• 2. LA INVERSIÓN EN EL SISTEMA DE CUENTAS NACIONALES

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    1. industrialización y desarrollo


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    101 Breve resumen de La función de demanda en la globalizacion y empresa. Caso Bolivia 17

    1. INDUSTRIALIZACIÓN Y DESARROLLO


    En tiempos de dominio político conservador y neoliberal, en el plano ideológico-doctrinario es la teoría neoclásica, en cualquiera de sus variantes, lo dominante. Con lo cual, la temática del desarrollo económico se retira completamente de la escena.

    En parte por las preferencias teóricas de la academia neoclásica: buscar con obsesión enfermiza las condiciones de tal o cual equilibrio económico y de cómo estos equilibrios (que para nada existen en el mundo real) aseguran el máximo bienestar a los individuos participantes. Y también porque los instrumentos de análisis que maneja esta escuela resultan completamente inútiles para captar los procesos de desarrollo. Procesos, valga el recuerdo de lo elemental, que implican conflictos, desequilibrios y contradicciones mayores. Como bien decía Marx, “sin antagonismo (contradicción, JVF) no hay progreso”.

    Desde la emergencia y consolidación de la escuela neoclásica –o “marginalista”- circa 1870, con Jevons, Menger, Walras y muy luego Marshall, hasta el último tercio del siglo XX, el tema del desarrollo (que fuera el predilecto de los grandes clásicos como Smith y Ricardo), fue completamente dejado de lado. De hecho, en todo ese largo período no se encuentra ningún escrito medianamente interesante sobre el tema. La única excepción es el libro de Schumpeter sobre el desarrollo, originalmente publicado en 1912, pero el enfoque allí utilizado por el gran teórico alemán, es muy ajeno al neoclásico. En sus propias palabras, el desarrollo es un proceso “discontinuo”, es decir, “un fenómeno (…) totalmente extraño a lo que puede ser observado en la corriente circular o en la tendencia al equilibrio.” Asimismo, ha escrito que “el capitalismo es, por naturaleza, una forma o método de transformación económica y no solamente no es jamás estacionario, sino que no puede serlo nunca.”

    En lo aparente, en las últimas décadas la perspectiva neoclásica ha terminado por concederle atención al problema del crecimiento. Esto a partir de los años ochenta o algo antes, del siglo XX. Preocupación que se refleja ampliamente en los textos contemporáneos de macroeconomía, en los cuales se distinguen los problemas del largo plazo, o los senderos del “crecimiento equilibrado”, y los problemas más propios del corto plazo. En lo cual, los teoremas que se manejan para el largo plazo pasan a ser los dominantes y, a la vez, los más estrictamente compatibles con los supuestos neoclásicos de base. Pero es justamente por esta “congruencia” con los supuestos básicos de la teoría, lo que torna a esos modelos de crecimiento completamente inútiles para entender los reales procesos de desarrollo. El sendero argumental es sencillo: se acepta que en el corto plazo los precios pueden ser más o menos “pegajosos” y que la vuelta al equilibrio pudiera no ser demasiado rápida. Pero a la larga, como lo muestran los “teoremas neoclásicos sobre el crecimiento”, ese equilibrio con pleno empleo y asignación óptima de los recursos productivos, se termina por lograr. En suma, la visión que manejan los neoclásicos contemporáneos sobre el fenómeno del crecimiento, muy poco (o nada) tiene que ver con los procesos objetivos reales. A diferencia de lo que antes sucedía, ahora sí hablan del crecimiento. Pero lo hacen en términos tales, que de sus doctrinas nada de verdadero se puede aprender sobre el fenómeno. Sostener, por ejemplo, que a la larga se debe dar un proceso de convergencia entre países desarrollados y subdesarrollados, es una hipótesis empíricamente tan falsa que llega a ser estrambótica.

    Por supuesto, en la reflexión sobre el desarrollo, nada puede reemplazar a la reflexión rigurosa y propia. Pero si de herencias válidas se trata, no cabe duda que debemos pensar en los grandes clásicos (Smith, Ricardo, Mill), en la visión marxista (de hecho, la de Marx es una teoría del desarrollo económico) y en el estructuralismo de la Cepal clásica (Pinto, Prebisch, Furtado, et al). El rescate debe apuntar no tanto a tales o cuales hipótesis concretas sino a la estructura analítica y teórica de esos enfoques, a su capacidad para proporcionar una visión de conjunto, dinámica y estructural. Y no es menor la desgracia de los tiempos actuales: en los centros universitarios, con profesores muy adoradores de las modas e incitaciones del poder, ese tipo de perspectivas teóricas se han desechado o arrinconado casi del todo. Y, valga la mención, con modales muy poco académicos.

    Del proceso de desarrollo se ha dicho que es “cambio social más crecimiento.” Como toda fórmula, con ésta corremos el peligro de una visión demasiado esquemática y hasta eventualmente confusa. Y aunque no es posible en este apunte examinar adecuadamente el fenómeno del desarrollo, conviene una mínima puntualización. Lo primero es casi una “platitude”: el desarrollo, tal como hoy lo entendemos, es un fenómeno históricamente delimitado, lo que supone que en las sociedades tradicionales o pre-capitalistas, en algún momento de su historia, tienen lugar determinadas transformaciones que son justamente las que dan lugar al fenómeno que nos preocupa. Algo que implica un doble movimiento: desaparición de las estructuras antiguas y emergencia de otras estructuras, que son justamente las que desatan el proceso de crecimiento (mayor inversión, mayor densidad de capital, mayor productividad y mayor ingreso per-cápita).

    En concreto, ¿cuáles son las implicancias estructurales del desarrollo económico?

    Para nuestros propósitos, podemos limitarnos a señalar dos nudos centrales: i) cambios en las estructuras económicas y políticas; ii) emergencia de un fuerte proceso de industrialización.

    Sobre el primer punto podemos enumerar algunos aspectos centrales como: a) la emergencia de un nuevo tipo de Estado, ahora al servicio del capital. Lo cual, más allá de sus decisivas implicaciones políticas e ideológicas, en lo económico pasa a generar consecuencias mayores como una fuerte reducción de los gastos improductivos junto al consiguiente aumento de la acumulación productiva. También cabe mencionar esa especie de ley que apuntara Gerschenkron: mientras históricamente más tarde llega el país del caso a su “fase de despegue”, mayor y más fuerte va a ser la incidencia del Estado en el proceso económico; b) la actuación estatal (v. gr. vía aranceles protectores) a favor del capital nacional y en contra de los intereses extranjeros. En el mismo caso inicial de Inglaterra se observa como el régimen de los Tudor utiliza toda una batería de recursos para desplazar a los intereses holandeses. Esta actividad resulta aún más clara en los tiempos actuales y en los países dependientes: si no se controla y regula el impacto económico y político del capital extranjero, será casi imposible que el país receptor tenga un fuerte proceso de desarrollo. En otras palabras, todo proceso de desarrollo económico efectivo opera con una muy fuerte componente nacional; c) cambio drástico en las relaciones de propiedad imperantes en el agro: del modo feudal o semi-feudal a formas capitalistas de producción. Con lo cual se eleva la productividad y se libera fuerza de trabajo, se expande el mercado interno, se mejora el balance de pagos y ¡sobremanera! , se destruye la base económica de la aristocracia terrateniente, el verdadero pilar del antiguo orden.

    La otra gran condición (si las previas son necesarias, ésta es la suficiente), es la emergencia de un sólido proceso de industrialización. Se ha dicho que “hablar de desarrollo sin industrialización es como hablar de una ensalada sin verduras”. Esta especie de igualdad entre industrialización y desarrollo, en que la primera funciona como vértebra central, se ha puesto en duda por la ideología neoliberal. Para ésta, en consonancia con su concepción del ingreso nacional (que no distingue actividades productivas e improductivas), el “valor agregado” en la rama de finanzas es estrictamente homogéneo con el valor agregado en la industria de transformación. La falacia de este aserto es mayor y, por lo mismo, conviene detenerse mínimamente en la significación de la industria.

    El hombre, para vivir, interactúa con la naturaleza. La investiga y la transforma, dándole una forma útil, capaz de satisfacer sus necesidades. En este proceso, inherente a la condición humana, se suelen distinguir dos grandes mutaciones: la del neolítico y la de la revolución industrial de comienzos del siglo XIX. Con la primera, emerge la agricultura como actividad sedentaria y, por esta ruta, surge también el excedente económico. Con la segunda, surge la industria como actividad económica independiente, la que pasa a operar como motora del crecimiento.

    ¿Por qué la industria es tan importante y funciona como el auténtico núcleo o “viga maestra” de todo proceso de desarrollo?

    Podemos empezar por una simple constatación empírica: no hay países altamente desarrollados que no posean una fuerte base industrial. Tampoco hay países altamente industrializados que se puedan catalogar como subdesarrollados. El desarrollo implica un alto nivel del PIB per-cápita y éste viene básicamente determinado por el nivel de la productividad del trabajo. A su vez, la productividad está estrechamente asociada al nivel de la densidad de capital: capital fijo por hombre ocupado. Más concretamente, por la dotación de máquinas y equipos por hombre ocupado. La clave, por lo mismo, radica en la incorporación de máquinas y equipos al proceso de producción. Pero, ¿dónde se crean estas máquinas y similares? La respuesta es muy clara: en el sector de la industria de transformación.

    Lo mencionado también tiene que ver con los medios de transporte. ¿Dónde se producen camiones y automóviles, donde barcos, trenes y aviones? También con un factor que hoy es decisivo: las comunicaciones. ¿Dónde se producen las plantas y conductores de la electricidad, donde los modernos sistemas electrónicos y equipos de cómputo, etc.?

    La agricultura, también se ve revolucionada por los productos de origen industrial: piénsese en tractores y máquinas cosechadoras. También en fertilizantes y semillas mejoradas.

    El mismo sector de servicios, tradicionalmente renuente a la penetración tecnológica, se ha empezado a conmover y a transformarse. ¿Cómo? En lo básico, con cargo a las innovaciones e inventos que surgen en ese gran laboratorio que es la industria. Piénsese en las transformaciones que empiezan (todavía muy embrionariamente) en el sector de la educación. O en materia de espectáculos, de salud, de deportes..


    2. LA INVERSIÓN EN EL SISTEMA DE CUENTAS NACIONALES


    El capítulo II tiene como objetivo estudiar el método de la contabilidad nacional de los países para el cálculo de la inversión. Su revisión es importante, pues nos permitirá comprender y manejar con cuidado los conceptos y modos de elaboración estadístico que se aplican para las grandes variables macroeconómicas.

    El camino a privilegiar consiste, primero, en la observación de las identidades macroeconómicas de la contabilidad nacional, mediante las cuales, llegaremos a la variable inversión. En una segunda parte, nos detendremos a estudiar la cuenta del “ahorro-inversión” del Sistema de Cuentas Nacionales por Sectores Institucionales, la cual muestra las distintas formas que existen para el proceso de acumulación de capital. Finalmente, estudiaremos los componentes y las posibles desagregaciones del gasto en inversión que posibilita el sistema.




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