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Buenos Aires y la ribera: Continuidades y cambios de una relación esquiva


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Buenos Aires y la ribera: Continuidades y cambios de una relación esquiva

PRESENTACIÓN


María Mercedes Di Virgilio

CONICET – Institutito de Investigaciones Gino Germani (UBA)

El objetivo de esta presentación es compartir con ustedes algunas hipótesis acerca de cómo ha evolucionado a lo largo de su historia, la relación de la ciudad con el río o con los ríos. Quiero decir que son hipótesis jóvenes, que apenas están madurando aquí en estas hojas para este seminario. Y que, en este sentido, las comparto con cierto pudor porque en este encuentro están sentados colegas que tienen una extensa reflexión sobre la urbanización de la ciudad (Adrián) y sobre la ciudad y el río (Graciela). A pesar de ello, las presentaciones que escuché ayer me han alentado, por diferentes motivos, a seguir escudriñando y dándole forma a estas jóvenes ideas.

La primera cuestión que voy a postular es que Buenos Aires guarda una relación controvertida y esquiva con la ribera y con los cursos de agua que la atraviesan. A pesar de limitar con un frente costero muy extenso -Rió de la Plata, al este, y Rio Matanza-Riachuelo, al sudoeste- y de estar surcada por numerosos ríos, arroyos y zanjones, la ciudad nunca se hizo demasiado cargo ni sus aguas ni de sus costas.

Si miramos la pintura de Xul Solar que da imagen a la presentación del este seminario, ni siquiera este artista para quien, como Silvia nos contó ayer, “el río tiene gran centralidad y que lo representa como soporte de la vivienda misma”, pudo sucumbir a la tentación de representar a su ciudad como una ciudad de espaldas al río…



Xul Solar, Ciudad Lagui, 1939

Incluso mirando la pintura de Xul y especulando con las formas que se anteponen a edificios y río, podemos pensar que desde las costas de Buenos Aires, las pronunciadas barrancas que marcan algunas de calles en San Telmo y Belgrano son una huella indeleble y, al mismo tiempo, negada. Más aún, si el viajero no llega hasta sus bordes, desconocerá los espejos de agua que la enmarcan.

Quienes visitan Buenos Aires sin conocer demasiado de su historia y su topografía, raramente podrá advertir los vestigios de ríos y arroyos recorriéndola bajo sus densos pavimentos. Sin embargo, las recurrentes inundaciones, nos recuerdan a porteños y visitantes que las aguas no sea han ido ni se han evaporado, sino que continúan fluyendo contenidas –actualmente los arroyos están entubados y los ríos rectificados- en el subsuelo urbano.

Figura 1: Mapa topográfico de la Ciudad de Buenos Aires

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Fuente: https://www.flickr.com/photos/nicofoxfiles/8622269635

¿Por qué planteo que esta relación es contradictoria y equiva?

Desde el punto de vista topográfico, el área metropolitana de Buenos Aires corresponde a la última porción de la llamada pampa deprimida, que recibe esta denominación por tener una escasa pendiente hacia el Río de la Plata. Estaba originalmente surcada por cursos de agua menores que desaguaban directamente en el Río de la Plata o en los otros dos cursos más importantes de la zona, el Reconquista y el Matanza-Riachuelo. Todos ellos presentan las características propias de una región relativamente llana: cursos cortos, de poco caudal permanente, con recorrido irregular y amplios valles de inundación.

El tipo de ocupación urbana expandida horizontalmente desde la costa se ha visto favorecido por el relieve plano sobre el cual se desarrolló, que no ofrece otros obstáculos más que los cursos de los ríos que drenan la zona y las lagunas que salpicaban originalmente el espacio metropolitano.

Cuando se produjo la segunda fundación de Buenos Aires en 1580, Garay eligió el alto de la barranca y demarcó el espacio para la Plaza Mayor y el primer plano de la ciudad. Si bien la elección de la zona en que originalmente se ubicó la ciudad se debió a elementos destinados a facilitar la actividad comercial de la época (rápida salida hacia el océano y existencia de una zona de fondeadero de buques), el sitio específico en que se instalaron las primeras edificaciones respondió a un requisito topográfico: ser tierras altas. El terreno donde se implantó la traza original fue, desde ese punto de vista, el ideal porque su relieve permitía seguir las indicaciones de las Leyes de Indias para los asentamientos en el Nuevo Mundo: tierras planas y no anegadizas (Linden, 1989).

Por fuera de la meseta, en donde se asentaba la ciudad en sus orígenes, todo era territorio que el río de la Plata ocupaba, en épocas de crecida, amplias superficies de esteros y bañados intransitables. Un cronista de fines del siglo XVII describió la zona de la siguiente manera: "La planta urbana ocupa una llanura de bastante extensión, sin otra desigualdad que una pequeña franja hacia la parte sur y otra pequeña al norte" (Pinasco, 1947:63).

Tal y como se puede comprobar en la posterior expansión de la ciudad, el asentamiento original sólo mantuvo continuidad hacia el oeste. Por muchos años, estuvo limitado, al norte y al sur, por los llamados zanjones, que servían de desagüe a las tierras del oeste en días lluviosos, formando riachos torrentosos que se volcaban en el Río de la Plata desde lo alto de la barranca. Hacia el norte y hacia el sur se hallaban las depresiones, el valle de inundación del arroyo Maldonado y el del Riachuelo, respectivamente, que impidieron el crecimiento en esa dirección; mientras que al este se extendía el río de la Plata. (Lafuente Machaín, 1946:39 ss).

Los cursos de los ríos delimitaron históricamente ofertas inmobiliarias diferentes, según se traten de zonas altas, o de aquellas, más bajas, sometidas casi permanentemente a procesos de inundación. De hecho, gran parte de las intervenciones realizadas sobre la ribera y sobre los arroyos que atraviesan la ciudad se orientaron a mitigar y contener los desbordes en pos de favorecer el desarrollo inmobiliario. De este modo, favoreciendo los procesos de especulación urbana y pasando por encima de la normativa existente en materia de urbanización de tierra y loteos, se ocuparon crecientemente las márgenes de los ríos y arroyos, así como las tierras bajas, para usos residenciales.

En este marco y asumiendo esta forma de relación de la ciudad con sus aguas, la segunda cuestión que quiero colocar es que, a largo del siglo XX, ninguno de los proyectos pensados para la ribera logró imponer su ideario urbano. Por el contrario, estos idearios fueron muchas veces contradictorios y se plasmaron en partes o porciones de la extensión costera. ¿Por qué planteo el siglo XX como punto de inflexión? Porque como veremos, las intervenciones sistemáticas y a escala sobre la ribera se dieron tardiamente ya a fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. A pesar de no lograr imponer efectivamente un ideario, todos parecen haber tenido una misma, aunque limitada intención: domar el río y sus aguas bajo un proyecto políticamente hegemónico y económicamente rentable. Planteo que tal empresa fue limitada porque, como veremos más adelante, por casi tres siglos las intervenciones sobre la rivera fueron erráticas y controvertidas y ninguna tuvo capacidad de marcar un rumbo claro en la urbanización y el desarrollo de esa parte de la ciudad.

El cometido sólo se alcanzará –no sin tensiones- en los albores del siglo XXI bajo la égida del desarrollo del nuevo barrio de Puerto Madero y de la intensión de extender –con adecuaciones- sus beneficios y lógicas a la vasta silueta zigzagueante de la ribera.

Quiero ser clara en este punto, a pesar de que como recordábamos ayer con Graciela Silvestri, han existido planes para transformar la integralmente la ribera, no es mi intención atribuir “racionalidad” a las intervenciones que desde la década de 1990 han tenido como objeto a la ribera en el Buenos Aires actual, ni mucho menos a los gobiernos que las promueven, que por cierto han sido de distintos y variados signos politicos. Lo que postulo es que esas intervenciones se han articulado, casual o causalmente, bajo la lógica de lo que podemos entender como neoliberalismo urbano adaptable o neoliberalismo realmente existente (Theodore, Peck y Brenner, 2009). Es decir, bajo una lógica de mercantilización del desarrollo urbano que se adapta a circunstancias y contextos locales, incluso más allá de los lineamientos de la política nacional.

Para desentrañar esta hipótesis voy a tomar tres postales o áreas de la ribera de Buenos Aires: el puerto, la costanera sur y la ribera del Riachuelo. Por una cuestión de tiempo, voy a mencionar sólo algunos hitos que marcaron las trasnformaciones en cada una de estas porciones de ribera y voy a postular que el puntapié de las transformaciones que se desencadenan en la era del neoliberalismo urbano adptable y que hacen posible imponer un proyecto hegemónico para la ribera toda ha sido, sin lugar a dudas, la Dictadura cívico-militar. El gobierno de la Dictadura, con sus intervenciones en la ciudad es el sienta las bases de la gran transformación, no porque las ejecute per sé, sino porque sienta bases para su ejecución.

Primera Postal: Las intervenciones sobre la ribera y la construcción de la ciudad-puerto

La urbanización de la ribera fue, sin dudas, un proyecto tardío que se desencadena siglos después de la fundación de la ciudad. “Si bien Garay reserva una franja para el servicio del puerto frente al sitio destinado a fortaleza, la función portuaria no se localizará en ese sector [se refiere a la costa del Río de la Plata] sino tres siglos después” (Figueira, 2006:111). El proceso es tributario de la apertura comercial de Buenos Aires y su posicionamiento como poder político y militar del Imperio español en el confín del mundo a fines del siglo XVIII. El punto de inflexión es la creación, en 1776, del nuevo Virreinato del Río de la Plata y la sanción en 1778 de reglamento de Libre Comercio que impulsan la apertura del puerto (Romero, 2006), originalmente localizado en los bordes del Riachuelo. Desde entonces, los bordes del Riachuelo se configuran como zona industrial. Será asiento de la industria naviera y de la localización de los primeros astilleros. Asimismo, en sus costas se desarrollará –en diferentes momentos y con diversas tecnologías- la industria cárnica cuyos emblemáticos edificios e infraestructuras –los más modernos- serán claramente visibles hasta entrado el siglo XX (Frigorífico la Negra, La Blanca, etc.).

El frente del Río de la Plata, fue objeto de múltiples proyectos pero las intervenciones más importantes se harán esperar hasta fines del siglo XIX, hasta la inauguración en 1889 del viejo Puerto Madero.

Hasta 1889 se plantean numerosos proyectos para esta zona de la ciudad (para loa que les interese, están todos descriptos en el trabajo). El primero data de 1771.

La escisión de Buenos Aires de la Confederación formada por las Provincias Unidas del Río de la Plata (1853-1861), relega temporalmente la primacía del puerto de Buenos Aires que, como estado independiente, brinda soluciones parciales al problema del puerto. Cuando la Nación se reunifica, se abre un periodo de competencia entre las ciudades por la supremacía del puerto (en particular, entre Buenos Aires y Rosario). Finalmente, la federalización de Buenos Aires, en el año 1880, cierra el ciclo de controversias, saldándolo a favor de la ciudad capital. “Buenos Aires [se impuso] a la Confederación. La centralización triunfó sobre el federalismo escrito y el país se convirtió en un gigantesco embudo a partir de la ciudad, sobre todo cuando el Atlántico pasó a ser el centro de las operaciones económicas entre el Viejo y el Nuevo Mundo y la producción agropecuaria el complemento básico para la industria europea” (Gorostegui de Torres, 2006:324).

En ese marco y luego de que el ingeniero Luis Huergo ganara, en 1879, el concurso -realizado por la Provincia de Buenos Aires- para adjudicar los trabajos de canalización del Riachuelo, se (re)abre en la gran aldea el debate por el proyecto del puerto. El debate por el puerto, será ahora el debate por sus destinos y se encarnará en la disputa entre el proyecto Huergo y el proyecto Madero.

Hasta aquí, ningún proyecto había logrado más que paliar las inclemencias que la geografía del estuario del Rió de la Plata imponía a los pobladores de la ciudad y facilitar la sobrevivencia económica de élites y plebeyos. Sin embargo, la federalización y las favorables condiciones del contexto internacional de fines del siglo XIX, (re)abrían el debate por la apropiación de los beneficios surgidos de los negocios ligados al puerto y a la consolidación de un proyecto de desarrollo vinculado al comercio internacional de materias primas, en detrimento de otro industrial (aun cuando articulado con el primero).

Por un lado, los trabajos de Huergo sobre el Riachuelo permitían, ahora, el normal acceso de buques de ultramar y ratificaban las posibilidades que ofrecía el pequeño río como espacio productivo (Huergo, 2013). De este modo, su proyecto se orientaba a mejorar las instalaciones existentes construyendo dársenas dentadas abiertas al Río de la Plata. El proyecto de Madero, en cambio, apostaba a la construcción de nuevas infraestructuras sobre las costas bajas ubicadas al este de la Plaza de Mayo, sobre el frente de la ciudad (Menéndez, 2016). Alimentado por el ideario iluminista de la generación del ochenta -que lideró el proceso de organización del estado nacional desde 1880-, pensaba la obra como la construcción de infraestructuras y nuevas posibilidades de negocio –tal y como veremos más adelante-, pero también como la posibilidad de construir una puerta de entrada a la ciudad. Desde ese frente fluvial pero también urbano, la civilización (encarnada en los productos, ideas y modas provenientes de Europa) penetraría y fecundaría la naciente Nación. El proyecto proponía la construcción de dos dársenas de acceso y cuatro diques intermedios cerrados, construyendo una isla artificial, dejando de lado las posibilidades que ofrecía el Riachuelo.1

A pesar de que la opinión general se inclinaba por el proyecto Huergo, el Poder Ejecutivo demoró deliberadamente su realización. Mientras tanto y de manera súbita, el Congreso Nacional aprobaba el de Madero (Fundación HISTARMAR, 2011). De este modo, entre 1887 y 1889, se construyó el Puerto Madero.



  • La elección del proyecto Madero salda el conflicto por la “cuestión capital”

  • Relleno de la orilla del río y valorización de la ribera norte aumentando la oferta de terrenos susceptibles de ser comercializados.

  • Representación de la “emergente Nación moderna” (Menéndez, 2016:50)



  1. Proyectos en el norte y proyectos en el sur: perfiles de las intervenciones


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