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Cafetales mexicanos


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Virtudes económicas, sociales y ambientales del café certificado
El caso de la Coordinadora Estatal de Productores de Café de Oaxaca

México D. F. Noviembre 2002 Armando Bartra. Instituto Maya

1.- Cafetales mexicanos
México es el quinto productor mundial de café, grano que se cultiva sobre más de 700 mil hectáreas en 12 estados, 400 municipios y más de 3500 comunidades, en extensión sólo lo superan el maíz, el frijol, el trigo y el sorgo. En los años buenos los ingresos en divisas generados por las exportaciones de café son de alrededor de 800 millones de dólares, sólo superadas por las ventas externas de petróleo.
Pese a la crisis de precios que ha desalentado a los cafeticultores, el cultivo sigue siendo el más socorrido dentro de los que tienen un carácter netamente comercial, y es, además, una actividad minifundista practicado por cientos de miles de pequeños productores.
Si hemos de creer al Padrón Nacional Cafetalero 2001-2002, lejos de desertar, en la última década el número de huerteros se ha incrementado sustancialmente, pues mientras que en el Censo de Inmecafé de 1992 se registraron 282 590, en los avances del nuevo Padrón se han registrado ya 401 221. Es realmente difícil creer que en los años de la peor y más prolongada caída de precios de que se tenga memoria, ciento veinte mil nuevos agricultores optaron por el grano aromático. De modo que posiblemente se trata de una distorsión en el captado de la información, y lo que realmente ocurre es que muchos familias cafetaleras están registrando a más de un familiar, con la expectativa de que los programas públicos de apoyo al sector se ejerzan por productor y no por quintal o por hectárea, como realmente sucede. Esta interpretación se refuerza por el hecho de que el número de hectáreas registrados no sólo no aumentó, sino que disminuyó, pasando de 761 161, en 1992, a 703 341, en el 2001. Esto significa que durante la década negra disminuyó casi un 10% la superficie con cafetales -lo que es consistente con las observaciones empíricas- y posiblemente no se redujo en la misma proporción el número de familias productoras, de modo que la superficie por unidad de explotación disminuyó sensiblemente. Esto último se verifica en campo al observarse que la falta decursos para invertir lleva a que los cafeticultores se concentren en una parte de la huerta y dejen enmontar el resto.
En todo caso, los avances del nuevo Padrón confirman el carácter fuertemente minifundista de nuestra cafeticultura, con una superficie promedio por productor de 1.92 has., mucho menor que la del Censo de 1992, que era de 2.69. En Veracruz, Chiapas y Oaxaca, los tres mayores productores, el promedio disminuyó en más de un tercio y se ubica en 1.96 y 1.97 has., cuando antes Oaxaca y Chiapas rebasaban las tres. Aun descontando la presunta distorsión generada por la duplicación de productores como táctica familiar, habrá que reconocer que la crisis mundial del aromático no ha generado una deserción masiva y generalizada, sino una reducción de la superficie cultivada y de la unidad de producción, de modo que la división por sectores que se proponía con base en el Censo del 92, sigue siendo indicativas: más del 90% de las huertas cafetaleras mexicanas tiene menos de 5 hectáreas y más de 300 mil dispone de menos de dos. Por lo demás seguramente sigue siendo cierto que alrededor del 65% de estos pequeños cafeticultores pertenece a algún grupo étnico.

El 40% de la superficie con cafetales corresponde a selvas altas y medianas (zona tropical húmeda), el 23% a bosques de pino y encino, el 21% a selvas bajas caducifolias y el 15% a bosque mesófilo de montaña. Lo que significa que desde el punto de vista biológico, las regiones cafetaleras son de las más ricas y diversas en flora y fauna.


El café es un grano básico y su cultivo de primera necesidad, no por que su consumo resulte indispensable ni por haber sido por décadas la mayor exportación agropecuaria, sino porque de el dependen alrededor de 3 millones de personas, entre huerteros, pizcadores y otros empleados. Una población de bajos ingresos y pocas alternativas distintas del café -que no sea el narcocultivo- ubicada en las regiones más pobres en economía y a la vez más ricas en biodiversidad; zonas donde radican también la mayor parte de los pueblos autóctonos y donde han operado y operan todas las guerrillas libertarias. Por si fuera poco, después de los granos básicos, el café es la actividad unitaria más empleadora en la región sur-sureste de México y en el conjunto de los países centroamericanos, por lo que debiera ser uno de los ejes mayores del tan publicitado y dizque prioritario Plan Puebla-Panamá.
Adaptado a los sistemas agroforestales autóctonos, el café campesino e indígena se cultiva bajo sombra y acompañado por numerosas especies. Los sistemas van del rusticano o de montaña, donde simplemente se sustituyen plantas arbustivas por matas de café; el policultivo tradicional, donde el cafeto se cultiva junto con otras especies útiles, nativas o introducidas; y el policutivo comercial, donde se sustituye la vegetación original por especies arbóreas de sombra, con menos variedad que en el anterior manejo. Se practica también el monocultivo bajo sombra, donde se emplea una sola especie protectora, generalmente Inga; y café bajo sol, con arbustos de rápida maduración, corta vida, baja talla y alta densidad; sin embargo estos últimos sistemas están menos extendidos.
Los sistemas rusticano y de policultivo, son naturalmente resistentes a plagas y enfermedades, y por lo general los huerteros campesinos e indígenas no emplean más agroquímicos que una ocasional aplicación de fertilizante.
Dado que los cafetales sin sombra representan sólo entre el 5 y el 17 % del total y considerando que la prolongada crisis de precios ha desalentado entre los campesinos la tecnificación y el uso de agroquímicos, el aromático mexicano puede considerarse predominantemente como café bajo sombra y orgánico pasivo o natural.
Los rasgos enumerados más arriba le dan al grano de nuestro país características excepcionales: su condición arábica lo pone por encima de las cosechas de los productores emergentes, como Vietnam e Indonesia que cosechan robusta; al ser lavado aventaja a los granos brasileños; su condición campesina contrasta con la índole finquera de la cafeticultura brasileña y colombiana; y al ser café de sombra y bajo en agroquímicos supera al de productores con los que competimos en calidad como los de Colombia y los de Costa Rica, intensivos en agroquímicos y con altos porcentajes de cafetales a sol (69 y 40% respectivamente).
La cafeticultura mexicana es de las cinco primeras en extensión y volúmenes cosechados, pero en rendimientos debe andar por el décimo lugar. Además, siendo suave y de altura, nuestro grano está mal posicionado, pues su calidad es apenas regular y sobre todo inconsistente. Situación que por años le acarreó castigos de hasta el 30% sobre las cotizaciones de bolsa.
Y es que cerca del 40% de los cafetos tiene más de tres lustros; alrededor del 60% de los productores emplea variedades tradicionales de baja producción, rendimientos irregulares y susceptibles de enfermedades; el 70% no fertiliza ni con químicos ni con materiales orgánicos; el 40% sólo hace una limpia; y el 75% no controla plagas. La cosecha y el beneficiado no son mejores: ordeñar la mata revolviendo café maduro con el verde y con frutos secos, mezclar al procesarlos granos de diferentes orígenes, grado de madurez y altura, empleando gran cantidad de agua en beneficios que no la reciclan y contaminan los ríos, son prácticas tan nefastas como habituales. Además, en los setenta y ochenta el grano aromático devino un cultivo de refugio para muchos campesinos, quienes alentados por el Inmecafé establecieron huertas en zonas marginales sin altura conveniente ni suelos adecuados.
Cuando se desploman las cotizaciones se cierra el círculo vicioso, pues los pobres rendimientos y calidad de nuestra cafeticultura multiplican el impacto de los malos precios, los que a su vez desalientan la renovación y hasta el simple mantenimiento de las huertas, empobreciendo aun más la productividad y la calidad, lo que nos hace más frágiles frente a las crisis de cotizaciones. Si se confirma que la cosecha 2001-2002 fue de algo más de cinco millones de quintales, los rendimientos medios habrán sido de menos de 8 q. por hectárea, y en las regiones campesinas e indígenas, con rendimientos de entre 3 y 5 q., la reducción de labores y la incidencia de plagas, que se multiplican por el descuido, ha mermado aun más los rendimientos.

La cafeticultura mexicana se encuentra en una espiral de deterioro se severos impactos económicos, sociales y ambientales. Por una parte están las divisas que dejan de entrar, la infraestructura agroindustrial que se subutiliza, las inversiones agrícolas que se diluyen, las deudas cafetaleras incobrables y los cuantiosos impactos negativos indirectos de la caída de una actividad que sostiene la vida económica de muchas regiones. Por otra parte tenemos la desintegración social por pérdida de ingresos, pero también de esperanzas, en comunidades cuyas familias dependían del aromático y ahora están emigrando a los campos agrícolas para emplearse como jornaleros, hacia las ciudades y sobre todo a los Estados Unidos. Y finalmente, hay que tomar muy en cuenta el severo impacto ecológico de la generalizada sustitución de huertas que retienen carbono, fijan la tierra, propician la infiltración del agua y conservan la biodiversidad, por cultivos anuales o actividades ganaderas, en zonas inadecuadas que, como se sabe, ocasionan dramáticas secuelas ambientales.


Dentro del sector cafetalero campesino, quienes están sobreviviendo a la crisis son los productores organizados en empresas asociativas capaces de acopiar y beneficiar cantidades grandes del aromático y colocarlo en nichos del mercado que pagan sobreprecios. Y la especialidad vocacional de un país con fuerte presencia de huerteros indígenas que cultivan bajo sombra y con poco o nulo empleo de agroquímicos, es el café ecológico o biológico, habitualmente conocido como orgánico, y el café cooperativo y de comercialización directa que se distribuye a través de las redes del llamado Comercio Justo.
De estos dos nichos el más extenso y dinámico es el del café orgánico, manejo practicado por alrededor de 12 mil pequeños productores sobre unas 15 mil hectáreas, donde se cosechan cerca de 150 mil sacos de sesenta kilogramos de café verde, que han hecho de México el mayor productor mundial de la especialidad. Los máximos compradores de este grano están en Holanda, Suiza, Alemania y Bélgica; las ventas a Estados Unidos son comparativamente menores aunque aumentan rápidamente. El sobreprecio del café orgánico es de entre 30 y 50 dólares sobre el del convencional en bolsa.
Con unos 70 mil puntos de venta, principalmente en Europa, el Comercio Justo distribuye plátano, cacao, miel, te, artesanías y sobre todo café. El grano aromático recibe un precio mínimo de 121 dólares las cien libras, calculado para ser remunerador del esfuerzo campesino, y que aplica cuando las cotizaciones del mercado están por debajo de esa cantidad. A esto se agrega un premio social de 5 dólares, lo que resulta en una cotización extraordinaria de 126 dólares, que puede llegar a 141 si se trata de grano orgánico. Esto, cuando en los últimos años en la bolsa se han venido pagando alrededor de 50 dólares las cien libras.


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