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Carmen Madorrán Ayerra Madrid, 15 de julio de 2013


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Carmen Madorrán Ayerra

Madrid, 15 de julio de 2013



La estrategia de los consumos colectivos en la transición ecosocialista

Depuis 1936 j'ai lutté pour les augmentations de salaire. Mon père avant moi a lutté pour les augmentations de salaire. Maintenant j'ai une télé, un frigo, un VW. Et cependant j'ai vécu toujours la vie d'un con. Ne négociez pas avec les patrons. Abolissez-les.

Desde 1936 he luchado por subidas de sueldo. Antes de mí, mi padre luchó por subidas de sueldo. Ahora tengo una tele, un frigorífico y un Volkswagen. Y, sin embargo, he vivido siempre la vida de un gilipollas. No negociéis con los patrones. Abolidlos.

Célebre pintada del Mayo francés.



  1. ¿Por qué retomar la pregunta por la vida buena?

Preguntas tan relevantes para cualquier comunidad humana como ¿es posible vivir de otro modo? o bien, ¿cómo podemos organizarnos mejor?, han sido planteadas a lo largo y ancho del planeta y fundamentalmente han adquirido importancia en épocas en las que los modelos existentes mostraban de forma más evidente sus carencias. Hoy vivimos, qué duda cabe, uno de esos momentos, y la búsqueda de las tan necesarias alternativas reaviva una preocupación clásica: la pregunta por la vida buena, por el arte del buen vivir.

Esta pregunta fundamental, ¿cómo vivir bien?, asume que hay vidas “mejores” que otras, tratando de ver cuáles son los puntos comunes a las muy distintas formas de vida buena. La preocupación por la vida buena nos conduce por tanto a la consideración de un grupo de necesidades que habría que proporcionar a todos los seres humanos, entendiendo por necesidades –en sentido amplio- todas aquellas condiciones objetivas imprescindibles para la realización de una vida humanamente digna (que puede vivirse, por supuesto, de muy distintas formas).

En este debate encontramos diversas teorías y propuestas sobre cuáles son esas necesidades que podemos hallar en cualquier comunidad humana y en cualquier tiempo. Por un lado, tenemos la formulación clásica de Maslow, Max-Neef quien propuso una matriz de nueve necesidades básicas; la teoría de las necesidades humanas de Len Doyal e Ian Gough, entre otros, que se preguntan por qué es lo que necesitan los seres humanos para alcanzar una vida buena, y responden distinguiendo entre necesidades básicas -salud y autonomía- y un listado de once necesidades intermedias; el enfoque de las capacidades desarrollado especialmente por Martha C. Nussbaum, que se pregunta qué son capaces de hacer y de ser las personas, y propone diez capacidades funcionales humanas centrales; finalmente la teoría de los bienes básicos de Robert y Edward Skidelsky, quienes se preguntan por cuáles son los bienes son básicos para que sea posible la vida buena y nos proponen una lista de siete bienes universales, finales e indispensables1.

Todas ellas comparten en mayor o menor medida tanto la importancia de la pregunta por la vida buena, así como un enfoque universalista en lo que al acuerdo sobre las necesidades, bienes o capacidades centrales se refiere, aunque cada uno proponga su listado y agrupación. También comparten las exigencias morales que se derivan de la existencia de dichas necesidades básicas universales, para con los seres vivos presentes y futuros.

Vivimos sin embargo en un sistema que sostiene que el crecimiento de la riqueza de una nación conlleva el aumento del bienestar de su población, y esto es falso: desde los años sesenta se llevan haciendo grandes y fundadas críticas a la relación entre el desarrollo humano y el crecimiento económico –en los términos en los que se mide actualmente, sin considerar efectos sociales ni ambientales-. En este sentido, Max Neef proponía ya en 1995 la “hipótesis del umbral” para referirse a que llegados a un punto de crecimiento económico y de consumo, el bienestar humano comienza a disminuir, no continua aumentando a la par que el crecimiento económico; es decir, a partir de determinado umbral, las consecuencias sociales y ambientales del consumo impactan reduciendo el nivel de bienestar, y el desarrollo económico parece entrar en contradicción con los intereses del bienestar humano.

De este convencimiento partieron las propuestas -que tienen ya varias décadas- de emplear distintos índices para poder aportar datos sobre bienestar humano. Frente al índice del PIB, que atiende exclusivamente a la faceta económica del bienestar humano, encontramos propuestas como los Índices de desarrollo humano, de desarrollo humano relativo al género, de sustentabilidad, o el Índice de Bienestar Económico Sostenible (ISEW), “que corrige la medida económica convencional del gasto en consumo personal considerando una variedad de factores sociales y ambientales como la distribución del ingreso, la contribución de las actividades no-monetarizadas, el agotamiento de los recursos naturales, el daño ecológico de cualquier tipo, y la acumulación de los llamados gastos mitigatorios o defensivos2.

Frente a la economía convencional que iguala el aumento del consumo con el aumento del bienestar debido a que “trata todas las necesidades como preferencias que se expresan (idealmente) en valores monetarios determinados en los mercados abiertos”3, partimos –de acuerdo con Jackson y Marks- de la consideración de que hay una serie de necesidades humanas básicas, que podemos identificar, y a las que se puede atribuir un carácter universal.

Podemos describir las necesidades como aquellos objetivos que de no ser satisfechos provocan un daño grave o perjuicio, mientras que los deseos son objetivos derivados de las preferencias de cada individuo y de su entorno cultural. Es muy importante distinguir bien entre necesidades o bienes básicos en el sentido que hemos dicho y deseos. Las necesidades básicas o esenciales persiguen un fin sin el cual desaparecería lo humano. “Lo necesario es aquello que, cuando falta, nos daña; y ello de modo objetivamente comprobable”4. Por tanto, podemos afirmar que las necesidades son objetivas –aunque su satisfacción no lo sea-, son finitas, pocas, y universales; son aquellos factores indispensables para la integridad de los seres humanos. Frente a ellas los deseos son subjetivos, y pueden crecer ilimitadamente.

Joaquín Sempere considera que la diferencia fundamental es que las necesidades se ligan a la autorreproducción –ya sea física o moral- de la vida del sujeto, mientras que los deseos no. Entre los deseos, a su vez, podemos distinguir los legítimos y los ilegítimos, siendo los legítimos aquellos que no impidan la satisfacción de las necesidades de otros humanos, como propone Mario Bunge. A esto se han referido otros autores como principio de precedencia: las necesidades de un ser humano o grupo de ellos tienen prioridad sobre las preferencias y deseos de cualquier otro ser/grupo humano. En este sentido, Jorge Riechmann propone que “las necesidades deben tener prioridad sobre los deseos porque causar daño es peor que no conceder un beneficio (prioridad de las obligaciones morales negativas sobre las positivas)”5.

Por su parte, Marcuse distingue entre necesidades verdaderas y falsas en lugar de entre necesidades y deseos, pero viene a decir algo muy similar. Necesidades falsas serían las que son impuestas a los individuos, para su represión, por intereses sociales. Independientemente de si satisfacer estas necesidades falsas es agradable para los individuos, para lo que realmente sirve es para impedir que reconozcan el sistema injusto en el que viven y la posibilidad por tanto de que intenten acabar con él. La consecuencia de esto es, en palabras de Marcuse “la euforia dentro de la infelicidad”, y en este grupo de falsas necesidades se encontrarían la mayor parte de los deseos predominantes: actuar, vivir, ser tal y como los anuncios nos dicen.

En sociedades capitalistas como la nuestra, además, se potencia esta insaciabilidad de los deseos que tiene nefastas consecuencias ambientales, sociales y económicas, pues agrava la desigualdad entre ricos y pobres tanto dentro de los países enriquecidos como a nivel global.

Estas necesidades [creadas, o deseos] tienen un contenido y una función sociales, determinadas por poderes externos sobre los que el individuo no tiene ningún control; el desarrollo y la satisfacción de estas necesidades es heterónomo. No importa hasta qué punto se hayan convertido en algo propio del individuo, reproducidas y fortificadas por las condiciones de su existencia; no importa que se identifique con ellas y se encuentre a sí mismo en su satisfacción. Siguen siendo lo que fueron desde el principio; productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren la represión6.

Deseamos algo no por sí mismo sino porque proporciona prestigio, reconocimiento, nos da cierto estatus. Dentro del consumo competitivo buscamos adquirir al menos los mismos bienes que el resto, a estos bienes podemos llamarlos bienes “de subirse al carro”; aunque también podemos encontrar los bienes o productos “esnob”, que tratan de satisfacer el deseo de diferenciarnos; o bienes “Veblen7”, que son aquellos que se desean sólo por el hecho de ser reconocidos como caros. En la carrera interminable hacia esos bienes posicionales, lo que alcanzamos pierde gran parte de su valor por el mero hecho de haberlo conseguido. Nos comportamos como un niño maleducado que quiere un juguete determinado con toda su ansia, pero cuando lo tiene, tras un periodo corto de disfrute, lo deja de lado y quiere con toda su ansia, otro.


  1. El consumo como elemento esencial en la crítica al modelo capitalista:

El consumo es una parte central de la vida en nuestras sociedades, forma sin duda alguna, parte de lo que nos define ya que se ha convertido en una vía para expresar la identidad social. Como señala Santiago Álvarez, el consumo como “acto de auto-representación y auto-afirmación mediante el cual los individuos buscan diferenciarse de determinados grupos al tiempo que ansían identificarse con otros”8.

Hemos definido en gran medida lo que somos en función de lo que tenemos, sustituyendo en la práctica la identidad de ciudadano por la de consumidor. Se ha producido otra perversión en este sentido, y es que no sólo se podría decir que consumo luego existo –pues quienes no consumen es porque no pueden y están en situaciones de marginalidad- sino que se ha interiorizado que el consumo es una de las mayores expresiones de libertad posibles. Como señala Marcuse:

[L]a gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido […]. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades súper impuestas no establece la autonomía; sólo prueba la eficacia de los controles9.

No solamente no somos más libres pudiendo elegir qué consumir, sino que ni siquiera somos conscientes de que la mayoría de nuestros deseos nos vienen dados, han sido generados por el sistema, y de que muchos de ellos los vivimos como verdaderas necesidades cuando están lejos de serlo. Un ejemplo para ver más claramente esto lo encontramos en la historia reciente de Gran Bretaña: un estudio realizado a finales de los años noventa por Tim Jackson y Nic Marks nos muestra que entre 1954 y 1994, el consumo por persona que más ha aumentado ha sido el de recreación y diversión, que ha aumentado un 400%, seguido del de los aparatos domésticos con un aumento del 385%, la comunicación (341%), los viajes (293%); mientras que los incrementos más pequeños por persona se han dado en libros, periódicos y educación, con sólo un 14%, y alimentación, con un 29%.

Llama particularmente la atención lo sucedido con la alimentación en contraposición con la ropa, pues mientras que el pequeño incremento del gasto en alimentación (29%) era esperable porque en 1954 “el consumo de alimentos por persona del país ya había alcanzado el nivel necesario para cubrir la necesidad de subsistencia”10; el gasto en ropa en los mismos cuarenta años aumentó más del 200%, cuando ya en 1954 estaba cubierta también la necesidad de protección. Encontramos llamativa y casi característica de nuestra sociedad esta tendencia a intentar satisfacer necesidades no materiales –como son el reconocimiento, respeto, identidad, autonomía-, a través del consumo material, con las consecuencias sociales y ambientales que conocemos.

Esto sucede, en parte, porque el consumo es imprescindible para el sistema: “la circulación de mercancías es el punto de arranque del capital. La producción de mercancías y su circulación desarrollada, o sea, el comercio, forman las premisas históricas en que surge el capital”11. Pero sin duda no sólo hemos de pensar el consumo como un medio de reproducir el orden económico, sino el orden ideológico. El consumo y la sobreoferta producen parte del conformismo con el sistema, la sensación de que cuanto se necesita es seguir consumiendo. En este sentido, Baudrillard decía:

Hasta ahora, todo se había ordenado en torno a la tensión entre las necesidades y su satisfacción, entre los deseos y su consecución, y las posibilidades siempre quedaban muy por debajo de las aspiraciones; una situación crítica que ha dado pie a distintos conflictos históricos: reivindicaciones, revueltas y revoluciones. En la actualidad ocurre exactamente lo contrario. Las necesidades, los deseos y las aspiraciones ya no están a la altura de las posibilidades que se ofrecen desde el ámbito de la comunicación, la información, la movilidad o el ocio. La satisfacción inmediata supera con creces la capacidad de disfrute de un ser humano normal12.

La sobrepuja de la publicidad y de la televisión permanentemente encendida, la ingente cantidad de mercancías y fruslerías que tenemos a nuestra disposición nos permiten hablar de la anticipación de la respuesta a toda pregunta, de la aparición de necesidades creadas, o más bien de deseos infundados vendidos como necesidades. Todo ello genera un consumo individual, desenfrenado, con el único límite del poder adquisitivo necesario para comprar más. Los productos de consumo, en su mayoría innecesarios, son vistos como un premio por el que casi todo merece ser sacrificado: renunciamos al ocio en favor de largas jornadas de trabajo, y posponemos la felicidad en aras de la felicidad futura –como si se fuera acumulando en una caja para cuando llegue la jubilación y tenga mucho dinero (una caja que se parece cada vez más a un ataúd, aunque eso sí: cómodo, exclusivo y último modelo)-. Y mientras tanto suplimos la felicidad y su búsqueda presente por el consumo de objetos que nos llenen temporalmente, encontrando uno nuevo y mejor cada poco tiempo, y del que todos hablan-13.



  1. El consumo colaborativo como estrategia en la transición ecosocialista

Entendemos por tanto que es imprescindible un cambio en la forma de consumir por cuanto el consumo representa una parte central del sistema de producción de nuestra sociedad, además de ser también piedra angular de su reproducción como sistema ideológico. Nos encontramos ante un poder que altera hábitos y relaciones, produce y fomenta estilos de vida14 como el hoy imperante, entregado al consumo; un poder que tanto más pasa desapercibido, cuanto más ha sido naturalizado e interiorizado a través de las prácticas sociales como es precisamente el consumo15. Y así, operando de forma invisible, y podríamos decir que inconsciente para la mayoría, es aún más peligroso. Proponer un cambio en las formas de consumo y estilos de vida es imprescindible para ir trazando un camino que transite hacia otra sociedad no capitalista.

Otro motivo que hace indispensable este cambio en la forma de consumo es la doble crisis energética que padecemos, tanto por el lado de los sumideros (crisis climática) como por el lado de las fuentes (peak-oil y final de la era del petróleo barato). Esto nos sitúa sin asomo de dudas ante el horizonte de un cambio de sistema energético.

Sabemos que los actuales modelos de producción, desarrollo y consumo no son generalizables, y frente a ello, una de las posibles vías de salida se organizaría en torno a la idea de consumos colectivos. El capitalismo, por su propia dinámica, lleva hasta el límite la estrategia de individualización de los consumo, y esto se ha convertido en un poderoso factor de insostenibilidad.

Esta estrategia para la transición ecosocialista16, requerirá un consumo responsable socialmente (justo) y con el planeta, pues como acabamos de ver, las consecuencias de nuestra forma de producción, distribución y consumo ilimitado no pueden mantenerse en un planeta finito con recursos también finitos. El sobreconsumo y la sobreproducción del capitalismo conllevan inequívocamente un uso desenfrenado de energía, agotamiento de recursos naturales, desaparición de especies animales y vegetales, devastación de bosques, generación de residuos y contaminación; y en definitiva haciendo casi imposible la vida humana en el planeta. Como ya han señalado con acierto autores como Jorge Riechmann, encontramos tres esferas: la tierra, la sociedad y la economía, puestos del revés. Mientras que la economía –al servicio de unos pocos y sus intereses de enriquecerse- dirige la marcha de la sociedad sirviéndose del planeta y sus recursos como si fueran infinitos, proponemos poner la economía, como el resto de ciencias, al servicio de la sociedad en una vida respetuosa con el planeta en que habitamos.



    1. La propuesta del sistema: capitalismo verde

No parece existir demasiada discusión, al menos no una discusión interesante, en torno a la idea de que el crecimiento económico ilimitado resulta insostenible dado que es incompatible con los recursos biofísicos del planeta. Sin embargo, en lugar de asumir la necesidad de un cambio profundo en el modelo actual –algo que llevaría a su desaparición-, el sistema de producción capitalista ofrece soluciones. Una de las propuestas más extendida es el planteamiento de que el desarrollo tecnológico permitiría mantener o aumentar nuestros niveles de vida y bienestar material con una menor utilización de los recursos. De ahí concluyen la posibilidad de perpetuar el modelo de crecimiento constante de la producción, algo incuestionable para el sistema.

Esta idea de que un mayor desarrollo tecnológico genera un menor impacto medioambiental podría identificarse con la también falsa pretensión de asociar el incremento de la productividad laboral a una vida mejor. Las previsiones de Keynes sobre la reducción drástica de la jornada laboral como consecuencia del avance técnico no se han cumplido en absoluto, como muestran los estudios en los que se aprecia cómo en el último siglo la productividad por trabajador prácticamente se ha doblado, y sin embargo, la media de horas trabajadas por persona ha aumentado con respecto a 1970.

No conviene que perdamos de vista algo que ya habían apuntado pensadoras como Hannah Arendt, y es que el aumento de la productividad, que ha tenido un efecto enorme –ya señalamos cómo se ha duplicado la capacidad productiva de un trabajador en las últimas décadas-, no ha supuesto una mejora en la vida de las personas, no ha supuesto una reducción significativa de la jornada de trabajo (con todo lo que ello permitiría y facilitaría), sino en el aumento del consumo. La sociedad asalariada es una sociedad de consumo que ha pasado de “la producción para satisfacer las necesidades” al “consumo para dar trabajo a las personas asalariadas y hacer funcionar las industrias”17.

De la misma forma, diversos estudios teóricos y empíricos han demostrado que a pesar del gran desarrollo tecnológico experimentado y de que las mejoras en eficiencia en el uso de recursos han sido constantes desde el incipiente pre-capitalismo, el consumo global de recursos no ha parado de crecer desde entonces18. Podemos señalar dos grandes paradojas en este sentido: la paradoja de la eficiencia energética y la paradoja de Jevons. La primera se refiere al hecho de que, a pesar de las supuestas ventajas en términos económicos y ambientales de las medidas de ahorro y la eficiencia energética, los niveles de inversión en ellas no llegan al nivel que correspondería para los beneficios potenciales que conllevan. Es decir, existen barreras prácticas a la extensión e introducción de muchas medidas tecnológicas de eficiencia y ahorro energético. Entre las posibles causas de esta paradoja estarían los fallos del mercado o la falta de consideración de los aspectos relacionados con el comportamiento humano y social19.

Por su parte, la paradoja de Jevons llama la atención sobre el hecho de que se produzca un incremento del consumo de energía ante una mejora de la eficiencia energética. Se pone así en cuestión la eficacia real de las medidas tecnológicas ahorradoras de recursos en lo que se ha denominado efecto rebote. De esta forma, la mejora de la eficiencia energética no supondría la reducción de consumo prevista, hasta el punto de que en muchos casos acarrearía un incremento (ya sea individual o colectivo). Este efecto contradictorio se explicaría por el comportamiento de los consumidores ante el menor coste los servicios energéticos, que se traduce en más horas de utilización del servicio, mayor número de consumidores utilizándolo o una mayor calidad del mismo (efecto rebote directo); o en el hecho de que el ahorro monetario neto que supone la mejora se destina al consumo de nuevos bienes y servicios, cuya producción a su vez requeriría más consumo de energía, incrementando de manera indirecta el consumo energético global (efecto rebote indirecto).

Hay varios trabajos empíricos que confirman este efecto rebote. Como ejemplo, un estudio a nivel de la Unión Europea ilustra cómo el gasto energético necesario para construir un edificio de bajo consumo no se recupera hasta pasados más de cien años de vida útil20. En el mismo sentido, la Agencia Europea del Medio Ambiente ha señalado que el aumento de las emisiones coincide con el descenso de los requerimientos de combustible de los automóviles, contradiciendo la creencia de que “mayor eficiencia es igual a reducción de impacto”: los kilómetros recorridos aumentarán en los próximos años un 10-30% como resultado de la mejora de la eficiencia en el consumo de combustible de los coches21. Y como muestra del efecto rebote indirecto, resulta elocuente el dato de que desde la década de los noventa, el consumo energético de los hogares ha aumentado cinco veces por encima del crecimiento de la población debido principalmente al incremento del equipamiento doméstico22.

El problema radica en que las políticas públicas que pretenden orientar el consumo en un sentido de responsabilidad ecológica parten de la asunción de que la mejora en la eficiencia energética y el avance tecnológico conllevan necesariamente una reducción en el uso de los recursos y su impacto. Prueba de ello, en España, es el Plan VIVE (antiguo Plan RENOVE), que ofrece ayudas para la renovación de vehículos con el fundamento de que los coches nuevos producen menores emisiones por kilómetro. La bondad ambiental de dichos planes es muy cuestionable, ya que, aunque es cierto que los vehículos nuevos son menos contaminantes, también son más potentes; además, acortar la vida de un coche implica la fabricación de otros nuevos, con el coste ecológico que ello comporta. Un estudio reciente concluye que desde una perspectiva ambiental, retirar un vehículo de la circulación antes de los 20 años de vida útil, para sustituirlo por otro de menos emisiones no está justificado, mientras que actualmente los planes de este tipo sólo exigen a los vehículos una antigüedad de diez años. Además, hemos de considerar que los descensos en las emisiones por kilómetro de estos nuevos coches tienden a ser superados por el aumento de los kilómetros recorridos, al abaratarse el precio por menor uso de carburante y por el aumento de la cilindrada media de los coches.

Con los ejemplos anteriores hemos querido señalar que algunas de las soluciones propuestas desde las instituciones públicas y ciertas empresas como remedios ecológicos, en realidad no son tales. Además, queremos hacer hincapié en la falsa creencia de que podemos reducir en gran medida nuestro impacto en el planeta sin un cambio drástico en nuestras pautas de consumo. Sin embargo, es evidente que aquellas políticas que incorporen verdaderamente y con un efecto real la preocupación ecológica deben ser bienvenidas.



    1. La estrategia del consumo colectivo o colaborativo

Además de desenmascarar estos intentos del sistema, unos más burdos que otros, de que creamos posible casar el crecimiento económico, el aumento del bienestar humano por la vía de la eficiencia tecnológica, resulta importante plantear alternativas. En ese sentido, la estrategia de consumos colectivos o colaborativos permitiría reducir de forma muy importante los impactos ecológico-sociales de las economías actuales, sin merma de la satisfacción de las necesidades humanas esenciales, resultando comparativamente mejor tanto desde el punto de vista del impacto ecológico, como también desde el social y económico.

Son muchas las iniciativas en este sentido, que pasan por cuestionar el papel de algunos electrodomésticos y analizar estrategias colectivas que podrían aplicarse al uso de lavadoras, lavavajillas, pantallas de plasma, etcétera. También existen otras propuestas que se preguntan por cómo enfocar el uso de espacios colectivos como los de trabajo (coworking), casa (cohousing) o cómo planeamos los viajes (couchsurfing). En este sentido podemos entender propuestas como la apertura de talleres en cada barrio, lo que evitaría que en cada piso hubiera una serie de herramientas de bricolaje infrautilizadas, y lo mismo sucede con la infraestructura de dependencia, que se emplea ocasional o provisionalmente para niños, personas enfermas o ancianas, como son las sillas, cunas, bañeras para bebés y la ropa de los niños; las camas ortopédicas, los colchones especiales para los enfermos que pasan largos periodos en cama, las muletas, sillas de ruedas, etcétera.

Por lo que respecta a los niños y bebés, hay varias propuestas ya en marcha en nuestro país, tanto para alquilar juguetes (PIKATOY, lanzada en 2010); servicios especializados en aligerar los problemas de viajar con niños, alquilando cochecitos, bañeras o cunas para viajes (Babytravelling, Babybackbaby); servicios gratuitos de intercambio de ropa de segunda mano (Segundamanita, Elcochecitolere, Mipituso); y muchas páginas que ofrecen ropa de segunda mano a precios baratos (Grownis), otras en las que hay que intercambiar lotes con prendas de ropa (Trastus, Creciclando que incorpora también juguetes y otros artículos para niños), otras páginas que ofrecen ambas cosas: tienda on-line e intercambio (Bbcloset).

Se ha sugerido una técnica, el backcasting, para desarrollar propuestas de cambio en el consumo en seis ámbitos básicos que van desde la alimentación y los residuos hasta la movilidad, los usos del tiempo y la vivienda, entre otros. El backcasting es una técnica que comienza definiendo un escenario futuro deseable y construyendo hacia atrás qué políticas o acciones habrían de llevarse a cabo para conectar el presente con ese futuro23.

Sobre la alimentación los autores del artículo estaban de acuerdo en que la más deseable es la de temporada, local y proveniente de un modelo productivo basado en ciclos cortos tanto de producción como de distribución y consumo, que además a ser posible estén gestionados por cooperativas y en espacios colectivos de consumo. La alimentación, dentro de los ámbitos de consumo, “ha sido identificada como uno de los primeros aspectos que tiende a cambiarse cuando se realizan cambios en los patrones de consumo y estilos de vida hacia formas más sostenibles que permitan una transformación del modelo actual de producción-distribución-consumo”24.

En el estudio que realizaron, las propuestas más valoradas eran aquellas en las que se contaba con el impulso institucional de las administraciones, lo que supondría un giro en nuestro país ya que tanto las políticas agrarias y económicas priman hoy la producción intensiva a gran escala y la distribución a través de grandes superficies. Junto con este necesario cambio de políticas que no parecen estar demasiado cerca, señalan otras iniciativas que están creciendo en los últimos años, experiencias de articulación colectiva en el ámbito agroalimentario25.

Otra técnica muy útil en este sentido, no tanto para generar propuestas sino como para aportar datos sobre el impacto ambiental de cualquier producto o servicio, es el Análisis de Ciclo de Vida o “análisis de la cuna a la tumba”. Esta herramienta permite calcular el impacto potencial de cualquier producto, actividad o servicio teniendo en cuenta todos los elementos necesarios, cuantificando tanto los recursos necesarios para la fabricación del producto o de los elementos que intervienen en la actividad, como las emisiones ambientales asociadas al sistema que se evalúa.

En lo que respecta al transporte y la movilidad, resulta crucial proponer la reducción del uso del transporte privado en favor del transporte público o colectivo. Ello exigirá tanto un cambio en el estilo de vida de muchas personas, como un cambio institucional que fomente el uso del transporte público y desincentive el del privado. Esto puede hacerse subvencionando el transporte colectivo, invirtiendo en la ampliación y mantenimiento de sus líneas; y por otra parte, gravando con impuestos medio ambientales el uso del vehículo privado, además de las campañas de información y sensibilización necesarias. Al igual que en el ámbito de la alimentación, y ante la lejanía de las políticas en este sentido, la ciudadanía se está organizando dando lugar a propuestas interesantes sobre las que deberíamos reflexionar.

Se trata de las iniciativas de compartir coche, que han aumentado mucho en los últimos años. Por ejemplo, en septiembre de 2012 se creó en España la Asociación Española de Car-sharing –presidida por Pau Noy-en la que se agrupan las empresas que ofrecen este servicio en nuestro país: AvancarRespiroBluemoveSocial CarClickcarCochele e Ibilek. Se estima que son clientes unas 15.000 personas, mientras que en Alemania alcanzan ya unos 220.000, en Suiza alrededor de 100.000 y en Estados Unidos cerca de 700.000. Social Car ofrece un servicio de alquiler de coches entre particulares; Amovens se ocupa de los trayectos compartidos en coche “que buscan llenar los asientos vacíos con pasajeros que comparten recorrido”26. Los mayores operadores que ofrecen trayectos compartidos en coche en Europa son Blablacar con 3 millones de usuarios y Carpooling con 4 millones.

Un riesgo que corre este sistema de consumo colaborativo, especialmente porque su desarrollo precisa o se efectúa sobre todo a través de plataformas como internet, es que sean absorbidos, adquiridos o controlados en última instancia por empresas tradicionales. A ello apunta un inquietante artículo publicado en The Economist en marzo de 2012, en el que se señalan las nuevas posibilidades empresariales que ofrece esta “economía del compartir”, poniendo el ejemplo de alguien que ha comprado un coche sólo para alquilarlo, algo que contradice el espíritu de la propuesta de usar un coche entre varios en lugar de que cada uno tenga el suyo. También señalaba este artículo cómo “Avis, una empresa de alquiler de coches, tiene una participación en una [empresa] rival que ofrece compartir. Algo parecido ocurre con GM (General Motors) y Daimler, dos fabricantes de coches”27, a los que interesa vender sus coches nuevos, algo opuesto a la iniciativa en la que sin embargo están invirtiendo.

Percentil es otra de las empresas que ofrece en internet servicios de compra y venta de ropa infantil de segunda mano en perfecto estado, casi nueva, ropa de marcas reconocidas y un 70% más barato que en las tiendas, todo el año. En seis meses han comprado por encima de 45.000 prendas a más de 3.000 familias españolas y vendido cerca de 26.000. La empresa recibió en febrero de 2013 una inversión de 380.000 euros de la entidad de capital riesgo28 Cabiedes & Partners SCR y de tres inversores que pasaron a ser socios de la misma. Formada ya por 20 personas, su cifra de facturación supera los 40.000 euros al mes, y prevé facturar 250.000 euros al mes a finales de este año.

De la misma forma, la iniciativa del couchsurfing -literalmente “surfeando el sofá”-, también supuso un verdadero cambio en la forma de entender los viajes de muchas personas, e igualmente hemos de señalar cómo reaccionó el sistema ante tal éxito. La empresa Couchsurfing International, con sede en San Francisco, nació en 2004 como empresa sin ánimo de lucro que ofrecía una página web en la que usuarios de distintas ciudades pudieran ponerse en contacto y ofrecer su casa como alojamiento para el otro. Tienen más de cien mil usuarios en Estados Unidos, también en Canadá, en Francia, Alemania e Inglaterra, y tiene usuarios en 100.000 ciudades del mundo, aunque lo más sorprendente es el ritmo al que crece: en enero de 2012 tenía 3,6 millones de usuarios, en marzo de 2013 ha alcanzado los 6 millones. En el año 2011 pasó a ser una empresa con ánimo de lucro, lo que supuso la protesta de muchos de los usuarios, y tras varias inversiones millonarias, su capital social es hoy de más de 22 millones de dólares. La otra gran plataforma es Airbnb, empresa que nació en 2008, con ánimo de lucro, y a la que desde entonces han recurrido a ella más de 4 millones de personas–2,5 millones sólo en 2012-. A través de ella se pueden alquilar camas, coches, barcos directamente de unos a otros coordinados a través de internet, cubriendo 30.000 ciudades de 192 países. Otras plataformas, como BeWelcome, creada en 2007, sin ánimo de lucro, recibió a algunos de los usuarios de Couchsurfing después de 2011, pero sus cifras no son en absoluto comparables: BeWelcome cuenta hoy con 40.000 usuarios en todo el mundo.

El reciente artículo de The Economist señala que la principal preocupación es la incertidumbre sobre la regulación. Y nos dice: “¿Se obligará a quienes alquilan habitaciones a pagar impuestos como los hoteles? En Ámsterdam, las autoridades están utilizando las ofertas en Airbnb para localizar hoteles sin licencia. En algunas ciudades de Estados Unidos se han prohibido los servicios de taxi de usuario a usuario tras la presión ejercida por las compañías de taxi tradicionales”29. La reacción recelosa o abiertamente hostil de las empresas proveedoras de servicios tradicionales o de los fabricantes de los bienes que ahora empiezan a compartirse –con un potencial efecto de reducción de la demanda- ponen de manifiesto lo irreal del supuesto fundamento y pilar liberal del sistema. La idea de que el mercado en su funcionamiento libre y a través de la -también libre- iniciativa individual ofrece las soluciones de producción y consumo más eficientes para los usuarios, pierde toda su verosimilitud cuando los intereses ya creados en ese mercado, se oponen a cualquier modelo que amenace sus posiciones de dominio. Es entonces cuando los reguladores, en gran medida presionados por las grandes empresas, dificultan la aparición y el desarrollo de formas de consumo alternativas ya sea a través de la normativa fiscal, de las trabas administrativas en forma de licencias, permisos, o de la necesidad de habilitaciones profesionales, controles y demás.

Sin duda, algunas de estas propuestas de consumo colaborativo contribuyen a horadar las bases del sistema capitalista puesto que proporcionan otras formas de intercambio y consumo, en algunos casos sin la intermediación del dinero ni el ánimo de lucro, y algunas de ellas apuntando hacia estilos de vida nada beneficiosos para el sistema. ¿Qué sucedería si millones de personas dejaran de comprar en las tiendas de ropa e intercambiaran las prendas que ya no usan o las vendieran en mercados de segunda mano o a través de internet?, ¿y si hicieran eso con los juguetes de los niños o las herramientas?, ¿y si millones de personas viajaran sin utilizar los autobuses, trenes o aviones sino en coches con otras personas que van a su mismo destino?, ¿y cuál sería la consecuencia para los hoteles si millones de personas decidieran alojarse en casas de otros al llegar a una ciudad?, ¿y para los restaurantes si decidieran comer en casas de otras personas, o lo que éstas les preparan por un precio barato? Gran parte de estas iniciativas ya en marcha son muy minoritarias todavía, algunas por desconocimiento y otras porque exigen un compromiso más fuerte –como el cambio en las prácticas de consumo alimentario-, pero en los ejemplos que tenemos, cuando estas formas de consumo comienzan a generalizarse, reciben o bien el rechazo por parte de las empresas y sectores directamente perjudicadas; o lo que es peor: la intromisión de las mismas y de los poderes económicos del sistema para enriquecerse a costa del éxito de esta propuesta de consumir de otro modo, aniquilando además su potencial transformador30.



  1. Conclusiones

Para quienes hoy prevalecen, desarrollo sostenible quiere decir sustituir autos viejos por coches ecológicos, e instalar aparatos de aire acondicionado respetuosos con el medio ambiente. Para quienes resistimos, desarrollo sostenible quiere decir vivir bien sin coche y sin aire acondicionado. Esto último exige nada menos que reinventar lo colectivo. No hay forma de reducir drásticamente nuestro impacto sobre la biosfera, al mismo tiempo que aseguramos las condiciones favorables a una vida buena para cada ser humano, sin actuar profundamente sobre nuestra socialidad básica, desarrollándola y enriqueciéndola31.

La estrategia de un consumo colectivo o colaborativo entendido como un consumo consciente y transformador, choca con otras estrategias posibles planteadas, como es la mejora de la eficiencia tecnológica para reducir la intensidad material del crecimiento económico, y por tanto el impacto ambiental.

Es importante que señalemos el doble efecto perverso de las políticas de eficiencia energética. Por un lado se da ante la población la apariencia de que desde la administración, por lo que respecta al medio ambiente, ya está todo hecho. Se satura de publicidad sin dar verdadera información, banalizando la situación en la que hemos colocado al planeta con nuestro consumo ilimitado y se proponen soluciones, políticas de maquillaje que no nos exigen cambios ni demasiada incomodidad. Políticas que no funcionan como frenos al consumo, que refuerzan la creencia de que se puede seguir consumiendo a este nivel gracias a los avances tecnológicos y el mejor aprovechamiento energético que nos proporcionan.

Sin embargo, lo que sucede como hemos visto al tratar la paradoja de Jevons y varios ejemplos, es que esto no funciona. Si una persona viajaba dos veces al año en su coche ahora, con la mayor eficiencia tecnológica viaja más porque puede hacerlo por el mismo precio, o bien puede consumir otro tipo de artículos con el dinero que ahorra. No se ha producido como resultado de estas políticas, ni el más mínimo cuestionamiento sobre la necesidad de cambios en nuestra forma de vida. Como señalaba René Dubos en 1981: “Estamos condicionados para creer que cuanto mayor sea la cantidad de energía de que podamos disponer, tanto mejor, mientras que el pensamiento de limitar su consumo crea en el público en general un sentimiento de tristeza e incluso de pánico”32.

El otro efecto nefasto del enfoque con que desde las instituciones y empresas se trata el problema medio ambiental, que se sigue de lo anterior, es que paraliza iniciativas posibles que implicaran cambios reales. Como vemos, en el mejor de los casos, las políticas públicas orientadas a mantener el crecimiento económico y el consumo revistiéndolos de verde, resultan inútiles o contraproducentes; en el peor, constituyen una forma de alimentar el ciclo de producción-consumo-producción con los devastadores efectos ya indicados, con la perversión añadida de su supuesto efecto beneficioso sobre el medio ambiente, que refuerza la idea de que sí cabe un aumento sostenible del consumo.

Nos enfrentamos a otros problemas, en gran medida alentados por lo anterior, así como por la desinformación generalizada y actitud acrítica en que vivimos socialmente. Se trata de la brecha entre la “integración de lo ambiental como valor a defender, incluso la crítica hacia la insostenibilidad de la sociedad de consumo y, por otro lado, la disposición a cambiar de patrones de consumo”33 de la mayoría de los ciudadanos. Esto nos dice Álvaro Porro con datos de una encuesta del CIS de noviembre de 2007: “el 47,1% de la población española dice estar totalmente dispuesta a aceptar modificaciones en sus hábitos de consumo para luchar contra el cambio climático, que subiría hasta un 87,6% si añadimos a las personas que `probablemente` también estarían dispuestas. Sin embargo, cuando esto se concreta en acciones específicas, sólo el 20,6% apoya una moratoria sobre la construcción de nuevas autovías o autopistas y sólo el 18,8% aumentaría los impuestos sobre los combustibles fósiles”34.

Esta incoherencia se deriva en parte de la poca confianza en lo colectivo como factor de cambio real, en la poca posibilidad de transformar el modelo colectivamente; en la falta de políticas educativas y de información adecuadas; y también en la propia “incoherencia entre acciones y declaraciones de la propia Administración”35. Ante este círculo vicioso que señala Álvaro Porro, pues si no hay un cambio de contexto político-administrativo difícilmente habrá cambios en las prácticas individuales, y los cambios declarativos no sirven si van solos. Estamos de acuerdo con el análisis que propone y también con la conclusión de que el consumo puede actuar como palanca del cambio para pasar de estos círculos viciosos a círculos virtuosos36, es decir, aquellos en los que unos cambios retroalimenten a otros que vuelvan a activar a los primeros.

En este contexto es en el que proponemos la estrategia del consumo colectivo o colaborativo, siendo éste además un consumo responsable tanto socialmente como ecológicamente. Hemos señalado otro riesgo que hemos de tener en cuenta en relación con algunas de estas iniciativas que van en aumento en los últimos años, como son las propuestas de compartir coche, alquilar o ceder la casa, intercambiar ropa de niños, etcétera. Siendo verdaderos cambios y pasos de una forma individual de consumir a otra colectiva, alertamos de que el sistema se ha introducido en ellas tanto a través de internet como con grandes inversiones. Esto es algo que resulta muy comprensible: el capitalismo no puede dejar que nada se le escape, y la mejor forma de anular la capacidad transformadora de algunas iniciativas que empiezan a tener mucho éxito, es practicando entrismo en ellas, pero con el objetivo opuesto, es decir, frenando cualquier posibilidad de revuelta siquiera.

Estamos de acuerdo con la afirmación de Álvaro Porro: “no cambiaremos el mundo desde el consumo, pero si el consumo no cambia, el mundo tampoco lo hará”37. Es evidente que la transformación necesaria hacia estilos de vida sostenibles requiere un cambio de modelo, un cambio estructural, pero ese cambio hay que trabajarlo desde hoy. Es imprescindible formar una masa crítica que impulse esa transformación, y para ello son necesarias “políticas de educación, información y concienciación gigantescas, así como cambios de leyes”38.

La brecha para la esperanza está abierta, ya que cada día son más las iniciativas que llaman a un consumo responsable, justo, un consumo consciente y transformador, colectivo y sostenible. Desde las cooperativas y grupos de consumo, bancos del tiempo, grupos de intercambio, huertos comunitarios, cooperativas de energía, entre otros; hasta los intercambios que ya hemos mencionado de casas, coche, ropa, o recursos: herramientas para el trabajo, espacio de trabajo, etcétera39. Proponemos, en definitiva, entender esta propuesta de consumir colectivamente y de forma responsable, dentro de un proceso de cambio global, dentro de una suerte de “transiciones” hacia otro modelo tanto de vida, como de consumo, de modelo energético y también productivo, que conlleve un cambio en la comprensión de la colectividad, en la relación de los humanos con el resto de seres vivos y con el planeta.





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