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    Club de Lectura, 2013-2014 Luuk van middelaar


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    Club de Lectura, 2013-2014

    Luuk van MIDDELAAR. El paso hacia Europa. Historia de un comienzo. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2013
    Martin SCHULZ. Europa: la última oportunidad. RBA. Barcelona, 2013
    Debat el 15 de gener de 2014, amb la participació de Joan Majó

    Llibreria Alibri (c/Balmes, 26 ) a les 19 hores
    Per què aquests llibres?
    Persistim en la línia iniciada amb la lectura de “Una Europa alemana”, amb la intenció de aproximar-nos a una perspectiva europea per poder entendre millor la nostra situació i trobar criteris d'actuació adients.

    Ara, proposem la lectura de dos llibres que creiem que són complementaris i que ajuden a il·luminar la realitat de la Unió Europea, especialment en uns mesos importants que tindran en les eleccions al Parlament Europeu el seu moment culminant.


    Són dos llibres de característiques ben diferents. El llibre de Luuk van Middelaar és un text complexe que pretén desvetllar les claus del funcionament intern de l'entramat institucional de la Unió Europea. No és tracta, però, d'un llibre tècnic centrat en els mecanismes jurídics i constitucionals de la Unió , sinó que és un llibre polític, en el millor sentit del mot. És profundament polític, en la mesura que combina una mirada històrica amb un coneixement minuciós de les regles del joc i una observació aguda del comportament i les motivacions dels agents institucionals i individuals en presència. Aquesta complexitat fa que van Middelaar adopti una posició força allunyada d'un voluntarisme federalista -habitualment desmentit pel funcionament polític real de la Unió- com del catastrofisme euroescèptic -inclinat a predicar el final apocalíptic de l'experiment europeu-. Seguint Richar Rorty considera que per copsar alguna cosa nova, cal primer deixar de banda el que sabem i desfer-se dels conceptes existents. La capacitat per afavorir una perspectiva històrica és essencial per escapar d'aquestes dues posicions establertes. N'és un exemple força pedagògic, la metàfora del purgatori que utilitza van Middelaar (p.77-79) per caracteritzar l'articulació dels tres cercles que composen la complexitat europea, de manera que la política europea dirigida pels Estats membres vindria a ser una estadi intermedi (un purgatori) entre l'infern de l'àmbit geopolític exterior de guerra i violència i el paradís d'un prometedor espai interior integrat.
    El llibre de Martin Schulz és també un llibre polític, en tant que és una lletra de combat d'un polític europeu en actiu i a punt de lliurar la batalla electoral de les europees de 2014, com a candidat del Partit dels Socialistes Europeus. Ara bé, no ens trobem davant de l'habitual pamflet de campanya plagat de llocs comuns i de promeses que ofenen el bon sentit. Schulz exposa raonadament la seva visió d'Europa, partint de la vivència de la seva presa de consciència europeista i de la seva experiència política, especialment rellevant com a president del Parlament Europeu.

    Schulz afronta les crítiques més habituals sobre l'orientació i el funcionament de la Unió Europea relatives al dèficit democràtic, a la complexitat burocràtica, al desequilibri entre intergovernamentalisme i supranacionalisme i a la deriva neoliberal de les seves polítiques. Unes crítiques que accepta amb matisos, tot passant a descriure els costos del fracàs d'Europa i les conseqüències de la negació de la Unió Europea. I a proposar les reformes que creu necessàries per renovar profundament aquesta Unió, per fer possible un nou començament amb una democràcia europea enfortida i un model social posat al dia.


    Com és habitual adjuntem tot seguit algunes pàgines escollides (en aquest cas del llibre de van Middelaar), alguns materials (bàsicament entrevistes) per identificar millor els autors i el presentador, uns quants comentaris sobre els llibres (de Josep Ramoneda i José Ignacio Torreblanca sobre van Middelaar; del mateix Joan Majó i de Francisco Sosa Wagner i Alfons Calderón sobre Schulz). I finalement, una recopilació de tots els materials produïts pel Taller de Política sobre la Unió Europea.
    Pàgines escollides
    Prefaci de Luuk van MIDDELAAR a l'edició espanyola de El paso hacia Europa
    “Decidir la fecha resultó tan difícil como determinar el contenido del discurso. La declaración política sobre Europa del primer ministro británico que, de tan esperada, acabó deno minándose «El discurso», ya se había aplazado varias veces cuando en el número 10 de Downing Street descubrieron que el día elegido, el martes 22 de enero de 2013, iba a coincidir con el cincuenta aniversario del tratado de amistad franco-alemán. Irrumpir en una conmemoración tan sagrada podía convertirse en la afrenta diplomática que colmara el vaso. Adelantar un día el acontecimiento significaría tener que disputarse el protagonismo con la segunda investidura del presidente norteamericano, que esa misma semana había advertido a su colega británico que cortar los lazos con Bruselas no haría más que reducir la influencia de Londres en Washington. La elección del viernes 19 de enero, que parecía ser una fecha segura, y de un escenario en los Países Bajos (en concreto la capital Ámsterdam en vez de la sede gubernamental de La Haya, lo cual permitiría al primer ministro holandés, buen amigo suyo, mantener una distancia cortés)‍ se vio frustrada por una escalada terrorista en el norte de África que le obligó a aplazar de nuevo el discurso hasta el día 23. Llegado a ese punto, concluyó que una sala abarrotada en las dependencias londinenses de una agencia de noticias estadounidense también serviría para su propósito. Es decir, que incluso antes de que su líder hubiera pronunciado una sola palabra, al público británico le había quedado muy claro que cualquier intento de redefinir la relación de su país con el resto de Europa iba a estar sujeto a determinadas restricciones.

    Aunque éste no es más que el episodio más reciente de una larga historia que afecta a todo el continente y que continuará sin duda durante muchos años, las contradicciones y las cuestiones clave en torno a la Unión Europea se hacen particularmente patentes en el debate británico. ¿Para qué sirve Europa? Al parecer debemos elegir entre dos visiones: o bien se trata de un proyecto político, un sueño, una promesa de democracia, hasta cierto punto un fin en sí misma, un sentimiento; o bien simplemente de un mercado, un proveedor de servicios, un medio hacia un fin, algo puramente práctico. ¿O acaso la estamos analizando de un modo equivocado?

    ¿Qué es lo que impulsa a la Unión y por qué está avanzando? Algunos apuntan a una conspiración burocrática de Bruselas, otros a un reajuste pragmático en un mundo en rápida evolución, y aun otros a un impulso colectivo inconsciente. A ello se añade la relación cada vez más cargada entre la Unión y los pueblos de Europa. Los dirigentes políticos parecen a veces vacilar entre implicar a los votantes o evitar cualquier riesgo de desafío por parte del público. Algunos comentaristas defienden que las decisiones sobre el tamaño y la forma de los pepinos o sobre las cuotas de pesca de sardina pueden tomarse sin necesidad de todo el circo democrático, pero entonces ¿cómo es posible que estos asuntos sean el detonante de vehementes debates nacionales sobre la soberanía y la democracia, sobre el mantenimiento del control y la capacidad de decisión?

    La crisis de la zona euro, todavía viva en el momento en que este libro va a imprenta, ha exacerbado todas estas tensiones y ha hecho que sea más urgente que nunca entender mejor lo que está en juego y sus posibles desenlaces. Los banqueros y los inversores de Estados Unidos y China, los socios comerciales alrededor del globo, el mundo entero quiere saber cómo Europa va a superar esta prueba

    De acuerdo con la lógica binaria de los artículos de opinión, tendríamos que elegir entre los «Estados Unidos de Europa» y Eurocalypse Now. Unos articulistas argumentan que la turbulencia va a obligar a los Estados miembros a dar el «salto federal» que algunos desean tan apasionadamente; los otros afirman que la intensa actividad destinada a poner fin a la crisis simplemente marca el principio del final, los últimos fuegos artificiales antes de que caiga la noche sobre el Viejo Continente. El relato que sigue sugiere que no nos espera ninguno de estos dos destinos: ni una revolución, puesto que Europa es paciente; ni el desmembramiento, puesto que Europa es tozuda. La aventura de convertir un continente en una Unión, aunque impulsada por crisis y dramas, es un proceso lento que a menudo ha tomado derroteros que nadie había previsto. Quizá eso no debería sorprendernos. También Estados Unidos ha vivido innumerables giros, vuelcos, retrocesos, crisis y nuevos comienzos en su viaje desde 1776 hasta la actualidad.

    No cabe duda de que la experiencia reciente dejará hue- lla, tanto más por haber sido dolorosa. A partir de ahora, ningún ciudadano de la zona euro podrá ignorar que la mendacidad griega, la exuberancia española y la temeridad irlandesa pueden afectar sus perspectivas laborales, su jubilación o sus ahorros. Eso no sólo indica que las economías son interdependientes. En 2011, una votación sobre el euro en el parlamento eslovaco acaparó los titulares en toda Europa, al igual que un resultado electoral en Finlandia, el anuncio de un referéndum en Grecia y, un año más tarde, una sentencia del Tribunal Constitucional alemán y una decisión del Banco Central Europeo. En 2013, en todo el continente se siguieron con enorme interés tanto las elecciones nacionales en Italia, con un reparto formidable y con mucho en juego, como las de Alemania, el motor de la Unión. El descubrimiento de que todos los países del euro comparten un mismo destino crea sin duda tensiones, pero la voluntad política tanto de los dirigentes como de los pueblos de mantenerse unidos ha demostrado ser más fuerte de lo que muchos habían vaticinado –‍o de lo que alcanzan a explicar.

    Tal como se ha demostrado ampliamente en los últimos sesenta años, la Unión dispone de un pegamento político único. El material adhesivo es quizá invisible, pero funciona, e infravalorarlo puede significar tener que pagar un precio (en dinero real para quienes apostaron por el desmembramiento del euro en 2012 y perdieron cientos de millones de dólares)‍. Al hacer más palpables tanto la fuerza cohesiva de la Unión como sus contradicciones internas, los acontecimientos recientes nos ayudan a enfocar el futuro, en primer lugar aclarando malentendidos y reformulando los términos del debate. Hay dos elementos que saltan a la vista: las fuerzas motrices de Europa y la necesidad de aceptación por parte del público. Ambos están interrelacionados: la desconfianza de la gente hacia Europa ha sido avivada por la percepción de que los cambios que se le imponen son parte de una trama de Bruselas. A cualquiera que lea asiduamente los periódicos de su país, la política nacional le parece una corriente constante de sorpresas, reveses y escándalos, a menudo con resultados absolutamente imprevistos. Está claro para todo el mundo que, en un contexto democrático, muchas cosas no van según el plan previsto; muchas más de lo que podríamos temer o esperar. Europa, en tanto que club de democracias volátiles, funciona del mismo modo.

    Los impulsos surgen a partir de una serie impredecible de decisiones, tomadas a menudo por dirigentes nacionales en su forcejeo con los acontecimientos tanto de su país como del extranjero, que además se ven obligados a gestionar conjuntamente, a veces con reticencias manifiestas. Esta interacción política aporta una explicación más plausible que, por un lado, la seudo lógica de la teoría de la integración y la teleología federal y, por otro lado, la visión euroescéptica de un mundo lleno de conspiraciones malignas y planes de Bruselas para imponer un dominio extranjero. A partir del momento en que la vorágine griega se hizo evidente, a principios de 2010, se han esfumado certidumbres y violado tabús; se han cruzado líneas rojas y reescrito reglas. Arrastrada por la necesidad, espoleada por conflictos de intereses y choques entre culturas políticas sobre los que nadie ha sido capaz de presentar un plan general o una visión común, la Unión está enfrentándose al shock de formas profundamente instructivas.

    A veces funciona tirar del «freno de emergencia», pero es simplemente imposible hacerlo cuando la presión de los acontecimientos es extrema. En ese caso, es preferible intentar sacar partido de los cambios; incluso los británicos, a menudo tan inflexibles, han aprendido esa lección. Sea como fuere, a la mayoría de los países miembros les parece natural que Europa evolucione con el tiempo, una idea ya implícita en la célebre expresión, presente desde el principio, de que había que crear «una unión cada vez más estrecha». Cuando quiere rebatir esa visión, el único país europeo que no dispone de una constitución escrita invoca a menudo la letra del Tratado, mientras que para muchos países continentales lo que cuenta es el espíritu –‍un espíritu que como mejor se puede resumir es afirmando que «avanzamos juntos»–‍. Sin embargo, a la hora de «hacer cosas juntos», esa convivencia vagamente definida puede ser en momentos cruciales más importante que los asuntos concretos a tratar. O sea, que cuando los políticos británicos se quejan de que sus socios están «cambiando las reglas del club», están errando el tiro, puesto que Europa siempre estuvo –‍y está–‍ destinada a ser un club con reglas eternamente cambiantes.

    Y eso es por una buena razón. Ningún proyecto, ningún tratado puede anticipar la creatividad de la historia, y no digamos ya preparar una respuesta adecuada. La idea de los Estados fundadores de anclar Europa en un sistema de reglas, con la esperanza de que proporcionaran un determinado grado de civismo y de previsibilidad a las relaciones mutuas, fue un plan visionario tras la larga doble guerra mundial de 1914-1945. Las limitaciones de esta estrategia se revelan cada vez que surgen nuevos retos y que los Estados miembros sienten la necesidad de afrontarlos de forma conjunta. He aquí el origen de la tensión, en el transcurso de las últimas seis décadas, entre el deseo de anclaje y la necesidad de abordar los cambios. Ello explica por qué Europa es un club al que le en- cantan las reglas pero que no cesa de adaptarlas.

    Una simple ojeada al pasado de la Unión muestra lo improbable que es haber llegado al punto en el que nos encontramos hoy. Esta observación tiene enormes implicaciones sobre el modo en el que enfocamos su futuro. En la actualidad no nos hallamos en un período de flujo tras el cual las aguas van a volver a su cauce. El cambio económico y tecnológico a escala global, las transformaciones en el paisaje geopolítico, la marcha de los pueblos vecinos hacia la igualdad democrática; todas estas tendencias graduales pueden tener repercusiones repentinas. Los acontecimientos seguirán generando sorpresas y habrá que hacerles frente de un modo u otro.

    Ello nos lleva al segundo tema sobre el que hay que reformular los términos del debate: la necesidad del apoyo público. En términos generales, los tres objetivos principales de la cooperación europea en los últimos sesenta años han sido la paz, la prosperidad y el poder. Todos los Estados miembros suscriben cada uno de estos tres fines, si bien con di- versos grados de intensidad. Según la época se ha puesto mayor énfasis en uno u otro aspecto; es bien sabido que el motivo de la paz, decisivo en el momento fundacional pos- terior a 1945, ha perdido peso en Europa Occidental, mientras que el reto de actuar conjuntamente en un mundo globalizado ha ganado importancia. Pero también existen diferencias entre los Estados: algunos países han puesto el énfasis en los motivos económicos, concentrándose en el crecimiento y la prosperidad, mientras que a otros parecían atraerles más los objetivos políticos de la estabilidad continental, el afianzamiento de la democracia y la influencia de Europa en el mundo. No siempre es posible establecer una distinción precisa entre los dos, algo que se ha confirmado con la crisis de la zona euro: la decisión de Berlín de evitar que Grecia abandonara el euro estaba motivada tanto por preocupaciones de orden financiero como político. Además, el objetivo económico de la prosperidad también requiere medios de carácter eminentemente político, incluido el arte de convencer al público

    La ventaja de retratar Europa como un medio práctico, una herramienta para conseguir resultados, es obvia: se reduce a un aparato tecnocrático, por lo que todos tendríamos que poder ponernos de acuerdo. El componente político está enmascarado. El mercado único –‍especialmente preciado por los británicos, los holandeses y los escandinavos–‍ es la piedra de toque de ese enfoque pragmático. A primera vista un mercado muestra similitudes con algo tan inofensivo como una unión aduanera o una zona de libre comercio. Sin embargo, la realidad es que construir un mercado, a diferencia de crear una zona de libre comercio, requiere continuamente nueva legislación que, aunque predominantemente técnica, a veces conlleva tomar decisiones profundamente políticas. ¿Quién determina las reglas de privacidad de los consumidores en la economía de internet europea? Si una familia británica se muda a Francia para abrir un bed and breakfast, ¿tendrán tanto los padres como los niños acceso a los hospitales y las escuelas locales? ¿Y qué suerte les espera a los ciudadanos polacos o lituanos en el Reino Unido? Si existe un mercado europeo para los servicios financieros, ¿quién tendrá que pagar cuando un banco quiebre? Los británicos abandonaron las primeras negociaciones sobre el mercado, en 1955, precisamente a causa de estas implicaciones políticas. Un mercado no es una fábrica que produce resultados («apriete el botón del crecimiento»)‍; es más bien un terreno de juego para los intereses económicos cuya forma viene definida por decisiones y opciones políticas que a menudo son el resultado de negociaciones y conflictos encarnizados.

    Aquí es donde empiezan los problemas: ¿cómo puede un gobierno conseguir apoyo público para una legislación sobre el mercado si sabe que los socios pueden votar mayori- tariamente en contra? Al fin y al cabo, en la Unión las batallas políticas se libran tanto dentro de los países (entre la industria y los sindicatos, por ejemplo)‍ como entre países (por ejemplo entre los que abogan por el proteccionismo y los que priorizan las importaciones baratas)‍. Aun cuando casi todas las decisiones europeas se presentan como soluciones transaccionales, seguramente se producen situaciones en las que un país resulta claramente perdedor. Pero ¿cómo hay que explicar esto de vuelta a casa

    Comparemos esto con la política a nivel nacional. Cualquier gobierno –‍el de Polonia, pongamos por caso–‍ toma cada día decisiones que pueden ser impugnadas en gradacio- nes diversas por los partidos de la oposición, o que pueden no ser del agrado de muchos votantes, o que incluso pueden sus- citar protestas o huelgas. No obstante, por regla general, incluso los manifestantes aceptan la legitimidad del gobierno polaco en sí mismo. Quizá desean que el primer ministro dimita mañana mismo, pero seguirán considerándolo «nuestro (exasperante)‍ primer ministro» y seguirán refiriéndose a «nuestro (decepcionante)‍ parlamento» y a «nuestras (malas)‍ leyes». La identidad política supera el desenlace del proceso político. Está claro que éste es el punto débil en el caso de Europa. Poca gente considera que las decisiones europeas son «nuestras» decisiones o que los políticos europeos son «nuestros representantes». (Es significativo que, en la mayor parte de los países, «nuestro comisario» se refiere únicamente al compatriota entre los comisarios europeos, mientras que los miembros del Parlamento Europeo se consideran a menudo como representantes de «Bruselas» más que como «nuestros» portavoces en el exterior.)‍ Y sin embargo es precisamente ese sentimiento de propiedad –‍increíblemente difícil de entender, y no digamos ya de crear–‍ lo que se necesita para conferir legitimidad a las decisiones conjuntas. Los resultados son importantes, pero por sí solos no bastan, porque es posible que después de una buena temporada vengan malos tiempos y porque las decisiones son a menudo producto de una batalla política. Ésa es una de las razones por las que la ausencia de un veto nacional hace que el desafío sea mayor.

    Un primer paso indispensable a la hora de reformular los términos del debate consiste en reconocer que Bruselas no es el principal escenario del juego europeo. La política europea se desarrolla entre los gobiernos, los parlamentos, las jurisdicciones y los ciudadanos de todos los Estados miembros. En última instancia, el círculo de los miembros es anterior a la Unión. No se puede reducir Europa a dos quilómetros cuadrados de edificios en Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo.

    El presente libro es una versión actualizada del que se publi- có en neerlandés en 2009. Se podría pensar que la tormenta que ha hecho estragos desde entonces iba a obligar a rees- cribirlo desde cero, pero la forma en que Europa ha respondido a los acontecimientos y las principales sacudidas constituyen precisamente el tema central del libro. En este sentido, la crisis del euro ha sido una «prueba con fuego real» que ha arrojado más luz sobre el componente político de la Unión que este estudio pretende describir.

    En mi relato he procurado evitar tomar partido. En mi opinión, la mejor filosofía política es la que predicaban Maquiavelo, Locke, Montesquieu y Tocqueville: no un pensamiento normativo con pretensiones universales, sino una reflexión sobre la política basada en la experiencia, a menudo personal, de cada época.

    Da la casualidad que tengo la ventaja de ser testigo de los últimos episodios desde un punto de vista privilegiado. En enero de 2010 renuncié al estatus de autor independiente para convertirme en el redactor de los discursos del primer presidente permanente del Consejo Europeo. Observé la montaña rusa griega desde el inicio, a la que siguieron cambios de gobierno en Dublín, Roma y París, negociaciones nocturnas entre los dirigentes y banqueros europeos para ver quién iba a ser el primero en pagar por Grecia (los banqueros perdieron la partida)‍, la saga de la detención de Dominique Strauss-Kahn en el momento en que emprendía vuelo hacia Berlín para hablar sobre el euro con la canciller alemana, grises directores de los bancos centrales que se despertaron un día y se encontraron con que la prensa los había convertido en superhéroes, y la noticia de que «un acrónimo había ganado el Premio Nobel» (en palabras del viceprimer minis-ro británico)‍: han sido años llenos de acontecimientos. En el momento de escribir el presente prólogo están por ocurrir muchas más cosas; ha remitido la amenaza de que Grecia abandone la zona euro, ha hecho su aparición la de la salida británica, y las elecciones europeas de mayo de 2014 prometen ser fascinantes.

    Mi primera estancia en Bruselas supuso un impulso en mi educación política. Los códigos implícitos, los dobles o triples sentidos que se esconden tras cualquier frase o acto, las rivalidades institucionales, las batallas para asegurarse una silla en una determinada mesa de negociaciones, las filtraciones a la prensa, el juego del tiempo y los aplazamientos...; para captar la importancia de todas esas cosas, había que estar allí, sobre el terreno.

    Me llamó la atención el hecho de que la Comisión, en sus folletos y campañas informativas, se dirigiera a un público imaginario de «ciudadanos europeos» sin esperar ningún tipo de respuesta. Los referéndums sobre el tratado constitucional que se celebraron en Francia y los Países Bajos en 2005 me permitieron analizar los efectos de esta negligencia en el trato del público desde una perspectiva distinta. En aquellos momentos trabajaba de asesor político del parlamento neerlandés. Entre los parlamentarios de La Haya observé una tendencia predominante a considerar a la Unión Europea como un poder de ocupación, lo cual reforzó mi convicción de que la batalla por el público debería ocupar un lugar central en cualquier relato sobre la política europea. La falta de interés en el tema se debe en parte al modo en que se escribe y se habla sobre Europa. Por eso decidí evitar cualquier jerga. El lenguaje especializado no sólo permite esconderse tras palabras vacías (que ya de por sí es muy grave)‍, sino que a menudo hace las veces de pantalla de humo, encubriendo más que explicando las jugadas políticas y los juegos de poder. Por lo tanto, exceptuando algunas citas y las notas del final del libro, el lector no hallará todos esos confusos acrónimos que caracterizan a los manuales jurídicos y políticos. En vez de escribir UE, hablaré de la Unión, y así sucesivamente.

    La decisión de evitar la jerga especializada no se debe solamente a que prefiero hablar sin rodeos. Es parte de un intento de escapar al control de los conceptos existentes y desarrollar nuevas herramientas. Cuando comencé a escribir intuía que la narrativa y los análisis de Europa existentes pasaban por alto algo esencial. De alguna manera, parecía como si faltara su existencia política. Pero ¿cómo podía presentar esa existencia sin caer en la trampa de seguir las líneas de pensamiento habituales? Para descubrir algo nuevo, primero hay que dejar de lado lo que ya se sabe. Un ataque frontal a los conceptos existentes probablemente no haría más que reforzarlos. El filósofo norteamericano Richard Rorty escribió que la filosofía interesante generalmente es «una controversia entre un vocabulario arraigado que se ha convertido en un estorbo y un vocabulario nuevo a medio formar que promete vagamente grandes cosas». Lo que dice a continuación resume perfectamente mi motivación: «No voy a presentar argumentos contra el vocabulario que quiero sustituir. En lugar de eso, voy a intentar hacer atractivo el vocabulario que quiero promover mostrando cómo utilizarlo para describir una serie de temas».

    La llave para escapar de la prisión del lenguaje existente está en la experiencia. Por eso he mirado hacia el pasado, hacia los fundadores y hacia quienes han trabajado en la Europa política: líderes nacionales, ministros, diplomáticos, parlamentarios, funcionarios y jueces. Sus experiencias afloran en discursos y debates, en sus memorias y en incidentes transmitidos por periodistas e historiadores. También he recurrido a mis observaciones y a conversaciones inestimables con muchos de sus participantes. A los ochenta y nueve años, Adenauer, el antiguo canciller alemán, reconoció que «la experiencia guía el pensamiento y la actuación; no hay nada que pueda sustituirla, ni siquiera la inteligencia innata, y aún menos en política». La política es el medio a través del cual las sociedades intentan contro- lar el interminable devenir de la historia. Por consiguiente, no se puede entender fuera del tiempo o de la experiencia del tiempo; de la presión de los acontecimientos, la simul- taneidad de exigencias en conflicto, los momentos de crisis, la tentación de aplazar. El término «paso» que aparece en el título del libro ayuda a evitar términos gastados como «integración» y «construcción», pero también sirve para introducir una dimensión temporal: evoca movimiento a través del tiempo y en determinada dirección y acentúa una analogía entre las metamorfosis de la Europa política y los «ritos de paso», las ceremonias que garantizan la continuidad simbólica en los momentos de transición en la vida de un individuo (nacimiento, bautismo, matrimonio, coronación...)‍. De ahí el hincapié en formas intermedias como el umbral, la puerta, el puente, en los nombres y los cambios de nombre, y en la importancia de distinguir entre un paso y un salto.

    Muchos de los debates teóricos que encontramos actualmente en la literatura sobre el tema caen en una trampa del lenguaje, razón por la cual este libro prefiere partir de la pregunta clásica de «qué es la política». Examina tres formas de política: la toma de decisiones y la aplicación de la ley (Primera parte)‍, la capacidad de actuar en la contingencia del tiempo (Segunda parte)‍ y el intento de vincular a los gobernantes con la gente (Tercera parte)‍. Europa se analiza en tanto que ejemplo ilustrativo. Temas de moda como la oposicion entre «poder duro» y «poder blando», las sutilezas de la «gobernanza a varios niveles» o la profundidad del «déficit democrático» no tienen aquí mucha cabida. Me concentro más en categorías clásicas tales como la fundación, el cambio, la representación, la legitimidad, la responsabilidad, los acontecimientos y la libertad. Aunque el tratado y las instituciones tienen obviamente un papel importante, éste no es el trabajo de un jurista o de un politólo- go, sino un libro escrito por un filósofo e historiador de lapolítica, convencido de que la esencia de la política radica en su relación con el tiempo.



    Una liebre disecada no nos puede explicar cómo encontró comida ni cómo saltaba por el bosque ni cómo huyó de un zorro. A quien intente entender el desarrollo y el funcio- namiento de un sistema político, las gráficas y los diagramas válidos en un momento determinado tampoco le van a decir gran cosa. Evidentemente que podemos decir «aquí está el morro y aquí las patas», o bien «aquí están los electores y aquí el tribunal», pero eso significaría pasar por alto las motivaciones que hacen que la vida sea tan fascinante, esa sucesión interminable de acontecimientos y encuentros que nos obligan a actuar”.


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