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Capitalismo, modernidad material y corrupción dagoberto Bartolo Elezcano



CAPITALISMO, MODERNIDAD MATERIAL Y CORRUPCIÓN

Dagoberto Bartolo Elezcano*


RESUMEN

A través de este trabajo de una investigación en curso se busca dar una interpretación teórica sobre la corrupción como fenómeno estructural, a partir del desarrollo de dos categorías sociológicas básicas: modernidad y capitalismo. Para ello se construye un modelo teórico que relaciona dos ámbitos fundamentales de la vida social: el ámbito económico y el cultural. Establecida esta relación se tipifica la modernidad como ruptura cultural y material, ruptura generada por el capitalismo. Se sostiene que la corrupción persiste debido al énfasis del capitalismo sobre la modernidad material que posibilita su reproducción, además de generar el debilitamiento de la modernidad cultural donde se encuentra el sistema de valores morales. De acuerdo a ello, se considera que el análisis de la corrupción no debe centrarse exclusivamente en los actores, a pesar que dicha acción invoque el sentido de responsabilidad individual que destaca el contexto moderno, sino también mediante el análisis de las estructuras subyacentes que la impelen. Los diversos estudios sobre la corrupción, bajo los enfoques existentes, han logrado advertir sus consecuencias negativas en la gobernabilidad, la democracia y en el orden social. Fue necesario, por ello, poner en evidencia qué lo mantiene, bajo una mirada totalizadora.

PALABRAS CLAVE: Capitalismo, modernidad, modernidad cultural, modernidad material, valores morales, valores materiales y corrupción.

* Docente de la Universidad Nacional del Centro del Perú, Huancayo-Perú, Facultad de Sociología. Correo electrónico: pepebartelez@hotmail.com

INTRODUCCIÓN

Está demás decir que la corrupción no es un fenómeno de estos tiempos, sin embargo ha ido adquiriendo nuevas formas, llegando incluso a confundirse con procedimientos legales. Siendo uno de los más graves problemas de la sociedad, particularmente del Perú, se tiende más a cuantificar los casos, se imponen normas más severas, se crean organismos estatales para combatirla, se nombran zares anticorrupción, etc., pero la corrupción avanza o se mantiene en los aparatos del Estado. Al concentrarse la corrupción en el ámbito público los informes que se acumulan sirven para la discusión moral y lucha por el poder, mientras la sociedad civil la convierte en práctica cultural. Así, casi todas sus relaciones sociales, económicas y políticas están mediadas por frases como: “no importa que robe, pero que haga obras”, “dale su propina”, “rómpele la mano”, etc.

Desde esta perspectiva la corrupción anida en el núcleo socioeconómico del sistema capitalista, que ante su nula capacidad para resolver la contradicción inherente a su crecimiento y reproducción, “se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros” (Marx y Engels, 1980, p.13). Para ubicar la corrupción en las entrañas del capitalismo es necesario interpretar la reproducción del sistema capitalista. Reproducción que no es sólo material o económica, sino también cultural. La manera sistemática de garantizar su reproducción es precisamente conectándose con el ámbito cultural, ámbito denominado modernidad. En relación a ello, se interpreta que la modernidad, como manifestación cultural del capitalismo, crea las condiciones subjetivas para definir la orientación de los actores respecto a los valores materiales y morales. Ello implica que la modernidad como orientación de la conducta se encuentra sumida en la dualidad respecto a los valores debido a su conexión con el capitalismo. Dualidad que se tipifica como modernidad material y cultural. Como en este caso, el capitalismo y la modernidad material definen la orientación de los actores respecto a valores útiles a su reproducción, es decir, a los valores materiales o del mercado.

Al relacionar la estructura económica capitalista con la estructura cultural denominada modernidad, esfera de significación que modela acciones, se encuentra una direccionalidad intencionada con respecto a los valores materiales, que se ha denominado modernidad material. La implicancia social de esta relación está en el énfasis que los sujetos le dan a los valores materiales, y con ello la manifestación subjetiva de sentimientos de poder, en la medida que a través de esos objetos materializan su afán de prestigio, jerarquía social o seguridad. Este proceso, siguiendo la perspectiva sociológica, es posible interpretarlo a partir de cómo el ser humano social y culturalmente “es” por referencia al otro. Así, los sujetos absorbidos por la modernidad material configuran su actividad mental mediante la idea perversa de que “todo tiene su precio”, mentalidad que forma parte de su representación social y que condiciona sus acciones y relaciones. Esa mentalidad, se necesita precisarlo, no se construye al margen de la base material capitalista, ya que es resultado de su relación con la modernidad material. Mentalidad que como estructura cultural define la orientación de la acción, enfrenta los unos a los otros, con el propio yo, llevando a los individuos a reconocerse no por lo que “son” sino por lo que tienen.

Para interpretar la persistencia de la corrupción en la sociedad se necesita, entonces, reflexionar sobre el papel del capitalismo en la dinámica de la vida social, sobre el papel de la modernidad material en la orientación de la conducta respecto a los valores materiales, y con ellos el debilitamiento de la modernidad cultural que contiene las normas morales. En relación a ello se formula la tesis siguiente: la corrupción tiene lugar debido a que el capitalismo enfatiza la orientación hacia los valores materiales mediante la modernidad material, en detrimento de los valores morales contenidas en la modernidad cultural. La tesis expuesta se relaciona con tres características importantes del capitalismo: primero, la propensión estructural de generar desigualdad social; segundo, la ruptura cultural de la modernidad o el distanciamiento entre los valores morales y materiales debido a su necesidad reproductiva; tercero, la emergencia del individuo y la subjetividad.

La corrupción en la sociedad peruana ha sido estudiada inicialmente como fenómeno que se presenta solo en el ámbito público por la fuerte presencia del Estado en la actividad económica. El crecimiento del Estado trajo como consecuencia el incremento desmesurado de la burocracia. Así el entorpecimiento del proceso administrativo por el burocratismo empezó a estar mediado por el cálculo económico o la obtención de réditos monetarios. Este proceso se conecta con el desarrollo del capitalismo periférico, sistema que impone la orientación material sin ampliar la base productiva. Como la reproducción social no encuentra en la reproducción económica la correspondencia para resolver sus demandas se produce el conflicto y anomia sociales.

Con el avance del capitalismo los estudios sobre corrupción han puesto en evidencia el nexo entre el aparato del Estado y el sector privado. Una economía regida por el modelo privatista que mantiene una base productiva reducida permite que el fenómeno de la corrupción se extienda en el ámbito público, donde se presentan distintas modalidades de enriquecimiento ilícito. Los informes indican que la corrupción se encuentra en los diferentes ámbitos del Estado debido a su imbricación con el interés económico privado. Por ejemplo a través del aceleramiento de las obras públicas sin licitación, dictándose “decretos de urgencia” con el pretexto del entorpecimiento de la legislación. Así, para obtener el beneficio de la contratación las empresas privadas recurren a procedimientos ilícitos que pasan a formar parte del sistema de corrupción.

Ahora bien, a pesar de la importancia de los datos que muestran el avance de la corrupción no se problematiza dónde reside sus causas. Algunos enfoques teóricos que abordan el estudio de este fenómeno inciden en el factor cultural, otros la abordan a partir de la base material o económica. Es el caso de la teoría funcionalista (Merton, 1987) que estudia la corrupción como producto de la conducta desviada o del estado de anomia social, interpretación cultural que pone en tapete el estado moral de la sociedad. Por el contrario, la teoría marxista problematiza la corrupción a partir del cuestionamiento del sistema capitalista, perspectiva que se ubica en lo material o económico. El aporte de Merton es importante, pero al dejar de lado la reproducción capitalista no elabora un argumento consistente sobre este fenómeno. Lo mismo sucede con el aporte de la teoría marxista que, al abandonar el aspecto cultural, se queda a medio camino en su esclarecimiento. Si relacionamos ambos enfoques, agregando otras proposiciones (Weber, Bell), es posible construir una teoría más consistente sobre la corrupción.

MODERNIDAD Y CAPITALISMO

Teóricamente el fenómeno de la corrupción puede ser interpretada a través de la relación modernidad y capitalismo, relación que define dos tipos de orientación respecto a los valores materiales y morales. Ambos tipos de orientación se desenvuelven en la base material capitalista, y se asume que una de ellas mantiene una relación directa con la reproducción del sistema económico. Sistema que se presenta no solo como el “padre permisivo” (Ubilluz, 2006, p. 129) sino incitador del goce material. Esa permisividad, compartida con el poder político, desplaza el papel de la orientación moral, cuyo resultado es la reproducción de conductas desviadas, como la corrupción. Esta conducta es, entonces, producto de la relación entre la base material capitalista y la orientación material, relación que debilita la orientación moral, que juega el papel regulador de la conducta. De esta manera, considerando la doble orientación (material y moral) en su dinámica estructural, se tipifica la modernidad como “modernidad material” y “modernidad cultural”.

En la relación entre modernidad y capitalismo los referentes teóricos son diversos. Ronald Inglehart (1998), por ejemplo, relaciona los aspectos objetivos o materiales con los culturales o subjetivos, siendo la sociedad moderna sinónimo de industrial. Para él, según las características que expone, la sociedad moderna conjuga el avance económico con el avance cultural, considerando en el segundo el factor moral. Pero la modernidad y su relación con el proceso industrial, dejando de lado el papel del sistema capitalista, no hay respuesta sobre la corrupción.

Anthony Giddens (1997) también asocia modernidad con industrialización, resaltando sus niveles de tecnificación. Él afirma que la industrialización es una característica económica de la modernidad. Como la industrialización introduce el maquinismo el capitalismo se torna más dinámico y cambia sustancialmente la organización económica y social, provocando el acercamiento de las distintas sociedades. Afirma que el cambio no solo es material, es también cultural, y al modificarse los “modos de comportamiento” se generan nuevas instituciones, nuevas creencias, nuevos valores y normas, bajo la primacía de la acción individual. Si la industrialización dinamiza la economía el capitalismo se agrega a este proceso para ejercitar su control, puesto que convierte al mercado en el centro de la actividad económica y busca que la sociedad se organice alrededor de éste. Como el sistema capitalista no permite la distribución equitativa de la riqueza, debido a que su componente social restringe esa accesibilidad, la contradicción entre el consumo material y la regulación cultural o moral se profundiza.

David Lyon (1996), desde una perspectiva más cultural, afirma que la modernidad conduce a cambios importantes en la subjetividad humana. Es decir, la modernidad no solo modifica estructuras de vida tradicional, también modifica la concepción del actor como sujeto. Su interpretación de la modernidad no difiere de los otros autores. Sin embargo, es importante compartir que los cambios que se producen en la interacción del individuo con el mundo material no solo se modifica el funcionamiento de las instituciones sociales y políticas, también se produce cambios en la orientación respecto al sistema de valores. Al hacerse más evidente la separación del individuo con la estructura social el mundo moderno ya no plantea anticipadamente lo que el individuo tiene qué hacer y ser. Por el contrario, el mundo moderno se constituye como “es” porque el individuo, a la vez que se realiza, procesa su construcción. Como resultado de ello los hombres se perciben diferentes los unos a los otros.

Pero la atomización social no es un hecho sólo cultural, es también un hecho económico o material, provocado por el sistema capitalista, que al debilitar la regulación normativa se conecta con el “déjame ser” del hombre moderno. Al quedar libre la subjetividad de la presión colectiva, el hombre moderno se encuentra con una serie de necesidades impuestas por el sistema capitalista debido a la necesidad de reproducirse. Así, el hombre moderno ahora asume su libertad como posesión de riqueza material. La paradoja es que esa autonomía que envuelve deseos, aspiraciones, realizaciones queda supeditada completamente al mercado: éste va a determinar su supervivencia, sus valores y sus estilos de vida.

Hasta aquí se llega a establecer que las acciones individualizadas en el contexto moderno viran entre lo material y lo moral, pero que la fuerza de la estructura material, la económica capitalista, se impone sobre la vida cultural. ¿Cuál es la razón de ello? La reproducción social que se orienta racionalmente a través de la fuerza material tiende necesariamente a debilitar la orientación mediante valores morales. Si la reproducción social requiere de la reproducción económica para satisfacer sus exigencias, donde participan los valores del mercado, la reproducción económica para poder cumplirlas requiere de la modernidad material. La lógica reproductiva del capitalismo siempre se ha encaminado a prevalecer la orientación material, y debido a ello condiciona el desenvolvimiento moral. Se sustenta así el por qué la penetración cultural de la modernidad occidental, en las sociedades periféricas, no prioriza el desarrollo cultural sino la reproducción material.

MODERNIDAD MATERIAL, CAPITALISMO Y CORRUPCIÓN

La ruptura cultural de la modernidad debido a la lógica reproductiva del capitalismo conduce a que los valores morales sean superados por los valores materiales. Es decir, el desarrollo cultural entra en contradicción con el desenvolvimiento material del sistema capitalista. Se afirma que en sus inicios la influencia de la cultura sobre la base material ha sido fundamental (Weber, 1990, p. 248). Pero una vez encontrado su lógica reproductiva utilitaria su avance lleva a la materialización de la sociedad. Así, la orientación de la conducta a través de valores materiales penetra los recónditos de la psique humana para continuar la reproducción cultural en el sentido inverso de la moral inicial capitalista. Si se entiende que la modernidad se expresa como dualidad cultural, moral y material, la relación con el sistema capitalista implica el énfasis de su orientación material.

Se asume entonces la idea de que la modernidad, como totalidad cultural, experimenta en su interior la contrariedad entre la orientación racional en torno a los valores materiales y morales. La orientación material o económica se define principalmente por la obtención de bienes materiales, así como la orientación cultural se define por el ejercicio de los valores morales. Esta dualidad de la modernidad, en su vínculo con el capitalismo, impone la presencia del Estado moderno. La existencia del Estado moderno, conjuntamente con el desarrollo del capitalismo, modifica de manera radical la relación entre la sociedad civil y el ámbito político. Tal separación conduce el paso del “dualismo real” al “dualismo abstracto” (Marx, 1968, pp. 40,81). Ese dualismo abstracto convierte los asuntos del Estado en algo general, se deriva en formalidad, a partir del cual la sociedad civil se distancia paulatinamente de la esfera pública.

Habiéndose separado la sociedad civil de la esfera pública, el capitalismo que se reproduce a través de la modernidad material, debilitada la regulación moral, el hombre moderno ahora libre se mira a sí mismo en relación a los demás y busca ser diferente. La diferenciación ya no es de clase, es individual. Y en ese proceso de individuación el sujeto expone su subjetividad en aparente libertad al sistema capitalista: el sentido de su ser se orienta a la búsqueda del bienestar material. Y es que los elementos externo e interno que regulaban la subjetividad en el mundo tradicional, la colectividad y la moral, han quedado disueltas. La manifestación subjetiva que ahora se convierte en elemento personal de la realización del ser, alienado del mundo material, ejercita la orientación de la conducta como mera expresión ideal: el hombre moderno se percibe como fin último.

Pero el encuentro consigo mismo no se puede interpretar como autonomía absoluta del sujeto, puesto que el “déjame ser” surge en contraposición con la realidad material. En otras palabras, la significación de la realidad, el concebirse a sí mismo como sujeto, la exposición de sus pensamientos y sentimientos que ahora definen parte de la orientación de su conducta no es un proceso meramente ideal ni separado del entorno. El proceso social lleva a la conjunción entre capitalismo, modernidad material y sujeto individual. Por ello este último, ante la exacerbación material impuesta por el capitalismo, busca subjetivamente definir el sentido de su ser a través de los valores materiales. Pero el capitalismo para cumplir su necesidad de renovarse absorbiendo la subjetividad del individuo tiene que actuar a través de la modernidad material. Así vierte en la subjetividad del sujeto los valores que le permiten prolongarse.

REFLEXIÓN FINAL

Se da por cierto que los valores materiales permiten nuestra subsistencia, y llegan a ser importantes en la medida que nos resultan necesarios. El problema es que cuando éstos rebasan las necesidades sociales entran en contradicción con los valores morales. Así el avance del sistema capitalista envuelve con su lógica reproductiva la forma de vida doméstica, somete el modo de vida de la sociedad a la práctica incesante del consumo, multiplica las necesidades, y el individualismo posesivo abre las compuertas de los deseos, aspiraciones, más allá de los límites que impone la regulación moral.

Si toda producción material y cultural se acelera es porque el ser humano, al igual que la base material necesita reproducirse para seguir presente, se exige a cada instante mudar de objetos y pensamientos, porque “las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse” (Marx, 1980, p. 35). Así lo nuevo envejece antes de culminar su ciclo, condenado a una muerte prematura el envejecimiento pierde su carácter temporal. Lo efímero, lo fugaz de las ideas y los objetos es expresión objetiva de la modernidad que descansa en la acelerada reproducción del sistema capitalista. La relación entre economía y cultura en el sistema capitalista no es sólo producción de objetos, es también el despertar de nuevas sensaciones, deseos, motivaciones orientadas con dirección al mercado. La comercialización de todos los aspectos de la vida humana, incluidos los religiosos y morales, así como todas las actividades calificadas como culturales (música, cine, artesanía, folklore, etc.) son sometidas a la lógica del mercado (Hopenhayn, 2005, pp. 17-40).

En el mundo moderno, la lucha permanente entre materialismo y moralidad, en el ámbito de la cultura, ha sido favorable al primero debido a la acción del capitalismo, sistema que enarbola la riqueza material como seguridad, como forma de realización personal. Es decir, las exigencias materiales (valores materiales) impuesta por la modernidad material conjuntamente con el capitalismo, en detrimento de las espirituales (valores morales), trae como consecuencia el fenómeno de la corrupción.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Giddens, A. (1997). Pensamiento, sociología y teoría social. Reflexiones sobre el pensamiento clásico y contemporáneo. Barcelona. Paidós.

Giddens, A. (1997). Modernidad e identidad del yo. Barcelona. Península.

Hopenhayn, M. (2005). ¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura. En Daniel Mato: Cultura, política y sociedad. Perspectivas latinoamericanas. Pp. 17-40. Buenos Aires. CLACSO.

Inglehart, R. (1998). Modernización y posmodernización. El cambio cultural, Económico y político en 43 sociedades. Madrid. CIS.

Lefebvre, H. (1971). Introducción a la modernidad. Madrid. Tecnos.

Lyon, D. (1996). Postmodernidad. Madrid. Alianza Editorial.

Marx, C. (1968). Crítica de la filosofía del Estado de Hegel. México. Grijalbo.

Marx, C. y Engels, F. (1985). Obras Escogidas. Moscú. Progreso.

Merton, R. (1987). Teoría y estructura sociales. México. FCE.

Ubilluz, J. C. (2006). Nuevos súbditos. Cinismo y perversión en la sociedad Contemporánea. Lima. IEP.

Weber, M. (1985). La ética protestante y el espíritu capitalista. Argentina. HYSP.






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