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Diplomado en educacion superior joge


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DIPLOMADO EN EDUCACION SUPERIOR JOGE

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ÉTICA PROFESIONAL Y UNIVERSIDAD

Esta introducción pretende abordar cómo puede esto encajar en la vida universitaria, saliendo al paso de algunos malentendidos. El primero de estos malentendidos radica en la confusión acerca de lo que se entiende por ética y de la capaci­dad de tratar de temas éticos en términos racionales. Enseñar ética profesional en la universidad no consiste, ni nadie pretende que consista, en esparcir moralina sobre las prácticas y usos profesio­nales. El reto que plantea la enseñanza de una ética profesional en la universidad es ofrecer una verdadera ética reflexiva y crítica sobre el saber y el quehacer profesional, una ética que intente orientar las conductas profesionales pero entroncando con el pen­samiento ético actual e intentando establecer un diálogo interdisciplinar con los saberes especializados en los que se basa el ejer­cicio de cada profesión.

Esta propuesta no acaba de encajar con la forma de estar con­cebida y estructurada la vida universitaria actual. Son pocos, pero todavía hay algunos que prefieren concebir la universidad como lugar en el que se cultiva el saber por el saber, prescindiendo del uso que de ese saber puedan hacer después los profesionales. Ya saben que la realidad no responde a este ideal, pero al menos no desean renunciar al ideal. La universidad, dirán, no está para ense­ñar ética, sino para investigar y transmitir conocimientos científi­cos. Enseñar ética, enseñar a ser honrado, a ser "bueno" -si es que tal cosa se puede enseñar- es algo para lo que la universidad no está capacitada ni legitimada.

A lo anterior viene a añadirse que a los profesores universita­rios (y entre éstos se cuentan algunos de los mejores profesores) les gusta enseñar como si sus alumnos fuesen todos a convertirse a su vez en profesores universitarios. Plantean los programas como un campo abierto de cuestiones de lo que se sabe ya y de lo que se trataría todavía de averiguar. Sin embargo, la mayor parte de los alumnos vienen a la universidad con la intención de pre­pararse para ejercer una profesión; el apoyo económico e institu­cional que reciben las universidades por parte de los poderes públicos y de otras instancias sociales tiene también que ver con esto. La universidad es hoy en gran medida una escuela de for­mación profesional en aquellos oficios que se supone que requie­ren preparación académica y título universitario. Si no se acepta explícitamente esta dimensión, se está cayendo en una ficción acerca de lo que es la enseñanza universitaria. Para quienes hagan suya esta ficción, denunciada por Ortega hace ya bastantes dece­nios (ver recuadro al final del capítulo), la asignatura de ética o no existirá o tendrá una posición marginal y vergonzante en la vida académica. De todos modos su presencia en el curriculum aca­démico de una titulación universitaria ofrece la oportunidad de explicitar el horizonte práctico (profesional) que tiene dicha titu­lación para la inmensa mayoría de los alumnos que la cursan.

Prevalecen hoy en la universidad tendencias menos cientificistas y más pragmáticas que no ponen reparos en ampliar los obje­tivos de la enseñanza universitaria de forma que entre ellos figure también la capacitación práctica para el ejercicio profesional. No sólo las Escuelas de Ingeniería, también las titulaciones más clási­cas como Derecho y, por supuesto, Medicina se ocupan de pre­parar para la práctica profesional. En todas las titulaciones se han introducido las prácticas, entiéndase bajo dicha denominación lo que se entienda en cada caso. Todo eso lleva o apunta a un hori­zonte práctico, a veces exclusivamente pragmático. Desde esta perspectiva la ética trataría de ampliar ese horizonte hasta incluir y poner en el lugar que les corresponde los fines éticos universalizables del vivir humano. Queda por ver si lo puede hacer en tér­minos puramente exhortativos o puede contar con recursos inte­lectuales que le permitan hacerlo articulando un saber racional y crítico. La concepción de ciencia de la que venimos, y en la que todavía muchos permanecen anclados, no hace plausible, de sali­da, el intento.

El positivismo está de capa caída en el ámbito teórico, pero sigue su paseo triunfal en el ámbito práctico. A falta de una alter­nativa sólida en la que cada docente y cada investigador pueda pisar con cierta seguridad, muchos se refugian en los conoci­mientos y métodos específicos del propio saber. Hoy casi nadie es positivista por convicción, pero hay muchos que lo son por como­didad, por inercia, por no saber hacer otra cosa distinta de lo que han aprendido a hacer, de lo que se viene haciendo, por no com­plicarse la vida o por no caer en el diletantismo. La secuela de esto lleva a la fragmentación y aislamiento de los diferentes cam­pos y métodos del saber. Eso que también Ortega llamaba la "bar­barie del especialismo", que todos denunciamos, pero que es bien difícil superar sobre todo en términos institucionales.

Esta situación de aislamiento entre las disciplinas se está empezando a desbloquear, (sobre todo en la investigación, algo menos en la docencia); pero estos procesos quedan más o menos dejados al arbitrio o humor cambiante de los equipos de especia­listas, a las afinidades personales, metodológicas o ideológicas; otras veces quedan a merced de las sinergias inducidas por los que financian las investigaciones en razón de los retos relevantes que se plantean desde la sociedad y que rara vez pueden ser solu­cionados desde una única disciplina.

¿Cuál puede ser el lugar de la ética en esta Torre de Babel de los saberes y métodos cada vez más fragmentados y necesitados de interrelación? Dar una respuesta exige combinar la labor epis­temológica acerca de la unidad y pluralidad de los saberes y métodos con una reflexión ética capaz de situar a cada saber en su sitio a la hora de entrar en relación con él. En el mundo de las especializaciones y de la división social del trabajo profesionali­zado, sólo es intelectualmente honesta y socialmente creíble la reflexión ética que no huye de la complejidad. A su vez la legiti­midad intelectual y social de cada parcela del saber y del actuar humano sólo se obtiene sacando a luz los supuestos epistemoló­gicos de cada saber científico y las implicaciones sociales que su ejercicio práctico tiene en el entorno social.

Tanto el discurso ético como la práctica de la ética rompen, o al menos cuestionan y relativizan, el aislamiento de las especiali­dades para integrarlas en una perspectiva de conjunto al servicio de determinados fines de la vida humana. Para hacer esto la ética tiene que establecer un diálogo interdisciplinar capaz de combi­nar el respeto de los métodos y campos específicos con la inte­gración de cada campo y de cada método en un conjunto signifi­cativo para alguna faceta del vivir humano. En el mundo de las especializaciones científicas la ética tiene necesariamente que establecer un diálogo interdisciplinar que afecta a todas las disci­plinas sin quedar acotado por ninguna de ellas. Desde plantea­mientos positivistas no hay lugar para nada que no sea el método científico y la actividad científica. La ética queda relegada, para esos planteamientos, a la subjetividad de cada cual.

Esto que acabamos de enunciar, tomado en serio, lleva a revi­sar y replantear el modelo de ciencia que se practica, el modelo de ética que se propone y el mismo modelo de universidad en que la ciencia y la ética puedan entrar en diálogo sin tergiversar lo que es cada una de ellas y la forma apropiada de relacionarse la una con la otra en la vida académica. Si se quiere hacer ética en el ámbito universitario hay que aprender a tratar los temas universi­tariamente, hay que aprender a ejercer el razonamiento práctico, a justificar o a deslegitimar actuaciones y planteamientos en térmi­nos de racionalidad práctica. La ética, como saber de integración, puede proporcionar un horizonte de integración de los saberes y especialidades y contribuir a que la universidad no degenere en lo que algunos comienzan a llamar "multiversídad" (Hortal, 2001a).

La ética de las profesiones puede favorecer el establecimiento de cauces de diálogo con los profesionales que se están forman­do en la universidad. Es un reto filosofar con los futuros expertos en un mundo desmoralizado. La ética, pensada, debatida y vivida en la universidad puede hacer una relevante contribución a la regeneración intelectual y moral de la vida universitaria; esa sería la mejor contribución que cabe hacer desde la universidad en orden a levantar la moral de la sociedad. Está claro que para ello no basta con que haya una asignatura de ética en los planes de estudio; tendría que establecerse un diálogo interdisciplinar para poder ofrecer un horizonte de integración dinámica y práctica de los saberes particulares (Hortal, 2001a, 45-52).

En los últimos años la ética de la correspondiente profesión forma parte de algunas titulaciones de muchas universidades y centros universitarios. No es banal que los alumnos que cursan esa asignatura aprendan algo acerca de la responsabilidad ética y social de la profesión que van a ejercer y para la que se están pre­parando; al menos que puedan adquirir cierta información, sensi­bilidad y vocabulario sobre el tema. Pero se necesita, además de enseñar ética, hablar de problemas éticos y hablar de la dimen­sión ética de los problemas; más aún, es necesario dar un sentido ético a todo lo que se hace en la universidad y hablar de ello en términos éticos; a eso pueden y deben contribuir no sólo ni prin­cipalmente quienes enseñan ética, sino también quienes enseñan otras materias distintas de la ética y quienes participan en la vida universitaria o la gestionan.




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