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Bailes y fiestas populares en la asunción en el posguerra de la triple alianza: mujer y resistencia popular en el paraguay


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La humanidad con sus imperfecciones, marcha, dejemos entonces que continue su peregrinacion.13

Descontada la vehemencia  y virulencia  de este artículo, lo que pregona representa perfectamente el pensamiento de los publicistas de la época sobre las relaciones entre los géneros en la sociedad paraguaya de la posguerra. Aunque el autor, anónimo, se empeñe en demostrar que el blanco de sus críticas eran los hombres que supuestamente incentivaron esas mujeres a dirigirse a las autoridades para impugnar la actuación del Poder Ejecutivo, y no contra ellas, quienes, al fin y al cabo, no serían capaces de discernir entre lo cierto y lo errado, lo bueno y lo malo. Al fin y al cabo, sólo incumbían al hombre  al hombre de las clases dominantes, se entiende  y sólo a él, esos asuntos de la política, condición necesaria y suficiente de su liberación.



El hombre se distinguió de la masa de seres sumergidos en las tareas necesarias a la supervivencia de la especie, ganando individualmente y asumiendo su plena condición humana a través de la acción política, expresa en la palabra y en el pensamiento cultivado. (BRESCIANI, 1991:69)

Sin embargo, la realidad del Paraguay de al menos toda la segunda mitad del siglo XIX, y particularmente después de 1870, poco tenía que ver con esa mujer idealizada, aun en Asunción. En la capital era más fácil para las mujeres ganar su sustento, trabajando como domésticas y ejerciendo pequeñas actividades comerciales, que en los distritos rurales, donde la mayoría de la población practicaba una agricultura de subsistencia. A esto se sumaba la existencia de grandes cuarteles militares en las cercanías de la ciudad. Las mujeres se trasladaban a Asunción para cuidar a un hermano, un hijo o un tío que estaba sirviendo en el ejército; se establecían en un pequeño rancho, en general situado en terrenos que anteriormente pertenecieron a los conventos y que habían sido confiscados por el Estado, que subarrendaban por sumas casi simbólicas. A partir de entonces empezaban a cocinar, lavar y planchar, no sólo para su misma familia sino también para otros hombres que no tenían quien les cuidara. Esos otros hombres pronto se convertían en sus amantes, o bien, un amante pasaba a ser un cliente que pagaba a la mujer por sus servicios domésticos. Paulatinamente, la relación se convertía en algo intermediario entre el concubinato y una unión libre. El hombre iba a comer, a hacer la siesta y a pasar la tarde en la casa de su amante, pero no residía allí permanentemente (POTTHAST-JUTKEIT in COONEY & WHIGHAM, 1994:88-90). Un tal Victorio Ceballo de San Salvador, por ejemplo, vivía y comía en la casa de su madre, pero normalmente hacía la siesta en la residencia de su amante, María de la Cruz Canteros. Ella, a su vez, lavaba la ropa de D. Carlos Lara y recibía, en cambio, alimentos en su casa14.

Además del servicio doméstico, especialmente en las áreas urbanas, las mujeres ejercían un pequeño comercio, vendiendo principalmente frutas y derivados de leche. La preparación y la venta de chipa15 o de dulces caseros representaban también una ocupación típicamente femenina. Era común que los viajantes mencionasen con detalles el movimiento y la agitación del mercado de Asunción, dominado por mujeres vestidas con typóis16 blancos, quienes vendían todo tipo de comida y fumaban grandes cigarros. Enrollar cigarros era otra ocupación femenina, tanto en la ciudad como en el campo. No obstante, en las áreas rurales esa ocupación no era suficiente como para que las mujeres ganaran su propio sustento, pues la fuente económica tradicional era el trabajo agrícola y la tejeduría.

Antes de la guerra, la abundancia de tierras baratas para la agricultura en el campo y de pequeñas parcelas en la capital, más rural que urbana, brindó a las mujeres paraguayas la oportunidad de mantenerse por sí mismas en hogares independientes. Ello condujo a que las mujeres dispusiesen de una considerable libertad social y de un importante campo de acción.

El ideal paternalista de la mujer protegida, que permanece en el hogar, en donde los miembros del sexo masculino de la familia velan por su comportamiento, sólo era factible para una ínfima minoría de la clase alta paraguaya. La necesidad y la posibilidad de ganar su propio sustento desde muy tierna edad no sólo exponía a las muchachas y a las mujeres a un contacto diario con los hombres, sin ser vigiladas por sus padres, sino que también les proporcionaba cierta independencia. A esta independencia se sumaba la bastante común ausencia de los hombres, que normalmente dejaban sus hogares para trabajar en los yerbales o servir en el ejército; lo que también contribuía a que las mujeres, en general solas, garantizaran la continuidad y la estabilidad tanto de la familia como de la sociedad. Las mujeres paraguayas se acostumbraron a contar consigo mismas y a ser casi las únicas responsables de su prole. Carecía, por tanto, absurdamente de sentido la prédica del articulista de La Libertad.

Ya en la primera década de este siglo, la jurista y socióloga Serafina Dávalos declaraba que:



En efecto, las familias paraguayas, en su mayor parte, siguen siendo familias sin jefes, los hijos son naturales y abundan los de padres desconocidos; y los hombres, en vez de ser sus naturales sustentadores, son, por el contrario, en su carácter de tenorios callejeros, sus más tenaces perseguidores. (DÁVALOS, 1907:71)

Mas volvamos a los años de 1870. A pesar de las evidencias, ni las Ordenanzas Municipales de 1874 ni las Disposiciones de 1876, documentos fundamentales y fundacionales del nuevo orden social de la capital, dedican artículo alguno a las múltiples y variadas actividades femeninas. Por el contrario, las únicas mujeres mencionadas en el documento del Departamento de Policía son las que, acompañadas de caballeros, deberían tener preferencia en el tránsito por las veredas (Art. 16), en una demostración, sintomática para el presente estudio, de que las únicas mujeres que realmente importaban eran las "señoras" y "damas", tal y como da a comprender el documento, es decir, aquellas bajo la protección de algún caballero, categoría bastante diferente de la realidad de Asunción, por donde circulaban millares de mujeres ocupadas en actividades productivas "menores".

Mientras tanto, la dura realidad de la posguerra empujaría las más desafortunadas hacia el recurso a expedientes ilícitos o moralmente condenables como el robo, la prostitución y la mendicidad. Los periódicos de la época, al condenar la cantidad de mujeres que vagaban por Asunción, exhortando el gobierno a obligarlas a buscar en el campo, en el trabajo agrícola, ocupación y sustento, lo hacen menos con la intención de solucionar ese problema social que con el objetivo de evitar "los repugnantes espectáculos que a cada paso se presentan en las calles de esta ciudad"17.

Es importante tener en cuenta, con respeto a la prostitución y, de una manera general, los "escándalos públicos" que envolvían mujeres, que la posición de las élites dirigentes paraguayas era bastante frágil. La principal razón es que no siempre era fácil distinguir hasta qué punto se trataba realmente de prostitución o en qué nivel la participación femenina en dichas actitudes "escandalosas" era voluntaria, aunque evidentemente no debemos descartar absolutamente tal hipótesis. En muchos casos, sin embargo, se trataba de violaciones perpetradas por soldados de las fuerzas de ocupación, quienes gozaban de innúmeras regalías y privilegios.

En su edición de 12 de diciembre de 1869, La Regeneración denunciaba

el escándalo que se presencia no solo en el Mercado sino en todo punto donde hay reunión de mujeres, escándalo que consiste en la inmoralidad de los hombres sin pudor, que creen lícito saborear el amor en los lugares públicos.18

En la edición de 5 de enero de 1870, el diario nuevamente llamaba la atención de la Policía y de la Municipalidad hacia



la inmoralidad que casi en todas partes de la población tiene uno que presenciar. A hombres sin pudor que mas se parecen a bestias y no a seres racionales, se les halla en los corredores de las Iglesias y de la recoba, escandalizando atrozmente aun durante el dia, para saciar sus brutales pasiones.19

En una edición de aquel mismo mes del diario La Nación, en una carta al redactor se afirma que el rapto era tan común en Asunción que ninguna mujer estaba segura sin la protección de un fuerte acompañante20. En febrero, La Regeneración divulgaba un decreto del Gobierno Provisional en el sentido de atender a sus reclamaciones. El decreto estipulaba una multa de un patacón o tres días de arresto a todos los "individuos que perpetrasen ataques al honor y pudor de las mujeres"21 en lugares públicos, pero no se tiene informaciones sobre la eficacia de dicha medida.

A juzgar por el artículo publicado en El Fénix en mayo de 1873, poco cambio hubo en dicha situación:


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