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II. ¿Estamos bien equipados para afrontar los problemas acuciantes de la actualidad?


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II. ¿Estamos bien equipados para afrontar los problemas acuciantes de la actualidad?

 

La economía ha contribuido considerablemente a la manera en que entendemos nuestro mundo. Pero la economía no siempre acierta. De hecho, puede equivocarse de manera espectacular, como pudimos comprobar en la crisis reciente, cuando algunas ideas desacertadas produjeron muy malos resultados, cuyo precio estamos pagando todos hasta el día de hoy.



 

El Premio Nobel de Economía se ha otorgado a muchas personas que lo han merecido. Y también ha sido concedido a personas cuya afición por los modelos matemáticos se basaba en supuestos heroicos y poco realistas acerca de la humanidad. Un físico extraordinario señaló una vez que en el campo de la física, el Premio Nobel se concedía a los galardonados por estar en lo cierto, mientras que en economía, a menudo se les otorgaba por ser brillantes.

 

Las teorías modernas de carteras, basadas en estos modelos, proclamaban tener dominio de la incertidumbre de nuestro mundo. Esta arrogancia se transformó en humildad en 2007, durante la crisis de los créditos hipotecarios de alto riesgo que desencadenó la crisis económica mundial. De acuerdo con su modelo de riesgos, un banco de inversiones sufrió durante varios días consecutivos una pérdida que sólo tendría que haber ocurrido una vez en 14 lapsos vitales de nuestro universo.



 

La economía como disciplina —famosa, tal como los imperios, por el auge y la caída de las teorías— a menudo se ha deleitado en la confianza asertiva de una ciencia social, al tiempo que bruñe sus aspiraciones científicas. Sin embargo, en los últimos tiempos ha aumentado notablemente la interacción con la psicología y la historia, lo que constituye un hecho positivo.

 

La economía del desarrollo, un campo especializado que estudia la manera en que se puede promover el desarrollo, ha añadido a la economía una fuerte dosis de sus propias modas y tendencias. Como todo buen diseñador, el Banco Mundial ha cumplido un papel en la creación de esos estilos.



 

En la década de 1950, durante los primeros años de trabajo del Banco Mundial en actividades de reconstrucción y proyectos de ingeniería, el Departamento de Economía de nuestra institución tenía la responsabilidad de realizar, en el ámbito relativamente limitado de su competencia, estudios de factibilidad financiera de los proyectos propuestos. Pero el subdirector del departamento de entonces, Paul Rosenstein-Rodan, quiso conceptualizar el desafío del desarrollo con la teoría del “gran impulso”. Según su teoría, el desarrollo dependía de una expansión simultánea de los sectores internos que generara demanda de los productos de cada uno de ellos. Al poco tiempo, algunas economías de Asia oriental comenzaron a avanzar rápidamente sobre la base de un crecimiento “más limitado” impulsado por las exportaciones.

 

Esta era también la época en que los economistas del desarrollo mantenían la hipótesis de que los países en desarrollo “despegarían” una vez que recibieran capital para combinarlo con una fuerza de trabajo subempleada. Al parecer, la Unión Soviética había resuelto este problema mediante el “ahorro forzoso”; y algunos sostenían que el Tercer Mundo podría suplir el “déficit de ahorro” con ayuda externa.



 

En los años sesenta, el Banco Mundial amplió la cantidad y los ámbitos de su investigación, y en la década de 1970 intentaba comprender mejor las causas de la pobreza y buscaba opciones de política para superarla, concentrándose especialmente en las zonas rurales. Como lo señaló un historiador, la institución se estaba transformando más bien en un organismo de promoción del desarrollo que en un banco.

 

En 1972, Hollis Chenery fue nombrado primer economista del Banco, cargo que no tenía precedente. En cierta medida debido a la influencia de Simon Kuznets —que había ganado el Premio Nobel en 1971 por su interpretación del crecimiento y el desarrollo a partir de fundamentos empíricos— Chenery organizó el primer programa de investigación cuantitativa del Banco, basado en la recopilación de grandes cantidades de datos.



 

En los años ochenta, el foco de atención de las investigaciones se trasladó a los incentivos de mercado, la correcta determinación de los precios, la energía y el ajuste macroeconómico.

 

Las cuestiones relativas al género y al medio ambiente aparecieron en el programa de investigaciones del Banco a fines de la década de 1980. La reforma de las economías socialistas y la aparición del sida se convirtieran en áreas de atención especial después de 1989, y lo mismo ocurrió con los primeros intentos por comprender el “milagro de Asia oriental”. La pobreza, la desigualdad y la corrupción volvieron a surgir como temas de investigación durante la década de 1990.



 

En la década del 2000, las economías emergentes, sobre todo China y la India y su impacto en la economía mundial, así como el papel de la infraestructura y la agricultura —tras años de abandono en lo que respecta al financiamiento— se han ubicado en los primeros lugares del programa de desarrollo. Lo mismo ha ocurrido con los problemas que enfrentan los Estados frágiles, donde la debilidad de sus instituciones los expone a los conflictos y plantea problemas de desarrollo de carácter especial.

 

Estas contribuciones han sido impresionantes, y yo admiro los esfuerzos desplegados para generar conocimientos primordiales sobre el desarrollo aún cuando los templos del pensamiento a menudo se hayan desplomado ante el embate de las realidades de la vida.



 

Pero cabe preguntarse adónde nos ha llevado la economía del desarrollo. ¿Nos está ayudando?

 

Aun antes de la crisis, ya se ponían en duda los paradigmas predominantes y se pensaba que era necesario replantear la economía del desarrollo. La crisis solo ha acentuado estos cuestionamientos.



 

En las últimas décadas se han logrado importantes progresos: en el ámbito de la salud, la educación y la lucha contra la pobreza. La proporción de personas que viven en situación de pobreza extrema en los países en desarrollo se ha reducido más de la mitad en el cuarto de siglo transcurrido desde 1980; las tasas mundiales de mortalidad infantil han disminuido casi a la mitad.

 

Sin embargo, el éxito no ha sido parejo; en los países existe frustración por la falta de avances en la superación de la pobreza y el logro de los objetivos de desarrollo del milenio, que constituyen una vara útil para medir los progresos realizados. Los mayores avances en la reducción de la pobreza se han producido en Asia oriental y meridional y en América Latina. Si bien se cumplirá el objetivo mundial de reducir a la mitad del número de personas que viven en situación de pobreza extrema para el año 2015, los progresos en África al sur del Sahara aún son insuficientes, a pesar de los notables avances de los últimos tiempos. Los progresos a nivel de cada país son aún más disparejos: tan solo 45 de los 87 países sobre los que se dispone de datos ya han logrado el objetivo referente a la reducción de la pobreza o se encuentran bien encaminados para alcanzarlo.



 

La crisis ha puesto de relieve otras transformaciones que tienen repercusiones más amplias.

 

Incluso a medida que los países comienzan a recuperarse, muchos se preguntan acerca de lo que consideran la “trampa de los países de ingreso mediano”, esto es, el temor de que la reactivación inicial del crecimiento pierda impulso y transcurran muchos años, con dolorosos contratiempos, antes de que esas naciones puedan sumarse al grupo de países de ingreso alto.



 

El éxito de China y otros países ha planteado interrogantes acerca del papel del Estado. ¿Cuáles son sus roles eficaces y apropiados? ¿Propiciador? ¿Árbitro de reglas claras y justas? ¿Habilitador? ¿Inversionista? ¿Propietario? ¿O consagrador de ganadores?

 

Los beneficios de la globalización y la reforma aún deben llegar a muchos pobres. Numerosas personas consideran que las prescripciones de política económica del Consenso de Washington son incompletas y que no prestan atención a las cuestiones institucionales, ambientales o sociales, o simplemente carecen de una filosofía que las oriente.



 

Otros proclaman que las políticas “ortodoxas” están ayudando a los países en desarrollo a sobrellevar la crisis, y señalan que algunos países desarrollados se apartaron de las lecciones ortodoxas de las finanzas y la presupuestación, y eso los ha puesto en peligro.

 

 


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