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El anarquismo como utopía


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El anarquismo como utopía. Es bastante fácil comprobar cómo el anarquismo sigue siendo una doc­trina sectaria. Sus principios, considerados uno a uno, tienen mucho en común con los de otras ideologías. El anarquismo comparte con el liberalismo la exaltación del individuo y el rechazo de la autoridad, y también da por senta­da la armonía natural de los intereses en la sociedad. Como el socialismo y el comunismo, abjura de la propiedad privada y del Estado que apoya al sistema capitalista; su insistencia en la nece­sidad de un cambio revolucionario se ajusta claramente a la formu­lación comunista. El anarquismo tiene una fibra demo­crática por su énfasis en la igualdad humana; del mismo modo, está dentro de la tradición conservadora clásica por su suspicacia hacia la sociedad industrial. Aunque el anarquismo es la suma de tan diversos compo­nentes, la receta resulta indigesta para la mayoría. Los que se rebelan contra la autoridad pueden sentirse atraídos por ciertos artículos del credo anarquista; sin embargo, todos, excepto unos pocos, se vuelven atrás cuando se dan cuenta de que hay que consi­derar la doctrina en su conjunto como un sistema coherente.
En resumen, los anarquistas desean tener todos los triunfos en la mano. Si, en apariencia, se atribuye la primacía al individuo libre y al margen de toda coac­ción, igual valor se asigna al organismo social armóni­co. Al menos implícitamente se aboga por la violencia revolucionaria, pero, a diferencia del comunismo, esta ha de llegar sin la intervención de un partido jerárqui­co ni de unos dirigentes que impongan su voluntad a un movimiento organizado. La sociedad de la etapa posrevolucionaria, a diferencia de todo lo que ha cono­cido el mundo moderno, existirá sin leyes, Estado o autoridad, y asisti­rá al florecimiento de potencialidades humanas hasta ahora descono­cidas.
El anarquismo debe entenderse como una variante del pensamiento utópico, aunque difiere algo de este, en cuanto valora no solo los fines, sino también los medios para la consecución de aquellos. Como el utopismo, es, al menos parcialmente, más una acti­tud mental que una teoría rigurosa. No resulta di­fícil encontrar ejemplos de ingenuidad en la doctrina anarquista. Tampoco es dificil demostrar que la coacción, real o posible, es un elemento necesario en las relaciones humanas; que la acción revolucionaria puede conducir a la tiranía dictatorial tanto como a la tierra prometida; que el hombre tiene tanta pro­pensión al mal como al bien; que la utopía anar­quista será un páramo. Pero ninguna de estas obje­ciones, basa­das todas en el sentido común, socavan el impulso básico que da origen a la protesta anar­quista .


El anarquismo, como cualquier utopía, es, en primer lugar, una crítica de las instituciones sociales existen­tes, y, en segundo lugar, un proyecto minucioso de un futuro sin problemas. La tesis de que el hombre es bueno por naturaleza, p. ej., no puede comba­tirse alu­diendo a la conducta pervertida del hombre a través de toda la historia, pues se nos responderá simplemente que el hombre nunca ha tenido la oportunidad de rea­lizar sus potencialidades, que su naturaleza bondadosa ha sido hasta ahora corrompida por la auto­ridad esta­blecida. Por el mismo motivo, tampoco puede esgri­mirse el argumento de la monotonía de una sociedad igualitaria y sin con­flic­tos como medio adecuado para combatir las concepciones utópi­cas. Decir que noso­tros, productos corrompidos de una era inmoral, nos aburriríamos, equivale a un juicio miope de las condi­ciones de la única sociedad que contribuiría a desarro­llar al máximo el espí­ritu humano. Si el anarquismo es utópico, si su análisis y sus tesis parecen simplistas, representa, sin embargo, una de las ex­presiones pri­mordiales de insatisfacción frente a la fórmula que han adoptado los hombres para regir sus vidas hasta el presente .

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