituyen no sólo una referencia indispensable a una actividad internacional armoniosa, sino también un patrimonio precioso que hay que preservar y desarrollar. Sin esto, la ley de la jungla terminará imponiéndose con consecuencias fácilmente previsibles.

Permitidme, excelencias, señoras y señores, expresar a este propósito el anhelo de que las reglas del derecho internacional estén cada vez más prontas de disposiciones capaces de garantizar su aplicación. Y en el campo de la aplicación de las leyes internacionales, el principio inspirador ha de ser el de la justicia y la equidad. El recurso a la fuerza por una causa justa sólo seria admisible si fuera proporcional al resultado que se ha querido conseguir y si se ponderaran las consecuencias que tendrían las acciones militares, cada vez más devastadoras por causa de la tecnología moderna, para la supervivencia de la población y del planeta. Las «exigencias humanitarias» (Declaración de San Petersburgo, 1868; La Haya, 1907, Convención IV) nos piden hoy avanzar resueltamente hacia la proscripción de la guerra y cultivar la paz como un bien supremo, al que todos los programas y todas las estrategias deberían subordinarse. Cómo no hacer que resuene aquí aquella advertencia del Concilio Vaticano II en su constitución Gaudium et spes : «La potencia bélica no legítima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada la guerra lamentablemente, no por eso todo es lícito entre los beligerantes» (79).

El derecho internacional es el medio privilegiado para la construcción de un mundo más humano y más pacífico, pues permite la protección del débil contra la arbitrariedad del fuerte. El progreso de la civilización humana se mide frecuentemente según el progreso del derecho, gracias al cual se pueden asociar libremente las grandes potencias y los demás países en esa empresa común que es la cooperación entre las naciones.

Ante Dios desarmado, dejemos caer nuestras armas

9. Excelencias, señoras y señores al llegar a la conclusión de nuestro encuentro, quisiera renovar los votos de felicidad que formulo por los pueblos que representáis, por las autoridades que os han mandado y por vuestros familiares y colaboradores.

Vivimos en una época en la que no faltan signos de progreso y de esperanza; época también marcada por frustraciones y peligros que interpelan a todos los hombres de buena voluntad.

¿Cómo no mencionar aquí el abismo que sigue separando a los pueblos ricos de los pueblos pobres? Las diferencias que se acentúan y la frustración de millones de nuestros hermanos sin perspectiva de futuro constituyen no sólo un desequilibrio, sino también una amenaza para la paz. En este contexto, el conjunto de la comunidad internacional ha de poner en práctica una serie de transformaciones económicas y sociales para afrontar ante todo el problema de la deuda externa de los países más desprovistos frente a las exigencias que se les imponen. La búsqueda del bien común ha de guiar los esfuerzos de todos, con espíritu de solidaridad. La ganancia no debe ser el criterio principal de los comportamientos. ¡Que todos se esfuercen por dar confianza a las personas y a las naciones menos favorecidas!

Cada uno en su lugar, el lugar que la providencia de Dios le ha asignado, debe cambiar el mundo según sus posibilidades, y afrontar uno de sus más antiguos retos: el de la paz.

Hace algunos días, los cristianos esperaban y celebraron una luz, que resplandeció desde un establo en el que descansaba un niño: ¡la Luz del mundo!

Ante este Dios ofrecido al hombre, ante este Dios desarmado, dejemos caer nuestras armas. Él nos invita a ponernos al servicio los unos de los otros, y a redescubrir que el hombre nunca es más importante que cuando permite que el otro —persona o pueblo— se engrandezca.

¡Abrid, a través de esta historia de la que sois de modo especial protagonistas, las puertas de la esperanza!

¡Este es mi deseo y ésta es mi oración!

¡Que el Dios de la paz os acompañe a lo largo del año que empieza!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A 60 NUEVOS SACERDOTES DE LA CONGREGACIÓN DE LOS LEGIONARIOS DE CRISTO

Jueves 3 de enero de 1991

1. “Te he nombrado profeta de las naciones..., anuncia lo que yo te diré” (Jr 1, 5-7).

Con estas palabras del profeta Jeremías, que acabamos de escuchar en este día de vuestra ordenación sacerdotal, la Iglesia os quiere dar a entender las esperanzas que ella tiene puestas en el ministerio que os será confiado.

El Señor os ha llamado a ser profetas, os envía a proclamar su palabra. Os manda a anunciar la Buena Nueva de salvación a todos los hombres de buena voluntad, tal como hemos oído en las recientes celebraciones de Navidad. Os manda a testimoniar ante los hombres que el Verbo eterno, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, ha puesto su morada entre nosotros, ha desvelado los secretos divinos, ha hablado con palabras de Dios.

Vosotros haréis resonar su voz en nuestro tiempo, de manera que quien la escuche pueda creer, caiga en la cuenta de haber sido llamado a la salvación por la obediencia de la fe, abrace la revelación y opte por poner libremente en las manos de Dios su propia vida.

Por ello habéis de ser profetas fieles, capaces de dar razón cumplida, de la verdad que predicáis con la palabra y con la vida, premurosos en el servir a todos sin excepción, lo mismo a los que ya creen que a los que aún se hallan en busca de la verdad.

“Mira, yo pongo mis palabras en tu boca” (Jr 1, 9); son las palabras del Dios vivo, que todo hombre tiene derecho a buscar y oír de labios de los sacerdotes (cf. Presbyterorum ordinis , 4).

2. Vuestra ordenación sacerdotal coincide con el cincuenta aniversario de fundación del Instituto de los Legionarios de Cristo, razón por la cual me alegro de poder saludar junto con vosotros, que en este día os sentís gozosos por el don del sacerdocio, al Fundador de vuestra Comunidad, a todos los miembros de la misma, a vuestros familiares y amigos que os hacen corona.

Legionarios de Cristo quiere decir que habéis aceptado con decisión y generosidad la invitación a difundir y actuar el Reino de Dios, dispuestos a dedicaros a la conquista de las almas. A ellas, efectivamente, sin asomo alguno de distinción o particularismo, os vais a dedicar como apóstoles, comprometidos en un servicio consagrado, para su salvación: la salvación del hombre, de todo el hombre, en cooperación con la Iglesia entera para responder a las esperanzas de nuestra época, tan hambrienta del Espíritu, porque siente a su vez el hambre de justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana (cf. Redemptor hominis , 18). Legionarios de Cristo, porque sabéis muy bien que la vía del bien de la humanidad pasa necesariamente por Cristo.

3. “Permaneced en mi amor”(Jn 15, 10). Esto es lo que os pide el Señor hoy al constituiros sacerdotes.

La misión sacerdotal está enraizada en Cristo y no puede ejercerse si no es en unión con él, único y eterno sacerdote, constituido “para bien de los hombres en lo que se relaciona con Dios” (Hb 5, 1).

Jesús os dice que permanezcáis en su amor ―“en mi amor”―, el mismo amor con que él ama al Padre y ama a todos los hombres; que encuentra en el amor del Padre su intensidad, su fuente eterna y que se derrama sobre sus amigos, sus discípulos, sobre todos los hombres: “como el Padre me ha amado a mí, así también os he amado yo a vosotros” (Jn 15, 9).

En este amor habéis de permanecer vosotros, sacerdotes de Cristo y continuadores de su ministerio. Sed fieles al amor que Jesús os da y que, a la vez, os pide; sed conscientes de que se trata de un amor eterno e infinito.

Permaneced en la intimidad de la gracia a fin de que se verifique en vuestras vidas una inseparable presencia de Cristo. Permaneced en él con la oración, fundamento profundo e insustituible de nuestra existencia sacerdotal. Tened presente este mandato perentorio, precepto moral y espiritual a la vez, que interpela la conciencia de todo sacerdote del Nuevo Testamento. La amistad que en este día os ofrece Cristo brota de su amor y únicamente en el amor se puede consolidar, desarrollar y crecer. El, Jesús, es asimismo el modelo del verdadero amor hacia el Padre: “He cumplido los mandatos del Padre y permanezco en su amor” (Ibíd., 15, 11).

4. Jesús os ama como amigos, ha dado la vida por vosotros, os ha demostrado los extremos de su amor, su afecto que no conoce límites, porque “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Ibíd., 15, 13).

El sacerdocio que desde hoy viene a ser herencia vuestra, parte de la heredad en el Señor, es iniciativa del amor de Cristo que os ha escogido y constituido en el ministerio: “Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15, 16). Esta elección os ha introducido en el misterio de Dios, ha sido una llamada a conocer y participar de la realidad divino-humana, salvífica y redentora, de la misión de Cristo.

Mediante la imposición de manos, Jesús os constituye hoy en el sacerdocio y os pone en condiciones de ser lo que él quiere que seáis para siempre: cooperadores de la misión y de la autoridad con la que él mismo cuida el crecimiento, la santificación y el gobierno de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf Presbyterorum ordinis , 2). Cristo hablará a través de vosotros, habiendo puesto en vosotros el sello de su figura sacerdotal, la impronta de su identidad, en cuanto Pastor de las almas.

Os ha llamado amigos y os ha dado a conocer su “misterio”, su secreto, todo lo que él ha oído del Padre (cf. Jn 15,15), esto es, todas las palabras que él pone en vuestros labios (cf. Jr 1, 9).

5. “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22[21], 1). Así lo hemos cantado con el salmista, profesando nuestra incondicional confianza en Dios.

Jesús, Buen Pastor, os dice hoy que os pongáis en camino y que deis fruto; a su vez, os asegura que todo lo que pidáis al Padre en su nombre, os lo concederá (cf. Jn 15, 16).

Día tras día, no dejéis de dar testimonio de la confianza que habéis profesado. Tened siempre presente que Dios se cuida de vosotros y os guía por senderos rectos; pues siguen siendo verdad las palabras de Jesús: “Como el Padre me ha amado a mí, así también yo he amado al Padre”, y, por lo mismo, “os he dado a conocer todo”.

“Nada me falta” porque el Señor me ha pedido que “permanezca” en su amor. Ni “temeré ningún mal”, porque el Señor está conmigo; por esto, él “repara mis fuerzas, me guía por justos caminos, me da seguridad, prepara para mí una mesa y mi copa está rebosante”.

No temeré, porque tú, Señor, estás conmigo; me has elegido, me has dicho que permanezca en tu amor y me has amado como el Padre te ha amado a ti.

6. En Dios, queridos nuevos sacerdotes, poned siempre vuestra esperanza. Pensad que habéis sido llamados por Dios en un momento particularmente importante. La Iglesia, en efecto, se dispone a iniciar el tercer milenio cristiano; América Latina se prepara a conmemorar el V Centenario de la evangelización del nuevo mundo. Estáis pues llamados a ser los evangelizadores de una nueva etapa de esperanza para la Iglesia y para el mundo.

Recordando la entrañable celebración en Durango el pasado mes de mayo, durante mi visita pastoral a México, deseo repetiros mis palabras a aquellos nuevos sacerdotes: “Una sociedad como la nuestra, que tiende al materialismo de la vida, mientras por otra parte siente ansia de Dios, necesita testigos del misterio. Una sociedad que está dividida, sintiendo al mismo tiempo las ansias de unidad y solidaridad, necesita servidores de la unidad. Una sociedad que olvida frecuentemente los auténticos valores, mientras pide autenticidad y coherencia, necesita signos vivos del evangelio”.

Desde Roma, centro de la catolicidad, mi pensamiento se dirige ahora a los amadísimos hijos que están espiritualmente unidos a nosotros en esta celebración mediante la radio y la televisión, particularmente en México, y les pido que no cesen en sus oraciones al Señor para que bendiga a su Iglesia con nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas. Que Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de Cristo sumo y eterno Sacerdote, muestre el camino de la santidad y de la entrega a quienes se sienten llamados a dedicar su vida al servicio de Dios y de los hermanos.

I also extend a cordial greeting to the Legionaries of Christ and their families, as well as the members of the "Regnum Christi" movement, from Ireland, the United States and Canada.

The joy of the Ordination ceremony is heightened by our continuing celebration of Christmas, when the whole Church adores the mystery of the Incarnate Word, who calls these young men to share in his priesthood. It is Christ who gives each of you a share in the great mission of making his Gospel known through the witness of your lives. May this time of grace inspire you to an ever deeper commitment to the cause of spreading his Kingdom of salvation, peace and love. May Mary, the Mother of the Redeemer, keep you always in her heart.

Carissimi Sacerdoti novelli,

Vi esprimo di cuore auguri e congratulazioni per il nobile traguardo da voi oggi raggiunto. Abbiate sempre chiara coscienza della nuova realtà che oggi si è operata in voi con la ordinazione sacerdotale. Siate sempre consapevoli della dignità e della potestà spirituale che portate con voi per sempre: per la gloria di Dio e per la salvezza delle anime.

La grazia del Signore sia sui vostri rispettivi Paesi e sulle missioni che vi attendono.

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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II AL SEÑOR FRANCISCO JOSÉ FÍALLOS NAVARRO NUEVO EMBAJADOR DE NICARAGUA ANTE LA SANTA SEDE

Jueves 3 de enero de 1991

Señor Embajador:

Me es muy grato darle mi más cordial bienvenida a este acto de presentación de las Cartas Credenciales, que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Nicaragua ante la Santa Sede. Viene Usted a representar a una Nación que se ha caracterizado por su condición de católica y con la que la Santa Sede inició relaciones oficiales ya en 1908 a nivel de Internunciatura, elevada luego, en 1933, al rango de Nunciatura Apostólica.

Ante todo, deseo manifestarle mi vivo agradecimiento por las sentidas palabras que me ha dirigido, y que me han permitido constatar una vez más los nobles sentimientos de cercanía y adhesión a la Sede de Pedro por parte de tantos ciudadanos de esa querida Nación. Deseo agradecerle igualmente el deferente saludo que me ha transmitido de parte de la Señora Violeta Barrios de Chamorro, Presidente de la República, al cual correspondo con mis mejores augurios junto con la seguridad de mi plegaria al Altísimo por la prosperidad y bien espiritual de todos los nicaragüenses.

Vuestra Excelencia se ha referido, entre otras cosas, a la vitalidad que está demostrando actualmente la comunidad eclesial nicaragüense, que quiere ser fiel a su vocación cristiana y estar unida por un fuerte vínculo de fidelidad al Sucesor de Pedro. A ello contribuirá, sin duda, la celebración del próximo II Concilio Plenario de Nicaragua, que tratará de dar un renovado impulso al mensaje evangélico en todos los estratos de la sociedad.

En realidad, una profunda comunión con Dios da a los hombres la capacidad de construir una sociedad nueva. Sólo cuando Dios es de veras el centro de la vida del hombre, de su historia y de toda la creación, es posible realizar esta tarea. A ella dedica la Iglesia ―obedeciendo al mandato de su divino Fundador― lo mejor de sus energías. A este propósito, es bien conocido el importante papel que la Iglesia ha desempeñado a lo largo de estos últimos años en el arduo proceso de pacificación en Nicaragua, ofreciendo también criterios ecuánimes para ejercer con responsabilidad los derechos ciudadanos.

Ante los retos actuales, la Iglesia en Nicaragua, guiada por su Jerarquía ―que sigue iluminando los acontecimientos con la Palabra de Dios y la doctrina social católica― desea colaborar lealmente con las diversas instancias civiles para que los amadísimos hijos de esa Nación, en su constante búsqueda del bien común para todos, a través del diálogo sobre las cuestiones político-económicas, encuentren unas respuestas adecuadas a las necesidades de la hora presente.

A este respecto, no es de extrañar que la Iglesia católica siga defendiendo la causa del hombre y su dignidad. La preocupación pastoral, pues, ha sido y es la de servir por doquier, generosa y desinteresadamente, a todas las personas sin distinción de raza, clase o cultura, ya que en esta ardua tarea de llevar a cabo la liberación integral del ser humano la Iglesia quiere servirse únicamente de los “medios evangélicos, ... y no acude a ninguna clase de violencia ni a la dialéctica de la lucha de clases” (Puebla, 3060).

Por ello, es de desear, Señor Embajador, que quienes ejercen responsabilidades públicas en su País, movidos únicamente por la salvaguarda del bien común y de los principios religiosos y éticos que constituyen el patrimonio común de su pueblo, se empeñen cada vez más en fomentar la paz, y concretamente la paz social, como un valor que debe ser preservado constantemente mediante el respeto de los derechos inviolables de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

Esta Sede Apostólica, en repetidas ocasiones, ha dirigido a los Pueblos de esa área geográfica urgentes llamados a la paz. Por esto, en unos momentos en que se vislumbran serias amenazas de guerra en algunos horizontes del mundo, la Iglesia implora fervientemente al Señor, “Príncipe de la Paz” (Is 9, 5) , que inspire en todos los corazones sentimientos de paz, de concordia, de fraternidad entre todos los hombres. Como eco de la Jornada Mundial de la Paz, que acabamos de celebrar el primero del año, mi augurio ferviente es que el Señor corrobore en cada uno de los nicaragüenses el firme deseo de afrontar los problemas presentes con ánimo sereno y positivo, con voluntad de encontrar soluciones por el camino del diálogo, de la solidaridad, de la reconciliación y del perdón. Haciendo míos los llamados a la reconciliación que los Obispos de Nicaragua han dirigido, aliento a todos a continuar por ese camino, para que la fe ilumine el futuro de ese amado pueblo y pueda construir sobre el amor cristiano las bases de una pacífica y fecunda convivencia.

A las expectativas de la humanidad y, sobre todo, de las nuevas generaciones, particularmente sensibles a los signos de los tiempos, hay que corresponder con unas determinaciones políticas y sociales que ayuden a comprender y comprobar que la paz no será un objetivo alcanzable mientras la seguridad impuesta por las armas, o por otras formas de coerción, no sea reemplazada gradualmente por la seguridad basada en un recto orden jurídico, social y económico que refuerce los lazos de solidaridad y el destino común al que están llamados los pueblos. Esta es, ciertamente, una responsabilidad que ningún Estado puede eludir. A este respecto decía explícitamente el Papa Pablo VI: “La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de la fuerza. La paz se construye cada día con la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres” (Populorum progressio , 76).

Esta justicia, a su vez, abre el camino al desarrollo, que viene a ser también un elemento constitutivo de la paz, por el hecho de que contribuye a alcanzar lo que es bueno para la persona y para la comunidad humana. Por tanto, mediante el verdadero desarrollo se podrá favorecer una paz duradera. Pero para ello es preciso crear una conciencia de solidaridad que conduzca a un desarrollo integral, y que proteja y tutele los legítimos derechos de las personas. Por otra parte, como han señalado los Obispos de Nicaragua en un Documento colectivo del pasado mes de junio, “la recuperación económica del País no depende solamente de las ayudas o donaciones extranjeras, sino sobre todo del espíritu de trabajo y de la unidad de propósitos en la línea de la producción nacional”.

Señor Embajador, antes de finalizar este encuentro deseo hacerle presente mi benevolencia y apoyo para que la alta misión que hoy comienza se cumpla felizmente. Por mediación de “La Purísima”, Patrona de Nicaragua, elevo mi plegaria al Altísimo para que asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida familia, a los Gobernantes de su noble País, así como a su amadísimo pueblo, tan cercano siempre al corazón del Papa.

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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II A MILES DE PEREGRINOS REUNIDOS EN LA PLAZA DE SAN PEDRO PARA REZAR EL SANTO ROSARIO

Miércoles, 2 de enero de 1991

Agradezco vivamente vuestra presencia aquí en la plaza de San Pedro, donde os habéis reunido para rezar el Santo Rosario y cantar bellos villancicos ante el portal de Belén; sin olvidar la colorida serenata mexicana.

México sabe rezar, cantar... y gritar.

Un saludo particular y afectuoso deseo dirigir a los padres y a las madres de los Legionarios de Cristo que mañana recibirán la ordenación sacerdotal. Ruego a Dios para que los hogares y las familias cristianas sean semilleros donde surjan y se acojan copiosas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.

Están aquí presentes también numerosos jóvenes del Movimiento “Regnum Christi” a quienes aliento a una generosa entrega siendo siempre testigos del mensaje de amor cristiano. A vosotros, chicos y chicas que venís de México, de España, de Irlanda y de otros Países de América Latina y de Europa os animo a ser sembradores de esperanza e ilusión para construir un mundo más solidario, justo y fraterno.

Al volver a vuestros lugares de origen llevad con vosotros el saludo del Papa a vuestros familiares y amigos. Os encomiendo en mis oraciones a la Virgen de Guadalupe para que os proteja siempre y os muestre el camino de gozo que lleva a su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador.

A todos bendigo con gran afecto. Buenas noches.

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VISITA PASTORAL A LAS MARCAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LAS TRABAJADORAS DE LA FÁBRICA DE CONFECCIONES DE LA CIUDAD DE MATELICA Martes 19 de marzo de 1991

Queridos hermanos y hermanas:

1. Os saludo cordialmente y os agradezco vuestra amable acogida. Saludo a vuestro pastor, mons. Luigi Scuppa, a las autoridades que han intervenido y a los dirigentes de la fábrica. Un pensamiento particular va a vosotras, las trabajadoras de este establecimiento «Confecciones de Matelica», que constituye la mayor empresa productiva del interior de la región de Las Marcas con plantilla de personal enteramente femenino. Agradezco vivamente a vuestra representante, que se ha hecho intérprete y portavoz de vuestros sentimientos. Sus palabras me han permitido conocer mejor vuestra realidad cotidiana, los problemas que debéis afrontar, las esperanzas y las preocupaciones que estáis viviendo. He apreciado los esfuerzos que se han llevado a cabo en la fábrica para organizar el trabajo, a fin de que se pueda conciliar con los compromisos familiares; me alegra comprobar cuán enraizada está en vuestra tradición la influencia del Evangelio y el deseo de poner en práctica sus enseñanzas.

Saludo al ministro Gerardo Bianco y al honorable Arnaldo Forlani, y les doy las gracias por haberme acompañado en las diversas etapas de la visita de hoy.

Estoy contento de encontrarme entre vosotras, sobre todo porque casi nunca tengo la posibilidad de visitar una fábrica donde trabajen sólo mujeres. Lo hice una sola vez, en Polonia, durante mi último viaje, en 1987. Y esta circunstancia me brinda la posibilidad de reflexionar, aunque brevemente, sobre vuestro papel en el mundo del trabajo y en la sociedad.

2. En Matelica, segundo centro industrial del alto Valle del Esino, se ha duplicado en la postguerra el número de sus habitantes; es el único ejemplo, junto con Fabriano, de crecimiento en la zona piamontesa. El fin del flujo migratorio y el incremento del desarrollo local han tenido lugar gracias a la iniciativa de algunos de vuestros coterráneos, a quienes conocéis muy bien; ellos han construido, con valentía y talento empresarial, una industria en sintonía con las necesidades del territorio y de la familia.

Un progreso y un desarrollo cuya consecuencia ha sido el pasaje de una sociedad agrícola a otra de tipo industrial y obrero. Pero la transformación social aún en curso, aunque ha elevado el tenor de vida, ha hecho surgir otras exigencias y nuevos problemas y contradicciones. Es necesario reaccionar, sin dejar de preocuparse jamás por el destino más profundo y definitivo de la persona humana; hay que seguir manteniendo vivos el deseo espiritual y el sentido religioso de la existencia, arraigados siempre en la comunidad cristiana de Matelica. Basta recordar sus antiquísimas tradiciones: Matelica era diócesis desde el siglo V y sus obispos tomaron parte en los concilios ecuménicos de los primeros siglos. Basta recordar el testimonio de los santos que vivieron aquí como por ejemplo san Bernardino de Siena, Santiago de la Marca, san Gaspar del Búfalo, y el de otros hijos de vuestra tierra, como el beato Gentile Finaguerra y la beata Mattia Nazzarei.

3. Ciertamente, la entrada de la mujer en la fábrica ha contribuido a cambiar el tradicional estilo de vida de vuestra ciudad, que ha quitado en parte a la figura femenina de esposa y madre la tarea, en otros tiempos casi exclusiva, de educar a los hijos y administrar la casa. El ritmo del trabajo, que responde a las exigencias de la fábrica, la ausencia prolongada de casa y la mayor autonomía, tanto económica como psicológica, no han dejado de influir profundamente en las costumbres mentales y en los comportamientos comunes hace algunos decenios. Todo esto no sólo ha tenido repercusiones positivas. Con frecuencia la mujer ha pagado a un precio elevado el progreso moderno. Es preciso que en este nuevo orden social la mujer se comprometa a redescubrir y reafirmar las razones fundamentales de su feminidad.

La personalidad femenina, como escribí en la Mulieris dignitatem , presenta dos dimensiones: la maternidad y la virginidad. Se trata de dos caminos de su vocación de persona que se justifican y se complementan recíprocamente. Sólo si se profundiza la verdad sobre la persona humana, que «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et spes , 24), se puede abrir «el camino a una comprensión plena de la maternidad de la mujer» (Mulieris dignitatem , 18). En esta maternidad, unida a la paternidad del hombre, se refleja el misterio eterno de la generación que está en Dios mismo. Aunque ambos, el padre y la madre, son padres de su hijo, «la maternidad de la mujer constituye una parte especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada» (Mulieris dignitatem , 18). Es la mujer, en efecto, la que tiene que «pagar directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma» (Mulieris dignitatem , 18). El hombre contrae una deuda especial con la mujer. A la luz de estas consideraciones, es evidente que ningún programa de igualdad de derechos entre el hombre y la mujer puede ser válido si no contempla cuanto acabo de mencionar, pues sería humillante e injusto con las mujeres, a las que de palabra intenta promover y tutelar.

4. Cambian los tiempos y los modos de organizar la sociedad y se aceleran los ritmos productivos, pero la dignidad y el orden del amor deben permanecer inmutables. La mujer representa «un valor particular como persona humana y, al mismo tiempo, como aquella persona concreta por el hecho de su femineidad» su dignidad «es medida en razón del amor, que es esencialmente orden de justicia y de caridad» (Mulieris dignitatem , 29).

Cuando las transformaciones en una fábrica son tan rápidas que no permiten una preparación adecuada al cambio por parte de los empleados, puede suceder que las exigencias productivas tengan más importancia que la dignidad de las personas. Entonces entran en crisis los principios morales y las referencias éticas indispensables para la tutela de la persona humana; y, del mismo modo, disminuye el respeto por su dignidad intangible. No es el caso de vuestra fábrica, en la que se procura regular el ritmo del trabajo de acuerdo con vuestras exigencias como mujeres y madres; pero todos advertimos que hoy existen sectores laborales en los que la dignidad de la mujer está amenazada. Resulta indispensable que ella recupere su función peculiar y evite así el peligro de ser considerada casi como un objeto de producción.

El trabajo, como participación personal en la transformación de la creación y fuente de sustento digno, no debe quitar a la mujer, esposa y madre, la posibilidad de cumplir las funciones sociales y familiares que le son características, ya que sólo de esta forma ella encarna su vocación humana, incluso en el horizonte de su femineidad. Una ocupación que limitara los espacios de la mujer y la llevara fuera de su función de amor, impidiéndole la realización total de sí misma, privaría a la comunidad humana y cristiana de una protagonista indispensable para su evolución y su crecimiento como civilización.

¡Cuán necesario es, pues, poner en práctica una nueva evangelización y una pastoral del mundo obrero calificada y eficaz, de manera que responda concretamente a las exigencias que plantea la organización moderna del trabajo! Sólo así será posible reivindicar y promover un espacio real para el papel de la mujer, esposa, madre y educadora. Sólo en estas condiciones la familia no sufrirá la ausencia de la función femenina y los hijos no quedarán privados del afecto y del apoyo materno, indispensables para el crecimiento armonioso y el desarrollo equilibrado del núcleo familiar.

5. De hecho, el progreso, tal como ha venido configurándose, favorece a algunos y margina a otros. Existe el peligro de una desaparición gradual e insensible de la atención hacia el hombre y hacia todo lo que lo concierne. De ahí que sea de actualidad cuanto observaba en la conclusión de la Mulieris dignitatem : «En este sentido, sobre todo el momento presente espera la manifestación de aquel genio de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque es mayor la caridad» (Mulieris dignitatem , 30).

Formulo votos para que cada una de vosotras, queridas trabajadoras, consciente de la misión que le ha sido encomendada en el seno de la familia, de la Iglesia y de la sociedad, pueda llevarla a cumplimiento con generosidad, superando todos los obstáculos y dificultades. Con este fin, invoco sobre vosotras y vuestro trabajo la protección materna de la Virgen de Nazaret, la Madre de Dios, y lo hago el día de san José. No he mencionado a san José en este discurso porque, al parecer, es más bien el patrono de los trabajadores. Pero es el patrono del trabajo humano. Además, estando tan cercano a María en su trabajo, en su misión, en su vocación, hizo mucho por el mundo femenino. Desde luego, san José contribuyó —y esto a veces se olvida— y sigue contribuyendo mucho, —ésta es mi experiencia y mi oración— a promover la dignidad de la mujer: «Mulieris dignitatem ». Os imparto a todas vosotras mi bendición.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS JÓVENES EN LA UNIVERSIDAD «LA SAPIENZA» DE ROMA Viernes 19 de abril de 1991

1. Grande es mi alegría de encontrarme hoy entre vosotros, realizando así un deseo largamente acariciado. Os agradezco vuestra cordial acogida y os saludo a todos con afecto.

En mis visitas pastorales tengo la oportunidad de reunirme con jóvenes y estudiantes de diferentes universidades del mundo. Pero hoy se trata de una circunstancia del todo particular: vuestra universidad es la universidad de Roma, ciudad de la que soy obispo.

Gracias por vuestra presencia; gracias por haber acogido la invitación a un diálogo abierto y concreto, cuyos temas vosotros mismos habéis proporcionado, a través de más de quinientas preguntas. He visto de buen grado vuestras reflexiones y debo confesaros que me ha impresionado vuestra sinceridad y el deseo de renovación que lleváis en vuestros corazones. Agradezco particularmente a los dos jóvenes que hace un momento se han hecho portavoces de vuestros comunes sentimientos.

El gran número de cuestiones que habéis preparado atestigua claramente cuán grande es la atención y el interés con que seguís, aunque no compartáis siempre sus posiciones, todo lo que la Iglesia siente, piensa y hace en relación con los problemas de los jóvenes y del mundo contemporáneo.

Son interrogantes sin duda alguna estimulantes, pero abarcan un número de asuntos tan vasto, que me resultaría imposible responder a todos, como esperáis, aunque lo hiciera sumariamente.

Puedo, de todas formas, aseguraros que conservo celosamente en mi corazón todas vuestras preguntas y que no dejaré de volver a ellas cuando sea posible.

2. Mientras tanto, quisiera que nuestro encuentro constituyera como el comienzo de un diálogo necesario y provechoso, que seria conveniente proseguir luego con los responsables de la animación espiritual de este ateneo. Quisiera, en particular que vuestra voz resonara en los trabajos del Sínodo, esa asamblea diocesana extraordinaria que se está desarrollando en la actualidad, para que contara con la aportación del mundo juvenil, de todo el mundo juvenil que vive en Roma y que aspira a construir una sociedad más justa y acogedora para todos. Quisiera que las perspectivas y los horizontes de vuestra existencia se abrieran a las exigencias ilimitadas de un mundo que cambia, de una Europa que busca su unidad, de una humanidad que está cansada de guerras y de injusticias. Vosotros, jóvenes de Roma, ciudad-corazón de la Europa cristiana, ¿acaso no estáis llamados a ser los constructores del futuro de este continente? ¿No sois vosotros mismos su futuro? ¡Sed conscientes de ello y no tengáis miedo de invertir todas vuestras energías para realizar esos objetivos tan apasionantes! No temáis ser entre vuestros coetáneos apóstoles de una misión tan extraordinaria.

Muchos de vuestros interrogantes se refieren a la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo y a la preocupante situación de la humanidad actual, sobre todo en Oriente Medio y en el tercer mundo.

Algunas preguntas versan sobre la relación de la Iglesia con la cultura, la ciencia al servicio del hombre y la adaptación de su doctrina a la evolución del tiempos.

Todo esto me ha permitido conocer mejor vuestro mundo y quisiera agradeceros la confianza que me habéis demostrado, haciéndome partícipe de vuestros problemas.

Estoy a vuestro lado en la búsqueda de respuestas adecuadas a los interrogantes que se agitan en vosotros. Quisiera expresaros el afecto que me une a cada uno de vosotros y la estima que albergo por todos. ¡El Papa os ama! Como otras veces he tenido la ocasión de repetir, no podemos menos de amaros a vosotros los jóvenes, porque sois el futuro y la esperanza de la humanidad.

3. El conjunto de vuestras preguntas manifiesta con claridad un espíritu sensible y abierto, en el que florecen consideraciones, dudas y observaciones estimulantes. Son la prueba de la riqueza efervescente de vuestro espíritu juvenil. Me maravilla en vosotros la búsqueda exigente de la verdad y el deseo de una coherencia radical en la actuación del Evangelio. Queréis un cristianismo auténtico, una Iglesia que ponga en práctica lo que anuncia, pobre y libre en su misión valerosa y oportuna en la defensa de los pobres y de los oprimidos. Queréis reconocer en sus estructuras el rostro misericordioso de Cristo.

También quien afirma que no cree manifiesta a menudo en sus observaciones un deseo de infinito, de absoluto y de trascendencia.

No puedo dejar de apreciar vuestra sinceridad. Mantened, queridos jóvenes, el entusiasmo de los hombres libres y conjugadlo con la humildad de las grandes personalidades que saben recorrer el camino de la búsqueda de la verdad con apertura de espíritu y disponibilidad al diálogo. Sin duda, los problemas son muchos y de gran importancia. Sería una pretensión pueril resolver todo con eslóganes fáciles. Tratad de informaros y profundizar constantemente en las cuestiones fundamentales de la existencia. La Iglesia está a vuestra disposición para ofreceros este servicio. Es más, quiere caminar junto con vosotros. Quiere ayudaros, a fin de que vosotros mismos seáis los protagonistas de vuestro futuro.

Acoged, os ruego su invitación: caminad con ella, atentos a las semillas de esperanza que ya es posible reconocer en vosotros y alrededor de vosotros.

Es más, no olvidéis que ¡vosotros mismos sois la Iglesia! Sois fuerzas vivas de esta Iglesia que anuncia el Evangelio de la salvación por los caminos del mundo; de esta Iglesia que es Madre y Maestra, pues toma constantemente del patrimonio inagotable de la verdad, que es Cristo. Esta Iglesia, a pesar de sus límites y dificultades, es santa y ama a todos los hombres. Os ama a vosotros queridos jóvenes. Sí, os ama y por eso es exigente y firme en sus principios. Miradla con simpatía, escuchadla con confianza y seguidla con generosidad.

4. A menudo os preguntáis: «¿Cómo afrontar el sentido de debilidad y de impotencia respecto a las estructuras sociales que en apariencia ahogan los ideales de justicia, de verdad y de amor?». Hay en vosotros y alrededor de vosotros una lucha entre el bien que atrae y el mal que seduce. El reciente Concilio, en uno de los documentos más significativos, la constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, afirmaba: «En realidad de verdad los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre... Como enfermo y pecador [el hombre] no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo (cf. Rm 7, 14 ss.). Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad» (Gaudium et spes , n. 10).

Sí, es necesario un camino de continua conversión hacia la verdad y la autenticidad, ya que todo hombre se halla constantemente tentado por el poder y el tener, por el egoísmo y la corrupción.

No os dejéis abatir por los fracasos y por los miedos. Sabed encontrar en vosotros la valentía. Si amáis de verdad la vida, debéis saber que sólo al precio de grandes sacrificios es posible realizarla plenamente. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está vivo, está presente entre nosotros. Se hace nuestro compañero de viaje y nos llama a transformar el mundo con el don de nuestra existencia.

5. El cristianismo es una fe exigente, y vosotros lo sabéis muy bien. Por eso, no raramente sufrís la tentación del desconsuelo y la indecisión. Al joven que le preguntaba «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?», Jesús responde al final: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme» (cf. Mt 19, 16-22). Pero antes, el Maestro divino, «mirándolo fijamente, lo amó».

«¡Ven, y sígueme!». Sólo del amor brota esa invitación del Redentor que constituye la respuesta —la única respuesta satisfactoria— a la aspiración a «algo más», que existe en el corazón de toda persona.

También a vosotros Cristo hoy os dirige la misma invitación afectuosa: «¡Ven, y sígueme!». Sus ojos se encuentran con los vuestros, su corazón habla al vuestro. ¡No tengáis miedo! Acoged sus palabras. Entraréis así en su misterio y descubriréis el secreto auténtico de vuestro renacimiento humano y espiritual; acogeréis los principios de la moral cristiana no como carga pesada, sino como exigencia necesaria del amor. El amor se complace en la verdad. «¡Buscad esta verdad —escribí en 1985 en la carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo— donde se encuentra de veras! ¡Si es necesario, sed decididos en ir contra la corriente de las opiniones que circulan y los eslóganes propagandísticos! No tengáis miedo del amor, que presenta exigencias precisas al hombre. Estas exigencias, tal como las encontráis en la enseñanza constante de la Iglesia, son capaces de convertir vuestro amor en un amor verdadero» (Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo , 1985, n. 10; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de marzo de 1985, pág. 13).

6. Queridos jóvenes, ha llegado el momento de despedirme de vosotros. Pero antes, permitidme una última reflexión. Permitidme que os deje una consigna.

Nos encontramos en la plaza de la Minerva, corazón de vuestra ciudad universitaria. Entre estos edificios se elabora y se transmite el saber, se desarrolla la investigación científica y madura vuestra formación cultural. Tenéis dos modos de vivir estos años que os preparan para vuestro futuro: Podéis emplearlos para perseguir las lógicas de poder y de prestigio, de competición y de ventaja económica, a las que algunos de vosotros se han referido; o podéis prepararos para prestar un servicio real a la sociedad a través de una maduración profesional y espiritual paciente y seria, que pone como base de cualquier proyecto los valores humanos y cristianos vividos con fidelidad. La opción que ahora lleváis a cabo, orienta vuestro porvenir. Tengo confianza en vosotros y por eso os pido: realizad vuestra vocación humana, inspirándoos en el Evangelio. Sed auténticos y coherentes. ¡Construid desde ahora una comunidad más justa, más verdadera y más libre! Como algunos de vosotros han recordado, sólo el Evangelio constituye un programa de vida capaz de hacer nacer verdaderamente la civilización del Amor.

Es innegable que entre los jóvenes existe un despertar consolador. También aquí, en Roma. Vuestro crecimiento en vitalidad y en altruismo, el deseo de bondad y de autenticidad que os anima, la aspiración a ideales que no coinciden con las moda actuales, ¿acaso no son un mensaje de esperanza para toda la sociedad? La riqueza que lleváis en vosotros es grande. Haced que vuestro despertar se convierta en crecimiento, auténtico crecimiento espiritual, que haga de vosotros los testigos de Cristo, los realizadores infatigables de sus promesas salvíficas.

Aunque sea arduo, éste es el único camino para la realización plena de vosotros mismos, un camino de alegría que el Señor os llama a recorrer, porque os ama.

Que Dios, Padre de todo hombre, os bendiga.

Que María, Sede de la Sabiduría, vigile vuestro camino.

Y que os acompañe también mi afecto y mi bendición, que extiendo a vuestras familias, a los profesores y a todos los que trabajan y frecuentan esta «ciudad de los estudios».

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL FORO DE LOS RECTORES DE LAS UNIVERSIDADES EUROPEAS Aula Magna de la Universidad «La Sapienza» de Roma Viernes 19 de abril de 1991

Rector magnífico; muy estimados rectores de las universidades europeas e italianas; muy ilustres miembros del Senado académico y profesores:

1. Me alegra encontrarme entre vosotros en esta significativa ocasión que ve reunidos, en la Universidad «La Sapienza», a rectores de universidades europeas del Oeste y del Este, junto con el Senado académico de esta Universidad y muchos otros profesores y estudiosos de universidades italianas. Dirijo a todos vosotros mi saludo, que hago extensivo al señor ministro de la Universidad y de la Investigación científica y tecnológica, honorable Antonio Ruberti.

Agradezco al rector magnífico, profesor Giorgio Tecce, la invitación que amablemente me ha dirigido para participar en la inauguración de este Foro sobre las culturas de Europa y sobre la función de la universidad en la nueva situación política y económica, que se ha abierto en el continente a fines del segundo milenio cristiano. La unión económica y política europea, que avanza a grandes pasos y no está lejos de su objetivo, difícilmente daría los frutos que de ella se esperan, si faltara una reflexión seria sobre la cultura de Europa y sobre las orientaciones humanas y espirituales que son los fundamentos de todo desarrollo social.

2. Rectores magníficos, os encontráis en estos días como huéspedes de Roma, la ciudad que, por su historia profana y aún más por su historia religiosa, puede enorgullecerse de su sobrenombre de Patria communis. Viéndoos a vosotros, mi pensamiento se dirige espontáneamente hacia las universidades europeas y hacia todo lo que han representado, y todavía hoy representan, para Europa y el mundo. Durante todo el segundo milenio, las universidades han sido los lugares privilegiados de la elaboración del saber, ya que en ellas la herencia del pensamiento, del arte, del derecho y de la ciencia greco-latina se ha fundido con la «novedad» cristiana y con las aportaciones de las culturas germánica, eslava y anglosajona. En las universidades se ha desarrollado luego la moderna ciencia experimental con su método, sus especializaciones crecientes y sus aplicaciones tecnológicas, que han transformado rápidamente el rostro de la sociedad en Europa y el mundo.

Es sabido que la Iglesia ha desempeñado un papel importante en la historia de las universidades europeas, muchas de las cuales ella misma ha contribuido a fundar. La Iglesia, en efecto, mira la cultura como un medio fundamental de maduración y de expansión de la persona en la totalidad de su verdad. A tal fin, se empeña en la afirmación y la defensa de la libertad de la cultura, muchas veces conculcada en el curso de este siglo por los sistemas totalitarios (cf. Gaudium et spes , 59). Al mismo tiempo, la Iglesia reivindica el derecho y la libertad de ofrecer a quien está empeñado en la cultura ese núcleo de verdad que se expresa emblemáticamente con el término «Evangelio», anuncio feliz. Está convencida, en efecto, de que sólo mediante el mensaje evangélico el mundo contemporáneo, muy desarrollado desde el punto de vista tecnológico, pero singularmente pobre de valores espirituales, puede encontrar aquel «suplemento de alma», que ya Henri Bergson deseaba (cf. Les deux sources de la morale et de la religion, París, 1933 pág. 335).

3. En este fin de siglo, la universidad europea se encuentra ante nuevos problemas y está llamada a afrontar nuevos desafíos. Las ciencias experimentales han conocido un desarrollo extraordinario; la aplicación tecnológica ha acelerado, por una parte, la industrialización en todos los sectores de la producción y ha impuesto, por otra, la multiplicación de las especializaciones, con la consiguiente necesidad de una continua puesta al día profesional. Esto ha tenido repercusiones evidentes en el curriculum universitario, que a menudo parece incierto entre la formación de base y la especialización del saber, elaborado por necesidad de las circunstancias y cada vez más dividido en parcelas. Al mismo tiempo, la orientación progresiva de la universidad hacia la producción industrial y hacia los servicios de la tecnología electrónica han mortificado los estudios y las investigaciones humanísticas, económicamente improductivas y extrañas a la lógica del mercado. La universidad sufrió una alteración notable en su función de memoria del pasado, fragua del espíritu y palestra de exploración de la belleza, la metafísica y la verdad.

Hoy, sin embargo, muchos indicios convergentes hacen pensar que la universidad se mueve nuevamente hacia horizontes más vastos, en la búsqueda de bienes no explorables sólo con los medios de las ciencias experimentales. Se trata de una tendencia sana y humanizadora, porque es expresión de una exigencia característica del hombre, cuya mirada interior se lanza más allá de lo que pueden ofrecer los productos de la tecnología, aun de la más refinada.

4. Se han dado también en Europa las extraordinarias experiencias sociales de los últimos años. No es éste el lugar para investigar sus raíces y sus causas. Ciertamente, las universidades han tenido un papel de primer orden en estas transformaciones y es comprensible que se sientan empeñadas en obtener ahora los justos beneficios. Caídas las barreras políticas entre el este y el oeste y abiertas las comunicaciones entre el norte y el sur, se plantea con toda urgencia también para las universidades el problema de la comunicación y de la movilidad, una experiencia que tiene, bajo ciertos aspectos, sus precedentes históricos en la peregrinatio academica del Humanismo y del Renacimiento.

Conviene subrayar también otro elemento: Europa se está convirtiendo cada vez más en un cruce de caminos de pueblos, de culturas y de confesiones religiosas. El dinamismo del continente y la misma riqueza de su tradición humanística y científica continúan guiándolo creativamente hacia los pueblos de las restantes áreas de la tierra. Nadie deja de advertir, desde este punto de vista, la responsabilidad de las universidades europeas que, después de haber influido profundamente en la vida social, política, económica y cultural de muchos pueblos en los tiempos del colonialismo, pueden abrirse hoy fácilmente al diálogo con ellos, y no sólo en los países que se asoman al Mediterráneo. Se ha hablado muchas veces en los años pasados de «europeización» del mundo. Hoy se tiene mayor prudencia en el uso de esta expresión. Es más viva, por el contrario, la conciencia de que los grandes complejos socio-culturales se reparten las áreas del planeta, mientras que el «ecumene» científico de matriz europea los atraviesa a todos.

5. Ningún continente en el mundo ha vivido durante tanto tiempo en contacto con la Iglesia como Europa; ninguno ha sido marcado tan profundamente por los contenidos de la Sagrada Escritura; y ninguno lleva tan visibles en sus estructuras los signos de la fe cristiana. Dan testimonio de ello las catedrales, los santos, los grandes maestros del arte y del pensamiento y las mismas instituciones universitarias. Ingente es el patrimonio humanístico de Europa madurado en el diálogo entre el logos humano y el logos cristiano, entre la ciencia y la revelación bíblica, y entre el hombre y Dios en la libertad de la fe.

Sin embargo, en el curso del milenio que está a punto de concluir, Europa ha sufrido la tentación de una vuelta al humanismo pagano. La crisis puesta en marcha por el Humanismo angustió a no pocos espíritus y alcanzó plena conciencia cultural en la época de la Ilustración. Desde entonces, durante todo el siglo XIX hasta los primeros decenios de nuestro siglo, el fenómeno del distanciamiento de la cultura de la fe afectó, en proporciones notables, al mundo universitario, y con él a muchos otros campos de la cultura europea desde la filosofía hasta el derecho, desde la filología clásica hasta la literatura, y desde la ciencia hasta la política. Con todo, aun tomando cierta distancia de la Iglesia, la universidad conservó en su patrimonio huellas muy visibles de la aportación cristiana, como la confianza en la razón, el respeto a la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales y el amor a la investigación científica del cosmos, de ese cosmos que la Biblia celebra como creado por Dios «in mensura et numero et pondere» (Sb 11, 20).

Precisamente esta situación de distanciamiento de la cultura con respecto a la Iglesia fue una de las causas que llevaron a la convocación del Concilio Vaticano II, cuya finalidad fundamental, como es sabido, fue justamente la de reactivar el diálogo con el mundo moderno y, en particular, con los hombres de cultura, abatiendo muros antiguos y renovando la colaboración en defensa de los valores que todos los hombres de buena voluntad aprecian: la dignidad de la persona humana más allá de las barreras históricas, étnicas, sociales y culturales; la actuación más coherente de las exigencias de la justicia en todos los sectores de la vida social; la salvaguardia y el reforzamiento de la paz; y la defensa y la conservación de la creación.

No era sólo la Iglesia la que se movía. En la otra orilla, el mundo de la cultura y, en particular, el universitario, habían comenzado a dar signos de malestar. Terminada la exaltación excesiva de la ciencia, que había tocado su ápice a comienzos del siglo, venían manifestándose, como instancias profundas y generalizadas, una creciente demanda de valores, la exigencia de orientaciones éticas seguras y la búsqueda apasionada de la paz espiritual, además de la paz política y social.

6. Son fenómenos de los que también nosotros, en alguna medida, hemos sido testigos. Y hoy, mientras el proyecto de una Europa unitaria se abre camino cada vez más concretamente, hombres de cultura y hombres de Iglesia se encuentran juntos para reflexionar sobre cuál debe ser el tejido que una a Europa, sobre cuál debe ser el programa de valores hacia el que se ha de hacer converger el empeño común. El problema ético hoy exige ser afrontado con más urgencia que nunca. Y lo exige el gran desarrollo tecnológico, sobre todo cuando se trata del comienzo de la vida, de su transmisión y de su fin temporal.

Las posibilidades que la ciencia y la tecnología ponen a disposición del hombre se multiplican cada vez más, hasta tal punto que surge la pregunta sobre la misma razón de ser de la investigación científica. No todo lo que se puede hacer materialmente es también moralmente lícito, porque no todo está en armonía con la dignidad y el valor del hombre. La ciencia describe el ser de las cosas, pero calla sobre su deber ser. Y, no obstante, es precisamente teniendo en cuenta el orden ético como se puede plantear una vida que responda a las exigencias de la verdad y del bien. No sólo de técnica vive el hombre. Por eso hoy se hace más viva, también en las asambleas académicas de Europa y del mundo, la convicción de que las universidades tienen la responsabilidad específica de estimular la reflexión sobre el aspecto ético de la investigación teórica y aplicada, con la conciencia de que las nuevas tecnologías pueden crear conflictos éticos y legales de enorme importancia en la vida de todos los días.

7. Se vuelve así idealmente a las raíces de la universidad, nacida para conocer y descubrir progresivamente la verdad. «Todos los hombres tienen, por naturaleza, el deseo de saber», se lee al comienzo de la Metafísica de Aristóteles (I, 1). En ésta sed de conocimiento, en este tender hacia la verdad, la Iglesia se siente profundamente solidaria con la universidad. A pesar de las dificultades surgidas durante los últimos siglos, la Iglesia nunca se ha sentido extraña respecto a su vida y ha continuado fundando en Europa y en el mundo numerosas universidades católicas y universidades eclesiásticas.

El único fin que ha movido a la Iglesia es el de ofrecer el Evangelio a todos y, por tanto, también a la universidad. En el Evangelio se funda una concepción del mundo y del hombre que no deja de emanar valores culturales, humanísticos y éticos, de los que depende toda la visión de la vida y de la historia.

¡Sobre todo el hombre! Hay, en efecto, una dimensión fundamental capaz de renovar profundamente cualquier sistema que estructure la existencia humana individual y colectiva.

Visitando en junio de 1980 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, recordaba que «esta dimensión fundamental es el hombre, el hombre integralmente considerado, el hombre que vive al mismo tiempo en la esfera de los valores materiales y en la de los espirituales» (cf. L'Osservatore Romano, Edición en lengua española, 15 de junio 1980, pág. 11), por lo cual el respeto a los derechos inalienables de la persona es la base de todo, y cualquier amenaza contra esos derechos violenta tal dimensión fundamental.

Si es verdad que «el hombre no puede estar fuera de la cultura» (Ibíd .; cf. L'Osservatore Romano, Edición en lengua española, 15 de junio 1980, pág. 11), es igualmente verdad que él, y sólo él, es su artífice; se expresa a través de ella y en ella encuentra su equilibrio. El hombre es siempre el hecho primordial y fundamental en el ámbito de la cultura: el hombre en su totalidad, en su integral subjetividad espiritual y material. Por ello, no se crea verdaderamente cultura, si no se considera hasta sus últimas consecuencias e integralmente, al hombre como valor particular y autónomo, como el sujeto capaz de captar la realidad trascendente. Cuán importante es, en consecuencia, afirmar al hombre por sí mismo y no por cualquier otra razón; y cuánto más necesario es amar al hombre porque es hombre, reivindicando tal amor en razón de su dignidad particular. «La causa del hombre, por tanto, será servida si la ciencia se alía con la conciencia. El hombre de ciencia ayudará verdaderamente a la humanidad, si conserva el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre» (Ibíd; cf. L'Osservatore Romano, Edición en lengua española, 15 de junio 1980, pág. 14).

Rectores magníficos, ilustres profesores, las palabras que san Pablo pronunció en el areópago de Atenas se pueden aplicar muy bien a la universidad: «Él creó de un solo principio todo el linaje humano para que habitara sobre la faz de la tierra, fijando los tiempos determinados y los límites de lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscaran la divinidad; para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros» (Hch 17, 26-27). ¿Acaso no está configurada en estas palabras del Apóstol la función de investigación y de elevación propia de la universidad? Después de haber llevado a sus oyentes a este grado de la ascensión humana, a los umbrales de los grandes interrogantes que todo hombre puede hacer brotar de su propia interioridad, san Pablo transmite a los doctos del areópago la palabra que ha recibido y que le ha sido confiada: «Dios... anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 30-31).

Este anuncio, que atraviesa la historia, ha cruzado el camino de la universidad, ha marcado y ha fecundado su trayectoria milenaria en Europa y en el mundo. Ojalá que la conversación del areópago se repita ahora en la vida universitaria, para que Europa continúe siendo aquel faro de civilización y de progreso que durante tantos siglos ha sido para el mundo.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN SIMPOSIO INTERNACIONAL SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN CATÓLICA EN LA ESCUELA Lunes 15 de abril de 1991

1. Con sentimientos de gran cordialidad y de profunda estima os doy mi bienvenida, queridos hermanos y hermanas, participantes en el Simposio europeo sobre la enseñanza religiosa en la escuela pública, que el Consejo de las Conferencias episcopales de Europa ha promovido muy oportunamente y la Conferencia episcopal italiana ha organizado dignamente. Saludo con afecto y gratitud al presidente de esta última, mons. Camillo Ruini, a los obispos que representan a cada una de las Conferencias episcopales, al comité organizador del simposio, a los sacerdotes y a los laicos de las diversas naciones europeas que han intervenido en él.

2. Las metas próximas de una mayor unidad de Europa están suscitando en los países del continente un proceso activo de reflexión, de valorización y de proyección, cuyo alcance va ciertamente más allá de la pura unificación económica y política, convirtiéndose en un hecho cultural, de promoción humana y, para nosotros los creyentes, en un llamamiento singular y fundamental a la nueva evangelización. A fin de que la contribución de la Iglesia a tal proceso sea lo más elevada y fecunda posible, he convocado, una Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos.

En esta perspectiva —y con una importancia que de momento no podemos valorar aún completamente—, resulta oportuna dentro del continente una reflexión amplia sobre la enseñanza de la religión en la escuela pública.

Dicha enseñanza, por la extensión, la continuidad y la duración que asume en las escuelas de la mayor parte de los países europeos, por estar destinada específicamente al mundo de los niños y de los jóvenes, por los contenidos que expresa en referencia con el elemento religioso de la vida, de forma específica como religión católica, por la inversión de energías y medios por parte de la Iglesia y de los Estados, merece ser considerada como una contribución primaria a la construcción de una Europa fundada en el patrimonio de cultura cristiana común a los pueblos del Oeste y del Este europeo.

3. Sean, pues, bienvenidas las iniciativas como la vuestra que además de mantener vivo el interés por el futuro de Europa, llaman la atención sobre los valores espirituales y éticos que hay que transmitir a las nuevas generaciones como fundamento de su formación cristiana, cultural y civil. Es necesario, por eso, buscar formas de colaboración y de ayuda recíproca con vistas a un plan de conjunto, dentro del cual las diversas situaciones locales puedan encontrar, también para la enseñanza de la religión, puntos comunes de referencia.

El simposio ha trazado el perfil de este proyecto, prestando atención ya sea a la experiencia, ya a la normativa de los diferentes países e Iglesias particulares, a los ordenamientos de los Estados acerca de la escuela y a la condición juvenil. Los resultados de vuestro trabajo, que habéis resumido y formulado en proposiciones específicas, se podrían considerar como una óptima base para una «carta» de la enseñanza religiosa europea.

4. En vuestro encuentro, que concluye y corona el simposio, me apremia subrayar algunas exigencias e instancias principales.

La primera de ellas concierne a los destinatarios de la enseñanza religiosa, los alumnos, desde los niños y adolescentes de los primeros niveles escolares, hasta los jóvenes estudiantes de las escuelas superiores. Ellos merecen la atención mayor, porque son la auténtica riqueza de Europa y representan su futuro. El esfuerzo en su formación se debe considerar, por tanto, como la inversión más preciosa y urgente por parte de la Iglesia y de las instituciones públicas. La enseñanza de la religión en la escuela ofrece, aquí, una contribución original y específica, tanto más cuanto que en muchos de vuestros países la asistencia de los alumnos, aunque es fruto de una elección libre, alcanza porcentajes extremadamente elevados. Será útil recordar que en el centro de tal enseñanza está la persona humana a la que hay que promover, ayudando al muchacho y al joven a reconocer el elemento religioso como factor insustituible para su crecimiento en humanidad y en libertad. El profesor de religión se preocupará, en consecuencia, por hacer madurar las profundas «preguntas de sentido» que los jóvenes llevan dentro de sí, mostrando cómo el Evangelio de Cristo ofrece una respuesta verdadera y plena, cuya fecundidad inagotable se manifiesta en los valores de fe y de humanidad expresados por la comunidad creyente y enraizados en el tejido histórico y cultural de las poblaciones de Europa. El proceso didáctico propio de las clases de religión deberá caracterizarse, entonces, por un claro valor educativo, dirigido a formar personalidades juveniles ricas de interioridad, dotadas de fuerza moral y abiertas a los valores de la justicia, de la solidaridad y de la paz, capaces de usar bien de su propia libertad.

Invito particularmente a los profesores de religión a no disminuir el carácter formativo de su enseñanza y a entablar con los alumnos una relación educativa rica de amistad y de diálogo, de manera tal que suscite en el mayor número de ellos, incluso entre los no explícitamente creyentes, el interés y la atención hacia una disciplina que sostiene y apoya su búsqueda apasionada de la verdad.

5. La formación integral del hombre, meta de toda enseñanza de la religión católica, ha de realizarse según las finalidades propias de la escuela, haciendo adquirir a los alumnos una motivada cultura religiosa cada vez más amplia.

El simposio ha documentado cuán diferente es en los distintos países la situación de la enseñanza de la religión y, en cierta medida, la misma concepción de la naturaleza y de la finalidad de dicha enseñanza, en particular respecto a su relación diversa y, al mismo tiempo complementaria, con la catequesis de la comunidad cristiana. No se trata de reducir a uniformidad lo que la situación histórica y la sabiduría de opciones realizadas por las Conferencias episcopales han determinado en cada país. Sin embargo, es oportuno que la enseñanza de la religión en la escuela pública persiga un objetivo común: promover el conocimiento y el encuentro con el contenido de la fe cristiana según las finalidades y los métodos propios de la escuela y, por ello, como hecho cultural. Tal enseñanza deberá hacer conocer de manera documentada y con espíritu abierto al diálogo el patrimonio objetivo del cristianismo, según la interpretación auténtica e integral que la Iglesia católica da de él, de forma que se garantice tanto el carácter científico del proceso didáctico propio de la escuela, como el respeto de las conciencias de los alumnos, que tienen el derecho de aprender con verdad y certeza la religión a la que pertenecen. Este derecho a conocer más a fondo la persona de Cristo, así como la totalidad del anuncio salvífico que él ha traído, no se puede desatender. El carácter confesional de la enseñanza de la religión, desplegado por la Iglesia según modos y formas establecidos en cada uno de los países es, por tanto, una garantía indispensable ofrecida a las familias y a los alumnos que eligen esta enseñanza.

Se deberá cuidar especialmente que la enseñanza religiosa conduzca al redescubrimiento de los orígenes cristianos de Europa, destacando no sólo el arraigo de la fe cristiana en la historia pasada del continente, sino también su fecundidad perdurable para los progresos de incalculable valor —en el campo espiritual y ético, filosófico y artístico, jurídico y político— a los que da lugar en el camino actual de las sociedades europeas.

La enseñanza de la religión no puede, en efecto, limitarse a hacer el inventario de los datos de ayer y tampoco de los de hoy, sino que debe abrir la inteligencia y el corazón para que capten el gran humanismo cristiano, inherente a la visión católica. Aquí estamos en las raíces de la cultura religiosa, que alimenta la formación de la persona y contribuye a dar a la Europa de los tiempos nuevos, no un rostro puramente pragmático, sino un alma capaz de verdad y de belleza, de solidaridad hacia los pobres, de original impulso creativo en el camino de los pueblos.

6. Este carácter cultural y formativo de la enseñanza de la religión califica su valor en el proyecto global de la escuela pública. A su desarrollo están llamados a cooperar los diversos componentes del mundo escolar, en primer lugar los profesores de religión, las familias y los alumnos que eligen dicha enseñanza, y las autoridades responsables.

A los profesores de religión es justo, ante todo, reconocerles el trabajo generoso y competente que realizan al servicio de las nuevas generaciones. El simposio ha subrayado el hecho de que no siempre se respetan de forma adecuada sus derechos. Solicito, por tanto, a las autoridades competentes que aseguren a los profesores de religión lo que les es debido, también en el plano jurídico e institucional, en razón de una profesionalidad que ellos comparten con los demás profesores, enriquecida por el tipo de servicio educativo que su disciplina comporta. Al mismo tiempo, exhorto a los profesores de religión a desempeñar siempre su tarea con el esmero, la fidelidad, la participación interior y, frecuentemente, con la paciencia perseverante de quien, sostenido por la fe, sabe que realiza su propia labor como camino de santificación y de testimonio misionero.

La fecundidad de la enseñanza de la religión y su capacidad de incidir en la mentalidad y en la cultura de vida de muchos jóvenes, dependen en larga medida de la preparación y de la continua puesta al día de los profesores, de la convicción interior y de la fidelidad eclesial con las que llevan a cabo su servicio, y de la pasión educativa que los anima.

Me apremia dirigir una palabra también a los profesores de las demás disciplinas y a las beneméritas asociaciones católicas que obran en la escuela, para que favorezcan la tarea del profesor de religión mediante conexiones oportunas entre la enseñanza de la religión y el conjunto total de las materias escolares.

7. Aliento de corazón a todas las familias y, en particular, a los padres católicos, conscientes hoy de la ardua función educativa que les ha sido confiada, a elegir la enseñanza religiosa para sus propios hijos y al mismo tiempo a ser responsables y protagonistas, junto con los profesores de religión y los mismos jóvenes, del camino de progreso de tal enseñanza.

Conociendo el ánimo de los muchachos y de los jóvenes estudiantes, los invito a saber ver en la enseñanza de la religión un factor determinante de su formación.

La tensión hacia los grandes ideales de la libertad, de la solidaridad y de la paz, que brota del corazón de las nuevas generaciones europeas, puede hallar luz y fuerza en el encuentro con el Evangelio de Cristo y la fe de la Iglesia, abriéndose a aquella verdad que da sentido pleno a la vida y favorece el reconocimiento concreto de la dignidad inviolable de toda persona humana.

8. A los responsables sociales, en particular a las autoridades políticas de cada uno de los países, la Iglesia manifiesta la firme convicción de que la enseñanza religiosa, lejos de ser un hecho puramente privado, se coloca como servicio al bien común.

En la Europa de los derechos del hombre y del ciudadano, la realización de tal enseñanza garantiza derechos fundamentales de conciencia, que serían heridos por formas de marginación y desvalorización. Es justo, por tanto, que se definan claramente las normas legislativas y los ordenamientos institucionales, de forma tal que aseguren —en relación con la presencia, los horarios y la organización escolar— las condiciones para un efectivo y digno desarrollo de la enseñanza de la religión en la escuela pública, según el principio de su igual dignidad cultural y formativa con las demás disciplinas, que no está de ningún modo en contraste con el riguroso respeto de la libertad de conciencia de cada uno.

9. Hay, en fin, otros aspectos que convendría considerar en perspectiva europea y que interesan directamente a la enseñanza religiosa. Recuerdo por lo menos tres.

Después del desmoronamiento de los bloques, nos encontramos frente a un inédito desafío humano y cultural, además de cristiano, que no podemos descuidar: las Iglesias de Europa central y oriental, que deben organizar nuevamente la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, de las que fueron excluidas durante mucho tiempo, tienen necesidad ciertamente de confrontarse con la experiencia de los demás países europeos, recibiendo solidaridad generosa en orden a la formación de profesores y a la preparación de medios e instrumentos didácticos idóneos.

En la edificación de Europa asume gran valor el camino ecuménico. También la enseñanza de la religión, realizada con atención y apertura a los temas ecuménicos, puede ofrecer a la juventud europea una contribución válida para el conocimiento recíproco, la superación de los prejuicios y el empeño en la búsqueda sincera de la unidad querida por el Señor.

Un gran interrogante y, a la vez, una llamada de atención suscita en el continente europeo la inmigración de gente de otros continentes, necesitada de acogida y de solidaridad, pero que también trae consigo valores culturales y espirituales que la enseñanza de la religión no puede descuidar, bien por la universalidad del hecho cristiano, bien por los problemas concretos de convivencia que plantean.

10. En vuestro simposio habéis estudiado la posibilidad de encuentros periódicos, análogos a éste. No puedo menos de aplaudir y alentar tal empeño. Recordad la invitación de Jesús: «Alzad vuestros ojos y ved los campos que blanquean ya para la siega» (Jn 4, 35). También en vuestro trabajo puede aplicarse el refrán que Jesús cita en esa circunstancia: «Uno es el sembrador y otro el segador» (Jn 4, 37). Pero vosotros estáis convencidos de que el papel al que cada uno está llamado es, en el fondo, secundario respecto a aquel «fruto para vida eterna» del que pueden alegrarse igualmente «el sembrador y el segador» (Jn 4, 36). ¡Ésta es la alegría que deseo de todo corazón para vosotros!

Amadísimos hermanos, en vuestro esfuerzo diario al servicio de la fe, de la escuela y de la juventud, os acompañe mi bendición apostólica, a fin de que Dios os conceda luz y gracia.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA II REUNIÓN PLENARIA DE LA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA Viernes 14 de junio 1991

Señores Cardenales, amados Hermanos en el Episcopado, queridos sacerdotes, religiosas y laicos presentes:

1. Me es grato dirigir un afectuoso saludo a todos vosotros que, como miembros de la Curia Romana, representantes de las Iglesias latinoamericanas, o colaboradores en las tareas evangelizadoras de las mismas, estáis participando en esta Asamblea de la Pontificia Comisión para América Latina.

Este renovado Organismo de la Curia Romana ha querido celebrar su segunda Reunión Plenaria cuando está ya cercana la celebración del V Centenario del comienzo de la Evangelización del Nuevo Mundo. En efecto, el próximo 12 de octubre entraremos en la etapa final del novenario de años que inauguré en Santo Domingo, para prepararnos al importante y gozoso acontecimiento con el que queremos conmemorar la implantación de la Cruz de Cristo en aquellas tierras: fue en la isla bautizada como « La Española » (hoy República Dominicana y Haití), donde se celebró la primera Misa y se rezó la primera Ave María a Nuestra Señora.

Al cabo de estos quinientos años podemos decir, con palabras del Apóstol, que unos plantaron y otros regaron « mas fue Dios quien dio el crecimiento » (1Cor 3,7) La semilla de la primera evangelización ha ido fructificando en un árbol frondoso: hoy la Iglesia latinoamericana se presenta dinámica y floreciente y aunque no olvidamos las « tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren »(Gaudium et spes , 1), el futuro nos proyecta hacia la esperanza. ¿No es acaso motivo de esperanza gozosa pensar que para finales de este milenio los católicos de América Latina, con sus más de mil Obispos, constituirán casi la mitad de toda la Iglesia? Todo un reto, amados Hermanos, para nuestra ineludible misión de evangelizadores.

2. Antes de continuar, deseo agradecer al Presidente de la Pontificia Comisión, el Señor Cardenal Bernardin Gantin, sus amables palabras con las que ha expuesto también los puntos que han sido objeto de vuestra reflexión durante estas jornadas.

De modo especial os habéis fijado en las perspectivas y problemas que presentan las celebraciones del V Centenario del comienzo de la Evangelización en el Nuevo Mundo, tratando ele indicar el sentido que hay que dar a dicho evento eclesial, al que me he referido en repetidas ocasiones, sobre todo durante mis visitas pastorales a los diversos Países de América Latina y a España.

A este evento evangelizador quise dedicar algunas reflexiones en la Carta Apostólica, de hace ahora un año, «Los Caminos del Evangelio ». En ella hacía notar que la « primera siembra de la palabra de vida » en el continente latinoamericano se realizó « entre luces y sombras, más luces que sombras, si pensamos en los frutos duraderos de fe y vida cristiana » que allí se están dando (Cf.. n. 8.).

Como señalaba también en el citado documento, « la conmemoración del V Centenario es ocasión propicia para un estudio histórico riguroso, enjuiciamiento ecuánime y balance objetivo de aquella empresa singular, que ha de ser vista en la perspectiva de su tiempo y con una clara conciencia eclesial »(Ibíd.). Pero no se trata de limitarnos a la perspectiva histórica, ni a celebraciones de carácter solamente cultural o social, si bien somos conscientes de hallarnos ante hechos históricos a los cuales estuvo ligada la labor evangelizadora. Lo que la Iglesia se dispone a celebrar es la Evangelización: la llegada y proclamación de la fe y del mensaje de Jesús, la implantación y desarrollo de la Iglesia; realidades espléndidas y permanentes que no se pueden negar o infravalorar. Y se dispone a celebrarlas en el sentido más profundo y teológico del término: como se celebra a Jesucristo, Señor de la historia, « el primero y el más grande Evangelizador », ya que El mismo es el « Evangelio de Dios » (Cf. Evangelii nuntiandi , 7)

Como ya tuve ocasión de señalar en el discurso al CELAM reunido en Puerto Príncipe: « Como latinoamericanos, habréis de celebrar esa fecha con una seria reflexión sobre los caminos históricos del subcontinente, pero también con alegría y orgullo. Como cristianos y católicos es justo recordarla con una mirada hacia estos 500 años de trabajo para anunciar el Evangelio y edificar la Iglesia en esas tierras. Mirada de gratitud a Dios, por la vocación cristiana y católica de América Latina, y a cuantos fueron instrumentos vivos y activos de la evangelización, Mirada de fidelidad a vuestro pasado de fe. Mirada hacia los desafíos del presente y a los esfuerzos que se realizan. Mirada hacia el futuro, para ver cómo consolidar la obra iniciada » (9 de marzo 1983, III).

Por esto, la Iglesia se dispone a celebrar el V Centenario sin triunfalismos, pero consciente de saber que es una sublime gracia del Señor el que haya llamado a la luz de la fe a tantos millones de hombres y mujeres que invocan su nombre y en Él son salvados. Este evento eclesial debe ser también ocasión para una reflexión pastoral sobre el pasado, presente y futuro de América Latina; una reflexión que sirva para dar un nuevo impulso a la obra evangelizadora del continente a todos los niveles, en todos los Países y en todos los sectores de la sociedad.

3. La respuesta tan positiva que viene dando la Iglesia en América Latina se articulará y expresará, de forma concreta, en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que espero inaugurar solemnemente en Santo Domingo el 12 de octubre de 1992 y cuyo tema será: « Nueva Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana, Jesucristo ayer, hoy y siempre (cf. Heb 13, 8) ». A la preparación de esta importante Conferencia habéis dedicado también vuestra atención durante esta II Asamblea Plenaria.

La figura y misión del Salvador será ciertamente el centro de la Conferencia de Santo Domingo. Los Obispos latinoamericanos se reunirán allí para celebrar a Jesucristo: la fe y el mensaje del Señor difundido por todo el continente. La cristología será, pues, el telón de fondo de la asamblea de tal manera que, como primer fruto de la misma, el nombre de Jesucristo, Salvador y Redentor, quede en los labios y en el corazón de todos los latinoamericanos; pues, como leemos en la Exhortación Apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi , «no hay Evangelización verdadera mientras no se anuncia el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios » (Evangelii nuntiandi , 14).

4. En vuestras sesiones también habéis reflexionado ampliamente sobre la «Nueva Evangelización», que es el elemento englobante o idea central e iluminadora del tema fijado para la Conferencia de Santo Domingo. En mi primer encuentro con los integrantes de esta Pontificia Comisión invité a todos a «estudiar a fondo en qué consiste esta nueva Evangelización» (7 de diciembre de 1989, 4), precisando bien los contenidos doctrinales, en perfecta sintonía con el Magisterio y con la Tradición de la Iglesia, y determinando sus objetivos y líneas pastorales, según las exigencias de nuestro tiempo, en la perspectiva del tercer milenio del cristianismo.

Se trata de trazar ahora, para los próximos años, una nueva estrategia evangelizadora, un plan global de evangelización, que tenga en cuenta las nuevas situaciones de los pueblos latinoamericanos y que constituya una respuesta a los retos de la hora presente, entre los que están en primer plano la creciente secularización, el grave problema del avance de las sectas y la defensa de la vida en un continente donde deja sentir su presencia destructiva una cultura de la muerte.

De la Nueva Evangelización forma parte integrante la doctrina social de la Iglesia, ya que —como hago notar en la reciente Encíclica Centesimus annus — « la doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización: en cuanto tal, anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo » (Centesimus annus, 54). También por esto me ha parecido oportuno que en el tema de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano figure, como segundo elemento, « la Promoción humana », teniendo presente el inundo de los pobres, sobre todo los más necesitados: los indígenas, los afroamericanos, los marginados de las grandes urbes o de las poblaciones diseminadas por lugares recónditos del inmenso continente.

Por último, hay que enfocar debidamente el problema de la evangelización de « la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes , tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios » (Evangelii nuntiandi , 20. ). Esta evangelización se ha de hacer « no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces » (Ibíd). Se trata de tutelar, favorecer y consolidar una « Cultura cristiana », es decir, que haga referencia y se inspire en Cristo y su mensaje.

Tal es el tercer elemento del tema de la próxima Conferencia de Santo Domingo: la inculturación del Evangelio, a lo cual me he referido en la Encíclica Redemptoris missio (Cf. Redemptoris missio , 52-54), haciendo notar que «al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y urgente» (Ibíd. 52).

5. Antes de concluir, deseo expresar mi agradecimiento a todos los presentes, a la vez que aliento a los representantes de los Organismos Episcopales para la ayuda a la Iglesia de América Latina y de otras instituciones que prestan sus servicios o colaboran en dichas Iglesias, a continuar en su loable tarea. Con motivo del V Centenario, dicha colaboración ha de hacerse más consciente, más intensa, centrada siempre en objetivos eclesiales o sociales y realizada en consonancia con las directrices de los Pastores.

Pido al Señor que bendiga tantos esfuerzos en favor de la Nueva Evangelización del continente latinoamericano y que la Virgen, Primera Evangelizadora de América, siga siendo para todos la Estrella que nos guíe en el camino hacia los nuevos tiempos que se avecinan y que la Iglesia tiene que evangelizar, llena de fe y esperanza en su Señor, Cristo Jesús: «para alabanza de su gloria»: «in laudem gloriae eius» (Ef 1,12).

A todos imparto con afecto mi Rendición Apostólica.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA DE LAS NACIONES UNIDAS SOBRE COMERCIO Y DESARROLLO

Al señor K.K.S. Dadzie, secretario general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo:

La nueva sesión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo se propone examinar cómo promover «una economía mundial sana, segura y equitativa». Aunque este tema haya sido tratado repetidas veces en el pasado, conviene considerarlo hoy con un espíritu totalmente nuevo debido a las profundas transformaciones que han afectado al mundo en los últimos cinco años.

Los cambios políticos que se han producido a lo largo de estos últimos años ya han comenzado a hacer, sentir sus efectos en el campo de la producción y del intercambio, tema de vuestros trabajos. Os esforzáis por delimitar cada vez mejor su alcance y por controlarlos. Los acontecimientos recientes han puesto de manifiesto que el sueño de planificar la economía, hasta el punto de ahogar la iniciativa privada, no es viable pues va contra el derecho fundamental de las naciones de ser «las principales responsables de la labor de su propio desarrollo económico y social» (Pacem in terris , III). Sin embargo, en la evolución actual no hay que fijarse solamente en la crisis del marxismo, pues ésta «no elimina en el mundo las situaciones de injusticia y de opresión existentes, de las que se alimentaba el marxismo mismo, instrumentalizándolas» (Centesimus annus , 26).

La desorganización de las economías planificadas, contra la que vuestra Conferencia trata de luchar desde hace más de veinticinco años, agrava la crisis general del comercio internacional y hace aún más necesaria la puesta en práctica de nuevas solidaridades. Pero aparece aquí una ulterior dificultad. Los lazos que han de instaurarse no pueden responder solamente a los imperativos del desarrollo económico ni descuidar el campo social. Numerosas tensiones actuales tienen su origen en la incapacidad de saber aunar los objetivos económicos con las exigencias sociales.

A lo largo de estos últimos años, ha tenido lugar un cambio importante en la concepción misma del desarrollo, de sus condiciones y fines. El derecho al desarrollo se convierte en un principio regulador de las relaciones internacionales. Sin duda que todavía no ha sido aceptada por todos una definición humanista del desarrollo, pero, ¿no es una de las finalidades de vuestros encuentros abrir nuevos horizontes a quienes su profesión les hace prestar particular atención a los datos y a las cifras del comercio internacional? De este modo preparáis el camino a los responsables para que incluyan también la dimensión social de la economía en sus perspectivas y cálculos.

Por otra parte, han de ser eliminados los obstáculos que dificulten la integración de las dimensiones sociales con los cambios internacionales, y hacer de ello una ocasión de progreso humano para las poblaciones más desvalidas. Se hace necesaria una conversión profunda de las mentalidades, pues es preciso que los hombres de nuestra época se integren en una lógica diferente. Esto favorece a todos y es una condición para la paz. Ya se trate de una economía nacional o de relaciones económicas internacionales, la experiencia muestra que no puede mantenerse indefinidamente un régimen que no tenga como objetivo lograr la mejora del bienestar material de las personas al mismo tiempo que su desarrollo espiritual. Una reunión como la de Cartagena, debe poner particular empeño en convencer a los hombres políticos y a la opinión pública —ante la cual son responsables de su gestión— que los intereses de los hombres y de los pueblos van por delante de las economías, si se quiere que el caudal de potencialidad del universo sea puesto al servicio del hombre y de la paz.

La pobreza de ciertas poblaciones y su falta de seguridad —como consecuencia de aquella—, son factores de tal gravedad que exigen una reacción inmediata por parte de todos los que poseen medios para ello. Ya en 1967, Pablo VI ponía de relieve la existencia de «situaciones... demasiado dispares, y de libertades reales demasiado desiguales» entre los pueblos. Y añadía: «La justicia social exige que el comercio internacional, para ser humano y moral, restablezca entre las partes al menos una cierta igualdad de oportunidades» (Populorum progressio , 61). Estos problemas no están resueltos todavía. Si bien algunos países han logrado alzarse al nivel de desarrollo de las naciones tradicionalmente industrializadas, ¡cuántos otros continúan sumidos en una pobreza extrema! Ignorar la barrera de la miseria, que separa a los que están bien abastecidos de los que están desprovistos, es inmoral porque todos los hombres son iguales en dignidad. Los pueblos pobres han de poder vivir en la verdad, la libertad y la justicia; tienen el derecho de contar con la solidaridad de los otros. Es ilusorio pensar que será posible dejar a millones de hombres en la desesperación como si no fueran a descubrir un día el camino de la violencia para dejarse oír.

Aún falta mucho por hacer para lograr más equidad en las relaciones internacionales. Pero esta marcha parecerá una nueva quimera para los pueblos más necesitados si no perciben la determinación de los más ricos y más poderosos para buscar incansablemente los caminos más seguros para la justicia y la solidaridad. Es un honor para la CNUCED haber afirmado siempre la dimensión ética de las cuestiones que trata.

Con viva conciencia de los retos a los que la Conferencia debe hacer frente, confío vuestros trabajos al Señor de la historia que «juzgará al orbe con justicia y a los pueblos con equidad» (Sal 98, 9).

Le expreso, señor secretario general, mis mejores deseos para el cumplimiento de su tarea en la VIII Sesión de esta Conferencia. Al mismo tiempo, le ruego que asegure a los delegados de las numerosas naciones que toman parte en la Conferencia, la alta estima que merecen sus esfuerzos por el desarrollo armonioso de todos los pueblos que componen la única familia humana.

Vaticano, 29 de enero de 1992.

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ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA EN PREPARACIÓN DE LA VII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD Sala Pablo VI Jueves 9 abril de 1992

(Discurso improvisado por el Santo Padre)

Queridos jóvenes, hemos comenzado esta vigilia con la entrada de la cruz: la cruz de la Jornada de la juventud, y de toda jornada. Esta cruz ha entrado de nuevo entre nosotros, cargada a hombros por jóvenes.

La cruz y la vigilia. La cruz entró definitivamente en la vida mesiánica de Jesucristo durante una vigilia; sí, una vigilia de oración. Esta cruz entró en el huerto de Getsemaní, aunque, en sentido estricto, entró a poca distancia en la realidad definitiva de la crucifixión. Durante la vigilia: muchas veces Jesús velaba, pasaba las noches en oración. Pero esta es la última noche, la vigilia definitiva. Jesús había anunciado la cruz. Estaba preparado desde hacía mucho tiempo; había venido para esta «hora», se preparaba para beber el cáliz hasta el fondo: «La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?» (Jn 18, 11).

Todo estaba listo, pero hacía falta aquella «hora» de Getsemaní, aquella vigilia, aquella oración solitaria del Señor. Hacía falta una última y definitiva confrontación entre el Hijo y el Padre: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27; cf. Lc 10, 21-22).

Se trata, por tanto, de la confrontación definitiva entre el Padre y el Hijo, el Hijo unigénito, el Hijo consustancial, Dios de Dios, engendrado, no creado.

Esta vigilia de confrontación definitiva era necesaria para mostrar en la dimensión humana que el Hijo conoce al Padre, que quiere revelar al Padre mediante la cruz.

La vigilia de Cristo en Getsemaní: su último «sí», definitivo e incondicional. Y, luego, la cruz se acerca en su realidad dramática, brutal, cruel; se acerca rápidamente. Dentro de poco Jesús estará delante del sanedrín; pasará la noche en oración, y por la mañana de nuevo ante el sanedrín, y después ante el tribunal romano, ante Pilato, ante Herodes; y más tarde ante la gente, que pide de forma categórica: «¡Fuera, fuera!, ¡Crucifícale!» (Jn 19, 15). Y el juez cede.

Desde ese momento, Cristo azotado, coronado de espinas, encuentra, abraza esta cruz como una realidad concreta, la cruz de un condenado a muerte, la muerte más humillante; luego es crucificado, y durante las horas de su agonía llega a decir: «Consummatum est» (Jn 19, 30) y a ofrecerse, a darse a sí mismo al Padre de una forma plena y definitiva.

Habéis introducido esta celebración de la VII Jornada mundial de la juventud con la vigilia, como en todas las jornadas anteriores: la última en Czestochowa; antes, en Santiago de Compostela; y antes aún en Buenos Aires; y en todos los lugares donde se celebra esta vigilia, en las diócesis, en las parroquias, en las comunidades.

Habéis introducido bien esta vigilia de la celebración del próximo Domingo de Ramos en Roma, porque, cuando Cristo vivió su vigilia en Getsemaní, estaba con él la Iglesia: ya estaba anticipada esta Iglesia que debía nacer de la cruz; debía revelarse el día de Pentecostés, pero ya estaba anticipada sacramentalmente en el cenáculo, y los Apóstoles que Jesús llevó consigo a Getsemaní habían vivido ya la Eucaristía, la primera Eucaristía, celebrada por él mismo. La Eucaristía que hace la Iglesia.

Entonces se hallaba presente la Iglesia en la vigilia de Jesús; estaba invitada a tomar parte en esa vigilia definitiva. Todos los Doce, once sin el traidor, fueron llevados al Huerto de Getsemaní, y tres de ellos, que estaban más cerca, recibieron una palabra de aliento: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación» (Mt 26, 41).

En cierto sentido, en aquella vigilia de la Iglesia primitiva, anticipada en la Eucaristía celebrada en el cenáculo, fallaron los Apóstoles, pues los tres privilegiados no velaron con él. El cansancio, la conmoción de la jornada, fue más fuerte que ellos. Jesús los encontró durmiendo en el sitio donde los había dejado, y entonces los animó de nuevo, «Velad y orad, para que no caigáis en tentación» (Mt 26, 41).

Es muy significativa la situación: significativa, porque los Apóstoles y la Iglesia no realizaron la vigilia, y abandonaron a su Maestro, a Cristo, en el momento decisivo de nuestra redención.

Habéis hecho bien al introducir en vuestra celebración de la Jornada mundial de la juventud una vigilia. Hace falta suplir aquella vigilia que no realizaron los Apóstoles. La Iglesia debe hacer la vigilia y orar; ha aprendido, a través de esa experiencia de Getsemaní, que debe estar siempre velando, que debe estar siempre dispuesta a participar en el misterio de Cristo, misterio de nuestra redención.

Después de su experiencia, más bien negativa, con la Iglesia y con los Apóstoles, Cristo no los abandona; no los aleja, a pesar de sus fallos posteriores: los Apóstoles huyeron, Pedro negó al Maestro, para no hablar de Judas. A pesar de todo ello, Cristo no los alejó, no los humilló. Después de su resurrección, se acercó en seguida a ellos y confirmó su misión «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21).

Después de esa primera palabra del Resucitado, viene la última palabra del Resucitado que, poco antes de su Ascensión, dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19). Entonces confirmó a todos los Apóstoles, y confirmó a Pedro. Así, la vigilia que no hicieron los Apóstoles, ha de suplirse con una vigilia continuada. La Iglesia, que ha recibido la misión de dar testimonio —«Seréis mis testigos»— no puede dejar de hacer esta vigilia, no puede renunciar a su vocación de Iglesia.

La Iglesia somos todos nosotros. Los Doce no sólo representan a sus sucesores —el «munus episcopale»—; representan también a todo Israel, a toda la comunidad de la Iglesia, a todo el pueblo de Dios; representan no sólo esta misión específica, esta vocación al sacerdocio, este ministerio episcopal, sino también todas las vocaciones cristianas.

Y si Jesús —y la Iglesia— os dice a vosotros: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19), quiere decir que debéis estar en una vigilia permanente y escuchar su palabra. ¿A dónde tengo que ir, Señor? ¿Cuál es mi camino? ¿Qué quieres de mí? «Heme aquí, heme aquí», habéis cantado muchas veces.

Queridos jóvenes, os agradezco esta hora de oración, esta vigilia romana, de la diócesis, de los jóvenes, que así se preparan para el Domingo de Ramos, para la celebración de la Jornada mundial aquí, en Roma, donde comenzó la tradición de las jornadas.

* * *

(Texto del discurso del Santo Padre preparado para el encuentro con los jóvenes)



Queridos jóvenes:

1. Con mucho gusto quiero compartir esta tarde con vosotros un anhelo y una gran esperanza que llevo en mi corazón. Por eso os digo con el apóstol Pablo, el gran santo misionero: «Os hablo como a hijos; abríos también vosotros» (2 Co 6, 13).

Quizá os preguntéis: «¿Qué es eso tan importante que quiere decirnos el Papa, y por qué lo quiere decir precisamente a los jóvenes?»

Tratemos por un momento de volver atrás en el tiempo, de remontarnos a casi dos mil años. Vayamos idealmente a las orillas del lago de Genesaret, en Galilea. Jesús, a quien contemplaremos en los próximos días en la revelación más elevada de su amor a nosotros, desciende de la barca, mira a su alrededor y ve una gran multitud. Siente por esa gente una gran compasión. Cuenta san Marcos: «Sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6, 34). Y el evangelista agrega: «Se puso a enseñarles muchas cosas». Luego tomó los panes y los peces y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la multitud (cf. ib., 6, 34. 41). Jesús ilumina con el anuncio del reino de Dios la existencia de aquellos pobres y, a la vez, les hace gustar los signos de la vida y de la fiesta.

Este es Jesús, nuestro Salvador. En él creemos. Comprendemos su misión, en la que hoy todos nosotros estamos implicados. Después de su resurrección, Cristo, mediante su Espíritu, puso en movimiento a la Iglesia, que desde hace dos mil años prosigue su mandato misionero. Dicho mandato consiste en salir amorosamente al encuentro de la gente, en comprender sus necesidades espirituales y materiales, y en compartir con los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos el pan del Evangelio, es decir, la Verdad que libera del pecado y el Amor que da la vida nueva, fortaleciendo la unión íntima con Dios y con los hermanos.

Se trata de la misión propia del pueblo cristiano que nos concierne a cada uno de nosotros. Os toca directamente a vosotros, queridos jóvenes, así como a vuestros formadores, a quienes hoy acojo con alegría y saludo con afecto.

Saludo de modo particular al querido cardenal Camilo Ruini, mi vicario, a quien agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo con deferencia a los obispos auxiliares aquí presentes, a los responsables diocesanos de la pastoral juvenil y a cuantos se han ocupado de organizar nuestro encuentro, que se celebra con ocasión de la VII Jornada mundial de la Juventud. Vaya mi abrazo espiritual más cordial a todos vosotros y también a vuestros amigos que no han podido estar presentes. ¡Bienvenidos! Para mí es siempre motivo de consuelo reunirme con los jóvenes, sobre todo cuando puedo entretenerme con vosotros, jóvenes romanos, porque, siendo los jóvenes de mi diócesis, os amo de una manera muy particular.

2. Permitidme, entonces, compartir con vosotros lo que más me preocupa: el anhelo de la evangelización. En los viajes apostólicos me encuentro a menudo con personas que tienen sed de verdad y salvación. Especialmente con jóvenes deseosos de dar un sentido verdadero a su propia existencia. En el sur del mundo, -aunque no sólo allí- mucha gente que vive en la pobreza más impresionante carece a menudo de esa fuente de consolación que es el conocimiento del Evangelio, porque no hay suficientes apóstoles y evangelizadores. En el norte del planeta -aunque no sólo allí- hay quien sufre otro tipo de pobreza: hombres y mujeres que, olvidando el Evangelio recibido, están privados de la verdad y de la alegría auténtica. Aunque parezcan satisfechos, son profundamente infelices. Otros viven al día. Quisieran ser más, valer más y dar más, pero nadie los invita a la viña (cf. Mt 20, 1), nadie los ayuda a crecer. «La mies es mucha», dijo Jesús entonces, y lo repite aún hoy. Muchos son los que esperan la salvación, pero «los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37-38).

¿Quién secundará la impaciencia de Dios por llevar su reino al corazón de muchos de nuestros hermanos? ¿Quién, como Jesús, se inclinará hacia la débil luz que brilla en el corazón del hombre moderno, escéptico, indiferente y a menudo superficial, para transmitirle palabras de verdad y esperanza? (cf. Mt 12, 20). ¿Quién dará a los ciegos, a los cojos, a los sordos, a los marginados y a los pecadores la gracia de ver, de caminar, de oír y de vivir en el nombre de Jesús, como hicieron los primeros misioneros? (cf. Hch 3, 6).

Estos son los anhelos y las esperanzas que quiero compartir con vosotros esta tarde. Son desafíos formidables que os interpelan personalmente. La Iglesia tiene necesidad de vosotros estéis preparados, que seáis competentes y generosos para haceros cargo de su misión perenne en el mundo.

3. Por esta razón he querido que la Jornada mundial de la Juventud tuviera una finalidad misionera clara y fuerte. El Espíritu Santo es quien hace que los jóvenes de todas las naciones sean protagonistas de la nueva evangelización, sobre todo en estos años que nos llevan rápidamente al tercer milenio de la fe cristiana.

Sois jóvenes, queridos amigos, y vuestra juventud es un cometido. Dios quiere valerse de vuestras energías juveniles para haceros protagonistas de la historia de la salvación y misioneros de su alegría. Nadie diga que es pequeño, que tiene poco, que no vale. Leemos en el Evangelio que cinco panes y dos peces en la mano de un muchacho permitieron que Cristo realizara el «milagro» de saciar el hambre de miles de personas (cf. Jn 6, 9).

En el designio divino representáis seguramente la posibilidad del futuro y la esperanza de renovación. La comunidad eclesial cuenta con vosotros para ensanchar las fronteras de su anuncio apostólico. ¡Estad en la misma sintonía de Cristo!

Durante el grandioso encuentro con los jóvenes en Czestochowa os renové el anuncio evangélico, fundamento de vuestra dignidad de personas: «Habéis recibido un espíritu de hijos». Sois hijos de Dios. Ahora bien, esta dignidad de ser hijos constituye para vosotros una tarea. Por eso, Jesús, cuyo espíritu filial compartís ante el Padre, os dice: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

4. Pero ¿cómo? ¿Qué significa ser misionero? ¿Misionero de quién? Habéis manifestado estos interrogantes, tan significativos, mediante el testimonio que algunos de vosotros han dado hace un rato ante toda la asamblea. Habéis esbozado nítidamente el rostro de la juventud que se hace misionera y de la misión de la Iglesia que se vuelve joven.

Cumplir la voluntad de Jesús significa prolongar con él y con su Espíritu el camino de verdad y vida a lo largo y a lo ancho del mundo. Se trata de un cometido pastoral que nace y se alimenta del testimonio: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Así, pues, para ser misionero hay que llevar a cabo una opción valiente y decidida, coherente y determinada. En el fondo, hoy la gente cree menos que nunca en las palabras; quiere hechos; cree en el testimonio de la vida. Éste es un reto que hemos de aceptar y un cometido que debemos profundizar. El Señor obra en vuestra existencia. ¡No tengáis miedo de servirlo con todo vuestro ser!

5. Todas las personas con las que entráis en contacto diariamente son destinatarias de esa acción evangelizadora comprometida. Las que todavía no conocen a Cristo, y a las que el Señor quiere llegar con la fuerza de su verdad, que quita el mal y abre el corazón a los dones incomparables de la salvación y la gracia; las que padecen injusticia y opresión, y a las que el Redentor dona la auténtica liberación evangélica.

Muchos son los chicos y las chicas con quienes os encontráis en la ciudad, en la escuela, en la universidad, en los ambientes de trabajo y de diversión, por la calle y en las plazas. Muchos de ellos ceden ante la seducción de la cultura dominante, viven en la indiferencia y la superficialidad o se dejan arrastrar por los mitos del consumismo, alimentando en su corazón esperanzas débiles y efímeras.

¿Quién les comunicará el secreto de la vida verdadera? ¿Quién sino vosotros, jóvenes como ellos, puede brindarles la alegría de descubrir rumbos existenciales alternativos, que se inspiren en el Evangelio? Debéis ser los primeros misioneros de los demás jóvenes, los apóstoles de vuestros coetáneos. Sedlo, por tanto, con sencillez y espíritu de solidaridad y amistad.

Obrando de este modo, participaréis activamente en el comprometedor camino sinodal de nuestra diócesis. De hecho, precisamente en estos meses hemos comenzado a confrontarnos con la ciudad sobre algunos problemas que os interesan también a vosotros y acerca de los cuales estáis llamados a ofrecer una aportación generosa de reflexión, propuestas y servicio.

6. Queridos jóvenes, ensanchad vuestro espíritu frente a los grandes desafíos de nuestra época. Entre éstos, quisiera recordaros la celebración del V Centenario de la evangelización de América Latina, que nos invita a tomar conciencia de las necesidades de ese van continente, en el que viven muchísimos jóvenes; la caída del muro entre los países del oeste y del este de Europa, que ha suscitado un rechazo más decidido de toda forma de opresión ideológica, de racismo o de nacionalismo egoísta; las dificultades que encuentra África en la construcción de un desarrollo auténtico e integral, y los cambios del continente asiático, continente de las grandes religiones.

A la luz de esos acontecimientos, se os pide que sepáis apreciar profundamente el don de la fe y la alegría de descubrir en Cristo el fin de las aspiraciones más elevadas del corazón humano.

El renovado impulso evangelizador que la Iglesia advierte hoy como su deber fundamental en todo el mundo necesita muchos evangelizadores santos: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos dispuestos a consagrar su vida al Señor y a su Iglesia donde él los llame y donde las necesidades del hombre sean más apremiantes.

Por esta razón, queridos jóvenes, animados por el celo apostólico, responded con generosidad a Dios, si os llama a un servicio exclusivo en el ministerio ordenado, en la vida religiosa o en la consagración laical. Rogad sin cesar a fin de que cada uno de vosotros esté preparado para cumplir siempre la voluntad divina conforme a su propia vocación.

En la inolvidable manifestación de Czestochowa, del 15 de agosto del año pasado, encomendé a todos los jóvenes a la Virgen de la luz. Hoy os encomiendo nuevamente a ella, Madre del buen camino, Madre de la visitación y de la buena nueva. Teniendo presente su ejemplo, estad dispuestos a acoger la invitación de Cristo, que resuena con fuerza en el corazón de todo creyente. Jesús nos dice: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15. 20).

¡Id por las calles de Roma! ¡Id por las calles del mundo!

¡Que el Señor os acompañe! También yo os acompaño con mi oración. Os sostenga la bendición apostólica, que os imparto de corazón a todos los presentes y a vuestros seres queridos

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL SIMPOSIO INTERNACIONAL SOBRE LA HISTORIA DE LA EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA 14 de mayo 1992

Queridos Hermanos en el Episcopado, Excelentísimos Señores Distinguidos Profesores, Señoras y Señores:

1, Les agradezco muy cordialmente su presencia en el Vaticano, adonde han venido de prestigiosas Universidades y de diversas naciones, especialmente de Iberoamérica, para participar en este importante Simposio, que la Comisión para América Latina ha organizado, en torno a la historia de la Evangelización del Nuevo Mundo.

El Simposio está encuadrado en el marco sugestivo de este venturoso año 1992, en el que se cumple el V Centenario del comienzo de la Evangelización de América. Conmemoramos así aquel 1492 que, como señalé en mi homilía del 1 de enero, fue un « año singular, año de grandes cambios en la historia de la humanidad, año de los nuevos caminos del Evangelio de nuestra salvación ».

En estas pocas palabras se compendia lo que fue aquella memorable efemérides que, en el cuadrante de la historia está ligada a una fecha simbólica: 12 de octubre de 1492, si bien la grandiosa y admirable aventura del descubrimiento y de la primera evangelización del Nuevo Mundo se desarrolló en los años sucesivos, cubriendo un arco de tiempo —algo más de un siglo—en el que cambió de rumbo la trayectoria de la Humanidad.

2. En efecto, las carabelas del Almirante Cristóbal Colón zarparon del Puerto de Palos, España, bajo la égida de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, el 3 de agosto de 1492 y el 12 de octubre arribaron a las tierras del nuevo continente, que después se llamaría América.

El primer encuentro de los europeos con los pueblos del Continente americano tuvo lugar en la isla de Guanahaní, situada en el actual archipiélago de Las Bahamas y que Colón llamó San Salvador, nombre cargado de profundo significado cristiano y que dejaba entrever el proyecto de la futura inmediata evangelización. En efecto, ésta comenzó propiamente con el segundo viaje de Colón, en el que ya algunos misioneros formaban parte de la expedición. Y así, el día 6 de enero de 1494, Fray Bernardo Boyl, designado Vicario Apostólico del Nuevo Mundo, celebró la primera Misa solemne en América.

Estas noticias, que nos dan las crónicas con datos precisos, son parte de una historia fascinante. Compete a los historiadores el seguir profundizando sobre unos acontecimientos que han marcado un hito importante en la vida de la humanidad. Si bien, por encima de estos datos, la Iglesia proclama siempre que Jesucristo es el Señor de la Historia: «Cristo ayer y hoy. Principio y Fin. Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos», palabras que hemos pronunciado en la liturgia de la Vigilia Pascual.

3. Como Sucesor de Pedro, deseo proclamar hoy delante de ustedes que la historia está dirigida por Dios. Por ello, los diversos «eventos» pueden convertirse en «oportunidades salvíficas» (kairós), cuando en el curso de los siglos Dios se hace presente de un modo especial. Ante los nuevos horizontes que se abrieron el 12 de octubre de 1492, la Iglesia, fiel al mandato recibido de su divino Fundador (Cf. Mt 28, 19), sintió el deber perentorio de implantar la Cruz de Cristo en las nuevas tierras y de predicar el Mensaje evangélico a sus moradores. Esto, lejos de ser una opción aventurada o un cálculo de conveniencia, fue la razón del comienzo y desarrollo de la Evangelización del Nuevo Mundo.

Ciertamente, en esa Evangelización, como en toda obra humana, hubo aciertos y desatinos, «luces y sombras», pero «más luces que sombras» (Cf. Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, 8), a juzgar por los frutos que encontramos allí después de quinientos años: una Iglesia viva y dinámica que representa hoy una porción relevante de la Iglesia universal. Lo que celebramos este año es precisamente el nacimiento de esta espléndida realidad: la llegada de la fe a través de la proclamación y difusión del Mensaje evangélico en el Continente. Y lo celebramos « en el sentido más profundo y teológico del término: como se celebra a Jesucristo (...) el primero y más grande Evangelizador, ya que El mismo es el "Evangelio de Dios" »(Cf. Ángelus del 5 de enero de 1992).

4. No celebramos, pues, acontecimientos históricos controvertidos. Somos conscientes de que los hechos históricos, así como su interpretación, son una realidad compleja que hay que estudiar atenta y pacientemente. De ustedes se espera una válida aportación, seria y objetiva, un juicio sereno sobre esos eventos. En efecto, el historiador no debe estar condicionado por intereses de parte, ni por prejuicios interpretativos, sino que ha de buscar la verdad de los hechos. Por ello, el V Centenario de la Evangelización de América es una ocasión propicia para el «estudio histórico riguroso, enjuiciamiento ecuánime y balance objetivo de aquella empresa singular, que ha de ser vista en la perspectiva de su tiempo y con una clara conciencia eclesial» (Cf. Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio ,4). En este sentido, han tenido ya lugar en España, en América y también en Roma diversos y significativos congresos de carácter histórico. El presente encuentro se sitúa igualmente en esta línea, como también la Exposición de libros y documentos anteriores al 1600, organizada por la Biblioteca Apostólica Vaticana y el Archivo Secreto Vaticano.

Este Simposio tiene lugar antes de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que, durante el próximo mes de octubre, tratará en Santo Domingo sobre una nueva estrategia evangelizadora para el futuro. La citada Conferencia tendrá como tema «Nueva Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana», poniendo al Redentor del hombre y Señor de la historia en el centro de su programa evangelizador: «Jesucristo ayer, hoy y siempre» (Cf. Heb 13, 8).Ustedes han estudiado esta misma temática en la perspectiva histórica de los quinientos años, fijando la atención en el primer siglo de la gran epopeya misionera realizada en el Continente americano a partir de 1492.

En el terreno de las aportaciones a los estudios históricos, son de alabar las abundantes y apreciadas publicaciones que han sacado a la luz valiosos documentos de los comienzos de la evangelización. Dignos de mención son los dos volúmenes de «Documenta Pontificia ex Registris et Minutis Praesertim in Archivo Secreto Vaticano existentibus» que, con el título « America Pontificia. Primi Saeculi Evangelizationis (1493-1592)», ha publicado el Archivo Secreto Vaticano. Ha sido éste un digno homenaje de la Sede Apostólica a la Historia de la Evangelización de América como lo es también el Pabellón de la Santa Sede en la Exposición Universal de Sevilla.

5. A cuantos sentimos como propia la tarea de evangelizar no puede por menos de producir viva satisfacción examinar el contenido de las actas de los numerosos Concilios y Sínodos que se celebraron en la primera época, como también otros documentos de riquísimo contenido, como las Doctrinas o Catecismos, que fueron centenares y casi todos están escritos en las lenguas de las etnias y países donde los misioneros desarrollaban su misión.

Es también alentador repasar las crónicas sobre la acción misionera, así como los textos que censuraban los abusos y atropellos que, como en toda obra humana, no faltaron. El testimonio de la Escuela de Salamanca representa un encomiable esfuerzo por encauzar la acción colonizadora según principios inspirados en una ética cristiana. Fray Francisco de Vitoria, en sus célebres relecciones sobre los indios sentó los fundamentos filosófico-teológicos de una colonización cristiana. El maestro de Salamanca demostró que indios y españoles eran fundamentalmente iguales en cuanto hombres. Su dignidad humana radicaba en que los indios, por su naturaleza, eran también racionales y libres, creados a imagen y semejanza de Dios, con un destino personal y transcendente, por lo cual podían salvarse o condenarse. Como seres racionales y libres, los indios eran sujetos de los derechos fundamentales inherentes a todo ser humano, y no los perdían por razón de los pecados de infidelidad, idolatría u otras ofensas contra Dios, pues estos derechos se basaban en su naturaleza y condición de hombres.

6. Los indios eran, por consiguiente, verdaderos dueños de sus bienes al igual que los cristianos, y no podían ser desposeídos de los mismos por su incultura. La situación lamentable de muchos indios —añadía Vitoria— se debía en gran parte a su falta de educación y formación humana. Por ello, en virtud del derecho de sociedad y de comunicación natural, los hombres y pueblos mejor dotados, tenían el deber de ayudar a los más atrasados y subdesarrollados. Así justificaba Vitoria la intervención de España en América.

Basándose en estos principios cristianos articuló el sabio dominico un verdadero código de derechos humanos. Con ello sentó los fundamentos del moderno derecho de gentes: derecho a la paz y la convivencia, a la solidaridad y la colaboración, a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa. Porque la evangelización era —concluía Vitoria— un medio de promoción humana y suponía el respeto a la libertad, así como la educación de la fe en la libertad.

La doctrina de la Escuela de Salamanca fue en gran parte asumida por las Leyes de Indias, las cuales muestran la inspiración cristiana de la empresa colonizadora, aunque a veces dichas leyes no se cumplieran. Por eso, la así llamada «colonización» no se puede vaciar del contenido religioso que la impregnó o acompañó, ya que la Cruz de Cristo, plantada desde el primer momento en las tierras del Nuevo Mundo, iluminó el camino de los descubridores o colonizadores, como lo prueba la religiosidad que marcó toda su trayectoria y los numerosos escritos de la época, así como los nombres mismos de tantas ciudades y santuarios diseminados por América.

7. Ao falar da cristianização do Novo Mundo, é preciso ressaltar, como o fez este Simpósio, o excepcional trabalho realizado pelas Ordens religiosas. A este propósito, «quero reiterar a avaliação globalmente positiva da actuação dos primeiros evangelizadores que eram, em grande parte, membros de Ordens religiosas. Muitos tiveram de atuar em circunstancias difíceis e, na prática, inventaram novos modos de evangelização, projetados para nações e povos de culturas distintas» (Carta Apostólica Os Caminhos do Evangelho, 4). Seu labor apostólico, impulsionado pelos Papas e dirigido pelos intrépidos Pastores procedentes também do clero secular, como São Turíbio de Mogrovejo, Padroeiro do Episcopado Latino-Americano, foi rico em frutos de santidade. Dele somos herdeiros e chamados a torná-lo vivo e atual na América dos nossos dias. Por isso, é necessário penetrar e aprofundar nas raízes cristãs dos povos americanos, examinando sua trajetória e delineando a identidade do chamado «Continente da Esperança».

Como já assinalei na Encíclica Redemptoris missio , a nossa época «exige um renovado impulso na actividade missionária da Igreja. Os horizontes e as possibilidades da missão alargam-se, e é-nos pedida, a nós cristãos, a coragem apostólica, apoiada sobre a confiança no Espírito. Ele é o protagonista da missão! Na história da humanidade, há numerosas viragens que estimulam o dinamismo missionário, e a Igreja, guiada pelo Espírito, sempre respondeu com generosidade e clarividência» (N. 30.)

8. Não faz muito tempo, foi comemorado o milénio do Batismo da Rus' e da evangelização do povos eslavos. Da mesma forma foi lembrado nestes anos, o primeiro centenário do início das missões nos diversos países da África, Ásia e Oceânia. Estas comemorações foram acontecimentos da Igreja universal, como também o é o V Centenário do inicio da Evangelização da América, feliz efeméride que nos convoca à Nova Evangelização.

Com iniciativas semelhantes à deste Simpósio, «a Igreja, no que lhe concerne, quer vir celebrar este centenário com a humildade da verdade, sem triunfalismos nem falsos pudores; visando somente a verdade, para dar graças a Deus pelos acertos, e tirar do erro motivos para lançar-se com espírito renovado em direcção ao futuro» (Discurso aos Bispos do CELAM, Santo Domingo, 12 de outubro de 1984).

Antes de concluir este encontro, desejo agradecer a todos vivamente vossa generosa participação nos trabalhos do Simpósio, e vos animo a continuar em vossas tarefas de estudo e de pesquisa, como um serviço à verdade e uma homenagem a tantos homens e mulheres que dedicaram e dedicam suas vidas em prol dos nossos irmãos do continente americano.

Com a minha Bênção Apostólica.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Aeropuerto internacional Las Américas de Santo Domingo Miércoles 14 de octubre de 1992

Señor Presidente, amados hermanos en el episcopado, autoridades, queridos hijos e hijas de la República Dominicana:

1. Llega ya a su fin mi visita pastoral que, en el nombre del Señor, he tenido el gozo de realizar, cumpliendo así mi ferviente deseo de asociarme, desde este pórtico de las Américas, a las celebraciones del V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo.

En estos momentos de despedida mi pensamiento hecho plegaria se dirige a Dios, rico en misericordia, que me ha concedido la gracia de compartir estas jornadas de intensa comunión y esperanza, durante las cuales he tenido ocasión de sentir la presencia y cercanía de los pueblos de América Latina, que agradecen profundamente al Señor de la historia el don de la fe y el haber sido escogidos para formar parte de su Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Doy las gracias al Señor Presidente de la República y a todas la Autoridades, que tanto han cooperado para el buen desarrollo de mi vi sita pastoral, dándome en todo momento muestras de exquisita cortesía.

Expreso viva gratitud a mis Hermanos Obispos de esta Nación, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a tantos laicos que, con no poco esfuerzo y sacrificio, han contribuido eficaz e ilusionadamente a la preparación y realización de las diversas celebraciones. Agradezco también a los numerosos voluntarios y voluntarias que, con tanta generosidad, han contribuido al buen desarrollo de la visita. Igualmente saludo con gratitud a los medios de comunicación social por su dedicación y buenos servicios. Por causas bien conocidas, y ajenas a mi voluntad, no ha sido posible en esta ocasión realizar los encuentros que, en un primer momento, habían sido programados en La Vega y Azua. Pero mi espíritu ha estado siempre muy cercano a todos y cada uno de los dominicanos: familias, jóvenes y niños, campesinos y obreros, intelectuales y dirigentes, minorías étnicas, pobres y enfermos. A todos llevo en mi corazón y de todos guardaré un imborrable recuerdo.

2. Ha sido motivo de profunda satisfacción encontrarme con una Iglesia viva, en la que sus Pastores están generosamente entregados a las tareas de la nueva evangelización, compartiendo las alegrías y tristezas de la gente y cooperando en la promoción de la justicia y de la fraternidad entre todos. Animados por la gran esperanza que viene de una fe firme y operante, seguid anunciando a Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13, 8). Que este lema de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se haga vida en los individuos, en las familias, en la sociedad dominicana.

A mis Hermanos Obispos y demás participantes en la Conferencia de Santo Domingo les aliento en sus trabajos y les acompaño con mi plegaria intensa, asidua, esperanzada. Quiera Dios que el fruto de sus reflexiones infunda un renovado dinamismo apostólico en todas las diócesis, parroquias, comunidades, asociaciones y movimientos de la Iglesia latinoamericana.

3. América Latina –continente de la esperanza– debe entrar gallarda y decididamente en el tercer milenio cristiano irradiando en el mundo la luz de la fe que recibió hace cinco siglos. El futuro se presenta, ciertamente, como un gran desafío a la capacidad creadora y a la voluntad de entendimiento de los pueblos que integran la gran familia latinoamericana. Por ello, es más necesario aún que, cimentados en las raíces cristianas que han configurado su ser histórico, den nueva vitalidad a los valores morales como factor de cohesión social, solidaridad y progreso. Pido a Dios que este V Centenario sea un hito en el proceso de integración latinoamericana, que lleve a las Naciones del Continente a ocupar el puesto que les corresponde en la escena mundial.

¡Adelante, América Latina! Que tu fe cristiana te acompañe siempre en los arduos caminos que tendrás que recorrer. ¡Ánimo, Continente de la esperanza! ¡No tengas miedo! ¡Abre de par en par las puertas a Cristo!

¡Que Dios bendiga a la República Dominicana!

¡Que Dios bendiga a todos los hijos e hijas de América!

¡Alabado sea Jesucristo!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A REPRESENTANTES DE LAS COMUNIDADES AFROAMERICANAS Nunciatura apostólica en Santo Domingo Martes 13 de octubre de 1992

Amadísimos hermanos y hermanas:

Me es muy grato poder tener este encuentro con vosotros, representantes de las comunidades afroamericanas de este continente, con motivo de cumplirse el V Centenario de la llegada del Evangelio.

Como bien sabéis, era mi ferviente deseo haber tenido una celebración litúrgica especialmente dedicada a los descendientes de aquellos hombres y mujeres que, tras el descubrimiento de América, fueron forzados a abandonar el continente africano y trasladados a las nuevas tierras.

Por vuestro medio, deseo hacer llegar mi Mensaje de saludo y aliento a todas las personas y comunidades afroamericanas del Nuevo Mundo, en especial a los hijos e hijas de la Iglesia católica, que en acción de gracias a Dios, conmemora los quinientos años de presencia de la fe cristiana en el continente de la esperanza.

Os agradezco vivamente vuestra visita y os ruego que, junto con mi palabra, seáis portadores de mi saludo entrañable a vuestras familias y comunidades en todo el Caribe, en Brasil, en las costas atlántica y pacífica, en todo el continente. Decidles que el Papa les ama y que quiere estar cercano a quienes más lo necesitan: a los pobres, a los enfermos, a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.

Sed en todo momento fieles a la Iglesia de Cristo, al mandamiento del amor fraterno. Que en vuestras manifestaciones de religiosidad y piedad popular, plenamente inculturadas en vuestra idiosincrasia, resplandezca siempre la vitalidad del mensaje cristiano, la pureza de su doctrina, la devoción eucarística y mariana. Todo ello será garantía de profunda y sólida vida cristiana y os defenderá también del proselitismo de las sectas.

Mientras encomiendo a todos a la maternal protección de la Santísima Virgen, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A REPRESENTANTES DE VARIAS ETNIAS INDÍGENAS DEL CONTINENTE Nunciatura apostólica en Santo Domingo Martes 13 de octubre de 1992

Es para mí motivo de particular gozo daros mi más cordial y afectuosa bienvenida, representantes de diversas etnias indígenas del continente americano, que habéis querido venir a Santo Domingo para tener este encuentro con el Papa.

Mi ferviente deseo era el de celebrar el V Centenario de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo reunido con multitud de hermanos y hermanas indígenas en Yucatán, cuna de gloriosas civilizaciones de vuestros antepasados. Pero por razones que os son bien conocidas, ha sido necesario reducir los actos de la programación inicial, confiando que el Señor me permita en un futuro no lejano poder encontrarme con los hijos e hijas de los nobles pueblos indígenas para, juntos, celebrar una vez más la fe cristiana que inspira a vuestras comunidades y alienta vuestros esfuerzos por lograr condiciones de vida más digna y justa.

En esta tierra, donde fue plantada la cruz de Cristo hace ahora cinco siglos, os hago entrega del Mensaje de paz y amor que dirijo a todas las personas y grupos étnicos amerindios. Sed, pues, portadores de mis palabras de aliento y del profundo afecto que siento por todos los hermanos y hermanas indígenas, a quienes encomiendo a la maternal protección de Nuestra Señora de Guadalupe para que la efemérides que conmemoramos les corrobore en su fe cristiana y sostenga sus legítimas aspiraciones por conseguir el puesto que les corresponde en la sociedad y en la Iglesia.

A los aquí presentes, a vuestras familias, a vuestros pueblos y Naciones bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

JUAN PABLO II

DISCURSO INAUGURAL DE LA IV CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO 12 de octubre 1992

Queridos Hermanos en el Episcopado, amados sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos:

Queridos Irmãos no Episcopado, Amados sacerdotes, religiosos, religiosas e leigos:

1. Bajo la guía del Espíritu, al que hemos invocado fervientemente para que ilumine los trabajos de esta, importante asamblea eclesial, inauguramos la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, poniendo nuestros ojos y nuestro corazón en Jesucristo, «el mismo ayer, hoy y siempre».[1] El es el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega,[2] «el primero y más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena».[3]

En este encuentro eclesial sentimos muy viva la presencia de Jesucristo, Señor de la historia. En su nombre se reunieron los Obispos de América Latina en las anteriores Asambleas —Río de Janeiro en 1955; Medellín en 1968; Puebla en 1979—, y en su mismo nombre nos reunimos ahora en Santo Domingo, para tratar el, tema «Nueva Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana», que engloba las grandes cuestiones que, de cara al futuro, debe afrontar la Iglesia ante las nuevas situaciones que emergen en Latinoamérica y en el mundo.

Es ésta, queridos Hermanos, una hora de gracia para todos nosotros y para la Iglesia en América. En realidad, para la Iglesia universal, que nos acompaña con su plegaria, con esa comunión profunda de los corazones que el Espíritu Santo genera en todos los miembros del único cuerpo de Cristo. Hora de gracia y también de gran responsabilidad. Ante nuestros ojos se vislumbra ya el tercer milenio. Y si la Providencia nos ha convocado para dar gracias a Dios por los quinientos años de fe y de vida cristiana en el Continente americano, acaso podemos decir con más razón aún que nos ha convocado también a renovarnos interior-mente, y a «escrutar los signos de los tiempos».[4] En verdad, la llamada a la nueva evangelización es ante todo una llamada a la conversión. En efecto, mediante el testimonio de una Iglesia cada vez más fiel a su identidad y más viva en todas sus manifestaciones, los hombres y los pueblos de América Latina, y de todo el mundo, podrán seguir encontrando a Jesucristo, y en El, la verdad de su vocación y su esperanza, el camino hacia una humanidad mejor.

Mirando a Cristo, «fijando los ojos en el que inicia y completa nuestra fe: Jesús»,[5] seguimos el sendero trazado por el Concilio Vaticano II, del que ayer se cumplió el XXX aniversario de su solemne inauguración. Por ello, al inaugurar esta magna Asamblea, deseo recordar aquellas sentidas palabras pronunciadas por mi venerable predecesor, el Papa Pablo VI, en la apertura de la segunda sesión conciliar:

«¡Cristo! Cristo, nuestro principio. Cristo, nuestra vida y nuestro guía. Cristo, nuestra esperanza y nuestro término... Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz que no sea la de Cristo, luz del mundo. Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente fuera de las palabras del Señor, único Maestro. Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquella que, mediante su palabra, conforta nuestra debilidad...».

I. JESUCRISTO AYER, HOY Y SIEMPRE

Esta Conferencia se reúne para celebrar a Jesucristo, para dar gracias a Dios por su presencia en estas tierras de América, donde hace ahora 500 a os comenzó a difundirse el mensaje de la salvación; se reúne para celebrar la implantación de la Iglesia, que durante estos cinco siglos tan abundantes frutos de santidad y amor ha dado en el Nuevo Mundo.

Jesucristo es la Verdad eterna que se manifestó en la plenitud de los tiempos. Y precisamente, para transmitir la Buena Nueva a todos los pueblos, fundó su Iglesia con la misión específica de evangelizar: « Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda creatura ».[6]Se puede decir que en estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización. Así, pues, desde el día en que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, la Iglesia inició la gran tarea de la evangelización. San Pablo lo expresa en una frase lapidaria y emblemática: « Evangelizare Iesum Christum », « anunciar a Jesucristo ».[7] Esto es lo que han hecho los discípulos del Señor, en todos los tiempos y en todas la latitudes del mundo.

En este proceso singular el año 1492 marca una fecha clave. En efecto, el 12 de octubre —hace hoy exactamente cinco siglos— el Almirante Cristóbal Colón, con las tres carabelas procedentes de España, llegó a estas tierras y plantó en ellas la cruz de Cristo. La evangelización propiamente dicha, sin embargo, comenzó con el segundo viaje de los descubridores, a quienes acompañaban los primeros misioneros. Se iniciaba así la siembra del don precioso de la fe. Y ¿cómo no dar gracias a Dios por ello, junto con vosotros, queridos Hermanos Obispos, que hoy hacéis presentes en Santo Domingo a todas las Iglesias particulares de Latinoamérica? ¡Cómo no dar gracias por los abundantes frutos de la semilla plantada a lo largo de estos cinco siglos por tantos y tan intrépidos misioneros!

Con la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de la salvación, crece la familia de Dios, se multiplica «para gloria de Dios el número de los que dan gracias ».[8] Los pueblos del Nuevo Mundo eran «pueblos nuevos... totalmente desconocidos para el Viejo Mundo hasta el año 1492», pero «conocidos por Dios desde toda la eternidad y por El siempre abrazados con la paternidad que el Hijo ha revelado en la plenitud de los tiempos[9]».[10] En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo, lo ha incorporado a su designio redentor, lo ha hecho partícipe de su Espíritu. Mediante la evangelización y la fe en Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina.

Damos, pues, gracias a Dios por la pléyade de evangelizadores que dejaron su patria y dieron su vida para sembrar en el Nuevo Mundo la vida nueva de la fe, la esperanza y el amor. No los movía la leyenda de «El Dorado», o intereses personales, sino el urgente llamado a evangelizar unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo. Ellos anunciaron «la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres»[11] a unas gentes que ofrecían a sus dioses incluso sacrificios humanos.

Ellos testimoniaron, con su vida y con su palabra, la humanidad que brota del encuentro con Cristo. Por su testimonio y su predicación, el número de hombres y mujeres que se abrían a la gracia de Cristo se multiplicaron «como las estrellas del cielo, incontables como las arenas de las orillas del mar».[12]

4. Desde los primeros pasos de la evangelización, la Iglesia católica, movida por la fidelidad al Espíritu de Cristo, fue defensora infatigable de los indios, protectora de los valores que había en sus culturas, promotora de humanidad frente a los abusos de colonizadores a veces sin escrúpulos. La denuncia de las injusticias y atropellos por obra de Montesinos, Las Casas, Córdoba, fray Juan del Valle y tantos otros, fue como un clamor que propició una legislación inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona. La conciencia cristiana afloraba con valentía profética en esa cátedra de dignidad y de libertad que fue, en la Universidad de Salamanca, la Escuela de Vitoria,[13] y en tantos eximios defensores de los nativos, en España y en América Latina. Nombres que son bien conocidos y que con ocasión del V Centenario han sido recordados con admiración y gratitud. Por mi parte, y para precisar los perfiles de la verdad histórica poniendo de relieve las raíces cristianas y la identidad católica del Continente, sugerí que se celebrara un Simposio Internacional sobre la Historia de la Evangelización de América, organizado por la Pontificia Comisión para América Latina. Los datos históricos muestran que se llevó a cabo una válida, fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos.

De la fecundidad de la semilla evangélica deposita-da en estas benditas tierras he podido ser testigo durante los viajes apostólicos que el Señor me ha concedido realizar a vuestras Iglesias particulares. ¡Cómo no manifestar abiertamente mi ardiente gratitud a Dios, porque me ha sido dado conocer de cerca la realidad viva de la Iglesia en América Latina! En mis viajes al Continente, así como durante vuestras visitas «ad Limina» y en otros diversos encuentros —que han robustecido los vínculos de la colegialidad episcopal y la corresponsabilidad en la solicitud pastoral por toda la Iglesia—, he podido comprobar repetidamente la lozanía de la fe de vuestras comunidades eclesiales y también medir la amplitud de los desafíos para la Iglesia, ligada indisolublemente a la suerte misma de los pueblos del Continente.

5. La presente Conferencia General se reúne para perfilar las líneas maestras de una acción evangelizadora que ponga a Cristo en el corazón y en los labios de todos los latinoamericanos. Esta es nuestra tarea: hacer que la verdad sobre Cristo y la verdad sobre el hombre penetren aún más profundamente en todos los estratos de la sociedad y la transformen.[14]

En sus deliberaciones y conclusiones, esta Conferencia ha de saber conjugar los tres elementos doctrinales y pastorales, que constituyen como las tres coordenadas de la nueva evangelización: Cristología, Eclesiología y Antropología. Contando con una profunda y sólida Cristología, basados en una sana antropología y con una clara y recta visión eclesiológica, hay que afrontar los retos que se plantean hoy a la acción evangelizadora de la Iglesia en América.

A continuación deseo compartir con vosotros algunas reflexiones que, siguiendo la pauta del enunciado de la Conferencia y como signo de profunda comunión y corresponsabilidad eclesial, os ayuden en vuestro ministerio de Pastores entregados generosamente a la grey que el Señor os ha confiado. Se trata de presentar algunas prioridades doctrinales y pastorales desde la perspectiva de la nueva evangelización.

II. NUEVA EVANGELIZACIÓN

6. A nova evangelização é a idéia central de toda a temática desta Conferência.

Desde o meu encontro, no Haiti, com os Bispos do CELAM em 1983, venho pondo urna particular ênfase nesta expressão, para despertar assim um novo ardor e novos esforços evangelizadores na América e no mundo inteiro; ou seja, para dar á ação pastoral « um novo impulso, capaz de suscitar, numa Igreja ainda mais arraigada na forca e na potência imorredouras do Pentecostes, tempos novos de evangelização ».[15]

A nova evangelização não consiste num « novo evangelho », que surgiria sempre de nós mesmos, da nossa cultura ou da nossa análise sobre as necessidades do homem. Por isso, não seria « evangelho », mas pura invenção humana, e a salvação não se encontraria nele. Nem mesmo consiste em retirar do Evangelho tudo aquilo que parece dificilmente assimilável. Não é a cultura a medida do Evangelho, mas Jesus Cristo é a medida de toda a cultura e de toda obra humana. Não, a nova evangelização não nasce do desejo de «agradar aos homens » ou de « procurar o seu favor»,[16] mas da responsabilidade pelo dom que Deus nos fez em Cristo, pelo qual ternos acesso á verdade sobre Deus e sobre o homem, e á possibilidade da vida verdadeira.

A nova evangelização tem, como ponto de partida, a certeza de que em Cristo há uma « riqueza insondável »,[17] que não extingue nenhuma cultura de qualquer época, e á qual nós homens sempre poderemos recorrer para enriquecer-nos.[18] Essa riqueza é, antes de tudo, o próprio Cristo, sua pessoa, porque Ele mesmo é a nossa salvação. Nós, homens de qualquer época e de qualquer cultura, aproximando-nos d'Ele mediante a fé e a incorporação ao Seu Corpo, que é a Igreja, podemos encontrar a resposta àquelas perguntas, sempre antigas e sempre novas, que se nos apresentam no mistério da nossa existência, e que de modo indelével levamos gravadas em nosso coração desde a criação e desde a ferida do pecado.

7. La novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico, que es inmutable, pues Cristo es «el mismo ayer, hoy y siempre». Por esto, el evangelio ha de ser predicado en plena fidelidad y pureza, tal como ha sido custodiado y transmitido por la Tradición de la Iglesia. Evangelizar es anunciar a una persona, que es Cristo. En efecto, «no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios».[19] Por eso, las cristologías reductivas, de las que en diversas ocasiones he señalado sus desviaciones,[20] no pueden aceptarse como instrumentos de la nueva evangelización. Al evangelizar, la unidad de la fe de la Iglesia tiene que resplandecer no sólo en el magisterio auténtico de los Obispos, sino también en el servicio a la verdad por parte de los pastores de almas, de los teólogos, de los catequistas y de todos los que están comprometidos en la proclamación y predicación de la fe.

A este respecto, la Iglesia estimula, admira y respeta la vocación del teólogo, cuya «función es lograr una comprensión cada vez más profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia».[21] Esta vocación, noble y necesaria, surge en el interior de la Iglesia y presupone la condición de creyente en el mismo teólogo, con una actitud de fe que él mismo debe testimoniar en la comunidad. «La recta conciencia del teólogo católico supone consecuentemente la fe en la Palabra de Dios (...), el amor a la Iglesia de la que ha recibido su misión y el respeto al Magisterio asistido por Dios». [22] La teología está llamada, pues, a prestar un gran servicio a la nueva evangelización.

8. Ciertamente es la verdad la que nos hace libres.[23] Pero no podemos por menos de constatar que existen posiciones inaceptables sobre lo que es la verdad, la libertad, la conciencia. Se llega incluso a justificar el disenso con el recurso «al pluralismo teológico, llevado a veces hasta un relativismo que pone en peligro la integridad de la fe». No faltan quienes piensan que «los documentos del Magisterio no serían sino el reflejo de una teología opinable»;[24] y «surge así una especie de "magisterio paralelo" de los teólogos, en oposición y rivalidad con el Magisterio auténtico».[25] Por otra parte, no podemos soslayar el hecho de que las «actitudes de oposición sistemática a la Iglesia, que llegan incluso a constituirse en grupos organizados», la contestación y la discordia, al igual que «acarrean graves inconvenientes a la comunión de la Iglesia», son también un obstáculo para la evangelización.[26]

La confesión de fe « Jesucristo ayer, hoy y siempre » de la Carta a los Hebreos —que es como el telón de fondo del tema de esta IV Conferencia— nos lleva a recordar las palabras del versículo siguiente: «No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas».[27] Vosotros, amados Pastores, tenéis que velar sobre todo por la fe de la gente sencilla que, de lo contrario, se vería desorientada y confundida.

9. Todos los evangelizadores han de prestar también una atención especial a la catequesis. Al comienzo de mi Pontificado quise dar nuevo impulso a esta labor pastoral mediante la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae , y recientemente he aprobado el Catecismo de la Iglesia Católica , que presento como el mejor don que la Iglesia puede hacer a sus Obispos y a todo el Pueblo de Dios. Se trata de un valioso instrumento para la nueva evangelización, donde se compendia toda la doctrina que la Iglesia ha de enseñar.

Confío asimismo que el movimiento bíblico continúe desplegando su benéfica labor en América Latina y que las Sagradas Escrituras nutran cada vez más la vida de los fieles, para lo cual se hace imprescindible que los agentes de pastoral profundicen incansablemente en la Palabra de Dios, viviéndola y transmitiéndola a los demás con fidelidad, es decir, «teniendo muy en cuenta la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe».[28] Igualmente, el movimiento litúrgico ha de dar renovado impulso a la vivencia íntima de los misterios de nuestra fe, llevando al encuentro con Cristo Resucitado en la liturgia de la Iglesia. Es en la celebración de la Palabra y de los Sacramentos, pero sobre todo en la Eucaristía, culmen y fuente de la vida de la Iglesia y de toda la evangelización, donde se realiza nuestro encuentro salvífico con Cristo, al que nos unimos místicamente formando su Iglesia.[29] Por ello os exhorto a dar un nuevo impulso a la celebración digna, viva y participada de las asambleas litúrgicas, con ese profundo sentido de la fe y de la contemplación de los misterios de la salvación, tan arraigado en vuestros pueblos.

10. La novedad de la acción evangelizadora a que hemos convocado afecta a la actitud, al estilo, al esfuerzo y a la programación o, como propuse en Haití, al ardor, a los métodos y a la expresión.[30] Una evangelización nueva en su ardor supone una fe sólida, una caridad pastoral intensa y una recia fidelidad que, bajo la acción del Espíritu, generen una mística, un incontenible entusiasmo en la tarea de anunciar el Evangelio. En lenguaje neotestamentario es la «parresía» que inflama el corazón del apóstol.[31] Esta «parresía» ha de ser también el sello de vuestro apostolado en América. Nada puede haceros callar, pues sois heraldos de la verdad. La verdad de Cristo ha de iluminar las mentes y los corazones con la activa, incansable y pública proclamación de los valores cristianos.

Por otra parte, los nuevos tiempos exigen que el mensaje cristiano llegue al hombre de hoy mediante nuevos métodos de apostolado, y que sea expresado en lenguaje y formas accesibles al hombre latinoamericano, necesitado de Cristo y sediento del Evangelio: ¿Cómo hacer accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico?, ¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos evangelizar?, ¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que está presente un proceso creciente de secularización?

11. Como lo habéis manifestado en los encuentros y conversaciones que hemos tenido a lo largo de estos años, tanto en Roma como en mis visitas a vuestras Iglesias particulares, hoy la fe sencilla de vuestros pueblos sufre el embate de la secularización, con el consiguiente debilitamiento de los valores religiosos y morales. En los ambientes urbanos crece una modalidad cultural que, confiando sólo en la ciencia y en los avances de la técnica, se presenta como hostil a la fe. Se transmiten unos « modelos » de vida en contraste con los valores del Evangelio. Bajo la presión del secularismo, se llega a presentar la fe como si fuera una amenaza a la libertad y autonomía del hombre.

Sin embargo, no podemos olvidar que la historia reciente ha mostrado que cuando, al amparo de ciertas ideologías, se niegan la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, se hace imposible construir una sociedad de rostro humano. Con la caída de los regímenes del llamado «socialismo real» en Europa oriental cabe esperar que también en este continente se saquen las deducciones pertinentes en relación con el valor efímero de tales ideologías. La crisis del colectivismo marxista no ha tenido sólo raíces económicas, como he puesto de relieve en la Encíclica Centesimus annus ,[32] pues la verdad sobre el hombre está íntima y necesariamente ligada a la verdad sobre Dios.

La nueva evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral, pronta, ágil, que fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones individuales, familiares y sociales.

12. A ejemplo del Buen Pastor, habéis de apacentar el rebaño que os ha sido confiado y defenderlo de los lobos rapaces. Causa de división y discordia en vuestras comunidades eclesiales son —lo sabéis bien— las sectas y movimientos «pseudo-espirituales» de que habla el Documento de Puebla,[33] cuya expansión y agresividad urge afrontar.

Como muchos de vosotros habéis señalado, el avance de las sectas pone de relieve un vacío pastoral, que tiene frecuentemente su causa en la falta de formación, lo cual mina la identidad cristiana y hace que grandes masas de católicos sin una atención religiosa adecuada —entre otras razones, por falta de sacerdotes—, queden a merced de campañas de proselitismo sectario muy activas. Pero también puede suceder que los fieles no hallen en los agentes de pastoral aquel fuerte sentido de Dios que ellos deberían transmitir en sus vidas. «Tales situaciones pueden ser ocasión de que muchas personas pobres y sencillas, —como por desgracia está ocurriendo— se conviertan en fácil presa de las sectas, en las que buscan un sentido religioso de la vida que quizás no encuentran en quienes se lo tendrían que ofrecer a manos llenas».[34]

Por otra parte, no se puede infravalorar una cierta estrategia, cuyo objetivo es debilitar los vínculos que unen a los Países de América Latina y minar así las fuerzas que nacen de la unidad. Con este objeto se destinan importantes recursos económicos para subvencionar campañas proselitistas, que tratan de resquebrajar esta unidad católica.

Al preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una acción pastoral que ponga, en el centro de todo a la persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal con Dios. Es un hecho que allí donde la presencia de la Iglesia es dinámica, como es el caso de las parroquias en las que se imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, donde existe una liturgia activa y participada, una sólida piedad mariana, una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada solicitud pastoral por la familia, los jóvenes y los enfermos, vemos que las sectas o los movimientos para-religiosos no logran instalarse o avanzar.

La arraigada religiosidad popular de vuestros fieles, con sus extraordinarios valores de fe y de piedad, de sacrificio y de solidaridad, convenientemente evangelizada y gozosamente celebrada, orientada en torno a los misterios de Cristo y de la Virgen María, puede ser, por sus raíces eminentemente católicas, un antídoto contra las sectas y una garantía de fidelidad al mensaje de la salvación.

III. PROMOCIÓN HUMANA

13. Puesto que la Iglesia es consciente de que el hombre —no el hombre abstracto, sino el hombre concreto e histórico— «es el primer camino que ella debe recorrer en el cumplimiento de su misión»,[35] la promoción humana ha de ser consecuencia lógica de la evangelización, la cual tiende a la liberación integral de la persona.[36]

Mirando a ese hombre concreto, vosotros, Pastores de la Iglesia, constatáis la difícil y delicada realidad social por la que atraviesa hoy América Latina, donde existen amplias capas de población en la pobreza y la marginación. Por ello, solidarios con el clamor de los pobres, os sentís llamados a asumir el papel del buen samaritano,[37] pues el amor a Dios se muestra en el amor a la persona humana. Así nos lo recuerda el apóstol Santiago con aquellas graves palabras: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "Idos en paz, calentaos y hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?».[38]

La preocupación por lo social «forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia»[39] y es también « parte esencial del mensaje cristiano, ya que esta doctrina expone sus consecuencias directas en la vida de la sociedad y encuadra incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia en el testimonio de Cristo Salvador ».[40]

Como afirma el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et spes , el problema de la promoción humana no se puede considerar al margen de la relación del hombre con Dios.[41]En efecto, contraponer la promoción auténticamente humana y el proyecto de Dios sobre la humanidad es una grave distorsión, fruto de una cierta mentalidad de inspiración secularista. La genuina promoción humana ha de respetar siempre la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, los derechos de Dios y los derechos del hombre.

14. Vosotros, amados Pastores, tocáis de cerca la situación angustiosa de tantos hermanos que carecen de lo necesario para una vida auténticamente humana. No obstante el avance registrado en algunos campos, persiste e incluso crece el fenómeno de la pobreza. Los problemas se agravan con la pérdida del poder adquisitivo del dinero, a causa de la inflación, a veces incontrolada, y del deterioro de los términos de intercambio, con la consiguiente disminución de los precios de ciertas materias primas y con el peso insoportable de la deuda internacional de la que se derivan tremendas consecuencias sociales. La situación se hace todavía más dolorosa con el grave problema del desempleo creciente, que no permite llevar el pan al hogar e impide el acceso a otros bienes fundamentales.[42]

Sintiendo vivamente la gravedad de esta situación, no he dejado de dirigir apremiantes llamados en favor de una activa, justa y urgente solidaridad internacional. Es éste un deber de justicia que afecta a toda la humanidad, pero sobre todo a los países ricos que no pueden eludir su responsabilidad hacia los países en vías de desarrollo. Esta solidaridad es una exigencia del bien común universal que ha de ser respetada por todos los integrantes de la familia humana.[43]

15. El mundo no puede sentirse tranquilo y satisfecho ante la situación caótica y desconcertante que se presenta ante nuestros ojos: naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez más ricos y privilegiados frente a pueblos, familias y multitud de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de acceso a la cultura. Todo ello es testimonio elocuente de un desorden real y de una injusticia institucionalizada, a lo cual se suman a veces el retraso en tomar medidas necesarias, la pasividad y la imprudencia, cuando no la trasgresión de los principios éticos en el ejercicio de las funciones administrativas, como es el caso de la corrupción. Ante todo esto, se impone un «cambio de mentalidad, de comportamiento y de estructuras»,[44]en orden a superar el abismo existente entre los países ricos y los países pobres,[45] así como las profundas diferencias existentes entre ciudadanos de un mismo país. En una palabra: hay que hacer valer el nuevo ideal de solidaridad frente a la caduca voluntad de dominio.

Por otra parte, es falaz e inaceptable la solución que propugna la reducción del crecimiento demográfico sin importarle la moralidad de los medios empleados para conseguirlo. No se trata de reducir a toda costa el número de invitados al banquete de la vida; lo que hace falta es aumentar los medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan participar equitativamente de los bienes de la creación.

Hay que buscar soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera economía de comunión y participación de bienes, tanto en el orden internacional como nacional. A este propósito, un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana. Es grave responsabilidad de los gobernantes el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia.

16. En continuidad con las Conferencias de Medellín y Puebla, la Iglesia reafirma la opción preferencial en favor de los pobres. Una opción no exclusiva ni excluyente, pues el mensaje de la salvación está destinado a todos. «Una opción, además, basada esencialmente en la Palabra de Dios y no en criterios aportados por ciencias humanas o ideologías contrapuestas, que con frecuencia reducen a los pobres a categorías sociopolíticas económicas abstractas. Pero una opción firme e irrevocable».[46]

Como afirma el Documento de Puebla, «acercándonos al pobre para acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cristo nos enseñó haciéndose hermano nuestro, pobre como nosotros. Por eso, el servicio a los pobres es la medida privilegiada, aunque no excluyente, de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor servicio al hermano es la evangelización, que lo dispone a realizarse como Hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente ».[47] Dichos criterios evangélicos de servicio al necesitado evitarán cualquier tentación de connivencia con los responsables de las causas de la pobreza, o peligrosas desviaciones ideológicas, incompatibles con la doctrina y misión de la Iglesia.

La genuina praxis de liberación ha de estar siempre inspirada por la doctrina de la Iglesia según se expone en las dos Instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe,[48] que han de ser tenidas en cuenta cuando se aborda el tema de las teologías de la liberación. Por otra parte, la Iglesia no puede en modo alguno dejarse arrebatar por ninguna ideología o corriente política la bandera de la justicia, lo cual es una de las primeras exigencias del Evangelio y, a la vez, fruto de la venida del Reino de Dios.

17. Como ya lo señaló la Conferencia de Puebla, existen grupos humanos particularmente sumidos en la pobreza; tal es el caso de los indígenas.[49] A ellos, y también a los afroamericanos, he querido dirigir un mensaje especial de solidaridad y cercanía, que entregaré mañana a un grupo de representantes de sus respectivas comunidades. Como gesto de solidaridad, la Santa Sede ha creado recientemente la Fundación «Populorum progressio», que dispone de un fondo de ayuda en favor de los campesinos, indios y demás grupos humanos del sector rural, particularmente desprotegidos en América Latina.

En esta misma línea de solicitud pastoral por las categorías sociales más desprotegidas, esta Conferencia General podría valorar la oportunidad de que, en un futuro no lejano, pueda celebrarse un Encuentro de representantes de los Episcopados de todo el Continente americano, —que podría tener también carácter sinodal— en orden a incrementar la cooperación entre las diversas Iglesias particulares en los distintos campos de la acción pastoral y en el que, dentro del marco de la nueva evangelización y como expresión de comunión episcopal, se afronten también los problemas relativos a la justicia y la solidaridad entre todas las Naciones de América. La Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber ineludible unir espiritualmente aún más a todos los pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde la misión religiosa que le es propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos, que permita, en modo particular, encontrar vías de solución a las dramáticas situaciones de amplios sectores de población que aspiran a un legítimo progreso integral y a condiciones de vida más justas y dignas.

18. No existe auténtica promoción humana, verdadera liberación, ni opción preferencial por los pobres, si no se parte de los fundamentos mismos de la dignidad de la persona y del ambiente en que tiene que desarrollarse, según el proyecto del Creador. Por eso entre los temas y opciones que requieren toda la atención de la Iglesia no puedo dejar de recordar el de la familia y el de la vida: dos realidades que van estrechamente unidas, pues la « familia es como el santuario de la vida ».[50] En efecto, « el futuro de la humanidad se fragua en la familia; por consiguiente, es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia ».[51]

No obstante los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y la institución familiar, ésta, como « célula primera y vital de la sociedad »,[52] puede generar grandes energías, que son necesarias para el bien de la humanidad. Por eso, hay que «anunciar con alegría y convicción la "buena nueva" sobre la familia».[53] Hay que anunciarla aquí, en América Latina, donde, junto al aprecio que se tiene por la familia, proliferan por desgracia las uniones consensuales libres. Ante este fenómeno y ante las crecientes presiones divorcistas urge promover medidas adecuadas en favor del núcleo familiar, en primer lugar para asegurar la unión de vida y el amor estable dentro del matrimonio, según el plan de Dios, así como una idónea educación de los hijos.

En estrecha conexión con los problemas señalados se encuentra el grave fenómeno de los niños que viven permanentemente en las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, minados por el hambre y la enfermedad, sin protección alguna, sujetos a tantos peligros, no excluida la droga y la prostitución. He aquí otra cuestión que ha de apremiar vuestra solicitud pastoral, recordando las palabras de Jesús: « Dejad que los niños vengan a mí ».[54]

La vida, desde su concepción en el seno materno hasta su término natural, ha de ser defendida con decisión y valentía. Es necesario, pues, crear en América una cultura de la vida que contrarreste la anticultura de la muerte, la cual —a través del aborto, la eutanasia, la guerra, la guerrilla, el secuestro, el terrorismo y otras formas de violencia o explotación— intenta prevalecer en algunas naciones. En este espectro de atentados a la vida ocupa un lugar de primer orden el narcotráfico, que las instancias competentes han de contrarrestar con todos los medios lícitos a disposición.

19. ¿Quién nos librará de estos signos de muerte? La experiencia del mundo contemporáneo ha mostrado más y más que las ideologías son incapaces de derrotar aquel mal que tiene al hombre sujeto a servidumbre. El único que puede librar de este mal es Cristo. Al celebrar el V Centenario de la Evangelización, volvemos los ojos, conmovidos, a aquel momento de gracia en el que Cristo nos ha sido dado de una vez para siempre. La dolorosa situación de tantas hermanas y hermanos latinoamericanos no nos lleva a la desesperanza. Al contrario, hace más urgente la tarea que tiene la Iglesia ante sí: reavivar en el corazón de cada bautizado la gracia recibida. «Te recomiendo —escribía san Pablo a Timoteo— que reavives la gracia de Dios que está en ti»,[55]

Como de la acogida del Espíritu en Pentecostés nació el pueblo de la Nueva Alianza, sólo esta acogida hará surgir un pueblo capaz de generar hombres renovados y libres, conscientes de su dignidad. No podemos olvidar que la promoción integral del hombre es de capital importancia para el desarrollo de los pueblos de Latinoamérica. Pues, «el desarrollo de un pueblo no deriva primariamente del dinero, ni de [as ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica».[56] La mayor riqueza de Latinoamérica son sus gentes. La Iglesia, «despertando las conciencias con el Evangelio», contribuye a despertar las energías dormidas para disponerlas a trabajar en la construcción de una nueva civilización.[57]

IV. CULTURA CRISTIANA

20. Aunque el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular, sí debe inspirarlas, para de esta manera transformarlas desde dentro, enriqueciéndolas con los valores cristianos que derivan de la fe. En verdad, la evangelización de las culturas representa la forma más profunda y global de evangelizar a una sociedad, pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de las personas y se proyecta en el «ethos» de un pueblo, en sus actitudes vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras.[58]

El tema «cultura» ha sido objeto de particular estudio y reflexión por parte del CELAM en los últimos años. También la Iglesia toda dirige su atención a esta importante materia, «ya que la nueva evangelización ha de proyectarse sobre la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas las culturas indígenas».[59] Anunciar a Jesucristo en todas las culturas es la preocupación central de la Iglesia y objeto de su misión. En nuestros días, esto exige, en primer lugar, el discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar y, consiguientemente, la urgencia de un nuevo tipo de colaboración entre todos los responsables de la obra evangelizadora.

21. En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no son aceptables desde el punto de vista cristiano.

La ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo trascendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso —también en América Latina—, sino que, a la vez, es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.

Frente a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como por el mal. En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo.[60] Uno de estos retos a la evangelización es el de intensificar el diálogo entre las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo cristiano. Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a la civilización ya la humanización del mundo en la medida en que están penetradas por la sabiduría de Dios. A este propósito, deseo alentar vivamente a las Universidades y Centros de estudios superiores, especialmente los que dependen de la Iglesia, a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.

22. La Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues éstas corren el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin referencia a la dimensión moral.[61] A este respecto, conservan pleno vigor aquellas palabras del Papa Pablo VI: « La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva ».[62]

La Iglesia, que considera al hombre como su «camino»,[63] ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis de la cultura. Frente al complejo fenómeno de la modernidad, es necesario dar vida a una alternativa cultural plenamente cristiana. Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?

En este hito histórico del medio milenio de la evangelización de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que, con el ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu del Señor Jesús, hagáis presente la Iglesia en la encrucijada cultural de nuestro tiempo, para impregnar con los valores cristianos las raíces mismas de la cultura « adveniente » y de todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular atención habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas, asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la sencillez, la solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo por llevar a cabo una auténtica evangelización inculturada, que sea también promotora de progreso y conduzca siempre a la adoración a Dios «en espíritu y en verdad».[64] Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar en todo momento que «Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios».[65]

«La evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna».[66] Pero este esfuerzo de comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena Nueva,[67] de tal manera que la penetración del Evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un « proceso profundo y global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia»,[68] respetando siempre las características y la integridad de la fe.

23. Al ser la comunicación entre las personas un importante elemento generador de cultura, los modernos medios de comunicación social revisten en este terreno una importancia de primer orden. Intensificar la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras prioridades. Vienen a mi mente las graves palabras de mi venerado predecesor el Papa Pablo VI: «La Iglesia se sentiría culpable ante Dios sí no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más».[69]

Por otra parte, se ha de vigilar también sobre el uso de los medíos de comunicación social en la educación de la fe y en la difusión de la cultura religiosa. Una responsabilidad que incumbe sobre todo a las casas editoriales dependientes de instituciones católicas, que deben « ser objeto de particular solicitud por parte de los Ordinarios del lugar, a fin de que sus publicaciones sean siempre conformes a la doctrina de la Iglesia y contribuyan eficazmente al bien de las almas».[70]

Ejemplos de inculturación del Evangelio lo constituyen también ciertas manifestaciones socio-culturales que están surgiendo en defensa del hombre y de su entorno, y que han de ser iluminadas por la luz de la fe. Es el caso del movimiento ecologista en favor del respeto debido a la naturaleza y contra la explotación desordenada de sus recursos, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. La convicción de que «Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano»[71] ha de inspirar un sistema de gestión de los recursos más justo y mejor coordinado a nivel mundial. La Iglesia hace suya la preocupación por el medio ambiente e insta a los gobiernos para que protejan este patrimonio según los criterios del bien común.[72]

24. El desafío que representa la cultura « adveniente » no debilita sin embargo nuestra esperanza, y damos gracias a Dios porque en América Latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoamérica ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción.

Se nos presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación del Evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar con clarividencia y profundidad durante los próximos días. América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. En efecto, en la figura de María —desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del Evangelio de Jesús—se encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio de la inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas.[73]

V. UNA NUEVA ERA BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA

25. Eis aqui, queridos irmãos e irmãs, alguns dos desafios que se apresentam à Igreja nesta hora da nova evangelização. Diante deste panorama, cheio de interrogações, mas também repleto de promessas, devemos perguntar-nos qual é o caminho que deve seguir a Igreja na América Latina, para que a sua missão dê, na próxima etapa da sua história, os frutos que espera o Dono da messe.[74]Vossa Assembléia deverá delinear a fisionomia de uma Igreja viva e dinâmica que cresce na fé, se santifica, ama, sofre, se compromete e espera em seu Senhor, como nos lembra o Concilio Ecumênico Vaticano II, ponto de referência obrigatório na vida e na missão de todo o Pastor.[75]

A tarefa que vos espera nos próximos dias é árdua, mas está marcada pelo signo da esperança que vem de Cristo Ressuscitado. Vossa missão é a de serdes arautos da esperança, de que nos fala o Apóstolo Pedro:[76]esperança que se apóia nas promessas de Deus, na fidelidade á sua palavra e que tem como certeza inquebrantável a ressurreição de Cristo, sua vitória definitiva sobre o pecado e a morte, primeiro anúncio e raiz de toda a evangelização, fundamento de toda a promoção humana, principio de toda a autêntica cultura cristã, que não pode deixar de ser a cultura da ressurreição e da vida, vivificada pelo sopro do Espírito do Pentecostes.

Amados Irmãos no Episcopado, na unidade da Igreja local, que tem origem na Eucaristia, encontra-se todo o Colégio Episcopal com o Sucessor de Pedro á frente, como pertencendo á própria essência da Igreja particular.[77] Em torno do Bispo e em perfeita comunhão com ele, devem florescer as paróquias e as comunidades cristãs, como células vivas e pujantes de vida eclesial. Por isso, a nova evangelização requer uma vigorosa renovação de toda a vida diocesana. As paróquias, os movimentos apostólicos e associações laicais, e todas as comunidades eclesiais em geral hão-de ser sempre evangelizadas e evangelizadoras. De modo particular, as Comunidades eclesiais de base devem-se caracterizar por urna decidida projeção universalista e missionária, que lhes infunda um renovado dinamismo apostólico.[78] Elas, que devem estar sempre marcadas por urna clara identidade eclesial, hão-de ter na Eucaristia, a que preside o sacerdote, o centro da vida e da comunhão dos seus membros, em estreita união com os seus pastores e em plena sintoma com o Magistério da Igreja.

26. Condición indispensable para la nueva evangelización es poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por ello, la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como de otros agentes de pastoral, ha de ser una prioridad de los Obispos y un compromiso de todo el Pueblo de Dios. Hay que dar, en toda América Latina, un impulso decisivo a la pastoral vocacional y afrontar, con criterios acertados y con esperanza, lo referente a los Seminarios y Centros de formación de los religiosos y religiosas, así como el problema de la formación permanente del Clero y de una mejor distribución de los sacerdotes entre las diversas Iglesias locales, en las que hay que considerar también la apreciada labor de los diáconos permanentes. Para todo esto se encuentran orientaciones apropiadas en la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores dabo vobis .

Por lo que se refiere a los religiosos y religiosas, que en América Latina llevan el peso de una parte considerable de la acción pastoral, deseo hacer mención de la Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio , que les dirigí con fecha 29 de junio de 1990. También quiero recordar aquí a los Institutos Seculares, con su pujante vitalidad en medio del mundo, y a los miembros de las Sociedades de Vida Apostólica, que desarrollan una gran actividad misionera.

En la hora presente, los miembros de los Institutos religiosos, tanto masculinos como femeninos, han de centrarse más en la labor específicamente evangelizadora, desplegando toda la riqueza de iniciativas y tareas pastorales que brotan de sus diversos carismas. Fieles al espíritu de sus Fundadores, les debe caracterizar un profundo sentido de Iglesia y el testimonio de una estrecha y fiel colaboración en la pastoral, cuya dirección compete a los Ordinarios diocesanos y, en determinados aspectos, a las Conferencias Episcopales.

Como recordé en mí Carta a las contemplativas de América Latina ,[79] la acción evangelizadora de la Iglesia está sostenida por esos santuarios de la vida contemplativa, tan numerosos en todo el Continente, que constituyen un testimonio de la radicalidad de la consagración a Dios, que tiene que ocupar siempre el primer puesto en nuestras opciones.

27. En la Exhortación Apostólica Postsinodal Christifideles laici sobre la «vocación y la misión de los laicos en la Iglesia», he querido poner particularmente de relieve que en la « grande, comprometedora y magnífica empresa » de la nueva evangelización es indispensable la labor de los seglares, en especial de los catequistas y «delegados de la Palabra». La Iglesia espera mucho de todos aquellos laicos que, con entusiasmo y eficacia evangélica, operan a través de los nuevos movimientos apostólicos, que han de estar coordinados en la pastoral de conjunto y que responden a la necesidad de una mayor presencia de la fe en la vida social. En esta hora en que he convocado a todos a trabajar con ardor apostólico en la viña del Señor, sin que nadie quede excluido, «los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa (de la nueva evangelización), llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad».[80] Digna de todo elogio, como transmisora de la fe, es la mujer latinoamericana, cuyo papel en la Iglesia y en la sociedad hay que poner debidamente de relieve.[81] Particular solicitud pastoral se ha de prestar a los enfermos, en vista también de la fuerza evangelizadora del sufrimiento.[82]

Hago una llamada especial a los jóvenes de América Latina. Ellos —tan numerosos en un Continente joven— habrán de ser protagonistas en la vida de la sociedad y de la Iglesia en el nuevo milenio cristiano ya a las puertas. A ellos hay que presentar en su propio lenguaje la belleza de la vocación cristiana y ofrecerles ideales altos y nobles, que les sostengan en sus aspiraciones de una sociedad más justa y fraterna.

Todos están llamados a construir la civilización del amor en este Continente de la esperanza. Es más, América Latina, que ha sido receptora de la fe transmitida por las Iglesias del Viejo Mundo, ha de prepararse a difundir el mensaje de Cristo en el mundo entero, dando « desde su pobreza».[83] «Ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos».[84] Este momento ha llegado también para América Latina. « ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos », también en las Iglesias de América, « hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal ».[85] Para América Latina, que recibió a Cristo hace ahora quinientos a os, el mayor signo del agradecimiento por el don recibido, y de su vitalidad cristiana, es empeñarse ella misma en la misión.

Queridos Hermanos en el Episcopado, como sucesores de los Apóstoles debéis dedicar todos vuestros desvelos a la grey «en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo para pastorear la Iglesia de Dios».[86] Por otra parte, como miembros del Colegio Episcopal, en estrecha unidad afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro, estáis llamados a mantener la comunión y preocupación por toda la Iglesia. Y, en esta circunstancia, como miembros de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, os incumbe una responsabilidad histórica.

En virtud de la misma fe, de la Palabra revelada, de la acción del Espíritu y por medio de la Eucaristía que preside el Obispo, la Iglesia particular tiene con la Iglesia universal una peculiar relación de mutua interioridad, porque en ella se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo que es Una, Santa, Católica y Apostólica[87]. En ella ha de resplandecer la santidad de vida a la que todo evangelizador está llamado, dando testimonio de una intensa vivencia del misterio de Jesucristo, sentido y experimentado fuertemente en la Eucaristía, en la asidua escucha de la Palabra, en la oración, en el sacrificio, en la entrega generosa al Señor, que en los sacerdotes y las demás personas consagradass e expresa de modo especial mediante el celibato.

No hay que olvidar que la primera forma de evangelización es el testimonio,[88] es decir, la proclamación del mensaje de salvación mediante las obras y la coherencia de vida, llevando a cabo así su encarnación en la historia cotidiana de los hombres. La Iglesia, desde los orígenes, se hizo presente y operante no sólo mediante el anuncio explícito del Evangelio de Cristo sino también, y sobre todo, mediante la irradiación de la vida cristiana. Por eso la nueva evangelización exige coherencia de vida, testimonio compacto de la caridad, bajo el signo de la unidad, para que el mundo crea.[89]

30. Jesucristo, el Testigo fiel, el Pastor de los pastores, está en medio de nosotros, pues nos hemos reunido en su nombre.[90]Con nosotros está el Espíritu del Señor que guía la Iglesia a la plenitud de la verdad y la rejuvenece con la palabra revelada, como en un nuevo Pentecostés.

En la comunión de los Santos velan sobre los trabajos de este importante encuentro eclesial una pléyade de Santos y Santas latinoamericanos, que evangelizaron este Continente con su palabra y sus virtudes, y —muchos de ellos— lo fecundaron con su sangre. Ellos son los frutos más excelsos de la evangelización.

Como en el Cenáculo de Pentecostés nos acompaña la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia. Su presencia entrañable en todos los rincones de Latinoamérica y en los corazones de sus hijos es garantía del sentido profético y del ardor evangélico que deben acompañar vuestros trabajos.

31. «¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!».[91] Estas palabras, que Isabel dirige a María, portadora de Cristo, son aplicables a la Iglesia, de la que la Madre del Redentor es tipo y modelo. ¡Dichosa tú, América, Iglesia de América, portadora de Cristo también, que has recibido el anuncio de la salvación y has creído en «lo que te ha dicho el Señor»! La fe es tu dicha, la fuente de tu alegría. ¡Dichosos vosotros, hombres y mujeres de América Latina, adultos y jóvenes, que habéis conocido al Redentor! Junto con toda la Iglesia, y con María, vosotros podéis decir que el Señor «ha puesto los ojos en la humildad de su sierva».[92] ¡Dichosos vosotros, los pobres de la tierra, porque ha llegado a vosotros el Reino de Dios!

«Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». ¡Sé fiel a tu bautismo, reaviva en este Centenario la inmensa gracia recibida, vuelve tu corazón y tu mirada al centro, al origen, a Aquel que es fundamento de toda dicha, plenitud de todo! ¡Ábrete a Cristo, acoge el Espíritu, para que en todas tus comunidades tenga lugar un nuevo Pentecostés! Y surgirá de ti una humanidad nueva, dichosa; y experimentarás de nuevo el brazo poderoso del Señor, y «lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, es su amor por tus hombres, por tus familias, por tus pueblos. Y ese amor se cumplirá en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu rostro, «te proclamarán bienaventurada todas las generaciones».[93]

Iglesia de América, el Señor pasa hoy a tu lado. Te llama. En esta hora de gracia, pronuncia de nuevo tu nombre, renueva su alianza contigo. ¡Ojalá escuchases su voz, para que conozcas la dicha verdadera y plena, y entres en su descanso! [94]

Terminemos invocando a María, Estrella de la primera y de la nueva evangelización. A Ella, que siempre esperó, confiamos nuestra esperanza. En sus manos ponemos nuestros afanes pastorales y todas las tareas de esta Conferencia, encomendando a su corazón de Madre el éxito y la proyección de la misma sobre el futuro del Continente. Que Ella nos ayude a anunciar a su Hijo:

«¡Jesucristo ayer, hoy y siempre!».

Amén.


Notas

[1] Heb 13,8.

[2] Apoc 21, 6; cf. 1, 8; 22, 13.

[3] Evangelii nuntiandi, 7.

[4] Cf. Mt 16, 3.

[5] Heb 12, 2

[6] Mc16,15.

[7] Gál 1, 16.

[8] 2 Cor 4, 15.

[9] Cf. Gál 4, 4.

[10] Homilía, 1 de enero de 1992.

[11] Tit 3, 4.

[12] Heb 11, 12.

[13] Cf. Discurso, 14 de mayo de 1992.

[14] Cf. Discurso a la Pont. Comisión para América Latina,14 de junio de 1991.

[10] Evangelii nuntiandi, 2.

[16] Cf. Gál 1, 10.

[17] Ef 3, 8.

[18] Cf. Assembléia especial do Sínodo dos Bispos da Europa,Declaração final, 3.

[19] Evangelii nuntiandi, 22.

[20] Cf. Discurso Inaugural de la Conferencia de Puebla, 28 de enero de 1979, 1, 4.

[21] Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 de mayo de 1990, 6.

[22] Ibíd., 38.

[23] Cf. Jn 8, 32.

[24] Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 de mayo de 1990, 34.

[25] Ibíd.

[26] Cf. Ibíd., 32.

[27] Heb 13,9

[28] Dei Verbum, 12.

[29] Cf. Lumen gentium, 7.

[30] Cf. Discurso a los Obispos del CELAM, 9 de marzo de 1983.

[31] Cf. Act 5, 28-29; cf. Redemptoris missio, 45.

[32] N. 41.

[33] N. 628.

[34] Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, 20.

[35] Redemptor hominis, 14.

[36] Cf. Evangelii nuntiandi, nn. 29-39.

[37] Cf. Lc10, 25-37.

[38] Sant 2, 15-16.

[39] Sollicitudo rei socialis, 41

[40] Centesimus annus, 5.

[41] Cf. nn. 43, 45.

[42] Cf. Laborem exercens, 18.

[43] Cf. Gaudium et spes, 26.

[44] Centesimus annus, 60.

[45] Cf. Laborem exercens, 16; Centesimus annus, 14.

[46] Discurso a los Cardenales y Prelados de la Curia Romana, 21 de diciembre de 1984, 9.

[47] Puebla, 1145.

[48] Libertatis nuntius, 1984; Libertatis conscientia, 1986.

[49] Cf. n. 1265.

[50] Centesimus annus, n. 39.

[51] Familiaris consortio, 86.

[52] Apostolicam actuositatem, 11.

[53] Cf. Familiaris consortio, 86.

[54] Mt 19, 14.

[55] 2Tim 1, 6.

[56] Redemptoris missio, 58.

[57] Cf. Ibíd.

[58] Cf. Discurso a los intelectuales y al mundo universitario, Medellín, 5 de julio de 1986, 2.

[59] Cf. Ángelus, 28 de junio de 1992.

[60] Cf. Redemptoris missio, 52.

[61] Cf. Discurso al Pont. Consejo para la Cultura, 18 de enero de 1983.

[62] Evangelii nuntiandi, 20.

[63] Cf. Redemptor hominis, 14.

[64] Jn 4,23.

[65] Redemptoris missio, 5.

[66] Discurso al mundo de la cultura, Lima, 15 de mayo de 1988, 5.

[67] Cf. Redemptoris missio, 46.

[68] Ibíd., 52.

[69] Evangelii nuntiandi, 45.

[70] Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe, 30 de marzo de 1992, 15, 2.

[71] Gaudium et spes, 69.

[72] Cf. Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1992.

[73] Cf. Redemptoris missio, 52.

[74] Cf. Lc 10, 2; Mc 4, 20.

[75] Cf. Gaudium et spes, 2.

[76] Cf. 1Ped 3, 15.

[77] Cf. Carta da Congregação para a Doutrina da Fé sobre alguns aspectos da Igreja entendida como Comunhão, 14.

[78] Cf. Evangelii nuntiandi, 58; Puebla, 640-642.

[79] 12 de diciembre de 1989.

[80] N. 64.

[81] Cf. Carta Apostólica Mulieris dignitatem.

[82] Cf. Carta Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, 11 de febrero de 1984.

[83] Cf. Mensajes al III y IV Congresos Misioneros Latinoamericanos, Santafé de Bogotá 1987 y Lima 1991.

[84] Redemptoris missio, 3.

[85] Ibíd., 2.

[86] Act 20, 28.

[87] Cf. Christus Dominus, 11.

[88] Cf. Redemptoris missio, 42-43.

[89] Cf. Jn 17, 23.

[90] Cf. Mt 18, 20.

[91] Lc 1, 45.

[92] Ibíd 1. 48.

[93] Ibíd.

[94] Cf. Sal 94, 7.11.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

ACTO DE CONSAGRACIÓN DE LA REPÚBLICA DOMINICA A LA VIRGEN DE LA ALTAGRACIA

ORACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Lunes 12 de octubre de 1992

1. Dios te salve, María, llena de gracia: Te saludo, Virgen María, con las palabras del Ángel. Me postro ante tu imagen, Patrona de la República Dominicana, para proclamar tu bendito nombre de la Altagracia. Tú eres la “llena de gracia”, colmada de amor por el Altísimo, fecundada por la acción del Espíritu, para ser la Madre de Jesús, el Sol que nace de lo alto. Te contemplo, Virgen de la Altagracia, en el misterio que revela tu imagen: el Nacimiento de tu Hijo, Verbo encarnado, que ha querido habitar entre nosotros, al que tú adoras y nos muestras para que sea reconocido como Salvador del mundo. Tú nos precedes en la obra de la nueva Evangelización que es y será siempre anunciar y confesar a Cristo “Camino, Verdad y Vida”.

2. Santa María, Madre de Dios: Recuerdo ante tu imagen, en este 12 de octubre de 1992, el cumplimiento de los quinientos años de la llegada del Evangelio de Cristo a los pueblos de América, con una nave que llevaba tu nombre y tu imagen: la “Santa María”. Con toda la Iglesia de América entono el canto del “Magnificat”, porque, por tu amor maternal, Dios vino a visitar a su pueblo en los hijos que habitaban estas tierras, para poner en medio de ellos su morada, comunicarles la plenitud de la salvación en Cristo y agregarlos, en un mismo Espíritu, a la Santa Iglesia Católica. Tú eres la Madre de la primera Evangelización de América, y el don precioso que Cristo nos trajo con el anuncio de la salvación.

3. Reina y Madre de América: Te venero, con los pastores y fieles de este Continente, en todos los santuarios e imágenes que llevan tu nombre, en las catedrales, parroquias y capillas, en las ciudades y aldeas, junto a los océanos, ríos y lagos, en medio de la selva y en las altas montañas. Te invoco con los idiomas de todos sus habitantes y te expreso el amor filial de todos los corazones. Desde hace quinientos años estás presente a lo largo y ancho de estas tierras benditas que son tuyas, porque decir América es decir María. Tú eres la Madre solícita y amorosa de todos tus hijos que te aclaman como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.

4. Madre de Cristo y de la Iglesia: Te presento y consagro, como Pastor de la Iglesia universal, a todos tus hijos de América: a los obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas; religiosos y religiosas; a quienes viven su consagración en la vida contemplativa o la testimonian en medio del mundo. Te encomiendo a los niños y a los jóvenes, a los ancianos, a los pobres y a los enfermos, a cada una de las Iglesias locales, a todas las familias y comunidades cristianas. Te ofrezco sus gozos y esperanzas, sus temores y angustias, sus plegarias y esfuerzos para que reine la justicia y la paz, iluminados por el Evangelio de la verdad y la vida. Tú, que ocupas un puesto tan cercano a Dios y a los hombres, con tu mediación maternal presenta a tu Hijo Jesucristo la ofrenda del Pueblo sacerdotal de las Américas; implora el perdón por las injusticias cometidas, acompaña con tu cántico de alabanza nuestra acción de gracias.

5. Virgen de la Esperanza y Estrella de la Evangelización: Te pido que conserves y acrecientes el don de la fe y de la vida cristiana, que los pueblos de América recibieron hace cinco siglos. Intercede ante tu Hijo para que este Continente sea tierra de paz y de esperanza, donde el amor venza al odio, la unidad a la rivalidad, la generosidad al egoísmo, la verdad a la mentira, la justicia a la iniquidad, la paz a la violencia. Haz que sea siempre respetada la vida y la dignidad de cada persona humana, la identidad de las minorías étnicas, los legítimos derechos de los indígenas, los genuinos valores de la familia y de las culturas autóctonas. Tú, que eres Estrella de la Evangelización, impulsa en todos el ardor del anuncio de la Buena Nueva para que sea siempre conocido, amado y servido Jesucristo, fruto bendito de tu vientre, Revelador del Padre y Dador del Espíritu, “el mismo ayer, hoy y siempre”. Amén.

Al final de la Santa Misa, y después del Acto de consagración, el Santo Padre añade unas palabras.

Se pide una plegaria por Cuba. Quiero asegurar a los cubanos que se hace esta plegaria cada día, como también por todos y cada uno de los otros países americanos, centroamericanos y latinoamericanos.

Recitemos una plegaria especial por Cuba.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II GRABADO EN EL «FARO A COLÓN» Santo Domingo, lunes 12 de octubre 1992

¡América Latina! como Sucesor de Pedro y Obispo de Roma yo te saludo en el V Centenario de tu evangelización, recordando aquel año 1492 en que las naves de España, guiadas por Colón, llevaron a esas tierras fecundas la semilla del Evangelio, haciendo también realidad el encuentro de dos mundos.

Doy gracias por ti a Dios nuestro Padre, por tus hijos e hijas, tus milenarias culturas y saberes, cantos y danzas, artes y técnicas.

Por la variedad de tus climas y paisajes, tus llanuras inmensas y las selvas tropicales, las poderosas venas de tus ríos, el mar que te rodea las altas cumbres que se elevan al cielo.

Doy gracias, sobre todo, por tus 500 años de fe cristiana. En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, arca de salvación y casa común de cuantos invocan a Dios como Padre.

Tu apertura a la gracia y tu acogida a la Palabra de vida te hicieron pasar de las tinieblas a aquella luz admirable que, en tus santos y santas, es faro radiante que, desde la Iglesia, ilumina al mundo.

¡América del tercer milenio cristiano sé siempre fiel a Jesucristo! Sé digna de aquellos abnegados misioneros que en ti plantaron la simiente de la fe. Ábrete más y más con humildad y amor, a la Buena Nueva que libera y salva. Resiste firmemente a los embates del mal y a la tentación de la violencia. Avanza, entre gozos y lágrimas, hacia la anhelada civilización del amor.

¡Iglesia de América! ¡Iglesia de Cristo en América! Anuncia con ardor y valentía la nueva evangelización para que el mensaje de las Bienaventuranzas se haga vida y cultura entre tus pueblos y tus gentes. Sostén la fidelidad de los esposos y la armonía en las familias, la integridad de los jóvenes y la inocencia de los niños. Sé voz de los que no tienen voz, la abogada de los pobres, el refugio de los necesitados.

Avanza, América, hacia Cristo, Redentor del hombre y Señor de la historia. Te precede María, estrella de los mares, refugio de navegantes, puerto de salvación. Te impulsa el viento del Espíritu, que guía la nave de la Iglesia, como antaño condujo a tus playas la carabela « Santa María » bajo la mano firme de Cristóbal Colón. Camina presurosa hacia los cielos nuevos y la tierra nueva para escribir, con la palabra y la gracia de Cristo, nuevas páginas en tu historia de salvación.

¡América Latina, América cristiana, Cristo es tu faro luminoso, tu gozo y tu esperanza!

¡Bendita seas, América!

IOANNES PAULUS PP. II

VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

INAUGURACIÓN DEL SEMINARIO MISIONERO ARQUIDIOCESANO DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 11 de octubre de 1992

Es para mí motivo de particular gozo poder inaugurar en Santo Domingo y en fecha tan señalada el Seminario Misionero Arquidiocesano “Redemptoris Mater”, que en el marco del V Centenario de la llegada de la Buena Nueva a América, quiere ser una contribución a la gran obra de la nueva evangelización a la que he convocado a la Iglesia universal.

Este centro, que recibirá a candidatos al sacerdocio procedentes de numerosos países de todo el Continente Americano, de Europa y de otras naciones, debe estar siempre animado por un espíritu misionero que sea fermento en esta Arquidiócesis, en toda la República Dominicana y que se proyecte a todo el mundo siguiendo el mandato del Señor: “Id y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). Así lo quiso poner también de manifiesto el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el ministerio y la vida sacerdotal: «El don espiritual que los presbíteros han recibido en la ordenación, no les prepara a una misión limitada y restringida, sino más bien a una vasta y universal misión de salvación, “hasta los últimos confines de la tierra” (Hch 1, 8)» (Presbyterorum ordinis , 10).

La presencia de seminaristas de la más variada procedencia en esta Isla, que recibió las primicias de la predicación evangélica y de la que irradió la luz salvadora de Jesucristo al resto de América, es también un signo de cómo, a las puertas ya del tercer milenio cristiano, desde este Seminario Arquidiocesano “Redemptoris Mater” en Santo Domingo, con la gracia de Dios, podrán también irradiarse los nuevos evangelizadores que lleven por todo el mundo a Jesucristo, “Camino, Verdad y Vida”.

Mientras elevo fervientes plegarias para que María, Estrella de la Evangelización, conduzca a su divino Hijo a todos los que recibirán la formación sacerdotal en este Seminario, imparto a todos con particular afecto mi Bendición Apostólica.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA REPÚBLICA DOMINICANA Sede de la Nunciatura apostólica en Santo Domingo Domingo 11 de octubre de 1992

Excelencias, Señoras y Señores:

1. Es para mí motivo de particular satisfacción poder tener este encuentro con un grupo cualificado de personas como es el Cuerpo Diplomático acreditado ante el Gobierno de la República Dominicana, así como con representantes de Organizaciones Internacionales. A todos expreso mi más cordial saludo, que hago extensivo a los Gobiernos, Instituciones y pueblos que representáis.

Las altas funciones diplomáticas que desempeñáis os hacen acreedores del aprecio y atenta consideración de la Santa Sede, sobre todo por tratarse de una labor al servicio de la gran causa de la paz, del acercamiento y colaboración entre los pueblos y de un intercambio fructífero para lograr unas relaciones más humanas y justas en el seno de la comunidad internacional.

La conmemoración del V Centenario de la Evangelización de América le da a nuestro encuentro un particular significado. En efecto, esta fausta efemérides –que es motivo de acción de gracias a Dios porque la semilla del Evangelio ha dado como fruto esta realidad viva y pujante que es la Iglesia latinoamericana– nos sitúa, a la vez, ante una hora crucial para los pueblos de este Continente que, junto con los cambios profundos que han tenido lugar en el ámbito internacional, especialmente en Europa, han de enfrentarse a desafíos socio–económicos urgentes y con características nuevas en su configuración actual.

2. Consciente de la importancia de este momento histórico, la Iglesia católica, tan cercana siempre al hombre latinoamericano en sus gozos y esperanzas, tristezas y angustias (cf. Gaudium et spes , 1), ha querido poner de relieve este evento celebrando la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tendré la dicha de inaugurar mañana en esta capital. La Sede Apostólica comparte vivamente los afanes pastorales de los Obispos de América Latina y confía en que la nueva evangelización reciba un gran impulso de esta Conferencia y se proyecte en la vida de las instituciones y de los pueblos que hace 500 años recibieron la luz de la fe.

Todo ello hace que este encuentro con el Cuerpo Diplomático adquiera una relevancia especial. Mi mensaje va dirigido a todos los presentes, pero en esta singular ocasión, también y de modo particular, a los Gobernantes de las Naciones de este Continente.

3. La historia de estos cinco siglos ha ido configurando a los pueblos de América Latina como una comunidad de Naciones. El pasado, con sus luces y sombras, ilustra e ilumina la realidad del presente. Pero es el futuro de este Continente lo que ha de ser objeto del esfuerzo decidido y generoso de cuantos dedican sus vidas al servicio del bien común de la sociedad. Por ello, con todo respeto y deferencia, me dirijo a los responsables de los Gobiernos de América Latina para que den un decidido impulso al proceso de integración latinoamericana, que permita llevar a sus pueblos a ocupar el lugar que les corresponde en la escena mundial.

Son muchos y de gran importancia los factores a favor de esa integración. En efecto, constatamos, en primer lugar, la presencia de la religión católica, profesada por la mayoría de los latinoamericanos. Se trata de una componente que –por su propia naturaleza– se encuentra en un plano distinto y más profundo que el de la mera unidad sociopolítica. Sin embargo, al promover el amor, la fraternidad y la convivencia entre los hombres como algo sustancial de su propia misión, la Iglesia católica no puede dejar de favorecer la integración de unos pueblos que, por sus comunes raíces cristianas, se sienten hermanos (cf. Gaudium et spes , 42).

Junto a esta comunidad de fe constatamos también estrechos vínculos culturales y geográficos. América Latina constituye una de las realidades geoculturales más significativas del mundo contemporáneo. En efecto, el factor lingüístico favorece grandemente la comunicación y el acercamiento entre las diversas mentalidades. Por otra parte, la unidad geográfica es determinante en el proceso de configuración de las comunidades nacionales e internacionales. Por último, el pasado histórico, que en gran medida es común a los diversos países de América Latina, constituye un ulterior elemento unificador.

4. Señoras y señores, la necesidad de la integración latinoamericana es convicción pacíficamente compartida por muchos y confirmada por las metas ya alcanzadas en materia de economía y de representación parlamentaria. Ahora bien, la integración exige esfuerzo, porque implica un cambio de mentalidad. En efecto, requiere, entre otras cosas, ver como un beneficio propio lo que une a todos. Para ello es necesario, en primer lugar, la superación de los diversos conflictos y tensiones, que enturbian la convivencia pacífica entre los países y generan desconfianzas y antagonismos recíprocos.

En este contexto quisiera hacer un apremiante llamado a la solución pacífica de las controversias. La posibilidad de cualquier enfrentamiento armado ha de ser desechada con firme decisión. Un país hermano vencido y humillado es, en cierta medida, un daño real e inmediato también para el vencedor. Con mayor razón aún hay que rechazar firmemente la violencia armada dentro de una misma comunidad nacional. Si quien empuña las armas lo hace porque se siente despojado de su dignidad y lesionado en sus derechos ciudadanos, con la guerrilla, además de atentar a la vida de las personas y a los principios de la convivencia pacífica, está contribuyendo a perpetuar odios y venganzas durante generaciones.

Señores Embajadores: una política de pacificación y de integración tiene como requisito indispensable el respeto de los derechos humanos. En efecto, la solidaridad exige promover la inalienable dignidad de toda persona. Por eso, considero particularmente atinente repetir aquí una reflexión que hacía en la Encíclica Centesimus annus: “Después de la caída del totalitarismo comunista y de otros muchos regímenes totalitarios y de "seguridad nacional", asistimos hoy al predominio, no sin contrastes, del ideal democrático junto con una viva atención y preocupación por los derechos humanos. Pero, precisamente por esto, es necesario que los pueblos que están reformando sus ordenamientos den a la democracia un auténtico y sólido fundamento, mediante el reconocimiento explícito de estos derechos” (Centesimus annus , 47).

5. Movido por mi solicitud pastoral, ante las graves consecuencias que para las poblaciones de América Latina conlleva el problema de la deuda externa, he dirigido apremiantes llamados para que se busquen soluciones justas a este dramático problema. Mas, en contradicción con los esfuerzos que se realizan para aliviar la crisis económica, se detectan fenómenos, como la fuga de capitales, la acumulación de riquezas en manos de pocos o el hecho de que considerables sumas y recursos sean dedicados a objetivos no relacionados directamente con el desarrollo que se desea, como es la tendencia actual al armamentismo en América Latina; esto hace que unos fondos que deberían destinarse a resolver tantas necesidades, como la educación, la salud o el grave problema de la vivienda, vengan desviados hacia el incremento del arsenal bélico, postergando ulteriormente tantas expectativas de los hombres y mujeres latinoamericanos. Vienen a mi mente los interrogantes que, a este propósito, se plantean en la Encíclica Sollicitudo rei socialis: “¿Cómo justificar el hecho de que grandes cantidades de dinero, que podrían y deberían destinarse a incrementar el desarrollo de los pueblos, son, por el contrario, utilizadas para el enriquecimiento de individuos o grupos, o bien asignados al aumento de arsenales, tanto en los países desarrollados como en aquellos en vía de desarrollo, trastocando de este modo las verdaderas prioridades?” (Sollicitudo rei socialis , 10; cf. ibíd . 24).

En un Continente donde no se logra contener el proceso de empobrecimiento, donde los índices de desempleo y subempleo son tan altos, y donde, por contraste, las posibilidades y recursos son abundantes, es impostergable una adecuada inversión del capital a disposición con el fin de crear nuevos puestos de trabajo y aumentar la producción. La pobreza, inhumana e injusta, debe ser erradicada. Para ello, ha de ser potenciado el recurso humano, que es el factor clave del progreso de un pueblo. En efecto, investir en la educación de la niñez y de la juventud es asegurar un futuro mejor para todos.

¡Qué ancho campo hay aquí para la solidaridad de los pueblos y Gobiernos, así como para vuestros análisis y sugerencias de ayuda y apoyo! Que Dios conceda a los responsables del bien común clarividencia y sabiduría para acertar en las medidas a tomar y voluntad tenaz para llevarlas a la práctica.

6. Señoras y Señores: puedo asegurarles que en la Santa Sede encontrarán siempre un atento interlocutor en todo lo relativo a promover la fraternidad y la solidaridad entre los pueblos, así como en lo que favorezca la paz, la justicia y el respeto de los derechos humanos.

Al finalizar este encuentro deseo agradecer vivamente vuestra presencia, a la vez que expreso mis más sinceros votos por la prosperidad de vuestros países, por la consecución de los objetivos de las instituciones que representáis, por el éxito de vuestra misión y la felicidad de vuestros seres queridos.

Muchas gracias.

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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Aeropuerto internacional Las Américas de Santo Domingo Sábado 10 de octubre de 1992

Señor Presidente de la República, Señor Cardenal, venerables hermanos en el episcopado, autoridades, amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me llena de gozo encontrarme nuevamente en esta tierra generosa, que en los designios de Dios fue predestinada para recibir, hace ahora cinco siglos, la Cruz de Cristo, que alargando sus brazos de misericordia y amor, llegaría a abarcar la totalidad de aquel mundo nuevo que un 12 de octubre de 1492 apareció radiante a los ojos atónitos de Cristóbal Colón y sus compañeros.

Saludo muy cordialmente al Señor Presidente de la República, que acaba de recibirme, en nombre también del Gobierno y del pueblo de esta querida Nación, y le expreso mi viva gratitud por las amables palabras de bienvenida que ha tenido a bien dirigirme, así como por la invitación a visitar este noble País en fecha tan señalada. Saludo igualmente a las demás Autoridades civiles y militares aquí presentes, a quienes manifiesto también mi reconocimiento por la amabilidad de venir a recibirme.

Mis expresiones de gratitud se hacen abrazo de paz a mis Hermanos Obispos, miembros del Episcopado Dominicano y Presidencia del Consejo Episcopal Latinoamericano, quienes con tanto amor y dedicación cuidan y sirven al Pueblo de Dios en esta vasta porción de la Iglesia. En este saludo, mi corazón abraza también con particular afecto a los queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos, a los que me debo en el Señor como Pastor de la Iglesia universal.

2. Como peregrino de la Evangelización vengo a este pórtico de las Américas, donde, como aquellos misioneros que acompañaban a los descubridores, tuve la dicha de celebrar mi primera Misa en el primer viaje pastoral de mi Pontificado. Posteriormente, el 12 de octubre de 1984, en el Estadio Olímpico de Santo Domingo, pude inaugurar la novena de años con la que la Iglesia se ha preparado a la magna efemérides que ahora celebramos. Y, recordando las palabras que pronuncié en aquella ocasión, reitero que “la Iglesia, en lo que a ella se refiere, quiere acercarse a celebrar este V Centenario con la humildad de la verdad, sin triunfalismos ni falsos pudores; solamente mirando a la verdad, para dar gracias a Dios por los aciertos, y sacar del error motivos para proyectarse renovada hacia el futuro” (Homilía en el Estadio Olímpico de Santo Domingo , n. 3, 12 de octubre de 1984).

Con este viaje apostólico vengo a celebrar, ante todo, a Jesucristo, el primero y más grande evangelizador, que confió a su Iglesia la tarea de proclamar en todo el mundo su mensaje de salvación. Vengo como heraldo de Cristo y en cumplimiento de la misión confiada al apóstol Pedro y a sus Sucesores de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32). Vengo también para compartir vuestra fe, vuestros afanes, alegrías y sufrimientos.

3. Movido por la solicitud pastoral por toda la Iglesia, y en íntima comunión con mis Hermanos Obispos del Continente, he querido convocar la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tendré la dicha de inaugurar el próximo día 12, cuando se cumplen 500 años de la implantación de la cruz de Cristo en el Nuevo Mundo.

La Iglesia, que durante este medio milenio ha acompañado en su caminar a los pueblos latinoamericanos compartiendo sus gozos y anhelos, y que hoy se hallan en una encrucijada de su historia al tenerse que enfrentar a urgentes y arduos problemas, se siente interpelada ante la dramática situación de tantos de sus hijos que buscan en ella una palabra de aliento y esperanza. Por ello, junto con los Pastores de la Iglesia convocados en esta Asamblea de Santo Domingo, deseo reafirmar nuestra irrenunciable vocación de servicio al hombre latinoamericano y proclamar su inalienable dignidad como hijo de Dios, redimido por Jesucristo.

Con la confianza puesta en el Señor, y sintiéndome muy unido a los amados hijos de la República Dominicana y de toda América Latina, inicio mi peregrinación apostólica que encomiendo a la maternal protección de Nuestra Señora de la Altagracia –cuyo Santuario en Higüey tendré la dicha de visitar– mientras bendigo a todos, pero de modo particular a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.

¡Alabado sea Jesucristo!

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MENSAJE RADIOTELEVISIVO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS FIELES DE LA REPÚBLICA DOMINICANA Jueves 8 de octubre de 1992

Amadísimos hermanos y hermanas:

Con el favor de la Divina Providencia, tendré el gozo de volver a visitar dentro de unos días la tierra bendita que hace cinco siglos recibió la Buena Nueva del mensaje de la salvación y quedó marcada con la Cruz de Cristo. Desde Roma, centro de la catolicidad, envío a todos, por medio de la radio y la televisión, un entrañable saludo con las palabras del Apóstol Pablo: “Que la gracia y la paz sea con vosotros de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo” (Ga 1, 3).

Mi pensamiento, lleno de estima, se dirige ya desde ahora a los Obispos, sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, a todos los dominicanos sin distinción, hombres y mujeres, por quienes rezo cada día y a los que bendigo con gran afecto en el Señor.

Vuelvo a la República Dominicana al cumplirse ocho años de mi anterior visita con la que inauguré el período de preparación a la fecha gloriosa que ahora vamos a celebrar: el V Centenario de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo. En la mente y en el corazón de todos, pero especialmente de los latinoamericanos, está presente aquel 12 de octubre de 1492 cuando las naves españolas, al mando del Almirante Cristóbal Colón, arribaron a las tierras del nuevo continente, que después se llamaría América.

Con este viaje pastoral deseo, ante todo, celebrar el nacimiento de esa espléndida realidad que es la Iglesia en América. La semilla que fue sembrada hace cinco siglos ha dado frutos tan abundantes que, en la actualidad, los católicos del Nuevo Mundo representan casi la mitad de la Iglesia universal.

Por ello, mi visita, que por razones bien conocidas y ajenas a mi voluntad, se ve circunscrita a la República Dominicana, donde se fundó la primera diócesis de América, quiere también abarcar espiritualmente a todos y cada uno de los Países del continente que hace quinientos años acogió el mensaje de Jesucristo, el Evangelio de Dios. Y esta dimensión universalista, católica, viene subrayada por un acontecimiento eclesial de gran transcendencia: la celebración de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tendré la dicha de inaugurar el día 12 de octubre.

Invito, pues, a los católicos de la República Dominicana y de toda América a elevar fervientes plegarias al Señor para que el encuentro eclesial de Santo Domingo, que tendrá como tema Nueva Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana, ponga el nombre de Jesucristo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8)en los labios y en el corazón de todos los latinoamericanos.

Deseo manifestar mi vivo aprecio por la espléndida labor que tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, bajo la guía de los Obispos, están desarrollando para que la visita del Papa produzca frutos copiosos que ayuden a renovar vuestra vida cristiana, impulse la nueva evangelización e infunda aliento y esperanza en todos, particularmente en los más pobres y necesitados.

Desde Roma, sede del apóstol Pedro, me uno espiritualmente a todos los dominicanos y os pido que me acompañéis con vuestras oraciones para que mi próxima peregrinación constituya un nuevo impulso a la misión de la Iglesia en vuestro País y en toda América Latina, que en profunda acción de gracias va a conmemorar el V Centenario de la evangelización del continente.

A la Santísima Virgen de la Altagracia, a cuyos pies tendré el gozo de postrarme, encomiendo mi peregrinación apostólica, mientras, en señal de benevolencia os bendigo a todos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CONGRESO SOBRE CATEQUESIS ORGANIZADO POR LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

Jueves 29 de abril de 1993

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Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado; queridos sacerdotes; hermanos y hermanas:



1. Con mucho gusto os recibo con ocasión del Congreso organizado por la Congregación para el clero sobre un tema muy actual e importante para la vida eclesial, como es el del influjo del Catecismo de la Iglesia católica en la pastoral catequística en general y la redacción de los catecismos locales en particular.

Agradezco al señor cardenal José T. Sánchez, prefecto de dicha Congregación, las amables palabras que me ha dirigido, y saludo con afecto a los presidentes de las Comisiones episcopales para la catequesis, así como a los expertos y a los miembros de ese mismo dicasterio.

En este tiempo pascual resuenan todavía en nuestro espíritu las palabras de san Pedro: la piedra despreciada por los constructores "se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12).

Jesucristo es la salvación eterna, que se manifestó en la plenitud de los tiempos. Es la verdad que libera y la palabra que salva.

Para transmitir a todos los pueblos la buena nueva, fundó su Iglesia con la misión específica de evangelizar. Después de Pentecostés, la Iglesia cumplió con entusiasmo el mandato de su divino fundador y comenzó su misión de proclamar el feliz anuncio de la salvación.

Esto es lo que los discípulos del Señor han hecho a lo largo de la historia humana. Esto es lo que la Iglesia quiere hacer hoy, esforzándose por llevar a cabo, al comienzo del tercer milenio, la nueva evangelización con la ayuda del Catecismo de la Iglesia católica, instrumento que responde plenamente a las necesidades de la época actual.

2. Hay que recibir la publicación de este Catecismo como una verdadera gracia del Señor en vísperas del nuevo milenio. En el mundo de hoy, marcado por procesos preocupantes de secularización, que desembocan a menudo en el ateísmo, un mundo en el que la sed creciente de lo sagrado se manifiesta muchas veces en formas de subjetivismo o en la multiplicación de movimientos religiosos discutibles, se siente por todas partes la necesidad de certeza en la profesión de fe y en el compromiso personal de conversión y vida cristiana.

El reciente Catecismo quiere responder a esta necesidad. Por su misma naturaleza de verdadero texto catequístico, será sin duda una ayuda para la nueva evangelización, presentando íntegro el mensaje de Cristo, sin mutilaciones o falsificaciones (cf. Catechesi tradendae , 30).

La nueva evangelización, cuyo destino está estrechamente ligado a la labor catequística, tiene corno punto de partida la certeza de que en Cristo se halla una riqueza inescrutable (cf. Ef 3, 8), que ninguna cultura ni época pueden agotar y la que los hombres están invitados continuamente a acudir, a fin de orientar su existencia. Esta riqueza es, sobre todo, la persona misma (le Cri5to, en el que tenemos acceso a la verdad sobre Dios y el hombre. Quienes creen en él, cualquiera que sea la época o cultura a la que pertenezcan, hallan respuesta a las preguntas siempre antiguas y siempre nuevas acerca del misterio de la existencia y que están grabadas indeleblemente en el corazón del hombre.

3. Por tanto, la nueva evangelización requiere, sobre todo, una catequesis que, presentando el plan de la salvación, "sepa invitar a la conversión" y a la esperanza en las promesas de Dios, basándose en la certeza de la resurrección real de Cristo, primer anuncio y raíz de toda evangelización, fundamento de toda promoción humana, principio de toda cultura cristiana auténtica.

Es necesario que los pastores del pueblo de Dios y los agentes de la pastoral presten especial atención a la catequesis, que es explicitación sistemática del primer anuncio evangélico, educación de quienes se disponen a recibir el bautismo o a ratificar sus compromisos, e iniciación a la vida de la Iglesia y al testimonio concreto de la caridad. Así pues, la catequesis es un momento de importancia esencial en el proyecto rico y complejo de la evangelización. Como he recordado también en la carta dirigida recientemente a todos los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, en el Catecismo "podemos encontrar una norma auténtica y segura.., Para el desarrollo de la actividad catequética entre el pueblo cristiano, para la nueva evangelización, de la que el mundo de hoy tiene inmensa necesidad" (n. 2; cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 26 de marzo de 1993, p. 1).

4. La pastoral catequística halla en el Catecismo de la Iglesia católica el instrumento más idóneo para la nueva evangelización.

Es urgente que los catequistas, en virtud de su carisma y del mandato recibido de los pastores, repitan en las comunidades la misión de la Iglesia maestra, de esta educadora humilde como su Señor, que guía pacientemente a cada uno de sus discípulos hacia un proyecto de vida, del que ella no es autora, sino sólo depositaria y mediadora.

Sin olvidar jamás que Dios es el educador de su pueblo, y que Jesucristo es el pedagogo interior de sus seguidores a través del don incesante de su Espíritu, conviene subrayar un principio que puede inspirar el uso pastoral del Catecismo de la Iglesia católica, y que se lee en el número 169 del mismo texto: "La salvación viene sólo de Dios; pero, puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: "Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación" (Fausto de Riez, De Spiritu Sancto, 1, 2). Porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe".

5. El nuevo Catecismo se entrega a los pastores y a los fieles para que, como todo catecismo auténtico, sirva para educar en la fe que la Iglesia católica profesa y proclama. Por eso, es un don para todos: se dirige a todos, y hay que hacer que llegue a todos. La aceptación extraordinaria que ha tenido en el pueblo cristiano sirve como ulterior exhortación y aliento a cumplir ese deber urgente de toda la Iglesia.

Por ser tan completo, este Catecismo es también "típico" y "ejemplar" para todos los demás catecismos, como texto de referencia seguro para la enseñanza de la doctrina católica y, de forma muy especial, para la elaboración de los catecismos locales. No ha de considerarse sólo como una etapa que precede a la redacción de los catecismos locales; está destinado a todos los fieles que tengan la capacidad de leerlo, comprenderlo y asimilarlo en su vida cristiana. En esta perspectiva, sirve de apoyo y fundamento para la redacción de nuevos instrumentos catequísticos, que tengan en cuenta las diversas situaciones culturales y, a la vez, guarden con sumo esmero la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica (cf. Fidei depositum , 4).

6. El Sínodo de 1977 sobre la catequesis afirmó, con razón, que evangelizar es una iniciativa dinámica: se trata de encarnar el Evangelio en las culturas y de recibir los valores auténticos de estas mismas culturas en el cristianismo (cf. Mensaje al pueblo de Dios, 5). Eso significa que la catequesis se esfuerza por conservar y transmitir íntegramente el depositum fidei contenido en el Catecismo de la Iglesia católica y por convertirse en factor activo de la inculturación de la fe.

Para que sea verdaderamente maestra en esta inculturación, es necesario que la catequesis use el Catecismo de la Iglesia católica a la luz de las verdades fundamentales de la fe y de los tres grandes misterios de la salvación: la Navidad, que muestra el camino de la Encarnación y lleva al que catequiza a compartir su vida con el catequizado, asumiendo todos sus posibles elementos positivos, como su historia, sus costumbres, sus tradiciones y su cultura; la Pascua, que, a través del sufrimiento, lleva a la purificación de los pecados y a rescatar todas las culturas de la insensatez del mal y de la fragilidad del limite natural; y Pentecostés, que, con el don del Espíritu Santo, hace posible que todos comprendan en su lengua las maravillas de Dios, abriendo nuevos espacios para que actúe la fe y la misma cultura.

7. Es evidente que la fe cristiana no se identifica con ninguna cultura determinada, porque está por encima de todas ellas, aunque de hecho puede encarnarse en las diferentes culturas. Esto implica que en todo proceso catequístico haya que considerar y recibir la iniciativa divina, que concede gratuitamente la fe y favorece la expresión humana y cultural que la transmite. El Espíritu Santo, que "llena la tierra..., todo lo mantiene unido y tiene conocimiento de toda palabra" (Sb 1, 7), es el que da incesantemente a las diferentes culturas la gracia de recibir y vivir el Evangelio. Encarnar la fe no es sólo una inevitable necesidad histórica, sino también la condición necesaria para vivirla, profundizarla y transmitirla.

Esta acción cumple, además, una función purificadora en relación con las culturas. Es propio de la palabra de Dios indicar al hombre los dos caminos: el del bien y el del mal, invitando a abandonar el hombre viejo para dejar de ser esclavo del pecado (cf. Rm 6, 9-1 1), y a revestirse del hombre nuevo creado en la santidad de la verdad. Esto supone una catequesis capaz de leer profundamente la condición humana y de discernir evangélicamente, en la perspectiva del reino de Dios, los peces buenos de los malos (cf. Mt 13, 48).

En síntesis, la utilización del Catecismo de la Iglesia católica en la catequesis y en los catecismos locales debe estar guiada por este principio de comunión: "La compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal" (Redemptoris missio , 54).

Quiera Dios que este principio, en que se ha basado vuestro trabajo de estos días, siga guiándolos también en el futuro y os ayude a realizar la obra tan positiva de ofrecer a vuestros fieles instrumentos de catequesis adecuados a las exigencias de los tiempos y aptos para llevar a cabo la nueva evangelización, que constituye el desafío que ha de afrontar toda la Iglesia al final de este milenio.

Os acompañe y os sostenga en este cometido arduo y fundamental mi bendición apostólica, que os imparto con afecto a vosotros, a vuestro trabajo y a las Iglesias que representáis y por las que gastáis generosamente vuestras energías.

VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

CEREMONIA DE DESPEDIDA DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Aeropuerto internacional Madrid-Barajas Jueves 17 de junio de 1993

Majestades, queridos hermanos en el episcopado, excelentísimas autoridades, amadísimos hermanos y hermanas:

1. Llega a su fin un nuevo viaje apostólico que, en el nombre del Señor, he tenido el gozo de realizar, cumpliendo el ferviente deseo de asociarme a la celebración del XLV Congreso Eucarístico Internacional en Sevilla, así como de visitar la diócesis de Huelva y la comunidad católica de esta capital.

En estos momentos de despedida, mi pensamiento hecho plegaria se dirige a Dios, rico en misericordia, que me ha concedido la gracia de compartir estas jornadas de intensa comunión en la fe y en la caridad, durante las cuales he tenido ocasión de sentir muy viva la presencia y cercanía de los amadísimos hijos e hijas de España, que con su fe puesta en Dios miran el futuro con gran esperanza.

2. A lo largo de los diversos encuentros, en Sevilla, Huelva y Madrid, he querido llevar a cabo el mandato recibido de Jesucristo de confirmar en la fe a mis hermanos (cf Lc 22, 32). Han sido cinco días de gracia, que quedarán impresos en mi recuerdo y que me han hecho apreciar aún más los genuinos valores humanos y cristianos del alma noble de España.

En las celebraciones que he tenido la dicha de presidir, he querido proclamar la esperanza que viene de Dios y alentar a todos a consolidar la fe recibida. Una nación como ésta, que con razón puede enorgullecerse de haber engendrado en la fe a tantos pueblos que hoy gozosamente se profesan hijos de la Iglesia, no ha de permitir que se diluya la riqueza espiritual que ha impulsado los mejores esfuerzos de su historia, dejando una huella imborrable en la cultura. Por eso, con todo el amor que nutro por vosotros y movido por mi solicitud de Pastor de la Iglesia universal, os digo: ¡Reavivad vuestras raíces cristianas! ¡Sed fieles a la fe católica que ha iluminado el camino de vuestra historia! No dejéis de testimoniar vuestra condición de creyentes, actuando con coherencia en el ejercicio de vuestras responsabilidades familiares, profesionales y sociales.

3. Antes de terminar, deseo expresar mi más vivo agradecimiento a Su Majestad el Rey, a las Autoridades de la Nación y de las Comunidades Autónomas visitadas, por la colaboración prestada para el buen desarrollo de mi visita pastoral. Especial gratitud debo manifestar a mis Hermanos Obispos, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a tantos laicos que, con no poco esfuerzo y sacrificio, han contribuido eficaz e ilusionadamente a la preparación y realización de las diversas celebraciones. Una palabra de gratitud, igualmente, a los informadores de prensa, radio y televisión, por el relieve dado a los diversos encuentros que se han llevado a cabo durante mi estancia en este amado país.

Aunque mi presencia física se ha limitado a Sevilla, Huelva y Madrid, mi espíritu ha estado siempre muy cercano a todos y cada uno de los españoles: familias, ancianos, jóvenes y niños, campesinos y obreros, intelectuales y dirigentes, pobres y enfermos. A todos llevo en mi corazón y les encomiendo en mis plegarias.

En estos momentos, mi oración se dirige a Dios para que os asista en vuestra firme voluntad de afrontar los problemas que os aquejan con ánimo sereno y positivo, con el deseo de encontrar soluciones por el camino de la fraternidad, el diálogo y el respeto mutuo. Os aliento a un renovado empeño en la vivencia de vuestra fe y a hacer de los valores cristianos y éticos, que han configurado vuestro ser como Nación, un factor de cohesión social, de solidaridad y de progreso.

¡Que Dios bendiga a España!

¡Que Dios bendiga a todos los hijos e hijas de esta noble Nación!

¡Alabado sea Jesucristo!

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS REPRESENTES DEL CUERPO DIPLOMÁTICO EN LA NUNCIATURA APOSTÓLICA Madrid, miércoles 16 de junio de 1993

Excelencias, Señoras y Señores:

1. Es para mí motivo de particular satisfacción encontrarme, en la sede de la Nunciatura Apostólica, con el Cuerpo Diplomático y poder tener así la oportunidad de compartir con todos Ustedes algunas reflexiones durante esta cuarta visita pastoral a la noble Nación española.

Agradezco vivamente vuestra presencia y amable acogida, a la vez que os presento mi más cordial y deferente saludo, que hago extensivo a los Gobiernos y pueblos que representáis. Deseo asimismo, expresar mi gratitud a Su Excelencia Monseñor Mario Tagliaferri, Nuncio Apostólico y Decano del Cuerpo Diplomático, por las atentas palabras, que en nombre de todos ha tenido a bien dirigirme.

Las altas funciones que desempeñáis, cargadas de responsabilidad y no exentas de sacrificios, os hacen acreedores del aprecio y consideración de la Santa Sede, sobre todo por tratarse de un servicio a la gran causa de la paz, del acercamiento y colaboración entre los pueblos, y de un intercambio fructífero para lograr unas relaciones más humanas y justas en el seno de la comunidad internacional.

2. Como puede atestiguar vuestra propia experiencia, nos encontramos en un País hospitalario y acogedor, que cuenta con una gran riqueza cultural y antiguas tradiciones, y que en el devenir de la historia ha entrado en contacto con otros numerosos pueblos del orbe.

Todavía son recientes los ecos de la conmemoración del V Centenario de aquel 12 de octubre de 1492 que cambió la configuración del mundo hasta entonces conocido y abrió insospechados caminos para el encuentro de pueblos y culturas.

En la presente circunstancia, cómo no hacer mención del papel desempeñado por la Escuela de Salamanca, y en particular por Fray Francisco de Vitoria, O. P., en la creación del moderno derecho internacional? Basándose en los principios cristianos, se perfiló un verdadero código de derechos humanos que representó la conciencia crítica surgida en España en favor de las personas y de los pueblos de ultramar, reivindicando para ellos una idéntica dignidad, que había de ser respetada y tutelada. Idea original de Francisco de Vitoria fue también la del “Totus Orbis”, es decir, la construcción de un mundo unido, fruto de una auténtica coexistencia basada en el respeto a la propia identidad e integrador de los elementos comunes.

A este propósito, como bien sabéis, durante estos días tiene lugar en Viena la Conferencia Mundial sobre los Derechos Humanos, convocada por las Naciones Unidas. Se trata de una cita importante para la comunidad internacional, pues en dicho encuentro, junto a la valoración del camino recorrido hasta ahora en materia de tutela internacional de los derechos y libertades de la persona humana, se quiere dar nuevo impulso a la colaboración a nivel mundial en el reconocimiento y en la promoción del respeto de tales derechos y libertades, tanto en su dimensión individual como colectiva. Se ve cada vez con mayor claridad en la conciencia común de la humanidad la necesidad de que el derecho internacional, bien asentado en sólidos principios éticos, sea capaz de dar una protección efectiva a los derechos y a las libertades fundamentales de la persona humana, sin limitaciones ni imposiciones arbitrarias, fruto de intereses particulares que nada tienen que ver con el bien común de la humanidad.

3. Con respecto a la libertad religiosa, si miramos al pasado de este noble país, vemos que durante un cierto período de su historia convivieron en la península ibérica el Cristianismo, el Judaísmo y el Islamismo. Aquella página tan enriquecedora de la cultura española, que tuvo en Toledo su centro más destacado, podría representar también en nuestros días un elocuente y aleccionador punto de referencia, en orden a promover los auténticos valores religiosos como elemento de cohesión, entendimiento y diálogo entre los integrantes de la familia humana.

Es de todos conocido el papel desempeñado por España en favor de la solución pacífica del conflicto del Medio Oriente, y que tuvo en el encuentro de Madrid, en el mes de octubre de 1991, su momento más representativo. España, miembro de la Comunidad Europea y, al mismo tiempo, unida por estrechos lazos con los Países de América Latina, se ve siempre interpelada por su vocación de factor integrador de las culturas que enriquecieron su pasado.

4. Además de otros importantes momentos y actividades en favor de la comprensión mutua y de la unidad, cabe citar el Encuentro de Diálogo Islamo–Cristiano, convocado el pasado mes de marzo por la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y el Centro Cultural Islámico de Madrid, en nombre de la Liga del Mundo Islámico.

La voluntad de un mayor entendimiento entre cristianos y musulmanes quedó reflejada en las resoluciones del encuentro, como consta en las siguientes palabras: “Necesitamos, mediante un diálogo constructivo, llegar a un conocimiento mutuo más cabal, que ahuyente nuestros recíprocos recelos y que nos conduzca a una mutua estima, la cual, a su vez, desemboque en una colaboración más ambiciosa en todos los campos en que ésta sea posible” (Comunicado conjunto, n. 3, 28 de marzo de 1993).

Ante un número tan cualificado de Representantes diplomáticos de Países donde la religión musulmana es profesada por la mayoría de la población, formulo fervientes votos para que esta loable iniciativa de la Iglesia española, que se inspira fielmente en los principios de la Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, abra nuevos caminos de colaboración y encuentro. Es mi viva esperanza que, en todos los lugares donde conviven creyentes de las tres religiones que enriquecieron el acervo espiritual y humano de la península ibérica y, de modo especial, donde dicha convivencia se caracteriza por una relación de mayoría a minoría, reine el diálogo y la colaboración, y sean cuidadosamente evitadas las injusticias y discriminaciones. Por otra parte, es deber de los Estados preocuparse de estos problemas y evitar hacer de la religión “un pretexto para la injusticia y para la violencia, lo cual es un terrible abuso que debe ser condenado por cuantos creen en el verdadero Dios... Mientras los creyentes no se unan para rechazar las políticas del odio y la discriminación, y para afirmar el derecho a la libertad de culto y de religión en todas las sociedades humanas, la auténtica paz no será posible” (Alocución a los representantes de las comunidades musulmanas de Europa, n. 4, 10 de enero de 1993). También la comunidad internacional está llamada a preocuparse y a defender las minorías, los inmigrantes y los derechos de los individuos a profesar libremente la propia fe, mediante un correcto uso de los principios de la cooperación y la reciprocidad.

5. Excelencias, Señoras y Señores: la experiencia cotidiana pone de manifiesto ante nuestros ojos que el ideal de Francisco de Vitoria, del “Totus Orbis”, es decir, el mundo unido en la armonía dentro de la pluralidad, es todavía una meta lejana, como lo muestran, por ejemplo, las grandes diferencias entre Norte y Sur o los conflictos bélicos, particularmente ese tan cercano y cruel en Bosnia–Herzegovina. Por ello se hace cada vez más apremiante e improrrogable la necesidad de un esfuerzo conjunto por parte de las Naciones e Instancias internacionales, para consolidar unas relaciones más justas y solidarias, tuteladas por el derecho internacional.

A esta noble y urgente tarea me permito alentaros, asegurándoos que encontraréis siempre en la Santa Sede un atento interlocutor en todo lo relativo a promover la fraternidad y la solidaridad entre los pueblos, así como en todo lo que favorezca la paz, la justicia y el respeto de los derechos humanos.

Al finalizar este encuentro deseo reiterar mi agradecimiento por vuestra presencia, a la vez que expreso mis más sinceros votos por la prosperidad de vuestros países, por el éxito de vuestra misión y la felicidad de vuestros seres queridos.

Muchas gracias.

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS ESPAÑOLES DURANTE EL ENCUENTRO EN LA SEDE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL «Casa de la Iglesia», Madrid Martes 15 de junio de 1993

Queridos Hermanos en el Episcopado:

1. Hace poco más de diez años, al inaugurar esta sede de la Conferencia Episcopal Española, testigo de tantos afanes pastorales vuestros en favor de la Iglesia, tuve el gozo de compartir con vosotros intensos momentos de plegaria y de íntima comunión eclesial. Con todo afecto os expreso ahora mi entrañable saludo fraterno con las mismas palabras del apóstol Pablo: “Gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1, 7) .

El Señor nos concede hoy la gracia de este nuevo encuentro, en el que vuestra unión con el Sucesor de Pedro se hace testimonio elocuente y se fortalecen los vínculos de caridad de nuestro ministerio, continuación de la misión encomendada por el mismo Cristo a los Apóstoles. Agradezco vivamente las amables palabras que Monseñor Elías Yanes Álvarez, Arzobispo de Zaragoza y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha querido dirigirme en nombre de todos.

2. Leemos en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II: “Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles” (Lumen gentium , 22). Esta unidad, que hoy podemos vivir con particular intensidad y expresar de manera visible, es fuente de consuelo para nosotros en el arduo ministerio que se nos ha confiado y, a la vez, garantía y aliento para los fieles, que pueden ver nuestro servicio pastoral como nacido verdaderamente del Espíritu del Señor, que acompaña y dirige a su Iglesia en cada momento y en todas las coyunturas de su historia.

Me complace vivamente saber que el trabajo común de la Conferencia y los planes pastorales de vuestras Diócesis se centran en el propósito de impulsar decididamente una vigorosa pastoral de evangelización. La hora presente, queridos Hermanos, debe ser la hora del anuncio gozoso del Evangelio, la hora del renacimiento moral y espiritual. Los valores cristianos, que han configurado la historia de esta noble Nación, han de inspirar un renovado impulso en todos los hijos de la Iglesia católica para dar un testimonio diáfano de su fe. Ha llegado el momento de desplegar la acción pastoral de la Iglesia en toda su plenitud, con unidad interna, solidez espiritual y audacia apostólica. La nueva evangelización necesita nuevos testigos, personas que hayan experimentado la transformación real de su vida en contacto con Jesucristo y sean capaces de transmitir esa experiencia a otros. Esta es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda. Esta es la hora de renovar la vida interior de vuestras comunidades eclesiales y de emprender una fuerte acción pastoral y evangelizadora en el conjunto de la sociedad española.

3. En este encuentro me siento particularmente cercano a vosotros “con lazos de unidad, de amor y de paz” (Ibíd.), como Pastor de toda la Iglesia (cf. Lumen gentium , 22), y quiero, queridos Hermanos, compartir algunas reflexiones que os acompañen en vuestra solicitud en favor de las comunidades que el Señor ha confiado a vuestro cuidado.

Ante todo es preciso que sepamos presentar al hombre de hoy las maravillas de Dios y de sus promesas. El hombre actual, absorbido muchas veces por la grandiosidad y complejidad de un mundo maravilloso, tiene necesidad de aprender a ver por encima de todo la Sabiduría y la Bondad infinita de Dios creador. El conocimiento y la adoración del Creador proporcionan al hombre la posibilidad de ver el mundo y verse a sí mismo en su indigencia más radical y en su más alta grandeza.

Junto a esta fe en Dios Creador, el hombre moderno tiene necesidad de conocer y aceptar la gracia divina, ofrecida en Jesucristo, para librarnos del pecado y del poder de la muerte. La mejor contribución que la Iglesia puede dar a la solución de los problemas que afectan a vuestra sociedad –como son la crisis económica, el paro que aflige a tantas familias y a tantos jóvenes, la violencia, el terrorismo y la drogadicción– es ayudar a todos a descubrir la presencia y la gracia de Dios en nosotros, a renovarse en la profundidad de su corazón revistiéndose del hombre nuevo que es Cristo.

La nueva evangelización a la que os invito exige un esfuerzo singular de purificación y santidad. Por ello, reavivando las mejores tradiciones de tantos Obispos evangelizadores y santos como ha dado vuestra Iglesia, tenéis que ser anunciadores incansables del Evangelio, predicando la verdad de Cristo “fuerza y sabiduría de Dios” (1Co 1, 24), seguros de que de esta manera prestáis el mejor servicio posible a la Iglesia y a la sociedad entera. El anuncio de la Palabra tiene que ir respaldado por una vida santa, fraguada en la oración y desgranada día a día en la caridad, es decir, en el humilde servicio de amor y misericordia a todos los necesitados.

4. Soy consciente de la grave crisis de valores morales, presente de modo preocupante en diversos campos de la vida individual y social, y que afecta de manera particular a la familia, a la juventud, y que tiene también repercusiones –de todos bien conocidas– en la gestión de la cosa pública. Es innegable la existencia de un creciente proceso de secularización, que halla puntual eco en algunos medios de comunicación social, favoreciendo así la difusión de una indiferencia religiosa que se instala en la conciencia personal y colectiva, con lo cual Dios deja de ser para muchos el origen y la meta, el sentido y la explicación última de la vida.

Como habéis reiterado en numerosas ocasiones, amadísimos Hermanos, la Iglesia está llamada a iluminar, desde el Evangelio, todos los ámbitos de la vida del hombre y de la sociedad. Y ha de hacerlo desde su fin propio, que “es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa –enseña el Concilio Vaticano II– derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina” (Gaudium et spes , 42). La Iglesia, por su vocación de servicio al hombre en todas sus dimensiones, se esfuerza en contribuir a la consecución de aquellos objetivos que favorecen el bien común de la sociedad, sobre todo para ser “a la vez signo y salvaguardia del carácter transcendente de la persona humana” (Ibíd., 76). Por eso, como pone de relieve el mismo documento conciliar, “la Iglesia... por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno” (Ibíd.). Sin embargo, esto no significa que ella no tenga nada que decir a la comunidad política, para iluminarla desde los valores y criterios del Evangelio (cf. ibíd.).

5. La Iglesia española, no pocas veces en la historia, ha sabido dar una respuesta a los retos y dificultades del momento, trabajando denodadamente, bajo la guía del Espíritu de Dios y en estrecha comunión con la Santa Sede, por la evangelización de los pueblos. Ya en mi visita a Zaragoza de 1984, y más recientemente en Santo Domingo el mes de octubre pasado, tuve ocasión de expresar mi viva gratitud y la de toda la Iglesia por la ingente labor evangelizadora de aquella pléyade de misioneros españoles que llevaron el mensaje de salvación al Nuevo Mundo. Hoy lo hago nuevamente, ante vosotros, consciente de que os transmito también el reconocimiento de las comunidades eclesiales de América. Sé los esfuerzos que habéis hecho en estos últimos años para estrechar la comunión y cooperación misionera con aquellas Iglesias hermanas, y os aliento a continuar e intensificar dicha labor, con la que también podrá contrarrestarse la creciente acción proselitista de sectas y nuevos grupos religiosos en América Latina.

Con este espíritu apostólico, os invito igualmente a que extendáis vuestra cooperación misionera a los nuevos e inmensos espacios que se abren para el anuncio del Evangelio en los diversos continentes, sin olvidar la misma Europa. España, que tan apreciables progresos ha realizado dentro del marco democrático y como miembro de la Comunidad Europea, podrá contribuir también de modo relevante a la revitalización de las raíces cristianas del viejo continente. Quiera Dios que el Año Santo Compostelano, que se está celebrando, contribuya a estrechar aún más los lazos entre los ciudadanos de Europa y a redescubrir los valores del espíritu como fuente fecunda de su patrimonio cultural y moral.

6. Os animo, pues, a seguir con fortaleza y perseverancia en vuestra atención preferencial a la pastoral juvenil. Tratad sobre todo de presentar ante los jóvenes, en toda su autenticidad y riqueza, los altos ideales de la vida y la espiritualidad cristiana. Dedicad lo mejor de vuestro tiempo y esfuerzo a la catequesis con el ánimo de enseñar a conocer y vivir el evangelio a las nuevas generaciones, al cultivo y cuidado de las vocaciones para la vida consagrada y el ministerio sacerdotal, y al servicio multiforme y eficiente de la caridad en favor de todos los necesitados.

Vivid gozosamente la unidad y la paz que es fruto y garantía de la presencia del Espíritu Santo. Atended con solicitud a los sacerdotes, unidos a vosotros “en el honor del sacerdocio” (Lumen gentium , 28), viviendo con ellos en amistad y fraternidad, ayudándoles a desempeñar con gozo y fidelidad el ministerio que han recibido de Cristo en favor de los hombres. Animad con vuestra palabra y vuestro ejemplo a todos los miembros de la comunidad cristiana, religiosos y seglares, para que sientan la alegría de formar parte del Pueblo de Dios, germen de unidad, de esperanza y salvación para toda la sociedad.

No tengáis miedo ante los poderes de este mundo, no retrocedáis ante las críticas ni ante las incomprensiones. El mejor servicio que podemos hacer a nuestra sociedad es recordarle constantemente la palabra y las promesas de Dios, ofrecerle sus caminos de salvación, tan necesarios hoy como en cualquier otro momento de la historia. El ocultamiento de la verdadera doctrina, el silencio sobre aquellos puntos de la revelación cristiana que no son hoy bien aceptados por la sensibilidad cultural dominante, no es camino para una verdadera renovación de la Iglesia ni para preparar mejores tiempos de evangelización y de fe.

7. El verdadero progreso de la Iglesia requiere como algo esencial el mantenimiento de su tradición entera, defendida por el magisterio vivo del Papa y de los Obispos en comunión con Él. Si esta integridad doctrinal padece quebranto, pronto aparecen las desconfianzas y divisiones dentro de la Iglesia, disminuye su credibilidad, se debilita y empobrece el servicio de la salvación. Una Iglesia que dejara de ser fiel a su Señor no podría seguir siendo luz ni esperanza para nuestro mundo. Por todo ello, es preciso cuidar esmeradamente la elección y la formación de las personas más directamente responsables en la transmisión de la fe, en primer lugar, los profesores en los seminarios y en los centros académicos donde se forman candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa.

La enseñanza de la teología es un verdadero ministerio eclesial, que entraña una bien determinada responsabilidad para con el depósito de la fe. Especial atención, en las circunstancias de nuestro tiempo, merece el campo de la moral, y en particular la moral familiar y social. Es necesario que los sacerdotes, los agentes de pastoral y los fieles sean formados cuidadosamente en los principios, criterios y pautas morales que se derivan de la fe católica y de una comunión eclesial plena. En este momento de la vida de la Iglesia, tenemos un precioso instrumento de evangelización en el Catecismo de la Iglesia Católica , tesoro inestimable para la fe y al servicio de la unidad.

8. Al concluir este encuentro fraterno, mis palabras quieren ser sobre todo un mensaje de viva esperanza, de aliento y estímulo para vosotros, en obediencia al mandato de Cristo de “confirmar en la fe a mis hermanos” (cf Lc 22, 32). Con todo mi corazón quiero apoyaros en esta hermosa labor de dirigir e iluminar la vida de vuestras Iglesias. Que el Apóstol Santiago, Patrón de España, en este Año jubilar os ilumine y fortalezca para que la fe y la vida cristiana siga creciendo en vuestra patria por encima y más allá de los cambios y las transformaciones sociales.

En estos momentos, dejadme tener también un recuerdo lleno de afecto para todos los miembros de vuestras Iglesias diocesanas: especialmente los sacerdotes, generosos y abnegados colaboradores de vuestro ministerio, los seminaristas y sus formadores, los catequistas y educadores, los padres y madres cristianos, todos los fieles que son testigos del Evangelio de Jesucristo en el campo y en la ciudad, en la universidad y en las fábricas, en la salud y en la enfermedad, en la cultura, la política, la vida social.

A todos imparto con gran afecto la Bendición Apostólica.

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL FINAL DE LA CELEBRACIÓN MARIANA EN EL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DEL ROCÍO Lunes 14 de junio de 1993

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Que la gracia y la paz de Jesucristo, el Señor, esté siempre con todos vosotros: rocieros y peregrinos que desde tan diversos lugares habéis llegado a estas marismas almonteñas para reuniros con el Papa en este santuario, centro de la devoción mariana andaluza, en el que se venera la imagen bendita de Nuestra Señora del Rocío.

Es para mí motivo de honda alegría y de acción de gracias culminar mi visita apostólica a la Diócesis de Huelva peregrinando a estas marismas en las que la Madre de Dios recibe, en la romería de Pentecostés e incesantemente durante todo el año, el vibrante homenaje de devoción de sus hijos de Andalucía y de muchos otros lugares de España. A esa multitud incontable de romeros he querido unirme hoy, ante esta bellísima imagen de la Virgen, para venerar a nuestra Madre del cielo.

Agradezco vivamente las amables palabras que Monseñor Rafael González Moralejo, Obispo de esta diócesis, ha tenido a bien dirigirme, así como la presencia de mis Hermanos en el Episcopado y de los numerosos y amados sacerdotes, religiosos y religiosas que han querido unirse a esta celebración rociera. Mi gratitud igualmente a las Autoridades civiles por su valiosa colaboración en la preparación de este encuentro para honrar a la Blanca Paloma.

2. Hace cuatro años, una numerosísima representación de vuestra Hermandad Matriz y de las restantes Hermandades del Rocío, acompañados por vuestro Obispo, os pusisteis en camino y peregrinasteis a Roma para llevarme el perfume de estas vuestras marismas almonteñas y mostrarme en vuestros simpecados el rostro bellísimo de la Virgen y Señora del Rocío. Hoy soy yo quien peregrina hasta aquí para postrarme a los pies de esta sagrada imagen, que nos representa y recuerda a María –Asunta en cuerpo y alma al Cielo– y orar por la Iglesia, por vosotros y por vuestras familias, por España y por todos los hombres y mujeres del mundo.

En esta ocasión, deseo recordaros el mensaje que os dirigí entonces en Roma: “Quiero alentaros vivamente en la auténtica devoción a María, modelo de nuestro peregrinar en la fe, así como en vuestros propósitos, como hijos de la Iglesia y como fieles laicos asociados en vuestras Hermandades, a dar testimonio de los valores cristianos en la sociedad andaluza y española” (Audiencia general , 1 de marzo de 1989).

Vuestra devoción a la Virgen representa una vivencia clave en la religiosidad popular y, al mismo tiempo, constituye una compleja realidad socio–cultural y religiosa. En ella, junto a los valores de tradición histórica, de ambientación folklórica y de belleza natural y plástica, se conjugan ricos sentimientos humanos de amistad compartida, igualdad de trato y valor de todo lo bello que la vida encierra en el común gozo de la fiesta. Pero en las raíces profundas de este fenómeno religioso y cultural, aparecen los auténticos valores espirituales de la fe en Dios, del reconocimiento de Cristo como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, del amor y devoción a la Virgen y de la fraternidad cristiana, que nace de sabernos hijos del mismo Padre celestial.

3. Vuestra devoción a la Virgen, manifestada en la Romería de Pentecostés, en vuestras peregrinaciones al Santuario y en vuestras actividades en las Hermandades, tiene mucho de positivo y alentador, pero se le ha acumulado también, como vosotros decís, “polvo del camin ”, que es necesario purificar. Es necesario, pues, que, ahondando en los fundamentos de esta devoción, seáis capaces de dar a estas raíces de fe su plenitud evangélica; esto es, que descubráis las razones profundas de la presencia de María en vuestras vidas como modelo en el peregrinar de la fe y hagáis así que afloren, a nivel personal y comunitario, los genuinos motivos devocionales que tienen su apoyo en las enseñanzas evangélicas.

En efecto, desligar la manifestación de religiosidad popular de las raíces evangélicas de la fe, reduciéndola a mera expresión folklórica o costumbrista sería traicionar su verdadera esencia. Es la fe cristiana, es la devoción a María, es el deseo de imitarla lo que da autenticidad a las manifestaciones religiosas y marianas de nuestro pueblo. Pero esa devoción mariana, tan arraigada en esta tierra de María Santísima, necesita ser esclarecida y alimentada continuamente con la escucha y la meditación de la palabra de Dios, haciendo de ella la pauta inspiradora de nuestra conducta en todos los ámbitos de nuestra existencia cotidiana.

Os invito, por ello, a todos a hacer de este lugar del Rocío una verdadera escuela de vida cristiana, en la que, bajo la protección maternal de María, bajo sus ojos maternos, la fe crezca y se fortalezca con la escucha de la palabra de Dios, con la oración perseverante, con la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía. Este, y no otro, es el camino por el que la devoción rociera ganará cada día en autenticidad. Además, la verdadera devoción a la Virgen María os llevará a la imitación de sus virtudes. A través de ella y por su mediación, descubriréis a Jesucristo, su Hijo, Dios y Hombre verdadero, que es el único Mediador entre Dios y los hombres.

4. En un entrañable encuentro con los Obispos de Andalucía, con ocasión de su visita “ad Limina”, me refería a la vivencia religiosa popular con estas palabras: “Vuestros pueblos, que hunden sus raíces en la antigua tradición apostólica, han recibido a lo largo de los siglos numerosas influencias culturales que les han dado características propias. La religiosidad popular que de ahí ha surgido es fruto de la presencia fundamental de la fe católica, con una experiencia propia de lo sagrado, que comporta a veces la exaltación ritualista de los momentos solemnes de la vida del hombre, una tendencia devocional y una devoción muy festiva. ¡Gracias a Dios!” (Discurso a los obispos de Sevilla y Granada , n., 30 de enero de 1982. Sé que, como Hermandades Rocieras, estáis empeñados, en dar una nueva y auténtica vitalidad cristiana a la religiosidad popular en esta tierra. Por otra parte, es consolador comprobar que vuestros Pastores muestran gran solicitud y preocupación por fomentar en las Hermandades una mayor formación cristiana y una más activa participación litúrgica y caritativa en la vida de la Iglesia, que se traduzca en verdadero dinamismo apostólico. Por mi parte, y apelando al sentimiento más profundo que, como cristianos y rocieros, lleváis en el fondo de vuestras almas, quiero alentaros a reavivar en vosotros el amor y la devoción a María, y por Ella a Cristo, dando así también testimonio de una fe que se hace cultura. Sería una pena que esta cultura cristiana vuestra magnífica, profundamente enraizada en la fe, se debilitara por inhibición o por cobardía al ceder a la tentación y al señuelo –que hoy se os tiende– de rechazar o despreciar los valores cristianos que cimientan la obra de la devoción a María y dan savia a las raíces del Rocío. Por eso os vuelvo a insistir hoy ante la Virgen: dad testimonio de los valores cristianos en la sociedad andaluza y española.

5. Queridas hermanas y hermanos rocieros, me siento feliz de estar con vosotros en esta hermosa tarde, aquí, en este paraje bellísimo de Almonte y ante este bendito Santuario, en el que acabo de orar por la Iglesia y por el mundo. A Ella, nuestra Madre celeste, Asunta en cuerpo y alma al cielo, he pedido por vuestro pueblo andaluz y español, pueblo fundamentado en la fe de sus mayores y que vive una ardiente esperanza de elevación humana, de progreso, de afirmación de su propia dignidad, de respeto a sus derechos y de estímulo y ejemplaridad para cumplir sus deberes.

He pedido a María que siga concediéndoos, en la alegría de vuestra forma de ser, la firmeza de la fe, y engendre en vosotros la esperanza cristiana que se manifieste en el gozo ante la vida, en la aceptación ante el dolor y en la solidaridad frente a toda forma de egoísmo. He pedido para vosotros, los aquí presentes, así como para vuestras familias y para Andalucía entera y la noble Nación española, que sepáis siempre superar las dificultades y los obstáculos, a veces frecuentes en el camino, como son la pobreza, la temible plaga del paro, la falta de solidaridad, los vicios de la sociedad consumista en la que se olvida el sentido de Dios y la caridad auténtica.

¡Que por María sepáis abrir de par en par vuestro corazón a Cristo, el Señor!

Llevad por todos los caminos el cariño y el amor del Papa a vuestros familiares, paisanos y amigos, y antes de bendeciros alabemos juntos a María:

¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva esa blanca paloma! ¡Que viva la Madre de Dios!

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

CORONACIÓN DE LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE LOS MILAGROS

ORACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Monasterio de la Rábida, Huelva Lunes 14 de junio de 1993

1. Dios te salve, Madre y Señora Nuestra de los Milagros, Santa María de la Rábida. Peregrino por tierras andaluzas, donde se siente por doquier tu presencia y se oye tu nombre, he venido a los Lugares Colombinos, que, de modo privilegiado, evocan los recuerdos, siempre vivos, del V Centenario de la Evangelización de América. Ante tu imagen oró Cristóbal Colón y de ti recibió fortaleza y amparo para su intrépido proyecto, que la reina Isabel la Católica puso al servicio de la fe.

2. Estrella de los mares y Madre de los marineros. Tus hijos palermos llevaban impresa en sus ojos y en su corazón tu imagen de bondad y dulzura cuando, aquel 3 de agosto de 1492, guiados por el Almirante y por los hermanos Pinzón, sostenidos por el cariño y la oración de sus esposas e hijos, zarparon del puerto de Palos hacia la singular aventura del encuentro de dos mundos, que abrió nuevos caminos al Evangelio. Tu nombre, “ Santa María ”, era el de la nao capitana. Y con ese nombre en sus labios y en sus corazones, una pléyade de misioneros llevaron la Buena Nueva de salvación a los nuevos pueblos de América.

3. Tu imagen, Virgen María, ha hecho presente, a través de los siglos, tu amor maternal para todos los hijos de esta tierra, en sus faenas de mar y en sus labores agrícolas, en los momentos de angustia, y en los gozos y alegrías. Por eso, por voluntad de mi predecesor Pablo VI, fuiste declarada celestial Patrona de la ciudad de Palos, y eres aclamada como Reina por estos hijos tuyos, que sienten en sus vidas tu amorosa intercesión. A ti, humilde Madre del Señor, la Trinidad gloriosa te coronó en el cielo. Y hoy, como signo de filial devoción, colocamos en tu imagen y en la de tu Hijo Jesús la corona de amor y de fe de este pueblo que te venera.

4. Santa María, Estrella de la Evangelización, Madre de España y de América. Ante ti se renueva la memoria, cinco veces centenaria, del anuncio de Cristo a los pueblos del Nuevo Mundo. Rodean a tu imagen los emblemas de tantas Naciones hermanadas por la misma fe católica y la misma lengua hispana. Tras peregrinar por las queridas tierras de América, y haber visto por doquier tu presencia maternal, vengo ahora a darte gracias, Virgen Santísima, por los cinco siglos de acción evangelizadora en el Nuevo Mundo. Te encomiendo a todas las Naciones hermanas de América, para que se abran más y más a la Buena Nueva que libera y salva.

5. Madre de Dios y Madre nuestra, bendice a la comunidad de franciscanos, que te venera. Protege a las familias, a los niños y jóvenes, a los ancianos, a los pobres y enfermos, y a cuantos se acogen a tu protección. Guíalos en el camino de la vida para que encuentren al Señor. Dales luz y fuerza para que sigan sus huellas. Sé para todos tus hijos de Palos la Estrella que los conduzca a Jesús, Luz del mundo. Abre su corazón a la solidaridad con los más necesitados. Renueva en la Iglesia onubense y en toda España la conciencia misionera, que llevó a una pléyade de sus hijos a compartir la fe de sus mayores con los hermanos de ultramar.

6. Reina y Señora de los Milagros, desde este histórico lugar de La Rábida, cuna del Descubrimiento y Evangelización de América, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, y ruega siempre por nosotros para que seamos dignos de alcanzar y gozar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

* * *


Al final de la Liturgia de la Palabra, Juan Pablo II saludó a los numerosísimo fieles presentes.

Muchas gracias por este encuentro.

Es una gran emoción encontrarse en el lugar totalmente histórico donde empezó un nuevo capítulo de la historia del mundo, de nuestro mundo, del nuevo mundo, de todo el mundo, del globo terrestre.

Donde empezó también la historia de la salvación y de la evangelización del continente americano.

Siempre vuelven a este lugar bendito, encomendándose a la Señora de los Milagros, a la Madre de los hombres, a la Reina de las Américas, todos nuestros hermanos de aquí, en España y en la otra parte del mundo.

Sea alabado Jesucristo.

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON MOTIVO DE LA INAUGURACIÓN DE LA «RESIDENCIA SAN RAFAEL» Dos Hermanas, Sevilla Domingo 13 de junio de 1993

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Nos hemos reunido en esta Residencia San Rafael, de Dos Hermanas, como el último acto del XLV Congreso Eucarístico Internacional, que nos ha congregado en Sevilla para “ poner de relieve... el lugar central de la Eucaristía en la vida de la Iglesia y en su misión ” evangelizadora (Pontificii Comitatus Eucharisticis Internat. Conventibus Provehendis, Statuta, 15).

Ante el mundo hemos proclamado a Cristo, luz de los pueblos. Hemos reflexionado sobre el tema del Congreso: Eucaristía y evangelización. En efecto, evangelizar, constituye la misión y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Se trata de “llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la humanidad misma” (Evangelii nuntiandi, 18).

2. La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico no pueden ser insensibles ante las necesidades de los hermanos, sino que deben comprometerse en construir todos juntos, a través de las obras, la civilización del amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos; sí, la Eucaristía nos reconcilia y nos une; no cesa de enseñar a los hombres el secreto de las relaciones comunitarias y la importancia de una moral fundada sobre el amor, la generosidad, el perdón, la confianza en el prójimo, la gratitud. En efecto, la Eucaristía, que significa acción de gracias, nos hace comprender la necesidad de la gratitud; nos lleva a entender que hay más alegría en dar que en recibir; nos impulsa a dar la primacía al amor en relación con la justicia, y a saber agradecer siempre, incluso cuando se nos da lo que por derecho nos es debido.

3. Como parte integrante de la celebración de los Congresos Eucarísticos Internacionales, la Iglesia quiere dar un testimonio palpable del amor llevando a cabo proyectos de asistencia y ayuda a los hermanos más necesitados. Estas obras de caridad no son algo añadido y ocasional, sino exigencia misma del Sacramento, que ha de llevar a compartir el pan eucarístico y el pan de cada día que Dios ha puesto en la mesa de los hombres.

En efecto, el amor es signo de identidad del cristiano. El amor coherentemente expresado en las buenas obras, es señal y “sacramento” evangelizador, porque “quien ama a su hermano permanece en la luz” (Jn 2, 10), “porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es Amor” (Ibíd., 4, 7-8). Este acto final del Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla quiere subrayar precisamente que “la liturgia eucarística y la liturgia de la vida están íntimamente unidas” («Documento-base», Eucharistici coetus ab omnibus nationibus, 26).

4. “Cristo, Luz de los pueblos” es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre”(Jn 1, 9 ), pues en Él está la vida y la vida es la luz de los hombres” (cf Ibíd., 1, 4). Esa luz de Cristo es la que brilla en esta casa de San Rafael, que estamos inaugurando, y en todas las obras sociales realizadas con motivo de este Congreso Eucarístico Internacional que acaba de concluir. Esta luz es la que brilla en el “Proyecto Hombre”, en favor de las personas afectadas por la droga; brilla en las residencias de ancianos, en el centro para disminuidos psíquicos, en el grupo de viviendas sociales, en los nuevos templos construidos. Por todo ello, deseo expresar mi gratitud más profunda, en nombre de la Iglesia y de los más necesitados, por la realización de estas obras, que significan que la luz de la caridad de Cristo ha llegado a vosotros y queréis compartirla generosamente con vuestros hermanos.

Nuestra sociedad no puede sentirse tranquila y satisfecha ante la situación de tantos hermanos que no cuentan con lo necesario para una vida auténticamente digna. No obstante el indudable progreso que se ha registrado en muchos campos, no podemos cerrar los ojos ante los graves problemas sociales de hoy, como es el fenómeno creciente del paro, que está sumiendo a muchas familias en situaciones angustiosas y que plantea una problemática que va más allá de los procesos y mecanismos estrictamente económicos para situarse en una perspectiva ética y moral.

5. Por ello, con deferencia y respeto, deseo dirigirme a quienes desempeñan responsabilidades públicas en bien de la comunidad, a un renovado esfuerzo en favor de la justicia, la libertad y el desarrollo. Que dediquen lo mejor de sí en potenciar los valores fundamentales de la convivencia social: la solidaridad, la defensa de la verdad, la honestidad, el diálogo, la responsable participación de los ciudadanos a todos los niveles. Que el imperativo ético y la voluntad de servicio sean un constante punto de referencia en el ejercicio de sus funciones. Los principios cristianos, que han informado la vida de esta Nación e inspirado muchas de sus instituciones, habrán de ser ineludible punto de referencia en la consecución de metas de mayor progreso integral, e infundirán viva esperanza y nuevo dinamismo que la lleven a ocupar el puesto que le corresponde en Europa y en el mundo.

En esta tarea de construir una nueva sociedad, más rica en humanidad y valores transcendentes, un papel importante lo desempeñan los representantes del mundo de la cultura, a quienes animo a aunar voluntades e impulsar el trabajo creador para afrontar los retos con que se enfrenta España en el momento actual. En este sentido, no podemos olvidar al mundo laboral. Por ello, a los trabajadores y empresarios –desde sus respectivas responsabilidades en la sociedad– no puedo por menos de exhortarles a la solidaridad efectiva: haced todo lo que esté en vuestras manos para luchar contra la pobreza y el paro, humanizando las relaciones laborales y poniendo siempre a la persona humana, su dignidad y derechos, por encima de los egoísmos e intereses de grupo.

6. La Iglesia de ayer, de hoy y de siempre, se renueva por la vida del Espíritu que la anima y fortalece. En los umbrales del tercer milenio anuncia una civilización nueva y lo hace ofreciendo el memorial del sacrificio redentor bajo el signo de la esperanza hasta que el Señor vuelva. Pero mientras permanece a la espera, celebrando “las maravillas de Dios” (cf Hch 2, 11), el creyente no puede desentenderse de sus hermanos los hombres, de su vida, de su dolor y de sus legítimas aspiraciones. Como he señalado en la encíclica Sollicitudo Rei Socialis, “quienes participamos en la Eucaristía estamos llamados a descubrir, mediante este sacramento, el sentido profundo de nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo, que en este sacramento da la vida por sus amigos” (Sollicitudo Rei Socialis , n. 25).

Que la Santísima Virgen María, a quien honráis en esta villa de Dos Hermanas con la antigua advocación de Valme, nos ayude con su intercesión gloriosa para que en todas nuestras obras resplandezca la luz de Cristo.

Tiene esta Casa, este lugar un nombre muy hermoso: San Rafael. Sabemos quién es y quién era, quién es San Rafael. Que sea también para vosotros un guía, un guía bueno, como lo era para el Santo Tobías, en el Antiguo Testamento.

Muchas gracias.

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS DELEGADOS NACIONALES PARTICIPANTES EN EL XLV CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla Domingo 13 de junio de 1993

Queridos Delegados Nacionales, participantes en nombre de vuestras comunidades eclesiales en el XLV Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla.

1. Convocados por Cristo, luz de los pueblos, hemos llegado como peregrinos a la ciudad de Sevilla, para celebrar en la Eucaristía el misterio de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres, y que la Iglesia proclama y renueva cada día.

Es la Iglesia quien celebra la Eucaristía y, como enseña el Concilio Vaticano II, ella “es en Cristo como un sacramento, como un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium , 1). En la celebración de la Eucaristía se manifiesta claramente la unidad del Cuerpo místico de Cristo. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía hace la Iglesia. Y quienes reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Y Cristo les une a todos en un solo cuerpo: la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1396). El misterio pascual de Cristo, la celebración de los misterios de nuestra redención en el Sacramento del altar, nos impulsa, al mismo tiempo, a “promover la inalienable dignidad de todo ser humano por medio de la justicia, la paz y la concordia; a ofrecerse a sí mismo generosamente como pan de vida por los demás, a fin de que todos se unan realmente en el amor de Cristo” (Homilía durante la misa de clausura del XLIV Congreso eucarístico internacional, n.6, Seúl, 8 de octubre de 1989).

2. Este Congreso Eucarístico no es sólo un acontecimiento internacional por la presencia y participación de tantos hermanos que desde los cinco continentes se han dado cita en Sevilla. Es, de modo particular, un signo de catolicidad, en el que resplandece la unidad de la Iglesia en el único Cuerpo de Cristo. De ello dais testimonio también vosotros, como Delegados Nacionales para los Congresos Eucarísticos Internacionales, que participáis en este encuentro.

Junto con mi saludo fraterno y afectuoso, deseo hacer presente que vuestro trabajo es muy apreciado por la Iglesia y –como lo he recordado en otras ocasiones– el éxito de cada Congreso depende en gran medida de quienes, bajo la dirección de los Obispos, preparan los programas y organizan su puesta en marcha (A los miembros del Comité pontifico para los Congresos eucarísticos internacionales, n. 2, 7 de noviembre de 1991). Los Delegados Nacionales, con la aprobación y las directivas de la autoridad eclesiástica, animan la preparación pastoral de los fieles en sus respectivas Iglesias particulares y se encargan de la adecuada participación local en cada Congreso. A vosotros corresponde, pues, en gran medida el impulsar la catequesis sobre el misterio eucarístico fomentando en los cristianos una creciente participación en la vida litúrgica, que lleve a la acogida de la palabra de Dios, la oblación de sí mismos y el sentido fraterno de la comunidad; sin olvidar, por otra parte, la cuidadosa realización de iniciativas y de obras sociales, como testimonio de que la mesa eucarística supone solidaridad y participación con los pobres y anuncio de un mundo más justo y fraterno, mientras se espera la venida del Señor (Pontificii Comitatus Eucharisticis Internat. Conventibus Provehendis, Statuta, 19, 20).

3. Deseo expresar mi viva gratitud al Señor Cardenal Edouard Gagnon, Presidente del Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales, así como a todos los miembros de dicho Comité, especialmente al Secretario. Igualmente, al Señor Arzobispo de Sevilla, al Comité Local y al Secretariado General de Sevilla, así como a cuantos en las diversas comisiones y grupos de voluntarios han hecho posible, con su dedicación y entrega, el que hayamos podido celebrar con tanto fervor este XLV Congreso Eucarístico Internacional.

A todos los Delegados Nacionales quiero manifestaros una vez más el vivo reconocimiento de la Iglesia por el generoso esfuerzo realizado en la actividad catequética, animación pastoral y valiosa colaboración para el buen éxito del Congreso. Un afectuoso saludo dirijo a aquellos Delegados que participan por primera vez en un Congreso Eucarístico Internacional, especialmente a los de Centroeuropa. Las presentes celebraciones concluyen con la “Statio orbis”, pero vuestro trabajo continúa en vuestras Iglesias particulares, para hacer cada vez más presente y operante en los fieles el sentido universal y misionero de la Eucaristía. Al regresar a vuestros países de origen, compartid con vuestros hermanos los dones con que el Señor nos ha bendecido durante los días del Congreso. Es el amor de Cristo quien nos ha reunido; es la luz de Cristo la que nos ha iluminado; es el Pan vivo, el Cuerpo de Cristo, el que nos ha alimentado para la vida eterna. Este misterio de amor, el insondable amor de Cristo, es el que celebramos en la Eucaristía y hemos querido mostrar al mundo en este Congreso Eucarístico Internacional, que hoy se clausura en Sevilla.

En ferviente acción de gracias a Dios Padre por los dones recibidos, y recordando con ánimo agradecido a tantas personas que, en la Iglesia universal, se han unido espiritualmente mediante la plegaria a nuestras celebraciones en honor de Jesús Sacramentado, invoco sobre todos vosotros las bendiciones del Señor.

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL FINAL DE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA EN LA CATEDRAL DE SEVILLA Sábado 12 de junio de 1993

Adoremus in aeternum Sanctissimum Sacramentum!

Unidos a los ángeles y a los santos de la Iglesia celestial, adoremos al Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Postrados, adoremos tan grande Misterio, que encierra la nueva y definitiva Alianza de Dios con los hombres en Cristo.

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, amadísimos hermanos y hermanas:

1. Es para mí motivo de particular gozo postrarme con vosotros ante Jesús Sacramentado, en un acto de humilde y fervorosa adoración, de alabanza al Dios misericordioso, de acción de gracias al Dador de todo bien, de súplica a Quien está “siempre vivo para interceder por nosotros” (cf. Hb 7, 25). “Permaneced en Mí y Yo en vosotros” (Jn 15, 4) acabamos de escuchar en la lectura evangélica sobre la alegoría de la vid y los sarmientos: ¡Qué bien se entiende esa página desde el misterio de la presencia viva y vivificante de Cristo en la Eucaristía!

Cristo es la vid, plantada en la viña elegida, que es el Pueblo de Dios, la Iglesia. Por el misterio del Pan eucarístico el Señor puede decirnos a cada uno: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en Mí y Yo en él” (Jn 6, 56). Su vida pasa a nosotros como la savia vivificante de la vid pasa a los sarmientos para que estén vivos y produzcan frutos. Sin verdadera unión con Cristo –en quien creemos y de quien nos alimentamos– no puede haber vida sobrenatural en nosotros ni frutos fecundos.

2. La Adoración permanente de Jesús Sacramentado ha sido como un hilo conductor de todos los actos de este Congreso Eucarístico Internacional. Expreso, por ello, mi felicitación y mi agradecimiento a quienes, con tanta solicitud pastoral y empeño apostólico, han llevado la responsabilidad del Congreso. Efectivamente, la Adoración permanente –tenida en tantas iglesias de la ciudad, en varias de ellas incluso durante la noche– ha sido un rasgo enriquecedor y característico de este Congreso. Ojalá esta forma de adoración, que se clausurará con una solemne vigilia eucarística esta noche, continúe también en el futuro, a fin de que en todas las Parroquias y comunidades cristianas se instaure de modo habitual alguna forma de adoración a la Santísima Eucaristía.

Aquí en Sevilla es obligado recordar a quien fue sacerdote de esta Archidiócesis, arcipreste de Huelva, y más tarde Obispo de Málaga y de Palencia sucesivamente: Don Manuel González, el Obispo de los sagrarios abandonados. Él se esforzó en recordar a todos la presencia de Jesús en los sagrarios, a la que a veces tan insuficientemente correspondemos. Con su palabra y con su ejemplo no cesaba de repetir que en el sagrario de cada iglesia poseemos un faro de luz, en contacto con el cual nuestras vidas pueden iluminarse y transformarse.

3. Sí, amados hermanos y hermanas, es importante que vivamos y enseñemos a vivir el misterio total de la Eucaristía: Sacramento del Sacrificio del Banquete y de la Presencia permanente de Jesucristo Salvador. Y sabéis bien que las varias formas de culto a la Santísima Eucaristía son prolongación y, a su vez, preparación del Sacrificio y de la Comunión. Será necesario insistir nuevamente en las profundas motivaciones teológicas y espirituales del culto al Santísimo Sacramento fuera de la celebración de la Misa? Es verdad que la reserva del Sacramento se hizo, desde el principio, para poderlo llevar en Comunión a los enfermos y ausentes de la celebración. Pero, como dice el “Catecismo de la Iglesia Católica”, “por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas” (Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1379).

4. “Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Son palabras de Cristo Resucitado antes de subir al cielo el día de su Ascensión. Jesucristo es verdaderamente el Emmanuel, Dios–con–nosotros, desde su Encarnación hasta el fin de los tiempos. Y lo es de modo especialmente intenso y cercano en el misterio de su presencia permanente en la Eucaristía. ¡Qué fuerza, qué consuelo, qué firme esperanza produce la contemplación del misterio eucarístico! ¡Es Dios con nosotros que nos hace partícipes de su vida y nos lanza al mundo para evangelizarlo, para santificarlo!

Eucaristía y Evangelización ha sido el tema del XLV Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla. Sobre ello habéis reflexionado intensamente en estos días y durante su larga preparación. La Eucaristía es verdaderamente “fuente y culmen de toda evangelización” (Presbyterorum ordinis , n. 5); es horizonte y meta de toda la proclamación del Evangelio de Cristo. Hacia ella somos encaminados siempre por la palabra de la Verdad, por la proclamación del mensaje de salvación. Por lo tanto, toda celebración litúrgica de la Eucaristía, vivida según el espíritu y las normas de la Iglesia, tiene una gran fuerza evangelizadora. En efecto, la celebración eucarística desarrolla una esencial y eficaz pedagogía del misterio cristiano: la comunidad creyente es convocada y reunida como familia y Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo; es alimentada en la doble mesa de la Palabra y del Banquete sacrificial eucarístico; es enviada como instrumento de salvación en medio del mundo. Todo ello para alabanza y acción de gracias al Padre.

Pedid conmigo a Jesucristo, el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación, que, después de este Congreso Eucarístico, toda la Iglesia salga fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita: nueva, también por la referencia explícita y profunda a la Eucaristía, como centro y raíz de la vida cristiana, como siembra y exigencia de fraternidad, de justicia, de servicio a todos los hombres, empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu. Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía: son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres.

5. Quiera Dios que de la intimidad con Cristo Eucaristía surjan muchas vocaciones de apóstoles, de misioneros, para llevar este evangelio de salvación hasta los confines del mundo. Estando aún recientes las conmemoraciones del V Centenario de la Evangelización de América, pido a los sacerdotes y religiosos españoles que –según las necesidades y circunstancias de los momentos actuales– estén dispuestos, como en otras épocas, a servir fraternalmente a las Iglesias hermanas de Latinoamérica en el empeño urgente de evangelización, a tenor del espíritu y las reflexiones de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada el pasado mes de octubre en Santo Domingo. Hoy toda la Iglesia está reclamando un nuevo talante misionero, un vibrante espíritu de evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones”.

6. “Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4, 23), había dicho Jesús a la samaritana junto al pozo de Sicar. La adoración de la Eucaristía “ es la contemplación y reconocimiento de la presencia real de Cristo, en las sagradas especies, fuera de la celebración de la Misa... Es un verdadero encuentro dialogal por el que... nos abrimos a la experiencia de Dios... Es igualmente un gesto de solidaridad con las necesidades y los necesitados del mundo entero” (“Documento-base” Eucharistici coetus ab omnibus nationibus, 25). Y esta adoración eucarística, por su propia dinámica espiritual, debe llevar al servicio de amor y de justicia para con los hermanos.

Ante la presencia real y misteriosa de Cristo en la Eucaristía –presencia “ velada ”, pues no se ve sino con los ojos de la fe– entendemos con nueva luz la palabra del Apóstol Juan, que tanto sabía del amor de Cristo: “Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4, 20). Por ello, se ha querido que este Congreso tenga una clara proyección evangelizadora y testimonial, que se haga presente en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad. Tengo la firme esperanza de que el afán evangelizador suscitará en los cristianos una sincera coherencia entre fe y vida, y llevará a un mayor compromiso de justicia y caridad, a la promoción de unas relaciones más equitativas entre los hombres y entre los pueblos. De este Congreso debe nacer –especialmente para la Iglesia en España– un fortalecimiento de la vida cristiana, sobre la base de una renovada educación en la fe. ¡Qué importante es, en medio del actual ambiente social progresivamente secularizado, promover la renovación de la celebración eucarística dominical y de la vivencia cristiana del domingo! La conmemoración de la Resurrección del Señor y la celebración de la Eucaristía deben llenar de contenido religioso, verdaderamente humanizador, el domingo. El descanso laboral dominical, el cuidado de la familia, el cultivo de los valores espirituales, la participación en la vida de la comunidad cristiana, contribuirán a hacer un mundo mejor, más rico en valores morales, más solidario y menos consumista.

7. Quiera el Señor, Luz de los pueblos – que estos días está sembrando a manos llenas la semilla de la Verdad en tantos corazones – multiplicar con su fecundidad divina los frutos de este Congreso. Y uno de ellos, quizá el más importante, será el resurgir de vocaciones. Pidamos al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies (cf. Mt 9, 38): hacen falta muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. Y cada uno de nosotros, con su palabra y con su ejemplo de entrega generosa, debe convertirse en un “apóstol de apóstoles”, en un promotor de vocaciones. Desde la Eucaristía Cristo llama hoy insistentemente a muchos jóvenes: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres” (Ibíd., 4, 19): sed vosotras y vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas, los portavoces, gozosos y convincentes, de esa llamada del Señor.

Que la Virgen María, que en Sevilla y en esta Santa Iglesia Catedral es honrada con la advocación de Nuestra Señora de los Reyes, nos impulse y guíe al encuentro con su Hijo en el misterio eucarístico. Ella, que fue la verdadera Arca de la Nueva Alianza, Sagrario vivo del Dios Encarnado, nos enseñe a tratar con pureza, humildad y devoción ferviente a Jesucristo, su Hijo, presente en el Tabernáculo. Ella, que es la “ Estrella de la Evangelización ”, nos sostenga en nuestra peregrinación de fe para llevar la Luz de Cristo a todos los hombres, a todos los pueblos.

Así sea.

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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

CEREMONIA DE BIENVENIDA DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Aeropuerto internacional «San Pablo» de Sevilla Sábado 12 de junio de 1993

Majestades, Venerables Hermanos en el Episcopado, Excelentísimas Autoridades, Amadísimos hermanos y hermanas de Sevilla, de Andalucía y de España entera.

1. Al llegar de nuevo a esta bendita tierra, viene espontáneamente a mi memoria el recuerdo de mi primera visita el 5 de noviembre de 1982, cuando tuve la dicha de compartir una inolvidable jornada de fe y esperanza con los hijos e hijas de Sevilla y declarar Beata a Sor Angela de la Cruz, ejemplo luminoso de santidad y de amor al prójimo.

El Señor, dueño de la historia y de nuestros destinos, ha querido que el XLV Congreso Eucarístico Internacional tenga lugar en la antigua e ilustre sede Hispalense, permitiéndome así poder encontrar nuevamente al amado pueblo sevillano y a tantas otras personas de numerosos lugares de España y de la Iglesia universal. Me llena de gozo visitar otra vez esta tierra, cuyas gentes se distinguen por la nobleza de espíritu, por su cultura y que ha dado tantas muestras de aquilatada fe y amor a Dios, de veneración filial a la Santísima Virgen y de fidelidad a la Iglesia.

2. Me complace saludar, en primer lugar, a Sus Majestades los Reyes, que han tenido el deferente gesto de venir a recibirme. Siento el deber de manifestarles mi más viva gratitud por las amables palabras que Su Majestad el Rey Don Juan Carlos ha tenido a bien dirigirme, dándome su cordial bienvenida en nombre también del noble pueblo español. Expreso igualmente mi agradecimiento al Gobierno de la Nación, a las Autoridades de la Comunidad Autónoma Andaluza y a las de la ciudad de Sevilla por su grata presencia en este acto y por su preciosa colaboración en los preparativos de mi visita apostólica.

Mis expresiones de gratitud se hacen abrazo fraterno a mis hermanos en el Episcopado; en particular, al Señor Arzobispo de Sevilla, al Señor Presidente y miembros de la Conferencia Episcopal Española, así como a los Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos aquí presentes. En este saludo, mi corazón se abre también con especial afecto a los queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos de Sevilla, de Andalucía y de toda España, a los que me debo en el Señor como Pastor de la Iglesia universal.

3. Con este viaje apostólico vengo a celebrar, ante todo, a Jesús Sacramentado, que como expresión de un amor infinito se nos da en la Eucaristía, misterio de nuestra fe y fuente de la vida cristiana. Vengo como heraldo de Cristo y en cumplimiento de la misión confiada al apóstol Pedro y a sus Sucesores de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32).

Vengo a celebrar con vosotros este misterio del Amor eucarístico para insertarlo más profundamente en la vida y en la historia de este noble pueblo, sediento de Dios, de valores espirituales, de hermandad, de solidaridad, de justicia. Vengo como peregrino de amor y esperanza, con el deseo de alentar el impulso evangelizador y apostólico de la Iglesia en España. Vengo también para compartir vuestra fe, vuestros afanes, alegrías y sufrimientos.

4. El lema del Congreso Eucarístico es bien elocuente: “Christus, lumen gentium”, “Cristo, luz de los pueblos”. Ningún marco más adecuado que el de la península ibérica para proclamar al mundo que el amor de Cristo en la Eucaristía, memorial de su sacrificio redentor, es el faro que ilumina la vida y la historia de generaciones, de pueblos, de continentes. Ahí están para testimoniarlo esa pléyade de misioneros españoles que, habiendo acogido el mandato de Jesucristo “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura” (Mc 16, 15), abrieron nuevos y dilatados horizontes para la fe cristiana. Son todavía recientes las conmemoraciones del V Centenario de la Evangelización de América, para cuya preparación con una novena de años quise postrarme a los pies de la Virgen del Pilar en Zaragoza. Con esta visita, en el espléndido marco del Congreso Eucarístico Internacional, deseo también rendir homenaje a la gesta evangelizadora de España en el Nuevo Mundo. Este fue el objetivo del Pabellón de la Santa Sede en el magno certamen de la Exposición Universal de Sevilla: dar a conocer la dimensión evangelizadora de una realidad viva y fecunda, que tuvo su centro en España hace 500 años y que hoy, en las postrimerías del siglo XX, continúa con renovada vitalidad y dinamismo.

5. A ello quiere contribuir también el Congreso Eucarístico, cuyos frutos, como soplo del Espíritu, han de expandirse desde Sevilla a todos los confines de la tierra, pues la inmolación de Cristo en la Cruz, que se renueva en cada Eucaristía “hasta que El vuelva” (1Co 11, 26), es sacrificio universal destinado a redimir, salvar y liberar a todos los hombres del poder del pecado y de la muerte.

Con la confianza puesta en el Señor, y sintiéndome muy unido a los amados hijos de toda España, inicio esta visita apostólica que encomiendo a la maternal protección de la Santísima Virgen, mientras bendigo a todos, pero de modo particular a los pobres, a los enfermos, a los marginados y a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.

¡Alabado sea Jesucristo!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

Viernes 22 de octubre de 1993

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:

1. Me alegra acogeros hoy, junto con los miembros, los expertos, y los oficiales de la Congregación para el clero, reunidos en sesión plenaria.

Agradezco al prefecto del dicasterio, señor cardenal José Sánchez, las palabras con que ha presentado el contenido de la reflexión llevada a cabo en estos días. Asimismo, doy las gracias al secretario, monseñor Crescenzio Sepe, por su valiosa colaboración.

Ante todo, deseo manifestaros mi complacencia por el trabajo que habéis realizado, y que ha implicado a todo el Episcopado, sobre algunos temas de suma importancia. Al mismo tiempo, os expreso a todos mi aliento para que, cuanto antes sea posible, ofrezcáis a los obispos y, a través de ellos, a todos los sacerdotes, un Directorio para la vida, el ministerio y la formación permanente de los presbíteros. Como bien sabéis, lo solicitaron numerosos prelados de todo el mundo, así como la Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos de 1990 y muchos sacerdotes que se dedican a la cura de almas.

En nuestra época, marcada por una gran sed de valores, aunque a menudo no sea muy manifiesta, es de suma urgencia que los ministros del altar, teniendo siempre presente la grandeza de su vocación, se formen para desempeñar con fidelidad y competencia su ministerio pastoral y misionero.

2. "Antes de haberte formado yo en el seno materno —dice el Señor al profeta Jeremías—, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5).

Para una vida sacerdotal auténtica es absolutamente necesario tener clara conciencia de la propia vocación. El sacerdocio es don que viene de Dios, a imagen de la vocación de Cristo, sumo sacerdote de la nueva alianza: "Nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón" (Hb 5, 4). No se trata, pues, de una función, sino de una vocación libre y exclusiva de Dios que, como llama al hombre a la existencia, lo llama también al sacerdocio, con la mediación de la Iglesia. Mediante la imposición de las manos del obispo y la oración consagratoria, lo hace después ministro y continuador de la obra de salvación, realizada por él por medio de Cristo en el Espíritu Santo.

"El sacerdocio de los presbíteros — recuerda el concilio Vaticano II— supone, desde luego, los sacramentos de la iniciación cristiana; sin embargo, se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza" (Presbyterorum ordinis , 2).

Al actuar "in persona Christi capitis" (ib; cf. ib. , 6 y 12; Sacrosanctum concilium , 33; Lumen gentium , 10, 28 y 37), el sacerdote anuncia la palabra divina, celebra la eucaristía y difunde el amor misericordioso de Dios que perdona, convirtiéndose así en instrumento de vida, de renovación Y de progreso auténtico de la humanidad.

Por ser ministro de las acciones salvífìcas esenciales, no pone al alcance de todos los hombres bienes perecederos, ni proyectos sociopolíticos, sino la vida sobrenatural y eterna, enseñando a leer e interpretar, a la luz del Evangelio, los acontecimientos de la historia.

Esta es la tarea principal del sacerdote, también en el marco de la nueva evangelización, la cual exige presbíteros que, por ser los primeros responsables, junto con los obispos, de esa nueva siembra evangélica, estén "radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo" (Pastores dabo vobis , 18).

3. El sacerdocio de los sagrados ministros participa del único sacerdocio de Cristo, constituido sacerdote e intercesor mediante la ofrenda de su sacrificio, realizado de una vez para siempre en la cruz (cf. Hb 7, 27).

Para poder comprender adecuadamente el sacerdocio ordenado y afrontar correctamente todas las cuestiones relativas a la identidad, a la vida, al servicio y a la formación permanente de los presbíteros, es preciso tener siempre presente el carácter sacrificial de la Eucaristía, cuyos ministros son.

En la Eucaristía brilla de modo muy peculiar la identidad sacerdotal. Constituye el eje de la asimilación a Cristo, el fundamento de una ordenada vida de oración y de una auténtica caridad pastoral.

4. Configurado con el Redentor, cabeza y pastor de la Iglesia, el sacerdote debe tener clara conciencia de ser, de modo nuevo, ministro de Cristo para su pueblo (cf. Pastores dabo vobis , 21).

Se trata de una conciencia de pastoralidad ministerial, que corresponde sólo a quien ha sido enviado, a imitación del buen Pastor, para ser guía y pastor del rebaño, en la entrega gozosa y total a todos sus hermanos, especialmente a los que tienen más necesidad de amor y de misericordia.

5. A imitación del Maestro divino, el sacerdote está llamado a entregar su propia voluntad y a convertirse en una especie de prolongación del Christus oboediens para la salvación del mundo.

El ejemplo de Cristo es luz y fuerza para los obispos y para los presbíteros. El obispo, por su parte, con su obediencia a la Sede Apostólica y la comunión con todo el Cuerpo episcopal, crea las condiciones más favorables para instaurar las mismas relaciones con el presbiterio y con cada uno de sus miembros.

Siguiendo el modelo de la relación de Jesús con los discípulos, el obispo debe tratar a sus sacerdotes como a hijos, hermanos y amigos, interesándose sobre todo por su santificación, pero también por su salud física, su serenidad, su debido descanso, su asistencia en toda etapa y situación de la vida. Todo eso no sólo no va en detrimento, sino que pone más de manifiesto su autoridad de pastor que, con espíritu de auténtico servicio, sabe asumir las responsabilidades indelegables y personales a veces, incluso, arduas y complejas de la dirección.

Esa actitud ejemplar alimenta la confianza de los presbíteros, estimula su voluntad de ordenada cooperación y de fraternidad sincera.

¡Qué bien tan precioso es la fraternidad sacerdotal! Es alivio en las dificultades, en la soledad, en las incomprensiones y en los trabajos, y, como en la comunidad apostólica primitiva, favorece la concordia y la paz "para proclamar a Dios y dar a los hermanos testimonio de la unidad del espíritu" (Juan Pablo II, catequesis del 1 de septiembre de 1993, L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de septiembre de l993, p. 3).

6. En ese clima de comunión sacerdotal efectiva también encontrará las condiciones mejores para desarrollase y dar frutos abundantes la formación permanente de los presbíteros, para la que es necesario reservar personal fiel y cualificado.

En la labor de formación se entrelazan positivamente la autorizada y a la vez fraterna solicitud del obispo para con sus sacerdotes y, por parte de éstos, la conciencia de deber profundizar continuamente el inmenso don de la vocación y la responsabilidad del compromiso ministerial.

Este es el tema que ha ocupado el centro de vuestras reflexiones en la actual asamblea plenaria y que cobrará gran relieve en el Directorio que estáis preparando.

7. En realidad, todo proyecto de formación sacerdotal debe tener como principal objetivo la santificación del clero, pues, aunque es verdad que la Palabra y los sacramentos actúan por la fuerza del Espíritu que transmiten, también es verdad que, cuando transfiguran la vida del ministro, éste se convierte en una especie de Evangelio vivo. El mejor evangelizador es siempre el santo.

De manera especial, el sacerdote tiene necesidad de la oración para santificarse y para santificar a las almas que se le han confiado.

El principio interior, la virtud que moldea y guía su vida espiritual es la caridad pastoral que brota del Corazón misericordioso de Jesús salvador. El contenido esencial de esa caridad pastoral es la entrega total de sí a la Iglesia que, por consiguiente, constituye el interés principal del presbítero bien formado y maduro. En efecto, la vida del sacerdote es un aspecto del misterio estupendo del Cuerpo místico; por eso, no se puede interpretar correctamente sólo con criterios humanos.

Así, cuanto más penetre la Iglesia, guiada por el Espíritu, en la verdad del sacerdocio de Cristo, tanto mayor será la conciencia gozosa que tendrá del don del celibato sagrado, que se verá cada vez menos bajo la luz de la disciplina, aunque sea noble, para abrirse de par en par a los horizontes de una singular conveniencia con el sacramento del orden (cf. Pastores dabo vobis , 50).

El celibato eclesiástico constituye para la Iglesia un tesoro que es preciso guardar con todo esmero y proponer, sobre todo hoy, como signo de contradicción para una sociedad que necesita ser impulsada hacia los valores superiores y definitivos de la existencia.

Las dificultades actuales no pueden hacer que renunciemos a ese precioso don que la Iglesia ha hecho suyo, ininterrumpidamente, desde el tiempo de los Apóstoles, superando otros momentos difíciles que obstaculizaban su mantenimiento. Es preciso interpretar también hoy las situaciones concretas con fe y humildad, sin dejar que predominen criterios de tipo antropológico, sociológico o psicológico, que, aunque dan la impresión de resolver los problemas, en realidad acaban por agrandarlos desmesuradamente.

La lógica evangélica, comprobada por los hechos, demuestra claramente que las metas más nobles son siempre difíciles de conseguir. Por ello, hay que ser osados, sin dar nunca marcha atrás. Siempre es urgente emprender el camino de una valiente y eficaz pastoral vocacional, con la seguridad de que el Señor no permitirá," que falten obreros a su mies, si se ofrece a los jóvenes ideales elevados y ejemplos concretos de austeridad, coherencia, generosidad y entrega incondicionales.

Es verdad: el sacerdocio es don de lo alto, al que hay que corresponder aceptándolo con gratitud, amándolo y entregándolo a los demás. No se debe considerar como una realidad puramente humana, como si fuera expresión de una comunidad que elige democráticamente a su pastor. Al contrario, se ha de ver a la luz de la voluntad soberana de Dios que elige libremente a sus pastores. Cristo quiso que su Iglesia estuviese estructurada sacramental y jerárquicamente; Por ello, a nadie le es lícito cambiar lo que su divino Fundador ha establecido.

8. En la cruz, el sumo y eterno Sacerdote entregó a Juan como hijo a su santísima Madre; y, a su vez, entregó a su Madre, como herencia inapreciable, a Juan.

Desde aquel día se entabló entre María santísima y todo sacerdote un vínculo espiritual singular, gracias al cual ella puede obtener y dar a sus hijos predilectos el impulso para responder cada vez con más generosidad a las exigencias de la oblación espiritual que implica el ministerio sacerdotal (cf. Juan Pablo II, audiencia general del miércoles 30 de junio de 1993, L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de julio de 1993, p. 3).

Amadísimos hermanos, encomendémosle a ella, Reina de los apóstoles, a los sacerdotes de todo el mundo. Confiemos a su Corazón de Madre a todos los que se preparan para llegar al sacerdocio. Pongamos, confiados, en sus manos nuestros propósitos humildes, pero sinceros, de hacer todo lo posible por su bien.

Que todo sacerdote se sienta movido a consagrarse a la Virgen inmaculada. Así experimentará ciertamente la paz, la alegría y la fecundidad pastoral que brotan de su condición de hijos suyos.

Este es mi deseo, que se convierte en oración. Lo acompaña una especial bendición apostólica, que imparto con gusto a todos vosotros y a los presbíteros que trabajan en todo el mundo.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA III REUNIÓN PLENARIA DE LA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA 15 de octubre 1993

Señores Cardenales, amados hermanos en el Episcopado, queridos sacerdotes, religiosos y laicos:

1. Me complace reunirme esta mañana con vosotros, al final de la III Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, organismo de la Curia Romana que, al servicio de la comunión entre las diócesis de aquellas Naciones y la Sede de Pedro, promueve y anima las actividades de la Iglesia en el Continente de la esperanza. Agradezco vivamente al Señor Cardenal Bernardin Gantin las amables palabras que, en nombre de todos, ha tenido a bien dirigirme.

Vuestras sesiones de trabajo han coincidido precisamente con el primer aniversario de la Conferencia de Santo Domingo, que yo mismo tuve el gozo de inaugurar el 12 de octubre de 1992, conmemorando también así el V Centenario de la llegada del mensaje de Cristo al Nuevo Mundo.

La celebración de esta efemérides ha sido verdaderamente un evento muy importante en el momento actual de la Iglesia, la cual, lejos de cualquier otra motivación ajena a su misión pastoral, ha querido conmemorar la llegada y proclamación de la fe y del Evangelio de Jesús, la implantación y desarrollo de esta espléndida realidad que son las comunidades eclesiales de América Latina. Por todo ello, damos fervientes gracias a Dios, rico en misericordia, pero hay que tener presente que es aún arduo y urgente el trabajo evangelizador que, ya a las puertas del año 2000, la Iglesia ha de afrontar en Latinoamérica. Ella está llamada a ser protagonista en el tercer milenio del cristianismo, para lo cual es de vital importancia que siempre sea fiel a su identidad católica, que se renueve profundamente en sus personas y en sus estructuras, que se comprometa a fondo en la promoción integral del hombre y de la mujer latinoamericanos, y que ofrezca al mundo una fisonomía auténticamente evangélica.

A este respecto, las Conclusiones de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano « podrán orientar la acción pastoral de cada Obispo diocesano » (Carta a los Obispos Diocesanos de América Latina, 10-11-1992). Es verdad que no todos los problemas pastorales del momento presente en Latinoamérica pudieron ser afrontados exhaustivamente en la Conferencia de Santo Domingo. Por otro lado, las líneas pastorales han de ser continuamente puestas al día y enriquecidas por los Episcopados junto con los demás miembros del Pueblo de Dios. A tal propósito, el CELAM tiene una misión particular que cumplir en esta acción pastoral de conjunto, como « organismo de contacto, reflexión, colaboración y servicio de las Conferencias Episcopales de América Latina » (Estatutos del CELAM, art. 1).

La evaluación que durante los días pasados habéis hecho de la Conferencia de Santo Domingo puede dar luces para proyectar, más intensamente y en todas las direcciones, los frutos de tan importante reunión episcopal. Conviene profundizar atentamente y aplicar, con discernimiento y decisión, las « líneas pastorales » recogidas en las Conclusiones de la citada Asamblea, con mi-ras a la acción evangelizadora que necesitamos en nuestros días. En la tarea de precisar los contenidos doctrinales y las prioridades pastorales de la Nueva Evangelización, el Catecismo de la Iglesia Católica constituye un instrumento providencial y de gran importancia.

En el marco de un proyecto completo y eficaz de Nueva Evangelización hay puntos que, por lo que se refiere a América Latina, han de ser profundizados y examinados más certeramente. Entre otros, es necesario dedicar una particular atención a la acción pastoral con los pobres, los indígenas y los afroamericanos, y fomentar también una mayor solidaridad eclesial. Esto me lleva a poner de relieve la importancia de los organismos de ayuda, aquí representados, así como la necesidad de una creciente cooperación bien coordinada, sobre todo por lo que se refiere al envío de agentes pastorales (cf. Motu proprio Decessores Nostri, II).

Ante la proliferación y propaganda agresiva de las sectas en América Latina, es urgente que la Iglesia se haga presente con una renovada acción evangelizadora, disponiendo de un mayor número de evangelizadores, adecuadamente preparados, para la proclamación y preservación de la fe, sobre todo «en aquellos sectores más vulnerables, como migrantes, poblaciones sin atención sacerdotal y con gran ignorancia religiosa, personas sencillas o con problemas materiales y de familia» (Documento de Santo Domingo, 141).

En esta acción pastoral de conjunto, hay que pro-curar que se integren plenamente y participen activa-mente todos los movimientos, asociaciones eclesiales y grupos de apostolado. Siguiendo las directrices de la Jerarquía, podrán colaborar así de manera unitaria en el crecimiento y consolidación de cada Iglesia particular, enriqueciéndola con la pluralidad de carismas y servicios.

Me complace manifestar de nuevo que en mis viajes a América Latina he encontrado Iglesias vivas y dinámicas que, bajo la acción del Espíritu, se preparan también ellas para evangelizar a otros continentes. Para esto es necesario que Latinoamérica sea evangelizada aún más por numerosos y santos sacerdotes, religiosos y religiosas, bien centrados en su vocación, y que pueda contar también con un laicado adulto muy prepara-do, que participe de forma activa en las tareas apostólicas y en el campo sociopolítico, en orden a difundir sobre todo la cultura cristiana, de tal manera que « Jesucristo ayer, hoy y siempre » (cf. Heb 13,8), sea « la vida y esperanza de América Latina» (cf. Documento de Santo Domingo, III).

A Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Evangelización, encomiendo los frutos de vuestros trabajos, mientras, en prenda de la constante ayuda divina, os imparto con gran afecto la Bendición Apostólica.

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IX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON LOS JÓVENES DE ROMA COMO PREPARACIÓN PARA LA IX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD Sala Pablo VI Jueves 24 de marzo de 1994

Con nuestro corazón aún nos encontramos en Denver. Se siente aquí ese clima americano, la última etapa de la Jornada mundial de la juventud. Pero también las etapas anteriores: la de Jasna Góra, la de Santiago de Compostela, la de Buenos Aires, incluso la de Roma, hace diez años. Diez años de camino. Se sienten estas etapas, pero sobre todo se siente la importancia de este año 1994: la gran oración por Italia y con Italia.

Entonces, me pregunto ahora junto con los jóvenes: ¿por qué debemos orar? Pienso que tal vez debemos orar por el dinero. Sí, por el dinero, para tener los medios para acudir a esa próxima etapa, Manila, en Filipinas. El viaje cuesta.

Y ciertamente los jóvenes tienen necesidad de dinero por muchos motivos: para vivir, para desarrollarse, para educarse, para prepararse a la vida madura, para vivir con honradez. Porque nosotros no queremos dinero obtenido de forma no honrada. Eso de ninguna manera. Queremos tener dinero ganado de forma honrada y gastarlo también de modo honrado. Por lo demás, así lo mostramos en Denver, porque se preveían y pensaban muchas cosas sobre nosotros: se preveía y se pensaba que los jóvenes serían tal vez ladrones o violentos. Pero a nuestros amigos americanos les dimos una sorpresa. Se habían preparado con muchas fuerzas, con grandes medios económicos. Pero los jóvenes no hicieron nada de lo que temían ellos: no robaron, no cometieron violencias; nada de eso; vencieron con la honradez.

Así, se ve cómo de la economía debemos pasar a la ética, pero a la ética no se llega, no se pasa sin una antropología, sin una visión del hombre. Y aquí quisiera hacer un poco de filosofía. Todos vosotros sois ya filósofos; incluso los muchachos de bachillerato saben ya quién fue Aristóteles. Así lo espero. Aristóteles fue aquel genio del pensamiento humano a quien debemos una gran herencia intelectual, filosófica. Para él, ¿qué era el hombre? Era un ser razonable, que tiene una finalidad. Y la finalidad del hombre es su perfección. Debe llegar a ese fin, a ser perfecto como hombre. No se puede objetar nada a esta visión de Aristóteles, porque también Jesús dijo en el sermón de la montaña que el Padre celestial es perfecto y vosotros debéis ser perfectos corno él. Pero, aunque en eso estamos de acuerdo con Aristóteles, es preciso corregir en algo su visión.

La corrección de esa visión llegó con Jesús, porque nos reveló al Padre, que mandó a su Hijo. Si el Padre mandó a su Hijo, a Jesús, eso significa que no es sólo un ser absoluto, perfecto en sí mismo, como modelo del hombre y de todas las criaturas, sino que es un misterio, es una relación, es un entregarse, un don. Así, con Jesús, se revela esta nueva visión antropológica: el hombre es verdaderamente el ser más perfecto entre todos los seres creados por Dios, pero este ser tan perfecto no se realiza si no es a través de la entrega sincera de sí mismo.

Esta es la sabiduría evangélica. Esta sabiduría del Evangelio se manifiesta, con las mismas palabras que he citado, en el concilio Vaticano II, especialmente en la constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo. Es una cita clásica, en la que hallamos realmente una síntesis de la antropología cristiana. La antropología cristiana no es sólo perfeccionista en el sentido aristotélico, sino que es relacionista, y esto quiere decir que el hombre se hace hombre a través de la entrega de sí mismo a los demás.

Y, naturalmente, ésta es la respuesta más profunda, divina, a la pregunta humana: ¿qué es el hombre? La respuesta divina puede ser falsificada por actitudes humanas, porque cuando se dice el hombre debe vivir para entregarse se puede interpretar esta fórmula de forma utilitarista, pensando que el hombre se hace más hombre cuando gana más, no cuando se entrega a sí mismo, sino cuando busca los demás bienes como dones para sí mismo. Y esta visión utilitarista se basa en una filosofía inmanentista, que comenzó con Descartes y se desarrolló mucho en la época moderna. Voy a dejar de hablar de estas filosofías, porque estoy convencido de que me dirijo a colegas, a filósofos, y todos saben ya lo que estoy diciendo.

Pasemos, pues, al segundo punto de esta consideración: ¿qué es el hombre? La reflexión antropológica se hace oración por Italia: que los italianos sepan entregarse a los demás; que no sean egocéntricos, que no sean egoístas, sino que se entreguen a los demás. Con su población, con su pueblo, Italia tiene una gran esperanza, un gran futuro, y ese futuro está, desde luego, en vuestras manos. Yo, hoy, con vosotros, jóvenes italianos, jóvenes romanos, pido para que sepáis entregaros a los demás, para que no seáis egocéntricos, para que no seáis egoístas, y para que así lo enseñéis a los demás. Saber entregarse a sí mismos es la segunda etapa de mi reflexión.

Pero esas palabras: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21) tienen también otro contenido: ser enviado quiere decir tener un mensaje, como Cristo. Recibir un mensaje para transmitir, y con este mensaje llegar a los demás para iluminarlos, para llevarlos a los verdaderos bienes, a los verdaderos valores, para construir una nueva vida con ellos: todo esto quiere decir ser enviados.

Y en este sentido Cristo dice a los Apóstoles y a nosotros: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Os hago mensajeros de mi salvación, mensajeros de la gracia, mensajeros del amor. Y éste es un gran bien.

Hoy oramos por Italia, especialmente con los jóvenes italianos y con los jóvenes romanos. Pedimos que los italianos, y especialmente la nueva generación, los jóvenes, sean personas que tengan conciencia de la misión, que sepan que han sido enviados, que tienen un mensaje, una misión. Sin esta conciencia no se vive una vida humana plena. Se debe poder ofrecer algo a los demás, se les debe llevar un mensaje de verdad, de bien, de belleza para hacerlos felices.

La tercera oración por los italianos, especialmente por los jóvenes y con los jóvenes, es ésta: que los italianos, y especialmente la nueva generación, tengan esta conciencia de la misión, que no vivan sin ella.

Las misiones son diversas. Puede haber misioneros que van a países lejanos, pero puede haber misiones y misioneros en la propia parroquia, en la propia familia. Misión es ser religiosa contemplativa carmelita; misión es ser religiosa activa, apostólica; misión es ser esposo o esposa, obrero o intelectual. Todo es misión; en las categorías de Cristo, todo es misión. Todos somos misioneros porque el mundo se nos ha dado como una tarea. Debemos construir este mundo; debemos hacer el bien de este mundo; debemos hacer de él el reino de Dios.

Estas son las tres oraciones por Italia, especialmente por los jóvenes de Italia. Las presento hoy a vosotros y a todos los italianos. Constituyen un ciclo, que comenzó con los obispos, prosiguió con el mundo del trabajo, y ahora llega a los jóvenes de Roma. Roma debe ser protagonista de esta oración por Italia.

Conviene decir también algunas palabras sobre santo Tomás. El evangelio de san Juan que leímos hoy nos habla de santo Tomás, una figura enigmática, porque todos vieron a Jesús resucitado, menos él, que dijo: si no veo, no creo; si no toco, no creo.

Conocemos muy bien a esta clase de personas; entre ellas también hay jóvenes. Son empíricos, fascinados por las ciencias en sentido estricto de la palabra, ciencias naturales y experimentales. Los conocemos; son muchos, y son de alabar porque este querer tocar, este querer ver indica la seriedad con que se afronta la realidad, el conocimiento de la realidad. Y, si en alguna ocasión Jesús se les aparece y les muestra sus heridas, sus manos, su costado, están dispuestos a decir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28).

Creo que muchos de vuestros amigos, de vuestros coetáneos, tienen esa mentalidad empírica, científica; pero, si en alguna ocasión pudieran tocar a Jesús de cerca, ver su rostro, tocar el rostro de Cristo, si alguna vez pudieran tocar a Jesús, si lo ven en vosotros, dirán: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28).

Añado otro elemento, el último elemento de esta oración por Italia, especialmente por la clase intelectual, porque es muy escéptica, tienen sus reservas hacia la religión, tienen sus tradiciones iluministas; por eso, les hace falta esta experiencia de Tomás. Oremos para que hagan ellos esta experiencia de Tomás, el cual al final dijo: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). ¡Gracias!

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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA XI ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA

24 de marzo de 1994

Venerables Hermanos en el Episcopado, Queridos hermanos y hermanas,

1. Es para mí un motivo de gozo tener este encuentro con vosotros, Comité de Presidencia, así como Consultores y Miembros del Pontificio Consejo para la Familia, que celebráis la XI Asamblea Plenaria de vuestro Dicasterio precisamente en el Año de la Familia, con el que la Iglesia invita a todos los fieles a una reflexión espiritual y moral sobre esta realidad humana, fundamental en la vida de los hombres y de la sociedad.

Agradezco vivamente las amables palabras que el Señor Cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente del Dicasterio, ha tenido a bien dirigirme en nombre también de los demás Cardenales, Arzobispos, Obispos, Consultores y Miembros de este Pontificio Consejo. De modo especial, doy mi afectuosa bienvenida a los padres y madres de familia que participáis en esta Asamblea, junto con mi vivo agradecimiento por los esfuerzos que lleváis a cabo generosamente en vuestras respectivas Naciones, en favor de la institución familiar.

2. El tema central que habéis elegido para esta Asamblea Plenaria es: “ La mujer, esposa y madre, en la familia y en la sociedad en los umbrales del tercer milenio ”. Con ello queréis poner particularmente de relieve la figura de la mujer, en este Año dedicado especialmente a la Familia, y con vistas a la preparación de la IV “Conferencia mundial sobre la mujer”, que tendrá lugar el año próximo.

Sin olvidar el importante papel de la mujer en el seno de la sociedad y en el campo profesional, en vuestros trabajos os habéis propuesto como objeto de reflexión dos aspectos fundamentales y complementarios de su vocación: el de esposa y madre. Me es grato comprobar que, a tal propósito, os ha servido como punto de referencia la Carta Apostólica “ Mulieris Dignitatem ”, con la que quise rendir homenaje a la mujer, alentando, a la vez, cuanto contribuya a consolidar su dignidad y misión en la vida de la Iglesia y de la sociedad.

3. Fijarnos en el papel primordial de la mujer como esposa y madre es situarla en el corazón de la familia; una función insustituible que ha de ser apreciada y reconocida como tal, y que va unida a la especificidad misma de ser mujer. Ser esposa y madre son dos realidades complementarias en esa original comunión de vida y de amor que es el matrimonio, fundamento de la familia. Sobre la profunda significación de estas realidades he querido reflexionar, junto con las familias del mundo, en mi reciente Carta dirigida a ellas.

No faltan quienes ponen en tela de juicio la misión de la mujer en la célula básica de la sociedad, que es la familia. La Iglesia defiende, pues, con especial vigor a la mujer y su dignidad eminente. Cabe recordar de nuevo aquellas elocuentes palabras del Papa Pablo VI: “ En el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual en el Nuevo Testamento se da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos ”. Yo mismo he querido poner de relieve que “ creando al hombre “ varón y mujer ”, Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer ”. Pues “ el hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal ”.

4. Se encuentran, además, en distintas partes, actitudes e intereses que inciden en una menor estima de la maternidad, si es que no le son adversas abiertamente, por considerarla perjudicial a las exigencias de la producción o del rendimiento competitivo en el seno de la sociedad industrial. Por otra parte, son innegables las dificultades que el trabajo de la mujer fuera del hogar comporta para la vida familiar, especialmente, por lo que se refiere al cuidado y educación de los hijos, sobre todo, los de tierna edad. Como he indicado con ocasión de la reciente festividad de san José: “ Hemos de dedicar particular atención al importantísimo trabajo desarrollado por las mujeres, por las madres en el seno de las familias... El legítimo deseo de contribuir con la propia capacidad al bien común en el contexto socioeconómico, llevan a la mujer, con frecuencia, a emprender una actividad profesional. Sin embargo, hay que evitar que la familia y la humanidad corran el riesgo de sufrir una pérdida que las empobrecería, pues la mujer no puede ser sustituida en la generación y educación de los hijos. Por tanto, las autoridades deberán proveer con leyes oportunas a la promoción profesional de la mujer y, al mismo tiempo, a la tutela de su vocación como madre y educadora ”.

Por otra parte, el trabajo de la mujer en el hogar ha de ser justamente estimado, también en su innegable valor social: “ Esta actividad... debe ser reconocida y valorizada al máximo ”. Es éste un campo en el cual los responsables de las instancias políticas, los legisladores, los empresarios deben presentar iniciativas aptas para responder adecuadamente a estas exigencias, como exhorta la Iglesia en su doctrina social. En la Encíclica “ Laborem Exercens ”, al hablar de las prestaciones sociales, quise referirme al salario familiar, presentándolo como “ un salario único dado al cabeza de la familia por su trabajo y que sea suficiente para las necesidades de la familia, sin necesidad de hacer asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa... La verdadera promoción de la mujer exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su promoción con el abandono del carácter específico propio y en perjuicio de la familia en la que como madre tiene un papel insustituible ”.

5. Por otra parte, la mujer tiene derecho al honor y al gozo de la maternidad, como un regalo de Dios, y, a su vez, los hijos tienen también el derecho a los cuidados y solicitud de quienes son sus progenitores, en particular de sus madres. Por ello, las políticas familiares han de tener en cuenta la situación económica de muchas familias que se ven condicionadas y limitadas gravemente para cumplir su misión. Como señalaba en la Exhortación Apostólica “ Familiaris Consortio ”, “ las autoridades públicas, convencidas de que el bien de la familia constituye un valor indispensable e irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer cuanto puedan para asegurar a las familias todas aquellas ayudas – económicas, sociales, educativas, políticas, culturales – que necesitan para afrontar de modo humano todas sus responsabilidades ”.

El tema elegido para vuestra Asamblea Plenaria tiene ciertamente importantes incidencias pastorales: por ello, hago fervientes votos para que vuestros trabajos contribuyan a la promoción y defensa de la mujer, esposa y madre, y a la renovación y desarrollo de los valores de la familia, que es “ centro y corazón de la civilización del amor ”, como habéis proclamado en el Congreso de las Familias previo a nuestro encuentro.

6. Me complace saber que este Dicasterio está procediendo a compilar los aportes de las Conferencias Episcopales del mundo con el fin de elaborar un Directorio o guía para la preparación al matrimonio. En este marco de vuestras intensas actividades a lo largo del presente año, deseo, antes de concluir, manifestaros mi gozo y mi augurio por el Encuentro Mundial con las Familias que, Dios mediante, tendré el domingo 9 de octubre durante el Sínodo General de Obispos sobre la vida consagrada.

Ya en la proximidad de la Pascua, encomiendo al Todopoderoso vuestras personas y tareas en bien de la institución familiar. Que la Virgen de Nazareth, que llevó en su seno al Señor de la vida, os alcance la plenitud del Espíritu para que sean muy fecundos vuestros servicios a la Iglesia y a la sociedad actual. Con estos fervientes deseos, os acompaña mi oración y mi Bendición Apostólica.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL XIV CONGRESO MUNDIAL DE LA OFICINA INTERNACIONAL DE ENSEÑANZA CATÓLICA Sábado 5 de marzo de 1994

Señor presidente; señor secretario general; queridos amigos:

1. Me alegra acogeros a vosotros, que particip