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    Del neo-Wilsonianismo al militarismo



    Rev. Venez. de Econ. y Ciencias Sociales, 2003, vol. 9, nº 1 (ener.-abr.), pp. 13-28

    DEL NEO-WILSONIANISMO AL MILITARISMO:

    LOS PATRONES MOVEDIZOS

    DE LA POLÍTICA NORTEAMERICANA

    Philip S. Golub

    “One thought alone preoccupies the submerged mind of Empire: how not to end, how not to die, how to prolong its era”

    (Coetzee, 1982)

    La “fuerza” se ha transformado en la gramática exclusiva de la política exterior de Estados Unidos y, por extensión, en el centro del lenguaje de la política mundial. Como respuesta al 11 de septiembre, la administración Bush optó por una estrategia global de “hacer retroceder (rollback)”1 redes no estatales y “Estados-bandidos” considerados o acusados de ser una amenaza para Estados Unidos y para el statu quo pos-Guerra Fría.


    Estados Unidos actualmente adelanta operaciones paramilitares encubiertas o abiertas y operaciones de inteligencia en por lo menos media docena de países del Tercer Mundo, desde Asia oriental hasta América Latina, y se están planificando una inminente ofensiva militar contra Irak y posibles “ataques preventivos” contra aquellos países caracterizados como pertenecientes al “eje del mal”2. Esta respuesta operativa al 11 de septiembre ha estado acompañada por un unilateralismo sistemático en la política exterior estadounidense, es decir, la promoción resuelta de los intereses nacionales norteamericanos definidos en términos estrechos, a expensas de los intereses y preocupaciones de otros miembros de la comunidad internacional, incluidos sus aliados históricos de Europa occidental. Mientras tanto, el derecho internacional ha sido obviado o torcido para favorecer los propósitos norteamericanos, tal como en los casos del intento de la administración Bush de sabotear el Tribunal Penal Internacional (TPI) o la invención de conceptos jurídicos contrarios a la jurisprudencia internacional existente (por ejemplo, la invención del estatus de “combatientes ilegales” para eludir las Convenciones de Ginebra). De hecho, Estados Unidos ha abandonado el multilateralismo y el derecho, es decir, la cooperación institucionalizada, y optado por métodos imperiales puramente coercitivos de manejo del sistema mundial.
    Esta opción imperial ha destruido la esperanza, débil pero real, de que el período de pos-Guerra Fría, fuera “un período prolongado de paz y cooperación” (Cumings, 1994) y un orden político internacional más balanceado y democrático, regulado no por la fuerza sino por regímenes legales internacionales basados en el consenso. De paso, ha desbaratado la tesis muy difundida en los años 90 de que, bajo las condiciones de globalización, el “poder blando” reemplazaría al “poder duro” en las transacciones interestatales y enterró la idea de que el sistema mundial transitaba de formas globales de gobernabilidad westfalianas a otras más posmodernas, es decir, de estrategias de maximización del poder del Estado nacional unitario a un período cosmopolitano posnacional caracterizado por la difusión del poder, la interdependencia, la transnacionalidad, la democratización y el humanitarianismo (Habermas, 1996)3. Por el contrario, estamos presenciando el surgimiento de “un orden internacional hecho a la medida de los objetivos imperiales norteamericanos”, un orden dentro del cual “el imperio ratifica aquellos aspectos del orden legal transnacional que le convienen (Organización Mundial del Comercio, OMC) mientras que ignora o hasta sabotea aquellos que no le convengan (PTI y Kyoto, Tratado MAB)” (Ignatieff, 2002, 4).
    Aunque el 11 de septiembre fue la causa próxima de esta transformación, la opción imperial por una línea dura antecede por mucho ese acontecimiento. Está enraizada en factores estructurales y motivaciones ya operantes a finales de los años 80 y comienzos de los 90, cuando Estados Unidos surgió como actor unipolar. La unipolaridad, una situación singular en el sistema mundial moderno, ofreció las condiciones estructurales para hacer factible un proyecto de imperio. Después del 11 de septiembre, el Pentágono –entendido aquí como el complejo de intereses políticos, industriales y militares que convergen en el sector de defensa– aprovechó la oportunidad que esperaba desde Vietnam para restaurar su hegemonía institucional dentro de Estados Unidos y a la vez consolidar la “primacía” de Estados Unidos en el sistema mundial4. Tal como señalamos más adelante, esta agenda dual se hizo presente a comienzos de los 90 durante la administración de George H. W. Bush (1988-1992), retrocedió durante los años de Clinton cuando la política estadounidense se movió hacia formas de gobernabilidad imperial económicas y financieras más “blandas” y sofisticadas (globalización), pero se recuperó con gran vigor con la “elección” de George W. Bush, un presidente que se ha transformado en el eje del empuje hacia el poder del Pentágono y en el poco convincente César de una nueva era imperial.
    Cuánto durará esta era es materia de conjeturas. Mientras que consolida y extiende el control estadounidense en el corto plazo, la utilización exclusiva de la fuerza y la acción unilateral sistemática por parte de la administración Bush bien pudiera ser el primer síntoma de agotamiento de finales del imperio, en lugar de signo de la madurez de un imperio en su apogeo. Tal como sugiere Bruce Cumings en un ensayo importante publicado a comienzos de los 90, “si Estados Unidos está en el apogeo de su hegemonía en lugar de estar en declive, debiera hacer lo que hicieron los británicos hace alrededor de un siglo cuando estuvieron enfrentados con un declive relativo incipiente: aliarse con las potencias capitalistas en ascenso” (Cumings, 1994, 19), es decir, adoptar activamente estrategias multilaterales y de cooperación, por lo menos con sus socios y aliados históricos. Por supuesto, la administración Bush está haciendo todo lo contrario: en aras de intereses imperiales, está desmantelando aquel andamiaje institucional construido después de la Segunda Guerra Mundial que tan bien había servido a los intereses norteamericanos hasta el momento.

    Para captar en todas sus dimensiones el significado de esta elección, es preciso revisar los años 90. Después de la Guerra Fría, Estados Unidos se encontraba en el mejor de los mundos posibles: su único rival militar había desaparecido sin gastar un tiro. Sus competidores más importantes, Japón y Europa, iniciaban lo que iban a ser períodos prolongados de estancamiento económico y crecimiento débil. China y la India –los únicos Estados-nación importantes todavía fuera de la nueva economía política americana globalizada– se integraban rápidamente a la economía mundial (la India a punto de integrarse al sistema estadounidense de seguridad). Mientras tanto, el resto del mundo, el “tercer” y “cuarto” mundos, se mantenía dependiente como productor de materias primas y/o taller trabajando para Estados Unidos y los demás países capitalistas avanzados.

    En lugar de entrar en declive, tal como muchos habían predicho precipitadamente en los años 80 (Keohane, 1984; Kennedy, 1987), en términos estructurales, Estados Unidos de repente disfrutaba de una hegemonía tridimensional. En términos militares, se transformó en el único actor estatal capaz de producir y movilizar enormes recursos tecnológicos militares y de ejercer su poderío a escala mundial; en términos económicos, recuperó su lugar como corazón del sistema capitalista mundial, definiendo e institucionalizando conductas normativas en el nuevo mercado libre global, y como centro de innovación tecnológica5. Last but not least, en términos ideológicos y culturales, consolidó su posición como polo de atracción, produciendo y definiendo los contenidos simbólicos de “modernidad” (cultura política, estilos de vida, marcas y diseños, lenguaje tecnológico, expresión arquitectónica, etc.)6. La cultura popular estadounidense se transformó en un lenguaje verdaderamente universal difundido por los medios de comunicación masiva, una lengua franca visual de alcance global7.


    Aunque estas dimensiones del poder norteamericano no eran nuevas, pues Estados Unidos ha sido el corazón del capitalismo mundial en el sentido braudeliano (Braudel, 1985) desde por lo menos comienzos de los años 20, cuando superó a Gran Bretaña como centro mundial de los flujos de capital, la potencia militar-tecnológica predominante desde comienzos de los 408 y una referencia para la modernidad cultural, tanto “alta” como “baja”, desde comienzos de los 509 –combinaron, después de 1991, en una hegemonía global efectiva–, o lo que Rob Kroes (1999) denomina una “configuración factual” de imperio. Por supuesto, la hegemonía económica norteamericana era mucho menos pronunciada que en 1945, cuando Estados Unidos, brevemente y por razones excepcionales, dio cuenta de casi la mitad del comercio y del producto mundial. Pero, en términos relativos, Estados Unidos había recuperado su posición dominante: a comienzos de los 90, la amenaza competitiva proveniente de Japón y Europa había cedido. Y, más importante, Washington había logrado un monopolio del uso de la violencia legítima que no poseía después de la Segunda Guerra Mundial (Arrighi, 1994). Ese monopolio quitó las restricciones externas acostumbradas para el ejercicio de la acción estatal unilateral, dejando como limitación solamente las restricciones internas.
    Ese aumento en la autonomía estadounidense mejoró considerablemente la capacidad de Estados Unidos de moldear el sistema mundial pos-Guerra Fría en función de sus intereses. En términos esquemáticos, esta situación ofreció tres opciones gruesas para la política imperial. Yendo de las más blandas a las más duras, o de las más liberales a las más autoritarias, las definiría como: 1) Globalización neo-wilsoniana o la creación de un orden mundial política y económicamente centrado en Estados Unidos. Esta opción implicaba centrar la política estadounidense en asuntos que requerían de la construcción de cooperación y consenso (comercio, preocupaciones globales, democratización). 2) Neorrealismo, o sosteniendo el statu quo de la pos-Guerra Fría a través de una mezcla de cooperación y coerción, es decir, políticas de balance de poder. Esta opción implicaba el uso flexible de multilateralismo y unilateralismo para promover los objetivos clásicos de riqueza y poder. 3) Militarismo, o la utilización del monopolio sobre la fuerza que disfrutaba Estados Unidos para profundizar la ventaja de 1991 y proyectar unipolaridad hasta el siglo xxi. Obviamente, hay un grado importante de fluidez en estos modelos simplificados: los primeros dos permiten combinaciones sutiles y múltiples; el tercero, sin embargo, es exclusivo y no puede articularse con el primero. En grados distintos y de maneras diferentes, todos tienen un impacto en el exterior, afectando los asuntos domésticos de otros países y moldeando sus contornos externos10.
    Durante los primeros años de la pos-Guerra Fría, Bill Clinton desplazó la dirección predominante de la política exterior estadounidense desde una política de poder y una movilización permanente para la guerra hacia el comercio y las finanzas como instrumentos de influencia y poder estadounidense. Esta decisión, tomada en 1992 antes de asumir el poder y aplicada durante todo su período presidencial, se tradujo en un desplazamiento del centro de gravedad institucional dentro del Ejecutivo desde la burocracia de seguridad hacia los departamentos del Tesoro y de Comercio (Golub, 2001) o, dicho de otra manera, desde el complejo militar-industrial hacia las altas finanzas de Wall Street. Ésta era una opción lógica en un período de globalización, pues respondía a la ventaja comparativa de Estados Unidos en cuanto economía postindustrial basada en los servicios. La promoción agresiva de una liberalización económica a escala mundial, iniciada durante administraciones anteriores pero profundizada bajo Clinton, también tuvo un impacto directo en términos de poder, en la medida en que cuestionaba los sistemas económicos nacionales, no solamente de los países del Tercer Mundo sino también de los principales competidores económicos y aliados estratégicos de Estados Unidos.
    La globalización afectó la soberanía y autonomía de la mayoría de las naciones a través de una reducción en el poder del Estado y un aumento en el poder de los actores privados transnacionales (“los mercados”). Esta redistribución del poder a favor del capital se efectuó principalmente a expensas de los Estados dependientes más débiles del sistema mundial. Creó nuevas formas de subordinación centro-periferia a través de una profundización de la histórica disparidad entre, por una parte, los centros del capital y del know-how científico y técnico, y, por la otra, los países del “segundo” y del “tercer” mundo. Atrapados en una división internacional del trabajo que los obligó a formas perversas de especialización, los países “emergentes” se transformaron en zonas de procesamiento y exportación para las compañías transnacionales y fueron víctimas de estrategias de acumulación financiera especulativa. Esto se reflejó en recurrentes y cada vez peores crisis financieras –la crisis del peso mexicano en 1994 o la crisis financiera de finales de los 90 en Asia oriental que casi llevaron a una crisis sistémica global, sin hablar del actual colapso de Argentina– cuyos costos fueron trasladados en su totalidad a la población del Tercer Mundo. Los estándares de vida promedio cayeron entre 30% y 50% como consecuencia de estas crisis (p. ej., un promedio de 30% en Tailandia después de 1997) (Golub, 1999).
    La globalización también tuvo consecuencias decisivas en términos de poder en el sector capitalista avanzado, expresadas en restricciones a las funciones redistributivas del Estado (Golub, 2001; Johnson, 2001). Para nuestros propósitos, el punto es que el Estado norteamericano “minimalista”, a diferencia de otros, no fue limitado por el creciente alcance de la “mano invisible”. Al contrario, Estados Unidos fue el primer beneficiario de una globalización que aumentó la autonomía del país y su soberanía efectiva. La globalización permitió que Estados Unidos consolidara su ventaja comparativa en el sector postindustrial de servicios (servicios financieros, comunicaciones, entretenimiento, etc.) mientras imponía una normativa cultural global en las prácticas empresariales y sociales (Sassen, 1996). Durante los años 90, Estados Unidos estableció las reglas fundamentales (sin hablar del discurso) de la economía mundial: las normas económicas dominantes (las tasas de rédito, el valor de las acciones de compañías), los criterios regulatorios (el rating de empresas y Estados); y el marco jurídico (arbitración comercial internacional). El capital estadounidense operaba así en un universo de reglas y criterios que él mismo creó y redefinía constantemente y que determinaron los nuevos contornos del sistema internacional11.
    En su rol de actor hegemónico en la economía política global, Estados Unidos no estuvo sujeto a las reglas que ellos impusieron a los demás. Acumularon una enorme deuda externa neta sin tener que someterse a ajustes estructurales12. A diferencia de Europa y Japón –los acreedores más importantes del mundo aunque políticamente impotentes–, Estados Unidos no perdió el control de los mercados, tal como se puede apreciar en la flexibilidad de la política monetaria de la Reserva Federal, el intervencionismo y el manejo, en gran parte exitosos, del Tesoro frente a un sistema financiero mundial sujeto a crisis sucesivas13, y un unilateralismo recurrente y un estilo mandón en política comercial externa. Tampoco se puede decir que las políticas estatales estuvieron dictadas por los mercados financieros: durante los años 90, las respectivas estrategias de maximización de poder y riqueza coincidieron en un grado sorprendente, tanto que recuerdan la simbiosis en el siglo xix entre el capital británico y el Estado imperial británico (Golub y Burgi, 2000).
    En otras palabras, hubo mucho de violencia social y coerción en la estrategia de globalización, notable, pero no exclusivamente, en el caso de los países del Tercer Mundo (Stiglitz, 2002). La liberalización amplió las desigualdades de ingreso dentro de las naciones y entre ellas, y debilitó las redes de solidaridad social en los países capitalistas avanzados. Y además, para los propósitos de nuestro argumento, consolidó una jerarquía de poder favorable a Estados Unidos. Tal como lo expresó un entusiasta, “en el sistema globalizado, Estados Unidos es la única y dominante superpotencia y todas las demás naciones están subordinadas en uno u otro grado” (Friedman, 1999). No obstante, el tipo de violencia y los instrumentos de control eran diferentes en aspectos importantes si se les comparan con la política de potencia basada en la fuerza del período de la Guerra Fría, cuando consideraciones económicas estaban generalmente subordinadas a una política estratégica14. Bajo Clinton, la política estratégica generalmente estuvo subordinada a consideraciones económicas.
    No se trata de un punto de importancia marginal: la globalización implicó mantener un sistema multilateral abierto y pacífico que favorecía flujos económicos y financieros libres. Además, se consideraba al libre comercio y a la liberalización económica como vectores de la democratización política. Ese supuesto –la correlación mecánica entre liberalismo económico y político– es dudoso y no ha sido verificado ni empírica ni históricamente (Bairoch, 1997). Pero es evidente que la paz era un prerrequisito para la promoción de la globalización. Aquí la obra de Karl Polanyi es de relevancia. Tal como él sugirió, las altas finanzas contribuyeron igual, si no más, a la creación de las condiciones para la prolongada paz en Europa durante el siglo xix, que la política de balance de poderes de la corona británica (Polanyi, 1944). En términos parecidos, muchos actores privados transnacionales actualmente tienen un interés en una política pos nacional –flujos libres de capital exigen un ambiente abierto sin los obstáculos de fronteras o regulación estatales.
    Tal como comentamos arriba, el equipo liberal internacionalista de Clinton intentó inicialmente cambiar el “Warfare State” por un “Trading State” (Rosencranz, 1986), o por lo menos reducir el componente bélico del Estado debilitando el poder institucional del aparato nacional de seguridad. Bajo Clinton, las operaciones militares se enfocaron en parte hacia “intervenciones humanitarias”, una opción que provocó recriminaciones amargas por parte de la derecha norteamericana y por parte de un establishment nacional de seguridad al cual el nuevo Presidente cayó muy mal, sobre todo por haber sido un crítico de la guerra de Vietnam en los años 60 (este odio culminó durante la segunda administración de Clinton con el escándalo Lewinsky y el intento de impeachment)15. En 1993, el Secretario de Defensa de Clinton, Les Aspin, anunció el fin de la “guerra de las galaxias”, uno de los programas clave del Pentágono para la supremacía estratégica desde mediados de los 80. Con anterioridad, Clinton había presionado sin éxito a favor de un reconocimiento de los derechos de los homosexuales entre los militares, una manera indirecta de intentar controlar el Pentágono (si no modificar sus actitudes). Pero, por razones personales y políticas, Clinton nunca logró imponer estas políticas. Tal como constató Stanley Hoffman, “por razones más relacionadas con su pasado que con su filosofía, Clinton estaba ansioso de no imponerse al establishment de defensa” (Hoffman, 2002).

    De todas maneras, la derecha norteamericana y el Pentágono nunca le ofrecieron la oportunidad. Una resistencia feroz por parte del Pentágono y la mayoría republicana en el Congreso de 1994 se combinaron para paralizar la Presidencia, por lo menos en lo que se refería a reformas en el Pentágono. A partir de 1994, Clinton optó por mantener contento al Pentágono y concederle todos los fondos que pedía mientras que promovía su propia agenda de globalización. De hecho, hacia finales del período de Clinton había dos centros de poder promoviendo agendas distintas. A mediados de su segundo período, enlodado por el escándalo, Clinton se movía erráticamente entre el multilateralismo neo-wilsoniano y un unilateralismo dictado por el Congreso o el Pentágono. A partir de 1994, el Congreso impuso sanciones económicas unilaterales a más de 35 países, sancionó legislación extra territorial (p. ej., Helms-Burton que sanciona compañías extranjeras que inviertan en Cuba o Irak) y bloqueó tratados y convenciones internacionales importantes tales como la Convención sobre Minas Terrestres o el Tribunal Penal Internacional que, dicho sea de paso, amenazó al Pentágono (Hoffman, 2002).


    En efecto, desde la Casa Blanca, Clinton nunca logró un control efectivo sobre el Pentágono y terminó perdiendo el poco que consiguió. Tal como apunta Stanley Hoffman, “el Pentágono se portó cada vez más como una agencia soberana en torno de asuntos que involucraban la utilización de fuerza y la composición de estas fuerzas” (Hoffman, 2002).
    Hoy en día, bajo George W. Bush, el Pentágono ejerce soberanía, no solamente en asuntos del uso y la composición de la fuerza, sino en la definición global de la política exterior estadounidense. La articulación de fuerzas institucionales que convergen alrededor del Departamento de Defensa también tiene un peso creciente en la política doméstica estadounidense. Dentro del contexto de una concentración sin precedentes del Poder Ejecutivo16, el Pentágono se ha transformado en el centro de gravedad institucional de un nuevo Estado de seguridad nacional bélica. Se ha impuesto en contra del Departamento de Estado repetitivamente y en torno de un abanico amplio de asuntos, desde el Medio Oriente hasta Bosnia, definiendo la agenda de la política exterior estadounidense (el Pentágono fue decisivo para el rechazo estadounidense del Tribunal Penal Internacional). Esta tendencia se acentuó después del 11 de septiembre, pero se había establecido desde antes de los ataques terroristas. Durante sus primeros seis meses de gobierno, la administración Bush había rechazado el Tratado de Kyoto, saboteando los planes de la OCED (Organización de Cooperación Económica y Desarrollo) para penalizar los refugios off-shore para evadir impuestos y anunció sus intenciones de abandonar el Tratado de Misiles Antibalístico (Tratado MAB) de 1972 y retirar a Estados Unidos de la propuesta sobre el Tribunal Penal Internacional (Golub, 2001). Desde el 11 de septiembre esta lista simplemente se ha hecho más larga.
    Tal vez lo más importante es que la articulación alrededor del Pentágono ha sido concedido por una cantidad enorme de recursos “a pesar de que” (algunos dicen: “precisamente porque”) la economía estadounidense se encuentra en una condición frágil con un déficit presupuestario explosivo. Bush propuso aumentar el presupuesto militar antes del 11 de septiembre pero no pudo imponerse a la resistencia política doméstica. Esa resistencia se esfumó después del 11 de septiembre. Hoy en día, a pesar de que Estados Unidos no tiene un rival estratégico de peso y no hay ninguna potencia o coalición de potencias con la más mínima posibilidad de cuestionar su supremacía militar-tecnológica, se ha iniciado el más grande aumento de los gastos militares desde la época de Reagan. El presupuesto de defensa estadounidense –que ya iguala a la sumatoria de aquellos de los 15 países que le siguen, incluidos los aliados– se aumentó en 2002 en por lo menos 120.000 mil millones de dólares para los próximos cinco años. Solamente en 2003, el aumento será de 45.000 millones de dólares, un aumento de 13% respecto a 2002. Aparte de extender su capacidad de transporte aérea de tropas, una parte significativa de estos gastos se dedica a la “defensa” misilística, sistemas de armamentos satelitales y el desarrollo e implementación de la próxima generación de tecnología militar, tales como aviones sin pilotos y armas nucleares en miniatura para combate17.
    Estos programas extremadamente costosos, muchos de los cuales no se encuentran todavía en la etapa experimental, han encontrado su justificación como parte esencial de la guerra global de Estados Unidos contra el terrorismo. Pero debe ser obvio que el dominio del espacio o de las profundidades del mar nada tiene que ver con el terrorismo. Cada uno de estos programas existía antes del 11 de septiembre (p. ej., el dominio del espacio y el sistema de defensa contra mísiles eran elementos centrales del Strategic Defense Iniciative, más conocido como “guerra de la galaxias” en los años 80), y ninguno fue diseñado para enfrentar guerras “asimétricas” o no convencionales. Ni siquiera tienen como objetivo dotar a Estados Unidos de una capacidad para enfrentar a los “Estados-bandidos”: los recursos ya disponibles fueron más que suficientes en Irak en 1991, en Kosovo y Serbia en 1999 y en Afganistán en 2001. Tal como argumenta Michael Klare, el objetivo no declarado del esfuerzo de remilitarización es lograr una “superioridad militar ilimitada”, convertir “el estatus de Estados Unidos como superpotencia única en un inmodificable hecho de la vida” (Klare, 2002).
    Tal como indicamos arriba, la opción a favor del militarismo está transformando el sistema internacional. Se está extendiendo el archipiélago de bases militares norteamericanas (13 nuevas bases se han establecido en Asia central y el Cáucaso) y Estados Unidos ha abandonado la democracia y los derechos humanos como elementos de la agenda de política exterior. Para promover la guerra contra el terrorismo, Estados Unidos recurre a regímenes autocráticos o autoritarios que antes criticaba por sus violaciones de los derechos humanos. La administración de Bush también ha considerado conveniente trasladar a algunos de los prisioneros capturados en Afganistán a sus países de origen donde la tortura es una práctica común. En nombre de la seguridad, Estados Unidos está abandonando la democratización global, uno de los objetivos centrales de los años 90.
    Dentro de Estados Unidos, la guerra contra el terrorismo está trastornando el sistema institucional y constituye una amenaza para los fundamentos de la misma democracia estadounidense. La concentración del poder en el Ejecutivo y la revitalización del Estado de Seguridad Nacional de la época de la Guerra Fría han relegado al Congreso y al Poder Judicial. Dentro del ambiente de fervor nacionalista posterior al 11 de septiembre, el Congreso ha abandonado la mayor parte de las prerrogativas de supervisión y control que había conquistado en los años 70, a consecuencia de Vietnam y Watergate. Liberado del control legislativo, el Ejecutivo está actuando a espaldas del público y está construyendo un sistema judicial paralelo controlado directamente por la Casa Blanca y el Pentágono (Golub, 2002)18. A finales de julio de 2002, el Pentágono anunció que buscaba “cambios en la ley actual para otorgar al los militares mayor fuerza doméstica para proteger el país contra golpes terroristas”19. Y a comienzos de agosto el Departamento de Justicia de Bush “rechazó dos siglos de derecho constitucional”, según un editorial de The New York Times, al desafiar a un juez federal que había exigido al gobierno federal facilitar documentación y evidencia para justificar su argumento de que un saudí nacido en Estados Unidos y capturado en Afganistán podría ser mantenido preso en secreto sin cargos y sin acceso a un abogado por ser un “combatiente ilegal”20. The Washington Post, un periódico que ha respaldado firmemente la guerra contra el terrorismo de la Casa Blanca, comentó que esta tendencia “era extremadamente peligrosa” para la democracia norteamericana21.
    Este comportamiento del Ejecutivo desafía las mismas bases del sistema estadounidense de checks and balances y algunas de las reglas básicas del proceso legal debido. Con el paso del tiempo, un patrón ha sido establecido apelando constantemente al temor (las advertencias regulares de amenazas terroristas inminentes) y argumentando que Estados Unidos enfrenta una situación de emergencia permanente, se impone faits acomplis institucionales que, para futuras administraciones, será muy difícil contrarrestar. Por ejemplo, será muy difícil imponer restricciones a las agencias de inteligencia, una vez que se les ha concedido amplios poderes para investigar, allanar y realizar acciones encubiertas (como ha sucedido de hecho). Será aún más difícil revertir los efectos estructurales de la movilización militar discutida arriba. El resultado será comprometer a administraciones futuras, durante años o décadas, a programas de hardware y opciones de política decretados por la Casa Blanca.
    La derecha estadounidense y el Pentágono están a punto de culminar con éxito su campaña posterior a Vietnam para restaurar el prestigio de las fuerzas armadas y la “credibilidad” del poder norteamericano, en el exterior y en casa. Han estado obsesionados con esta restauración desde los años 70. Comenzó con la “revolución conservadora” de los 80 cuando Ronald Reagan inició el más grande programa militar después de Vietnam y resucitó las operaciones de contrainsurgencia (América Central, Afganistán). Sin embargo, cuando terminó la Guerra Fría en forma abrupta e inesperada, la principal justificación para una economía de guerra y una movilización militar permanentes simplemente desapareció. Ya no existían razones de peso para mantener fuerzas militares a los niveles de la Guerra Fría, ni gastar así recursos que podrían dedicarse mejor, por ejemplo, a programas domésticos. Durante los años 90, las encuestas mostraban que 40% de la población norteamericana no sintió ninguna necesidad de que Estados Unidos jugara el papel de número uno en los asuntos mundiales. Pero Saddam Hussain providencialmente proporcionó al Pentágono una nueva justificación.
    La Guerra del Golfo de 1991 movilizó de nuevo a las fuerzas armadas, justificó mantener el presupuesto militar en las magnitudes de la Guerra Fría y proporcionó una nueva justificación –la lucha contra la nueva supuesta amenaza de los “Estados-bandidos”– para mantener la articulación del Pentágono. En febrero de 1991, poco después de la guerra, el entonces secretario de Defensa, Dick Cheney, informó al Congreso que la Guerra del Golfo “era una prefiguración del tipo de conflicto que pudiéramos enfrentar en la nueva era”. Añadió que Estados Unidos tendría que adaptar sus políticas y sus fuerzas para “impedir o permitirnos derrotar rápidamente amenazas regionales similares en el futuro”22. La Guerra del Golfo ofreció otro argumento decisivo para los partidarios del unilateralismo: demostró, según la expresión de dos investigadores del Council on Foreign Relations, que el “poder militar sigue siendo tan importante como siempre en las relaciones interestatales” y proporcionó un golpe tal vez fatal para la visión pos-Guerra Fría de un mundo multipolar, al revelar que los competidores económicos de Estados Unidos en Europa y Asia estaban “tan dependientes como siempre” del poderío militar norteamericano (Tucker, 1994). Tal como lo expresó Bruce Cumings, “si Korea era el alfa del complejo militar-industrial, Irak era el omega. Para mediados de 1990, el fin de la Guerra Fría no había contribuido en absoluto a desmantelar la enorme máquina construida en los años 50 para la guerra, una máquina en movimiento perpetuo construida para la guerra y que promueve sus intereses haciendo la guerra” (Cumings, 1994, 29). Por supuesto, Irak fue un simple paso en la restauración del militarismo, pero la afirmación de Cumings es clara.
    La máquina en movimiento perpetuo logró autonomía bajo Clinton y luego tomó el poder bajo George W. Bush, hasta un punto que seguramente hubiera dejado atónito a Ronald Reagan. Bush llegó al poder con un equipo neoconservador de “intelectuales de defensa” –entre otros, Paul Wolfowitz, Richard Perle, I. Lewis Libby, respectivamente subsecretario de Defensa, jefe de la Defense Policy Board y Chief of Staff del vicepresidente Dick Cheney– que tenían como objetivo desde el comienzo removilizar el poder militar norteamericano, después del intervalo de Clinton, para lograr una hegemonía global. Este equipo es básicamente el mismo que dirigió la Guerra del Golfo pero tiene un mandato mucho más amplio y de mayor influencia sobre políticas que en 1991. Por más de una década y permanentemente, viene proponiendo el militarismo como un instrumento de control norteamericano capaz de ampliar la ventaja de Estados Unidos en la era posterior a la Guerra Fría y remodelar el sistema mundial a favor de los intereses norteamericanos. En 1992, en un documento todavía “clasificado” pero parte de cuyo contenido fue filtrado a la prensa, sugirieron que Estados Unidos debe “impedir que cualquier potencia hostil domine regiones cuyos recursos le permitieran alcanzar el estatus de gran potencia”, “desalentar intentos de parte de las naciones industrializadas avanzadas de desafiar el papel dirigente de Estados Unidos o alterar el orden económico y político existente”, e “impedir el surgimiento de cualquier competidor global potencial en el futuro”23. Clinton abandonó esta política pero la derecha neoconservadora nunca. En 1995, Zalmay Khalizad, un funcionario del Departamento de Defensa bajo Bush padre y actualmente enviado especial para Afganistán del presidente George W. Bush, escribió: “El mejor principio vector para el largo plazo para Estados Unidos sería buscar mantener el liderazgo global e impedir el surgimiento de cualquier rival global o un retorno a la multipolaridad” (Khalizad, 1995).
    Las determinaciones domésticas del militarismo se encuentran en la confluencia poco natural entre el neoconservadurismo y el fundamentalismo del llamado bible-belt, las dos fuerzas ideológicas y sociales más importantes en el Partido Republicano de la era pos-Guerra Fría. Las dos representan elementos diferentes del nacionalismo norteamericano y están enraizadas en sociologías distintas. El militarismo del bible-belt proviene de los “hombres blancos protestantes de las clases bajas y medias” del “corazón” del país (Walter Russell Mead, 2001) mientras que el neoconservadurismo es un fenómeno de menor alcance, restringido a la inteligencia de derecha dentro y alrededor del gobierno, las universidades y los medios de comunicación. Durante la Guerra Fría, la “amenaza soviética” permitió al gobierno canalizar los varios e incoherentes elementos del nacionalismo norteamericano hacia un único objetivo global unificador. Para mantenerse unificada, la alianza contemporánea entre los sectores sociales del “corazón” del país, con su tradicional hostilidad hacia el gobierno y hacia una política exterior activa, por un lado, y la derecha partidaria de una política internacional activa, por el otro, también necesita la guerra (no por casualidad, los dos grupos coinciden con el Pentágono, los neoconservadores en la toma de decisiones y las “clases bajas y medias” poniendo las tropas que pelean). Tal como en el caso de la Guerra Fría, la guerra contra el terrorismo ha proporcionado un objetivo estratégico unificador para el poder estadounidense y ha creado cohesión en el frente doméstico. Sin ese objetivo unificador, aquel consenso pos-Guerra Fría no puede perdurar.
    Así que para mantener su influencia y poder la articulación del Pentágono requiere de una guerra perpetua. Algunos voceros de la administración, incluyendo el vicepresidente Dick Cheney, han afirmado que la “guerra contra el terrorismo” podría durar hasta bien entrado el siglo xxi (Cheney sugirió que se prolongaría más allá de su propia muerte)24. La guerra perpetua no es, por supuesto, una opción viable para mantener una gobernabilidad global a largo plazo. Estados Unidos podría encontrarse en una situación de imperio sin precedentes en la era moderna. Sin embargo, tal como en el caso del imperio británico en el siglo xix, la seguridad del imperio norteamericano ahora depende de la expansión continua de su influencia. Siguiendo con la misma analogía, el golfo se ha transformado en el equivalente para Estados Unidos de lo que era el “Imperio Indio” para los británicos y cuya protección exigía una expansión imperial británica continua. De hecho, Estados Unidos está penetrando el sistema mundial de una manera más profunda y más intervencionista que en cualquier momento del siglo xx. Por el momento, el poder de Estados Unidos es tan grande que el militarismo podría funcionar durante algún tiempo. Pero significa que Estados Unidos se encontrará condenado a gastar lo que queda de su tiempo hegemónico, como policía del mundo, apoyando a regímenes autoritarios y construyendo un cercado de púas alrededor de sus propias costas. Además, con el tiempo, el militarismo probablemente generará contra-coaliciones de otras potencias igualmente implacables, haciendo realidad los temores más oscuros de la escuela “realista” de relaciones internacionales.
    Tal como en el caso de las clases dirigentes de Europa, cuyos excesos militaristas permitieron a Estados Unidos alcanzar su actual posición de hegemonía25, la actual casta dirigente de Estados Unidos, sin quererlo, bien pudiera estar acelerando las condiciones para su propio declive. De ser así, 1991 será visto como la fase culminante del ciclo, que duró todo un siglo, de desarrollo del imperio estadounidense, y no como su comienzo o su momento de maduración.

    Bibliografía

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    1 A diferencia del término “contención”, el término rollback fue acuñado por los estrategas estadounidenses en los años 50 para referirse a ciertas medidas que se tomaron para “hacer retroceder” a la Unión Soviética. La expresión más radical de esta política fueron las amenazas de ataques nucleares a la Unión Soviética formuladas en los años 50.

    2 Altos funcionarios de la administración Bush contemplan un ataque preventivo a Irán, entre otros países. Ver International Herald Tribune, 31-7-2002.

    3 La idea de un sistema mundial posmoderno es básicamente una concepción de las ciencias sociales eurocéntricas que surgió de la experiencia europea reciente de unificación, de transferencias consensuadas de soberanía y la profundización, aunque limitada, de transnacionalidad. Nunca se tomó en serio en Estados Unidos, donde prevalece la lógica de poder político del sistema interestatal westfaliana.

    4 “Primacía” es la palabra utilizada por los partidarios de la línea dura en la literatura estadounidense de relaciones internacionales y de estrategia.

    5 Las debilidades estructurales de Estados Unidos, su notoria posición como el mayor deudor del mundo, fueron atenuadas por su posición de poder como centro de una economía política occidental dentro de la cual Japón y Europa, amarrados por una prolongada dependencia estratégica, financiaron la expansión estadounidense. En términos tecnológicos, la revolución de innovaciones tecnológicas permitió a Estados Unidos minimizar la brecha que los separaban de Japón en el campo de la electrónica.

    6 Rob Kroes (1999) ha señalado que Estados Unidos: “Como en los días del Imperio Romano, se ha transformado en el centro de redes de control y comunicación que abarcan al mundo. Sus productos culturales alcanzan los rincones más apartados del mundo, comunicando estilos y opiniones norteamericanos en otras partes, mientras que en Estados Unidos hay una gran ignorancia sobre los productos culturales provenientes de más allá de sus fronteras”.

    7 Resulta difícil calcular el impacto de la difusión ubicua de la influencia cultural estadounidense en términos de poder. Mientras que indudablemente construye un piso de influencia, también genera reacciones por parte de identidades locales afectadas, tal como se evidencia tristemente en el caso de Ossama ben Laden.

    8 A pesar de los mitos de la Guerra Fría y la ilusión de una paridad nuclear, la Unión Soviética nunca logró una simetría real con Estados Unidos después de 1945 y nunca se encontró en una posición para desafiar el dominio estructural norteamericano, por lo menos sin destruirse a sí misma. El impresionante sector de tecnología avanzada de los soviéticos y la industrialización forzada de la época de Stalin enmascararon profundas debilidades estructurales.

    9 El expresionismo abstracto pretendía ser la encarnación de la modernidad. Más tarde, la fusión de cultura de consumo y arte masivas estadounidenses (Pop Art) construyó una lengua franca visual global que penetró gran parte del mundo durante la Guerra Fría, incluyendo regiones inmunes a la influencia política directa. Andy Warhol logró la última expresión de la hubris cultural norteamericana cuando transformó a Mao en un producto de consumo pop globalizado. El modernismo neoyorquino seguramente no jugó un papel explícito en el manejo ideológico de la Guerra Fría pero, al colocar a Estados Unidos a la vanguardia en las artes plásticas, efectivamente promovió una imagen de ese país que influyó en la misma dirección que las políticas de Guerra Fría de Estados Unidos. Ver texto de conferencia dada en: German Historic Institute, Washington D.C., del 25 al 27 de marzo de 1999.

    10 El internacionalismo liberal occidental ha sido visto a menudo desde el Tercer Mundo como una forma disfrazada de imperialismo, sobre todo por la implementación selectiva e hipócrita de principios democráticos. No se puede cuestionar la validez del argumento simplemente porque regímenes autoritarios lo han utilizado para justificar su confiscación de riquezas y poder.

    11 Después del asunto Enron y de la siguiente ola de escándalos corporativos en Estados Unidos, el “modelo” empresarial estadounidense ha perdido su legitimidad, debilitando un componente clave de la influencia hegemónica estadounidense de la pos-Guerra Fría.

    12 Hoy en día, la deuda externa neta alcanza 22% del PIB. Sobre la base de proyecciones lineares, ese porcentaje alcanzaría 100% a finales de esta década si no se logra revertir la tendencia. Revertirla significaría una reducción significativa del estándar de vida estadounidense.

    13 Casos obvios son la acción decisiva de la Reserva Federal frente al crack de la bolsa en 1987 y la intervención del Tesoro en la crisis del peso mexicano en 1994-1995. El gobierno estadounidense también jugó un papel crucial, aunque tardío, en evitar el colapso del sistema bancario mundial y en permitir que la liberalización pudiera seguir después de la “crisis financiera asiática” de 1997-1998 (aunque ya Asia oriental había sufrido el daño) (Golub y Marechal, 1998).

    14 Como parte de su política global de contención, Estados Unidos permitió que prosperaran el Estado de Bienestar europeo y el Estado desarrollista japonés y hasta los alentaron, a pesar de que, a la altura de los años 70, ambos se habían transformado en competidores efectivos de la industria estadounidense.

    15 Para captar algo del tono, se debe revisar el ataque de Condoleeza Rice contra las políticas de defensa de Clinton (Rice, 2000). La derecha estadounidense acusó a Clinton repetidamente de haber transformado al ejército norteamericano en “trabajadores sociales”.

    16 Ver Dana Milbank: International Herald Tribune, 21-11-2002, p. 1, donde la autora sostiene que George W. Bush domina el gobierno estadounidense de una manera no vista desde Franklin D. Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial.

    17 Ver Quadriannual Defense Review, Departamento de Defensa, Washington, 2002.

    18 Más de mil extranjeros, muchos residentes de Estados Unidos, fueron arrestados y mantenidos en secreto después del 11 de septiembre, sin cargos y sin acceso a un abogado. Cientos de prisioneros capturados en Afganistán y trasladados a Guantánamo de igual manera se encontraban despojados de la protección que les correspondía según las Convenciones de Ginebra. Mientras tanto, la mayoría de las restricciones legales a las operaciones de inteligencia, impuestas en los años 70, han sido abandonadas y la Casa Blanca está considerando otorgar a las fuerzas armadas un papel directo en la actividad doméstica y en la lucha contra el terrorismo.

    19 Ver “Military Role in US Gains Favor”, International Herald Tribune, 22-7-2002, p. 3.

    20 Ver “Unlimited powers”, New York Times, editorial, 8-8-2002.

    21 The Washington Post, editorial,12-8-2002.



    22 Declaración al Senate Armed Forces Committee, 21-2-1991.

    23 Estas citas tomadas del Defense Policy Guidance, 1992-1994, Department of Defense, Washigton, 2002; fueron publicados en la prensa estadounidense en 1992.

    24 Este discurso fue pronunciado días después del 11 de septiembre.

    25 El desplazamiento desde Londres hacia Nueva York, a comienzos del siglo xx, hubiera ocurrido aun sin las guerras interimperialistas. Por razones relacionadas con el incremento y la maduración de la capacidad productiva estadounidense durante las décadas de 1880 y 1890, Estados Unidos se encontraban en un camino ascendente mucho antes de la autodestrucción europea. La Primera Guerra Mundial simplemente precipitó una tendencia ya en curso y que se confirmó con el resultado de la Segunda Guerra Mundial: sonó la hora en el reloj histórico braudeliano y le tocó a Estados Unidos ser el centro de gravedad del sistema mundial moderno, es decir, occidental. Este desplazamiento que se inició en 1880 culminó en 1991 con la desaparición del último aspirante europeo a la hegemonía continental. Mientras que el militarismo e imperialismo europeos precipitaron su declive, Estados Unidos disfrutó de la circunstancia favorable de no tener que mantener un gran ejército permanente. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, las fuerzas armadas estadounidenses llegaron a 200.000 hombres, mientras que las de Francia, Gran Bretaña y Alemania alcanzaron cifras de millones.



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