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«De huertas y rebaños: perspectivas históricas y ecológicas sobre el papel de la ganadería en la agricultura andalusí»


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2.2. Sobre la (supuesta) disociación entre agricultura irrigada y ganadería

El segundo de los argumentos que de manera más directa ha contribuido a lastrar el estudio de la actividad pecuaria en al-Andalus ha sido la persistente y equívoca suposición que sostiene la contradicción que, aparentemente, existe entre su desarrollo y la práctica de la agricultura de regadío. El argumento de fondo puede resumirse básicamente en dos “incompatibilidades técnicas” que presenta esta actividad en un sistema de organización agrícola en el que la irrigación sea el factor determinante de la producción. De un lado, la fragilidad de los elementos técnicos del sistema (canales, surcos, caballones, etc.), fácilmente destruibles por la acción del ganado y, de otro, el carácter intensivo de la producción en la que no hay período de descanso en la tierra cultivada serían, así se ha señalado, condiciones difícilmente conciliables con la práctica ganadera (Trillo, 1999, 2004; Malpica, 2011).

En este sentido, resulta imposible ignorar que el regadío, entendido como la estrategia básica (que no única) de producción desarrollada por las comunidades campesinas andalusíes, impone unas rígidas condiciones sobre la organización del espacio agrario. Es sabido que este tipo de agricultura requiere grandes inputs de trabajo por unidad de superficie, lo que permite la explotación de unos espacios de trabajo agrícola altamente productivos (van der Veen, 2005). De resultas, las parcelas de tierra así cultivadas no suelen alcanzar unas dimensiones excesivamente amplias y tienden a localizarse a escasa distancia de las áreas de residencia, condiciones ambas necesarias para el buen desarrollo de las prácticas intensivas (escarda, labranza, rotaciones, abonado, etc.) asociadas a este tipo de agricultura (Jones, 2005). En cualquier caso, y aun contando con la existencia de una enorme variabilidad para ambos parámetros –por ejemplo, en contextos donde la influencia de los mercados urbanos fuese más profunda podría darse el caso de una mayor superficie dedicada a cultivos irrigados–, no parece arriesgado sugerir sin miedo a equivocarnos que el espacio que no estuvo explotado de manera directa, continua e intensiva en al-Andalus tuvo que ser, por fuerza, extenso. Luego, la presencia de campos de cultivo irrigados no debe entenderse, por sí misma, como un factor limitante para el desarrollo de la práctica ganadera dado el excedente de tierras potencialmente disponibles para el mantenimiento de las cabañas (Malpica, 2011).

Por tanto, el origen de esa supuesta disociación entre agricultura irrigada y ganadería habrá que buscarlo no en una contradicción práctica real entre ambas actividades sino más bien en una deficiente comprensión de la funcionalidad potencial que las características ecológicas de las regiones mediterráneas ofrecen para la puesta en práctica de mecanismos de diversificación productiva (vid. infra). De hecho, la oposición estereotipada entre ager y saltus, que en numerosas ocasiones ha derivado en la noción de la exclusión mutua entre agricultura y ganadería (Wickham, 1985), se invalida en las regiones mediterráneas por la naturaleza fragmentada de las múltiples microrregiones que la componen (Horden y Purcell, 2000). La imbricación de zonas con suelos cultivables y áreas imposibles de explotar agrícolamente (usualmente calificadas como “marginales”), característica fundamental de los paisajes mediterráneos, hace posible la explotación de ganado doméstico sin que la gestión de los recursos necesarios para su mantenimiento tenga que entrar necesariamente en competición con los destinados a la alimentación humana. La opción productiva ganadera permite así la explotación de unos espacios ecológicos de gran presencia en los paisajes de las zonas mediterráneas cuya biomasa sólo puede ser utilizada por los humanos a través de la dieta de los animales.

Por otro lado, es necesario señalar que, aunque menos estudiada, la agricultura de secano formó igualmente parte, junto a la de regadío, del diseño de la reproducción social de los grupos campesinos andalusíes, permitiendo una diversificación que incluye la posibilidad de articular agricultura y ganadería (Retamero, 2011: 40). Del estudio que J. Bermejo y E. García (2008) realizaron sobre las referencias al cultivo de gramíneas que aparecen en los tratados de agronomía andalusíes, se desprende la importancia del uso y aprovechamiento de la paja y las rastrojeras para la alimentación de los ganados. Así, la abundante presencia de términos como zar’, aplicado a las gramíneas cultivadas para el empleo de sus frutos y semillas como alimento de ganado (incluidos los cereales-pienso); naṣī, referido a pratenses de siega utilizadas como forraje en verde; o ḥalī, estas últimas una vez segadas y secas (henificadas), nos estarían indicando que el grado de integración entre ganadería y agricultura del que nos informan los mismos libros de agricultura analizados por Watson parece ser mayor del que éste reconoció. Sin embargo, la inclusión de campos de cereales fuera de los perímetros irrigados no creemos que sea la única solución productiva que permite la gestión de una cabaña ganadera sin que esta actividad se convierta en una especialización del alto riesgo, tal y como sostiene Retamero (2011) siguiendo a Watson (2007). De hecho, la agricultura de regadío, en lugar de suponer un límite a la explotación ganadera, debió favorecer el desarrollo de su práctica gracias a que permitió la producción de cultivos forrajeros que, en caso de necesidad, pueden ser igualmente consumidos por las comunidades humanas. Mediante el cultivo de especies propiamente forrajeras o el uso de leguminosas (tales como arveja, haba, alubia o lenteja) para el consumo animal, la irrigación permite paliar la falta de pastos naturales durante la época seca, uno de los argumentos centrales de la historia agraria mediterránea que ha dado pie al modelo clásico que sostiene el divorcio entre el sector agrícola y ganadero (Halstead, 1987, 1996; Hodkinson, 1988). Además, estas fuentes de alimento animal derivadas del cultivo de cereales, de plantas forrajeras (consumidas en verde o en seco) o de leguminosas, pueden ser provistas a los animales en cantidades pequeñas debido a que son altamente nutritivas, por lo que su rendimiento como alimento para los rebaños resulta ser extraordinariamente alto.

En definitiva, y para recapitular esta sección, encontramos serios problemas de fondo en los dos argumentos fundamentales sobre los que se ha construido esa visión de la historia agraria andalusí que sostiene el divorcio entre agricultura y ganadería. La aparente invisibilidad de la práctica ganadera en el registro documental, argumento que sirvió a A.M. Watson (2007) para proponer la disociación entre ambas actividades en al-Andalus, es más un producto de la naturaleza de las fuentes empleadas que un reflejo de estrategias agrarias puestas en práctica en el pasado. Los tratados de agricultura, aun siendo una fuente histórica de primer orden, minusvaloran ciertos sectores agrarios de enorme importancia en el marco productivo de cualquier economía rural, por lo que la conclusión fundamental del trabajo de Watson –recogida después por otros autores y aceptada, en ciertos casos, de manera acrítica– debe entenderse como el resultado de un análisis incompleto que tiende a sobreinterpretar una fuente parcial. Así mismo, el argumento que sostiene la supuesta contradicción práctica entre agricultura irrigada y ganadería tiende a reducir al extremo la complejidad de los sistemas agrarios desarrollados tradicionalmente en las regiones mediterráneas. Las dimensiones normalmente reducidas de los espacios irrigados; la flexibilidad de las estrategias productivas ganaderas (sobre todo de la ganadería a pequeña escala) que permiten la adaptación a unos parámetros ecológicos variables; o la posibilidad que ofrece el regadío para aumentar la cantidad de alimento disponible con el que mantener las cabañas ganaderas, son tres factores esenciales que permiten cuestionar la disociación taxativa entre agricultura irrigada y ganadería en el sistema agrario andalusí.




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