• El autor, doctor en Ciencias Económicas, escribió La economía del consumo posmoderno .

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    Crisis de la bulimia consumista




    Crisis de la bulimia consumista.

    Para LA NACION

    Por Daniel Montamat

    Quedará registrado como un terremoto financiero con centro en Wall Street, pero, en realidad, el crédito fácil, retroalimentado por algunos alquimistas de las finanzas, fue funcional a un frenesí de consumo que muchos interpretaron como un ciclo de eternas "vacas gordas". Esta crisis financiera es la crisis de la bulimia consumista.


    Si el análisis y el diagnóstico del colapso financiero ignoran la acción corrosiva de las preferencias posmodernas en los fundamentos del sistema capitalista, se corre el riesgo de agravar el problema y de propagar el virus. El consumo con características posmodernas predomina en las sociedades más desarrolladas, pero contagia todas las economías del planeta.

    La sociedad globalizada navega en confluencias interoceánicas, en las que se entremezclan preferencias económicas cimentadas en los valores de la modernidad con preferencias forjadas bajo la influencia de la cultura posmoderna. La disciplina económica, con cartografía de una economía anclada en las preferencias del consumo moderno, ha sido sorprendida por esta nueva irrupción abrupta de un colapso financiero en la cuna del capitalismo. Se avizora un nuevo ciclo de "vacas flacas" cuya duración y alcance nadie está en condiciones de pronosticar con certidumbre.


    En la descripción del problema, predominan los argumentos que hacen hincapié en las semejanzas con las crisis de los años 30. De allí el énfasis en no retardar la inyección de liquidez y en la urgencia de sanear las carteras bancarias, de manera de recuperar confianza para pasar a terapia intermedia, y rediseñar el sistema regulatorio, que otra vez fue permisivo a la formación de burbujas especulativas.
    El rastreo de los síntomas que derivaron en la crisis se remonta a las hipotecas subprime . Una financiera o un banco local ofrecían esas hipotecas a prestatarios deseosos de adquirir una vivienda o de cambiar la que tenían, aunque sus deseos no tuvieran reflejo en su flujo de fondos. Se adquirían y se vendían propiedades de la noche a la mañana. La fiebre compradora aumentaba el nivel de actividad de la construcción y se trasladaba a otros rubros del consumo.
    La retroalimentación del circuito quedaba a cargo de la ingeniería financiera. El prestamista local revendió las hipotecas a un intermediario, que armó un paquete con otras compras de hipotecas subprime . Esos paquetes de créditos hipotecarios a cobrar fueron partidos y vendidos como bonos corporativos a instituciones que querían obtener mayores rendimientos. Los pagos del comprador primitivo del inmueble se destinaban a cubrir el interés de esos bonos.
    El cortocircuito empieza cuando el prestatario original, que se había sobreendeudado, deja de pagar la cuota de la hipoteca. Sobreviene el colapso del mercado hipotecario, los bonos emitidos pierden valor, los bancos emisores pierden capital, se infecta el mercado inmobiliario y los bancos ya no saben qué valor tienen sus activos respaldados por hipotecas. Se generalizan las sospechas en el sistema y, contra las dudas, empiezan los retiros de fondos, la falta de liquidez y la contracción del crédito. La Reserva Federal y otros bancos centrales reaccionan, inyectando liquidez al sistema, rescatando algunas instituciones en cesación de pagos y permitiendo algunos ejemplos aleccionadores de quiebra para evitar la propagación del riesgo moral. Cuando se advierte el alcance sistémico del derrumbe, el Estado norteamericano, como último garante del contrato social, debe asumir la limpieza de los patrimonios bancarios con una operación de rescate que va a costar 700.000 millones de dólares (el Tesoro ya había puesto antes otros 300.000).
    La historia clínica estaría incompleta si no se relacionara la liquidez mundial de la década, el crédito fácil y la explosión de derivados financieros, con un consumo exacerbado irresponsablemente para prolongar un ciclo de "vacas gordas", al ignorar la influencia de las preferencias posmodernas.
    El consumo es consustancial al desarrollo capitalista y forma parte de la cultura moderna. El consumo agregado, como lo demostró John Maynard Keynes, es el más poderoso motor del crecimiento económico. Lo ha sido en todos estos años para la primera economía del mundo. El consumo posmoderno, sin embargo, tiene características poco exploradas y muy distorsivas.

    La sociedad moderna es una sociedad de consumo, pero de consumo instrumental. El patrón de consumo moderno evolucionó desde los albores del capitalismo hasta el presente. El paso del siglo XIX al siglo XX determinó un cambio de énfasis: de la ética protestante del trabajo duro y el consumo frugal se pasó al proyecto de autorrealización personal en el que, de la mano del marketing y de la publicidad, el consumo potenció sus atributos de identidad, imitación y ostentación (Veblen, Galbraith, Duesenberry).


    Pero detrás del consumo moderno siguen presentes premisas de utilitarismo que dan fundamento a decisiones racionales entre consumo presente o ahorro (consumo diferido).
    Es verdad que las necesidades de consumo fueron evolucionando de una escasez real (alimentación, vestido vivienda) a una escasez fabricada por el marketing o por los medios (tal marca, tal barrio, tal destino). El consumo austero original devino en consumo de uso, intercambio e identidad, pero sin abandonar su condición accesoria a un proyecto de realización personal. No olvidemos que las preferencias modernas se nutren en el ideal de progreso: el futuro será mejor que el presente. El consumo moderno responde al modelo de cálculo racional de flujo de fondos distribuidos en el tiempo (Modigliani).

    El consumo posmoderno, a diferencia del consumo moderno, es un consumo existencial. Es un consumo para "ser" que está asociado a la eternidad del instante de la cultura posmoderna. Tiene la naturaleza de los consumos adictivos. A semejanza del bulímico, el consumidor posmoderno no puede dejar de consumir, porque cada acto o percepción de consumo determina la necesidad de volver a consumir. En el consumidor adictivo, ya no juega la racionalidad consumo presente/consumo diferido, porque las preferencias que orientan su comportamiento se han modelado en la dictadura del presente característica de la posmodernidad.


    Desde la racionalidad moderna, uno puede reaccionar con indignación a esta variante de consumo existencial (vivimos en un mundo con 1000 millones en pobreza extrema que no pueden satisfacer sus necesidades básicas de consumo y en el que la presión sobre los recursos comunes del planeta se hace insostenible) y culpar a la organización económica vigente por los excesos de ciertas sociedades. Es una verdad a medias. Enancado en las preferencias forjadas en los valores de la modernidad, el capitalismo ha producido un desarrollo inédito. Pero los mercados capitalistas traducen en oferta y demanda tecnología y preferencias que proyectan valores culturales. Son los valores de la posmodernidad los que se traducen en preferencias por el consumo existencial o adictivo. Y es la teoría económica que racionaliza la organización económica capitalista la que deberá ajustar la cartografía para navegar las nuevas aguas y evitar otros tsunamis.
    La raíz de la crisis que hoy conmueve a la economía mundial hay que buscarla en la bulimia consumista que predomina en la sociedad americana, y a la que el resto del mundo fue funcional. Durante años, la economía americana consumió por encima de sus posibilidades al operar como comprador de última instancia de los excedentes comerciales del resto del planeta. China y otras economías emergentes financiaron con excedentes de ahorro un verdadero espectáculo de consumo posmoderno. Estados Unidos va camino a atravesar un "período de abstinencia", en el que el buen diagnóstico de lo ocurrido y las derivaciones prescriptivas que sobrevendrán deberán concentrarse en evitar un nuevo atracón bulímico.
    En el ajuste de los desequilibrios, el impacto recesivo será inevitable. Si el paciente americano se recupera sobre bases sólidas, mejor para todos, y para las posibilidades que el mundo recupere un nuevo ciclo de "vacas gordas" que perdure. La economía globalizada deberá incorporar a su curva de aprendizaje la lección de las distorsiones que producen las preferencias posmodernas; y, de ahora en más, habrá que cuidarse, tanto del contagio de los virus financieros, como del contagio del consumo bulímico.
    El autor, doctor en Ciencias Económicas, escribió La economía del consumo posmoderno .

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