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Campesinado, Alcohol y relaciones socio-laborales en Chile, 1867-1910


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Campesinado, Alcohol y relaciones socio-laborales en Chile, 1867-1910.


Los silencios de la historiografía social

Patricio Herrera González1

Centro de Estudios Históricos

El Colegio de Michoacán



Introducción
La historiografía chilena –a través de sus investigaciones– ha estado permanentemente ligada a las experiencias políticas y socio-económicas de los centros urbanos, espacios público-estatales y enclaves económicos de escala internacional. Una gran mayoría de nuestras historias elaboradas, sean pequeñas o grandilocuentes, contemporáneas o pasadas, no han dejado de referirse una y otra vez a estos problemas, que para buena parte de los estudiosos fueron y han sido medulares a la hora de rastrear las huellas de nuestras vidas. Qué duda cabe, los hombres y mujeres hacen la historia, pero los historiadores definimos sus límites; para bien o para mal sus objetos de estudio suponen reducir, eliminar o encumbrar gestas, protagonismos y referentes de identificación nacional.

Si la historia del campo y sus relaciones sociales no ocupó en el pasado figuración fue porque quienes la escribieron se pensaron así mismos en oposición a esa realidad, la cual tradujeron en oscurantismo y convocante de un pasado que había que superar, aun cuando era la condición de la mayoría de la población que habitaba el territorio. En el presente ya no se presta interés a los múltiples fenómenos de la realidad rural, pues la urbe parece coparlo y explicarlo todo, y por tanto hacer historia desde ahí es situarse desde lo que hoy es minoría -cuantitativa y cualitativa- en la constitución del alma nacional. Es decir, que tanto en el siglo XIX como en el XX, los que nos dedicamos a reconstruir las historias de antaño siempre hemos ‘conjeturado’ desde las mayorías, indistintamente si estas fueron las elites o los sectores populares. En ambos casos hemos creído, a veces con demasiada vehemencia, que solo ellas ocupan un lugar central y les debemos otorgar un sitial en nuestras disquisiciones, pero sin considerar que en algún momento de nuestras vidas todas las experiencias históricas han sido constitutivas de una o más subculturas –o minorías–, donde hay mínimas o inexistentes barreras entre una cultura y otra. Por tanto, eso nos hace pensar que en el pasado la situación pudo haber sido mucho más fluida de lo que estamos dispuestos a creer y que no podemos descuidar los proyectos históricos de ningún grupo, pues no se trata de hacer historia de minorías de manera aislada. De lo contrario seguiríamos ensanchando la brecha entre aquellos que son constitutivos de historicidad y la mayoría que está condenada a negarse para que otros los dignifiquen en sus epopeyas.

En estos contextos, la historiografía chilena, de manera insuficiente o de cara a los procesos de modernización, ha devaluado al campesinado y sus tejidos socio-culturales y laborales, tanto que, por ejemplo, en el caso de los peones e inquilinos se les ha excluido de la historia heroica de los trabajadores, pues el protagonismo se asocia a los obreros organizados y a la elaboración de un programa social y político, fruto de la formación de una consciencia social que se fraguó en la conquista de una autonomía de clase que les permitió emanciparse de sus patrones. Los trabajadores del campo quedaron “subordinados a las estructuras legales y económicas. El énfasis estaba puesto en las condiciones institucionales y en el sustrato económico que hacía surgir esta realidad, así como los componentes demográficos que podían dar cuenta de sus dinámicas internas. Pero no así en reconstruir una historia social desde abajo.”2

En los historiadores sociales, de Chile, hasta 1973 el aporte a la temática campesina fue muy marginal. Al describir los hechos que dan cuenta del origen del campesinado, sus diferentes grupos y su despertar como movimiento social, irremediablemente se le asoció a la evolución de la ‘gran política’ del país. Su despertar, escribirá Barría Serón “hasta cierto punto surge como reflejo de grandes movimientos sociales urbanos generados dentro de la realidad nacional”3. En una sinopsis muy apretada, inclusive se minimizaron sus condiciones socio-laborales durante el siglo XIX, transfiriendo a las grandes organizaciones obreras urbanas, y su toma de consciencia, el estar jalonando a los campesinos a emanciparse de sus patrones, pues se reconoce, según este autor, la poca inquietud acerca del problema agrario en las esferas políticas y sociales elitistas del país.4 De ahí que sean las organizaciones sindicales, de inicios del siglo XX, las que buscarán emprender la tarea: “Una de las organizaciones sindicales, la Federación Obrera de Chile, de orientación socialista, trata de organizar los primeros sindicatos agrícolas en la zona central del país”.5 Luego se agrega que se da a conocer el “primer programa de reivindicaciones campesinas aprobado en 1923 por el recién constituido Partido Comunista”.6 El corolario a esta perspectiva fue la excesiva consideración que se le asignó a la reforma agraria como el contexto más favorable para encauzar la lucha campesina, pues se contaba con un movimiento campesino con organizaciones autónomas, con solvencia ideológica, poder para disputar sus derechos y legalización de sus organizaciones.7 En suma, como nos señalará Jorge Barría: “Chile asiste, por primera vez en su historia, al surgimiento de un auténtico movimiento de masas campesinas cuyo futuro dependerá, por una parte del ritmo y vicisitudes de la reforma agraria y, por otra, de las circunstancias políticas dentro de las cuales se desenvuelven las organizaciones campesinas.”8

Luis Vitale en su intento por ampliar los estudios de las relaciones laborales del campesinado forzó en su interpretación –al extremo– la lucha de clases en el ámbito rural, señalando que a fin de cuentas la “propaganda proletaria y la consecuente labor de organización desplegada por los militantes anarquistas contribuyeron a generar una vanguardia en el sector de trabajadores agrícolas de la zona central y del extremo sur.”9 Indudablemente su perspectiva no contribuyó a definir los rasgos laborales de aquel sector y sus sentencias sólo reafirmaron que no era posible que los gañanes, peones e inquilinos tuvieran una consciencia propia y respuestas singulares a sus conflictos.

Por razones conocidas entre septiembre de 1973 y mediados de los 80’ la historiografía chilena, al interior del país, sufrió una involución, forzada por las circunstancias. Muchos de los historiadores dedicados a investigar las formaciones sociales de origen popular en Chile debieron salir al exilio, sumado a un grupo importante de estudiantes de las humanidades que vieron interrumpidos abruptamente sus estudios. En tanto en el país sin desconocer que hubo importantes historiadores e investigaciones, la mayoría de ellos estuvieron dedicados a la historia colonial o desplegando esfuerzos en realizar estudios acabados de algunos ‘episodios’ políticos e institucionales que no lesionaran al poder palaciego de la dictadura.

Algunos de los historiadores en el exilio profundizaron sus intereses en la formación social popular. Esto permitió que al regresar a Chile resituaran esa discusión, que durante más de una década no había podido avanzar en nuevas categorías de análisis. Gabriel Salazar fue uno de ellos, quien con su ya clásica obra Labradores, peones y proletarios, publicada en 1985, sentó las bases de una relectura del pasado, tanto desde una perspectiva ontológica como heurística. En esta obra se muestra la transfiguración del campesinado, que en el lapso de un siglo y medio (1700-1850) pasó de ser una mano de obra labradora en la fuerza popular proletaria, quienes con su capacidad asociativa fueron constituyéndose en la semilla de la ‘nueva historia’ que Chile, irremediablemente, construiría aun sin el consentimiento del ‘patriciado’.

En palabras de Bauer la obra de Salazar “ha rescatado y puesto a la luz a aquellos que han vivido en la sombra de la historia chilena, con toda justicia señala la importancia de otros trabajadores, distintos de los inquilinos, en la agricultura chilena. Se inclina a considerar el asentamiento de nuevos trabajadores en la haciendas no como una extensión del inquilinaje, sino como un sistema de “peonaje estable”10.

A no dudarlo estábamos, por aquellos años, y aun hoy, en presencia de la obra que marcaba una ruptura, no tan solo por lo que había significado el año 1973 sino también con aquellas obras legadas del marxismo de Ramírez, Jobet, Segall, Vitale, Barría, Ortiz, que sin desmarcarse de sus aportes se aludía a un necesario avance que permitiese superar ciertas estrecheces en los análisis y en los sujetos que habían sido los objetos de estudio de cada uno de ellos. De ahí que no resulte extraño a los intereses de la historia salazariana partir del campesinado para una mejor comprensión en la conformación de los sectores populares, sin desconocer que las transiciones que desarrolló el peonaje, hasta convertirse en proletario, tenían su primer eslabón en la hacienda: “[…] hacia 1875 ya no era el inquilinaje tradicional sino el peonaje la forma laboral dominante dentro de las haciendas.”11 Ello permitió, posteriormente, establecer los nexos identitarios entre un peonaje minero y urbano con un fuerte arraigo popular-campesino que sólo la dominación social capitalista le arrebató con su exigente compulsión laboral. A pesar de que la historia de Salazar comienza en el campo, finalmente su objeto de estudio prioritario en esta obra serán los trabajadores de la ciudad, privilegiando las relaciones de producción industrial, aunque sí se considera que “el incipiente proletariado rural no logró diferenciarse ni desprenderse por completo del viejo tronco inquilinal.”12 Ahí no estaba, según Salazar, la semilla de la rebeldía popular, ni la vanguardia ideológica que redimirá al ‘pueblo’ de la opresión estatal y patricia. Era en la proletarización urbana, en transición o consolidada, que se proyectaba el devenir histórico de ellos y Chile: “Pues a la parálisis del proceso de campesinización, siguió, casi sin interrupción, la del proceso de proletarización salarial de los inquilinos y de los peones libres en general. Solo había un destino factible: Emigrar.”13

Paradojalmente una obra que buscaba ampliar y rectificar algunas hipótesis de anteriores estudios desestimaba la historia social de los trabajadores del campo, que a todas luces, a juzgar por las propias evidencias de Salazar, se estaban uniendo en la experiencia de proletarización junto a los que habitaban la urbe. Por tanto, a nuestro juicio, no pudo ser sólo la condición de la emigración que (re)pondría la marcha de la ‘interrumpida’ proletarización, pues en unos y otros ya estaba la semilla.

José Bengoa en 1988, fruto de años de investigación en la realidad campesina latinoamericana y chilena, publicó Historia social de la agricultura Chilena14. Un proyecto de envergadura, que hasta el momento cuenta con la publicación de dos de los tres tomos propuestos originalmente. La tesis de Bengoa recorre dos ámbitos. El primero se refiere a cómo la hacienda, por ser la institución de mayor permanencia en nuestra historia, va sentar las bases del Estado republicano, donde la estabilidad política de este último estuvo íntimamente ligado a la regularidad de relaciones sociales que estaban al interior de la gran propiedad. Esto contribuye, según Bengoa, a establecer las fuentes del poder social de la oligarquía, que sin contrapesos impuso sus proyectos. El segundo ámbito se desplaza por la subordinación ascética y sensual que tuvieron inquilinos y peones, respectivamente, que en gran medida explica, para el autor, la ausencia de revuelta, rebelión y protesta, a lo menos entre 1840-1910. Los inquilinos y peones aceptan la
“servidumbre y el sacrificio que conlleva, a cambio de la posibilidad de alcanzar en un futuro una situación mejor, o simplemente a cambio de la seguridad que otorga la integración subordinada. Se cambia la libertad –o el placer inmediato- por la obediencia, y se recibe de vuelta el favor patronal y la posibilidad de ascender en la jerarquía hacendal… En fin la subordinación ascética no es pura explotación sin perspectiva de cambio; es un trueque mínimamente (o culturalmente) calculado, por el que se consigue la adscripción-integración subjetiva a la sociedad”.15
Arnold J. Bauer comparte con Bengoa su hipótesis de la subordinación de larga duración en los trabajadores del campo hacia sus patrones, los hacendados. De hecho reconoce que el historiador chileno “concluye, a mi parecer con razón, puesto que argumenté lo mismo, que en los años finales del siglo diecinueve el inquilinaje estaba aumentando en Chile central –él utiliza el término “reinquilinización”–, mientras la proletarización se limitaba esencialmente a operaciones especializadas”.16

El trabajo de Bengoa se trata de una propuesta envolvente, pero queda en deuda con esos subordinados, a nuestro parecer. Quizás, a diferencia de otros investigadores, su trabajo se inserta en una historia social rural, pero que se trunca cuando el foco de la obra está en el poder del hacendado, que le es útil no tanto para comprender la experiencia campesina en tanto sujeto popular, sino para precisar cómo la oligarquía con basamento rural reaparece una y otra vez para contener la insubordinación y defender sus granjerías. Esto hace interpretar que, finalmente, su preocupación radique en valorar la insistencia de la clase alta terrateniente por impedir el cambio y reproducir sus estrategias de poder: “La oligarquía terrateniente, conservadora y propietarista, ha sido uno de los principales “irreductibles” de la sociedad chilena moderna. Ha sido el sector que ni transige, ni negocia, ni acepta cambios en la situación de poder que maneja”.17

Tanto Salazar como Bengoa, por sus importantes contribuciones desde mediados de los años 80’ hasta hoy, han colaborado a profundizar las hipótesis de Bauer y otros investigadores de tradición estructuralista y marxista. Por tanto no resulta extraño asumir sus aportes y tratar de ampliarlos18, pero también se han trasladado en las investigaciones históricas actuales muchos de sus prejuicios y limitaciones.

A partir de la década de 1990 los escasos estudios que se han referido a la condición campesina, han reproducido mucha de esas realidades ya recreadas por la generación de los años 70’ y 80’, sin un mínimo esbozo de crítica o reformulación. Un estudio reciente de Claudio Robles está quebrando la tendencia, dado que el autor sostiene como tesis que los hacendados progresistas llegaron “a plantearse la modernización de la “agricultura nacional” como un proyecto. Así, se explica que cuando la expansión exportadora alcanzaba su mayor desarrollo, el “éxodo rural” y la consiguiente “escasez de brazos” se tradujeron en una tendencia al alza de los jornales y, en consecuencia, en los costos de la producción. En este contexto, un sector de agricultores […] se constituyó en un influyente agente modernizador [con] un especial interés por la difusión de maquinaria agrícola, la ampliación de la enseñanza de la agricultura, y la moralización y control de la sociedad rural popular.”19 Un trabajo como este es una excelente oportunidad para iniciar una revisión aguda de las tesis tradicionales que aún se reproducen sin reparos.

Creemos que ya es tiempo de configurar una historia disonante del movimiento campesino, que favorezca una gran interpretación, más que necesaria, de la formación de consciencia social e identidad laboral de la totalidad de la clase trabajadora proletaria. Desafortunadamente seguimos haciendo historia de segmentos populares, la mayoría de las veces en relación con el capitalismo, la urbe, el Estado nacional, los poderes opresores, pero nada o muy poco con relación a ella misma como depositaria de la experiencia popular. De ahí que sigamos pensando al campo desde la urbe y no podamos comprender su experiencia de clase sino la codificamos por el lente de la industrialización y modernización. Incluso se continúa afirmando, livianamente, que los trabajadores agrícolas lograron su redención social por la vía de la organización política urbana, canalizadas en las ideologías de vanguardias o movimientos institucionalizados bajo el patrocinio del liberalismo democrático. Al respecto Bauer no escapa a esa tendencia cuando puntualiza que los trabajadores del campo en “sus relaciones económicas y sociales con los terratenientes permanecieron esencialmente intactas: todavía intercambiaban sus servicios laborales por precarios derechos a tierra y raciones; aún estaban más allá del alcance de la política y culturas urbanas”20.

Es inquietante que investigaciones históricas de los últimos años sigan insistiendo en estas condiciones señaladas por Bauer, Salazar o Bengoa. Así queda expuesto cuando se afirma que a fines de la década de 1910 “los trabajadores organizados socialmente en torno a la FOCH y políticamente en el POS, comenzaron a percibir la necesidad de incorporar a las masas campesinas al movimiento social que debía derrocar el régimen de dominación burgués y abolir el capitalismo. Era por tanto condición indispensable difundir el emergente ideario socialista entre estos sectores sociales y, a partir de ello, darle contenido político a la agitación y movilización de los campesinos.”21 Compartimos con Juan Carlos Yáñez que es erróneo analizar las luchas campesinas, en el comienzo del siglo XX, atribuyendo a los “agitadores sociales” un protagonismo exclusivo en la constitución de sus movilizaciones. Dicha interpretación estaría desconociendo las representaciones de conflicto agrario que tenían los propios trabajadores agrícolas, además “es estar de acuerdo, paradojalmente, con el discurso patronal que lanzó el mismo argumento, pero para negar la existencia de una “cuestión campesina”.22

Esto hace pensar que entre algunos historiadores chilenos contemporáneos hay una autocomplacencia con estas interpretaciones historiográficas y manifiesta el escaso contacto con las fuentes, pues se duda de la autonomía y experiencia de clase popular en el segmento campesino. El sólo hecho de cavilar en un ideario para ellos, desde fuera de las relaciones de producción campesina, es la evidencia que los referentes investigativos siguen estando en las consecuencias “sociales, laborales e ideológicas de la industrialización y urbanización nacientes: una nueva forma dependiente del sistema de salarios […] la constitución de organizaciones destinadas a defender los intereses de la nueva “clase trabajadora”; huelga y demostraciones callejeras, tal vez choques armados entre trabajadores y la policía o los militares, y cierta popularidad de las ideas extremistas, con una consiguiente influencia sobre los dirigentes de los trabajadores”.23

Presentadas así las realidades, con prescindencia de las dinámicas internas de la masa trabajadora del campo, no parece inconsistente excluirlos de las condiciones apremiantes que padeció la clase trabajadora a propósito de los procesos de modernización económica: “Uno de los elementos que más llama la atención al estudiar a los sectores rurales es lo tarde que se manifestó en ellos la “cuestión social”. Se ha señalado que en esto influyó el espíritu pasivo de los inquilinos, sobre los cuales recayó el peso de un orden opresivo que dispersó toda posibilidad de revuelta. Estas serían las bases que sustentaron la ‘pax rural’.”24

Curiosamente las versiones contrapuestas de la historiografía –conservadora y neo-marxista– en este punto tienen confluencia, cuando se establece que la “vida del campesino chileno tuvo un marco monótono y materialmente modestísimo, pero compensado por la permanencia y la seguridad”.25

Este acriticismo respecto a la situación del campesinado ignora, a nuestro entender, que hubo una presencia, aislada a mediados del siglo XIX y generalizada al comenzar el siglo XX, de numerosas denuncias y llamados de alerta a las contradicciones laborales, económicas y sociales en que se encontraban los trabajadores agrícolas: “Entristece el alma pensar en tanta miseria, la mala choza que habitan, la pobreza de los alimentos, las mil enfermedades a que están expuestos y la más triste expectativa que se les aguarda, si faltando el padre no tienen quien contribuya a su sustento; son causas más que suficientes para hacerles odiosa y detestable la vida”.26

La asalarización de las relaciones laborales, en todas las clases, era una fuente de preocupación en escritos y exposiciones de todos aquellos que abrigaban esperanzas en una “regeneración “ de los sectores populares, pues en ellos se reconocía la naciente ciudadanía que tendría que forjar el futuro de la sociedad, en esas circunstancias era “preciso y urgente aconsejar y hasta ordenar la sobriedad al artesano y al peón gañan, al inquilino y al roto ambulante de las ciudades y los campos, a todo el que trabaje por jornal o sueldo para sostener a su familia”, pues “[...] no serán independientes ni libres ni ejercerán bien sus derechos políticos mientras no sean honrados, económicos y sobrios”.27

En las referencias anteriores queda de manifiesto que existieron componentes propios y similares que padecieron o se proyectaron en y para los sectores populares sin distingo alguno. Por tanto las investigaciones históricas, de sobremanera para el siglo XIX, han sido, hasta cierto punto, complacientes al seguir abusando de diagnósticos y representaciones de las relaciones socio-laborales del campesinado, que mantienen, aun hoy, inalterable muchos rasgos que solo oscurecen la realidad en vez de avanzar hacia una historia social sin exclusiones.



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